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Corre el año 1774 y la guerra con los turcos ha terminado. El capitán de la infantería imperial rusa Vladimir Vataziev acude a la llamada de auxilio de su tío Alexei. Regresa al lugar donde creció después de doce largos años de batallas. Vuelve a Kainengrad. En el principado, las leyendas han cobrado fuerza y una oscuridad desconocida ha conquistado tanto los campos como los corazones de sus antiguos vecinos. El mar Negro es testigo de la maldición que azota a una de las familias más importantes del valle, cuya primogénita ha desaparecido en extrañas circunstancias, al igual que ha ocurrido a toda doncella con el apellido Tagirov durante generaciones. Vlad deberá unirse a Andrei, un monje ortodoxo adicto a la bebida, y Cristiana, la orgullosa chica a quien partió el corazón, para combatir juntos una vez más a las criaturas que moran en las tierras de sombras a los pies de los montes Kharkov. El caballero bizantino no solo deberá temer a vampiros, fantasmas y licántropos; además se enfrentará a sus propios miedos, a la pérdida y a un odio más poderoso que cualquier amor. La cruzada contra las Tinieblas ha comenzado.
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Seitenzahl: 366
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Título: La maldición de los TagirovAutor: Ruy Alonso
© La maldición de los Tagirov, 2020© de esta edición, EDICIONES LABNAR, 2021Corrector: Israel Sánchez Vicente
Imagen y diseño de cubierta e interiores por Ediciones Labnar
LABNAR HOLDING S.L.B-90158460Calle Virgen del Rocío 23, 41989, La Algaba, [email protected]
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra; (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).
ISBN: 9788416366569eISBN 9788416366576Depósito Legal: SE 711-2021Código Thema: FFL 5AX
Primera Edición: Abril 2021
Impreso en España
Impreso y encuadernado por Ulzama Digital
A Cristina, a mis padres, y a toda mi familiaen la acepción romana de la palabra.Cada uno de ellos sabe por qué.
En las últimas décadas del siglo XIX, William Morris y los prerrafaelitas, fascinados por un medievo idealizado, trajeron de vuelta el gusto por la fantasía épica, que había desaparecido de la literatura con la decadencia de la novela de caballerías. Este tipo de narraciones, en las que los prodigios del relato maravilloso, los estremecimientos de la novela gótica y la acción infatigable de las peripecias de capa y espada se unen para satisfacción de un lector deseoso de romper con la cotidianidad y trasladarse a otros mundos, se ha desarrollado principalmente en tres clases de escenarios.
En primer lugar, están las reelaboraciones de un pasado mítico consolidado por la tradición. Así ocurre con las múltiples puestas al día del ciclo artúrico, con las narraciones situadas en civilizaciones legendarias como la Atlántida o con aquellas que tienen lugar en una Antigüedad propia de héroes y dioses, a la manera de las novelas de Thomas Burnett Swann.
Después tenemos la invención in extenso de todo un mundo fabulado con sus propios reinos, pueblos, lenguas, costumbres y memoria, establecido en un tiempo antediluviano, una realidad alternativa o incluso otro planeta. Se trata de la opción más popular hoy y tiene entre sus fundadores a Robert E. Howard y J. R. R. Tolkien, aunque sigue perfectamente viva y exitosa, trascendiendo lo literario para conquistar también los mundos del cine, el cómic y los juegos. De hecho, algunas creaciones de este tipo, como el universo de Dragonlance, en su origen un juego de rol, han emprendido el camino de vuelta para generar miles y miles de páginas de narrativa impresa.
La tercera posibilidad, menos frecuentada pese a su atractivo, es aquella que inserta elementos fantásticos en un escenario real de nuestro pasado, de modo históricamente detallado y convincente. Tal vez Tim Powers, con novelas como Esencia oscura, Las puertas de Anubis o La fuerza de su mirada, represente el mejor ejemplo. La maldición de los Tagirov, de Ruy Alonso, se suma brillante a tal alternativa.
Que este híbrido entre fantasía y novela histórica se compruebe poco cultivado se debe sin duda a su dificultad. Escribirlo requiere esfuerzo y riesgo, una cuidadosa documentación y una atención maniática por el detalle. ¿Qué tipo de cubiertos se empleaban en la mesa? ¿Esos alimentos eran de uso común? ¿La prenda de vestir descrita se corresponde a la época y el lugar? Son preguntas que un escritor en la tradición de Tolkien puede responderse sobre la marcha, y aunque su mundo imaginario tenga también detrás una tarea laboriosa, sus rasgos son flexibles, moldeables y siempre pueden adaptarse a la trama, mientras el autor que redacta con rigor histórico debe hacerlo al revés: ceñir su trama al escenario con el mayor cuidado posible. En la Tierra Media o la Era Hiboria no corres el riesgo de que te afeen los anacronismos.
Pero que sea arduo levantar los cimientos del texto literario no significa apenas nada para el lector, a quien solo debe importar el resultado. Los atractivos de la fantasía épica con un trasfondo histórico son otros. Por un lado, no renuncia a la familiaridad, pues los sentimientos y motivaciones del ser humano poco habrán cambiado desde nuestros días en las cavernas; por otro, nos proporciona la deliciosa sensación de presenciar lo ajeno. Zambullirnos en mundos tan distantes en el tiempo se asemeja a observar una sociedad alienígena. ¿No son absolutamente exóticos para nosotros los sacrificios humanos de los aztecas, la rígida adoración a los emperadores en el lejano Oriente o la vida nómada de un conquistador mongol? Que esas culturas extrañas las sepamos reales hace que nos resulten tan fascinantes o más que una atrevida novela de ciencia ficción. Si a esta cocción añadimos unos pellizcos de imaginación bien medidos, nada puede saber mejor al paladar del gourmet de lo maravilloso.
En La maldición de los Tagirov descubrimos una novela de espada y brujería que satisfará a los aficionados al género en sus moldes tradicionales, mientras ofrece suficientes aspectos innovadores para convencer a los lectores que se aburren con los caminos trillados. Uno de esos aportes es su escenario eslavo, muy poco explorado por la fantasía épica al uso, al teñir esta narración de un atractivo tono oscuro y retrotraernos a los upiros de Alexei Tolstoi, al viyi de Gogol y a la Baba Yaga de los cuentos infantiles. Un mundo de invierno y de historias aterradoras musitadas al lado del fuego, de noches largas, de iconos ortodoxos y arquitectura bizantina, en un siglo xviii que se iluminaba poco a poco mientras la Europa oriental aún vivía histéricas plagas de vampiros, perseguía a las brujas y temía los zarpazos del Imperio otomano gruñendo amenazante a sus puertas.
Un error en el que puede incurrir una historia fantástica es el abuso de lo extraordinario, hasta el punto de convertirlo en común, y que por tanto ya no impresione. No le ocurre esto a Ruy Alonso, dado que en su obra lo sobrenatural, si bien presente a menudo, gravita sobre la narración como un cendal asfixiante, un cielo encapotado por la tormenta que lentamente se carga de energía y termina estallando con violencia. Nunca deja de amenazarnos. Y el miedo es siempre una sensación estimulante. Alonso nos trae este regalo de acero, magia y terror, y con su disfrute nos deja sentados al borde de nuestra butaca, sujetando el libro con firmeza casi sin darnos cuenta de que estábamos reteniendo el aliento. Tras una travesía de placentera ensoñación, volver la última página nos sirve para lamentar que no haya muchas más historias como esta.
Armando Boix
«Cuando la luna llena brille en noviembrey la primogénita llegue a ser mayor,su belleza se perderá para siempre.Esa es la maldición de los Tagirov».
Antigua rima popular
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Agradecimientos
Principado de Kainengrad, Imperio rusoNoviembre de 1774
Stepan Tagirov se repantigó en la butaca de su estudio y miró por la ventana. El valle de Kainengrad languidecía bajo el ligero manto de las primeras nieves. Había llegado la hora en que las sombras se alargaban y los helados montes Kharkov brillaban. Se distrajo un instante en contemplar cómo los copos se adherían al vidrio del ventanal y refulgían con las tonalidades del ocaso.
Era un hombre maduro, delgado y nervudo, pero de constitución recia. Su escasa altura y un ligero encorvamiento de espaldas le conferían un aspecto un tanto frágil. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. De carácter enérgico, estaba acostumbrado a dirigir a otros; era firme en sus decisiones y amigo de tomar la iniciativa, tanto en los negocios como en su vida personal. Pese a ello, no era un hombre valiente. Se abatía con facilidad ante las dificultades y no estaba hecho al fracaso. Pero, sobre todo, temía a la oscuridad y a los horrores de la noche. Era algo que no había podido superar desde niño.
Sintió un leve escalofrío.
Al percatarse de que el fuego de la chimenea menguaba, se levantó y corrió a arrojar un tronco. Agitó los leños y las brasas con el atizador y no cesó en su empeño hasta que la estancia volvió a llenarse de luz.
Suspiró y se dejó caer de nuevo en la confortable silla.
Desde siempre le habían gustado las comodidades y los lujos, y odiaba el frío. Le disgustaba la perspectiva de la proximidad del invierno, consciente de que su carácter se agriaba en esas fechas.
Miró alrededor y comprobó que todo estaba en orden. Solo entonces se permitió quitarse la casaca de raso verde y dejarla sobre uno de los reposabrazos de la butaca. A continuación, hizo lo propio con la peluca empolvada traída de Viena. La colocó cuidadosamente sobre el busto de uno de sus antepasados, que descansaba en uno de los extremos del escritorio, y sonrió ante aquella hazaña. El aspecto que mostraba el severo semblante de Viktor Tagirov, el fundador de su linaje, era ridículo. Los rizos y tirabuzones de la peluca caían de un modo irregular a ambos lados del rostro de mármol y le conferían el aspecto de uno de esos personajes cómicos de la Commedia dell’Arte italiana. De haberlo presenciado, el hombre—que había vivido doscientos años atrás—, habría montado en cólera. Era bien sabido en la familia que su carácter había sido áspero como el esparto.
Este pensamiento le interrumpió la sonrisa. Sin embargo, no retiró la peluca del busto. Se pasó la mano por el corto cabello, que aún conservaba oscuro en su mayor parte, y suspiró de nuevo mientras volvía a mirar por la ventana.
Tomó una botella de una mesa auxiliar cercana y se sirvió una copa. El caldo tenía un exquisito color dorado. ¡Ah, malvasía de Tenerife, nada menos! ¡Una maravilla que deleitaba los más exquisitos paladares europeos, sobre todo en la lejana Inglaterra! El mismo Shakespeare lo mencionaba en no pocas de sus obras. Un lujo que podía permitirse, pues su familia poseía el monopolio del comercio y la producción de vinos en toda la ribera norte del mar Negro.
Tras el primer sorbo, sintió un estremecimiento placentero y paladeó el dulce líquido. Pensó que, si alguna vez los mortales habían probado el néctar de los dioses, seguro este debía producirse en esas Islas Afortunadas. Echó la cabeza hacia atrás y contempló la innumerable cantidad de documentos comerciales que requerían su atención. Se amontonaban unos encima de otros como los troncos en sus leñeras.
Pero ni siquiera eso logró arruinarle el momento de deleite.
El avinagrado rostro de su antepasado Viktor seguía contemplándole desde debajo de la peluca, y parecía reprocharle este momento de solaz cuando tenía tanto trabajo por hacer.
«No, mi antipático ancestro. Ya habrá tiempo para el deber. Ahora es momento de…».
Un grito rompió la quietud del crepúsculo. Un grito de mujer.
Stepan estuvo a punto de atragantarse con el malvasía. Dejó la copa sobre la mesa y se irguió con premura. Enseguida abrió las dobles puertas que aislaban el estudio y salió al pasillo de la segunda planta de su mansión.
El corredor, acristalado y abierto a un patio central, estaba cubierto de sombras purpúreas. Desde un pasillo lateral, vio acercarse un candelabro a grandes zancadas.
—¡¿Qué ocurre?! ¡¿Por qué no están encendidas las lámparas de la galería?! —inquirió antes de saber quién se aproximaba.
Sergei, el mayordomo, vestido con la librea oscura de la casa, se le acercó presa de una gran agitación. Era él quien portaba la lámpara.
—¡Mi señor! ¡Se trata de vuestra hija! —alcanzó a decir entre jadeos el hombre.
—¡¿Qué dices?! ¡Aparta! —exclamó Tagirov arrebatándole el candelabro y echando a correr él mismo en la dirección de la que había venido Sergei.
En unos instantes recorrió la distancia que le separaba de las habitaciones de su hija. Las puertas estaban abiertas y una única vela sobre una palmatoria iluminaba la estancia. En el suelo, arrodillada, había una mujer. Sostenía entre las manos una colcha bordada.
—¡Svetlana! ¡¿Qué ha pasado?! ¡¿Dónde está Tatyana?!
Svetlana Tagirov se volvió hacia su marido. Tenía el rostro crispado y los ojos llenos de lágrimas.
—¡No está, Stepan! ¡Ha desaparecido!
—¡No es posible! ¡Yo mismo le di las buenas noches hará apenas un rato y la dejé aquí!
—¡Pues ahora no está! He venido hace un momento y su habitación estaba cerrada por dentro. Enseguida pedí a Sergei que la abriera y… ¡Ay, mi niña! ¡Se la han llevado, Stepan!
—¿«Llevado»? Pero ¿quién?
Stepan Tagirov recorrió la estancia varias veces, levantó los almohadones y el pesado colchón de plumas, apartó butacas y cómodas, casi arrancó las puertas de los armarios y arrojó al suelo todos los vestidos de su hija… Desesperado, gritó su nombre. ¡Nada! ¡No había rastro de ella!
Abrió los ventanales y se asomó al exterior. Los helados vientos le golpearon el rostro, pero se obligó a agudizar la vista en la semioscuridad reinante. Un centenar de metros más abajo, un lecho de nieve prístina refulgía, teñido del rojo de las últimas luces del ocaso.
Tampoco allí se veía nada.
Con gran aplomo, levantó a su esposa del suelo y sostuvo su hermoso rostro entre las manos. Sus grandes ojos azules estaban llenos de lágrimas y la mujer temblaba.
—Valor, Svetlana, la encontraré.
Y, acto seguido, salió de la estancia llamando a todos los criados a voces. Estaba decidido a hallar a su pequeña Tatyana. Sin embargo, involuntariamente, un pensamiento funesto se fue abriendo paso hasta su mente:
«Ha vuelto a suceder».
—¡Por el fuego del Infierno y por la sangre, entregadme a Cristiana!
Quien así gritaba era un hombre alto de porte señorial. Permanecía erguido sobre un lienzo de niebla en lo más profundo de los Pantanos de la Locura. Vestía una casaca de terciopelo verde claro y unos pantalones color avellana. Calzaba unas botas altas de montar. Su tez era blanca y dejaba entrever un dédalo de venas bajo ella. Alrededor de los ojos se extendían dos siniestros círculos oscuros y en su voz había un tinte de extrema crueldad y soberbia.
Tras él, una luna llena, amarilla e hinchada, se asomaba entre los desgarrones de nubes. Los aullidos de las criaturas salvajes resonaban en la noche con siniestros ecos y la bruma amenazaba con engullirlo todo.
Sobre un islote cubierto de hierba enfermiza —como la de las Praderas de Asfódelos que rodean al Tártaro—, permanecían tres adolescentes temblorosos que parecían ser el objeto de su furia. Nerviosos, miraban alrededor buscando enemigos ocultos en la niebla.
—¡Si me la entregáis ahora, respetaré vuestras vidas! —aseguraba el oscuro personaje—. ¡Es más, os haré un regalo! ¡El regalo de la vida eterna, ja, ja, ja!
Tras una teatral pausa, sus carcajadas reverberaron en la ciénaga.
A su espalda, entre los jirones de bruma, se movían unas siluetas grotescas, contrahechas, que avanzaban a través de las aguas pantanosas. Sus movimientos eran lentos y convulsos, igual que marionetas accionadas por un titiritero inexperto.
El hombre había comenzado a gesticular y movía las manos como si manejara unos hilos invisibles. En la ciénaga se oía una espectral melodía de violines.
Las figuras eran indudablemente humanas, pero vestían harapos y estaban cubiertas de fango y hojarasca. Se diría que hubieran salido de las mismas entrañas de la tierra. Sobre sus pieles cetrinas aparecían llagas y orificios que mostraban fragmentos de huesos amarillentos. El hedor era espantoso. Lo más escalofriante era que sus cuerpos exhibían aterradoras heridas, la mayoría causantes de la muerte de los sujetos largo tiempo atrás.
Los cadáveres andantes habían rodeado el islote y se aprestaban a subir a él. Los tres jóvenes, en la cima, miraban aterrados alrededor mientras preparaban una defensa desesperada.
El más alto, un muchacho atlético de unos catorce años, iba ataviado con una vieja cota de malla a la manera de los antiguos caballeros medievales: faldón de cuero, botas altas y una gastada capa negra cubriéndole los hombros, anchos para su edad. Sin embargo, aún le faltaban unos años para poder llenar aquellas vestiduras de forma apropiada. Tenía el cabello corto color azabache. Sobre él enarbolaba una espada de dos manos de la época de las cruzadas, con la que trazaba torpes círculos en derredor. Daba pasos amenazantes hacia los no muertos que subían hacia ellos adoptando posturas imposibles.
Las piernas del muchacho temblaban y este tragaba saliva de cuando en cuando. Su mente mantenía una lucha paralela para impedir que el terror le dominara. Hacía rato que se había orinado encima.
A sus pies, una bella muchacha de cabellos dorados se estremecía con los avellanados ojos llenos de lágrimas. Vestía un manto escarlata y una túnica de lino hecha jirones, manchada con el barro de la ciénaga. Era prácticamente una niña y, entre temblores y sollozos, profería gritos histéricos. Al tiempo, trataba de mantenerse alejada de los monstruos que casi les habían alcanzado. Junto a ella yacía abandonada una daga turca con empuñadura de pedrería. La hoja curva brillaba de forma tenue con una hermosa luz azulada.
Otro joven permanecía algo más separado de la pareja. Era más bajo en estatura, pero más robusto que el primero; tendría unos años más. Enfundado en los negros hábitos de los monjes ortodoxos, del cuello le colgaba una cadena con una cruz de plata de ocho brazos. Repetía una letanía en griego mientras sujetaba con fuerza un pequeño icono sagrado que representaba a san Juan Crisóstomo de Constantinopla. Su cabeza se hallaba cubierta de una mata de pelo rojo como el fuego y las mejillas de una hirsuta barba. Mantenía los ojos cerrados y también temblaba.
El primero de los muertos vivientes llegó por fin junto a ellos y, aunque de forma algo insegura, el espadón del joven caballero se descargó sobre él. El cuerpo se abrió en canal y, acto seguido, recibió una fuerte patada. Los despojos del ser cayeron rodando hasta el agua.
La atención del guerrero se centró entonces en el siguiente de sus enemigos. Ya había coronado la elevación y se lanzaba contra él con la fétida boca abierta, como una bestia ávida de carne. De su interior brotaba un putrílago negro en el que se distinguían gusanos y otras sabandijas. Un escalofrío recorrió la espalda del muchacho. Pese a ello, reunió el coraje necesario para pasar de nuevo a la acción. La hoja trazó otro arco de muerte y, esta vez, fue una cabeza marchita la que rodó hasta la orilla con un chapoteo.
Mas eran decenas los cadáveres que pugnaban por encaramarse en pos de los jóvenes desde las pestilentes aguas. El brujo se permitió otra carcajada mientras alzaba los brazos.
En ese momento, un ligero zumbido se oyó por encima de los juramentos del inexperto caballero, de los sollozos de la joven y de los crujidos de huesos y carne apergaminada de los muertos. A la par, un resplandor ambarino empezó a desprenderse del icono que el monje sostenía como un arma ante él. Poco a poco, lo fue inundando todo con una luz pulsante.
Alrededor de los tres chicos pareció extenderse una barrera invisible que impedía avanzar a los cadáveres. Estos la golpeaban en vano, como si fuera una muralla de piedra. Incluso parecía que la luz dañara sus cuerpos que chisporroteaban y humeaban al contacto con ella.
El suave tañido de un arpa angelical se elevó por encima del lamento de los violines fantasmales. Olas de odio y cólera recorrieron el rostro del nigromante, quien comenzó a gesticular y entonó un contrasortilegio con su voz cruel. Las palabras en antiguo latín taumatúrgico fluían de su boca como si las escupiera.
Los muertos vivientes parecieron recobrar fuerzas y reiniciaron el empuje. La barrera sagrada se debilitó y su luz parpadeó amenazando con extinguirse. El novicio tenía la frente perlada en sudor.
Entonces, el joven caballero puso la mano sobre el hombro de su amigo y le sonrió, infundiéndole ánimos. Ante esto, la letanía del clérigo se intensificó y su voz cobró potencia. El muchacho cerró los ojos y los nudillos se le pusieron blancos de tanto apretar el icono del santo barbado.
El bramido de unas trompas seráficas se elevó de forma clara y pura, y los no muertos que se hallaban más cerca del trío estallaron en llamas. El hechicero tuvo que interrumpir el sortilegio y se cubrió la cara con las manos.
Los corazones de los tres jóvenes se inflamaron de gozo. En sus rostros apareció un atisbo de esperanza primero y, luego, de verdadero triunfo.
El resto de los cadáveres andantes cayó al suelo como si una cuchilla hubiera cortado los hilos que los manejaban. Un grito de dolor escapó de la garganta del brujo, que se tambaleó y cayó de rodillas. Hasta la bruma del pantano comenzó a disiparse…
—¡Ya basta, padre Andrei, tened piedad de nosotros! ¡Hemos escuchado la historia de cómo derrotasteis al Señor de los Muertos de Bradovski cientos de veces!
El rostro del aldeano se contrajo en una mueca entre el asco y la burla, a la par que pronunciaba estas palabras.
—Sí, es cierto, padre. Ya estamos cansados de oírle los mismos cuentos una y otra vez —convino otro de los parroquianos—. ¿No sabe ningún relato nuevo? Nos gustaría tener noticias de países lejanos; puede que del reino del Preste Juan o de las Islas que Tiemblan de Cipango.
Un murmullo general de aprobación se alzó en la posada.
—¡Habladnos de Zhar-Ptitsa, el Pájaro de Fuego de los montes Urales! —apuntó otro—. ¡O del domovoi que habitaba en la casa del boyardo de Vrolokvar!
Una profunda decepción se instaló en los rasgos del monje. Lucía el cráneo rasurado y una poblada barba pelirroja. Se acercaba a la cuarentena, pero aún parecía joven y, más allá de algunas pecas y manchas oscuras, su rostro se mantenía libre de arrugas.
Desilusionado, desistió en continuar su relato —ni ningún otro—, y con un gesto de sus rudas manos, acompañado de algunos gruñidos, dispersó a los asistentes, en su mayor parte labradores de las alquerías cercanas y pescadores del lago Vorski. A continuación, se concentró en un vaso de vodka que sostenía entre las manos.
La puerta de la posada se abrió dejando entrar los vientos helados del exterior. Los gritos acallaron por un momento la algarabía reinante. Todos los presentes volvieron la vista hacia la entrada y el silencio más absoluto se impuso.
Era un hombre alto y fuerte, y su figura oscura ocupaba prácticamente todo el umbral. Vestía como un oficial ruso: capa de piel de oso, casaca azul con ribetes dorados, camisa blanca con puñetas, pantalones de monta y botas altas hasta las rodillas. Colgado del hombro destacaba un viejo espadón envainado, incongruente con el resto de aquella indumentaria. De sus costados sobresalían las empuñaduras de dos pistolas de sílex.
Con un gesto brusco, se sacudió la nieve que le cubría la capa, se quitó el sombrero de marta cibelina y cerró la puerta tras de sí.
Todos los parroquianos, al ver el hosco aspecto del recién llegado —sin duda un rudo soldado ruso— volvieron la vista hacia sus jarras y reanudaron las conversaciones intrascendentes. La ligera sombra y el silencio que se habían aposentado en la taberna con la llegada del extraño se fueron disipando.
Kainengrad era una antigua y agreste región, celosa de sus costumbres, que había conocido a muchos conquistadores a lo largo de los tiempos: escitas, griegos, bizantinos, godos, búlgaros, hunos y jázaros… Pero ninguno había conseguido retenerla mucho tiempo entre las manos. Había algo extraño en sus impenetrables bosques y sus oscuros lagos; en sus pantanos y marismas, en sus salvajes y nubladas montañas blancas, y hasta en sus fértiles campos… Una aureola siniestra, casi impía, que hablaba de felonías y de pactos oscuros y antiguos como el propio mundo.
Un sinfín de pueblos había hollado el valle hasta que al fin llegaran los rus para convertirlo en uno de sus principados. Sin embargo, la historia de guerras e invasiones no se había detenido ahí. Cumanos, pechenegos, mongoles y, hasta hacía bien poco, turcos otomanos habían disputado con fiereza su dominio. Primero al Rus de Kiev y a sus estados descendientes y, luego, al gran Imperio ruso. Aun así, y a costa de permanecer sumida en la ignorancia y en un atraso de uno o varios siglos con respecto al resto del país, había conseguido mantenerse ajena casi por completo a los tejemanejes políticos que la rodeaban; ya fueran los de la lejana San Petersburgo, con su pompa imperial y modas europeas, o los de la decadente Constantinopla, envuelta en los misteriosos velos del Oriente.
A causa de esa tormentosa historia, los habitantes de Kainengrad no solían mostrar demasiado aprecio a los soldados, fueran del bando que fueran; pero sí a sus pellejos, con lo que procuraban, en la medida de lo posible, ocuparse de sus propios asuntos.
El recién llegado escudriñó a todos los presentes, quienes rehuían, uno a uno, su flamígera mirada. Se detuvo un instante contemplando la gran cantidad de ristras de ajos que colgaban del techo y las cruces ortodoxas clavadas en los travesaños de las robustas vigas de madera que lo sostenían. El fuego crepitaba en la chimenea y una niebla azulada de humo de pipa se arremolinaba entre las sombras superiores.
Los ojos negros del forastero se posaron en el clérigo, quien permanecía absorto en el fondo de un vaso y ni siquiera había reparado en él. Su rostro había adquirido un ligero rubor y su vista parecía envuelta en las etéreas brumas del alcohol. Murmuraba algo, como si aún continuara relatando la interrumpida historia a un auditorio invisible o que se hallara en el interior del pequeño vaso de vodka.
El soldado se encaminó con paso decidido hacia la mesa en que se hallaba el monje y se detuvo, enhiesto, frente a él. Los aldeanos renovaron esfuerzos por volver a lo suyo; algunos se persignaron y otros juraron entre dientes. La sombra de una viga caía justo sobre el rostro del extraño, impidiendo distinguir sus facciones.
El padre Andrei Kamazov salió de sus etílicas ensoñaciones y elevó la vista hacia la extraña figura que se había detenido ante él. Por un instante, sus ojillos marrones sopesaron al desconocido: la vestimenta, los correajes militares, las armas, el porte orgulloso y los rasgos impenetrables entre las sombras.
Algo brilló en el pecho del militar, un crucifijo de ocho brazos de plata.
El eclesiástico se envaró. Aquel colgante le resultaba familiar. El otro avanzó un paso y al fin se hizo visible a la luz de los candelabros que iluminaban la posada.
Andrei se irguió en el taburete y entrecerró los ojos para agudizar la vista. El rostro del forastero, curtido por largas estancias pasadas a la intemperie y por un mapa de viejas cicatrices, estaba enmarcado en una abundante mata de cabello negro recogido en una coleta baja con lazo, a la moda europea del momento.
De pronto, un destello de reconocimiento brilló en los ojos del monje y con una amplia sonrisa exclamó:
—¡Por la barba de san Basilio! ¿Vlad? ¿Vladimir Vataziev? ¡¿De verdad eres tú?!
La máscara que cubría el duro rostro del soldado pareció desvanecerse y mostró un cariñoso gesto.
—¡Andrei, amigo mío! ¡Decididamente los años no te han tratado mal!
Y, apartando la mesa de una patada, se abrazaron.
Un suspiro de alivio se dejó sentir en la posada. Las miradas de reojo y los juramentos cesaron. Incluso se oyó alguna que otra risa. Alguien comenzó a cantar una obscena canción popular acompañada por el rasgar de una balalaica.
—¡Por los santos Cirilo y Metodio! ¿Cuánto ha pasado? ¿Diez años? —preguntó sonriente Andrei.
—Doce, amigo, doce largos años —contestó Vladimir con un suspiro mientras palmeaba la espalda de su camarada con fuerza.
—¡Dios del cielo! Pero siéntate, por favor. Bebamos, esto hay que celebrarlo. ¡Posadero, trae vodka! ¡Una botella de vodka para celebrar el regreso de mi amigo Vladimir Vataziev!
Enseguida el orondo dueño de la posada abandonó la barra y se acercó a la extraña pareja. En las manos llevaba una botella del ardiente licor, dos vasos y un deshilachado paño de color mostaza. Colocó la mesa y los taburetes en su sitio y se dirigió al soldado.
—Eh… Vladimir, soy yo… Gorba Igorievich. Ayudaba a mi padre en esta posada cuando te marchaste, hace ya tantos años. ¿Me recuerdas? De niños jugábamos juntos… Me ayudaste… me ayudaste muchas veces con los que se metían conmigo… Yo… yo… me alegro mucho de verte —tartamudeó el hombre—. Por favor, permite que te invite… que os invite a ambos a beber en mi humilde casa.
—Claro que me acuerdo de ti, Gorba. —El soldado puso una firme mano sobre el hombro del posadero y sonrió—. Han pasado muchos años, pero yo también me alegro de volver a verte. Gustosamente acepto tu invitación.
Cuando el posadero se hubo marchado con el pecho bien henchido, satisfecho de que tan ilustre héroe se acordara de él, y la curiosidad de los parroquianos se hubiera satisfecho, al menos en parte, Andrei se sentó en un taburete, sirvió dos vasos de vodka y comenzó una animada charla.
—Veo que aún conservas mi vieja cruz. —El monje señaló con un dedo el pecho del militar.
Vlad bajó la barbilla para contemplar el plateado colgante y luego afirmó con la cabeza.
—No me he separado de ella desde el día en que me fui, amigo. Me ha protegido en todas y cada una de las batallas que he librado.
El padre Andrei sonrió satisfecho.
—Pero, dime Vladimir, ¿dónde has estado todos estos años? ¿En Polonia, en Moldavia o tal vez en Lituania? Tu uniforme…
—He estado en todos esos sitios… y en muchos más. He luchado en las guerras de la zarina contra los turcos y los tártaros… y contra el invierno, por cierto. Han sido campañas muy duras.
—¡Por la barba de san Basilio! Vladimir, mírate. ¿Qué eres ya? ¿General?
Vlad rio de buena gana.
—Capitán, Andrei, solo soy un humilde capitán de la infantería imperial —dijo—. Pero no tiene demasiado mérito, créeme. Cualquiera que supiera leer y tuviera la suerte de sobrevivir a algunas batallas habría llegado igual de lejos que yo en las huestes de la zarina. El truco está en evitar las cimitarras de los jenízaros del sultán. Sobre todo, por la parte que pinchan.
—Ja, ja, ja, no has cambiado, Vlad. Tú siempre bromeando. ¿Tan duras han sido las cosas, amigo? Seguro que exageras —ponderó el eclesiástico con una sonrisa en el rostro mientras apuraba su vasito de un trago.
—De veras, Andrei, que no exagero la crueldad y la fiereza de la Sublime Puerta y sus aliados, los tártaros de Crimea —el soldado frunció el ceño mientras hablaba y sus ojos parecieron perderse en el recuerdo de lejanos días de batallas y escaramuzas—. Son enemigos temibles y, como sabes, manejan los poderosos sortilegios que hicieron caer los muros de la sagrada Constantinopla. Mas no sigamos hablando de eso, te lo ruego. La noche es ya lo bastante oscura por estos lares.
Vladimir señaló con la barbilla una de las ristras de ajos que colgaba sobre ellos.
El monje miró de reojo y se santiguó.
—Como ves, aquí nada ha cambiado —sentenció.
Después se fijó en cómo su camarada se quitaba los guantes de piel. Tenía una herida reciente en la mano izquierda.
—¡Por todos los santos, Vlad! ¡Estás herido! —exclamó el clérigo—. ¡Gorba! ¡Aprisa! ¡Trae agua caliente y vendas! —llamó al posadero, alarmado.
—Estoy bien, amigo. No es más que un rasguño.
—¿Qué ha pasado? ¿Lobos? —quiso saber Andrei.
Vladimir asintió, serio.
—Cruzando los Kharkov por el paso de Krasnovar, el único transitable con las recientes nevadas. Pero por san Juan Crisóstomo que nunca había visto lobos así, Andrei. Eran grandes como osos, y sus ojos ardían con un fuego verde, malévolo, si es que me entiendes. —La mirada de asombro al relatar lo sucedido, revelaba que él mismo aún no daba crédito a sus palabras.
—¡Dios del cielo! Sí, los he visto en la distancia. Este otoño se han vuelto más feroces y osados. Se ha informado de ataques incluso en las afueras de Vorskigrad —aseveró el eclesiástico—. Es como si algo los estuviera volviendo más agresivos.
—¡Bah! ¡Sabes que me refiero a algo más!
El monje cabeceó, resignado, mientras volvía a rellenar el vaso. Vlad no había tocado el suyo.
—¿Crees que eran…? Ya sabes —preguntó Andrei, tragando saliva.
—¿Licántropos? No, no lo creo, puedes estar tranquilo —dijo en un susurro al abrirse el pecho de la guerrera—. Tu cruz de plata que llevo alrededor del cuello habría llenado de ampollas mi piel desde el primer momento si así fuera. Pero tampoco eran lobos corrientes. De eso estoy bien seguro.
—Un mal antiguo se agita de nuevo en este valle, Vlad. Lo noto. A veces, en el crepúsculo, el viento arrastra los ecos de una voz cruel. Al oírla, los parroquianos se refugian en sus hogares y, si son listos, no los abandonan hasta que el alba tiñe de blanco cada rincón de sus casas. Nadie habla de ello, pero es una voz de mujer, Vlad.
—¿Te refieres a la voz de la p…?
—¡No! —cortó Andrei levantando las manos—. Te ruego que no pronuncies su nombre aquí.
El posadero regresó con lo que se le había pedido.
—Gracias, Gorba. Ahora déjanos, yo me encargo —dijo el padre Andrei de forma hosca, despachando al rubicundo dueño de la posada con un ademán brusco mientras empapaba un paño en el agua caliente.
—De veras, es solo un rasguño, Andrei —protestó Vlad—. No llegaron a morderme con fuerza. Unas cuantas coces de mi caballo y unos mandobles al aire bastaron para ahuyentarlos.
—Pues sí, parece superficial —reconoció el monje—. Has tenido suerte de llevar unos buenos guantes de piel. Pronto se curará, aunque, por tus cicatrices, parece que no hace falta que te lo diga.
Vladimir sonrió.
—Te lo he dicho, hace falta mucho más que un mordisco para acabar con un Vataziev. Pero cuéntame ¿qué ha sido de ti? ¿Sigues viviendo con el viejo padre Anatoli en el pequeño convento de San Basilio? —Andrei asintió—. ¡Será ya un anciano decrépito!
—¡Lo es! Y cuando se marche ya sabes que la pérdida será doble, pues para mí ha sido el padre y la madre que nunca tuve.
Vlad asintió, cabizbajo.
—¡Pero creo que nos enterrará a ambos! Puedes creerlo —rio Andrei—. Siempre ha sido un hombre fuerte como un roble. Sin embargo, hace ya varios años que me encargo yo de la liturgia en Inski y en Vrolokvar. Me acerco dos veces por semana. El pobre padre Anatoli ya no puede montar y solo oficia algunas veces aquí, en Kainengrad. Sobre todo en Pascua y en Cuaresma. Vrukomir, Vorkisgrad y Bradovski cuentan con sus propios monjes, así que no tengo que desplazarme hasta allí. Además, dos novicios se han unido el año pasado a nuestra congregación y nos ayudan a mantener en pie la iglesia y nuestro humilde y pequeño convento. Se llaman Daniil y Iakov.
—Me alegra saber que la fe no decae en el valle.
—Y yo de que hayas vuelto. ¿Te quedarás mucho?
—Bueno, eso me lleva a que tengo algo más importante que decirte: los he dejado.
—¿Has dejado qué? —quiso saber el eclesiástico, con aire distraído, mientras terminaba de vendar la mano de Vlad.
—Los ejércitos imperiales, Andrei. Mi compromiso con la emperatriz de todas las Rusias ha finalizado. La paz reina en el imperio desde San Petersburgo a los lejanos desiertos de Mongolia, al menos por ahora, y yo he vuelto a casa. Los días de guerra han acabado.
—Me alegro de oír ambas cosas, amigo mío. Ya sabes que aquí no llegan con frecuencia las noticias del exterior. Poco ha cambiado desde que te fuiste. Pero, como ya dije, es motivo de celebración que hayas decidido volver. ¡Y lo celebraremos! ¡Bebe vodka!
La ígnea barba del monje se abrió en una amplia sonrisa.
—¿Y ella? ¿Sigue aquí, Andrei? —preguntó de improviso Vladimir, sujetando el vaso de vodka sin llevárselo a los labios.
Una sombra cruzó rauda por los ojos del clérigo y la sonrisa se le congeló en la boca. Incluso la vela que ardía sobre la mesa que compartían tembló por un momento, como si un soplo de aire gélido la hubiera alcanzado. El monje dejó caer la venda ensangrentada en el balde de agua y cerró los ojos.
—Sí, Vladimir —dijo al fin—. Cristiana sigue en el valle, indómita y salvaje como un caballo de la estepa. Apenas he cruzado dos palabras con ella en el último año, si quieres saberlo. Por supuesto, nunca viene a la iglesia.
—Pero ¿no se ha casado? Yo creía que ya habría encontrado a alguien…
—¿Casarse? ¡Dios del Cielo, no! Algunos han intentado cortejarla, sí. Pero, que yo sepa, no ha habido nadie desde que… bueno, desde que tú te marchaste. Mas ¡¿qué hombre se atrevería siquiera a acercársele?! La vi romperle los dientes de un puñetazo a un cosaco zaporogo que intentó sobrepasarse con ella en el mercado de Inski. Se ha convertido en una diablesa de la espada, ¡san Cirilo me perdone! Anda con sus hermanos cabalgando todo el día por el valle de allá para acá. Aunque se ha hecho una mujer hermosa como un rayo de luna, los parroquianos rehúyen su compañía como si se tratara del mismísimo Diablo.
Vladimir escuchaba atento las palabras de su amigo, y no pudo evitar sonreír ante la vehemencia con la que se santiguó al pronunciar la última palabra.
—Los Orlov siguen con su cruzada familiar, ya sabes cómo son. Al fin y al cabo, a su manera son servidores de la Iglesia, como tu difunto padre y tu tío Alexei.
—¡Mi tío! —exclamó de repente el militar, cambiando el semblante—. Debo verle. ¿Dónde está? ¿En la vieja torre bizantina? Me escribió una carta…
—Lo ignoro, Vladimir. Hace tres días que no viene a verme por la parroquia y eso no es habitual en un hombre tan devoto. He preguntado por él y nadie más en la villa le ha visto en ese tiempo. Espero que no le haya pasado nada.
—Yo también lo espero, Andrei. En su carta, fechada hace dos meses, mostraba preocupación por diversos sucesos recientes acontecidos en el principado. No daba detalles concretos, pero me pedía que regresara.
—Conoces a lo que se dedica y los horrores que oculta la noche. Tú y yo mismo… durante algún tiempo… bueno, ya me entiendes. Antes de que te fueras…
—Sí, Andrei, claro que te entiendo. Y te aseguro que no he olvidado lo que me enseñaron. Sigo siendo un caballero bizantino y sé cuál es mi deber. Solo que ahora ya no soy el mismo muchacho que se fue de aquí. Ahora soy un hombre que ha visto, además, la maldad de los hombres y… ha sufrido sus consecuencias. Lo que importa es que he vuelto, amigo, y por lo que me cuentas hay trabajo que hacer en Kainengrad.
—Vlad, préstame atención. No sé en qué andaba metido tu tío Alexei, pero ¡que me aspen si no es una extraña coincidencia! La última vez que lo vi estaba hablando precisamente con Cristiana Orlov aquí en La Cabeza del Lobo. Justo ahí —dijo señalando con el dedo a la mesa contigua—. Hablaban en voz baja y con semblante serio.
—Todo esto es muy raro.
—¡Puedes apostar que lo es! Y hay más. La noche antes de ese encuentro, había desaparecido la primogénita de Stepan Tagirov, el gran terrateniente de los viñedos. Sus caldos son los más famosos de aquí a Kiev. ¿Te acuerdas de él? La muchacha era una niñita cuando te fuiste, pero ahora está ya en edad de contraer matrimonio. Al parecer desapareció de su propia alcoba en extrañas circunstancias.
—¿Extrañas circunstancias?
Andrei asintió, severo.
—Según he oído, su puerta estaba atrancada por dentro.
—¿Y las ventanas?
El monje se encogió de hombros.
—Desconozco más detalles, pero ya sabes que la mansión de los Tagirov era una antigua fortaleza, llena de altas torres… Habría que tener alas para salir de esas alcobas por una ventana.
Vlad frunció el ceño, pensativo.
—Pensaba ir por la mañana para hablar con la familia y ofrecer mi consuelo espiritual. Quizás tenga algo que ver con ello y lo estuvieran investigando juntos. ¿No crees?
—No lo sé, Andrei, pero pienso averiguarlo. Te lo aseguro. Está bien, te veré en San Basilio durante los oficios matutinos y luego te acompañaré a ver a los Tagirov. Entonces, ¿sigue en pie la vieja torre de mi familia?
—Hace muchos años que no me acerco por allí, pero, que yo sepa, tu tío la seguía ocupando hasta hace unos días. Vassily, el buhonero, suele pasarse y asegura que vio salir humo de las chimeneas hace cuatro días. Igual solo ha estado ausente unas jornadas y ya ha regresado.
—Quiera Dios que así sea.
—¿Irás? —El padre Andrei enarcó una ceja.
—Iré, Andrei, y esta misma noche. Hay mucho que hacer y debo encontrar a mi tío, si es que aún vive. ¡Ay, presiento que algo terrible ha sucedido! Volveré por la mañana e iremos a ver a los Tagirov. ¡Tvoió zdorovie!1.
—¡Tvoió zdorovie! —lo imitó Andrei, y ambos apuraron el contenido de sus vasos de un trago.
—¡Adiós, amigo! Ha sido un encuentro muy feliz para mí.
Vladimir dejó sobre la mesa el pequeño vaso de cristal, dirigió una mirada afable a su viejo camarada y le guiñó un ojo. Después cruzó la posada y salió a la ventisca del atardecer, cerrando la pesada puerta de madera tras de sí.
Andrei se puso en pie, hinchó su poderoso pecho y se dirigió en voz alta a todos aquellos parroquianos que le miraban tras la marcha del soldado:
—¡Esto sí que es una señal del Cielo! Vladimir Vataziev y yo juntos otra vez… ¡Vaya! ¡Que se preparen todos los servidores de Satán!
Y volvió a rellenar su vaso.
1. ¡A tu salud!
La luna llena derramaba una fina telaraña de plata sobre el río Yasnaya. El sol acababa de ponerse y el valle dormitaba bajo un espeso manto de nieve.
Una mujer de cabellos dorados desmontó de un salto y ató su corcel ruano a un poste a la entrada del puente que cruzaba las tumultuosas aguas. El caballo piafó, relinchó y corcoveó, nervioso. Acarició las rubias crines del animal para tranquilizarlo y abrió las alforjas que le colgaban a un costado. Extrajo un farol de latón y, con cuidado, prendió la llama con un tizón encendido que había llevado resguardado en la propia cazoleta.
El pequeño río era un misterio. Nacía entre los brumosos picos de los montes Kharkov y descendía entre sus grietas y escarpadas laderas con gran furia, hasta apaciguarse en las oscuras aguas del lago Vorski. A su salida, y sin que nadie supiera bien el porqué, volvía a enfurecerse de forma repentina recorriendo entre rápidos y cascadas los kilómetros que le faltaban hasta llegar a la bahía de los Malos Presagios, antesala del mar Negro. Como el propio valle de Kainengrad, no rendía cuentas a nadie, ni siquiera a los poderosos Dniester y Dniéper, entre cuyas desembocaduras transcurría su azarosa vida.
Muchos años atrás, los habitantes de Kainengrad habían construido otro puente —el Puente Nuevo—, unas millas más al sur. Lo habían levantado para cruzar el tramo meridional de la corriente. Los aldeanos decían que, en las noches de luna llena —sobre todo las de finales de otoño—, podían verse cosas malignas y escucharse ruidos extraños en aquel lugar. Gritos y alaridos terroríficos capaces de helar la sangre al más templado de los hombres. Se hablaba de alguna desaparición, incluso. Lo llamaban el Puente del Hombre Muerto y ya nadie cruzaba el río por allí, si podía evitarlo. Y mucho menos de noche.
