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He aquí cinco relatos que se leen como una novela y que desentrañan, con rara delicadeza, el aspecto más oscuro de la experiencia humana: el último jalón, la muerte, y como consecuencia inevitable, el angustioso recorrido que los que sobreviven deben emprender para despedirse de quien ya no está, sin que la ausencia se transmute en olvido. ¿Cómo cambia la vida? ¿Qué queda del amor cuando ya no hay a quien amar? Entre los resquicios de estas preguntas emerge el personaje de Alice, la protagonista, una mujer de mediana edad que, en cada una de estas pequeñas historias entrelazadas, experimenta en primera persona o a través de otros la amargura de la pérdida. El curso de los días –los suyos, los de todos– no se detiene, pero el dolor, la duda, la soledad acechan, se filtran por las grietas de una existencia fragmentada como un puzle de recuerdos. «Judith Hermann brilla en la distancia corta, con una mezcla de hiperrealismo, sutileza y evocación. De este libro se sale con un intenso sentimiento de nostalgia, no por dejar una historia, sino por abandonar un mundo». LE MONDE «Hermann tiene el don de poner ante los ojos del lector unos lugares y una atmósfera tan reales que uno pensaría que puede agarrarlos con la mano». DIE WELT
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Seitenzahl: 186
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Pero Micha no moría. No lo hizo en la noche del lunes al martes, tampoco en la noche del martes al miércoles, posiblemente moriría en la tarde del miércoles o en la noche del jueves. Alice creía haber oído que la mayoría de las personas morían de noche. Los médicos ya no decían nada, encogían los hombros y mostraban las manos vacías y desinfectadas. Nada que hacer. Lo sentimos.
Entonces, Alice y Maja con su niña buscaron un nuevo alojamiento. Una nueva casa de vacaciones, porque Micha no moría y la de ahora era demasiado pequeña. Necesitaban como mínimo dos habitaciones, una para Maja y la niña y otra para Alice, y también una sala de estar con televisión para pasar lwas tardes, una cocina medianamente equipada para hacer la comida de la niña y un baño con bañera. ¿Un jardín? Una ventana con vistas a algo bonito.
En el hospital, Micha llevaba un camisón de rombos azules. Se había quedado en los huesos, un esqueleto; solo las manos eran las de siempre, y además estaban suaves y cálidas. En la mesilla no había nada más que una botella de agua mineral y un pistero. Aunque ya no bebía.
Alice preparó la bolsa de viaje. Un camisón, tres camisetas, tres jerséis, un pantalón, ropa interior, un libro. Se sentó en el sofá de mimbre entre cojines y, sobre el tablero de azulejos de la mesa, lanzó hacia la niña una pelota verde de plástico con una campanilla dentro que tintineaba. La niña ya se sostenía en pie si se apoyaba en la mesa baja de la sala de estar, y se sujetaba orgullosa al tablero con ambas manos. No reaccionó a la pelota, pero repitió varias veces y en tono decidido la palabra «liebre». Se le entendía claramente. Maja habló por teléfono con el dueño de una casa de vacaciones al otro lado de la ciudad. Barata. Tres habitaciones. Con jardín. Sí, por supuesto, también con lavadora. No más lejos del hospital que la de ahora, con sus forsitias artificiales en el jarrón colocado sobre el mueble empotrado de la pared; sobre el televisor, una foto enmarcada de una puesta de sol en un lago vacío; la cama plegable delante del mueble de la pared donde había dormido Alice, la cama de dos plazas en el rincón y el sofá de mimbre arrimado a la ventana. Las cortinas estaban descorridas, la ventana daba al aparcamiento de un supermercado, coches que aparcaban y desaparcaban, personas que empujaban carros de la compra llenos hasta los topes. En el hospital católico, dijo Maja al teléfono, mi marido está en el hospital católico. Estaba sentada en el borde de la cama, con la cabeza apoyada en la mano y la cara vuelta. Alice le observaba la espalda. La niña por fin se decidió por la pelota, la levantó y la sacudió con fuerza escuchando atentamente, con cara expresiva, la campanilla.
Nos mudamos, dijo Alice a la niña. Vamos a otro sitio. Ya verás qué bonito. Hay una bañera, un jardín, podremos salir a pasear todas las mañanas. Árboles. Pradera. Quizá liebres, las veremos, quizá cacemos alguna.
La niña no contestó. Dirigió a Alice una mirada larga y muy enigmática. En la pequeña barbilla le temblaba una gota de baba transparente. Era la hija de Micha y se parecía mucho a su padre.
Esto era lo que pasaba: Micha se moría en Zweibrücken.1 Dos puentes, a Alice le sonaba poético. Se trataba, sin embargo, de una imagen equívoca, porque para el moribundo había, en cualquier caso, un solo puente. ¿Para quién era el segundo? Lo de Zweibrücken pasó así: tras una odisea de un hospital a otro, al final Micha se moría por casualidad en un hospital católico en una ciudad lejos de casa. Se habría reído si hubiese tenido fuerzas para ello. Sin embargo, ya no le quedaban. Tenía cáncer y le daban morfina, estaba ya casi ido. Ni siquiera estaba claro que el sonido que él hacía cuando Alice se sentaba junto a la cama y le tomaba la mano fuese para expresar dolor o aprobación. Los médicos, que habían desistido hacía una semana, aún actuaban por cortesía entre bastidores; de vez en cuando venía uno y hacía como si le midiese la fiebre o le tomase el pulso. Los médicos ya habían anunciado días atrás que iba a morir, pero simplemente no moría. Inspiraba y espiraba. Inspiraba y espiraba. Inspiraba y espiraba. Eso era todo.
Maja le cambió el pañal a la niña sobre la cama de matrimonio. La niña era muy guapa y tenía la piel suave y blanca. En la espalda tenía un lunar con forma de corazón, una marca de nacimiento. Alice, sentada en el sofá de mimbre, miraba cómo Maja le cambiaba el pañal a la niña, cogía con la mano izquierda los dos piececitos y la levantaba suavemente.
Cogeremos un taxi, dijo Maja. Llámalo tú, por favor. En diez minutos.
Bien, dijo Alice.
No hablaban mucho entre ellas. A veces más, a veces menos, más bien menos; no resultaba incómodo. La noche anterior habían estado las dos sentadas, juntas, en silencio y mirando a la niña comer pizza. Mucho rato. Alice se levantó y fregó los cacharros que quedaban: dos tazas de café, dos platos, un pequeño cuenco en el que la niña había comido a mediodía un yogur natural con rodajas de plátano. Por favor, envuelve también las cosas de la nevera, dijo Maja. Advirtió a la niña que se quedara tumbada: estate quieta un poco más.
En la nevera había huevos, pescado, tomates y un poco de mantequilla. Quedaba todavía infusión de hinojo, patatas, manzanas y peras. Tres botellas de cerveza y una de vino. En una olla, sobre la placa de la cocina, estaban la tetina y el biberón hervidos. Alice abrió dos bolsas de color amarillo brillante. Estaba muy desconcertada. Le habría gustado hacerlo todo bien.
El casero estaba delante de la puerta. Había llamado, pero no lo habían oído. Solo quería ver si estaba todo en orden. Alice le puso el dinero en la mano que le había tendido y no vio ninguna razón para mentir. No, no nos vamos de viaje, nos mudamos, aquí estamos demasiado estrechas. Pero, por lo demás, está todo bien, muchas gracias. No, sigue todavía. No se ha acabado. Los médicos dicen que es muy fuerte. El casero sonrió con una mueca de impotencia; parecía muy torpe, pero qué podía hacer.
Entonces, ¿adónde van?
A las afueras, exclamó Maja desde la cama. A las afueras de la ciudad. Se supone que allí también habrá un jardín; es mejor para la niña. Pero gracias por todo. Muchas gracias de todos modos.
Maja llevaba diez días en Zweibrücken con la niña. Había llegado en avión. Era la primera vez que la niña volaba y no había llorado durante el despegue ni durante el aterrizaje. Había alquilado la casa desde Berlín. Al dueño le había dicho que no estaba en Zweibrücken de vacaciones. ¿De verdad había alguien que fuera de vacaciones a Zweibrücken? El casero no supo qué responder. Cuarenta euros la noche por la habitación, las forsitias y un baño con ducha. Cuando al cuarto día la niña había empezado a llorar en la carretera que llevaba al hospital y ya no era posible consolarla, Maja llamó a Alice.
¿Puedes venir? Micha se muere. Seguro que quieres verlo una vez más. Necesito a alguien que cuide de la niña; ya no quiere venir más conmigo al hospital.
¿Crees que Micha quiere verme?, le hubiera gustado preguntar a Alice. ¿No crees que podría ser demasiado? Pero cómo podría saber Maja si Micha quería ver a Alice.
Sin embargo, había dicho: ¿qué pasa entonces con la niña?
Maja había reflexionado un momento y después había contestado: la niña ya no reacciona como si Micha fuera una persona. Ya no la puedo llevar conmigo a su habitación. Pero yo quiero estar con él. ¿Lo entiendes?
Alice partió un día después. Casi no conocía a Maja. Conocía a Micha. Por supuesto que quería verlo una vez más, claro que sí. Hubo un tiempo en que había pensado que no podría vivir sin ver la cara de Micha. Se lo había dicho a menudo y todas las veces se había reído afectuosamente. Pero ella también había pensado que moriría mientras el tren en el que iba atravesaba un paisaje aburrido y espantoso. Se consideraba tan importante que había dado por hecho que Micha moriría porque ella venía, y antes de que ella estuviera junto a él.
A pesar de ello, partió y Micha no había muerto. No lo había hecho mientras ella estaba en el tren, leía el periódico, dormitaba, se despertaba de nuevo, bebía café, comía una manzana verde, miraba por la ventanilla, lloraba, iba al lavabo, se cambiaba de sitio, dos veces. Todo lo percibía como una señal y lo malinterpretaba. No murió cuando llegó a la ciudad y Maja y la niña la recogieron en la estación, se abrazaron y Maja dijo: podemos llorar más tarde. Micha no murió la primera noche en que Alice cuidó de la niña cuando Maja fue al hospital, ni tampoco durante la segunda; y, antes de la tercera noche, habían decidido mudarse.
Estaban en la calle y esperaban el taxi. El carrito de la niña estaba plegado. Junto a la bolsa de viaje de Alice y la maleta de Maja estaban las bolsas con la comida de la nevera. Pertenencias. Las palabras adquirieron de repente un segundo significado. La acera era estrecha, por la calzada los coches pasaban zumbando, salpicaban chorros de agua tras de sí. Nadie iba a pie. El taxi no llegaba. Maja tenía a la niña en brazos y la meció un rato, después se la pasó a Alice. Alice tomó a la niña y temió que se resistiera, pero no lo hizo, solo parecía muy seria. La cogió en brazos, apoyándola un poco en la cadera, como se sostiene a un niño. La cercanía de su carita, rodeada de un mullido gorrito de lana rosa, le daba vergüenza. La niña olía a bebé, a leche y puré de zanahoria, tenía unos ojos azules enormes y claros. Alice no resistió aquella mirada, apartó la vista y miró la calle, arriba y abajo. Vaya zona. La calle corría por encima de la autopista, después atravesaba un parque donde nadaban patos desgreñados en un estanque salobre, luego continuaba por el desierto centro de la ciudad hasta el hospital; veinte minutos a pie con el carrito y la niña, que estaba aprendiendo a caminar y siempre quería caminar, pero no todo recto, sino de un lado para otro. Aprendió a caminar. A pesar de todo y precisamente por todo. Maja había hecho este recorrido durante una semana. De ida y de vuelta. La niña había lanzado galletas desmenuzadas a los patos. Los patos apenas habían reaccionado. Hacía frío; era mediados de un octubre que era todo menos dorado. En brazos de Alice, la niña giró la cabeza y vio lo que Alice veía. Lluvia y casas grises. Nada que mereciera la pena enseñar.
A lo mejor debería llamar al taxi otra vez, dijo Alice. Maja no reaccionó, lo que probablemente quería decir que no era necesario llamar de nuevo. Alice descubrió que a menudo hablaba sin decir nada, se expresaba claramente a través del silencio. En otras circunstancias, Alice quizá se habría quejado de ese silencio, pero Maja era la mujer de Micha. Tenían una hija en común y, cuando Micha muriera, ella sería su viuda. La historia entre Micha y Alice había pasado hacía demasiado tiempo como para reclamar cualquier derecho. Una anécdota, pero, pensó Alice, sin esta anécdota no estaría yo ahora en Zweibrücken. Y, sin embargo, que yo esté aquí no cambia el hecho de que Micha se esté muriendo.
El taxi paró junto al arcén. El taxista torció el gesto, no tenía ganas de bajar, mojarse lo pies, meter atrás todos los trastos: el carrito de la niña, la maleta, la bolsa de viaje y las bolsas con la comida. Bajó. Maja tomó a la niña de los brazos de Alice y sonrió al taxista. Alice subió delante. Detrás, el taxista manipuló nerviosamente los tornillos de la sillita para niños. Maja sostuvo sonriente a la niña en el regazo. Después partieron. Bonitos limpiaparabrisas, música en la radio, emisoras locales, charlas intrascendentes, un gong, y luego canciones pegadizas. Mirar por la ventanilla. Bajar la calle y alejarse por la autopista. Los carteles, las indicaciones de dirección y de las próximas salidas se leían claramente e invitaban a ir lejos; la posibilidad de desaparecer de nuevo de Zweibrücken. Desaparecer, huir, esfumarse, quitarse de en medio y limpiar el sol,2 un idioma que de repente ya no era válido aquí. Pasaron por delante del parque, el hospital desapareció rápido, con sus siete plantas, veinte ventanas en cada una; la tercera desde la izquierda de la sexta planta era la ventana de la habitación en la que Micha yacía en la cama e inspiraba, espiraba, inspiraba. La puerta de la habitación estaba siempre abierta y la respiración era tan ruidosa que se le podía oír ya al salir del ascensor.
Te asustarás cuando lo veas, había dicho Maja la primera vez que Alice fue al hospital. Y así había ocurrido.
Alice no miró hacia la ventana. Iban cuesta arriba, fuera del centro de la ciudad, apenas un pequeño trecho. Después atravesaron el bosque para entrar en una urbanización. El taxista tosía horriblemente. El número doce, dijo Maja desde el asiento trasero. Alice pagó, no quiso ningún recibo. El conductor farfulló para sí mientras sacaba las cosas del maletero. Después se fue. Alice, Maja y la niña se quedaron en la calle y miraron hacia la casa, un edificio de nueva construcción, blanco, bajo, con un invernadero en el que unas enormes azaleas se apretaban contra el cristal empañado. Delante de la ventana de vidrio coloreado de la puerta de entrada colgaba una tosca bruja montada en una escoba de paja que se balanceaba y crujía mecida por el viento. Alice creyó saber cómo iba a sonar el timbre. El aire era fresco. De repente, pudieron oler la lluvia, la tierra mojada, el follaje húmedo.
Alice había estado en el hospital por la mañana. Después del desayuno. Hay personas, dijo uno de los médicos, que se mueren mejor solas; déjelo un rato solo, no se preocupe. Micha se quedó solo desde la una de la madrugada hasta las diez de la mañana, nueve horas durante las que había respirado y no había muerto.
Aquella mañana, Alice se quedó sentada junto a la cama de Micha hasta las doce. Primero a un lado, después al otro. La habitación era funcional, con un armario junto a la pared, un lavabo, la puerta del baño y una superficie de linóleo lacado, vacía ahora y sobre la que había estado la cama de otro paciente. Las enfermeras ya lo habían trasladado a otro sitio hacía días y sin dar explicaciones. A algún otro sitio.
Cuando Alice se sentaba a la derecha de la cama, estaba de espaldas a la ventana, que daba a la ciudad y a un lejano perfil de colinas. Cuando lo hacía a la izquierda de la cama, estaba junto al gotero de morfina, pero se podía apoyar en el armario y mirar por la ventana en dirección a las colinas cuando ya no soportaba ver a Micha. Verle la cara a Micha. Micha dormía con los ojos abiertos. Siempre. Se había vuelto como una planta hacia la luz, hacia el día gris y a pesar de ello luminoso, con el cuerpo, la cabeza, los brazos y las manos vueltos hacia la ventana. Parecía que dormía a pesar de tener los ojos abiertos, pero quizá su estado era algo completamente diferente, sedado por la morfina e inundado de imágenes, o simplemente de nada. Suspiraba a menudo y profundamente. A veces, Alice le tomaba de la mano, una mano muy cálida y familiar. La puerta de la habitación estaba entreabierta, el golpeteo del calzado de las enfermeras era reconfortante. Se oía el timbre del teléfono de la enfermería, el traqueteo del ascensor, susurros y risas, un bullicio constante. El carrito de la comida pasaba rodando delante de la habitación y a veces entraba alguna de las monjas. A menudo entraba una vieja monja arrugada. Alice pensaba que la monja venía más por ella que por Micha.
¿Todo bien?
Sí, de momento.
La monja se quedó a los pies de la cama agarrada a la barra de metal. Miró a Micha con la cabeza ladeada. Con interés. La boca abierta con las encías negras y la mirada ausente en dirección a la ventana. La monja observó a Alice y preguntó qué tipo de persona había sido.
¿Qué quiere decir?, había preguntado Alice incorporándose. Se había hundido en la silla al apoyarse en el armario.
¿Quiere decir que cuál era su profesión?
Entre tanto, la monja había levantado las manos y las había vuelto a bajar, dando un golpe a la cama. Había dicho: bueno, ¿en qué ha ocupado su vida?, ¿qué ha hecho?
Las dos miraron a Micha y Alice pensó que la monja ya nunca vería cómo había sido Micha, cuál fue su aspecto, cómo hablaba, cómo había dicho palabrotas y sonreído, cómo había ido por la vida. Solo veía al moribundo. ¿Se le escapaba algo?
Dijo vacilando: yo diría que era un mago. Un artista de la magia. ¿Entiende lo que quiero decirle? Que sabía hacer todos esos trucos: sacar conejos de la chistera, malabarismos, leer el pensamiento. Pero siempre dejaba ver las cartas. Siempre quiso mostrar sus cartas. No se lo puedo explicar.
La monja dijo que se había imaginado algo así. El tono neutro podría haber sido de aprobación o de desprecio, difícil de interpretar. Dijo: bueno, ya no falta mucho. Luego, salió de la habitación. Cuando se les pone la cara tan afilada, entonces no falta mucho.
La puerta de la casa blanca y baja se abrió sola. No tuvieron que llamar. Probablemente todos allí lo habían visto todo desde los rincones en penumbra de sus cuartos de estar. Todos en esta calle silenciosa y tranquila se habían apostado detrás de las cortinas de las puertas de sus terrazas y habían visto cómo paraba el taxi y ellas bajaban. Una rubia, una morena y una niña pequeña con un gorrito rosa en la cabeza, las tres con ojeras. Maletas, bolsas y un carrito de bebé. La puerta se abrió sola, los caseros salieron de la casa, ¡bienvenidos!, tendieron los brazos. Una mujer y un hombre gordos, personas mayores, de la edad de los padres de Maja, de los padres de Alice. Alice era mayor que Maja y Micha ya no era un jovencito. Alice había pensado que él habría sobrevivido a ella. Que habría sobrevivido a todos. Micha estaría siempre ahí, esto había pensado. No habría podido decir por qué lo había pensado, quizá había sido una expresión de su amor, algo atemporal. Delante de la casa, Alice estaba con las bolsas en una mano y la maleta en la otra, y Maja a su lado con la niña en brazos y todas esas pequeñas cosas alrededor: bolitas decorativas en los parterres, tierra ya removida, césped verde, un sapo de arcilla blanca. Sintió que le temblaban las rodillas y temió perder el control, pero pronto se le pasó. La mujer tenía grandes pechos y llevaba unas gafas de color lila. Era inexplicablemente afectuosa, de una forma poco normal. El hombre iba siempre un paso por detrás, tenía las manos ásperas y desgastadas y al saludar apretaba con firmeza. Llevaba el pantalón del chándal bastante sucio y a ambos lados del ancho cráneo calvo se veían cicatrices profundas, como si hubiese metido la cabeza dentro de una abrazadera. Parecía raro, pero en cualquier caso todo aquello era raro; había que tomarlo así. Alice llevó la bolsa de viaje hasta el jardín, mientras la niña, en los brazos de Maja, decía una y otra vez liebre; liebre, liebre. Como para tranquilizarlos a todos.
La vivienda estaba en el sótano. La mujer explicó que era su piso, que ella misma había reformado y ampliado. El hombre permanecía en silencio y sonreía. Arriba había vivido la hija con los nietos y, abajo, ellos. Después, la hija se había mudado con los nietos a otra ciudad. Ahora ellos dos vivían de nuevo arriba y alquilaban el piso del sótano, de lo contrario sería una lástima. La mujer daba explicaciones elocuentemente, como disculpándose. Hablaba un dialecto cerrado y solo se le entendía la mitad, pero al fin y al cabo ya no importaba quién, cuándo ni por qué había vivido en ese piso. Alice caminaba detrás de Maja y esta seguía a la mujer, que había cargado inmediatamente con la niña, le había quitado el gorrito rosa de la cabeza y la llevaba en brazos como si fuera suya. Bajaron todos la escalera. La mujer delante con la niña, seria y de nuevo callada, después Maja, después Alice, luego el marido que, muy servicial, había cogido la maleta, las bolsas de viaje y las otras bolsas. Iba pegado a Alice y respiraba con pesadez.
La casa estaba en cuesta. Solamente la mitad del piso era sótano y daba, por detrás, al jardín. En un primer vistazo, todo estaba bien. Bastante acogedor: un espacio amplio con cocina americana y una mesa de madera clara en medio, una estantería con libros de cocina y baratijas, un televisor y un sofá en una esquina. El salón daba a dos habitaciones con camas, y al baño con bañera y lavadora.
Al mirarlo por segunda vez, ya no estaba tan bien. Había algunas cosas aquí y allá. Quizá esta gente se había mudado ayer del piso de abajo al de arriba y no habían recogido del todo las cosas. Habían dejado allí sus enseres: fotos enmarcadas, bebidas alcohólicas, revistas arrugadas, labores de punto a medio terminar. En el baño, en el borde de la bañera, había filas de champús y geles de ducha baratos. También había juguetes; la niña los había descubierto enseguida. Ropa en el armario, zapatillas bajo el perchero, realmente no había nada que objetar y, por lo demás, resultaba acogedor. Sin embargo, había algo íntimo en todo aquello, lo que suponía una carga adicional. Alice sintió algo de asco. Después, pensó en la decoración deprimente de la otra casa, donde al final era todo práctico y nada más. La niña estaba muy contenta. Arrasó enseguida con todas las baratijas de los estantes y tiró abajo el mantel de la mesa. Volcó cubos de detergente llenos de bloques de construcción y sacudió la puerta de la nevera. La señora gorjeaba, se reía, tranquilizaba a Maja, que se disculpaba por la niña. Caminaba de aquí para allá enseñando todo: el hervidor, la máquina de café, las persianas eléctricas, el televisor, el aparato de vídeo, la ropa de cama, las llaves. Del manojo de llaves colgaba una diminuta bruja montada en una escoba de alambre.
