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Vive en la ciudad, trabaja en una fábrica de cigarrillos, podría viajar en un crucero a Singapur como asistente de un mago y debe decidirse. Media vida más tarde, recuerda repentinamente ese punto de inflexión largamente olvidado. Escribe cartas a su exmarido donde cuenta cómo le va en su nueva vida a la orilla del mar en el norte. En el intenso paisaje de la costa, se convierte en otra persona. Un viejo mundo se pierde y nace uno nuevo. Ella ha montado su casa, ha trabado una amistad cautelosa y probado de nuevo suerte en el amor. ¿Debe quedarse o seguirá su camino? Judith Hermann (Berlín, 1970) se ha colocado en las listas de los libros más vendidos de Alemania con su última novela, En casa, que ha sido galardonada con el Premio Bremen de Literatura y narra la historia de una mujer que deja mucho detrás de sí: los recuerdos, las decisiones y el instante en que la vida se bifurca.
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Seitenzahl: 216
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Judith Hermann
En casa
Traducido del alemán por Eduardo Gil Bera
Para K. y B., con mi amor y amistad
Entonces, en aquel verano de hace casi treinta años, yo vivía en el oeste y lejos del agua. Tenía un apartamento de una habitación en una zona de nueva construcción de una ciudad mediana, y trabajaba en una fábrica de cigarrillos. Mi labor era fácil, tenía que controlar que la cinta continua entrara derecha en la cortadora, eso era todo. De hecho, lo hacía la máquina, que tenía un sensor ante el que pasaba zumbando aquella banda de tabaco infinita, y, cuando no entraba derecha, se paraba (como quien choca con la pared, con un topetazo terrible). Muchas veces ese sensor no funcionaba; para eso estaba yo junto a la máquina, vigilaba la banda sin fin y la enderezaba cuando se torcía. De siete a doce, media hora de almuerzo y luego otras tres horas. Muchas veces, miraba para otro lado. Me fijaba en la cortadora, donde la banda sin fin se troceaba en cigarrillos sueltos y de donde caían miles de ellos, todos ésos que se fumaría la gente fuera en la ciudad. Antes del trabajo. En las pausas. Después de comer. Mientras se discute. Mientras dura el amor y después de él.
Humo.
El trabajo en la fábrica de cigarrillos estaba bien. Me mantenía aparte de las conversaciones o, mejor dicho, no me entrometía en ellas. Llevaba tapones en los oídos; las demás trabajadoras no lo hacían y se empeñaban en hablar entre ellas en medio del ruido infernal de aquella nave, yo no podía oírlas por los tapones, pero sí observaba cómo gritaban. Se les ponía la cara roja y brillante, se les hinchaban enérgica y hermosamente las venas del cuello. Gesticulaban, tenían gestos precisos y escuetos para joder y fracasar, para la ira, para el final de algo, para el triunfo. Reían mucho y se señalaban unas a otras, dándose golpes en los muslos de la risa y enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano. Casi todas eran bastante guapas, a pesar de las batas deformes y las gorras de gasa deshilachada, y a pesar del calor en la nave, que nos dejaba a todas para el arrastre.
En la pausa del almuerzo, tenías que desear buen provecho. En el ascensor, en el pasillo, en la cantina, en la fila de recoger la comida: «Buen provecho». A mí no me apetecía decirlo, lo que acabó por llamar la atención, y me pidieron que fuera al despacho del encargado de turno.
Éste se sentaba tras un escritorio y rodaba con su silla adelante y atrás. Me miró de abajo arriba y lo que vio no le interesó particularmente. Asintió, como si hubiera algo que él sabía de todos modos y desde siempre, y bostezó por aburrimiento.
—A ver —dijo—, el saludo del almuerzo es de rigor entre nosotros.
—No entiendo de qué habla —repuse yo.
—Lo entiende usted muy bien —dijo él.
Claro que lo entendía. No entraba en mis planes quedarme en esa fábrica el resto de mi vida, sencillamente no soportaba la expresión «buen provecho».
—Fíjate, es muy fácil —dijo—. Si no eres capaz de desear buen provecho, estás despedida.
No se trataba de la expresión, sino de las reglas y del poder. Reflexioné un momento sobre el tuteo repentino y la temperatura que reinaba en su despacho, aquel recinto donde mataba el rato. Nos miramos fijamente.
Luego me dejó salir.
Por las tardes solía sentarme en mi balcón, en el quinto piso. Uno de los inquilinos anteriores dejó sus macetas, y en ellas crecían plantas que nunca había visto antes; delicados tallos verdes con flores blancas como cabezas de cerillas. Nunca las regué, pero allí estaban. El suelo era de césped artificial, había una mesa plegable y una silla, y la vista daba a la carretera de salida y a la gasolinera.
Me gustaba mucho ese panorama.
El anuncio de neón azul de la gasolinera, los coches entrantes y salientes, los maceteros con flores tristes envueltos en papel de aluminio, los sacos de carbón para barbacoa en la puerta. La gente que baja del coche y reposta, pensativa, mientras observa las cifras digitales fundiéndose unas con otras en el contador; entran y hojean los periódicos; compran cerveza, chocolate y caramelos de menta. Me imaginaba que tenían por delante un largo viaje y llenaban el depósito para irse lejos. Gente de paso. Si les preguntas una dirección, se encogerán de hombros y dirán: «Eh, no soy de aquí, no lo sé, lo siento».
Me sentaba en la silla del balcón, ponía los pies sobre la mesa y fumaba los cigarrillos de la fábrica. Tiraba la ceniza por encima de la barandilla y las colillas en una lata de cola. Fumaba demasiado entonces. Aquel verano hizo mucho calor, por lo que me quedaba allí en ropa interior hasta que ya era tarde y por fin oscurecía. Se iban encendiendo las luces en las viviendas, los faros de los coches centelleaban sobre el asfalto de la calle, el sol se había ido y el calor quedaba, no cedía, se había encajado entre las casas y no daba tregua. Me acostumbré a bajar a la gasolinera a comprar helados. Con un vestido de tirantes, cogía las llaves y dinero suelto, y bajaba en chancletas. Nunca usaba el ascensor, sino que bajaba por la escalera sofocante y sucia sin encender la luz. Fuera hacía aún más calor, el asfalto estaba reblandecido, por todas partes se veían las ventanas abiertas, se oían las televisiones, las discusiones, los portazos. Los coches rodaban a cámara lenta ante los surtidores, la gente repostaba medio dormida. La puerta de entrada se abría sola y el interior era luminoso y fresco. Siempre sonaba la radio. Abría el arcón de los helados y permanecía el mayor rato posible ante él; luego escogía un corte de nata. Sólo ése, ningún otro, pero siempre hacía como si no pudiera decidirme. La cajera era una mujer de mi edad actual. Me llamaba poderosamente la atención que estuviese constantemente leyendo, menos cuando tenía que cobrar, que paraba de muy mala gana. Era la misma mujer noche tras noche, pero no intercambiamos una sola palabra en todo el verano.
Una de aquellas noches, dos personas esperaban frente a la caja después de repostar, cargados con patatas fritas, regaliz y tabaco. Yo había pensado esperar junto al arcón abierto y meter los brazos hasta los codos en ese frío seco, pero finalmente lo cerré y me puse a la fila. La puerta de entrada se abrió y entró un hombre mayor vestido con un impecable traje negro. Sus cabellos eran de un blanco impoluto y tenía el rostro curtido, como de madera. Parecía que venía de un funeral de Estado. Le observé entrar por el rabillo del ojo, se colocó directamente detrás de mí y clavó su mirada sin más ceremonias entre mis pantorrillas desnudas. Noté su mirada y avancé un paso. Aguardó un momento y luego me tocó el codo; yo me di la vuelta.
—Es usted baja —dijo—. Perfecta para mí.
Recuerdo perfectamente su voz: muy suave, bastante clara para un anciano y algo áspera. Puede que hablase con un ligero acento meridional. Quisiera recalcar que lo que decía no sonaba ambiguo ni obsceno. Estaba siendo irónico, no tenía sentido. No soy de baja estatura, de hecho, mido un metro y setenta y siete centímetros. ¿Acaso eso es ser baja? Lo dudo, y así se lo dije.
Él levantó las dos manos con las palmas vueltas hacia mí, la piel callosa y limpia.
—No, desde luego que no. No es usted baja. Tiene una estatura normal, lo bastante baja para mi truco, los pies apropiados y los hombros estrechos. Necesito una nueva asistente. Creo que es usted la adecuada.
Eso dijo.
—¿La asistente adecuada para qué? —dije.
No pretendía preguntar, en un principio. No tenía interés en hablar con aquel señor, pero antes de darme cuenta ya estábamos charlando.
—Para ayudarme con el truco de la doncella aserrada. Soy mago.
La gente con las patatas fritas, la cerveza y el tabaco desaparecieron de golpe y la mujer de la caja se nos quedó mirando y dijo:
—El siguiente, por favor. Siguiente. Le toca a usted. Un corte de nata, ¿algo más?
—No, gracias —dije—. Disculpe, nada más, eso es todo.
Pagué mi helado. El anciano seguía detrás de mí, apegado de la manera más terca.
—¿Puedo acompañarla un rato? —dijo.
—Tendrá usted que pagar, ¿no?
—No he echado gasolina. La he visto desde la calle mientras paseaba, por eso he entrado.
La mujer de la caja miraba por detrás de nosotros. Sus ojos estaban vacíos. De todas formas, si hubiese necesitado ayuda no habría podido hacer nada. Abrió de nuevo su libro y se desentendió de nosotros, ofreciéndonos su hombro derecho, su perfil de lectora abstraída, así que salimos juntos.
Se movía deprisa para ser un anciano. Era ágil como un bailarín y más pequeño que yo, algo encorvado, y no parecía un mago.
—Vamos a ver: de ninguna manera puede usted acompañarme —dije.
—Pero ¿no va usted a pensarlo? Es muy sencillo. Sólo tiene que meterse en un cajón, yo la asierro, en apariencia, y luego la ensamblo de nuevo. Podemos probarlo. Viene usted a visitarme y lo probamos.
Con las manos me iba mostrando los objetos de los que hablaba: el cajón, la sierra, el ensamblado. Yo ya conocía el truco de la doncella aserrada, lo había visto en la televisión. Era prehistórico, lo conocía todo el mundo.
—No estoy segura.
—Lo comprendo, no se preocupe. Mi mujer estará presente y se ocupará de que no le pase nada. Usted sólo tiene que tumbarse. Tendría que ponerse un traje rojo, eso sí. Créame, es muy fácil.
No dije nada. Él miraba por encima de mí a las ventanas iluminadas de los bloques de pisos y sonreía con paciencia y amabilidad. Su traje, probablemente cortado a medida, estaba llamativamente limpio y cuidadosamente planchado; calzaba zapatos de punta de piel de serpiente —era lo único sospechoso en él—, extravagantes y llenos de polvo.
Escondió las manos en los bolsillos, ya me había enseñado todo.
Por lo visto, él no tenía calor.
Daba una impresión de total serenidad.
—Piénselo tranquilamente. Y luego viene a visitarnos. Calle Stein, número siete. Siempre estamos en casa.
—Lo pensaré.
Sin más, me di la vuelta y me alejé, dejándolo ahí plantado. No volví a casa, caminé en la otra dirección pero caí en que él no tendría por qué saber dónde vivía. Le quité el envoltorio a mi corte de nata. Se había derretido y se me escurría, así que lo tiré.
Estuve dándole vueltas una semana entera. Ocho horas al día, frente a mi máquina, durante siete días. Luego permanecía en el balcón hasta bien entrada la medianoche, fumando más de lo habitual mientras reflexionaba. Me extenuaba hasta la locura pensarlo. Al cabo de siete días, me di por vencida y busqué la calle Stein en el mapa. Vivía en la otra punta de la ciudad. No entendía qué se le había perdido por la zona de nueva construcción, ni por qué andaba por aquí con su traje planchado y sus zapatos de piel de serpiente. Necesité un buen rato para decidir qué ponerme. En aquella época, tenía solo un traje rojo y otro azul; me probé primero el rojo, me lo quité y decidí ponerme el azul. Estuve largo rato frente al espejo arreglándome el pelo; me senté a la mesa de la cocina, volví a levantarme y salí. Había decidido ir sólo para darle tregua a mi cabeza.
Cogí primero un autobús y luego otro, anduve largo rato por una calle con bungalós cercados por blancas verjas de madera, todos con sus balancines en el jardín, azaleas en macetas de barro bajo el porche de paja trenzada, los aspersores lanzando un velo de agua arcoíris sobre el césped perfectamente cortado y los caminos cubiertos de grava. A través de las puertas abiertas de los garajes se podían ver desde la calle los coches aparcados frente a montañas de leña perfectamente colocadas. Los habitantes de aquel barrio no eran pobres pero tampoco ricos, eran propietarios, a diferencia de mí. Sólo llevé conmigo el bolso con la cartera, las llaves, el tabaco y un mechero. No necesitaba nada más en aquel entonces, o al menos suponía que no necesitaría nada más, que podría marcharme enseguida de esa ciudad mediana a otra.
El bungaló del mago era el último de la calle. No parecía distinto a los demás. Detrás de él comenzaban las montañas, terminaba la calle, se convertía en una senda que se perdía entre las retamas. El garaje no tenía coche ni leña. En el jardín había unos árboles de hojas oscuras, casi negras. Las persianas de las ventanas estaban bajadas, seguramente por el calor. Me paré delante de la casa; a lo mejor no había tomado la decisión correcta, quizá albergaba la esperanza de que no hubiese nadie dentro. Pero entonces se abrió la puerta y salió el mago con sus zapatos de piel de serpiente, pantalón de traje y camiseta de tirantes. Cuando me vio abrió los brazos para recibirme, estaba claro que se alegraba.
—¡Pase, por favor! Qué bien que haya decidido venir. Me hace usted muy feliz, se lo aseguro.
Así que entré.
¿Cómo habría podido resistirme?
Lo seguí dentro de la casa; me sostuvo la puerta abierta y la cerró con cuidado detrás de mí. El pasillo era estrecho. Señaló una percha en un armario vacío, pero no había nada que yo quisiera colgar en ella. Me condujo a la sala de estar. Tenía un amplio frente acristalado que daba al jardín, ahí las persianas estaban levantadas, pero las puertas cerradas. En medio había un cajón sobre dos caballetes y tres sillas alrededor; en una de ellas se sentaba una mujer. Parecía ser todavía mayor que su marido. Era bastante delgada, llevaba una blusa de seda con cuellos altos y cerrados como una reina victoriana, y su cabello corto, desgreñado y metálico parecía estropajo de acero, al contrario que su blusa. Cuando entré, se levantó, entrelazó sin más las manos a la espalda y no sonrió.
—No es tan pequeña —dijo a su marido.
—Es la apropiada. Estarás de acuerdo en eso —replicó él.
La encontré descortés, y no pude menos que decir:
—¿Por qué no hace usted de asistenta? Usted sí que es pequeña. ¿Por qué no se deja usted aserrar?
Sacó la mano de detrás de la espalda y la agitó como quien dice adiós mientras entrecerraba los ojos.
—Soy demasiado vieja. La gente no quiere ver una cosa así.
—Así es —dijo él—. Tiene razón. Siéntese. Estamos tomando té helado. Sabía que vendría. Estaba seguro. He esperado un poco, pero sabía que lo pensaría y luego vendría. Hace mucho calor. Bebemos algo y luego comenzamos.
Nos sentamos los tres en torno al cajón y bebimos el té helado, que estaba dispuesto en una jarra en la repisa de la ventana, junto a tres vasos. Era como si hubieran sabido de antemano que acudiría aquel día. El té sabía a limón y miel, poco azucarado. Tenía cubitos de hielo. La mujer del mago los masticaba haciéndolos crujir increíblemente fuerte, uno detrás de otro. Estaba sentada en su silla y balanceaba las piernas como una niña vieja; era casi una enana. Ladeó la cabeza y me miró.
—¿A qué se dedica usted?
—Trabajo en la fábrica de cigarrillos —dije.
—Fumará.
—Claro.
—Tendrá usted familia.
—No.
—Alguien que la espere, alguien para quien tenga que hacer algo.
—No, nadie para quien tenga que hacer nada.
—Sus padres.
—Ya no tengo.
Tenía a mi madre y a mi hermano, pero no pensaba que eso fuera de su incumbencia. No sabía por qué quería saber si había alguien de quien tuviese que ocuparme, y pensé que, si me preguntaba si había comentado que acudiría hasta allí, me levantaría y me marcharía. Pero no preguntó más. Miró a su marido, y este sonrió de esa manera especial y tierna y asintió.
—Sepa usted —dijo él— que iríamos en barco. Juntos los tres: mi mujer, usted y yo. Es un crucero, el MS Aurora. Usted dispone de cabina exterior, puede ponerse en la ventanilla y fumar con vistas al mar. Hacemos tres representaciones a la semana. El barco hace la ruta a Singapur y vuelta. Dura un trimestre. ¿Qué le parece?
No sabía qué decir. Miré la habitación en derredor: estaba vacía, no había nada personal, nada que me contara algo de esa gente, ni fotos en la pared, ni chucherías en el aparador, sólo las sillas donde estábamos. Y el cajón. Estaba un poco raspado, cubierto con papel barnizado azul y estrellitas plateadas, en medio tenía una rendija, una abertura en la esquina izquierda y dos en la derecha. Nada más. Es probable que el cajón se construyese hace treinta años, pero estaba segura de que ya entonces resultaba ridículo.
El anciano vio cómo lo miraba.
—¿Está usted preparada? ¿Tiene sed? —dijo.
—Estoy preparada. Me gustaría acabar cuanto antes.
—Estupendo. Empezamos enseguida. Ahora mismo.
Se levantó y puso su silla junto al cajón.
—En la representación hay una escalera pequeña de revista —prosiguió—. Usted sube, yo abro el cajón y se mete dentro.
Me quité las chancletas y subí descalza a la silla.
—No tenga miedo —dijo.
—¿De qué voy a tenerlo?
Abrió el cajón; dentro había una manta cuidadosamente doblada, y en un extremo, un cojín arrugado, y en el otro estaban acoplados dos pies de atrezo con zapatos negros de charol.
Señaló primero el cojín y luego los pies de atrezo.
—Eso es adelante, claro, y eso atrás. Usted se echa, pasa su hermosa cabeza por la abertura y esta queda fuera. Empuja usted con sus pies los de atrezo, los mueve un poco, luego yo cierro el cajón y usted recoge las piernas hasta quedar en esa mitad. ¿Entendido?
Se interrumpió, no estaba seguro de si yo le entendía.
—Entendido. Siga.
—Lo mejor es que recoja las piernas hacia un lado. Es estrecho, le ruego me disculpe; no me alargaré mucho. La asierro a usted. Hago la magia —dijo ruborizándose, sutil y orgullosamente— y la libero de nuevo. Eso es todo.
Subí al cajón, me tendí y saqué la cabeza por la abertura. El cojín estrujado era asombrosamente cómodo. ¿Quién se habría echado en él? Empujé hacia fuera del cajón los pies de maniquí con los míos. Él abrió el cajón. Recogí las piernas y me corté en la rodilla con una astilla. El cajón se tambaleaba, yo tenía calor. Su mujer nos miraba de cerca. Parpadeaba como un cuervo.
—Bien —dijo él—. Eso es. ¿Está usted recogida en su mitad?
—Lo estoy.
Sacó de debajo del cajón una lámina de metal y la hizo temblar; sonó como un trueno lejano en un teatro de guiñol.
—En la representación verdadera —dijo—, causamos un poco más de impresión. Es sólo una prueba, para que usted vea de qué se trata y se haga una idea. ¿Todo bien?
—Todo bien.
Hizo temblar una vez más la lámina de metal; luego la sostuvo sobre la rendija en mitad del cajón, la hundió e hizo como si estuviera aserrando. Yo notaba la lámina en las plantas de los pies; estaba fría y hacía cosquillas.
—En directo hay además niebla. Y música. Y lo hacemos con luz, lo iluminamos. ¿Comprende usted?
—Ajá.
Estaba tumbada boca arriba, con las manos cruzadas sobre el estómago y las rodillas dobladas a un lado. Desde que puedo recordar, he tenido la capacidad de recogerme en mí misma, un caracol que se desliza a su casa, uno de esos arácnidos que se enrollan como una bola. Estaba incómoda en el cajón, no agobiada, pero incómoda, y por un momento pensé que me iba a desvanecer, que me habían echado algo en el té helado y cuando volviera en mí estaría enterrada viva. Un instante después creí estar realmente partida en dos, no físicamente, más bien en la cabeza. Quizá en el corazón. Mi corazón estaría partido en dos mitades, yo estaba allí y en otro lugar. En otro sitio muy lejos. Y después eso se pasó. Y tan rápido que pensé que me había equivocado.
Sacó otra vez la lámina del cajón, abrió la tapa, me estiré, metí de nuevo hacia dentro los espantosos pies de maniquí con los zapatos de charol, y salí afuera. Bajé a una silla y de vuelta al suelo. Lo miré todo desde fuera; no podía imaginar que aquello impresionase a alguien, parecía de cumpleaños infantil. De guardería.
—¿Cómo se siente? —dijo la mujer.
—¿Cómo voy a sentirme? —contesté—. Igual que antes. Me siento bien. ¿Por qué me pregunta eso?
Ella desvió la mirada.
—Por nada —dijo—. Tiene usted que poner algo más de su parte. No puede subir y bajar sin más. Debe mantener cierta actitud. Tiene que tomárselo en serio.
—Quiere usted decir que tengo que subir con solemnidad —dije—. Y descender con solemnidad.
—Ya lo hace —dijo su marido.
Se ve que él sentía la necesidad de intervenir.
—Sé que lo hará bien, la gente estará entusiasmada —añadió—. Les va a encantar.
Me senté de nuevo en mi silla. Para mi asombro, estuvimos sentados juntos un buen rato, pero no hablamos mucho más. Ella se había calmado, y también yo. Mirábamos afuera, al jardín: el viento soplaba entre los árboles y tiraba de sus hojas oscuras, que ya no parecían hojas, sino más bien agua, una especie de agua verde oscuro, negra. Mirábamos los tres al exterior. Probablemente el jardín no era del mago y su mujer, ni tampoco el bungaló. Estaban allí de paso, no vivían en ningún sitio, viajaban en el barco con su cajón, de acá para allá. Eran, en definitiva, viajeros.
Reinaba tal silencio en la sala que inmediatamente pensé que me había quedado sorda. Carraspeé y sí me oí.
—¿Qué más trucos hace usted? —pregunté.
Asintió tan servicialmente que casi dolió.
—¡Oh! Trucos con cartas, con pañuelos de colores, con números —dijo—. También con el pensamiento. Lo leo.
—¿No hace trucos con conejos, ratones blancos o palomas?
Sacudió la cabeza.
—No. Nada de trucos con conejos ni ratones blancos. No se permiten conejos, ratones ni palomas en el MS Aurora.
Me miraba. Yo lo miraba a él. Su cajón era un chiste, pero en torno a él había algo rígido y obstinado. Intenté no pensar en nada. Temía no haber sido lo bastante rápida. Quizá no lo era para él.
—¿Ha estado usted alguna vez mucho tiempo en un barco? ¿Alguna vez ha hecho un crucero?
—No, nunca.
—Un viaje en barco es algo particular. Lo encontrará usted muy hermoso. La vista del mar cada mañana y cada tarde es relajante. Y, cuando sale y se pone el sol, es un regalo.
Extendió su mano seca.
—Diga usted que sí —prosiguió—. Venga con nosotros. Dispone de una semana para recoger sus cosas, salimos justo dentro de siete días. Tendría usted que estar el lunes a las doce del mediodía en la estación, vamos en tren durante medio día hasta el puerto, zarpamos por la noche. Puede dormir, tomarse un café tranquilamente, hacer sus maletas… Después nos vamos de viaje.
Respiré. Le di la mano; su apretón fue ligero y todo lo contrario a apremiante. Su mujer se levantó. Pensé que diría algo, pero no, se limitó a ponerse en pie. Sus ojos eran azul oscuro, como las endrinas, sin ningún blanco en torno al iris; entonces no me pareció extraño. Tampoco me sorprendió que no me diera la mano.
A lo largo de la semana siguiente, fui haciendo mi equipaje. Cada día metía alguna pequeñez en mi maleta, y era asombroso cuántas cosas tenía entonces. Iba a la fábrica de cigarrillos, me ponía los tapones en los oídos y hacía mi trabajo; la banda sin fin entró derecha en la cortadora durante cinco días. No deseaba buen provecho; hacía como si lo pronunciara, lo decía sin hacer ruido. Estuve pensando en ir donde el encargado y decirle que lo dejaba y me iba a Singapur como asistente de un mago. Estaba segura de que nadie había mencionado esa palabra jamás en aquel despacho, e igual de segura de que él no me creería. También pensé que podía irme sin decírselo, y acabé por no contarle nada a nadie.
Por la noche, me senté en el balcón. Los coches rodaban hacia los surtidores de gasolina, se detenían, seguían por la carretera de salida, aceleraban y se iban. Los veía marcharse. Miré abajo, a la estación de servicio; pensé que el anciano vendría seguramente otra vez a observarme para asegurarse. Pero no vino, o yo no lo vi.
La mañana de la partida me levanté temprano. Bebí un café y después otro. El cielo estaba lleno de cúmulos; hacía mucho calor, opresivo y sin viento, como antes de una tormenta. Fregué la taza, apagué el calentador, hice mi cama, desenchufé todas las clavijas y cerré la llave de paso del agua. Dejé la maleta en el pasillo ante la puerta, me senté en el balcón y encendí un cigarrillo. Estuve esperando a la lluvia. A eso de mediodía cayeron las primeras gotas, que se evaporaron sobre el asfalto. Olía a polvo húmedo y a plantas.
Sí.
Eso era lo que quería contarte.
Había olvidado la historia del aserramiento de la doncella. No la recordé hasta ahora, casi treinta años después, y ha sido por la casa en el pólder, por Mimi y Arild, y por la trampa para martas. Me he parado delante de ella y el cajón ha vuelto a mí como la imagen de un sueño que se tiene por la noche y se olvida a la mañana siguiente, de repente, totalmente ingrávido, como sale a la superficie un objeto que está bajo el agua y algo lo empuja hacia arriba.
Flota.
Un corcho. O una cuerda.
