Amantes desconocidos - Millie Adams - E-Book

Amantes desconocidos E-Book

Millie Adams

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Beschreibung

De ayudante indispensable… ¡A prometida irresistible!   La asistente personal Verity Carmichael se quedó atónita al descubrir que era la prometida del magnate Alexios Economides, ¡y todo gracias a un comunicado de prensa emitido por el propio griego! Alex nunca aceptaba un no por respuesta. Y escapar por fin de su dominante familia podría merecer la pena a cambio de llevar su anillo. Siempre y cuando todo se mantuviera estrictamente en el ámbito profesional... Alex no tenía sentimientos. Sus votos serían puramente por motivos de imagen pública. Lo que convertía a Verity en la elección perfecta. Salvo que bajo la apariencia profesional de su nueva esposa se escondía algo sin precedentes... ¡una naturaleza ardiente tan visceralmente tentadora que rompería hasta el férreo control de Alex!

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Seitenzahl: 207

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2025 Millie Adams

© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Amantes desconocidos, n.º 3227 - abril 2026

Título original: Promoted to Boss’s Wife

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).

HarperCollins Ibérica S.A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370174170

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Verity Carmichael frunció el ceño y dedicó a su jefe la mirada más gruñona que pudo.

–No te estás comiendo la ensalada –observó.

–Ya te he dicho que no me gusta la ensalada.

Alexios Economides era uno de los hombres más temidos y venerados de la industria tecnológica, un hombre imponente y sombrío que, con sus casi dos metros de estatura, sobresalía por encima de todos los que lo rodeaban. Siempre peinaba su cabello negro hacia atrás, brillante como el ala de un cuervo. Sus ojos eran de un marrón intenso, con una mancha roja en el iris del derecho.

Alex era antipático, malhumorado, terco, maniáticamente controlado y tan hermoso y agudo como una obsidiana tallada. Todo el mundo le tenía miedo… Excepto Verity.

No la habían contratado para tenerle miedo. Era su asistente, más que eso. La había contratado para ser su… conciencia.

Su Pepito Grillo, como ella le había señalado una vez, y él lo había aceptado como un apodo que ella fingía que no le gustaba, aunque en secreto le encantaba.

–Me dijiste que ibas a intentar comer más verdura –insistió Verity–. Así que pensé que hoy podríamos comer lo mismo.

–¿Te contraté para que fueras mi nutricionista?

–No. Me contrataste para hablarte y, supongo, también para escucharte, así que, cuando dijiste que querías comer más verdura, te escuché. Y actué.

–Astuta, Grillo –contestó él.

–No estaba siendo astuta. –Ella sonrió–. Cómete la ensalada.

–Ojalá hubiera un filete. –Alex parecía no saber qué hacer con la lechuga pinchada en el tenedor.

–Intenta pedir un deseo a una estrella. He oído que tus sueños pueden hacerse realidad.

–¿Qué?

–Es un… No importa.

Llevaba dos años trabajando para Alex, y era el trabajo más extraño y agradable que había tenido nunca. No solo porque estaba a miles de kilómetros de sus padres, sus hermanos y sus dramas y, además, vivía a orillas del mar Egeo. Aunque, sin duda alguna, eso contribuía a su felicidad.

Le gustaba ese trabajo porque era un reto interesante. EconomicTech estaba a la vanguardia del desarrollo en hardware y software, con nuevas y emocionantes innovaciones cada pocos meses. Era emocionante trabajar en una empresa tan dinámica. Siempre había un gran bullicio en el edificio, excepto cuando Alex pasaba por allí. Entonces, todo quedaba en silencio.

Verity podía admitir que quizá parte de lo que le gustaba era ser la «susurradora de Alex». Así la llamaban sus compañeros de trabajo, arrancándole siempre una sonrisa.

Esa era otra ventaja de ese trabajo. Había convertido su trauma infantil en una habilidad laboral.

Sabía cómo calmar, cómo templar cualquier situación. Cómo mostrar solamente una calma dichosa y alegre.

Y, con su alegre calma, tomó un bocado de su ensalada, lo que pareció irritar más a Alex.

Era extraño pensar que esa era su nueva vida. Todo porque uno de sus amigos de la universidad había creado una aplicación de ofertas de trabajo de élite en la que todos los candidatos eran preseleccionados y evaluados previamente, con términos confidenciales, solo visibles para los candidatos que hubieran aceptado mantener los detalles en secreto.

Conocer al creador de la aplicación había sido como someterse a un riguroso proceso de selección, incluso sin mucha experiencia laboral, y Verity fue aprobada y obtuvo acceso a los tipos de trabajos con los que la mayoría de la gente solo podía soñar.

Al ver por primera vez la oferta de trabajo, le pareció extraña. No solo buscaba una asistente, sino también una confidente. Alguien con quien hablar, no solo sobre el trabajo, también sobre asuntos personales. Al principio se sintió algo nerviosa. En parte porque era un hombre intimidante: lo buscó en Google inmediatamente después de ver la oferta de trabajo, y en parte porque parecía demasiado bueno para ser verdad.

¿Mudarse a Grecia? ¿Un sueldo estupendo? ¿Un buen horario? ¿Un jefe multimillonario y atractivo?

Aunque el sistema que había utilizado para conseguir el trabajo proporcionaba cierta protección, había temido descubrir que «conversación», era un código para «ponte un disfraz sexy de Godzilla y pisa fuerte por la oficina para satisfacer mi fetichismo con los dinosaurios».

–Godzilla no es un dinosaurio –había respondido Alex cuando, tras seis meses trabajando en la oficina, Verity se lo había confesado.

Después habían debatido sobre cuál era el mejor dinosaurio porque, en el fondo, ese era su trabajo.

Realmente él no quería nada raro ni sexual de ella. Solo conversar.

Le habían dado una lista de límites estrictos para las conversaciones, y ella era feliz respetándolos, al principio por el dinero y luego porque se preocupaba por Alex. ¿Cómo no iba a hacerlo?

Eso no significaba que no se preguntara cosas sobre él, por supuesto.

Pasaba cinco días a la semana con él. Cuando no estaba con él, pensaba en nuevos temas de conversación. De manera profesional, por supuesto. No sentía eso por él.

Cierto que era el hombre más guapo que hubiera visto nunca. Probablemente porque era el hombre más guapo del planeta, en un sentido puramente estético. Pero era intenso, y Verity soportaba la intensidad de nueve a cinco, pero jamás en su vida personal, su casa, su corazón. No, gracias.

Le interesaban mucho más los hombres amables y sonrientes. En teoría, ya que a sus veinticuatro años nunca había salido con nadie, lo cual empezaba a resultar molesto. Pero Verity era una experta en resolver problemas.

Había utilizado esa habilidad para marcharse de Oregón, lejos de su familia, de toda la toxicidad del hogar. Había trabajado para pagarse la universidad y había conseguido ese trabajo.

No había tenido tiempo para salir con nadie.

Pero ya lo tenía, y también tenía un compañero de trabajo encantador llamado Stavros que era todo lo que ella podría desear. Era casi de su misma edad y le quedaban muy bien los trajes azul marino y beige, menos severos que los que vestía Alex: siempre negros.

–Creo que voy a pedirle una cita a Stavros. –Verity tomó otro bocado de su ensalada.

El rostro de Alex hizo algo que ella nunca había visto. Pasó de la confusión a la irritación, y a algo más que no consiguió identificar. Luego lo vio haciendo un cálculo mental y obtener la respuesta en tiempo récord.

–¿Stavros, del departamento de contabilidad, que lleva seis meses trabajando aquí? –preguntó él.

–Ese mismo –respondió ella, masticando la lechuga.

–Técnicamente, es tu superior.

–Trabajamos en diferentes departamentos, y Recursos Humanos permite las relaciones sentimentales en esta empresa siempre que ambas partes firmen una exención.

–Soy consciente de ello.

–Me imagino, pero actuabas como si no lo supieras.

–Por supuesto que lo sé, Grillo, pero, moralmente, él es tu superior y eso es problemático.

Era hasta gracioso oír esas palabras salir de su boca, porque Verity no percibió ninguna emoción detrás de ellas. Lo que había en la cabeza de Alex era un programa informático para asegurarse de saber qué estaba bien y qué no.

Lo cual quizá fuera cruel, porque él no era un hombre desagradable, no realmente, si profundizabas y llegabas a conocerlo mientras comías una ensalada, pero era… distante.

Era profundamente impopular en un mundo escéptico con los multimillonarios, donde los inversores querían invertir su dinero en empresas éticas y las redes sociales creaban memes con cada movimiento de labios y cada levantamiento de cejas.

Y aunque en Internet todos coincidían en que Alexios Economides era atractivo, en todas las formas, desde emojis jadeantes hasta declaraciones en mayúsculas de «PAPAÍTO», debajo de sus fotos, también coincidían en que era un multimillonario malvado, «MORALMENTE AMBIGUO», que tenía hielo en las venas.

Lo cierto era que Alex era muy ético. Donaba a muchas causas y compensaba su huella de carbono de forma juiciosa. El problema eran sus… vibraciones. A pesar de que sus buenas acciones no podían trascender el hecho de que, si anunciara al mundo que era la encarnación de Hades, le creerían.

–¿Estás diciendo que no tengo autonomía? –preguntó ella, lamiéndose el aderezo del pulgar.

–¿Perdón?

–Soy una mujer adulta y él me gusta. Quiero salir con él y, sí, él ocupa un puesto más alto que el mío, supongo, en un departamento en el que yo no trabajo, pero soy yo quien quiere pedirle salir. ¿Insinúas que mi condición humana se evapora en contacto con la estructura corporativa?

–No estoy diciendo eso en absoluto.

–Más o menos sí. Me estás diciendo que lo que quiero es problemático.

–Los hombres utilizan su posición de poder para manipular a las mujeres.

–Gracias, Alex, no lo sabía hasta que un hombre en una posición de poder me lo dijo. –Ella lo miró con indiferencia y él con una mirada oscura y poco divertida. Lo cual la divirtió enormemente.

–Nadie se atreve a hablarme así –Alex carraspeó, dando otro mordisco enfadado a su ensalada.

–Me contrataste para hablar contigo como un ser humano y para enseñarte a hablar con otras personas como un ser humano, y debo decirte que recitar una lista de reglas, sin contexto ni emoción, no te hace parecer realmente humano. Te hace parecer aún más robótico.

Verity se sintió culpable en cuanto las palabras salieron de su boca, porque suponía que él había contratado una conciencia externa para socializar en parte porque los comentarios sobre que era una IA en lugar de un ser humano le hacían sentir mal.

Y ella no quería hacerle sentir mal. Quizás fuera un poco tonto, ya que la mayoría de las veces a Alex no le importaba hacer sentir mal a los demás. O más bien, para ser justos, no se daba cuenta cuando lo hacía. En teoría, trataba de aprender, por eso la había contratado. Pero a menudo se preguntaba si estaba marcando una gran diferencia más allá de sus almuerzos.

Él era… No se parecía a nadie que ella hubiera conocido, y había aprendido mucho de él. Sobre tecnología y negocios, innovación. Ella lo respetaba. Le caía bien.

–Tengo una reunión de la junta directiva el viernes –soltó él abruptamente.

–¿Sobre qué?

–Cómo atraer a nuevos inversores antes del próximo lanzamiento del producto.

–Es un producto sensacionalmente ingenioso. Un asistente de IA que consume menos energía y que además aprende de recursos para los que han dado su consentimiento, es muy importante. Por no mencionar que funciona increíblemente bien.

–¿De verdad crees que al consumidor medio le importa la ética del producto?

–Sí.

–Pues no le importa. Hablan de ello, fingen que les importa y luego usan sus teléfonos sin pensar en cuánta energía se consume para alimentar ese aparatito que vive en su bolsillo.

–¿Crees que toda la humanidad es hipócrita?

–Creo que, entre la comodidad y la ética, suele ganar la comodidad. Pero donde realmente creo que el producto podría tener éxito es en que sigue siendo excepcionalmente cómodo. No es la comerciabilidad lo que me preocupa, es el hecho de que los inversores han escaseado en el último año, después de que se hiciera viral ese vídeo mío…

–¿Rompiendo el teléfono de ese crío después de que te lo pusiera en la cara?

–No era un crío, tenía tu edad. Además, está claro que no lo rompí, porque hay un vídeo de todo lo que pasó. Desde su punto de vista.

–Sí. No ayudó a humanizarte. –Verity hizo una pausa–. Aunque al menos después de eso te llamaron Terminator, en lugar de Data.

Había sido una muestra de temperamento poco habitual en él, y había mantenido ese mismo aire robótico y mesurado. No había gritado ni vociferado, solo había tirado el teléfono al suelo mientras seguía su camino.

–Me da igual lo que piensen de mí, pero se está convirtiendo en un problema con los inversores. Y eso me enfurece –aseguró él con el mismo tono mesurado.

–Ya lo veo. –Ella contuvo la risa–. Estás hecho una furia.

Alex no parecía indignado en absoluto. Salvo por las brasas ardientes de sus ojos oscuros.

Verity lo conocía lo bastante como para saber que debía tener cuidado cuando él miraba así.

Nunca había visto a Alex enfadado, pero sabía que existía la posibilidad de que lo estuviera. Y ella era toda una experta en evitar explosiones de ira, en sofocarlas e impedir que se produjeran.

–Al menos el vídeo demuestra que no eres una IA –señaló, aunque con la sensación de que eso no ayudaba en absoluto. Y la mirada irritada que le dirigió Alex lo confirmó.

–No era un rumor serio.

–Sí lo era –susurró ella.

–Entonces, ¿es más creíble que yo haya sido creado por un módulo de aprendizaje avanzado que el que sea un hombre rico y reservado al que le gusta mantenerse alejado de la vida social?

–Bueno, no quisiera inflar tu ego, pero lo cierto es que eres joven… más o menos, y extremadamente guapo. Obviamente, la gente espera que gastes el dinero que ganas con chicas. O chicos, si es lo que te gusta. Ostentosamente, en fiestas y yates. –Verity intentó percibir alguna reacción ante cualquiera de las dos propuestas de personas para el yate.

Eso era lo más extraño de Alex. En un mundo en el que la privacidad era casi imposible, con los teléfonos móviles y las redes sociales basadas en algoritmos que captaban pequeños momentos y los ponía a diario en el escenario mundial, él seguía siendo relativamente reservado. Desconocido. Excepto, por supuesto, que lo habían pillado enfadándose con un idiota insoportable y lo habían pintado como el malo. Él era el multimillonario. El abuso de poder era evidente, etcétera, etcétera. La expectativa de que alguien con una imagen pública, más o menos, fuera un bien público era algo con lo que Verity no estaba de acuerdo, pero eso no lo hacía menos real.

–¿Qué quieres decir con que soy «más o menos joven»?

–Bueno, tienes treinta y tantos años.

–Necesito que vengas a la reunión de la junta directiva. –Alex casi frunció el ceño.

–Por supuesto que estaré allí. Es mi trabajo.

–Sí –contestó él, con total y absoluta certeza.

Había algo tan definitivo e intenso en ello que bien podría haber estado admitiendo que él era su dueño más allá del trabajo, porque por alguna razón ella sentía que así era. Como si hubiera algo más profundo que un contrato laboral entre ellos, cuando no era así.

–Soy muy útil –insistió Verity, tomándole el pelo, aunque una parte de ella quería que él estuviera de acuerdo–. Apuesto a que te sientes mejor por haber comido una ensalada.

–Me sentiré mejor si lo acompaño de un filete.

–Eres ridículo. No necesitas tanta carne roja a mediodía.

Él levantó una ceja oscura y se recostó en la silla, permitiéndole a Verity apreciar su torso musculoso y perfectamente tonificado. La camisa blanca impecable que llevaba debajo de la chaqueta negra no ocultaba su musculatura, convirtiéndola en una especie de provocación que le atraía más de lo que ella hubiera deseado.

–¿Intentas demostrar algo? –preguntó ella, arrugando la nariz.

–¿Sabes lo que quiero decir por mi postura? Si es así, entonces supongo que está claro.

–Si lo que intentas decir es que, como no tienes grasa corporal y tus músculos están definidos, no necesitas cuidar tu alimentación, estás muy atrasado en tu educación sobre salud y nutrición.

–Lo cual es otra prueba de que no soy una IA.

–¿Y eso?

–Me habrían programado con los datos más recientes.

–Es más probable que tuvieras ocho dedos en una mano, pero lo que tú digas.

Eso sí le hizo sonreír. Alex nunca dibujaba una sonrisa completa, enseñando los dientes y con los ojos entornados. No. Así que ella consideraba esos raros y pequeños movimientos de las comisuras de su boca como valiosas joyas. Porque lo eran. Y tuvo que recordarse una vez más que su relación era la de jefe y empleada. Que él no era realmente su amigo. Al fin y al cabo, nunca hacían nada fuera del trabajo. En ese sentido, serían una pareja improbable.

Intentó imaginárselo. Pensó en las cosas que solía hacer en casa con sus amigos. Se imaginó yendo con Alex a un café con servicio en el coche, y luego al centro comercial. Casi se echó a reír, pero se contuvo porque, si se reía, tendría que explicárselo.

–Vas a pedirle una cita a Stavros –dijo él.

Y, una vez más, su abrupto cambio de tema, que claramente provenía de algún cambio en su cerebro, invisible, incomprensible para los demás, como todas sus innovaciones, casi hizo que a Verity le diera vueltas la cabeza.

–Sí.

–¿Cuándo?

–No lo sé. Pero lo haré.

–¿Vas a esperar a ver si él está interesado en ti primero?

–No. –Verity frunció el ceño–. Eso está pasado de moda. Me gusta, ¿por qué andar con juegos?

–Estoy de acuerdo. Pero tengo entendido que los juegos son una parte esencial del romance.

–¿Sueles jugar cuando se trata de romance? –Verity estaba rozando los límites de los temas prohibidos. En realidad, eso no estaba en la lista de cosas de las que no podían hablar, simplemente sentía que no debía hablar de relaciones con su jefe. Además, nunca había surgido el tema, ya que ella nunca había mantenido una relación, ni siquiera lo había intentado hasta entonces.

–No. –Alex enarcó una ceja y algo brilló en sus ojos oscuros–, no lo hago. No tengo tiempo para juegos. Si quiero sexo, puedo tenerlo sin romance.

Verity se ruborizó violentamente y quiso volver atrás, hacer como si nunca hubiera oído esas palabras salir de su boca. Quería darle una charla sobre los límites. Pero el problema era que tenían conversaciones personales, ella había sacado el tema de las citas y le había preguntado por su vida sentimental. Lo cierto era que trabajaba para él, pero dos años de almuerzos compartidos los habían llevado a un espacio que no era enteramente profesional, por mucho que debiera serlo.

–Hablas como una IA –murmuró ella, recogiendo su plato y alargando la mano hacia el de él.

Alex se lo entregó sin pensarlo dos veces. Porque durante la hora del almuerzo ella era su… algo. Pero después, era una asistente. Y unas manos tan geniales como la de él no lavaban platos.

–Gracias por la ensalada –dijo él.

Resultó tan impactante que la dejó paralizada y sintiendo algo parecido al placer.

–De nada.

–Verity –llamó Alex antes de que se fuera, y el hecho de que la llamara por su nombre en lugar del apodo más común, Grillo, le resultó tan impactante como el agradecimiento.

–¿Sí?

–La reunión de la junta directiva es en Londres. He añadido algo de dinero a tu cuenta de gastos para que te compres ropa nueva. ¿Por qué no dedicas el resto del día a prepararte?

Y aunque debería haber dedicado el resto del día a planear cómo pedirle a Stavros que salieran juntos, en lugar de eso, mientras echaba un vistazo a las boutiques de lujo de Kolonaki, no dejaba de oír en su cabeza el «gracias», de Alex.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Alex observaba a su asistente personal, que, por mucho que lo intentara, nunca conseguía ocultar su fascinación por el avión privado. Siempre merodeaba por la nave, abriendo cajones, mirando dentro del bien surtido bar, aunque casi nunca bebía nada más fuerte que un Shirley Temple.

Verity era un enigma fascinante. Por eso la había contratado a pesar de su falta de experiencia.

La había citado para una entrevista personal, algo poco habitual en él, para el puesto de asistente personal y algo más. Porque empezaba a darse cuenta de que su falta de conexión humana, su falta de carisma, se estaba convirtiendo en un problema. Aunque era ridículo.

Tenía poder y dinero. Y, sin embargo, tenía que satisfacer los caprichos de los demás, lo cual era aún más ridículo cuando esos caprichos parecían surgir de la nada.

Creados a partir de una idea falsa sobre quién era él.

No diría que era un buen hombre, que actuaba por bondad, pero tampoco hacía daño a nadie.

El trabajo era su vida. Gracias a eso había alcanzado el éxito en sus primeros años. Había ascendido en una pequeña e insignificante empresa tecnológica, donde había encontrado un mentor en el propietario. Con el tiempo, se había hecho cargo del negocio, que había comenzado a expandirse, y le había cambiado el nombre. Lo había convertido en suyo, transformándolo en algo completamente diferente. Una fuerza líder en la industria tecnológica, un éxito mundial.

Hacía cinco años, la empresa había comenzado a cotizar en bolsa y, de repente, la voluntad de otras personas se había interpuesto en su éxito. Ahí comenzó el conflicto.

Porque ya no bastaba con que él fuera brillante o que su producto fuera superior. Sus gestos podían afectar al precio de sus acciones, la voluntad de los inversores podía verse influida y alterada por la opinión pública, ya que todos luchaban por jugar al despiadado juego de ser irreprochables a los ojos de un público ávido de esa dosis de dopamina que suponía la superioridad moral.

Por eso las buenas acciones se convirtieron en dominio público, la caridad en una actuación pública. Y era esencial asistir a galas, fiestas y lugares donde se le pudiera ver como alguien digno de admiración. Y eso Alex nunca lo había entendido. Pero, de repente, se veía obligado a hacerlo.

O podría dejar que todo se desmoronara. Permitir que su imperio se redujera, volver a ser una fuerza en los negocios, no la fuerza. Pero renunciar a lo que había conseguido no era algo que estuviera dispuesto a hacer. Y ahí había entrado Verity en escena. Alex quería empezar a llevar su empresa al siguiente nivel. Uno de los miembros de su junta directiva le había sugerido que probara… a practicar. Lo de la conexión.

No era que no creyera en ello, solo que nunca la había sentido. Y, por lo tanto, no la entendía.

Había vivido bajo la tutela de los servicios de protección de menores casi desde su nacimiento. Ni siquiera conocía las circunstancias que lo rodeaban, por qué su madre lo había abandonado o se lo habían quitado. Ni siquiera sabía cuál de las dos cosas había sido.

Nunca había estado con una familia más de seis meses. Y si bien al principio la conexión le había resultado solo ajena, había acabado convirtiéndose en algo de lo que protegerse. Porque el final siempre llegaba. Nadie se encariñaba con él, y no tenía sentido encariñarse con nadie.

A lo largo de su infancia había perfeccionado muchas habilidades que le resultaban valiosas.

Qué terrible ironía que las circunstancias de esa infancia le hicieran tropezar en la línea de meta.

No, no había tropezado, simplemente vacilado. Pero ya tenía a Verity, a quien todos en la empresa querían. Verity, que le hacía comer ensalada y que en ese momento husmeaba por su avión como un pequeño topo entrometido en busca de un escondite.