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Qué increíble es estar así, enamorado del amor, exclama Noel, personaje fundamental en el entramado de relaciones que los protagonistas de esta novela establecen, independientemente de la dirección hacia la cual se incline su deseo. Lo central aquí es la intensidad de los afectos.
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Seitenzahl: 421
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Alejandro Varderi
Amantes y reverentes
Novela
V863 Varderi, Alejandro
V Amantes y reverentes / Alejandro Varderi. - Santiago: RIL editores, 2009.
226 p. ; 21 cm.
ISBN: 978-956-284-673-8
1novelas venezolanas.2 literatura venezolana.
Bella cosa mortal
Primera edición: mayo 1999
Segunda edición: julio 2009
© Alejandro Varderi, 2009
© RIL® editores, 2009
Alférez Real 1464
750-0960, Providencia
Santiago de Chile
Tel. (56-2) 2238100 - Fax 2254269
[email protected] • www.rileditores.com
Composición, diagramación e impresión: RIL® editores
Hecho en Chile • Hecho in Chile
ISBN 978-956-284-638-7
Derechos reservados.
A la memoria de
Elías Pérez Borjas
de quien aprendí el amor.
Pero las historias donde
se cuenta el vivir de la gente
en la intimidad son difíciles.
Virginia Woolf
I
Y se sabía atado a cualquier lugar porque no había aún consolidado su vida en ninguno. Álvaro podía perfectamente aparecer como individuo de número pero sin número definido. Álvaro no podía ser, pues, cualquiera de nosotros; por eso estuvo destinado a convertirse en el personaje adaptable a cualquier situación donde hiciera falta un comodín: carne intercambiable; y cuando entró en la vida de Nicolás, éste lo había descubierto desde antes de que Álvaro hubiera tenido oportunidad de abrir su puerta, inspeccionar dentro y largarse, sin justificar una ausencia que para Nicolás no era la deserción, a través de la cual el temor se delata ante quien queda, sino más bien la consecuencia lógica a una relación inexistente. Una conclusión a la cual Nicolás había llegado sin esfuerzo porque Álvaro siempre clavó los ojos en él sin dejar rastro de sí mismo.
Un encuentro en el Teatro Nacional, el reencuentro en un bar, la conversación improvisada en un banco del parque los Chorros frente a una caída ornamental de agua y con la autopista como único techo, y el almuerzo colectivo en un restaurante vegetariano, fueron pese a todo suficiente para otorgarle a Álvaro condición permanente en su memoria. Y es que es bien sabida la ausencia de cronología cuando se trabaja con afectos, por eso la ficción de la relación fue el mejor espejismo; un espejismo compartido, en la predilección del uno por el otro, transitoria ante la dificultad de Álvaro para sostener un vínculo estable, hecho para borrar ese carácter desechable que confirió en todo tiempo a sus amantes.
Ahora, mientras esta mañana de domingo avanza y Álvaro camina por Sabana Grande, revelando al pasar la cadencia, el vaivén de quien se ha dejado la piel en todos los cuerpos posibles, el bulevar se detiene para mirarlo pasar.
f
Cuando Nicolás y Camila lo veían en las noches del hueco tomándose una cerveza con el dinero conquistado horas antes, tampoco se acercaban sino quedaban suspendidos, observándolo desde la zona en sombra de las escaleras. Nicolás, dejándose los ojos oscuros, el rostro invisible en la penumbra de unas facciones que esa misma penumbra le permitía conservar borradas a la mirada de quienes reían más abajo, gesticulaban, o bailaban sin hablar, a fin de no romper el aislamiento que el lugar exigía. Uno podía entonces unir mentalmente a la muchacha de minifalda azul y medias rojas caladas sosteniendo un ron, con el tipo de botas vaqueras, chaqueta marrón de cuero y lazo de pajarita, cuyo rostro muy cuidado combinaba perfectamente con la cabellera negra que ella había dejado caer sobre el trago: inclinación natural de los labios, que no oficiarían sin embargo como fogata; pues él sólo querría abrasarse en la boca de quien, apoyándose contra una columna desde un pantalón negro ajustado a la cintura por un pañuelo del mismo color y camisa blanca de seda, también bebía, acariciándose la barba muy cuidada que tampoco haría bosque en el rostro del otro. Allí sólo se bebía o compartía una dosis de cocaína para acelerar la percepción de los gestos, del movimiento continuo de las caderas contra la rockola, la excursión a diferentes mesas pero sin intentar establecer relación alguna, hasta el punto de no saber si había sido el hastío o el temor al sida lo que canceló entre todos ellos la posibilidad de fundarla.
Camila sentada junto a Nicolás mirando a Álvaro jugar con la fauna, viéndolo provocarla, tentar al conjunto.
—Dónde esos lugares en que se toma conciencia de la vida —le decía a Nicolás— porque aquí uno la pierde; uno no sabe, se desperdicia… y cuando consigues finalmente llevarte a uno de esos pocos tipos bellísimos, que no sea gay, tampoco puedes abandonarte completamente al sexo: ¿estará él limpio?, ¿estaré yo arriesgándome a…
—¿La muerte?
—Una isla blanca: Grecia, por ejemplo, porque la muerte es lo único que realmente perfila el contorno de los seres… ¿ves a Álvaro? Si bosquejas su silueta al seguirlo entre las mesas, observarás el placer con que la tienta; pero un placer que no busca seducir a quien pareciera estar dirigido, sino más bien revertirlo en él.
—Como si los demás fuesen el espejo donde suspender un proceso de autoseducción, le he dicho yo muchas veces. Aunque no debemos asombrarnos por ello, pues esa actitud es la misma que adoptan todos. Fíjate cómo se miran y caminan de un lado a otro. Pareciera que ya sólo nos conformamos con dar vueltas alrededor de todos, incluso de nosotros mismos. Se ha neutralizado el deseo, Camila, ¿te das cuenta?
—Y nos ahogamos al no poder alcanzar los bordes de nuestra isla. Perecemos por exceso de humedad, sin poder secarnos siquiera la cerveza, que cae desde los vasos vecinos y nos moja el lado derecho del cuerpo, calándonos hacia adentro. Regresamos entonces solos a casa para que al llegar y desnudarnos, permanezca adherido a la piel el olor de este lugar que nos persigue; pero no el que abandonaremos con la noche sino el que internamente ocupamos, colgándonoslo del pecho como una insignia con la cual distinguirnos del grupo que seguirá bebiendo y haciéndose ficticiamente la corte. Nosotros no participaremos, pero esa abstinencia tampoco nos garantizará la lucidez justa para abrir un claro, unos centímetros de agua tranquila cerca del punto donde el mar rompe contra las costas de nuestra isla.
—Necesitamos luz —le soplaba repentinamente Nicolás muy cerca del oído, a fin de que el flujo del ruido vecino no ascendiera sobre la línea de flotación del malecón de Camila— para distinguir la forma de nuestro desorden íntimo y así no seguir desperdiciándonos.
—Es demasiado ideal eso de desear no malgastarse.
—Todo deseo es utópico. Nada nos garantiza su ejecución; por eso duele cuando el vacío que se forma en el estómago al observar a quien ambicionamos abordar, no desaparece pero se encoge si no hay aceptación ni se da abiertamente el rechazo: te creo cuando hablas de neutralización —añadía Nicolás después de un silencio en que, tomando las dos botellas vacías, se inclinaba para ubicarlas sobre un rincón de la escalera y evitar que alguien las rompiera; acto que Camila compartía desde su lugar, con la complicidad de quien forma parte de las relaciones imprescindibles—, a mí me ocurre constantemente. Intento aproximarme a alguien que me gusta, y mi gesto recibe como única respuesta la ausencia de un signo mediante el cual estar seguro de si puedo seguir adelante o debo desistir… ahí el deseo desaparece, me paralizo y yo también empiezo a creer que voy a terminar por neutralizarme.
Para entonces las palabras de ambos acababan de completar la superficie del cuerpo, en que Álvaro había puesto el borde únicamente, hundiéndose entre quienes bailaban circundando la rockola. Álvaro dilataba las aletas de la nariz y abría en una sonrisa la boca a fin de respirar al máximo el hastío del sitio; se detenía con cada tipo durante uno o dos segundos —tiempo suficiente para ofrecerse y recoger cualquier vestigio de sí mismo que hubiera podido quedar en la mirada del otro—, pasaba apurado sobre los ojos de todas las mujeres que se desvestían apresuradamente, brindándole el sexo que le mostraban —también con urgencia— a través de las pupilas, y desaparecía escaleras arriba.
f
Ahora, mientras la mañana avanza, Álvaro camina por este bulevar de domingo con la seguridad de quien conoce a fondo el territorio. De ahí que al pasar junto a la tienda de lámparas frente al Gran Café, no se haya sentido extraño ante tantos reflectores alumbrándole el rostro, ayudando al sol a borrarle el cuerpo: desintegración completa de su figura atrapada un instante entre dos resplandores, el de la tienda de lámparas que no se apagan nunca y el del sol de diez.
Álvaro, a medio camino entre una imagen obsesiva de su infancia —el fulgor, un casi intento de cegar, de todas esas lámparas de araña, o con forma de pequeños conos aerodinámicos, colgando del techo, llenando de luz el espacio ubicado tras el cristal de la vitrina— y esta mañana frontal de domingo, en tránsito por un bulevar vacío, pero ocupado por amplias franjas de papel donde horas antes estuvo envuelta una pizza o un sandwich árabe, y que ahora el aire caliente dispersa enredándolas entre las patas de las sillas de las mesas de todos los cafés puestos en fila para ocultarse.
f
«Poesía para decorar» —grita alguien. Nicolás voltea y se encuentra con que la voz oscila desde una venta de periódicos que acaban de dejar atrás. Del techo cuelgan varias láminas donde parejas jóvenes se abrazan mientras caminan por una playa tranquila. Al pie de las fotografías un poema de Pablo Neruda sobre la longitud del beso, empuja el bulevar y toda la tarde que ha pasado contra los afiches, en tanto Camila busca su brazo, y presiona ligeramente con los dedos para hacerse un lugar más cómodo en él.
Los vemos venir porque adelante ha llovido, y el asfalto no borra sino refleja completamente la orilla de sus cuerpos avanzando tranquilos, mientras separan el diseño que el resplandor del sol forma al arrastrarse sobre ese mismo asfalto. Pero no hay sólo sombra en el suelo, éste también sostiene una senda perfectamente trazada por los labios de ambos, suspendidos en posición de contar, estáticos al lenguaje como antes de la interrupción del quiosquero.
Y en esos silencios, muchas veces prolongados a lo largo de calles y calles, en que el diálogo se establecía desde las reacciones comunes ante alguna interferencia del paisaje, quien a cierta distancia los observara habría podido ver a una pareja, posible de ser extraída de la lámina donde permanecía inscrito uno de aquellos poemas de amor. Sin embargo ellos no compartían el principio sensual, la región más física del contacto que ninguno requería con urgencia: podían pasar perfectamente meses sin tener sexo, y no por la ausencia o la probable neutralización que tanto preocupaba a Nicolás, sino porque cuando uno de los dos comenzaba a interesarse por alguien, exigía una razón suficiente que acompañara al deseo, a fin de hacerle partícipe de sus llamadas telefónicas, una primera salida juntos; y así Nicolás poder aprobar al nuevo amante de Camila, o que ella consintiera en compartir a Nicolás con otro. Relación era, pues, los dos, inmediatos, pasando frente al Gran Café; atendiendo simultáneamente a un alboroto de pájaros que irrumpió desde una tienda cercana sobresaltándolos, haciéndolos regresar a la voz del quiosquero apagada minutos antes. Ruidos propios de las calles en agosto, cuando empezaba a llover y se detenía, secándose todo en seguida para que la ropa se hiciera a la idea de un chaparrón imaginario, y la piel debajo abriera los poros, como ventosas inquietas, investigando en el aire la proximidad de algún cuerpo accesible.
f
Se palpaba siempre una dosis fuerte de calor; como si irrumpir allí y avanzar hacia la barra, fueran el resultado de un gesto continuo; un gesto ininterrumpido combinándose con el fluir del bar puesto a instalar a Nicolás frente a la cerveza y un paquete de cigarrillos. Entonces lo fundamental no eran las banquetas circulares, entre las que todo el mundo se movía, asiéndose repentinamente a una para descansar la vista sobre algún cuerpo posible, sino el modo como todos bajaban los ojos hacia el contenido amarillo del vaso, y lanzaban el humo contra ese líquido solar, absortos en apariencia pero atentos a cualquier movimiento que pudiera desembocar en lenguaje, proposición, cancha libre donde entrenar al deseo.
Agitar el cuerpo con la música y paralizarlo en seco, cuando se apagase el aliento desde los labios del compañero de barra, era la estrategia que implicaba un probable ofrecimiento. Pues ahí se agotaba el intervalo de tanteo en que cada quien habría mostrado su flexibilidad ante el ritmo, con el vaso en una mano y el puño cerrado en la otra, ya golpeando la madera o el muro, ya el muslo rígido: músculos tensos, doblándose hasta formar con las piernas un arco por donde ingresaría el objeto escogido esa noche, y entraría tras planear con la mirada sobre los rostros y el torso de quienes bebían en la barra del frente. Vuelo rasante que hacía del cuello faro y de los ojos pista para el aterrizaje.
Nicolás levantaba en ese momento altura, de los que permanecían fijos en él desde que pidió la segunda ronda: cabello claro, la piel mimetizando el dorado de la cerveza y las luces. Y agitaba también el torso, rozando con los brazos extendidos hacia adelante las zonas pulidas de la barra, desde una franela de agua abierta en el cuello: faro amplio para sostener un rostro cuya barba era la senda puesta a disposición de Nicolás. Este no se acercó sin embargo, prefirió sentarse en una banqueta con su trago y un cigarrillo a fin de esperar, cómodamente instalado, la llegada del agua de donde emergía, además de aquel rostro, el cabello peinado hacia atrás, para no cubrir la frente ni las cejas rectas sombreando los párpados inmóviles, de aquel hombre rubio de barba, contextura fuerte y franela azul que parecía desearlo desde el otro lado de la barra.
Nicolás no avanzó pues hacia él: quería mantener un rato más la expectativa, prolongar el intervalo de tanteo, esperar que el hombre se decidiera a romper contra sus costas, y ser así consecuente con las palabras de Camila en el hueco, donde comprendió que necesitaba con urgencia un cambio. El hombre tampoco se acercó sino le pidió al barman un lápiz, y comenzó a escribir sobre una servilleta, que Nicolás imaginó mojada, pues había sostenido el vaso durante todo el tiempo cuando el movimiento del bar se detuvo, y sólo ellos dos quedaron para buscarse entre los demás cuerpos que, como árboles demasiado cargados, permanecían ajenos al soplo de la música, pasando entre sus ramas dobladas hacia el lugar donde mantenían controlado el trago.
Nicolás aprovechó para levantarse y seguirlo observando desde otro ángulo; y al hacerlo, un placer semejante al que le producían los momentos cuando veía a su madre en cama, arropada hasta el cuello y con los lentes puestos viendo la televisión, pasó por él con la misma velocidad del tercio que, simultáneamente, atravesaba frente a su trago hacia otro punto de la barra. Y es que esta vez era él quien decidía; lo cual implicaba una seguridad en sí mismo nunca antes asumida, pues la protección que sentía al sorprender la intimidad de su madre en aquel preámbulo anterior al sueño, resultaba tan natural como el hecho de haber sido siempre él el escogido.
El quien, después de permanecer toda su adolescencia con María Eugenia, se encontró con que ella lo dejaba. Guardó entonces un portaservilletas con su nombre, a fin de anudar la memoria de aquellos años en que compartieron una idéntica pasión por el karate y el cine, cuando en vacaciones y fines de semana trotaban temprano hasta alguna playa tranquila para combatir cuerpo a cuerpo. Se golpeaban ahí con un deseo, que el temor aún no había llevado más allá de las manos o un beso entre dos escenas. No hubo sin embargo malestar en Nicolás al María Eugenia irse, pues ella había ido desapareciendo gradualmente al crecer, con la misma intensidad con que se había esfumado de sus cartas la sorpresa ante las experiencias compartidas.
Nicolás bebió un trago y cerró los puños, como queriendo asir algo de aquella memoria, si bien sabía que sus manos estaban listas para tomar otras muy distintas, además de la posición como analista financiero en un banco de Nueva York hacia donde partiría al día siguiente.
Bajó la vista hasta la servilleta, e intuyó en el trazo que el hombre no escribía sino bosquejaba algo: quizás un rostro, pensó. Nicolás siempre pensaba en un rostro antes de distinguir el contenido de cualquier dibujo. La razón: el apunte de Sinclair sobre Demian en la novela de Hermann Hesse, a la cual accedió desde las manos de una mujer con quien había querido acostarse pidiéndoselo a través de un papel. Al ella leerlo, buscó como toda respuesta el libro y se lo dio. Nicolás acabó pronto obsesionado por la descripción de Demian, no tanto por su manifiesta belleza sino por su posible ambigüedad. También entonces aceptó el primer signo de su naturaleza al alterar, encima del original, el género del pronombre, en el párrafo donde Sinclair confiesa: «era mi interior, mi destino o mi demonio. Tal sería mi amigo si alguna vez volvía a encontrar alguno. Así sería mi amante si alguna vez lo tenía…» Una transposición que no quedó en el papel y el dibujo, sino había trascendido a los lugares de ambiente, entre los cuales se encontraba este bar, que Nicolás frecuentaba poco, no tanto por querer reprimir sus deseos, o porque desde el final de su adolescencia hubiera sostenido una amistad profunda con Noel, de quien públicamente se decía era su amante, sino porque prefería permanecer al margen y a la espera, mostrándose, aunque sin la urgencia que Álvaro despertaba.
Ello había hecho de Nicolás el tipo de cabello claro y ojos casi amarillos, concertando el blanco de una piel cubierta con un vello oscuro, muy espeso en el pecho, y una mirada herméticamente tranquila puesta a ocultar la ansiedad por que alguien fuera a devolvérsela con la espalda… ¿temor a envejecer? Al echarse un vistazo en el espejo de la pared —donde igualmente podía verse la barra que, siguiendo la curvatura del ojo, ofrecía un óvalo sobre cuyo borde los cuerpos parecían doblarse cuando bebían— corroboró la distancia que todavía le separaba de aquella realidad.
f
Ahora, mientras la mañana avanza en los pasos de Álvaro por el bulevar, vemos que el movimiento de éste no ha sido sólo para desviar su atención del vidrio, sino ha incorporado también el enrejado que la saliva ha tejido, a fin de inmovilizar su lengua ante el piropo que una mujer vestida de blanco le ha dejado con su silueta en la vitrina al pasar. Piropo que él ha recogido, junto con un cuaderno caído a sus pies, por ser la única forma de centrar nuevamente su atención sobre la tienda y contemplarse muy deprisa, con la velocidad que otorga el acto casi clandestino de alucinarse públicamente ante sí mismo.
Y es que Álvaro sólo requería de su doble para estimularse. Ponerle enfrente una superficie reflejable hacía estallar en él la satisfacción de verse asediado por quien nunca exigiría a cambio su amor, ni cancelaría la tarifa fijada siempre de antemano según los requerimientos de quien estuviera dispuesto a alquilar la mercancía: metro ochenta, dosificado como estructura compuesta por una piel, que en el color evidenciaba la costumbre de reservarle un sitio permanente al sol, y cabello rizado cercano al negro —a veces índigo— de los ojos, cuyo tamaño resultaba ideal para crear un ambiente donde las sombras, que la luz erige como apéndice permanente de las cosas, tuvieran preferencia sobre las palabras para tomar tierra y alojarse. De ahí que el piropo fuera visto por Álvaro en el vidrio, antes que escuchado al ella pasar, y la imagen impresa junto a la suya propia en la parte exterior de la vitrina le produjera placer, al advertirse observado por él mismo y por la silueta de mujer en la tienda de lámparas frente al café.
«Me recuerdo bastante pequeño, fascinado ante la representación, aún ahora muy clara, del profesor de natación después de clase, cuando la piscina era un estanque inmóvil: espejo desde donde él subía hacia el tercer trampolín, alterando seguidamente con su salto el temblor de la cafetería, los vestuarios, el parque y las canchas reflejándose sobre el agua. Allí yo contaba con ese espacio, entre el ascenso y la zambullida, donde el hechizo correspondía a una secuencia siempre distinta de gestos: combinaciones cambiantes de ligamentos y músculos abultando zonas, diferentes cada vez, de su piel apenas cubierta por un bañador muy ajustado al cuerpo, expuesto a mi mirada; y así brindarme un placer que yo prolongaba bajo el agua con la máscara de buceo —ideal para protegerme los ojos y brindarme la sensación de seguir siendo yo el espectador, pero desde la parte exterior de una gigantesca vitrina, dentro de la cual él tocaba fondo y emergía despacio, hacia la superficie quieta, varios metros más arriba, como aguardando ansiosa por ese contacto secreto. Un contacto recobrado cada vez que el reflejo de un cuerpo moreno me asalta en alguna vitrina.
Aguardo entonces ahí, viéndome en las cosas del escaparate; y si alguien me preguntara qué pienso, mientras observo la composición de mi rostro descomponerse en el vidrio, diría que un temblor agradable en el estómago ocupa el lugar de las cosas que no pienso. Sólo concentrarme en trasvasar mi cuerpo en el del otro; ocupar el lugar de la sombra proyectada por algún vendedor dando vueltas a un perchero, que detendría cada tantos segundos con objeto de doblar mejor un pantalón algo alterado por la mano de un comprador reciente. Acto que yo completaría entonces, para no irrumpir sino incorporarme a una intimidad idéntica a la establecida en el cuidado de la ropa y el orden natural de quien se ama.
Pero si he de serme sincero, lo mejor no sería el invento de la complicidad entre la sombra del empleado, reproduciendo mis gestos en los suyos, que a su vez ordenaban el producto de otros gestos por ambos desconocidos. Tampoco la oficina donde se expiden certificados médicos para conducir, y que el doctor me tocara una tetilla a fin de estimular una erección en ese lugar sensibilizado por la mano que después me extendería una tarjeta con su número personal, no. Lo importante sería yo, encantado con mi propio reflejo; como si los demás fueran el espejo donde suspender un proceso de autoseducción… Y debo darle aquí la razón a Nicolás. Admitir que la pose con que me exhibo ante esta vitrina no pretende afiliarse a la silueta y el texto impresos por una desconocida en el vidrio al pasar, sino que me mantiene tan aislado de ella como de mí mismo.
Reconquistarme es, ahora, una tarea de sol: confesión que crece con el calor, cuando es esta mañana de domingo lo que me ejecuta. El verdugo bien podría ser la inmovilidad mantenida frente a las lámparas. La cuchilla, el canto de este piropo que la mujer me ha dejado en el cristal antes de irse, y cercenarme el cuello que, al caer, han visto mis ojos todo este sobrante de sábado. Sin barrer han quedado también muchos conocidos de mi edad, viviendo con sus amantes en confortables apartamentos, cercanos, incluso, a sus lugares de trabajo. Y debo verlos, casi siempre cuando voy con prisa y aún no he terminado de completar el dinero para el pasaje del lunes: yo, sin afeitar —el cabello al que se le han deshecho algunos rizos— en tanto ellos caminan con calma rumbo a la oficina o sus clases de arte; como en una danza ejecutada para superponer a mi vida construida a base de encuentros fortuitos frente a los aparadores de las tiendas, y tarjetas oficiando cual rectángulos precisos para condensar un lenguaje, útil si restalla en los dos esa prisa simultánea pero de sentido opuesto.
Porque la resolución allí mismo, en la vitrina después de cerrar la tienda, o entre un paciente y otro sobre la mesa del consultorio, en mí traducía el placer del otro a un asunto estrictamente económico donde lo valioso sería la suma y no el rostro. Cantidad ignorando las facciones de quien me extendería el dinero con la promesa de yo llamar otro día, a fin de planear un fin de semana juntos que yo preservaba intacto con su tarjeta en la billetera. Memoria desechable, al cada cierto tiempo revisarla e inventariar teléfonos y direcciones escritos sobre similares tarjetas, pedazos muy doblados de papel, apoyavasos, cajetillas de fósforos; incluso programas de conciertos, obras teatrales y exposiciones, suspendidos en las manos de hermosas mujeres, apretados por los brazos de hombres muy atractivos abriéndose camino a través del maquillaje que ellas se habrían aplicado, como una muralla desde cuyo envés hacerse accesibles.
Demasiado ocupados ellos sin embargo en destruir esa fortificación, para percatarse de si lo que apretaban era una forma plana, o un volumen de consistencia agradable al tacto, es decir, la piel ofrecida desde las manos que agitaban al gesticular hacia ellas, ofreciendo también sus formas, pero a través del dibujo trazado por sus gestos en el aire. Porque un programa a veces informa sobre un espectáculo interesante, pero siempre es la evidencia de un deseo; el estandarte que enarbolar para concertar un abordaje, al ser superficie conveniente donde consignar el nombre y un número telefónico. Por eso, para mí, una galería en estreno o el intermedio entre dos actos han sido siempre la posibilidad de comunión entre dos programas solitarios, dos folletos individuales puestos a concertar dos rostros, con la misma precisión con que pómulos, maxilares, ojos y frente encajarían tan exactamente entre sí, que el hecho de pensar en un beso para precintar ambas bocas pudiera obviarse de mi hilo mental, al haberse convertido en una operación sobreentendida. Y lo digo, pues así fue como conocí a Nicolás.
Un vistazo en el foyer del teatro fue la visión de Nicolás entrando. Nicolás quien, antes de alzar su rostro hacia el primer piso, ya había quedado apresado en mis ojos. Y lo contuve, izándolo con la misma fuerza con que un decorado, al descender, impulsa otro que sube. Lo suspendí seguidamente sobre las tablas de aquella escena inicial sin requerir ningún otro esfuerzo; por eso cuando él me miró por primera vez, yo ya sabía de nosotros.
¿Debía yo entonces recurrir al número telefónico, hincado en mí como una sombrilla por abrirse y oscurecerme la costumbre de no regresar nunca sobre las relaciones que habría tenido? ¿dejaría, mejor dicho, que no discarlo fuese el hábito de rechazar cualquier posible compromiso? Vacilación semejante a la de la claridad que remata el sentido de una hoguera segundos antes de apagarse, y ser evidencia del barco que no habría podido llamar, y mi boca —mutilada la sonrisa en un visaje de sorpresa— empujaría con su aliento hasta llevarlo a saltar y desaparecer tras la cuerda con que mis ojos habrían puesto límite al mar. Otra manera de reconocer mi impotencia para no aceptar que me gustaba Nicolás, pero igualmente inútil para llevarme a salvarla (la soga) y marcarlo (el número), y ser así artífice de la actividad donde una caricia pudiera, al fin, franquear todas mis resistencias.
Además, debo pensar que no siempre voy a estar yo del lado de quien escoge despegar, o mantener indefinidamente adherida, la invitación que alguien habría dejado puliéndose en un vidrio similar a éste. Tampoco asumir permanentemente la iniciativa, cuando una mirada única basta para golpear el rostro del objeto, y desafiarlo a un duelo donde de nuestros semblantes se generarán sendas espadas a entrechocar, también estudiadamente, hasta el momento de yo considerar que nos habríamos batido lo suficiente, desde esquinas opuestas de una misma acera, bar o arena de un salón abierto hacia un jardín organizado para un almuerzo campestre
(la proposición puede surgir en la tonalidad con que la hora y la anfitriona ordenan cubrir manteles, sillas y servilletas para prolongar ambos ambientes mediante una hilera de bien extendidos toldos amarillos, dispuestos sobre el enrejado que usualmente separa el salón del jardín. Seleccionar entonces a quien se mantuviera al margen de la lentitud que el inicio de la digestión instala en los cuerpos, y asocia al ritmo con el cual el tiempo comienza a rumiar la tarde, desde la indolencia de un samán que se balancea. Elástico ahí un soplo fortuito de viento orientando al hombre hacia mí y deteniéndolo frente a la mesa de los postres donde, con el brazo extendido, señalaría hacia la mousse de mango y el dulce de guanábana, que el camarero seguidamente organizaría sobre su plato, entrelazándolos con una cucharada de crema. Vacilación momentánea entre él decidir acercarse o rehusar mi invitación, y resolverla rápidamente con el auxilio de una amiga, comiéndose lo suyo en una mesa alejada, donde se sentaría dándome la espalda. Y yo no podré sino sonreír, al corroborar lo frecuente de la actitud que lleva a tantos como él a ocultar, bajo una envoltura homogénea, la verdadera selección exigida por los sentidos —la cuchara encandila y los borra. Quedan así camuflados tras una capa que engorda el fracaso de su relación con una mujer, y entorpece el cuerpo cuando la operación reclama ejercitarlo a fin de que los movimientos sean ágiles para sortearla. Se pretenden entonces niños una vez más, y corren arrugando con su paso la hierba de un jardín similar al del almuerzo, aunque ya no les pertenezca, ni en el alboroto, ni en la aventura de celebrar allí su primer cuarto de siglo, con una piñata donde los invitados, o serán muy jóvenes, o mostrarán al sonreír accidentes prematuros sobre la geografía del rostro, ante el esfuerzo por represar la circulación natural del agua arrastrando una adolescencia, en pie sólo durante el tránsito entre dos edades menos fugaces —claridades extremas para un intervalo de lluvia— pero también menos implacables para violentar y asolar los rostros. Y recibirán además a los amigos, que compartieron con ellos ese húmedo armisticio hace ya algunos años, impermeabilizados por un pantalón de smoking, raya roja a un lado, tirantes grises, camisa blanca y corbata dorada cuyo resplandor también ciega, pero del aprecio de quienes verdaderamente los estiman y no están ahí buscando la guarapita de piña. Quienes tampoco precisan entrar con una muchacha de minifalda —pareja ficticia y abandonable pasada media hora— para resolverse la noche con el tipo a quien habrían citado a ras de ese mismo jardín, a fin de mirarse cómplices —intercambio análogo, parco en lenguaje, breve al mediar la sed que el deseo estimula y dirige— y largarse juntos pasada otra media hora. Verlos salir y voltear uno hacia otro punto del pasto, conllevará posiblemente descubrir a dos adolescentes que, habiendo hecho de un árbol habitación especial, se tocan apresuradamente a fin de aprovechar la permeabilidad absoluta de la piel, que asegura el intercambio continuo del agua entre dos cuerpos, antes de éstos pasar a la edad siguiente y secarse. Pero si ellos, como consecuencia de la misma prisa por ahogarse en el otro, aparecen de repente desnudos ante el paisaje, es porque bajo esa urgencia precoz uno puede adivinar el desenlace: el hastío será mutuo antes de que termine la noche)
y sólo quedara alzarnos de nuestras respectivas mesas, cruzar espadas y enfundarlas, como la mudanza recíproca del cuerpo que los futbolistas canjean en el sudor de sus camisetas, sobre una hierba más pública. Juego menos aséptico, si bien más funcional que un duelo. Pero dos deportes al fin, igualmente útiles para hilvanar las costuras de un entendimiento, que arroparía el gesto de asentir e irnos juntos, sin haber requerido del interludio —casi hasta reventar los instrumentos— imprescindible para obtener a una mujer.
Necesitaría buscar entonces explicaciones, a fin de justificar mi presencia a escasos centímetros de su mantel amarillo, cual estamento solar con que oscurecerle la piel a mi deseo y encubrirlo, a fin de exponerlo, blanco, como la única razón para yo permanecer en pie, con mi plato de postre frente a ella, esperando una invitación a sentarme, que ella demoraría, aplazaría o remataría con un gesto de entrega, que sin embargo ya no sugestiona; porque la mujer, al ganar su cuerpo, y con él el don de seducir abiertamente, ha perdido su crueldad.
Por eso yo nunca intentaría hacerlo. Concertar el modo como podría ir y abordarla tramposamente: preferiría conservarla a mi lado pero sin presión, y que ella consintiera asomarse, desde esa estancia contigua, hacia algún otro apartado de mí mismo. Pero mi naturaleza tampoco me lo ha otorgado. Y no puedo en eso sino envidiarte, le diría a Nicolás. Tienes a Camila y se comparten; y uno, al encontrarlos en la calle podría pensarlos amantes. Y ¿es que no lo son acaso? me pregunto y rectifico. Es que de cada punto, las veces cuando los he visto caminar, no se generan pájaros que los alzan, ojos de presa que los protegen de los demás, calderos de aceite hirviendo que aísla el asfalto, después de ustedes pasar, y lo funde con las llantas de todos los automóviles, atascados hasta encadenarse como hileras infinitas de labios, ávidos por sorber alguna de las palabras que la complicidad entre ustedes hace secretas… Sin compromiso ni condiciones: igual que cuando eres tú a quien yo deseo, me digo, mientras retrocedo un poco para mejorar la visión de mí al verme. Abro ahora el cuaderno que esta mujer ha dejado caer al pasar, y donde, al empezar a hojearlo, veo que aparece una especie de diario: confesiones, posiblemente, que comienzo a recorrer a fin de aprehender esa memoria.
Una noche —era treinta y uno de diciembre— mi marido se había ido lejos de la ciudad porque yo lo rechacé. Yo sólo pensaba en Gustav. Estaba muy borracha. Así que me fui hasta la casa, agarré el bolso y metí un par de mudas. Tomé mi abrigo y salí rumbo al aeropuerto: me iba a Ginebra a buscarlo. El tiempo era espantoso. Yo estaba loca. Muerta de frío me metí en el baño del avión (aún tenía el cabello lleno de papelillos) para cambiarme y ponerme el abrigo. Una tormenta de nieve nos hizo aterrizar en Zürich… pasé con él dos meses y luego dejé que lo internaran en un sanatorio.
En tanto, me mantengo al acecho de alguien que podría quizás ocupar el espacio contiguo al mío en una misma acera, cancel y fuga de una fiesta o prolongación nocturna del almuerzo: contacto instantáneo y acción de irnos a algún lugar, decidido mientras bordeamos el enrejado, entre el extremo del salón y la puerta de salida, dispuesto bajo una hilera de bien recogidos toldos amarillos. Pocas palabras, y después podríamos vestirnos, incluso sin mirarnos, como sí lo habríamos hecho al desvestirnos el uno al otro, porque entonces funcionábamos con una dosis atravesada de curiosidad, por comparar las respectivas razones que nos habrían motivado a consentir un tanteo, borrable instantáneamente después que uno de los dos hubiera eyaculado, y empezara a alargarse la pausa, entre un estremecimiento y otro, como consecuencia del roce de la mejilla y el vientre, menos sensible en tanto más se espaciara el temblor —especialmente intenso si uno de los dos no se había afeitado ese día.
Serían, pues, tangencias que obviarían cualquier justificación si alguno no acababa. Hecho evidente porque ahí desaparece la posibilidad del simulacro: ¿cómo fingir un orgasmo entre dos hombres? nada que ver con los pretextos que me vería obligado a idear para justificarme ante una mujer. Y soportar después todas sus acusaciones, cuando mi proximidad dejara de turbarla, o su silencio cuando no la hubiera satisfecho.
Al llegar a un cierto punto de mi vida empecé a salir con tipos gay porque no quería volver a enamorarme. Sabía que con ellos iba a estar segura. Pero me enamoré de uno, y cuando se lo dije todo cambió… Traté de olvidarlo y no pude, simplemente no pude. Cuando lo busqué y se lo dije me sonrió. Conversamos mucho rato. Me habló de él con gran sinceridad. Al irme de su casa, ya más tranquila, olvidé el paraguas. Llovía pero no quise volver a buscarlo. No lo vi más. Después llovió ininterrumpidamente dentro de mí por mucho tiempo; como si toda la lluvia que cayó aquel día me hubiera vuelto de agua a mí también.
Por eso los míos han sido siempre encuentros donde lo que recuerdo es más el sexo que el rostro de quien, aceptando sin vacilación el precio, me secunda en los movimientos necesarios para organizarnos, al tiempo de distraer los ojos de los ojos y reclinarnos, invertidos, en cantos opuestos del cuerpo, a fin de concentrarnos en estimular el punto idóneo para ponerme a prueba la retentiva cuando él me haya dejado en mi puerta. Son cuatro ascensores hasta el mío, y ante cada uno, cual si el arquitecto hubiese intuido que a algún inquilino le correspondería el mito de Narciso, una columna forrada con espejos me brinda la oportunidad de pasar cuatro veces frente a mí mismo, antes de toparme con el que hay dentro del que me corresponde. Inicio así una subida cuyo trayecto comprende la mejor penetración que he experimentado nunca; porque al recostarme, de espaldas contra él, lo que se superpone no es el envés de un cuerpo y un espejo, sino el recuerdo del profesor de natación ascendiendo hacia mí como superficie quieta, varios metros más arriba, y aguardando ansiosa por ese contacto secreto».
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Y no es que Nicolás se postergara como muchos en el gesto de alargar por más tiempo del que requería un vistazo, su permanencia frente a cualquier espejo, autoerigiéndose así en el típico individuo que se pretende irresistiblemente elegible; lo que ocurría era que, al girar un poco sobre el asiento para confirmarse atractivo, la curvatura pronunciada de su espalda, y el fuerte arqueamiento de las bien separadas piernas, comprendían un modo nada soterrado de manifestar su disponibilidad que para cualquiera, joven y ejercitado en el gusto por la estética, también habría desembocado en la sugestión transitoria hacia los propios rasgos. Hacia el incontrolable impulso de tocarse el cabello, y saberlo firme sobre la sien protegida por un cabello acondicionado para demorar un tanteo, que permitiera a los dedos rozar las hebras, palpar la frente muy lisa, y completar el itinerario a través del rostro hasta la nuca.
Nicolás acariciaba la suya, cuando el camarero limpió la barra, sin darse cuenta de que, con el residuo de cerveza y ceniza, también desaparecieron todos los obstáculos que aislaban a Nicolás del bar. El avance del trapo sobre el mostrador, borró simultáneamente la inmovilidad de su reflejo en el vidrio, devolviéndole la conciencia de un cuerpo menos cercano al personal pero tan necesario entonces como el suyo mismo.
«Si antes de abrir esta caja de fósforos, de regalo y sin valor comercial, regreso al hombre rubio y lo distingo concentrado aún en su servilleta pese a saber que lo deseo, esa premeditación con que me ignora ¿no es la prueba más contundente para concluir en que el rapport instantáneo construye un vínculo tan violento como fugaz? La única certeza corresponderá al hecho de saber que, al despedirnos, el acto de haber querido —quien me escogió— concentrar sobre mis facciones el peso muerto de sus labios, será la prueba sensible para hacerme entender que no volveremos a acostarnos. Negativa que corroborará mi gesto de entrecerrar con los ojos la puerta de su apartamento. Y sé que cuando yo salga a la calle, desierta y en silencio a esa hora nocturna, mi cuerpo se sacudirá, ligero, la pereza propia del instante inmediatamente posterior a esos momentos hábiles para el sexo, no sólo porque acaba de recobrar su independencia, y el viento muy fresco lo fustiga, sino porque la inseguridad es doble: ante el temor a un asalto, y ante el impacto de encontrarme en el centro de una acera interminable, contra cuyo borde yacerán apretados todos los automóviles que, desde la madrugada hasta bien avanzada la noche, harán de la ciudad pasto para concertar estos encuentros.
¿Alcanzaré a resguardarme en el mío? me pregunto mientras avivo el paso. ¿Despertaré a mi madre con el agua de la ducha, cuando la causa de ese ruido arrase de mi piel los restos de una boca en celo? me interpelo al encender el motor. Y yo esperaré sin embargo la llamada del tipo al día siguiente. Y Rodrigo me preguntará en el banco qué me pasa, cuando lleve más de veinte minutos intermitente frente al cursor de la pantalla. Y mi madre, preocupada, esgrimirá el argumento de que no como lo suficiente, cuando me vea llegar en la tarde algo pálido y dispuesto a no buscarle conversación; algo que se hizo, después de todo, costumbre el día cuando Noel se convirtió en mi relación incondicional.
Mi madre y Noel: dos extremos que hoy retomo; y ¿es regreso o retroceso este volver sobre las seguridades que he tenido, para justificar mi frustración ante este hombre que me ignora? Misterio y actitud tan impredecible como la que a veces nos lleva a negar sin conmiseración a quien amamos, o a canjearle por alguien pasajero y a veces hasta indeseable.
Cómo no comprender entonces la resistencia que pongo a acercarme a este muchacho, casi transparente, que acaba de entrar al bar con la sola intención de comprarse unos cigarrillos. Interceptarlo o brindarle un trago sería lo indicado; que comience a hablar y me dé así otra oportunidad de conversarme, largamente, con un nuevo sujeto de vidrio: carne —intuyo— acerada en la pasión pero frágil para el cariño… difícil, sí, entregarse al abrazo puesto a explorar un afecto aún desconocido, o al gesto de aceptar una caricia sin compromiso. Pienso en ello, mientras cedo a mis ojos el privilegio de custodiar todos los movimientos con que la criatura de cristal alcanza la puerta y desaparece, y comprendo que nada aquí puede darme una respuesta…
‘La gente es un pretexto para el amor’ —escucho intempestivamente aunque en silencio. Ruido pues imaginario, el exacto hendir en mí de una frase proveniente del legado de Noel. Herencia tan vasta como secreta, puesta en mis labios por quien ya había satisfecho todos los apetitos, cuando yo no les daba aún zona franca para existir cerca de mí. Prefería soplar y rechazarlos, desde el aire expulsado con la precisión de un corredor de fondo cuando entrena su cuerpo a fin de salvar una distancia. Habitual —la distancia— a fuerza de esperarlo —el cuerpo. Doble cavidad aguardando el ser cubierta por un toldo de piel que se ajustara a los accidentes del terreno. Exhausta, la mía, pero satisfecha al completar el recorrido; y dispuesta, aunque alerta, al experimentar una sacudida
(respiración tan acezante como el vicio de la gente a acumularse ante los accesos a cualquier lugar público: un cine, por ejemplo. Escondidas las puertas tras esa fortificación de cuerpos, ávidos por engranarse y articular una maquinaria de movimiento infinito e impredecible, para poder adecuarse mejor al capricho con que esos mismos cuerpos estarán dispuestos a concertarse y hundirse, en una promiscuidad tatuada sobre los ojos desmesuradamente abiertos del rostro acompañante. Acompañante, sí, pues pocos se atreven a confrontarse solos con una multitud. Pocos son quienes, sabiéndose blanco del deseo, eluden la complicidad en la galleta —que, al pasar, un amante anterior le habrá ofrecido al nuestro, una vez acomodados nosotros en dos butacas contiguas— y salen sin compañero a saciarse de sí mismos en un restaurante, hotel o tienda: tarjeta de crédito hábil para tentarnos a un endeudamiento donde postergaremos, sistemáticamente, el pago que salir sin pareja exige. Esto es: el corroborarnos blanco de miradas que nuestra inseguridad intuirá poco amables, pero que realmente encubren los celos de aquel muro móvil hacia nuestra autonomía para manifestar con claridad la atracción que sentimos por alguno de sus componentes)
producto del encuentro repentino con alguien, cuya fascinación me haría bajar los ojos. Cubierto, entonces yo, por el rubor propio de quien se sabe en evidencia, aun cuando presto para alzarlos y abarcar la forma de un rostro muy hermoso, independientemente de su belleza y de los rasgos que la naturaleza le habría inducido a tomar de cualquier sexo.
¿Tendría pues alguna importancia, la rapidez con que precisaré su condición animal o femenina o su lugar masculino? ¿El hecho de que mi último amante se tratara con un terapeuta, de siete a ocho y diez todas las mañanas, entre los veinte minutos para saltar cuerda y el nautilus de las ocho y media? ¿O que a María Eugenia le abrieran de madrugada la peluquería, porque después de todo tenía a su favor el programa de televisión a primera hora y el workout antes del desayuno?
Divertido yo al experimentar, casi adolescente, estas anécdotas que, aun cuando únicamente cuentan la periferia de las cosas, me atraían hasta el punto de haber buscado en la guía telefónica, los números de posibles amantes, apenas horas después de haberlos conocido; o de haberles repartido papeles amarillos con mi teléfono que, en el intervalo de aceptar que no sonaría, revisaba del periódico —mis manos oficiando con la velocidad de un bosque— espectáculos y películas, finalmente vistos por mí pero solo, cuando la negativa a esas invitaciones cubriera de maleza el espacio libre entre dos árboles, que me habría reservado esa noche para esperarla, esperarlo; si bien sin contradicción ni desafecto.
Aunque ellos me habían rechazado, no experimentaba resentimiento alguno; quizás porque para mí ha desaparecido ya la dureza explícita, del lenguaje arrogado al tiempo infantil, y golpeando las partes más frágiles de mí mismo, que no se agotan en el rostro o el estómago, sino trascienden este cuerpo, terminal y en crecimiento, a fin de albergarse —con la misma incertidumbre que nos lleva a afrontar la seguridad de un viaje, fácilmente truncado por los imprevistos comprendidos entre el habernos olvidado de sacar la visa, hasta caerse uno con el avión— en las grutas que esporádicamente mis lágrimas oradaban en la piel de ese mismo rostro, cuando yo ya no hallaba un mejor modo de manifestar la imposibilidad de permitirle al cuerpo resbalar sin control de mí, y aproximarse al muchacho; cual si el ademán de hacerlo fuese tan familiar como el de alzar los ojos sobre una habitación, y encontrar que cada objeto se ajusta, inmóvil, al sitio en que lo vimos por última vez.
Dónde entonces el sudor para ahogarnos el rostro con el calor del bar, y corroer la distancia entre ambos hasta que de ella no quedara sino la ranura, formada por las paredes de nuestros cabellos enfrentados, que consintiera sólo el paso de una hoja de aire. Donde, pues, la soga para sujetar firmemente la ocasión de abordar a quien termino de dejar ir, o de acercarme a quien sigue dibujando sobre una servilleta. Y no lo hago, no lo actúo más bien, a fin de hacerme a la idea de haber prolongado la eficacia sensual de algún encuentro fortuito, mucho después que el telón anclara entre los últimos aplausos, y yo no hubiera necesitado darme placer, mirándolo a él de pie ante ese mismo escenario, esperando que yo acabara para irse.
Álvaro maneja el papel más cercano al mío, sobre las tablas que mi memoria abrillanta sin fatiga aparente, pues sé cómo mostrar, hábilmente y sin presión, un rostro inconmovible: máscara ante la fisura, abierta con sólo pronunciar tu nombre. Cómo no combinarte entonces en el sueño; cómo no admitir que de ti sólo me ha quedado el impacto de escasos encuentros. Empieza a sonar un bolero desde algún punto del bar, iniciándose así una labor titánica de tiempo transcurrido: avidez e instante preciso para un recuerdo perfecto, en este lugar tan lleno y a la vez tan alejado de la vida que busco. Te nombro y me digo: a cuál más se anticipaba para encontrarte solo, y soñaba con quien iba a llegar pero no sabía cuál era; de ahí la desesperación en el sueño.
Recobro entonces un abrazo —tu cuello roza esta memoria común— y el lenguaje se genera desde los momentos compartidos. Que el detonante sea, pues, este instante de escuchar Somos en la rockola a fin de sentirte abriéndome las nalgas con los labios una vez más.
Después que nos besamos
con el alma y con la vida…
Aquí las pieles dejan de tener sentido separadamente. Aquí es el automóvil circunstancialmente a un lado: la cuneta, nosotros sin la premeditación pero en el secreto que la noche otorgó a esa cita inicial, clave, pues de ella emergió la parte más precisa de mí; la que vive aún oculta y se arrastra desde mi mirada cuando la dejo caer. ¿Te interesa? ¿Te interesé como mirada? Fue entonces la mano: ‘dame tu mano’ dijiste. Y el acto de tenderme sonriendo la tuya fue fundamental para yo entender que habría pertenencia —lo que queda de uno cuando dos vidas se vuelven simultáneas— durante tres horas de buscarnos afanosamente en el otro; y que la oscuridad de las calles, y el rojo de los semáforos iluminándonos los besos, fueran la prolongación del hechizo que cada quien había recogido en el otro la tarde anterior en el teatro.
Entrar al foyer fue mirar hacia arriba y recibir el impacto de tu rostro en mí: difícil de contabilizar por cuánto tiempo. No así calibrar la señal de tus ojos, que guardé con la interrogante de no saber si volvería a verte; si existiría la posibilidad de sorprendernos una vez más. Y si me senté junto a Noel, pero con mi cuerpo a tu lado. Y si dejé que Norma, concebida esa noche sólo para hacerme en ti, fuera la duda de no saber si cabría la posibilidad de otro encuentro. Y si repentinamente volteé buscándote, y te descubrí justo detrás de mí, corroborando así que no hay relación entre la comunicación y las distancias. Y si desde ese momento dejé de concentrarme en Norma, para poder girar y mirarte cada cinco minutos hasta el intermedio. Y si esperé por ti, en el último tramo de la escalera que llevaba al bar, con el vaso en la mano —pose tan propia de uno aguardar con la vida cruzada a que algo pase, alguien llegue y nos descubra el otro espectáculo— hasta tú atravesar frente a mi trago y un espejo, ante el cual nos paralizamos por un segundo y seguimos, sin haber podido decirnos nada: cómo no confesar entonces que cada uno de estos actos había sido la materialización de muchas escenas imaginadas desde siempre.
La segunda parte de la ópera resultó ser, pues, todo el discurso que necesitábamos para saber de nuestras respectivas existencias, reiteradas en ese yo voltear cada breve intervalo entre dos momentos de voz, a fin de hallarte inequívocamente dentro de mis ojos; y que el aplauso a la soprano en escena, fuera el gesto de agradecerle al destino el que nos hubiera arrojado a un mismo teatro tan azul de butacas y alfombras, tan de estuco blanco, artesonados y frescos, que hacían de él la réplica perfecta de algún teatro europeo.
Cómo no aceptar entonces que nosotros podíamos ser también una réplica a escala de encuentros similares; idéntico vacío instalado en el estómago al terminar el último acto y salir. Un vacío que no respondería al alimento, que en mi caso sólo querría saber de ti, intuido más que visto. Por eso nuestro encuentro al día siguiente, y a la entrada de este mismo bar, fue la prolongación de aquella oquedad: ‘yo sabía que volvería a verte’ —dijiste acercándote a mí— ‘pero no me imaginé que sería tan pronto’, añadiste, a poco espacio de mi espacio.
No tuvimos después sino buscar a través de incontables semáforos en rojo, la curva precisa de la carretera; tu mano desabotonándome la camisa, moviéndose hacia el pecho, los labios llevando a descender tu lengua por la senda que esa misma mano habría abierto, deteniéndose en mis tetillas que humedecer, apresar con los dientes hasta unirme las esquinas del pecho, y enredarse por el vello hacia el ombligo donde trazaría círculos, en tanto la mano siguiera abriendo camino, en ruta hacia el punto que equilibra mi cuerpo de cemento y plantas, para que la boca apartara sin dificultad casas y tallos, y me obtuviera.
Vuelvo al espejo adosado a la pared de este bar, y confirmo cómo mi reflejo ha superado una inmovilidad que lo habría peligrosamente podido conducir a embobarse consigo mismo, al tiempo que pienso en las estregias necesarias para poder conservar una relación.
