Amar a un extraño - Cassie Miles - E-Book
SONDERANGEBOT

Amar a un extraño E-Book

Cassie Miles

0,0
3,49 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,49 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Eden Miller había amado y perdido al hombre de sus sueños. Doce años después ese mismo hombre volvió convertido en un agente del FBI, con la misión de investigar a su familia. Los besos de Payne todavía la excitaban, pero... ¿se atrevería Eden a confiarle su corazón o a confesarle su gran secreto? A Payne Magnuson lo consideraban un agente renegado, un hombre buscado por la justicia y acusado de asesinato. Las apuestas no podían ser más altas...

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 248

Veröffentlichungsjahr: 2017

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2003 Kay Bergstrom. Todos los derechos reservados.

Amar a un extraño, Nº 63 - noviembre 2017

Título original: The Secret She Keeps

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2004.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

I.S.B.N.: 978-84-9170-703-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Acerca de la autora

Personajes

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Acerca de la autora

 

Cassie Miles ha pasado la mayor parte de su vida en el hermoso estado de Colorado, a unos mil quinientos kilómetros de su familia de Chicago y a igual distancia del alegre ambiente de Las Vegas. Le gusta viajar, pero no le entusiasman los aviones. Prefiere los viajes por carretera, sobre todo aquellos en los que puede desviarse de la autopista para visitar lugares históricos, o detenerse en restaurantes para probar las comidas típicas de la zona.

Pero como se viaja mejor es con alguien a quien quieres. Para ella, escribir Amar a un extraño significó una enorme alegría porque así tuvo oportunidad de volver a recorrer el Medio Oeste en coche, en tren e incluso a caballo.

Personajes

 

Payne Magnuson: Alias Peter Maggio. El agente secreto del FBI, supuestamente fallecido, se ve obligado a huir, acusado de asesinato y amenazado de muerte.

 

Eden Miller: Alias Candace Verone y Susan Anthony. La madre soltera que escapa de una familia entregada al crimen, con tal de proteger a su hijo.

 

Josh Miller: El niño de once años, hijo de Eden, desconoce absolutamente sus antecedentes familiares.

 

Danny Oliphant: También conocido como Danny-O. Un agente federal traidor, cuya avaricia lo lleva al desastre.

 

Gus Verone: El patriarca de la mafia criminal de los Verone.

 

Sophia Verone: Abuela de Eden y esposa de Gus, desgarrada por la lealtad a su familia.

 

Luke Borman, Chuck Sonderberg y Samuels: Agentes federales, siempre en equilibrio en el borde de la ley.

 

La hermana Max: una anciana y amable monja trabajando ocasionalmente para el FBI.

 

 

A mi sabia y paciente editora, Patience Smith, y a Denise O’Sullivan, de Harlequin Intrigue. Y, siempre, a Rick.

Prólogo

 

El frío castigaba los últimos días de abril como un huésped molesto, reacio a marcharse. Los últimos restos de nieve se habían derretido en las calles de Brooklyn, pero una capa de hielo aún persistía, reflejando la luz de los faros de los coches. Payne Magnuson se subió el cuello del abrigo después de ajustarse la sobaquera en la que llevaba la pistola.

Habitualmente ya no solía ir armado. Antiguo agente en Quantico, en la actualidad se dedicaba a impartir clases. Ese día se encontraba en Nueva York para participar en un seminario, preparando personal de operaciones especiales en técnicas de infiltración. Payne poseía un conocimiento esencialmente práctico. Doce años atrás, cuando sólo tenía veinticuatro, se había infiltrado en el escalón más alto del crimen organizado de Chicago, viviendo inmerso en aquel ambiente durante dieciocho meses. Gracias a sus pruebas y testimonios, siete capos menores y la familia Verone al completo habían sido encarcelados. Debería haberse sentido orgulloso de ello. En ciertos círculos del FBI, Payne era considerado una leyenda.

Aun así, nunca había rememorado aquellos días sin un cierto arrepentimiento. Sus esfuerzos no habían acabado con la gran delincuencia de Chicago. Apenas le había hecho una pequeña mella. Otra familia había ocupado el lugar de los Verone. El crimen organizado era como una hidra de muchas cabezas, tan voraz como irrefrenable. En aquel momento, doce años después, Gus Verone, el viejo patriarca, había recuperado la hegemonía perdida. A excepción de dos servidores suyos que aún seguían purgando sus delitos en prisión, era como si la operación de infiltración de Payne nunca hubiera tenido lugar.

—Te va a encantar este restaurante —le comentó su compañero.

—¿Por qué, Danny-O?

—Es italiano.

Danny Oliphant, como la mayoría de los agentes más jóvenes, creía que Payne era de ascendencia italiana, a juzgar por su pelo negro y sus ojos oscuros, o por su parecido con Al Pacino. No era cierto. Su apellido, Magnuson, era escocés, y se había criado en Wisconsin.

De hecho. Payne evitaba los ambientes italianos. Había conocido a mucha gente en Chicago a la que no quería ni podía volverla a ver. Tampoco ellos esperaban verlo. Porque Payne, en su falsa encarnación de Pete Maggio, supuestamente estaba muerto.

Danny Oliphant, un fornido pelirrojo de expresión inocente, abrió la puerta del restaurante. Dentro hacía calor. La decoración del local era sencilla, con los característicos manteles a cuadros y las botellas de Cianti a modo de floreros. Por encima del rumor de las conversaciones podía oírse la música de una tarantela.

Revisó inmediatamente los rostros de los parroquianos, intentando identificar a algún enemigo. Reconoció a un hombre. No era un enemigo, sino otro agente del seminario de aquel día.

—Es Luke Borman —dijo, volviéndose hacia Danny-O—. No sabía que fuéramos a encontrarnos con alguien.

—Yo tampoco —Danny-O le hizo una seña y se acercó al agente—. Hola, Luke. Me alegro de verte. ¿No es curioso que hayamos terminado encontrándonos aquí?

«Quizá no lo sea tanto», pensó Payne. Cuando se estrecharon las manos por encima de la mesa, distinguió un arma asomando bajo la chaqueta de Borman. No era la típica del FBI.

—Siéntate con nosotros —le ofreció Danny-O.

—Gracias, pero no —miró su reloj—. Estoy esperando a mi novia. Se está retrasando, como es normal.

El motivo de la presencia de Luke en aquel restaurante parecía absolutamente inocente: una simple coincidencia. Sólo que Payne no creía en las coincidencias. Todo tenía su razón de ser.

Se sentaron en una mesa situada en el centro del local, de cara a la puerta. Aunque permanecía alerta en todo momento, el cómodo ambiente tranquilizó un tanto a Payne. El aroma de la comida le evocaba recuerdos. Recordó una cena a la luz de las velas en su apartamento de Chicago, doce años atrás. Y recordó a una mujer, la mujer, Candace Verone. Alta y esbelta, de largas piernas, caminaba con fluida gracia por su pequeño apartamento de una sola habitación. Mechones de su larga melena de color castaño escapaban de su cola de caballo. No llevaba maquillaje; no lo necesitaba. Tenía los ojos del color de la miel y los labios llenos, brillantes, de un delicioso rosa natural. Solamente tenía diecinueve años, pero parecía más madura. El constante drama de la saga de los Verone habría bastado para envejecer prematuramente a cualquiera que estuviera dotado de un profundo sentido de la justicia y la verdad.

Pensaba a menudo en Candace Verone. Y la atmósfera de aquel restaurante se la recordó una vez más con deslumbrante claridad. La recordaba en su apartamento, sentada en la mesa frente a él, dándole a probar una cucharada de la salsa de tomate que acababa de preparar. Doce años después, todavía podía ver el brillo de sus ojos, reflejando la luz de las velas…

Había querido ser sincero con ella, confesarle quién era. Pero eso habría sido demasiado peligroso. Para ambos. Su primera intención había sido regresar a buscarla, una vez terminada su misión.

No pudo ser: después de las detenciones, desapareció. Aunque parecía imposible, se evaporó en el aire y nunca más volvió a saber de ella. Su desaparición se debió probablemente a las conexiones nacionales e internacionales del patriarca, Gus Verone. Tan sumamente bien debió de esconder a su nieta que el FBI se mostró incapaz de localizarla.

Payne habría dado cualquier cosa con tal de volverla a ver, de saborear nuevamente sus labios, de sentir su delicado cuerpo acurrucado contra el suyo…

—¡Payne! —Danny-O lo devolvió a la realidad, señalando con la cabeza a la camarera—. ¿Tomamos vino para cenar?

—Una botella de borgoña —recordaba que Candace siempre había preferido el vino tinto.

No había razón alguna para evitar el alcohol. No estaba de servicio. La sesión de aquella tarde sobre técnicas de infiltración había transcurrido con total normalidad, y tenía intención de volver al Distrito de Columbia al día siguiente.

Danny-O apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia delante.

—¿Qué es lo que se siente… al estar dentro?

Payne se encogió de hombros. Aquél no era el lugar más adecuado para hablar de agentes infiltrados.

—¿Alguna vez te has sentido demasiado… implicado, comprometido? ¿Tuviste alguna vez la tentación de mandar la misión al diablo e integrarte en la familia?

Se preguntó qué tipo de pregunta era aquella. ¿Un test de lealtad? No pudo menos que preguntarse si Danny-O habría tenido algún otro motivo, más allá de la mera simpatía, para invitarlo a aquel restaurante.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Tendrás que admitir que las familias de ese tipo poseen un cierto atractivo. Montones de dinero. Buen vino. Buena comida… —señaló nuevamente a la camarera, en el preciso instante en que dejaba un cesto de pan en la mesa—. Preciosas mujeres.

La joven sonrió antes de retirarse. Las mesas estaban medio llenas, lo cual era una suerte con aquel tiempo tan pésimo, un jueves por la noche. Contoneando las caderas, la camarera desapareció tras la puerta giratoria de la cocina.

Payne miró otra vez a Luke Borman, cuya novia aún no había llegado. Su intuición, perfeccionada por años de experiencia, lo advirtió de que saliera de allí cuanto antes. Mirando su reloj, se inventó una excusa:

—Lo siento, Danny. De verdad que no tengo tiempo para cenar. Tengo una cita a las diez.

—¿Con quién?

—Con alguien —respondió, rotundo. No eran necesarias mayores explicaciones.

—Al menos tómate una copa de vino. Vamos, Payne. No me digas que no tienes tiempo para una sola copa…

Payne tuvo la inequívoca sensación de que estaba intentando ganar tiempo, reteniéndolo en la mesa.

—Pareces nervioso, Danny-O. ¿Has estado sometido a mucha presión últimamente?

—Para decirte la verdad, no puedo creer que estés aquí, conmigo… Tú eres uno de mis ídolos. Quiero elegir tu especialidad. He leído hasta la última palabra de tus informes, todas las transcripciones.

Se suponía que aquellos documentos estaban altamente clasificados. ¿Cómo podía haberlos conseguido un agente tan joven como Danny Oliphant? Tenía que averiguarlo. Deliberadamente relajó sus rasgos, simulando sentirse halagado por su comentario.

—¿Qué parte te ha interesado más?

—La parte final, cuando atrapaste a Locksmith y a aquel tipo que llamaban La Nariz.

Payne disimuló sus sospechas tras una falsa sonrisa, molesto de que conociera aquellos detalles. Aquello no encajaba bien.

—¿Quién te ha puesto al tanto de todo eso?

—En realidad, nadie.

—Algún agente tuvo que autorizarte a leer esos documentos.

—Pues no —Danny-O intentó adoptar una conmovedora expresión de inocencia… pero fracasó—. Soy una especie de as de la informática. Conseguí acceder a los archivos.

Payne sabía que eso era muy poco probable. Muy pocos hackers poseían el talento suficiente para romper el sistema de seguridad informático del FBI. Algo estaba tramando. Una traición.

Payne levantó su copa mientras desviaba la mirada hacia la puerta. Entraron tres hombres. Conocía al más alto, el que llevaba una cazadora de cuero negro. Estaba más delgado y su rostro parecía haberse afilado, endurecido. Era Eddy Verone, el hermano de Candace. El segundo jefe del círculo de Chicago. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué significaba eso? Pero no había tiempo para pensar.

Reaccionó al instante, sacando su arma. Maldijo para sus adentros. No quería disparar en un restaurante lleno de gente.

Danny-O también había sacado su arma, idéntica a la de Payne. El joven agente no dudó en disparar contra Eddy Verone.

Payne volcó la mesa y se concentró en Luke Borman. Desde el otro extremo del restaurante, estaba apuntando su arma del calibre cuarenta y cinco directamente contra su pecho.

El primer disparo fue el de Payne. Borman cayó al suelo.

Acto seguido echó a correr por entre las mesas, entre gritos y clientes que se escondían y se lanzaban al suelo, aterrados. Empujó la puerta giratoria y entró en la cocina, sin detenerse.

De nuevo había entrado en acción.

Capítulo 1

 

Vestida sobriamente para no llamar la atención, con el tocado blanco y negro de una monja novicia, la mujer que años atrás se había llamado Candace Verone caminaba apresurada hacia la escuela parroquial de Santa Catalina.

Baja la cabeza, los pliegues del tocado ocultaban sus rasgos. Cerca de la entrada de la escuela, se fijó en las dalias que habían florecido en el jardín, promesa de una nueva vida.

Todavía no podía aceptar la muerte de su hermano. Eddy era demasiado joven para morir.

Subió rápidamente los escalones del arco de entrada de Santa Catalina, la escuela a la que había asistido tanto tiempo atrás, en otra vida. Ahora se llamaba Eden Miller. Tenía treinta y un años, era madre soltera, residía actualmente en Denver y se ganaba honestamente la vida con sus inversiones y trabajando a media jornada en una empresa de catering. La palabra clave de aquella frase era «honestamente», un adverbio que nada había tenido que ver con su pasado. Ni con su familia.

Una vez dentro, Eden se ocultó detrás de una imagen de la Virgen, en una esquina del vestíbulo. Su intención era entrar en la iglesia, donde en pocas horas se celebraría el funeral de su hermano. Lo había arriesgado todo al ir allí. Si la reconocían, doce años de anonimato podrían irse al garete.

Se asomó, precavida, detrás de la imagen. ¿Tan estrechos habían sido siempre los pasillos de la escuela? Años atrás, aquella escuela le había parecido mucho más impresionante, llena de risas y murmullos. Pero aquel no era el momento más apropiado para la nostalgia. Necesitaba atravesarla sin que la descubrieran. No podía ser demasiado difícil. Era hora de clase, y se suponía que no debería haber nadie fuera de las aulas. Lo más delicado consistía en evitar a las monjas y secretarias que trabajaban en la oficina.

Pero antes de que pudiera hacer el menor movimiento, una mano grande se cerró sobre su hombro, obligándola a volverse. Era la hermana Maxine, vestida, contra su costumbre, con su hábito al completo. Incluido un rosario de palo de rosa con un enorme crucifijo del tamaño de un bate de béisbol. O al menos eso fue lo que le pareció a Eden.

Maldijo para sus adentros. Debió de haber recordado que la hermana Max era una especialista de las apariciones por sorpresa. La anciana la miró a través de sus anteojos de pinza, ceñuda.

—¿Puedo ayudarte en algo, hija?

Eden confió en que su vista no hubiese mejorado. A esa distancia, podía pasar por una novicia. Aunque su blusa blanca era de seda, y su elegante suéter negro no era precisamente de monja.

—Soy nueva aquí. Profesora de matemáticas. He sido trasladada de… de otra parroquia.

Al escuchar su voz, una sonrisa suavizó su severa expresión.

—Siempre has sido una pésima mentirosa, Candace.

Y abrió los brazos como si fueran las alas de un inmenso pájaro negro. Eden, enternecida, se dejó abrazar. La hermana Max siempre había sido una presencia reconfortante en su vida. Cuando su madre murió, había sido ella quien la sacó de clase para comunicarle la terrible noticia. Y lo mismo ocurrió cuando asesinaron a su padre, estando ella en séptimo grado. Aunque, en esa ocasión, no se echó a llorar. Las tragedias de la familia Verone habían terminado convirtiéndose en algo regular, previsible.

—Lo siento, hermana. Me fui sin despedirme.

—Lo entiendo. Tu familia… Digamos que comprendo por qué te marchaste tan bruscamente, Candace.

—Llámeme Eden. Eden Miller. Ahora me llamo así.

—Ya —de repente sacó un pañuelo para enjugarse las lágrimas—. Te estaba esperando.

—¿De veras? —exclamó, inquieta. Se preguntó por qué habría de esperar que volviera para el funeral de su hermano—. ¿Por qué?

—Acompáñame.

Eden la siguió, temerosa. Si Gus Verone la había seguido, jamás lograría escapar.

—Hermana, no puedo ver a mi abuelo…

—Por supuesto que no. Soy monja, pero no imbécil. Es otra persona la que quiere verte. Te prometo que no te pasará nada.

—¿Quién es esa persona?

—Ya lo verás.

¿Su abuela? El corazón le dio un vuelco. Sophia Verone. La echaba tanto de menos… La había llamado tan pronto como se enteró de la muerte de Eddy. Al teléfono, su voz había sonado débil, desolada. Había sobrevivido a sus dos hijos, y para colmo había perdido a su nieto, Eddy. La abuela Sophia se sentía culpable de haber vivido tanto. Y de haber dejado a su querida nieta en un nido de víboras.

La hermana Max bajó las escaleras, pasó por delante de la cafetería y se internó por una especie de pasadizo que conectaba con la iglesia. Era el camino que usaban los estudiantes para ir a misa en invierno, cuando hacía mal tiempo.

—Te acompaño en el sentimiento, Eden. Tu pobre hermano escogió un camino muy peligroso.

Su dedicación al crimen, supuestamente al servicio de su familia, lo había matado. Al igual que había matado a su padre y a su tío. Y a su único amor verdadero: Peter Maggio. Con los años, Eden se había esforzado por no pensar en él, por desterrarlo de su mente. Pero su cuerpo jamás podría olvidar sus tiernas caricias, ni sus oídos el delicioso timbre de su voz, susurrándole palabras de amor, prometiéndole que jamás la abandonaría. Su hijo Josh, que ya casi había cumplido los doce años, cada vez se parecía más a su padre. Su hijo, que nunca había conocido a su familia. Porque el primer objetivo de la vida de Eden había sido, y seguía siendo, protegerlo de los Verone.

En el sótano de la iglesia de Santa Catalina, la hermana Max abrió una puerta, y otra más, hasta detenerse ante una tercera.

—Puede que esto te resulte difícil, Eden. Pero creo que esta reunión es necesaria. En el fondo de mi corazón, yo siempre estuve segura de que era un hombre bueno.

¿Él? ¿De quién estaba hablando?

—No entiendo, hermana.

—Rezaré por ti. Sé fuerte —y la hizo pasar a una pequeña habitación, cerrando la puerta a su espalda.

La única luz procedía de una solitaria bombilla, de escasa potencia. Había percheros de los que colgaban hábitos y ropas del coro. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, descubrió a un hombre vestido con una vieja cazadora de cuero.

De repente, cada detalle se destacó con deslumbrante claridad: sus zapatillas, sus vaqueros, su camisa blanca, el bulto de su cazadora que traicionaba la pistola que ocultaba debajo. Y su rostro esculpido en granito.

—Peter —susurró Eden.

Parecía mayor. Sus rasgos eran más duros, más acusados. Su espeso cabello negro estaba ahora salpicado de gris.

Debía de estar soñando. No podía estar allí. Peter Maggio estaba muerto. Llevaba doce años muerto. La vida entera de su hijo.

—Candace.

—Eden —lo corrigió de manera automática. El corazón estaba a punto de estallarle en el pecho—. Candace está muerta. Como tú. Tú también lo estás.

—No quería que nos viéramos así. Habría preferido darte más tiempo para…

—¡No digas más! —exclamó. No podía ser. Debía de haber perdido el juicio—. Estás muerto.

—Tócame si quieres.

Cuando extendió una mano hacia ella, Eden se estremeció de horror, como temiendo que aquel espectro fuera a arrastrarla a su tumba. A su tumba, donde habrían descansado juntos, uno al lado del otro, para toda la eternidad. Pero no podía abandonar a su hijo. Tenía que proteger a Josh. Por su bien, tenía que seguir viva…

El fantasma dio un paso adelante, saliendo de entre las sombras.

—Aléjate de mí.

—Eden, tranquilízate. No voy a hacerte daño.

La luz de la bombilla arrancó un reflejo a su pelo. Se lo quedó mirando de hito en hito, incapaz de dar crédito a aquel milagro. Estaba allí… ¡vivo! Peter Maggio había regresado de su tumba.

Cerró los ojos. La cabeza empezó a darle vueltas. De repente le flojearon las rodillas y se sintió caer en un abismo sin fondo…

Arrodillado a su lado, Payne le sostenía cuidadosamente la cabeza.

 

 

Debió haberle pedido a la hermana Max que preparara convenientemente a Candace para aquel encuentro. Pero no había tenido tiempo: sus enemigos no tardarían en llegar al funeral. Estaba investigando por su propia cuenta, buscando una prueba para acusar a los agentes corruptos que habían matado a Eddy y saboteado su carrera. Y estaba huyendo. Su identidad había sido revelada a los Verone… los mismos delincuentes a los que había perseguido, como agente emboscado, doce años atrás.

Cada minuto que pasaba en aquella iglesia reducía sus posibilidades de salir vivo, pero necesitaba desesperadamente pasar algún tiempo a solas con aquella mujer que, hacía ya tanto tiempo, le había destrozado el corazón. Candy Verone era el fantasma, la amante desvanecida, la única mujer que había amado de verdad.

Contempló su rostro, un óvalo perfecto enmarcado por el blanco tocado de novicia. Años atrás había sido sencillamente adorable. Pero ahora, en la plenitud de su vida, tenía una belleza que quitaba el aliento. Vio que abría los ojos y lo miraba fijamente, con expresión soñolienta. Y que entreabría los labios, como si estuviera a punto de sonreír.

Ansiaba tanto besar aquella boca y fingir que todo era como antes, que aquellos doce años nunca habían existido…

Pero de pronto su expresión se transformó.

—Se suponía que tenías que estar muerto.

—Pues lo siento.

—Hace doce años, te moriste.

—Me dispararon y estuve en el hospital una semana, pero…

—¡Basta! —un brillo de furia apareció en sus ojos color miel—. Debí haberte matado yo misma. Con mis propias manos.

—Candace, yo intenté…

—No me llames así —lo empujó, incorporándose—. Ahora soy Eden Miller.

—Muy bien. Y yo ya no soy Peter Maggio. Nunca lo fui. Mi verdadero nombre es Payne Magnuson.

—No entiendo nada.

Por un instante, Eden se tambaleó. Llevándose una mano a la cabeza, se arrancó el tocado. Payne se sonrió.

—¿Se puede saber de qué te ríes?

—De tu disfraz de monja.

—El antiguo uniforme de la escuela no me queda nada bien. Era de cuando tenía catorce años.

—Eres la primera monja que veo con una blusa blanca de seda y un suéter de cachemira.

—Pues, aquí donde me ves, logré pasar desapercibida hasta que me descubrió la hermana Max.

—Tienes buen aspecto, Eden.

—Tú también —repuso a regañadientes. Su atractivo había aumentado con la edad. Lo maldijo en silencio. No solamente la había abandonado, sino que le había mentido. Le había mentido sobre su nombre… ¿y sobre qué más? Después de todo lo que le había pasado, jamás lo perdonaría. Había dado a luz a su hijo sola: una aterrorizada joven de diecinueve años, en una ciudad extraña.

Y había criado a su hijo sola. Se puso a caminar de un lado a otro de la habitación, rabiosa.

—¡Me dejaste pensar que estabas muerto! ¡Me abandonaste!

—No podía localizarte. Te busqué por todas partes, seguí hasta la más mínima pista… Incluso me fui a Sicilia.

—No te creo.

—Escucha, Eden. Nadie podía encontrarte. Ni siquiera tu abuela. Te desvaneciste en el aire.

Eden era consciente de que había hecho un buen trabajo. Cuando Candace tomó el primer avión, sacó todo su capital de sus cuentas. Sumada la pensión de sus padres y el fondo de financiación de sus estudios, constituía una buena cantidad. Sin saber adónde ir, su abuela le habló de unos amigos suyos en Denver. Sin embargo, después de un primer contacto, Candace se sumergió aún más en el anonimato. Se cambió de nombre, alteró sus datos biográficos. Nadie pudo encontrarla. Y se quedó completamente sola.

—Tuve que hacerlo. Tenía que romper todo vínculo con ellos.

—Entiendo.

Eden le dio la espalda, desesperada por pensar con algo de lógica. El hecho de haber visto a Payne había trastornado por completo su mundo. Nada parecía tener sentido.

No se atrevía a volverse y encararse directamente con él.

—Si realmente hubieras querido encontrarme, lo habrías hecho. Lo único que tenías que hacer era hablar con mi abuela Sophia. Tenía un apartado postal donde podías localizarme.

—Es cierto. Debí haber hecho más caso a Sophia —doce años atrás, había concentrado su búsqueda en los socios de Verone, pero no había ignorado por completo a su abuela. De hecho, la había vigilado varias veces en sus paseos e incluso había interceptado su teléfono—. Por desgracia, no podía acercarme a ella presentándome como Peter Maggio ya que, como tú misma has dicho antes, supuestamente estaba muerto.

—Eres un cobarde —masculló Eden—. Tuviste miedo de volver de la muerte para enfrentarte con la familia Verone.

Payne se encogió de hombros. En el espionaje no había héroes. Ese trabajo requería astucia, no temeridad. Había llegado la hora de confesarle lo principal.

—Estaba trabajando de infiltrado, Eden. Soy agente del FBI.

Se volvió para mirarlo, entrecerrando los ojos.

—Otra mentira. Jamás fuiste sincero conmigo.

Pudo haberse defendido, disculpado. Pero sabía que tenía derecho a estar furiosa. Eden le soltó toda una retahíla de insultos en italiano.

—Así que eres un maldito poli… Y tu trabajo consistió en detener a toda mi familia.

No la culpaba por odiarlo. La habían educado para supeditar todo lo demás a su familia. Y él había traicionado a los Verone.

Eden esbozó una sonrisa irónica.

—Bueno, al menos pretendías apartar a mi familia del mundo del crimen, ¿no?

—Pero no funcionó —repuso él.

—Con Eddy no, desde luego. Eddy se equivocó. Y pagó por ello.

El dolor que asomó a sus ojos resultaba suficientemente elocuente. Esperando consolarla, le tocó suavemente un brazo.

—No me toques —se apartó bruscamente.

—De acuerdo, Eden, te contaré toda la historia. Esta vez la situación es todavía más complicada que antes. Otro agente me tendió una trampa. A ojos de la agencia, soy un renegado, un rebelde. Me están buscando, quieren detenerme. Y, para colmo, tu familia sabe que estoy vivo.

—¿De modo que te buscan tanto los Verone como los federales?

—Sí.

—Bonito trabajo has hecho entonces —repuso, sarcástica.

—No me di cuenta de la emboscada hasta que fue demasiado tarde.

—¿Qué emboscada? Quiero una explicación. Y que no se te ocurra volver a mentirme.

—Fue en un restaurante de Brooklyn. Vi cómo disparaban a tu hermano.

Eden se llevó las manos a la boca, sin aliento.

—¿Quién lo mató?

—Un agente. Se llama Danny Oliphant. Ese canalla mató a Eddy a sangre fría. A pesar de lo que puedan decirte, yo no maté a tu hermano.

—¿Quién sería capaz de mantener algo así si no fuera verdad?

—Eso formaba parte de la emboscada. Danny-O me invitó a cenar a un restaurante. Yo sospechaba que algo andaba mal, pero no supe de qué se trataba hasta que vi entrar a Eddy en el local. Danny-O le disparó con un arma idéntica a la mía.

Había descubierto que la pistola de Danny-O era idéntica a la suya. Con el mismo número de serie.

—Para que todo el mundo pensara que lo habías matado tú —aventuró Eden—. ¿Y qué estabas haciendo tú mientras ese tipo mataba a mi hermano?

—Había otro agente en el restaurante, Luke Borman. Me estaba apuntando a mí. Sospecho que su arma era idéntica a la de Eddy. Cuando los expertos en balística analizaron la escena del crimen, concluyeron que yo había disparado a Eddy y que él me había disparado a mí.

—Pero había testigos.

—Varios padres con sus hijos. Cuando empezó el tiroteo, todo el mundo corrió a esconderse. Estaban asustados, histéricos. Dudo que ninguno de ellos llegara a ver exactamente lo que sucedió —«sobre todo cuando el propio Danny-O ha quedado al frente de la investigación», añadió para sus adentros—. El caso es que estoy acusado de asesinar a tu hermano y de disparar contra el agente Borman.

—¿Cómo? —exclamó—. ¿Tú disparaste contra ese otro agente?

—Sí.

—¿Está muerto?

—No. Está vivo y recuperándose —respondió Payne—. Ahora es un héroe.

—Y tú eres el villano.

Eden se apoyó contra la pared, escrutando su expresión.

—Si te hubieras encontrado con mi hermano en la calle, y él te hubiera reconocido… ¿lo habrías matado?

—Si hubiera tenido que elegir entre su vida o la mía… le habría disparado.

Frunció el ceño, pensativa, y miró su reloj. Muy pronto la familia Verone se reuniría para el funeral que se celebraría en la iglesia.

—¿Por qué has venido aquí, Payne?

—Quería verte.

—No sabía que los del FBI fueran tan sentimentales. Tiene que haber otro motivo.

—Información —a partir de la observación de los asistentes al funeral, confiaba en descubrir las conexiones que lo llevarían hasta Danny-O—. A tu hermano lo mataron por algo. Quiero saber por qué.

—¿Y qué diferencia puede suponer eso para ti?

—Hasta que reúna alguna prueba que comprometa a Danny-O y a Luke Borman, seguiré como hasta ahora. Marginado y perseguido.

—Porque los federales piensan que eres un corrupto que trabaja para los Verone.

—Eden, ahora no dispongo de tiempo para hablar de esto. Quiero que nos veamos después del funeral. Estaré en este motel —le entregó una tarjeta—. Te esperaré hasta las cuatro.

Contempló la tarjeta, consciente de que estaba confiando en ella a vida o muerte. Si lo traicionaba revelando su localización a su abuelo, Payne no podría escapar. Y la familia Verone saborearía por fin su venganza.

Era lo que se merecía por haberla abandonado: una lenta y horrible muerte. En el fondo sabía, sin embargo, que jamás sería capaz de hacerle daño. Por lo demás, era posible que Payne hubiera tenido otro motivo para darle la dirección de su hotel. ¿Y si había esperado precisamente que lo traicionara? Tal vez se tratara de una trampa para capturar a los Verone. O, si acudía sola a la cita, quizá pretendiera secuestrarla con el fin de chantajear a su familia…