Perseguida por su pasado - Cassie Miles - E-Book
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Perseguida por su pasado E-Book

Cassie Miles

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Beschreibung

Cuando el sheriff Mace Sheridan acudió a la escena del crimen, no sólo encontró pruebas reveladoras, sino también a una hermosa mujer atrapada en su propio infierno. Nicole Ferris, camarera de un pequeño pueblo, no quería recibir ayuda de nadie, pero el afán protector de Mace lo urgía a llevársela a su rancho. A Mace no le gustaba que Nicole evitase responder las preguntas sobre su vida privada. Sin embargo, deseaba asegurarle que con él estaría a salvo… pero el pasado nunca se puede dejar atrás.

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Seitenzahl: 255

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2004 Kay Bergstrom. Todos los derechos reservados.

PERSEGUIDA POR SU PASADO, N.º 67

Título original: Restless Spirit

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises Ltd.

Este título fue publicado originalmente en español en 2004.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

I.S.B.N.: 978-84-9170-845-2

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Acerca de la autora

Personajes

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Si te ha gustado este libro…

Acerca de la autora

 

Desde la terraza de su torre de apartamentos, Cassie disfruta de la vista de la cúpula dorada del Capitolio del Estado de Colorado y de la primera línea de sierra de las Rocosas. De haber podido añadir el mar, habría gozado del mejor de los mundos posibles. El sur de Colorado, escenario de Perseguida por su pasado, es una región fascinante con unas panorámicas espectaculares y con una fuerte influencia indígena norteamericana, procedente de las cercanas reservas Navajo, Hopi y Ute Mountain.

Personajes

 

Nicole Ferris: Camarera en el Café de Elkhorn. Huye de las grandes ciudades, así como de los oscuros secretos de su infancia y de un pasado no tan lejano.

 

Mace Sheridan: Sheriff del condado de Sterling, Colorado. Mitad indio Ute y ranchero, se considera el primer responsable del bienestar de su comunidad.

 

Joey Wentworth: El compañero de casa de Nicole es un artista frívolo e irresponsable, que sin embargo la ayudó cuando más necesitaba un amigo.

 

Blake Wentworth: Tío de Joey y directivo de la compañía de petróleos Wentworth.

 

Luke Heflin: El agente especial del FBI encargado de resolver los crímenes sucedidos en Elkhorn.

 

Barry Thompson: Ayudante de Mace y antiguo compañero en el departamento de policía, genio de la informática.

 

Don Blackbird: Un tipo del pueblo que conoce algunos de los secretos de Joey.

 

Jewel Sheridan: La hermana de Mace, deseosa de que siente la cabeza de una vez.

 

Derek Brewer: Un abogado millonario de Denver, que se casó con Nicole simplemente para que adornara su vida.

Capítulo 1

 

El motor del pequeño Ford Escort soltó un petardeo y se apagó. Nicole Ferris aparcó en el arcén. Los faros iluminaban el negro asfalto de la carretera que atravesaba los campos cubiertos de nieve para desaparecer montaña arriba.

—Vamos, cariño —intentó arrancar de nuevo—. Tú puedes.

El coche hizo un amago, en vano. Nicole miró el nivel de gasolina. ¿Vacío? ¡Pero era imposible! Apenas el día anterior el tanque estaba casi lleno, y solamente había ido y vuelto del trabajo. ¿Cómo podía haberse agotado tan rápidamente?

De repente lo vio todo claro.

—Joey.

Aquella mañana, Joey le había pedido prestado su coche mientras cambiaban el aceite al suyo, mucho más lujoso. Joey Wentworth, su compañero de casa, debía de haberle agotado el depósito. ¡Y no le había dicho nada! ¡Era como para matarlo!

Aquella no era la primera vez… ni siquiera la segunda ni la tercera, que le había demostrado lo muy caprichoso, irresponsable y estúpido niño rico que era. ¿Pero qué podía hacer ella al respecto? Nicole no podía romper con Joey, porque no era su novio, sino simplemente un compañero de casa. Y no podía echarlo, porque su familia era la propietaria de la cabaña en la que vivían.

La solución era hacer las maletas y mudarse, pero se cansaba de sólo pensarlo. Quedarse allí, en la bendita Elkhorn, Colorado, era cien veces mejor que ponerse a buscar casa de nuevo. Resignada, apagó los faros y bajó del coche. Hacía un frío terrible.

No había cabinas telefónicas, ni taxis. No pasaba un solo noche. Eran más de las once de la noche y nadie se aventuraba a salir tan tarde en una noche de octubre. Nadie excepto Nicole, apenas más que una mancha en el inmenso paisaje blanco de Colorado, vestida con una parka roja sobre su uniforme rosa de camarera del Café Elkhorn, especializado en fritos. Pollo frito. Pan frito. Después de cinco meses trabajando allí, llevaba el olor a grasa pegado a la piel, a la ropa, al pelo.

Calculó que solamente se encontraría a unos cinco kilómetros de la cabaña, pero ya se estaba helando de frío. Y se sentía cansada, y hambrienta. No había tenido tiempo para comer durante toda aquella frenética tarde de lunes, con el partido de los Broncos retransmitido por televisión.

Habían perdido. Veinticuatro a dieciséis. Y Nicole se había tomado aquella derrota personalmente. «¡Perdedores» «Todos somos unos perdedores en medio de una noche fría, cuando el amanecer no es más que una promesa inverosímil», pensó, deprimida, mientras se obligaba a caminar por la embarrada carretera.

Finalmente distinguió la luz de la ventana de la cocina, en su cabaña. El coche de Joey estaba aparcado bajo unos pinos, lo que quería decir que estaba allí, bien tranquilo y a resguardo del frío, completamente ajeno al trastorno que había causado. Sacó las llaves del bolso, pero no tuvo necesidad de abrir la puerta. Estaba entornada, dejando escapar el calor. Un despilfarro de energía típico de Joey. Entró.

—¡Joey, otra vez me la has jugado! Eres un…

Cuando encendió la luz, se quedó de piedra. El salón era un caos. Las estanterías estaban derribadas, las mesas volcadas, los libros y revistas regados por el suelo. El sofá, boca abajo. Los leños de la chimenea habían sido convertidos en astillas. El aparato de televisión y el de vídeo estaban en el suelo, en medio de la habitación.

¡Les habían robado! ¿Pero por qué estaba allí la televisión? ¿Seguirían los ladrones dentro de la casa? Aguzó los oídos. No oía nada, más allá del sonido de su propia respiración acelerada.

Lamentablemente, no vivía nadie cerca. La cabaña estaba aislada, y las otras que había en aquella zona solían quedarse vacías en invierno. El coche de Joey estaba aparcado en la puerta, así que teóricamente debería encontrarse en casa… Quizá los ladrones lo habían herido, o dejado inconsciente. Tenía que encontrarlo.

—¿Joey?

Se dirigió a la cocina, pisando las revistas desperdigadas y los cojines destripados. Al parecer, no la habían tocado. Los mostradores estaban limpios y ordenados. Sólo había unas huellas de barro en el suelo de madera. Abrió un cajón y sacó un cuchillo. Empuñando con una mano la hoja de acero, descolgó el teléfono y marcó el número de emergencias.

—¿Diga? —inquirió una voz masculina.

—Soy Nicole Ferris. Vivo en la cabaña Wentworth y… —estaba asustada y furiosa. Acalorada y congelada de frío a la vez. Se había sentido así tantas veces antes… Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Nicole, la de la cafetería?

—Sí. Nos han robado —intentó dominar el temblor de su voz—. La casa está destrozada.

—Tranquilícese. ¿Hay alguien herido?

—No lo sé.

—¿Hay alguien allí, con usted?

—No lo creo —sentía la cabaña vacía—. ¿Qué hago? ¿Echo un vistazo?

—No se mueva. Deme su dirección.

—Coyote Road siete tres siete.

—No cuelgue. Voy a avisar al sheriff.

Nicole escuchó la conversación apagada de los dos. El operador debía de estar oyendo una emisora de música country. Era una canción de Patsy Cline: ¿Quién lo lamenta ahora? Ella. Ella lo lamentaba. Se estremeció. ¿Y si no habían sido ladrones? ¿Y si Derek la había encontrado?

Ahogó un sollozo. Se había escapado de su marido, había huido, se había escondido de él. No podía enfrentarse de nuevo con Derek, no podía soportar sus abusos, sus maltratos. «Oh, Dios, ¿y si está aquí?», se preguntó. ¿Y si había encontrado a Joey y le había agredido?

Su angustia crecía por momentos. Tenía que proteger a Joey. Joey no era un tipo duro, ni fornido. Era un artista. Por muy inmaduro e irritante que fuera su comportamiento, casi venía a ser para Nicole como el hermano que nunca había tenido.

—Nicole, soy yo otra vez —le informó el operador—. El sheriff está en camino. Todo saldrá bien.

—Tengo que buscar a Joey.

—No cuelgues. Nicole, soy Barry Thompson. Me has visto en la cafetería. Llevo gafas.

Se acordaba. Llevaba gafas de montura de acero, era calvo y tenía barba.

—Ya me acuerdo.

—Quiero que te quedes al teléfono y que mires a tu alrededor. Dime lo que ves.

Miró hacia la puerta que comunicaba la cocina con el porche trasero. Seguía cerrada, con el cerrojo echado.

—¿Nicole? ¿Sigues ahí?

Pero no podía quedarse allí contestando a preguntas estúpidas. Tenía que buscar a Joey.

—Ahora mismo vuelvo.

—¡Nicole, no! ¡No lo hagas…!

Apoyó el auricular en el mostrador. Empuñando el cuchillo, se dirigió a su pequeño dormitorio, en la parte anterior de la cabaña. Los cajones de la cómoda estaban en el suelo, y la ropa de cama desgarrada. El joyero del tocador, vacío. No le importaba. No poseía ninguna joya de valor. Ya no.

Entonces vio algo que le aceleró el corazón: una caja de cigarros con el dibujo de una princesa azteca en la tapa. Siempre la guardaba en el fondo de una cesta de la ropa sucia, que en aquel momento estaba esparcida por el suelo. Era el escondite de su dinero en efectivo. Cerca de dos mil dólares, todos sus ahorros desde que llegó a Elkhorn. Estaba vacía.

—¡Maldita sea!

Enfiló por el pasillo hasta el dormitorio que Joey también utilizaba como taller. Aunque ocasionalmente posaba para él, jamás había entrado en aquella amplia habitación sin su permiso.

—¿Joey?

Le sudaban las palmas de las manos. Con la mano izquierda, giró el picaporte y empujó la puerta. Inmediatamente encendió la luz. A primera vista, todo parecía en su lugar, con sus herramientas colocadas en los estantes y sus largos pinceles asomando en sus jarras. Olía fuertemente a trementina. Los lienzos estaban amontonados contra las paredes, debajo de los ventanales. En una esquina, la cama sin hacer de Joey. El suelo de baldosas estaba manchado de mil colores, desde gamas de verde y oro hasta rojo. Un rojo sangre.

Cerca del centro de la habitación había manchas frescas, como si alguien hubiera pisado un charco de pintura, arrastrando los pies. Eran de color rojo.

Rezando fervientemente para que sólo se tratara de pintura, se arrodilló. Le temblaban los dedos. Nada más tocar las manchas rojas, supo que era sangre. Presa de un ataque de náusea, se limpió los dedos en el suelo y miró a su alrededor. Había varios cuadros de paisajes. Y un retrato.

Cuando se incorporó, se sentía mareada. Como si estuviera caminando por una cuerda floja, se acercó a la pintura de una mujer con una larga trenza rubia. Como paisaje de fondo, un cementerio poblado de demonios. Reconocía sus propios ojos azules y su boca de labios llenos, de gesto serio. Por debajo de su cuello, el autor había dibujado sus órganos internos. El corazón era completamente negro. Las manos con que se apartaba la piel, descubriéndoselo, eran como garras. ¿La habría visto Joey así? ¿Tanto la aborrecería para haberla pintado de esa manera?

Se le revolvió el estómago. Había perdido a su mejor amigo. Corrió al cuarto de baño para vomitar en el lavabo. Hacía frío, como si entrase corriente. Con mano temblorosa, descorrió la cortina de la bañera. La ventana estaba rota. Por allí debía de haber entrado el ladrón, rompiendo el cristal mientras Joey se hallaba concentrado trabajando. ¡Pobre Joey! Joey, que pensaba que su corazón era negro como el carbón…

Todavía empuñando con fuerza el cuchillo, Nicole se derrumbó en el suelo, apoyándose en la bañera. Fue así como la encontró el sheriff Mace Sheridan. Lo reconoció de la cafetería, donde solía comer a menudo, dejando siempre una generosa propina.

Con la pistola en la mano y su sombrero Stetson calado hasta los ojos, su enorme figura se recortó en el umbral del cuarto de baño.

—¿Nicole?

—Hay sangre en el estudio.

—¿Qué ha pasado?

—No lo sé.

—¿Estás herida?

«Sólo en mi corazón», pensó. «En mi negro corazón».

—No.

—Me alegro. Nicole, quiero que me des ese cuchillo.

¿Qué pensaría que iba a hacer con él? ¿Atacarle? Apenas tuvo fuerzas para entregárselo por el mango.

—Bien. Tú quédate aquí mientras yo echo un vistazo.

Nicole asintió, estremecida. Sabía que debería levantarse y enfrentar la situación. Pero era imposible. Cerró los ojos. Tendría que soportar una investigación policial. Ya había pasado por eso antes, cuando la detuvieron dos veces antes de alcanzar la mayoría de edad. Las preguntas de la policía la ponían nerviosa, incluso cuando no había hecho nada. Detestaba las confrontaciones que la hacían sentir furiosa y frustrada. Las dos efes, a las que se podría añadir una tercera: la de «fracaso», la palabra que resumía adecuadamente los veintiséis años de su vida.

Se dijo que aquello no debería estar sucediendo. Había creído que estaba a salvo en Elkhorn, pero todo se estaba derrumbando. Su santuario tan cuidadosamente levantado se estaba desmantelando, ladrillo a ladrillo.

—Nicole.

Al sonido de su nombre, se sobresaltó como si acabara de despertarse de una pesadilla.

—¿Puedes levantarte?

—Quizá.

Le tendió la mano. Nicole alzó la mirada a su rostro bronceado. Sus pómulos salientes y sus ojos castaños revelaban su origen amerindio, indígena. Una de las camareras de la cafetería le había comentado una vez que procedía de la tribu de los Ute. Llevaba un collar indio, de plata.

—Vamos —la urgió—. Agárrate a mi mano.

Aunque lo había visto docenas de veces antes, no se había fijado en lo guapo que era. Si le hubiera quedado un mínimo de amor propio, se habría levantado por sí misma. Pero no le quedaba ni una gota de orgullo. Aceptó su ayuda.

—Tranquila. Todo saldrá bien. Ya lo verás.

Intentó mantener el equilibrio, pero le temblaban las rodillas. Se apoyó contra él.

—No puedo moverme.

—Tómate todo el tiempo que necesites —le dio una cariñosa palmadita en un hombro.

Tanta amabilidad la conmovió. Una lágrima le resbaló por una mejilla, y enterró el rostro en su abrigo. En vez de apartarla de sí, la abrazó tiernamente. Era una sensación tan maravillosa… Ojalá hubiera tenido a alguien en quien apoyarse, en quien confiar…

Pero ese era un lujo que jamás se había permitido. Ni siquiera mientras vivió con Derek y tuvo todo el dinero del mundo… ¡Derek! Tenía que evitar que la encontrara. Su supervivencia dependía de que lograra mantener en secreto su identidad. No debía bajar la guardia. Ni siquiera delante de un sheriff. Sobre todo con un sheriff.

—Ya estoy mejor, sheriff —pronunció, apartándose.

—Llámame Mace.

—De acuerdo, Mace. Me preocupa mi compañero de casa. Joey Wentworth. No está aquí.

—El coche que está aparcado afuera no es tuyo, ¿no?

—¿Cómo sabes que no es el mío?

—Porque el tuyo es un Ford Escort. Lo vi aparcado en el arcén, cuando venía hacia aquí.

Así que el sheriff la había estado vigilando. Sabía cuál era su coche. Nicole no podía dejarle saber mucho más. Se abrazó, apoyándose contra la pared de azulejo.

—Tengo frío.

—Vamos a tu habitación.

Cuando fue a tomarla del brazo para sacarla del cuarto de baño, Nicole retrocedió.

—Ya puedo sola.

—Mejor —le señaló el pasillo—. Tendrás que cambiarte esa ropa empapada y entrar en calor. Puede que te encuentres en un estado de shock.

 

—No lo creo —avanzó tambaleante por el pasillo—. Cuando tenía once años, me rompí el tobillo y me pasó eso. Me acuerdo muy bien de cómo me sentí, y no fue como ahora.

Aquello había sido como flotar en una nube, lejos de todo dolor. Y en aquel momento era agudamente consciente del frío y de la náusea permanente que se le había instalado en el estómago.

—Conque te rompiste el tobillo… —dijo Mace con tono afable—… ¿un accidente de esquí?

—No —su padre la había empujado escaleras abajo. No pensaba decírselo—. No estoy bajo los efectos de un shock. Estoy cansada, y hambrienta…

Una vez en su dormitorio, quiso abrir el armario para recoger la ropa, pero su agotamiento se lo impidió. Con un gemido, se derrumbó sobre la cama. Estaba empapando la colcha con la parka, pero no le importaba.

—Escucha, Nicole. Todavía no he examinado el escenario del delito. Quiero que te cambies de ropa y que no toques nada. ¿Entiendes?

—Sí —pero no se movió.

—¿Quieres que llame a una ambulancia?

—No, estoy bien —se obligó a sentarse—. Bueno, empecemos con la investigación… ¿tienes alguna pregunta que hacerme?

—Sí. ¿Quién hizo eso?

Derek. Su nombre apareció en la pantalla de su mente como si fuera un letrero de neón. Pero no podía revelarle sus sospechas al sheriff. Se aclaró la garganta.

—No tengo ni idea de quién ha podido ser el culpable. Un ladrón, supongo. ¿No te parece?

—Cuéntame lo que pasó después de que salieras esta noche del trabajo.

—Me quedé sin gasolina. Creía que tenía medio depósito lleno, pero le había prestado el coche a Joey y no me lo repuso. Me quedé tirada en la carretera por su culpa. Estaba tan enfada que me habría gustado… —estuvo a punto de decirle que le habría gustado matarlo con sus propias manos. En sentido metafórico, por supuesto. Teniendo en cuenta la situación en que se encontraba, no habría sido un comentario muy prudente.

—¿Qué era lo que te habría gustado?

—No tiene importancia. Cuando llegué a la cabaña, la puerta estaba entornada. Luego me encontré con todo este desastre. Fui a la cocina y marqué el número de emergencias.

—¿Fue entonces cuando agarraste el cuchillo?

—Sí. Pensé que Joey podría estar herido, y lo busqué. Cuando vi las manchas de sangre en su estudio, fue… horrible. Vomité en el lavabo. Poco después entraste tú.

—¿Qué te hizo pensar que Joey estaba herido?

—Me pareció que se había producido una pelea. No hay más que ver el estado de la cabaña.

—¿Hay algo que eches en falta?

—Todo mi dinero —señaló la caja de habanos—. Allí guardaba mis ahorros, en el fondo de la cesta de la ropa.

—¿Cuánto?

—Unos dos mil dólares.

Recogió con cuidado la caja, agarrándola de un extremo, y la guardó en una bolsa plástica que sacó de un bolsillo del abrigo.

—¿Alguien más conocía esta caja, aparte de ti?

—Nadie.

—Haré que analicen las huellas. ¿Hay algo más que eches en falta?

—Mi joyero está vacío. Pero no guardaba nada de valor. Baratijas.

—¿Qué hay de Joey? ¿Guardaba él algo de valor en la cabaña?

—La verdad es que no lo sé. Yo jamás entraba en su estudio si no era por invitación suya. Y siempre cuando posaba de modelo para él.

—¿Es artista?

—Pintor. Y muy bueno —lo dijo más por un sentido de la lealtad que porque fuera cierto. Joey era un artista competente, pero no era precisamente un Rembrandt.

—¿Vende sus obras?

—Expone en algunas de las galerías más prestigiosas de Denver —eso sí era verdad. Joey le había dicho que su tío Blake, director ejecutivo de la compañía de petróleos Wentworth, había adquirido varias pinturas suyas.

Mace se quitó el sombrero Stetson y se pasó una mano por su pelo negro y brillante.

—Por lo que me has dicho hasta ahora… no se han llevado nada importante. Excepto tu dinero en efectivo, claro.

—Sí.

—Bueno, te dejaré aquí cambiándote de ropa mientras me ocupo de la escena del delito. Ya sabes, buscar huellas y todo eso —se dirigió hacia la puerta del dormitorio pero, en el último momento, se giró en redondo—. Por cierto… ¿qué tal te llevabas con tu novio?

—Joey no es mi novio. Somos compañeros de casa.

—¿Tuvisteis recientemente alguna discusión?

Nicole frunció el ceño. ¿Por qué le estaba preguntando por su relación con Joey?

—No. Nos llevábamos bien.

Había un gesto de decisión casi severo en sus rasgos duros, como tallados en piedra. Estaba determinado a descubrir todos sus secretos. Por tanto, era un hombre peligroso.

Nicole se dijo que tenía que escapar de Elkhorn. Tan pronto como se asegurara de que Joey estaba a salvo… se marcharía de allí. A toda prisa.

Capítulo 2

 

Fuera de la cabaña, Mace caminó por el borde del sendero de entrada para no pisar las marcas de neumáticos en el barro, que podían servir de prueba en la investigación del caso. No por primera vez pensó que aquel supuesto robo en la cabaña Wentworth podía ser, más que un delito, una simple travesura.

Mucho se temía que aquellos dos compañeros de casa habían mantenido una discusión, y que luego Joey había montado un estropicio en la cabaña para darle una lección a Nicole. Desgraciadamente había ido demasiado lejos al llevarse todos sus ahorros, por lo que habría que perseguirlo para recuperar el dinero. Lo cual no quería decir que Nicole fuera una víctima inocente. Mace sabía que le estaba mintiendo. Estaba claro que esa mujer escondía algo.

Fue a su todoterreno y sacó el equipo de huellas y una cámara para fotografiar la escena del delito. Llamó a Barry por el móvil.

—Estoy en la cabaña Wentworth —le informó.

—¿Algún problema?

—Un presunto robo. Ningún herido de gravedad —ya le daría más tarde todos los detalles—. Quiero una orden de busca para Joey Wentworth. Se ha marchado sin su coche, un BMW 2002.

—Vaya, abandonar un coche así es como cometer un delito y medio —rió Barry entre dientes—. ¿Qué tal está Nicole?

—No muy bien.

—Es una preciosidad. Pero no muy simpática.

«Una preciosidad mentirosa», comentó Mace para sus adentros.

—Barry, necesito que me busques a Joey en el ordenador.

—Claro. Y compararé sus huellas con las del FBI. Si quieres, también puedo comprobar sus antecedentes en el Centro Nacional de Información Criminal.

—Todavía es demasiado pronto para eso —masculló Mace—. Una cosa es que un tipo como Joey desaparezca y otra que esté planeando desencadenar una oleada de crímenes en Elkhorn.

—En seguida tendré los datos.

La voz de Barry sonaba demasiado animada para tratarse de una medianoche de lunes, pero así era el compañero de Mace: un auténtico búho. En cuestión de trabajo, sus preferencias horarias oscilaban entre las diez de la noche y las siete de madrugada. Solía quedarse cada noche en comisaría, pegado a su aparato de radio, que invariablemente tenía sintonizado en una emisora de música country. Barry transformaba los informes medio elaborados de los otros agentes en coherentes directivas para el día siguiente. Era como el cerebro que gobernaba el músculo de la ley.

Lo primero que hizo Mace cuando fue elegido sheriff, tres años atrás, fue contratar a Barry y traérselo del departamento de policía de Denver, donde habían sido compañeros.

—No tiene fianza ninguna —le informó en aquel momento su amigo y compañero—. Estoy mirando sus antecedentes en el ordenador. Nada aparte de un par de multas por exceso de velocidad. A juzgar por la foto de su permiso de conducir, yo diría que es un novato.

Un pobre inocente.

—Pinta al óleo. Nicole dice que es muy bueno.

—Un chico que va de artista y conduce un cochazo, ¿eh? Suena a niño rico y mimado.

—Gracias, Barry. Me encargaré de la investigación y dejaré el papeleo para después.

—Como quieras.

De vuelta en la cabaña, Mace se puso unos guantes de látex para no contaminar con sus huellas el escenario del delito. Con una cámara digital tomó fotos de las huellas de barro de Nicole en el suelo de la cocina. Aunque no estaba muy seguro de lo que estaba buscando, revisó cajones y armarios, e incluso echó un vistazo al cubo de la basura. Todo parecía perfectamente normal.

Nicole no tardó en aparecer en la cocina. Se había puesto unos vaqueros y un suéter azul a juego con sus ojos. No sabía exactamente qué pensar de ella. Cuando entró en la cabaña y la vio con el cuchillo en la mano, la creyó capaz de asesinar a alguien. Pero luego se derrumbó en sus brazos y se aferró a él con una desesperación que superaba con mucho el impacto producido por un simple robo. A partir de aquel preciso instante, una extraña y tácita corriente de comunicación había circulado entre ellos.

—Estoy preparando café y un sándwich —le informó Nicole con tono seco—. Si quieres algo, tendrás que servírtelo tú mismo. No soy de las que se llevan el trabajo a casa.

—Oh, tranquila, haz todo lo que tengas que hacer en la cocina. Yo estoy aquí, recogiendo pruebas.

—¿Has encontrado algo?

A pesar de su despreocupada actitud, Mace detectó un fondo de emoción en su pregunta.

—Nicole, seré sincero contigo. Creo que Joey está detrás de este robo.

—Te equivocas. Él jamás me robaría. Somos amigos.

Mace había visto el horrible retrato del estudio, en el que ella aparecía como una especie de reina fantasmal. No le había parecido precisamente la obra de un amigo suyo…

—Además —continuó Nicole—, Joey está cargado de dinero. Su familia es la dueña de Petróleos Wentworth, una multinacional. ¿Cómo iba a molestarse en robarme una cantidad tan insignificante?

—Dos mil dólares no me parece una cantidad insignificante —replicó Mace apoyándose en el marco de la puerta y cruzándose de brazos.

—Eso es porque tú no eres rico —repuso a su vez mientras llenaba la cafetera—. La gente como Joey vive de una manera completamente distinta que tú y que yo. Joey sería capaz de ponerse un suéter de cachemira para irse a cortar leña con él.

Sonaba como si tuviera cierta familiaridad con los suéteres de cachemira. Mace no pudo evitar preguntarse por sus antecedentes familiares. Lo único que sabía de ella era lo que había observado durante el último par de meses que llevaba trabajando en el Café Elkhorn. No era muy habladora con los clientes, pero diligente y afable en su trabajo. Y era un verdadero placer verla, ya que se movía con la gracia de una bailarina. Era limpia y ordenada. Siempre llevaba su larga trenza rubia sin un solo cabello fuera de lugar. En aquel momento, sin embargo, estaba despeinada, con la trenza medio deshecha. Mace pensó en lo hermosa que estaría con aquella sedosa melena suelta…

—Antes de que te vinieras a Elkhorn… ¿a qué te dedicabas?

—Siempre he sido camarera.

—¿En Denver?

—Denver, San Francisco, Seattle…

—Siempre en ciudades —aquello tenía sentido. Parecía realmente una chica habituada a la gran ciudad—. ¿Alguna vez has trabajado en otra cosa?

—No.

Mace decidió aventurarse en su vida personal.

—¿Has estado casada?

—Perdóname, pero… ¿qué tiene que ver mi estado civil con el robo?

«Tal vez mucho», contestó Mace para sus adentros. A un marido o a un amante celoso podría no haberle gustado nada la idea de que tuviera un compañero de casa del sexo masculino. Aunque estaba casi seguro de que Joey había sido el culpable de aquel estropicio, necesitaba considerar otras opciones. Tenía la sensación de que se le estaba escapando algo en la investigación. Algo importante.

—¿Cuánto tiempo llevas viviendo con Joey?

—No sé por qué, pero tengo la impresión de que sigues pensando que entre nosotros hay algo más. Te lo repito: simplemente somos compañeros de casa. Yo le pago el alquiler cada mes y él me deja quedarme aquí —apretó los labios—. ¿Por qué crees que fue Joey quien me robó?

—Por un par de cosas. Un ladrón cualquiera se habría llevado la televisión y el vídeo.

—Ya he pensado en eso. Pero apuesto a que los ladrones cambiaron de idea cuando descubrieron mis ahorros.

—¿Cómo te parece que entraron en la cabaña?

—¡Es evidente! Forzaron la ventana del cuarto de baño.

—¿Estás segura?

—Por supuesto —le espetó.

Aunque se esforzaba por fingir indiferencia, Mace podía percibir su preocupación. Estaba asustada. Le sostuvo la mirada, muy serio.

—Presta atención, Nicole. Te lo explicaré.

—Soy toda oídos.

—No hay cristales rotos en la bañera. Los fragmentos estaban al otro lado, lo que quiere decir que la ventana fue rota desde dentro.

—¿Y qué?

—Nadie penetró en la cabaña por esa ventana. Y no hay huellas en el suelo embarrado del otro lado. Así que tampoco nadie salió por allí —se interrumpió, permitiéndole que fuera asimilando los hechos—. ¿Entiendes lo que estoy diciendo? Tu amigo Joey rompió la ventana para hacernos creer que se había tratado de un ladrón.

Nicole se volvió para abrir la nevera y sacar pan blanco, mostaza y queso. Aquella cena tan frugal explicaba cómo había podido ahorrar dos mil dólares trabajando de camarera en el Café Elkhorn.

—Y hay otra cosa —continuó Mace—. De haberse tratado de un ladrón común, ¿cómo es posible que llegara a causar semejante destrozo sin dejar una sola huella de barro? Lleva nevando todo el día. Pero las únicas huellas que hay aquí son las tuyas.

—¿Qué hay de la sangre del estudio de Joey?

—Es una mancha insignificante. Yo suelo sangrar más cuando me corto afeitándome. De modo que, si hacemos caso a las evidencias… yo diría que tu cabaña es la falsa escena de un delito.

—¿Entonces… qué crees que hizo Joey?

—A juzgar por ese retrato tuyo tan horrible que tiene en su estudio, sospecho que estaba algo molesto contigo. Es posible que tuvierais una discusión…

—Ya te dije que no —insistió ella.

Y se concentró de nuevo en preparar los sándwiches, untando el pan con mostaza y añadiéndole queso. Sus movimientos eran lentos y deliberados, como si necesitara distraerse con aquella actividad. Mace suponía que estaba intentando ganar tiempo, pero no entendía el motivo. ¿Qué estaba escondiendo? ¿Por qué quería proteger a Joey?

—Háblame de tu compañero de casa. Aparte de pintar, ¿se dedica a algo?

—Pasa mucho tiempo en Denver. A veces recibe clases de arte. Supongo que eso lo convierte en un estudiante.

—Demasiado mayor para seguir en la escuela, ¿no?

—Tiene veintiséis años. La misma edad que yo.

—¿Cómo os conocisteis?

Nicole se llevó el sándwich a los labios y le dio un pequeño mordisco, para limpiarse parsimoniosamente con una servilleta. Su táctica de evitar preguntas y retrasar las respuestas resultaba evidente. Mace se preguntó si sería la primera vez que se enfrentaba a un interrogatorio policial. Mientras esperaba a que respondiera, abrió un armario, sacó una taza y se sirvió un poco de café. Aquello era un concurso para ver quién aguantaba más tiempo sin hablar.

Luego se apoyó desganadamente en el marco de la puerta, mirándola. Si por él hubiera sido, habría podido quedarse allí toda la noche. No tenía ninguna prisa.

Nicole le lanzó una mirada nerviosa. Y otra más. Hasta que al fin dijo: