Amar y morir - Franco Scianca - E-Book

Amar y morir E-Book

Franco Scianca

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Beschreibung

En Amar y morir (Juntos), Franco Scianca nos lleva al límite de las emociones humanas en una historia donde el amor y la autodestrucción se entrelazan de manera visceral. A través de diálogos afilados y momentos profundamente íntimos, la novela explora las fracturas emocionales de dos personajes que buscan una salida en un mundo que se les presenta cruel e implacable. Esta obra no solo desnuda las contradicciones del corazón humano, sino que también nos confronta con nuestra propia vulnerabilidad. Con una narrativa honesta y descarnada, Scianca transforma el dolor en literatura y el desamor en arte. Una relación que no teme tocar las heridas abiertas, pero que también ofrece la posibilidad de la redención a través de las palabras. Amar y morir (Juntos) no es solo una novela, es un viaje catártico hacia los abismos del alma y la complejidad del amor.

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Seitenzahl: 152

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Amar y morir (JUNTOS) Autor: Franco [email protected] Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Primera edición: febrero, 2025. Ilustración de portada: Felipe Kameid Valle Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 242.813 ISBN: Nº 9789563387926 eISBN: Nº 9789563387933

En el amor siempre hay algo de locura. Y en la locura siempre hay algo de razón. FRIEDRICH NIETZSCHE

Si amas, sufres. Si no amas, enfermas. SIGMUND FREUD

Juzgar si la vida es o no digna de vivir es la respuesta fundamental a la suma de todas las preguntas filosóficas. ALBERT CAMUS

La brisa de la muerte enamorada que ronda como un ángel asesino. AL LADO DEL CAMINO FITO PÁEZ

¿UN PRÓLOGO? LÉASE ANTES DE LEER

“Esta es la novela más personal del autor”. Lo anterior suele leerse en las solapas o en las contraportadas de muchos libros. Por lo general se trata de un gancho editorial y comercial para atraer a más lectores. Se supone que mientras más se sepa de la vida íntima del escritor, más se venderá el libro.

Hasta hace poco yo creía que era una manoseada y trillada y demasiado evidente estrategia de marketing.

Pero sucede.

Me sucedió.

Es el caso del libro que tienen ahora en sus manos.

Pese a ser una novela, pese a ser ficción, es el más personal que he escrito hasta ahora. Es tan personal que ni siquiera fui capaz de cambiar los nombres de los personajes que habitan en él.

Lo intenté: no me salió.

Lo intenté de nuevo: no me resultó.

No se dio nomás.

Sentía que la novela no funcionaba, que no fluía, que algo no cuajaba en ella y todo me sonaba tan ridículamente falso.

Opción B: ir de frente. Jugar con la verdad. No esconderse bajo el alero de ningún nombre ficticio. Simple: La Pía es la Pía y Franco soy yo. Aunque claro, en circunstancias que solo existen en mi imaginación. Nada de esto pasó, es evidente, pero podría haber pasado o podría pasar alguna vez, quién sabe. No hay que escupir al cielo. Es una proyección literaria y antojadiza de estas dos personas (personajes).

No sé si en los diversos ámbitos de mi vida soy o no soy honesto (eso debiera decirlo otros), pero sí sé que, más allá de si soy un buen o mal escritor, en todo lo que he creado hasta ahora nunca he mentido.

Simple: no puedo. Si lo hiciera, sentiría que me estoy engañando a mí mismo.

Me desnudé emocionalmente en mis dos primeros libros de cuentos (JAURÍA y QUIEBRES). Lo dejé todo en CAMPO DE DEPORTES 402, donde conté episodios dolorosos de mi familia. Me arriesgué en SIENDO FRANCOS, libro donde narré el proceso por el cual atravesé cuando uno de mis mejores amigos se quitó la vida. Creo haberlo hecho también en PORCA MISERIA, otro libro de no ficción en el que intenté retratar de manera directa y cruda la agonía de mi padre tras ser diagnosticado de un agresivo cáncer que lo terminó de matar en menos de un año y medio. En el ámbito audiovisual creo que lo hice en SOY ALCOHÓLICO, documental en el cual no me guardé nada con respecto a la enfermedad que me aqueja seguramente desde el día en que nací.

La honestidad, para mí, es clave al momento de crear. Y cuando hablo de “crear” me refiero a cualquier obra, a cualquier cosa, desde escribir un libro de tres mil páginas hasta cocinar un exquisito risotto de alcachofas, esos que tan ricos le quedan a mi viejita querida.

Estoy seguro de que todo acto de creación tiene que ir ligado a la honestidad, pese a que muchas veces esta duele más de lo que estamos dispuestos a tolerar. Y duele porque puede transformarse en una herida.

Una herida que molesta.

Una herida que raspa.

Una herida que se infecta y huele mal.

Y la herida, por su parte, puede transformarse en una dolorosa úlcera, una de esas que arden igual o más que el mismísimo fuego.

Pero de todas formas creo que igual vale la pena vivir el proceso, escribirlo, filmarlo, experimentarlo, recorrer el camino.

Antes de ir a lo siguiente en este prólogo que no sé si sea un prólogo, me gustaría detenerme un rato en una frase de Alberto Fuguet. La brevísima teoría del notable escritor chileno dice algo así como: “En la literatura no hay que pedir permiso, solo hay que pedir perdón”. Fue tanto lo que me gustó el concepto que lo escribí, lo imprimí y pegué la hoja en una de las paredes de mi pieza. ¡Cuánta verdad hay en esas palabras!

Por lo mismo, y desde ya, me anticipo a la jugada y les pido sinceras disculpas a cualquier persona que de una u otra forma pueda sentirse dañada con lo que viene a continuación.

Eso, por un lado.

Lo segundo que quiero señalar es que esta no es la novela adecuada para potenciales suicidas ni para amantes no correspondidos. Y esto va muy en serio: no se las recomiendo, no la lean, puede llegar a ser un riesgo innecesario.

Tercero: pienso que es muy importante destacar que este libro surgió a partir de una necesidad.

Tal vez es la necesidad de borrar parte de mi pasado, que se enemistó con mi presente y con mi futuro durante más de una década. Tal vez es la necesidad de liquidar por completo los pocos rezagos emocionales de una relación tóxica que hasta hace no mucho me atormentaba. Y es, tal vez, la necesidad de cerrar un ciclo de manera definitiva.

¿Lo logré realmente?

Dejo la interrogante abierta.

El tiempo lo dirá.

Por ahora únicamente puedo señalar que no solo es la catarsis de los personajes que coexisten en el libro, sino también, ¿por qué no?, mi propia catarsis. Con esta novela, una parte de mí muere. Y muere, ojalá, para siempre. Otra parte de mí nace, florece, revive.

Resucito.

Primera parte CON EL AMOR NO BASTA

UN ORGASMO INFINITO

—¿Suicidémonos?

—¿Perdón? ¿Qué dijiste?

—Que nos suicidemos. Eso.

—¿Escuché bien?

—Escuchaste perfecto, Franco. No te hagas el huevón, menos conmigo. ¿Quieres? Te conozco demasiado bien. No te sale.

—¿Puedes repetirlo?

—¿Para qué? ¿Tercera vez?

—Quiero que tú misma escuches la imbecilidad que me acabas de decir.

—No fue una imbecilidad.

—Igual. Porfa. Repítelo, Pía.

—Suicidémonos.

—¿Qué onda?

—¿Qué onda qué?

—¿Qué mierda te pasó?

—¿Tan terrible te parece?

—O sea, el tema no es si a mí me parece o no me parece terrible. De por sí, el suicidio es terrible. Parte por reconocerlo.

—Reconócelo tú, huevón.

—¿Reconocer qué?

—No tenemos nada que seguir haciendo acá.

—Mira cómo hablas.

—¿Qué tiene? Digo la verdad. Este planeta nos quedó chico, y nos quedó chico desde hace un buen rato ya. Nosotros sobramos aquí. ¿Cómo no te das cuenta? Hay lugares mejores. Supongo, no lo sé, creo, debe haber. ¿Cómo no va a haber? Imagínate: la paz, la ansiada y eterna paz, al fin. El Nirvana, el famoso Nirvana. ¿Has escuchado eso? Dicen que es increíble, dicen que es maravilloso, dicen que es bacán. Un estado mágico, la plenitud total, el merecido descanso, un orgasmo infinito. ¿Sabes lo que puede llegar a ser un orgasmo infinito? Chucha, no sé si tú lo estás, pero de puro pensarlo como que me caliento. Vamos por él, vamos por el Nirvana, vamos por ese orgasmo infinito. Acá todo es muy… Acá todo duele, huevón. La idea es esfumarse, desaparecer, dejar de existir. ¿Me sigues? Tengo la boca más seca que un camello. ¿Serán los jales? ¿Te secan la boca los jales?

—Pía…

—Dime.

—¿Te puedes callar un rato?

—Me callo, señor escritor.

—Voy a hablar yo ahora.

—Adelante. Es su casa, es su departamento, aquí manda usted, señor escritor.

—Párala con eso de “señor escritor”.

—OK, señor escritor.

—Primero que todo, te quiero hacer una pregunta.

—Hágame las preguntas que quiera, señor escritor.

—Dime. ¿A qué chucha viniste?

—Vine a… Espera un poco.

Pía saca una tarjeta de crédito Visa de su billetera. Es una billetera de color rojo, rojo furioso, rojo italiano. Es una billetera de cuero, una que compró en el Barrio Palermo en una de sus tantas visitas a Buenos Aires. Suele ir a Buenos Aires, sobre todo cuando está bajoneada, sobre todo cuando el cambio del dólar le conviene y sobre todo cuando desea saciar su compulsiva necesidad de consumir. Le gusta Buenos Aires. Le gusta comprar ropa allá, le gusta comprar joyas allá, le gusta comprar cientos de libros allá, en la Avenida Corrientes, en la librería El Ateneo, libros que casi siempre terminan incólumes, descansando en la biblioteca de su casa. Por lo general va sola (todas sus amigas ya están casadas o separadas y con hijos). Cuando está en Argentina, Pía se siente argentina y la confunden con una argentina. Y pese a que sus viajes a Buenos Aires duran poco, tres o cuatro días a lo más, igual llega hablando como si fuera una argentina. Con la tarjeta ordena una generosa línea, que brilla sobre la mesa del living-comedor. La mira con detención y se enorgullece de ella misma. Cada vez le quedan más bonitas, más simétricas, más proporcionadas, casi bordeando la perfección. Está ansiosa. Se respira la ansiedad, se siente la ansiedad. Hay ansiedad. Se tapa la fosa derecha y con la izquierda aspira todo el polvo blanco como si la cocaína fuera bicarbonato de sodio o talco para guaguas y no una droga. Cierra los ojos y sonríe. Pareciera estar disfrutando el jale. Es el saque, es el mote, es su saque y es su mote. Es el momento. Es su momento, un momento que no quiere que nada ni nadie se lo interrumpa. Siente la cocaína en las mucosas de la nariz, en las papilas gustativas de la lengua, siente el amargo y agradable sabor que baja por su garganta. Se acomoda el pelo castaño, liso, largo, casi rubio. Lo hace para encantar, para intentar seducir, para coquetear, el coqueteo y la seducción forman parte de su personalidad. Se sabe guapa, lo es y lo sabe y se lo pasan diciendo. Abre sus inmensos ojos, ojos rojos, ojos exorbitados, ojos extraviados en algún horizonte lejano, ojos que en algún momento fueron claros, muy claros, entre el celeste y el verde, infla sus pulmones y presiona el gatillo:

—Vine a suicidarme, Franco. Sí, a eso vine: a suicidarme. ¿Y sabes que es lo mejor de todo?

—La más puta idea.

—Lo vamos a hacer juntos, huevón.

—¿Ah sí?

—Sí: juntos. Tú y yo. Nosotros. ¿Sabes lo que significa eso? Juntos, Franco. Forever. Hasta el infinito. ¿No te tientas? ¿No te atrae la idea? A mí me parece una gran idea. Incluso lo veo como un acto romántico.

—¡Qué tiene de romántico!, por favor.

—“Hasta que la muerte nos separe”. Eso dicen hasta el cansancio los curas en los matrimonios y están muy equivocados. El concepto correcto debiera ser: “Hasta que la muerte los una”. Es como el final de Romeo y Julieta. ¿Me sigues? Se suicidan y lo hacen por amor, huevón, porque el uno no puede vivir sin el otro y el otro no puede vivir sin el uno. ¿No te parece romántico? ¿Y? ¿Qué opinas?

—¿Con respecto a qué?

—¿Hasta cuándo te haces el huevón?

—¿De qué me hablas?

—Lo del suicidio.

—Muchas gracias, pero yo paso por esta vez.

—¿Por qué?

—Porque estás loca, completamente loca.

—¿Y quién no lo está, acaso?

—Pero lo tuyo es de manicomio, es de patio, es de… La gente como tú no debiera andar libre por la vida. Eres un peligro para la sociedad.

—Dime que nunca lo has pensado…

—No, claro que no. Por supuesto que no.

—¿Cuántas veces?

—Ya te dije: ninguna.

—Vamos. Contesta. No seas…

—No lo sé, no lo sé.

—Sí lo sabes, Franco. A mí no me puedes mentir. A esta altura soy capaz hasta de oler tus mentiras.

—¿Las mentiras se huelen?

—Las tuyas, sí.

—¿Cuál sería su olor?, si se puede saber.

—Huelen a putrefacción.

—“Tus mentiras huelen a putrefacción”. Me gustó la frase. Sí, es una muy buena frase. Es un buen título para un cuento quizás.

—¿Cuántas?

—De verdad: no lo sé.

—Sé que lo sabes, Franco.

—Tú y tus preguntas tan…

—¿Tan qué?

—Me enredo.

—¿Te enredas?

—Tú me enredas, Pía.

—Eso es muy bueno.

—¿Por qué?

—Significa que todavía sientes algo por mí.

—Claro que siento algo…

—¿Amor?

—No precisamente.

—¿Entonces?

—Prefiero guardarme la opinión.

—Nada de guardarse cosas aquí. Dime, Franco. Me interesa. Estamos sincerándonos, ¿no? Si vine hasta acá es justamente para eso. Vine en busca de la verdad.

—Me das pena, Pía.

—¿Pena?

—Sí. Pena. ¿Eso querías escuchar?

—No era lo que yo…

—Siento lástima por ti.

—A mí no me tengas lástima ni pena, huevón. Mejor preocúpate de tu vida. Tu vida sí que es patética. Es una vida pobre, miserable, mezquina, pusilánime.

Franco: humillado y derrotado y sin palabras. No hay reacción alguna de su parte. Agacha la cabeza como si fuera un perro callejero y violentado, porque sabe que las palabras de Pía se acercan peligrosamente a la realidad.

—¿Cuántas?

—Una vez lo pensé, pero…

—¿Solo una vez?

—Más de una, en realidad.

—¿Cuántas? Vamos.

—No lo sé, qué sé yo. Son hartas.

—¿Cuántas?

—¿Por qué tan majadera?

—No te corras, huevón.

—¿Quieres que te dé un número exacto?

—Cifras, sí. Quiero cifras. Quiero números. Los números no mienten.

—No te puedo dar un número exacto.

—Si puedes.

—Son muchas más veces de las que yo quisiera. ¿Te conformó mi respuesta? ¿Quedas contenta ahora? ¿Eso querías escuchar?

—¿Viste?

—¿Ver qué?

—Ahí está, huevón. Ahí está.

—¿Ahí está qué?

—¿No te das cuenta?

—¿De qué chucha me hablas, Pía?

—Ahí está la clave de todo.

—¿Cuál es la clave?

—La muerte nos espera, Franco.

MANZANAS ROJAS

Dos tipos en un auto: un Mazda 3 del año. Dos jóvenes. Un hombre de 22 y una mujer de 20. El hombre se llama Adán y la mujer se llama Eva. Son Adán y Eva y llevan varios años juntos, pololeando. Ambos son muy guapos. Eva es rubia y tiene las tetas firmes y una pequeña hoja de laurel que cubre su coño recién depilado. Adán es musculoso y tiene tatuajes en todo el cuerpo, incluido uno gigante de Dios en el hombro izquierdo. Maneja Adán. Eva es la encargada de la música y cambia la radio de manera compulsiva, mientras saborea una manzana roja que sacó de la casa de sus padres antes de subirse al auto.

Eva le ofrece un mordisco a Adán. Él acepta. La manzana es de las buenas, es de las rojas, manzanas muy rojas, manzanas maduras, manzanas de exportación, manzanas Fuji.

La radio se escucha horrible: la señal no agarra bien entre los cerros. Llueve, y bien fuerte. Ninguno de los dos tiene muy claro hacia dónde van ni hacia dónde llega el camino. Por ahora solo se sabe que el camino es muy estrecho y muy sinuoso. Adán la pasó a buscar y Eva se subió al auto, resignada, sin decir ni pío. La lluvia cesa y baja una densa niebla. ¿Estás segura?, pregunta Adán. Sí, claro que sí. A eso vine, dice Eva. Prepárate, dice Adán. Lo estoy, dice Eva muy segura de sí misma, una seguridad que llega a ser aterradora. Comienza a granizar. Los poderosos goterones resuenan fuerte en el techo del Mazda 3. El cielo, el clima, el frío, la niebla, parecen haberse ensimismados con la pareja.

Se aproxima una curva.

Adán debiera disminuir la velocidad.

No lo hace.

Al contrario: acelera.

Hasta el fondo.

El auto de Adán cae por una quebrada. El Mazda 3 da vueltas y vueltas por la ladera de un cerro como si fuera una juguera con dos seres humanos adentro hasta detenerse justo en el borde de un río. Adán ya murió, todo indica eso: tiene la boca abierta como los muertos y aparentemente no respira. Eva, todavía no. Está muy herida, eso sí. Fracturas en casi todo el cuerpo, fracturas graves, fracturas expuestas. Y sangre, mucha sangre, sangre repartida en el interior de un auto que alguna vez fue un auto.

Pasa la noche, la mañana se deja caer y llegan los bomberos quienes intentan rescatar a la pareja bajando al río con varias cuerdas.

Adentro del auto que alguna vez fue un auto, ambos tipos muertos. Y por supuesto el cuesco de una manzana roja que alguna vez fue una manzana muy roja.

Comienza a nevar en la curva 14 del Camino a Farellones. La nieve dura pocos minutos. De la nada, de manera sorpresiva, aparece el sol, ese sol que siempre brilla, ese sol que siempre alumbra, ese sol que Adán y Eva no pudieron ni quisieron ver.

VER A LA SHAKIRA

—¿Vas a venir conmigo?

—Estás realmente mal de la cabeza.

—Dale, no me dejes sola en este momento.

—¿Por qué tendría que acompañarte?

—No lo sé, todavía no lo sé. Todavía no lo hacemos.

—Alguna teoría tendrás.

—Juntos es más fácil.

—¿Tú dices?

—Creo, supongo, me imagino.

—Hazte ver, mejor.

—¿Y usted, señor escritor?

—Ya te dije: no me jodas con eso. Y esto va muy en serio.

—¿Qué significa eso, señor escritor?

—Una más y te echo.

—Uy… qué susto.

—¿Me estás provocando?

—Sí. Me gusta ver cuando pierdes los estribos.

—Y de que yo me hago ver, claro que me hago ver. Todas las semanas me hago ver.

—Tal vez por eso…

—¿Por eso qué?

—Quizás la terapia te lavó el cerebro.

—¿A qué te refieres?

—Te hicieron creer que todo acá era la raja. Malas noticias, Franco: acá todo es cruel. Sí. Eso: acá todo es muy cruel, demasiado cruel.

—Por lo mismo hay que rescatar las cosas bonitas.

—Estás hablando como mina, huevón.

—No es malo explorar mi lado femenino.

—Déjales esa huevada a los maricones.

—Exudas homofobia.

—Yo no tengo nada de homofóbica.

—¿No?

—No.