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Muerte. Infidelidad. Angustia. Miedo. Mujeres. Fragilidad. Mujeres cachondas. Mujeres despechadas. Mujeres abusadas. Mujeres ahogadas emocionalmente que piden auxilio a gritos, aplastadas por una sociedad complaciente y machista. Justamente en eso indaga este nuevo libro de Franco Scianca. En el siempre enigmático mundo del género femenino. Porque en los relatos que propone esta vez el autor, "ellas" son las verdaderas protagonistas. Y ¿qué duda hay?, pese a la gran cantidad de movimientos feministas que existen hoy, cada vez resulta más difícil ser mujer en un mundo que sigue siendo monopolizado por hombres. Las mujeres la llevan, desde hace un buen rato ya. Y Scianca lo sabe.
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Seitenzahl: 223
Veröffentlichungsjahr: 2025
Título: PERRAS VÍRGENESAutor: Franco Scianca [email protected]@francocianca Ilustración de portada: Franco Scianca Missana Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Primera edición: enero, 2025. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N°303.201 ISBN: Nº 9789563387612 eISBN: Nº 9789563387605
A don Héctor Soto Un amigo Un padre Todo mi cariño y admiración
Soy buena. Pero no un ángel. Cometo pecados. Pero no soy el demonio. MARILYN MONROE
Soy dura y ambiciosa y sé exactamente lo que quiero. Si eso me convierte en una zorra OK, lo acepto. Soy una zorra. MADONNA
Los locos como yo no viven mucho tiempo. Pero viven como ellos quieren. AMY WINEHOUSE
Lo más hermoso del hombre viril es algo femenino. Lo más hermoso de la mujer femenina es algo masculino. SUSAN SONTAG
Para la Caro
Para Trinidad Paz
Quedaron en juntarse afuera del Café Literario, en el Parque Balmaceda a la salida de la estación Salvador. La primera en llegar es Constanza, quien fuma dos cigarros mientras espera a Amparo. Está nerviosa. Le gustaría encender un pito, fumar algo de hierba para relajarse, para evadir, un pito para fugarse un rato de la realidad. Se arrepiente casi de inmediato. Prefiere guardar la marihuana para la noche. No le queda tanta y piensa que no es una buena idea recibir drogada a su madre, y menos si no se ven desde hace tanto tiempo. Amparo se atrasa veinte minutos, quizás un poco más. Constanza se lo reprocha y Amparo se excusa. Trata de explicarle a su hija que la entrevista de trabajo fue más larga de lo presupuestado. Según Amparo esa es una buena señal. Dice que cuando no eres la persona indicada o no le caes bien al gerente de Recursos Humanos te despachan al tiro. Y agrega: así son estos huevones, no pierden el tiempo conversando con alguien que no les interesa. Constanza quiere tomar un taxi. Amparo le dice que no sea floja y le sugiere caminar. Dice que el día está bonito, que el día está espléndido, al fin con algo de sol, y dice que el Barrio Bellavista queda a pocas cuadras.
Madre e hija caminan por el Parque Balmaceda. Pisan las húmedas hojas del suelo que se acumularon durante el temporal. Llovió de martes a jueves. Recién dejó de caer agua hoy en la madrugada. Fue la primera lluvia del año. Una lluvia tan anunciada como esperada, porque la sequía en la zona central se ha agudizado a niveles alarmantes, tanto así que el próximo año habrá razonamiento de agua obligatorio. El pasto todavía está mojado y los árboles ofrecen una variedad de colores que le llaman la atención a Amparo. Árboles verdes, árboles rojos, árboles cafés, árboles amarillos, árboles que se suceden, uno tras otro, árboles que amenazan con venírseles encima. Una postal de otoño perfecta a la cual se suman estas dos mujeres, quienes avanzan por el parque silenciosamente de manera automática, casi robótica, como si hubieran sido programadas para hacerlo. Se respira un aire limpio y frío, tan limpio y tan frío que las dos están con bufandas para cuidar sus gargantas y evitar los resfríos que están a la orden del día. Amparo ocupa una beige que combina perfectamente con sus pantalones y sus zapatos, la de Constanza es de varios colores y no combina con nada. Pasan cerca de unos escolares que fuman y beben alcohol. No deben tener más de catorce años, calcula Amparo. Deben estar en tercero o en cuarto medio, calcula Constanza. Los chicos están alrededor de una banca con varias cajas de vino abiertas. Cada cierto tiempo se escuchan sus forzadas risotadas. Se topan con un tipo trotando a muy buen ritmo. Se topan con una anciana que pasea a sus dos perritos, los dos muy pequeños y de raza. La anciana lleva una bolsa de plástico para recoger los excrementos de sus mascotas. Se topan con mucha gente andando en bici, bicicletas estilosas, onda retro, bicicletas que están de moda desde hace un buen tiempo ya. Es la madre quien nuevamente rompe el silencio.
—¿Tienes hambre, Coni?
—Igual. Hoy no tomé desayuno. Apenas alcancé a prepararme un café con leche.
—Mal.
—¿Por qué?
—El desayuno es la comida más importante del día.
—Te lo he escuchado decir más de mil veces.
—¿No te suena el dicho desayunar como reina, almorzar como princesa y cenar como mendiga?
—¿Te crees el Chapulín Colorado?
—No te cacho.
—A él le gustaban los dichos. Igual que a ti.
—Pero él se equivocaba.
—Tú también.
Amparo se pone más nerviosa de lo que ya está. No sabe qué decir, no sabe qué agregar, no sabe cómo derrumbar el hermético mundo en el que habita su hija.
Cruzan a la Avenida Santa María por el Puente Condell. La madre mira a su hija. Constanza no mira a nadie. Solo mira el suelo. Se siente, es evidente, la incomodidad de Constanza y Amparo. La madre se atreve y se anima nuevamente.
—¿Sabes por qué a este puente le dicen “El puente de los enamorados”?
—¿Por los candados?
—Por los candados que las parejas cuelgan en la pasarela para sellar su amor. Los cierran y lanzan las llaves al río. Igual romántico, ¿no?
—Es una cursilería de lo peor.
—¿Una cursilería?
—La más grande que he escuchado en el último tiempo.
Amparo acusa el golpe y se queda callada.
Abajo, el río Mapocho, más café que otras veces, ruge con furia.
Bajan por Avenida Santa María. Pasan por la clínica, que más que una clínica ahora parece un mall. Tres ambulancias esperan presto el llamado de alguna urgencia.
Doblan por Pío Nono a la derecha y caminan hacia el Cerro San Cristóbal. Hay decenas de bares, decenas de locales atestados de universitarios que beben litros y litros de cerveza. Se nota que es viernes. Se nota que la gente está más suelta, más distendida, más alegre. Todas y todos, menos Amparo y Constanza quienes parecen dos extrañas que se acaban de conocer.
Almuerzan en el Venezia, uno de los restaurantes más tradicionales y antiguos del Barrio Bellavista. Están sentadas en la terraza para poder fumar y aprovechar los escuálidos rayos de sol que en mayo ya no calientan casi nada. Amparo y Constanza comen una chorrillana gigante, un plato recomendado para tres o cuatro personas. Pero como tenían hambre creyeron que entre las dos la podían liquidar. Y así, poco a poco, van desapareciendo de sus platos las grasientas papas, los aceitosos huevos, la cebolla frita y crujiente y los trozos de carne de dudosa procedencia. No hablan, solo engullen, y de vez en cuando se miran de reojo, con recelo, con desconfianza y la boca llena. Después de beber un abundante trago de vino, Amparo intenta romper el hielo.
—Está rica la chorrillana. A ti te gustan harto. Parece.
—Las adoro. Cuando voy a Valpo no fallan. Ideales para pasar el bajón post carrete. He comprobado que las mejores son las chorrillanas del J. Cruz. Atómicas.
—Yo no debiera comerlas.
Constanza mira a su madre con cara de ¿por qué?
—Tengo el colesterol alto. Tú puedes hacerlo sin culpa. Eres joven. Tienes veinte ya.
—Diecinueve aún.
—Da lo mismo. En dos semanas tendrás veinte.
—Falta para eso.
—¿Qué quieres que te regale?
—Me da igual.
—¿Puede ser un libro?
—Estás muy perdida, huevona.
—No me trates de huevona.
—Disculpa.
—Aunque no nos veamos nunca, aunque no vivamos bajo el mismo techo, sigo y seguiré siendo tu mamá.
—Es que me da lata.
—¿Lata por qué?
—¿Tan rápido se te olvidaron mis gustos?
—Perdona. No sé qué cresta te gusta ahora.
—Me doy cuenta.
—Siempre estás explorando cosas nuevas, Coni.
—Me gustó. Suena bacán. “Explorando cosas nuevas”.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué?
—¿Qué quieres que te regale?
—Lo que quieras. Pero no un libro. Porfa.
Amparo cambia de tema abruptamente.
—¿Cómo te ha ido en la universidad?
—Más o menos nomás. He llegado a pensar que la Arquitectura no es lo mío.
—Cuando eras niña construías castillos con naipes.
—¿Qué me quieres decir?
—Tenías vocación supongo.
—¿Sabes lo que pasa?
—Ni idea.
—Levantas una piedra y aparecen mil arquitectos. Y lo peor: todos quieren hacer cosas parecidas o exactamente iguales a las que yo quiero hacer.
—No te fijes en eso ahora, Coni.
—Chucha. Si no me fijo en eso, ¿en qué cresta me fijo.
—Vas recién en segundo año. Solo estudia algo que te guste. Nada más frustrante que pasarse la vida haciendo algo que detestas.
—¿Lo dices por ti?
Amparo bebe y bebe vino. La botella se esfuma rápido, como si fuera uno de los asquerosos inciensos que a veces prende la médium de la Estación Central a quien visita una vez al mes para saber qué le depara el futuro más menos. No le cree todo lo que dice, pero lo hace igual. Una manera desesperada de pedir ayuda, una manera desesperada de buscar algún soporte y de sentir menos incertidumbre.
—Me hubiera encantado estudiar algo, Coni. Pero no pude. Cuando naciste tu abuelo me obligó a trabajar. Entré a la corredora de seguros siendo una niña prácticamente. Tenía menos que tú. Diecisiete, dieciocho, por ahí.
—Felicitaciones.
—¿Por qué?
—Primera vez que te escucho reconocer que fui un condoro. Bacán. Se puso entretenida la conversa.
—No dije eso.
—Lo insinuaste. Es lo mismo.
Amparo: muy incómoda. Constanza: muy irónica.
—No fuiste un condoro, Coni. Te tuvimos antes nomás. Te adelantaste. Cosas que pasan.
—Las cosas no pasan, huevona.
—No me digas huevona. Soy y seguiré siendo tu mamá.
—Ese es precisamente el problema.
—¿Cuál?
—Una no elige a los padres que tiene.
—Y tampoco a los hijos que nacen.
—Yo no elegí nacer.
—Filo.
—¿Filo?
—Sí. Filo. ¿Sabes lo que significa filo?
—Reconoce que te equivocaste y punto.
—Es que no es así.
—Fui un error. Dale. Dilo con confianza.
—No, ya te dije. No.
—Sabes que no debiera estar viva. Sabes que no debiera estar aquí, sentada en este local de mierda, comiéndome una chorrillana contigo.
—Suena demasiado feo lo que dices, Coni.
—¿Te pido un favor?
—Obvio.
—No me digas Coni. Solo mis amigas y mis amigos me dicen Coni. ¿OK?
—Perdona, Constanza. ¿Mejor así?
—Mejor.
Amparo se calla. Constanza enciende un cigarro. Parece disfrutar el humo. Lo aspira profundo y lo bota de manera parcelada, en varios tiempos, como si recién estuviera aprendiendo a fumar. Vuelve a disparar, ácida:
—¿Existían los anticonceptivos cuando eras joven?
—¿Vas a seguir?
—Te lo pregunto en serio.
Amparo: sigue incómoda. Constanza: sigue irónica.
—Existían, claro, aunque no estaban tan masificados.
—¿Cómo es eso?
—A mis amigas les daba vergüenza entrar a una farmacia para comprar anticonceptivos. Tenían miedo de que las miraran como si fueran maracas.
—Me da la sensación de que esas huevonas miraban un pico y se espantaban.
—Otros tiempos, Coni… Perdón. Constanza. Es la poca costumbre. ¿Mejor?
—Bastante mejor.
—¿Viste?
—¿Ver qué?
—Estamos avanzando. Lento, pero avanzando.
—No te cacho.
Amparo no quiere hablar de anticonceptivos con su hija y nuevamente cambia el tema de manera abrupta.
—¿Sabes que Pablo Neruda venía a este restaurante?
—¿En serio?
—Pedía siempre lo mismo.
—¿Qué cosa?
—Un caldillo de congrio muy caliente y con mucho ají, y créeme que el ají de esos tiempos era… ese sí que era picante, muy picante. No como ahora. El ají verde es un chiste. No pica nada. Neruda vivió un tiempo aquí en su casa La Chascona, a los pies del cerro. Cuando vino el Golpe quemaron todos sus libros ahí mismo, en el patio de la casa. ¿Puedes creer que los milicos, ignorantes como ellos solos, creían que eran libros subversivos de izquierda? Cosas que pasaron en esa época.
—Qué imbecilidad más grande.
—Escribió hasta un poema dedicado al caldillo.
—Lo dices y me da asco. Me cargan los mariscos y los pescados. En realidad me carga todo lo que sale del mar. Cuando entro a una pescadería me dan ganas de vomitar.
—Es un sabor adquirido. Quizás cuando seas más grande…
—Ya soy grande, huevona.
—¿En qué idioma te lo digo, Coni?
—¿Qué cosa?
—No me trates de huevona. Soy tu madre y también merezco respeto.
—Y tú no me trates de Coni. ¿OK?
—Perdona.
Amparo cree que no se ven desde hace mucho tiempo como para discutir. Y sigue hablando de Pablo Neruda.
—¿Te recito el poema?
—¿Aquí?
—Aquí. Sí. ¿Qué tiene?
—No quiero pasar vergüenza. Porfa.
Constanza toma su vaso de cerveza helada y le da un trago largo, certero. Amparo mira detenidamente a su hija. Cree que las dos se parecen. Tienen el mismo color rojizo de pelo, tienen las mismas manos: largas, delgadas. Ambas son pálidas, casi transparentes, tienen pecas en las mejillas, el mismo color pardo de ojos, la misma nariz puntiaguda, la misma boca, las mismas facciones, y las preguntas se suceden en su cabeza. ¿En qué momento creció tanto? ¿Qué fue lo que me perdí? ¿Cómo no me di cuenta? ¿Cuándo se jodió lo nuestro? ¿Hay un momento específico o todo esto forma parte de un largo proceso que no vi venir? ¿No lo vi venir o no me convenía verlo venir?
—¿No te gusta Neruda?
—La verdad: lo cacho poco.
—Fue Premio Nobel de Literatura. Él y la Mistral.
—¿La Gabriela Mistral?
—Ella. Sí. Debieras leerla, es buenísima.
—¿Era lesbiana? ¿Cierto?
—¿Qué cresta importa eso, Constanza?
—Lo pregunto para cachar su onda y nada más. No soy nadie como para andar metiéndome en las camas de otras personas. Solo lo preguntaba para saber un poco más de ella. Es lo que se ha dicho hasta el cansancio ahora último. En todo caso, las mujeres deben y saben cómo y cuándo y con quién utilizar su coño.
—¿Puedes creer que a la Mistral le entregaron el Premio Nobel antes que el Premio Nacional de Literatura? En este país de mierda no se valora el esfuerzo y el talento.
—¿Sabes qué? Me importa un verdadero carajo.
—¿No te los hicieron leer?
—Si los leí, ya ni me acuerdo.
—¿No te suena el libro Veinte poemas de amor?
—Para nada.
—¿Qué mierda leías entonces?
—Con cueva me debo haber leído algún Papelucho por ahí. Me carga leer. Cuando leo siento que estoy perdiendo el tiempo.
—A ver si te entiendo… Te carga caminar, te cargan los mariscos y los pescados, te cargan Pablo Neruda y la Gabriela Mistral, te carga leer, todo te carga. ¿Hay algo que te guste en esta vida?
—Varias cosas.
—¿Como cuáles?, si se puede saber.
—Adoro componer.
—¿Música?
—Obvio, qué más voy a componer.
—¿Cantas en alguna parte?
—Tengo una banda.
—¿Ah sí? Mira tú.
—Yo soy la líder.
—¿Qué significa eso?
—Yo decido prácticamente todo.
—¿Y tu grupo qué…?
—Se dice banda, no grupo.
—¿Cuál es la diferencia?
—Las viejas que no tienen idea hablan de grupo.
—¿Eso fue un palo?
—Sí.
—Quizás soy una vieja de mierda.
—Tú lo dijiste, que conste.
—¿Cómo se llama tu banda?
—“Perras vírgenes”
—Perdón. ¿Escuché bien?
—Escuchaste perfecto. Así. Tal cual. “Perras vírgenes”.
—Bromeas, supongo.
—Supones mal.
Amparo no puede parar de reírse.
—¿De qué te ríes?
—Del nombre.
—Yo misma lo elegí, y le di varias vueltas antes.
—Lo encuentro contradictorio eso sí.
—Esa es justamente la gracia.
—¿Cuál?
—Que el nombre sea contradictorio. Las minas podemos ser vírgenes en el día…
—¿Y perras en la noche? ¿Cierto?
—Tal cual. O viceversa.
—¿Son puras mujeres?
—Todas, menos el batero.
—¿El baterista?
—Batero, baterista, da lo mismo. Dile como quieras.
—Qué ganas de escucharlas.
—Quizás algún día te muestre algo.
—Sería genial.
—Tenemos hasta una canción grabada en un estudio profesional.
—¿En serio?
—Es un estudio que queda por aquí cerca.
—¿Y la canción? ¿Cómo se llama?
—“There is no bus in the back”.
—¿Cantan en inglés?
—A veces.
--¿Y qué quiere decir eso?
—Por atrás no hay guagua.
Amparo no se aguanta y ríe. Fuerte. A carcajadas.
—¿Por qué te ríes tanto?
—El nombre de la banda, el nombre de la canción…
—¿Qué tiene?
—No sé. Todo es demasiado… demasiado surrealista. Eso.
—La vida es un poco surrealista, ¿no?
—¿Solo compones?
—También canto y toco el bajo.
—¿Todo a la vez?
—Al principio me costó, lo reconozco.
—Seca. Qué quieres que te diga. Las dos cosas juntas… Chucha. Yo no podría. Nica.
—Las personas se acostumbran a todo.
—¿De verdad piensas eso, Constanza?
—Bueno. A casi todo.
—¿Dónde aprendiste a tocar el bajo?
—Tuve un par de clases particulares.
—¿Cómo te lo conseguiste?
—Lo compré. Usado. Igual salió cara la huevada.
—¿De dónde sacaste la plata?
—Trabajo los martes y jueves en un pub de Vitacura.
—¿Qué haces allí?
—De todo. Atiendo las mesas, sirvo los tragos, a veces también trapeo y limpio los baños.
—No tenía idea.
—Hay varias cosas sobre las cuales no tienes idea.
Palo. Fuerte. Directo a la vena. Amparo se hace la desentendida. Simplemente hace como si no hubiera escuchado la frase de su hija.
—¿Qué tocan las “Perras vírgenes”?
—No te cacho.
—¿Cuál es su estilo? ¿Su onda? ¿Su estética?
—Punk básicamente.
—¿Nada de reguetón?
—¿Te pegaste en la cabeza? Odio el reguetón y la música urbana y a todos esos pendejos flacos y drogadictos que están tan de moda ahora. No tienen idea de música. Es pura pose. Que los tatuajes, que las zapatillas, que las armas.
—¿Y para huevear un rato? Bailarlo en una fiesta, en un matrimonio por ejemplo.
—Da igual. También lo odio.
—No sabía que te gustaba tanto la música.
—Ahora lo sabes.
—Oye, Constanza. Perdona por ser tan reiterativa…
—¿Quieres saber qué quiero para mi cumple?
—Exacto.
—En vez de un regalo, dame plata.
—¿Plata? ¿En efectivo? Como los mafiosos. No. Feo.
—Feo pero útil.
—No tengo ni uno.
—El papá apenas me da diez lucas diarias.
—¿Es mi culpa?
—Con eso no me alcanza ni para comprar ropa.
—Lo siento.
—Si no trabajara, ni siquiera comería. Algo salvamos con “Perras vírgenes”. Pero tampoco entra tanto. Recién nos estamos haciendo un nombre entre los outsiders.
—Estoy sin pega, sin plata, llena de deudas. Ni siquiera llego a fin de mes, huevona.
—No me trates de huevona. Soy tu hija.
—Perdona.
—Déjate de pedir perdón. Pareces una cabra chica.
—Entonces perdona por pedir tanto perdón.
Amparo se ríe sola del estúpido juego de palabras que se le acaba de ocurrir, una risa para ocultar su nerviosismo. Constanza cree que nunca debió haberse juntado con su madre. Piensa que hubiera sido mejor dejar las cosas como estaban: Ella por su lado y Amparo por el suyo. El local está repleto de gente que intenta aplacar sus derrotas con alcohol. Como lo hace Amparo que ya se ha bajado una botella de vino tinto completa. Como lo hace Constanza que ya lleva más de un litro y medio de cerveza. Si no están borrachas es solo debido al abundante almuerzo.
—¿Quieres postre?
—¿Qué hay?
—De todo. ¿Pido la carta?
—No es necesario.
—La torta merengue-lúcuma de acá es exquisita.
—Prefiero un bajativo.
—¿Un bajativo?
—Un par de tragos nos vendrían bien.
—¿Bien para qué?
—Para distender el ambiente, digo yo.
—Ya has tomado suficiente. ¿No crees?
—No me huevees. Pide unas piscolas y ya está.
Amparo se fija en los piercings que cuelgan de la nariz y de la lengua de su hija. La última vez que la vio Constanza no tenía ningún piercing. Tampoco tenía una banda que se llama “Perras vírgenes” y menos un hit que se llama “Por atrás no hay guagua”.
—Antes no tomabas.
—Tú misma lo dijiste: antes.
Amparo levanta la mano. El garzón se acerca. Hacen el pedido. El garzón se retira, llega al bar del Venezia y comienza a preparar los tragos. Pasa por afuera del local un tipo que ofrece tomarles una foto con su cámara Polaroid. La foto cuesta cinco mil pesos. Amparo acepta la oferta, pero Constanza le dice al tipo que no, que muchas gracias. El improvisado fotógrafo se retira, frustrado.
—¿No te gustan las fotos?
—Es mejor guardar los recuerdos en la memoria. Si son buenos, siempre quedan. Si son malos, se van solos.
—Interesante tu teoría.
—No es interesante, es buenísima.
—Seguramente soy más melancólica, más nostálgica que el resto. No sé. Tampoco le doy tantas vueltas al asunto.
—Esa huevada no sirve de nada.
—¿Qué cosa?
—Ser melancólica, ser nostálgica.
—¿Tú crees?
—Yo también era así.
—¿Ahora no?
—Ya no me quedo pegada en el pasado.
—¿Cómo es eso, Constanza?
—Intento ser más racional y práctica. Créeme que se toman mejores decisiones. El pasado ya fue y nadie lo puede cambiar. No dejo que me domine, no dejo que me desenfoque de mis objetivos. Intento mirar hacia adelante, siempre hacia adelante, siempre hacia el horizonte. Y si el futuro también te agobia, respira hondo y empiezas todo de nuevo.
Pese a no estar de acuerdo con ella, Amparo se muestra sorprendida con las reflexiones de Constanza. Piensa que su hija maduró. Y fue de golpe. De la noche a la mañana. Y lo peor: ella no estuvo allí para presenciar el cambio. ¿Qué diablos pasó en apenas un año? ¿Qué fue lo que me perdí? ¿Dónde estaba mi cabeza? ¿Dónde estaba mi corazón?
—Interesante eso del pasado y del futuro. Lo difícil es saber cómo aplicarlo. Ojalá pudiera pensar como tú.
—Debieras tratar. Se puede, yo pude.
—¿Por eso no tienes Instagram?
—Ah. ¿En esa? Veo que me buscaste.
—Perdona. Es que…
—Me da lo mismo.
—Lo hice para saber a qué atenerme.
—¿Me googleaste?
—Sí.
—¿Qué salía?
—Nada.
—¿Nada?
—Igual eso me sorprendió.
—Detesto internet. Encuentro una falsedad internet.
—¿Por qué tan drástica?
—Odio las redes sociales. Todo es tan falso. Aparecen minas y minos felices publicando sus fotitos con sus parejas, con sus guaguas, con sus mascotas, buscando un puto like que no llega nunca. A la mierda con internet. A la mierda con Instagram y con Twitter y con Facebook. A la mierda con todas las putas redes sociales. El temita ya me tiene chata. Si no perteneces a ninguna red social, ¿no tienes derecho a vivir en este planeta? Es injusto. La sociedad te margina, la sociedad te va aislando de a poco y ni siquiera te das cuenta. Y cuando te das cuenta, ya es muy tarde. Yo, con cueva, tengo un email que casi nunca reviso.
—Perdona que me meta… pero si no perteneces a ninguna red social, ¿cómo se promocionan las “Perras vírgenes”?
—El Seba lo ve… lo del marketing digital y todo eso. El Seba es seco. Él se encarga de las fotos, de los videos. Él anuncia todas las tocatas que tenemos.
—¿Quién es el Seba?
—El mino de la batería: Sebastián Rojas.
—¿Son amigos?
—Muy amigos.
—¿Dónde lo conociste?
—En la universidad. Teníamos gustos musicales parecidos. Así nació “Perras vírgenes”, escribiendo las letras en los cuadernos de clases. Tengo una idea, yo compongo, el Seba me la aterriza y se encarga de ponerles música a las letras. Así funcionamos.
—Igual que Los Prisioneros.
—Algo así.
—¿Te lo has agarrado?
—Chucha. La preguntita.
—Perdona.
—Al hueso. Podrías intentar ser más sutil por lo menos.
—Perdona. Lo que pasa es que…
—El Seba es gay.
—¿Homosexual?
—Se dice gay. En el fondo también es una de nosotras. Es una de nuestras perras vírgenes.
Amparo se ríe. Sola. De nuevo. Llega el garzón con una bandeja. Sobre ella dos vasos llenos con pisco, una cubeta con hielos, dos botellas chicas de Coca-Cola y un cenicero limpio, recién lavado.
—¿Qué bebida te gusta más? ¿La Coca o la Pepsi?
—¿A quién chucha le importa eso?
—A mí.
—Eso da lo mismo.
—No da lo mismo, Constanza.
—Mira de lo que me estás hablando.
—Cuando yo era niña estaba de moda hacer la prueba del sabor.
—¿La prueba del sabor? ¿Qué chucha es eso?
—¿De verdad quieres saberlo?
—Ya que estamos en esta…
—Se llenaban dos vasos con bebidas colas a escondidas y las personas probaban el contenido. La idea era adivinar si les habían dado Coca-Cola o Pepsi. Yo la hice. Igual peludo distinguirlas. Jugando a esa huevada llegué a la conclusión de que me gusta más la Coca, lejos.
—¿La cocaína?
—No me jodas con ese tema, y no es hueveo. A eso sí que no le hago ni le hecho nunca.
—Bien.
—Tú tampoco, supongo.
—Una vez la probé y no me gustó.
—¿Una sola vez?
—Sí.
—¿Segura?
—¿Crees que te estoy mintiendo?
—No, solo que el puro nombre me asusta.
—Puede ser. Además, la huevada es demasiado… Es demasiado tóxica, demasiado artificial.
—¿Cuándo y con quién fue eso?
—Secreto de estado.
Constanza ríe. Parece disfrutar cada vez que nota incómoda a su madre.
—Lo encuentro la ñoñería más grande del planeta.
—¿La prueba del sabor?
—Sí.
Amparo parece no haberse dado cuenta del poco interés que mostró Constanza con el tema. Y sigue hablando de lo mismo.
—¿Sabes que el único país del mundo donde la Pepsi vende más que la Coca-Cola es en Estados Unidos?
—¿En serio? No tenía idea.
—Igual freak la huevada, ¿no?
—¿Y acá en Chilito? ¿Cuál se vende más?
—No lo sé.
—¿Te digo la verdad? Perdona, pero no me interesa saber si se vende más la Coca o la Pepsi. Lo único que sé es que cuando trabajo le echo la bebida al pisco y que los tragos me quedan la raja. Fuertes, pero la raja. Y si el cliente es mino o la clienta es mina, más fuertes se los preparo.
—¿Por qué?
—La gente linda merece tragos lindos.
Amparo siente que cualquier cosa que diga puede ser utilizada en su contra. Sin embargo, no se da por vencida.
—¿Quieres andar en funicular? Después, digo.
—¿Todavía funciona eso?
—Está la raja.
—¿Por qué?
—Lo acaban de refeccionar completo. Cuando eras niña te encantaba andar en funicular.
—No me acuerdo de esa etapa. La borré.
—También te gustaba andar en teleférico. Con tu papá, los tres, subíamos el Cerro San Cristóbal trotando y bajábamos en teleférico.
—¿Hice deporte alguna vez en mi vida?
—Eras muy buena para los deportes. Cuando tenías cinco o seis años, por ahí, te llevamos a clases de tenis al club Providencia. El profe dijo que tenías mucho talento. ¿Viste? Te podrías haber transformado en una especie de Chino Ríos.
—Menos mal que no fue así.
—Te aseguro que no tendrías problemas de plata.
—Algunas de mis amigas lo encuentran mino.
—¿Tú no?
—Es asqueroso. Está como hinchado con tantas pesas. Además, el huevón se operó la cara completa. Parece cualquier huevada.
—Fue número uno del mundo, Constanza.
—Da lo mismo. Yo ni siquiera nacía. Y no solo es feo el huevón. También es tonto. No soporto a la gente tonta.
—¿Haces algo de deporte ahora?
—Con cueva camino. Obligada a hacerlo nomás.
—¿Es una indirecta?
—Indirecta-directa.
—Sabes cómo están las cosas por mi lado.
—Al Seba Rojas le acaban de comprar un Mazda 2.
—Me alegro por él. Me alegro por el Seba. Seguramente tiene padres con plata, con plata y con pega. Si tuviera las lucas, ningún problema, te compraría el auto que quisieras.
—¿Así de mal estás?
—Ándate acostumbrando, Constanza.
—Y lo haré. ¿Ves?
—¿Ver qué?
—Ya te dije: las personas se acostumbran a todo.
