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Tras un mes en el hospital, el 19 de abril de 2008 a las ocho y veinte de la tarde, con tan sólo dieciocho años, víctima de leucemia, murió Hugo. En aquel momento comenzó a llover. La lluvia, tan deseada, se volvió amarga al mezclarse con las lágrimas de todos los que lloraron su pérdida. La muerte de un hijo es una muerte en contra del sentido de la vida, un sufrimiento intenso, inmenso, el más devastador que un ser humano pueda experimentar. Amarga lluvia no se lee, se siente. Tal es la fuerza de su prosa sencilla y expresiva, que al final te queda lo que la autora pretende: el aroma de su hijo. Nadie que lea este libro quedará indiferente, haya experimentado o no la pérdida de un ser quderido, algo se le removerá muy dentro, allí donde cala ineludiblemente la "amarga lluvia".
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Seitenzahl: 117
Veröffentlichungsjahr: 2009
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© María José Brito Romeva, 2008
© del prólogo: Carlos Goñi Zubieta, 2009
© de esta edición: Editorial Milenio, 2009
Editorial Milenio
Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición: noviembre de 2009
Esta edición corresponde a los contenidos de la segunda edición
en formato papel, de marzo de 2009
ISBN: 978-84-9743-322-8
A Hugo, que aunque no esté, fue,
es y siempre será.
A mi padre, que ya llevaba
demasiado tiempo sin Hugo.
A mi madre, por haber sido
la segunda madre de Hugo.
Prefacio
Prólogo
Capítulo 1
El tsunami emocional
Buscando el equilibrio
Desenredar la madeja de sentimientos
Capítulo 2
El dolor es más fuerte que la vida
La lucha diaria
Parir hacia dentro
Capítulo 3
¿Y ella, qué?
Capítulo 4
Él también sufre
Capítulo 5
El vacío del futuro
La oxitocina
Yaya, el polvo de una estrella
Capítulo 6
Me duele tanto
La “resiliencia”
Atravesando el infierno
“Correspondencia virtual”
El tiempo
Capítulo 7
“Hacheybé”
Capítulo 8
Carta a Hugo
Capítulo 9
Final
Capítulo 10
Palabras para Hugo
Ausencia
Tu vida
Desesperanza
Soledad
Gritos salvajes
Necesito que vengas
Esperanza
Necesidad de saber
El cambio
Hoy quiero
La nada
Soñando
Y llovía…
Sin ti
Tu aroma
Mi valle
Agradecimientos
Dime, por favor, dónde estás,
en qué rincón puedo no verte,
dónde puedo dormir sin recordarte
y dónde recordar sin que me duela.
Dime, por favor, dónde puedo caminar
sin ver tus huellas,
dónde puedo correr sin recordarte
y dónde descansar con mi tristeza.
Dime, por favor, cuál es el cielo
que no tiene el calor de tu mirada,
y cuál es el sol que tiene luz tan solo
y no la sensación de que me llamas.
Dime, por favor, cuál es el rincón
en el que no dejaste tu presencia.
Dime, por favor, cuál es el hueco de mi
almohada
que no tiene escondidos tus recuerdos.
Dime, por favor, cuál es la noche
en que no vendrás para velar mis sueños...
Que no puedo vivir porque te extraño
y no puedo morir porque te quiero.
Atribuida a Jorge Luis Borges
El 19 de marzo de 2008, en un análisis rutinario, a Hugo le detectaron leucemia. Hasta el momento no presentaba ningún síntoma, la enfermedad había asaltado de repente, sin aviso previo, a bocajarro. Aquella misma tarde ingresó en el hospital y llamó a Adrián, su amigo y mi hijo. Acudimos todos a verle. Estaba asustado y desconcertado. Se encontraba perfectamente bien, pero le habían dicho que estaba mal. Desde aquel mismo momento se ponía manos a la obra para luchar contra una visita inesperada. Con su habitual ironía nos comentó: “Ahora, aunque suene sarcástico, a luchar a muerte”. Y luchó durante todo un mes, pero, al final, venció la muerte.
Tras un mes en el hospital, el 19 de abril, a las ocho y veinte de la tarde murió Hugo. En aquel momento comenzó a llover, primero gruesas gotas descompasadas que bombardeaban la calle sedienta de agua, después más y más, hasta formar un torrente impetuoso que acabó con una sequía que auguraba ser inacabable. La lluvia, tan deseada, se volvió amarga al mezclarse con las lágrimas de todos los que lloramos la pérdida de Hugo.
Tenía 18 años y toda la vida por delante. Era maduro, inteligente, fiel, humilde, bueno. Gastaba una fina ironía, pero que nunca hería a nadie. Le gustaba el fútbol. Era buen polemista y encajaba bien las bromas. Nunca pretendía sobresalir, al contrario, jugaba siempre, y en todo, para el equipo. Caía bien a todo el mundo. Estudiaba Odontología en Barcelona con el fin de seguir los pasos de su padre, quizá para trabajar juntos algún día. Estaba muy unido a su familia, a su padre, Ángel, a su hermana, Ares, y especialmente a su madre, María José. Madre e hijo hablaban mucho y de todo, como dos amigos, como dos confidentes. Para nadie como para ella su muerte podrá ser tan dolorosa.
Me gustaría no haber tenido que escribir el párrafo anterior en pretérito imperfecto. No lo volveré a escribir más, porque tras haber leído el libro de María José me queda el hondo convencimiento de que Hugo está presente. Aunque asistimos a una madre desgarrada por el dolor, que se despoja de todos los convencionalismos para expresar sus sentimientos, hasta los más recónditos, hasta los que ella misma ni siquiera logra entender, al final te queda lo que ella pretende: el aroma de su hijo.
María José habla consigo misma, gime de dolor, intenta razonar, busca, llora, se enfada, pregunta; a veces, parece consolada; otras, rabiosa. Abre el corazón de par en par, como si necesitara que le entrara el aire, y consigue que el lector abra el suyo y conecte con lo que ella siente.
Casi diría que el libro de María José no se lee, se siente, tal es la fuerza de su prosa sencilla y expresiva. Pero no sólo eso, también te hace pensar en muchas cosas: en la muerte, en la vida, en las relaciones humanas, en Dios, en el sentido del tiempo, en los sentimientos más profundos, esos que nos da miedo sentir.
Amarga lluvia es un testimonio desgarrador de una madre que ha perdido a su hijo. Se siente, como ella misma afirma, engañada, rota, ninguneada, furiosa, pero consciente de que tiene que sobrevivir en una nueva etapa. Se da fuerzas a sí misma, lucha contra sí misma y busca incesantemente un equilibrio que le permita seguir viviendo con dignidad. Por eso, vuelca en estas páginas todo lo que tiene dentro, desnuda su alma y abre el corazón, como si al hacerlo le fuera más fácil respirar.
Nadie que lea este libro quedará indiferente, haya experimentado o no la pérdida de un ser querido, algo se le removerá muy dentro, allí donde cala, ineludible, la amarga lluvia.
Carlos Goñi
¡Hugo ha muerto! ¡Mi hijo Hugo ha muerto!
Dice la sabiduría popular que la muerte de un hijo es una muerte en contra del sentido de la vida, un sufrimiento intenso, inmenso, el más devastador que un ser humano pueda experimentar. Deja profundas e indelebles cicatrices en los progenitores, en los hermanos y en los demás familiares.
“Ahora sé que la muerte no es morirme, sino que se muera alguien querido”, escribe Miquel Martí i Pol. Y William Shakespeare lo expresa de esta manera: “El pesar oculto, como un horno cerrado, quema el corazón hasta reducirlo a cenizas”.
Estas sentencias pueden dar una idea de la infinidad de sentimientos, estados de ánimo, pensamientos, preguntas… en definitiva, del tsunami emocional que provoca la muerte de un hijo.
Ésta es una de las razones por las que he empezado a escribir este libro, pero hay más. Tengo en el alma mucho más de lo que cabe en unas cuantas páginas. Se amontonan los sentimientos, se pelean, se contradicen. Tengo necesidad de expresarlo todo: el sentimiento del primer día, del segundo, del décimo… Un alzheimer, una demencia, una amnesia total podrían borrarlo de mi mente.
Quisiera comparar y valorar lo que vivo ahora con lo que viviré en el futuro. Lo verdaderamente trágico y doloroso de esta historia es la vida que ha perdido Hugo, no sé si en su mejor momento, pero sí, seguro, en un muy buen momento. Todo el dolor descrito en estas páginas es por él, por lo que ha perdido, porque él no está, porque él no puede ver el sol, ni ver llover, ni enfadarse, ni reír, ni estudiar, ni bailar, ni andar, ni querer, ni salir, ni entrar… nada. Sin embargo, los que no hemos podido elegir nos hemos quedado aquí y tenemos que seguir adelante.
Sé que este acontecimiento, esta trágica historia, que va a formar parte de mi vida para siempre, va a ir moldeándose, va a cambiar con el tiempo, y tengo miedo de no encontrar las palabras adecuadas dentro de un mes, de seis o de dos años para poder transmitir los sentimientos primeros. Quiero que quede constancia de ellos, porque en ellos está Hugo, los ha provocado él y él es el protagonista.
Estos sentimientos primeros siempre serán los mismos en el fondo, pero no en la forma. La forma variará (así lo espero y deseo) debido a la erosión del tiempo, un tiempo que bien utilizado hará que entre dentro de mí un poquito más de oxígeno para poder respirar, que no me moleste oír cantar el mirlo que cada madrugada me despierta, que lo pueda paralizar todo para poderme parar a pensar en Hugo sin que me duela tanto. Y, entonces, cuando esto pase, no podré, ya no querré, escribir con el sentimiento del primer día.
Es tal la tormenta interior que estoy viviendo que se están viendo afectadas cuestiones importantes de mi vida, no en relación con los demás, sino conmigo misma: los valores, las prioridades, los principios, la fe…
Hay muchas preguntas en nuestra vida que no nos planteamos en serio, simplemente dan vueltas, revolotean a nuestro alrededor. Sabemos que están ahí, pero no queremos prestarles demasiada atención. Únicamente afloran en nosotros con toda su fuerza cuando nos sacude una adversidad que hace que todo se tambalee.
Un antiguo proverbio chino dice que “todas las crisis tienen dos elementos: peligro y oportunidad”. Con independencia de la peligrosidad de la situación, en el corazón de cada crisis se esconde una gran oportunidad.
Abundantes beneficios esperan a quienes descubren el secreto de encontrar la oportunidad en la crisis.
Además de la necesidad de sobrevivir, tengo la curiosidad de saber si todo volverá a su curso, de qué modo, si se perderán cosas en el camino, si se encontrarán otras… Será bueno algún día comparar y valorar lo que estoy viviendo ahora con lo que estaré viviendo entonces.
No conozco ningún otro camino para poder vivir dignamente sin Hugo que no sea buscar paz, equilibrio, serenidad.
Quiero lograr que este estremecimiento que siento cuando despierto cada mañana, que la sacudida que desmorona todo lo logrado el día anterior, que ese dolor físico y real que noto en mi corazón, que la pena que me ahoga, que las lágrimas que me nublan la visión del hoy pero también del ayer, quiero lograr que todo eso se convierta en una nueva forma de vida basada en los cimientos de un recuerdo de Hugo sereno y equilibrado.
No quiero que se rompa el equilibrio de mi vida, porque ese equilibrio es también el de los que me rodean, el de mi hija Ares y el de mi esposo Ángel, ante todo, y el del resto de mi familia.
Busco una serenidad interior que me permita “sobrevivir”, porque yo sé que vivir ya no va a ser posible. Pero tampoco quiero entenderlo como un “sinvivir” o un “malvivir” (aquí empezaría el desequilibrio). Dejémoslo en un “vivir diferente”.
Y este anhelo de poder seguir “viviendo diferente”, en equilibrio, en paz, con serenidad, quiero conseguirlo no cayendo en el tópico de decir: “A Hugo no le gustaría verme sufrir así”. Aunque si bien es verdad que, si en el lugar donde se encuentra Hugo tiene cabida el sufrimiento, él a buen seguro estará sufriendo por mí, ¡y mucho!
No quiero conseguir mi equilibrio a costa de un tópico tan manido, porque, entre otras cosas, a Hugo lo que le gustaría, o por lo menos lo que le hubiera gustado en su día, sería seguir viviendo, seguir queriéndonos, seguir con su carrera, salir con sus amigos… seguir con su vida, pero, en ningún caso, morirse.
Ramiro Calle, especialista español en filosofías, psicologías y místicas de Oriente, escribe:
La mente: una gran mentira, en tanto no se controla y se encamina de modo adecuado. El pensamiento: un formidable embaucador, en tanto no se sosiega, esclarece, y se pone al servicio de lo laudable y lo constructivo. Mente y pensamiento mal orientados: un fardo inútil y desdichado de ofuscación, avaricia y odio.
Pero la mente que encadena, también libera. Pero el pensamiento que es un falsario, también es una preciosa herramienta de mejoramiento. Todo depende de qué hagamos con la mente y el pensamiento, y de que logremos o no que sean bien dirigidos y cursen a la luz de la conciencia clara y sosegada.
La mente es la eterna compañera, con ella despertamos y con ella nos dormimos, si está intranquila y ofuscada puede adiestrarse para que se vuelva sosegada y clara.
Cuando la salud física no es buena, sea por el motivo que sea, procuramos poner los medios para lograr un bienestar. Por lo tanto, también habremos de poner los medios para lograr un bienestar psíquico: controlar las emociones, los pensamientos, los sentimientos, canalizarlos y transformarlos, y aprender a vivir con aquellos que no logremos domesticar.
Tendríamos que poner en práctica una historia que una vez leí sobre alguien que siempre estaba dichoso, satisfecho, contento. Los que estaban a su alrededor le preguntaban cómo era posible, cómo conseguía estar siempre bien. Él les respondió: “El truco está en que cada mañana al despertar me pregunto: ¿qué elijo hoy: tristeza o alegría?, y siempre elijo alegría”.
Sin embargo, hay situaciones en la vida en que no puedes elegir, no tienes capacidad, la tristeza te desborda, pero siempre has de ser tú quien lleve la batuta. Hay que hacer un gran esfuerzo para intentar ver la botella medio llena cuando, en realidad, está medio vacía, teniendo en cuenta que este “pequeño matiz” es sustancial, es fundamental, cambia la percepción de todo verlo de una u otra forma.
No intento hacer literatura, ni escribir por escribir. Lo único que intento es lograr que las palabras sean traslúcidas, diáfanas, que claree la verdad tras ellas. La verdad de un sentimiento, la verdad de una pena, la verdad de una gran tristeza. Es algo con lo que todo el mundo se puede identificar, nadie está a salvo. Quien más, quien menos, en algún momento de su vida ha sufrido de una forma u otra.
Dice un proverbio español que “en esta vida nada dura, quien hoy tirita, mañana suda”. Me gustaría que la esencia de estas páginas irradiara verdad, realidad. Que se advirtiera de la primera a la última página que todo está escrito ab imo pectore
