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Mucho es lo que se va con la muerte de un hijo, y nada, absolutamente nada, regresa. Permanece tan sólo el recuerdo, herramienta imprescindible para defenderte de todo: del pasado que ha huido, del presente que vives y del futuro que no llegará. Aromas de una ausencia pretende hacer presentes las ausencias, la de Hugo y la de tantos Hugos que hay y que seguirá habiendo. Busca también justificar las presencias ausentes, la mía y la de tantas madres que descubrieron un día que en este mundo nada, absolutamente nada, puede superar en dolor la muerte de un hijo. Intenta analizar la labor del tiempo, al descubrir que el primer año no inmuniza, sino que tan sólo es el primero del resto de una vida. Pretende, en fin, ir un poco más allá de la espontaneidad y transparencia de los sentimientos, para adentrarse en fríos pensamientos y en hondas reflexiones. Tras la pérdida de un hijo hay que seguir viviendo, hay que aprender a hacerlo, incorporando a ese vivir diferentes aromas de una ausencia.
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Seitenzahl: 176
Veröffentlichungsjahr: 2013
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“Mucho es lo que se va con la muerte de un hijo, y nada, absolutamente nada, regresa. Permanece tan sólo el recuerdo, herramienta imprescindible para defenderte de todo: del pasado que ha huido, del presente que vives y del futuro que no llegará.Aromas de una ausenciapretende hacer presentes las ausencias, la de Hugo y la de tantos Hugos que hay y que seguirá habiendo. Busca también justificar las presencias ausentes, la mía y la de tantas madres que descubrieron un día que en este mundo nada, absolutamente nada, puede superar en dolor la muerte de un hijo. Intenta analizar la labor del tiempo, al descubrir que el primer año no inmuniza, sino que tan sólo es el primero del resto de una vida. Pretende, en fin, ir un poco más allá de la espontaneidad y transparencia de los sentimientos, para adentrarse en fríos pensamientos y en hondas reflexiones. Tras la pérdida de un hijo hay que seguir viviendo, hay que aprender a hacerlo, incorporando a ese vivir diferente aromas de una ausencia.”
María José Brito Romeva nació en Les (Val d’Aran, Lleida, 1960). Es licenciada en derecho. Tras la muerte de su hijo Hugo, escribió su primera obra Amarga lluvia, en la que plasmó los primeros sentimientos, los más inmediatos, impulsivos y desgarradores. Ahora, un año después, contenidos estos, con el mismo estilo llano y directo, deja constancia de profundas reflexiones a las que le ha llevado la ausencia de su hijo.
© María José Brito Romeva, 2009
© de la edición impresa: Editorial Milenio, 2010
Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición: febrero de 2010
ISBN: 978-84-9743-350-1
DL L 134-2010
Encuadernación: Fontanet
Impreso en Arts Gràfiques Bobalà, SL
Printed in Spain
© de la edición digital: Milenio Publicaciones, SL, 2013
www.edmilenio.com
Primera edición digital (epub): abril de 2013
ISBN (epub): 978-84-9743-524-6
Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, SL
www.bobala.cat
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A Hugo, por su ausencia presente, por
seguir siendo y seguir estando.
A Ares y a Ángel, por llenar ausencias,
por ser y por saber estar.
“Después de un tiempo…
uno aprende a construir todos sus
caminos en el hoy, porque el terreno
de mañana es demasiado inseguro
para planes…
y los futuros tienen una forma de caerse
a la mitad.
Y después de un tiempo uno aprende
que si es demasiado, hasta el calorcito
del sol quema.
Así que uno planta su propio jardín
y decora su propia alma, en lugar
de esperar a que alguien le traiga flores.
Y uno aprende que realmente puede aguantar,
que uno es realmente fuerte,
que uno realmente vale,
y uno aprende y aprende…
y con cada adiós uno aprende.”
ANÓNIMO
Índice
Sinopsis y biografía
Presentación
1. Hace un año
2. Buscando respuestas
3. La vida discurre hacia delante
4. El tiempo
5. ¿Dios se esconde?
6. La felicidad
7. La muerte
8. Las razones de la sinrazón
9. Deambulando melancólicamente
Palabras para Hugo
Carta de Hugo
10. Andando por la cuerda floja
Agradecimientos
PRESENTACIÓN
Mucho es lo que se va con la muerte de un hijo, y nada, absolutamente nada, regresa. Se va el presente y, aunque pudiera parecer que el presente se nos va cada día que pasa, el que se esconde entre las palabras de Aromas de una ausencia, es otro muy diferente.
Yo hablo de un presente, que de manera imprecisa pero no equivocada, califico de perenne. Ese presente, que al mismo tiempo que avanza sigue estancado, queda retenido en la felicidad, en la alegría, en la esperanza, en la ilusión y en la confianza, porque a la vez que todo va variando, estos pilares, estos contrafuertes y otros muchos permanecen intactos. Hablo de un presente que se tiene entre las manos y que tan pronto quieres que corra como que se detenga; de un presente que es pasado y al mismo tiempo futuro. Este es el presente que ha desaparecido, el que se ha ido y jamás regresará, ese que estaba formado por infinidad de ingredientes: cosas grandes y pequeñas, buenas, malas, importantes, superfluas, por situaciones, por vivencias, por anécdotas… Todo un engranaje que hace funcionar la vida, todo eso que va cayendo en la caja fuerte de lo inolvidable.
También se va el futuro, no el futuro que vendrá, sino el que hubiera venido. Y a pesar de que tanto uno como otro están emplazados en el apartado de la imaginación, el futuro que hubiera venido, aquí se imagina con sufrimiento, porque ese, ese nunca llegará. Y aunque todo futuro es incierto, esperanzador, desconocido, dudoso e indeterminado, el que nos ocupa es, sin embargo, irrefutable, indiscutible e incuestionable.
Poco es lo que queda tras la muerte de un hijo. Permanece el recuerdo, herramienta imprescindible para defenderte de todo, del presente que ha huido, del presente que vives, y del futuro que no llegará; y para defenderte también de la ausencia, de esa ausencia siempre presente, que queda abismada permanentemente contigo tras la muerte de tu hijo. La ausencia se convierte en presencia, y la “falta de” se convierte en “con”, porque a pesar de su ausencia, Hugo sigue presente y sigue conmigo.
Aromas de una ausencia pretende hacer presentes las ausencias, la de Hugo y la de tantos Hugos que hay y que seguirá habiendo. Pretende justificar las presencias ausentes, la mía y la de tantas madres que descubrieron un día que en este mundo, nada, absolutamente nada puede superar en dolor la muerte de un hijo, y que descubrieron también que, a partir de ese momento, su presencia, la de ellas, la mía, sería siempre ausente.
Pretende encontrar ese punto de inflexión, cuya aparición, aparentemente, tiene que surgir de forma obligatoria tras el paso de un año, intenta analizar la labor del tiempo, de ese primer año que no es más que la antesala del resto, de ese tiempo que puede jugar a favor y en contra, que se ramifica doblemente, que corre, pero que al mismo tiempo se momifica, de ese tiempo que no puede curar, sino simplemente enseñar a vivir diferente, a vivir con el dolor, como con una enfermedad crónica, porque el dolor por la muerte de un hijo además de ser acerado y punzante, no puede ser sino eternamente crónico.
Aromas de una ausencia habla del frío que produce la ausencia de un hijo fallecido, y del calor que transmite a veces su ausencia presente, de la necesidad de asumir esa ausencia y de la también necesidad de sentir su presencia. De él, de Hugo, de su aroma, de lo que sigue provocando aún después de no estar presente. De mí, de mis sentimientos, pensamientos y reflexiones que pueden parecer muy personales, y lo son, pero que también son universales. De esa parte de mi vida vacía sin su presencia ausente y llena de su ausencia presente. De la lucha por llenar esos vacíos imposibles, de nostalgias, de añoranzas, de búsquedas y de preguntas. De lo que piensas y de lo que quieres pensar, de lo que haces y de lo que querrías hacer, de lo que vives y de lo que desearías vivir. De ese año que ha pasado, del descubrimiento de que ese año sólo es el primero del resto de una vida, y es entonces cuando el tiempo desaparece, ya no lo miden las agujas del reloj, se transforma en la presencia de una ausencia.
Y tras todas estas pretensiones, se arrastra la duda, y casi casi, el convencimiento de no haber logrado todo lo pretendido, por no ser las palabras aquí escritas las adecuadas, por no tener la suficiente fuerza, por no decir lo que deberían decir, por ser débiles, por la imposibilidad de transcribir el sentimiento real en palabras o en un papel, pues no existe vocabulario, no existen términos lo suficientemente descriptivos. Valga, por lo tanto, mi intento por conseguirlo y la imaginación y la empatía del lector por descifrarlo, pues como aseguraba el filósofo Michel de Montaigne, las palabras son mitad de quien las pronuncia y las escribe, y mitad de quien las escucha y las lee.
1. Hace un año
¡Hace un año que mi hijo Hugo ha muerto!
Y después de un año parece obligatorio recapitular, analizar todo lo perdido, que es mucho, y buscar lo que debería haber encontrado, que es muy poco. Hace un año, entre otras muchas, las preguntas angustiadas eran éstas: si todo volvería a su curso y, si lo hacía, de qué modo lo haría, si se perderían cosas en el camino, si se encontrarían otras…
Hoy, un año después, pocas respuestas hay, únicamente éstas: nada ha vuelto a su curso ni jamás lo hará, se ha perdido casi todo en el camino y no se encuentra prácticamente nada en el que sigue. A partir de aquí hay que continuar andando y viviendo. El recuerdo sigue siendo tan fuerte; no, tan fuerte no, es más fuerte que los primeros días. ¿Qué papel juega este recuerdo? ¿Te ayuda a salir adelante o, por el contrario, te bloquea en un presente y pasado que se me intuyen eternos? Hoy, más de un año después, todavía no lo sé; hoy, más de un año después, no, todavía no estoy mejor. Pero… ¿qué significa mejor? Si espero estar mejor, ¿estoy admitiendo la posibilidad de que el recuerdo de Hugo disminuya algún día? No veo otra forma de estar mejor. El dolor que me produce el recuerdo de Hugo, ¿me une más a él o por el contrario me separa? ¡Basta! No se puede seguir por este camino.
Sí, es cierto que cuando más hundida estoy yo, cuanto más lloro, cuando más desesperanza hay, es cuando más lejos lo tengo a él, por lo tanto cuanto menos lo llore más cerca lo deberé sentir.
“¡Hoy hace un año que nuestro añorado amigo Hugo falleció…!”. Así empezaba el post homenaje que le hicieron a Hugo sus amigos de Charazay Basketball Manager, juego online de baloncesto, el diecinueve de abril de 2009.
Esa sola frase trae el “aroma” de Hugo con fuerza e impregna una parte de nuestro mundo. Otras se impregnaron y trajeron su “aroma” con la misma fuerza en el día del primer aniversario de su muerte. Durante la misa en su recuerdo, con la presencia de su familia y amigos, Mosén Pardell supo encontrar y transmitir también su “aroma”: “…Son perfum omplirà la Glòria Eterna...” (“Su perfume llenará la Gloria Eterna…”) “ni sabríem que passares si no fos pel teu perfum…” (“ni sabríamos que pasaste si no fuera por tu perfume”). Versos de unos bonitos poemas que amablemente me facilitó y que hablaban de perfume, de aroma, ese que yo quiero propagar.
Incluso en el Evangelio de ese día, ¿casualidad?, se podía detectar ese “parir hacia dentro” tan necesario para sobrevivir a la muerte de un hijo. Cuando Nicodemo le dice a Jesús: “¿cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Puede acaso entrar de nuevo en el seno de su madre para renacer?”, el Maestro le responde: “Si os he hablado de cosas de la tierra y no me creéis, ¿cómo me creeréis si os hablo de las cosas del cielo?” (Jn 3, 1-8).
También llega su aroma en esos momentos en que se reúnen sus amigos recordándole, especialmente el día del primer aniversario de su muerte, con música de El Canto del Loco de fondo y, de pronto, como por casualidad, cae una estrella fugaz. Ya hablaremos en su momento de casualidades. O cuando aparece en el cementerio una flor, una nota, un corazón… También cuando sus amigos le dedican una canción y también cuando todas las temporadas se disputa elTrofeo Hacheybéentre el ganador de la Liga de Campeones y el ganador del Torneo de Ganadores de Copa. Trofeo creado en honor a Hugo y en su recuerdo.
Pero ese “aroma” que lo impregnó todo en el aniversario de su muerte, yo también lo percibo frecuentemente, muy a menudo, en el día a día y de manera especial los días diecinueve de cada mes y a través de Amarga lluvia. Allí está siempre Hugo, allí está su “aroma”, ese aroma que llega a conocidos y desconocidos, a otros mundos, al mismo mundo en definitiva, porque en este mundo hay muchos mundos, pero todos son el mismo.
¡Hace un año que mi hijo Hugo ha muerto! Anoté esta frase y tiempo después pude continuar escribiendo, porque entendí que si esperaba a que el sentimiento cambiase, jamás seguiría haciéndolo. Del mismo modo, soy consciente de que si un día no me obligo a poner punto final, tampoco jamás dejaré de escribir, pues tengo la absoluta seguridad de que estos sentimientos me sepultarán siempre. Es posible que si se produce un cambio, ni siquiera lo pueda apreciar.
En cualquier caso, lo que no puede hablarse porque crea sufrimiento, sí se puede escribir. La literatura no sirve para cambiar las cosas, pero algo de terapia tiene, porque como decía Voltaire: “Cuando escribo que lloro, no me hace falta llorar”.
¡Hace un año que mi hijo Hugo ha muerto! Dice la sabiduría popular, los especialistas en duelos y otros tantos… que el primer año es el peor, porque es cuando se viven las primeras veces sin él; la “primera” Navidad, el “primer” cumpleaños, el “primer” santo, el “primer” aniversario de su muerte, las “primeras” vacaciones… A partir de entonces, todo amaina.
Está bien, eso dicen, pero yo, que lo estoy viviendo en “primera” persona, permitidme que diga todo lo que sigue. No he pretendido crear nunca una terapia de ayuda, sería absurdo, ya están todas inventadas, sin embargo tengo el convencimiento de que este libro puede ayudar a todo aquel que sea capaz de asumir la realidad tal cual es, pero no a quien busque recetas milagrosas o pócimas mágicas o conjuros secretos y no quiera llamar a las cosas por su nombre. Llamar a las cosas por su nombre es duro, duele decirlas y duele oírlas decir, pero es la única manera de no enfermar, de no desequilibrarte, de poder sobrevivir, porque como dicen por ahí: “la verdad es lo que es, aunque se mire al revés”, y, si se obvia la realidad, ésta acaba siempre vengándose. Esto no lo dicen por ahí, esto lo dice Ortega y Gasset.
Tiene que haber un momento de palabras bonitas, de frases de esperanza, de anhelos de vida; pero también debe haber otro de verdad, de realidad, de crudeza, este momento también es necesario y además ayuda.
Podemos escoger un camino disfrazado o uno serio siendo sinceros con nosotros mismos. No hay más opciones. Hay ciertas cosas que no se pueden cambiar, o las aceptas o asumes que no las aceptas. Asumiendo esto, por lo menos te estás aceptando a ti mismo. Arnaldo Pangrazzi, presidente del Comité Europeo Pastoral Care, afirma: “El proceso del duelo requiere una actitud mental realista y positiva”. En lo de realista estoy de acuerdo pero el positivismo no lo encuentro por ningún lado. A veces intentamos forzar la salida en vez de convivir con la tristeza, queremos escapar antes de hora, y ese anhelo de huir, de no querer permanecer junto a lo que estamos viviendo, paradójicamente nos lo hace sufrir más y de forma más patológica.
Hay que hacer el mayor de los esfuerzos del que uno es capaz para intentar superar con dignidad, elegancia y paz interior los momentos difíciles, que son muchos. La solución no está en dejar de pensar en lo que te duele porque aparentemente no te reporte nada. Hay que hacer frente a las tormentas, a veces necesitas ponerte a resguardo y otras necesitas mojarte porque cuando llueve lo mejor es dejar que llueva. Hay que armarse de hormigón por dentro. En ocasiones tienes que luchar contra tu estado de ánimo y en otras lo que debes hacer es instalarte en él para conocerlo mejor, para saber con quién estás tratando, para poder encontrar su punto débil, para no perder de vista la realidad, para que no se cierre el corazón a esa emoción, para no anestesiarte, porque si te anestesias también quedas anclado en lo que te ha pasado, y esa ancla te impide mover, es decir, sobrevivir.
Debes conjugar y armonizar lo que te ha pasado con lo que te está pasando, porque la vida sigue andando te guste o no y tú estás dentro de ella.
Paulo Coelho lo expresa muy bien cuando dice que lo que ahoga a alguien no es caerse a un río, sino permanecer sumergido en él. Si en lugar de afrontar el problema, la situación, lo que te ha pasado, te quedas inmóvil, te ahogas.
Un antiguo relato hebreo cuenta la historia de un burro al que quisieron enterrar vivo en un pozo. El animal en lugar de permitir que las paladas de tierra lo sepultaran poco a poco, se movía de tal forma que la tierra que le tiraban se iba depositando bajo sus patas. Al final el nivel del suelo había subido tanto que había cubierto el pozo, por lo que el burro pudo salir de un brinco, feliz y resuelto.
Si esto se dice de un burro, ¿no seré yo capaz de conseguir algo parecido? Las intenciones siempre son buenas, pero como al final la terrible realidad es que Hugo no está, todas se derrumban. Cualquier otra cosa, moviéndome como el burro del relato podría dejarla bajo mis pies, pero no la muerte de mi hijo, eso siempre va a estar por encima de mi cabeza, presidiéndolo todo. A pesar de que este solo disparo ha matado de una vez tantas cosas, sigue habiendo un estallido de sensaciones y sentimientos a modo de fuegos artificiales (por el estallido, no por su connotación festiva evidentemente) que no dan tregua. Esto debe ser porque mi alma, a quien no han matado, tiene mucho que decir.
Mi discurso sigue siendo doble y contradictorio, pero real. Y en esta realidad hay que seguir hablando de la muerte, de la vida, de la fe, de Dios, de las relaciones humanas, del tiempo, de los pensamientos, de los sentimientos…
Una cosa son los pensamientos y otra los sentimientos. Los sentimientos ya sean buenos o malos siempre son puros, verdaderos y transparentes, porque nacen de dentro de ti, de dentro de tu alma, son ingobernables, no dependen de ti, de tu pensamiento, los sientes y punto. Son espontáneos, no debes poner ninguna estrategia en funcionamiento para que surjan, son imprevisibles e independientes de la voluntad. Aparecen cuando y como quieren, no piden permiso ni para entrar ni para salir. Descartes, dicen, los hizo responsables de todo lo que experimentamos como bien y como mal. Sin embargo, los pensamientos nacen en la mente y la mente siempre está más contaminada, es más retorcida y más opaca. Con un poco de entrenamiento es fácil distinguir unos de otros. Hay que controlar el pensamiento y lo que hacemos con él, porque de ello depende cómo somos y en lo que podemos convertirnos. El pensamiento me hace daño, decía el escritor italiano Giacomo Leopardi, él me matará. Hoy existe la certeza científica de que se puede cambiar la estructura molecular del cerebro con el pensamiento, es decir, que somos lo que pensamos. Dicen que de este descubrimiento reciente se hablará mucho en los próximos años.
Del sentimiento se apunta que es el lenguaje del alma y que si quieres saber hasta qué punto algo es cierto para ti, tienes que prestar atención a lo que sientes al respecto, y que por lo tanto hay que escuchar al silencio de la mente, a los sentimientos del corazón y a la verdad del alma. Dicen que uno de los pilares básicos de una comunicación efectiva es hablar en permanente contacto con los sentimientos.
A los indios yupik de Alaska, desde pequeños se les enseña que lo que piensan lo tienen que sentir y lo que sienten lo tienen que pensar.
Se dice también que no hay que confundir el pensar de manera positiva con hacer magia. El pensamiento mágico según Sigmund Freud es la manera de pensar privilegiada que tienen los niños pequeños, que son incapaces de distinguir entre los sueños, las cosas reales y las cosas imaginarias, y se imaginan que querer y poder son lo mismo y que sus deseos son poderosos. Dice el psicoanalista Adam Philips que “cuando somos conscientes de una triste realidad, por fuerza tenemos que sentirnos atormentados –negando un poco la psicología positiva que actualmente está muy de moda–, y que el que puede mirar una realidad dolorosa y triste, y estar contento, tiene alguna cosa que no le funciona correctamente”.
O sea que hay que llamar a las cosas por su nombre, como decía anteriormente, aunque alguna de esas cosas se llame “muerte de tu hijo”. Dará igual que haya transcurrido un año, dos o cien. La pregunta siempre será la misma, ¿por qué? Y este por qué lo dirigirás en todas direcciones: arriba y abajo, a derecha y a izquierda. También te preguntarás siempre ¿dónde?, dónde está tu hijo, dónde ha ido su vida, dónde le ha llevado la muerte. Y también te preguntarás ¿cómo?, cómo está ahora, cómo está viviendo la muerte, si es que es posible esta incongruencia de poder vivir la muerte. Incluso te preguntarás ¿cuándo?, sí, cuándo verás tú la muerte para poder ver así a tu hijo, porque sabes que en el fondo, allí es donde tendrán fin las añoranzas, las ausencias y las preguntas, porque supongo que habrá que emprender este viaje al silencio que es la muerte, para obtener respuesta a todo.
