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Sam Rasheed necesitaba una decoradora de interiores para su casa y Kim era diseñadora y, además, necesitaba trabajo. En principio, parecía sencillo, pero, cuando se encontraron frente a frente, Kim supo que primero tendría que convencerlo de que la alocada jovencita a la que él había rechazado hacía once años era ahora una mujer de negocios responsable y capaz de controlarse. Y, sobre todo, iba a ser complicado demostrarle que tenía todo bajo control si él seguía acercándose tanto...
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Seitenzahl: 195
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Karen Van Der Zee
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amor de diseño, n.º 1427 - agosto 2021
Título original: Hired Wife
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-882-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Si te ha gustado este libro…
LA PUERTA de la habitación hizo un leve ruido y Kim se removió en la cama. Con los ojos entreabiertos, vio entrar a un hombre moreno. No se distinguía bien su figura en la habitación, apenas iluminada por la luz de la luna. La ventana estaba abierta. Afuera, las hojas de las palmeras se movían con la brisa del mar y se oían las olas golpear contra la playa.
Se cerró la puerta, y el hombre se acercó a la cama sigilosamente. Kim vio algo blanco; ¿una camisa tal vez?
Poco a poco empezó a ver más. Era alto y de hombros anchos. Su cara estaba en sombras. Ella hizo un esfuerzo por ver más y notó que el hombre se estaba desabrochando la camisa. Luego se la quitó. La luna iluminó su pecho con su manto de plata.
No pudo ver su cara.
No importaba. Kim cerró los ojos. Sonrió en la oscuridad, y se preguntó dónde estaba. ¿En una isla?
La brisa soplaba por encima de la cama, acariciándole la cara y los hombros desnudos.
Suspiró profundamente. Se sentía bien.
Lo sintió a su lado; sintió su cuerpo contra el de ella, cálido, duro, fuerte. Él la rodeó con sus brazos y ella se cobijó en ellos. ¡Él era tan grande y ella tan pequeña! Parecía que podía tragársela.
Kim se sintió feliz. Aquellos brazos eran sus dueños. En ellos se sentía segura, a salvo.
Sintió deseo. La inundó la esencia de él y la sangre empezó a galopar por sus venas.
—Hola Kim —susurró él en su oreja.
—Hola —contestó ella, mareada por su presencia.
Él empezó a besarla. Le dio tiernos besos detrás de la oreja. Luego llegó a la boca.
—Hueles deliciosamente —murmuró él.
Le acarició el cuerpo y ella disfrutó de aquel contacto. Sintió el deseo de su cuerpo y de su alma; y el deseo de amarlo, de abrazarlo, y de no soltarlo jamás.
Él susurró algo mágico y secreto que ella no comprendió. Alzó la vista y lo miró. Le acarició la cara, recién afeitada.
—¿Quién eres? —preguntó ella en un susurro.
Kim protestó con un gemido al notar la claridad. Hubiera preferido seguir en la oscuridad.
El ruido del tráfico de Nueva York se oía a lo lejos. Ella hundió su cara en la almohada. Quería oír el ruido del mar, los susurros de palabras de amor, la exquisita sensación de sus manos acariciándola. Cerró los ojos, deseando respirar la fragancia del hombre que había compartido su cama. Pero no lo logró. No quería dejar la magia de la noche, pero tenía que hacerlo.
Estaba despierta. No lo podía negar más. No podía negar la triste realidad de que no había habido ningún amante en su cama por la noche.
Era la tercera vez que tenía el mismo sueño. Había sido un sueño maravilloso. Pero, ¿qué significado tenía? Era muy turbador hacer el amor con un hombre que no conocía… Sin embargo, misteriosamente, el hombre le resultaba familiar en cierto modo.
Era absurdo tener un sueño así, sobre todo en aquel momento, en que estaba harta de los hombres.
No quería tener ningún amor ni relación que le complicase la vida. Los hombres demandaban demasiada atención. Estaba harta de ellos y sentía que se merecía un descanso.
Si conseguía que Tony la dejase de molestar, tal vez encontrase la paz.
Lo había conocido en una fiesta hacía tres semanas, y enseguida se había dado cuenta de que a Tony sólo le interesaba hablar de sí mismo. Y, para su desesperación, ella le había gustado, y él no dejaba de molestarla ideando diferentes tácticas para que le hiciera caso.
Le hacía gracia. Pero no estaba interesada en él.
Se sonrió recordando sus artimañas para conquistarla: le había enviado una flor mustia y un poema, como broma para hacerle ver lo triste que estaba él porque ella no le daba su amor. Le había enviado unas reservas para un crucero por el Caribe. Ella se las había devuelto, por supuesto.
Recordó el sueño otra vez.
Se levantó y fue a la ducha.
Jason, que compartía su apartamento, se duchaba con agua fría. Era una forma de mantenerse despierto para trabajar más horas en su tesis. Puso el agua más caliente y se metió debajo del agua.
No más hombres. Tenía que concentrarse en su profesión. Tenía veintiséis años y tenía mucho tiempo por delante para dedicárselo a los hombres. O mejor dicho para el hombre de su vida. Y para tener hijos. Les enseñaría a hacer galletas, a pintar, a esculpir, a cantar y bailar el vals. Tendrían una familia feliz y creativa.
Pero todavía no.
Se secó y volvió a su dormitorio.
Se puso una falda larga estrecha llena de colores y una blusa de seda blanca. Se cepilló el pelo mientras tarareaba una canción. Finalmente se lo recogió. Le molestaba para trabajar. Se miró en el espejo: rubia de ojos azules, como las muñecas. Se maquilló un poco y se puso unos pendientes.
Fue a la cocina y preparó el café. Miró por la ventana: techos, paredes de ladrillos, chimeneas y tanques de agua; un paisaje un poco desordenado.
Tal vez necesitase un cambio de escenario, hacer algo diferente, irse a algún sitio, apartarse de los hombres.
Pero, ¿por qué pensaba en un cambio? Era feliz, amaba su trabajo y su casa, amaba Nueva York y a sus amigos. ¿Qué más podía pedir?
Un amante sexy…
—No, no me hace falta —dijo en voz alta.
En ese momento salió Jason de su habitación. Era alto, rubio, atractivo, pero no hacía vida social.
—Buenos días —dijo Kim animosamente, y le sirvió una taza de café.
—Gracias —Jason tenía cara de sueño. Se apoyó en la encimera.
—Siéntate.
—He estado sentado toda la noche.
—Cuando sueñas… ¿has tenido alguna vez la sensación de que hay un mensaje en un sueño?
—Yo no sueño —dijo Jason.
—Todo el mundo sueña. Lo que pasa es que no recuerdas siempre los sueños.
—Lo que me libera de la preocupación de interpretarlos.
Kim suspiró.
—Últimamente sueño siempre lo mismo. Empieza a ser un poco… preocupante.
—¿Qué tipo de sueño? ¿Te persigue alguien? ¿Te caes a un agujero interminable?
—No. Es más bien… algo más romántico. Un hombre que no conozco entra en mi habitación cuando estoy en la cama. Me quita la ropa…
—No hace falta que entres en detalles —dijo Jason, tomando un trago de café.
Kim se rió. Lo había hecho a propósito. Para ver hasta dónde aguantaba la historia y le decía que no contase más.
—¿No has tenido nunca un sueño erótico o romántico?
—Ya te lo he dicho. No sueño. Tengo que volver a trabajar.
Ella lo observó darse la vuelta, mostrarle una espalda ancha y marcharse. Kim se sonrió.
El sueño la acompañaba a todas partes. Incluso mientras trabajaba; cuando hablaba acerca de los diseños de una línea de lámparas que ella había creado para una marca de decoración de interiores, que las mandaría fabricar en Honduras.
¿Cuántos hombres de hombros anchos había en Manhattan? Nunca se había fijado en ello, pero ahora los veía por todas partes, y se los imaginaba entrando en su habitación.
Se estaba volviendo loca.
Volvió a casa y siguió trabajando con el ordenador. Una amiga la llamó para que fueran a cenar. En cierto modo era un alivio. Así dejaría de pensar en «él».
Al volver a casa aquella noche, Kim encontró un mensaje de su hermano, Marcus, en el contestador. Tenía que hablar con ella. Que lo llamase al día siguiente a la oficina. Le picaba la curiosidad.
Kim miró el reloj. No, era muy tarde para llamarlo en ese momento. Su esposa, Amy, embarazada de su tercer hijo, estaría dormida y podría despertarla.
¿Qué querría decirle Marcus?
Se preparó para irse a la cama. Al menos, su vida no era aburrida: tenía un admirador que le enviaba poemas, un amante desconocido que invadía sus sueños, y un hermano que la intrigaba. Le gustaba su vida.
Se acomodó la almohada y se durmió.
Nuevamente apareció el hombre aquella noche. Se quitó la ropa y se metió en la cama.
—Hola —murmuró ella—. Me alegro de que hayas vuelto.
No le podía ver la cara.
—¿Quién eres? —le preguntó.
—Tú sabes quién soy, Kimmy, lo sabes bien.
Kim llamó por teléfono a Marcus al día siguiente a las ocho menos diez de la mañana.
—Kim, ¿recuerdas que siempre estás diciendo que quieres volver al Lejano Oriente para volver a encontrar la inspiración artística?
Kim suspiró anhelante.
—Sí, claro.
El problema era cómo hacerlo.
Su familia había vivido en la isla de Java, Indonesia, durante cuatro años y había vuelto a Nueva York cuando Kim tenía quince años. A ella le había encantado el Lejano Oriente, la escuela internacional a la que había ido y la belleza de la isla. Había deseado volver cuando fuera mayor.
—Estoy esperando que me toque la lotería.
—Bueno, a lo mejor no te hace falta. Sam ha vuelto a Nueva York, y está organizando…
El corazón de Kim dio un respingo y ella ya no pudo oír más.
—¿Sam? ¿Te refieres a Samiir?
A PESAR de los años que habían pasado, el sólo hecho de oír su nombre le aceleraba el corazón. Se asombraba de sí misma. Sam, el sobrenombre de Samiir, el jeque árabe de sus fantasías infantiles. Hacía cerca de once años que no lo veía. Desde los quince años, cuando había estado locamente enamorada de él. En aquel entonces, Sam tenía veintitrés años. ¡Oh, Dios! ¡Se había puesto en ridículo entonces!
Sam había sido compañero de universidad de Marcus, y su hermano lo había llevado a su casa los fines de semana y en las vacaciones. Ella había estado loca por su pelo negro, sus enigmáticos ojos, su atractiva apariencia y sereno dominio de sí mismo. ¡Era tan misterioso!
En realidad, Sam no era un jeque, sino un ciudadano americano, hijo de padre jordano y madre griega, que habían emigrado cuando él tenía diez años.
—Te acuerdas de Samiir, ¿verdad? —le preguntó Marcus.
Ella respiró profundamente.
—Sí, vagamente —mintió ella.
Marcus se rió fuerte.
—Seguro, seguro…
No había conseguido engañarlo, por supuesto. Lamentablemente, Marcus se había enterado del amor que había profesado su hermana por su amigo, pero esperaba que no se hubiera enterado de sus fantasías con él.
Kim había sido una muchacha romántica, con una imaginación muy fértil.
Se lo había imaginado muchas veces con una túnica blanca y un turbante en la cabeza. Había imaginado escenarios en donde ella se perdía en el desierto y en los que Sam la rescataba con un camello. La llevaba luego a su tienda, llena de hermosas alfombras, de teteras de cobre y bandejas con dulces e higos frescos. Y, por supuesto, él siempre se enamoraba apasionadamente de ella.
Sam, no obstante, le había asegurado una vez, cuando ella se lo había preguntado, que jamás había tenido una túnica blanca ni había usado un turbante en la cabeza. Le había sonreído magnánimamente y le había dicho:
—Tenía diez años cuando me fui de Jordania, Kim. Usaba vaqueros y camisetas —luego se había reído—. ¡No te decepciones, pequeña!
Eso de «pequeña» le había dolido. Pero, ¿qué esperaba? Ella tenía quince años entonces, y parecía que tenía doce. Era bajita y delgada, llevaba un aparato en los dientes, y encima era la hermana pequeña de su amigo.
Kim apretó el teléfono intentando concentrarse en la conversación.
—¿Qué has dicho de que Sam está en Nueva York?
Prácticamente no había oído hablar de Sam en aquellos años. Una vez había oído decir a Marcus que trabajaba con su familia y que se dedicaba a recorrer el mundo haciendo negocios para la empresa de electrónica que tenían.
—Se queda aquí un mes. La empresa de Electrónica de Rasheed va a poner una fábrica en Java, y él va a vivir allí quién sabe por cuánto tiempo. Quiere que alguien le consiga una casa, la amueble, y contrate al servicio doméstico y esas cosas.
—¿No tiene una esposa para que lo haga?
—No. Supondría un problema, creo. Tendría que dedicarle tiempo, luego querría niños… Imagínate —dijo Marcus con humor.
Marcus estaba felizmente casado y tenía unos traviesos mellizos de cuatro años. El nuevo bebé nacería pronto.
—De todos modos, mencionó Java, y yo me acordé de que tú siempre habías querido volver. Podrías hacer el trabajo fácilmente, de hecho, podrías hacerlo increíblemente bien. No sé cuánto tiempo tendrías para tus búsquedas artísticas y profesionales, pero estoy seguro de que podrías negociarlo.
El Lejano Oriente. La isla de Java. Sam. Buscar una casa para Sam y prepararla para ir a vivir.
Era una oportunidad.
¿No se había estado preguntando si no necesitaría un cambio de escenario en su vida?
—Va a venir a mi oficina esta tarde. Tenemos que arreglar unos asuntos de negocios. ¿Por qué no te pasas por allí a las… seis, por ejemplo? Yo había pensado que cenáramos juntos, pero él tiene que ir a otro sitio.
—A las seis. Allí estaré.
—Kim es perfecta —dijo Marcus mirando a Kim y luego a Sam, que estaba al lado de la ventana.
Sam llevaba la chaqueta del traje abierta y las manos en los bolsillos. La estaba observando detenidamente, al parecer desconfiando de su perfección.
Era más atractivo de lo que lo recordaba. Mayor, más maduro. Tenía una cara angulosa, un cuerpo musculoso debajo de su traje caro. Había tomado su mano y había sonreído amablemente cuando ella había entrado.
—Bueno, hola, Kim —había dicho—. ¡Qué agradable sorpresa!
—Yo también me alegro de verte —contestó ella.
—Ella es absolutamente perfecta —repitió Marcus.
Kim se sentía como una mercancía en un expositor. Lamentó haberse puesto un vestido un poco frívolo, demasiado corto.
—Soy absolutamente perfecta —dijo ella. Quería el trabajo.
—Habla indonesio —siguió Marcus.
—Eso es importante —dijo Sam.
Ella se puso un mechón de pelo detrás de la oreja, deseando habérselo recogido en lugar de haber dejado sueltos todos esos rizos colgando salvajemente.
—Y es muy buena relaciones públicas —continuó Marcus—. ¡Incluso sabe cocinar! ¡Imagínate! ¡Una mujer de los noventa que sabe cocinar!
—Asombroso. ¿Manejas windows?
—No, pero sé escribir a máquina —dijo ella seria, a modo de burla.
—Es muy modesta —comentó Marcus—. Maneja ordenadores, procesadores de textos, sabe meterse en cuestiones de cibernética. Muy útil en caso de emergencia.
—¿De verdad? —Sam arqueó una ceja.
—Sí.
Debía costarle creer que la muchacha rubita que había conocido hacía años fuera capaz de algo tan complicado como manejar un ordenador.
—Y sabe entretener a la gente. Celebra fiestas fabulosas. La gente a veces le paga para que les organice las fiestas.
—Y puedo arreglar cosas que se estropean, enchufes, y cosas así. Soy bastante habilidosa.
—No le dan miedo las serpientes ni nada de eso, además —agregó Marcus.
—Soy una mujer del renacimiento —sonrió a Sam.
Sam sonrió. El corazón de Kim se puso alerta, para asombro de ella.
—Estoy anonadado —dijo Sam.
Sam era demasiado controlado, demasiado frío, pensó ella.
—Y te saldrá barata —dijo su hermano como si estuviera vendiendo una esclava.
Kim lo miró.
—No soy barata. Quiero que paguen adecuadamente mis servicios —dijo ella.
El problema era que, aunque era muy eficiente y seria en su trabajo, no lo parecía.
Tenía pecas, unos ojos azules de muñeca y unos pechos grandes. Realmente los hombres no pensaban en su eficiencia cuando la conocían.
—Tengo que pensarlo —dijo Sam.
Sam seguía siendo el mismo: introvertido, reticente, impenetrable. No tenía sentido del humor. Y era imposible saber en qué estaba pensando.
Pero, cuando sonreía, el corazón de Kim se ponía de fiesta.
—Lo lamento, pero me tengo que ir. Ha sido un placer volver a verte después de todos estos años, Kim.
Parecía sincero.
Dos días más tarde, todavía no había tenido noticias de él.
Ella no había dejado de pensar en Indonesia, en su trabajo y en Sam.
Era un error, por supuesto. Él no era su tipo, a pesar de lo atractivo que era, del éxito que lo rodeaba, y de sus manos bien arregladas.
Kim empezaba a ponerse nerviosa.
Decidió llamarlo, lo que era más fácil de decir que de hacer. Pero, al final, después de pasar por varias recepcionistas, secretarias y ayudantes dio con él.
—Buenos días, Sam —dijo, tratando de poner tono profesional—. Siento molestarte, pero me estaba preguntando si habrías tenido tiempo de pensar en el trabajo del que hablamos. Te marcharás pronto y sería bueno empezar con algunas cosas cuanto antes.
Hubo un silencio.
—¡Dios santo! No estarás hablando en serio, ¿verdad?
—¡Oh, sí! Muy en serio.
Al parecer, él se había creído que estaban hablando en broma.
—¿Quieres venir a Java para dejar lista mi casa?
—Sí, me encantaría.
—Poca gente cambiaría su lugar de residencia por un trabajo así.
—Bueno, yo sí. Cuando tomo una decisión me guío por mi instinto, y no por la racionalidad.
—No sé si me tranquiliza saberlo.
—Supongo que no. Tu vida debe de guiarse por la lógica y la razón; por el sentido común y el intelecto.
—Sí, empleo todo eso para sacarle ventaja a los negocios.
Kim puso cara de disgusto. Sam debía de ser una persona muy aburrida.
—Bueno, no te preocupes. Sé lo que quiero y… —le dijo para tranquilizarlo.
—Es una locura, Kim —la interrumpió—. No voy a ayudarte a hacer algo tan absurdo. Contrataré alguien de allí.
Kim se enfadó. Sam estaba hablando con ella como si estuviera hablando con una niña y no con una mujer.
—Sam. Ya no tengo quince años… Sé muy bien lo que quiero. Y quiero ir a Java y…
—Kim no tengo tiempo para tonterías. Estoy en una reunión. Tengo que dejarte.
—¡Sam! Yo…
—Debo irme. Perdóname, por favor…
Sam colgó.
Estaba disgustadísima. ¿Quién se creía que era para colgarle de aquel modo? ¿Y a quién iba a contratar? ¿A la esposa de algún ejecutivo que no tuviera nada que hacer? ¿A alguien que no tuviera gusto ni sentido del diseño?
Se imaginó una casa horriblemente decorada. Se rió.
Tenía que hacer que Sam se fijara en ella, pensó Kim, echada en la cama.
Llamarlo por teléfono no resultaría. Lo invitaría a cenar. Al fin y al cabo, no se trataba de un desconocido. Conocía muy bien a su familia. No podría rechazar la invitación. Y una vez que lo tuviera en un restaurante no tendría más remedio que escucharla.
Al día siguiente volvió a llamar a Sam.
Le dijo a las secretarias que era Yasmina, la hermana de Sam, que lo llamaba desde Jordania por un asunto de negocios.
—Sam, lo que quiero es que me dediques un rato de tu tiempo —le dijo cuando él atendió el teléfono.
—Kim, pensé que eras mi hermana, Yasmina.
—No tienes ninguna hermana.
—Sí, lo sé —dijo él secamente.
—Pero todo ese ejército de gente que tienes protegiendo tu tiempo no lo sabe.
—Voy a tener que hablar con ellos —dijo él con humor.
—Sam, te llamo para invitarte a cenar —lo había logrado. Se había atrevido a invitarlo—. Cualquier noche de esta semana.
—Estaré encantado de cenar contigo, pero con una condición.
—¿Qué condición?
—Que dejes que sea yo quien te lleve a cenar.
Ella se rió, aliviada.
—Sam…
—Sé lo que vas a decir, pero no discutamos, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Excelente. ¿Qué te parece esta noche? —dijo él.
—Me parece bien —contestó ella.
Su hermana, Yasmina, ja, rió él. Había sabido que era Kim quien estaba al teléfono, esa mujer del renacimiento.
Pero no se saldría con la suya.
Desde que la había visto en la oficina de Marcus, no había podido quitársela de la cabeza.
Cuando lo había llamado la primera vez, la había tratado muy secamente, más que nada porque estaba enfadado consigo mismo por pensar en ella.
Era una criatura adorable, espontánea, vivaz… Como siempre.
Sería interesante ir a cenar con ella.
Kim miró el ropero. No había nada que le gustase. Pero no tenía tiempo de ir a comprarse nada. Le encantaba la ropa, pero no la ropa formal, lo que, afortunadamente, su trabajo de diseñadora comercial no requería.
Pero esa noche necesitaba algo sofisticado para ir a cenar.
Al fondo del ropero encontró algo: un traje negro, sobrio, apropiado para la ocasión. Lo había usado en el funeral de su tío Amos el año anterior.
Ahora le faltaba ver qué hacía con el cabello y qué complementos se ponía. Eligió una cadena y unos pendientes de oro, regalo del conservador de su padre. El pelo se lo recogería.
¡Seguramente impresionaría al señor Sam con su imagen de ejecutiva!
Sam fue a buscarla en una limusina.
Kim lo estaba esperando fuera. El chófer le abrió la puerta y ella se sentó al lado de Sam.
El coche tenía frigorífico, ordenador, televisión, fax, teléfono y bar. Era un vehículo de la empresa para los ocupados ejecutivos que necesitaban seguir con su trabajo mientras iban a aeropuertos, hoteles, o a los apartamentos de sus novias.
—Hola —dijo ella.
Sam llevaba un pantalón y una chaqueta azul. Estaba deslumbrante.
Aunque Sam, seguramente, estaría deslumbrante con cualquier ropa.
Ella estaba lo suficientemente cerca como para notar las arrugas de sus ojos, ver que estaba recién afeitado y que, en el fondo de su mirada, había unos destellos profundos.
—Casi no te he reconocido.
—En realidad ni yo me reconozco. Me vestí con este traje una sola vez, en un funeral.
Él se rió.
—¿Un funeral? Espero que no te sientas como yendo de funeral esta noche.
—No te preocupes, no suelo sentirme de funeral casi nunca. Es muy deprimente.
—Y tú no eres una persona depresiva. Al menos, no lo eras de niña.
—No.
Tenía que tener cuidado de que no la confundiera con la niña que había conocido. Seguramente la muchachita aquella, loquita de amor por él, habría elegido un vestido rojo, el color de la pasión.
Era la primera vez que iban a cenar juntos, solos. Eso diferenciaba aquella ocasión de todas las demás.
