Un tornado en su corazón - Karen Van Der Zee - E-Book

Un tornado en su corazón E-Book

Karen Van Der Zee

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Beschreibung

Junto a él pasó noche tras noche en vela... Lo último que Sam deseaba era tener a un desconocido en casa durante tres meses. Quizá tuviera que compartir su espacio con David, pero no tenía la menor intención de perder su tiempo con él. Pero David siempre estaba allí; enfadándola y haciéndola reír y divertirse más que en toda su vida... Y, durante las largas noches sin dormir, enseñándole cuánto la deseaba. Sam no quería enamorarse, pero los encantos de David estaban consiguiendo poco a poco derrumbar todas sus defensas. Y en tres meses él se habría ido... ¿o no?

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Seitenzahl: 158

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2003 Karen Van Der Zee

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un tornado en su corazón, n.º 1445 - diciembre 2017

Título original: Midnight Rhythms

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-9170-728-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

HABÍA un hombre al borde de la piscina; un hombre completamente desnudo bajo la luz de la luna, en todo su masculino esplendor.

–Debo estar volviéndome loca –murmuró Samantha para sí misma–. Sufro alucinaciones.

Pero no, eso no podía ser. Estaba exhausta. Se había quedado sin gasolina y llevaba dos kilómetros cargando con una mochila llena de libros. Además, solo dormía cinco horas al día; esa debía ser la razón por la que estaba alucinando. Samantha cerró los ojos un momento y después volvió a abrirlos. No había ningún hombre desnudo en la piscina.

Afortunadamente, pensó, porque lo único que deseaba era darse una ducha y dormir un rato.

Entró en la casa, soltó la mochila y prácticamente se tiró en la cama mientras tomaba el teléfono para llamar a Gina.

–Me estoy volviendo loca –le dijo a su amiga–. Estoy perdiendo la cabeza por completo.

–¿El profesor calvo ha vuelto a meterte mano?

–No es eso –suspiró Samantha–. Creo que veo cosas raras. ¿Eso es lo que pasa cuando estudias derecho mercantil con solo cinco horas de sueño al día?

–¿Cómo que ves cosas raras?

Sam soltó una carcajada.

–No te lo vas a creer. Me quedé sin gasolina a dos kilómetros de casa…

–Te creo –la interrumpió su amiga–. Eso ha sido una advertencia, una metáfora. Si no te relajas un poco te quedarás sin combustible. A ver, dime qué cosas crees ver.

–Un hombre desnudo al borde de la piscina.

–¿Un hombre?

–Sí –contestó Sam–. Completamente desnudo bajo la luz de la luna. Parecía una estatua griega o el David de Miguel Ángel. Era divino. Hablando artísticamente, claro.

–Claro –rio Gina.

–Parecía estar como en su casa, al lado de la piscina, bajo los árboles, con la luna sobre su cabeza. Como una estatua –insistió Sam. Entonces recordó algo–. Ah, claro, ahora lo entiendo. Alguien me enseñó ayer fotografías de sus vacaciones en Italia, con las fuentes y las estatuas… Eso debe de ser, un truco de la luz.

–Pffff. Qué alivio. Empezaba a pensar que estabas volviéndote loca por lo que te dije ayer.

Samantha arrugó el ceño.

–Se me había olvidado.

Gina pensaba que ya era hora de que buscase pareja, que llevaba mucho tiempo sola y merecía vivir un gran amor. Lo decía con buena intención, pero Sam no estaba de humor para romances. Tenía demasiadas cosas que hacer. Trabajaba hasta las cinco y después iba a la facultad para conseguir su título universitario. Estaba decidida a terminar la carrera en el mes de mayo, cuando cumpliese los treinta.

–Lo que necesito ahora no es un hombre, sino una ducha y ocho horas de sueño. Como mañana no tengo que estudiar, me levantaré a las siete.

–¡Las siete de la mañana, qué emoción! ¿Y qué pasa con tu coche?

–Ay, es verdad –suspiró Sam, pasándose una mano por el pelo. Fuerte y rizado, la única forma de controlarlo era hacerse un moño o una coleta. Quizá debería cortárselo, pensó. Así estaría más cómoda. Pero entonces tendría que ir a la peluquería cada tres por cuatro y ella no tenía ni tiempo ni dinero para eso.

Samantha dejó escapar un largo suspiro. Siempre con sus problemas de tiempo, siempre con sus problemas de dinero… Y encima el coche estaba tirado en la carretera.

–Me llevaré el coche de Susan y compraré un bidón en la gasolinera… Pues nada, tendré que levantarme antes. Qué horror. He tenido un día espantoso. El aire acondicionado de la oficina no funcionaba, tuve que quedarme hasta más tarde porque había un asunto urgente y casi llego tarde a la facultad –dijo, quitándose los zapatos–. Ahora que lo pienso, no he cenado. Debería tener hambre, ¿no? Pero no lo tengo. Bueno, será el calor.

Estaban en el mes de junio, pero parecía agosto. Samantha se quitó la blusa y entró en el cuarto de baño, con el inalámbrico pegado a la oreja.

–Tienes que comer –suspiró su amiga–. Si sigues así te pondrás enferma.

Cuando se miró al espejo, Sam casi dio un respingo: ojos azul pálido, pómulos prominentes, rostro pálido… no tenía muy buen aspecto. Quizá era la luz, pensó. Sí, seguro.

–Bueno, ¿y tú qué tal, Gina? –preguntó, abriendo el grifo de la ducha.

–Como siempre. ¿Qué es ese ruido?

–La ducha. Será mejor que cuelgue antes de que me quede sin fuerzas para hacer nada. Hablamos mañana.

–Ten cuidado, corazón. Alucinar con hombres desnudos es mala señal. Tus hormonas están intentando decirte algo.

Samantha levantó los ojos al cielo.

–Sí, mamá.

 

 

Después de ducharse, se sintió un poquito mejor. Aún agotada, pero limpia y fresca. Además, envuelta en el albornoz azul tenía mejor aspecto. Con los rebeldes rizos sujetos en una coleta, Sam se dirigió a la cocina para comer algo, un plátano, un yogur. No sabía lo que iba a encontrar en la nevera porque hacía una semana que no iba a la compra.

A pesar del calor, el suelo de madera estaba fresco bajo sus pies desnudos. La casa de Susan y Andrew McMillan, que Samantha estaba cuidando durante seis meses mientras ellos hacían un documental en Turquía, era absolutamente preciosa. Un golpe de suerte, además, porque había tenido que dejar su apartamento.

Cuidar la casa de los McMillan le pareció la solución perfecta. Susan y Andrew poseían varias hectáreas de terreno en Virginia, no lejos del mundo civilizado de Washington D.C. La casa, de un solo piso, era una estructura irregular, construida en medio de un bosque. El interior era espacioso, decorado con muebles cómodos y obras de arte que los McMillan compraban por todo el mundo. Además, tenía un jardín bien cuidado y una piscina.

Acostumbrada a vivir en apartamentos pequeños, para Sam aquello era un lujo, aunque a veces se sentía un poco sola.

Cuando iba por el pasillo vio que la luz de la cocina estaba encendida. Pero ella estaba segura de haberla apagado por la mañana… Además, no estaba encendida cuando entró en casa. Samantha se llevó una mano al corazón. ¿Habría entrado alguien? Echándole valor, entró en la cocina y la escena que vio la dejó atónita.

Con una toalla roja envuelta en la cintura, el David de Miguel Ángel estaba tranquilamente sirviéndose un whisky.

Capítulo 2

 

SAMANTHA se quedó helada. El hombre era muy alto, atlético, un morenazo de ojos oscuros. La miró con cara de sorpresa, pero enseguida sonrió.

–No sabía que estuvieras en casa –dijo, dejando la botella de whisky en la encimera–. No quería asustarte.

Sam no podía hablar. Había un extraño en la casa. Un extraño medio desnudo que, supuestamente, no quería asustarla. ¿Qué esperaba, un abrazo de bienvenida?

¿Quién era aquel hombre… aquel hombre tan guapo? Sus facciones eran irregulares; tenía el mentón cuadrado, pero la nariz ligeramente torcida le daba un aire muy masculino. Todo en él era muy masculino: el torso ancho, los bíceps marcados, las piernas cubiertas de vello oscuro… aquel hombre irradiaba una virilidad turbadora.

Curiosamente, se percató de eso a pesar del susto y a pesar del cansancio. Gina estaría encantada de saber que sus hormonas seguían funcionando a la perfección.

–¿Quién es usted?

–¿No has oído mis mensajes? –preguntó él, con los pies firmemente plantados en el suelo, como si estuviera en su propia casa–. Ayer te dejé dos mensajes en el contestador.

–No he oído nada –contestó Sam.

El contestador automático estaba en el despacho de Andrew, pero siempre se le olvidaba que existía.

–Supongo que tú eres Samantha.

–Y tú debes de ser David –dijo ella entonces, sin pensar.

–¿No dices que no has oído los mensajes?

–Y no los he oído.

–Pero sabes mi nombre.

No podía ser. No podía llamarse David. Era demasiada coincidencia.

Samantha tragó saliva.

–Lo he dicho por decir.

–¿Ah, sí? ¿Y entre miles de posibilidades se te ha ocurrido David? ¿Por qué?

«Porque cuando te he visto desnudo al borde de la piscina me has recordado al David de Miguel Ángel».

Pero no pensaba decirle eso, claro.

–Porque… tienes pinta de llamarte David.

–Ah. Pues me alegro. No me gustaría tener pinta de llamarme Flip o Chucky.

Lo había dicho con un brillo burlón en los ojos y Samantha se preguntó si estaba riéndose de ella. Nerviosa, se cruzó de brazos. Con apenas un metro cincuenta y ocho, parecía una niña al lado de aquel gigante de metro noventa.

–Bueno, ¿va a decirme quién es y qué hace en mi casa?

Curiosamente, no tenía miedo. El extraño emanaba fuerza, pero no parecía amenazador en absoluto.

–Soy David, ya te lo he dicho.

–Si no me dice quién es, llamaré a la policía.

Él no pareció impresionado por la amenaza. Todo lo contrario; levantó una ceja como si la encontrase muy divertida.

–No es tu casa. Es la casa de Susan y Andrew McMillan. Y yo soy David McMillan, el primo de Andrew.

«Sí, Majestad», estuvo a punto de decir Samantha.

–Ah, ya veo. Pero yo estoy aquí cuidando de la casa durante seis meses. ¿Qué derecho tienes a invadir mi privacidad?

–No era mi intención invadir nada, por eso te dejé varios mensajes en el contestador. Pero necesito una habitación para los próximos meses y como tengo la llave…

–¿Qué? ¿Vas a quedarte aquí? –exclamó Samantha–. ¡De eso nada!

Se mostraba muy valiente para estar frente a un hombre tan grande, un hombre que parecía capaz de hacer cualquier cosa que se propusiera.

–Me temo que sí, Samantha Bennett.

Ella lo miró, furiosa y agotada. Y, de repente, sus ojos se llenaron de lágrimas, algo que no le ocurría nunca. ¿Qué le estaba pasando? Primero alucinaba y luego le entraban ganas de llorar. Aunque, en realidad, no había alucinado. David McMillan era de carne y hueso.

Sam se pasó una mano por la frente para borrar la imagen de aquel hombre desnudo al lado de la piscina. No estaba en condiciones de recordar esa aparición.

–Siéntate –le ordenó él entonces, poniendo una mano en su hombro–. Pareces a punto de desmayarte.

Samantha, exhausta, se dejó caer en la silla como un saco de patatas.

–No tienes nada de qué preocuparte. No soy un psicópata ni un estafador. Puedes llamar mañana a mi primo para quedarte tranquila.

–Podemos llamarlo ahora mismo –replicó ella.

–Me temo que en Turquía son las tres de la mañana. Toma un sorbo de whisky, te calmará un poco.

Samantha apretó los dientes.

–¿Acostumbras a dar órdenes a todo el mundo?

Él la miró, perplejo, como si ese comentario lo hubiera pillado por sorpresa.

–Me temo que sí –contestó por fin–. Relájate, mujer, toma una copa.

–No puedo. No he comido nada en todo el día.

–Ah, ya me parecía a mí que tenías cara de hambre. Te haré un bocadillo –dijo David entonces.

Un metro noventa de hombre, acostumbrado a dar órdenes y a hacerse obedecer, haciéndole un bocadillo.

Sam, que no tenía fuerzas para negarse, se quedó mirando cómo sacaba jamón y queso de la nevera.

–¿Leche? –preguntó él–. ¿Café, té?

–Leche. Si hay, que no lo sé.

–Hay de todo. He ido al supermercado antes de venir.

Afortunadamente, pensó Sam, observándolo mientras sacaba un cartón de leche de la nevera. Sus manos eran grandes y fuertes, como todo él.

Le parecía absurdamente normal estar en la cocina, con aquel hombre. Pero no lo era. No lo conocía en absoluto. Era un completo extraño y, sin embargo, allí estaba. Él con una toalla y ella en albornoz, como si se conocieran de toda la vida.

Quizá todo era un sueño y por la mañana descubriría que nada de aquello había pasado. Si le contaba a Gina esa fantasía nocturna, su amiga le diría que eran sus hormonas femeninas llamándole la atención. «Necesitas un hombre», le diría. Pero no era verdad. Lo que necesitaba era un título universitario y cierta seguridad económica.

–No te oí llegar y tampoco he visto tu coche –dijo David entonces. Su voz era fuerte, ronca, una voz que la turbaba profundamente.

–He venido andando. Me quedé sin gasolina a dos kilómetros de aquí.

–Pareces agotada.

–Porque lo estoy.

–¿Trabajas muchas horas?

–Trabajo para mi abuelo, que cada día está más temperamental. Y su salud me preocupa mucho.

¿Por qué le estaba contando eso? Ella no era de las que le cuentan su vida a cualquiera.

–¿A qué te dedicas?

–Eso depende de a quién le preguntes –rio Samantha, mordiendo el bocadillo–. Mi abuelo te diría que le echo una mano con las cuentas. Tiene una tienda de muebles.

–Pero, en realidad, quien la lleva eres tú, ¿no?

–Así es. Él aparenta no darse cuenta, pero lo sabe. El negocio no va muy bien, pero… mi abuelo no quiere aceptarlo.

No había recibido un aumento de sueldo en años; sencillamente, porque no había dinero. Con grandes superficies por todas partes, una pequeña tienda de muebles tenía pocas posibilidades de sobrevivir. Por eso necesitaba su título universitario. Necesitaba encontrar un trabajo donde la pagasen bien porque tenía que mantener a su hijo.

Kevin, de diez años, estaba pasando el verano en Florida, con su hermana y su cuñado, que dirigían un campamento juvenil. Lo estaba pasando de maravilla y así Samantha podía estudiar por las noches para terminar la carrera, pero lo echaba de menos. Cuando Kevin volviese del campamento tendría que buscar un piso… aunque no quería pensar en eso por el momento.

–¿Te encuentras bien? –preguntó David.

–Sí, es que estoy muy cansada –contestó ella, terminando el bocadillo–. Me voy a dormir.

Pero no encontraba fuerzas para levantarse de la silla. Su cuerpo parecía pesar cien kilos y tuvo que agarrarse a la mesa para mantener el equilibrio.

–Cuidado…

David se levantó para sujetarla y Samantha cayó en sus brazos como una muñeca de trapo.

Con la cara aplastada contra el torso del hombre se sentía cómoda, segura. Y no recordaba cuándo fue la última vez que se sintió segura…

Respiraba el olor de su colonia, tan agradable, sentía el suave vello masculino rozando su mejilla. Aquello era un sueño, tenía que serlo. Pero no le importaba, estaba muy cómoda. Como si no tuviera una sola preocupación en el mundo. Ah, qué alegría.

Entonces sintió algo más. Su corazón latía acelerado y una especie de fuego interno la hacía temblar de pies a cabeza…

Se quedó helada al darse cuenta de lo que le estaba ocurriendo y dio un paso atrás.

–Lo siento… yo…

David sonrió.

–No tienes que sentir nada. Me gusta que me abracen.

–Yo…

–Venga, te acompaño a la habitación.

–Estoy bien, gracias –dijo Sam, cortada–. Buenas noches.

–Buenas noches, Samantha.

¿Había una sonrisa burlona en sus ojos? No estaba segura.

 

 

¿Se había vuelto loca?, se preguntó a sí misma cuando estaba en la cama. ¿Podía dormir con un extraño en la casa? Un extraño que había conseguido excitarla, además. Sam lanzó un gemido de angustia. ¿Debía creerlo, debía creer que era el primo de Andrew?

Bueno, la verdad era que se parecían. Los dos eran altos, morenos, los dos eran hombres seguros de sí mismos. Podrían haber sido hermanos. Lo cual no probaba nada sobre las buenas intenciones del extraño.

¿Qué estaba haciendo allí? Ni siquiera se lo había preguntado. ¿Qué le pasaba, dónde tenía la cabeza?

Pero le daba igual qué hiciera allí David McMillan. Solo quería dormir. Necesitaba un largo y reparador sueño.

El canto de los pájaros la despertó por la mañana. La luz del sol entraba a través de las persianas y Samantha se estiró perezosamente… Pero entonces se levantó de un salto. ¡El coche! ¡Llegaba tarde!

¡El extraño! Había un extraño en la casa. Entonces recordó su cuerpo desnudo, el calor de su torso… pero no tenía tiempo de pensar en eso. Y aunque lo tuviera, no quería ni pensarlo.

Después de ducharse rápidamente, se puso una falda azul marino y una blusa blanca y corrió hacia la cocina. Olía a café. David estaba sentado en el porche leyendo el periódico, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y quizá era así. Al verla, entró en la cocina para darle los buenos días.

–¿Te encuentras mejor?

–Sí. Y quería pedirte disculpas por… el absurdo desmayo victoriano de anoche –dijo Samantha–. No quería…

–¿Te apetece desayunar? –la interrumpió David.

Tan tranquilo. Era admirable.

–Tengo que irme corriendo. Es muy tarde.

–No tienes gasolina –le recordó él.

Samantha dejó escapar un suspiro.

–Por eso. Me llevaré el coche de Susan a la gasolinera para comprar un bidón y luego…

–Demasiado complicado –volvió a interrumpirla él–. Iré contigo. Así no tendrás que volver andando al coche.

–No tienes por qué hacerlo.

–Ya lo sé.

Sería una gran ayuda, desde luego, pero aquella actitud tan autoritaria era irritante.

–¿Por qué lo haces?

David levantó una ceja.

–¿Siempre eres tan recelosa?

–Cuando se refiere a los hombres, sí.

Sus palabras la sorprendieron. Lo había dicho sin pensar. No solía buscar confrontaciones con extraños; sin embargo, aquel hombre la afectaba de una forma peculiar. Y estaba a la defensiva después de aquel absurdo tropezón de la noche anterior.

–¿Tuviste una mala experiencia y piensas hacérsela pagar a todos los hombres?

Samantha lo miró, nerviosa. ¿Lo habría adivinado?