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Desde que Randall Watson prácticamente la había secuestrado para intentar evitar una boda, Gina Leigh supo que aquel viaje iba a costarle caro. A ella le parecía bien que la abuela de Randall se hubiera fugado con un antiguo novio, pero su nieto se negaba a creer en el amor. Gina sabía que enamorarse de Randall era una locura, pero a medida que recorrían kilómetros, él parecía volverse más cercano, más asequible. Y, cuando una inesperada tormenta los obligó a compartir habitación, podría haber jurado que en los ojos de aquel hombre tan seguro de sí mismo había... ¿amor?
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Seitenzahl: 162
Veröffentlichungsjahr: 2023
Créditos
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1998 Maris Soule
© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amor sin cadenas, Julia 975 - marzo 2023
Título original: THE BACHELOR, THE BEAUTY AND THE BLIZZARD
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción.
Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9788411416344
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
SE ha marchado.
Gina se había fijado en el Lexus blanco de Randall, aparcado frente a la casa de su abuela, pero no esperaba verlo salir al porche.
—¿Cómo que se ha marchado? —preguntó, acercándose a él.
—Se ha marchado con un hombre —respondió Randall, mostrándole una nota escrita en el papel que Ella Flemming solía usar para hacer la lista de la compra—. Dice que se han fugado, fugado —añadió, mirando el papel, incrédulo. Cuando Gina oyó aquello no pudo dejar de sonreír. La idea de fugarse con un hombre era tan romántica como la propia Ella—. No tiene ninguna gracia. Se ha fugado con un gigoló.
—Jack Longman no es un gigoló y comprendo perfectamente que su abuela se haya marchado con él sin decirle nada. Si lo hubiera hecho, usted hubiera intentado impedírselo.
—Pues claro que lo hubiera hecho. Esto es ridículo —replicó el hombre con rabia.
—No, no es ridículo. Tenía que pasar; Ella está enamorada de Jack desde que iban juntos al colegio…
—¡Eso son tonterías! Mi abuela estaba enamorada de mi abuelo.
—Claro que sí. Pero antes de eso había estado enamorada de Jack y, ahora que han vuelto a encontrarse, han decidido retomar su historia de amor. Lleva dos meses intentando explicárselo, pero usted no ha querido escucharla.
—¿Pretende usted decirme lo que tengo que hacer?
—Alguien tiene que hacerlo.
—Mire, señorita, yo la contraté para que cuidara de mi abuela y lo que ha hecho es animarla para que tuviera un romance.
—Eso no es verdad. Yo no he tenido nada que ver —replicó Gina mirando aquellos atractivos y furiosos ojos castaños. Podía enfadarse todo lo que quisiera, pensaba; ella no tenía la culpa de lo que había ocurrido—. Yo no puedo ser responsable de los actos de una mujer madura y en perfecto uso de sus facultades mentales. Si me he dado cuenta de algo durante los últimos seis meses es de que su abuela no necesita que nadie la cuide. Necesita un amigo, eso sí, pero puede cuidarse sola perfectamente.
—Mi abuela ha estado casi ciega hasta hace dos semanas —insistió él—. Y se suponía que usted tenía que cuidarla.
—Y eso es lo que he hecho, señor Watson. He trabajado aquí de lunes a viernes desde las ocho hasta las seis, sin faltar un día. Hasta la segunda operación he estado llevando a su abuela a todas partes, preparaba sus comidas, la ayudaba con la correspondencia, con…
—Y la ha liado para que escribiera a un hombre al que no había visto en cincuenta años —la interrumpió él.
—Yo no la he liado para que hiciera nada —replicó ella, sin dejarse amedrentar por el guapísimo nieto de Ella Flemming—. Aunque tiene setenta y dos años, su abuela es muy capaz de tomar sus propias decisiones. Ha tenido un problema en la vista, señor Watson, no en la cabeza y sabe perfectamente lo que quiere.
—¿Ah, sí? —replicó irónico Randall—. ¿No le parece que es, más bien, una mujer que se siente sola y que es presa fácil para cualquier seductor de pacotilla?
—Venga, por favor, Ella no es tonta —contestó ella, mirándolo con sus brillantes ojos azules—. Y Jack no es ningún seductor de pacotilla. Su abuela dice que siempre ha sido un buen hombre.
—Ha pasado mucho tiempo y la gente cambia.
—Pues su abuela no parece haber cambiado de opinión sobre él. A través de sus cartas y sus conversaciones telefónicas, ha descubierto que es el mismo hombre del que estuvo enamorada.
—¿Usted le leía esas cartas?
—Hasta que la operaron por segunda vez, sí. Se supone que ese era mi trabajo.
De nuevo, Randall se arrepintió de haberla contratado. Gina era muy joven y carecía de la experiencia necesaria para cuidar de una mujer como su abuela. Había creído que contratar a una persona con un título universitario en ciencias de la comunicación sería bueno porque la mantendría ocupada y tendrían cosas de qué hablar, pero no había planeado que le diera por pensar en el matrimonio.
—¿Ese hombre le ha pedido dinero alguna vez?
—¿Jack? Claro que no. No tiene por qué hacerlo, él tiene su propio dinero.
—Que diga que tiene dinero no significa que sea verdad —replicó él—. Seguro que ahora le estará contando alguna historia lacrimógena y mi abuela le dará todo el dinero que le pida —añadió, con amargura. Había visto cómo ocurría eso con los novios de su madre, que la habían dejado sin un céntimo. Incluso su propio padre había intentado hacérselo a él—. Mire, yo conozco a mi abuela y sé que es inteligente, pero también sé que tiene el corazón demasiado blando. Supongo que se acordará de la enorme donación que hizo el mes pasado al hospital de niños. Y esa no es la única organización benéfica que la tiene en su lista de primos.
—Ser generoso no te convierte en un primo.
—¿Ah, no? No sé si lo sabrá, pero hace dos años una de esas supuestas organizaciones benéficas estuvo a punto de quedarse con todo su dinero.
—Sí, me lo ha contado y le está muy agradecida por haber descubierto a tiempo que era un timo. Pero esto no es lo mismo.
—Mire, estamos perdiendo el tiempo. Deberíamos hacer algo —dijo él ansioso, mostrándole de nuevo la nota—. La nota dice que usted comprendería por qué lo hace, así que dígame ahora mismo qué es lo que sabe.
—¿La nota era para mí? —preguntó Gina quitándole el papel de la mano y dándose la vuelta para leerla.
—Pues…. sí. La he leído yo antes porque estaba en la cocina.
Randall se quedó mirando irritado y fascinado a la vez aquella melena color miel que se revolvía con la brisa. Parecía tan suave que hubiera deseado tocarla.
Sí, la melena suave, pero la cabeza muy dura, pensó de repente. Cabezota era la palabra con la que su abuelo hubiera definido a Gina. Carl Flemming solía llamar eso mismo a su mujer cuando se enfadaba, pero los enfados le duraban poco porque la adoraba y ella lo adoraba a él. El día del funeral de su marido, su abuela se había desmayado de dolor y Randall había pasado días enteros al lado de su cama para consolarla.
Por eso, la idea de que se hubiera fugado con otro hombre a los setenta y dos años era simplemente ridícula.
Y la persona que había contratado para que la cuidara le había fallado miserablemente.
Aunque, en otros aspectos tenía que reconocer que Gina, una joven de apenas un metro cincuenta con más energía que una máquina, había hecho muy bien su trabajo. Desde que estaba con su abuela, ésta había vuelto a recobrar la vitalidad y se sentía interesada por un montón de cosas.
Además, Gina no se conformaba con hacerle compañía, que era para lo que la había contratado, sino que se dedicaba a arreglar los armarios, cambiar los muebles de sitio y tener la casa en orden.
Sí, Gina Leigh era una joven trabajadora, simpática y preciosa. Pero eso no excusaba su complicidad en la desaparición de su abuela.
Mientras estudiaba sus facciones se dio cuenta de que no era una belleza convencional. Tenía la boca demasiado grande y los ojos un poco separados para ser una belleza clásica; era más bien una chica atractiva y sana.
Guapetona.
Incluso su ropa le iba bien a su imagen. Aquel día llevaba un abrigo color castaño, casi del mismo tono que su pelo, pantalones marrón oscuro, un jersey verde pálido y mocasines de ante marrón. Desde luego, nada provocativo.
Entonces, ¿por que sentía deseos de tocarla, de besarla… y de mucho más?
Quizá sería su perfume, pensaba. Ya lo había notado otras veces, cuando visitaba a su abuela, y siempre le producía el mismo efecto.
Desde luego, había sido un error contratarla, pero cuando entró en su oficina fue como un soplo de aire fresco. Durante la entrevista se había mostrado sonriente y segura de sí misma y eso le había gustado. Había pensado entonces que aquella chica era la mejor elección para cuidar de su abuela.
Gran error.
—Esto es precioso —dijo ella, dándose la vuelta para mirarlo—. ¿Es que no se da cuenta de que está enamorada?
—¿Enamorada? —rió él sarcástico—. Mujeres… En cuanto un hombre les dice algo agradable, piensan que está enamorado.
—¿Quiere decirme que su abuelo no estaba enamorado de Ella?
—Eso era diferente.
—¿Por qué?
—Porque era diferente —insistió él, sin saber qué decir. Desde luego, había sido diferente de cómo su padre había tratado a su madre, o cómo la habían tratado a ella sus posteriores novios—. Dígame, ¿mi abuela y ese hombre se han visto alguna vez? Quiero decir, recientemente.
—No, intercambiaban fotografías y hablaban mucho por teléfono. Usted mismo mencionó el mes pasado cómo había subido la factura. Pero eso es todo.
—¿Y de qué hablaban?
—Casi siempre hablaban de la familia o de los amigos del colegio. Y se escribían sobre lo que habían hecho en el pasado y lo que hubieran deseado hacer.
—¿Mi abuela le dijo alguna vez que era una mujer muy rica?
—No. Como ya le he dicho, no creo que eso le importe mucho a Jack…
—¿Está segura de que no se lo ha dicho? —la interrumpió Randall.
—Claro que estoy segura —contestó Gina exasperada, dando por terminada la conversación y dirigiéndose hacia su coche.
—¿Dónde va?
—A mi casa.
—No puede hacer eso.
—¿Para qué voy a quedarme aquí? Su abuela se ha marchado y usted no confía en mí.
—Si se marcha, está despedida.
—Me parece que su abuela ya no me necesita —rió ella—. Ha encontrado mejor compañía que yo.
—Tengo entendido que ha solicitado usted un puesto en la compañía Flemming —dijo Randall, acercándose a ella. Usaría todo lo que hiciera falta para encontrar a su abuela, incluidos la amenaza y el soborno—. ¿Quiere el puesto o no?
—¿Me está amenazando?
—Le estoy diciendo que puede olvidarse del trabajo si no me dice ahora mismo dónde está mi abuela.
—Pues entonces quédese con el trabajo —replicó ella, aunque le hubiera gustado decirle algo menos amable—. En realidad, fue Ella quien me convenció para que enviara mi currículum. Además, ya sabe dónde está. Está con Jack.
—Sí, ¿pero dónde? ¿Dónde están? —preguntó Randall, que se había colocado a su lado. Demasiado cerca para el gusto de Gina; tan cerca que podía oler su loción de afeitado. Pero no pensaba dar un paso atrás, no pensaba dejarse intimidar por aquel hombre.
—Hay algo que no entiendo —dijo ella—. ¿Cómo es que ha venido a visitarla tan pronto esta mañana? Usted suele venir por las tardes.
—Me dejó un mensaje en el contestador de la oficina, diciendo que se marchaba durante unos días y que si quería saber algo, tendría que venir a hablar con usted —contestó él de mal humor. No le gustaba en absoluto que aquella joven lo interrogase.
Gina estaba empezando a comprenderlo todo: Ella había querido que su nieto supiera dónde había ido, pero no inmediatamente. Había dejado pistas y ellos tendrían que seguirlas. Muy bien, pensaba. Pues sí eso era lo que quería, no tenía ningún inconveniente en interpretar su papel.
—Yo diría que han ido a Rossmoor.
—¿A Rossmoor?
—Jack vive en una zona residencial de Walnut Creek, en Rossmoor.
—Muy bien —dijo Randall—. Pues iremos allí.
—¿Iremos?
—Espéreme en mi coche —contestó él dirigiéndose hacia la casa—. Voy a buscar mi abrigo.
—¿Y por qué quiere que vaya con usted? —preguntó Gina sin moverse.
—Porque, como dice en la nota, usted sabe lo que está pasando —respondió él sin mirar atrás.
Gina volvió a leer la nota. Había sabido lo que había entre ellos, pero no tenía ni idea de cuáles eran sus planes.
—No puedo ayudarlo. Yo no tenía ni idea de que iban a escaparse —le dijo, cuando él volvió con el abrigo en la mano.
—Por el camino puede darme más detalles sobre ese Jack —dijo él sin mirarla—. Estoy seguro de que sabe mucho más que yo —añadió, abriendo la puerta del coche para que entrara.
—Acaba de despedirme —dijo ella.
—No, la he amenazado con despedirla. Pero no la he despedido todavía, porque necesito que convenza a mi abuela de que lo que está haciendo es una locura.
—¿Y qué pasa si no quiero decirle que es una locura? ¿Qué pasa si creo que lo que está haciendo es maravilloso?
—Entonces su trabajo consistirá en convencerme de ello.
Pensando que no era mala idea, Gina entró en el coche. Desde la casa de Ella había unos cuarenta y cinco minutos hasta Walnut Creek; tiempo suficiente para convencer a Randall de que su abuela era una mujer perfectamente cuerda y que, si había decidido casarse con un hombre al que había conocido cincuenta años atrás, él tenía que respetar su decisión. Como máximo tardarían cuatro horas en ir y volver, así que sería casi como una jornada de trabajo.
El problema iba a ser llevarse bien con Randall Watson durante aquellas cuatro horas. Randall. Normalmente, alguien llamado así, habría terminado llamándose Randy, pero no aquel hombre. Su abuela le había contado que Randall despreciaba el diminutivo porque era así como llamaban a su padre y éste los había abandonado cuando él era un niño. Su padre había sido un mujeriego, incapaz de controlar sus pasiones, a quien Randall no quería parecerse.
Y lo había conseguido. Aunque lo había visto acompañado de varias mujeres, Randall no parecía en absoluto un hombre incapaz de controlar sus pasiones, más bien lo contrario. En realidad, una vez que había intentado describírselo a su compañera de piso, la única imagen que le había podido dar de él era la de un frío hombre de negocios. Cada vez que iba a ver a su abuela, en general hablaban de la compañía Flemming, que él dirigía, y su tema favorito de conversación eran los beneficios del trimestre anterior. Y con ella sólo hablaba de la salud de su abuela. Se interesaba por saber si había tomado sus pastillas, si había dormido bien o si salía a pasear.
Nunca hacía bromas y raras veces sonreía. Lo cual, seguramente, era lo mejor porque las pocas veces que lo había visto sonreír se le habían doblado las rodillas. Y que le ocurriera eso ante la sonrisa de un hombre no era muy normal.
Aunque, considerando que la mayoría de sus charlas terminaban en discusiones, lo raro era que no la hubiera despedido antes. Gina sabía que era una empleada, pero no podía callarse cuando él trataba a su abuela como si fuera una niña.
Como tampoco podía evitar tener pensamientos lujuriosos cuando miraba a aquel hombre.
Siempre lo había visto vestido con sobrios trajes de chaqueta, pero a veces no podía evitar imaginárselo sin traje, sin nada en absoluto. Tenía un cuerpo atlético y, cuando se quitaba la chaqueta, los fuertes músculos de su espalda se marcaban a través de la camisa. En esos momentos era imposible no sentir un poco de lujuria.
En cualquier caso, era mejor que conservara la chaqueta puesta. De esa forma, podía pensar en él como mejor convenía: como alguien lejano, distante y a quien no podía sentirse tentada de tocar.
—Bueno —dijo ella por fin—. ¿Qué es lo que quiere saber?
—Para empezar, cómo consiguió él su dirección después de cincuenta años.
—Fue ella quien le escribió.
Randall la miró sorprendido y Gina recordó aquella mañana, seis meses atrás.
—Anoche recibí una llamada de mi amiga Cora —dijo Ella en cuanto Gina entró en la cocina—. Parece que se ha encontrado con un antiguo novio mío.
—¿Un antiguo novio? —preguntó Gina, sentándose a su lado.
—No he sabido nada de Jack durante más de cincuenta años. Sabía que vivía en California, pero nunca volvimos a escribirnos porque los dos estábamos casados y, bueno… no tenía sentido —le explicó la mujer—. El tiempo te lo quita todo, hija —suspiró. Gina sabía que estaba hablando de su difunto marido. Aunque sólo había visto fotografías de Carl Flemming, Ella le había contado muchas anécdotas sobre sus cuarenta y cinco años de matrimonio—. En fin, como te iba diciendo, Jack y Cora se encontraron en una reunión y él le dijo que su mujer había muerto el año pasado de cáncer. Parece que lo pasó muy mal, la pobre.
—Es una pena —asintió Gina.
—Desde luego. Y estoy segura de que se siente solo y un poco culpable por estar vivo; yo también sentí eso cuando murió Carl. Así que estoy pensando en escribir a Jack para darle el pésame. Puede que le ayude saber de alguien que también ha sufrido la pérdida de un ser querido.
—Yo creo que es buena idea.
—Entonces, ¿quieres que te dicte la carta? —preguntó Ella, ilusionada. Aún seguía convaleciente de las cataratas y apenas podía ver—. Yo creo que a Jack le haría ilusión… y a mí también me la hace.
—¿Y así es como empezó todo? —preguntó Randall mientras conducía por la autopista.
—La verdad es que empezó cuando su abuela estaba en el instituto —contestó Gina—. Pero eso ya se lo ha contado ella.
—Sí, claro —dijo él, encogiéndose de hombros. No le gustaba tener que admitir que a veces no escuchaba las cosas de su abuela.
—Fueron sus padres los que impidieron el noviazgo entre ellos. Creían que Jack no era buen partido, así que enviaron a su abuela a vivir al este, con una tía.
—Corazón que no ve, corazón que no siente —murmuró Randall, deseando de repente poder aplicar el dicho a su compañera de asiento. Sus encuentros con ella siempre lo dejaban un poco tocado. Se sentía inseguro a su lado y nunca podía controlar la situación como la controlaba en sus negocios o en su vida.
Pero hubiera dado igual, tuvo que reconocer. Dejarla atrás no hubiera cambiado nada porque últimamente no podía quitarse a aquella chica de la cabeza.
