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En un abrir y cerrar de ojos, Tyler Corwin se encontró a cargo de una niña pequeña a la que él había adorado cuando solo era un bebé, pero de la que tuvo que separarse cuando su matrimonio fracasó. En aquel momento, consideró que era lo mejor que podía hacer, pero aquella decisión, desgraciadamente, lo había mantenido apartado de su hija y, ahora, era ella misma quien, con su rebeldía, lo dejaba al margen. Si quería recuperar a Lanie, Tyler iba a necesitar ayuda... la ayuda de Shaunna Lighfeather, una mujer cálida, cariñosa y firme al mismo tiempo. Shaunna ejerció su magia con Lanie, pero el problema fue que el papá de Lanie también estaba a punto de caer en el hechizo... ¿Sería posible que la mujer que había conquistado su corazón y le había devuelto a su pequeña considerara la posibilidad de seguir junto a él el resto de sus vidas?
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Seitenzahl: 221
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Maris Soule
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Magia de mujer, n.º 1447 - julio 2021
Título original: Paternity Lessons
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-857-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
TYLER Corwin sabía que Robin Leach no mostraría esa casa en Estilo de Vida de los Ricos y Famosos. Los bordes de los escalones de cemento estaban rotos, el porche de madera había crujido al pisarlo y la puerta mosquitera colgaba en ángulo, con un agujero de tres centímetros en la parte superior que permitía la entrada de las moscas que revoloteaban alrededor de su cabeza. A través de la mosquitera observó que una mujer hispana de mediana edad, casi tan ancha como alta, se dirigía hacia él. Se detuvo del otro lado de la puerta sin hacer esfuerzo por abrirla.
–Busco a Shauna Lightfeather –dijo–. Me llamo Tyler Corwin. Llamé antes. Ella me espera.
Con un gruñido la mujer dio media vuelta y habló mientras volvía a la cocina.
–Se está cambiando. Dijo que la esperara en la cocina.
Dio por hecho que podía pasar y abrió la puerta. Las bisagras crujieron, y en cuanto entró le llegó el olor a estiércol y el sonido de una canción country. Diseminadas por el suelo a su izquierda había varios pares de botas vaqueras. A su derecha, sobre una lavadora, unos vaqueros sucios y una camisa de algodón manchada.
Frunció la nariz y soltó una risita cuando la mosquitera se cerró a su espalda. Sin duda la atmósfera era muy distinta de los pasillos y despachos limpios de la firma contable de Smith y Fischer. El trayecto de quince kilómetros desde Bakersfield lo había trasladado a otro mundo, uno que hasta seis meses atrás ni siquiera había sabido que existía.
Al entrar en la cocina la mujer hispana le indicó una mesa de formica cubierta a medias con periódicos y revistas de caballos. Tomándolo como una invitación para sentarse, apartó una silla. El plástico del asiento estaba cubierto con cinta adhesiva en dos partes.
–¿Café? –preguntó la mujer.
–No, gracias –repuso con sonrisa educada.
–No tardará en venir –volvió a gruñir la mujer. Sin decir una palabra más, abandonó la estancia con la falda de algodón oscilando al movimiento de sus amplias caderas.
La casa de madera se extendía según el estilo de los ranchos que imitaban a los muchos construidos después de la II Guerra Mundial, y sin duda mostraba sus años. El papel de la pared estaba sucio, el linóleo desgastado y agrietado, el grifo de la pila goteaba. Por lo que había visto hasta ese momento, no parecía que el dinero abundara en ese establo. Pensó que eso jugaba a su favor. Si la propietaria necesitaba dinero, podría convencerla de que aceptara otro caballo… incluso uno como Magic.
–¿Señor Corwin?
El sonido ronco de su nombre hizo que girara la cabeza. La mirada se posó en una mujer próxima a los treinta años que lo obligó a respirar hondo.
Alta y esbelta, se hallaba en el umbral con las piernas un poco separadas, las manos en las caderas y la barbilla alzada. Los vaqueros no le quedaban muy ceñidos, y la camisa de pana de color crema era de hombre, con las mangas enrolladas hasta los codos. Llevaba los botones superiores abiertos, dejando una V que atrajo su mirada hacia los pechos, y aunque no podía llamarla exuberante, sí exhibía un canalillo definido. Se preguntó si llevaría sujetador, y el pensamiento lo sorprendió. También sintió que el pulso se le aceleraba, lo cual representó otra sorpresa. No era un hombre fácilmente excitable por una mujer.
Atribuyó la respuesta a su asombroso aspecto. La piel era de un rico dorado que reflejaba tanto largas horas pasadas al sol como su herencia de nativa americana. Y quizá para exhibir esa ascendencia, en la tupida mata de pelo castaño que caía por encima de sus hombros había una fina trenza que terminaba en dos plumas. Pero fueron sus ojos los que captaron su atención por encima de todo. Aunque supuso que podían clasificarse como castaños, en su mente el color que mejor los describía era el topacio.
–¿Señorita Lightfeather? –se levantó para saludarla. Al hacerlo, tiró la silla, y su estructura metálica sonó contra el linóleo.
–Llámame Shaunna –con una sonrisa entró en la cocina–. Lamento haberte hecho esperar. Un potrillo con el que estoy trabajando me tiró sobre un montón de estiércol, por lo que decidí que era mejor para ambos que me cambiara.
La llamaría lo que ella quisiera, necesitaba su ayuda… pero no había esperado que fuera tan joven… o hermosa. Con premura recogió la silla.
–Soy Tyler Corwin, la persona con quien hablaste por teléfono. Llámame Tyler. Agradezco que sacaras tiempo para verme.
–No me diste mucha elección –sonrió y se detuvo a un metro de él, lo bastante cerca como para que Tyler captara el limpio aroma a jabón. Había hecho algo más que cambiarse de ropa.
Alargó la mano derecha y él la estrechó. El apretón de ella fue firme. No le sorprendió, ya que tenía el aspecto de ser una mujer segura y fuerte, aunque notó el tacto tan distinto de la palma de esa mano con el de las mujeres con las que trataba por trabajo. Sostener la de Shaunna Lightfeather no se parecía en nada a sostener la de Alicia Fischer, con quien llevaba saliendo casi un año.
Tuvo la certeza de que los callos que había en la palma de Shaunna eran por el trabajo duro que realizaba, algo que dudaba que Alicia llegara a conocer alguna vez. Alicia había nacido con una cuchara de plata en la boca, e incluso en ese momento, en su puesto como coordinadora de eventos, un teléfono era lo más pesado que levantaba. Ella siempre decía que su fuerza estaba en la mente.
Lo que sorprendió a Tyler fue el impulso que tuvo de aferrar la mano de Shaunna, capturar un poco de la fuerza que percibía en ella. En el acto se la soltó y se frotó las palmas de las manos.
–Siéntate –indicó la silla que él acababa de levantar–. ¿Café? –Tyler volvió a negarse y ella sonrió–. Probablemente sea una decisión sabia. El café de María es fuerte. Y por la tarde resulta mortal –se sentó frente a él–. Háblame de ese caballo que mencionaste por teléfono. ¿Es el de tu hija?
–Sí. Aunque en realidad creo que técnicamente aún pertenece al Departamento de Dirección Territorial. Es un potro salvaje.
–Por teléfono dijiste que hacía un año que lo tenías. ¿No serás propietario de él pronto?
–Su… supongo que sí.
–¿Te has puesto en contacto con ellos? –sonrió ante su titubeo–. ¿Pediste su propiedad?
–Yo… es decir…
Shaunna observó que Tyler Corwin se movía en la silla. Cuando había llamado, le había dicho que iría a verla al salir de su despacho, por lo que no le extrañaba que llevara traje. Le sentaba bien y las finas rayas acentuaban unos buenos hombros. La camisa blanca y la corbata roja y azul eran conservadoras. Le había explicado que era contable. Se preguntó si sería honrado. Necesitaba alguien que le llevara los libros, pero no pensaba cometer el mismo error que había cometido en el pasado. Él volvió a moverse.
–Hay un pequeño problema –repuso finalmente.
–¿Qué clase de problema? –cada vez que alguien decía que había un «pequeño problema», sabía que no iba a ser pequeño.
–El caballo es… es decir… –vaciló–. Tal vez debería explicarte algunas cosas.
La miró a los ojos y Shaunna prácticamente vio su reflejo en esos estanques azules. Aunque lo clasificaría como atractivo, decidió que los ojos eran su mejor rasgo. Y quizá también el pelo. Era de un rubio arena, tupido y con un buen corte. Ese tipo de pelo tentaba a acariciarlo, invitaba a revolverlo.
–Explícate –instó, decidida a mantener la cabeza en el caballo y no en su pelo.
–Bueno, como dije por teléfono, Lanie tuvo un accidente hace unos seis meses, y…
–¿Lanie es tu hija? –le pareció que ése era el nombre que había mencionado en la conversación anterior.
La interrupción pareció pillarlo con la guardia baja, y titubeó antes de continuar.
–Ah… sí. Tuvo un accidente de coche con su madre y su padrastro. Fue por culpa de un conductor ebrio. El tipo se empotró de frente contra ellos. La madre de Lanie, mi ex mujer, y el padrastro de la pequeña murieron en el acto. Lanie iba en el asiento de atrás. Durante un tiempo no creímos que sobreviviera. Tuvo que permanecer un mes en el hospital. Desde entonces, se ha estado recuperando física y mentalmente.
Shaunna asintió. Semejante pérdida sería traumática para una niña.
–Dijiste que durante ese tiempo habías alojado al caballo en una caballeriza.
–Sí –meneó la cabeza–. Era lo único que podía hacer. No sé nada de caballos, salvo lo que he estado aprendiendo últimamente. Ni siquiera sabía que Lanie tuviera uno, no hasta que mis antiguos vecinos fueron al hospital y me lo contaron. Nadie alimentaba ni daba de beber al animal, y les preocupaba su bienestar. Fueron ellos quienes me sugirieron que lo alojara en alguna parte hasta que decidiera qué hacer con él.
–Suena razonable. ¿Y el lugar que elegiste es donde se encuentra ahora?
–Sí –exhibió una mueca–. Es una caballeriza en la otra punta de Bakersfield. Lleva allí cinco meses y medio. Pensé que estaría bien, que lo cuidarían, de modo que en realidad no hago gran cosa por él salvo pagar la factura de alojamiento cada vez que me llega a fin de mes. No tenía tiempo para verlo, no entre las visitas al hospital y mi trabajo.
–Pero ahora lo has visto –eso es lo que le había comentado por teléfono.
–Sí. La semana pasada. Lanie y yo fuimos a visitar la caballeriza. El médico de la pequeña consideró que sería una buena idea si pasaba algún tiempo con su caballo, que la ayudaría a enfrentarse a todo lo que había sucedido. Pero no fue una buena idea. Lanie se alteró mucho al verlo, y yo me quedé pasmado. Se encuentra en un estado terrible.
–¿Por terrible quieres decir…?
–Sucio. Muy sucio –el tono de Tyler mostró disgusto; sacudió la cabeza–. Me explicaron que no dejaba de salir de su corral, de modo que lo metieron en una cuadra. Se parece más a una tumba. No creo que haya salido de ella en meses, ni que la hayan limpiado nunca. Era horrible. Y el olor… –frunció la nariz–. No podía creer la condición en la que se encontraba el animal cuando lo vi.
Si el caballo estaba recluido donde Shaunne pensaba, creía lo que Tyler decía. Había elegido un lugar en la guía telefónica y con ingenuidad había supuesto que los propietarios de la caballeriza cumplirían lo que le habían prometido. Y así tendría que haber sido. Pero el problema es que no todos los cuidadores eran iguales.
–¿Afirmas que no han dejado salir al caballo de su cuadra en meses?
–Eso creo. Por el aspecto y el olor que tenía, ha estado encerrado allí.
–¿Puede caminar? –había visto a algunos caballos maltratados que no podían.
–Oh, sí –repuso, luego se levantó y se dirigió a la ventana que daba a los graneros y corrales. Miró por ella, y Shaunna lo oyó suspirar antes de volverse–. El caballo puede hacer más cosas que caminar. En cuanto abrimos la puerta para sacarlo, se lanzó sobre Lanie. En realidad, trató de atacarla.
–¿Atacar? –Shaunna sacudió la cabeza–. Diría que tienes un problema –y no era «pequeño»–. ¿Cuánto años mencionaste que tenía tu hija? ¿Diez?
–Sí.
–Una niña tan joven no debería tener un caballo así. Necesita un animal tranquilo, seguro.
–Lo sé. Y yo estoy a favor de deshacerme de él, pero Lanie insiste en que no era así antes del accidente… antes de que lo enviara a esas caballerizas. Dice que su madre hacía que alguien fuera a casa y lo ejercitara. Antes del accidente, Lanie montaba en él todo el tiempo, y se mostraba seguro y dócil. Como he dicho –continuó–, sin importar cómo fuera antes y si consideramos cómo es ahora, creo que deberíamos deshacernos de él. Venderlo o enviarlo al lugar de donde vino. El problema es que el médico de Lanie cree que es importante para ella tener a su caballo ahora. Afirma que como fue su madre quien se lo compró, desprenderse de él afectaría de forma adversa la recuperación de la niña; que lo necesita tanto emocional como físicamente. De modo que, por un lado y por el bien de mi hija, necesitamos quedarnos con el animal. Pero por otro lado, es demasiado indómito para quedárnoslo. No sé qué hacer. Sé que no podemos dejarlo donde está, pero para que alguien pueda manejarlo, hay que domarlo.
–¿Así que me has llamado con la esperanza de que lo acepte y lo dome? –Shaunna sonrió.
Tyler la estudió unos momentos, luego regresó a la silla.
–He de reconocer que eres más joven que lo que había esperado, pero desde el día que fuimos a ver al caballo he estado preguntando por ahí, y todo el mundo con el que he hablado dice que eres la mejor entrenadora de caballos de la zona… del estado de California. Que eres capaz de obrar milagros con ellos –ella intentó protestar, pero él prosiguió–: Dicen que tienes el toque… que lo que haces es pura magia. Lanie llama al caballo Magic. Y creo que el pobre necesita un poco de magia.
–Por lo que me has dicho, diría que necesita mucha.
–Y no la recibe donde está –afirmó Tyler–. Me temo que si lo dejamos allí será peor. El día después de que Lanie y yo lo fuimos a ver, regresé a la caballeriza y hablé con la propietaria. Considera que el mejor modo de manajer al animal es hacerle pasar hambre hasta que se encuentre demasiado débil para oponerse a nosotros. Y por el aspecto del caballo, estoy seguro de que eso es lo que ha estado haciendo –meneó la cabeza–. Pero se acabó. No haré pasar hambre ni someteré a abusos a un animal, sin importar lo salvaje que pueda ser. Le dije que a partir de ahora sería mejor que se cerciorara de que Magic recibiera su ración entera de alimento y que me lo llevaría en una semana –suspiró y sonrió con tristeza–. Bueno, ¿lo aceptarás?
Por lo que Tyler le había dicho, Shaunna no estaba segura de saber con exactitud dónde guardaban al animal. Le habían llegado docenas de historias de horror sobre esa caballeriza. Por ella, el lugar debería cerrarse y los dueños ser enviados a la cárcel a ración de pan y agua. Se merecían recibir el mismo trato que le daban a los caballos.
Y apreciaba el deseo de Tyler de sacar a su caballo de una mala situación, le gustaba la firmeza de su voz y admiraba su obstinada determinación de convencerla para que lo viera esa tarde, aun cuando le había informado de que estaba ocupada. Quizá no lo supiera todo sobre los caballos, pero resultaba evidente que era una persona que se preocupaba por los animales. Aunque eso no reducía el problema que se le planteaba.
–Como dije por teléfono, no me queda ninguna cuadra o corral libres, y seguirá así durante dos meses más.
–No puedo dejarlo donde está –repuso sin apartar la vista de ella.
–Hay otros establos por Bakersfield.
–¿Y crees que podrán manejar un caballo como ése? ¿Podrán volverlo seguro para que lo tenga Lanie? Estos últimos seis meses no han sido fáciles para ella –continuó–. Primero la pérdida de su madre y su padrastro, luego la permanencia en un hospital durante un mes, y por último tener que venirse a vivir conmigo… prácticamente un extraño. Lanie… –bajó la vista al linóleo. Shaunna vio que se mesaba el pelo. Volvió a alzar los ojos–. Lanie está muy enfadada ahora mismo, y no nos llevamos muy bien. Su médico dice que es su reacción ante el dolor, y como yo soy el más próximo, resulto su objetivo. No quiero decirle que tuve que enviar al caballo de vuelta allí.
–No, probablemente no sería una buena idea –coincidió ella–. Y si lo haces, existe una gran probabilidad de que se convierta en comida para perros –algo que no quería que le sucediera a ningún caballo.
Y sentía que entendía la ira de su hija. Estando divorciados, no sería inusual que la madre convirtiera al ex marido en el malo de la película. La madre de Shaunna había hablado mal bastante a menudo de su padre, tanto cuando estaba en casa como cuando se marchó. Sabía que los hijos que dejaban los divorcios por lo general estaban enfadados.
En su propio caso, el enfado lo había dirigido contra los dos. Contra su madre por ser la persona que era, y contra su padre por abandonarla. Puede que no hubiera muerto, pero era como si lo estuviera. Desde que se fue ni una vez volvió a saber de él. Ninguna tarjeta por su cumpleaños, por Navidad. Nada.
–Pagaré extra –dijo Tyler.
–Si te ayudo –desterró los recuerdos del pasado–, y no digo que vaya a hacerlo, no será por el dinero.
–Unos ingresos adicionales ayudarán –miró hacia las facturas no pagadas que había sobre la mesa.
Era probable, aunque desconocía la situación exacta de sus finanzas. Sabía que ganaría mucho más si no estuviera siempre rescatando animales que otros habían abandonado. Caballos, perros, gatos. Al menos si aceptaba el caballo de Tyler, no sería gratis.
–Me da la impresión de que eres la única esperanza de Magic –añadió él, y el tono suave de su voz le llegó a Shaunna como jamás conseguiría un ofrecimiento de dinero.
–Tendré que ir a ver al caballo –señaló–. Hay algunos que están más allá de toda ayuda.
–Lo único que te pido es que lo intentes –Tyler sonrió más–. Si puedes, consigue devolverlo al estado en el que Lanie pueda manejarlo.
–Has dicho que su médico afirma que el animal la ayudará tanto emocional como físicamente. ¿Cómo se encuentra de salud? ¿Está en forma para trabajar con ese caballo?
–Sí. Tiene una leve cojera y no ha recuperado todas sus fuerzas, pero el médico considera que montar la ayudará a reforzar los músculos.
–Por lo que me has contado, no lo montará en un tiempo. Pero espero que trabaje con él a diario, en especial al principio.
–Si es lo que hace falta, allí estará. Lo único que te pido es que no le hagas correr ningún peligro.
–Quiero ver al caballo y conocer a tu hija antes de tomar una decisión.
–¿Quieres conocer a Lanie? –Shaunna notó un destello de pánico en su expresión y tuvo la impresión de que había algo que no le había contado. Enarcó las cejas y él cedió de inmediato–. De acuerdo. Dime cuándo, y aquí estaremos.
–¿Qué te parece el sábado? ¿A las diez?
–Perfecto.
Tyler se marchó con sentimientos encontrados. Tenía la certeza de que en cuanto Shaunna viera al caballo de Lanie, lo trasladaría a sus establos. Si lo que había oído decir sobre ella era verdad, no permitiría que el animal pasara dos minutos más en su actual condición.
Lo que le preocupaba era presentarle a Lanie. Sabía cómo se comportaba su hija con Alicia y con él. Su médico comentaba que su conducta era su modo de probarlo.
La batalla era constante, y a veces se preguntaba si valía la pena. Lanie estaba tan enfadada, y nada de lo que él decía parecía ayudar.
Pero no podía rendirse. Aún recordaba cómo había sido de bebé, cómo sonreía cuando la alzaba en brazos de la cuna y estiraba sus manitas pequeñas y regordetas. Entonces ella lo había querido. De un modo u otro iba a encontrar un modo de atravesar ese muro que Lanie y el destino habían levantado.
Se preguntó si debería haberle contado a Shaunna toda la historia de su hija. Tal vez eso la hubiera ayudado a entender las cosas. Pero ni se lo había revelado a Alicia. Sólo lo sabían sus padres y el médico de la pequeña. Parecía mejor de esa manera.
De algún modo conseguiría ir más allá de la ira de Lanie. Y quizá su médico tuviera razón. Tal vez el caballo ayudara; tal vez Shaunna Lightfeather ayudara.
Sonrió al pensar en Shaunna. Se había sentido atraído por ella, lo cual lo sorprendió. No es que no resultara atractiva. Con sus pómulos altos, su color cetrino y sus ojos inusuales era una mujer muy atractiva, de una forma natural. Llamativa. Sexy.
Meneó la cabeza mientras volvía a Bakersfield. Pensaba tonterías. Una cosa que había descubierto en sus treinta y cuatro años era que la atracción física no bastaba. Y por lo que había oído hablar y visto de Shaunna, sabía que se trataba de una mujer que no encajaría en su estilo de vida. En absoluto.
Era evidente que no se trataba de una empresaria. Apilar facturas sobre la mesa de la cocina no era una buena práctica profesional, y cuando le mostró los establos después de aceptar ir a ver a Magic, Tyler quedó impresionado y consternado al mismo tiempo. En el lado positivo, aunque los establos dejaban ver sus años, todo se veía limpio, en buen estado y ordenado. No había ninguna cuadra pequeña, oscura y hedionda en ninguna de sus dos caballerizas, y por la situación de las vallas, no creía que ningún caballo, ni siquiera uno salvaje, pudiera escapar.
Y había tenido razón al decirle que cada cuadra estaba ocupada. Al explicarle que la mitad de los animales le pertenecían, tratándose básicamente de caballos abandonados que había recogido, comenzó a comprender por qué tantas de las facturas en la cocina estaban vencidas y por qué le había preguntado si conocía a un buen contable, uno honesto. Sus decisiones parecían estar gobernadas por las emociones en vez del buen sentido comercial.
No, no era una buena empresaria. Aunque a su ego le gustó saber que ella lo había encontrado atractivo. Al menos sus actos le hicieron pensar eso. Era la única explicación que podía dar para lo que sucedió cuando por accidente ella tropezó con él al retroceder y su trasero contactó con sus caderas.
Se agitó y se apartó como si hubiera tocado un hierro al rojo vivo. También se sonrojó. Su comportamiento le resultó atrayente. Hacía tiempo que no veía sonrojarse a una mujer.
Atrayente pero sin importancia. Después de todo, ¿qué tenían en común? A ella le encantaban los animales y los tenía por todas partes: perros, gatos, caballos y vacas. Incluso había una cría de pájaro que se había caído del nido. Tyler no había tenido ningún animal desde el perro que dejó atrás cuando se divorció de la madre de Lanie.
Él tenía una amplia colección de CDs de música clásica. Shaunna escuchaba música country y western. Sonaba en la radio en la casa y en los establos. Y se la imaginaba en una cena de negocios. Sin duda aturdiría a sus clientes con su franqueza. A él lo había impactado cuando habló de la castración del caballo joven con el que trabajaba en ese momento. Lo que lo sobresaltó fueron los gestos de ella. No dejó nada a la imaginación. Incluso sintió la necesidad de juntar las rodillas.
No, no tenían nada en común.
Salvo, quizá, un poco de química.
Sonrió y entró en la autopista. Tal vez Shaunna se había dado cuenta de ello. Quizá por eso le habló de la castración de ese caballo como una advertencia. Bueno, no debía preocuparse. No pensaba empezar nada. Podía hacer caso omiso de la química. Llevaba años haciéndolo.
–Sólo acepta al caballo –musitó–. Y a Lanie –añadió.
TYLER y su hija llegaron a las diez en punto de la mañana del sábado. Shaunna los observó bajar del coche. Él iba vestido de manera menos formal que la primera vez que lo vio, con unos pantalones caquis, una camisa marrón y zapatillas del mismo color. Parecía salido de una revista masculina, y supo cómo quedaría su ropa tras una hora de trabajar con caballos.
Su hija iba vestida de forma más apropiada. Llevaba unos vaqueros, una camisa de lona y botas. Tenía piernas tan largas como un potrillo, era pálida y delgada, y su cabello castaño rojizo carecía de brillo. En cierto sentido, Lanie le recordaba al potro salvaje del que iban a hablar. Ambos mostraban los efectos de un trauma.
La pequeña cojeó levemente al dirigirse hacia Shaunna, y ésta pudo ver que tenía una cicatriz en la frente, que desaparecía en la irregular separación de sus trenzas.
Lo que la intrigó fue lo poco que se parecía a su padre. Aunque ambos tenían ojos azules, el contorno de sus rostros era distinto, junto con el color de pelo y la complexión corporal.
