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Anatomía de una mentira recorre las voces y los grupos que, en los últimos años, han planteado fuertes polémicas sobre lo sucedido en la Argentina de los años setenta. Estas ideas no son nuevas, existen desde la misma dictadura; sin embargo, en pleno siglo XXI han logrado poner en jaque los consensos construidos durante cuarenta años de democracia sobre la gravedad de las violaciones a los derechos humanos cometidas por el Estado argentino. ¿Negacionismo? ¿Revisionismo? ¿Justificación? ¿Cómo entender sus posiciones y motivaciones? ¿Por qué estos grupos han florecido en los últimos años al calor de las nuevas derechas? Con explicaciones históricas rigurosas, Hernán Confino y Rodrigo González Tizón desarman minuciosamente las cuatro "trincheras" ideológicas de estos sectores: el terrorismo de Estado como una guerra, la idea de una "memoria completa", la discusión sobre la cantidad de víctimas y el lugar de la violencia revolucionaria. Lejos de apaciguarse con el tiempo, la batalla por los años setenta está más viva que nunca. Como señalan los autores: "La idea de un conflicto total y permanente que se libra en el seno de la sociedad es la actitud fundamental del pensamiento contrainsurgente. Y una de las claves de su persistencia en el tiempo". Contra toda justificación, este libro nos ayuda a pensar nuestro pasado, nuestro presente y también nuestro futuro.
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Seitenzahl: 340
Veröffentlichungsjahr: 2024
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HERNÁN CONFINO RODRIGO GONZÁLEZ TIZÓN
ANATOMÍA DE UNA MENTIRA
Quiénes y por qué justifican la represión de los setenta
Anatomía de una mentira recorre las voces y los grupos que, en los últimos años, han planteado fuertes polémicas sobre lo sucedido en la Argentina de los años setenta. Estas ideas no son nuevas, existen desde la misma dictadura; sin embargo, en pleno siglo XXI han logrado poner en jaque los consensos construidos durante cuarenta años de democracia sobre la gravedad de las violaciones a los derechos humanos cometidas por el Estado argentino.
¿Negacionismo? ¿Revisionismo? ¿Justificación? ¿Cómo entender sus posiciones y motivaciones? ¿Por qué estos grupos han florecido en los últimos años al calor de las nuevas derechas? Con explicaciones históricas rigurosas, Hernán Confino y Rodrigo González Tizón desarman minuciosamente las cuatro “trincheras” ideológicas de estos sectores: el terrorismo de Estado como una guerra, la idea de una “memoria completa”, la discusión sobre la cantidad de víctimas y el lugar de la violencia revolucionaria.
Lejos de apaciguarse con el tiempo, la batalla por los años setenta está más viva que nunca. Como señalan los autores: “La idea de un conflicto total y permanente que se libra en el seno de la sociedad es la actitud fundamental del pensamiento contrainsurgente. Y una de las claves de su persistencia en el tiempo”. Contra toda justificación, este libro nos ayuda a pensar nuestro pasado, nuestro presente y también nuestro futuro.
Estudió historia en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es doctor en historia por la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales-Universidad Nacional de San Martín (IDAES-UNSAM), donde también se desempeña como docente. Ha sido becario posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y de la Coordinación de Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México. El Fondo de Cultura Económica publicó La Contraofensiva: el final de Montoneros (2021).
Estudió historia en la UBA. Es doctor en historia por la IDAES-UNSAM, donde también se desempeña como docente. Ha sido becario doctoral y posdoctoral del CONICET y coordinador de investigaciones históricas del Archivo Nacional de la Memoria. Es autor de No solo un testigo.Una historia de los sobrevivientes de El Vesubio(1978-2016) (2023).
A la memoria de mi mamá Nora.
A mi papá Marcelo.
A Eloísa, Juan y León, mis tesoros.
A Luciana, por el amor.
DESDE EL MOMENTO en que comenzamos a pensar este libro hasta su punto final, la participación de Marina Franco fue fundamental. Con inteligencia, generosidad y sensatez estuvo siempre dispuesta al intercambio y sus intervenciones complejizaron nuestras preguntas y, más importante, estimularon nuestro amor por la disciplina histórica. Nuestro agradecimiento a ella es absoluto. El apoyo del Fondo de Cultura Económica también ha sido central para la materialización de este trabajo. Queremos agradecer a Gastón Levin la confianza depositada en esta obra y a Fabiana Blanco el cuidadoso trabajo de edición.
Muchos colegas, amigos y amigas fueron muy gentiles con este proyecto. Nos acercaron fuentes, intercambiaron ideas con nosotros o leyeron algunos extractos del manuscrito y nos ayudaron a afinar los argumentos. Con el riesgo de cometer un olvido injusto queremos agradecer a Gerardo Aboy Carlés, Cinthia Balé, Julián Delgado, Andrés Gattinoni, Analía Goldentul, Boris Grinchpun, Leandro Lacquaniti, Esteban Pontoriero, Valentina Salvi, Martín Schapiro, Daniela Slipak, Pablo Tello y Luciana Virgolini. Desde luego, las inexactitudes o errores que pudiera contener el libro son de nuestra absoluta responsabilidad.
Nuestro trabajo de investigación es deudor de dos espacios intelectuales cimentados con dedicación, compañerismo y rigor profesional. Nos referimos al Núcleo de Historia Reciente de la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín y a la Red de Estudios sobre la Represión y la Violencia Política. Queremos agradecerles a sus integrantes el tiempo y los espacios compartidos, sin los cuales este libro no hubiera sido posible.
Por último, queremos destacar a nuestras familias, amigos y amigas por su continua predisposición a escucharnos hablar sobre el negacionismo del pasado y sus peligros en el presente. Por su apoyo permanente. Esa atención, incluso alejada de sus intereses, es la constatación de un amor que no queremos dejar de agradecer. Amor que, aun en tiempos aciagos, nos reencuentra con los capítulos más luminosos de la existencia, esos que surgen del camino compartido y las construcciones colectivas. Les agradecemos por todo lo que fue y será.
EL 24 DE MARZO DE 2019, en ocasión de un nuevo aniversario del golpe de Estado de 1976, el abogado y escritor de extrema derecha Nicolás Márquez subió a su canal personal de YouTube un video titulado “Las mentiras de los 70 en diez minutos”. Allí, expuso su mirada sobre la etapa dictatorial:
Nos estamos aproximando al 24 de marzo, fecha convertida por la partidocracia y la demagogia en un insólito feriado turístico. ¿Y saben qué van a decir y qué van a enseñar y qué van a promover? Lo que hacen siempre. Van a decir que el 24 de marzo de 1976, a espaldas del pueblo, un grupo de militares feos y malos tomaron el poder para desde allí implementar un sistema económico de entreguismo y acabar con una generación de treinta mil desaparecidos en el marco de un genocidio. Esto es lo que vamos a escuchar. Pero todo eso es mentira […]. Lo que hubo fue una guerra civil con agentes múltiples, con responsabilidades múltiples. No hubo un sector que fue Satán y otro que fueron ángeles o un sector sacralizado. Fue una responsabilidad multilateral de una guerra revolucionaria que empezó el terrorismo y que, por el bien de la república, aunque con muchísimos errores sin duda, ganaron los militares. Ahora bien, el 24 de marzo, que es un día sindicado como el “día de la memoria”, yo me pregunto: ¿de la memoria de quién?1
El terrorismo de Estado como “guerra civil”, la guerrilla como causante de la represión, las violaciones sistemáticas a los derechos humanos como meros “errores” de los militares, la falsificación deliberada de la verdad histórica, la denuncia de una memoria oficial parcial. La exposición de Márquez contiene todos los condimentos que, con matices y diferencias de grado, conforman el universo de ideas de quienes relativizan o justifican el terrorismo de Estado y reclaman una “memoria completa” del pasado reciente argentino. Es decir, una que exponga una supuesta verdad silenciada por la narrativa que construyeron los organismos de derechos humanos y el Estado democrático. Lejos de ser novedosa, la consigna se remonta varias décadas atrás en el tiempo y recupera, bajo otro ropaje, los argumentos que la propia dictadura militar utilizó para justificar sus crímenes atroces.
Los adalides de la “memoria completa” han sido acusados por miembros del arco político progresista y del mundo de los derechos humanos de promover postulados “negacionistas” del terrorismo de Estado. El asunto adquirió mayor espesor en el debate público durante el último lustro, cuando los dos máximos exponentes del gobierno del Frente de Todos, el presidente Alberto Fernández y la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, hicieron propio el pedido de una ley para penar las expresiones que negaran los crímenes de la última dictadura. La demanda se materializó en la presentación de distintos proyectos de ley contra el negacionismo ante el Congreso, el último en noviembre de 2023, aunque ninguno llegó a ser sancionado.
Este libro se pregunta si es posible hablar de un “negacionismo argentino” al estilo del que se forjó en relación con otras masacres del siglo XX. Sin embargo, nuestro acercamiento no tiene como meta etiquetar discursos, acciones y personas en base a un concepto dado de antemano y que, creemos, funciona mejor como instrumento para la polémica pública que como categoría de análisis. Tampoco discutiremos acerca de la pertinencia de su sanción jurídica. Más bien, nos interesa proponer una caracterización histórica de los diversos actores, prácticas y argumentos que, desde la década de 1970 hasta nuestros días, han cuestionado las memorias centradas en la represión estatal de la última dictadura. Desarrollaremos nuestra propuesta en un registro que se aparta de la escritura académica con la intención de alcanzar un público mayor que el especializado en ciencias sociales. De este modo, esperamos contribuir al debate más amplio de ideas sobre los vínculos entre pasado y presente en nuestro país.
La aparición del término “negacionismo” en el panorama mundial es relativamente tardía. Se popularizó en el ámbito intelectual francés a fines de la década de 1980 para hacer referencia a quienes ponían en duda la existencia del Holocausto. Su principal promotor fue el historiador Henry Rousso, quien la utilizó por primera vez en su libro Le syndrome de Vichy (1987), donde exploraba las memorias de la colaboración francesa con el nazismo. Hasta entonces, la expresión en boga era “revisionistas”, epíteto que los propios defensores de esta pretendida historia alternativa del Holocausto se asignaban. Con el nuevo término, Rousso distinguía lo que entendía era “un sistema de pensamiento” o “una ideología” del procedimiento historiográfico de revisar críticamente una interpretación del pasado. Dicho de otro modo, diferenciaba un ejercicio netamente político de otro científico.2
No es extraño que haya sido en Francia donde se popularizó el vocablo, dado que ese país dio a luz a tres de los máximos exponentes del negacionismo de la Shoá. El primero en tender un manto de duda sobre el genocidio de la población judía fue el activista de extrema derecha Maurice Bardèche en su libro Nuremberg ou la tèrre promise, editado en 1948, cuando todavía el exterminio era una realidad palpable. Dos años después, la sospecha la instalaría un militante pacifista con paso por el socialismo y el comunismo, Paul Rassinier. En 1950 escribió Le mensonge d’Ulysse, donde cuestionaba los testimonios de algunos sobrevivientes sobre las matanzas en las cámaras de gas. Lo que hacía más dramático el asunto era que él mismo había estado detenido en el campo de concentración de Buchenwald, con graves consecuencias para su salud física. El tercero de los exponentes negacionistas, Robert Faurisson, fue el que más visibilidad alcanzó. En 1974, una carta suya a cientos de colegas y personalidades de distintas partes del mundo donde ponía en entredicho las pruebas sobre el uso criminal de las cámaras de gas generó un escándalo de alcance internacional. El “affaire Faurisson”, como se conoció a esta polémica, constituyó el primer episodio mediático donde el negacionismo estuvo en el centro de la escena.
Las proyecciones de este fenómeno excedieron ampliamente el territorio francés. En Estados Unidos, por ejemplo, el Institute for Historical Review (IHR), fundado en California en 1978, se convirtió en un ámbito de acogida y difusión del pensamiento negacionista de distintas latitudes. La institución saltó pronto a la fama por ofrecer, durante su primera conferencia pública en 1979, 50.000 dólares a quien “pudiera probar que hubo judíos aniquilados por medio de cámaras de gas en Auschwitz”.3 Un sobreviviente de ese campo de exterminio, Mel Mermelstein, denunció judicialmente a la entidad por haber ignorado el testimonio sobre su experiencia como prisionero de los nazis. El IHR perdió el juicio y se vio obligado a pagar una indemnización a Mermelstein y emitir un comunicado de disculpa hacia este y el resto de los sobrevivientes de Auschwitz.
Pocos años después, en 1985, estalló en Canadá el escándalo del “informe Leuchter”, que pretendía ser una demostración científica de la inexistencia del exterminio. Todo comenzó con la denuncia que otra sobreviviente de los campos nazis, Sabrina Citron, hizo contra el editor de literatura negacionista Ernest Zündel luego de que este publicara un ensayo titulado Did Six Million Really Die?, cuya autoría estaba a cargo del político de la derecha radical británica Richard Verrall. Para defenderse en el juicio, Zündel contrató al ingeniero Fred Leuchter para que peritara las cámaras de gas de Auschwitz y Majdanek. Este viajó a Polonia y, sin autorización, extrajo muestras de las paredes para analizar en un laboratorio los vestigios de Zyklon B, el compuesto químico que los nazis emplearon para el exterminio en masa de los prisioneros. El documento con los resultados de la investigación, que llevó el nombre de su autor, concluyó que los restos del gas eran menores a los que habrían quedado de haberse utilizado para el asesinato de personas. Los groseros errores que contenía el informe Leuchter determinaron que fuera desestimado por las autoridades judiciales, pero desde entonces es citado como evidencia “científica” por los detractores del Holocausto.
Los episodios judiciales que involucraron a los negacionistas alcanzaron en algunas ocasiones ribetes insólitos, que iluminan hasta qué extremos puede llegar su voluntad de intervención sobre el pasado. Uno de esos eventos fue el juicio que tuvo como protagonistas al escritor británico David Irving y a la historiadora estadounidense Deborah Lipstadt. En 1996, el primero realizó una demanda por difamación por el contenido del libro Denying the Holocaust. The Growing Assault on Truth and Memory (1994), donde Lipstadt lo acusaba de ser “uno de los voceros más peligrosos del negacionismo del Holocausto” y de manipular a sabiendas la evidencia histórica “hasta que se muestre conforme con sus inclinaciones ideológicas y su agenda política”.4 El juicio, del que participó como perito el prestigioso historiador británico Richard Evans, dio la razón a Lipstadt. En la sentencia, el tribunal dio por probado que Irving, “por sus propias razones ideológicas, tergiversa y manipula evidencia histórica de manera persistente y deliberada”.5
A partir del breve racconto anterior, podemos afirmar que el mote de “negacionistas” se aplica de manera literal a los detractores del Holocausto: el punto de llegada de sus críticas es, casi sin excepciones, la negación del genocidio. Sin embargo, los caminos que los conducen hasta ese lugar son diversos, y es allí donde se producen los cruces con la experiencia argentina. En el caso del nazismo, los exponentes más radicalizados del negacionismo consideran a las cámaras de gas, y con ellas al exterminio de los judíos europeos, como una gran farsa. Sobre este asunto ha reflexionado la filósofa italiana Donatella Di Cesare en Si Auschwitz no es nada (2022), una recopilación de distintos ensayos sobre el negacionismo. Allí afirma que esta corriente “se presenta como una empresa de higiene ideológica que pretende despejar el horizonte del presente del falso pasado: la ‘mentira de Auschwitz’”.6
De este núcleo duro de la negación se desprenden otros argumentos e ideas que, sin llegar al extremo de contradecir la existencia de las cámaras de gas, siembran también la semilla de la duda sobre la veracidad del Holocausto. Una de las estrategias más comunes a la que echaron mano los negacionistas consiste en criticar la cifra de seis millones de judíos asesinados a manos de los nazis, que presentan como exagerada o carente de fundamentos empíricos. Otro procedimiento recurrente de los detractores del genocidio ha sido denunciar el supuesto espíritu de venganza presente en los procesos judiciales seguidos en Núremberg contra los criminales de guerra nazis, que habría impedido un tratamiento imparcial, presuntamente objetivo, de su responsabilidad en la masacre.
Quizás el más macabro de los mecanismos de la negación es el que atribuye la “mentira de Auschwitz” a intereses espurios de las víctimas, desdibujando la línea que las separa de los verdugos. De acuerdo con este argumento, el gran beneficiario del Holocausto no sería otro que el pueblo judío, que se habría dedicado a explotar con fines políticos y económicos la masacre. Sobre este aspecto se ha explayado también Di Cesare, quien sostiene que uno de los enunciados predilectos de los negacionistas es la afirmación de que sobre la base de la “gran mentira histórica” del exterminio se habrían construido el Estado de Israel y una redituable industria de la memoria.7 Esta inversión de la carga de la culpa, que pone en cuestión la pureza de las víctimas, tiene como finalidad proyectar la sospecha sobre su palabra, evidencia fundamental de los crímenes nazis. El argumento es similar al que, en Argentina, sostiene que detrás de la cifra de treinta mil desaparecidos se esconde un negocio millonario vinculado al cobro de indemnizaciones por parte de falsas víctimas, a costa de las arcas estatales.
Esta construcción, pariente de la que a mediados del siglo XX denunciaba una “conspiración judía mundial” que ponía en riesgo los valores de Occidente, cuadra bien con el pensamiento conspirativo de las nuevas derechas contemporáneas. Quizás aquí haya que buscar, como sostiene Di Cesare, algunas de las claves del reverdecer del negacionismo del Holocausto en el nuevo milenio. La creencia de que existe una verdad que permanece oculta debido a la acción de un poder omnímodo —sea este el Estado, las élites políticas y económicas o el más abstracto Nuevo Orden Mundial— les ha permitido a los negacionistas traficar sus mentiras y tergiversaciones del pasado como interpretaciones alternativas a la “historia oficial”. Se trata de un fenómeno en el que Internet, las redes sociales y las nuevas plataformas comunicacionales han jugado un rol inestimable, al acercar una audiencia amplia a posturas que durante décadas no pasaron de ser marginales.
Hace tiempo que el negacionismo se desprendió de su anclaje histórico original. El proceso fue de la mano con el que atravesó el Holocausto en el último tercio del siglo XX, cuando se convirtió en una metáfora universal del uso de la violencia masiva contra poblaciones indefensas. Como señalan los historiadores Daniel Lvovich y Boris Grinchpun, el concepto de negacionismo “se extendió para nombrar otros casos en los que se pretendió denegar, ocultar o ‘desmentir’ hechos de violencia masiva, genocidios y matanzas”.8 Es así como podemos ver el término asociado a la negación del asesinato de más de un millón de armenios en Turquía entre 1915 y 1923, de las matanzas campesinas de las dictaduras centroamericanas durante la década de 1980 o de la masacre de miles de bosnios musulmanes por las tropas serbias en la región de Srebrenica en julio de 1995, durante la guerra de la ex Yugoslavia. En los últimos años, el significante “negacionismo” se desligó también de su relación con hechos de violencia masiva y pasó a utilizarse para designar discursos y movimientos que niegan el cambio climático, la eficacia de las vacunas o emergencias sanitarias como la pandemia de COVID-19.
Volvamos a nuestro interrogante inicial: ¿es posible hablar de negacionismo para el caso argentino? Al compararlo con el del Holocausto, lo primero que salta a la vista es la diferencia que existe entre un discurso que niega el crimen y otro que no alcanza ese punto. En Argentina, el concepto de negacionismo se aplica a discursos que, con sus matices, ponen en tela de juicio la existencia de un plan represivo ideado desde la cúspide del Estado y ejecutado por las Fuerzas Armadas y de Seguridad entre 1975 y 1983, con epicentro en la última dictadura. Dado que nunca niegan los crímenes de manera explícita, los portavoces de este tipo de discursos, como señalan Lvovich y Grinchpun, recurren a su relativización, banalización y, en sus versiones más radicalizadas, a su justificación.9 En otras palabras, no hay en Argentina un negacionismo como el que sostiene que Auschwitz fue una mentira. Sin embargo, el asunto no es tan sencillo de dirimir ya que, como vimos, existen formas y procedimientos más sutiles que también contribuyen a la negación.
En una conocida recopilación de ensayos de la década de 1980, Pierre Vidal-Naquet explicó su postura frente a los “asesinos de la memoria”, como denominó a los negacionistas de la Shoá. El historiador francés, cuyos padres habían muerto en Auschwitz, trazó la diferencia entre discutir con los negacionistas y acerca de ellos. La primera postura le resultaba impracticable ya que suponía la existencia de un terreno común sobre el cual construir una verdad acerca de los hechos del pasado, algo que no era viable con quienes consideraban a las cámaras de gas como un “mito” o un invento. La segunda actitud no solo le parecía posible, sino necesaria. Y así lo fundamentaba: “Se pueden analizar sus textos tal como se hace la anatomía de una mentira; se puede y se debe analizar su lugar específico en la configuración de las ideologías, preguntarse el por qué y el cómo de su aparición”.10
Nuestra propuesta tiene algunos puntos de contacto con la de Vidal-Naquet. A lo largo de los distintos capítulos realizamos una suerte de anatomía del ecosistema de voces que, en distinto grado, contradicen la existencia de un plan represivo sistemático en Argentina entre 1975 y 1983. Examinamos el contenido de sus discursos y ponemos especial atención en identificar qué recursos argumentativos y retóricos emplean y qué clase de ideas movilizan como parte de su lucha por una “memoria completa” de ese pasado. Para darles un anclaje a esos enunciados, buceamos en las trayectorias personales y en los ámbitos de sociabilidad de quienes se autoproclaman portavoces de una verdad oculta sobre la década del setenta, e interrogamos los contextos en que sus enunciados adquirieron visibilidad pública. También nos detenemos en los dispositivos mediáticos y editoriales que han servido de plataforma a su proyecto memorial.
Este libro se nutre del análisis de fuentes primarias de muy diverso tipo y de los aportes de muchos colegas que estudiaron en profundidad diferentes aspectos del devenir histórico y las disputas por la memoria del pasado reciente argentino. Entre los documentos que trabajamos se incluyen publicaciones de organismos de derechos humanos argentinos e internacionales, prensa partidaria y de circulación masiva, testimonios de personas que sobrevivieron al cautiverio en los centros clandestinos de detención e informes estatales. Con los recaudos del caso, también analizamos documentos y declaraciones de los perpetradores que, por lo general, tienen como finalidad negar o minimizar su responsabilidad en los crímenes del terrorismo de Estado. Una parte significativa del trabajo está dedicada, además, a examinar libros de militares y civiles que cuestionan la existencia de un plan represivo en la Argentina dictatorial y denuncian como “parcial” la memoria de esa experiencia impulsada desde los organismos de derechos humanos y el Estado democrático. Intervenciones en medios de comunicación masiva, investigaciones periodísticas y contenidos compartidos a través de distintas redes sociales son un último conjunto de fuentes al que recurrimos para nuestra indagación.
Creemos que la historia aporta herramientas idóneas para escrutar los argumentos que estructuran el edificio de la “memoria completa”. Para discutir acerca de ellos. Sin embargo, no proponemos una reconstrucción histórica al estilo convencional. Partimos de las elaboraciones presentes de la experiencia pasada para examinar los rasgos fundamentales de los hechos y procesos históricos a los que aluden y para desmenuzar las operaciones retrospectivas que se aplican sobre ellos. Además, restituimos los contextos de producción de esas memorias y las derivas que estas experimentaron a lo largo del tiempo. En síntesis, nuestro método hace base en la historia y sus principales herramientas de análisis del pasado, y se sirve también de los aportes de los estudios de la memoria. De este modo, apostamos a poner en diálogo dos campos del saber de frondoso desarrollo en nuestro país durante las dos últimas décadas.
El estudio del negacionismo como tal en Argentina no tuvo la misma relevancia que en el caso europeo. En parte, esto se explica por las dificultades para asimilar los discursos de banalización y relativización del terrorismo de Estado con la negación, pura y dura, de la existencia de los campos de concentración nazis. Sin embargo, con sus modulaciones la problemática sí ha merecido tratamientos previos, tanto de parte de quienes han pensado la masacre represiva de la última dictadura en términos de genocidio, como de aquellos que se han concentrado en reconstruir las memorias militares y las formas más amplias que tuvo la recuperación del pasado setentista para diversos actores políticos.
Desde la historiografía, Federico Lorenz y Mario Ranalletti fueron pioneros en el estudio de las narrativas construidas por los responsables del terrorismo de Estado. El primero analizó la “versión unilateral de la década del setenta” elaborada por los propios perpetradores. Esa versión, que definió en 2005 como “vulgata procesista”, enfatizaba la violencia armada y silenciaba la represión ilegal del Estado. También ocultaba las dimensiones sociales y políticas del conflicto, circunscripto a su dimensión militar. Montados en la caracterización dictatorial de una “lucha contra la subversión”, los enunciados de la vulgata planteaban el triunfo militar de las Fuerzas Armadas y su derrota propagandística posterior. Este cuerpo de ideas contrainsurgentes fue uno de los insumos principales que constituyeron al ecosistema de la “memoria completa”. Su estudio, sostiene Lorenz, permite aproximarse críticamente al “discurso negador de uno de los aspectos más brutales del pasado argentino”.11
Pocos años después, Ranalletti catalogó las memorias militares como parte de un negacionismo vernáculo. En su perspectiva, el negacionismo en Argentina se habría manifestado en la “tergiversación” de los hechos del pasado, en particular, en la definición de la masacre represiva dictatorial como una “guerra”, inaugurada por la propia dictadura. Ante este planteo, vale preguntarse sobre la amplitud que reviste el fenómeno del negacionismo en la pluma del autor: cualquier discurso que contradiga de algún modo la existencia del terrorismo de Estado, aun cuando no niegue el crimen o los desaparecidos, sería negacionista. El problema de un concepto tan vasto es que le resta parte de su especificidad al fenómeno.12
Valentina Salvi también estudió las memorias militares. A fines de la década del dos mil, la socióloga reconstruyó con precisión el surgimiento del entramado de la “memoria completa” cuyos actores y prácticas vertebran este libro. Analizó el desplazamiento simbólico de las elaboraciones castrenses del pasado desde el triunfalismo de la posdictadura hasta la victimización de comienzos de este siglo. Esa victimización orbitó en torno a la construcción de una memoria “especular y reactiva” a la sostenida por las organizaciones de derechos humanos, “que se contrapone tanto como se refleja en la memoria de los desaparecidos”.13 La etnografía de Máximo Badaró sobre la formación de oficiales en el Colegio Militar de la Nación también resultó iluminadora para nuestro estudio, dado que nos permitió aproximarnos a los discursos y rituales que intervienen en las reelaboraciones de la experiencia pretérita alentadas por el arma terrestre.14
Las investigaciones de los sociólogos Analía Goldentul y Cristian Palmisciano nos aportaron claves para pensar el despliegue del ecosistema de la “memoria completa” en una etapa posterior a la estudiada por Salvi. A través del activismo de las agrupaciones conformadas por los militares y sus familias en favor de las víctimas de las organizaciones armadas o de los uniformados presos por violaciones a los derechos humanos, ambos reconstruyeron el crecimiento del entramado de la “memoria completa” en el marco de la “grieta” entre kirchneristas y antikirchneristas. La producción del también sociólogo Ezequiel Saferstein, por su parte, nos permitió dar cuenta del vínculo entre este activismo, el ascenso de las nuevas derechas y la conformación de fenómenos editoriales masivos que sirvieron como plataforma para catapultar sus narrativas a la esfera pública.15
Daniel Feierstein se valió de la metáfora de los “dos demonios recargados” para pensar cómo, desde la asunción de Mauricio Macri a la presidencia (2015-2019), alcanzaron mayor circulación y efectividad los discursos opuestos a las memorias consagradas por los organismos de derechos humanos y las gestiones de Raúl Alfonsín, Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Exploró los procedimientos a través de los cuales estos pudieron haberse expresado, ya sea en la equiparación entre las violencias insurgente y estatal o en los cuestionamientos a las cifras de víctimas.16 Por negacionismo, el sociólogo entendió a todo un conjunto de prácticas que involucran modos de banalizar, minimizar o relativizar la acción represiva dictatorial. Por otra parte, reconoció que, en los últimos años, se incorporaron dimensiones más explícitamente “apologéticas” del accionar criminal de la Junta Militar y sostuvo que todas esas formas son parte “del mismo universo”.17
También en el terreno de la historia, Lvovich y Grinchpun analizaron recientemente una gama de actitudes hacia el pasado represivo que se han puesto en juego en el debate público desde los tiempos de la última dictadura. Allí, plantearon que el espacio político que cuestiona la memoria del terrorismo de Estado se compone de posiciones diversas que forman “gradientes de un espectro” que incluye la relativización, la banalización y, también, la negación. Sostuvieron que, en el marco del ascenso de las nuevas derechas, podría estar gestándose una suerte de “afirmacionismo” de la represión dictatorial, es decir, una “reivindicación abierta de los horrores del pasado” como parte de una “historia alternativa” de los setenta.18 Ya en la dimensión “apologética” planteada por Feierstein, como en el “afirmacionismo” de Lvovich y Grinchpun, se encuentra presente la consideración de que algo se ha transformado en el marco de la “batalla cultural” librada por la extrema derecha en los últimos años. Parte de esas transformaciones se abordan en este trabajo.
Además de los aportes reseñados, el libro dialoga con una serie de investigaciones que, sin poner el foco en el fenómeno del negacionismo, resultan fundamentales para hacer un análisis como el que proponemos. En primer lugar, debemos mencionar las producciones de la historia reciente dedicadas a reconstruir las modalidades de la represión estatal, la formación contrainsurgente de las Fuerzas Armadas locales y las representaciones sobre la violencia que atravesaron a la sociedad argentina durante la segunda mitad del siglo XX, con énfasis en la última dictadura. Nos referimos, por ejemplo, a los trabajos de Marina Franco, Gabriela Águila, Daniel Mazzei, Santiago Garaño, Claudia Feld, Pablo Scatizza, Paula Canelo, Pilar Calveiro y Esteban Pontoriero, entre otros. También consultamos las investigaciones de Silvina Jensen, Pablo Yankelevich y Soledad Lastra sobre el exilio político, que constituyó otra modalidad represiva de la última dictadura.19
Los trabajos del campo de la historia reciente también nos resultaron claves para pensar las múltiples formas que adquirieron los activismos generados desde la década de 1960 en adelante. Estos incluyeron estrategias y repertorios políticos de lo más variados, como los ensayados por la llamada nueva izquierda o el movimiento de derechos humanos. Además de apelar a nuestras propias investigaciones en la materia, reconstruimos los trazos de la radicalización política a partir de los trabajos de María Cristina Tortti, Valeria Manzano, Victoria Basualdo y Mónica Gordillo, entre otros, y profundizamos en la historia de las organizaciones armadas considerando los aportes de Richard Gillespie, Daniela Slipak, Pablo Pozzi y Vera Carnovale. Sobre el movimiento de derechos humanos consultamos los trabajos de Elizabeth Jelin, Luciano Alonso y Emilio Crenzel.20
Estructuramos el libro y nuestro análisis en torno a cuatro ideas-fuerza que organizan las intervenciones públicas de quienes cuestionan la memoria del terrorismo de Estado. Cuatro “trincheras” desde las que los defensores de una “historia alternativa” de los años setenta luchan por imponer su memoria sobre la masacre pasada. El uso del término “trinchera” no es aleatorio. Recurrimos a él porque creemos que es el que mejor describe la actitud de un entramado de actores que reproduce en el presente las coordenadas del paradigma contrainsurgente que avaló la represión en el pasado, entendiendo las disputas por la memoria como la “continuación de la guerra por otros medios”. Estas cuatro “trincheras” son: la interpretación que sostiene que durante los años de la dictadura el país atravesó una situación de guerra interna; la exigencia de una “memoria completa” sobre los hechos de violencia del pasado reciente; el cuestionamiento de la cifra de treinta mil desaparecidos como saldo trágico de la represión estatal; y el señalamiento de la guerrilla como la causante de la violencia que desembocó en la masacre.
Relativización y banalización, bajo la máscara de una revisión crítica del pasado, son el terreno en el que se mueven la mayoría de los enunciados que dan forma a las cuatro “trincheras” del ecosistema de ideas contrainsurgente. A diferencia de lo que sucede con los detractores de la Shoá, el “negacionismo argentino” no incorpora dentro de su repertorio discursivo la negación abierta de la masacre. Cabe preguntarse, sin embargo, si esa relativización o banalización, llevadas al extremo, no provocan un efecto de negación sobre las prácticas represivas. O, peor aún, su justificación. Más todavía, vale la pena pensar en qué medida los argumentos que despliegan los defensores de una historia “alternativa” sobre la masacre, portadora de una supuesta verdad oculta sobre los hechos pasados, son realmente novedosos o constituyen, en cambio, meras reelaboraciones de viejos temas del pensamiento de los perpetradores.
El presente de este libro nos encuentra frente a un escenario en el que, por primera vez en más de cuatro décadas de democracia, la “memoria completa” ha adquirido la jerarquía de memoria oficial. Hasta ahora, lo más cerca que se había estado de eso había sido con la convocatoria a una reconciliación entre víctimas y victimarios que promovió el expresidente Carlos Menem (1989-1999), aunque en este caso no se cuestionaba la narrativa sobre el pasado reciente que ponía el foco en el terrorismo de Estado. Eso cambió en 2024 durante el primer aniversario del golpe de Estado de 1976 bajo la gestión de La Libertad Avanza. A modo conmemorativo, el gobierno difundió un video institucional titulado “24 de marzo. Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Completa”.
No hace falta indagar demasiado en las filas de La Libertad Avanza y sus aliados de turno para identificar las mentes detrás del spot del gobierno de Javier Milei. Segundo en la línea de responsabilidad asoma el nombre Victoria Villarruel. La actual vicepresidenta de la Nación, hija y sobrina de dos militares vinculados con la represión durante la dictadura, es una militante histórica de la causa de la “memoria completa”. Sus primeros pasos los dio en agrupaciones que reivindicaban la mirada castrense sobre los setenta, activismo que combinó con la organización de visitas al dictador Jorge Rafael Videla durante su prisión domiciliaria. Pero el gran salto adelante de Villarruel se produjo con la fundación del Centro de Estudio sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTYV) en 2006, entidad que preside desde entonces. El CELTYV asumió un activismo de talante humanitario a favor de los civiles muertos en el marco de acciones de la guerrilla, cuya causa habría sido olvidada por el Estado argentino.
Desde esta plataforma pretendidamente neutra, Villarruel ha buscado minimizar la responsabilidad de los perpetradores en la masacre. No estuvo sola en este esfuerzo. Contribuyó a ello también la obra de un conglomerado de productores de contenidos sobre el pasado reciente argentino que buscaba sacar a la luz una supuesta verdad oculta sobre esa época. Estos promotores de una “memoria completa” poseen trayectorias, intereses y estilos distintos. Algunos son cercanos al ecosistema castrense, mientras que otros no poseen vínculos conocidos con ese mundo. A pesar de estas diferencias, la gran mayoría vio cómo se le abrían las puertas de la industria editorial y de los grandes medios de comunicación en la coyuntura de la “grieta” entre kirchnerismo y antikirchnerismo, cuando sus miradas sobre el pasado resultaban funcionales a la contienda política del presente. Varios de estos personajes —como el ya mencionado Márquez, el escritor de extrema derecha Agustín Laje o el extitular de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) devenido en periodista Juan Bautista “Tata” Yofre— han expresado su apoyo público a la interpretación del pasado promovida desde el gobierno, o colaborado directamente con ella.
En los últimos años asistimos a un auge mundial de las nuevas derechas en su versión más radicalizada. Uno de los denominadores comunes a sus expresiones procedentes de distintas latitudes es la percepción de estar librando una “batalla cultural” contra un “marxismo cultural” hegemónico y disfrazado de progresismo. Percepción que legitima la construcción de enemigos a combatir que se identifican con grupos de la sociedad de lo más diversos, como las feministas, los militantes sociales, los ecologistas o los miembros de la comunidad LGBT, entre otros. La demonización que promueven los representantes de las derechas extremas en estos casos no se limita a los activistas de esas causas, sino a cualquiera que exprese opiniones afines o favorables a ellas.
En nuestro país, esta configuración política llegó a los despachos de la Casa Rosada con el triunfo de la fórmula de La Libertad Avanza en el balotaje presidencial de noviembre de 2023. Desde entonces, el recurso al hostigamiento, la criminalización y, en casos extremos, la deshumanización de distintos grupos que son identificados como contrarios a la propuesta del gobierno se ha vuelto recurrente. En este contexto, la pregunta sobre el negacionismo del terrorismo de Estado en Argentina se refleja con una luz distinta. Una que advierte sobre los riesgos de rehabilitar viejas representaciones bélicas sobre la conflictividad social para decodificar la controversia política en el presente.
Buenos Aires y Ciudad de México, julio de 2024
1 Nicolás Márquez, “Las mentiras de los 70 en diez minutos”, en YouTube, 15:59, 25 de marzo de 2019, disponible en línea: <www.youtube.com>.
2 Henry Rousso, Le Syndrome de Vichy, París, Seuil, 1987.
3 “Fallece Mel Mermelstein, judío cuyo testimonio llevó a reconocer la matanza en las cámaras de gas de Auschwitz como un hecho irrefutable”, en El Universo, 2 de febrero de 2022, disponible en línea: <www.eluniverso.com>.
4 Deborah Lipstadt, Denying the Holocaust. The Growing Assault on Truth and Memory, Nueva York, Free Press, 1993, p. 174. La traducción nos pertenece.
5 “The ruling against David Irving”, en The Guardian, 11 de abril de 2000, disponible en línea: <www.theguardian.com>. Sobre el caso, también puede verse el film Denial (2016), dirigido por Mick Jackson.
6 Donatella Di Cesare, Si Auschwitz no es nada. Contra el negacionismo [2012], Buenos Aires, Katz, 2022.
7 Donatella Di Cesare, op. cit.
8 Daniel Lvovich y Boris Matías Grinchpun, “Banalización, relativización, negacionismo. Un escenario en los campos de batalla por la memoria del pasado argentino reciente”, en Contenciosa, núm. 12, 2022.
9 Daniel Lvovich y Boris Matías Grinchpun, op. cit.
10 Pierre Vidal-Naquet, Los asesinos de la memoria [1987], México, Siglo XXI, 1994, p. 15.
11 Federico Lorenz, “Recuerden, argentinos. Por una revisión de la vulgata procesista”, en Entrepasados, año XIV, núm. 28, 2005, pp. 65-82.
12 Mario Ranalletti, “Apuntes sobre el negacionismo en Argentina. Uso político del pasado y reivindicación del terrorismo de Estado en la etapa post-1983”, en XII Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia, Departamento de Historia, Facultad de Humanidades y Centro Regional Universitario Bariloche, Universidad Nacional del Comahue, San Carlos de Bariloche, 2009.
13 Valentina Salvi, De vencedores a víctimas. Memorias militares sobre el pasado reciente en la Argentina, Buenos Aires, Biblos, 2012, p. 140.
14 Máximo Badaró, Militares o ciudadanos. La formación de los oficiales del Ejército Argentino, Buenos Aires, Prometeo, 2009.
15 Cristian Palmisciano, “Memorias y acción política de las organizaciones para la memoria completa. El caso del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas”, tesis de maestría, Universidad Nacional de San Martín, 2018; Analía Goldentul, “‘Doblegar la bronca y aprender’. Activismo de la agrupación Hijos y Nietos de Presos Políticos en un entramado político-cultural de los derechos humanos en disputa (2008-2017)”, tesis de doctorado, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, 2021, y Ezequiel Saferstein, ¿Cómo se fabrica un bestseller político? La trastienda de los éxitos editoriales y su capacidad de intervenir en la agenda pública, Buenos Aires, Siglo XXI, 2021.
16 Daniel Feierstein, Los dos demonios (recargados), Buenos Aires, Editorial Marea, 2018.
17 Canal Abierto, “¿El negacionismo avanza? Milei, la dictadura y el genocidio”, en YouTube, 40:49, 4 de octubre de 2023, disponible en línea: <www.youtube.com>.
18 Daniel Lvovich y Boris Grinchpun, op. cit.
19 Pilar Calveiro, Poder y desaparición. Los campos de concentración en la Argentina, Buenos Aires, Colihue, 1998; Daniel Mazzei, “La misión militar francesa en la Escuela Superior de Guerra y los orígenes de la Guerra Sucia, 1957-1961”, en Revista de Ciencias Sociales, núm. 13, 2002, y “El Ejército argentino y la asistencia militar norteamericana durante la Guerra Fría”, en Taller, 2003, núm. 20, pp. 92-116; Silvina Jensen, La provincia flotante. Historia de los exiliados argentinos de la última dictadura militar en Cataluña (1976-2006), Barcelona, Casa Amèrica Catalunya, 2007; Paula Canelo, El proceso en su laberinto. La interna militar de Videla a Bignone, Buenos Aires, Prometeo, 2008; Marina Franco, El exilio. Argentinos en Francia durante la dictadura, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008; Pablo Yankelevich, Ráfagas de un exilio. Argentinos en México, 1974-1983, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010; Marina Franco, Un enemigo para la nación. Orden interno, violencia y “subversión”, 1973-1976, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2012; Federico Lorenz, Algo parecido a la felicidad. Una historia de la lucha de la clase trabajadora durante la década del setenta (1973-1978), Buenos Aires, Edhasa, 2013; Silvina Jensen y Soledad Lastra (comps.), Exilios: militancia y represión. Nuevas fuentes y nuevos abordajes de los destierros de la Argentina de los años setenta, La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 2014; Marina Franco y Claudia Feld (dirs.), Democracia, hora cero. Actores, políticas y debates en los inicios de la posdictadura, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2015; Gabriela Águila, Santiago Garaño y Pablo Scatizza (comps.), Represión estatal y violencia paraestatal en la historia reciente argentina. Nuevos abordajes a cuarenta años del golpe de Estado, La Plata, Universidad Nacional de la Plata, 2016; Paula Canelo, La política secreta de la última dictadura argentina (1976-1983), Buenos Aires, Edhasa, 2016; Pablo Scatizza, Un Comahue violento. Dictadura, represión y juicios en la Norpatagonia argentina, Buenos Aires, Prometeo, 2016; Marina Franco, El final del silencio. Dictadura, sociedad y derechos humanos en la transición, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2018; Julia Risler, La acción psicológica. Dictadura, inteligencia y gobierno de las emociones 1955-1981, Buenos Aires, Tinta Limón, 2018; Claudia Feld y Valentina Salvi (eds.), Las voces de la represión. Declaraciones de perpetradores de la dictadura argentina, Buenos Aires, Miño y Dávila, 2019; Gabriela Águila, Santiago Garaño y Pablo Scatizza (comps.), La represión como política de Estado. Estudios sobre la violencia estatal en el siglo XX, Buenos Aires, Imago Mundi, 2020; Esteban Pontoriero, La represión militar en la Argentina (1955-1976), La Plata, Posadas y Los Polvorines, Universidad Nacional de La Plata, Universidad Nacional de Misiones y Universidad Nacional de General Sarmiento, 2022; Gabriela Águila, Historia de la última dictadura militar. Argentina, 1976-1983, Buenos Aires, Siglo XXI, 2023, y Santiago Garaño, Deseo de combate y muerte. El terrorismo de Estado como cosa de hombres, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2023.
20 Richard Gillespie, Soldados de Perón. Los Montoneros, Buenos Aires, Grijalbo, 1987; Pablo Pozzi,
