Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Andar la tierra presenta escritos muy diversos de Gabriela Mistral que entregan impresiones y relatos reunidos a lo largo de una vida en tránsito. Por medio de crónicas, cartas, ensayos y poemas, seguimos a la autora en sus traslados iniciales por Chile para estudiar o trabajar, en sus itinerarios por América y Europa, en su paso por las Antillas en avión o por Suecia para recibir el Nobel, y finalmente en su extensa labor consular, que la haría instalarse con ánimo dispar y ya más cansada en ciudades tan distintas como Madrid, Río de Janeiro o Rapallo, hasta su residencia última en Nueva York. Esta selección de escritos, acompañada por imágenes poco conocidas de sus viajes, desde pasaportes diplomáticos hasta una fotografía de su estancia en Nueva York, propone un recorrido especial por la vida de Gabriela Mistral que traza nuevas conexiones con su obra. En su cautivante prólogo, Lina Meruane nos invita a descubrir a una Mistral única: la "viajera empedernida y pensadora del viaje", la "poeta que profesaría una vida de errancia intensiva", la "andariega", la del "amor por la geografía de la patria".
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 396
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Gabriela Mistral
Andar la tierra
Selección y prólogo de Lina MeruaneInvestigación de Daniela Schütte González
Andar la tierra presenta escritos muy diversos de Gabriela Mistral que entregan impresiones y relatos reunidos a lo largo de una vida en tránsito. Por medio de crónicas, cartas, ensayos y poemas, seguimos a la autora en sus traslados iniciales por Chile para estudiar o trabajar, en sus itinerarios por América y Europa, en su paso por las Antillas en avión o por Suecia para recibir el Nobel, y finalmente en su extensa labor consular, que la haría instalarse con ánimo dispar y ya más cansada en ciudades tan distintas como Madrid, Río de Janeiro o Rapallo, hasta su residencia última en Nueva York.
Esta selección de escritos, acompañada por imágenes poco conocidas de sus viajes, desde pasaportes diplomáticos hasta una fotografía de su estancia en Nueva York, propone un recorrido especial por la vida de Gabriela Mistral que traza nuevas conexiones con su obra. En su cautivante prólogo, Lina Meruane nos invita a descubrir a una Mistral única: la “viajera empedernida y pensadora del viaje”, la “poeta que profesaría una vida de errancia intensiva”, la “andariega”, la del “amor por la geografía de la patria”.
Serie Viajeras/Viajeros
dirigida por
ALEJANDRA LAERA
Lina Meruane
Ahora hacen mapas para andariegos. Yo medí mi Castilla caminando; llevo el mapa vivo bajo mis pies, hija. No me cansé de fundar. Tú, mujer de Chile, sin fundar, te has cansado.
“Castilla” (palabras imaginarias de Teresa de Ávila a Gabriela Mistral)
Consta que el año era 1916 y que la entonces veinteañera Gabriela Mistral se encontraba en Santa Rosa de Los Andes, concentrada en una carta al novelista chileno Eduardo Barrios. “Yo, como buena gorda —le confidenciaba—, soy perezosa y fácil de fatigarme y con tal amor de la comodidad que acabo de viajar por tres patios con un brasero para sentarme a escribirle.” Era un duro invierno, “un invierno horrible”, enfatizaba ella, que siempre padeció el frío en sus huesos artríticos.
Esta doliente y perezosa declaración acaso resulte contradictoria, viniendo de una poeta que profesaría una vida de errancia intensiva, pero lo que acaso debería sorprendernos en esta cita, lo que a mí me asombra, es que a ese andar tan acotado Mistral lo tildara de “viajar”. ¿Cómo conciliar unos pocos pasos por patios destemplados con ese verbo viajero, con la acción esforzada que implica? ¿Estaría ironizando, Mistral, sobre el trabajo que le suponía ese andar entumecido, o sería que el tropiezo verbal subrayaba —he aquí mi conjetura— su ya establecido e irrenunciable nomadismo?
Cuando Mistral sustituye su breve andar por el expansivo viajar, ya hace mucho ha iniciado lo que será su perpetua peregrinación: nacida en 1889 en el caserío nortino de Vicuña, había sido acarreada de casa en casa por Paihuano, Montegrande, Diaguitas, La Unión, El Molle y La Compañía, todas aldeas situadas entre las dos cadenas cordilleranas que recorren Chile: es decir, dirá ella, había sido “criada entre montañas, con la voz enredada entre montañas, con el ojo acostumbrado a saltar de montaña a montaña” —y saltar es otro verbo de amplio alcance—. Y si su infancia había sido movida y montañosa, sus “mocedades” —palabra mistraliana— serían marinas, es decir, no de saltos entre montes, sino de largos desplazamientos hacia ciudades costeras y costas remotas a través del mar.
La propia poeta puntualiza que montaña y mar se fueron alternando en su biografía y en su deseo, que estuvo “partida” entre esas “dos ansias” espaciales a partir de 1907, cuando la todavía Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga se trasladó a la marítima ciudad de La Serena, abandonando la casa del monte materno y asimismo a su madre, ya vieja, que nunca podría acompañarla en sus desplazamientos: Petronila era una costurera asmática y enfermiza a quien la hija mayor mantuvo y cuidó rodeándola de buen aire hasta que Lucila, la menor, pudo sostenerla con sus suelditos de maestra itinerante.
Empujada por “un viento de locura” (según versa desde La Serena, precisamente), la poeta fue subiendo y bajando por el territorio chileno —cientos de kilómetros de norte a sur y de este a oeste—; se hizo maestra vespertina en la coquimbana La Cantera y luego maestra al interior de Ovalle; se trasladó en tren hacia Santiago y siguió camino a la araucana ciudad de Traiguén, tras lo cual regresó a Antofagasta para marcharse otra vez en dirección sur, a Valparaíso, desde donde remontó otra vez hacia al nortino valle de Aconcagua para instalarse en Los Andes una larga temporada, la más larga y estable de su vida adulta.
Instalarse ahí entre 1912 y 1918 no había significado, sin embargo, detenerse: la declarada pereza de 1916 acaso no sea sino un coqueto decir; poco antes de que Mistral se estableciera en Santa Rosa se inauguró en Los Andes el Ferrocarril Trasandino, y la poeta, y sus poemas y luego sus prosas, se elevaron en el “horrible” tren por cerros y cordilleras fronterizas que declararía después muy suyas, en “Colinas yo tenía” y en “Montañas mías”, asegurando nunca haberlas perdido porque “me las tuve y me las tengo / todavía, todavía, / y me sigue su mirada”.
El ferrocarril no despierta su amor por la montaña pero sí auspicia un acercamiento y una exploración escénica, una captura topográfica desde el vagón que no necesariamente contraría el declarado sedentarismo de la poeta sino que le provee una oportunidad; dicho de otro modo, el Trasandino le propina a la poeta más un medio que un empujón y la asienta como articulista “montañesa”, según el mote que ella misma se regala. El servicio ferroviario que usará para desplazarse con tanta frecuencia no crea en ella el hábito aventurero, ya presente, sino que habilita su persistencia, su poder pensarse en ruta a pesar del cansancio y los achaques. Como si viajar definiera su vivir. Como si ella llevara, desde siempre y ya para siempre, un “mapa vivo” bajo sus pies.
Regreso, por ahondar en sus aparentes contradicciones, a las “dos ansias” espaciales descritas en 1934 en uno de sus recados —género acuñado por Mistral para nombrar su escritura miscelánea—: “dos ansias” que, como dos rutas paralelas, la dividen. “La de subir cerros arriba” exhortada por su “madre la montaña, que me quiere”. La de bajar “en un descenso vertical, tirada de bruces, hacia mi padre [el mar], que también me quiere”. Estos llamados de una geografía familiar, esta configuración afectiva de un territorio que le exige elegir entre la madre-monte y el padre-mar, es decir, entre dos escenarios, entre dos personas amadas, entre dos roles de géneros rígidamente definidos a inicios del siglo xx, se reflejan una y otra vez en toda su obra. Por un lado, el anhelo por lo inmóvil, lo inamovible, lo estable, por una seguridad que se figura como maternal —y que es la madre y es la casa y es el huerto donde querrá “sembrar y regar árboles”, afirma en otro recado de 1936—. Por otro, la pulsión andariega modelada por su padre —el maestro rural, el poeta, el guitarrista Juan Godoy, quien en su vida cambió de rumbo casi tanto como de mujeres— y, aun antes que el padre, por toda la familia Godoy que había emigrado desde la misérrima Badajoz.
Pese a la añoranza de asentamiento explicitada en tantos de sus poemas, expresada en tantas prosas, tantas cartas, Mistral se espejeó en la movilidad del padre-mar. En un poema de 1938 declara ir tras sus pasos, ser la “hija, la sangre / que tras él lo vocea”, ser la que guarda del padre marino “la concha / húmeda de su huella” o de sus “dos mil huellas”; y esa hija, la voz lírica, irá “corriendo, corriendo” tras él, y tras su ejemplo, agrego yo, “hasta el fin de la tierra”. En una prosa autobiográfica no fechada, la poeta se adscribe aún más decididamente al modelo masculino, aunque realizando una preciosa inversión de las jerarquías al declarar a su padre tan errante como ella: “Había en él igual errantismo que en mí y nunca vivió mucho tiempo en el mismo lugar”.
En ese rumbo, la figuración enferma y sedente de la madre da paso a la fugacidad paterna, la tierra asimismo se abre hacia el mar. Pero hay más decantamientos hacia lo masculino en Mistral. En su prosa ella toma de modelo, al menos inicialmente, a los cronistas decimonónicos; sobre todos los primeros artículos que envía al conservador diario El Mercurio describen, detallan, enumeran, clasifican e incluso cuantifican las bondades de sus descubrimientos siguiendo el apremio objetivante de los naturalistas: todos hombres. Como ellos, Mistral se escribe en un yo solitario privilegiando su mirada y su voz, dejando en un silencioso anonimato las de quienes viajan con ella: amigas, secretarias, parejas sentimentales. Y añadiendo a esas estrategias practicadas por los exploradores e intelectuales de su época, una vez iniciada su escritura viajera la poeta dejará de firmar con los delicados Alma o Soledad y compondrá su seudónimo juntando el apelativo de dos autores europeos: de Gabriele D’Annunzio tomará el nombre, de Frédéric Mistral, el apellido, y este último por motivos que van de la devoción por “el cantor de la Provenza” hasta el hecho de que “mistral” es el nombre de un viento frío, seco y poderoso.
Esa inscripción masculina en tantos planos será la que implemente para su vida pública: bajo el nombre de Gabriela Mistral ganará los prestigiosos Juegos Florales de 1914 y se volverá la única mujer antologada entre hombres y ampliamente elogiada en la señera compilación de poesía Selva negra, de 1917; también como Mistral emprenderá, unos meses después, una larga travesía marítima desde Valparaíso a Talcahuano y a Concepción, camino a la desapacible Punta Arenas donde asumirá como directora del Liceo de Niñas de Magallanes. Allí, esa Mistral definitiva aprovechará de unir y cumplir su “doble ansia”: ascender, al menos unos metros, las nevadas Torres de Paine, y navegar hacia la Antártida, ese “dado sorpresivo de ajedrez en el tapete del mundo” que recordará y sobre el que escribirá un largo informe tres décadas después.
Cada escala en la enrevesada ruta mistraliana dejó su impronta y le abrió camino para las labores que a continuación realizaría. La parada magallánica la sensibilizó en la cuestión indigenista: nunca olvidaría la violencia genocida del Estado chileno contra los pueblos patagónicos Kawésqar, Selk’nam Yaganes, y contra los Mapuche arrinconados en los alrededores de Temuco, su siguiente destino. (Recordaría esa ciudad con “un escalofrío de repudio”.) Su mirada indigenista, luego latinoamericanista (que hoy asociaríamos con el concepto decolonial) le permitiría a esta intelectual efectuar un aporte sustantivo cuando trabajara para el gobierno posrevolucionario de México, preocupado por desmilitarizar y democratizar a sus pueblos para evitar una nueva confrontación, y a la vez alfabetizar, educar y mejorar sus condiciones de vida.
Para esa parte de su futura tarea pedagógica sería fundamental la estancia santiaguina de Mistral: aceptar, entre protestas de sus pares, dirigir el más importante Liceo de Niñas de Chile fortaleció su pensamiento pedagógico con los valores de una educación popular que ella misma encarnaba, y aumentó decisivamente su conciencia de que todo trato con las autoridades requería modulaciones estratégicas. Santiago de Chile resultaría ser, con todo, otro punto de paso porque en esa capital, como en muchas grandes ciudades, nunca se sintió a gusto: debió de estar pasando por un anhelo de techo y de huerto —ese anclaje siempre escurridizo— porque compró casa con jardín en esos meses previos a su partida definitiva de Chile.
Muy pronto, a mediados de 1922, se echó al mar en una nave “casi ligera: una gaviota”, anotaría, abriéndose paso hacia México. En ese país, que fue una plataforma transformadora para ella, hizo mucho más que una parada técnica. Invitada por José Vasconcelos y por su presidente, Álvaro Obregón, la maestra que se había vuelto corresponsal se convertiría en una intelectual pública. Asumiría un puesto de enorme visibilidad en la Secretaría de Educación y en la Secretaría de Relaciones Exteriores de México. Esa escala de casi dos años le permitió adquirir, acumular y consolidar un capital económico y sobre todo intelectual como reconocida figura literaria y política. Ese capital asimismo simbólico le ayudó a conseguir un título universitario, antes necesitado y negado, ahora entregado por decreto, así como un pasaporte diplomático y un puesto consular que pronto sería vitalicio.
Retrocedo a Mistral, a su primer paso por tierras mexicanas, a la poeta rodeada más de montañas que de mares. Ese país exigirá de la perezosa un desplazamiento intensivo por decenas de ciudades y de pueblos remotos: será un traqueteo en tantas direcciones que, hasta hace no tanto, era difícil de seguir. Sus idas y vueltas por el mapa y la considerable variedad de sus preocupaciones se fueron despejando, sin embargo, cuando la Biblioteca Nacional de Chile recibió, en 2007, un legado de casi cien cajas con pasaportes saturados de sellos y su retrato (sola o con su hijo adoptivo), y unos dieciocho mil documentos diversos: originales mecanografiados o manuscritos, textos editados e inéditos con sus respectivas correcciones, cuadernos personales y unas quince mil misivas, dos mil fotografías y una cincuentena de piezas fílmicas y grabaciones de su voz.
En esos inéditos del archivo y en textos ya publicados, asoma otra “ansia” que es también doble y se solapa a la anterior: el maravillamiento de la vagabunda y el agobio de la viajera ante tanta travesía, tanto trabajo. Se aflige en privado, con su “hermano” Eduardo Barrios, del insoportable “ajetreo” mexicano al que la somete su vida pública. Es el año 1923, Mistral está en la treintena pero está agotada. Le cuenta a su amigo que “cada día es una visita a una escuela o a un pueblecito y todo eso significa una clase, muchos discursos”. Y aunque agradece la atención que se le prodiga, aunque continuará agradeciendo la generosidad de las tantas casas donde pernocta y las tantas mesas dispares cubiertas de “guisos de las más variadas cocinas”, a Barrios le manifiesta, contrariada: “Hacen tantas invitaciones, Dios mío”. Algo similar le comenta dos años después, tras su paso por Uruguay, a la poeta Juana de Ibarbourou. En plena gira americana (eso que llamará, a veces, “el visiteo”) lo que añora es la quietud de un hogar y el trabajo con la tierra —azadonear, desmalezar, barretear, podar, injertar y regar “como un buen hortelano” (así, en masculino)—. Lo que necesita, además, es cuidar de esa otra casa que es su cuerpo debilitado: unos huesos reumáticos, unos ojos “rendidos”, un “hígado malo” al que luego se le sumará un riñón nefrítico, y ese corazón suyo que, según dice, no le entrega las fuerzas que el desplazamiento constante exige.
Esas expresiones de extenuación, de feminizada fragilidad, se presentan, no obstante, solo en el habla privada, susurrada, de su correspondencia —una escritura que inició temprano y sostuvo hasta el final—. La fatiga no aparece en la escritura pública de los recados que Mistral define como una “especie de conversación con los míos, a través del mar”. En esos recados lo que se cuenta es la gozosa seducción del entorno, con una prosa impregnada de lo sensorial y lo sensual. Lejos de la perezosa, de la fatigada, de la quejosa, la intrépida narradora se declara extasiada ante una belleza que su ojo, nada “rendido” sino sagaz y sinestésico, recoge.
El ojo que en la esquela íntima son dos “pobres ojos” o dos “ojos flacos”, en la crónica se aviva y empodera: se hace dedo que hurga, palpa, mide; se vuelve mano y vasija para colmarse de un azul atmosférico y del índigo marino, del deslumbrante brillo solar; hay cosas que saltan al ojo o que caen al ojo de Mistral —las colinas florentinas “haciéndose grandes puntos de oro”, por ejemplo— y hay ríos que se hacen mirar, ciudades que “bautizan” la mirada. Por donde va, la escritora fija sus “ojos de gavilán” sobre el paisaje. Es más, en “Viajar”, su poética de 1927, celebra el insospechado a la vez que providencial “ojo del viaje”: el que otorga una vista generosa, incluso “atarantada”, el que porta una mirada “sedienta” y hasta ardiente, capaz de decir del golfo napolitano, por dar otro ejemplo, que es “un pestañeo incansable de mil párpados de oro”.
El de Mistral es un ojo y un lenguaje “maravillado” por lo que encuentra: maravillosa es la palabra que reitera y en la que se regodea como si no encontrara otra en su formidable repertorio. Todavía rumbo a México, con su primer poemario (Desolación) listo para su publicación, describe el “maravillamiento que han cogido mis ojos” en el mar. Recién llegada a ese país, escribe que el cielo del valle mexicano es “maravilloso” y que ese paisaje tan nuevo la desconcierta “aunque el desconcierto está lleno de maravillamiento”. En la gruta de Cacahuamilpa celebra “la maravilla de la quietud” y asegura que la naturaleza amenaza con hacerla “enloquecer de maravilla”. No se trata solo de México ni solo del mar: en los cafetales de El Salvador apuntará que ha caminado doce días “con los ojos pegados en el campo de pura maravilla”. Y cuando esa palabra no baste, cuando no baste inventarle un adjetivo al alba “adoncellada” o regalarle un sustantivo a la pradera que muda de color “pero no de dulcedumbre”, cuando tampoco alcance el recurso a “lo bondadoso” de cada paisaje, Mistral llenará las frases de superlativos entusiastas en los que lo visto es “vastísimo”, “hermosísimo”, “dulcísimo”, “delicadísimo”, “suavísimo”, y hasta “sensibilísimo”.
Mistral se iría abriendo a la ambivalencia, iría encontrando una manera de resolver las oposiciones binarias que en un inicio la dividían. Entre las montañas que son tierra sólida y un mar que señaliza la fluidez. Entre la detención absoluta (materna, femenina) y el desplazamiento continuo (paterno, masculino). Entre la poeta que, encorvada sobre sí misma, organiza su “escritura sobre la rodilla”, y la todavía ágil cronista que envía veloces textos mecanografiados a la prensa. Esas, entre otras. Será la propia Mistral quien revise su binarismo para descubrir que los términos que parecen excluir también incluyen a sus opuestos.
Así dicho, esto puede quedar algo vago, por eso ilustro la diestra operación retórica en la que Mistral reformula la idea original. Para hacerlo regresa a la figura paterna que antes había asociado al mar y al movimiento y recrea al padre como hombre de desplazamientos terrestres. Asevera, ahora, que él “conocía la pasión de la tierra” y que esa pasión no era por cualquier tierra, sino por la “geografía caminada”: la tierra que se anda, el territorio que adquiere movimiento, el mapa muerto que se aviva en el caminar. Y en esta idea se ampara también en 1925, en una crónica castellana que es más bien un cuento sobre su imaginario encuentro con Teresa de Jesús en su basílica avilesa. La santa medieval, conocida como “la andariega”, es descrita por Mistral como una que ha recorrido a pie toda España. “Te puedo guiar sin ir preguntando, hasta la frontera del Portugal”, afirma a la poeta como dándole una lección de geografía caminada. “Ahora hacen mapas para andariegos. Yo medí mi Castilla caminando; llevo el mapa vivo bajo mis pies.”
Tanto en la descripción del padre como en ese diálogo inventado hay un propósito evidente: reformular su poética y situarse en ella como andante. Ahora bien, ese caminar favorecido por ella no será solo poner los pies sobre planicies para avanzar en línea recta; caminar será también trepar, escalar, elevarse —ascender por el interior de la neoyorquina Estatua de la Libertad, por citar un caso—, y será a veces usar otros pies, piernas, patas, como las de los caballos sobre los que Mistral solía montar. Será, sin embargo, siempre un andar de cuerpos vivos, no de máquinas, porque por más que use estas para desplazarse, casi nunca alabará las ruedas o las turbinas, las alas, las velas, los veloces vagones de metro con “su horrible trepidación” y su “chirrido que despedaza los sesos”. Una y otra vez insistirá en que la rapidez arruina la experiencia: el automóvil es un “estropeador del paisaje”, el tren “arrebata el paisaje” y el avión hace que “la maravilla” del paisaje, allá abajo, “se mate a sí misma”.
Tal y como lo había apuntado Mistral, en 1916, sin explicarlo, acaso sin detenerse a pensar lo que había salido de su lápiz, es decir, tal y como lo había intuido, andar era la mejor manera de viajar: permitía que el paisaje incidiera en el cuerpo, que se dejara percibir para luego ponerse por escrito. Mistral había ido comprobando que la geografía caminada se prestaba mejor al conocimiento objetivo y la apropiación subjetiva de lo visto: la velocidad de piernas y de pies la asistía en su maravillada observación.
No es demasiado atrevido imaginar, entonces, que la poeta trabajaba a pie, que tomaba notas, mentales o manuales, a cada paso —como dicen que hacía Nietzsche, el filósofo—. Imaginar que su caminata no era un descanso o una distracción, sino la oportunidad para intensificar su mirada. Y afirmar, arriesgando un poco más, que ese caminar fue la condición misma de una prosa que no se describe nunca como sedentaria (en ella no se mencionan mesas más que para comer, y no hay sillas, no hay libros abiertos ni hay citas reposadas de otros autores). Y es la condición también de su poesía, cuya cadencia, sencilla y algo monótona, usa versos cortos, asincopados, que caen como trancos.
Esto explicaría que, caminando por su amada costa italiana en 1930, Mistral se condoliera de no haber caminado lo suficiente por la propia patria: “Toda mi vida yo sentiré el remordimiento de no haber caminado Chile zancada a zancada”. En sus sentidos, dice, han quedado “apenas unos rumbos de mi tierra y unos cuantos colores organizados en mi recuerdo y unos pedazos de carreteras”. La poeta había comprendido que para poder terminar lo que pudo ser su Recado sobre Chile pero acabó siendo su Poema de Chile, veinte años después, le hacía falta andar su geografía.
Yendo un poco más despacio, aprovecho para sugerir que no es el hecho mismo de viajar lo que Mistral celebra, sino los “cuarenta panoramas” que su mirada y su mano recogen al caminar. Los panoramas de la naturaleza, no cualquier paisaje. Porque la ciudad, y sobre todo las ciudades intervenidas por las líneas del progreso, no son un paisaje que suela maravillarla. Cuando las visita, en los años veinte, no le entusiasman ni Washington ni la “terrible” Nueva York —ciudad “estridente” que le provoca una “destrizadura” de ojos y oídos—. Tampoco la conmueven las capitales europeas ni menos las ciudades de “atmósferas industriales”, “pestíferas de carbones, aceites quemados y gruesas polvaredas”: los “brumosos” inviernos le afean Berlín, Bruselas y la París de “nieves lodozas”, y en verano Madrid y toda Castilla le resultan insoportables. Solo “las [ciudades] menores y las medianas contienen el camino de la virtud esencial. Así”, dice de otros y de sí misma, “preferirá los Asís a Perugia y un Toledo a los madrides, y un Orleans y un Rouen, un Avignon o una Carcassonne juntos, a París”.
Es un declarado disgusto el de esas grandes ciudades, pero será en muchas de ellas donde deba instalarse Mistral a partir de 1932, año en que inicia un turbulento itinerario consular en la Europa fascista. Su primera asignación “honoraria” (es decir, ad honorem) le fue concedida gracias al influyente Pedro Aguirre Cerda para que sirviera de base para un posterior ascenso, pero a su llegada al consulado de Chile en Nápoles (ciudad marina que ella quiso) el gobierno italiano le negó las credenciales. Por mujer, por extranjera, declaró Mistral a quien quisiera leerla, aunque es posible que no ayudara su posición antifascista enunciada en la misma Italia la década anterior. Por consiguiente ella, que vivía “de su pluma enteramente”, fue enviada a la onerosa Madrid. Ahí, por más que hubiera aumentado su “pequeña entrada” económica, apenas lograba sostenerse y sostener a su recién adoptado sobrino, Juan Miguel Godoy, y Mistral continuará su “vivir en un viaje perpetuo a la América para buscar medios de vida”. Su situación financiera empeoraba: Mistral fue muy franca al reclamar por su desmedrada situación a Aguirre Cerda, a fines de 1934, y solicitarle un “consulado de carrera” con el correspondiente salario. Pero España, que había liderado reformas sociales, también se volcó hacia el fascismo, y la revelación de una carta antifascista (en tiempos en que Chile apoyaba a los nacionalistas españoles) provocó su traslado a Oporto, ciudad menos cara y más vivible. Durante la Guerra Civil Española, y esquivando los intentos del gobierno de enviarla a alguna embajada latinoamericana, Mistral permaneció en Portugal intentando evacuar a artistas, intelectuales y médicos republicanos ante el asedio franquista.
Retomo el punto, tras este importante desvío político, de una intervención humanitaria poco reconocida. Decía antes que desde todas esas ciudades europeas viajará incansablemente y escribirá, siempre incesante, para suplementar un sueldo que pasa de escaso a esporádico y que será su permanente preocupación hasta que en 1945 la poeta reciba el premio Nobel y luego, en 1951, el tristemente tardío Nacional de Literatura, de Chile. En parte por necesidad económica y en parte porque cuenta con invitaciones o las consigue, en parte porque tiene algo de tiempo o se lo inventa, es que la periodicidad de su prosa viajera se intensifica y los medios de publicación se multiplican en esta década; y es en parte, también, porque el cargo diplomático exige que Mistral componga y distribuya ampliamente “elogios” sobre Chile (como antes debió elogiar a México, su gente y su presidente). Ella firmará esos textos y comentará sin orgullo pero sin pudor que son tareas de “propaganda” —palabra neutra que solo adquiriría connotaciones negativas a mediados del siglo XX, cuando se asoció a formas de adoctrinamiento ideológico.
No es raro que, en su continuo entrar y salir de las ajetreadas ciudades consulares, fijara su nostalgia en ciudades antiguas dominadas por la piedra y una cierta quietud: Florencia (a la que dedicará regresos tan seguidos); Nápoles y Palermo y los caseríos de la costa italiana, “exentos de mundanidad”. O que se abocara a ciudades pequeñas como Mallorca, Toledo y Ávila (donde sostiene el citado diálogo imaginario con la santa andariega), y aquellos “pueblecitos que caben en media mirada”. Ahí, y en otras ciudades “menores y medianas” como Niza y las brasileñas Niteroi y Petrópolis, donde también fue cónsul, la vida transcurre sin empujones y la poeta puede caminar a la velocidad que le permiten sus piernas o que le exigen sus ávidos ojos. De ellas Mistral dirá que sus calles o callejuelas convocan menos gente yendo deprisa de un sitio a otro, sin detenerse a mirar nada o llegando a su destino sin saber cómo. Y que no están llenas de peregrinos y de turistas como los que ella encuentra en Lourdes, ciudad con una “abundancia odiosa de hoteles y de almacenes y mercados” y “tiendas innumerables, santerías, restaurantes menudos, librerías religiosas, almacenes de estatuas, un comercio del gusto más detestable” que “empieza por aburrir y acaba por irritar”.
Lourdes no es la única ciudad que “hiede” de gente entre la que, por supuesto, está ella, pero ella nunca se verá como esos turistas que se han ido multiplicando a medida que “la embriaguez del viaje aumenta”. Afila, para distinguirse de ellos, toda una tipología crítica del turista. Uno es el “viajero de negocios”, un esnob que por trabajo “acumula” ciudades de prestigio “con esa prisa que yo llamaría fenicia”. Otro, el “viajero de placer” que, arribista como el anterior, va “casi siempre de tránsito hacia aquella Europa que es todavía la superstición de nuestra América ingenua”. Y está el turista menos adinerado pero igualmente veloz, que pasa ingrávido por los lugares sin aprehenderlos: su ojo tiene la “vulgaridad de Kodak”. Y como si esa crítica no fuera lo bastante severa, Mistral, que más bien se define como “vagabunda”, desautoriza la intrusión de los turistas razonando, prescriptiva, que solo deberían viajar quienes (como ella, se deduce) “pueden mirar con ese reposo que es una nobleza” y “devolver la visión esplendorosa en la palabra”.
Las dificultades materiales propias y las ajenas, empeoradas por las guerras europeas, van ampliando y complejizando su idea de lo que el desplazamiento podía significar para las gentes del mundo. La poeta, atenta a las circunstancias de su tiempo, considerará la ardua situación de desplazados, refugiados y migrantes que no estaban simplemente de paso en un sitio o en muchos sitios sucesivos, visiteando, turisteando por negocios o placer, sino que, como ella, en su imagen de sí, vivían fuera del lugar propio de manera permanente. Como prisioneros eternos de su extranjería.
A su amiga, la intelectual argentina Victoria Ocampo, le hablaría precisamente en esos términos y en masculino: “Me llaman un prisionero de vagabundaje”, le dice por carta en 1953, cuando ya los sellos se le amontonan en los pasaportes, cuando se repiten las madrugadas en las que no sabe dónde despierta. Insiste: “Tal vez mi vagabundaje venga de que por ahora yo no tengo paradero alguno en mi país, ni casa alguna ni un solo pariente”. El propio vagabundaje y la falta de casa propia en Chile —vendió la que tuvo en 1941— la obligan a reconocer que hay quienes se van sin quererlo, quienes quizá nunca puedan regresar.
No es, entonces, anecdótico que al pie de su larga crónica sobre la neoyorquina Estatua de la Libertad, la escritora haga un apunte sobre la migrancia del monumento. De ella dice que “es una extranjera nacionalizada, que su cuerpo ha pasado el mar y debe acordarse que vino de Francia, y de que por sajonísima que la haya querido Bartholdi [el escultor que la diseñó], la marca de una palma latina ha quedado sin remedio a lo largo de sus metros”. Por más que haya cruzado el mar —estatua móvil que atraviesa un océano entre territorios inmóviles—, la extranjera permanece irremediablemente atada a su origen: no puede olvidar ni puede ocultar la latinidad que la marca.
Así enunciada, la condición de extranjería consiste en no poder zafarse de la marca de origen, una marca inocultable, acaso estigmatizante (si no, por qué usaría Mistral la forma de lo irremediable). La misma idea reaparece, mucho después, en dos poemas emblemáticos: “La extranjera”, de 1938, y “La que camina”, de 1954. No importa que, en el primero, la forastera haya vivido “entre nosotros ochenta años”, porque “siempre será como si llega / hablando lengua que jadea y gime / y que le entienden solo bestezuelas”. La señal de una lengua indescifrable la margina al mundo de los animales no racionales o de la irracionalidad absoluta, como en el segundo poema, en el que la mujer acaba hablando sola: “Otras palabras aprender no quiso / y la que lleva es su propio sustento / a más sola que va más la repite / pero no se la entienden sus caminos”.
La marcación de extranjería en la propia autora es asimismo menos visual que oral: reside en su habla chilena, en su acento rural, pero reside asimismo en todo su cuerpo: “Yo sigo hablando mi español con el canturreo del valle de Elqui; yo no puedo llevar otros ojos que los que me rasgó la del valle de Elqui; yo tengo un olfato sacado de esas viñas y esos higuerales, y hasta mi tacto salió de aquellos cerros con pastos bravos; […] y hasta estoy segura de que se me han quedado casi puros los gestos de allá”.
Ese cuerpo para siempre chileno envejece fuera de Chile. Es un cuerpo que se resiente de viajes y de soledad: no solo se queja de sus pies cansados y de su piernas dolidas, de los órganos que ya le fallaban treinta años antes y de los ojos que van perdiendo su vivacidad; se queja además de que su última compañera sentimental, Doris Dana, no viva con ella en la italiana costa de Rapallo donde fue cónsul unos meses en 1951. A su amor estadounidense le confía por carta, en 1952, que sigue en el “delirio” de las mudanzas, decidiendo o más bien fantaseando con su próximo destino. “Hoy en el tren resolvía pedir traslado a Israel… Para ser un poco feliz ya que no estoy segura de que te vuelvas. E ‘hice’ en el tren ‘mi’ vida hebrea. Y la viví como si fuese ‘cierta’. Yo sería, creo, un buen cónsul para Israel… Pero también me moriré allí de pena si tú no vienes.”
No viajará a Israel, será destinada, a petición suya, como cónsul en Nueva York y se comprará una casa de amplios jardines en Long Island donde por fin se instala con Dana. En esos últimos años no es que Mistral deje de moverse, pero sintomáticamente ya casi no escribe prosas vagabundas. Acaso porque no está escasa de medios económicos como en otras épocas, o acaso porque está consumida por prosas más políticas o más literarias. O acaso porque viaja menos, o menos a tierras nuevas, o porque se ha fatigado el encanto de escribir mientras camina su mapa.
El único lugar que verdaderamente se interesa por describir es el de la patria añorada pero descartada como destino en los términos más tajantes. En un poema que no fechó ni publicó, su decisión se expresa con resentimiento: “No quiero volver a la tierra / donde tuve cuchilla y duelo. / Cuando en mis sueños hago camino / y allá me llevan, yo me devuelvo”. “Volver, no”, lo tituló, y es cierto que ya no volvería, solo visitaría Chile en tres oportunidades: la primera, la más larga, en 1925, por apenas unos meses; la última, en 1954, tres años antes de su muerte. Pero no volver en cuerpo no implicaría no regresar a modo de fantasma: desapegada de su cuerpo senil pero acompañada de un niño indio y un huemul, su voz lírica sobrevuela el país de norte a sur. En vez de caminar su geografía, escribe el póstumo Poema de Chile.
* * *
Andar la tierra es una selección de textos entre los muchos que Gabriela Mistral escribió a partir de sus viajes. En ella hay prosas y poemas emblemáticos así como elocuentes fragmentos de cartas sobre lugares recorridos y añorados, sobre la condición del viaje y la extranjería, y sobre figuras viajeras con quienes la poeta se identificó —la andariega, la caminante, la extranjera— y a las que detestó —el viajero de negocios y de placer, el turista trivial—. La compilación intenta dar cuenta de dónde ponía el ojo y qué detenía su paso antes de escribir.
Viajera empedernida y pensadora del viaje, esta escritora no resulta sencilla de seguir: para situarla en el mapa no solo se fecharon sus pasos en el prólogo, sino que se incluyó una cronología cartográfica y algunas reproducciones de los pasaportes diplomáticos que han permitido trazar sus rumbos, y se dispusieron sus escritos en las cuatro secciones que paso a describir.
De inicio, “La mística viajera” es un breve conjunto de textos, sobre todo de poemas, en los que se configura la poética del viaje mistraliano. Organizados temáticamente, no cronológicamente, en ellos priman el concepto y los modos del viaje —la importancia de conocer caminando, el goce del paseo y la detenida observación, el amor por las ciudades antiguas europeas y las pequeñas ciudades latinoamericanas, la naturaleza, las montañas y el mar— por sobre los hitos de la ruta, el detalle de los lugares y la gente de esos lugares, que constituyen un telón de fondo a la reflexión. “Viajar” es, entre esos escritos, el que articula con claridad argumental la posición de la poeta ante el viaje y su desdén por diversas clases de turistas.
“La que surea la tierra” es, como anuncia esta parte, un compendio de los textos escritos por Mistral en Chile, o sobre Chile y el cono sur. Aquí hay dos poemas que recorren imaginariamente el país (“Recado sobre un viaje imaginario” y “Hallazgo”) y una sucesión de cartas decidoras en las que Mistral reconoce su ímpetu viajero de “sonámbula” y declara no desear otra cosa que “aumentar mi sonambulismo”. En un registro algo distinto aparecen textos fundamentales sobre el nortino valle de Elqui, sitio de nacimiento, formación y añoranzas mistralianas, y un texto publicitario que escribió en cumplimiento de su labor consular y de su amor por la geografía de la patria: el muy circulado y citado “Elogios de la tierra de Chile”, de 1934. “La pampa argentina”, por el contrario, no es elogioso; la planicie, comparada con las montañas, es pura desorientación. Aquí se perfila el hecho de que Mistral no escribió siempre a la par de su viaje y de su encargo, que volvía a los lugares usando sus notas y su notable memoria espacial: ejemplo de ello es la crónica “La Antártida y el pueblo magallánico” publicada en 1948, treinta años después de su visita al extremo sur del país.
A continuación, “La que anda anotando” reúne en sucesión cronológica textos sobre los viajes que Mistral emprende desde su primera salida de Chile. Esta parte refleja su maravillamiento con los puertos y las islas que visita rumbo a México, así como con México mismo: escribió mucho sobre ese país donde fue sometida a un ajetreo intensivo que expone en una misiva también incluida en esta sección. Son los tiempos en que viaja a los países del norte. Allí aprecia las ciudades antiguas y los pueblos costeros aunque también es entonces que su maravillamiento sufre reveses: no logra entusiasmarse por Nueva York ni por las capitales europeas que visita antes de iniciar su vida consular.
“La de pies cansados”, parte más extensa en páginas y en años, agrupa los viajes acometidos por Mistral en sus últimas décadas: desde el inicio de sus labores diplomáticas, en 1932, hasta su muerte, en 1957. En las crónicas que componen esta sección se percibe la progresiva pérdida de interés en el “visiteo” que instaba a su escritura. Viajar se ha vuelto menos placer y más profesión: su trabajo consular en Europa la enfrenta al auge del fascismo, y es en las muchas cartas incluidas aquí que se pueden calibrar las consideraciones que realiza sobre la situación política y su situación personal. Si siempre fue asidua a la correspondencia, en estos años dedica mucho tiempo a conversar por escrito con escritores e intelectuales de su confianza —el mexicano Alfonso Reyes, el español Juan Ramón Jiménez, el chileno Pedro Prado, la argentina Victoria Ocampo, la cubana Dulce María Loynaz—, con personalidades políticas y diplomáticas —Radomiro Tómic, Carlos Vicuña, Carlos Errázuriz, entre otros—, con su compañera mexicana durante décadas, Palma Guillén, y con su última pareja sentimental, Doris Dana. Las prosas viajeras, en tanto, se van espaciando por el cansancio, la vejez, el deterioro físico y la soledad de la viajera; pese a ellos, Mistral seguirá planificando su próximo destino en busca de ser “un poco feliz” antes de despedirse definitivamente.
La errancia es un elemento tan determinante en la vida y la escritura de Gabriela Mistral que este volumen no aspira a ser más que un recorte de su mapa: como en las revistas de avión, su recorrido traza más líneas de las que nadie podría nombrar. El criterio fue, por ende, seleccionar las líneas más relevantes de su trayectoria vital: desde Chile hacia otros países americanos y europeos, así como las múltiples idas y vueltas que realizó desde y entre ellos.
Buscando coherencia, el libro abre con el posicionamiento poético y político del viaje y emprende, cuando es posible, un ordenamiento cronológico más que geográfico de las enrevesadas líneas de su biografía. Para dar una idea de la diversidad de escritos viajeros que contiene el archivo de Mistral, se recogieron recados personales, artículos de periódico y crónicas de vocación publicitaria (solo recortados cuando incurría en derivas extensas sobre asuntos anacrónicos), y se sumaron poemas de distintas épocas así como los fragmentos relevantes de cartas que suturaban los saltos entre un lugar y otro o que daban cuenta del reverso íntimo del relato público. Y se incluyeron vistosas reproducciones de los pasaportes diplomáticos que han permitido precisar los rumbos de la poeta.
Dado que algunos originales se han extraviado, cuando existía el manuscrito original se privilegió esa versión y se incorporaron las correcciones hechas por la autora; en caso contrario, se usó el texto de su primera publicación, ya sea en vida de Mistral o póstumamente, y se consideró esa fecha. Ese fechaje y, por lo mismo, el orden cronológico, no están exentos de problemas. Para el caso de los inéditos no datados se hizo un cálculo aproximado de acuerdo al año del cuaderno en el que se encontró el original o de acuerdo al contexto al que ella se refiere en su escrito. Las fechas colocadas entre corchetes indican la datación aproximada a partir de la investigación en manuscritos u otras fuentes.
Importa señalar las decisiones tomadas en relación a su variado repertorio lingüístico. Mistral no solo usa a su gusto la gramática y sus reglas, sino que a veces escribe por fuera de los diccionarios. Utiliza anacronismos y crea neologismos. Salpica su escritura de combinatorias inusitadas (en “dulcedumbre”, por ejemplo, suma lo dulce y lo manso). Transforma nombres propios en verbos (“miguelangelea” y “tizianea”). Convierte sustantivos en adverbios (“boyescoutmente”), adjetivos en sustantivos (la “listeza” como condición de ser listo), y monta un sustantivo sobre otro (haciendo de “esponja”, “esponjadura”). Sus licencias poéticas fueron, por supuesto, respetadas. Y fue decisión editorial no italizar ni entrecomillar esas licencias, salvo cuando la propia Mistral hizo algún subrayado en ellas —las cursivas en las citas del prólogo son mías—. Sí se realizó, no obstante, una mínima actualización ortográfica en la toponimia a la vez que se decidió no explicar quién era cada persona citada, salvo, muy brevemente a pie de las cartas, para facilitar su comprensión.
En el tiempo de este trabajo, que fue de equipo, agradezco especialmente a la muy mistraliana Daniela Schütte González, quien en el archivo digital de la Biblioteca Nacional de Chile mapeó los pasos de la poeta en una acuciosa investigación y, a mis instancias e insistencias, siguió hurgando en el archivo, corroborando versiones, incorporando las correcciones dejadas a mano por Mistral, buscando y descifrando sus pasaportes y resolviendo generosamente mis dudas con sus saberes así como elaborando la cronología incluida en estas páginas. Agradezco asimismo a mi entusiasta editora, la crítica Alejandra Laera, por invitarme e instarme a aceptar el desafío de armar este volumen y escribir su prólogo, por esperarme con paciencia y persistencia, y por su convicción de que importaba situar a Mistral sobre su mapa.
GAZARIAN-GAUTIER, Marie-Lise, “La geografía caminada de Gabriela Mistral”, en Caminería histórica y literaria, actas del I Congreso de Caminaría Hispánica, vol. II, Madrid, 1993, pp. 445-453.
GROS, Frédéric, Andar, una filosofía, Madrid, Taurus, 2014.
HORAN, Elizabeth, “Cónsul Gabriela Mistral in Portugal, 1935-1937. Un policía en la esquina y dos o tres espías adentro del Hotel”, en Revista Historia, núm. 42, vol. II, Santiago de Chile, 2009, pp. 401-434.
LACOSTE, Pablo, María Marcela Aranda y Felipe Cussen, “Paisajes de montaña. El Ferrocarril Trasandino y la captura estética de la Cordillera de los Andes en la poesía de Gabriela Mistral”, en Alpha. Revista de Artes, Letras y Filosofía, núm. 35, Osorno, 2019, pp. 1-22.
MISTRAL, Gabriela, “Autobiografía”, en Revista Mapocho, núm. 43, Santiago de Chile, 1998, pp. 229-236.
PÉREZ VILLALÓN, Fernando, “Variaciones sobre el viaje. (Dos viajeros ejemplares: Mistral y Oyarzún)”, en Revista Chilena de Literatura, núm. 64, Santiago de Chile, Universidad de Chile, 2004, pp. 47-72.
QUEZADA, Jaime, Bendita mi lengua sea. Diario íntimo, Santiago de Chile, Planeta, 2002.
ULLOA INOSTROZA, Carla, Gabriela Mistral en México. La construcción de una intelectual (1922-1924), México, Universidad Nacional Autónoma de México y Universidad de Chile, 2022.
ZEGERS, Pedro Pablo, Hijita querida. Cartas de Palma Guillén a Gabriela Mistral, Santiago de Chile, Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos y Pehuén Editores, 2011.
1889-1906
Nace en Vicuña, calle Maipú 759. Se traslada con su familia frecuentemente, por razones económicas, entre distintos pueblos del Valle de Elqui. En 1906 se instala en La Serena a estudiar, hasta 1907.
1908-1910
Se inicia su carrera pedagógica: La Cantera (Vicuña), Cerrillos (Ovalle) y Barrancas (Santiago de Chile). Luego, se traslada a Traiguén (Malleco).
1911-1912
Permanece en Antofagasta hasta junio de 1912, donde ejerce como profesora de Higiene y Dibujo.
1912-1918
Entre julio de 1912 y abril de 1918 se traslada a Los Andes para trabajar como profesora de Castellano e Historia.
1918-1919
Viaja a Punta Arenas a ocupar el cargo de directora del Liceo de niñas.
1920-1921
Se instala en Temuco para trabajar como directora de la Escuela de niñas.
Entre marzo y mayo de 1921 permanece en Santiago de Chile. Es nombrada directora del Liceo núm. 6, pero no asume el cargo por controversias políticas sobre su formación.
1922-1923
Viaja a México invitada por José Vasconcellos. El gobierno de Chile le otorga una comisión semestral para estudiar el funcionamiento de las bibliotecas en ese país. Durante el viaje pasa por Callao (Perú) y La Habana (Cuba).
1924
Primer viaje a Europa. De camino visita Estados Unidos para dar conferencias en Washington y Nueva York. Luego recorre Italia, Francia y España.
1925
Regresa a Chile y se traslada a La Serena; a continuación, viaja a Brasil, Uruguay y Argentina.
1926-1927
Trabaja para el Instituto de Cooperación Intelectual con sede en París. Se instala en Fontainebleau (Francia). Viaja frecuentemente a Italia, y a Locarno y Ginebra (Suiza).
1928
Se traslada a vivir a Provenza (Francia). Continúan sus frecuentes viajes a París, Ginebra y Roma, Córcega, Madrid, Marsella. Vive un tiempo en Avignon (Francia).
1929
Comienza su trabajo en la Sociedad de las Naciones con sede en París. En noviembre viaja al norte de Italia, donde se establece un tiempo.
1930-1931
Segunda visita a Estados Unidos. En octubre de 1930 dicta una conferencia en el Barnard College. En 1931, trabaja como profesora y conferencista del Vassar College (Nueva York). Visita Montreal, Quebec y Vermont (Midleburry College), y luego, las Antillas y Centroamérica (Universidad de Puerto Rico). Más tarde, emprende viaje a Cuba, República Dominicana, Panamá, Costa Rica, Guatemala y El Salvador. Luego regresa a Italia.
1932
Primera designación consular en la ciudad de Génova. Renuncia en noviembre, por la negativa de Mussolini a aceptar a mujeres en cargos públicos, y se establece en Puerto Rico hasta junio del año siguiente, donde dicta conferencias.
1933-1935
Consulado de Chile en Madrid. Se instala en esa ciudad en octubre de 1933 y en febrero del 1934 visita Marruecos. En septiembre de 1935 es nombrada cónsul con derecho a elegir residencia, y el 15 de octubre se traslada a Lisboa, ciudad que había visitado frecuentemente desde su arribo a Madrid.
1935-1937
Cónsul en Lisboa. Visita París (Francia), Guatemala, y regresa a París.
1938
Visita Brasil, Uruguay y Buenos Aires, donde se hospeda con Victoria Ocampo. Viaja a Chile y visita Vicuña. Viaja a Estados Unidos y pasa por Perú, Ecuador y Cuba. Más tarde, viaja a Francia, con el propósito de ayudar a los refugiados españoles de la Guerra Civil.
1939
Consulado en Niza. En el mes de marzo visita Cannes (Francia), y en noviembre, París (Francia).
1940
Durante el mes de marzo permanece en Bordeaux y en abril viaja a Brasil.
1941-1945
