Angelina - Mabel Ripanti - E-Book

Angelina E-Book

Mabel Ripanti

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Beschreibung

Como padres, siempre cometemos errores y aciertos. Rosaura decidió criar a su hija sola y ocultando realidades, pero, al pasar los años, dedujo que lo mejor era revelar la verdad. Angelina, que era una jovencita con carácter, no se lo permitió. Más adelante, cuando tuvo la certeza de que necesitaba evidencias, fue demasiado tarde. Sin embargo, por esas casualidades de la vida o porque, como reza el dicho, el mundo es un pañuelo, fue atando cabos y sumergiéndose en una atmósfera encantadora para intentar conseguir lo que se proponía. Paralelamente, nos encontramos con Juan Mendoza y su familia, un padre presente que creyó hacer las cosas bien. Pero el tiempo pasó y de pronto sus hijos crecieron. Muchas veces, el destino tiene planes que no esperamos. El compromiso de la autora es poner ante sus ojos una nueva obra que, jugando con el tiempo y dibujando palabras, nos deleita en una historia colmada de emociones y conjeturas, en la búsqueda de la imagen plasmada a través de la mano de Luz. Continuación de Haz lo que te haga feliz.

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Seitenzahl: 329

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Producción editorial Tinta Libre Ediciones

Coordinación editorial Gastón Barrionuevo

Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones

Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones

Ripanti, Mabel Natalia

Angelina : la chica del pueblo / Mabel Natalia Ripanti. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025.268 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-702-2

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.CDD A860

Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio, total o parcial, sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2025. Ripanti, Mabel Natalia© 2025. Tinta Libre Ediciones

Dedico esta novela a mis hijos: Vanina, Eric, Nery y Kevin. Son y serán lo más sagrado. Son mi orgullo y el mejor regalo que me dio la vida.

En la adrenalina y la tensión que vivimos al leer un libro; en ese tictac que nos hace percibir sentimientos contrapuestos, detonar lo imposible y también deducir el final; la novela nos invita a sentarnos en el sofá o transpirar en la cama para devorar cada página a la velocidad de nuestra ansiedad.

AngelinaLa chica del pueblo

Mabel Natalina Ripanti

Capítulo I

Las calles del pueblo se veían grises, mientras las nubes revoloteaban y por momentos se tornaban verdosas. Una suave brisa comenzó a soplar y de pronto fuertes ráfagas de viento envolvieron el cuerpo de Angelina, que caminaba rumbo a su casa por la vereda irregular. Apresuró el paso más y más. Comenzó a correr cuando las primeras gotas de agua que provenían desde el sur rozaron el rostro de la joven. Cubrió con la chaqueta el envoltorio que aferraba entre sus manos como si fuese un lingote de oro. De pronto, la lluvia se desató como un torbellino e inesperadamente la empapó de pies a cabeza.

—Mamá, ¿cómo te sientes? —preguntó la muchacha a una joven mujer que lucía envejecida por su estado se salud.

Angelina se acercó a la cama para incorporar unos almohadones tras la espalda erguida y débil. Con suavidad, retiró los cabellos encanecidos del rostro de su madre e intentó que tomase la medicina que había protegido bajo su ropa como oro. Vivían solas en la diminuta casa que alquilaban desde hacía muchos años. Allí habían sido felices hasta que Rosaura, obligada por su hija, había visitado el hospital del pueblo y recibido, después de hacerse unos estudios, un diagnóstico nada alentador.

—Ya no me pasa por la garganta, hijita. Deja de gastar dinero en algo que no tiene sentido. Déjame ir y no te preocupes por mis pecados; si san Pedro no me abre la puerta, la Virgen me abrirá la ventana —decía la mujer esforzando una sonrisa.

—Deja de decir tonterías, mamá, y toma la medicina que recomendó el médico.

Con una triste sonrisa dibujada en los labios, la muchacha acercó la cuchara a la boca de la mujer. Angelina sabía que su madre decía la verdad, pero haría todo lo que estuviese a su alcance para que Rosaura no sufriera los últimos días de vida; sus pulmones estaban afectados por una neumonía crónica y no tardarían en complicar su corazón. Aquellas eran las palabras específicas del médico, que retumbaban en la mente de la jovencita.

La medicina aliviaba su respiración y le daba un toque de fuerza en la voz. En esos momentos, ella intentaba explicar su dolencia, los recuerdos de su pasado y el motivo de que estuvieran solas, pero la tos volvía y no le daba la posibilidad de tener una charla extendida con su hija.

—Angelina, ve a la cómoda, encontrarás un nombre y una dirección. Cuando yo no esté, busca a esa persona; no quiero que te quedes sola en este mundo lleno de complicaciones y peligros, cuando aún eres una niña.

—Ya no soy una niña. Cuidaré de ti y te recuperarás. Ahora, trata de descansar.

Cuando la mujer cerró los ojos, Angelina ordenó la colcha que cubría el diminuto cuerpo. Le pasó la mano por la frente y sintió su fiebre que, gracias a la medicación, iba menguando lentamente. Con sumo cuidado, cerró la puerta de la habitación con una angustia inmensa en su alma.

En la cocina, se preparó un té. Miles de recuerdos cruzaron por su cabeza. Se encontraba sentada frente la taza humeante que nubló el especio, pero no por el vapor, sino por las lágrimas que brotaban de los ojos saltones y achinados que embellecían más el rostro de la muchacha. Se incorporó tomando su cabello castaño y lo peinó con las manos mientras lo sostuvo con una coleta. Se juró ser fuerte, y otra vez los recuerdos la invadieron. No le importaba por qué estaban solas en el mundo, nunca había querido saber si tenían familia. Cuando su madre intentaba hablar, ella la callaba. Nunca fue por falta de interés. El motivo era que, cuando Rosaura quería contarle de su pasado, se le llenaban los ojos de lágrimas, y ella no podía verla sufrir; solo deseaba el bienestar de su madre.

Los días fueron pasando y el desenlace llegó. Ya no tenía a nadie más; solo le quedaban los recuerdos junto a su madre y un sueño que no alcanzaría a cumplir. Desde muy pequeña, amaba pintar. Siempre decía que llegaría a ser una artista. Rosaura la alentaba mientras la niña practicaba su destreza sobre las prendas que confeccionaba su madre para las clientas que deseaban adornar sus indumentarias. También, de vez en cuando, la mujer le traía algún retazo de lienzo que obtenía de la tienda donde trabajaba.

Rosaura estaba contratada para la limpieza, pero, cuando las manos no eran suficientes, don Gervasio y Hermelinda (sus patrones) le pedían que abandonase el plumero para ocupar un lugar detrás del mostrador. Ella lo hacía con agrado, ya que disfrutaba de esos momentos. Los dueños de la tienda eran gente muy buena y agradable. Rosaura se sintió totalmente agradecida con ellos por el trabajo. Desde el momento en que les confesó su embarazo, aliviaron sus tareas. Cuando la niña nació, le permitieron recuperase y regresar con Angelina en brazos. La niña creció entre hilos y rollos de telas.

Con los años, su madre quiso que se abocase solo a estudiar, y así lo hizo Angelina. Pero ahora se había quedado sola y a la deriva, sin poder terminar el colegio secundario. Tendría que trabajar para solventarse. Además, debía dos meses de alquiler de su pequeña vivienda: un cuarto donde se encontraba una cama vacía, el baño y una diminuta cocina.

Sentada, sosteniendo con una mano la cabeza, hacía círculos con una lapicera en un periódico sobre propuestas de trabajo, y en todos los avisos leía: “Mandar currículo”. Lo único que se le venía a la mente era que tenía dos manos para trabajar de lo que se presentara, pero ¿quién podría tomar a una chiquilla de diecisiete años?

Sus ojos se nublaron y una lágrima cayó sobre un anuncio señalado con un recuadro: “Se necesita dama de compañía para gente mayor”. Corroboró la dirección y sintió un escalofrío en todo el cuerpo al comprobar que el lugar se ubicaba en el centro de la ciudad; lamentablemente, ella vivía en un pequeño pueblo a varios kilómetros de aquel lugar desconocido. Soltó la lapicera sobre el periódico y recordó las palabras de Rosaura: “Todo lo nuevo causa temor, pero nunca bajes los brazos, enfréntalo”.

Estaba muy cansada y dolida; acababa de enterrar a su madre. Cruzó los brazos sobre la mesa, apoyó la cabeza y se quedó dormida.

Se despertó casi de madrugada con un dolor en todo el cuerpo por la mala posición y el cansancio acumulado de días anteriores. No dudó en preparar una maleta con algunas pertenencias, incluida la carta que estaba guardada en el fondo del cajón de una vieja cómoda. Miró la habitación descuidada, las cortinas grises, una planta sedienta de agua; el aire que se respiraba parecía pesado de tanta pena. Con tristeza, cerró las ventanas, corrió las cortinas y volvió a recorrer con la mirada los oscuros espacios. En ese instante, llegó la dueña con sus brazos en posición de jarra.

—¿Adónde crees que vas?, me debes el alquiler —dijo apenada.

—Precisamente, iba a hablar con usted, Juana. Necesito conseguir trabajo y luego regresaré a saldar mi deuda. Le pido por favor que entienda que es poco el dinero que tengo; si se lo entrego, no podré comprar el pasaje para llegar a la ciudad. Confíe en mí.

Se despidió con un fuerte abrazo. La mujer respondió al saludo con lágrimas en los ojos:

—Ve con Dios, hija.

Cuando el colectivo se detuvo, Angelina no se atrevió a bajar; mucha era la gente que caminaba aprisa por las calles de la gran ciudad. El bullicio erizaba la piel de la joven, que pensaba y se preguntaba cuál sería su destino, dónde terminaría su vida o, más bien, dónde comenzaría. Finalmente, descendió del trasporte.

Varada en las anchas veredas del centro, observaba hacia un lado y hacia otro. Las personas iban y venían en distintas direcciones; por lo tanto, comenzó a caminar y, cuando divisaba alguna persona que le inspiraba confianza, le consultaba por la dirección. Fue muy largo el recorrido, pero al fin se sintió satisfecha.

El sol se reflejaba en la placa del portero del alto edificio. Angelina volvió la vista al periódico, corroboró el número y, con los dedos temblorosos, presionó.

Una voz de trueno preguntó:

—¿Quién es?

—Vengo por el anuncio —respondió atemorizada Angelina.

—Pasa —dijo la misma voz prepotente.

Subió por el ascensor mirándose en el espejo: su cabello desordenado por el viaje, una maleta vieja en la que el negro ya era color ratón, su ropa desgarbada. No se veía de la manera adecuada para presentarse ante personas que pertenecían (según lo que ella suponía) a un nivel económico muy alto; igualmente, encararía la situación.

Cuando el señor abrió la puerta, Angelina dio un paso hacia atrás al ver su mirada. Aquel hombre, sin saludarla, ordenó que pasara señalando hacia adentro con el bastón que llevaba en la mano. La joven ingresó sin poder hablar, ya que le temblaban los labios. De pronto, Angelina divisó a una anciana sentada en un sillón viejo y descolorido. Sin soltar la maleta, se acercó para saludarla:

—Buenas tardes, señora.

La mujer levantó la vista y, con un hilo de voz, le dijo:

—Eres demasiado niña para hacerte cargo de estos dos viejos.

—Necesito el trabajo, señora. Podré atenderlos y mucho más. Veo que el departamento está un poco descuidado y con poco aseo.

—Y yo veo que eres una niña con carácter y bastante maleducada —protestó el dueño de casa.

La joven giró sobre sí misma levantando la mirada hacia el hombre, que no se había movido del ingreso. Con cautela, Angelina se acercó mirándolo a los ojos.

—Maleducada no, señor. Mi madre me dio muy buenos ejemplos y uno de los mejores consejos que me dejó es que siempre sea sincera y clara. Puedo comenzar mi trabajo ahora, si lo desea.

Sin darle tiempo a pensar y que la siguiera observando, ella comenzó. En primer lugar, dejó la maleta cerca de la puerta de entrada, por temor a que el hombre la amenazara con el bastón (Angelina no estaba en condiciones de perder sus pertenencias). Luego, trató de convencer a la señora para que se diera una ducha. La mujer respondió como si nada le importase.

La joven la ayudó incorporarse en la bañera. Angelina comenzó a sospechar que aquella era gente muy culta y que alguna vez había tenido mucho dinero. Cubrió el menudo cuerpo con una toalla. Tomó el secador e intentó formarle un delicado peinado mientras la mujer permanecía sentada frente al tocador, reflejada en el espejo. La anciana la miró atreves de él y, con un tono suave de voz, le preguntó:

—¿Quién eres?

—Me llamo Angelina. Espero que usted me acepte porque necesito dinero tanto como usted precisa cariño y atención, ¿o me equivoco?

La mujer no contestó y Angelina no insistió. Tampoco siguió haciendo preguntas. Solo la instó a que se perfumara y se untara alguna emulsión de las tantas que tenía sobre el tocador; su piel daba el aspecto de necesitar humedad, y su alma parecía echar en falta compresión.

—Señora, ¿quiere acostarse? Le traeré un té, si lo desea.

La anciana asintió con un movimiento de cabeza. Angelina se retiró y fue al encuentro de aquel hombre con voz de trueno. Estaba muy nerviosa, pero no quería que el hombre lo advirtiera. Con voz firme, le preguntó si la señora sufría de depresión. Él contestó con otra pregunta:

—¿Qué te hace pensar que mi esposa tiene una enfermedad?

—No dije que estuviera enferma, solo que la veo muy triste. Puede indicarme la cocina y le prepararé un té.

—Nadie te ha dicho que puedes quedarte.

—Le pido por favor que me tome a prueba. Si no respondo a sus objetivos, me lo dirá y me iré por la misma puerta desde la que ingresé.

Él asintió, un tanto disconforme por el carácter atrevido de la joven. El hombre corpulento con cabellos encanecidos y en parte calvo, con algunos mechones largos que tapaban la nuca y daban aspecto desprolijo, se incorporó apoyado en el bastón y, dando toques fuertes en el piso, fue al encuentro de su mujer. Al ingresar al dormitorio, el perfume invadió sus fosas nasales. Se fue acercando a la cama y vio que la mujer dormía con un sonido de tranquilidad en la respiración. Salió del cuarto con cautela para no despertarla. Cuando el hombre estuvo frente a la muchacha, gruñó:

—¿Qué le has dado a mi mujer para que duerma?

—Nada, señor. Solo la ayudé a darse una ducha y le arreglé el pelo.

—Estás contratada. Pero, como te darás cuenta, no podremos pagarte un sueldo importante y acá hay mucho por hacer. Tú decides.

—Gracias, señor. No pretendo mucho; por el momento, solo casa, comida y algo para ir ahorrando y saldar algunas deudas.

La muchacha le pareció confiable desde un principio, pero era tan orgulloso que no podía con su genio; siempre que tenía una oportunidad, humillaba a las personas.

Angelina, con paciencia, logró primero sacar a la mujer de ese estado de abandono. Además, luego de soportar al viejo gruñón y recibir indirectas que le causaban gracia, consiguió que él la tratase como un ser humano. Así, se ganó su confianza y le permitieron limpiar y ordenar todo aquello que estaba tan descuidado.

El departamento tenía un cuarto continuo a la cocina que nunca había utilizado; además, olía a encierro, pero Angelina hizo que oliera a frescura.

***

En aquella mañana radiante, Angelina volvió a caminar por las veredas irregulares de su pueblo. Ya no tenía tristeza en la mirada; solo dolor en el alma por no encontrar a Rosaura sentada en la máquina de coser con una sonrisa dibujada en los labios.

Golpeó la puerta de la casa. Doña Juana la recibió con un abrazo. La joven agradeció su paciencia de esperar para saldar la deuda del alquiler. Compartieron unos mates y luego visitó a los dueños del local donde su madre había trabajado durante años. Allí, junto a Gervasio y Hermelinda, no dejó de mencionar que, si algún día necesitaban algo de ella, no dudasen en llamarla.

Cuesta sanar las heridas que todavía sangran. Ella aún se sentía triste, pero su fortaleza la ayudaría a levantarse. Angelina regresó a la ciudad sin necesidad de pedir por favor ni tocar un portero: ella tenía un trabajo digno y una llave en sus manos.

La muchacha se había ganado la confianza del señor y su esposa porque, desde su llegada, gracias a su paciencia y dedicación, el matrimonio había vuelto a ser quienes eran: una señora que daba órdenes y un señor prepotente que se quería llevar el mundo por delante. Angelina sabía cómo manejar cada situación, hasta el punto de que le permitieron inscribirse en un colegio nocturno para que pudiera terminar el segundario.

A pesar de las insinuaciones del señor, Angelina siguió adelante sin hacer caso a los malos comentarios. Se levantaba muy temprano y preparaba el desayuno para el señor. Tras dejar lista la mesa con el café y las tostadas, preparaba la bandeja para la señora Aldana, ya que prefería llevarle el desayuno a la cama y comprobar con sus propios ojos que se alimentase bien. Desde su llegada, se había dado cuenta de que esa depresión provenía de un dolor muy profundo. Algún día le preguntaría o quizás la señora confiaría en ella. Por el momento, se contentaba con regresar con la bandeja vacía.

—Señor, todavía no ha desayunado.

—Es que no me has traído la manteca y la mermelada —gruñó.

—Usted sabe que están en la heladera y que yo tengo prisa por ocuparme de la limpieza —determinó la muchacha sin mirarlo para que no viera la sonrisa que delataba en su cara.

Protestando como era su costumbre, se levantó en busca de lo que pretendía. Angelina siguió con su tarea para luego hacer las compras, preparar el almuerzo y dedicarle tiempo a la señora: ayudarla a levantarse, vestirla con ropa de grandes marcas, peinarla dejándola impecable; si ella no lo hacía, la mujer prefería estar en la cama. Después de que todo estuviera en orden y bajo control, dedicaba un tiempo a los estudios antes de ir al colegio. Por las noches, al regresar, los señores ya se habían acostado. Comía algo que encontraba en la heladera y estudiaba hasta altas horas.

Una de las tantas noches frías en las que regresaba del colegio, caminaba apresurada cuando de pronto la atrajo el sonido de instrumentos musicales. Se detuvo para corroborar que provenían de un bar donde muchas veces ingresaba cuando sabía que no encontraría nada para cenar, tomaba un café y devoraba ricas masas. En esa oportunidad, no era su intención comer, pero la curiosidad la llevó a sentase en una mesa y oír un poco de música. Sintió tal placer que le hubiese gustado seguir deleitándose con el sonido de la banda, pero era tarde y debía regresar. Además, observaba a un grupo de jóvenes desagradables y aparentemente alcoholizados alrededor de una mesa redonda, quienes hacían señales burlonas hacia la banda. Después de aplaudir, se levantó para retirarse de lugar. Antes de llegar a la puerta, una mano muy fuerte la detuvo y la hizo girar sobre sí.

—¿Ya te vas, niñita?, ¿acaso no te gusta la música?

—Suéltame, me haces daño. La música me gusta, pero debo irme —contestó Angelina con firmeza, con los ojos puestos sobre la mano que la sujetaba.

El joven corpulento intentó retenerla. Angelina pretendía deshacerse de esas manos que la presionaban cada vez más hacia el cuerpo del desagradable muchacho.

Al ver la escena, el guitarrista no dudó en dejar el instrumento e ir a su encuentro. Allí todo terminó en una revoltosa pelea entre los jóvenes, donde tuvo que intervenir el dueño del bar junto a un agradable muchachito. Angelina apenas pudo distinguir su penetrante mirada en cuanto lo vio avanzar hacia ella desde la mesa para tratar calmar a su amigo, quien había provocado la pelea. Una pelirroja de aspecto cabaretero, quien parecía ser la novia del joven ingeniero que con sus ojos saltones y mirada penetrante había cautivado a Angelina, la tomó desprevenida tirando de sus pelos. El dueño del bar trató de separar a las muchachas diciendo:

—Gracias, ingeniero. —Mientras tanto, sujetó a Angelina del brazo para guiarla detrás de la barra. Allí intentó calmar el estado de nervios en que se encontraba ella, quien se culpaba del desorden. En cuanto la jovencita estuvo más tranquila, el guitarrista la acompañó hasta el edificio, no sin antes intercambiar números de teléfono.

En la mesa redonda del bar, siguió el descontrol. Macarena, la mujer de aspecto provocativo y modales groseros, molesta por la actitud de su novio, le hablaba en voz demasiado alta, llamando la atención:

—¿Por qué tuviste que defenderla?, ¿o te gustan las niñitas indefensas? —gritaba y hacía muecas irónicas.

—Macarena, no empieces con esa paranoia —decía el joven.

Sus compañeros no dudaron en pedir otras cervezas para no tener que aguantar las peleas de la pareja. Continuaron tomando más y más, hasta que el bar cerró las puertas y los ocupantes de la mesa redonda terminaron todos ebrios y tirados en la vereda. No era la primera vez que sucedía y, cuando se reponían, cada uno se iba a su casa. Macarena insistía a su novio en que no la acompañase; ella era una mujer independiente y sabía cuidarse sola. Pero su intención no era ir a su casa: cada noche se acostaba con cualquiera de sus compañeros.

Capítulo II

Angelina y Sebastián, el guitarrista de la banda, salieron juntos un par de veces después de aquel mal momento. Las calles estaban casi desiertas a esa hora de la madrugada; sin embargo, no se percataron de que alguien los observaba.

—Hace una noche realmente perfecta —dijo Angelina en un impulso.

—No solo la noche —comentó a media voz Seba.

La jovencita alzó la mirada. Un poco aturdida, se volvió hacia él y vio su mirada clavada en ella. Se le formó un nudo en la garganta. No tenía respuesta a esas palabras: ella no estaba enamorada, ni siquiera le gustaba Sebastián y, en aquella circunstancia, no quería que llegara a una declaración de amor. Él dio un paso hacia la muchacha, luego otro y de pronto colocó su mano en la cintura de ella. En un primer momento, la tomó desprevenida. Angelina apenas fue capaz de reaccionar y de repente se sobresaltó.

—Por favor, suéltame.

—Jamás. Estoy dispuesto a aferrarte a mí toda la vida —declaró de un modo delicado y con total romanticismo.

Angelina no entendía qué insinuaba. Le resultaba incómodo, tenía ganas de salir corriendo y, a la vez, sentía deseos de estar a su lado porque ella creía haber entablado una linda amistad, al menos eso pensaba. De haber estado enamorada, habría sido un momento perfecto.

—¡No! —gritó desesperada cuando él se acercó más a su rostro y estuvo a punto de besarla.

—Suéltala —ordenó una voz profunda.

«Es el morocho de ojos verdes, el ingeniero de mirada penetrante», dedujo ella.

Juan Ignacio se acercaba dando pasos agigantados que casi hacían vibrar las veredas. Angelina pudo ver la cara de su amigo, que la soltó al instante casi avergonzado. También vio en sus ojos que él se sentía herido, y eso le dio mucha pena. Por supuesto que el suyo no había sido un modo elegante de abordarla, pero ella leía en su rostro que estaba totalmente convencido de que Angelina correspondería a sus intenciones. Juan Ignacio la tomó de la mano y la guio a la puerta principal del edificio. Ella se alegró de contar con ese breve respiro. Más tarde, Sebastián se disculpó por su arrebato. Tras este episodio, siguieron con una hermosa amistad.

Tras un tiempo, el entusiasmo de Angelina por el morocho de mirada intensa se enfriaba cuando otra vez lo veía con esa mujer a su lado. Le causaba tristeza ver como lo manipulaba haciéndolo sentir culpable porque en algún momento la dejaba sola. Quizás si aquella mujer se enteraba de lo que había pasado aquella noche, volvería a agarrarla de los pelos.

«Me resulta imposible ordenar los pensamientos que vuelven una y otra vez», pensaba la joven en la noche. Por la mañana, cuando sonó el despertador, tuvo la sensación de no haber pegado un ojo. La lluvia golpeaba contra la ventana. Salió de la cama y comprendió que no quedaba nada de aquella noche en que el ingeniero la había acompañado.

Se preparó para las tareas del día sintiéndose fatal. Tenía la sensación de no saber manejar los sentimientos. Extrañaba mucho a su madre, ¡cuánta falta le hacía! Inspiró hondo varias veces mientras se preguntaba cómo podía haberle pasado todo aquello. El corazón le latía aprisa, las piernas parecían no responderle. Se apoyó en el marco de la puerta y pensó: «Yo, una sirvienta, y él, un ingeniero». Nunca había escuchado hablar a nadie acerca de cómo aliviar un sentimiento amoroso. En realidad, no creía que hubiese un método eficaz.

***

Los días pasaban y su realidad era otra. El departamento se veía cada día más reluciente. Los vidrios de los ventanales, de verse opacos, pasaron a tener brillo. Ya no hubo polvo en los muebles y, cuando estaban sucios por un pequeño descuido, Rogelio se lo hacía saber pasándoles el dedo índice por encima; en esas ocasiones, la muchacha, sin molestarse y sonriendo, corría en busca de la gamuza. Las dos plantas del balcón revivieron con la dedicación que les brindaba Angelina.

Al poco tiempo de estar en la ciudad trabajando para el matrimonio, terminó el colegio secundario; era una deuda que tenía con su madre. En su mesa de noche, tenía un portarretrato con la fotografía de Rosaura. Angelina la observaba mientras se ponía el pijama para ir a la cama y, con voz muy baja, le decía: “¿Por qué te fuiste tan pronto, mamá?”.

Un golpeteo suave en la puerta de su habitación la sacó de sus cavilaciones. Angelina se colocó la bata y un par de pantuflas gastadas. Cuando abrió la puerta, estaba el señor Rogelio con su cuerpo erguido, sosteniendo el bastón con ambas manos.

—¿Qué pasa, señor? —Vio el rostro del hombre colmado de preocupación.

—Por favor, Angelina, ve al cuarto de la señora y cálmala.

La mujer lloraba desconsolada aferrada a un álbum de fotografías. Angelina se lo quitó de las manos delicadamente y la abrazó tratando de calmarla. Luego la ayudó a incorporarse en la cama acariciando su cabello. Más tarde, la señora se fue adormeciendo como una niña. Al salir la joven de la habitación, estaba el hombre con la espalda apoyada en la pared. Angelina comprobó que sus manos temblaban, no quiso interrogarlo porque era muy reservado con su vida privada.

—La señora está dormida. Vaya usted a descansar. O ¿prefiere que le prepare un café?

El hombre asintió con la cabeza. Ambos ingresaron a la cocina, donde él se sentó, abatido, mientras ella preparaba el café. Luego le entregó la taza humeante, que el hombre recibió aún con las manos temblorosas y la mirada perdida; permanecía en silencio, como haciéndose daño a sí mismo. Angelina se sentó en el otro extremo de la mesa para acompañarlo, esperando que bebiera el café, que se iba enfriando sin que el hombre lo tomase.

—Tranquilícese. Mañana la señora se va a sentir mejor. Normalmente, tiene esos síntomas de angustia y, después de descansar, se siente bien —concluyó Angelina sin atreverse a preguntar el porqué de esos llantos reiterados.

—Quizás tú la convenzas de que comience un tratamiento.

—Lo volveré a hacer, pero, cuando lo menciono, me contesta que nadie le devolverá lo que le quitaron.

—Me equivoqué mucho en la vida, pero no hay vuelta atrás. Inténtalo, por favor —replicó el hombre levantándose de la silla, sin probar el café.

Le costó días, noches, charlas y silencios, pero, con convicción y empeño, Angelina casi obligó a la señora a consultar con un médico. Este le recomendó terapia, lo que hizo que estuviese algo mejor. Por momentos, volvían los ataques de llantos. En otros, se sumía en el silencio y la angustia. En oportunidades, parecía querer ser una mujer fuerte, se disponía a cambiar muebles, cortinas y hasta comprar joyas y ropa, mientras Angelina, ejerciendo el poder que le brindaba el señor, le hacía comprender que no estaban en condiciones económicas para gastos innecesarios. Los facultativos afirmaban que eran comunes esos episodios. En cambio, su esposo sospechaba que la mujer lo entendía, solo que por momentos parecía engañarse a sí misma como lo había hecho toda la vida.

Otro día, otra jornada de arduo trabajo. Por supuesto, no le molestaba. Lo que sí incomodaba eran las innumerables dudas que la muchacha tenía sobre el matrimonio. Olfateaba que algo sucedía y no era nada bueno. Ellos decían que estaban solos porque no tenían familia. Gran intriga le causaba a la joven aquel álbum de fotografías que Aldana observaba con la vista perdida y que no permitía que Angelina viese.

¡Cuánto añoraba a su madre en esos momentos de soledad! Verdaderamente, estaba muy agradecida con el matrimonio Aragón Mejides por haberle dado un lugar en su casa, pero extrañaba mucho a Rosaura. Ella, seguramente, sabría aconsejarla y decirle cómo actuar. Pero era en vano ese pensamiento: su madre ya no estaba.

***

Era jueves y la noche caía pesada y fría. El mal tiempo se aproximó y la lluvia torrencial le trajo muchos recuerdos. Las gotas de agua que salpicaban el vidrio y corrían como lágrimas la inspiraron. Fue hasta su cuarto hablando sola con una voz chillona y graciosa, recogió las viejas pinturas junto a un lienzo arrugado y luego regresó. Lo deslizó sobre la mesa de la cocina y decidió pintar un rostro desde cuyos ojos corrían lágrimas por las mejillas. Hacía mucho tiempo lo tenía en la mente y puso manos a la obra. Concentrada en su trabajo, no oyó que Rogelio había ingresado en silencio: un acto desconocido en él. Se detuvo en el umbral observando con el ceño fruncido mientras exigía un café.

—Señor, pensé que dormía —respondió sobresaltada.

—Me desveló la tormenta —respondió—. ¿Qué estás haciendo a estas horas de la noche? Recuerda que mañana tienes que trabajar —reclamó con carácter autoritario.

La joven, sin hacer caso a las advertencias, a las que ya estaba acostumbrada, sirvió un café de la cafetera eléctrica mientras contestaba que le gustaba pintar.

—Siempre me pareció una pavada eso de pintar telas —ladró Rogelio recordando lo disconforme que alguna vez había estado con una de sus hijas.

—Es algo que me apasiona. Y le digo más: estoy pensando en inscribirme en un instituto de bellas artes. Necesito aprender técnicas nuevas.

Rogelio se retiró con la taza en sus manos y en voz baja replicó:

—Decía yo que, si a estas servidumbres les das la mano, te toman el brazo.

Angelina sonrió y acompañó el gesto con un movimiento de cabeza. No intentó retenerlo: era evidente que no quería seguir con la conversación, ya que había descubierto en la mirada de aquel hombre una cuota de tristeza. Les había tomado cariño a esos ancianos desprotegidos. «¿Quién sabe por qué?», se preguntaba.

Sacó esos pensamientos de su cabeza. Quiso concentrarse y comenzar a dibujar. En ese preciso momento, sonó el celular. Ella deslizó la mirada hacia el aparato y corroboró que era Seba: el guitarrista de la banda la invitaba el sábado por la noche a un pub donde ellos darían un recital. El muchacho la tranquilizó diciendo que la pasaría a buscar; no permitiría que saliera sola a esas horas. Ella le respondió que en esas condiciones aceptaba; se había atemorizado tanto el día del revuelo que no volvería a salir sola por las noches.

—Por supuesto que tienes mi permiso —afirmó la señora Aldana en el momento que Angelina la puso al tanto de la invitación—. Pero ten cuidado con aquella gente que apenas conoces.

—Es gente buena, señora. Igual, tendré en cuenta sus consejos.

Angelina no tenía ropa adecuada para la ocasión. Aldana la acompañó y las dos juntas le comunicaron la novedad Rogelio, quien aceptó protestando adelantarle algo del poco sueldo que le pagaba. La muchacha corrió feliz a las tiendas que Aldana recomendó. Sin embargo, así como ingresaba, salía decepcionada por los altos costos de las prendas. Pero eso no opacó el entusiasmo de la muchacha y las ganas de salir a divertirse; terminó comprando un simple vestido en una feria de la calle.

Era sábado por la noche. Las luces de la cuidad comenzaban a iluminar las calles cuando los jóvenes llegaron al lugar donde actuaba la banda. Todo estaba preparado para el espectáculo.

—Espero que no te aburras antes de que comience el show. Pasé temprano a buscarte porque tenemos que probar sonido —dijo Seba, gustoso de que Angelina lo acompañara sin estar ofendida por el incidente.

—No te preocupes, los señores no me necesitaban —dijo la joven acomodando su vestido al sentarse para deleitarse con una noche distinta.

Estaba feliz. Sentada cerca del escenario, tamboreaba con sus dedos sobre la mesa al compás de la música. Seba dejó un momento la guitarra para hacerle compañía y por centésima vez pedirle disculpas. Al instante, ingresó un grupo de jóvenes revoltosos que instó a Angelina a girar la cabeza. Se le erizó la piel al descubrir que eran las mismas personas que noches anteriores habían provocado aquel altercado que había terminado avergonzándola delante de tanta gente.

—No te preocupes, estaban tan ebrios que no te reconocerán —la tranquilizó el joven al verla inquieta.

Provocando bochinche, se sentaron a una mesa y comenzaron a beber descontroladamente. Angelina los observaba por el rabillo del ojo. Reconoció al joven que la había acompañado la noche del contratiempo con Sebastián. Le daba pena el joven que parecía vestir y actuar diferente al resto. Se lo comentó a Seba como al pasar. Ella había detectado algo en los ojos verdes que le quitaba el sueño por las noches. Recordó la mirada de aquel muchacho, quien le había parecido buena gente cuando había tomado a su compañero por los brazos y le había hablado a Angelina de buena manera en la noche del disturbio. «Seba no lo reconoció porque estaba con unas copas de más cuando me sacó de entre sus brazos», pensó Angelina.

—Es buen tipo. Es ingeniero y trabaja en la empresa de su padre. La muchacha que dice ser su novia es una atrevida y él no lo ve porque está enamorado. Cuando él se retira, ella no lo acompaña y termina la noche con cualquiera de sus compañeros, que son tal como ella —declaró Seba en voz baja.

Angelina quedó pensativa. La había conmovido el relato y no dejaba de observar tratando de disimular. Igual, estaba claro que los jóvenes estaban tan afanados en sus conversaciones que ella pasaba desapercibida.

La noche continuaba y seguían llegando personas para asistir al espectáculo. Angelina se tranquilizó cuando se acercó una pareja preguntando si le molestaba que se sentaran con ella, ya que las demás mesas estaban ocupadas. La muchacha asintió con agrado. Compartieron unos tragos y comentaron el éxito del grupo.

La mesa que ocupaban los revoltosos (como los apodó Angelina) estaba retirada y con tanta gente, ella ya no temía que la reconocieran, entre el bullicio y la música que matizaba la noche. El lugar estalló en aplausos cuando faltaba poco para el final de la actuación. Las personas se fueron retirando y Angelina corrió a refugiarse detrás de la barra, eso provocó la risa de los músicos.

Pasadas las tres de la mañana, ya nadie quedaba en el pub. La jovencita esperaba a Seba para que la acompañase hasta el departamento. En esa noche fría, caminaron por las anchas veredas del barrio: él, feliz por la actuación, y ella, por la invitación. Advertía que necesitaba una compañía agradable para borrar en parte cuánto extrañaba a su madre, su pueblo, su cultura; en la ciudad, todo era distinto. Cubriéndose el cuello con la solapa del tapado, expresó lo bien que lo había pasado.

—¡Felicitaciones! Fue todo un éxito.

—Gracias —respondió el joven ya frente la puerta de entrada al edificio.

Allí, él quiso despedirse con un beso en los labios. Angelina lo evitó dándole un beso en la mejilla. Él sonrió diciendo que podrían repetir la salida. Ella asintió y luego ingresó. Al cerrar la puerta vidriada, lo saludó levantando la mano.

La mañana del viernes ameritaba dormir: una bruma espesa se confundía con llovizna. Rogelio se levantó temprano. Al dirigirse a la cocina y comprobar que Angelina no estaba preparando el desayuno, lo invadió una oleada de impaciencia. Sin reparo, fue al cuarto de la servidumbre a pasos agigantados y golpeando el parqué. Al llegar, levantó el bastón y dio golpes en la puerta de la habitación. Al no tener respuesta, dio otros más. Angelina saltó de la cama.

—¡Voy, señor! —gritó.

Somnolienta, parpadeó mirando el despertador y comprobó que eran las ocho de la mañana: la hora en que el señor desayunaba. Descalza y con pijama, corrió al baño. Se lavó la cara con abundante agua, se vistió a los apurones y se presentó en la cocina con el cabello desprolijo, dejando caer unos mechones en el rostro, incómoda y avergonzada por la situación. Eso no podía pasarle, ella sabía que tenía la responsabilidad de cumplir con el trabajo.

—Buenos días, señor. No volverá a suceder —dijo acongojada.

—Eso espero. De lo contrario, está despedida.

La muchacha, de espaldas al señor y con una sonrisa, comenzó a preparar el café; estaba segura de que no la iba a echar. «Perro que ladra no muerde», pensó la joven recordando un refrán de su madre. Con la bandeja en sus manos, se dirigía al dormitorio de Aldana. El hombre la detuvo para advertirle con agrado el estado de su mujer.

—¿Sabes?, Aldana durmió toda la noche. Hacía años que no lo lograba. Se despertaba llorando, tenía pesadillas que la sobresaltaban o, en oportunidades, la encontraba en la ventana mirando al vacío. Pocas fueron las veces en que durmió bien como anoche. Y aún sigue dormida —dijo Rogelio complacido.

—Me alegro por ella. Iré a despertarla con este rico desayuno. Hoy tiene terapia —concluyó la joven retirándose.

Golpeó la puerta de la habitación con toquecitos suaves. Una voz casi desconocida contestó. La jovencita ingresó preguntado si había dormido bien. Aldana estaba sentada en el borde de la cama como para levantarse y darse una ducha.

—Sí, querida. Dormí toda la noche y estoy con mucho apetito. Espero que el desayuno sea abundante —dijo la mujer mientras Angelina depositaba la bandeja disponiéndose a retirarse.

Que Aldana dijera que tenía apetito fue una sorpresa. Y más aún lo fue cuando vio que la mujer, con pantuflas y bata, se dirigió al baño. Todo ese tiempo que Angelina había estado con ellos, Aldana no se había levantado de la cama sin ayuda. Probablemente, siempre había dependido de los demás y, ahora que estaba tan a gusto con Angelina, más se hacía atender.

—En cuanto estés desocupada, ven a arreglarme el cabello. Luego iré a la cocina a ordenar el almuerzo.

—Como usted diga, señora.

«Esto sí que es sorprendente», pensó la joven mientras se retiraba. Rogelio la esperaba en la sala para ver con qué novedad regresaba del cuarto. En cuanto la vio aparecer, bajó el periódico y, mirando desde arriba de los anteojos que sostenía en la punta de la nariz, preguntó por la señora.

—Está muy bien. Me dijo que va a dar órdenes para el almuerzo. Me alegré mucho por su predisposición. ¿Usted necesita algo, señor? —concluyó.

—No, gracias. —Volvió a bajar la vista al periódico.

Ante esa contestación, Angelina se dirigió a la cocina. Ordenó la mesa mientras esperaba para volver al cuarto de la señora. Tocó la puerta y, como la mujer no contestaba, ingresó con cautela. Al oír el agua de la ducha, se acercó al baño, pegó el oído a la puerta y oyó cerrar la ducha. Disimuladamente, fingió estar haciendo la cama cuando la mujer salió enfundada en una bata blanca. Mientras se dirigía a desayunar, le pidió a Angelina que le secase el pelo para luego acompañarla a la peluquería. La joven le recordó que era el día de la terapia; Aldana lo recordaba, pero fundamentó que se sentía perfecta y que no asistiría a la terapia.

—Siento contradecirla, señora, pero usted no debe abandonar su tratamiento. Luego de la terapia, yo la acompañaré al salón de belleza.

Era uno de los días en que la señora se sentía bien, pero Angelina sabía que por momentos estaba de maravillas y por otros decaía. La mujer obedeció al comentario y, después de vestirse, ingresó a la sala bien arreglada. Rogelio bajó otra vez el periódico y miró con desconfianza a Aldana por arriba de los anteojos.

—¿Adónde piensas ir?