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Julia detesta la sociedad porteña a la que sus padres la obligan a frecuentar y anhela su independencia. Con el tiempo, desafiará a sus padres para alcanzarlo, pero el destino la llevará por un rumbo equivocado. Al caer cautiva de los ranqueles, en medio del caos, el asco y la desesperación, Namuy la salva. Fruto de ese amor correspondido nace Benjamina. Sin embargo, cuando creen alcanzar la felicidad, aparece alguien del pasado a cobrarse venganza. El paso del tiempo, las mentiras, el rencor y la muerte atravesarán generaciones hasta que el perdón resulte inevitable. Solo la verdad podrá limpiar el alma de tanto misterio, incertidumbre y dolor.
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Seitenzahl: 287
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Ripanti, Mabel Natalina
Misterios en la laguna / Mabel Natalina Ripanti. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
262 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-816-8
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Novelas Históricas. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Ripanti, Mabel Natalina
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Dedico este libro a mis nietos Stéfano y Benicio, quienes cambiaron el argumento de mi vida.
Misterios en la laguna
Mabel Natalina Ripanti
Decidí escribir esta novela con el atrevimiento de modificar fechas, hechos, lugares y episodios. Estos escritos no son una obra histórica, sino una novela de ficción, romántica y dramática, basada en un contexto histórico.
Agradecimientos
A mis cuatro hijos, Vanina, Eric, Nery y Kevin y mi yerno José, que son mi pilar y me apoyan en todo momento, de quienes estoy orgullosa y agradecida. Por ellos y para ellos vivo, a su lado siento que la vida es una feliz y agradable aventura.
A mi esposo, Abel, por estar a mi lado, acompañándome, y respaldar todos mis proyectos.
A mi hijo Kevin por estar en cada momento en que lo necesité, a lo largo de la novela.
A mi hermano Adrián, que fue mi primer lector y crítico en el buen sentido de la palabra, y quien me ayudó a desarrollar la historia relacionada con los ranqueles.
A mi mamá, Dina, que me contagia el entusiasmo y la ansiedad de seguir escribiendo.
A Rocío, por empujarme a dar los primeros pasos en la escritura.
A María Del Carmen Echevarría, estudiante de Diseño Gráfico y Publicitario, por acompañarme desinteresadamente en los primeros pasos de la edición.
Al profesor y escritor Héctor Pablo Ossola, por leer mi trabajo.
A la escritora Gabi Celli, por la confianza que me brinda y por acompañarme desinteresadamente en este proyecto.
A Emiliano Dellavalle, estudiante de Derecho, por haberme orientado en el trabajo de llevar adelante una causa judicial.
Introducción
Una jovencita de la alta sociedad porteña lucha por su independencia, pero el destino la lleva a vivir desagradables e injustas experiencias.
Namuy, un aborigen ranquel, hace que Julia logre torcer el destino; él ama a esa mujer blanca y arriesga su vida por ella. Sin embargo, nuevamente, el destino les juega una mala pasada a tal punto que Julia puede perder a su hijita.
La tercera generación vive una experiencia similar, pero Julia lucha junto a su nieta Anadelia. No permitirá que recorra los mismos caminos que ella, una jovencita que afrontó calamidades sin la contención de sus padres.
Capítulo 1
Buenos Aires
1920
En aquella tarde grisácea de otoño, las hojas se desprenden de los árboles que rodean la mansión. Anadelia divisa el colchón dorado desde la amplia galería de imponentes ventanales con destacadas transparencias que se complementan con vitrales coloridos, los que, finalmente, iluminan el ambiente a través de sus figuras abstractas de diferentes colores.
Sumida en sus pensamientos, no se percató de la presencia de Dalmacio, su novio, que la tomó por la cintura y la hizo girar sobre sí, para besarla en la boca, prepotentemente. La joven no dudó en rechazarlo, alejándose.
Dalmacio tomó con fuerza los brazos de la joven y se mostró enfadado, más aún cuando escuchó a Julia, la abuela materna de Anadelia. La mujer se encontraba en un rincón de la galería, cómodamente sentada en el sillón mecedor, con los anteojos en la punta de la nariz. Los que necesitaba para realizar sus bordados y que dejó a un costado, sobre una mesita, al ver la desagradable escena.
—Déjala, ¿no te das cuenta de que la lastimas con tus arrebatos?
—Usted guarde silencio, no se entrometa en mi relación con Anadelia.
La joven, descontenta con el comportamiento del muchacho, le pidió que se retirara. Julia sintió orgullo de su nieta que le daba pie para continuar.
—¡No me voy a callar! Debes tratar a mi nieta con más respeto.
Dalmacio no se retiraba y continuaba a los gritos.
—Usted no tiene porqué opinar: ella es mi novia.
—Tal cual: tu novia, no tu esclava —repudió Julia.
—¡Vete, Dalmacio! Por favor —dijo Anadelia, y llevó a finalizar el incómodo momento.
—Me voy, pero con la frente en alto. No creo haber hecho nada que no correspondiera —Dalmacio se retiró a pasos agigantados y dio un portazo que hizo tintinear los ventanales de la majestuosa galería.
El joven, que eligió estudiar en Europa porque decía que Buenos Aires le quedaba chico, había sido educado en los mejores colegios. En sus tiempos de estudiante, las personas que lo conocían y lo frecuentaban no lo consideraban una buena persona, pero a la hora de estudiar era un excelente alumno. Sus padres le permitieron actuar de mal modo ante las autoridades de las instituciones y enfrentaron grandes gastos para remediar el mal comportamiento de su hijo. Fue un niño y joven malcriado, con lo cual siempre se creyó un rey. Después de graduarse se convirtió en un excelente abogado, y al regresar a la Argentina sus padres le habían otorgado la administración de los bienes familiares.
Una noche, como tantas otras, Dalmacio llegó a visitar a su novia, trasnochado y con unas copas demás. Últimamente, ese era su estado habitual luego de visitar el prostíbulo donde se sentía un rey. Y actuaba de la misma manera cuando visitaba a Anadelia. La abuela estaba cansada de observar esas situaciones y de no ver a su nieta feliz. Esa noche le dijo indignada:
—Tienes que tratarla con mayor delicadeza, si deseas que ella actúe como una mujer enamorada —le decía Julia, con educación, pero aguantándose la ira que la carcomía.
—¡Vieja entrometida! ¡Ya no la soporto!
—Dalmacio, qué son esos modales. Le estás faltando el respeto a mi abuela, eres un maleducado —decía Anadelia, ya fuera de sí.
Julia, orgullosa de que su nieta levantara la voz, volvió a tomar el bastidor y siguió bordando. La mujer, de baja estatura, abrigada con un chal negro que le cubría la espalda, encorvada y tratando de acomodarse el abrigo, observaba la escena sosteniendo una sonrisa.
—Esto no lo permitiré. Vete y no vuelvas a poner un pie en esta casa —ordenó la joven.
—Estas palabras te van a costar muy caro, Anadelia, te arrepentirás —replicó el joven mientras se retiraba.
—Ven, hijita, a mis brazos, como cuando eras una niña.
La joven se acercó y acarició los canosos cabellos envueltos en un rodete bien marcado, deslizó sus manos por el rostro de su abuela, que mostraba las grietas que había dibujado el pasar de los años.
—Abuela, si no fuese por ti que estás a mi lado y me comprendes no soportaría las exigencias de mamá. Ella insiste en que no rompa mi vínculo con Dalmacio.
El joven, malhumorado por las palabras de su prometida, se había retirado sin despedirse de las damas. Descendió las escaleras para dirigirse a la calle. Disconforme con la situación y sin saber qué hacer, fumó un cigarro tras otro. Al momento en el que intentaba marcharse, distinguió un carruaje que al parecer se dirigía al domicilio. Tal cual: eran sus futuros suegros que regresaban de un largo viaje.
En el interior de la casona, Julia aconsejaba a su nieta.
—Hija, tú tienes que hacer lo que te dicte el corazón, no me gustaría que la historia se repita.
—¿De qué historias hablas? ¿No fuiste feliz con el abuelo? ¿Por qué mamá no permite que hables de tu pasado?
—Amé mucho a tu abuelo—acotó Julia, abrazando a la joven que aún permanecía en su falda, arrullada como cuando su madre la castigaba por un capricho inadecuado de niña. Julia intentó cambiar de conversación, pero Anadelia ya no era una niña a la que pudiera engañar fácilmente.
—Señora, ¿qué preparo para cenar? —interrumpió Tomasa.
—Te ayudaré —concluyó Julia, queriendo desprenderse de Anadelia.
—Tomasa y Silvestre se arreglarán con la cena— replicó la joven y continuó—. Te hice una pregunta abuela, ¿por qué mamá no desea hablar de su niñez? Cuando yo era pequeña y peinaba sus cabellos renegridos, hacía comentarios que mi madre eludía. ¿Por qué tú y el abuelo eran rubios? Mamá cambiaba de tema, y a medida que fui creciendo comprendí que algo encubren —le comentó, con respeto, Anadelia a la anciana.
Ángel y Benjamina, los padres de Anadelia, ocultaban una historia, como lo intuía la joven. Ángel no decía nada por una promesa hecha hacía muchos años atrás; Benjamina, por miedo a los prejuicios; y Julia por temor a perder nuevamente a su hija Benjamina.
Ángel era un abogado reconocido y muy respetado que a menudo viajaba al exterior por negocios, y a quien, en muchas oportunidades, acompañaba su esposa, Benjamina. Por lo cual, la única hija quedaba al cuidado de la abuela y del matrimonio que trabajaba en la casa, Tomasa y Silvestre. No tenían hijos y consentían en todo a la niña Anadelia, como una vez lo habían hecho con Benjamina.
El sol se ponía entre rojizo y amarillo. El otoño comenzaba a hacerse sentir, el día se tornaba fresco. Tomasa ingresó a la sala con una bandeja en sus manos. Anadelia tomó los pocillos con chocolate caliente, entregó uno a su abuela. Julia hizo un ademán para que Anadelia acercara una silla al sillón mecedor donde se encontraba.
—Es una historia larga, mi niña, pero ya estás en edad de escucharla y de comprendernos.
Capítulo 2
Corría el año 1870, Domingo Faustino Sarmiento pensaba con convicción que Argentina necesitaba maestras. Actuó bajo la disconformidad de personas allegadas a su Gobierno. Aquel hombre calvo y con gran personalidad, sintió una gran alegría al enterarse de que las maestras habían embarcado desde Estados Unidos hacia el puerto de Buenos Aires. Las docentes, refinadas y con una educación amplia, tomarían grandes responsabilidades al llegar. Algunas de ellas tendrían un futuro poco acogedor, el que, igual, asumirían con valentía.
La ciudad se preparaba para la gran fiesta, donde se presentaría en sociedad a las maestras. Lujosas ornamentaciones para la tertulia, en el amplio salón se encendían las grandes lámparas de araña doradas en aquel atardecer tan esperado, copas de cristal, exquisitos manjares servidos en hermosa vajilla, acompañada de fina platería. En el centro del salón se ubicaban las familias de la alta sociedad porteña. Señores con sombreros negros y zapatos de charol que reflejaban su elegancia, las mujeres ingresaban al recinto tomadas del brazo de sus esposos, como si aquello fuese un desfile de modas. Lucían amplios vestidos, zapatos de tacones, destacados peinados con peinetas de muchos brillos y de diversos modelos.
Al ingresar al suntuoso salón de la mano de su madre, los ojitos color almendra de Julia tenían un brillo especial que se deslizaba sobre sus mejillas. La niña, con apenas un metro de altura, sentía una pequeña incomodidad y nerviosismo.
—¡Qué ridículo! Tanto lujo para presentar a las pobres maestras que serán destinadas quién sabe dónde —comentaba disgustada Julia, a su madre en voz baja.
—Eres muy chiquita para opinar. Mira hacia adelante y avanza bien derecha —decía la mujer, mirando hacia un lado y hacia otro con una sonrisa en sus labios. Caminaba con elegancia, luciendo el majestuoso vestido, que había hecho diseñar en exclusividad, al igual que para Julia, con base en la ocasión.
Don Estanislao, el padre de la niña, se mostraba muy elegante con un bigote imperial y barba candado bien arreglada, lo que marcaba su personalidad. Caminó y tomó a su esposa del brazo para dirigirse al salón protocolar.
En cuanto terminó el discurso de los gobernantes, se determinó el destino de cada maestra. Cada una firmó un contrato, aceptando un sueldo razonable por tres años. Antes de instalarse en el lugar correspondiente, las maestras enviadas a Paraná aprenderían nuevas lenguas y sobre las enfermedades que azotaban esos lugares marginados, como tifus, fiebre amarilla, viruela y otras pestes que se daban con frecuencia.
—Aún no son sueldos a la altura de sus esfuerzos — comentó la niña. Su madre, enfadada, la miró con una sonrisa forzada. Julia sabía que era la señal de que debía callarse.
Continuaba el acto. Julia, con las manos entrelazadas, esperaba ansiosa la voz del locutor que anunciaba el destino de cada maestra.
—¡Elizabeth O’Connor! —Fue el primer nombre que mencionó el locutor. El lugar era un paraje cercano a la laguna Mar Chiquita, provincia de Córdoba. Julia era una apasionada de las imágenes geográficas, mientras ojeaba libros se interesaba por saber el nombre de aquellos paisajes, sus padres leían y la niña memorizaba. En esa ocasión, apretó sus manitas y miró a su madre que escuchaba atenta.
En cuanto dijeron el nombre, lugar y destino de la última docente, el lujoso salón estalló en aplausos, las personas presentes se pusieron de pie. Julia aprovechó la ocasión para alejarse de su madre e ir en busca de la señorita Elizabeth.
—Señorita, ¿aceptará usted ir a ese lugar aislado? —preguntó la niña, con la mirada en alto por la estatura de la docente.
A la maestra, le causó ternura y sorpresa la desenvoltura de la niña de corta edad. Se inclinó a la altura de Julia y habló un español mal pronunciado.
—Eres una niña muy inteligente.
»No te preocupes, es un lugar aislado, pero tranquilo. Eso me agrada. Será una buena experiencia —contestó la docente.
—Si fuese adulta, me agradaría acompañarla — comentó la niña, quien al percibir que su madre continuaba conversando entretenida con sus amistades prosiguió la charla con Elizabeth.
—La educación en Argentina está en manos de la Iglesia Católica, no todos los niños tienen la posibilidad de estudiar, estoy totalmente convencida de que la idea de Sarmiento es un buen programa. Lo que no me parece bien es que a las docentes las dejen a la deriva, mandándolas a lugares peligrosos, cuando los aborígenes no están acostumbrados a recibir educación.
—Quizás, si te formas, puede que seas una excelente maestra en un futuro —comentó la docente al ver la desenvoltura de la niña.
—Mis padres no lo permitirán. Ellos dicen que la mujer debe casarse y cuidar de su familia.
—A lo mejor cambian de opinión. No pierdas las esperanzas —replicó Elizabeth en el momento en que Alfonsina intervino, pensando que su hija molestaba con sus charlas, la tomó de la mano y la conduzco entre las damas. La mujer no quería perderse las conversaciones que para la niña eran incoherentes.
Una de las señoras, que llevaba un hermoso conjunto de terciopelo verde claro con una franja de oro en el ruedo, desplazó sus manos por la suavidad de la pollera y con la punta de los dedos levantó la prenda para sentarse con elegancia. Al tiempo, tomaba una copa de la bandeja que servían las mucamas, deslizándose por la sala, mientras la mujer continuaba la conversación.
—Para la tertulia que organizan los Herrera el mes próximo, confirmé un vestido de brocado azul con bordados de plata; y para el bautizo del hijo de Gerónimo mandé a confeccionar un atuendo de terciopelo con galones de oro. Como ustedes ya me conocen, soy loca por las joyas. Y cambiando comentarios con mi sirvienta, me dijo que su hermano vendía un rosario que perteneció a los jesuitas de Santa Catalina, recordé las historias que mi tía me contaba acerca de ellos… —continuaba la mujer bajo la mirada atenta de sus amigas—. Se lo compré sin pensarlo y luego tuve que soportar el enojo de mi marido, él piensa que es una joya robada —hablaba moviendo los brazos, porque consideraba que lucía mejor las pulseras de oro, de las que colgaban dijes de diferentes modelos.
—¿Y si es una joya robada? —preguntó una amiga.
—Te confieso que no me importa, mientras tanto yo tengo el rosario que despertó la envidia de toda la concurrencia que asistió a misa el último domingo en la Catedral.
Doña Alfonsina, por envidia, fingió un dolor de cabeza para retirarse, lo que Julia agradeció. Alejarse del lujoso lugar y regresar a su casa para despojarse cuanto antes de tan incómodo e insoportable vestido, como el ambiente donde se encontraba.
Capítulo 3
Con unos años más y con un metro sesenta de altura, Julia recordaba las palabras de aquella maestra.
Los años habían pasado y sus padres seguían con las mismas convicciones. La mujercita de la familia debía conseguir un novio con un buen nivel económico, vestirse a la moda europea, elegir el mejor ajuar para luego casarse, respetar a su esposo y cuidar de sus hijos.
La pared interna del escritorio de Don Estanislao estaba ocupada por una imponente biblioteca. Allí Julia pasaba horas entre los libros, sentada en el cómodo sillón de cuero negro, que había pertenecido a su abuelo y ahora ocupaba su padre. Paredes con impecable empapelado estampados, alfombras de color marrón alternado con beige, el mismo tono que las cortinas de terciopelo, todo aquello no alcanzaba para la imaginación de la jovencita, que, sentada con un libro en la mano que cerró con delicadeza para abrazarlo contra su pecho, pensó en aquella maestra a la que nunca había olvidado y menos sus palabras.
Muchas jóvenes de su edad eran infelices: debían obedecer a sus padres, que las casaban obligadas a formar una familia; otras muchachitas se casaban enamoradas y algunas cumplían el sueño de ser maestra. Julia a menudo veía lo feliz que se sentían educando.
Ya no era una niña y obsesionada por su independencia, leía mucho sobre biología. La jovencita era una apasionada de las plantas, en sus pensamientos estaba elaborar algo interesante y preventivo con ellas. Guardaba un cuaderno de hojas amarillas que había pertenecido a su abuela y en él tenía gran cantidad de recetas con remedios caseros elaborados con plantas curativas.
Julia pasaba gran parte de su tiempo investigando en los libros y el viejo cuaderno, así había ido armando sus propias recetas.
La lluvia de aquel caluroso verano trajo muchos beneficios al rinconcito donde Julia cultivaba, en pequeñas macetas de barro, varias especies de plantas aromáticas y curativas. Les dedicaba tiempo y conversaciones entre sonrisas, explicándoles que lo ideal para ellas sería el campo.
La voz de su madre la sacó de aquellos pensamientos.
—Hija, tu vestido está en condiciones, ve a arreglarte. Lucila te espera en tu habitación para peinarte.
»Date prisa que llegaremos tarde a la tertulia.
Una de esas fiestas aburridas donde debía asistir con sus padres. Reunión con personas de la alta sociedad, la música de fondo, mesas con delicados manteles bordados ahora repletos de manjares, exclusivas lámparas de arañas con destacados soportes dorados que iluminaban el salón, mujeres muy elegantes, algunas se cubrían el rostro con sus abanicos mientras hacían comentarios fuera de lugar y con malas intenciones… Eso era lo que más molestaba a Julia que, con discreción y buen porte, se retiraba en busca de personas que dijesen algo interesante.
Lucía un hermoso vestido azul marino, de cintura bien marcada, enagua almidonada, una peineta le sostenía el cabello rubio y un mechón, que Lucila dejó suelto a un costado, le embellecía el rostro. Llevaba un collar de perlas cultivadas que su madre la obligó a colocarse en el delgado cuello.
Los mozos ofrecían copas de champán a los hombres entremezclados en la nube de humo que provocan al fumar los puros. Julia, al tratar de alejarse de aquellas mujeres, pasó ante los jovencitos de la sociedad porteña y se percató de que la miraban con ojos de noviecitos. Era la modalidad de aquellos eventos donde los hombrecitos de familia con apellidos importantes deseaban conseguir un buen partido para asociar las empresas que pertenecían a familias adineradas.
—¡Buenas noches, señoritas! —saludó Julia, para entablar una armoniosa y cordial conversación, especialmente con una maestra que se encontraba por casualidad en la tertulia, acompañando a la señora Adelia María de Olmos. La mujer y su esposo, Ambrosio Olmos, habían contratado a la maestra para que educara a los hijos de los peones de su estancia, El Durazno, ubicada al sur, de Villa de la Concepción del Río Cuarto. Entre música, baile y diálogos, Julia recordó cuando era pequeña y le hubiese gustado acompañar a aquella maestra desamparada.
En tanto, se distrajo con su amiga Valentina, a quien no había vuelto a ver después de la boda celebrada con bombos y platillos, pero con la jovencita completamente disgustada con su padre porque, siendo apenas una niña, la había vendido al mejor postor.
Con ojos tristes, Valentina acaricia su vientre abultado y relata, casi entre llantos, los episodios a su amiga.
Valentina, oculta detrás de la puerta, había escuchado a los hombres que se burlaban y, entre bromas y risas, hacían planes de quién se llevaría el botín. Al ingresar su padre al recinto, todos callaron y de repente las conversaciones se volvieron serias. Valentina era una muchachita hermosa y su virginidad elevaba el precio. El ganador fue don Justo, un empresario que triplicaba su edad. La joven tenía asco de ese hombre que sería su esposo, pero debía someterse sin decir palabra. Su madre había muerto unos años atrás, no tenía hermanos, debía obedecer sin chistar.
—La noche de bodas fue un suplicio —decía Valentina, mientras Julia escuchaba indignada.
El hombre, enardecido por su esposa a quien apenas había abrazado y besado en las mejillas, esa noche se apoderó del cuerpo de Valentina, que cerraba los ojos ante cada embestida, ante cada beso y ante cada mano que ponía sobre su piel. Lloró lágrimas de sangre que nadie pudo limpiar aquella noche y tantas otras. Esa vez, Julia tomó un pañuelo y secó las lágrimas de su amiga.
—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó atormentada por el calvario que estaba viviendo Valentina.
—En nada, amiga. El niño que llevo en mi vientre es lo que me ayuda a sobrevivir.
Julia contuvo las lágrimas, y fue retirándose de la escena al ver que el esposo de Valentina se acercaba. Venía acompañado del señor Ambrosio quien deseaba conocer a Valentina.
Este era el momento justo para acompañar a la maestra contratada por el matrimonio Olmos, quienes eran conocidos de sus padres.
«¡Esta es mi oportunidad!», pensó Julia. Estaría al lado de una persona instruida, además de alejarse de la falda de su madre. Presentía que podría sucederle algo similar a lo de su amiga, ya que en ciertas oportunidades sus padres insinuaban que ya estaba en edad de contraer matrimonio.
En el transcurso de la fiesta Alfonsina comentó a sus amigas que en pocos días se instalaría en Argentina Sophie, la sobrina francesa de unos amigos de la familia. Y aunque Julia la detestaba, su madre insistía en asistir a las mismas reuniones que frecuentaba la muchacha para que Julia pudiera imitarla, especialmente en su manera de vestir, a la moda parisina, lo cual a Julia incomodaba.
Ya de regreso en la intimidad de su cuarto, sostuvo que había sido una noche de muchas emociones, la confesión de Valentina, la llegada de Sophie con sus tíos. Se desprendió del vestido almidonado y tras colocarse el camisón de seda importada, se acercó al ventanal, corrió las cortinas y al abrir los postigos inspiró el aire fresco de la noche estrellada.
Los árboles apenas se movían y el chillar de los grillos la llevó al campo, giró sobre sí y observándose en el gran espejo ubicado en medio del placar, colocó sus manos en la cintura en posición de jarra y comenzó a ensayar el modo de enfrentar a sus padres.
La joven acompañaría a la maestra contratada por los Olmos. Ya era una decisión tomada. «Será maravilloso vivir en Córdoba, una provincia colmada de naturaleza, ríos, montañas, árboles», con este pensamiento Julia volvió a la ventana. La luna alumbraba las plantas curativas que intentaba cultivar. Amaba ese espacio tanto como a los libros. Se recostó con una sonrisa e intentó dormir.
Julia era una adolescente con convicciones, entre charlas y discusiones con sus padres, consiguió el permiso para instalarse en la estancia El Durazno junto a la maestra. Don Estanislao en contacto con Ambrosio Olmos comentó el deseo de su hija y el estanciero estuvo totalmente de acuerdo.
Con ansiedad, Julia contaba los días previos a la partida, mientras tanto no hacía ningún tipo de berrinches para asistir a las famosas fiestas de alta alcurnia que frecuentaba con sus padres. En una de esas fiestas Julia fingió agradar con su vocecita a los invitados de la reunión, entre ellos los Olmos. Los ojitos color almendra de Julia decían lo contrario. Los padres orgullosos de su hija no lo notan, solo quieren lucir a la joven, sin importarles lo que ella siente.
Al finalizar la tertulia, cruzaron saludos y entonces la señora Adelia María mencionó a los padres de la joven:
—Cuando quieran visitarnos, las puertas estarán abiertas.
—Gracias, señora, en cuanto a Janet, la maestra, viaje a la estancia, la acompañaré gustosa —dijo Julia, sonriente.
Era ya el momento de retirarse, la música había dejado de sonar, los mozos levantaban las copas vacías, junto a tanta comida desperdiciada. Los invitados continuaban saludándose mientras Julia caminaba hacia la salida. Era el momento más agradable de la noche para la jovencita.
Al llegar a la puerta, tropezó con un joven de traje bien marcado. Respiraba clase y elegancia, una sonrisa confiada que disimulaba con el bigote y le daba aires de mujeriego. En otra circunstancia hubiese sido el compañero ideal para tomar una copa, pero en ese momento la joven deseaba alejarse de tanta gente. Cuando su padre insistió en presentarle al señorito, por supuesto, Julia fue poco cordial.
Al llegar a la casa, su padre se lo reprochó.
—Hija, no debes comportarte de manera desagradable ante gente importante como lo es Pedro.
—Estoy cansada, padre, disculpe.
Se dirigía a las escaleras que conducían a los cuartos, cuando su madre le dijo:
—Descansa, hija. Ten en cuenta que Sophie visitará la casa, debes ser amable con ella. Le has encargado joyas y prendas de Francia, debes agradar…
Julia, con un pie en el primer escalón, respondió sin darse vuelta:
—Tú le has encargado, mamá.
—Da igual. Tienes que ser cortés con la muchacha. Es la oportunidad de lucir las prendas ahora, con la llegada del joven Pedro, que regresó de Europa con el título de abogado.
—Permiso, mañana hablaremos —terció la jovencita, meneando la cabeza.
Julia cerró la puerta de su cuarto con poca delicadeza. Se descalzó y arrojándose sobre la cama boca abajo tapó su cabeza con la almohada, harta de las insinuaciones de sus padres. La llegada de Sophie con la indumentaria implicaba ser la modelo de su madre y con la aparición de Pedro… un buen partido para asociar la empresa de su padre. Definitivamente, lo que dibujaba la cabecita de Julia era prepararse para su partida. La maestra sería su carnada y con la ayuda de Adelia María lo conseguiría.
El matrimonio Olmos pasaba gran parte del año en Europa. Los pocos meses de estadía en Buenos Aires, el estanciero los dedicaba a negocios de los cuales uno había sido la adjudicación de una de sus estancias, El Durazno, a su esposa. Por esos días la dama viajaba con la maestra para instalarse en la zona rural. Julia temía que sus padres cambiaran de opinión. Igualmente, ella al sur de Córdoba viajaría, incluso en contra de la voluntad de sus padres.
Tal como estaba previsto, la elegante, distinguida y bella Sophie y sus tíos, los Guzmán García, llegaron a la casa con baúles repletos de prendas exclusivas de París. Las mismas que Julia tuvo que lucir en reuniones poco agradables y, para más, ser cortés con las amistades de sus padres, inclusive ante Pedro que no dudó en pedir la mano de Julia. Propuesta que sus padres aceptaron gustosos. Don Estanislao y doña Alfonsina se sintieron orgullosos al ver a su niña grande girar al ritmo de la música en el centro del elegante salón. Julia dibujaba una sonrisa forzada, simulando estar a gusto con el distinguido abogado.
—Nuestra hija es la más hermosa de la fiesta — comentaba Alfonsina a su esposo, oculto el rostro detrás del abanico ribeteado en oro.
—Sí, querida, la más bella y feliz, parece olvidarse de la loca idea de viajar a Villa de la Concepción del Río Cuarto.
—No lo permitiremos —replicó su mujer.
En los tiempos que corrían, las personas mayores decidían por sus hijos y más siendo mujer, quienes por aquellos tiempos no tenían, ni voz ni voto. Julia era una joven correcta y educada, pero no iba a permitir que la casaran con un hombre al que no amaba.
Capítulo 4
Una fresca mañana de verano, la galería olía a jazmines, el sol iluminaba la mesa con el deleitante desayuno que Lucila servía a Julia y a sus padres. La joven fijó la vista en la dama de noche, que con sus verdes hojas cubría las altas rejas de la mansión. Las bellas flores blancas que viven de noche para deslucir de día erizaron la piel de Julia, que inspiró y exhaló. «No quiero marchitarme como esa bella flor», pensaba la joven, sin escuchar a su madre que no cesaba de hablar, mientras aguardaban que Lucila trajese el pan recién horneado.
—No debes perder esta oportunidad, es el candidato ideal para ti —la mujer hizo una pausa y prosiguió—. Hija, te estoy hablando.
—Perdón, mamá, ¿qué dices?
—Que Pedro es un buen hombre y debes casarte con él.
—Tu madre está en lo cierto. Los padres del joven tienen una buena posición económica y aprovecharé la boda para asociar las empresas —anunció don Estanislao con voz de trueno, mientras tomaba la blanca servilleta para colocarla en su cuello.
Lucila, la mucama más joven del servicio doméstico y amiga inseparable de Julia, ingresó a la galería con el pan caliente y mermelada casera que colocó sobre la mesa. Escuchó con atención a sus patrones. Regresó a la cocina pensando que la pobre niña sería una desdichada aceptando las órdenes de los señores. La jovencita de piel color café, cabello motoso y ojos saltones, conocía a los sirvientes de Pedro, quienes le contaban que el señorito llegaba por las noches ebrio y exigía tener relaciones íntimas con las sirvientas como si fuesen esclavas, insinuando que de lo contrario las denunciaría culpándolas de robos.
En cuanto Lucila regresó a la galería con la bandeja en sus manos, al escuchar la voz de Julia, se le aflojaron las piernas y los brazos, la bandeja cayó al piso con la cafetera de porcelana repleta de café caliente.
—¡Acepto ser su novia! —replicó Julia.
Alertada por el ruido que causó la bandeja de plata, pregunto:
—Lucila, ¿te lastimaste?
La negrita, sin contestar, se arrodilló para retirar los restos de la cafetera rota. Los papás de Julia no dieron importancia a la vajilla y menos a la sirvienta, su hija había aceptado ser la novia de Pedro, era lo que más importaba en esos momentos.
—Me casaré con Pedro, pero cuando regrese —comentó Julia entre dientes.
—¿Regreses de dónde? —preguntó su madre sorprendida.
Mientras la negrita Lucila recogía los restos de la cafetera, miraba a Julia con picardía. «La niña es astuta», pensó con una sonrisa.
Estanislao, que acariciaba su rostro y se deslizaba por el bigote imperial con la yema de los dedos, dedujo a lo que se refería su hija.
—Suponíamos que te habías olvidado de esa idea incoherente de ir al campo —comentó en tono autoritario.
—Papá, sabes que la idea me da vueltas por la cabeza desde hace mucho tiempo, tienen que permitirlo —acotó Julia atemorizada.
Alfonsina puso el grito en el cielo al escuchar ese disparate.
—De ninguna manera. No irás al campo, eres una joven bonita, educada e instruida. Menos ahora que vas a ser la novia de Pedro.
—Es solo por un tiempo, mamá. Pondré mis sentimientos en orden, la señora Olmos nos invitó y me gustaría complacerla. Ayudaría a Janet con los niños de la estancia —ante la desaprobación de Alfonsina, Julia continuó—. Con la frente en alto, si no se oponen que viaje a Villa de la Concepción de Río Cuarto, en cuanto regrese, que será pronto, me casaré con Pedro.
Los padres aceptaron sin dificultad: era su deseo casar a su hija con un hombre importante de la sociedad porteña.
Durante los días anteriores a la partida, la jovencita lució indumentaria, joyas, zapatos de tacones y perfumes importados. Nunca llegaría a tener la elegancia y la vistosidad de Sophie. Julia era de baja estatura, lo que había ocasionado el descontento de su madre y el regocijo de Julia.
La joven por esos días trataba de ser cortés con Pedro, que al acercarse a Julia percibía el aroma de su piel y se excitaba. Entonces, reprochaba la frialdad de su novia, que con una sonrisa pícara explicaba que en cuanto regresara todo sería diferente. No estaba en sus planes regresar y, si lo hacía, no sería para casarse con Pedro.
En casa de Julia todo era algarabía y felicidad. Alfonsina comunicó a la señora Olmos que Julia aceptaba la invitación para visitar la estancia. Fue grata la noticia, para la señora Adelia María, que la jovencita las acompañara.
—Será un gusto tener a su hija como huésped en El Durazno —respondía la mujer con agrado, confirmando el día de la partida.
Abordarían el tren rumbo a La Villa de Río cuarto, cómo era la modalidad las pocas veces en que se alojaba en el establecimiento campestre. Días antes de su partida, hacía llegar a la estancia muebles, cortinados, platería, vajillas y cuadros subastados a altos costo, con los que peones y sirvientes ornamentaban la acogedora casona. Ambrosio Olmos era poseedor de las estancias Paso del Durazno, San Bernardo y El Durazno, esta última fue el regalo que le hizo a su esposa, a quien hacía sentir una marquesa.
Los largos días de verano volvían agobiante el calor en la ciudad. Llegaba el fin de semana y el lunes abordarían el tren rumbo a la estancia, la señora Olmos, Janet y Julia, que por esos días disfrutó y cuidó de sus plantas bajo los radiantes rayos de sol. El domingo por la noche, después de cenar y casi sin probar bocado, Julia, temprano, se retiró y despidiéndose de sus padres, prefirió acostarse. No se sentía bien y lo atribuía a la ansiedad, la incertidumbre, temor a lo nuevo y desconocido.
Ya en el interior de su habitación terminó de completar los baúles que su madre le exigía llevar. Se quitó el amplio atuendo para luego vestirse con ropa de cama. Sintió un escalofrío que sorprendió a la joven en la calurosa noche de verano. Sin darle importancia, se recostó boca arriba y observó el cuarto lujoso que quizás no volvería a ver, prefería que así fuese antes que casarse con Pedro. Escasos encuentros y pocas salidas fueron suficientes para comprender que no podría estar al lado de un hombre al que no amaba, del que no soportaba sus manos acariciando su cuerpo. Con ese pensamiento se quedó dormida. Agitándose entre las sábanas, despertó de madrugada, sobresaltada, transpirada, su cuerpo temblaba. En cuanto Lucila ingresó al dormitorio con el arrebato que la caracterizaba, abrió los ventanales para que la claridad del amanecer y la brisa fresca invadieran la habitación. Al girar sobre sí para despertar a la niña, la vio en un estado deplorable,
—Niña, ¿qué le sucede? —preguntó apoyando sus manos rústicas sobre la frente afiebrada de Julia—. Está volando de fiebre —afirmó la muchachita temerosa.
—No me siento bien. No digas nada y ayúdame a levantarme —ordenó Julia
—Perdóname, niña, pero no puedo ocultar tu estado a los patrones —Lucila, la negrita de cabellera motosa y renegrida, de enormes ojos saltones que dibujaban tristeza al ver a su niña y amiga, no podía darse por no aludida ante el estado de Julia.
De inmediato llamaron al médico de la familia, el cual, tras revisar a Julia, ordenó medicina, reposo y buena alimentación. Suponiendo que era una simple gripe, aconsejó no viajar hasta no tener un diagnóstico preciso.
—Doctor, yo viajaré, nada me detendrá —dijo Julia, intentando levantarse de la cama.
