Antes del amanecer - Joanna Wayne - E-Book
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Antes del amanecer E-Book

Joanna Wayne

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Beschreibung

Su rudo vecino le alteraba el corazón con sólo mirarla. Pero cuando las amenazas demostraron que las pesadillas de la infancia de Sara Murdoch eran muy reales, Nat Anderson entró en acción. Y una vez que su hija y ella estuvieran a salvo, Sara se juró descubrir el misterio de por qué un hombre solitario como él sabía calmar todos sus miedos… cuando parecía que también la peor pesadilla de él había vuelto.

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Seitenzahl: 268

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2004 JoAnn Vest. Todos los derechos reservados.

ANTES DEL AMANECER, N.º 69 - febrero 2018

Título original: Just Before Dawn

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2004.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

I.S.B.N.: 978-84-9170-849-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Acerca de la autora

Personajes

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Acerca de la autora

 

Joanna Waynne vive con su marido a pocos kilómetros de la bulliciosa Nueva Orleans, pero su casa es el escondite ideal para una escritora. A sólo unos metros de su jardín se extiende un lago tranquilo frecuentado por garzas, patos y algún que otro caimán. Cuando no está escribiendo novelas de suspense y reconfortantes historias de amor, Joanna disfruta leyendo, viajando, jugando al golf y pasando el tiempo con su familia y amigos.

Personajes

 

Sara Murdoch: Las pesadillas que la han acosado desde la infancia adquieren aterradores visos de realidad.

 

Nat Sanderson: Llegó a las montañas dispuesto a olvidar su pasado, pero no puede mantenerse al margen y ver sufrir a su adorable vecina… cuando dispone de las habilidades especiales para protegerla.

 

Kendra Murdoch: A sus cuatro años, la hija de Sara posee la preocupante facilidad de entablar contacto con todo tipo de desconocidos.

 

El juez Cary Arnold: ¿Acaso el prestigioso juez ha fundamentado su éxito en una historia oculta, salpicada de cadáveres?

 

La doctora Abigail Harrington: Sara la recuerda como una amable y eficaz profesional. Pero su propósito en aquel entonces… ¿era ayudarla a recordar, o más bien asegurarse de que olvidase sus recuerdos?

 

Raye Ann Jackson: La amiga de Sara sería capaz de hacer cualquier cosa… si pudiera salir del coma.

 

Jack Trotter y Bruce Dagger. Los dos agentes del FBI que no aparecen en la plantilla oficial de la Agencia.

 

Sheriff Troy Wesley: Para tratarse de un sheriff aparentemente deseoso de resolver su caso, se muestra extrañamente decidido a no aceptar ninguna ayuda.

Prólogo

 

 

Craig Moffitt se enjugó el sudor de la frente con un pañuelo y volvió a guardárselo, empapado, en el bolsillo trasero del pantalón. Demoler un edificio era un trabajo duro en cualquier época del año, pero resultaba criminal con el calor veraniego de Georgia. Por supuesto, a finales de mayo todavía estaban en primavera, pero nadie lo habría dicho por las temperaturas: todavía no eran las doce de la mañana y ya hacía más de treinta grados. Y eso que se hallaban en las montañas, cerca de Tennessee.

—Yo ya he cumplido con la excavadora —le dijo Gus—. Supongo que el resto tendrá que ser con pico y pala.

—No veo por qué. El terreno ya está nivelado. No queda nada más que el sótano. El tipo puede llenarlo de escombros y listo. ¿Qué importa que queden unos cuantos ladrillos debajo?

—El jefe dijo que el nuevo propietario no quería que quedara resto alguno del antiguo edificio en el solar. Dice que es una abominación…

—¡Pero si era una iglesia, por el amor de Dios! Y un orfanato después. No entiendo cómo un tipo con un mínimo de corazón puede llamarlo así.

—En cualquier caso, quien paga es él.

—A mí me da igual. Si no estuviera sudando aquí, estaría sudando en cualquier otra parte —Craig volvió con el resto de la cuadrilla, si acaso merecía ese nombre. Un par de compañeros de instituto trabajando para ganarse algún dinero y Jimmy, un joven con más músculos que cerebro—. Vosotros, chicos, id a buscar los picos a la camioneta. Jimmy, tú tráete el martillo neumático y enchúfalo al generador. Vamos a tirar abajo los muros del sótano.

Los chicos del instituto se encogieron de hombros, tomándose todo el tiempo del mundo. Jimmy se encaminó sonriente hacia el martillo neumático, su herramienta preferida.

Craig se acercó a la camioneta, sacó una lata de soda de la nevera portátil y se la bebió de golpe. Estaba a punto de volver al sótano cuando oyó la retahíla de maldiciones que estaba soltando Jimmy.

—¿Tienes algún problema? —le preguntó, asomándose al agujero rodeado de escombros y tierra.

—Podría decirse que sí. He encontrado un cráneo.

Lo levantó para que todo el mundo lo viera.

—Parece muy pequeño —comentó Gus, saltando dentro del agujero—. Tiene que ser de un bebé.

Jimmy se agachó para examinar el lugar exacto donde lo había extraído. Esa vez sacó un hueso que parecía pertenecer a la espina dorsal. De repente, uno de los chicos del instituto golpeó con su pico un ladrillo suelto y todo un muro empezó a caer. Craig se apartó justo a tiempo de que un segundo cráneo rodara por el suelo, a sus pies.

—No pienso cavar en un cementerio —dijo Jimmy, retrocediendo—. Es un sacrilegio.

—Aquí no había ningún cementerio —declaró Gus—. Sólo una iglesia y un orfanato. Se supone que aquí no tenía por qué haber ningún cadáver. Creo que será mejor que llame al sheriff.

Craig se apartó del cráneo. Sentía una extraña inquietud. Y también estaba algo asustado, pese a que eso era algo que no le ocurría con facilidad…

—Chicos, salid ahora mismo de ahí y dejadlo todo donde estaba —les ordenó Gus mientras marcaba un número en su móvil.

Ninguno de ellos esperó a que se lo dijeran dos veces. Lo curioso fue que ya no les pareció que hacía tanto calor. De hecho, Craig se había quedado estremecido. Helado hasta los huesos.

Capítulo 1

 

 

Sara Murdoch terminó de corregir su último examen de historia y lanzó el lápiz rojo sobre el escritorio. Recostándose en su sillón, se concentró en disfrutar de aquella nueva sensación de libertad. El trimestre de primavera había terminado y, por primera vez en cuatro años, se iba a tomar libre el de verano. Sólo ella y Kendra, recorriendo el norte de Georgia, tomando el sol y respirando el aire de las montañas.

Se suponía que el padre de Kendra debería recogerla en junio, pero a última hora había cambiado de planes anunciando que se quedaría a pasar el verano en Inglaterra… ya que había decidido volver a casarse. Al principio la noticia le sentó un poco mal, pero hacía mucho tiempo que lo había superado. El divorcio había puesto punto final a dos años de relación, aunque el amor había muerto mucho antes. Si es que había habido realmente amor…

A esas alturas, Sara ya no estaba muy segura de lo que era o no era el amor, más allá del que sentía por su hija. El amor romántico del que había leído en las novelas o visto en el cine parecía tener el mismo poder duradero en su vida que el algodón de azúcar que tanto le gustaba a Kendra. Bastaban unos segundos para que se evaporara, dejándole un pegajoso gusto a sacarina en la boca.

—¿Tienes ganas de irte?

Sara se giró en su sillón para ver entrar a Raye Ann Jackson, la jefe del departamento de Historia. Con sus sesenta y tanto años, era una de las mujeres más tiernas y a la vez cargadas de energía que había conocido.

—Sí, y Kendra está tan entusiasmada que me está volviendo loca. Ha estado contando los días.

—Espero que la cabaña todavía esté habitable. Han pasado cuatro años desde la última vez que subí allí. Perdí la costumbre, y la afición, desde que murió Mark. A él le gustaba tanto…

—Mientras conserve las cuatro paredes y el tejado, me conformo. Las comodidades escasas forman parte del encanto de la montaña.

—Te he dejado escrita la ruta. Esas zonas rurales andan un poco escasas en indicaciones, pero no creo que tengas problema en encontrarla. Si no es así, pregunta a cualquiera por la tienda de Mattie. Henry o la propia Mattie te dirán cómo llegar a la cabaña. De hecho, ellos podrán informarte de todo lo que necesites saber sobre la región. Mattie es una mujer estupenda, aunque un poco charlatana. Su marido cultiva las verduras más sabrosas que he probado jamás.

—Seguro que iré a verlos.

—Oh, tienes que hacerlo. En realidad forman parte de la cultura norteña de Georgia, al lado de la música folk o la sidra de manzana. Toma, aquí tienes la llave y las direcciones —le entregó un sobre blanco, cerrado—. Y mi número de teléfono. Si tienes alguna pregunta, no dudes en llamarme.

—Y esta es mi llave —le dijo a su vez Sara, entregándole la de su apartamento—. Trasládate cuando empiecen a redecorar tu casa y quédate todo el tiempo que necesites.

—En teoría no serán más que un par de semanas, pero siempre es más agradable irse a una casa que a un hotel. Te agradezco el detalle.

—Espero que a las dos nos vaya igual de bien.

—No te hagas muchas ilusiones con la cabaña. Es muy rústica y los electrodomésticos eran muy viejos cuando Mark y yo la compramos hace veinte años. Pero hay un arroyo de montaña cerca, y el enorme bosque de Chattahoochee justo al otro lado de la ventana.

—Creo que es exactamente lo que Kendra y yo necesitamos.

—Entonces te dejaré trabajar para que puedas terminar de una vez y empezar con tus vacaciones.

Sara se levantó para darle un abrazo. En realidad no se veían fuera de la universidad y no solían hablar mucho de temas personales, pero se tenían mucho cariño. Lógico, ya que llevaban cerca de cuatro años trabajando juntas. De modo que tan pronto como Sara le comentó su intención de pasar las vacaciones en los montes Apalaches, al norte de Georgia, Raye Anne se apresuró a ofrecerle su cabaña. De hecho, le encantaba que alguien volviera a usarla después de todo el tiempo que llevaba vacía.

Mientras guardaba sus cosas, recogió los exámenes y el fajo de correspondencia que había recibido aquella mañana. Por lo que podía ver, la mayor parte era correo basura.

De repente, un sobre escapó de entre sus dedos. Era pequeño, como una tarjeta de agradecimiento, o una invitación. Carecía de remite. Lo abrió, curiosa. Era una nota blanca, con unas letras a máquina: Deja en paz el pasado. Y nada más. Sin firma ni nada.

La tiró a la basura para recogerla segundos después, con un nudo de terror en el estómago. El pasado. ¿Qué pasado? ¿Sus cinco años de matrimonio con Steven? ¿Los años que había pasado trabajando por las noches para poder acceder a la universidad? ¿Los años que había mentido sobre su edad y aceptado cualquier trabajo en las calles de Atlanta para no morirse de hambre? ¿O los cinco largos años que había vivido en el orfanato de Meyers Bickham? Incluso en aquel momento se le ponía la carne de gallina sólo de pensar en aquel lugar. Francamente, su pasado apestaba. Era mejor dejarlo en paz.

De hecho, esa siempre había sido su intención. Y la mayor parte de las veces lo había conseguido… excepto cuando las pesadillas afloraban y el fantasmal llanto de un bebé resonaba en su mente como una inquietante e interminable letanía…

Esa vez se guardó la nota en un bolsillo lateral del bolso. No pretendía, sin embargo, dejarse afectar por ella. Al día siguiente por la tarde estaría en la cabaña de las montañas. Iba a ser un verano maravilloso. Hasta el punto de que quizá aquel bebé fantasmal dejara de llorar de una vez por todas.

 

 

—¿Vamos a llegar ya, mami?

Era la enésima vez que Kendra le hacía esa pregunta desde que salieron de Columbus, hacía poco más de tres horas.

—Sólo faltan unos minutos, corazón.

Eso si lograba encontrar el atajo. Había seguido exactamente las indicaciones de Raye Ann. Había conducido a través de Dahlonega y luego con rumbo oeste por la autopista 52, hacia el Parque Natural de las cascadas Amicolola. Sólo que a la derecha no veía la indicación de la carretera Delringer.

—Quiero escalar una montaña.

—La escalaremos, pero no esta noche.

—Tendremos que ir con cuidado con las serpientes.

—Seremos muy cuidadosas.

—Y con los mosquitos. Odio los mosquitos.

—Usaremos un repelente contra los mosquitos.

—¿Me puedo comer una galleta?

—Ahora no. Es casi la hora de la cena.

La cena, que probablemente se limitaría a sandwiches de mantequilla de cacahuete y leche. Eso era lo único que llevaba, aparte de fruta y galletas. Había pensado comprar comestibles una vez que llegaran a la cabaña, pero… ¡al diablo con aquel plan! Conducir durante toda la tarde buscando una inexistente carretera la estaba crispando demasiado. Lamentablemente no iba a tener tiempo de comprar comida cuando encontrara la cabaña. Si acaso llegaba a encontrarla…

Condujo durante otro par de kilómetros, ascendiendo por la montaña y buscando la carretera Delringer. A esas alturas, estaba dispuesta a preguntar a cualquiera. Sólo que se hallaba en mitad de la nada y no había una sola casa a la vista.

Estaba a punto de dar media vuelta cuando descubrió una pequeña tienda de alimentación justo delante. La tienda de Mattie. Estupendo. Charlatana o no, estaría encantada de ver a aquella mujer. Ahora sólo faltaba que el local siguiera aún abierto…

Había una camioneta negra, llena de barro, aparcada delante. Y una moto. Dos hombres estaban frente al mostrador de las verduras. Uno de ellos era muy corpulento y llevaba un mono de trabajo. Parecía un duro y tosco granjero. A la débil luz del atardecer aún podía distinguir los tatuajes de sus abultados bíceps.

El otro llevaba vaqueros y una camiseta de polo con las mangas recogidas hasta los codos. Tenía una espesa barba oscura y el cabello largo, greñudo, que le ocultaba medio rostro.

—Yo no quiero comprar comestibles —protestó Kendra cuando Sara apagó el motor—. Yo quiero ir a la cabaña.

—Sólo nos detendremos un momento.

—¿Tengo que salir?

—Sí, tienes que salir. Tienes que ayudarme a escoger algo para cenar.

—Pollo. Y patatas fritas.

—Eso ya lo has comido a mediodía.

—Me gusta el pollo.

—Y a mí me gusta la verdura —se relamió los labios mientras le desabrochaba el cinturón de seguridad, en un intento por convencerla.

Miró a los hombres una vez más al tiempo que ayudaba a su hija a bajar. El tipo de la barba la estaba observando fijamente. No pudo evitar una punzada de aprensión.

Kendra corrió delante de ella, con su rizada melena al viento. Tenía el pelo aun más rojo que ella. Y también había heredado sus pecas, pero ahí terminaba el parecido.

Sara se alisó su camisa amarilla de algodón antes de entrar en la tienda. Para entonces, su hija ya estaba charlando animadamente con una mujer de mediana edad y sonrisa tan afable como cariñosa.

—Su hija dice que han venido a pasar el verano.

—Sí, vamos a quedarnos en una cabaña de la carretera Delringer. Esto es, si puedo encontrarla.

—Está muy cerca. La carretera sigue hacia Dahlonega, a un par de kilómetros de aquí.

—Debo de habérmela pasado.

—Se habrá caído el letrero. Pasa siempre. Aunque tampoco hay necesidad, con el puente hundido.

La última brizna de optimismo de Sara se evaporó en el aire.

—¿El puente hundido?

—¿Qué quiere decir?

—Quiero decir que no puede pasar el arroyo con el coche. Aunque tampoco hay ninguna razón para hacerlo, desde que el tornado de hace dos veranos arrasó todas las cabañas de allí arriba excepto la de los Jackson, que hace años que no vienen. Tengo entendido que el señor Jackson murió. Su esposa también. Los veranos ya no son lo mismo sin ellos.

—Usted debe de ser Mattie.

—Así es. Mattie Callahan. ¿Cómo lo sabe?

—Raye Ann Jackson me habló de usted. Se supone que vamos a pasar el verano en su cabaña. ¿Hay alguna otra manera de llegar hasta allá?

—No. Sólo hay una carretera. Pero la cabaña está justo al otro lado del arroyo. De todas formas, será mejor que se dé prisa si quiere llegar esta noche. Le costará más encontrarla cuando oscurezca.

—¿De qué me servirá si no puedo cruzar el arroyo?

—Hay una pasarela para pasar a pie.

Sara se volvió al escuchar aquella voz. El hombre barbado que había visto a la entrada estaba en aquel momento a menos de un paso de ella, aunque no lo había oído acercarse. La miraba con una extraña fijeza.

Kendra, que había estado concentrada en el muestrario de golosinas, dio media vuelta para observar con curiosidad al desconocido. Jamás tenía miedo de nada.

—¿Puedo tocarle la barba? —le preguntó, poniéndose de puntillas y alzando una mano.

Sara se apresuró a agarrársela.

—No molestes al señor, Kendra.

—No pasa nada.

Amablemente, se agachó para que la niña pidiera pasar los dedos por su espesa e hirsuta barba.

—Qué gracioso. Mi papá se la afeita.

—La mayor parte de la gente lo hace —comentó el hombre, irguiéndose de nuevo—. Me he llevado dos bolsas de tomates y uno de cada de pimientos y calabazas —añadió, dirigiéndose a Mattie.

—No hay problema, Nat. Te los apuntaré en tu cuenta. Tal vez quieras saludar a esta gente. Van a ser tus vecinas durante el verano. Se quedarán en la cabaña de los Jackson.

De modo que el arquetípico montañés iba a ser su vecino… Su único vecino. Sara no sabía por qué, pero la idea no le producía el menor consuelo. Pese a todo, le tendió la mano.

—Soy Sara Murdoch, y esta es mi hija Kendra.

En vez de estrecharle la mano, el hombre le lanzó una mirada que le erizó el vello de la nuca.

—Nat —pronunció al fin antes de dar media vuelta y salir de la tienda.

—No es muy hablador —le comentó Sara a Mattie.

—La verdad es que no. Se apellida Sanderson. Nat vive solo, dedicado a su manzanar. Cultiva unas manzanas magníficas. Con quien más habla es con Henry. Y supongo que también hablará algo con ese chico de Dahlonega que tiene trabajando para él.

—¿Henry?

—Mi marido. Probablemente lo verías al entrar. Un tipo grande. La gente de por aquí lo llama Gran Perro Guardián, porque nadie se atreve a meterse con él. Excepto yo, claro. Y nuestra hija Dorinda. Lo tiene comiendo de su mano, al pobre. Ya la conocerás. Estudia en la universidad de Georgia, pero vuelve aquí todos los veranos. Quiere ser profesora.

Sara esperó a que Mattie tomara aliento para interrumpirla:

—Tengo que irme ya a la cabaña, pero antes me llevaré una bolsa de tomates y pimientos. Y algunas cosas más, para la cena de esta noche y el desayuno de mañana.

—Adelante, cariño, sírvete tú misma. Si necesitas alguna ayuda, yo estaré barriendo por aquí. Me gusta dejar la tienda bien limpia antes de cerrar. Abrimos a las diez de la mañana y…

Sara se volvió para buscar a Kendra. Estaba de nuevo ante el mostrador de las golosinas, escogiendo.

—Sólo una —le advirtió.

—¿No pueden ser dos? Me guardaré la otra para mañana.

—Sólo una… y para después de cenar.

—Bueno, vale —cedió Kendra, a regañadientes.

La tienda era pequeña, pero parecía contar con todo lo básico: leche, pan, queso, embutidos y verduras. Sara se apresuró a hacer sus compras, deseosa de llegar a la cabaña antes de que se hiciera de noche.

—¿Hay algo más que debería saber? —inquirió mientras pagaba a Mattie.

—Creo que no. Simplemente lleva cuidado. Vigila a tu hija cuando salga por esos bosques, no vaya a ser que se pierda.

—Lo haré.

—Te ayudaré a meter todo esto en el coche.

—No hace falta, gracias. Me las arreglaré bien —Sara recogió las bolsas y le pasó la más pequeña a Kendra.

—No te olvides de recoger los tomates y los pimientos cuando salgas. Una vez que los pruebes, seguro que volverás a por más.

—Seguro que sí. Y a menudo.

—Me alegro. Acuérdate de que somos vecinas. Pásate cuando quieras, aunque sólo sea para charlar un rato.

—Gracias.

Nada más salir, vaciló. La camioneta y la motocicleta seguían aparcadas en la puerta. Nat estaba inclinado sobre la moto, mientras que Henry lo miraba apoyado en la puerta de su vehículo.

Sara guardó las compras en el coche. Luego, tomando a Kendra de la mano, se acercó al mostrador de las verduras. Henry escogió aquel momento para acercarse.

—¿Van a quedarse aquí por un tiempo?

—Sí, en la cabaña de los Jackson.

—¿Ese lugar todavía se mantiene en pie?

—Eso espero.

—¿Ya había estado antes?

—No.

—Bueno, pues no espere encontrar gran cosa en esa cabaña…

—Descuide. Ya estoy advertida.

Nat arrancó la moto en aquel instante, prácticamente ahogando en ruido su conversación. Henry se volvió y le hizo una seña para que la apagara.

—Deberías enseñarles a estas señoritas cómo se va a la cabaña Jackson, Nat —le sugirió, acercándose a él—. Anda, asegúrate de que la encuentren antes de que se haga de noche.

Nat se la quedó mirando sin decir nada.

—No es necesario —objetó Sara.

—Pero podría serlo —insistió Henry—. Supongo que no querrá perderse en esos bosques. Al menos con la niña.

Eso era cierto. Pero tampoco tenía muchas ganas de internarse en el bosque con aquel montañés huraño y solitario…

—Sígame —fue lo único que dijo Nat.

Arrancó de nuevo su moto y se puso el casco.

—No estará preocupada por Nat, ¿verdad? —le preguntó Henry a Sara, adivinándole el pensamiento.

—Un poco —admitió.

—Pues no tiene por qué. Es un solitario, pero eso no lo convierte en una mala persona. Le gusta vivir así. No hablará mucho, eso desde luego, pero se asegurará de que usted y la niña lleguen a su destino… sanas y salvas.

Asintió con la cabeza, todavía inquieta, pero convencida de que no había motivo alguno para desconfiar de Henry. Ni de Nat, por cierto. Jamás había sido partidaria de juzgar a nadie por su apariencia. Recogió las bolsas de verduras y se dirigió a su furgoneta. Cuando terminó de abrocharle el cinturón de seguridad a Kendra, se volvió hacia la tienda.

Mattie y Henry estaban en el umbral y la saludaron con la mano, sonrientes, como dándole aún mayor seguridad de que no tenía motivo alguno para preocuparse…

Arrancó y volvió a la carretera, pendiente en todo momento de la luz trasera de la moto. Un par de kilómetros después se desvió a la derecha y lo siguió por una pista de tierra, sin señalizar. A partir de ese momento fue como internarse en una oscura bóveda de árboles que apenas dejaban pasar la luz.

Solamente estaban ella, y Kendra, y aquel barbado montañés, dirigiéndose a una aislada cabaña al final de una estrecha y desierta carretera. Agarrando con fuerza el volante, sintió una punzada de miedo. Pero aquello era Georgia. La rural y tranquila Georgia. Estaban a salvo.

Mientras se hacía de noche, se aferró a aquel pensamiento.

Capítulo 2

 

 

Al cabo de quince minutos de sinuosa carretera rodeada de barrancos, llegaron al final: un tronco derribado que alguien había puesto allí deliberadamente para impedir que algún conductor incauto se internara con su vehículo en el arroyo.

Nat se salió de la pista y torció a la derecha, de manera que su faro quedara iluminando un sendero que se internaba en el bosque. Sara aparcó al lado y también dejó las luces encendidas. No había ninguna cabaña a la vista. Ni pasarela tampoco.

Y estaban las dos solas con aquel extraño que seguía sin abrir la boca…

Sintió otra punzada de miedo y acarició por un instante la idea de meter la marcha atrás y alejarse a toda velocidad. En lugar de ello, sin embargo, dejó encendido el motor y bajó el cristal de la ventanilla.

—No veo la cabaña.

—Está oculta por los árboles. Pero la pasarela está a sólo unos metros, por ese sendero… o lo que queda de él. Le aconsejo que eche antes un vistazo antes de que empiece a descargar sus cosas.

—Buena idea.

Estaba impresionada: aquel tipo había logrado pronunciar un par de frases completas. Aquello tenía que ser una buena señal. Además, al parecer sabía de lo que estaba hablando. Eso logró despejar sus miedos… al menos lo suficiente para bajar de la furgoneta.

—¿Ya hemos llegado, mami?

—Estamos muy cerca —ayudó a Kendra a bajar mientras Nat sacaba una linterna de una de las alforjas de su moto. Sara también sacó su linterna de la guantera. La más pesada que tenía.

Si aquel tipo intentaba algo, le golpearía en la cabeza con ella y a continuación le soltaría una patada en la entrepierna. Un truco que había aprendido durante el primer año que estuvo viviendo en las calles.

—Si le parece bien, cargaré en brazos a la niña —le propuso Nat—. Es muy inseguro andar por aquí cuando no se tiene costumbre.

Sara habría preferido cargar ella con Kendra, pero el sendero no sólo estaba lleno de raíces y de enredaderas: también de ramas y troncos derribados. Bastante tenía con procurar no caerse. De repente sintió algo corriendo bajo sus pies y dio un pequeño salto hacia delante, con tan mala suerte que tropezó con un saliente de roca. Para colmo, una rama le azotó la cara, todo en cuestión de segundos.

—¿Está bien?

—Oh, sí. Estupendamente.

Nat continuó andando con Kendra cómodamente sentada sobre sus anchos hombros. Caminaba a buen paso, aunque cojeaba ostensiblemente de la pierna derecha.

—¡Qué divertido, mami! —exclamó la niña, riendo y agarrándose fuerte al cuello de Nat—. Estamos viviendo una aventura.

—Y que lo digas —afirmó en el instante en que una zarza le arañó la pierna—. ¡Una aventura divertida de verdad!

Kendra soltó entonces una andanada de preguntas. Nat le respondió algunas, lacónico. Sara pensó que probablemente no habría hablado tanto en meses. Por su parte, estaba absolutamente concentrada en ver dónde ponía los pies, evitando las rocas y las serpientes que se imaginaba reptando bajo la hierba.

—Aquí está.

Estaban ante la pasarela, o al menos lo que quedaba de ella. Básicamente unas cuantas tablas de madera amarradas juntas. Con rendijas entre ellas lo suficientemente anchas como para que cupiera una persona si daba un mal paso.

—¿Eso es seguro?

Nat levantó a Kendra y la dejó en el suelo, al lado de Sara.

—Lo comprobaré —avanzó con cuidado por la pasarela y volvió lentamente, dando fuertes tirones a las barandillas de soga.

—Se puede cruzar.

Fue entonces cuando Sara descubrió la cabaña, a unos pocos metros del puente. Soltó un suspiro de alivio. Al menos existía, y aquel adusto montañés las había llevado hasta ella. Encajaba perfectamente con la descripción que le había dado Raye Ann. Rústica, rodeada de altos pinos, con un tejado que sobresalía del porche y un columpio de tabla.

—Una casa en el bosque, como en el cuento de los tres ositos —exclamó Kendra, deleitada, tirando a su madre de la mano.

—Tienes que agarrarte muy fuerte a mí cuando crucemos el puente —le advirtió Sara—. No te sueltes ni intentes correr, ¿entendido?

Nat pasó con ellas. Una vez que llegaron al otro lado, Kendra soltó a su madre y lo tomó de la mano.

—¿Vas a quedarte con nosotras? —le preguntó.

—No —se apresuró a responder Sara por él—. El señor Nat sólo nos ha acompañado para que encontremos la cabaña.

En uno de sus habituales despliegues de energía, Kendra echó a correr hacia el porche y se puso a empujar el columpio. Nat se quedó a un lado mientras Sara abría la puerta. Estaba buscando el interruptor cuando una telaraña se le enredó en la cara. Al fin lo encontró.

—Esto parece Halloween —anunció Kendra, entrando y plantando la huella de su mano en la espesa capa de polvo que cubría una mesa.

Sara pensó que Halloween resultaba una expresión adecuada, sobre todo con la abundancia de telarañas y con el extraño insecto muerto que descansaba en mitad del suelo. Soltó un gruñido de asco.

—No parece muy acogedora —comentó Nat.

«El comentario brillante del día», se dijo Sara. Apartó el insecto de una patada y examinó la habitación. Pasada la primera impresión, no tenía tan mal aspecto. Los suelos de madera de pino necesitaban una buena fregada. Había una chimenea de piedra flanqueada por dos mecedoras y un sofá tapizado, cubierto por un plástico protector. La pared del fondo estaba llena de estantes de obra, con antiguas fotografías, polvorientas cajas de juegos de mesa y gastados libros.

—Tiene su encanto —comentó Sara, decidida a sacarle el mejor partido a la situación—. Con una buena limpieza quedará estupenda.

—¿Está segura? En este parque tienen más cabañas para alquilar.

—Nosotras veníamos concretamente a esta.

—Como quiera. Si piensa quedarse, será mejor que me ponga a descargar sus cosas.

Eso sí que la sorprendió. Había esperado que se largaría de inmediato, en el instante en que la oyera decirle que se quedaba. Y, desde luego, iba a necesitar de su ayuda. Sobre todo a la hora de trasladar lo más pesado por aquel puente tan inestable.

—Tú quédate aquí —le dijo a su hija—. Siéntate en esa mecedora y no te muevas mientras el señor Nat y yo traemos las cosas.

—Será mejor que lo haga yo solo —pronunció, saliendo de la cabaña. Y echó a andar hacia la pasarela sin esperar su respuesta.

Sara soltó un suspiro. «Un hombre extraño… pero servicial», pensó.

—¿Jugarás a las damas conmigo? —le preguntó Kendra, sacando una de las cajas de los estantes. La tapa resbaló y las fichas cayeron al suelo, rodando en todas direcciones.

—Los juegos después. Ahora vamos a revisar el resto de la cabaña. Tenemos que encontrar tu dormitorio.

Si alguna dama había quedado en la caja, se cayó mientras Kendra intentaba volver a colocarla en su estante. Sara la ayudó a recogerlas, apresurándose para que Nat no resbalara con alguna cuando entrara con su equipaje. Incluso los huraños montañeses de Georgia podían contratar a un abogado para poner una demanda…

Empezó el recorrido abriendo y asomándose a las cuatro puertas que daban al salón. No había gran cosa que ver. La cabaña era básicamente un salón cuadrado rodeado de cuatro habitaciones, sin pasillos. Asaltada por una punzada de hambre, echó un vistazo a la cocina. Era de gas. Los fuegos estaban cubiertos de polvo, pero limpios, sin grasa acumulada. Al parecer alguien los había limpiado antes de irse.

—Hora de cenar, Kendra. Tenemos cocina y todo.

La nevera estaba relativamente limpia. Sara se agachó para conectar el enchufe. Funcionaba.

—Quédate aquí —le dijo cuando oyó abrirse la puerta de entrada, con un crujido.

—¿Por qué no puedo quedarme en el porche, columpiándome?

—Porque hay mosquitos y aún no hemos sacado el repelente.

Sara terminó de inspeccionar la nevera. Le encantaba la mesa de la cocina: de roble macizo, con sólidas patas. Y estaba colocada justo bajo la ventana desde la que se divisaban las montañas.

En la pared del fondo había un enorme armario, con cortinas de cuadros en lugar de puertas. Una cosa más que necesitaba lavar. Su único contenido era un extintor de incendios. Pero el otro armario, el de encima del mostrador, estaba lleno de platos. De porcelana. Definitivamente llevaban allí mucho tiempo. Y también vasos, cubertería de acero inoxidable y un rico surtido de sartenes y cazuelas. Todo lo que Kendra y ella necesitarían durante aquel verano. Y a un precio asequible. Gratis.

Los dormitorios eran igualmente austeros. Dos camas gemelas en uno, una cama de matrimonio en el otro, y cada uno con un pequeño armario y una cómoda de cuatro cajones. Todas las camas tenían colchas de punto que antaño habrían sido blancas y ahora amarilleaban de polvo

Kendra se reunió con ella. Llevaba un libro en la mano que debía de haber encontrado en la estantería.

—Yo dormiré aquí —se sentó en una de las camas gemelas, la que estaba debajo de un ventanuco—. Así podré ver las estrellas.