Recuerdos en la oscuridad - Joanna Wayne - E-Book
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Recuerdos en la oscuridad E-Book

Joanna Wayne

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Beschreibung

Los rumores afirmaban que el doctor David Bryson, misterioso propietario del castillo que se levantaba en el acantilado, seguía sufriendo las terribles secuelas del accidente en el que había muerto su prometida. La diseñadora Becca Smith había recibido una oferta para trabajar en casa de aquel hombre y su seductora voz la había obligado a aceptar. La belleza y ternura de la joven no tardaron en despertar los sentimientos de David, aunque prometió no hacer nada al respecto... Hasta que un asesino intentó atacarla y él supo que tenía que salvarla.

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Seitenzahl: 272

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 Harlequin Books S.A. Todos los derechos reservados.

Recuerdos en la oscuridad, Nº 62 - noviembre 2017

Título original: Behind the veil

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2003.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

I.S.B.N.: 978-84-9170-702-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Prólogo

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Prólogo

 

El sudor le corría por la frente mientras se esforzaba por arrastrar el cadáver de la mujer hasta los arbustos. El hedor de la muerte impregnaba el aire de la noche, pero no podía dejarla así. El trabajo tenía que hacerse exactamente según el plan fijado.

Vio que se le enganchaba la pierna en una piedra, y dio un fuerte tirón para liberarla. Había sido una víctima fácil. Débil, inocente, crédula.

Había sido tan fácil… Casi demasiado. Le habría gustado ver cómo se le escapaba la vida del cuerpo mientras la estrangulaba, o su sangre corriendo por los dos cortes que le hizo en el cuello…

Pero, en lugar de ello, todo había terminado tan pronto, que apenas había tenido tiempo de admirar la perfección de su trabajo.

Tal y como había sucedido veinte años atrás. Veinte años atrás, la estúpida policía de Moriah’s Landing nunca llegó a resolver aquellos asesinatos.

Entonces habían sido cuatro, pero tres quedaron sin aclarar y fueron atribuidos a un anónimo asesino múltiple. Probablemente ahora también se detendría en el tercero. O quizá no.

Recogió el cuchillo, deslizó la mano enguantada por la hoja y lo clavó una vez más en la fría y blanca carne del cadáver.

Fácil. Fácil y perfecto. Solo quedaba una cosa por hacer. Con admirable meticulosidad, dibujó con el cuchillo una «M» y una «L» en su vientre. Para hacer saber a todo el mundo que McFarland Leary había regresado.

Uno

 

Rebeca Smith dejó las tijeras sobre la mesa y examinó satisfecha el vestido de satén que acababa de terminar. La fina tela caía en pliegues iridiscentes, reflejando la luz de los focos de la tienda. Era la primera prenda que había hecho para sí en muchos meses, y lo cierto era que se había superado. La tela era fabulosa, el color impresionante, y el brillo… mágico.

Admirando su creación delante del espejo, casi podía imaginarse luciéndolo en un baile de gala, en la antigua Inglaterra. Sería el vestido perfecto para la Fantasía de Otoño, la fiesta que conmemoraba la fundación de Moriah’s Landing, cuando todo el pueblo se disfrazaba con trajes de época. Sí, aquella noche sería mágica, una celebración que ahuyentaría la sensación de terror y peligro que inevitablemente se cernía sobre la población cada cinco años, cuando, según la leyenda, el fantasma de McFarland Leary se alzaba de su tumba. Si todo salía conforme a lo planeado, turistas de todas partes del país acudirían a celebrar el tercer centenario de la fundación del pueblo por los primeros colonos europeos. Y, si todo salía conforme a lo planeado, todos ellos volverían a sus respectivos hogares, cuando las fiestas hubieran terminado… vivos.

De repente, el vestido se le escapó entre los dedos y apenas pudo sujetarlo antes de que cayera al suelo. La molesta sensación que llevaba asaltándola todo el día volvía a hacerse presente. Detestaba aquellos momentos en que parecía hundirse de repente, sin previo aviso, en las profundidades de un mundo distinto, como si se tratara de otra dimensión… Nunca le había hablado a nadie de aquellas experiencias, al igual que jamás le había confesado a nadie que ella no era realmente Rebecca Smith, una joven normal y corriente. Era mejor así, no dar motivos a la gente para que se apiadara de ella, o hiciera comentarios sobre su pasado.

Dejó el vestido sobre su mesa de trabajo y se acercó a la ventana para contemplar la calle. Se estaba poniendo el sol. Las farolas de Main Street apenas eran borrosos puntos de luz, difuminados por la densa niebla. De ordinario, Moriah´s Landing era una población segura y tranquila, a pesar de las leyendas de brujas y fantasmas que se levantaban de sus tumbas para asesinar a inocentes mujeres. Becca no creía en semejantes tonterías. Eran los mortales los que cometían asesinatos y, aunque el pueblo había sido testigo de algunos, no había razón alguna para creer que el diablo acechaba en su cementerio, o recorría sus calles a medianoche.

No había razón alguna para creerlo, a no ser que se diera por cierta la leyenda de McFarland Leary, el hombre que, muerto siglos atrás, todavía se levantaba de su tumba cada cinco años para torturar y asesinar a inocentes mujeres.

O a no ser que se creyera en las leyendas que circulaban sobre el monstruo de la colina. Cerró los ojos, y la imagen de un hombre fuerte y esbelto, de ojos oscuros y mirada penetrante, asaltó su cerebro. El largo cabello le caía sobre la frente, ocultando a medias la horrible cicatriz que le atravesaba medio rostro. El doctor David Bryson. El habitante de The Bluffs, el formidable castillo de piedra, con sus sombríos torreones y sus espantosas gárgolas que parecían custodiarlo, amenazadoras. Siempre que pensaba en el peligro y en los malos presentimientos, evocaba su rostro. Aquel hombre la intrigaba. Había preguntado por David Bryson a todas sus amigas, había escuchado lo que en el pueblo se decía sobre él… y lo había esperado, casi temiendo que un día la sorprendiera surgiendo de pronto de las sombras, cuando regresaba a casa sola, de noche…

Lo había visto una sola noche, cuando estaba cerrando con llave su tienda. Estaba de pie, en una esquina próxima. Becca lo había mirado a los ojos, estudiando sus rasgos bajo la débil luz de una farola. El corazón se le había acelerado, pero se había quedado paralizada, sin moverse, como hipnotizada por aquel hombre al que medio pueblo tachaba de loco asesino.

El timbre del teléfono la distrajo de sus reflexiones. Con un profundo suspiro, se obligó a desterrar de su mente la imagen del doctor Bryson antes de contestar.

—Becca, soy Larry Gayle. Esta noche vamos a ir al carnaval. ¿Quieres venirte con nosotros?

—El hombre del tiempo ha anunciado tormenta…

—¡Vamos, Becca! Es viernes por la noche. Kat y Jonah se han apuntado y, si llueve, nos refugiaremos en alguno de los bares del muelle.

—De acuerdo. En ese caso, contad conmigo.

Prácticamente no había vuelto a ver a Kat desde que su amiga se casó con Jonah. Jonah trabajaba para el FBI y Kat se dedicaba a la investigación privada. Aquel había sido un año muy duro para Kat. Al cabo de veinte años, el hombre que había matado a su madre en presencia suya había sido finalmente descubierto. Y había recibido su justo castigo. El primero de los infames asesinatos que se cometieron en Moriah’s Landing años atrás había sido resuelto. Al contrario que los tres que le siguieron.

—¿A qué hora? —le preguntó a Larry.

—Te recogeré a eso de las siete. A no ser que sea demasiado pronto para ti.

Eran casi las seis y cuarto, pero solamente tardaría unos diez minutos en acercarse a la habitación que había alquilado a la familia Cavendih, para cambiarse de ropa.

—Estaré esperando.

Pocos minutos después, una vez ordenada su sala de trabajo, colgó su vestido y apagó las luces de la tienda. Eran pocos los robos que se producían en Moriah’s Landing, pero ella prefería ser cautelosa. Sobre todo teniendo en cuenta que la tienda no era suya. Confiaba en comprarla algún día, pero por el momento estaba satisfecha con su empleo.

Salió de Main Street y se desvió por una calle estrecha, mal iluminada. Era el mejor atajo para llegar a casa. No tenía miedo, pero aun así apresuró el paso. Soplaba un fuerte viento del mar, muy frío. No hacía un tiempo muy bueno para salir a celebrar el carnaval, pero de todas formas se alegraba de no quedarse sola en casa aquella noche. La escalofriante sensación que la había estado acechando durante todo el día empezó a intensificarse cuando dobló la última esquina de la calle y entró en el parque.

Si hubiera creído en las brujas, casi habría temido que ella misma fuera una de esas hechiceras, y que aquel miedo que le atenazaba las entrañas la estuviera advirtiendo de un peligro inminente.

Si hubiera creído en las brujas. Porque no creía.

 

 

David Bryson paseaba por el sendero del borde del acantilado, contemplando el agua espumeante estrellándose contra las rocas. Antaño, aquella vista lo había sobrecogido y excitado a la vez, pero ahora solo era un amargo recuerdo… del lugar donde su mundo se había perdido para siempre.

Algunos decían que también allí había perdido su cordura, aquella noche de hacía cinco años. Y quizá tuvieran razón. Instintivamente se llevó una mano a la cara, delineando con los dedos la cicatriz que la atravesaba desde la sien derecha hasta la oreja. Aquella cicatriz, junto con su cojera y las marcas de quemaduras del pecho y el estómago, siempre lo acompañarían para recordarle la explosión.

Aun así, la cirugía plástica había obrado maravillas. Había logrado reconstruir su rostro, al principio deformado tan horriblemente que ni siquiera él mismo había podido mirarse al espejo. Los médicos le habían salvado la vida contra sus propios deseos, a pesar de que les había suplicado la liberación de la muerte. Y nunca los había perdonado por ello.

—¡Doctor Bryson!

Se volvió al oír que lo llamaban y fijó la vista en la solitaria figura que se alzaba al pie del castillo. No era más que una silueta recortada contra la oscuridad.

—Ya voy, Richard.

David contempló los nubarrones que surcaban el cielo antes de emprender el regreso por el rocoso sendero. Era una pena que hubiera tormenta, pero con un poco de suerte, la fiesta de carnaval podría aprovechar las pocas horas que quedaban para que empezara a llover. Durante siglos los carnavales habían sido la fiesta cumbre del otoño, inmediatamente después de que los estudiantes universitarios de Heathrow dieran fin a las actividades de sus respectivas hermandades y clubes, y justo antes de que tuvieran que dedicarse seriamente a sus estudios.

Los recuerdos asaltaron su mente. Un beso mientras manejaba el timón del yate, con el cuerpo de Tasha presionado contra el suyo… De repente, un violento dolor le desgarró las entrañas. Lo combatió apresurando el paso, haciendo caso omiso a la dolorosa punzada que sentía en la pierna derecha. Echó a correr por el estrecho sendero que serpenteaba por el borde del acantilado. En cuestión de segundos, cubrió la distancia que lo separaba de Richard.

—Arriesga usted su vida cuando hace eso, señor.

—¿Qué otra cosa se podría esperar de un loco como yo?

—Ya, claro. Usted no está más loco que yo, señor.

—Necesita salir más, Richard, mezclarse con la gente del pueblo. Ya le contarán ellos la clase de monstruo desquiciado para el que trabaja.

—Señor, desprecio profundamente los cuentos de la gente temerosa que afirman que algún viejo fantasma va a alzarse de la tumba para asesinar a sus hijas vírgenes.

—Sí, pero los cuentos de fantasmas son buenos para el turismo.

—Son una pura invención de locos supersticiosos. Ciertamente, el mal y la crueldad también existen en este pueblo. Pero no son obra ni de fantasmas ni de brujas.

Richard se volvió y comenzó a caminar hacia la casa. David lo siguió, preguntándose, como siempre, qué habría hecho sin aquel hombre. Nada. Richard Crawford había entrado a trabajar para él hacía cinco años y medio, cuando David regresó a Moriah’s Landing y adquirió The Bluffs. Desde entonces sus sienes se habían encanecido, pero todavía seguía conservándose fuerte y vigoroso, para un hombre que cumpliría los sesenta aquel mismo año.

Probablemente Richard era el único que sabía lo mucho que David seguía aún amando a su prometida. Echaba de menos la voz de Tasha, su sonrisa, sus palabras. Había sido tan joven e inocente… Y tan hermosa…

—¿… a cenar?

—Perdone, Richard. ¿Me estaba preguntando algo?

Richard se volvió hacia él, arqueando una ceja.

—¿Lo preocupa algo, señor?

—Oh, no es importante. Y tampoco es una novedad.

Repetidamente le había recordado que no hacía ninguna falta que se dirigiera a él con tanta formalidad, pero Richard era un hombre de la vieja escuela, a pesar de la gran amistad y confianza que los unía.

—Le he preguntado si deseaba cenar ya —repitió—. Hoy es el día libre de la cocinera, pero ha dejado la comida preparada en el horno. Solo tardaré unos minutos en servírsela.

—La cena. Me había olvidado de que aún no hemos cenado.

—Creo que usted sería capaz de olvidarse enteramente de comer, señor, si no tuviera a alguien al lado para recordárselo.

—Seguramente. Últimamente el trabajo me tiene bastante distraído —su trabajo y una nueva fascinación que lo inquietaba de manera singular. Y que ni siquiera se atrevía a expresarla, ni siquiera a Richard.

—¿Saldrá esta noche, señor?

—Quizá más tarde. Antes quiero seguir trabajando en el laboratorio.

La pregunta era ritual, y la respuesta automática. Después de la cena, o se refugiaba en su despacho del sótano del castillo o trabajaba en su laboratorio del ala este. Trabajaba hasta que el aturdimiento y la fatiga lo vencían, robándole el control que ejercía sobre los demonios internos que lo torturaban. Solo entonces perdía toda perspectiva y se convertía en el hombre desquiciado que todos creían que era.

Algún día saldría de su confinamiento y se dirigiría al pueblo. Aparcaría su coche y recorrería calles y avenidas, buscando interminablemente las respuestas que nunca había conseguido hallar. Y cuando lo hiciera, la venganza sería rápida e insoportablemente dulce.

Becca Smith no formaba parte ni de aquellas respuestas ni de su venganza. Pero, últimamente, visitaba su calle en demasiadas ocasiones. Había algo en esa mujer que lo intrigaba. Y, por mucho que se esforzaba, no podía dejar de pensar en ella…

Richard se detuvo ante la puerta trasera.

—He oído que todo el pueblo está preparando sus mejores galas para la Fantasía de Otoño. Quizá debería asistir. Una noche de diversión no conseguiría empañar su reputación de científico serio.

—Asustaría a los niños.

—¿Por una pequeña cicatriz? Lo dudo mucho, señor.

—Por una escalofriante cicatriz. Aunque podría desenterrar del armario la máscara que estuve usando durante los primeros años después de la explosión, y representar el papel de «El Fantasma».

—Vaya como usted mismo. Estoy seguro de que se sorprenderá muy gratamente.

—Moriah’s Landing siempre me ha regalado muchas sorpresas. De las cuales solo una fue agradable y, al final, terminó siendo la más cruel de todas.

—Eso fue hace cinco años. Además, los tubos de ensayo son tristes compañeros de soledad.

—Cierto, pero no se retiran disgustados al verme.

David empujó la puerta y entró en el sombrío interior del castillo. Todo estaba decorado en tonos grises y pardos. Tasha había planeado redecorarlo, llenarlo de luz y color, pero sus planes habían muerto con ella. Sin Tasha, no había luz. Para colmo, David había perdido todo el interés que tenía por la propiedad cuando la compró. Ahora se pasaba la mayor parte del tiempo en el laboratorio, o simplemente viendo romper las olas en el acantilado, pensativo.

Era un lugar inhóspito y aislado. Pero, a solo unos kilómetros de allí, el carnaval se hallaba en todo su apogeo. Risas, bromas, disfraces, un caleidoscopio de colores. Y, por primera vez en cinco largos años, se sorprendió a sí mismo casi deseando disfrutar de todo aquello.

Cerró los ojos por un segundo mientras Richard lo precedía hacia la cocina. Esperaba que el rostro de Tasha se materializara en su mente una vez más… pero en esa ocasión fue la imagen de Becca Smith la que bailó detrás de sus párpados. Alta y esbelta, con su larga melena rubia derramándose sobre sus hombros.

Tendría que tener mucho cuidado si quería dejar el castillo aquella noche. Porque sabía que lo dejaría. El pueblo ya lo estaba reclamando.

 

 

—¡Vamos, anímense! Lo único que tienen que hacer es acertar tres veces al blanco con la pelota de béisbol para ganar un precioso osito de peluche —anunció el feriante cuando Larry y Becca pasaron por delante de su tenderete.

—Quédate con tus ositos —repuso Larry—. Tengo muy mala puntería —sonrió, pasando un brazo por los hombros de Becca mientras esperaba a Kat y a Jonah, que iban detrás.

—¿Quieres un osito de peluche? —le preguntó Jonah a Kat—. Yo soy un gran lanzador.

De repente empezó a llover.

—Vaya, parece que nuestra suerte se está acabando —comentó Becca.

El feriante se apresuró a recoger los peluches que tenía expuestos a la lluvia, en el borde desprotegido del tenderete.

—Vamos a Wheels —decidió Jonah—. Es el bar más cercano.

Los cuatro salieron corriendo, abandonando el recinto del carnaval. Aunque atajaron por la Avenida del Muelle, Becca tenía la ropa empapada cuando finalmente llegaron a Wheels. Sonaba una música de guitarra, muy alta, procedente de una máquina de discos.

 

 

—Todas las mesas están ocupadas —los informó una camarera—, pero todavía queda sitio en la barra.

—Yo no tengo ningún problema… —pronunció Jonah—… mientras la cerveza esté fría. ¿Qué piensan ustedes, señoras?

—Me conformaré —respondió Becca.

—Lo mismo digo —terció Kat, quitándose su abrigo empapado y colgándolo de un gancho en la puerta. Los demás se apresuraron a seguir su ejemplo.

—Parece que os ha sorprendido la lluvia —comentó Jake, el camarero de la barra, secándose las manos en el delantal—. Venís del carnaval, ¿verdad?

—Así es —contestó Jonah—. Lo hemos hecho fatal, Jake. Si hubiéramos empezado el recorrido por el final, para cuando empezó a llover habríamos terminado al lado del coche. Pero nos ha ocurrido lo contrario.

—Bueno, al menos lo habéis visto todo. Aunque no hay mucha diferencia de un año a otro. ¿Qué vais a tomar?

Becca se dedicó a observar el local mientras Larry se disculpaba para ir al servicio. La zona del muelle siempre la había intrigado. Era un ambiente ajeno a todo fingimiento y a toda convención social. Lo que se veía era lo que era, y la gente no tenía pelos en la lengua. Como los dos hombres que estaban sentados en una de las mesas, cerca de ellos. No pudo evitar escucharlos, dada la potencia de sus voces.

—Yo no tengo miedo a los fantasmas. No después de lo que veo todos los días. Te digo que si ese Leary se levantara ahora mismo de su tumba, lo metería en una barca en una noche de tormenta. Una buena ola gigante y sería pasto de los peces.

—Bueno, de todas formas alguien tuvo que matar a esa chica. Matt Jackson fue el primer poli que apareció por el lugar del crimen y su señora le dijo a la mía que era la escena más espantosa que había visto en toda su vida. Sangre por todas partes. Y ni una gota dentro de su cuerpo.

Un tipo vestido con una vieja cazadora de cuero golpeó con el tenedor en la mesa.

—¿Queréis dejarlo de una vez? Hay gente que ha venido aquí a comer.

Kat esperó a que Jake les sirviera las cervezas para preguntarle:

—¿Qué ha pasado?

—Una joven de unos veinte años ha sido asesinada. Unos chicos encontraron su cuerpo entre los arbustos, en una cuneta de la carretera de Old Mountain, poco antes del anochecer. La policía está intentando tapar el caso hasta que no averigüen más cosas, pero en este pueblo es imposible guardar un secreto.

—¿La han identificado?

—Por lo que yo sé, aún no. Al parecer llevaba algún tiempo muerta.

Becca tuvo una náusea. Se arrepintió de haber comido un perrito caliente en el carnaval. Un hombre que estaba sentado cerca de Becca intervino en la conversación.

—Es ese Bryson quien lo ha hecho…

—No debería hacer ese tipo de afirmaciones cuando no tiene ninguna prueba —lo advirtió Kat.

—Tengo todas las pruebas que necesito. Ese hombre se pasa los días enteros encerrado en su castillo, llorando supuestamente la pérdida de una amante. Luego se viene aquí, por las noches, a espiarnos. Yo lo he visto un montón de veces. Si no estuviera tramando algo malo, se presentaría en el pueblo de día, como todo el mundo. Lo hizo él. Apostaría mi Harley a que fue él.

—¿Tu Harley? —Jake le sirvió una cerveza—. Pues vale bien poco. Si te apostaras algo valioso, no tendría el menor inconveniente en apostar contra ti.

—Así que estás de parte de ese monstruo, ¿eh?

—No estoy del lado de nadie —replicó Jake—, pero no creo que ese hombre sea peligroso. Solo es un poco raro. Aunque no tanto como tú.

—¡Diablos! —exclamó otro de los parroquianos, dando un manotazo en la barra—. Pues yo digo que fue él quien asesinó a Tasha Pierce. La pobre chica fue a esa casa encantada con la intención de romper con él, y él la mató. Y casi se mató a sí mismo en el proceso.

—Que está loco es evidente —añadió el primero que había hablado—. Deberíamos encerrarlo en el mismo hospital donde internaron a la pobre chica Cavendish, cuando la secuestraron en el cementerio.

Aquellas palabras desgarraron el corazón de Becca, y el rostro de David Bryson asaltó su mente, tan real que casi podía tocarlo… La cerveza casi se le cayó de las manos.

—Esta conversación te está afectando, ¿verdad? —adivinó Kat, mirándola con expresión preocupada—. Estás temblando. Y sudando.

—Oh, es el humo del local —mintió—. Creo que voy a salir a tomar un poco el aire.

—Te mojarás.

—No, me quedaré a cubierto —le aseguró Becca, bajándose ya del taburete.

—Te acompaño.

—No, por favor. Quédate con Jonah. Estoy aquí mismo, al otro lado de la puerta.

Una vez fuera, tuvo que apoyarse en la pared del edificio para sostenerse. La lluvia había amainado un tanto, pero seguía soplando un fuerte viento.

Los escalofríos que tenía, sin embargo, no se debían al viento. Durante todo el día había tenido la extraña y desesperante sensación de que algo terrible estaba a punto de ocurrir. Y ahora acababa de enterarse de lo del hallazgo del cadáver de aquella joven, en la cuneta de la carretera que llevaba a The Bluffs. ¿Cómo había podido saberlo? ¿Por qué? Hundió las manos en los bolsillos de su impermeable.

—Rebecca Smith.

El corazón se le subió a la garganta al escuchar su nombre. Se volvió para distinguir una figura, medio oculta en las sombras. Avanzó hacia ella. Le flaquearon las rodillas.

Se quedó paralizada de terror. Toda huida era imposible. El «monstruo» de The Bluffs… había ido a buscarla.

Dos

 

Su voz era hipnótica, inquietante.

—¿Qué es lo que quiere? —susurró Becca, con la garganta tan seca que apenas pudo pronunciar las palabras.

—No quería asustarla —pronunció, acercándose aún más.

Solo podía ver su perfil. Tenía el rostro vuelto hacia la calle.

—No me ha asustado. Me he sobresaltado porque no sabía que estaba ahí…

—Entonces me disculpo por haberme acercado a usted con demasiado sigilo.

—¿Por qué no me mira cuando habla?

—Tengo mis razones.

—Si lo hace para ahorrarme la vista de su rostro, no se moleste usted, doctor Bryson. Estoy segura de que podré soportarlo.

—Entonces… ¿sabe quién soy?

—Por supuesto. Todo el mundo lo sabe —y temblarían de terror si supieran que ella estaba hablando en aquel momento con él, a solas, en la oscuridad. Aun así, no sentía verdadero miedo—. ¿Qué es lo que desea de mí?

—Sus servicios profesionales.

—¿De qué forma?

—Mi casa, The Bluffs. ¿La conoce?

—La he visto de lejos. Parece más un castillo que una casa. Pero, doctor Bryson, no lo entiendo… ¿qué tiene que ver su castillo conmigo?

—Me gustaría que lo cambiara. Que le diera usted luz. Y color.

—¿Está buscando a alguien para que le redecore la casa?

—Sí —suspiró profundamente, como aliviado de que hubiera sido ella quien pronunciara las palabras exactas—. ¿Podrá hacerlo?

—Yo solo soy una modista. No una diseñadora de interiores.

—¿Pero no es cierto que a veces borda cortinas y colchas?

—De vez en cuando.

—Entonces me gustaría contratarla.

Su voz parecía infiltrarse en lo más profundo de su ser, despertándole una abrumadora sensación de empatía, una especie de inexplicable eros… contra toda lógica.

—Yo no soy la persona que necesita.

Vio que se llevaba una mano al rostro como si quisiera cubrirse la atroz cicatriz, a pesar de que quedaba fuera de su ángulo de visión.

—No tendrá que verme. Me quedaré en mi laboratorio mientras usted trabaja. Se comunicará conmigo a través de mi mayordomo, Richard Crawford.

—No es eso.

—Entonces, ¿qué es? Le pagaré bien.

—Lo lamento, pero no puedo hacerlo.

—Ya, entiendo —hundió las manos en los bolsillos de los pantalones—. Lamento haberla molestado. No volveré a hacerlo.

Estaba dolido, se le notaba en la voz. Becca jamás habría esperado algo parecido. Aquello lo humanizaba ante sus ojos, y la hacía ser consciente de la falta de sensibilidad de su propia actitud. De repente la puerta se abrió a su espalda. Era Larry.

—Kat me ha dicho que te sentías un poco mal. ¿Quieres que le pida prestado el coche a Jake y te…? —se interrumpió a mitad de la frase cuando reconoció a David Bryson—. ¿Qué está haciendo usted aquí? —exclamó, cerrando los puños e interponiéndose entre los dos—. ¿Aterrorizar a indefensas mujeres?

—Algo parecido —respondió David, tenso—. Pero no se preocupe. Ya me iba —y se dispuso a marcharse.

—Sí —la palabra brotó de los labios de Becca, casi como si ella misma no fuera consciente. No sabía por qué ni cuándo había cambiado de idea—. Acepto su oferta.

David se detuvo en seco.

—¿Está segura?

—Sí. Mañana iré a su casa, si le parece bien.

—Perfecto. Mandaré a Richard a buscarla. ¿Las diez será demasiado temprano?

—No. Podrá recogerme en la tienda.

Larry la agarró de un brazo mientras David desaparecía en las sombras.

—¿Qué significa todo esto? ¿Es que estás loca?

¿Loca? Quizá sí, pero no tenía intención de ponerse a discutir sobre ello. No le debía ninguna explicación a Larry. No eran más que simples amigos.

—Eso no es asunto tuyo.

—Tal vez no, pero no puedes estar hablando en serio sobre lo de ir a The Bluffs… ¿Qué te ha dicho? ¿Te ha amenazado?

—No —empujó la puerta y regresó al bar, seguida de Larry. Tenía la impresión de que aquella iba a ser una noche muy, muy larga.

 

 

Becca se desperezó bajo el edredón y miró por el ventanal, que estaba al lado de la cama. Había cesado de llover y las nubes surcaban el cielo nocturno empujadas por el viento. Se sentía segura y protegida en la pequeña habitación que había alquilado a los Cavendish. Pero, aquella noche, incluso aquel ambiente tan familiar le resultaba extrañamente ajeno.

Kat y Jonah habían convenido con Larry que estaba loca y, por supuesto, le habían aconsejado que tuviera mucha cautela. Era bastante la gente del pueblo que desconfiaba del doctor Bryson por huraño y antisocial. Algunos incluso lo consideraban un asesino.

Becca no tenía argumentos contra ellos. Si alguien le hubiera sugerido días atrás que a la mañana siguiente visitaría al doctor David Bryson en su castillo, lo habría tomado por un loco. Lo que no podía negar era que deseaba verlo de nuevo. Le había gustado su voz. Una voz rica en matices, con un deje de tristeza absolutamente conmovedor.

Pero no. Romanticismos aparte, aquel hombre era un solitario que vestía siempre de negro y que solamente salía de su fortaleza por las noches. Y ella había aceptado acudir a su castillo voluntariamente, como una pobre oveja hacia el matadero…

Lo único que podía hacer era telefonearlo por la mañana y echarse atrás. Solamente tenía que decirle que había cambiado de idea. Así de sencillo.

—Lo siento, doctor Bryson, no voy a ir —susurró con los ojos cerrados, ensayando lo que pensaba decirle al día siguiente.

—Por favor. Te necesito, Becca.

Escuchó realmente aquellas palabras. Abriendo mucho los ojos, se sentó en la cama. La habitación estaba vacía. Habían sido imaginaciones suyas. Volvió a tumbarse, deseando no haber ido nunca al carnaval y no haberse tropezado con David Bryson. Quizá habría sido incluso preferible no haber venido a Moriah’s Landing.

Moriah’s Landing, un pueblo plagado de cuentos de fantasmas, de secuestros y de asesinatos sin resolver. Cierto. Pero desde el primer día que llegó, había tenido la sensación de que pertenecía a ese lugar. Y Becca sentía la desesperada necesidad de pertenecer a alguna parte.

La tormenta ya había pasado y los primeros rayos de sol asomaron por el horizonte antes de que al fin se quedara dormida. Para entonces sabía ya que tenía que visitar al doctor Bryson, aunque solo fuera para satisfacer su propia curiosidad y convencerse de que aquel hombre no ejercía poder alguno sobre ella. No volvería a perder una noche de sueño por su culpa.

 

 

Claire Cavendish caminaba apresurada por las estrechas calles, esquivando los charcos de la lluvia de la noche anterior. No sabía cuáles eran las intenciones de Becca, pero sí sabía una cosa: que tenía que detenerla.

Le había caído bien desde el primer momento que la conoció. Y ya lo sabía todo sobre ella a través de Elizabeth, Brie y Kat, sus mejores amigas. No era tan extraño que Becca hubiese pasado inmediatamente a formar parte de aquel estrecho círculo de amigas de toda la vida. Una vez que hizo amistad con Elizabeth, fue perfectamente natural que esta la presentara a las demás. Por tanto, una vez admitida en su hermandad, Claire no podía permanecer de brazos cruzados viendo cómo Becca cometía un error tan terrible.

Becca no podía saber todo lo que Claire ya sabía. No podía saber que el doctor Bryson había embrujado a Tasha Pierce, atrayéndola junto a sí para causarle luego la muerte. Tasha, tan inocente, tan vivaz, tan llena de vida… Ambas habían empezado sus estudios universitarios con tanta ilusión…

Pero, tras el primer mes de estancia en Heathrow, aquellos sueños y esperanzas se habían desvanecido para las dos. Tasha murió. Claire había sobrevivido, o al menos eso era lo que los psiquiatras no cesaban de recordarle. No podía consentir que Becca cayese en la misma trampa que en la que había caído ella, cinco años atrás, durante una novatada universitaria. Cinco años atrás: toda una eternidad. Había transcurrido una eternidad desde que pisó aquel mausoleo. Aquel infierno.

Se le contrajo el estómago de miedo. Becca tenía que escucharla. The Bluffs no era precisamente un mausoleo, pero tal vez fuera igual de peligroso. O más.

 

 

En la oficina de su tienda, Becca llenó dos tazas de café y le ofreció una a Claire. Se le desgarró el corazón al ver cómo le temblaban las manos. Había sufrido tanto… Aun así, durante los últimos meses había mejorado bastante.

—Si te pasa algo, tal vez sería mejor que me hablaras de ello —le sugirió, poniéndole una mano en el hombro.

—Esta mañana estuve hablando con Larry Gayle.

Si lo hubiera tenido delante, Becca le habría retorcido el cuello con mucho gusto.

—No debió haberte llamado, Claire. No pasa nada.

—Él no me llamó. El viejo Ford de mi madre tenía un ruido raro y ella le pidió que le echara un vistazo. Se le dan bien los coches. Estuvimos hablando mientras lo reparaba y me contó lo de anoche.

—Larry Gayle habla demasiado.

—No puedes ir a The Bluffs, Becca. No puedes trabajar para ese… ese «monstruo».

—Oh, Claire, no es un monstruo. Es simplemente un solitario. Con bastantes razones, por cierto, para aislarse del mundo. Desde luego, tampoco lo ayuda nada el hecho de que esté desfigurado. Él no tiene la culpa.

—No. No estoy hablando de su aspecto —Claire dejó la taza sobre la mesa y se levantó. Estuvo mirando largo rato por la ventana ante de volverse hacia ella—. Tú eres nueva en este pueblo, Becca. Tú no estabas aquí hace cinco años, cuando sucedieron tantas desgracias. Tú no conociste a Tasha, lo bonita y dulce que era…

—Te he oído a ti y a las chicas hablar de ella. Sé que debía de ser una persona muy especial.