Mundo oscuro - Joanna Wayne - E-Book
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Mundo oscuro E-Book

Joanna Wayne

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Beschreibung

En un intento por proteger a su familia, Kathryn Morland se había sumergido en el oscuro mundo de Nueva Orleans, un mundo lleno de ceremonias de vudú y esclavos del sexo. Consiguió entrar haciéndose pasar por uno de ellos y eso le dio el coraje necesario para continuar... e hizo que le resultara imposible resistirse a los encantos de Roark Lansing, un guapísimo desconocido que se le coló en el corazón. Roark necesitaba a toda costa que Kathryn confiara en él. Porque lo cierto era que él no era uno de sus enemigos, en realidad estaba trabajando de incógnito y luchaba contra el mismo mal que ella, un mal del que quería protegerla fuera como fuera.

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Seitenzahl: 269

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 JoAnn Vest. Todos los derechos reservados.

MUNDO OSCURO, Nº 54 - julio 2017

Título original: Mystic Isle

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2003.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-9816-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

Nueva Orleans, Lousiana

31 de octubre

 

La música vibraba en su ser, aturdiéndole los sentidos. Dejó que aquel hipnótico ritmo la poseyera, la abrazara como el amor que latía en su interior. Nadie había comprendido nunca su dolor, la soledad de la que tan desesperadamente anhelaba escapar. Nadie, ni siquiera su hermana. Nadie, hasta que conoció a Devlin Tishe.

Al ver la sonrisa de Devlin, experimentó una renovada energía. Se sentía viva, etérea, sensual, como aquella extraña música. Como los tambores que resonaban en el pulso de sus venas. Los velos de seda flotaban en torno a su cuerpo, acariciándole la piel, acunándole los senos con la ternura de un amante, dibujando el contorno de sus muslos desnudos.

Giró y bailó por la sala, grácil, con sus pies descalzos apenas rozando el suelo. Los oscuros ojos de Devlin seguían cada uno de sus movimientos, con una mirada mucho más intensa que la de cualquier amante. Allí estaban los dos, a solas con el ardor de su tácito deseo y la convicción de que, después de aquella noche, ya nada volvería a ser lo mismo. A partir de aquella noche entraría de lleno en su mundo, y Lisa Morland pasaría a ser simplemente un recuerdo, para dar paso a una nueva mujer. Lizemera.

Se fue acercando a Devlin, bailando tan cerca que la seda de sus velos le rozó el pecho musculoso. Lentamente extendió una mano hacia ella y la acarició.

El deseo le quemaba las entrañas. Fue inclinándose cada vez más sin dejar de contonearse, como la hermosa serpiente que antes le había mostrado Devlin. Ahora sus manos, sobre su cuerpo, formaban parte de la danza, de la magia que estaba liberando su ser. Acercándose aún más, acarició con los labios la tersa piel de su vientre.

La sala empezó a dar vueltas a su alrededor, en un carrusel de parpadeantes luces y exóticos aromas, en un círculo de armonía. Estaba a solas consigo misma. Y formando un único ser con Devlin.

De repente, una nueva figura entró en la habitación. Lisa se estremeció ante aquella cruel intrusión de la realidad. Devlin le había prometido que estarían solos aquella noche. Era su transformación, su bautismo, su momento especial con el maestro. Pero en aquel instante podía ver en el umbral a Veretha, taladrándola con su mirada sombría.

—Ven conmigo, Lizemera —la llamó la mujer en voz baja, pero insistente—. Tu tiempo con Devlin ha terminado. Los espíritus te esperan.

Lisa miró a Devlin.

—Me temo que tiene razón, mi hermosa Lizemera. Todo tiene su momento.

Veretha le hizo una seña más a Lisa, antes de volverse para conducirla a lo desconocido.

1

 

Nueva Orleans, Louisiana

1 de diciembre

 

Kathryn Morland tamborileaba con los dedos sobre el maletín de piel que apoyaba en su regazo, impaciente. Miró su reloj: las cinco menos cuarto. La policía llevaba casi dos horas ignorándola. O tomándole el pelo.

Su paciencia se estaba agotando. ¿Acaso había hecho aquel terrible viaje en avión desde Dallas a Nueva Orleans para terminar sufriendo la incompetencia de un despreocupado sargento? Prácticamente había amenazado con llevarlo a los tribunales, en caso de que no se dignara a tramitar con diligencia su petición de búsqueda. Y ahora, para colmo, la había dejado encerrada en aquel apestoso cubículo y se había olvidado de ella.

Continuó tamborileando con los dedos. El inspector que le habían prometido que la atendería estaría seguramente allí fuera, tomando otra taza de café a la espera de que se cansara y terminara marchándose. Ciertamente, si hubiera tenido una pizca de inteligencia, lo habría hecho. Lisa solía montar esas escenas para luego desaparecer. Solo que en esa ocasión… Se le encogió el estómago. Esa vez era distinto.

—¿Kathryn Morland?

Alzó la mirada y descubrió al hombre de mediana edad, negro, que acababa de pronunciar su nombre.

—Soy yo.

—Inspector Ranklin —le tendió la mano—. El sargento Blakely me ha dicho que ha venido a la ciudad para intentar encontrar a su hermana.

—Eso es. Ya le he dado todos los detalles sobre su desaparición.

—Aquí los tengo —le mostró los impresos que llevaba—. ¿Quiere hacer el favor de pasar a mi despacho para que podamos hablar de ello? —se volvió para abrirle la puerta.

Lo siguió por un estrecho pasillo hasta que entraron en otro cubículo, poco más grande que el primero. Apenas había espacio para un escritorio, un archivador metálico y un par de sillas. Fue directamente al grano:

—Estoy muy preocupada por la desaparición de mi hermana.

—Lo comprendo, desde luego que sí —pronunció Ranklin, retirando un fajo de carpetas de una silla para ofrecerle asiento. Durante unos segundos se dedicó a hojear el informe. Finalmente, lo lanzó sobre la mesa y se dejó caer en su sillón—. Veamos… —su voz profunda resonó en el minúsculo despacho—. Su hermana tiene casi veinticinco años, una edad suficiente para que pueda valerse por sí misma. ¿Por qué sospecha usted que pueda estar metida en algún tipo de problema?

«Porque Lisa siempre está metida en problemas. Porque no llamó a casa el Día de Acción de Gracias. Porque una llamada anónima de madrugada me aseguró que lo estaba», se respondió Kathryn. Todo eso era cierto, pero probablemente no bastaría para que aquel inspector se pusiera en movimiento. De hecho, dudaba que alguna vez lo hiciera. Ya había perdido demasiado tiempo.

—Mi hermana se trasladó a Nueva Orleans hace tres meses. Y desde entonces es como si hubiera desaparecido.

—Según este informe, en un mes no ha tenido ningún contacto con ella.

Así que al menos se había leído el informe… Kathryn empezó a recuperar parte de la confianza perdida.

—Desde unos días antes de Halloween —cerró los puños—. Por eso estoy tan preocupada.

—¿Sucedió algo… significativo la última vez que hablaron? Ya sabe… una discusión, unas palabras duras, algún indicio de que pudiera estar metida en problemas…

—Sí. Cuando me llamó, me pidió que le adelantara diez mil dólares de su fondo fiduciario.

—Eso es mucho dinero —Ranklin revolvió los papeles del escritorio hasta localizar una gruesa agenda de notas—. ¿Le explicó para qué lo necesitaba?

—Me dijo que era para una inversión y que lo necesitaba de inmediato. Yo le pedí más detalles. Me respondió que no lo entendería.

—¿Alguna vez la había tenido que sacar de algún aprieto?

—Le había prestado dinero de vez en cuando.

Ranklin asintió, como si su respuesta hubiera sido suficientemente elocuente.

—Ya. De vez en cuando.

Sí, pensó Kathryn, lo había entendido bien. Jugueteó nerviosa con el asa de su maletín. Kathryn, siempre al rescate de su hermana.

—¿Tiene alguna idea de para qué podría necesitar ese dinero?

—No, pero antes incluso de recibir esa llamada, ya me temía yo que algo andaba mal. Se mostraba distante conmigo. Apenas hablábamos cuando la llamaba, y ella no me telefoneaba nunca.

—¿Tenía novio?

—No lo sé. Al poco de llegar a Nueva Orleans, me comentaba cosas de los jóvenes sin hogar, de los menores que se veían obligados a vivir en la calle. Luego, de repente, se puso a hablarme con arrebatos casi fanáticos de la vida armoniosa que había descubierto, y de un hombre llamado Devlin Tishe. A mí me pareció una especie de loco, y así se lo dije.

—¿Cómo reaccionó ella?

—Se enfadó. Al cabo de un tiempo dejó de llamarme. Yo creo que todavía sigue liada con él. Esas cosas se le notan. Nunca acepta mis consejos cuando algo se le mete en la cabeza.

—Ajá. Poco responsable, impetuosa y demasiado crédula. Yo también he pasado por una experiencia parecida —una leve sonrisa se dibujó en sus labios—. Puede ser algo bastante fastidioso, pero habitualmente no es motivo de alarma.

—Usted no lo entiende… —protestó Kathryn, pero él la interrumpió:

—Créame, lo entiendo. Esto nos pasa a todos. Nos sacrificamos por las personas que queremos, y luego ellas nos dan la espalda cuando intentamos ayudar. ¿Le ha preguntado a ese Devlin Tishe por su hermana?

—Telefoneé a Mystic Isle y hablé con una mujer llamada Veretha.

—Veretha Tishe. Su esposa.

—Ella no me lo dijo, y desde luego, por lo que me contó Lisa, yo no saqué la impresión de que Devlin estuviera casado.

—Lo está. No estoy muy seguro de lo que eso quiera decir en su caso, pero tiene una esposa. ¿Qué le dijo?

—Se mostró muy amable hasta que mencioné el nombre de Lisa. Entonces su actitud cambió radicalmente.

—¿En qué sentido?

—Me dijo que no recordaba a nadie con ese nombre. Yo insistí en que me permitiera hablar con Devlin. Al parecer no estaba allí en ese momento, y cuando al fin él me telefoneó, admitió que conocía a Lisa. Me dijo que había asistido a alguna de sus conferencias en Mystic Isle, pero que hacía semanas que no la veía.

—Tengo la impresión de que usted no lo creyó.

—Tuve mis dudas, sobre todo cuando investigué un poco sobre sus antecedentes. Por lo que he podido averiguar, trabaja desde una antigua casa en el Barrio Francés y se hace pasar por una especie de líder espiritual. Posee una tienda de artículos de vudú en el edificio, llamado Mystic Isle. Es ahí adonde llamé cuando hablé con Veretha.

—De hecho, todo el montaje lleva ese nombre.

—¿Y el ayuntamiento le deja hacer lo que quiera, inspector?

—Por lo que a mí respecta, el mundo sería un lugar mucho mejor sin tipos como Devlin Tishe, pero por el momento no ha vulnerado ninguna ley. Al menos que nosotros sepamos.

—Si no me equivoco, intentó sacarle diez mil dólares a mi hermana y está implicado en su desaparición. ¿Qué hay que hacer para romper la ley en esta ciudad?

—Matar, robar y aparcar en zona prohibida, no necesariamente en ese orden. Aparte de eso, nos preocupamos de vivir y de dejar vivir a los demás. Mire, Tishe es capaz de engañar a gente crédula y aprovecharse de su dinero para mantener su estilo de vida, pero no es un hombre físicamente peligroso. Y por lo que he leído en el informe, usted no tiene motivo alguno para temer nada. Apostaría cualquier cosa a que su hermana se encuentra perfectamente.

—Mi hermana no está perfectamente —replicó Kathryn, a punto de saltar de la silla—. Está desaparecida —alzó la voz—. El investigador que contraté estuvo hablando con la casera de Lisa. Le dijo que Lisa llegó a casa la tarde del 31 de octubre, hizo la maleta y se marchó sin dejar mensaje o dirección alguna.

—¿De modo que contrató usted a un investigador privado?

—Sí, pero ya no está trabajando en el caso.

—Entiendo. ¿Qué hay de su trabajo? ¿Abandonó su hermana su empleo?

—No trabajaba. Vivía de una pequeña mensualidad de su fondo fiduciario, y del dinero que yo le pasaba.

—¿En qué dirección recibía el dinero?

—En la antigua. Los cheques me fueron devueltos.

—¿Así que no ha recibido un solo cheque desde el 31 de octubre y nadie ha vuelto a saber nada de ella desde aquella fecha?

—No estoy muy segura…

—¿Por qué no se explica un poco más?

Kathryn aspiró profundamente. Hasta ahora había obviado todo detalle respecto al fondo fiduciario, pero sabía que no conseguiría ninguna ayuda de la policía a no ser que confesara toda la verdad.

—Nuestros padres murieron en un accidente de avión hace cinco años. Nos legaron una empresa de software y la casa familiar. El dinero en efectivo era muy poco, pues la mayor parte había sido invertido en la compañía. Pero nuestra abuela materna nos dejó a ambas un cuantioso fondo fiduciario, para que pudiéramos utilizarlo libremente cuando cumpliéramos veinticinco años. Lisa los cumplirá el 8 de diciembre.

—Falta una semana exacta —Ranklin miró su calendario.

—Exacto. Hace dos semanas el abogado que gestiona el fondo recibió una llamada de alguien que decía ser Lisa. Le encargó que ingresara el dinero en un banco de Nueva Orleans en la forma de un cheque bancario. Quería que el cheque llegara justamente el día 8 de diciembre.

—¿Cómo reaccionó el abogado?

—Se negó a satisfacer su petición. Le informó que el cheque tenía que ser recogido en su despacho por Lisa personalmente. Luego, le hizo varias preguntas con el fin de confirmar su identidad. La mujer que llamaba fue capaz de facilitarle el número de seguridad social y su fecha de nacimiento, pero cuando el abogado pasó a preguntarle por asuntos de índole más personal, como ciertos datos acerca de su familia, colgó el teléfono.

—Y eso lo llevó a sospechar que quien llamaba no era Lisa.

—Eso y el hecho de que su voz le sonaba extraña. El abogado es un amigo de la familia que nos conoce a las dos de toda la vida. La persona que llamó estaba al tanto de la existencia del fondo fiduciario de Lisa. Es posible que tuviera en su poder su documento de identidad, o que hubiera averiguado sus datos. Eso es algo bastante fácil de hacer en estos días.

—Demasiado fácil. ¿La mujer que llamó aceptó entonces los requisitos del abogado?

—En aquel entonces, no. Volvió a telefonear dos días después pidiéndole que tuviera listo el cheque para recogerlo el día 8.

—En ese caso no tiene nada de qué preocuparse. Si su hermana está dispuesta a reunirse con el abogado en su despacho, entonces es que se encuentra perfectamente.

—Hay más. Hace una semana recibí una llamada telefónica de madrugada, exactamente a las dos y once minutos. Quien llamaba era una mujer joven, muy nerviosa. Respiraba a jadeos, como si acabara de hacer un gran esfuerzo físico o estuviera aterrorizada.

—¿Le dijo quién era?

—No, ni siquiera me dio oportunidad a que le preguntara su nombre. Lo único que me dijo fue que Lisa estaba en peligro, y que moriría antes de su cumpleaños si yo no la sacaba de «allí». Luego, soltó un grito y se cortó la conexión.

—¿Por qué no nos llamó entonces?

—Pensé que sería algún tipo de broma pesada.

—Así que no hizo ningún caso de esa llamada.

—No. Fue entonces cuando contraté a un investigador privado para que encontrara a Lisa.

—¿Y luego lo despidió?

—Digamos que… dejé que se fuera.

—¿Qué es lo que averiguó mientras estuvo a cargo del caso?

—No más de lo que yo ya sabía, que nadie había visto ni sabido nada de Lisa desde antes de Halloween —suspiró profundamente—. Por eso estoy aquí hoy. Estoy convencida de que todo está relacionado con ese tal Devin Tishe. Sospecho que su esposa y él la han secuestrado y la tienen encerrada en algún lugar… hasta que puedan apropiarse de ese dinero.

—¿Exactamente cuál es el valor del fondo fiduciario?

—Algo menos de doce millones de dólares.

Ranklin soltó un silbido de admiración.

—Es un montón de dinero, lo que cambia el panorama. Hay muchos canallas en esta ciudad que serían capaces de secuestrar al mismo Papa con tal de conseguir esa cantidad. Secuestrarlo… o algo peor.

Kathryn se estremeció. Sabía que su hermana podía morir, pero en aquel momento no podía permitirse pensar en eso. Ranklin se levantó de su sillón para apoyarse en el escritorio.

—Haremos todo lo posible por localizar a su hermana, señorita Morland, pero mientras tanto, tómeselo con tranquilidad. Según los datos que usted misma nos ha facilitado, no se ha recibido nota alguna pidiendo rescate.

—Casi habría preferido que así hubiera sido. Al menos, de esa forma tendría alguna idea de aquello con lo que me estoy enfrentando… También me gustaría saber qué tipo de cosas son capaces de hacer Tishe y su esposa.

—Como le dije, ese tipo ni siquiera ha sido denunciado por cometer un delito menor. Y mucho menos un secuestro.

—Siempre hay una primera vez —le espetó con tono brusco—. Mire, Lisa está en peligro. Y, sin embargo, sé que ustedes no van a aportarme ninguna ayuda. Quizá si mi hermana hubiera aparcado en zona prohibida… —añadió con tono irónico.

—Yo no he dicho que no vayamos a ayudarla. La localizaremos —el inspector le sostuvo la mirada—. Tiene que haber más gente, aparte de Devlin Tishe, que esté al tanto de lo del fondo fiduciario de su hermana. ¿Le dijo ella si se lo había contado a alguien?

—No, pero no tengo ninguna duda de que se lo contó a Devlin. Tengo la impresión de que, casado o no, ella tenía una aventura con él. Estaba totalmente deslumbrada por su persona y por sus extrañas doctrinas.

—La cuestión de ese fondo complica sobremanera la situación, pero usted me parece una mujer tan inteligente como práctica, señorita Morland. No sabe cuánto me alegro de ello, teniendo en cuenta la cantidad de chiflados con los que me veo obligado a tratar en esta ciudad. Por eso mismo, confío en que será capaz de adoptar la postura más inteligente.

—¿Cuál es?

—Volver a Dallas y dejar esta investigación en manos de la policía. Mantenerse alejada de Tishe y de Mystic Isle. Ese no es lugar para una mujer como usted —Ranklin le abrió la puerta—. Tenemos su dirección y su número de teléfono. Estaremos en contacto.

Kathryn murmuró unas insinceras palabras de agradecimiento y salió del despacho. Había hecho lo que debía hacer: acudir primero a la policía e intentar recabar su ayuda. Ahora ya estaba sola, y dependía únicamente de sí misma. Si se daba prisa, podría llegar a Mystic Isle antes de que oscureciera.

 

 

Butch Ranklyn observó a Kathryn Morland mientras salía del despacho. Debía de medir uno setenta de estatura; tenía el pelo color rubio oscuro, liso y brillante, de melena corta. Y un cuerpo esbelto y bonito. La vista era agradable, la mejor que había tenido aquel día. Un día que había empezado con la interminable lista de quejas de su mujer a la hora del desayuno. Y lo peor era que, en su mayoría, las quejas eran absolutamente justificadas.

Poco dinero. Poco tiempo para ella. Poco tiempo para cualquier cosa que no fuera su trabajo. Y, sobre todo, seguía terriblemente disgustada por el ultimátum que Butch le había lanzado a su hija Raycine varios meses atrás. O continuaba en la universidad o se ponía a trabajar. La chica había reaccionado con furia y se había largado dando un portazo.

Las cosas no se habían enfriado desde entonces. Nada se había vuelto a saber de Raycine, y su esposa estaba convencida de que se había metido en problemas. No había aparecido por casa el Día de Acción de Gracias. Ni siquiera había telefoneado. Su mujer estaba terriblemente preocupada, y por mucho que detestara admitirlo, él también. Por eso podía comprender perfectamente la preocupación de Kathryn Morland por su hermana. Doce millones de dólares eran mucho dinero, especialmente en una ciudad donde había gente capaz de matar por unos deportivos de marca.

—Hey, Ranklin. El jefe te está buscando. Un periodista del Canal Cuatro acaba de llamar. Quieren una declaración sobre el doble asesinato de anoche en Rampart.

—Mi declaración es esa: que hubo un doble asesinato anoche en Rampart. Nada más.

—Eso díselo tú al jefe.

Lo haría, desde luego que sí. El número de sospechosos no bajaba del millar. Dios, qué ciudad. Sacó del cajón un frasco de pastillas. Su medicación contra la úlcera. Luego, buscó el informe que su jefe estaba esperando. Lisa Morland estaba metida en un buen problema, pero dudaba seriamente que Devlin Tishe tuviera un gran papel en todo aquel asunto. En su opinión, Tishe no era un individuo singularmente peligroso. Si la gente quería entregarle su dinero, ese era su problema.

Sonó el teléfono de su escritorio. Lo ignoró. El jefe estaba esperando.

 

 

El taxista siguió las indicaciones de Kathryn, dejándola a una manzana de distancia de Mystic Isle. Un corto paseo le despejaría la cabeza. Y la ayudaría a pensar en un plan de acción.

Por supuesto, siempre podría entrar directamente, anunciar a todo el mundo que era la hermana de Lisa y exigir explicaciones sobre su desaparición. Así era como le gustaba hacer las cosas. Pero no había motivos para esperar que no fueran a mentirle, como cuando le mintieron por teléfono. Lisa había hecho mucho más que asistir a unas pocas conferencias de Devlin. Kathryn estaba absolutamente segura de ello.

Hacía frío, y apresuró el paso. Había encontrado la dirección de Mystic Isle en la guía de la ciudad. Estaba en la Explanada, una fascinante avenida de un extremo del Barrio Francés, un lugar donde lo viejo y lo nuevo se mezclaban sin llegar a confundirse.

Poco después descubría el letrero en negro y plata que daba la bienvenida a los visitantes a Mystic Isle. La mansión, de tres pisos, tenía grandes pórticos y terrazas. Estaba coronada por una torreta de estilo neogótico. La pintura de los muros se veía vieja, desgastada. Antiguos robles flanqueaban el sendero de entrada.

Cuadrando los hombros, subió los escalones del porche y entró en el mundo de Devlin Tishe.

2

 

Un leve ruido de campanillas anunció la entrada de Kathryn en el amplio vestíbulo decorado con extrañas esculturas y tallas de madera. Sobre una mesa ardían varias velas, que se reflejaban en un gran espejo enmarcado. Lentamente sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra, y pasó a la habitación contigua.

Su sorpresa fue tan grande que se detuvo en seco. Arañas de cristal colgaban de los altos techos, bañándolo todo con una luz tenue, casi irreal. La alfombra era de un color azul pálido. Había sillas tapizadas y mesas redondas, de madera oscura, llenando toda la sala. Era lo más distinto a una tienda de artículos de vudú que hubiera podido imaginar. Era mucho más elegante. Y suntuoso.

Había una baraja de tarot en cada mesa, y una vitrina repleta de muñecas antiguas de vudú. Numerosos libros sobre hechizos y elixires se hallaban cuidadosamente colocados en impecables estanterías.

—Bienvenida a Mystic Isle.

Kathryn dio un respingo y se volvió para descubrir al dueño de aquella voz profunda y vibrante.

—No quería asustarla —añadió, acercándose.

—Estoy bien. Supongo que estaba… ensimismada en esta atmósfera.

—Sí, es un lugar muy especial. ¿Está buscando a alguien en particular, o quizá simplemente desea descansar de ese bullicioso y problemático mundo de ahí fuera?

Kathryn se quedó mirándolo en silencio, demasiado sorprendida para poder responder. Aquel hombre era bueno en su oficio; eso tenía que reconocerlo. El suave tono de su voz de barítono habría bastado para convencer a cualquier cliente. Y si el cliente resultaba ser una mujer, era seguro que su belleza latina acabaría por cautivarla.

—Sólo estaba curioseando… —mintió—. ¿Es usted el dueño de la tienda?

—No. Devlin Tishe y su esposa, Veretha, son los propietarios. Mi única misión es saludarla y darle la bienvenida mientras explora usted nuestro mundo.

Esbozó una sonrisa a medias misteriosa e invitadora. Kathryn lo observó detenidamente. Llevaba la camisa negra abierta hasta la cintura, revelando el oscuro vello que cubría su pecho, y unas botas del mismo color que casi le llegaban hasta la rodilla. Se fijó en su rostro bronceado, de rasgos perfectos. Era importante que descubriera todo lo posible acerca de Tishe y de la gente que trabajaba para él. Además, estaba segura de que a aquel hombre no le importaba que lo miraran. Sin duda alguna formaba parte consustancial de aquel ambiente, diseñado para deslumbrar a los clientes y aligerarlos de su dinero.

—Parece un tanto sorprendida… ¿esperaba quizá a otra persona?

—No sé muy bien lo que esperaba —en esa ocasión, sí que fue sincera. Pero algunas cosas estaban empezando a cobrar sentido. Aquel hombre, el tono hipnótico de su voz, incluso el aspecto sofisticado de la tienda. Se trataba de un negocio muy sutil. Y aquel tipo ciertamente era muy sexy. Si Devlin lo era todavía más, no le extrañaba que Lisa se hubiera dejado seducir por él.

—Mire usted todo lo que quiera. Y si puedo ayudarla en algo, no dude en pedírmelo —le tendió la mano—. Mi nombre es Roark.

Se la estrechó con firmeza pero sin fuerza, transmitiéndole una inesperada calidez. Kathryn se dijo que se estaba dejando afectar demasiado por aquel ambiente.

—¿Es un nombre o un apellido?

—Roark Lansing. ¿Y usted es…?

—Kathryn… Richards —maldijo para sus adentros. Había estado a punto de decirle su apellido verdadero.

Esbozando lo que esperaba fuera una inocente sonrisa, se volvió para acercarse a una de las mesas redondas. Fingiendo curiosidad, tomó una de las muñecas.

—Dígame… ¿cuál es la particularidad de estas muñecas?

—Un brujo, o una persona capaz de lanzar maldiciones, puede herir o matar a una persona clavando alfileres en ellas.

—Entiendo. Muñecas vudú. He oído hablar de ellas —volvió a colocarla en su sitio—. Esta tienda… ¿no es demasiado suntuosa para vender artículos como estos?

—Para nosotros es una tienda donde uno puede desentrañar secretos, ver lo que no se puede ver, conocer y practicar rituales antiguos. ¿Está usted buscando algo en particular?

—La verdad es que no.

—Siéntase como si estuviera en su casa. Muchos turistas entran buscando un simple recuerdoque llevar a sus amigos. Todo el mundo es bienvenido. Y nos encanta satisfacer la curiosidad de la gente.

—El anuncio que vi en la guía de la ciudad decía que en Mystic Isle se imparten clases sobre cómo encontrar la armonía en todos los aspectos de la vida.

—Es cierto.

—Entonces, si yo siguiera esas clases… ¿podría estar en condiciones de hacer vudú?

—No. Devlin no enseña ni practica el vudú, aunque no tiene nada en contra de esa tradición. Está exclusivamente dedicado a la armonía y a la serenidad del espíritu. Ejerce de simple mensajero para aquellos que buscan la verdadera felicidad.

—Interesante —continuó recorriendo la sala. Podía sentir la mirada de Roark siguiendo cada uno de sus movimientos. Fingiendo interés, examinó una estatuilla de caoba con la figura de una serpiente. Los detalles eran tan realistas que casi parecía viva, presta a atacar.

—Es obra de un artesano local —le explicó Roark, acercándose para señalarle las iniciales grabadas en el vientre de la serpiente.

Le rozó los dedos. Aquel simple contacto le abrasó la piel. Se quedó tan sorprendida que soltó la serpiente.

—No tenga miedo, solo es una talla de madera. No muerde.

Kathryn suspiró profundamente. Todavía le temblaba la mano. Decididamente, aquel lugar la estaba afectando demasiado.

—Dígame —pidió, decidida a concentrarse en su objetivo—, ¿Devlin Tishe imparte clases de manera regular?

—Sí, pero no a todo el mundo. Francamente, dudo que esas clases puedan interesarle a usted, señorita Richards. ¿O debo llamarla señora?

—Señorita —así que ella no pertenecía al tipo de mujeres que querían captar. No era lo bastante ingenua, al parecer. Aquel tipo había tardado muy poco en averiguarlo. Probablemente porque se había apresurado a retirar la mano ante su contacto. Estaba segura de que algo así no sucedía a menudo.

La campanilla de la puerta sonó de nuevo. Entraron varias quinceañeras, riendo nerviosas.

—Por favor, siga usted mirando lo que guste mientras yo atiendo a estas pequeñas damas…

Kathryn se dedicó a examinar los libros y los frascos de elixires, mientras Roark desplegaba su encanto con las recién llegadas. Poco a poco, fingiendo examinar un objeto tras otro, se acercó a la puerta cerrada que había al fondo de la sala. Giró el pomo, la abrió y entró en la habitación contigua. Era minúscula. Estaba llena de sillas plegables y de montañas de octavillas y panfletos. Mientras seguía oyendo la vibrante voz de Roark al otro lado, ojeó uno de los panfletos, que llevaba el título Encontrar la paz.

Revisó varios más. Todos decían lo mismo: que Devlin Tishe conocía todas las respuestas. Leyó una octavilla: Escucha a Devlin Tishe y cambia tu vida. 1 de diciembre. Esta noche. Quizá tu suerte ya esté cambiando. Dobló la hoja y se la guardó en un bolsillo.

—Esta habitación es privada.

Kathryn se volvió, sin aliento. Era Roark. Mantuvo la cabeza alta, sosteniéndole la mirada. Había algo en sus ojos que antes no había visto: una frialdad, quizá una advertencia. Pero no le importaba.

—Lo siento. Creí que aquí dentro guardarían algo más interesante. Ya sabe, elixires de amor y esas cosas.

—Sea lo que sea lo que esté buscando, aquí no lo encontrará.

—Ya. Supongo que no —regresó a la sala, sorprendida de que su actitud de amabilidad hubiera cambiado tan drásticamente.

Se dirigió hacia la salida y Roark la siguió, adelantándose para abrirle la puerta.

—Lamento no haber tenido nada que pudiera interesarle —pronunció con su voz suave y seductora.

—Oh, se equivoca. Nos veremos esta misma noche. En la conferencia de Devlin.

—No creo que sea una buena idea.

—¿Por qué no?

—Porque… —se interrumpió al ver que un nuevo cliente se dirigía hacia él— porque eso cambiaría su vida —bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Y puede que no le gustara nada ese cambio.

—Es un riesgo que tendré que correr —y sin esperar su respuesta, abandonó el edificio.

No creía en hechizos, ni en maldiciones ni en muñecas vudú. Ni siquiera creía en los presentimientos, o en lo que comúnmente se entendía por intuición femenina. Pero estaba convencida de que Devlin Tishe, o alguien de Mystic Isle, estaba implicado en la desaparición de Lisa. Y no se sorprendería nada si llegaba a descubrir que el villano era Roark Lansing.

 

 

Roark se quedó observándola desde el umbral. Al principio no la había reconocido. La fotografía que había visto de ella no le había hecho justicia.

No le extrañaba que se hubiera presentado en Mystic Isle. De hecho, la había estado esperando. Lo que no había esperado era verla tan pronto. En cualquier caso, ya estaba allí.

Maldijo para sus adentros. ¿Dónde estaba su buena estrella cuando más la necesitaba? Probablemente posada al hombro de Devlin, como un ángel caído. Un ángel caído en desgracia. Forzando la sonrisa que siempre se veía obligado a exhibir, volvió a la tienda… y a una situación que se estaba tornando cada vez más peligrosa, día a día.

 

 

Kathryn se descalzó tan pronto como el botones abandonó la habitación. Le dolían los pies y la cabeza. Había sido un día agotador, que no había logrado ahuyentar sus temores por Lisa. Y, ahora que caía en la cuenta, ni siquiera había comido.

Se tumbó en la cama y hojeó la guía del hotel que estaba sobre la mesilla. El menú del servicio de habitaciones le ofrecía una rica selección de los platos típicos de Nueva Orleans: judías con arroz, langosta, sopa de marisco…

Acabaría probándolos todos si se quedaba en la ciudad el tiempo suficiente, tal y como había hecho en su último viaje, pero ese día tomaría algo ligero. Encargó por teléfono un sándwich de pavo con ensalada. Durante los últimos días no había tenido apenas apetito. La ansiedad era uno de los peores enemigos del aparato digestivo.

Por enésima vez se esforzó por recordar exactamente lo que Lisa le había contado de Devlin. Si hubiera sabido que las cosas terminarían así, habría prestado mucha mayor atención a sus palabras. Solo recordaba retazos sueltos de la conversación.

Deslumbrada por su primer encuentro con aquel hombre, Lisa había continuado frecuentándolo, convencida de que poseía las respuestas que tanto había estado buscando. El hecho de que hubiera tenido preguntas había sido algo nuevo para Kathryn. Aun así, se lo había tomado todo como un capricho más de su hermana. Y no se había mostrado nada impresionada por su hallazgo.