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Después de una obra dedicada a Recuperar el proyecto de Jesús, abordamos ahora un tema de importancia vital: "Anunciar hoy a Dios como buena noticia". El evangelista Marcos nos dice que Jesús recorría las aldeas de Galilea "proclamando la buena noticia de Dios". Sin duda, el relato evangélico recoge una experiencia real: en el mensaje y la actuación de Jesús, aquellos campesinos de Galilea captaban a Dios como algo nuevo y bueno. A los que vivimos en medio de una sociedad indiferente y descreída, el hecho no deja de sorprendernos. ¿Cómo pudo Jesús anunciar a Dios como buena noticia? ¿Qué tiene que suceder para que el misterio de Dios pueda ser experimentado hoy como algo nuevo y bueno? Es probablemente la pregunta clave para imprimir la dirección adecuada al acto evangelizador en la sociedad actual.
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Seitenzahl: 263
Veröffentlichungsjahr: 2016
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ANUNCIAR HOY A DIOSCOMO BUENA NOTICIA
José Antonio Pagola
Este trabajo forma parte de un proyecto para dinamizar las comunidades cristianas respondiendo a la llamada del papa Francisco, que nos invita a impulsar una nueva etapa evangelizadora. Estas son sus palabras: «Quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora, marcada por la alegría de Jesús, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años» 1. El objetivo concreto de este proyecto es ayudar a las parroquias y comunidades cristianas a impulsar de manera humilde, pero lúcida y responsable, un proceso de renovación.
Después de una obra dedicada a Recuperar el proyecto de Jesús, abordamos ahora un tema de importancia vital: «Anunciar hoy a Dios como buena noticia». El evangelista Marcos nos dice que Jesús recorría las aldeas de Galilea «proclamando la buena noticia de Dios». Sin duda, el relato evangélico recoge una experiencia real: en el mensaje y la actuación de Jesús, aquellos campesinos de la Galilea de los años treinta captaban a Dios como algo nuevo y bueno. A los que vivimos en medio de una sociedad indiferente y descreída, el hecho no deja de sorprendernos. ¿Cómo pudo Jesús anunciar a Dios como buena noticia? ¿Qué tiene que suceder para que el misterio de Dios pueda ser experimentado como algo nuevo y bueno? Es probablemente la pregunta clave para imprimir la dirección adecuada al acto evangelizador en la sociedad actual.
¿Qué ofrezco a las comunidades cristianas a lo largo de este libro? Antes que nada es necesario que todos tomemos conciencia de la grave crisis religiosa que estamos viviendo entre nosotros. Por eso, en un primer capítulo titulado «En medio de una crisis sin precedentes», ofrezco una reflexión sobre la grave crisis que nos está sacudiendo y sobre los profundos cambios que se están produciendo entre los cristianos que solo hace unos años llenaban nuestras iglesias. No podemos ser espectadores ingenuos de lo que está sucediendo. Antes de buscar algunas claves para orientar nuestra acción evangelizadora hemos de situarnos con confianza grande en el Dios revelado en Jesús, pero también con realismo ante esta profunda crisis. Las preguntas y preocupaciones que están en el trasfondo de este libro son estas: ¿qué ha de ser y cómo ha de actuar la Iglesia de Jesús en estos momentos críticos? ¿Cómo hemos de entender y vivir hoy nuestra misión evangelizadora en las parroquias y comunidades cristianas?
El segundo capítulo lo he titulado «Acoger el misterio de Dios en la noche». No podemos permanecer pasivos ante una crisis tan radical. Hemos de reaccionar. ¿Cómo vivir la experiencia de Dios en medio de una noche tan oscura? ¿Cómo dar noticia de un Dios que parece interesar cada vez menos a la gente? No son cuestiones teóricas, sino preguntas que llevamos hoy muy dentro no pocos creyentes y evangelizadores. Dos convicciones subyacen en mi reflexión. La primera nos puede inquietar. En un futuro ya próximo, sin experiencia de Dios no habrá creyentes: el futuro de la fe entre nosotros está ligado al cultivo de la experiencia personal de Dios, sobre todo en nuestras comunidades. La segunda nos ha de alentar: el nihilismo moderno que pone en crisis a Dios puede ser punto de partida de un acercamiento más auténtico a su Misterio, pues está dejando al descubierto nuestras falsas imágenes de Dios, nuestros ídolos y nuestras manipulaciones de lo divino.
En este clima de caminos nuevos en medio de la noche, en el capítulo tercero, «Anunciar a Dios desde un horizonte nuevo», señalo brevemente algunas actitudes que, a mi juicio, hemos de cultivar en nuestras comunidades para anunciar a Dios en nuestros días. Destaco la confianza absoluta en la acción salvadora de Dios; la necesidad de promover un nuevo comienzo de la fe; la importancia de acoger el Evangelio antes que anunciarlo a otros; la actitud de caminar con los hombres y mujeres de hoy, abriendo caminos al reino de Dios; el cuidado de la fe como adhesión al camino abierto por Jesús; la construcción de una Iglesia que puede ser también hoy «signo de salvación» para todos.
Para anunciar a Dios desde un horizonte nuevo es necesario reavivar en nuestras comunidades la experiencia de Dios que vivieron los primeros discípulos al encontrarse con Jesús. En el capítulo cuarto, que titulo «Experiencia de Dios y evangelización», articulo mi reflexión en tres partes. Primero pongo de relieve diversos síntomas y rasgos de la sociedad moderna, necesitada de una experiencia nueva de Dios. Luego hago ver la necesidad de tomar conciencia de que nuestro trabajo evangelizador en medio de esa sociedad se sustenta, con frecuencia, en una experiencia empobrecida de Dios. Por último expongo la necesidad de impulsar una nueva etapa evangelizadora para actualizar en nuestros tiempos aquella experiencia originaria que vivieron con Jesús los primeros discípulos –hombres y mujeres– que se encontraron con él.
Los primeros discípulos vivieron con Jesús la experiencia de un Dios amigo del ser humano. Es un dato que no hemos de olvidar ni oscurecer. No abriremos caminos que acerquen a los hombres y mujeres de hoy al misterio de Dios si no aprendemos a «vivir y comunicar la experiencia de un Dios amigo». Este es el título del capítulo quinto. Toda la actuación de Jesús no es sino la encarnación del amor y la amistad de Dios hacia el ser humano. A partir de este dato podremos describir la experiencia cristiana de Dios en clave de amistad y entender la llamada a anunciar la Buena Noticia de un Dios amigo del hombre en un mundo donde se sufre tanto por la falta de amor.
Sin testigos no es posible transmitir hoy la experiencia de Dios vivida en torno a Jesús. Hoy, lo mismo que en la Galilea de los años treinta, no faltan escribas, doctores y jerarcas, pero, ¿hay testigos que se han encontrado con Jesús, capaces de comunicar la experiencia del Dios vivo que han descubierto encarnado en su persona? En el capítulo sexto, que he titulado «Testigos del Dios de la vida», trato de responder de manera sencilla y concreta a preguntas que hemos de hacernos los creyentes de hoy: ¿quién es testigo del misterio de Dios? ¿Qué vive ese testigo? ¿Qué es lo decisivo en su experiencia? ¿Qué es lo que comunica a los hombres y mujeres de hoy? ¿Cómo lo hace? ¿Cómo se sitúa en medio de esta sociedad tan indiferente ante Dios?
Con frecuencia no somos conscientes de que la sociedad moderna tiende a generar un hombre vacío de interioridad, lleno de ruido y sordo a las llamadas de Dios. Para muchos puede ser el mayor obstáculo para escuchar la Buena Noticia de Dios. Por eso, en el capítulo séptimo abordo la necesidad de «recuperar la espiritualidad de Jesús». Después de señalar algunos rasgos de la cultura moderna del ruido y la superficialidad subrayo la sordera interior de no pocas personas, que no aciertan a abrirse a la Buena Noticia de Dios. Trato luego de la importancia del silencio como camino hacia Dios. Por último, ante nuevas propuestas de caminos espirituales, concluyo reafirmando la necesidad de cultivar una espiritualidad arraigada en Jesús, si no queremos empobrecer nuestro seguimiento a quien es nuestro Maestro y Señor.
Al final de cada capítulo sugiero algunas cuestiones o preguntas para estimular la reflexión pastoral en las comunidades cristianas (en pequeños grupos, en los Consejos pastorales o entre los responsables y animadores en diferentes campos). Hemos de seguir abriendo caminos de renovación en la Iglesia para que la Buena Noticia del Dios encarnado y revelado en Jesús pueda ser escuchada entre nosotros en estos tiempos de grave crisis religiosa. Hace unos años, Juan Martín Velasco reclamaba con fuerza la necesidad de testigos y evangelizadores: «Que se pongan al frente de nosotros sujetos capaces de reflejar la luz del Misterio, la tiniebla luminosa, única capaz de iluminar los pasos en la noche de la razón, del dominio y del progreso que vivimos». ¿De dónde surgirán estos testigos si no es de un clima renovado por la experiencia del Dios amigo del ser humano, encarnado y revelado en Jesús?
1
Antes que nada parece necesario tomar conciencia de las nuevas condiciones en que la Iglesia ha de llevar a cabo hoy su misión evangelizadora. Condiciones insospechadas hace solo unos años. No es posible exponer aquí, ni siquiera de manera resumida, los análisis sociológicos y los ensayos que se están publicando sobre la sociedad contemporánea occidental. Nos limitaremos a tomar nota de algunos datos básicos que parece necesario tener en cuenta para pensar hoy de manera renovada la misión evangelizadora de la Iglesia.
1. Centralidad de la crisis
No es fácil analizar lo que está sucediendo. El momento actual es complejo y está lleno de tensiones y contradicciones. No todos hacen la misma lectura, pero casi siempre se pronuncia una palabra: «crisis».
Las filosofías modernas entienden que la crisis se ha convertido en el horizonte de comprensión del momento actual. La aparente armonía de un mundo unificado y coherente se está derrumbando. Todo aparece cuestionado. Se habla de «omnicrisis» o de crisis total. «La crisis es un fenómeno que se ha extendido a todos los dominios de la existencia humana, hasta el punto de que viene a designar simplemente nuestra condición de hombres modernos» 1.
La crisis afecta a todos los sectores de la vida: hay crisis metafísica, cultural, religiosa, económica, ecológica. Están en crisis la familia, la educación y las instituciones sociales de otros tiempos. Han caído en buena parte los mitos de la Razón, la Ciencia o el Progreso: la razón no nos está llevando a una vida más digna y humana; la ciencia no nos dice ni cómo ni hacia dónde hemos de orientar la historia; el progreso no es sinónimo de felicidad para todos.
Está en crisis la transmisión del patrimonio socio-cultural a las nuevas generaciones. Se va perdiendo la memoria histórica y religiosa. Emerge una cultura plural y difusa en la que las grandes tradiciones culturales, religiosas y políticas van perdiendo la autoridad que han tenido durante siglos. Se ponen en cuestión los sistemas de valores que configuraban en el pasado el comportamiento ético. Crece la indiferencia ante lo religioso, lo metafísico y lo político. Se ha dejado de creer en «las antiguas razones de vivir». Vivimos una situación inédita: los antiguos puntos de referencia parecen inadecuados y los nuevos no están todavía bien dibujados. La actitud más generalizada ante el futuro es la incertidumbre y una difusa inquietud. Para captar mejor la profundidad de esta crisis podemos recordar algunos rasgos básicos.
En primer lugar, el descrédito y la desconfianza. No resulta fácil creer en el pensamiento humano. Las grandes ideologías del siglo XX han conducido a la humanidad a las mayores tragedias de la historia: dos guerras mundiales, el Holocausto (Shoá), Nagasaki, Hiroshima, la era estaliniana, las guerras de Camboya, Yugoslavia o Ruanda, y en estos momentos el terrorismo del Daesh 2. No es fácil tampoco creer en el proceso humano cuando el cinismo económico de los países más avanzados mantiene en el hambre y la miseria a un tercio de la humanidad. En medio de la incertidumbre y la desconfianza solo queda el ser humano con su fuerza creadora y también con su poder destructor.
Por otra parte se experimenta como nunca la fragmentación. No se aceptan los grandes relatos de salvación, las grandes síntesis, los sistemas, las grandes religiones. Ya no es posible un mundo en común. En adelante se vivirá en el pluralismo. La existencia es hoy multiplicidad, diversidad, diferencia. La verdad está en el fragmento. No se busca un fundamento metafísico último, pues no se ve que sea necesario. Esta ausencia de marcos de referencia agudiza la existencia de cada individuo, pues le obliga a ahondar por sí mismo para encontrar sus razones para vivir y para dar sentido a su vida.
La crisis genera como fruto espontáneo el nihilismo, que podríamos considerar como la actitud que renuncia a buscar los «porqués» de la existencia. Ya F. Nietzsche anunció que el nihilismo sería la grave enfermedad de las sociedades modernas. El proceso es fácil de detectar: se vive con la sensación de que los valores, las normas y principios que regían en tiempos pasados la existencia ya no sirven; luego, una vez instalados en esta crisis, los individuos se deslizan cada vez más hacia actitudes impregnadas de nihilismo y pragmatismo.
Otro rasgo que hay que tener en cuenta es el fatalismo. Estamos inmersos en un proceso que nos parece imposible detener o modificar. No se cree apenas en la capacidad de intervención del ser humano. La historia parece sometida a fuerzas anónimas que nos superan. La crisis de la tradición, de la educación y de la transmisión de cultura indica que ya no se cree en el pasado, pero, por otra parte, no se sabe qué es lo que podría devolver la esperanza a esta humanidad desencantada. Solo queda la libertad frágil del ser humano. De ella depende el futuro.
Al tratar de buscar algunas claves para la evangelización hoy parece necesario pensar, antes que nada, en cómo hemos de situarnos ante esta crisis tan global y profunda. ¿Qué ha de ser y cómo ha de actuar la Iglesia de Jesús en esta crisis? ¿Cómo ha de entender y vivir su misión?
2. La «crisis de Dios»
Dentro de la crisis general que se vive en la sociedad occidental es fácil detectar la crisis de la religión y, en concreto, la crisis del cristianismo. Desde el interior de la Iglesia, nosotros tendemos a subrayar los hechos más cercanos y preocupantes para nosotros: el descenso de la práctica religiosa, la disminución de vocaciones para el ministerio presbiteral y la vida consagrada, el alejamiento masivo de los jóvenes, el envejecimiento de las comunidades...
Sin embargo, bajo estos indicios visibles de crisis religiosa se está produciendo algo mucho más radical: lo que J. B. Metz llama la «crisis de Dios» (Gotteskrise). El hecho ha sido captado de muchas formas: «Dios ha muerto» (F. Nietzsche), estamos viviendo «el eclipse de Dios» (M. Buber), nos hemos quedado «sin noticias de Dios» (M. Fraijó). Se sigue hablando de él, pero «Dios» se ha convertido para muchos en una «palabra fósil»: testigo de la fe de otros tiempos, pero casi privada hoy de significado real para muchos.
Dios ha dejado de ser el fundamento del orden social y el principio integrador de la cultura. De una afirmación social masiva, pública e institucional de Dios se ha ido pasando a una situación de indiferencia cada vez más generalizada. La cuestión de Dios apenas atrae o inquieta: sencillamente deja indiferente a un número cada vez mayor de personas. La fe en Dios parece diluirse en la conciencia del hombre moderno. Se diría que está desapareciendo del horizonte de cuestiones y respuestas posibles al sentido de la existencia. Dios no interesa. Cada vez son menos los que piensan en él como principio orientador de su comportamiento.
Según el análisis de no pocos expertos estamos entrando en una «era poscristiana» (Émile Poulat). De hecho, es fácil constatar la pérdida creciente de la «memoria cristiana». Cada vez son más los que ignoran el hecho cristiano, incluso como fenómeno histórico y cultural. Cada vez es más difícil la transmisión de la tradición cristiana a las nuevas generaciones 3. Más aún, según algunos observadores, estamos saliendo del «orden de las creencias», en que los individuos actuaban movidos por alguna fe que les servía de criterio, sentido y norma de vida, y estamos pasando al «orden de las opiniones», en que cada uno tiene su propia opinión sin necesidad de fundamentarla en ningún sistema ni tradición. Todo ello en el marco de un escepticismo y desencanto cada vez más generalizado.
Esta «crisis de Dios» no parece un hecho pasajero. H. Küng lo califica de «crisis epocal», J. B. Metz lo considera el «hecho nuclear» que está repercutiendo decisivamente en la configuración del hombre moderno. Recientemente, J. Martín Velasco ha hablado de una «metamorfosis de lo sagrado» 4. Se comienza a pensar que estamos viviendo una época que puede tener para el futuro del cristianismo y de las religiones repercusiones tan profundas como las que tuvo el llamado «tiempo eje» (K. Jaspers) durante el primer milenio antes de Cristo, cuando nacieron las grandes religiones y el pensamiento filosófico que han tenido vigencia hasta nuestros tiempos (Lao Tse y Confucio en China; las Upanishads y Buda en la India; Zaratustra en Persia; los grandes profetas en Israel y el pensamiento filosófico de los presocráticos, Sócrates y Platón en Grecia). R. Panikkar va más lejos y llega a afirmar que el «período axial» que estamos viviendo significa que «el pasado período de seis mil años está siendo sustituido progresivamente por otras formas de conciencia» marcadas por la secularidad 5.
La proliferación de nuevas corrientes religiosas o de espiritualidad ha podido hacer pensar que «Dios vuelve». No es así. Las nuevas tendencias religiosas no remiten, en general, a una trascendencia que el ser humano ha de reconocer, sino que encierran al individuo en sí mismo (adquisición de una nueva conciencia, iluminación, iniciación esotérica, vacío mental...). La salvación no es aquí gracia que el ser humano recibe de Dios, sino proceso de autorrealización de la propia conciencia. Según J. Martín Velasco, estos movimientos «operan tal transformación de la religión que, más que respuestas a la crisis religiosa, representan la culminación de la misma» 6. Se trata de verdaderas «religiones sin Dios» (J. B. Metz), pues lo reemplazan ocupando su lugar y confirmando así la profundidad de la «ausencia de Dios» en la crisis actual.
La «muerte de Dios» no es una buena noticia para nadie, pues está arrastrando a la humanidad hacia un nihilismo que muchos consideran «la definición de nuestra época» 7. La razón es clara. Gabriel Amengual la resume de manera brillante: «Con la muerte de Dios no se indica solamente la desaparición de la idea de Dios y la metafísica en ella fundada, sino también todo intento de dar coherencia y sentido, fundamento y finalidad, metas e ideales: el derrumbamiento de todos los principios y valores supremos» 8.
No es extraño que la crisis de Dios y el consiguiente nihilismo hagan emerger hoy preguntas tan vitales como inquietantes: ¿dónde puede encontrar la convivencia humana un nuevo eje para orientar su caminar histórico?, ¿cómo repensar la trascendencia y su relación con lo inmanente?, ¿dónde encontrar esa síntesis todavía no lograda entre lo sagrado y lo secular?, ¿en qué dirección buscar modelos adecuados para decir «Dios»? 9
3. La crisis religiosa entre nosotros
Era necesario captar la crisis religiosa en su hondura y gravedad para no movernos de manera ingenua en la búsqueda de nuevos caminos de acción evangelizadora; pero corremos el riesgo de caer en una sensación de vértigo e impotencia que no conduce a ninguna parte. A nosotros nos toca vivir este fragmento de la historia en este «rincón de Occidente». Aquí y ahora hemos de vivir y comunicar la experiencia cristiana del Dios vivo de Jesucristo. Por ello hemos de situarnos en la crisis religiosa dentro del contexto en el que nosotros nos movemos. Creo que C. Imbert expresa bien lo que sentimos no pocos: «Descubrimos insensiblemente, sin verlo ni saberlo con claridad, una nueva forma de pensar y de actuar, una nueva forma de vivir en común que ya no está marcada por la huella mental y social del sistema cristiano» 10. Las gentes se van familiarizando con la cultura de «la ausencia de Dios»: se prescinde de él y no pasa nada especial. Los mismos cristianos nos vamos acostumbrando a la nueva situación de indiferencia. Convivimos sin desazón alguna con personas a las que Dios no atemoriza ni atrae, no cuestiona ni fascina. Sencillamente las deja indiferentes.
Entendemos bien la descripción que hace J. Martín Velasco de la situación espiritual de nuestra sociedad impregnada por la cultura posmoderna 11. Vivimos inmersos en una cultura de la «intrascendencia» que encadena a las personas al «aquí» y «ahora», haciéndoles vivir solo para lo inmediato, sin apenas necesidad alguna de abrirse a la trascendencia. Respiramos una cultura del «divertimiento» que arranca a los individuos de sí mismos hacia fuera, haciéndoles vivir en el olvido de las grandes cuestiones que lleva en su corazón el ser humano. Nos alimentamos de una cultura del «tener» que desarrolla el espíritu de posesión, incapacitando a las personas para todo aquello que no sea el disfrute inmediato.
Voy a señalar algunas tendencias que, probablemente, todos podemos observar de alguna manera entre nosotros.
• Lo primero que podemos observar es que la situación religiosa se va haciendo cada vez más compleja. Ya no estamos en aquella sociedad en que prácticamente todos estaban bautizados, la mayoría eran cristianos practicantes y casi todos se sometían dócilmente al magisterio de la Iglesia. Hoy podemos observar diferentes formas de fe, de indiferencia y de increencia. Podemos encontrarnos con creyentes piadosos y con gente desinteresada totalmente de lo religioso; con ateos convencidos y con personas escépticas de actitud agnóstica; con adeptos a nuevas religiones y movimientos, y con personas que desean creer y no aciertan a descubrir un camino; con sectores que creen vagamente en «algo» y con individuos sincretistas que viven «una religión a la carta» para su uso particular; con personas que no saben bien si creen o no creen; gente que cree en Dios sin amarlo; personas que oran sin saber muy bien a quién; gente que cree a los que le hablan de Dios...
Sin embargo, aunque convivimos en la misma sociedad y nos encontramos cada día juntos en el trabajo, en el ocio y las relaciones sociales, lo cierto es que con frecuencia apenas sabemos nada de lo que piensa el otro acerca de Dios, de la fe o del sentido último de la vida. Cada uno lleva en su interior cuestiones, dudas, incertidumbres y búsquedas que no conocemos. Puede ser un error definir desde fuera la postura religiosa de las personas: J.-P. Jossua propone «tener a cada uno por lo que afirma que es» 12.
• Tampoco es difícil constatar que lo religioso se va reduciendo a un sector cada vez más restringido. La experiencia religiosa va quedando confinada en el interior de las Iglesias. El sector de practicantes es cada vez más minoritario y está constituido en buena parte por personas de edad avanzada, transmitiendo la imagen de una «religión terminal» que no pertenece a nuestros tiempos, sino al pasado. Hace tiempo que la religión ha ido perdiendo poder e influjo en el campo político, social, cultural o artístico. Lo que ahora observamos es que va ocupando un lugar también cada vez menor en la vida cotidiana de las personas. Aparece en algunos momentos significativos (nacimiento, muerte, boda...), pero la vida cotidiana se organiza sin una referencia habitual a Dios. Se diría que se conserva la religión como por inercia, pero sin que se vea con claridad qué puede aportar en la vida diaria.
Esta fe religiosa inoperante va siendo desplazada en algunos por una cierta confianza en la ciencia y en el progreso que nos pueden conducir, a pesar de todo, hacia un mundo mejor y más humano. La fe va siendo entonces sustituida por otras convicciones que giran en torno a los valores de la democracia, entendida como un sistema difuso de creencias, principios y valores (derechos humanos, libertad, tolerancia, seguridad ciudadana, respeto a la Constitución...) que pueden contribuir a una mejor convivencia consolidando los lazos sociales.
Esta actitud cada vez más extendida de una fe religiosa inoperante y de un desplazamiento progresivo hacia otras convicciones más útiles y operativas nos obliga a hacernos algunas preguntas básicas: ¿en qué se convierte la fe si ya no es capaz de inspirar el sentido global de la vida ni las posiciones ante el amor, las relaciones sociales, el comportamiento ético, la muerte...?, ¿qué es esa fe cristiana si ya no motiva ni moviliza a la persona? El sociólogo canadiense Raymond Lemieux hace esta observación después de un largo estudio: «Dado el carácter provisional y a menudo efímero de estas creencias religiosas, no se puede esperar que sean verdaderamente movilizadoras y comprometan a los sujetos en prácticas sociales determinadas». Y prosigue: «Si nuestras hipótesis son válidas, es probable que en el futuro se consuman tanto más creencias cuanto menos movilizadoras sean» 13. ¿No estamos también nosotros caminando en esa dirección?
• Se observa también que la fe religiosa es cada vez menos definida y más fluctuante. La adhesión a una religión es cada vez menos firme y más abierta a posibles combinaciones. La gente se siente cada vez menos obligada a dar cuenta de sus actitudes religiosas. Se puede creer sin pertenecer institucionalmente a una Iglesia. Está creciendo lo que algunos llaman «la desregulación institucional del creer» (D. Hervier-Léger), es decir, se tiende a vivir las propias creencias al margen de la institución religiosa. Para R. Díaz-Salazar, esta «religiosidad desinstitucionalizada» es precisamente «la tendencia más significativa del panorama sociorreligioso de la España de fin de siglo» 14. Cada vez se acepta menos la imposición de las creencias, normas éticas o prácticas cultuales por parte de una institución. Por ello asistimos a una especie de «diseminación de lo religioso»: cada uno se busca sus fuentes y referencias, y se elabora su propia posición religiosa («bricolaje religioso», «religión a la carta», «religión de supermercado»...).
Algo semejante está sucediendo entre aquellos que viven sin una referencia a Dios. Su postura increyente es cada vez más fluctuante, menos ideologizada, más diversificada y menos combativa por lo general frente a lo religioso. En pocas palabras: se puede decir que cada vez es más difícil saber qué es un creyente y qué es un no creyente. Precisamente por eso las fronteras entre ambos se van diluyendo, pues se debilitan progresivamente los puntos de referencia. En no pocos creyentes hay algo de increencia y ambigüedad; en algunos increyentes hay fe y búsqueda. Si hablamos de «fronteras», habrá que hacerlo muchas veces como «lugar de paso», de idas y venidas de personas que no saben bien cómo situarse ante Dios o ante el misterio último de la vida.
• Es fácil también observar cómo está creciendo la incultura religiosa. Las nuevas generaciones ignoran cada vez más lo cristiano, incluso como hecho histórico. Los medios de comunicación difunden una cultura indiferente y frívola donde lo religioso aparece muchas veces vinculado o incluso mezclado con lo esotérico, la astrología, las creencias ocultas, la parapsicología, el tarot o lo visionario. Hay un hecho todavía más preocupante: la vida moderna impide a muchos pensar y reflexionar. La hiperinformación mantiene a no pocos en la confusión y la niebla, sin capacidad para discernir ni optar. Bastantes no saben ni plantearse las grandes cuestiones de la existencia; no tienen palabras para hablar de la fe o de la experiencia religiosa. Lo desconocen casi todo.
Tampoco es de extrañar en este clima la falta de racionalidad que se manifiesta en posturas de sincretismo fácil, adhesiones religiosas acríticas y sin fundamento razonable, crecimiento de la credulidad 15, fe en el horóscopo, el tarot, las echadoras de cartas...
En esta misma línea conviene señalar también el creciente fanatismo en algunos sectores minoritarios. Esta fe de carácter fanático aparece en un grado u otro en todos los absolutismos, integrismos, fundamentalismos, dogmatismos cerrados y rígidos, morales rigoristas y proselitismos. En buena parte es una búsqueda de refugio y seguridad en medio de la crisis y significa con frecuencia, junto con el cortejo de supersticiones y devociones interesadas, el sucedáneo de las sectas dentro de las instituciones religiosas. Esta fe fanática es, en el fondo, un indicio bastante claro de inseguridad y falta de auténtica fe.
• Hemos de tomar también nota del crecimiento del paganismo como forma de vida 16. El fenómeno es complejo, brota de diferentes raíces y requiere sin duda un análisis profundo, pero representa para no pocos una reacción contra las religiones por el exceso de sufrimiento gratuito infligido a los fieles y un modo de reaccionar ante la crisis moderna. E. Bueno de la Fuente estudia algunos síntomas: el consumismo hedonista, el culto al cuerpo, la moral del buen vivir, la sensualización de la vida, el disfrute de la noche, el fin de semana y las vacaciones... En su estudio trata de detectar, más allá de los síntomas, la efervescencia de un paganismo nuevo como «religión y visión del mundo» que se manifiesta como gozo pletórico y celebración de la vida, cultivo de la dimensión dionisíaca, exaltación de la carne o gozo jubiloso de lo sagrado.
4. Algunos cambios en los cristianos
Es conveniente también tomar nota de algunos cambios que se van produciendo en aquellos que, en medio de esta crisis religiosa, se dicen cristianos. No vamos a repetir los datos de las estadísticas: descenso en la práctica dominical, alejamiento progresivo de la comunidad cristiana, crisis de la transmisión de la fe a las nuevas generaciones, descenso de vocaciones, envejecimiento del clero... Son sin duda indicadores visibles de la crisis. Solo vamos a recordar algunas tendencias negativas.
• En primer lugar va creciendo la ambigüedad de la figura del cristiano. Hace unos años, el perfil de cristiano estaba claramente definido por su adhesión a la doctrina cristiana, su aceptación de la moral y la práctica cultual. Hoy todo se ha desdibujado. Basta que uno conserve una cierta religiosidad o siga vinculado a alguna devoción o sienta un cierto atractivo por la Virgen para que se siga considerando cristiano. Pero no es fácil saber cuál es el contenido de su fe: cada uno cree a su manera. Muchos viven llenos de dudas y confusión, con preguntas que casi nunca se plantean ni aclaran debidamente. Otros prescinden tranquilamente de aspectos esenciales de la fe cristiana (se sustituye la fe en la resurrección por la fe en la reencarnación o se afirman las dos al mismo tiempo). Algo ha ido cambiando en el interior de la conciencia de los cristianos. Muchos dicen que ahora creen de otra manera. La impresión generalizada es que se cree menos y peor. La fe de muchos se va debilitando y descuidando cada vez más.
• Por otra parte, los católicos no forman ya un todo homogéneo. La situación se va haciendo cada vez más compleja y diversificada. No todos extraen de la fe las mismas conclusiones de cara a sus opciones y sus comportamientos. No todos se relacionan de la misma manera con la institución ni se sienten vinculados a ella en el mismo grado. Junto a los que alimentan y celebran su fe en la comunidad cristiana (una minoría) están los que solo esperan de ella un servicio religioso puntual, un marco ritual, solo alguna vez una referencia ética.
Lo que sí parece claro es que, por lo general, los que se dicen cristianos no difieren mucho en su estilo de vida de quienes no se reconocen como tales. Mezclados en las diversas situaciones de la vida familiar, laboral y social, comparten casi siempre actitudes, posicionamiento, intereses y valores muy semejantes. Pero, ¿qué es la vida cristiana si no es praxis de seguimiento a Jesucristo?
• Está cambiando también el modo de creer. Solo señalaré algunos datos de importancia. A diferencia de lo que sucedía en tiempos pasados, la duda no es percibida como algo que está en contradicción con la fe; se puede dudar de muchos aspectos del cristianismo pero sentirse cristiano. Además son cada vez más los que no se sienten obligados a creer todo lo que enseña el magisterio de la Iglesia ni cómo lo enseña; cada uno se reserva el derecho a pensar y creer por cuenta propia; no se siente la necesidad de un alineamiento puro, simple y sistemático. Bastantes viven en tensión dentro de una comunión básica de fe.
• Son cada vez más amplios los sectores que perciben a la Iglesia de manera negativa. Solo señalaré algunos aspectos. Se la considera como una institución anacrónica, preocupada por su propia conservación, replegada sobre sus propios problemas y aislada de la vida moderna, que evoluciona de manera acelerada; siempre en actitud conservadora y repetitiva, sin sentido alguno de creatividad. Un responsable de pastoral juvenil me hablaba en estos términos: «¿Cómo van a entrar los jóvenes en una Iglesia a la que perciben “vieja”, “parada” y sin novedad alguna?».