Creer, ¿para qué? - José Antonio Pagola Elorza - E-Book

Creer, ¿para qué? E-Book

José Antonio Pagola Elorza

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Beschreibung

Escribo estas páginas pensando sobre todo en quienes a lo largo de estos años os habéis ido alejando de la fe que vivisteis de niños. He escuchado muchas veces vuestras preguntas e interrogantes. Algunos me habéis contado con detalle vuestra trayectoria. Entiendo vuestras dudas y prejuicios: ya no sabéis si creéis o no; no sabéis si Dios os interesa para algo. Conversando con vosotros y "escuchando" vuestro corazón he llegado a una convicción: Dios puede ser una "sorpresa" para muchos de vosotros. Conoceríais una alegría nueva si aprendierais a vivir con él de otra forma. Vuestra vida se transformaría si acertarais a vivir a gusto con ese Dios amigo que se nos revela en Jesús.

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Seitenzahl: 190

Veröffentlichungsjahr: 2009

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JOSÉ ANTONIO PAGOLA

CREER, ¿PARA QUÉ?

Conversaciones con alejados

Diseño:Pablo Núñez 

Estudio SM 

©2006, Rafael Díaz-Salazar 

©2006, 2010, PPC, Editorial y Distribuidora, S.A. 

Impresores, 2 

Urbanización Prado del Espino 

28660 Boadilla del Monte (Madrid) 

[email protected]

©2008, José Antonio Pagola 

©2008, 2010, PPC, Editorial y Distribuidora, S.A. 

Impresores, 2 

Urbanización Prado del Espino 

28660 Boadilla del Monte (Madrid) 

[email protected]

www.ppc-editorial.com

ISBN versión digital:  978-84-288-2206-0

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la Ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de su propiedad intelectual. La infracción de los derechos de difusión de la obra puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos vela por el respeto de los citados derechos.

Presentación

Escribo estas páginas pensando sobre todo en quienes a lo largo de estos años os habéis ido alejando de la fe que vivisteis de niños 1. He escuchado muchas veces vuestras preguntas e incertidumbres. Algunos me habéis contado con detalle vuestra trayectoria. Entiendo vuestras dudas y prejuicios: ya no sabéis si creéis o no; no sabéis si Dios os interesa para algo. Conversando con vosotros y «escuchando» vuestro corazón he llegado a una convicción: Dios puede ser una «sorpresa» para muchos de vosotros. Conoceríais una alegría nueva si aprendierais a vivir con él de otra forma. Vuestra vida se trasformaría si acertarais a vivir a gusto con ese Dios amigo que se nos revela en Jesús.

1Gran parte de contenido de este libro ha ido viendo la luz en Arantzazu, una revista editada por los padres Franciscanos del santuario de Nuestra Señora de Aránzazu (Guipúzcoa).

Sé que dentro de vosotros no se ha apagado la fe en Dios. Muchos seguís admirando a Jesús, aunque tal vez no lo conozcáis bien ni penséis en él con frecuencia. Habéis hecho lo más fácil: dejar a un lado una religión que no os ayudaba a vivir mejor. Otros muchos –hombres y mujeres– han hecho lo mismo a lo largo de estos años. ¿Ha sido lo más acertado? 

Algunos de vosotros deseáis volver a creer, pero de manera diferente. No queréis retornar al pasado. No guardáis buenos recuerdos de vuestra experiencia religiosa de niños. No queréis retomar las creencias y prácticas de otros tiempos. Buscáis algo más auténtico y gozoso. 

A veces os preguntáis qué podéis hacer ahora, después de tantos años. No es fácil. No os veis a estas alturas hablando con un cura. Tampoco sabéis a dónde acudir o qué pasos dar. De estas cosas no se puede hablar con cualquiera. Si decís entre vuestros amigos que andáis buscando a Dios, se sorprenderán. Alguno tal vez se sonreirá. 

Lo cierto es que buscáis luz, verdad y paz. Queréis «entender» mejor algunas cosas sobre la fe, pero lo que sobre todo deseáis es comprobar si Dios os puede dar en estos momentos fuerza, alegría y esperanza para vivir. A veces intuís que vuestra vida cambiaría si pudierais encontraros con él. Querríais comunicaros con Dios de otra manera, pero no sabéis cómo. Ya no os sale rezar. También desearíais conocer mejor a Jesús, pero no sabéis por dónde empezar. ¿Qué hay que hacer para aprender a creer de una manera más viva? 

De todo esto quiero hablar con vosotros en este pequeño libro. No os quiero exponer doctrinas teóricas. Os hablo desde muy dentro, tratando de sintonizar con lo que vivís en el fondo de vuestro corazón. Solo os quiero sugerir algunos pasos para aprender a vivir y a sentir a Dios de otra manera. Dios sigue vivo. Os puede «sorprender» en cualquier momento. No cerréis ninguna puerta. No desoigáis ninguna llamada. 

En esta búsqueda, a muchos de vosotros os haría bien compartir vuestras inquietudes y experiencias con otros que están viviendo algo parecido. Siempre es estimulante y enriquecedor encontrarse con personas con las que uno puede compartir su búsqueda interior, sus dudas y prejuicios, sus dificultades para encontrarse con Dios o su deseo de creer de manera diferente. 

Pienso que lo que vosotros y vosotras necesitáis en estos momentos no es un proceso catequético, ni reuniones de formación religiosa, ni encuentros de oración para creyentes. A algunos de vosotros eso os puede hacer bien, pero probablemente lo más deseable es poder hacer vuestro recorrido en un grupo de personas que están dando sus primeros pasos hacia una fe nueva, después de haberla abandonado o descuidado durante bastante tiempo. 

A estos grupos los llamo yo «grupos de buscadores». Mi deseo es que tantas personas que buscáis sinceramente a Dios podáis encontrar en alguna parroquia o comunidad cristiana, en el entorno de algún monasterio, en el interior de algún movimiento cristiano o en cualquier otro ámbito, la posibilidad de tomar parte en alguno de estos grupos. Movido por este deseo ofrezco al final de este libro algunas modestas sugerencias que puedan animar a alguien a crear un «grupo de buscadores». Nada puede sustituir la creatividad de los evangelizadores, pero en estos momentos es bueno que nos ayudemos mutuamente compartiendo nuestras pequeñas experiencias. Este es el sentido de los Anexos que encontraréis en las páginas 149-213. 

Por último os quiero recordar a todos unas palabras de Jesús. Para mí encierran una gran verdad. Dicen así: «Buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá... porque quien busca está encontrando y al que llama, se le abrirá».

José Antonio Pagola junio de 2008 

1

Creer, ¿para qué?

¿Cómo se deja de creer?

Más de una vez me he encontrado con personas que, de entrada, me han dicho con toda sinceridad: «Mira, yo no sé lo que me ha pasado estos años, pero he cambiado mucho por dentro. Ya no sé si creo o no. No estoy seguro de nada». Tal vez también a ti te sucede algo de esto. Si quieres, vamos a pensar juntos: ¿cómo se deja de ser creyente?

A algunos os ha pasado una cosa muy sencilla. Sin daros cuenta habéis ido abandonando todo lo que podía nutrir vuestra fe. Y, naturalmente, privada de alimento, vuestra fe se ha ido extinguiendo. Algunos me decís que no habéis tenido tiempo para «esas cosas». Bastante teníais con estudiar o buscar trabajo. Otros ponéis otras razones... No es difícil entenderos. Pero hay una cosa muy clara: si no la alimentas, tu fe terminará muriendo del todo. Si quieres reavivarla la tienes que cuidar mejor. 

Al mismo tiempo os ha podido pasar otra cosa. Sencillamente, la fe que habéis vivido de niños se os ha quedado corta, como los trajes que usabais aquellos años. Habéis ido creciendo en conocimientos, en cultura y personalidad, pero vuestra fe no ha crecido. Es normal que esa «religión infantil» no os sirva ahora para dar sentido y orientación a vuestra vida de adultos. Si ahora queréis vivir una fe adulta, tendréis que dejar a un lado esquemas y planteamientos infantiles, y aprender a creer de manera más responsable. 

Otros habéis ido dejando la fe porque os habéis sentido maltratados por la vida. Ya no creéis en nada ni en nadie. Al menos eso os parece. Vuestras heridas son demasiado dolorosas para poder vivir con paz interior. Para reavivar vuestra fe necesitáis descubrir a un Dios Amigo. Cuánto bien os haría encontraros con creyentes buenos que os escuchen y comprendan. 

Otros me decís que estáis decepcionados por las posiciones que adopta la jerarquía de la Iglesia. Os hace «daño» leer ciertas declaraciones. No os sentís bien en la Iglesia. Os parece anacrónica, poco tolerante, machista, prepotente. Sé muy bien lo que sentís. Yo conozco bastante bien la Iglesia por dentro y sufro al ver lo lejos que estamos del evangelio en muchas cosas. Pero no tenemos que confundir nunca a Dios con los obispos o los curas. Si quieres encontrarte con Dios, lo importante es que escuches tu propia conciencia, sin buscar excusas en lo que hacen los demás. 

Algunos no habéis tenido fuerza para soportar el clima que se respira hoy entre nosotros. Habéis tenido que escuchar a veces insinuaciones y frases que os han hecho daño: «¿Todavía vas a misa?», «¿aún no te has liberado de los curas?», «¿sigues creyendo en esos cuentos?». Poco a poco, sin darte cuenta, tu fe ha quedado como «reprimida» dentro de ti. Al final has terminado haciendo lo que hacen muchos: dejarlo todo. Si quieres descubrir lo que Dios puede ser para ti, tienes que reaccionar y ser tú mismo. No es bueno vivir «como todos», sin escuchar los interrogantes y anhelos que llevas dentro de ti. 

Otros, tal vez, habéis vivido experiencias íntimas que os han hecho mucho daño. Nunca las habéis contado a nadie, pero están muy dentro de vosotros: la muerte que os arrebató al ser más querido; el aborto al que os forzó vuestra pareja; esa enfermedad que ha cambiado totalmente vuestra vida... ¿Cómo vais a confiar en Dios? Tal vez lo primero es curar vuestras heridas. Vosotros necesitáis más que nadie el consuelo de Dios. 

Sin duda son variados y diferentes los caminos que pueden alejar de Dios. Solo tú sabes lo que has vivido. Ahora, si quieres encontrarte con él, tendrás que recorrer también tu propio camino. Nadie lo puede hacer por ti. Tú eres el que tiene que escuchar a Dios en el fondo de tu corazón.

Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios por este camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol... y un camino virgen Dios.

León Felipe,  poeta (1884-1968)

Sin camino

También a ti te puede pasar lo que a otros muchos. Te sientes a veces como «perdido». Pero tal vez tu problema no consiste en que vivas extraviado o descaminado. Es algo más profundo y preocupante. Sencillamente vives sin camino.

Muchas personas viven hoy así. Se mueven mucho, hablan sin cesar, trabajan activamente. Se las ve siempre corriendo, pero en realidad no van a ninguna parte. No tienen meta ni camino. 

¿Te sucede algo de esto? Tal vez vives girando sobre ti mismo y tus pequeños intereses. Tu vida consiste en repetir lo mismo semana tras semana. No conoces la alegría del que se renueva y crece. 

Si te sientes como «perdido» es porque vives sin dirección y sin horizonte. En realidad no sabes lo que es extraviarte ni reencontrarte. Lo que a ti te pasa es que no tienes camino. O tal vez algo todavía más triste: vives andando y desandando cada día los mil caminos que desde fuera te van indicando las consignas y las modas del momento. 

Piensa un poco. Encerrado en tu propio «ego», no conoces el camino que te lleve al encuentro con los demás. Tal vez tratas con muchas personas, pero no conoces la verdadera amistad o la ternura. Ni tú mismo te das cuenta, pero vives utilizando hábilmente a los demás. Rara vez te detienes ante el misterio del otro. Vives encerrado en ti mismo. Necesitas encontrar un camino que te abra a las personas. 

No es solo eso. Te mueves por todas partes, ves los colores, tocas las cosas, saboreas la vida. Cómo disfrutas de la playa, la montaña o el mar. Pero no aciertas a descubrir nunca la presencia del Creador que lo penetra todo. En tu pequeño mundo no hay un resquicio que te conduzca hacia Dios. 

Hace tiempo que no te encuentras tampoco contigo mismo. Vives fuera de ti, en tu epidermis, sin vislumbrar ningún camino interior para descender al fondo de tu ser y escuchar la llamada que te invita a vivir de manera diferente. 

Y, ¿qué puede hacer un hombre o una mujer cuando descubre que su alma es un inmenso desierto sin caminos? ¿A quién te puedes dirigir? ¿Hacia dónde puedes caminar? 

Por razones que solo tú sabes, te has ido alejando de casi todo lo «religioso». Lo has dejado como algo inútil y desfasado. Pero no deberías rechazar a ligera esas palabras extrañas y enigmáticas de Jesús: «Yo soy el camino». ¿Y si fuera verdad? 

Tal vez estos años has ido abandonando algo que ni siquiera has llegado a conocer bien. Tú pensabas que ser cristiano consistía en confesar unos dogmas, ir a misa los domingos y, sobre todo, cumplir los mandamientos. Te falta lo más importante: descubrir que Jesús es un camino que hay que recorrer. 

Te voy a decir algo que probablemente desconoces. Los primeros cristianos no hablan del cristianismo como si fuera una «religión». Nunca lo llaman así. Lo que ellos han encontrado en Jesús no es una nueva religión, sino el «camino» más acertado para vivir. Dicen que es un «camino nuevo y vivo», «inaugurado por Jesús para nosotros». Un camino que hay que recorrer «con los ojos fijos en él». 

Si te acercas a Jesús, lo que vas a encontrar no es una religión, sino un camino nuevo para vivir. Y tú sabes muy bien lo que es un camino. A veces avanzarás con seguridad, otras veces encontrarás obstáculos, te cansarás, incluso podrás retroceder. Todo es parte del camino. Si sigues los pasos de Jesús, podrás tener malos momentos, dudas, extravíos, pero tendrás un camino.

Ven, pastor. Deja las noventa y nueve y busca la oveja que se ha perdido... Búscame, encuéntrame, acógeme, llévame. Tú puedes encontrar al que buscas, tomarlo en brazos y llevártelo contigo.

Ambrosio,  obispo de Milán (340-397)

No es tan fácil ser agnóstico

No sé si tú lo sueles decir. Yo se lo he escuchado a más de uno: «Soy agnóstico». Algunos lo confiesan con tono seguro y firme, como si fuera tan fácil vivir de verdad en una actitud agnóstica. Yo pienso que hay pocos agnósticos entre nosotros.

Un agnóstico es una persona que busca sinceramente dónde está el misterio último de la vida y, al no encontrar motivos para creer en Dios, lo deja en suspenso. El agnóstico busca a Dios, pero no logra encontrarse con él. Entonces adopta la postura más honesta en ese momento: «No sé si Dios existe. Por ahora yo no encuentro motivos ni para creer ni para no creer». 

Pero, ¿es esto lo que ocurre? En general, la postura más extendida entre nosotros es sencillamente olvidarse de Dios. Muchos de los que se llaman «agnósticos» son en realidad personas que no buscan. Xavier Zubiri (1898-1983), famoso filósofo donostiarra y gran creyente, decía que muchas personas viven «sin voluntad de verdad real». 

A bastantes les resulta indiferente que Dios exista o no exista. Les da igual que la vida termine aquí o no. Les basta con vivir lo mejor posible y desentenderse de todo lo demás. Viven sin buscar cuál puede ser el misterio último del mundo y de la vida. ¿No te puede estar pasando a ti algo de esto? 

Hace unos años, el escritor francés Charles Chabanis publicó sus famosas entrevistas a los ateos más prestigiosos de nuestros días. Pensaba encontrar en ellos un ateísmo riguroso y bien fundamentado. En realidad descubrió que, detrás de graves profesiones de lucidez y honestidad intelectual, se escondía con frecuencia una «ausencia de búsqueda de verdad». Es lo que nos puede pasar a todos: una buena parte de los que dejan de creer en Dios lo hacen sin haber hecho ningún esfuerzo por buscarlo. 

Pero, ¿podemos decir que esta es la postura más auténtica de una persona? ¿Te parece una actitud «progresista» vivir sin buscar la verdad última de todo? ¿Cómo puede uno saber que no es posible creer si nunca ha buscado a Dios? 

Te puede suceder algo muy sencillo. No tienes ni tiempo ni ganas de ocuparte de estas cuestiones. Y entonces quieres mantenerte en una especie de «postura neutral», sin decidirte ni a favor ni en contra de la fe: «soy agnóstico». No te das cuenta de que, así, estás tomando ya una decisión, la peor de todas: vivir en adelante sin buscar. 

Hoy se dice con toda tranquilidad que no tiene sentido buscar «el sentido de la vida». Ciertamente es más cómodo no adentrarnos en nuestro corazón, no escuchar las preguntas que nos brotan de lo hondo de nuestro ser ni las llamadas que hay en la vida. Pero el que renuncia a buscar un sentido a la vida está diciendo literalmente que quiere vivir una vida «in-sensata». ¿Lo has pensado alguna vez? 

Eludir el problema de Dios, vivir cerrado a toda llamada interior, pasarse la vida en una postura de «neutralidad religiosa» y presentarse ante los demás como «agnóstico» puede ser la mejor manera de engañarte a ti mismo. 

Por lo general, no nos atrevemos a confesarlo a nadie, pero nuestro mayor riesgo, también el tuyo y el mío, es pasarnos la vida entera engañándonos a nosotros mismos. No nos encontramos con Dios porque en nuestro corazón falta verdad interior. 

Por eso es bueno recordar las palabras de Agustín, obispo de Hipona, gran buscador de Dios. Dice así: «Tú puedes mentir a Dios, pero no puedes engañarle. Por eso, cuando tratas de mentirle, te engañas a ti mismo».

¿Por qué, Señor, nos dejas en la duda, duda de muerte? ¿Por qué te escondes? ¿Por qué encendiste en nuestro pecho el ansia de conocerte, el ansia de que existas...? ¿Por qué hiciste la vida? ¿Qué significa todo, qué sentido tienen los seres?

Miguel de Unamuno,  escritor y filósofo (1864-1936)

Creer, ¿para qué?

A veces, cuando hablo de Dios con algunas personas que han abandonado toda práctica religiosa, me doy cuenta de que seguramente nunca han tenido la experiencia de encontrarse con él. Me hablan del aburrimiento de las misas, del miedo al infierno, de los pecados contra el sexto mandamiento, de sus confesiones «sacrílegas», de la semana santa... Apenas recuerdan hoy alguna experiencia positiva.

No es fácil saber en cada caso por qué ha quedado en su interior un recuerdo tan negativo. Si a ti te sucede algo de esto, es normal que la fe no te resulte atractiva: ¿qué te puede aportar?, ¿qué puedes salir ganando con preocuparte de estas cosas?, ¿para qué sirve creer? Hoy quiero hablar contigo de esto. 

Tú sabes muy bien que los creyentes tenemos los mismos problemas y sufrimientos que todo el mundo. La fe no le dispensa a nadie de las preocupaciones y dificultades de cada día. Pero si un creyente cuida en el fondo de su corazón la confianza en Dios, descubre una luz, un estímulo y un horizonte nuevo para vivir. 

En primer lugar, el creyente puede acoger la vida cada mañana como un regalo de Dios. La vida no es una casualidad; tampoco es una lucha solitaria frente a las adversidades. Dios me regala un nuevo día. No estoy solo en la vida. Alguien cuida de mí. Viviré este día confiando en él. 

El creyente puede conocer también la alegría de saberse perdonado. En medio de sus errores y mediocridad puede experimentar la inmensa comprensión de Dios. Yo no soy mejor que los demás. Conozco mi pecado y mi fragilidad. Mi suerte es poder sentirme perdonado y renovado interiormente para comenzar siempre de nuevo una vida más humana. 

El creyente cuenta también con una luz nueva frente al mal. La fe no es una droga ni un tranquilizante frente a las desgracias. Yo no me veo liberado del sufrimiento, pero le puedo dar un sentido nuevo y diferente. Dios quiere verme feliz. Puedo vivir sin autodestruirme ni caer en la desesperación. 

¿Para qué creer? Para sentirme acogido por Dios cuando me veo solo e incomprendido; para sentirme consolado en el momento del dolor y la depresión; para verme fortalecido en mi impotencia y pequeñez; para sentirme invitado a vivir, a amar, a crear vida a pesar de mi fragilidad. 

¿Para qué creer? Para situar las cosas en su verdadera perspectiva y dimensión; para vivir incluso los acontecimientos que parecen pequeños e insignificantes con más hondura; para tener más fuerza para amar a las personas. 

¿Para qué creer? Para no ahogar en mí el deseo de vida hasta el infinito; para defender mi libertad y no terminar esclavo de cualquier ídolo; para vivir abierto a la verdad última de la vida; para no perder la esperanza en el ser humano. 

¿Para qué creer? Para no vivir a medias; para no contentarme con «ir tirando»; para no ser un «vividor»; para vivir de una manera digna y gratificante; para no estancarme en la vida; para ir aprendiendo desde el evangelio maneras nuevas y más humanas de trabajar y disfrutar, de sufrir y de vivir. 

Siempre me ha conmovido esa postura noble del gran científico ateo Jean Rostand. Cuentan que le gustaba repetir a sus amigos cristianos: «Vosotros tenéis la suerte de creer». Y, cuando planteaba la cuestión de la fe, solía afirmar: «De lo que yo estoy seguro es de que me gustaría que Dios existiera». Son palabras que hacen pensar. 

Son bastantes las personas que poco a poco han arrinconado a Dios en su vida. Ya no cuentan con él a la hora de orientar y dar sentido a su vivir diario. No les preocupa que Dios exista o deje de existir. Piensan que tener fe es creer una serie de cosas extrañas que nada tienen que ver con la vida. Si quieres reavivar tu fe tienes que abrirte a un Dios vivo, que te quiere ver lleno de vida. Un Dios que puede ser para ti el mejor estímulo y la mejor ayuda para vivir. 

Hoy se habla mucho de aquellos que se alejan de la fe, pero no se dice que hay personas que no solo no abandonan su fe, sino que se preocupan más que nunca de cuidarla y purificarla, porque sienten que Dios les ayuda a enfrentarse a la vida de una manera más humana.

Tú estas cerca, estás cerca siempre, seamos conscientes o no, te aceptemos o te rechacemos, te lo digamos o no. Tú estás cerca.

Patxi Loidi,  sacerdote y poeta

No da lo mismo creer que no creer

Tal vez pienses que los creyentes creemos en Dios porque hemos descubierto no sé qué pruebas, argumentos o razones que a ti se te escapan. No. La fe en Dios no brota así en nuestro corazón. Al menos yo no creo porque tenga pruebas científicas que me han convencido para creer.

La confianza en Dios nace dentro de mí en un nivel más hondo. Creer en Dios es creer en la vida, intuir que el mundo tiene un sentido último, confiar en el Misterio que encierra la creación: un Dios que es amor. 

No es cuestión de pruebas que te den seguridad. Podemos estar muy seguros de las cosas más simples: sabemos que dos y dos son cuatro. Pero cuanto más profundo es el misterio en el que queremos ahondar, tanto más hemos de abrirnos a él, prepararnos interiormente, acogerlo con toda nuestra persona, escuchar toda llamada, por pequeña y humilde que nos pueda parecer. 

Tal vez estés pensando: «Pero, ¿qué necesidad tenemos de plantearnos la cuestión de Dios?, ¿no hay asuntos más importantes?, ¿para qué nos puede servir Dios?, ¿cambia algo la vida?». 

Como es natural, si una persona no ha vivido nunca la experiencia de creer en Dios, no puede sospechar qué significa creer en él. Incluso los que nos sentimos creyentes a veces no valoramos todo lo que encierra entender y vivir la vida desde la fe en Dios. Aunque sea de manera torpe, voy a tratar de recordarlo. 

Creer en Dios significa sentir que este mundo que me rodea y en el que vivo no es algo cerrado, sin profundidad ni misterio alguno, algo que se termina en sí mismo. Esto es solo el «punto de partida». La Vida es más que esta vida. Este mundo, tal como lo conozco hoy, lleno de problemas, conflictos y sufrimiento, no es nuestro destino último.