El camino abierto por Jesús. Mateo - José Antonio Pagola Elorza - E-Book

El camino abierto por Jesús. Mateo E-Book

José Antonio Pagola Elorza

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Primero de una serie de cuatro libros, que recoge algunos de los muchos comentarios a los textos del Evangelio de Mateo publicados por el autor. Está redactada con la finalidad de ayudar a entrar por la senda abierta por Jesús, centrando nuestra fe en el seguimiento a su persona. Un libro que nace de la voluntad de recuperar la Buena Noticia de Jesús para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Obra de gran éxito y que se trabaja tanto personal como grupalmente.

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Veröffentlichungsjahr: 2013

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EL CAMINO ABIERTO POR JESÚS

MATEO

PRESENTACIÓN

Los cristianos de las primeras comunidades se sentían antes que nada seguidores de Jesús. Para ellos, creer en Jesucristo es entrar por su «camino» siguiendo sus pasos. Un antiguo escrito cristiano, conocido como carta a los Hebreos, dice que es un «camino nuevo y vivo». No es el camino transitado en el pasado por el pueblo de Israel, sino un camino «inaugurado por Jesús para nosotros» (Hebreos 10,20).

Este camino cristiano es un recorrido que se va haciendo paso a paso a lo largo de toda la vida. A veces parece sencillo y llano, otras duro y difícil. En el camino hay momentos de seguridad y gozo, también horas de cansancio y desaliento. Caminar tras las huellas de Jesús es dar pasos, tomar decisiones, superar obstáculos, abandonar sendas equivocadas, descubrir horizontes nuevos... Todo es parte del camino. Los primeros cristianos se esfuerzan por recorrerlo «con los ojos fijos en Jesús», pues saben que solo él es «el que inicia y consuma la fe» (Hebreos 12,2).

Por desgracia, tal como es vivido hoy por muchos, el cristianismo no suscita «seguidores» de Jesús, sino solo «adeptos a una religión». No genera discípulos que, identificados con su proyecto, se entregan a abrir caminos al reino de Dios, sino miembros de una institución que cumplen mejor o peor sus obligaciones religiosas. Muchos de ellos corren el riesgo de no conocer nunca la experiencia cristiana más originaria y apasionante: entrar por el camino abierto por Jesús.

La renovación de la Iglesia está exigiéndonos hoy pasar de unas comunidades formadas mayoritariamente por «adeptos» a unas comunidades de «discípulos» y «seguidores» de Jesús. Lo necesitamos para aprender a vivir más identificados con su proyecto, menos esclavos de un pasado no siempre fiel al evangelio y más libres de miedos y servidumbres que nos pueden impedir escuchar su llamada a la conversión.

¿Posee la Iglesia en este momento el vigor espiritual que necesita para enfrentarse a los retos del momento actual? Sin duda son muchos los factores, tanto dentro como fuera de ella, que pueden explicar esta mediocridad espiritual, pero probablemente la causa principal esté en la ausencia de adhesión vital a Jesucristo. Muchos cristianos no conocen la energía dinamizadora que se encierra en Jesús cuando es vivido y seguido por sus discípulos desde un contacto íntimo y vital. Muchas comunidades cristianas no sospechan la transformación que hoy mismo se produciría en ellas si la persona concreta de Jesús y su evangelio ocuparan el centro de su vida.

Ha llegado el momento de reaccionar. Hemos de esforzarnos por poner el relato de Jesús en el corazón de los creyentes y en el centro de las comunidades cristianas. Necesitamos fijar nuestra mirada en su rostro, sintonizar con su vida concreta, acoger al Espíritu que lo anima, seguir su trayectoria de entrega al reino de Dios hasta la muerte y dejarnos transformar por su resurrección. Para todo ello, nada nos puede ayudar más que adentrarnos en el relato que nos ofrecen los evangelistas.

Los cuatro evangelios constituyen para los seguidores de Jesús una obra de importancia única e irrepetible. No son libros didácticos que exponen doctrina académica sobre Jesús. Tampoco biografías redactadas para informar con detalle sobre su trayectoria histórica. Estos relatos nos acercan a Jesús tal como era recordado con fe y con amor por las primeras generaciones cristianas. Por una parte, en ellos encontramos el impacto causado por Jesús en los primeros que se sintieron atraídos por él y le siguieron. Por otra, han sido escritos para engendrar el seguimiento de nuevos discípulos.

Por eso los evangelios invitan a entrar en un proceso de cambio, de seguimiento de Jesús y de identificación con su proyecto. Son relatos de conversión, y en esa misma actitud han de ser leídos, predicados, meditados y guardados en el corazón de cada creyente y en el seno de cada comunidad cristiana. La experiencia de escuchar juntos los evangelios se convierte entonces en la fuerza más poderosa que posee una comunidad para su transformación. En ese contacto vivo con el relato de Jesús, los creyentes recibimos luz y fuerza para reproducir hoy su estilo de vida, y para abrir nuevos caminos al proyecto del reino de Dios.

Esta publicación se titula El camino abierto por Jesús y consta de cuatro volúmenes, dedicados sucesivamente al evangelio de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan. Está elaborado con la finalidad de ayudar a entrar por el camino abierto por Jesús, centrando nuestra fe en el seguimiento a su persona. En cada volumen se propone un acercamiento al relato de Jesús tal como es recogido y ofrecido por cada evangelista.

En el comentario al evangelio se sigue el recorrido diseñado por el evangelista, deteniéndonos en los pasajes que la Iglesia propone a las comunidades cristianas para ser proclamados al reunirse a celebrar la eucaristía dominical. En cada pasaje se ofrece el texto evangélico y cinco breves comentarios con sugerencias para ahondar en el relato de Jesús.

El lector podrá comprobar que los comentarios están redactados desde unas claves básicas: destacan la Buena Noticia de Dios anunciada por Jesús, fuente inagotable de vida y de compasión hacia todos; sugieren caminos para seguirle a él, reproduciendo hoy su estilo de vida y sus actitudes; ofrecen sugerencias para impulsar la renovación de las comunidades cristianas acogiendo su Espíritu; recuerdan sus llamadas concretas a comprometernos en el proyecto del reino de Dios en medio de la sociedad actual; invitan a vivir estos tiempos de crisis e incertidumbres arraigados en la esperanza en Cristo resucitado1.

Al escribir estás páginas he pensado sobre todo en las comunidades cristianas, tan necesitadas de aliento y de nuevo vigor espiritual; he tenido muy presentes a tantos creyentes sencillos en los que Jesús puede encender una fe nueva. Pero he querido ofrecer también el evangelio de Jesús a quienes viven sin caminos hacia Dios, perdidos en el laberinto de una vida desquiciada o instalados en un nivel de existencia en el que es difícil abrirse al misterio último de la vida. Sé que Jesús puede ser para ellos la mejor noticia.

Este libro nace de mi voluntad de recuperar la Buena Noticia de Jesús para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. No he recibido la vocación de evangelizador para condenar, sino para liberar. No me siento llamado por Jesús a juzgar al mundo, sino a despertar esperanza. No me envía a apagar la mecha que se extingue, sino a encender la fe que está queriendo brotar.

San Sebastián, 31 de julio de 2010,

fiesta de san Ignacio de Loyola

EVANGELIO DE MATEO

El evangelio de Mateo ha sido el más leído y citado desde los primeros siglos. Ha gozado de un prestigio extraordinario y ocupa siempre el primer lugar en todas las listas de evangelistas. Se le ha llamado «el gran evangelio», pues expone de forma más extensa que ninguno la enseñanza de Jesús a lo largo de sus veintiocho capítulos.

No conocemos con exactitud la fecha ni el lugar de su composición. Probablemente fue escrito en la región de Antioquía de Siria, entre los años 80 y 90, ciertamente después de la destrucción de Jerusalén en el año 70. El escrito está dirigido a cristianos que provienen del judaísmo, se sienten «hijos de Abrahán» y han sido instruidos en la ley de Moisés.

El evangelio está escrito en un momento crítico. Destruido el templo en el año 70, los rabinos fariseos están tratando de restaurar el judaísmo en torno a la ley de Moisés proclamada en las sinagogas. Por el mismo tiempo, los seguidores de Jesús están estableciendo comunidades cristianas entre los judíos de la diáspora. No son raras las tensiones y los conflictos entre el «mundo de la sinagoga» dirigido por los fariseos y el «movimiento de Jesús» impulsado por sus discípulos y seguidores.

En este momento crucial, Mateo proclama que Jesús no es un falso profeta ejecutado en la cruz, sino el verdadero «Mesías», resucitado por Dios, en el que alcanza su culminación la historia de Israel; no es un maestro fracasado, sino el «nuevo Moisés», portador de una nueva ley de vida; de este Jesús, el Cristo, está naciendo el «nuevo Israel», la Iglesia convocada por el Resucitado; destruido el templo, Jesús, el «hijo amado de Dios», es la nueva presencia de Dios en el mundo. Voy a señalar brevemente algunas claves para acercarnos al relato de Jesús según el evangelio de Mateo.

• A pesar de haber sido rechazado por su propio pueblo, Jesús es el cumplimiento de las promesas hechas por Dios a Israel. Mateo lo subraya a lo largo de todo su evangelio. La historia de Israel es hoy para nosotros prototipo de una humanidad que busca el cumplimiento de sus anhelos más profundos, pero se resiste a la «novedad» de Cristo y se cierra a la salvación que Dios nos ofrece en él. Este es también hoy nuestro riesgo, incluso en el interior de nuestras comunidades cristianas. El evangelio de Mateo nos ayudará a descubrir mejor la «novedad» de Cristo y a acogerlo con fe renovada.

• Jesús es la presencia de Dios en medio de nosotros. Desde el comienzo se nos dice que Jesús es el «Emmanuel» anunciado por Isaías: «Dios con nosotros». Mateo quiere que leamos su evangelio viendo en Jesús y en toda su actuación la presencia de Dios en medio de nosotros: en sus palabras escuchamos la Palabra de Dios, en sus gestos experimentamos su amor salvador. Al culminar el relato, el Resucitado hace esta promesa inolvidable a sus discípulos: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». No estamos solos en estos tiempos difíciles. Dios nos acompaña desde Jesús. Por eso lo podemos encontrar en su comunidad de seguidores, pues donde dos o tres se reúnen en su nombre, allí está él. Y por eso hemos de acogerlo en los pequeños, pues cuanto les hacemos a ellos se lo estamos haciendo a él.

• Jesús es el Profeta de la nueva Ley. Mateo estructura su escrito en torno a cinco grandes discursos que constituyen los pilares de su evangelio. En ellos ofrece la enseñanza fundamental de Jesús: el discurso de la montaña (caps. 5-7); el discurso de la misión (cap. 10); el discurso de las parábolas del reino (cap. 13); el discurso sobre la Iglesia (cap. 18) y el discurso sobre la espera del Día final (caps. 24-25). Podemos decir que el evangelio de Mateo es una gran invitación a acoger a Jesús como único Maestro de vida. A lo largo de nuestro recorrido iremos aprendiendo lo más esencial de su mensaje, y nos esforzaremos por convertirnos en sus discípulos y seguidores.

• Jesús es el Mesías, Hijo de Dios que convoca al nuevo Israel. El evangelista lo llama «Iglesia». Esta Iglesia es la comunidad formada por aquellos que escuchan la llamada de Jesús para seguirle; no es una nueva escuela rabínica; no es la religión de un pueblo o de los miembros de una raza elegida. Es una comunidad abierta a una misión universal. Esta Iglesia es de Cristo. La construye él sobre la «roca» que es Pedro. En esta Iglesia todos somos «discípulos», pues Cristo es el único Maestro del que todos hemos de aprender. Todos somos «hermanos», pues somos hijos e hijas de un solo Padre, el del cielo. En ella se ha de cuidar sobre todo a los «pequeños». En la Iglesia ha de practicarse la corrección fraterna y el perdón incondicional. En el evangelio de Mateo iremos descubriendo llamadas, criterios y actitudes que nos pueden impulsar a renovar nuestras comunidades cristianas.

• El discurso de la montaña nos ofrece una de las claves más importantes para acoger la novedad de nuestra fe. Ya no tenemos que vivir de la ley de Moisés, sino del evangelio de Jesús proclamado en esa montaña que representa el nuevo Sinaí. En nuestro recorrido nos detendremos a profundizar en las bienaventuranzas, verdadero programa para el discípulo de Jesús; grabaremos en nuestro corazón su mandato del amor al enemigo, el exponente más diáfano y escandaloso del evangelio; nos dejaremos interpelar por su advertencia: «No podéis servir a Dios y al Dinero»; escucharemos su llamada a ser «sal» que pone sabor nuevo a la existencia y «luz» capaz de alumbrar también hoy el camino del ser humano.

• El discurso de las parábolas del reino despertará en nosotros el deseo de descubrir y vivir el gran proyecto del reino de Dios que Jesús llevaba en su corazón. Las parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa nos llamarán a estar siempre abiertos a la sorpresa del encuentro con Dios. La de la levadura nos invitará a vivir en medio de la sociedad con la fuerza transformadora del fermento. El relato del sembrador nos enseñará a sembrar el evangelio al estilo de Jesús. La parábola del trigo y la cizaña nos pedirá aprender a vivir sin condenar.

• Meditando los gestos de Jesús y escuchando sus palabras iremos aprendiendo otros aspectos que configuran el estilo de vida de quien entra por el camino abierto por Jesús. Es un camino que hemos de recorrer dispuestos a cargar con la cruz, expulsando de nuestra vida el miedo, con el corazón de los sencillos –a los que se revela el Padre–, perdonando setenta veces siete, aliviando el sufrimiento, buscando en Jesús nuestro descanso cuando nos sentimos agobiados...

• En nuestro recorrido encontraremos también en el evangelio de Mateo parábolas en las que Jesús nos invita a vivir esperando su venida definitiva en actitud despierta y vigilante, con las lámparas encendidas en medio de la noche, arriesgando nuestros talentos sin caer en el conservadurismo y preparándonos a ser juzgados por nuestro comportamiento compasivo o indiferente ante los necesitados que hayamos encontrado en nuestro camino.

1

EL NOMBRE DE JESÚS

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera. La madre de Jesús estaba desposada con José, y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor, que le dijo:

–José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (que significa: «Dios con nosotros»).

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer (Mateo 1,18-24).

LE PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS

Entre los hebreos no se le ponía al recién nacido un nombre cualquiera, de forma arbitraria, pues el «nombre», como en casi todas las culturas antiguas, indica el ser de la persona, su verdadera identidad, lo que se espera de ella.

Por eso el evangelista Mateo tiene tanto interés en explicar desde el comienzo a sus lectores el significado profundo del nombre de quien va a ser el protagonista de su relato. El «nombre» de ese niño que todavía no ha nacido es «Jesús», que significa «Dios salva». Se llamará así porque «salvará a su pueblo de los pecados».

En el año 70, Vespasiano, designado como nuevo emperador mientras estaba sofocando la rebelión judía, marcha hacia Roma, donde es recibido y aclamado con dos nombres: «Salvador» y «Benefactor». El evangelista Mateo quiere dejar las cosas claras. El «salvador» que necesita el mundo no es Vespasiano, sino Jesús.

La salvación no nos llegará de ningún emperador ni de ninguna victoria de un pueblo sobre otro. La humanidad necesita ser salvada del mal, de las injusticias y de la violencia; necesita ser perdonada y reorientada hacia una vida más digna del ser humano. Esta es la salvación que se nos ofrece en Jesús.

Mateo le asigna además otro nombre: «Emmanuel». Sabe que nadie ha sido llamado así a lo largo de la historia. Es un nombre chocante, absolutamente nuevo, que significa «Dios con nosotros». Un nombre que le atribuimos a Jesús los que creemos que, en él y desde él, Dios nos acompaña, nos bendice y nos salva.

Las primeras generaciones cristianas llevaban el nombre de Jesús grabado en su corazón. Lo repetían una y otra vez. Se bautizaban en su nombre, se reunían a orar en su nombre. Para Mateo, el nombre de Jesús es una síntesis de su fe. Para Pablo, nada hay más grande. Según uno de los primeros himnos cristianos, «ante el nombre de Jesús se ha de doblar toda rodilla» (Filipenses 2,10).

Después de veinte siglos, los cristianos hemos de aprender a pronunciar el nombre de Jesús de manera nueva: con cariño y amor, con fe renovada y en actitud de conversión. Con su nombre en nuestros labios y en nuestro corazón podemos vivir y morir con esperanza.

DIOS ESTÁ CON NOSOTROS

La Navidad está tan desfigurada que parece casi imposible hoy ayudar a alguien a comprender el misterio que encierra. Tal vez hay un camino, pero lo ha de recorrer cada uno. No consiste en entender grandes explicaciones teológicas, sino en vivir una experiencia interior humilde ante Dios.

Las grandes experiencias de la vida son un regalo, pero, de ordinario, solo las viven quienes están dispuestos a recibirlas. Para vivir la experiencia del Hijo de Dios hecho hombre hay que prepararse por dentro. El evangelista Mateo nos viene a decir que Jesús, el niño que nace en Belén, es el único al que podemos llamar con toda verdad «Emmanuel», que significa «Dios con nosotros». Pero, ¿qué quiere decir esto? ¿Cómo puedes tú «saber» que Dios está contigo?

Ten valor para quedarte a solas. Busca un lugar tranquilo y sosegado. Escúchate a ti mismo. Acércate silenciosamente a lo más íntimo de tu ser. Es fácil que experimentes una sensación tremenda: qué solo estás en la vida; qué lejos están todas esas personas que te rodean y a las que te sientes unido por el amor. Te quieren mucho, pero están fuera de ti.

Sigue en silencio. Tal vez sientas una impresión extraña: tú vives porque estás arraigado en una realidad inmensa y desconocida. ¿De dónde te llega la vida? ¿Qué hay en el fondo de tu ser? Si eres capaz de «aguantar» un poco más el silencio, probablemente empieces a sentir temor y, al mismo tiempo, paz. Estás ante el misterio último de tu ser. Los creyentes lo llaman Dios.

Abandónate a ese misterio con confianza. Dios te parece inmenso y lejano. Pero, si te abres a él, lo sentirás cercano. Dios está en ti sosteniendo tu fragilidad y haciéndote vivir. No es como las personas que te quieren desde fuera. Dios está en tu mismo ser.

Según Karl Rahner, «esta experiencia del corazón es la única con la que se puede comprender el mensaje de fe de la Navidad: Dios se ha hecho hombre». Ya nunca estarás solo. Nadie está solo. Dios está con nosotros. Ahora sabes «algo» de la Navidad. Puedes celebrarla, disfrutar y felicitar. Puedes gozar con los tuyos y ser más generoso con los que sufren y viven tristes. Dios está contigo.

¿NO NECESITAMOS A DIOS ENTRE NOSOTROS?

Hay una pregunta que todos los años me ronda desde que comienzo a observar por las calles los preparativos que anuncian la proximidad de la Navidad: ¿Qué puede haber todavía de verdad en el fondo de esas fiestas tan estropeadas por intereses consumistas y por nuestra propia mediocridad?

No soy el único. A muchas personas les oigo hablar de la superficialidad navideña, de la pérdida de su carácter familiar y hogareño, de la vergonzosa manipulación de los símbolos religiosos y de tantos excesos y despropósitos que deterioran hoy la Navidad.

Pero, a mi juicio, el problema es más hondo. ¿Cómo puede celebrar el misterio de un «Dioshecho hombre» una sociedad que vive prácticamente de espaldas a Dios, y que destruye de tantas maneras la dignidad del ser humano?

¿Cómo puede celebrar «el nacimiento de Dios» una sociedad en la que el célebre profesor francés G. Lipovetsky, al describir la actual indiferencia, ha podido decir estas palabras: «Dios ha muerto, las grandes finalidades se extinguen, pero a todo el mundo le da igual, esta es la feliz noticia»?

Al parecer, son bastantes las personas a las que les da exactamente igual creer o no creer, oír que «Dios ha muerto» o que «Dios ha nacido». Su vida sigue funcionando como siempre. No parecen necesitar ya de Dios.

Y, sin embargo, la historia contemporánea nos está obligando ya a hacernos algunas graves preguntas. Hace algún tiempo se hablaba de «la muerte de Dios»; hoy se habla de «la muerte del hombre». Hace algunos años se proclamaba «la desaparición de Dios»; hoy se anuncia «la desaparición del hombre». ¿No será que la muerte de Dios arrastra consigo de manera inevitable la muerte del hombre?

Expulsado Dios de nuestras vidas, encerrados en un mundo creado por nosotros mismos y que no refleja sino nuestras propias contradicciones y miserias, ¿quién nos puede decir quiénes somos y qué es lo que realmente queremos?

¿No necesitamos que Dios nazca de nuevo entre nosotros, que brote con luz nueva en nuestras conciencias, que se abra camino en medio de nuestros conflictos y contradicciones?

Para encontrarnos con ese Dios no hay que ir muy lejos. Basta acercarnos silenciosamente a nosotros mismos. Basta ahondar en nuestros interrogantes y anhelos más profundos.

Este es el mensaje de la Navidad: Dios está cerca de ti, donde tú estás, con tal de que te abras a su Misterio. El Dios inaccesible se ha hecho humano y su cercanía misteriosa nos envuelve. En cada uno de nosotros puede nacer Dios.

ACOGER A DIOS EN UN NIÑO

La Navidad es mucho más que todo ese ambiente superficial y manipulado que se respira esos días en nuestras calles. Una fiesta mucho más honda y gozosa que los artilugios de nuestra sociedad de consumo. Los creyentes tenemos que recuperar de nuevo el corazón de esta fiesta y descubrir, detrás de tanta superficialidad y aturdimiento, el misterio que da origen a nuestra alegría.

No entenderemos la Navidad si no sabemos hacer silencio en nuestro corazón, abrir nuestra alma al misterio de un Dios que se nos acerca, acoger la vida que nos ofrece y saborear la fiesta de la llegada de un Dios Amigo.

En medio de nuestro vivir diario, a veces tan aburrido, apagado y triste, se nos invita a la alegría. «No puede haber tristeza cuando nace la vida» (san León Magno). No se trata de una alegría insulsa y superficial. La alegría de quienes están alegres sin saber por qué. «Nosotros tenemos motivos para el júbilo radiante, para la alegría plena y para la fiesta solemne: Dios se ha hecho hombre, y ha venido a habitar entre nosotros» (Leonardo Boff).

Hay una alegría que solo la pueden disfrutar quienes se abren a la cercanía de Dios y se dejan atraer por su ternura. Una alegría que nos libera de miedos y desconfianzas ante Dios. ¿Cómo temer a un Dios que se nos acerca como niño? ¿Cómo huir ante quien se nos ofrece como un pequeño frágil e indefenso? Dios no ha venido armado de poder para imponerse a los hombres. Se nos ha acercado en la ternura de un niño a quien podemos hacer sonreír o llorar.

Dios no es el Ser omnipotente y poderoso que a veces imaginamos los humanos, encerrado en la seriedad y el misterio de su mundo inaccesible. Dios es este niño entregado cariñosamente a la humanidad, este pequeño que busca nuestra mirada para alegrarnos con su sonrisa. El hecho de que Dios se haya hecho niño dice mucho más de cómo es Dios que todas nuestras cavilaciones y especulaciones sobre su misterio.

Si supiéramos detenernos en silencio ante este Niño y acoger desde el fondo de nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, quizá entenderíamos por qué el corazón de un creyente ha de estar transido de una alegría diferente: sencillamente porque Dios está con nosotros.

MARÍA, LA MADRE DE JESÚS

Después de un cierto eclipse de la devoción mariana, provocado en parte por abusos y desviaciones notables, los cristianos vuelven a interesarse por María para descubrir su verdadero lugar dentro de la experiencia cristiana.

No se trata de acudir a María para escuchar «mensajes apocalípticos» que amenazan con castigos terribles a un mundo hundido en la impiedad y la increencia, mientras ella ofrece su protección maternal a quienes hagan penitencia o recen determinadas oraciones.

No se trata tampoco de fomentar una piedad que alimente secretamente una relación infantil de dependencia y fusión con una madre idealizada. Hace ya tiempo que la psicología nos puso en guardia frente a los riesgos de una devoción que exalta falsamente a María como «Virgen y Madre», favoreciendo, en el fondo, un desprecio hacia la «mujer real» como eterna tentadora del varón.

El primer criterio para comprobar la «verdad cristiana» de toda devoción a María es ver si repliega al creyente sobre sí mismo o si lo abre al proyecto de Dios; si lo hace retroceder hacia una relación infantil con una «madre imaginaria» o si lo impulsa a vivir su fe de forma adulta y responsable en seguimiento fiel a Jesucristo.

Los mejores esfuerzos de la mariología actual tratan de conducir a los cristianos a una visión de María como Madre de Jesucristo, primera discípula de su Hijo y modelo de vida auténticamente cristiana.

Más en concreto, María es hoy para nosotros modelo de acogida fiel de Dios desde una postura de fe obediente; ejemplo de actitud servicial a su Hijo y de preocupación solidaria por todos los que sufren; mujer comprometida por el «reino de Dios» predicado e impulsado por su Hijo.

En estos tiempos de cansancio y pesimismo increyente, María, con su obediencia radical a Dios y su esperanza confiada, puede conducirnos hacia una vida cristiana más honda y más fiel a Dios.

La devoción a María no es, pues, un elemento secundario para alimentar la religión de gentes «sencillas», inclinadas a prácticas y ritos casi «folclóricos». Acercarnos a María es, más bien, colocarnos en el mejor punto para descubrir el misterio de Cristo y acogerlo. El evangelista Mateo nos recuerda a María como la madre del «Emmanuel», es decir, la mujer que nos puede acercar a Jesús, «el Dios con nosotros».

2

ADORADO POR LOS MAGOS

Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

–¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.

Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron:

–En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel».

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:

–Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

Y, habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino (Mateo 2,1-12).

¿A QUIÉN ADORAMOS?

Los magos vienen de «Oriente», un lugar que evoca en los judíos la patria de la astrología y de otras ciencias extrañas. Son paganos. No conocen las Escrituras sagradas de Israel, pero sí el lenguaje de las estrellas. Buscan la verdad y se ponen en marcha para descubrirla. Se dejan guiar por el misterio, pues sienten necesidad de «adorar».

Su presencia provoca un sobresalto en toda Jerusalén. Los magos han visto brillar una estrella nueva que les hace pensar que ya ha nacido «el rey de los judíos», y vienen a «adorarlo». Este rey no es Augusto. Tampoco Herodes. ¿Dónde está? Esta es su pregunta.

Herodes se «sobresalta». La noticia no le produce alegría alguna. Él es quien ha sido designado por Roma «rey de los judíos». Hay que acabar con el recién nacido: ¿dónde está ese rival extraño? Por su parte, los «sumos sacerdotes y letrados» conocen las Escrituras sagradas y saben que ha de nacer en Belén, pero no se interesan por el niño ni se ponen en marcha para adorarlo.

Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad y rechazo en los representantes del poder político; indiferencia y resistencia en los dirigentes religiosos. Solo quienes buscan el reino de Dios y su justicia lo acogerán.

Los magos prosiguen su larga búsqueda. A veces la estrella que los guía desaparece dejándolos en la incertidumbre. Otras veces brilla de nuevo llenándolos de «inmensa alegría». Por fin se encuentran con el Niño y, «cayendo de rodillas, lo adoran». Después ponen a su servicio las riquezas que tienen y los valiosos tesoros que poseen. Este Niño puede contar con ellos, pues lo reconocen como su Rey y Señor.

En su aparente ingenuidad, este relato nos plantea preguntas decisivas: ¿ante quién nos arrodillamos nosotros?, ¿cómo se llama el «dios» que adoramos en el fondo de nuestro ser? Nos decimos cristianos, pero, ¿vivimos adorando al Niño de Belén?, ¿ponemos a sus pies nuestras riquezas y nuestro bienestar?, ¿estamos dispuestos a escuchar su llamada a entrar en el reino de Dios y su justicia? En nuestras vidas siempre hay alguna estrella que nos puede guiar hacia Belén.

MATAR O ADORAR

Herodes y su corte representan el mundo de los poderosos. Todo vale en ese mundo con tal de asegurar el propio poder: el cálculo, la estrategia y la mentira. Vale incluso la crueldad, el terror, el desprecio al ser humano y la destrucción de inocentes. Parece un mundo grande y poderoso, se nos presenta como defensor del orden y la justicia, pero es débil y mezquino, pues termina siempre buscando al niño «para matarlo».

Según el relato de Mateo, unos magos venidos de Oriente irrumpen en este mundo de tinieblas. Algunos exegetas interpretan hoy la leyenda evangélica acudiendo a la psicología de lo profundo. Los magos representan el camino que siguen quienes escuchan los anhelos más nobles del corazón humano; la estrella que los guía es la nostalgia de lo divino; el camino que recorren es el deseo. Para descubrir lo divino en lo humano, para adorar al niño en vez de buscar su muerte, para reconocer la dignidad del ser humano en vez de destruirla, hay que recorrer un camino opuesto al que sigue Herodes.

No es un camino fácil. No basta escuchar la llamada del corazón; hay que ponerse en marcha, exponerse, correr riesgos. El gesto final de los magos es sublime. No matan al niño, sino que lo adoran. Se inclinan respetuosamente ante su dignidad; descubren lo divino en lo humano. Este es el mensaje de su adoración al Hijo de Dios encarnado en el niño de Belén.

Podemos vislumbrar también el significado simbólico de los regalos que le ofrecen. Con el oro reconocen la dignidad y el valor inestimable del ser humano: todo ha de quedar subordinado a su felicidad; un niño merece que se pongan a sus pies todas las riquezas del mundo. El incienso recoge el deseo de que la vida de ese niño se despliegue y su dignidad se eleve hasta el cielo: todo ser humano está llamado a participar de la vida misma de Dios. La mirra es medicina para curar la enfermedad y aliviar el sufrimiento: el ser humano necesita de cuidados y consuelo, no de violencia y agresión.

Con su atención al débil y su ternura hacia el humillado, este Niño nacido en Belén introducirá en el mundo la magia del amor, única fuerza de salvación que ya desde ahora hace temblar al poderoso Herodes.

NUESTRA INCAPACIDAD PARA ADORAR

El hombre actual ha quedado en gran medida atrofiado para descubrir a Dios. No es que sea ateo. Es que se ha hecho «incapaz de Dios». Cuando un hombre o una mujer solo busca o conoce el amor bajo formas decadentes, cuando su vida está movida exclusivamente por intereses egoístas de beneficio o ganancia, algo se seca en su corazón.

Muchos viven hoy un estilo de vida que los abruma y empobrece. Envejecidos prematuramente, endurecidos por dentro, sin capacidad de abrirse a Dios por ningún resquicio de su existencia, caminan por la vida sin la compañía interior de nadie.

El teólogo Alfred Delp, ejecutado por los nazis, veía en este «endurecimiento interior» el mayor peligro para el hombre moderno: «Así el hombre deja de alzar hacia las estrellas las manos de su ser. La incapacidad del hombre actual para adorar, amar y venerar tiene su causa en su desmedida ambición y en el endurecimiento de su existencia».

Esta incapacidad para adorar a Dios se ha apoderado también de muchos creyentes, que solo buscan un «Dios útil». Solo les interesa un Dios que sirva para sus proyectos individualistas. Dios queda así convertido en un «artículo de consumo» del que disponer según nuestras conveniencias e intereses. Pero Dios es otra cosa. Dios es Amor infinito, encarnado en nuestra propia existencia. Y, ante ese Dios, lo primero es la adoración, el júbilo, la acción de gracias.

Cuando se olvida esto, el cristianismo corre el peligro de convertirse en un esfuerzo gigantesco de humanización, y la Iglesia en una institución siempre tensa, siempre agobiada, siempre con la sensación de no lograr el éxito moral por el que lucha y se esfuerza.

Sin embargo, la fe cristiana es, antes que nada, descubrimiento de la bondad de Dios, experiencia agradecida de que solo él salva: el gesto de los magos ante el Niño de Belén expresa la actitud primera de todo creyente ante Dios hecho hombre.

Dios existe. Está ahí, en el fondo de nuestra vida. Somos acogidos por él. No estamos perdidos en medio del universo. Podemos vivir con confianza. Ante un Dios del que solo sabemos que es Amor no cabe sino el gozo, la adoración y la acción de gracias. Por eso, «cuando un cristiano piensa que ya ni siquiera es capaz de orar, debería tener al menos alegría» (Ladislao Boros).

APRENDER A ADORAR A DIOS

Hoy se habla mucho de crisis de fe, pero apenas se dice algo sobre la crisis del sentimiento religioso. Y, sin embargo, como apunta algún teólogo, el drama del hombre contemporáneo no es, tal vez, su incapacidad para creer, sino su dificultad para sentir a Dios como Dios. Incluso los mismos que se dicen creyentes parecen estar perdiendo capacidad para vivir ciertas actitudes religiosas ante Dios.

Un ejemplo claro es la dificultad para adorarlo. En tiempos no muy lejanos parecía fácil sentir reverencia y adoración ante la inmensidad y el misterio insondable de Dios. Es más difícil hoy adorar a quien hemos reducido a un ser extraño, incómodo y superfluo.

Para adorar a Dios es necesario sentirnos criaturas, infinitamente pequeñas ante él, pero infinitamente amadas por él; admirar su grandeza insondable y gustar su presencia cercana y amorosa que envuelve todo nuestro ser. La adoración es admiración. Es amor y entrega. Es rendir nuestro ser a Dios y quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante él, admirando su misterio desde nuestra pequeñez.

Nuestra dificultad para adorar proviene de raíces diversas. Quien vive aturdido interiormente por toda clase de ruidos y zarandeado por mil impresiones pasajeras, sin detenerse nunca ante lo esencial, difícilmente encontrará «el rostro adorable» de Dios.

Por otra parte, para adorar a Dios es necesario detenerse ante el misterio del mundo y saber mirarlo con amor. Quien mira la vida amorosamente hasta el fondo comenzará a vislumbrar las huellas de Dios antes de lo que sospecha.

Solo Dios es adorable. Ni las cosas más valiosas ni las personas más amadas son dignas de ser adoradas como él. Por eso solo quien es libre interiormente puede adorar a Dios de verdad.

Esta adoración a Dios no aleja del compromiso. Quien adora a Dios lucha contra todo lo que destruye al ser humano, que es su «imagen sagrada». Quien adora al Creador respeta y defiende su creación. Están íntimamente unidas adoración y solidaridad, adoración y ecología. Se entienden las palabras del gran científico y místico Teilhard de Chardin: «Cuanto más hombre se haga el hombre, más experimentará la necesidad de adorar».

El relato de los magos nos ofrece un modelo de auténtica adoración. Estos sabios saben mirar el cosmos hasta el fondo, captar signos, acercarse al Misterio y ofrecer su humilde homenaje a ese Dios encarnado en nuestra existencia.

SEGUIR LA ESTRELLA

Estamos demasiado acostumbrados al relato de los magos. Por otra parte, hoy apenas tenemos tiempo para detenernos a contemplar despacio las estrellas. Probablemente no es solo un asunto de tiempo. Pertenecemos a una época en la que es más fácil ver la oscuridad de la noche que los puntos luminosos que brillan en medio de cualquier tiniebla.

Sin embargo, no deja de ser conmovedor pensar en aquel escritor cristiano que, al elaborar el relato de los magos, los imaginó en medio de la noche, siguiendo la pequeña luz de una estrella. La narración respira la convicción profunda de los primeros creyentes después de la resurrección. En Jesús se han cumplido las palabras del profeta Isaías: «El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una luz grande. Habitaban en una tierra de sombras, y una luz ha brillado ante sus ojos» (Isaías 9,1).

Sería una ingenuidad pensar que nosotros estamos viviendo una hora especialmente oscura, trágica y angustiosa. ¿No es precisamente esta oscuridad, frustración e impotencia que captamos en estos momentos uno de los rasgos que acompañan casi siempre el caminar del ser humano a lo largo de los siglos?

Basta abrir las páginas de la historia. Sin duda encontramos momentos de luz en que se anuncian grandes liberaciones, se entrevén mundos nuevos, se abren horizontes más humanos. Y luego, ¿qué viene? Revoluciones que crean nuevas esclavitudes, logros que provocan nuevos problemas, ideales que terminan en «soluciones a medias», nobles luchas que acaban en «pactos mediocres». De nuevo las tinieblas.

No es extraño que se nos diga que «ser hombre es muchas veces una experiencia de frustración». Pero no es esa toda la verdad. A pesar de todos los fracasos y frustraciones, el hombre vuelve a recomponerse, vuelve a esperar, vuelve a ponerse en marcha en dirección a algo. Hay en el ser humano algo que lo llama una y otra vez a la vida y a la esperanza. Hay siempre una estrella que vuelve a encenderse.

Para los creyentes, esa estrella conduce siempre a Jesús. El cristiano no cree en cualquier mesianismo. Y por eso no cae tampoco en cualquier desencanto. El mundo no es «un caso desesperado». No está en completa tiniebla. El mundo está orientado hacia su salvación. Dios será un día el fin del exilio y las tinieblas. Luz total. Hoy solo lo vemos en una humilde estrella que nos guía hacia Belén.

3

PREPARAR EL CAMINO DEL SEÑOR

Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando:

–Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. Este es el que anunció el profeta Isaías diciendo: «Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».

Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.

Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo:

–Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones pensando: «Abrahán es nuestro padre», pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga (Mateo 3,1-12).

ALENTAR LA CONVERSIÓN

Entre el otoño del año 27 y la primavera del 28 aparece en el horizonte religioso de Palestina un profeta original e independiente que provoca un fuerte impacto en el pueblo. Su nombre es Juan. Las primeras generaciones cristianas lo vieron siempre como el hombre que preparó el camino a Jesús.

Hay algo nuevo y sorprendente en este profeta. No predica en Jerusalén, como Isaías y otros profetas: vive apartado de la élite del templo. Tampoco es un profeta de la corte: se mueve lejos del palacio de Antipas. De él se dice que es «una voz que grita en el desierto», un lugar que no puede ser fácilmente controlado por ningún poder.

No llegan hasta el desierto los decretos de Roma ni las órdenes de Antipas. No se escucha allí el bullicio del templo. Tampoco se oyen las discusiones de los maestros de la ley. En cambio, se puede escuchar a Dios en el silencio y la soledad. Es el mejor lugar para iniciar la conversión a Dios preparando el camino a Jesús.

Este es precisamente el mensaje de Juan: «Convertíos»: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Este «camino del Señor» no son las calzadas romanas por donde se mueven las legiones de Tiberio. Estos «senderos» no son los caminos que llevan al templo. Hay que abrir caminos nuevos al Dios que llega con Jesús.

Esto es lo primero que necesitamos también hoy: convertirnos a Dios, volver a Jesús, abrirle caminos en el mundo y en la Iglesia. No se trata solo de un aggiornamento o adaptación al momento actual. Es mucho más. Es poner a la Iglesia entera en estado de conversión.

No será fácil. Probablemente se necesitará mucho tiempo para poner la compasión en el centro del cristianismo. No será sencillo pasar de una «religión de autoridad» a una «religión de llamada». Pasarán años hasta que en las comunidades cristianas aprendamos a vivir para el reino de Dios y su justicia. Se necesitarán cambios profundos para poner a los pobres en el centro de nuestra religión.

No importa. A Jesús solo se le sigue en actitud de conversión. Una conversión que hemos de iniciar ahora mismo nosotros, para transmitirla como talante y como aliento a las generaciones venideras. Una conversión que hemos de alimentar y sostener entre todos. Solo una Iglesia en actitud de conversión es digna de Jesús.

VIVIR ANIMADOS POR EL ESPÍRITU DE JESÚS

El Bautista habla de manera muy clara: «Yo os bautizo con agua», pero esto solo no basta. Hay que acoger a Alguien «más fuerte», lleno del Espíritu de Dios: «Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego».

Son bastantes los «cristianos» que se han quedado en la religión del Bautista. Han sido bautizados con «agua», pero no conocen el bautismo del «Espíritu». Tal vez lo primero que necesitamos todos es dejarnos transformar por el Espíritu que cambió totalmente a Jesús. ¿Cómo vive Jesús, lleno del Espíritu de Dios, al salir del Jordán?

Jesús se aleja del Bautista y comienza a vivir desde un horizonte nuevo. No hay que vivir preparándonos para el juicio inminente de Dios. Es el momento de acoger a un Dios Padre que busca hacer de la humanidad una familia más justa y fraterna. Quien no vive desde esta perspectiva no conoce todavía qué es ser cristiano.

Movido por esta convicción, Jesús deja el desierto y marcha a Galilea a vivir de cerca los problemas y sufrimientos de las gentes. Es ahí, en medio de la vida, donde se le tiene que sentir a Dios como «alguien bueno»: un Padre que atrae a todos a buscar juntos una vida más humana. Quien no siente así a Dios no sabe cómo vivía Jesús.

Jesús abandona también el lenguaje amenazador del Bautista y comienza a contar parábolas que jamás se le habían ocurrido a Juan. El mundo ha de saber lo bueno que es este Dios que busca y acoge a sus hijos perdidos, porque solo quiere salvar, no condenar. Quien no habla este lenguaje de Jesús no está anunciando su buena noticia.

Jesús deja la vida austera del desierto y se dedica a hacer «gestos de bondad» que el Bautista nunca había hecho. Cura enfermos, defiende a los pobres, toca a los leprosos, acoge a su mesa a pecadores y prostitutas, abraza a niños y niñas de la calle. La gente tiene que sentir la bondad de Dios en su propia carne. Quien habla de un Dios bueno y no hace los gestos de bondad que hacía Jesús desacredita su mensaje.

SIN CAMINOS HACIA DIOS

Son muchas las personas que no son ni creyentes ni increyentes. Sencillamente se han instalado en una forma de vida en la que no puede aparecer la pregunta por el sentido último de la existemcia. Más que de increencia deberíamos hablar en estos casos de una falta de condiciones indispensables para que la persona pueda adoptar una postura creyente o increyente.

Son hombres y mujeres que carecen de una «infraestructura interior». Su estilo de vida les impide ponerse en contacto un poco profundo consigo mismos. No se acercan nunca al fondo de su ser. No son capaces de escuchar las preguntas que surgen desde su interior.

Sin embargo, para adoptar una postura responsable ante el misterio de la vida es indispensable llegar hasta el fondo de uno mismo, ser sincero y abrirse a la vida honestamente hasta el final.

Tras la crisis religiosa de muchas personas, ¿no se encierra con frecuencia una crisis anterior? Si tantos parecen alejarse hoy de Dios, ¿no es porque antes se han alejado de sí mismos y se han instalado en un nivel de existencia donde ya Dios no puede ser escuchado?

Cuando alguien se contenta con un bienestar hecho de cosas, y su corazón está atrapado solo por preocupaciones de orden material, ¿puede acaso plantearse lúcidamente la pregunta por Dios?

Cuando una persona anda buscando siempre la satisfacción inmediata y el placer a cualquier precio, ¿puede abrirse con hondura al misterio último de la existencia?

Cuando uno vive privado de interioridad, esforzándose por aparentar u ostentar una determinada imagen de sí mismo ante los demás, ¿puede pensar sinceramente en el sentido último de su vida?

Cuando una persona vive volcada siempre hacia lo exterior, perdiéndose en las mil formas de evasión y divertimiento que ofrece esta sociedad, ¿puede encontrarse realmente consigo misma y preguntarse por su último destino?

«Preparad el camino al Señor». Este grito de Juan Bautista no ha perdido actualidad. Seamos conscientes o no de ello, Dios está siempre viniendo a nosotros. Podemos de nuevo encontrarnos con él. La fe se puede despertar otra vez en nuestro corazón. Lo primero que necesitamos es encontrarnos con nosotros mismos con más hondura y sinceridad.

RECUPERAR CAMINOS

Es muy fácil quedarse en la vida «sin caminos» hacia Dios. No hace falta ser ateo. No es necesario rechazar a Dios de manera consciente. Basta seguir la tendencia general de nuestros días e instalarnos en la indiferencia religiosa. Poco a poco, Dios desaparece del horizonte. Cada vez interesa menos. ¿Es posible recuperar hoy caminos hacia Dios?

Tal vez, lo primero sea recuperar «la humanidad de la religión». Abandonar caminos ambiguos que conducen hacia un Dios interesado y dominador, celoso solo de su gloria y su poder, para abrirnos a un Dios que busca y desea, desde ahora y para siempre, lo mejor para nosotros. Dios no es el Ser Supremo que aplasta y humilla, sino el Amor Santo que atrae y da vida. Las personas de hoy volverán a Dios no empujadas por el miedo, sino atraídas por su amor.

Es necesario, al mismo tiempo, ensanchar el horizonte de nuestra vida. Estamos llenando nuestra existencia de cosas, y nos estamos quedando vacíos por dentro. Vivimos informados de todo, pero ya no sabemos hacia dónde orientar nuestra vida. Nos creemos las generaciones más inteligentes y progresistas de la historia, pero no sabemos entrar en nuestro corazón para adorar o dar gracias. A Dios nos acercamos cuando nos ponemos a buscar un espacio nuevo para existir.

Es importante, además, buscar un «fundamento sólido» a la vida. ¿En qué nos podemos apoyar en medio de tanta incertidumbre y desconcierto? La vida es como una casa: hay que cuidar la fachada y el tejado, pero lo importante es construir sobre cimiento seguro. Al final, siempre necesitamos poner nuestra confianza última en algo o en alguien. ¿No será que necesitamos a Dios?

Para recuperar caminos hacia él necesitamos aprender a callar. A lo más íntimo de la existencia se llega no cuando vivimos agitados y llenos de miedo, sino cuando hacemos silencio. Si la persona se recoge y queda callada ante Dios, tarde o temprano su corazón comienza a abrirse.

Se puede vivir encerrado en uno mismo, sin caminos hacia nada nuevo y creador. Pero también se puede buscar nuevos caminos hacia Dios. A ello nos invita el Bautista.

SUGERENCIAS

Cada vez me encuentro con más personas que, después de muchos años de vivir alejadas de cualquier experiencia religiosa, sienten hoy de nuevo la necesidad de creer en un Dios vivo. ¿Cómo encontrarse con él? He aquí algunas sugerencias.

Antes que nada tienes que valorar ese deseo de Dios que hay dentro de ti. Aunque te sientas con pocas fuerzas y tus deseos no se puedan traducir inmediatamente en realidad, Dios conoce tu corazón y también tu debilidad. Él te entiende y está cerca. No te compares con otros. Tú tienes que recorrer tu propio camino. No importa tu pasado. Ahora lo decisivo es que confíes en Dios y en ti mismo.

Piensa en lo mejor que hay en tu vida. Lo que, a pesar de todas las dificultades y crisis, te sostiene y te hace vivir: el amor de tu esposo o esposa, la alegría de tus hijos, los amigos, las experiencias positivas, lo que te da fuerzas para sentirte vivo. En el fondo de todo eso está ese Dios a quien tú buscas.

Entra también dentro de tu corazón y descubre lo bueno que hay dentro de ti. No pienses en análisis psicológicos interminables. No necesitas tampoco mucho tiempo para hacer esa peregrinación a tu interior. Toma conciencia de tus sentimientos buenos, de tus acciones generosas y nobles, de tus deseos de vivir con más coherencia y verdad. Dentro de ti, y a pesar de tu mediocridad, puedes seguir escuchando la llamada de Dios.

Puedes dar otro paso. Recuerda alguna experiencia religiosa que haya dejado huella en tu corazón. Algún momento importante de tu vida en que hayas invocado a Dios de verdad, alguna frase del evangelio que no hayas olvidado, el encuentro con alguna persona creyente que te haya impactado.

Si puedes, intenta rezar. Al comienzo no te saldrá nada. Después de tantos años te parecerá algo extraño y artificial. No necesitas muchas palabras. Puedes decirle a Dios: «Quiero creer. Ayúdame en mi debilidad». Charles de Foucauld solía repetir: «Dios mío, si existes, haz que yo te conozca».

¿Y después? Nadie puede prever lo que puede pasar. ¿Se despertará de nuevo tu fe? ¿Habrá un cambio en tu vida? ¿Seguirá todo igual? Lo importante es tu postura sincera de búsqueda de Dios.

En cualquier caso, siempre deberás recordar que, aunque tú vuelvas a tu vida mediocre y rutinaria de siempre, Dios seguirá ahí, sosteniéndote con amor. Aunque desoigas todas sus llamadas y tu fe siga apagándose, Dios no te abandonará. Esa es la Gran Noticia de Jesús: Dios no se aleja de nosotros ni siquiera cuando pecamos contra él. Incluso cuando pecas, él te está perdonando, y si ese perdón no llega hasta ti es solo porque tú te cierras.

Recuerda las palabras de Juan Bautista: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Tú puedes abrirte más a Dios. Un día, no sabes la hora, tal vez te encuentres con el Dios vivo de Jesucristo. Lo notarás al sentir su paz dentro de ti.

4

EL BAUTISMO DE JESÚS

Fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:

–Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?

Jesús le contestó:

–Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto» (Mateo 3,13-17).

EXPERIMENTAR A DIOS COMO PADRE

Hanna Wolf, teóloga y psicoterapeuta alemana, afirma en uno de sus trabajos que Jesús ha sido la primera persona en la historia que ha vivido y comunicado una experiencia sana de Dios, sin proyectar sobre la divinidad los miedos, fantasmas y ambiciones de los seres humanos.

Lo cierto es que algunas fuentes cristianas hablan de una experiencia inicial en la que Jesús escucha del cielo estas palabras: «Tú eres mi hijo querido». El relato es una elaboración posterior, pero apunta a una realidad fácil de constatar.

Jesús vive y siente a Dios como Padre. Hay un dato que sorprende a los exegetas. Aunque Jesús habla constantemente del «reino de Dios» como símbolo central de su mensaje, nunca le invoca como rey o señor, sino como «padre» (abbá). No hay duda alguna. Jesús no se presenta ante Dios como lo hace un súbdito ante el emperador Tiberio o un galileo ante el tribunal de Antipas. Se confía al misterio de Dios como un hijo querido. Esa es la primera actitud cristiana ante Dios.

Esta experiencia de Dios como padre querido no le encierra a Jesús en una piedad individualista y excluyente. Ese Padre es el Dios de todos los pueblos, el Padre cariñoso de todas sus criaturas. Jesús lo llama «Padre del cielo», porque no está ligado a un lugar sagrado ni pertenece a un pueblo o a una raza concreta. No cabe en ninguna religión. Es Dios de todos, incluso de quienes lo olvidan. «Él hace salir su sol sobre buenos y malos». Desde este horizonte universal vive Jesús a Dios.

Tampoco se encierra Jesús en una experiencia egocéntrica de Dios. No lo busca para liberarse de sus miedos, compensar sus vacíos o desarrollar sus fantasías religiosas. Lo único que busca es que la justicia, la misericordia y la bondad de ese Padre se contagie a todos, y la humanidad pueda conocer una vida más digna y más propia de hijos e hijas de Dios.

Hay algo más. El Dios que nos muestra Jesús no está interesado, en primer término, en qué pensamos de él o cómo le experimentamos, sino en cómo nos comportamos con los que sufren. Vivimos realmente como hijos e hijas de Dios cuando reaccionamos como hermanos ante quienes no pueden disfrutar de una vida digna.

EL E