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Después de una obra dedicada a Recuperar el proyecto de Jesús y una segunda titulada Anunciar hoy a Dios como buena noticia, José Antonio Pagola aborda un tema decisivo: Cristo resucitado es nuestra esperanza, orientado directamente a reavivar el aliento de las comunidades cristianas y a despertar la esperanza, con frecuencia bastante adormecida. Ha sido el encuentro con Jesús resucitado y su presencia viva en las primeras comunidades lo que hizo posible de nuevo el seguimiento. Es el Resucitado quien llama de nuevo a sus discípulos, restaura la relación con ellos y define el camino que han de seguir. La posibilidad de seguir a Jesús vivo a través de la historia empieza en realidad a partir de la resurrección de Jesús. Nosotros seguimos hoy a Jesús guiados, sostenidos, y alentados, por el Espíritu del Resucitado, que habita en nuestros corazones y actúa en nuestras comunidades.
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Seitenzahl: 254
Veröffentlichungsjahr: 2016
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CRISTO RESUCITADO ESNUESTRA ESPERANZA
José Antonio Pagola
Este trabajo forma parte de un proyecto para dinamizar las parroquias y comunidades cristianas respondiendo a la llamada del papa Francisco, que nos invita a impulsar una nueva etapa evangelizadora. Estas son sus palabras: «Quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora, marcada por la alegría de Jesús, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años» 1. El objetivo concreto de este proyecto es ayudar a las parroquias y comunidades cristianas a impulsar de manera humilde, pero lúcida y responsable, un proceso de renovación.
Después de una obra dedicada a Recuperar el proyecto de Jesús y una segunda titulada Anunciar hoy a Dios como buena noticia, aquí abordo un tema decisivo: Cristo resucitado es nuestra esperanza, orientado directamente a reavivar el aliento de las comunidades cristianas y a despertar la esperanza, con frecuencia bastante adormecida.
A veces olvidamos que ha sido el encuentro con Jesús resucitado y su presencia viva en las primeras comunidades lo que hizo posible de nuevo el seguimiento. Es el Resucitado quien llama de nuevo a sus discípulos, restaura la relación con ellos y define el camino que han de seguir. La posibilidad de seguir a Jesús vivo a través de toda la historia empieza en realidad a partir de la resurrección de Jesús. Nosotros no seguimos hoy a Jesús guiados por su presencia física, como los discípulos en Galilea, sino sostenidos y alentados por el Espíritu del Resucitado, que habita en nuestros corazones y actúa en nuestras comunidades.
¿Qué ofrezco en este nuevo trabajo? Antes que nada hemos de tomar conciencia de que a nuestras parroquias y comunidades les está llegando «la hora de la verdad». Así titulo el capítulo primero. El cristianismo, tal como es vivido por no pocos, no podrá subsistir por mucho tiempo. O nos abrimos interiormente a la fuerza del Resucitado o se irá extinguiendo en pocas décadas. Tal como es vivida en no pocas comunidades, la fe cristiana no tiene hoy fuerza para suscitar verdaderos «discípulos» de Jesús ni «seguidores» que, identificados con su proyecto, trabajen por abrir caminos al reino de Dios. Con frecuencia solo generan «adeptos» a una religión, es decir, miembros de una institución que cumplen más o menos lo establecido. Pasar de esta situación a comunidades marcadas por el contacto vital con Jesucristo significa hoy para la Iglesia un «segundo nacimiento» digno del primero, pues no se trata simplemente de algunas reformas o adaptaciones de carácter pastoral o litúrgico, sino de una transformación a nivel de interioridad espiritual, generada, sostenida y desarrollada por la acción creadora del Resucitado.
No podemos reducir la resurrección de Jesús a un acontecimiento sucedido en el pasado, hace algo más de dos mil años. Hemos de preguntarnos cómo podemos hoy nosotros encontrarnos con Cristo resucitado, y cómo y por qué cauces podemos experimentar la fuerza y la creatividad que brotan del Espíritu del Resucitado, que es siempre «dador de vida». En el capítulo segundo, titulado «Encontrarnos con el Resucitado», nos acercamos de manera sencilla a algunos rasgos de la experiencia de los primeros discípulos para sugerir caminos humildes que nos animen a vivir hoy entre nosotros la paz, la alegría y el perdón que se nos regalan también a nosotros; para acoger su fuerza vivificadora; para resucitar lo que está muerto en nosotros; para comprometernos a luchar siempre por la vida donde otros ponen muerte o para ser, sencillamente, testigos de su resurrección.
El capítulo tercero lo titulo «Cristo es nuestra esperanza». Después de tomar conciencia de que vivimos en una sociedad necesitada de esperanza, afirmo que nuestra esperanza tiene un nombre: Jesucristo; y que se funda en un hecho: su resurrección. Desde Jesucristo resucitado hemos de aprender a creer en el «Dios de la esperanza», en el que descubrimos el «futuro último» de la historia, y a construir hoy la Iglesia como «comunidad de esperanza». Trazo luego algunos rasgos básicos de la esperanza cristiana y sugiero algunas tareas para nuestros días, como abrir horizontes a la vida, criticar la absolutización de lo presente o introducir contenido humano en el progreso. Termino apuntando algunas claves para promover la creatividad de la esperanza cristiana: frente a un «nihilismo fatigado», confianza en Dios; frente al pragmatismo científico-técnico, defensa de la persona; frente al individualismo, solidaridad; frente a la indiferencia, misericordia.
El lugar privilegiado para vivir nuestro encuentro con el Resucitado es, sin duda, la celebración de la eucaristía del domingo, día del Señor. Mi exposición de este capítulo cuarto, que titulo «La eucaristía, experiencia de amor y de justicia», va a tener tres partes. En la primera trato de mostrar cómo nuestras ambigüedades y mediocridad frustran la eucaristía como sacramento de amor y solidaridad fraterna. En la segunda expongo cómo y por qué la eucaristía exige, para ser celebrada con verdad, el compromiso de la solidaridad fraterna y la lucha por la justicia de Dios: hablo en concreto de la eucaristía como cena del Señor, fracción del pan, acción de gracias, memorial del Crucificado y presencia viva del Resucitado. Por último ofrezco algunas sugerencias concretas para vivir la eucaristía del domingo como fuente de justicia y de amor en las parroquias y comunidades cristianas.
En el capítulo quinto, que he titulado «Orar con el Espíritu del Señor», solo pretendo sugerir caminos para recuperar o mejorar nuestra comunicación personal con Dios. Comienzo hablando de la oración como hecho humano para mostrar cómo en lo más hondo del ser humano se abren caminos hacia la oración y el encuentro con Dios: del grito del necesitado a la búsqueda de Dios; de la alegría de vivir a la alabanza; de la queja a la confianza; de la culpa a la acogida del perdón; de la caducidad a la esperanza. Trato después de la oración cristiana, apuntando algunos rasgos básicos: invocar a Dios como Padre, dialogando con un Dios personal, con la confianza de hijos queridos, desde la responsabilidad de sentir a todos como hermanos. Trato a continuación del Padrenuestro, única oración que Jesús ha dejado en herencia a sus seguidores, mostrando la originalidad de su contenido revolucionario. Termino ofreciendo algunas sugerencias para recuperar la oración cuando ha sido abandonada casi por completo, o para reavivarla cuando ha quedado reducida a rutina y mediocridad.
He titulado el capítulo sexto así: «Fidelidad al Espíritu en tiempos de renovación». Comienzo por señalar las graves consecuencias que se siguen cuando olvidamos la acción del Espíritu en nuestras comunidades. Expongo luego que el primer servicio del Espíritu a la Iglesia es conducirla a la obediencia a Jesucristo como su único Señor. A continuación insisto en la importancia de estar atentos a la acción del Espíritu en toda la Iglesia. Me detengo después en diversos aspectos que hemos de cuidar en las comunidades para responder al impulso misionero del Espíritu con fidelidad, confianza y audacia. Subrayo luego la importancia de la docilidad al Espíritu del Señor, creador de comunión y fuente de creatividad. Por último señalo que una Iglesia ungida por el Espíritu de Jesús se ha de sentir siempre enviada a los pobres y desgraciados.
Terminaremos nuestro recorrido con un capítulo que he titulado: «Esperar nuestra resurrección». Comienzo este último capítulo recordando que solo resucitando con Cristo entramos para siempre en el misterio insondable de Dios. Luego evoco de manera sencilla la comunión amorosa con Dios, en la que encontraremos la plenitud de nuestra vida. Señalo a continuación que esta plenitud abarcará todas las dimensiones de nuestro ser, incluida la corporalidad. Muestro después cómo la comunión amorosa con Dios se convertirá en fuente de amor pleno y feliz entre todos sus hijos. Recuerdo a continuación que esta vida eterna la viviremos en «unos cielos nuevos y una nueva tierra en los que habitará la justicia». Concluyo apuntando la importancia de que los cristianos aprendamos a pregustar ya desde esta tierra nuestra felicidad eterna en el cielo.
También en este trabajo sugiero, al final de cada capítulo, algunas cuestiones o preguntas para estimular la reflexión pastoral en las parroquias y comunidades cristianas (en pequeños grupos, en los Consejos pastorales o entre los responsables y animadores en los diferentes campos). Estoy convencido de que podemos dar pasos sencillos y eficaces para reavivar el aliento y la esperanza de nuestras comunidades. Sería un paso cualitativo de gran importancia reafirmar y acrecentar nuestra fe práctica en la acción renovadora del Espíritu del Resucitado en medio de nosotros. Él puede transformar nuestros corazones y nuestras parroquias. Esa es mi convicción y mi deseo.
1
1. La falta de vigor espiritual
La Iglesia no posee hoy el vigor espiritual que necesita para cumplir adecuadamente su misión enfrentándose a los retos del momento actual. Sin duda son muchos los factores y las causas, tanto dentro como fuera de ella, que pueden explicar esta mediocridad espiritual como fenómeno bastante generalizado en nuestras parroquias y comunidades cristianas, pero tal vez la raíz principal esté en la ausencia de contacto vital con Jesucristo que se puede observar en los diversos sectores de la Iglesia.
Muchos cristianos viven correctamente su religión dentro de la gran institución eclesial, cumpliendo fielmente sus obligaciones aprendidas desde la infancia, nutridos por la tradición doctrinal y moral recibida, pero sin conocer la fuerza que se encierra en Jesús, el Cristo, cuando es vivido y seguido por sus discípulos desde un contacto íntimo y vital. De ordinario no son muchas las comunidades cristianas que conocen las posibilidades que se encierran en el seguimiento a Jesús y en el contacto vivo con el Resucitado. No sospechamos la transformación que se produciría hoy mismo en ellas si la persona viva de Jesús y su Evangelio ocuparan el centro real de su vida.
Jesús no es conocido, no es amado, no es sentido ni seguido como lo fue por sus primeros seguidores. A veces ni siquiera los responsables de las Iglesias diocesanas y de las comunidades cristianas conocen su vida y su proyecto en su originalidad fundamental. Muchos simplemente lo confiesan y adoran como Dios desde una percepción doctrinal de su misterio, algo fundamental y necesario, sin duda, pero también insuficiente en estos momentos. De hecho, ese Jesús no seduce ni atrae. No tiene fuerza para convertirnos en sus seguidores.
Probablemente, esta ausencia de un contacto más vital con Jesucristo sea el mayor obstáculo para impulsar la renovación a la que el papa Francisco nos está llamando. Es significativo que, al invitarnos a iniciar «una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría de Jesucristo», lo primero que nos dice Francisco es esto: «Invito a cada cristiano, en cualquier situación en que se encuentre, a renovar su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por él, de intentarlo cada día sin descanso» (EG 3).
a)Cristianos de creencias
No pocos cristianos se adhieren sin fisuras a la visión cristológica que les ofrece la Iglesia, pero no se sienten atraídos a buscar un conocimiento interior de Jesús más concreto, más vivo y más fiel a la memoria que nos ha quedado de él. Escuchan con atención a los predicadores, pero no se interesan por conocer mejor el proyecto del reino de Dios inaugurado y promovido por Jesús: no entra en el horizonte de su experiencia religiosa colaborar hoy en ese proyecto inspirándonos en su Evangelio. Por otra parte, alimentan su fe en la práctica habitual de los sacramentos, pero con frecuencia no viven alentados por la presencia viva de Cristo resucitado en sus corazones.
Para tomar conciencia más clara de esta situación, que nos puede pasar inadvertida, algunos hablan de que la tragedia de nuestra Iglesia contemporánea es su «debilidad espiritual», al estar formada sobre todo por «cristianos de creencias» 1. Señalo algunos hechos más significativos.
No es una exageración afirmar que no pocos cristianos viven espontáneamente lo que de ordinario se llama «religión». Encuentran en la Iglesia, en sus doctrinas y en sus ritos, el clima sagrado que todas las religiones cultivan para alimentar las necesidades religiosas de sus miembros. Ven en Jesús a Dios, imaginado y vivido según un universo mental configurado por la tradición doctrinal que han recibido, pero que, con frecuencia, queda lejos de aquel Jesús con el que convivieron los primeros discípulos y con el que se encontraron lleno de vida después de su resurrección. Es cierto que se repite una y otra vez el nombre de Jesús, pero no es para conocerlo mejor ni para hacerlo presente de manera más real, viva y concreta en medio de la comunidad cristiana, sino tan solo para tenerlo como base y presupuesto de un cristianismo convencional que lo configura prácticamente todo desde lo establecido.
De hecho, la relación que mantienen estos cristianos con Jesucristo es, sobre todo, consecuencia de una doctrina aprendida y no fruto de un encuentro vivo con su persona. No brota del amor a alguien concreto a quien se descubre cada vez con más hondura y pasión, penetrando espiritualmente en el recuerdo dejado por él en sus primeros seguidores; ni nace tampoco de la experiencia interior del Resucitado que alienta a la comunidad. La idea que se hacen estos cristianos de la presencia y la acción de Cristo en sus vidas va unida a la doctrina de la gracia y a la recepción de los sacramentos. Es una presencia pensada más que vivida; una doctrina más que una experiencia mística. Jesucristo tiene en bastantes de ellos el poder de una «idea-fuerza» que resume todo el cristianismo, tal como ha llegado hasta nosotros, pero no es el Maestro amado y el Profeta querido al que seguían los primeros discípulos ni el Cristo resucitado que inundaba de paz, alegría y aliento a las primeras comunidades.
Practicada así, la religión cristiana no suscita «discípulos» que viven aprendiendo de su Maestro y Señor Jesús, sino solo adeptos a una religión; no genera «seguidores» que, identificados con su proyecto, se entregan a abrir caminos al reino de Dios, sino miembros de una institución que cumplen fielmente lo establecido; no conduce a interiorizar las actitudes esenciales de Jesús para seguir su trayectoria de fidelidad al Padre, sino que lleva a observar fielmente las obligaciones religiosas. Es cierto que se continúa hablando de «seguir el ejemplo de Jesús», de «imitarlo» y de «pedir su ayuda», pero lo importante y decisivo no es vivir en Cristo, nuestro Maestro y Señor, reproduciendo su vida y actualizando su proyecto. La insistencia en la adhesión doctrinal, las llamadas al orden moral y la exhortación a la práctica religiosa han ido ocupando a lo largo de los años prácticamente todo el espacio vital de los cristianos 2. Condicionados a vivir así su fe, son bastantes los cristianos que se entregan con generosidad admirable a cumplir sus obligaciones, esforzándose por hacerlo cada vez de manera más perfecta. Corren, sin embargo, el riesgo de no conocer nunca la experiencia más originaria, gozosa y transformadora que es el encuentro con Jesús, el Cristo.
b)Mediocridad espiritual
Todo lo que venimos diciendo favorece el desarrollo de la mediocridad espiritual como fenómeno generalizado en la Iglesia de nuestros días. Esta mediocridad no se debe solo a la debilidad o la negligencia de individuos o sectores concretos (obispos, pastores, teólogos, catequistas, familias…). Es, sobre todo, fruto de un clima general que estamos creando entre todos por una forma empobrecida de entender y de vivir nuestra adhesión a Jesucristo.
Con frecuencia, nuestro trabajo pastoral se desarrolla de tal forma que tiende a estructurar la fe de los cristianos no desde la experiencia del encuentro personal con Jesús, el Hijo querido de Dios encarnado entre nosotros, sino desde la aceptación de unas creencias, la docilidad a unas pautas de comportamiento y el cumplimiento fiel de una liturgia sacramental. Pero solo con esto no se despierta hoy en nuestras comunidades la adhesión mística a Jesucristo ni la vinculación propia de los discípulos y seguidores.
Esta falta de vinculación personal favorece un estilo de comunidad cristiana marcada por diferentes servicios y actividades, pero donde Jesucristo está como ausente. Predicamos cosas sobre él, le damos culto en nuestras celebraciones, pero no logramos vivir «con los ojos fijos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe» (Hebreos 12,2).
Es difícil evitar la sensación de que en nuestro modo de entender y de vivir hoy la fe cristiana se oculta una grave deficiencia. Una infidelidad de contornos poco precisos que no es fácil decir exactamente en qué consiste, pero que está ahí, en la raíz de casi todo, impidiendo un seguimiento más fiel a Jesús. Lo que nosotros vivimos hoy no es la experiencia de salvación que vivieron los primeros que se encontraron con Jesús y que más tarde quedaron sacudidos por la presencia transformadora del Resucitado. Entre nosotros falta unión mística con Cristo. Faltan seguidores de Jesús, faltan testigos del Resucitado.
2. La necesidad de un cambio decisivo
A pesar de este enfriamiento del contacto vital con Jesucristo, la Iglesia le ha permanecido fiel en lo esencial y ha sido capaz de reencontrarlo de nuevo gracias a que siempre ha habido cristianos –hombres y mujeres– que se han encontrado con él, lo han acogido en su corazón, lo han reconocido como su único Maestro y Señor, lo han seguido con pasión y han contribuido a ponerlo en el lugar central que siempre ha de tener en la Iglesia y en las comunidades cristianas.
Como de los primeros discípulos, también de estos se puede decir que son «testigos» de Jesús que, llenos de su Espíritu, hacen «nacer» a la Iglesia como Cuerpo vivo de Cristo, que ha de ser recreado en cada época para cumplir fielmente su misión. Esto es lo que hoy necesitamos: «cristianos de creencias» que se conviertan en «discípulos»; testigos de Jesús que introduzcan en la Iglesia su Espíritu; seguidores fieles que contribuyan con su vida y su palabra a despertar la conversión de la Iglesia a Jesucristo.
a)La hora de la verdad
A nuestro cristianismo le está llegando la hora de la verdad. O dejamos de ser simplemente adeptos de una religión y nos convertimos en seguidores de Jesucristo o nuestro cristianismo corre el riesgo de desaparecer. Para ser cristianos se requerirá en el futuro una experiencia cada vez más viva de Cristo y una identificación cada vez más convencida con su proyecto. Algo que, por decirlo así, no parecía tan necesario en la llamada «sociedad de cristiandad». Sin embargo, en los próximos años se necesitará estar fuertemente arraigados en una adhesión personal a Jesús, propia de discípulos unidos vitalmente a él. De lo contrario, la forma en que viven hoy no pocos cristianos su religión no podrá subsistir por mucho tiempo en una sociedad que socava lo religioso y distrae de todo planteamiento sobre el sentido último de la existencia.
El papa Francisco nos advierte que también los cristianos tenemos hoy «el riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, y que es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo cierto y permanente». El papa concluye de manera rotunda: «Esa no es la opción de una vida digna, ese no es el deseo de Dios para nosotros, esa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado» (EG 2).
Tal vez, lo más grave es que en la Iglesia hay sectores importantes que no se sienten atraídos por Jesús con la fuerza suficiente como para ser arrastrados por él. Con cristianos instalados en la práctica religiosa que no buscan una relación más vital con Jesús; que permanecen ajenos a su proyecto; que solo conocen el cumplimiento de sus obligaciones, pero no la experiencia de encontrarse con Cristo resucitado; que buscan instintivamente seguridad y viven alimentándose solo de lo que encuentran a su alcance para nutrir sus necesidades religiosas, no será fácil impulsar esa renovación cada vez más necesaria en la Iglesia.
El Espíritu del Resucitado nos está llamando. Necesitamos ser recreados por su fuerza, sin contentarnos con seguir instalados en los comportamientos y las palabras convencionales de siempre. Lo necesitamos para no vivir solo de creencias, muchas veces gastadas y desfiguradas por el uso que se ha hecho de ellas durante siglos de cristiandad. Lo necesitamos para comprender mejor lo que fue esencial en las comunidades que formaron los primeros discípulos que se encontraron con Jesús, y para aprender a vivir en la Iglesia de hoy más abiertos a su Espíritu: más identificados con su proyecto, menos dependientes de un pasado no siempre fiel, menos sujetos a servidumbres y desviaciones del momento presente y más atentos a los caminos que el Resucitado seguirá abriendo también en el futuro.
b)Un nuevo nacimiento de la Iglesia
El paso de unas comunidades formadas mayoritariamente por «adeptos» a comunidades marcadas por el contacto vital con Jesucristo significaría hoy para la Iglesia un «segundo nacimiento» digno del primero. No hemos de olvidar que estamos hablando de un cambio que ha de producirse a nivel de interioridad espiritual, no simplemente de reformas o adaptaciones de carácter pastoral, catequético o litúrgico. Una transformación generada, sostenida y desarrollada por la presencia viva de Jesús, nuestro Señor resucitado, en los corazones y en los grupos cristianos. «Se trata de convertirnos en discípulos igual que lo hicieron los que siguieron a Jesús» 3.
La Iglesia camina siempre limitada por la historia que ha vivido en el pasado. Hoy se enfrenta a su futuro, configurada por decisiones y actuaciones que a veces la han llevado a vivir lo mejor y más auténtico del Evangelio, y otras la han conducido hacia la mediocridad y el olvido de su propio origen. Solo el Espíritu de Jesucristo la puede devolver a su verdad más genuina. Solo su fuerza resucitadora, acogida fielmente en las comunidades cristianas, puede reavivar lo mejor que hay en la Iglesia: su instinto de seguirlo de cerca. Es el Hijo de Dios encarnado en Jesús el que puede arrancar a la Iglesia de la mediocridad en que vivimos sumidos de ordinario. El único que la puede llevar más lejos que los límites marcados por el conjunto de leyes, normas y costumbres heredadas del pasado. El único que la puede impulsar a ir más allá de lo establecido por las tradiciones.
A veces se cultiva entre nosotros la idea más o menos tácita de que la Iglesia católica, tal como ha llegado hasta nosotros, es una institución construida y acabada para siempre, donde todo está ya decidido para los siglos venideros. Se presupone, sin más análisis ni consideraciones, que ha habido un período, por decirlo así, sagrado y constituyente, que ha durado algunos siglos y en los que prácticamente todo ha quedado ya decidido de manera definitiva y para siempre. Ahora estaríamos en otro período en el que a las sucesivas generaciones de cristianos solo nos queda repetir esa figura de Iglesia y ese estilo de cristianismo. Ha habido unos siglos de «génesis de la Iglesia», pero ya han terminado. Ahora solo es posible hacer algunas adaptaciones 4.
Sin duda, todos hemos de edificar la Iglesia sobre el cimiento que se nos ha dado, y que es Jesucristo: «Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo» (1 Corintios 3,11). Nadie está legitimado para modificar lo que pertenece a la estructura esencial de la Iglesia. Pero, después del nacimiento de la Iglesia apostólica a partir del «hecho fundacional» que es Jesucristo, no hay en la historia posterior de la Iglesia un período privilegiado de siglos, de carácter fundacional, donde se edifica para siempre la figura de una Iglesia que ha de ser en adelante normativa para todos los tiempos y culturas 5. Si así fuera, estaríamos obstaculizando que Cristo siguiera engendrando seguidores en la cultura propia de los siglos venideros; estaríamos dificultando que las futuras generaciones cristianas cumplieran con su propia responsabilidad creativa el mandato confiado por Jesús de «hacer discípulos a todas las gentes» (Mateo 28,19).
Hemos de concebir más bien la Iglesia como una realidad viva, en «génesis permanente» a partir de Cristo resucitado, su principio y fuente de vida. Su tarea primordial no es ser fiel a una figura y a un estilo de cristianismo desarrollado en otros tiempos. Lo que nos ha de preocupar no es conservar intacto el pasado, sino hacer posible el nacimiento de una Iglesia y de unas comunidades capaces de reproducir hoy con fidelidad la presencia de Jesucristo resucitado, actualizando su proyecto del reino de Dios en la sociedad contemporánea.
Esta es nuestra primera tarea hoy: hacer posible la recepción de Jesús en nuestros días, sin ocultarlo ni oscurecerlo con nuestras tradiciones humanas; hacer posible la acogida de Jesús por los hombres y mujeres de nuestro tiempo; hacer deseable su Evangelio desde los interrogantes, contradicciones y vacíos de la sociedad actual. Este es el criterio primordial para discernir qué hemos de asumir, qué hemos de modificar y qué hemos de abandonar del pasado. No hemos de imaginar la acción evangelizadora como «adaptación del pasado a una nueva situación», sino como «creatividad responsable» que, naturalmente, tiene en cuenta la Iglesia que nos ha precedido en otras culturas del pasado, pero solo para hacer posible el nacimiento de una Iglesia capaz de poner a Jesús y su Evangelio en contacto con los hombres y mujeres de hoy 6.
c) Vivir en Cristo resucitado
Según los relatos evangélicos, después de la muerte de Jesús es la resurrección lo que hace posible de nuevo el encuentro de los discípulos con él. Son los encuentros con el Resucitado y su presencia viva en medio de ellos lo que hace posible de nuevo el seguimiento. Jesús irá de nuevo delante de sus discípulos a Galilea. «Como lo había hecho en su vida terrestre, Jesús precede, llama, restaura la relación, define el camino de los discípulos, crea la posibilidad de un verdadero seguimiento» 7.
El camino de Jesús no termina en la muerte. Si hubiera sido así, su vida solo nos serviría hoy de modelo ejemplar o de proyecto ético que podría inspirar todavía nuestra actuación, pero nada más. Sin embargo, en la resurrección se nos descubre que la muerte de Jesús no ha sido su final. Jesús retorna al Padre y permanece vivo en medio de la historia. Su resurrección provoca un giro radical, pues hace posible nuestro encuentro personal con él. Por eso hemos de decir que seguir a Jesús no es imitarlo, como se puede imitar a tantos hombres grandes del pasado. La posibilidad de seguir a Jesús vivo a través de toda la historia empieza realmente, en sentido pleno, a partir la resurrección de Jesús. Ahora, la historia de todos los hombres puede integrarse en el movimiento de Jesús, que retorna a la Vida definitiva del Padre.
Para expresar esta vinculación actual de los seguidores de Jesús a Cristo resucitado se empieza a utilizar en las comunidades cristianas un nuevo lenguaje. San Pablo no habla ya de «seguir» a Jesús. Su atención se centra ahora en la vida nueva del Resucitado que ha de penetrar y transformar nuestra existencia concreta. Por eso comienza a utilizar categorías especiales: «vivir en Cristo» o «vivir con Cristo». Cristo es ahora un espacio de salvación, una fuente de vida nueva, la nueva condición en la que vive el creyente, animado por su Espíritu.
Vivir en Cristo resucitado es vivir animados por su Espíritu, vivir según su Espíritu. «El que no tiene el Espíritu no pertenece a Cristo» (Romanos 8,9). Es el Espíritu del Resucitado el que hace posible la existencia cristiana. Seguir a Jesús no es simplemente imitar a un líder del pasado o inspirarnos en su herencia. Es algo que brota desde nuestra experiencia interna de una «sabiduría escondida venida de Dios» (1 Corintios 1,30) que revela en nosotros a su Hijo (Gálatas 1,16). Ese Espíritu «derramado en nuestros corazones» (Romanos 5,5) suscita nuestra obediencia a Jesucristo, nos libera de ser nosotros mismos el centro de nuestra vida y va interiorizando en nosotros las actitudes que vivió Jesús, nuestro único Maestro y Señor.
Reflexión
1. ¿Estamos en nuestra parroquia o comunidad comprometidos en algún proyecto de renovación? ¿Estamos impulsando alguna acción desde un planteamiento de futuro? (creación de una comisión que se vaya haciendo responsable de cara al futuro; retiros de revisión de la parroquia con los más concienciados; Grupos de Jesús…).
2. ¿Contamos en nuestra parroquia o comunidad cristiana con personas para impulsar un proceso de renovación? ¿Qué pasos concretos podemos dar para concienciarnos y poner en marcha la renovación de la parroquia?
2
Para bastantes cristianos, la resurrección de Jesús se reduce a un hecho del pasado. Algo que le sucedió a Jesús hace más de dos mil años. Un acontecimiento lejano e inaccesible, de importancia decisiva para la fe en Jesucristo, pero que no sabemos cómo vivir hoy desde nuestra propia experiencia.
Condicionados por una cultura que valora de manera predominante los «fenómenos observables», nos resulta difícil sintonizar con aquello que no podemos reducir a dato controlable. Entonces nos acercamos a la resurrección de Jesús como desde fuera. Hablamos del sepulcro vacío, las apariciones del Resucitado o el testimonio de los discípulos, pero no acertamos a vivir nosotros mismos la experiencia de encontrarnos con el Resucitado, que nos dice: «Yo soy el que vive. Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 1,17-18).
Naturalmente, la resurrección de Jesús, como acontecimiento que alcanza su realidad plena más allá de la muerte, nos trasciende y desborda a los que nos movemos todavía en este mundo, tanto a nosotros como a los primeros discípulos. No nos es posible controlar ni verificar la resurrección de Jesús, solo acogerla gozosamente en la fe. Sin embargo, los primeros creyentes han vivido unas experiencias concretas que les han conducido a afirmar que «se han encontrado» con Jesús lleno de vida después de su muerte. El Resucitado se les ha hecho presente en sus vidas. ¿Podemos nosotros vivir hoy algo de lo que ellos han vivido? ¿Con qué experiencias podemos contar nosotros para encontrarnos con Jesús resucitado?