Aplausos - Nicolás Teté - E-Book

Aplausos E-Book

Nicolás Teté

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Beschreibung

Este es un libro lleno de argumentos. Se puede decir que todos los libros de cuentos los tienen, pero en el caso de Aplausos son ingeniosos, aptos para ser resumidos en una línea y quedar en la memoria de los lectores. Por ejemplo, el debut un domingo a la noche de una drag queen que durante la semana trabaja en un estudio de abogacía, o la aparición de una compañera de colegio muerta que le pide al narrador que la borre de Facebook para poder descansar en paz. Los aplausos que reclaman los personajes son los que necesitamos todos para sobrellevar los tonos grises de la vida. Que cada aplauso coincida con el final de un cuento revela la maestría de Nicolás Teté en el género. Y, más que a la no poca pericia que demuestra, responde a su enorme capacidad de conmovernos con sus hermosas criaturas. 

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Seitenzahl: 203

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Aplausos

 

 

Nicolás Teté

 

 

 

Índice

Cubierta

Portada

Bailando conmigo

Actriz de teatro

Fantasmas

¿Qué me llevo de este lugar?

¿Qué es una pirámide?

El chico de los tutoriales

Islandia

El fin de la influencia

La diva

El de las remeras amarillas

Secretitos

La estatua de la libertad

Varados

Todo me parece poco

La hija del galán

Día del padre

Te estamos llamando

La panadera

Festival

Una cita

Sobre el autor

Créditos

Hitos

Tabla de contenidos

Bailando conmigo

Juan estuvo esperando este momento toda la semana. Citó a un par de amigos sin darles muchos detalles, los domingos a la noche nadie hace planes. Los espera en su casa a eso de las diez para llegar al bar a eso de las once. No tiene tiempo que perder, recién son las cinco de la tarde, pero igual, si quiere lograr todo lo que planeó, mejor apurarse. Está ansioso, intenta relajarse para que no le agarre otro brote de nervios, los viene teniendo seguido y ya anda asustado con ese tema. No quiere estar de nuevo así, como sin aire. Respira hondo, capaz podría sumar una meditación a los preparativos. Una cortita. Pero ya abrió demasiados tutoriales. No es tan fácil. El celular le recuerda la audiencia de mañana, el cliente está nervioso y le manda mensajes. Ahora no está en modo abogado, no piensa contestar. En el placard guarda lo que fue comprando para esta noche, un par de visitas a Once, a El Mundo de las Pelucas y al M.A.C. del Alto Palermo fueron suficientes para conseguir todos los materiales. Juan se pasó semanas pensando su nombre y también en cómo va a definirse, qué estilo va a tener. Una vez le había comentado la idea a su novio y no la había aprobado. Le parecía una ridiculez, un papelón. Capaz un poco por eso hace semanas que es su ex.

Como cuando tenía quince años y preparaba arriba de la cama la ropa que se iba a poner para ir a un cumpleaños, ahora pone la peluca, el vestido y los accesorios. Los contempla. Vuelve a imaginarse el momento, las luces bajas, las lentejuelas, el glitter en su piel y ese pelo hasta la cintura, castaño casi colorado. Se da un baño mientras lee a sus amigos en WhatsApp, que hablan de chismes de anoche. Fueron juntos a bailar y no les contó nada de su plan, pero se la pasó con la cabeza en el vestido de lentejuelas plateadas.

Ahora musicaliza con un tema bien arriba y pone el tutorial para maquillarse. El video promete trucos que hasta te cambian las facciones de la cara. Había muchas opciones. No fue fácil decidirse. Juan descartó todos los de estilos góticos y gore, nunca le gustó esa onda. De chico le daban mucho miedo Marilyn Manson y las películas de Tim Burton. Quiere algo más tipo Paris is Burning. Aunque ya venía practicando hacía semanas, se tuvo que sacar todo el maquillaje a mitad del tutorial porque se confundió. No puede dar marcha atrás, ya está depilado. Sus amigos le preguntan si llevan algo para la previa, no está para responder esas pavadas. Todos saben que si van a su casa tienen que caer con una botella de vino.

Cuando logra el maquillaje que buscaba ya son las ocho de la noche, quiere vestirse y hacerse unas fotos antes de que lleguen los invitados. Suma unos detalles de glitter, el brillo nunca está de más. Va a peinar la peluca siguiendo otro tutorial porque así se ve muy noventas. Para entrar en clima pone la canción con la que va a participar de Lip Sync for your tips and life, el show del bar al que va con sus amigos. Tiene que hacer playback de una canción de manera perfecta y con mucho show, dependiendo de su estilo. Eligió “Dancing On My Own” de Robyn, porque se acaba de separar, porque le hace acordar a una escena de Girls en la que Hannah la baila en su cuarto y porque el comienzo le da tiempo para hacer un poco de pasarela. Es el tema perfecto para presentar a Angie Legrand, nombre en honor a la perra de su infancia y, obviamente, el apellido es por el programa favorito de su abuela, que nunca la entendería y desaprobaría su maquillaje. “Parecés una puerta, nena”, le diría.

Ya está lista para recibir a sus amigos, abre un vino y vuelve a practicar la canción. I’m in the corner. Watching you kiss her. Oh Oh Oh. Mensaje de Maxi, están abajo. Agradece tener portero eléctrico, así se llevan la sorpresa cuando suben. Abre la puerta del departamento, pone Robyn al palo y se esconde en el baño del monoambiente. Cuando sus amigos entran buscan a Juan, Robyn canta. I’m just gonna dance all night, I’m all messed up, I’m so outta line, Stilettos on broken bottles. Se abre la puerta del baño y sale haciendo un lip sync perfecto, mechando momentos de desfile. Sus amigos la miran entre hipnotizados y sorprendidos. Cuando se termina la música, aplauden. Maxi con poco tacto se sorprende por la afeitada y lo dice. Angie no quería ser de esas drags con barba. Nunca le gustaron, por eso se afeitó. La bombardean a preguntas pero ella ignora todo y responde como una diva, evadiendo.

El bar queda a pocas cuadras pero igual pide un Uber para llegar con más estilo. Total, sólo sale mil pesos. Por suerte es un auto negro y en buen estado, de alta gama, si no, ni se subía. Angie sabe que como drag queen la apariencia es lo más importante, y a eso está jugando. Maxi, Franco y Pablo, sus amigos, se van dando cuenta de que esa noche tienen un rol fijo: acompañantes. Nada más. Ella los necesita en su equipo. Por pedido de Angie, Franco es el encargado de abrirle la puerta del auto al llegar al bar. Es el que mejor cuerpo tiene, el crossfit lo hace imponente. La vereda está repleta y muchos miran el show desde la vidriera del local.

El calor de febrero hace que sea un buen plan ver todo desde afuera. Hay hasta parlantes en la vereda y sillones. También hay una buena fila esperando para entrar. Angie va directo a la puerta, sin mirar a nadie, y el guardia de seguridad le abre como si la estuviese esperando. Los que estaban en la fila ni chistan, se dan cuenta de que llegó una de las estrellas de la noche. Maxi no puede creer lo bien que maneja los stilettos. En el camino pierden a Pablo, que se queda saludando porque conoce a todo el mundo. Es habitué de todas las aplicaciones de citas.

Ya adentro Angie se acerca a la barra y sigue las indicaciones que le dieron cuando se inscribió en el concurso, le avisa al cajero de su presencia y él la confirma como participante. Le toca pasar segunda y enfrentarse con Trinity Moulin Rouge, una de las clásicas del lugar. Le muestran el camarín improvisado en la misma cocina del bar, puede dejar sus cosas entre la heladera y la freidora. Ahí se prepara junto a Maxi, que le da una mano ultimando algunos detalles, repasando el maquillaje y acomodando la peluca. “Estas hermosa”, le dice Maxi cada vez que puede. Él sí la valora, siempre lo hizo, no como su ex, que en este momento estaría poniendo cara de asco. Se escucha la voz de la conductora en los parlantes. Comienza el show.

 

 

Los aplausos postshow de Trinity son furiosos, hay silbidos y gritos desaforados. Angie tiene que hacer un par de esas respiraciones que aprendió para aflojar los nervios. Le falta el aire. Maxi le sopla la cara, suave para que no se le corra el glitter que se esparció estratégicamente. El aire de Maxi la calma y le da fuerzas. Cuando le toca su turno, sale dispuesta a conquistar al público. Franco y Pablo están ubicados perfectamente para hacer videos y fotos para Instagram. La conductora anuncia que es el debut de la próxima participante y hace chistes con el célebre apellido que eligió. “¿Será la nieta no reconocida de La Chiqui? Con ustedes: Angie Legrand”. Empieza a sonar el tema. Absolutamente poseída, Angie camina por la pasarela marcando el ritmo con los movimientos de cadera. Entra en éxtasis, su felicidad traspasa el maquillaje. I’m in the corner, watching you kiss her, Oh oh oh, I’m giving it my all, But I’m not the girl you’re taking home. Hace los cuatro minutos de canción de manera perfecta y el bar se lo retribuye. Capaz haya sido suerte de principiante, pero los aplausos duraron cinco minutos en continuado.

Como la ganadora se define por aplausos, Angie tiene que volver para los cuartos de final en un mes. Se va del bar recibiendo aplausos y besos, ya tiene fans. “¡Estuviste increíble!”, “¡Te amo!”, “¡Sos una genia!”, todo eso y mucho más le gritan. Maxi nunca la vio con esa sonrisa, Angie tiene luz propia, está realizada. “Estás espléndida, amiga”, le dice. Se abrazan y la cara de Maxi queda con detalles de glitter. En ese bar de Palermo, con el maquillaje, la peluca, los aplausos, el vestido y sus amigos tiene un instante de felicidad único, de esos que sabe que va a recordar toda la vida. Se siente liberada y aceptada. No se puede pedir más.

 

 

Llega a su casa y empieza un nuevo ritual. Se saca el maquillaje, la peluca, el vestido, los accesorios. Lo hace despacio. Vuelve a guardar todo con mucho cuidado. Se da otra ducha. La bañadera queda llena de glitter, le pasa una esponja pero no se va, no quiere. Vuelve a ser Juan. Franco le pregunta si puede etiquetarlo en los videos de Instagram. Obvio, responde y sonríe pensando en quiénes lo van a ver. Pone la alarma, mañana tiene que volver al estudio jurídico. No se puede sacar la canción de la cabeza. Repasa cada momento de la noche, es imposible dormirse, quedó encendido. Aprovecha los videos de sus amigos para ver a Angie, para verse. Sabe que esa noche no va a dormir, va a pasar de largo y seguro un poquito de glitter se va a llevar a Tribunales.

Actriz de teatro

Ya me lo dijo Taylor:

somos yonkis del cariño ajeno.

Necesitamos el aplauso del extraño,

hemos dejado nuestra paz en sus manos.

(“Taylor”, Zahara)

 

 

 

 

¿Qué respondo cuando me preguntan qué soy? Hasta hace unos años respondía actriz, pero me cansé. Después de esa respuesta siempre venía la misma pregunta. ¿Dónde te puedo ver? ¿Qué película hiciste? O peor, me mentían y decían: “Claro, de algún lado tenía tu cara, debe ser de la tele”. Nunca hice tele. Bah, alguna vez fui extra, pero no puedo decir que hice tele. No lo pongo en mi curriculum y menos en mi reel. “No tenés una cara televisiva” me dijo una vez mi amigo Emiliano, que trabaja en Canal 13. Siempre que me acuerdo de eso me miro en el espejo. Me toco la cara, me estiro los cachetes, me levanto la nariz. ¿Qué es lo televisivo en un rostro?

En los últimos años preferí dejar de decir lo que soy para decir lo que hago. Recepcionista. “¿Y vos qué sos?”, “Soy recepcionista en un estudio jurídico en Puerto Madero”. Listo, no preguntan nada más. A veces deslizan un cuestionario sobre si mi jefe es uno de esos que van de panelistas a la tele o si hubo algún caso medio turbio en el estudio, pero no me piden detalles. A nadie le interesa mucho saber qué hago en mi jornada laboral. A mí tampoco. Ya hirvió el agua, le pongo un poco de jengibre en polvo, jugo de limón, menta y miel. Tengo que estar bien de la garganta para esta noche, necesito proyectar la voz. Es muy difícil ser recepcionista toda la semana y el sábado a la noche convertirme en actriz.

 

 

El director habla en el grupo de WhatsApp, esta noche hay pocas reservas. “Agiten, chicas”, nos pide. No queremos tener otro sábado con menos de diez espectadores. Esta obra está costando, aunque somos muchos protagonistas. Pero bueno, parece que nadie quiere ver una versión moderna de La gaviota ambientada en Floresta. Ya no sé a quién invitar. Me meto en Facebook y reviso a mis amigos virtuales. Les escribo uno por uno invitándolos esta noche, hay gente que ni conozco, no importa, les mando. Muchos me prometen venir el próximo sábado, otros me preguntan cuántas funciones quedan, para ir a la última, para no ir nunca. Ofrezco dejar unos 2x1, entrada gratis no nos permiten. Además, toda persona de bien sabe que el teatro off se paga. Al teatro comercial te invitan, pero el off se paga. Somos una cooperativa. Estuvimos dos años ensayando para hacer estas ocho funciones en el corazón del Abasto. Valórenlo. Estoy medio vaga con esto de invitar. Hago lo clásico, subirlo a mi Instagram, postearlo en mi muro de Face, algún tuit y una cadena de mails que es obvio que va directo a spam. Me gustaría hacer una obra con jefe de prensa, así no tengo que preocuparme por estas cosas, así me invitan a radios y programas de tele, esos de Canal 7 donde se puede hablar de arte y no de pavadas. Prefiero que se mueva más el resto del elenco, mis compañeros, que no están tan cansados de remarla todos los sábados. Para algunos es la primera vez que suben a un escenario en Buenos Aires. Ellos sí tienen padres, tíos, primos, gente que nunca los vio actuar. Los míos ya están cansados, les da lo mismo verme. No es un acontecimiento. Lo hacen para cumplir. Mi mamá me dice que mis obras son muy under. Lo dice de forma despectiva. Under. Ella quisiera que actuara en calle Corrientes, en el Paseo la Plaza y que si no, no actúe, que me conforme con mi trabajo en el estudio jurídico. Así no tiene que ir a ver una obra under cada tres meses. Uno de los que invité para esta noche pretende conversar, se cree que me lo estoy levantando. No, querido, soy sólo una actriz buscando espectadores para esta noche. Porque actuar es lo único que me completa y me hace sentir una persona. Pero no puedo actuar para la nada, necesito tus ojos mirándome y tus aplausos al final. Los lunes cuando estoy en el subte pienso en esos aplausos, los que me dieron el sábado y los que me van a dar en la próxima función. Momento de éxtasis para mi yo actriz.

 

 

Los sábados no hago nada de nada. Me cuido, sólo eso. Me preparo para actuar. Para ser Masha de La gaviota o, como le quiso poner el director en esta puesta, Maira, porque estamos en Floresta, muy lejos de Rusia. Hago ejercicios de meditación, fonoaudiología, tomo mucho té, limpieza de cutis, me depilo, prendo sahumerios. Ahora me puse el antifaz con gel para que se me bajen un poco las ojeras. Me preparo para mi público, tengo que dar lo mejor. Tengo que volver a hacer castings, meterme de nuevo en ese mundo. Ahora sirvo para otros papeles, hasta doy madre de adolescentes. Tengo otro physique du rôle. Quiero dejar el estudio jurídico. No es compatible con mi carrera de actriz, no puedo hacer las dos cosas, no me da el tiempo para ensayar, hacer castings, tomar clases. Una vez casi me toman para una obra en el San Martín, y ahí no me quedaba otra que dejar el estudio jurídico, pero la obra duraba sólo cuatro meses y no me animé a renunciar. Tendría que haberme animado, para algo estudié tanto. Fui a lo de Lito Cruz, Chávez, Bartis, Alesso, Moseinco y otros que no me acuerdo. Quiero hacer una obra que sea un éxito, que no tenga que estar invitando gente. Que mis familiares me manden mil mensajes rogando que les deje entradas y no tener lugar para ellos. Que cuando diga que actúo en esa obra la gente me diga “Ah, sí, la conozco”. Un tipo me dice que viene esta noche a verme si después nos tomamos una cerveza. Acepto. Está lindo según su foto de perfil. Conseguí tres reservas y dos 2x1. Nada mal. Aviso en el grupo. Celebramos la cosecha. El director propone que después de la función nos saquemos fotos con los espectadores así las subimos a las redes, los etiquetamos y se viralizan. ¿Quién va a viralizar eso? Es muy optimista. Pobrecito. Debería haber un taller de community manager para actores, eso sí sería útil, debería ser una materia en la UNA, Redes Sociales para Actores, o algo así. Voy a prender otro sahumerio, me saco un poco toda esta energía que me puso reflexiva. Voy a empezar a decir actriz y recepcionista cuando me pregunten qué soy. Ya fue, voy a soportar tener que decir “Actriz de teatro, ahora no estoy en ninguna obra” o “Vení a verme el sábado al teatro de Guardia Vieja, te dejo 2x1. No, tele nunca hice. Cine me encantaría”. Me la voy a bancar. Me voy a bancar esas preguntas y a esa gente que piensa que no soy actriz porque nunca me vio actuar. A vos, Juan Martín, nunca te vi en Tribunales y no por eso cuestiono que seas abogado. “Llenamos la sala”, avisa el director por WhatsApp. Qué alegría. Una pensaría que es fácil conseguir treinta personas para ver una obra un sábado a la noche, pero no. Es todo un desafío.

Fantasmas

Hace varias semanas que Javier tiene problemas para dormir. No logra conciliar el sueño. Intenta no agarrar el celular porque en todas las páginas que consulta aconsejan no usar el teléfono en la cama. La luz de los smartphones reduce la producción de melatonina, que es la hormona que nos ayuda a dormir. Eso dicen. Encima, siempre le duelen las cervicales, se pasa la noche dando vueltas en la cama, busca la posición perfecta, todo le incomoda. Odia no poder dormir porque de esa forma no logra descansar de su mente. Su cabeza que le habla todo el tiempo y lo agota. Sus pensamientos. Basta. Quiere dormir. A las tres de la mañana va a la cocina, toma un vaso de agua y la escupe. Tiene un gusto horrible, parece agua de aceitunas, está oleosa, pesada. No tiene nada más para tomar. Esa costumbre de tomar sólo agua de la canilla. Se arrepiente de no haber puesto el filtro que le recomendó una amiga. No da abrir un vino a esta hora. La boca pastosa no ayuda. Exprime un limón, lo rebaja con el agua y se toma eso. Se tira en el sillón, hace un par de noches logró dormirse ahí, todo doblado. Desiste y agarra el celular. Muchos excompañeros del secundario subieron la misma foto. Laura Pérez, la flaca, la que se suicidó el 10 de octubre después de volver del viaje de egresados.

Hoy se cumplen diez años de su muerte, todos la están recordando con fotos que ella no aprobaría. La etiquetan. Laura aún tiene un perfil en Facebook. La madre a veces escribe por ella y sube fotos recordándola. Otra gente también le escribe mensajes. Lee uno de la tía, una foto con amigas, un mensaje de la madre desde su propio perfil. Si sigue viendo eso no se va a dormir nunca. Ese es uno de los pensamientos más recurrentes que tiene, la muerte. Se pasa noches enteras pensando en muertes de seres queridos y en su propia muerte. Fuera esos pensamientos. Otras noches se pone a ver perfiles de conocidos que ya murieron o si se entera de una muerte entra a ver los últimos posteos y los primeros obituarios virtuales. Una vez, mientras miraba las fotos del entierro de un famoso, sonrió. Se sintió mal por sonreír pero no pudo evitarlo. Le produce placer poder espiar esos entierros gracias a los paparazzi. Esa gente que en la pantalla se la ve tan feliz de golpe está devastada. Le gusta ver que también sufren. Intenta pensar que sólo es morbo, el morbo de ver el sufrimiento ajeno, o intenta por medio de esas fotos y perfiles perder su propio miedo a la muerte. Se pone el celular en el pecho y cierra los ojos. Imposible. Va a ser una noche larga. Abre los ojos. Laura Pérez toma un sorbo de agua. “Está asquerosa esta agua. No debe ser potable. Te va a hacer mal”. Javier le pide a Laura que se vaya. Quiere dormir, mañana tiene una entrevista de trabajo y necesita estar descansado.

—¿Qué haces acá?

—Hello, me llamaste. No aprendiste todavía.

—Sí, ya sé, pero necesito dormir.

—Yo necesito tantas cosas. Diez años ya, ¿podés creerlo? Encima todos se acuerdan de cuando se lo contaron y lo ponen en mi muro. Un bajón.

—A mí me lo dijo mi mamá, tardé en darme cuenta de que eras vos. No teníamos mucha relación. Decía “la rubiecita, la rubiecita”. Se puso nerviosa y sólo repetía eso y lloraba. ¿Te vas que quiero dormir? Me duelen las cervicales, no logro ubicarme en la cama.

—Siempre te dolieron. Te ibas a hacer masajes al mismo centro de estética donde yo iba a la cama solar.

—Teníamos quince años.

—Tenía que estar divina para los cumples.

—Claro. Yo no, total casi que no me invitaban.

—¿Me vas a volver a reclamar que no te invité a mi fiesta?

—No, si me invitabas no iba.

—Aprovechemos la noche. Poneme al día. Contame en qué andan los chicos. ¿Agustín se casó al final?

—Sí, la mujer está embarazada. Se fueron a vivir a Dallas. Lo mandaron de la empresa en la que trabaja. Lo sé por las redes. No tengo otro contacto.

—Ah, mirá vos. Podría visitarlos.

—¿Para qué?

—Pasar el tiempo. No conozco Dallas, debe ser re lindo. ¿No era ahí Dawson Creek’s?

—No.

—Tendría que haber elegido el viaje, por lo menos hubiese conocido Estados Unidos.

—¿Cuándo?

—Cuando cumplí quince.

 

 

Las visitas de Laura son las preferidas de Javier. Siempre conversan, ella le pregunta cosas y él le comparte información sobre excompañeros de colegio. En el colegio todos lo ignoraban pero ahora Laura Pérez, la más popular, lo elige para que sea su informante. Cuando viene Martínez, un profesor de la universidad, todo es más deprimente. El tipo, o lo que queda de él, se para en un rincón y permanece mudo hasta desaparecer. Por eso Javier intenta evitar los mensajes que la gente sube recordándolo, mejor si no aparece.

Cuando se dio cuenta de que podía recibir estas visitas la intriga y el morbo lo llevaron a recibir a completos desconocidos, por eso antes de irse a la cama se fija muy bien en qué perfil de Facebook entra. Tiene que tener cuidado, como cuando se juega a la ouija. Una vez recibió la visita de un famoso. Un cantante de trap que murió de sobredosis. Conversaron un rato y se fue porque estaba muy solicitado. Mientras consulta maneras de controlar su insomnio teme perder este don que tiene, o más bien oportunidad de encontrarse con esta gente, con estos fantasmas. Por eso busca métodos que le permitan dormir, pero nada de pastillas. Prefiere echarlo a la suerte. Té de lavanda recomiendan en un foro de insomnes.

 

 

Otra noche de dar vueltas en la cama. Lee unas notas que salieron en el diario sobre enfermedades terminales. Se ve tentado de entrar a ver las fotos del entierro íntimo de un actor de Hollywood pero ve otro que es tendencia en Twitter, lo dan por muerto. No sabe con cuál quedarse. Ante la duda, ninguno.