Aprender a participar - Fernando de la Riva - E-Book

Aprender a participar E-Book

Fernando de la Riva

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Beschreibung

La participación social es una clave esencial para poder transformar el mundo a la medida de las necesidades de la humanidad. Sin ella, el futuro será más infeliz y oscuro para la inmensa mayoría de personas. Pero la participación, para ser constructiva, requiere de valores, actitudes, conocimientos, habilidades y competencias que la hagan posible. Y la escuela, la comunidad educativa y su entorno comunitario, son espacios idóneos para iniciar los aprendizajes necesarios que continuarán a lo largo de toda la vida. Este libro se ocupa de la Educación para la Participación desde la Escuela y su entorno. Su primera parte se ocupa de las razones y los fundamentos de la participación social. La segunda describe algunas experiencias inspiradoras. La tercera propone un conjunto de pistas prácticas y algunas técnicas, para iniciar actividades y proyectos que promuevan y eduquen para la participación desde la escuela. El libro se dirige a toda la comunidad educativa, al profesorado, a las madres y padres, al alumnado, y a su entorno socio-comunitario. Porque la tarea de educar en y para la participación es colectiva y colaborativa, implica a todos los actores y actrices, a toda la comunidad, a toda la tribu.

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Seitenzahl: 149

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Índice

INTRODUCCIÓN

I. A VUELTAS CON LA PARTICIPACIÓN

1. ¿Por qué educar para la participación?

2. Algunos apuntes sobre la participación

3. Una propuesta metodológica para promover la participación social

4. La Educación para la Participación en la Escuela

5. Antecedentes e influencias de la Educación para la Participación

II. ALGUNAS EXPERIENCIAS INSPIRADORAS

6. Itinerario de Educación para la Participación “Creando Futuro”

7. Participar para poner la vida en el centro

8. El Proyecto “Educar en Participación”

9. Otras iniciativas de interés

III. PISTAS PRÁCTICAS PARA EDUCAR PARA LA PARTICIPACIÓN EN LA ESCUELA

10. Algunos aspectos a tener en cuenta antes de actuar

11. La construcción de itinerarios de Educación para la Participación en la escuela

12. El papel de las personas dinamizadoras

13. Herramientas de la Educación para la Participación

14. Ideas para recordar (a modo de resumen)

IV. RECURSOS

Enlaces de interés (o “webgrafía”)

Bibliografía

La participación social es una condición esencial para transformar el mundo a la medida de las necesidades de la humanidad en el siglo XXI. Sin ella, el futuro será más infeliz y oscuro para una inmensa mayoría de personas.

Pero la participación social no se produce espontáneamente, requiere –para ser constructiva– de valores, actitudes, conocimientos, habilidades y competencias que la hagan posible. Necesita de aprendizajes específicos. Por eso la Educación para la Participación es una cuestión tan importante que justifica, por ejemplo, un libro como este.

Pero, ¿cómo educar para la participación? ¿Cómo hacerlo desde la infancia, desde la propia escuela? ¿Cómo hacerlo cuando las madres y los padres, cuando el profesorado y el resto de los actores y actrices que intervienen en el proceso educativo, a menudo carecen de esos mismos valores y habilidades para la participación?

De eso trata este libro. Su objetivo es proponer a la persona lectora algunas ideas que ayuden a comprender la necesidad y los fundamentos de la Educación para la Participación desde la escuela, dar a conocer algunas experiencias que ejemplifican sus enormes posibilidades, y aportar algunas pistas prácticas para quienes quieran emprender iniciativas y procesos de aprendizaje de la participación en el ámbito de la comunidad escolar o en sus entornos comunitarios.

El libro se organiza en cuatro partes: una primera parte más teórica, A vueltas con la participación, que se ocupa de repasar los conceptos básicos, los fundamentos metodológicos y los antecedentes históricos; una segunda parte, Algunas experiencias inspiradoras, que presenta brevemente diversas iniciativas activas de Educación para la Participación en el ambito o el entorno de la escuela; y una tercera parte, Pistas prácticas para educar para la participación en la escuela, que propone estrategias concretas y describe, a modo de ejemplo, unas cuantas técnicas o dinámicas aprovechables por quienes se animen a impulsar sus propios procesos y proyectos participativos. Esta tercera parte concluye resumiendo algunas de las principales ideas-fuerza que recorren el libro, no tanto porque pensemos que las personas lectoras sean desmemoriadas, sino con el fin de subrayar su importancia y facilitar su recuerdo y transmisión a otras personas.

Este libro no pretende ser exhaustivo, porque el tema de la participación social en general y de la participación dentro o en el entorno del sistema educativo es muy amplio. Por el contrario, tan solo pretende ser una iniciación al tema, que motive a las personas interesadas a seguir profundizando, aprovechando, por ejemplo, la bibliografía y las referencias web que proponemos en una cuarta y última parte.

El libro le debe mucho a nuestra extensa prácticas dentro del Colectivo de Educación para la Participación CRAC1, en la que hemos aprendido que ha de ser cada grupo, cada colectivo, cada escuela, cada comunidad, quien –de acuerdo a su contexto– elija y concrete las estrategias, los métodos y técnicas a llevar a cabo para que se pueda producir el aprendizaje de la participación.

Por ello, desde esta misma introducción, y huyendo de cualquier pretensión de servir de “manual”, invitamos a las personas lectoras a traducir, reinterpretar, adecuar y transformar con plena libertad, a la medida de su realidad, sus necesidades y su creatividad, todo lo que se dice de aquí en adelante.

En los últimos años se habla mucho de participación, en la política, en la cultura, en la educación…, en todos los órdenes de la vida social y comunitaria. ¿Se trata de una moda pasajera, de un lugar común, de una cantinela vacía que se repite sin conocer bien su significado y sus implicaciones… o es la expresión de una necesidad sentida, de una sensibilidad general creciente que reconoce en la participación social un tema clave?

Desde nuestro punto de vista, más allá de la palabrería hueca que tanto abunda en esta sociedad nuestra, la participación es, efectivamente, una cuestión central, sustantiva, de esas en las cuales nos jugamos el futuro. Y es tan importante que no cabe pasar por encima, darla por sabida, sino que hemos de volver a preguntarnos por sus razones y su sentido.

A ello dedicamos esta primera parte.

Tiempo de cambios

Nunca el mundo fue tan diverso. O tal vez lo fue siempre, pero no disponíamos de la comunicación instantánea, las emigraciones masivas y los viajes baratos para hacernos tan conscientes de ello. Y nunca el mundo fue tan complejo, con tantos factores diferentes condicionándose entre sí. Nada es simple en nuestro mundo, todo está conectado, interactuando y cambiando constantemente. La complejidad es la norma.

Como se encargan de recordarnos quienes observan y estudian la realidad, vivimos una era de cambios. Son cambios profundos y alcanzan a todos los órdenes de la vida personal y colectiva: el conocimiento, la comunicación, la ciencia, la educación, la economía, las relaciones interpersonales, el papel de las mujeres… Son cambios vertiginosos, se producen en plazos muy cortos, y tienen un alcance universal, afectando –de una u otra forma, en distintos grados– a toda la humanidad. En medio de este vórtice de cambios acelerados, que ponen patas arriba nuestro viejo mundo, la humanidad enfrenta hoy retos inéditos.

Se nos amontonan las “crisis” –medioambientales, económicas, migratorias, energéticas, alimentarias, etc.– hasta el punto de que también se ha llamado a la nuestra la “Sociedad de la Crisis” porque, lejos de ser algo excepcional, esas crisis son la regla. Se suceden unas a otras, se acumulan y se refuerzan entre si. La crisis permanente, se convierte en el paisaje cotidiano en el que se desenvuelven nuestras vidas.

También oímos hablar a menudo de una “crisis sistémica” o también de una “crisis estructural”, porque lo que hace aguas es el propio sistema, la misma estructura de nuestra sociedad, basada en la acumulación, en la producción y el consumo desenfrenado, en un crecimiento sin límites que demanda una enorme cantidad de energía, agota los combustibles fósiles y una gran parte de los recursos naturales.

No por casualidad o por una fatalidad del destino, sino como consecuencia de ese mismo sistema, asistimos en primera fila a los efectos de un trascendental cambio climático, con dramáticas consecuencias: la desertificación de amplias zonas, la crecida del nivel y la contaminación de los mares, el empobrecimiento de la diversidad natural y la extinción de un gran número de especies, las hambrunas, la multiplicación de flujos migratorios masivos, etc. Los efectos, a medio y largo plazo, de esa suma de problemas, resultan difícilmente previsibles aunque, en el mejor de los casos, muy inquietantes.

Como decía el dramaturgo Bertold Brecht: “la crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”, y esa parece una buena descripción de nuestro tiempo. Esa suma de cambios y crisis nos aboca, junto con la revolución tecnológica, a lo que se ha denominado un “Cambio de Era”.

El futuro de la humanidad demanda transformaciones profundas en los modelos de producción y de consumo de nuestras sociedades y, lo que es más esencial, exige un importante cambio cultural en las personas y las comunidades sociales. Una de las palabras de moda es “reinventar”: reinventar la política, la economía, los partidos, los sindicatos, las organizaciones sociales, etc.

Ante este “cambio civilizatorio” que ha llegado para quedarse, precisamos reinventarlo todo. También la educación y la escuela. Y la participación es una de las claves fundamentales de esa transformación que necesitamos.

El factor humano y la inteligencia colectiva

No parece que, como especie, tengamos a mano soluciones y respuestas eficaces a los problemas que enfrentamos. Ni las viejas soluciones del pasado, ni los avances tecnológicos del presente, parecen suficientes para asegurar un horizonte de felicidad –ni de supervivencia– al conjunto de la humanidad. Solo nos queda cruzar los dedos (o rezar) para que la tecnología encuentre las soluciones salvadoras de las que hoy carecemos, o aceptar resignadamente un futuro incierto, tumultuoso y oscuro. La incertidumbre es otro de los rasgos característicos de nuestro tiempo. Junto con el miedo.

Una novedad, en comparación con otros períodos de transformaciones históricas, es la dimensión universal de este cambio. Nuestro mundo, como consecuencia de la revolución de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (en adelante TIC), es aquella “aldea global” que vaticinaba el profesor McLuhan hace muchas décadas.

Esas mismas tecnologías han puesto en evidencia que el problema no consiste en acceder al conocimiento, aparentemente más a nuestro alcance que nunca, sino en gestionarlo bien: ser capaces de procesar e interpretar el extraordinario volumen de información disponible, para convertirlo en respuestas útiles a las grandes preguntas. Y ese reto descomunal solo es abordable desde una nueva cultura de la colaboración en la que el conocimiento ya no es más objeto de acumulación sino de intercambio: hoy no es más sabia una persona cuanta más información retiene para si, sino cuanto más conocimiento comparte.

Por otra parte, vivimos –y esto forma parte del “lado luminoso de la fuerza” en estos tiempos oscuros– un cambio revolucionario en el papel de las mujeres y de la igualdad entre géneros, al menos en los países más desarrollados. Esa revolución feminista supone, entre otras muchas cosas, el reconocimiento de valores fundamentales, que implican un cambio en la concepción del poder y las relaciones interpersonales, que revalorizan la “cultura de los cuidados” y ponen la vida en el centro. Y, así, efectivamente, con esa incorporación creciente de la mitad de la humanidad, asistimos también a una eclosión de la inteligencia cooperativa, cada día más relevante.

Hoy somos más conscientes que nunca de que necesitamos activar toda la inteligencia posible, de todos los hombres y mujeres, en todos los lugares del mundo, y ponerla a cooperar, a trabajar en equipo para buscar y poner en marcha las respuestas necesarias a los retos de este tiempo. Eso no quiere decir que no sean necesarias las personas expertas, las y los genios, las inteligencias individuales. Siguen siendo fundamentales, por supuesto, pero solo si son capaces de interactuar, de sumar fuerzas, de trabajar juntas.

En nuestras sociedades y comunidades necesitamos muchos recursos para construir el futuro: recursos materiales, también conocimientos y saberes, herramientas tecnológicas, etc. Pero, por encima de cualquier otro recurso, precisamente para ponerlos a funcionar, necesitamos la inteligencia colectiva.

Y ello significa contar con personas y comunidades conscientes, dispuestas a participar, que sepan aunar sus conocimientos y sus capacidades para trabajar juntas y responder a las necesidades comunes, de manera que sea posible reinventar otro mundo mejor.

Un futuro sostenible y democrático

Ese futuro mejor que está por construir, ha de cimentarse –para no ser una pesadilla– en valores propios del humanismo (poniendo a las personas en el centro) y en valores de sostenibilidad (estableciendo nuevos equilibrios en la relación con la naturaleza). Esto segundo no es sino una forma de reafirmar lo primero, una condición básica para que la vida humana sea posible, porque, como dice el sociólogo y teólogo brasileño Leonardo Boff, “la Tierra no necesita de nosotros, nosotros necesitamos de la Tierra”. Y en ese horizonte, como ya hemos apuntado, la cooperación y la solidaridad son valores esenciales para hacer posible la vida, sin ellos no hay futuro, o éste será muy negro, lleno de sufrimiento, para la mayoría de la humanidad.

Por otra parte, conviene recordar que la participación es la esencia de la democracia y la condición necesaria para que exista una sociedad basada en la convivencia, una comunidad de personas en crecimiento. No hay democracia sin participación.

Esa sociedad de ciudadanos y ciudadanas responsables, conscientes de los retos y las necesidades, que toman parte y suman fuerzas, que cooperan solidariamente para buscar y poner en pie las respuestas, es la que necesitamos. Una sociedad en la que, junto a la ciudadanía, prevalezca la “cuidadanía”, la cultura del cuidado de las otras personas y del entorno en el que todas vivimos. En suma, para ser eficaces en la construcción colectiva de esa nueva sociedad también necesitamos la participación.

La participación y la eficacia

Porque está demostrado que la participación incrementa la eficacia de los procesos colectivos y la satisfacción de quienes participan en ellos. Y eso vale para todo tipo de procesos sociales.

Parece de sentido común: cuando las personas afectadas tenemos la oportunidad de tomar parte en él, cualquier proyecto social, político, económico, cultural… incrementa sus posibilidades de éxito. Y eso porque tendemos a sentir los procesos en los que participamos como algo nuestro, porque los entendemos mejor, comprendemos su necesidad, su sentido, sus objetivos… Y ese sentimiento y comprensión se convierte en motivación y satisfacción, y la satisfacción impulsa una mayor implicación y compromiso. Y todo, al fin, repercute en la eficacia, en el impacto, en los resultados, en el éxito de los procesos.

Esa reflexión vale también para la propia educación, que es más eficaz y más satisfactoria, tanto para el alumnado como para el profesorado, cuando se desarrolla en y desde la participación, desde la cooperación entre todos los actores y actrices del proceso educativo.

Así pues, no son sólo razones de carácter ético (el compromiso con la construcción de otro mundo mejor) y político (la necesidad de activar la inteligencia colectiva para responder a los desafíos que enfrentamos como humanidad) las que nos invitan a apostar por las metodologías participativas, sino que son también razones de eficacia (social, política, cultural…) las que nos lo aconsejan.

Conocimientos, valores, actitudes y habilidades

La participación social consciente y responsable requiere la apropiación de ciertos conocimientos. O sea, es imposible participar, tomar parte, en cualquier proceso social, cultural, económico, político, educativo… sin conocerlo, sin entenderlo mínimamente.

Y eso nos refiere a un concepto tradicional de la intervención social y la pedagogía emancipadora que, sin embargo, suele tener un escaso recorrido práctico: el desarrollo del pensamiento crítico, de la capacidad de pensar por uno o una misma, de analizar la realidad y formarse un juicio propio sobre ella.

Recordando al maestro Paulo Freire, el pensamiento crítico tiene mucho que ver con aprender a “leer” el mundo, a conocerlo e interpretarlo, y a “escribir” o expresar nuestra mirada personal y colectiva sobre él. No es posible promover la participación social sin estimular y ejercitar el pensamiento crítico en las personas.

Pero, junto con el pensamiento crítico, la participación social también implica el desarrollo de valores y actitudes específicos: el respeto a las otras personas, la aceptación de la diversidad, la empatía, la confianza, el compromiso, la flexibilidad, la honestidad, la imaginación, la cooperación, etc., son valores fundamentales de esa participación social que queremos poner en pie. Y por ello, será preciso aprehender esos valores, reflexionarlos, entrenarlos, interiorizarlos, apropiárselos… convertirlos en actitudes, personales y colectivas.

Y, junto al aprendizaje de esos conocimientos, valores y actitudes, será necesario ejercitar un conjunto de habilidades y competencias útiles para la participación: la capacidad de análisis, de aprender de la experiencia, la escucha y la expresión, la capacidad de comunicación, la habilidad para trabajar en equipo, la capacidad de negociación, de tomar decisiones, etc.

Aprender a participar

Por todo lo dicho hasta aquí, creemos firmemente que la Educación para la Participación es una necesidad estratégica de primer orden. Necesitamos que todas las personas, de todas las edades, aprendan a pensar, decir y hacer por sí mismas, y a actuar con otras, cooperando y coordinando sus esfuerzos. Que aprendan a tomar parte en los procesos colectivos de búsqueda y desarrollo de alternativas a los viejos y nuevos problemas, en los procesos de creación de soluciones a las grandes necesidades de un planeta y una humanidad que parecen bordear los límites de su supervivencia.

Los agentes facilitadores de esa Educación para la Participación pueden ser muchos, y así destacaremos a las asociaciones y organizaciones solidarias, a los colectivos sociales y las ONG, aquellas iniciativas ciudadanas que deben convertirse, mediante sus actividades y sus prácticas, en multiplicadoras de los conocimientos, valores, actitudes y habilidades necesarias para la participación.

También deben ser promotoras de la Educación para la Participación las instituciones públicas, las personas con responsabilidad política y técnica en el desarrollo de las políticas ciudadanas y en el ejercicio y profundización de la democracia. Sin olvidar a las personas comunicadoras, las que ejercen el liderazgo de la opinión pública, desde los medios de comunicación de masas, entre otros muchos actores.

La Educación para la Participación es tarea de toda la sociedad, de toda la “tribu”. Todas y todos somos responsables de educar, y de educar-nos, para la participación.

Pero si existe un actor fundamental en este objetivo esencial, éste es sin duda la escuela. La escuela como síntesis y representación de todo el sistema educativo. Sin ella, sin que asuma su papel clave en la educación de esa ciudadanía participativa y responsable, el mundo que soñamos no será posible.

Lo sabíamos desde siempre, pero ahora es más claro que nunca que –frente a la obsesión por la acumulación de conocimientos– la educación ha de dar prioridad a la formación de personas capaces de pensar y actuar por sí mismas y de hacerlo cooperando con otras personas, activando así esa inteligencia colectiva que es nuestra principal esperanza de futuro.

La Educación para la Participación debe ser un objetivo fundamental del proceso de aprendizaje. Pero, al mismo tiempo, es también un método, o mejor una metodología para lograr ese mismo objetivo: educar para la participación en la escuela sólo puede conseguirse mediante la participación, a través de procedimientos pedagógicos y didácticos que se desenvuelvan de forma participativa, con la implicación activa del alumnado y también de los demás actores que intervienen en el proceso educativo, familias, profesorado, personal auxiliar, etc.; en suma, de toda la comunidad educativa.

Y, a pesar de que son muy fuertes las resistencias para que nuestros sistemas educativos incorporen plenamente la participación –porque venimos de modelos educativos muy “bancarios” (como diría Paulo Freire), basados en la “adquisición” y “transmisión” de conocimientos, y en un esquema de relaciones entre profesorado y alumnado muy verticales– podemos vaticinar que esa transformación participativa del sistema educativo se producirá, con toda seguridad, más temprano que tarde.