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A veces, la vida nos asalta con incidentes que nos obligan a parar y replantearnos si realmente hemos aprendido a vivirla. Desde ese lugar, y en la red conceptual del vivir (sobrevivir, previvir y convivir), el filósofo Maurizio Ferraris reflexiona sobre la existencia humana, marcada por experiencias, memorias y aprendizajes tanto personales como culturales. El momento de pausa revela una red de sentimientos y recuerdos que nos conecta con lo vivido, lo leído y lo compartido. Ferraris entrelaza filosofía y literatura, invitando a compañeros de viaje como Montaigne, Heidegger, Nietzsche, Derrida, Proust, Yourcenar, Fitzgerald o Hemingway. El resultado es una obra profunda y conmovedora que invita a reconsiderar la vida desde sus quiebres, mostrando que incluso en la fragilidad hay espacio para volver a intentarlo.
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Seitenzahl: 247
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Maurizio Ferraris
Aprender a vivir
Traducción de Carlos Caranci Sáez
Prólogo. La caída
Vivir
Por algún sitio hay que empezar
En el más acá los destinos no se reparan
La historia del plato mellado
La vida verdadera
Esa mezcla de alma y autómata
La vida fingida
La vida dañada
Sobrevivir
El fin y el final
Las intermitencias del corazón
Morir es partir un poco demasiado
Desventajas del sempiterno
Después de la vida ¿qué?
Una despedida ejemplar
Solo sobreviven los significados
Supervivir, o sobre la incapacidad de vivir
Previvir
Prefigurar la vida a través de la literatura
La vida narrada
Días de relecturas
La estrategia de Sheherezade
Premorir
El milagro que le es impedido al alma
Convivir
Fingimos, imitamos y, por fin, vivimos
El ejemplo de los otros
Los condenados
Vicevivir
No estamos hechos para vivir en soledad
Convivir: una trascendencia totalmente mundana
Epílogo. El renacer
Referencias bibliográficas
Créditos
El año moría dulcemente1. Pero el 21 de diciembre de 2022 di positivo en Covid, y el 27, mi primer día de libertad (o de negatividad al virus, si queremos darle un tono dialéctico), me rompí el brazo izquierdo al caerme contra una piedra en Matera: fractura desplazada de húmero, fue el diagnóstico. Un golpe en muchos sentidos, y, en cierta forma, una iluminación. Y una reflexión, desde el momento en el que, bajo el aspecto de un accidente banal, una caída y un brazo roto, parece que la vida nos avisa y nos sugiere que todo aquello que creíamos que era estable, firme y consolidado, puede saltar en pedazos, así como el húmero se estrella contra el borde crudo de un escalón blanco y deslumbrante, iluminado por un sol invernal y que sin embargo brillaba más que nunca.
El golpe produjo un húmero deconstruido, no solo en el sentido de que la composición física de la cabeza del húmero había cambiado, por lo que tendría que soportar con paciencia una actividad de reconstrucción, osificación y calcificación, sino porque, mientras tanto, un proceso similar tenía lugar, en paralelo, en el espíritu del sujeto dislocado, deconstruido, fuera de quicio y fuera de juicio en el que yo me había convertido, no solo y no tanto por el accidente cuanto más bien por la deriva que había tomado mi vida. Mi vida parecía, de hecho, estar fuera de quicio, y así lo ha parecido durante muchos meses (y en parte todavía lo parece, seamos sinceros), ya que todo lo que había programado se encontraba ahora patas arriba y, a la vez, puesto en duda. Por lo tanto, recolocar el húmero desplazado y al humano desbaratado que era su detentor ha tomado tiempo, y amenaza con tomaros también a vosotros.
Digamos que, queriendo ser optimistas, este proceso ha ocupado un espacio aún mayor que el que va desde el solsticio de invierno, el día en el que di positivo de Covid (y pasando un equinoccio de primavera que desearía poder olvidar), al solsticio de verano. Aquel día, tras haber sido invitado amablemente por mi Universidad a pronunciar un discurso acerca del significado del conocimiento, sobre todo en el ámbito humanístico, ya pude darle una primerísima forma a los varios apuntes, notas, fragmentos y escritos sobre el «aprender a vivir» que había ido acumulando a lo largo de los años y que el accidente había hecho –precisamente– precipitar.
No tenía previsto, obviamente, leerles la totalidad de aquellos apuntes a los asistentes, a los que habría dejado perplejos, consternados y aburridos; no habría osado desafiar hasta ese límite el sentido común y la buena educación (me habían sido asignados veinticinco minutos). Además, algunos de esos fragmentos eran parte de reflexiones personales o de escritos ocasionales, compuestos con anterioridad. Muchos otros, en cambio, eran añadidos y desarrollos surgidos de segundas, terceras y cuartas redacciones para un libro de escaso grosor pero cuya redacción ha sido laboriosa, ya que no se trata de uno más de los tantos libros que, por trabajo, por pasión, y espero que no por costumbre, he escrito a lo largo de mi vida.
En estas páginas, para dejar las cosas claras, no trato de filosofía. En el tema y en la forma estáis ante un mélange de asuntos que giran en torno a la vida y a cómo puede aprenderse a vivir. En definitiva, no llegan a ser «breves notas sobre el universo» pero poco les falta. Su objetivo no pretende ser autobiográfico, pero representa un intento de atraer el foco, a grandes rasgos, sobre la galaxia de sentimientos, resentimientos y razonamientos que emergieron durante la época del hueso dislocado y del tiempo deshuesado, el cual se volvió más informe y fluido debido a que los deberes habían desaparecido por culpa de la indisposición física y de las posteriores carreras de obstáculos para recuperar afanosamente los compromisos perdidos.
Con todo este insistir en lo dislocado y en el fuera de quicio, obviamente estoy pensando en Shakespeare. «The time is out of joint: O cursed spite, That ever I was born to set it right!». Así habla Hamlet, súcubo de esa durísima droga que es la autoconmiseración. «¡El mundo está fuera de quicio!… ¡Oh Suerte maldita!… / ¡Que haya nacido yo para ponerlo en orden!»2. Así habla el príncipe deprimido al final del primer acto, lamentando la situación del reino de Dinamarca.
«Out of joint» es la disfunción que ha sufrido un objeto técnico (por lo tanto, también un húmero desplazado, si entendemos el cuerpo como una máquina destinada a servir a nuestra voluntad). Pero también es el mal funcionamiento del tiempo, que se sale de sus coordenadas, de la escansión regular que le habían conferido nuestras actividades y nuestras costumbres. Un tiempo que, como una puerta rota, está desquiciado o desvencijado: a veces, en efecto, este verso es traducido como «el tiempo está fuera de sus goznes», o bien –con una expresión que ya casi solo se usa como metáfora para un estado de ánimo alterado– «está fuera de sus casillas». Por su parte, Hamlet se siente llamado a emprender una acción que es a la vez técnica y política, manual y espiritual: «to set it right». Arreglar, es más, proponemos, «reparar», porque no solo en Dinamarca es necesaria una acción tecnológica y humanística para devolver tiempos, vidas colectivas y destinos individuales a su lugar.
Pero mis aspiraciones están bien lejos de ser tan titánicas. Ya me ha parecido titánica y ciclópea por sí sola la idea de comprender algo de una vida que se ha vuelto friable y desprotegida, «dañada», tal y como reza el subtítulo de los Minima moralia de Adorno, «Reflexiones desde la vida dañada», con un término que se usa también en medicina («el miembro dañado»3). Algo que me ha costado, como se puede imaginar, mucho esfuerzo. Un derroche que, tal vez, ha afectado a todas las fuerzas de autoanálisis que pudieran surgir, por una paradoja que no es tal, a partir de la compresión de lo que nunca he conocido salvo mediante esa forma especialmente insidiosa del «he oído decir» que es la literatura y la ensayística. Porque este librito mío procede no solo de la experiencia viva y de los acontecimientos verdaderos, faustos o infaustos que la caracterizan, sino también, si no más, de los libros, de los escritos, de las historias y de los cuentos; de ese murmullo indistinto, industrioso e industrial al que llamamos «literatura».
Así, la residencia y la resiliencia forzadas que siguieron al accidente me invitaron a pasar, con un mero cambio de acento, a Homero, y a tratar de darle forma (después de todo, era el brazo el izquierdo) a una idea que llevaba yo arrastrando desde hacía tiempo, aunque de una forma, también ella, bastante inconexa. A saber: penetrar y permanecer en un mundo estructuralmente triturado, así como también están trituradas y dispersas, bajo una mirada retrospectiva no demasiado indulgente, las vidas de los humanos, también de aquellos (por estadística, la mayoría) cuyo húmero no está fuera de quicio.
Un Húmero u Homero, en definitiva, literalmente troceado, no tanto como un osobuco, pero sin duda hecho pedazos, y es por eso por lo que el modo en el que presentaré este imperfecto intento de reparación consta de fragmentos o representaciones, aforismos de la vida y anécdotas de pensamiento con las que espero lograr recomponer, si no el hueso, por lo menos el espíritu; un calcetín remendado queda remendado y un hueso calcificado es más resistente aunque ya no es el mismo, pero puede ocurrir que las heridas del espíritu consigan recomponerse. Cuando un tropiezo nos advierte que, tal vez, no hemos aprendido aún a vivir, merece la pena intentarlo una vez más, esperando ese viento favorable que nos desencalle del bajío (¿qué era lo que decía Valéry? «¡El viento se levanta!… ¡Hay que intentar vivir!»4).
Antes de concluir este preludio, querría aún decir algunas palabras para justificar cómo he subdividido los contenidos. Lo que sigue es, en el fondo, una cauta apología de la tradición tecnohumanista, es decir, humanista en tanto que tecnológica y viceversa. Lo cual significa, sencillamente, que el mundo está lleno de apologías del humanismo como fuente de todo bien, así como, por otro lado, las librerías rebosan de libros cuyo cometido es ponernos sobre aviso acerca de los peligros con los que la omnipotente técnica está amenazando al humano, desencadenando una batalla de la que se vaticina el triunfo de la inteligencia artificial que subyugará a la inteligencia natural.
Soy radicalmente escéptico respecto a esta versión, por la sencilla razón de que el humano es la mezcla inextricable entre un organismo, y como tal portador de necesidades y de fines, y una serie de medios –desde las herramientas más rudimentarias hasta la inteligencia artificial y, sobre todo, el mundo social, que es el más complejo de todos los aparatos tecnológicos que hemos construido y que nos define–: con lo que la iniciativa última, la decisión fausta o infausta, le corresponderá siempre al humano. Sin nunca olvidar, con todo, que el humano, como constructo natural y social, protagonista de esa maravillosa fábula que nos contamos a nosotros mismos («de animales a dioses»), no es sino el testigo secundario de eventos que se originaron antes de su aparición y que se concluirán dentro de años de los que perderá la cuenta porque habrá ya desaparecido desde quién sabe hace cuánto tiempo. Por lo tanto, las cuatro paradas de mi recorrido se centrarán en este «abrir y cerrar de ojos» de la historia natural y en una porción ínfima del mismo, la que yo he vivido directamente o a través de la cultura.
La primera parada, «Vivir», se pregunta qué puede significar aprender algo en relación al proceso vital en el que cada humano se ve implicado, lo quiera o no, y, a menudo, dolorosamente. ¿En qué consiste ese suceso oscuro y controvertido en el que nos hallamos envueltos desde el nacimiento hasta la muerte, ese puzle compuesto por los primeros días de colegio y por las citas a las que no acudimos, por los viajes inolvidables, ya porque fueron estupendos o porque fueron horrendos, por las cuentas de restaurante, por los hijos que nacen, por los amigos que mueren, por los días que no quieren terminar? Merece la pena preguntárselo porque no queda totalmente claro qué significa «vivir», tanto en el sentido biológico de nuestra primera naturaleza como en el sentido social, psicológico y cultural de nuestra segunda naturaleza. Y aún queda menos claro comprender si es posible, y de qué manera, aprender a vivir o, por lo menos, darse cuenta de lo que sucede, entre peripecias y aburrimiento, piedad y terror, temores, temblores y felicidades inesperadas. ¿Cómo lograr orientarse? Y, sobre todo, ¿quién nos asegura que todo esto no es solo la ilusión de llegar a entender y dar sentido a aquello que no se puede decir que lo posea? Es más, estricta y rigurosamente, no tiene sentido, siendo más bien una inflamación local y pasajera: tanto la vida de un humano respecto a la sociedad, como la vida en general respecto a los espacios y a los tiempos de lo inorgánico.
La segunda parada, «Sobrevivir», está consagrada en cambio a los múltiples y fallidos intentos que nosotros los humanos hemos urdido para darnos otra oportunidad, otra vida después de la vida. Una manera de alargarla, como Sheherezade con su sultán. Por ejemplo, tanto de forma minimalista como maximalista, por medio de la celebración del triunfo de la fama sobre la muerte, esperando dejar algún vestigio después de que todo haya terminado para nosotros. Con el dudoso resultado de emplear –sobre papiro o con el ordenador, como yo en este mismo instante– tiempo útil en hacer algo bueno, si no ya para nosotros mismos por lo menos para los demás. Y desde luego que hay cosas por hacer, desde cortar la hierba del jardín a la separación diferenciada de los residuos, y, sin embargo, a menudo dilapidamos nuestros días recogiendo y custodiando las señales que dejaremos para el futuro, como los kamikazes que, antes de sus misiones sin retorno, depositaban sus uñas y sus cabellos en un estuche, es decir, todo aquello que estaba destinado –si el término no sonara totalmente inapropiado– a sobrevivir al choque.
La tercera parada, «Previvir», tiene que ver con la juventud, la única fase de la vida en la que tenemos mucho tiempo por delante, por lo menos en un principio y si damos crédito a las estadísticas. No es necesariamente una edad alegre, y personalmente no le guardo una especial añoranza. No sabemos qué nos deparará la vida que vendrá, aquí, sobre la faz de la Tierra. La observamos, impulsándonos hacia delante, como si fuera algo que aún no existe, aunque nos encontremos inmersos en ella hasta el cuello. Un poco como cuando acababa el colegio y los primeros días no contaban como vacaciones, que solo comenzaban de verdad cuando se partía hacia la playa. Desde luego, nos hallamos colmados de esperanzas que aún no tienen nombre y de curiosidades ingenuas y peregrinas, y la prefiguración del dolor todavía no resulta tan nítida y tremenda como cuando somos adultos. Y, además, se dice que cuando somos adolescentes subestimamos los peligros a causa de las sobreabundantes neuronas, aún no estabilizadas. En estos años es cuando, para hacernos una idea de cómo la vida puede llegar a ser, leemos muchas novelas, nos apasionamos por la vida de los demás, escrita o vivida. La literatura entra en nosotros un poco como lo hicieron los cuentos en la infancia, y después continúa modelando una naturaleza que nunca es primaria sino siempre secundaria, contaminada, influenciada, condicionada.
La cuarta y última parada, «Convivir», es la que recoge la esencia de esta historia. Durante mucho tiempo también yo me acosté temprano, maldiciendo los portazos de los coches y el ruido de los motores de aquellos que salían de la última sesión de un cine cercano a la casa en la que viví de niño y de joven. Durante un periodo aún más largo, durante décadas, tal vez hasta el día de la caída, he cultivado el mito de una vida no diría que heroica, pero por lo menos solitaria, un poco como Fausto en su estudio. Sin duda debido a la influencia de mis lecturas, pero también por una cuestión de carácter. Convivir me parecía una obligación que nos imponía nuestra naturaleza de animales sociales, una especie de caída y de inyunción sociológica o zoológica. La convivialidad quedaba limitada a recreaciones más o menos obligadas, como comidas familiares y cosas parecidas (las fiestas de cumpleaños de los compañeros del colegio todavía eran una rareza), mientras que la vita beata, a la que a menudo he confundido con la vita activa, es más, con la vida fáctica y principalmente solitaria, era un juego abierto y a menudo prometedor.
Encontré la gran belleza durante mucho tiempo en algunos agostos turineses de los años setenta del siglo pasado, con la ciudad desierta, la casa vacía y la tesis por escribir, perdiendo toneladas de tiempo en lecturas secundarias y marginales. Ahora me pregunto quién me obligaba a ello, y qué es lo que podía encontrar yo de bueno en los fantaseos de un paseante solitario que recorría plazas y calles desiertas como si fuera el día después de un ataque nuclear o del paso de la peste negra. No había nada de bueno en ello salvo la esperanza, desenfocada hasta el punto de no dejarme entender que, si hay un sentido en el vivir, es precisamente el hecho de convivir, de pasar el tiempo propio con nuestros semejantes, y de escoger a algunos de ellos como los portadores de significados únicos. ¿Qué es lo que decía Rabelais? «yo no levanto más que piedras vivas, esto es, hombres»5. Y las piedras, si las dejamos a solas, no combinan demasiado bien entre sí, o puede que solo por accidente, y, desde luego, no construyen nada; sobre todo si están vivas, por lo que ya no son piedras sino organismos destinados, en soledad, a morir de hambre o de sed o de aburrimiento.
Por simetría con este prólogo o apólogo, concluiré con una coda, en sentido musical, o con una cola en sentido zoológico, como se quiera, o tal vez con una cola de paja6, y que funciona como contrapunto a la caída que acabo de narrar y que constituye el inventario de lo que creo haber aprendido a lo largo de una vida que, por desána pero en realidad por suerte (podría haber sido requerido por los dioses y morir joven), ya es lo bastante larga como para haberme permitido atravesar esa delgada línea roja que separa al hombre maduro del viejo. Pero este prólogo también se ha vuelto demasiado largo; es hora de pasar de los parerga al ergon, del marco al cuadro, confiando en que no os decepcione demasiado (y, si eso llegara a ocurrir, desde luego, «creed que no se ha hecho aposta»7).
1. «L’anno moriva dolcemente», así empieza la novela Il Piacere de Gabriele D’Annunzio (1890). En castellano: El placer, Cátedra, Madrid, 1991, traducción de Rosario Scrimieri. (N. del T.).
2. Shakespeare, W.: Hamlet, Alianza, Madrid, 2005, I, 5, p. 64. [Aunque la mayoría de las notas de referencia incluidas son del traductor, solo se han señalado expresamente como «N. del T.» aquellas en las que este aporta algún comentario o interpretación más allá de la mera referencia bibliográfica. (N. del E.)].
3. Adorno, T.: Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada, Taurus, Madrid, 1998.
4. Paul Valéry, El cementerio marino (1920), en «Revista Chilena de Literatura», 29, 1987.
5. Rabelais: Gargantúa y Pantagruel. Libro Tercero, Tomo I, Centro Editor de América Latina, 1969, p. 258.
6. «Coda», en italiano, es aquí tanto el epílogo musical como la cola del animal. La expresión «con una coda di paglia» significa, literalmente, «con una cola hecha de paja», de un material, es decir, fácilmente inflamable, otra manera de aludir a la sensación de sentir un temor constante de ser el objeto de críticas o acusaciones aportada por una conciencia intranquila (N. del T.).
7. «Ma se invece fossimo ruisciti ad annoiarvi, credete che non s’è fatto apposta», frase cómplice con el lector con la que Alessandro Manzoni concluye I promessi sposi (1827). Traducción en castellano de Esther Benítez: Los novios, Alfaguara, Madrid, 2004. (N. del T.).
«Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”»8. Este pasaje de David Foster Wallace es tan conocido que no haría falta mencionar al autor, pero no querría yo que pensarais que estaba intentando hacerlo pasar como de mi cosecha. La pregunta sobre el agua vale también para la vida: ¿qué demonios es la vida? Y, modestia aparte, ¿se puede aprender a vivir? En un sentido, la respuesta parece obvia: claro que sí, tanto es así que estamos aquí y estamos viviendo: yo, que he escrito y que releo estas líneas, y vosotros, que puede que las vayáis a leer.
Por lo tanto, si la pregunta «¿se puede aprender a vivir?» no es del todo obvia –hasta el punto de llegar a sonar, por momentos, ligeramente absurda– es porque esconde un aspecto estimativo; y si la explicitáramos sonaría así: «¿se puede aprender a vivir bien?». Así como, por ejemplo, aquel que ya respira puede razonablemente proponerse aprender a respirar mejor, más profundamente o más regularmente. Pero aprender a «vivir bien» parece más difícil no solo que aprender a respirar apropiadamente, o que aprender a nadar, sino incluso que aprender a filosofar. En la vida, como en filosofía, harían falta una investigación, una comparación y una aproximación; sin embargo, en la vida, aún menos que en filosofía, no hay dogmas ni reglas que sean reconocidas y aceptadas de manera universal: hay mil modos para vivir bien, así como hay otros tantos para vivir mal.
La empresa, de apariencia facilísima; la apuesta, ya ganada desde el momento en el que se hace («ego cogito, ego sum, ego vivo»), se revela, así, si no superior a las capacidades humanas, al menos altamente selectiva y reservada solo a aquellos pocos que –se suele decir– «saben vivir». Entre ellos, por culpa de un destino cínico y tramposo, no solemos estar nosotros. No se me escapa, claro está, la paradoja: «aprender a vivir» es, cuando menos, un proyecto de gran alcance; y es una frase que puede ser declinada de muchas maneras, tanto melancólicas («¿aprenderé a vivir algún día?») como amenazadoras («¡te voy a enseñar yo lo que es vivir!»), y, en general, manifiesta una ilusión o una presunción: la de que a nosotros, precisamente a nosotros, nos ha tocado aprender a vivir. Y aun así, a pesar de ello, no solo hay que aprender a vivir, sino que no hay un solo ser vivo que, de una manera u otra, no se haya adaptado a su condición.
Se puede –no lo neguemos, pues si no todo sería en vano– aprender a vivir, y no hablo solo de la existencia biológica. Es imposible que la experiencia no nos enseñe nada: incluso abrir una lata de atún, una operación arcana y titánica en los primeros años de vida y más tarde solamente compleja, puede convertirse en algo facilísimo. Manipular aparatos técnicos, ya sea un abrelatas o un software de inteligencia artificial, es uno de los actos más característicos del ser humano, así como lo es atarse los zapatos y conjugar verbos, todas ellas cosas que se aprenden con el tiempo. Pero aprender a vivir bien conlleva también un aspecto social, interpersonal y sentimental: tenemos que vérnoslas no solo con objetos o instrumentos sino también con otros «yo».
Y una cosa es conectarse, por ejemplo, a un aparato técnico, es decir, efectuar el salto desde la primera naturaleza a la segunda naturaleza, del organismo al mecanismo (y que es un paso que, como veremos, ya presupone, próxima o lejana, una comunidad); y otra cosa es el encuentro entre dos segundas naturalezas: dos intelectos, dos voluntades. Por esto es por lo que aprender a vivir quiere decir también aprender a convivir, a estar juntos (bien o mal, serenamente o neuróticamente) con los otros humanos. En este caso entran en juego esos elementos decisivos que son los sentimientos, las intenciones y las necesidades, que nos acomunan con los demás organismos y que, en nosotros, adquieren la forma peculiar e inesperada de la oposición, del señorío y de la servidumbre, de la conciencia, de la autoconciencia y de la razón –fases, todas ellas, recorridas por Hegel en la Fenomenología del espíritu, y que sería pretencioso querer volver a recorrer aquí, resumidamente y a ritmo de marcha9.
En este estado de cosas, destaca un elemento que es obvio pero que no suele ser suficientemente tenido en cuenta. Concretamente, el hecho de que «aprender a vivir» es un imperativo categórico implícito que tiene que ver con cada uno de nosotros. ¿Qué clase de humanos seríamos si no buscáramos desarrollar reflexivamente lo que ya es nuestra dotación natural? ¿Si no cultiváramos, además de nuestras propensiones técnicas, nuestro florecer humano? No por casualidad, la cultura humanística está entretejida tanto por tratados sobre la amistad en sentido literal, desde el De amicitia de Cicerón en adelante, como por tratados que enseñan modos de convivencia considerados como nobles y justos, desde Gliasolani de Bembo al Galateo de Della Casa y El cortesano de Castiglione, y así hasta todas la varias Condesas Claras y Doñas Leticias que, a partir de finales del siglo xix, han ido enseñando, a quien quisiera aprender las buenas maneras, cómo se comportan «la verdadera señora» y «el verdadero señor»10.
Pero antes de dedicarles una sonrisa de suficiencia a estas obras, inspiradas a veces por la maledicencia y otras por la mejor buena voluntad, tratemos de entender cuán crucial es este nexo entre vivir y convivir que sus bienintencionados consejos de sentido común están presuponiendo. Aristóteles, para demostrar que los pájaros están dotados de lenguaje, señala, no solo que hablan, sino que lo hacen de varias maneras, siguiendo dialektoi diferentes. Lo mismo puede decirse de los varios ejemplos, también de aquellos que son modestos o mínimos, en los que se manifiesta esta literatura dedicada a enseñar a vivir: no son todos iguales, y no hablo solo de las diferencias entre obras que, por un motivo u otro, han ingresado en el Walhalla de los Grandes Libros (¿qué son La ética a Nicómaco o la Metafísica de las costumbres sino tratados sobre el aprender a vivir?), sino también de aquellas que, por motivos comprensibles, fueron excluidas11.
También aquí se trata de no meterlo todo en el mismo saco, y de reconocer las diferencias que median entre, pongamos, la antipatía que despierta casi en cada una de sus páginas Il vero signore de Giovanni Ansaldo, y la simpatía que, en cambio, suscita su correspondiente femenino, La vera signora de Elena Canino. Y, más allá de la pretensión –siempre ligeramente fútil– de querer introducir las reglas de la buena educación a lectores y a lectoras, circula, en los estantes rebosantes de este tipo de libros, desde los clásicos de la filosofía hasta los manuales de autoayuda, un espíritu compartido, a saber, el de ser conscientes de la naturaleza íntimamente social de la vida humana. Sin olvidar que, además de los momentos de convivialidad explícita, cualquier labor común que los humanos llevan a cabo con el fin de obtener un resultado práctico –en las partidas de caza prehistóricas, en las antiguas fábricas o en las plataformas y los callcenters de hoy en día– constituye una manera de convivir, de estar juntos.
Se aprende a vivir a partir de acontecimientos a los que asistimos, de personas a las que tomamos como modelo, de una pedagogía directa o indirecta en instituciones como la escuela y la familia (obviamente, nada garantiza que lo que aprendamos sea correcto, es más, puede ser todo lo contrario). Pero existe también un camino alternativo, o mejor dicho, paralelo, trillado desde los tiempos más remotos, y que es el de la lectura: tolle et lege. Coge, abre, hojea, lee. Enriquece tu tópica, fortifica la imaginación. Sigue valiendo el argumento de Leibniz en los Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano:
quien haya visto con más atención mayor cantidad de retratos de animales y de plantas, más figuras de máquinas, más descripciones o representaciones de casas o de fortalezas, quien haya leído más relatos de ingenio, y escuchado más narraciones curiosas, ése, decía, poseerá un conocimiento mayor que otro, aunque no haya una palabra de verdad en todo cuanto se le ha descrito o contado; en efecto, la costumbre que tiene de representarse en el espíritu muchas concepciones o ideas expresas y actuales le convierte en más apto para concebir cuanto se le proponga, y resulta seguro que será más capaz y estará más instruido y ducho que cualquiera que no haya visto ni leído nada, con tal de que en dichas historias y representaciones no tome por verdadero lo que no lo es, y que esas impresiones no le impidan por otra parte distinguir lo real de lo imaginario, o lo existente de lo posible12.
He aquí el punto al que quería llegar. Si bien a menudo es infravalorada cuando hablamos de «aprender a vivir» porque se sobreentiende «por experiencia», la lectura de novelas –y no solo de ensayos, de manuales de instrucciones o de prospectos de fármacos– es un expediente al que se acude, sobre todo durante la juventud, para entrar de una vez por todas en la vida, para despertar y salir de la infancia, para escabullirse de la rueda del Samsara doméstico y abrirse a un universo más grande y desconocido, a pesar de que esta es una intención que los lectores aprendices no suelen expresar muy abiertamente. Los motivos explícitos son de lo más variados: desde el deseo de entretenerse al de educarse, desde las ganas de alimentar la fantasía a la esperanza de llegar a experimentar sensaciones intensas. Pero es difícil negar que toda la literatura, incluso el más meditabundo Bildungsroman, es literatura de evasión. El asunto es que, tal vez, aunque sea un poco, la evasión se ve coronada por el éxito; parcial, porque se sale de un ciclo para entrar en otro.
Esta circunstancia, además de limitar el beneficio del fármaco, induce a adoptar cierta cautela cuando se cabalga a través de libros o maestros. Ya que, cuando alguien se presenta ante nuestros ojos como maestro de virtud, no lo hace necesariamente porque lo animen motivos virtuosos. Nuestro mundo está lejos de ser el mejor de los mundos posibles; o, mejor, sí que lo es, pero solo en comparación con otros. Lo mismo vale para los libros y los maestros: pueden ser mediocres o inducir a engaño, pero no podemos prescindir de ellos porque somos animales condenados a aprender durante mucho más tiempo y de manera mucho más tortuosa que otras especies de seres vivos.
