Aprendiz cósmico - Dorion Sagan - E-Book

Aprendiz cósmico E-Book

Dorion Sagan

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Beschreibung

En este caleidoscópico y brillante libro, una multiplicidad de campos de la ciencia –entre ellos la genética, la neurobiología, la astrofísica o la termodinámica– se dan cita con la indagación filosófica. Siguiendo la estela de su padre, Carl Sagan, quien popularizó el estudio del cosmos, y de su madre Lynn Margulis, bióloga evolutiva que se enfrentó repetidamente con el establishment científico, Dorion ofrece la versión más rigurosa de la divulgación científica. Sagan ofrece al lector una serie de inventivas y pertinentes observaciones sobre qué significa ser humano, cómo es el planeta donde vivimos o quiénes son los seres que nos acompañan,además de intervenir provocativamente en debates sobre termodinámica, tiempo lineal y no lineal, ética, los vínculos entre el lenguaje y las drogas psicodélicas o la búsqueda de inteligencia extraterrestre, entre otros temas. Una obra entretenida, deslumbrante y exigente a partes iguales que toda persona interesada en nuestro mundo y nuestra condición humana disfrutará. Aprendiz cósmico desafía a los lectores a rechazar tanto el dogma como el cliché y, en su lugar, recuperar el espíritu intelectual de la aventura que debe –y puede, una vez más– motivar el desarrollo tanto de la ciencia como de la filosofía.

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Seitenzahl: 536

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Dorion Sagan

APRENDIZ CÓSMICO

Las neuronas encantadas

El cerebro y la música

Pierre Boulez, Jean-Pierre Changeux y Philippe Manoury

El gran calentamiento

Cómo influyó el cambio climáticoen el apogeo y caída de las civilizaciones

Brian Fagan

El sentido de la existencia humana

Edward O. Wilson

La tierra, ese planeta diferente

S. Ichtiaque Rasool y Nicholas Skrotzky

Mensajeros del paraíso

La extraordinaria historia de los opiáceos internos y externos:

el descubrimiento de los receptores cerebrales

Charles F. Levinthal

Historia y leyendas de la superconductividad

Sven Ortoli y Jean Klein

Explorando el mundo de la antimateria

Su poder energético y el futuro de los viajes interplanetarios

Robert L. Forward y Joel Davis

La historia de la supernova

Laurence A. Marschall

APRENDIZ CÓSMICO

Informes desde las fronteras de la ciencia

Dorion Sagan

Título original en inglés:

Cosmic Apprentice

Copyright @ 2013 by Dorion Sagan, authorized translation from the English edition published by the University of Minnesota Press

© De la traducción: Xavier Gaillard Pla

Corrección: Marta Beltrán Bahón

Revisión técnica: Claire Sagan

Cubierta: Juan Pablo Venditti

Primera edición, noviembre de 2018, Barcelona

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

© Editorial Gedisa S. A.

Avenida del Tibidabo, 12, 3º

Tel. 34 93 253 09 04

08022 - Barcelona, España

[email protected]

www.gedisa.com

eISBN 978-84-9784-849-7

Queda prohibida la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.

Para mis padres, en memoria y amor...

Lynn Alexander Margulis (1938-2011)

Carld Edward Sagan (1934-1996)

El autor de este libro es un animal. Es un clon diferenciado de células nucleadas derivadas —sorprendentemente pero no indebidamente— de la unión sexual entre un astrónomo y una bióloga a finales de la era McCarthy. Su cuerpo está compuesto en gran parte por microbios, entre ellos bacterias simbióticas que llevan reponiéndose como orgánulos los últimos 2.000 millones de años, y quizás nunca se repongan del todo. Un sistema termodinámico complejo; el autor es un descendiente directo de las primeras formas de vida. Recicla una química basada en agua repleta de compuestos ricos en hidrógeno, como metano y sulfuro, propios del sistema solar interior hace 4.000 millones de años, momento del origen de la vida, poco después de que el sol se encendiera. Atómicamente, su cuerpo contiene elementos como carbono y oxígeno, que no están hechos aquí sino que provienen del interior de estrellas remotas que explotaron. Estocásticamente, el linaje del autor sobrevivió a diversas extinciones masivas importantes, sin incluir la crisis de contaminación global propiciada por los primeros organismos fotosintetizadores que utilizaban agua y envenenaron el planeta entero, pero cuyo aire fresco ahora respira. Espiritualmente, el autor es aparentemente un pedazo del eterno «Yo soy»; desvaría temporalmente, cegado por la convicción de que es un ser separado de los otros. Forma parte del 1% de especies de la Tierra que no se han extinguido y pertenece a los craneados, el único filo animal de entre los que se conocen que contiene especies cuyos individuos poseen tanto cerebros como columnas vertebrales.

Pero ya basta de hablar sobre él.

Índice

Introducción

Condensado – El espíritu de la indagación

Parte I

De lo «protozoico» a lo posthumano

1. Lo humano es más que humano

Las comunidades interespecies y los nuevos hechos de la vida

2. El sol de Bataille y el abismo ético

Pensamientos nocturnos sobre la problemática que supone una biopolítica afirmativa

3. El posthombre ya siempre llama dos veces

Parte II

Memorias y polvo de estrellas

4. Memorias de nebulosa

5. Rápida historia del sexo

6. ¿Quién es yo?

7. De ballenas y aliens

La búsqueda de vida inteligente en la Tierra

Parte III

Gaia canta BLUES

8. Termosemiosis

La prestidigitación de Boltzmann, el sombrero de Trim y la confusión que suscita la entropía

9. La vida le dio a la Tierra el blues

10. Ratonera

Parte IV

Cerrando el circuito abierto

11. Sacerdotes de la era moderna

Las revoluciones científicas y el continuo majaretas-críticos, un escenario con chiflados, escépticos, conformistas y los curiosos

12. Metametazoa

13. Kermitrónica

14. Doyle y las drogas

Conclusión. Flotando hacia el océano de Spinoza

Agradecimientos

Introducción

Condensado – El espíritu de la indagación

Reconociéndose a sí misma en la fachada acuosa de una nube de planetas arremolinada y rodeada de la inmensidad del espacio, la materia orgánica es un mensaje sin significado concreto. Su mensaje es más bien la posibilidad de un significado. La vida, reciclando su materia, está abierta a sus alrededores, hasta los cuales se propaga desplegando sus hélices y proteínas genéticas. A través de la construcción de máquinas se desplaza hasta el espacio, repitiendo su diseño fractal con variación a una escala incluso mayor, cultivando su belleza funcional, formidable y a veces espantosa. Esta belleza terrible pertenece a un complejo sistema termodinámico con un interior fenomenológico. No muestra especial lealtad a largo plazo hacia los seres conocidos como humanos. Si bien los Rolling Stones cantaron «El tiempo no espera a nadie», no era precisamente una idea rompedora. Mientras estudiaba en la biblioteca de filosofía de Oxford, Richard Kamber quedó fascinado por el hecho de que la sabiduría antigua llegaba incluso hasta el lavabo. Sobre el retrete atisbó un garabato: Πάντα ῥεῖ —panta rhei—, «todo fluye». Este fragmento procedente de Heráclito, el gran filósofo presocrático del devenir, es oportuno. Todo fluye y sigue fluyendo. Para Heráclito, la esencia de la naturaleza era la transformación: todo es fuego. Las síntesis audaces y lúcidas de la filosofía —todo es agua, todo es cambio, todo son formas, todo es fuego, todo son átomos— ayudaron a originar la ciencia moderna, cuya tecnología acabó cambiando el mundo que describía. En los últimos centenares de años hemos vivido una industrialización y tecnologización tan intensas que nuestros científicos se han tomado en serio la propuesta de nombrar una era geológica a partir de nosotros: el Antropoceno. Probablemente es algo que no merecemos, teniendo en cuenta que somos nosotros los que nos adjudicamos el título. Los microbios nos originaron a nivel evolutivo, pero no les tenemos demasiado respeto. Quizás de forma similar nuestros descendientes también nos considerarán primitivos y bárbaros —eso si se molestan en recordarnos en lo más mínimo—. Un superordenador insolente del futuro quizás se arriesgue a desconectarse de su red de apoyo compuesta por sus compañeros electrónicos luego de deducir que la inteligencia de las máquinas provino, mucho tiempo atrás, de primates que defecaban. Por muy veraz que sea, es una idea que podría resultar peligrosa si se la planteamos a una camarilla de egocéntricos filósofos de silicona. No verían el grafiti de Heráclito sobre un retrete. ¡Todo fluye, pero algunas cosas nunca cambian!

La diferencia entre la ciencia y la filosofía es la siguiente: un científico aprende más y más sobre menos y menos hasta que lo sabe todo sobre la nada, mientras que un filósofo aprende menos y menos sobre más y más hasta que no sabe nada sobre el todo. Hay cierta verdad en esta perspicaz frasecilla, pero como recalcó Niels Bohr, si bien lo opuesto a una verdad banal es una falsedad, lo opuesto a una gran verdad es otra gran verdad.

Diría que esto se aplica a la otra cara de la moneda que lancé en el párrafo anterior: la atención a los detalles de la ciencia, reforzada con la amplia perspectiva de la filosofía, constituye una especie de alambique, un antídoto a ambas. Este electro intelectual corta el sabor empalagoso a filosofía idealista y proposicional con el afilado néctar de la realidad, aunque suaviza los límites de una tecnociencia que, podría decirse, ha perdido su brújula moral y epistemológica. Esto se debe hasta cierto punto a la financiación por parte de gobiernos y corporaciones, cuya relación con la búsqueda de la verdad (y su libre diseminación) puede considerarse problemática en el mejor de los casos.

En la conjetura ilógica de los géneros escritos, la «ficción» es no-ficción y la no-ficción es ficción. Con esto me refiero a que la voz pasiva, el punto de vista «objetivo» (el anonimato y la despersonalización del científico y el periodista) compromete una realidad fenomenológica fundamental: que cada persona tiene su propio punto de vista. Todas las observaciones se llevan a cabo desde lugares y tiempos distintos, y en la ciencia —no menos que en el arte o la filosofía— las realizan individuos concretos. Por otra parte, la tapadera que se permite la ficción facilita una libertad de posturas exenta de cualquier compromiso diplomático que pretenda preservar relaciones institucionales, personales o financieras.

Aunque la filosofía no es ficción, puede ser incluso más personal, creativa y abierta; una especie de contrapeso a la ciencia, incluso si argumentamos que la ciencia, con su hincapié en cierto materialismo impersonal, proporciona un crucial baño de realidad a la filosofía y a esa tendencia a la «sobreteorización» que Alfred North Whitehead consideró adversa al espíritu científico. En el mejor de los casos, en la búsqueda de la verdad, la ciencia y la filosofía —lo impersonal y lo autobiográfico— pueden «velar por la honestidad» la una de la otra en algo parecido a un circuito abierto. La filosofía, que parecería la que lleva las de perder, incluso podría tener ventaja, porque no se espera que sea tan avanzada como la ciencia, ni tampoco goza del mismo nivel de ayuda institucional que la ciencia —ni sufre los riesgos proporcionalmente elevados de estar supervisada por dichos benefactores—.

El espíritu de la ciencia es filosófico. Es el espíritu inquisitivo, el espíritu de la curiosidad, de la indagación crítica combinada con la verificación de los hechos. Es el espíritu de poder ser capaz de admitir que te equivocas, de recurrir a los datos y no a la autoridad, a quien no le gusta admitir que se equivoca. Y en las arenas movedizas y matorrales de la epistemología, donde los efectos cuánticos implican las decisiones y el equipo experimental del observador, el punto en cuestión no es ni siquiera la veracidad o exactitud de las proposiciones de una teoría científica o su capacidad de corresponderse o de ser cierta o errónea en un sentido absoluto. Los problemas teóricos pueden tener soluciones múltiples. Los límites gödelianos no nos ofrecen un meta, promontorio desde el cual vislumbrar los límites de la perspectiva que hemos decidido adoptar. Por consiguiente, una teoría científica no sólo debe apelar a los criterios epistemológicos, sino también a los estéticos y pragmáticos. Algunas perspectivas y teorías nos llevan a muchas nuevas preguntas, nuevos recursos y cosmovisiones enriquecidas. Podemos considerarlas no sólo verdaderas y productivas, sino también bellas y estimulantes, como si fueran poemas o pinturas, sólo que su medio de transmisión no son las palabras o los tintes sino nuestras percepciones e intelectos. En comparación, parecería que otras teorías más viejas están en barbecho, prácticamente ahogadas.

Hablando de agua, me sucedió algo gracioso durante la preparación de este libro. Estaba pasando el control de seguridad del aeropuerto de Boston con algo que pensaba que era inocuo pero que por lo visto era muy peligroso: una lata de sopa de almejas natural de la marca Trader Joe’s.

Veréis, últimamente estaba pasando mucho tiempo en Toronto, pero yo soy de Massachussetts; además, la lata sólo costaba 1,99 dólares. Pensé que era una buena idea llevarme de vuelta a Canadá un poquito de Boston. Pero el escáner detectó el metal. Cuando el guarda de seguridad de la TSA (Administración de la Seguridad en el Transporte) la sacó de mi bolsa y vio que era una sopa, al principio se preocupó. «No es más que sopa de almejas condensada», dije. «Ya sabes, como las alubias en salsa de tomate. Es típico de Boston». Revisando la etiqueta, el guarda de la TSA vio que era sopa condensada, lo que lo tranquilizó. «Está prohibido entrar agua» dijo. «Pero esto está condensado». No podía dejarlo pasar.

«Bueno, de hecho», respondí, «contiene agua, aunque esté condensada». La comida en mayor parte está compuesta de agua. La vida en mayor parte está compuesta de agua. Tú mismo estás compuesto de agua en más de un 70 por ciento. «Espere un momento», dijo, sin saber bien qué hacer. «Da igual, tan sólo cuesta 1,99 dólares», dije. «De verdad, os la podéis quedar». A esas alturas la mirada de otro oficial, observándonos a través del cristal, se había vuelto seria. Mientras, mi guarda se fue a hablar con uno de sus compañeros. Después de algunos minutos me devolvió la lata y me dio luz verde para entrar.

El espíritu de la ciencia, ni envuelto en secretismo en aras del poder estatal o la generación de beneficios a nivel corporativo, ni tampoco reducido a una nación, grupo o etnia, es abierto y democrático. Fluye como el agua. Incluso podría decirse que lo evidencia la misma vida, que lleva permutando información genética de forma descontrolada —exenta de costes y controles de seguridad— por lo menos 3.800 millones de años. Lo que llamamos vida es en realidad una forma de agua, activada y animada no por un principio divino sino por el cosmos energético de su alrededor. El elemento más llamativo de la Luna es su color azul, su apariencia de ser acuoso sublime, de joya fluida. Transhumana y serena, irradia una inconsciente maestría; los astronautas —que son enviados al espacio mediante un raudal de componentes del agua (propergol, o hidrógeno líquido que reacciona con oxígeno)— contemplan esta Madonna, cuya cara es tan elusiva como la de la Mona Lisa, con los ojos humedecidos.

El Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) publicó recientemente una imagen de la Tierra desecada, con toda su agua condensada en una gotita flotante embutida en una fracción del área que ocupan los Estados Unidos continentales. El agua sólo constituye una pequeña porción de la masa de la Tierra. El satélite artificial del USGS representa todos los océanos del mundo, los siete mares que conforman el 70% de la superficie de la Tierra, a los cuales se han incorporado toda la nieve y hielo del Ártico y la Antártica, otros glaciares y los lagos, ríos, acuíferos, tierra, aguanieve, lodo, granizo, sangre, sudor, lágrimas, y el resto de agua que contienen los seres vivos (también un 70%). Esta canica líquida imaginaria flota en órbita sobre la Tierra; una lagrimilla azul celeste, un acervo extraterrestre de unos 1.380 kilómetros de diámetro —la distancia entre Lubbock y Nueva Orleans—.

Pero el agua no está segregada. Su belleza no sólo es decorativa. El agua conecta y sujeta. Hace miles de millones de años la vida empezó a utilizar el agua para construirse a sí misma. La vida siempre ha vivido en el agua y ha sido acuosa. Pero no siempre derivó sus átomos de hidrógeno del agua. Las primeras formas de vida utilizaban sulfuro de hidrógeno o incluso hidrógeno elemental; pero aquellos microbios más ingeniosos hallaron la manera de romper los enlaces químicos de las moléculas del agua para llegar hasta el hidrógeno e incorporarlo a sus cuerpos. Este partido verde primigenio pintó el planeta del color de la primavera, y los descendientes de los usuarios del agua, los plastos, perduran sobre el andamio perenne de esos organismos que tan diestramente transportan el agua desde el suelo hasta el aire: las plantas.

Desde las nubes y las nieblas y las lágrimas y la sangre hasta los géiseres vaporosos y las lluvias contiguas a los grandes bosques tropicales, que propagan energía por las junglas de este planeta, tan ricas en biodiversidad, el agua nunca detiene sus peregrinaciones globales. Raigambres (es decir, pseudoacueductos) e hifas y micelios de hongos conectan la vida de los antiguos océanos con la tierra seca. Los ecosistemas húmedos de la Tierra no son más que un tipo de vida marina que ha evolucionado de otras maneras. La vida en sí misma es una forma de agua impura. Todos somos, como la miembro de la alta sociedad de Alabama, Tallulah Bankhead, dijo sobre sí misma, «tan puros como el aguanieve impulsada», otra forma de agua. El agua es un reflejo de la vida en su extensión, su salvajismo, su antigüedad y la abundancia cósmica de sus componentes atómicos. Nuestra sed atestigua el deseo prehumano de no interrumpir el proceso (y la vida, como demostraré, es más un «proceso» que una «cosa») y mantenerlo en flujo, en movimiento.

Así que, ¿a qué viene esa anécdota de la sopa de almejas en Boston? ¿Fue un momento de impertinencia? ¿Me comporté como un imbécil? ¿Fue una intervención biopolítica? ¿O fue solamente un breve momento de guasa, un comentario sobre el protocolo que se burlaba de la absurdidad de las regulaciones de viaje modernas?

Creo que fue todo eso pero también fue un ejemplo interpersonal aplicado de algo que hizo famosos tanto a mi madre como a mi padre, especialmente este último: la popularización de la ciencia. La escena no deja de ser bastante ridícula: gente uniformada intentando frenar el medio transgeneracional de la vida, esta encarnación fluida de la libertad que se cuela por las fronteras y constituye los cerebros de sus aspirantes a guardianes. Intentar detener el agua es como intentar adueñarse de la ciencia, que se basa en un flujo de información sin restricciones. Me recuerda a los intentos corporativos de patentar la vida, lo que a su vez es como intentar embotellar una ola o envolver para regalo un chubasco primaveral. Intentar detener el libre flujo de preguntas de la filosofía es algo adverso no sólo al corazón del método científico sino también al espíritu de la materia que nos compone.

Mencioné esa anécdota poco después de que ocurriera para presentar al ponente de la Conferencia Memorial Jacob Bronowski de 2012, que la Universidad de Toronto resucitó recientemente para celebrar el 50 aniversario de su New College. El ponente, el astrónomo canadiense Jaymie Matthews —un experto en planetas extrasolares que hizo acto de aparición de forma excéntrica, vistiendo un kilt y zapatos blancos de esmoquin repletos de lazos negros— iba a hablar sobre el agua. Su apariencia alivió cualquier temor que yo pudiera tener de sonar extravagante, especialmente porque su salvapantallas de Powerpoint era una imagen titulada «Dr. Libido» que lo mostraba ligero de ropa junto a dos mujeres. Tanto la ciencia como la filosofía solían tener la mala fama de ser un asunto más bien árido, pero mi padre ayudó a inyectar vida a la primera: utilizaba un inglés simple y recurría a la ciencia ficción y sus fantasías sobre el descubrimiento de vida extraterrestre. Matthews, con quien más tarde salí de copas, había asistido cuando era estudiante a la conferencia inaugural impartida por mi padre en 1975.

Brevemente hablé del rol de mi padre, quien, siguiendo los pasos de Bronowski, ayudó a popularizar la ciencia. El documental de Bronowski El Ascenso del Hombre fue la primera serie televisiva pensada especialmente para divulgada la ciencia. Se la encargó David Attenborough cuando era director de BBC Two. A partir de 1977, Attenborough se embarcaría en su propia serie sobre la naturaleza. Un colega lo había criticado porque, pese a ser licenciado en ciencias naturales, encargó la primera de estas grandes series de televisión de mirada personal en 1969, Civilisation,de Kenneth Clark. Pero ésta se ocupaba de la relación entre la cultura y el arte, no de la ciencia.

Estoy de acuerdo con el crítico de Attenborough, con Attenborough, con Bronowski y con mi padre en que la voluntad de esclarecer la ciencia es algo crucial para la sociedad. Mencioné todo esto y saqué a colación algo más ligero: recordé que mi padre había considerado Microcosmos, el libro que escribí con mi madre, un título «plagiario». La verdad es que Bronowski no sólo se anticipó a Attenborough y a mi padre, y creó la primera serie televisiva que se fijaba en la humanidad como un fenómeno evolutivo y científico, sino que el título Cosmos (del libro y la serie de mi padre) ya existía antes. Lo precedió un tomo del mismo nombre escrito por Alexander von Humboldt. El Cosmos de Humboldt, de cinco volúmenes, fue empezado en 1845. Pretendía unificar las ciencias naturales en un único marco filosófico. Humboldt, tal como aparece retratado en una pintura de Joseph Stieler de 1843 que puede verse en Wikipedia, tiene un asombroso parecido con Julian Assange —aunque cualquier detalle a ese nivel debería trascender el mero plagio humano. Lo que quería y quiero decir es que la búsqueda intrínsecamente democrática de la verdad, en la política y el universo, ya lleva tiempo en marcha.

Lo que me llevó y me lleva de nuevo, brevemente, al tema del agua. Sin intención de hacer comparaciones injustas entre guardias de seguridad que confiscan sopas de almejas y científicos de la NASA que aterrizan en Marte, vale la pena mencionar que la NASA también ha estado obsesionada con el agua. El agua a menudo está considerada la señal de vida. «Si se encuentra agua, se encontrará vida» es una idea recurrente. Me gustaría plantear una perspectiva relativamente distinta: quizás la vida no existe en la Tierra gracias al agua, sino que el agua existe en la Tierra gracias a la vida. La premisa básica de esta conjetura es que la vida recicla sus sustancias químicas, lo que preserva condiciones primitivas, incluyendo la química de la vida (acuosa y rica en hidrógeno), en el momento de su origen putativo en el sistema solar temprano. Aunque la atmósfera más temprana de la Tierra podría haber sido borrada por la llamada ráfaga de Tau Tauri (de partículas cargadas vinculadas a la ignición nuclear del Sol), diversidad de pruebas recientes sugieren que el agua llegó a la Tierra en abundancia durante sus primeras etapas a través de los cometas que contenían hielo. En efecto, según los astrónomos Chandra Wickramasinghe y Fred Hoyle, el universo podría estar repleto de objetos de este tipo —parecidos a las bolas de nieve rellenas de rocas que lanzan los matones, pero al revés— cuyo interior contendría polvo bacteriano; es decir, kits de inicio de evolución planetaria. ¡Simplemente hay que añadir agua y energía! Con esto, di las gracias al público y regresé a mi asiento con la advertencia de que escucharía con atención a ver qué más podía plagiar productivamente.

Como dije, este libro es un libro sobre ciencia, pero también lo es sobre filosofía. Ambas se encuentran en un equilibrio extraño, observándose la una a la otra, cogidas de la mano. No sé hasta qué punto es posible, pero sería genial que existiera un programa televisivo que tratara a fondo la filosofía. Lo que quizás es prácticamente imposible, especialmente si tenemos en cuenta el ambiente político de hoy en día. Incluso hace dos mil años Sócrates, el gran iniciador de la filosofía occidental, causó problemas, tanto para él mismo como para el Estado. En la Apología, Platón se refiere a él como un «tábano», lo que sugiere que quizás su vileza era inocente. Sin embargo, el Estado lo liquidó con un automatismo similar al coletazo de un caballo. («Si crees que eres demasiado minúsculo para marcar una diferencia, intenta dormir con un mosquito». Dalai Lama.) Sócrates fue sentenciado a muerte por el crimen de corromper las mentes de los jóvenes y por no creer en los dioses del Estado. Suena increíble, pero no tanto como la lengua y el paladar de Giordano Bruno, que fueron empalados. Bruno fue quemado vivo por discrepar de forma demasiado drástica con las autoridades eclesiásticas. Hablo sobre esto en el capítulo 11, y sobre el agua en el capítulo 9.

En la actualidad la filosofía —que no se enseña en las escuelas primarias de los Estados Unidos— suele ser una mera actividad académica, una sirvienta o apologética de la ciencia, o una especie de protesta existencial, un pasatiempo que está de moda entre estudiantes de posgrado o grupillos de intelectuales que visten ropa oscura y pasan el rato en cafés. Pero la filosofía, aunque históricamente dio origen a la ciencia experimental, a veces conserva una tipología particular de preguntas sostenibles que la diferencian claramente de la ciencia moderna, tan dada a proporcionar respuestas con excesiva rapidez.

La ciencia y la religión, en sus roles de cientificismo y fundamentalismo, no dejan de ser una especie de perro y gato. Pero comparten algo más que su oposición. Por ejemplo, cuando Sam Harris (un «nuevo ateísta» licenciado en neurociencia), con tal de defender lo que él considera una crítica científicamente vigorosa a las creencias infundamentadas en el libre albedrío, escribe: «No hay ni una sola persona en la Tierra que haya escogido su genoma ni su país de nacimiento»,1 es tentador darle la razón. ¿Por qué debería existir una burbuja especial de libertad exenta del ámbito universal de la ciencia de causalidad mecánica (y/o indeterminación cuántica) que coincida, de forma improbable, con esos lóbulos rosados arrugados? (es decir, el cerebro humano; ahondo en este tema en el capítulo 13.) Pero ¡qué parecido es su tono apodíctico al del pastor Rick Warren! El evangelista, que presidió servicios ecuménicos en la inauguración del presidente Barack Obama, escribe: «Dios pensó en ti mucho antes que tú en él. Lo planeó antes de que existieras, y sin tu participación. Puedes escoger tu carrera, tu cónyuge, tus aficiones, y muchas otras partes de tu vida, pero no te corresponde escoger tu propósito».2

Según Warren, formas parte del plan de Dios. Estabas en su mente mucho antes de que tú o tus padres nacierais. No sólo escogió el día de tu nacimiento sino también el ADN exacto producto del coito de tus padres. No queda claro hasta qué punto Warren evita el asunto del libre albedrío. Está claro que nos lo concede hasta cierto punto, ya que según su planteamiento, si no dejas que Jesús entre en tu corazón y sea tu salvador personal —un acto de libre albedrío— arderás eternamente en el infierno; eso es algo que no forma parte del plan maestro de Dios, sino que somos libres de elegirlo. Por otro lado, nos dice que Dios escogió tu composición genética. Pero si tu madre escogió a tu padre, o si tu padre escogió a tu madre —y la mayoría de gente estaría de acuerdo con que ambos deciden hasta cierto punto con quién se aparean— entonces ¿cómo es posible que Dios decida tu composición genética? Parecería, por lo menos desde un punto de vista lógico, que si tus padres gozaban del suficiente libre albedrío como para escoger su convicción religiosa, también gozaban del suficiente libre albedrío como para acostarse el uno con el otro; por lo tanto, tu composición genética se debe tanto a su elección cotidiana como a una intervención casamentera divina.

Es probablemente este espíritu ad hoc (soluciones temporales en vez de planes a largo plazo) propio del pensamiento religioso lo que probablemente hizo que el pulidor de lentes Baruch Spinoza perdiera la paciencia y adoptara una interpretación matemática —«geométrica»— de la realidad, rechazando así la inconsistencia del «carné que nos libera de la causalidad» que nos otorgó Dios como especie elegida. Spinoza llevó el mecanismo cartesiano hasta la mente humana y habló de Dios como si se sobrepusiera al universo visible y fuera incluso más allá, completándose a sí mismo en una necesidad causal eterna de la cual ni el mismo universo ni la humanidad estaban excluidos. Un Dios que es la naturaleza y es tan perfecto como la imaginación matemática de la humanidad. Dios como el universo visible e invisible; un universo que no se rebaja a las emociones o necedades humanas. Un universo en el cual los «milagros» —es decir, divergencias respecto a las relaciones y leyes de la física inamovibles— pudieran tener cabida era para Spinoza una señal, no de una omnipotencia divina (o cósmica), sino de impotencia. La totalidad de la realidad, incluyendo la humanidad, era cómplice, intercalada en un único nexo causal. Es, además, infinita, no sólo de una sola manera sino de infinitas. No obstante, los humanos sólo pueden acceder a dos infinidades: la res extensa y la res cogitans de René Descartes; extensión y pensamiento.

La filosofía es, o debería ser— menos engreída, menos sabihonda que las diatribas de gurús que nos eximen de las dificultades del no saber, del sopesar cuidadoso, del mirar al otro lado, del tener que pensar bien las cosas por nosotros mismos. «Vivo en la posibilidad», escribió Emily Dickinson: la filosofía en su mejor forma recuerda a una especie de poesía; no es una entrega de información, sino una vivencia, una brecha de nuestros pensamientos.

Consideremos, por ejemplo, a Martin Heidegger. En sus conferencias del verano de 1930 impartidas en la Universidad de Freiburg —al respecto de esta misma cuestión, no por casualidad— Heidegger dice que cuestionarnos sobre el tema de la libertad no debería ser en realidad problema individual. «Nosotros mismos empezamos señalando que la libertad es una propiedad particular del hombre y que el hombre es un ser particular dentro de la totalidad de seres. Quizás eso sea correcto» (la cursiva es mía).3

Citando al místico Meister Eckhart, Heidegger desarrolla el concepto de «libertad negativa», es decir, una «libertad frente a» la naturaleza y Dios. Y continúa:

Pero el mundo y Dios constituyen conjuntamente la totalidad de lo que hay. Si la libertad deviene un problema, aunque inicialmente sólo como libertad negativa, entonces estamos necesariamente preguntándonos sobre la totalidad de lo que hay. El problema de la libertad, por consiguiente, no es un problema particular, ¡sino claramente un problema universal! [...] La cuestión de la esencia de la liberad humana no limita nuestras consideraciones sobre un campo particular, sino que elimina límites; en vez de constreñir la indagación, la amplía. Pero de esta forma no partimos de algo particular para llegar a su universalidad... La eliminación de límites nos lleva a la totalidad de los seres... Y entonces podemos verlo con absoluta claridad: la cuestión sobre la esencia de la libertad humana no tiene que ver con algo particular ni con algo universal. Esta indagación es completamente diferente a [sic] cualquier tipo de indagación científica, que siempre se limita a un campo particular e investiga la particularidad de algo universal. Con la cuestión de la libertad dejamos atrás cualquier cosa y todas las cosas que tengan un carácter regional —o mejor dicho, no entramos en ellas para nada.4

Aunque no lo creamos, o incluso aunque no lo entendamos, está claro que la vivencia de esta cuestión —el hecho de permanecer con ella y ver dónde nos conduce— ejemplifica un espíritu de indagación que no suele abundar en las representaciones populares de la ciencia, que oscilan entre declaraciones de gran autoridad y deferencia periodística. Muchas horas más tarde, Heidegger llegará a la conclusión de que:

La causalidad está fundamentada en la libertad. El problema de la causalidad es un problema de la libertad, y no al revés... Esta tesis fundamental y su prueba no es menester de la discusión científica teórica, sino de un entendimiento que siempre incluye necesariamente a aquel que lleva a cabo el entendimiento, reclamándolo a la raíz de su existencia, de manera que pueda devenir imprescindible para la voluntad real de su más propia esencia.5

La religión no tiene el monopolio del determinismo ni el dogma. Un telepredicador o un presidente que bendice a sus tropas en nombre de Dios son parecidos, en cierta manera, a un neodarwinista que acusa a la religión irracional de ser la culpable de los genocidios, creyendo engreídamente que está acostumbrada a ella y al mismo tiempo proclamando una especie de inmortalidad amoral del gen —esa verdadera abstracción platónica, esa plasmación química de la vida eterna que prosigue infinitamente mientras el mundo real de la vida que produce muere a su alrededor—. Comparemos el portavoz de Dios y la ciencia en The Way Things Are con una frase de Charles Darwin, que de hecho parecía aterrorizarlo tanto que la confinó a su libreta privada: «El pensamiento, independientemente de lo ininteligible que sea, por lo visto no es más que una función orgánica, como lo es la bilis para el hígado. Esta perspectiva debería inculcarnos una profunda humildad: nadie merece reconocimiento por nada. Ni tampoco debería uno culpar a otros».6

La diferencia que estoy intentando subrayar (y admito que quizás esté desafinando un poco) es que el primero intenta persuadir, mientras que el segundo no deja de lado la pregunta. Para Darwin, por lo visto no es cuestión de notoriedad o alabanzas, sino de conocimiento —un conocimiento que siempre es provisional—. El coraje que muestra Darwin no es el de sus convicciones; pone a prueba esas convicciones a la vista de hechos y teorías más coherentes. Esto es ciencia, y también es filosofía.

Es cierto que la ciencia exige análisis y que se ha dividido en microdisciplinas. Por consiguiente, requiere síntesis más que nunca. La ciencia investiga las conexiones. La naturaleza ya no acata las divisiones territoriales de las disciplinas académicas científicas; no más que los continentes vistos desde el espacio, cuyos distintos colores reflejan las divisiones nacionales de sus habitantes humanos. En mi opinión, los grandes satori, epifanías, eurekas y momentos «¡ajá!» de la ciencia están caracterizados por su capacidad de conectar. Tal como escribió Darwin de forma conmovedora: «Cualquiera a quien su disposición le conduzca a atribuir mayor peso a las dificultades inexplicadas que a la explicación de determinados hechos, rechazará sin duda mi teoría».7

Su teoría, que se ha convertido en una religión para algunos —antiguamente fue una apologética política con la cual justificar el trabajo infantil, las desigualdades sociales e incluso el nazismo, y todavía es una maza ideológica utilizada para hacer picadillo intelectual de los creacionistas—, irónicamente sigue siendo por sí sola (bendecido sea su corazón filosófico-científico) algo grande: es un regalo intelectual, un programa de investigación productivo y un objeto digno de veneración secular.

Las teorías no sólo son prácticas y se empuñan cual espada intelectual hasta la muerte (causada no por las armas sino por quienes las empuñan, que mueren por causas naturales), sino también bellas. Una buena teoría vale más que todos los fondos de alto riesgo ilícitos del mundo. Una buena teoría científica alumbra con su luz y revela la simetría temerosa del mundo. Y su fracaso también es un éxito, ya que nos señala qué camino seguir a continuación.

En su ensayo «The Beauty of the World», Sharon Kingsland afirma que, según el polímata G. Evelyn Hutchinson, uno de los padres de la ecología moderna:

El riesgo que corre la sociedad moderna... es pensar que la conquista de la naturaleza fue un punto final y llegar a la conclusión de que no necesitamos fomentar los valores contemplativos... La idea de Hutchinson [era] que los humanos estamos hechos para experimentar la belleza... Pero ¿a qué se refería con «belleza»? Lo explicó contando una anécdota, una experiencia que tuvo mientras andaba por el camino de conducía a su casa. En esa ocasión divisó una mancha roja, lo que llamó su atención y lo desconcertó: «En cuestión de segundos me di cuenta de que se trataba de un par de tangaras rojinegras apareándose sobre un pedazo de raíz que el buldócer relativamente intrascendente de un vecino había destrozado de manera oportuna. La hembra estaba discretamente sentada en la raíz y el macho mantenía su posición encima suyo con una rápida agitación de sus alas negras, prácticamente invisibles, que hacían vibrar su cuerpo entero». Consideró que la imagen era extraordinariamente bella y que percatarse de ello le proporcionaba una sensación de placer.8

La imagen de la mancha roja que resultó ser un par de tangaras apareándose llevó a Hutchinson a imaginar «una bella canción amorosa del siglo xvii»; evocó «conexiones religiosas y psicoanalíticas», y «el color en sí mismo le recordó a los especímenes de tangaras centroamericanas que había visto en un museo, lo que lo llevó a reflexionar sobre la evolución de esos pájaros». Aunque acabo de criticar a Harris y Richard Dawkins porque inyectan inconscientemente sentimientos pseudorreligiosos en sus ideas —respectivamente, la causalidad universal y la inmortalidad genética—, creo que podemos ponernos de acuerdo en que si hay algo que merece ser apreciado de las formas que antiguamente se reservaban a la adoración religiosa, es la materia de estudio de la misma ciencia.

Cuando pienso en las tangaras de Hutchinson, pienso en cuando me lo encontré en la Gran Sala de los Dinosaurios del Museo de Historia Natural Peabody en Yale, a principios de los años 1980; pienso en el color rojo y en cómo el arte lo utiliza juiciosamente para alumbrar los ojos; pienso en la intensidad extática del acto sexual, una especie de elipsis dentro de la sentencia vital de la identidad humana; pienso en la frase de Georges Bataille (el acto sexual es en el tiempo lo que el tigrees en el espacio); pienso en el poder poético de una catacresis que refuta formulaciones lineales. Pienso en Heidegger hablando en 1938, regresando a la cuestión de la libertad, en parte en respuesta a Friedrich Schelling, quien también respondió al rechazo denso, elocuente, multifacético de la reconstrucción poscartesiana del libre albedrío por parte de Spinoza, tres siglos antes que Harris. Spinoza no creía en la libertad como voluntad, pero creía fuertemente en la libertad como una necesidad política así como también una especie de amor intelectual hacia el cosmos, una ampliación del espíritu contemplativo. Inspirándose en el ensayo sobre el arte «The Strange Necessity», de su amiga Rebecca West, las tangaras rojas de Hutchinson «ilustran cómo la experiencia aparentemente simple y directa» queda «conceptualmente enriquecida con tantos tipos de asociación que... es... “fundamentalmente una forma de arte”».9

La idea de conectar la humanidad con las otras especies en un único proceso fue el gran logro natural histórico de Darwin. Demostró que algunas de las cuestiones relegadas a la religión realmente estaban al alcance de la ciencia. Más que un mero programa de investigación para la tecnociencia es un momento eureka, un concepto que en principio puede ser estudiado y al cual pueden acceder todas las mentes pensantes. Más allá de los debates al respecto de sus mecanismos y funciones, la epifanía de la evolución se deriva de su visión ampliada, su demostración de cuán profundas son nuestras conexiones con los otros. Unos otros de los cuales no estamos separados, al contrario de lo que creíamos. Yo argumentaría que también la filosofía, con su espíritu de indagación antiguo y científico-génico, tan alejado de un mero —por no decir malhumorado— recuento de los hechos, debe ser reconectada a la ciencia para que ésta cumpla con su potencial: no sólo como algo útil sino como una fuente de momentos numinosos, percepciones profundas y, en efecto, epifanías pseudorreligiosas de comprensión cósmica y contemplación estética.

1. Sam Harris, Free Will, Free Press, Nueva York, 2012, pág. 64.

2. Rick Warren, The Purpose-Driven Life: What on Earth Am I Here For?, Zondervan, Grand Rapids, Mich., 2002, pág 20.

3. Martin Heidegger, The Essence of Human Freedom: An Introduction to Philosophy, Continuum, Londres, 2002, pág. 5.

4. Ibid.

5. Ibid., pág. 205

6. P. H. Barrett, «Early Writings of Charles Darwin», en Darwin on Man: A Psychological Study of Scientific Creativity; together with Darwin’s Early and Unpublished Notebooks, edición de H. E. Gruber,Wildwood House, Londres, 1974.

7. C. R. Darwin, The Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life, John Murray, Londres, 1859, pág. 482.

8. Sharon E. Kingsland, «The Beauty of the World: Evelyn Hutchinson’s Vision of Science», en The Art of Ecology: Writings of G. Evelyn Hutchinson, edición de David K. Skelly, David M. Post, and Melinda D. Smith, Yale University Press, New Haven, Conn, 2010, pág. 4.

9. Ibid.

Parte I

De lo «protozoico» a lo posthumano

Capítulo 1

Lo humano es más que humano

Las comunidades interespecies y los nuevos hechos de la vida

Grupos variopintos

«Este universo», dice el físico Richard Feynman, «sigue y sigue, sus límites son tan desconocidos como el fondo de un mar sin fondo... tan misterioso, tan imponente, tan incompleto como las imágenes poéticas que hubo antes. Pero fíjense en que la imaginación de la naturaleza es mucho, mucho mayor que la imaginación del hombre. Nadie que no tuviera algún presentimiento de esto a través de la observación nunca podría haber imaginado algo tan maravilloso como la naturaleza».10

Y bien, quiero prestar mi atención a este universo, concretamente a una de sus partes. Quiero volver a la vida, y dentro de ella a una parte con un subsistema fascinante. La cuestión que más nos interesa, por supuesto: nosotros mismos. Si bien se da una paradoja: precisamente es lo no-antrópico, lo no-humano, lo posthumano, lo transhumano, lo más-que-humano y lo animal lo que recientemente ha cautivado el interés de los antropólogos, cuyo supuesto campo de estudio es precisamente antrophos, el ser humano.

Podría llamarse la paradoja de la exclusión, o incluso el «regreso de los reprimidos». Lo podemos observar en la mecánica cuántica, donde cada vez se reconoce más (o existe cierta necesidad de tomar en cuenta) el papel que juega el equipo experimental y las decisiones del investigador (lo que Karen Barad llama «el corte agencial») a la hora de tomar una medición.11 Lo vemos en la termodinámica, donde las descripciones de comportamiento en bolsas térmicamente selladas se extrapolaron con osadía al universo entero, y por tanto se predijo que experimentarían una «muerte térmica» (que se quedarían sin energía). Y lo vemos en la biología genocéntrica, donde Max Delbrück simplificó el estudio de la vida cuando investigó virus de bacterias sin metabolismo propio, llamados bacteriófagos, para abordar directamente el mecanismo genético.12 En cada uno de los casos, la simplificación de presunciones (o aquellos proyectos experimentales que desechan la mayor parte del mundo) no sólo revelan procesos naturales sino que se aplican apresuradamente fuera del ámbito limitado en el cual se investigaron. Nos agobia lo que está reprimido. La antropología —el estudio de los seres humanos— obedece a esta misma lógica: el regreso del fantasma de aquello que fue excluido, en este caso todos los sistemas (vivientes o no vivientes) que hacen posible nuestra especie.

Pero creo que hay otra razón, más propia de la antropología, por la cual «lo no-humano» urge. Hay el doble de personas en el planeta que en el momento de mi nacimiento. Esto es insostenible. A este ritmo, en el año 2525 seremos 6.500 billones, y más de 13.000 billones en el año 3000, que en términos de tiempo geológico es justo a la vuelta de la esquina.

Nicolás de Cusa dijo que el universo es una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no está en ninguna. No sé qué os parece, pero a mí me suena acertado. Nos gusta pensar que somos especiales, pero la historia de la ciencia sugiere lo contrario. Ahora el anthropos, el humano, cada vez está bajo mayor presión.

Imaginad que un alienígena penetra el techo de este edificio, materializándose con un centelleante halo de azul, y os apunta con su pistola celular. Él, o ella, aprieta el gatillo. «Vosotros» os empezáis a desmaterializar. El rayo aniquila todas las células humanas de vuestros cuerpos. Sin embargo vuestra forma persevera, como la reconocible sonrisa del Gato de Cheshire.

Lo que permanecería sería una imagen espectral: la piel delineada por un brillo de bacterias, hongos, nematodos, lombrices intestinales y otros habitantes microbianos. Las tripas parecerían un tubo densamente abarrotado de bacterias anaeróbicas y aeróbicas, levaduras y otros microorganismos. Si pudiéramos observar con más detalle, podríamos vislumbrar claramente virus de cientos de tipologías distintas por encima de todos los tejidos. Para nada somos únicos. Cualquier animal o planta resultaría ser un zoo atestado de microbios parecido.13

La vida lidia con tales culturas mixtas. Lleva trabajando con multitudes desde hace miles de millones de años. La mayor parte del ADN de los billones y billones de células de nuestros cuerpos no es «nuestro» sino que pertenece a bacterias cohabitantes.

Las pulgas grandes a lomos cargan pulguitas, quienes las pican.

Y las pulguitas transportan a otras menores, y así infinitamente.

Y las pulgas grandes van a su vez a cuestas de otras mayores.

Y éstas aún cabalgan sobre otras más grandes, y así una vez y otra.

Augustus de Morgan, a partir de Jonathan Swift.

Hípersexo y amienemigos

Un diez por ciento de nuestro peso seco son bacterias, pero hay diez de «sus» células en nuestro cuerpo por cada una de las «nuestras», y sin ellas no podríamos producir las vitaminas K o B12. El geoquímico inconformista ruso Vladimir Vernadsky opinaba que la vida era una forma impura y coloidal de agua. Aquello que llamamos «humano» también es impuro, espolvoreado de gérmenes. Os presento a nuestro amienemigo: nosotros mismos.

Pero antes de abandonar este punto de la composición puntillista que es nuestro Ser compuesto de seres, hay otra cosa a tener en cuenta. Incluso aquellas células que no revolotean dentro de nuestros intestinos y sobre nuestra piel, yendo y viniendo, invadiendo patogénicamente o ayudando probióticamente —daos cuenta que incluso estas células animales tan centrales (las masas diferenciadas de pulmón, piel, cerebro, páncreas, placenta y otras) serían tejidos exclusivamente humanos que pertenecen a nuestro cuerpo propiamente—, están impregnadas y repletas de otros liliputienses que las adulteran. Por ejemplo, las mitocondrias que se reproducen en nuestros músculos cuando hacemos ejercicio provienen de bacterias.

Procedemos caóticamente de un grupo variopinto. En efecto, procedemos literalmente de comensales y enfermedades mutadas, de organismos que se comieron y no se digirieron mutuamente, de organismos que se infectaron y aniquilaron entre ellos, acordaron treguas bioquímicas y se fusionaron. Hay unos cuarenta genes que los humanos y las bacterias comparten exclusivamente, lo que sugiere que han sido específicamente incorporados a nuestro genoma.14 Nuestros intestinos están atiborrados de bacterias cuyo microbiogenoma total contiene unas 150 veces más genes que «nosotros», 3.300 millones en comparación con nuestros 23.000.15 Pero ellas, aunque aparecen y desaparecen más fácilmente que el resto de nosotros (y alteran nuestro humor y nuestra comida), también son nosotros. El sistema inmunitario en sí mismo parece ser un metasistema evolucionado, un intermediario retorcido que controla la regulación y la inflamación y se asegura de que nuestras células animales se lleven bien con el resto de nosotros, con nuestras bacterias y arqueas.16

El hipersexo es el nombre provisional para describir la combinación de organismos que se encuentran, comen e invaden; que intercambian genes, adquieren genomas y a veces se fusionan permanentemente.17 La vida es locamente hospitalaria. El biólogo coreano Kwang Jeon de la Universidad de Tennesse recibió en los años 1970 una remesa de amebas infectadas por bacterias mortales en forma de bacilo. La mayoría de amebas perecieron. En una serie de cuidadosos experimentos tras cultivar las supervivientes durante varias generaciones descubrió que éstas, con menos bacterias por célula, ya no podían vivir sin su infección. Privadas de sus nuevos amigos y viejos enemigos, los núcleos no podían funcionar sin microinyecciones de bacteria en su citoplasma. La enfermedad se había convertido en el remedio; los patógenos se habían convertido en orgánulos; los últimos se habían convertido en los primeros.

¿Acaso fue Jeon, que era cristiano, testimonio de una especiación en el laboratorio? Eso parece. Pero no fue paulatina, tal como dicta el neodarwinismo. Fue casi instantánea: no fue el resultado de mutaciones que se amontonan en un linaje sino de un parasitismo transformativo.

Símbiogenética

¿Un comportamiento peculiar, decís? La verdad es que no. Teniendo en cuenta que la vida lleva creciendo en la Tierra unos 3.800 millones de años, no es sorprendente que haya acabado creciendo sobre sí misma, comiéndose a sí misma y fusionándose consigo misma. Hace tiempo que el control de masas es un problema. Las soluciones radicales hace tiempo que son lo habitual. En 2006, unos investigadores de la Universidad A&M en Texas y la Escuela de Veterinaria de la Universidad de Glasgow en Escocia declararon en Proceedings of the National Academy of Sciences que unos virus endógenos llamados enJSRV son fundamentales para la fijación de la placenta (y por lo tanto el embarazo) en las ovejas. Somos tan puros como el aguanieve impulsada.

Al igual que las bacterias, los virus somos nosotros: se han mudado a nuestros genomas. Se han «apropiado» de nuestras proteínas estructurales virales y se han integrado en nuestros tejidos reproductivos, sistemas inmunitarios y cerebros mamíferos. Algunos retrovirus han inhabilitado receptores, desembocando en infecciones por parte de otros retrovirus. En la vida no hay ninguna pureza racial, y aún menos genética. En lo más hondo somos en parte virus: descendientes no sólo de nuestros padres sino de piezas promiscuas de ADN y ARN. El camino hasta la humanidad está hecho de indiscreciones y transgresiones. Las ovejas no serían ovejas sin su enJSRV adquirido, ni más ni menos.

La experta en simbiosis Margaret McFall-Ngai preguntó a un grupo de doctores qué supuso para nuestros ancestros marinos el estar rodeados de todos esos gérmenes —alrededor de cien millones de células por litro—. No obtuvo respuesta, así que les dijo: el sistema inmunitario no se desarrolló para eliminar patógenos sino para seleccionar simbiontes en las aguas atestadas de microbios de nuestros metazoos ancestrales.18 En sus inicios, el sistema inmunitario quizás era más parecido a una agencia de empleo (reclutando aquellas especies más deseables) que a un estado de seguridad nacional, aceptando y denegando accesos con el objetivo de proteger la falsa pureza del Propio Ser.

Hoy se reconoce ampliamente que las células de los animales fueron en algún momento una bacanal de dos o incluso tres seres antiguos: la arquea huésped, envenenada con oxígeno; las bacterias que utilizaban oxígeno y se convirtieron en mitocondria; quizás espiroquetas retorciéndose salvajemente, que suelen abundar en ambientes anaeróbicos. Estas larvas a menudo penetran sus sujetos que no disponen de sistemas inmunitarios. Se alimentan en los confines y o bien devienen motores serpenteantes que impulsan a sus colegas o se instalan en su interior, contoneándose felices para siempre.

Según mi madre —y no sería la primera vez que está en lo cierto—19 son las antiguas simbiosis bacterianas las que proporcionaron a nuestros ancestros las habilidades de movilidad intracelular que observamos en la mitosis y en el crecimiento de apéndices ondulantes. La creación de nuevas simbiosis a partir de fusiones en un planeta populoso recibe el nombre de simbiogénesis. Y podemos referirnos a todos los aspectos de su estudio como «simbiogenética», la ciencia de las simbiosis normativas, una palabra que inspira respeto porque aparentemente deriva de la genética; de hecho, la he acuñado directamente de la simbiogénesis, aunque la connotación es buena. Si bien este tipo de evolución puede parecer estrambótica —una violación del protocolo platónico en pro de una perversidad polimórfica— ha sido confirmada mediante pruebas genéticas y aparece en libros de texto. Es un hecho; o lo que el filósofo de la ciencia francés Bruno Latour y la física belga convertida en filósofa Isabelle Stengers, hablando en plata, considerarían «factiche». Aun así, aunque la simbiogénesis —la evolución de nuevas especies vía simbiosis— es algo aceptado, sigue recibiendo un trato marginal: se aplica a nuestros ancestros remotos pero no a procesos evolutivos de base en la actualidad.

Lo cual es discutible. Hay seres extraños que se entrelazan con nosotros y cohabitan dentro nuestro, visitantes íntimos que afectan nuestro comportamiento, aprecian nuestra calidez y no tienen intención de irse. Al igual que todas las formas de vida visibles, los humanos somos compuestos. Si tenemos en cuenta el factiche enfermizo de que la mayor parte del genoma humano podría ser ADN viral, nuestra hospitalidad parece casi incondicional.20 Las mujeres lactantes transfieren seiscientas especies de bacteria a sus bebés, así como oligosacáridos que sus bebés no pueden digerir pero que alimentan ciertas bacterias. En sus historias de ciencia ficción, Bruce Sterling imagina humanos que han sido manipulados para no tener ningún tipo de bacteria. Pero en diversos experimentos, una serie de ratones reales que fueron privados de sus bacterias desarrollaron niveles anormales de células en el sistema inmunitario, llamadas «células naturales asesinas invariables T», que arremetieron contra sus huéspedes, causando niveles más elevados de inflamación, asma y enfermedad inflamatoria intestinal. Aunque no somos ratones, los estudios humanos muestran que una exposición temprana a los antibióticos está relacionada con el asma. La idea de que la salud equivale a una pureza libre de microbios es tan equívoca médicamente como los sueños eugenistas de una triunfal homogeneidad racial. Cientos de especies de hongos viven en los intestinos de los mamíferos a pesar de nuestros sistemas inmunitarios, o debido a ellos. En efecto, los científicos descubrieron que las células inmunológicas producen dectin-1, una proteína que alimenta los hongos sobre la piel de los ratones. Cuando manipularon a los ratones para que no la produjeran, estos experimentaron daño tisular debido a un exceso de inflamación. Parece que nuestros sistemas inmunitarios no sólo están diseñados para deshacerse de entes extraños peligrosos sino también para atraer aquellos otros que se necesitan. No hay nada que perturbe tanto el meme pasteuriano de la salud mediante la pureza biótica como el interés que han suscitado recientemente los trasplantes fecales: se consideran seguros a la hora de tratar el sobrecrecimiento de Clostridium dificile en pacientes que necesitan restablecer aquellas microbiotas intestinales que los antibióticos han devastado, y están siendo investigados para el tratamiento de la obesidad. Otro enfoque médico novedoso es el desarrollo de cremas hidratantes que alimentan bacterias beneficiosas y repelen patógenos como Staphylococcus aureus.21

Por supuesto, éstas son vías médicas que se están desarrollando dentro de un complejo industrial de enfermedades que lleva ya tiempo en estado de emergencia y hace dinero con los tratamientos. Pero las asociaciones simbióticas presentan una oportunidad, no sólo de restaurar la salud sino de mejorarla y alterarnos, hacernos evolucionar hacia nuevas formas. Puedo visualizar a la gente del futuro con luminosas manchas inofensivas de bacterias como si fueran tatuajes, resplandeciendo en la oscuridad, quizás reaccionando en base al humor y centelleando como luciérnagas.

Algunas de estas asociaciones son fantásticas. Hay bacterias luminosas que pueden apiñarse para proporcionar a varios animales marinos órganos que alumbren su camino: en las profundidades del mar las hembras lophiiformes incluso utilizan sus brillantes luces bacterianas como cebos para cazar otros peces. Las bacterias luminescentes, de la especie Vibrio fischeri, proporcionan a los sepiólidos (Eurpymna scolopes, un animal nocturno que se alimenta bajo la luz de la luna) una «contrailuminación»: proyectan luz hacia abajo desde su órgano de luz, de manera que su sabrosa silueta resulta invisible para los hambrientos peces depredadores que nadan debajo.

Hay bacterias que se encuentran encajadas dentro de los cromosomas de algunas avispas parasitarias. Existen múltiples especies de insectos que se transforman gracias a las bacterias Wolbachia. Es un género prácticamente ubicuo en los tejidos de los insectos. Demasiado grandes como para caber dentro del esperma de los insectos, las Wolbachia inefectivas pueden equipar las poblaciones de insectos con partenogénesis; es decir, pueden transformar una población de dos géneros para que sea únicamente de hembras, algo que por supuesto conviene a las bacterias «egoístas» (pues el embudo del esperma impide su propagación). Los antibióticos, que inhabilitan a las bacterias manipuladoras de géneros, pueden hacer que especies separadas de avispas esmeralda se vuelvan a cruzar entre ellas. Esas bacterias que modifican el género, más estrambóticas que los alienígenas del espacio sideral que en nuestra imaginación nos abducen y juguetean con nosotros en sus platillos, introducen series de genes con características metabólicas y reproductivas cuando establecen simbiosis a menudo permanentes en los artrópodos.

Raros devaneos y especiaciones imprevistas

En un ejemplo inesperado pero clásico de especiación, Theodosius Dobzhansky, genetista de la Universidad de Columbia, se encontraba estudiando las moscas de la fruta y su capacidad de resistir al calor y al frío. Dobzhansky descubrió que, tras dos años, las moscas adaptadas al calor ya no podían fertilizar con éxito aquellas que vivían en el frío. Las dos poblaciones separadas de Drosophila paulistorium, pues, se atenían a la definición zoológica tradicional de una nueva especie animal. Su aislamiento reproductivo y geográfico hizo que luego sólo pudieran cruzarse con su propio tipo.

No obstante, Wolfgang Millar, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Viena en Austria, posteriormente descubrió que la «población de moscas fértiles en el frío» había conservado un simbionte, ampliamente distribuido por ciertos tejidos; mientras que las «moscas fértiles en el calor» se habían «curado» de este simbionte. De hecho, las moscas de Dobzhanky evolucionaron en base a la existencia o la ausencia de «micoplasmas», cuya presencia fue descubierta en el mencionado género de los Wolbachia. Es decir, la presencia o ausencia de una bacteria, y no la acumulación gradual de variaciones genéticas aleatorias que dicta el neodarwinismo —una noción muy cacareada pero sin embargo teorética—, estaba en correlación con lo que es quizás el único ejemplo de un caso de especiación observado en tiempo real, si exceptuamos los experimentos de Jeon.

El descubrimiento por parte de la humanidad de cepas microbianas patogénicas y nuestra subsiguiente guerra contra ellas nos llevó al error de pensar que los microbios son generalmente extraños a nuestros cuerpos y salud. Pero los científicos cada vez más caen en la cuenta de que tenemos (y en parte somos) un microbioma adaptable: una recopilación endógena de microbios a menudo «inteligentes» que no sólo está conectada negativamente con las enfermedades sino también positivamente vinculada a la protección ante la obesidad, el asma, las alergias y otros males. Eugene Rosenberg, de la Universidad de Tel Aviv, descubrió que las moscas de la fruta (Drosophila pseudoobscura) sólo se apareaban con aquellas que tuvieran una misma dieta. Los antibióticos eliminaban sus exigencias dietéticas, lo que incitaba a la promiscuidad y demostraba que la presencia de microbios intestinales específicos es parecido a la afiliación a un club de élite: conlleva un apareamiento selectivo y puede acabar (a la larga) en especiación. Y probablemente no sólo suceda con los insectos. Nuestras bacterias simbióticas están vinculadas a la digestión, el sentido del olfato, la inmunidad y otros aspectos de la fisiología. Los procariontes forman parte del hologenoma: no son meramente parásitos sino también actores genéticos.22

Tales son los nuevos hechos —o factiches— de la vida. Ya que los genes no son entes, la noción del gen egoísta sigue siendo un tropo. Los entes son seres materialmente recursivos y conscientes, y el ente más mínimo parece ser la célula. Ya que la vida es un sistema termodinámico abierto, así como también un sistema informativo abierto, la transferencia de genomas nunca cesa.

Hay babosas verdes parecidas a hojas (que, según se ha descubierto recientemente, producen clorofila por sí solas)23 y caracoles acuáticos alimentados por hileras de plastos verdes que demuestran cómo pueden fusionarse las plantas y los animales. La Convoluta roscoffensis no come, pero hace su madriguera bajo la arena de las playas de Bretaña, protegida del azote de las olas (y los pisotones del científico investigador); una vez no hay moros en la costa, las algas animadas —gusanos verdes— reaparecen bajo la luz del sol. La «plantanimal» se alimenta con la composición verde de su cuerpo, la arquitectura viviente que cultiva y que la alimenta desde dentro.

Parece improbable que una deidad cósmica decidiera que los «socios» que constituyen la C. roscoffensis se juntaran; pero así lo hicieron, en parte por voluntad propia. En cualquier caso, seguramente no acabarían de cuadrar en el arca de Noé.

También nos afectan nuevos comportamientos identificables, habilidades y psicologías combinadas e incluso personalidades multigenoma. Las floras intestinales de los humanos no son simples parásitos sino que influencian el ritmo de maduración de nuestras células intestinales, la distribución y suministro de nutrientes internos, el crecimiento de nuestros vasos sanguíneos, nuestros sistemas inmunitarios, los niveles de colesterol y otros lípidos de nuestra sangre.24 También influencian —en parte debido a la presencia de neuronas en el tracto intestinal de los mamíferos y la consiguiente comunicación entre tripas y cerebro— el estado de ánimo de los humanos. Diversos experimentos de laboratorio con Campylobacter jejuni demuestran que esta bacteria agudiza la ansiedad en los ratones, mientras que la bacteria del suelo Mycobacterium vaccae, de la cual son portadores, les levanta los ánimos. En cuanto a los humanos, se dice que los yogures que contienen «culturas vivas» —por ejemplo bífidobacterias— intensifican nuestro sentimiento de bienestar.

Toxo

El Toxoplasma gondii es un protista conocido por infectar madres embarazadas, que pueden contraerlo de las heces de sus gatos. De la madre, el Toxoplasma se transmite al feto, a menudo devorándolo y provocando un aborto natural. El Toxoplasma gondii se reproduce sexualmente en los cuerpos de los miembros de la familia de los felinos, especialmente los gatos caseros. Pero los ratones, que normalmente huyen de los gatos, pierden su miedo cuando sus cerebros son infectados con el Toxoplasma. Curiosamente, también empiezan a sentirse atraídos sexualmente a la orina felina.

El Toxoplasma también infecta a muchísimos humanos. Aunque un poseedor del Toxo quizás no sea consciente de portarlo, puede padecer sus efectos. Una infección de Toxoplasma