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Esta novela comienza cuando la protagonista, María, emprende un viaje de forma algo imprevista. Cuando recala en uno de los destinos que va visitando, conoce a una persona muy peculiar por la que siente una curiosa fascinación, y con la que comienza una extraña relación. Sin darse ni cuenta, se sumerge en un mundo desconocido hasta ahora para ella, pero por el que siente una incontrolable atracción. Se deja llevar por sus pasos, por sus impulsos, por la curiosidad…, sin hacer demasiado caso a la razón. De nuevo en casa, un oscuro pasado reaparece en su vida para volverla a poner del revés. La angustia, la desazón…, el miedo, se hacen otra vez presentes. Creía que jamás regresaría, pero una vez más…, ahí están. Intriga, amor, desamor, conspiración, suspense, actualidad…
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Seitenzahl: 561
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Aquel improvisado viaje
Mª Inmaculada Fuentes Ballesteros
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© Del texto: Mª Inmaculada Fuentes Ballesteros
© Editorial Samaruc, s.l.
978-84-10229-00-6
www.samaruceditorial.com
1
Siempre le pareció que viajar es una de las mejores formas de ampliar horizontes y abrir la mente. Conocer lugares nuevos ayuda a enriquecerse en conocimientos y en sentimientos.
En esos momentos, María contaba con unos días de descanso que, dicho sea de paso, buena falta le hacía. Llevaba algo más de dos años muy activos, por decirlo de una forma suave. En su vida habían ocurrido una serie de circunstancias que la habían llevado casi al total agotamiento. Su estado físico ya le había dado algún aviso de que ese ritmo no era el adecuado y, si no lo cambiaba y frenaba un poco, la factura sería aún más alta. A veces daba la sensación de que las cosas se complicaban todas a la vez. Los asuntos personales y el exceso de trabajo estaban haciendo mella en su salud y decidió que era momento de darse un respiro.
Afortunadamente, en el trabajo no tenía problemas para disponer de un tiempo si lo necesitaba. Así que poco a poco fue arreglándolo todo para que su ausencia en esos días no repercutiese demasiado.
En el plano de lo personal, parecía que el torbellino que había llenado y revuelto su vida de arriba abajo empezaba a calmarse y las cosas se iban posicionando como debían. Se cerraban etapas, asuntos pendientes, tomaba las decisiones oportunas y empezaba a poder digerir la nueva situación. Era algo que en muchas ocasiones no dependía de ella; de hecho, fueron situaciones en las que se vio inmersa de lleno sin poder evitarlo.
Algo se veía venir, pues tenía un olfato especial para ciertas cosas, pero ni podía cambiarlo ni podía adelantarse, solo podía esperar y hacerse cargo cuando llegase el momento. Aun así tenía una pequeña esperanza de que no fuese necesario prepararse tanto, de que su previsión fuese equivocada, pero pocas, muy pocas veces, se había equivocado cuando esa sensación se alojaba en su interior. Era cuestión de tiempo. Más tarde o más temprano terminaba por hacerse realidad y esa sensación se materializaba. Cuánto odiaba tener razón y no haberse equivocado, especialmente en esta ocasión. Pero ya había hecho lo que tenía que hacer, así que solo quedaba esperar que las piezas, después de colocadas, se fuesen ajustando en su lugar con el paso del tiempo.
Comenzó a pensar en qué hacer para salir, desconectar de verdad y olvidar, al menos por un tiempo, todo lo que la rodeaba y que necesitaba dejar atrás. No lo dudó demasiado. Lo mejor en estos casos es cambiar de escenario. Desaparecer. Buscar otros lugares, otros paisajes, otras vistas. Conocer personas completamente distintas con otras costumbres, con otras vivencias y hasta con otro idioma. Sí, eso no sería un problema; quien se quiere entender se entiende aunque hablen idiomas distintos.
Hacía ya un tiempo que preparar el equipaje, aunque fuese por motivos completamente lúdicos, le provocaba ansiedad. Se agobiaba pensando qué se le podía olvidar y que luego le hiciese falta o si ponía ropa de verano y luego refrescaba, etc. Aprendió a mitigar esa ansiedad diciéndose que no era preciso preocuparse tanto por esas tonterías.
«Tienes que ser más práctica», se decía a sí misma. «Si necesitas algo que se te ha olvidado, lo compras y punto; donde vas también hay tiendas», se repetía esta frase hasta que se convencía y dejaba de preocuparse.
Con esta premisa preparó su viaje, en el que visitaría distintas ciudades. Organizó una lista, procurando no olvidar ninguno de los lugares que ansiaba conocer.
Se decantó por uno de los países que más le atrae y donde se siente muy cómoda. Aun siendo diferentes, los considera muy cercanos y termina sintiéndose un poco como en casa, como si estando fuera no se hubiese alejado demasiado. Es un lugar donde se siente segura. Piensa que, al ser península también, su modo de vida incluso de pensar o sentir no es tan diferente.
Ilusionada y emocionada, comenzó su viaje esperando empaparse de la cultura y la historia de esos lugares y puso rumbo a Italia.
Sus viajes solían ser culturales, pero también gastronómicos, pues no entendía cómo se podía llegar a una nueva ciudad o cualquier pequeño pueblecito y no degustar los productos auténticos de la zona sin adulterar por la influencia del turismo.
Disfrutaba muchísimo de esos momentos en los que intentaba descubrir sin que se lo dijeran qué era aquello que estaba comiendo. Jugaba a intentar hacer memoria de a qué le recordaba este o aquel sabor, o si, por el contrario, era la primera vez que sentía esa sensación en su paladar. Le encantaba probar alimentos nuevos, aderezos, recetas nuevas y luego intentaba recordarlas o apuntarlas para repetirlas en su casa, aunque después ella le añadiese algo propio y la personalizase.
2
Estaba disfrutando de este viaje como hacía ya unos años que no lo hacía. Había sido una estupenda decisión y se alegraba de haberla tomado cada día que pasaba.
Después de cuatro días y de cientos de fotografías, hoy recalaba en una nueva ciudad: Palermo.
Estaba absorta observando y fotografiando el numeroso y rico patrimonio cuando observó una pequeña callejuela. A lo largo de ella habían dispuesto un típico mercadillo. Le pareció lo más auténtico de ese lugar. Allí, en una pequeña y apartada calle de esa gran ciudad, se presentaba ante ella la auténtica vida de los que allí moraban.
No lo dudó ni un instante; es más, ni siquiera lo pensó. Sus pasos se dirigían sin pedir permiso hacia ese mercadillo. Se dejó llevar sin pensar en nada que no fuese la cantidad de cosas interesantes que podía descubrir. Se sintió como atraída por un imán; era inútil intentar resistirse, no tenía ninguna intención de alejarse de allí sin sumergirse en aquella aventura que se le asemejaba ese callejón.
Había tenderetes donde se podía encontrar ropa, calzado, frutas, verduras, ¡pescado fresco en una paradita en la calle!, especias y hasta comida preparada. Se sentía un poco como una niña en una juguetería. Miraba con interés los productos que allí se ofrecían, pues algunos de ellos no los había visto con anterioridad. Había alguna fruta que no conocía, pero lo que más llamaba su atención eran las especias. Había bolsitas o cajitas de un solo tipo y otras mezcladas por los propios tenderos según para lo que se fuesen a utilizar. Aquello era un festival de colores. El aroma era absolutamente embriagador y le hacía soñar despierta.
María estaba completamente imbuida comprando unos tomates secos y algunas de esas especias cuando la vio. Era una mujer menuda, anciana, alegre y dicharachera, pero además tenía algo que no sabía describir.
Se vio de frente con la verdadera historia, con la historia real, una historia que llevaba esa mujer escrita en cada una de las líneas de su rostro y que le hacían entrever lo mucho que había vivido.
Vestía completamente de negro: una falda suelta y un poco larga que le llegaba por media espinilla aproximadamente, combinada con una blusa del mismo color de manga larga, pero que, al ser verano, las llevaba recogidas hasta los codos; también lucía un pañuelo negro de los que las mujeres utilizaban para cubrirse la cabeza al entrar a la iglesia y que ahora lo utilizaba para protegerse del sol. El pañuelo le caía reposando en su arqueada espalda. Calzaba una zapatillas cómodas y desgastadas, pero sin llegar a ponérselas del todo, únicamente metiendo el pie a modo de chancla, por supuesto también negras.
Colgando de su brazo izquierdo portaba una cesta donde introducía lo que compraba en el mercadillo y que al menos, en este caso, no era demasiado. Dada la edad y la poca envergadura de la mujer, era preferible hacer varios viajes a la compra que cargar demasiado y no poderlo llevar hasta casa; además, tampoco parecía que aquella persona tuviera mucho de lo que disponer. En sus manos recogía un pequeño monedero de cremallera, nada ostentoso, sino más bien pequeño y funcional, donde llevaba solo lo necesario, algo de dinero para la compra.
Se podía apreciar en la piel de sus brazos, al igual que en su rostro, que era bastante mayor, pero podía adivinarse que debió de ser una mujer muy atractiva en su juventud, ya que, aun con su avanzada edad, se distinguía en su rostro la elegancia de sus rasgos, al igual que el porte de su constitución, que ahora se veía algo curvado por el paso de los años.
Esa anciana la intrigaba; ella sí tenía una historia que contar y María no quería marcharse de ese lugar sin intentar averiguarla.
Sin apenas darse cuenta, empezaron a intercambiar palabras, pequeñas frases, cada una en su idioma, pero… entendiéndose a la perfección. ¡Era mágico! Una vez más se dejó llevar por aquella situación, que no por extraña dejaba de ser agradable. Se sentía atraída y muerta de curiosidad. No sabía de dónde había salido aquella persona, pero estaba claro que iba a enterarse.
3
De repente se vio caminando calle abajo junto a aquella mujer. Su raciocinio se puso en alerta y no paraba de repetirle dentro de su cabeza: «¿Eres consciente de que no conoces a esta persona de nada, no sabes dónde va, ni con quién puede estar?». Incluso le reñía: «¡Tu impulsividad y falta de prudencia no nos va a traer nada bueno!», intentando hacerla rectificar. «Piensa, María, piensa».
Pero su corazón se iba acelerando y sus latidos eran cada vez más fuertes, de manera que llegaban a enmudecer por completo a la razón. Además, sus pies, una vez más sin pedir permiso, ya la habían llevado fuera del mercadillo.
Caminaron juntas durante un rato, no demasiado tiempo. Cambiaron de dirección unas cuantas veces, pero ella solo pensaba en saber más de tan interesante personaje.
Durante el trayecto se dijeron sus nombres. Hasta ese momento no habían caído en la cuenta de que no sabían ni siquiera cómo se llamaban, aunque tampoco les había hecho falta. La anciana dijo llamarse Paola, y así, sin saber muy bien cómo llegó, sin más, María se encontró en una pequeña estancia donde no había nada que no fuese absolutamente necesario.
Según se traspasaba la puerta, a la izquierda, se encontraba una bancada donde se disponía una pequeña cocinita blanca de dos fuegos y en uno de ellos reposaba una cacerola a la espera. Debajo estaba alojado un horno. A poco más de medio metro de separación se encontraba el fregadero, que tampoco era demasiado grande y al que le seguía otro tramo de bancada de un metro más o menos.
Pegada a la pared de la derecha se encontraba una pequeña mesa de madera que era incapaz de averiguar los años que podía tener, pero que la conquistó nada más posar sus ojos en ella. Era una de esas mesas desgastadas por el uso, pero que se nota de lejos que han sido cuidadas y mimadas, pues allí se disfrutaba del buen hogar. A cada extremo de la mesa, y otra en el centro, se disponían tres sillas. Cada una de ellas era distinta y con su propia historia, que no dejaban de ser a cual más intrigante.
Entre ambas paredes había una puerta que daba a un pequeño patio donde la anciana tenía unas cuantas plantas, aunque no parecía que les prestase mucha atención.
En aquella angosta cocina se respiraba tranquilidad, calma, sosiego… Parecía que el tiempo se había detenido muchos años atrás y, además, no importaba. Había pocos enseres, pero podía apreciarse que todo estaba cuidado, ordenado y pulcramente limpio.
Cerró los ojos e inspiró profundamente. Pudo percibir los suaves aromas a especias y a hierbas aromáticas que inundaban la habitación.
Se percató de que en un rincón de la bancada había unas cuantas macetas que tenían plantadas distintas de esas hierbas aromáticas como estragón, hierbabuena, albahaca, salvia, romero, orégano, etc. María tenía en su cocina lo que había dado en llamar «el cajón de las especias», con alrededor de veinticinco o treinta frascos diferentes, puesto que le encantaba probar nuevos sabores y combinaba varias de ellas según el plato que preparaba.
Solía aprovechar sus viajes para conseguir las especias en los lugares de donde eran originarias, pues las que vendían en los supermercados nunca tenían esos maravillosos matices que las hacían únicas y especiales. Allí delante, repartidas en pequeñas macetas, se le presentaba ese «cajón» de especias vivas.
Seguía conversando con Paola, mientras aquella no paraba ni un momento. Parecía que estuviese bailando mientras se deslizaba por su pequeña cocina. En menos de veinte minutos la mesita de madera se llenó de cosas que no acertaba a saber de dónde habían salido.
Había un platito con taquitos de queso que Paola sacó de un tarro de cristal donde ella misma los había macerado con aceite de oliva, hierbas con un aroma muy fresco y guindilla. También había puesto unos tomates del mercadillo troceados con un poco de orégano y un chorrito de aceite de oliva de la tierra. Del horno sacó una focaccia recién hecha que cada vez que se tomaba un bocado parecía deshacerse en su boca un pedazo de nube con sabor a aceitunas.
La anciana dispuso un plato para cada una de la mejor pasta que jamás había tenido ocasión de probar. La mujer la había amasado antes de irse al mercadillo y, colgando de un palo de madera atravesado en el patio, tenía secando los tagliatelle. La cocinó en un suspiro solo con unos ajos troceados, unos tomates secos, también por ella misma, y el preceptivo chorrito de aceite de oliva, esta vez picante. Le puso por encima unas hojas de albahaca fresca y sirvió dos vasos de vino. El vino procedía de una botella de cristal con un tapón de corcho sin más, sin etiquetas ni milongas.
María no preguntó. Ambas se sentaron a la mesa y, como si se conociesen de toda la vida, compartieron aquel festín sin dejar de hablar.
María se sentía cada vez más cercana a esa mujer. Hablaban sobre la comida y sobre cómo Paola utilizaba sus hierbas y otros condimentos para macerar el queso o hacer picante el aceite, secar los tomates o preparar su propia pasta. Era muy enriquecedor todo lo que estaba escuchando, pero aún le quedaba por descubrir lo más intrigante de aquella persona. Estaba deseando saber qué historia se escondía detrás de esa mirada limpia y sincera, de esa sonrisa tierna, serena, aunque parecía, según su opinión, que tenía un punto de tristeza escondido en las comisuras de sus finos labios.
Al terminar la comida Paola se dispuso a preparar el café. María era fan absoluta de este reconstituyente. Tenía algunos amigos italianos y sabía que para ellos era una especie de religión o ritual preparar un excelente café. Paola no era menos y sirvió un café exquisito, intenso pero no amargo, que apenas necesitaba azúcar. Dispuso dos pequeños vasos de agua fresca para lavar y preparar la boca y, de este modo, poder apreciar mejor las bondades de ese estupendo expreso que acababa de servir. El aroma invadió toda la casa y preparó aún más el ambiente para hacerse confidencias de amiga a amiga.
María le preguntó sobre su vida, si estaba casada, si tenía hijos, si había ejercido alguna profesión, etc. Paola empezó a responder a su nueva amiga, pues así le hizo saber que la consideraba, puesto que ella también había sentido ese vínculo invisible que parecía conectarlas. Era extraño que dos personas que se acaban de conocer y no parecían tener nada en común llegaran a conectar tanto.
4
Poco a poco, según iba discurriendo la conversación, ambas empezaron a darse cuenta de todo lo que compartían. La historia que Paola le estaba contando le sonaba tanto como si la hubiese vivido ella misma. Parece que el destino es caprichoso y, en ocasiones, confabula para hacer reales encuentros que jamás imaginaríamos.
Paola le comentó que se había dedicado a la costura; eso sí, en casa. Pegada a la pared del pequeño saloncito se encontraba una máquina de coser bastante antigua, pero perfectamente útil. Era de esas máquinas Singer que llevaban en el mercado toda la vida.
Con una máquina idéntica, la abuela de María la había enseñado a bordar. Estas máquinas tienen un pedal donde apoyas ambos pies y vas haciendo que la aguja suba y baje con un perfecto control del ritmo. De esta manera, María, siendo niña y durante los veranos, se había bordado todas las toallas que tenía con sus iniciales. En aquella época se quedaba ensimismada viendo como su abuela le daba al pedal y hacía maravillas con la máquina.
La encimera de madera donde iba encastrada la máquina disponía en un lateral de una pequeña hoja de madera que se subía y hacía algo mayor la superficie de trabajo, pero lo que más le gustaba a María eran esos dos cajoncitos, uno a cada lado, estrechos y tan largos como el ancho de la encimera. Le encantaba registrarlos y hallar sorprendentes artilugios que su abuela se encargaba de explicarle para qué se utilizaban.
Paola sacó a María de esos pensamientos que la habían trasportado a su niñez enseñándole una muestra de lo que solía coser. Aquella mujer no solo tenía buena mano en la cocina, sino que también se manejaba perfectamente con la costura.
Siguiendo con la conversación y respondiendo a las preguntas de María, Paola le dijo que estaba casada y que de ese matrimonio nacieron dos hijos, dos varones a los que dieron en llamar Mateo y Pietro.
Ambos fueron buenos chicos desde pequeños y también buenos estudiantes. Paola contaba que ni ella ni su padre (el señor Luiggi) tenían que decirles que debían estudiar o hacer las tareas que los profesores les habían encomendado para casa.
—Hemos tenido mucha suerte con los hijos que hemos tenido —le explicaba en italiano, haciéndose entender—. Nunca hay que bajar la guardia, debes permanecer atento y estar ahí cuando te necesitan, pero hay que dejarles espacio para que se desarrollen en libertad y con responsabilidad —le seguía explicando—. Es bueno aconsejarles y después dejar que tomen sus propias decisiones y, si se equivocan, aprendan de esos errores para hacerse más sabios e intentar no repetirlos. Guíalos, pero no los empujes. Dales la mano pero, no los dirijas. Deja que busquen su camino y lo sigan, aunque no fuese el que tú elegirías; siempre y cuando sea un camino recto —le aconsejaba—. Si ese camino se tuerce, estarás cerca y entonces sí podrás enderezarlo a tiempo.
Así se expresaba Paola mientras María llegaba a sus propias conclusiones con una frase repetida más de una vez en su propia casa: «Predica que algo queda».
5
Paola empezó a contarle un poco sobre la actualidad de sus hijos.
Mateo estaba casado y tenía dos niñas que eran la debilidad de su abuela. Trabajaba y vivía en la misma ciudad, su querida Palermo, así que podía disfrutar de su compañía y la de sus nietas cada vez que quería sin impedimentos, pero cada uno tenía su hogar y no eran de estar todo el día en contacto, sino que disponían de su propio espacio y, cuando querían, se encontraban y disfrutaban de buenos momentos, sin normas establecidas ni visitas concertadas y de obligado cumplimiento. Aun así solían reunirse en la casa familiar los domingos para comer.
El trabajo de Mateo era importante según Paola. Era ingeniero, trabajaba en una compañía internacional y a veces tenía que viajar tanto por Italia como por el extranjero. Esta circunstancia le permitía conocer muchos lugares diferentes, lo que era un aliciente más en su profesión.
Antonella, su mujer, ya lo había conocido siendo ingeniero y sabía lo que le gustaba su trabajo. Nunca le puso pegas ni malas caras cuando tenía que salir de viaje, pues veía a su marido ilusionado con un nuevo reto y eso era suficiente para ella. Huelga decir que no siempre venían esos viajes en el mejor momento, sobre todo cuando las niñas eran muy pequeñas, pero sabía que contaba con la ayuda de Paola si era requerida y también con la de su propia madre, así que Mateo partía tranquilo, dejando en buenas manos lo que más adoraba en la vida: su esposa y sus dos niñas. Aunque no siempre el resultado del viaje era el que se buscaba, sabía que el regreso sí lo sería; sus chicas le esperaban en casa.
María seguía con atención las explicaciones de Paola y cada vez se daba más cuenta de lo relacionadas que estaban sin saberlo. Ahora le tocaba el turno a Pietro.
Este tenía tres años menos que su hermano Mateo, pero al igual que el mayor siempre tuvo clara la profesión que le gustaría desempeñar en la vida y se puso manos a la obra desde muy joven; Pietro era carabinieri.
A Paola pareció cambiarle el gesto cuando empezó a hablar de su hijo. Se la veía orgullosa, pero también asomaba a su eterna sonrisa y a sus ojos un punto de tristeza.
María quería saber más de aquella historia y, al mismo tiempo, le sabía mal traer malos o dolorosos recuerdos a la mente de Paola.
Le puso la mano en el hombro para hacerle entender que no tenía que contar nada más si eso la entristecía. Estaban pasando un día muy agradable y por nada del mundo lo quería estropear. Al mismo tiempo en su interior sentía una curiosidad inmensa por saber qué era de Pietro y por qué razón aquella mujer podía sentirse triste.
Paola la miró a los ojos con tranquilidad y dulzura y continuó hablando.
La profesión de Pietro era algo más complicada que la de Mateo, especialmente en la zona donde vivían. En Sicilia existe la mafia y eso no es bueno para nadie, pero especialmente para los que, como Pietro, tienen encomendada la tarea de controlar sus acciones y terminar con ella.
Paola empezó a contar que su hijo tenía una especial vocación y que, aunque sopesaba el enorme riesgo que corría tanto él como su familia, estaba decidido a llevarla a cabo. Era un hombre honesto, con un sentido del deber que pocos tenían por aquellos lares y que le hizo granjearse poderosos enemigos. Pero no cejó en su empeño.
Llegadas a este punto, a Paola se le inundaron los ojos de lágrimas, pero intentaba conservar la sonrisa. María se sintió apurada, pero no la interrumpió. Daba la sensación de que, aunque los recuerdos dolían, al mismo tiempo le venía bien hablar de ello. Era como si compartiéndolos se hiciesen un poco menos pesados y tal vez, al final, podría llegar a hablar de ello sin venirse abajo. María era de las que pensaban que las alegrías compartidas son el doble y las penas se dividen.
La mujer continuó con su relato.
Habían sido muchas las ocasiones en las que su hijo había intervenido en operaciones que terminaban con miembros de la mafia detenidos y, posteriormente, encarcelados. Durante esos servicios, Pietro no contaba nada a su madre, pero más tarde o más temprano se acababa enterando.
Es cierto que ella misma aseguraba que a veces es mejor no saber nada hasta que todo ha concluido, pero sabes que algo está pasando y temes que, cuando te enteres, sea demasiado tarde. Le decía que su mayor temor era que un día le ocurriese algo irreparable a su hijo y no se hubiese podido despedir con un «te quiero». Por eso, cada vez que hablaba con él se lo decía, eso y «cuídate mucho», como cualquier madre, decía ella, pero sabiendo que en estos casos las probabilidades eran mayores.
En una de esas ocasiones la operación era algo más importante y los resultados fueron muy notorios. Se incautó una gran cantidad de droga, así como de dinero. Hubo muchos detenidos y entre ellos algunos jefes del grupo mafioso. El juicio fue muy mediático y los magistrados, que también eran amenazados, no se dejaron llevar por el miedo y actuaron con lucidez y responsabilidad. Las condenas fueron importantes y sabían que aquellos no se lo tomarían bien.
Una de las consecuencias fue que tanto su hijo como los compañeros que participaron en aquel operativo fueron señalados y amenazados directa y personalmente. Pero lo peor para ella fue saber que a Pietro y a dos más de sus compañeros los habían herido durante la intervención. Fue el peor momento de su vida hasta que pudo comprobar el alcance de lo que le había sucedido a su hijo y también a los otros dos carabinieri.
Fueron unos meses muy duros mientras se recuperaba de las heridas sufridas. Las físicas iban cicatrizando y curando. Las psicológicas eran a veces más difíciles de controlar para Paola. Aun así no le quedó más remedio que hacer de tripas corazón y presentarse fuerte ante todo lo que se le venía encima.
Contaba con su marido Luiggi. Los dos eran uno. No necesitaban hablarse para entenderse. Se cogían de las manos, se miraban y ya lo tenían todo dicho.
De esta manera, juntos, con el apoyo del resto de la familia, los amigos y los buenos vecinos, superaron esta situación y volvieron a retomar sus vidas más o menos normales, sin olvidar nunca la amenaza que sobre ellos pesaba.
María estaba absorta escuchando el relato de Paola y esta la miraba como si le quisiera agradecer toda la atención que estaba recibiendo por su parte.
A día de hoy no ha ocurrido nada fuera de lo común para ellos: rayas en los coches y pintadas en algún muro. Pero eso no les iba a hacer cambiar sus convicciones ni modo de vida, solo los preparaba para ser más precavidos y moverse siempre «con la mosca detrás de la oreja». Como solían decir: «Más vale ir precavido que luego lamentarse cuando ya no haya remedio».
6
Estando las dos todavía con las emociones a flor de piel, de repente se abrió la puerta de la calle. Alguien entró sin pedir permiso, pero llamando:
—¿Mamma?
Paola no tardó en contestar, por supuesto en italiano, pero María creyó entenderla bien. Le pareció que le daba al nuevo huésped las instrucciones precisas de que tenía una visita y se encontraban en el salón. En ese momento apareció frente a ellas la persona que acababa de llegar.
Era un hombre de mediana estatura, calculaba que mediría alrededor de un metro ochenta centímetros más o menos; no era muy buena María con eso de las medidas. Su pelo era moreno y agradecido, que le formaba unos pequeños caracoles muy interesantes. Su piel también estaba bronceada y tenía un tono muy atractivo. Vestía unos vaqueros algo desgastados y una divertida camiseta de manga corta. Calzaba una deportivas de loneta sin calcetines.
Entró en la habitación y primero se dirigió a saludar a Paola, dándole un cariñoso beso en la mejilla que ella le devolvió de inmediato rodeando su rostro con sus finas manos. Acto seguido, Paola procedió a presentar a María. Esta intentaba entender lo que le estaba explicando sobre ella y cómo había llegado hasta allí.
Cuando terminó su locución Paola, aquel hombre se dirigió a María en un perfecto español, pero con un inevitable acento italiano que a María le cautivó:
—Buenas tardes, señorita, me llamo Pietro y soy el hijo de Paola —se presentó—. Por lo que me cuenta mi madre, se acaban de conocer en el mercadillo y han hecho buenas migas.
—Buenas tardes, yo soy María y, efectivamente, nos hemos conocido hace unas horas, aunque se diría que somos amigas de toda la vida —respondió ella.
Pietro alargó su mano para estrechar la de María y, cuando ya la tuvo cogida, tiró suavemente de ella para acercarla y de este modo saludarla como hacemos los españoles: con dos besos, uno en cada mejilla.
María se sintió enrojecer cuando Pietro le tomó la mano, pues sintió cómo se erizaba su piel. Al acercarse para darle los preceptivos besos de presentación, María pudo oler su perfume y aún se sintió más aturdida. De repente se quedó paralizada y sin palabras. «¿Qué estaba sucediendo?», se preguntaba.
Parecía una chiquilla de quince años cuando una amiga te presenta al chico de la clase que te gusta. «Céntrate, María, que vas a hacer el ridículo», se repetía para sus adentros.
Esos eran sus pensamientos mientras no podía dejar de mirar el rostro de su interlocutor.
Sus ojos eran de color miel y no dejaban de mirarla. Él le sonreía y María podía adivinar de dónde procedía esa maravillosa sonrisa que la tenía completamente embobada; era exactamente igual a la de Paola.
Fue la voz de esta la que sacó a los dos de ese extraño estado en el que se habían sumido.
Les ofreció tomar asiento mientras ella preparaba un café, pero le dio la sensación de que no la estaban escuchando. También le preguntó a Pietro qué le traía por casa, pero este solo mencionó que tenía un ratito libre y pensó en pasar a saludarla antes de continuar.
Estaba claro que algo flotaba en el ambiente y que hacía un momento no había ni rastro.
Decidió ir a la cocina y preparar esos cafés mientras ellos dos seguían charlando; a fin de cuentas, la conversación que empezaban a mantener era en castellano y ella no entendía demasiado.
Paola regresó al salón con una bandeja en las manos y se sorprendió de la animada dialéctica entre María y su hijo Pietro. Sirvió una taza para cada uno y se la tomaron con rapidez.
Pietro se levantó y le explicó a su madre que tenía que marcharse ya; se había entretenido demasiado y le estarían echando en falta los compañeros. De nuevo le dio un beso a su madre con cariño y se volvió para despedirse de María con un «hasta luego».
Ambos sonreían y Paola… Paola también lo hacía. Tenía algunos años más que ellos, pero tal vez precisamente por eso no se le escapaban ciertos detalles.
María también se despidió. Le hizo saber a su nueva amiga que había pasado uno de los días más agradables desde hacía tiempo.
Tenía que volver al hotel donde se hospedaba. Dentro de unas horas se reuniría con Pietro, que muy amablemente se había ofrecido a hacerle de guía para visitar los lugares más emblemáticos y más interesantes de Palermo. Debía cambiarse de ropa y estar preparada para ese nuevo encuentro que no acertaba a comprender por qué le hacía tanta ilusión.
Le dio las gracias a Paola por la comida y por haberla hecho sentir tan cercana. Así mismo, la anciana hizo lo propio y no la dejó marchar hasta que no le prometió que, antes de dejar Palermo para volver a España, pasaría de nuevo a verla. María aceptó de corazón; ella también quería volverla a ver antes de regresar a casa.
7
Iba de regreso al hotel emocionada como una adolescente. No dejaba de pensar en el hombre que acababa de conocer. Tenía unas ganas inmensas de que llegara la hora a la que habían quedado en volverse a ver. Esta vez Pietro le había dicho que darían una vuelta por cierto barrio donde hacían la mejor pizza del mundo y después irían a un local donde solía quedar con sus amigos.
A María el plan le pareció perfecto. Como le había propuesto Pietro, si después de esa noche aún le quedaban ganas de volverle a ver, harían un recorrido más turístico, donde, entonces sí, le enseñaría el patrimonio de Palermo. A ella le pareció que no podía tener mejor guía para su visita que un nativo de la ciudad.
Ya en la habitación, mientras se duchaba, salió esa exigente María que llevaba dentro y que en ocasiones como esta no la dejaba en paz.
Empezó a plantearse si era sensato lo que estaba haciendo. Había quedado con alguien que no conocía, de noche y para tomar unas copas después de cenar. Además, estaba emocionada como hacía tiempo, pensando en qué ropa ponerse para resultar más atractiva sin ser demasiado evidente. ¡Se sorprendió incluso eligiendo su ropa interior!
Por un momento se sintió hasta avergonzada; ya no tenía edad de esas locuras. Se consideraba una mujer sensata, responsable y seria, con los pies en el suelo, madura y dueña de sí misma.
Acto seguido siguió pensando: «Precisamente por eso, porque soy responsable y dueña de mí misma puedo hacer lo que considere oportuno». Se decía: «No voy a hacer nada del otro mundo, si bien es verdad que no le conozco, también lo es que es carabinieri y eso debería proporcionarme tranquilidad. Además, visto lo visto, no me ha parecido mala persona; se preocupa de su madre, pasa a verla solo por saber de ella cuando tiene un momento libre. Eso no puede ser mala señal, al contrario», intentaba justificarse.
María siguió convenciéndose a sí misma de que no era un problema la salida de esa noche. Ella también había pasado por circunstancias difíciles y no precisamente por sus propias decisiones, así que ya era hora de pasar página y empezar a disfrutar de nuevo de lo que la vida le ofrecía, que, dicho sea de paso, parecía ser de lo más interesante.
En medio de todas estas tribulaciones ya estaba prácticamente preparada para su cita.
Miró su reloj; faltaban quince minutos para la hora en que había acordado con Pietro que pasaría a recogerla. Se asomó al balcón de la habitación para comprobar la temperatura; aunque era verano, quería asegurarse de que esa noche no refrescaría. Decidió que hacía muy buen estar y no precisaría de ninguna prenda más.
Había elegido un vestido estampado, fresco, sin mangas y muy cómodo, y calzaba unas cuñas de esparto igualmente cómodas y desenfadadas. Apenas se había maquillado más allá de un ligero toque de colorete en las mejillas y una pincelada de color en los labios. Ultimó su acicalamiento con un poco de perfume, que ubicó en los lugares estratégicos.
Apenas quedaban dos minutos para la hora indicada, así que cogió su bolso de rafia y salió de la habitación. Cuando llegó al hall del hotel se dio cuenta de que en una de las butacas estaba sentado, esperando el que le pareció el hombre más atractivo que hacía tiempo que veía.
Nada más verla, él se levantó y se dirigió hacia ella con su encantadora sonrisa:
—¡Estás preciosa! —le dijo al acercarse.
—Gracias, debía intentar estar a la altura de mi acompañante —contestó María intentando disimular el nerviosismo que sentía.
Se volvieron a saludar con los dos besos de rigor, pero esta vez sin estrechar las manos. En este caso, después de esos dos besos, él directamente le cogió la mano y se dispusieron a salir del hotel.
La noche era agradable, no hacía demasiado calor y corría una ligera brisa que venía especialmente bien, por lo que decidieron ir andando. Era lo más apetecible y, así de paso, María tendría la oportunidad de ir viendo la ciudad de noche y sin prisas.
Fueron muchas las ocasiones en que Pietro se detenía para hacerle ver cualquier lugar que con las luces de la noche se apreciaba distinto a cuando se visitaba de día.
—Mira, María —llamó su atención—, ¿ves lo preciosa que se ve la catedral con esta iluminación? —observó—. Mañana volveremos para verla por dentro, pero fíjate qué bonita se ve ahora.
A María le pareció de lo más romántica y estaba deseando volverla a visitar al día siguiente de nuevo de la mano de Pietro.
Siguieron andando y llegaron al restaurante que le había comentado su acompañante y guía. Era un local no muy grande. Tenía seis mesas en el interior y cuatro dispuestas en la calle. Decidieron sentarse fuera y así disfrutar plenamente de la noche, de la cena y, sobre todo, de la compañía.
Se notaba que era un local frecuentado por Pietro. Tanto los camareros como el dueño le llamaban por su nombre y entre risas le gastaban alguna broma. Se sentían a gusto.
Les sirvieron una pizza enorme y una botella de vino blanco que María intentaba dosificar, pues tan fresquito entraba demasiado bien y no quería lamentarlo más tarde. Tomaron un delicioso tiramisú de postre y expreso para finalizar la cena.
María adoraba el café que preparaban allí, le encantaría poderlo hacer igual en su casa, pero era incapaz. Debía de ser un compendio de circunstancias: la materia prima, la cafetera, el agua y, cómo no, la manera de prepararlo de los italianos.
Terminado el festín, Pietro le dijo que había hablado con sus amigos y los esperaban para tomar una copa en el pub donde solían quedar. A María le pareció buen plan, así que, de nuevo andando, se dirigieron hacia allí.
El pub quedaba como a quince minutos a pie. Anduvieron sin prisa, disfrutando del paseo, de la conversación, de ir conociéndose más y sintiéndose cada vez más cercanos. Habían quedado con los amigos, pero daba la sensación de que no tuviesen muchas ganas de llegar.
El camino duró algo más de veinte minutos. Al entrar, María se sorprendió del ambiente de aquel local. Había buena música, bastante bullicio y risas de vez en cuando que hacía ver que la gente que allí se reunía lo pasaba bien.
En cuanto los vieron se levantaron de los asientos para saludarlos. Eran un grupo de cinco chicos y cuatro chicas, algunos de los cuales eran compañeros de Pietro. Pidieron algo de beber y se sentaron con ellos.
La velada se alargó hasta las tres de la madrugada. No es que fuese demasiado tarde, pero Pietro había preparado una agenda turística bastante completa para el día siguiente, de modo que decidieron que era una buena hora para retirarse a descansar.
Se despidieron de los amigos con la promesa de verse en otra ocasión antes de la partida de María. De nuevo regresaron a pie hasta el hotel.
Durante el camino de vuelta ambos se dijeron lo bien que lo habían pasado y lo a gusto que se habían sentido. Daba la sensación de ser viejos conocidos. En pocas horas se habían puesto al día sobre sus vidas, al menos en lo esencial, y habían conectado de una forma muy natural.
Al llegar al hotel se despidieron en la puerta. Ella lo prefirió así y él no se opuso. María no estaba acostumbrada a beber y, aunque no lo hizo en exceso, se sentía vulnerable, le estaba gustando demasiado y no quería meter la pata. Quedaron en verse por la mañana, a las nueve en punto, para desayunar juntos y empezar la ruta por Palermo.
Ya en la habitación María no dejaba de sonreír. Se quitó la ropa, se enfundó en su camisón y se dirigió al cuarto de baño para desmaquillarse y cepillarse los dientes. Se sentía contenta e ilusionada. Se miraba al espejo y se veía radiante, no podía eliminar la sonrisa de su rostro y, además, ¡no tenía ningunas ganas de hacerlo!
El día siguiente prometía ser un día interesante. Esperaba conocer más y mejor el patrimonio de Palermo y, además, tendría a su lado el mejor guía que podía desear. Se tumbó en la cama y dejó volar su imaginación. No sentía demasiado sueño, sin embargo, no tardó nada en quedarse dormida.
8
Por la mañana la despertó el sonido del teléfono. Había dado instrucciones en la recepción para que la avisaran a las ocho. Quería tener tiempo suficiente para preparase sin prisas y no hacer esperar a Pietro.
De nuevo se dibujó la sonrisa en sus labios. Se desperezó, pero no se hizo la remolona en la cama. Se levantó con entusiasmo y se dirigió a la ducha.
Esta vez eligió para su atuendo unas cómodas bermudas y una camiseta de tirantes. El día era soleado y no quería pasar calor; nada le molestaba más que empezar a sudar cuando estaba con alguien. Optó por dar únicamente un toque de brillo a sus labios. Era de piel morena y se bronceaba con facilidad, por lo que a estas alturas del verano su tono era de un moreno dorado que le favorecía por sí solo.
Ya eran las nueve menos diez. Se calzó unas cómodas sandalias planas, cogió su bolso y se bajó al hall del hotel.
Aún desde el interior, buscó con la mirada en la calle. Efectivamente, allí estaba. Le dio un vuelco el estómago y su sonrisa se amplió. Su acompañante le pareció aún más guapo que el día anterior. Salió del hotel a su encuentro y él la recibió con dos besos, un «buenos días» y otro de sus requiebros que a María le sacaron los colores.
—¿Lista? —le preguntó—, pues vamos a desayunar, que me muero de hambre.
María asintió con la cabeza y tomó la mano que Pietro le tendía.
En Italia la circulación de los coches es terrible, ya tuvo oportunidad de comprobarlo en una anterior visita a Roma y Florencia. Los vehículos hacían malabares para no detenerse en los pasos de cebra, sorteándote para no atropellarte, así que de nuevo decidieron que lo mejor era hacer el recorrido a pie y, si en algún momento lo necesitaban, tomarían el autobús.
Mientras desayunaban, él le puso al corriente del itinerario que tenía previsto hacer. A ella le pareció estupendo, no tenía de qué preocuparse, únicamente de dejarse llevar y disfrutar de la ruta y de la compañía.
La noche anterior ya habían visitado la catedral para verla iluminada y Pietro pensó que era un buen lugar por donde empezar las visitas de esa mañana.
La catedral es de arquitectura variada, de principio del siglo xii. En esta ocasión entraron para poder admirarla por dentro. Al salir se dirigieron hacia unos jardines que resultaron ser el parque de Villa Bonannoen la Piazza della Vittoria. Este parque se encuentra ubicado frente a la jefatura de la Polizia di Estato y María se percató de que en un lugar preferente de paso de dicho parque habían dispuesto un pequeño monolito con flores en recuerdo de uno de los compañeros caídos.
Siguieron andando y un poco más adelante se encontraron con el Palazzo dei Normanni, la Cappella Palatina y el Osservatorio Astronomico di Palermo. También pudieron admirar la Porta Nuova antes de poner rumbo hacia Via Vittorio Emanuele.
Pietro preguntó a María si estaba cansada y esta le hizo un gesto dando a entender que no le importaría parar y tomar algo. Era mucho lo que estaban viendo y le vendría bien un descanso.
En esa calle había numerosos restaurantes y se decidieron por un coqueto y acogedor local, donde pudieron descansar un poco y degustar algunos de los apetitosos platos de pasta que allí preparaban. Olía de maravilla y, después del recorrido, el apetito ya se hacía notar. Terminaron la fabulosa comida, como no podía ser de otra manera, con un estupendo expreso que, tanto a María como a Pietro, les repuso las energías para seguir con la ruta prevista para el día. Él estaba algo sorprendido de ver que ella no se cansaba o al menos no lo aparentaba, sino más bien estaba disfrutando de verdad de la excursión,
Salieron del restaurante descansados y repuestos y siguieron andando por la Via Vittorio Emanuele, plagada a uno y otro lado de iglesias, capillas y palacios como el Palazzo Castrone-Giardina Di S. Ninfa, Drago Ajroldi, Pallazzo Riso y la iglesia de San Giuseppe, y así llegaron a la Piazza Quattro Canti.
Esta es una plaza octogonal de estilo barroco que cuenta con cuatro fuentes coronadas con estatuas en hornacinas. Llamó la atención de María, que quiso hacerse una fotografía en cada una de ellas. Le resultó llamativa, pues no había visto nada parecido con anterioridad. Pietro le explicó que de noche era preciosa cuando la iluminaban. Prometieron volver a verla, como habían hecho con la catedral.
Apenas habían comenzado a andar y se encontraron con la Fontana Pretoria. Aquí sí que se quedó impactada María. No esperaba ver una fuente de ese tamaño, repleta de esculturas que representan monstruos, animales mitológicos y diversas figuras de personas. También se representan los cuatro ríos de Palermo. Estuvieron un rato admirando los detalles y haciéndose fotografías.
A María le encantaba todo lo que veía y lo observaba con auténtico interés.
El patrimonio es muy amplio en Palermo; girabas una esquina, cruzabas una calle y ahí estaba, otro palacio, otra capilla, otra fuente o parque. Decidieron distribuir los días que le quedaban de vacaciones a María para ir viendo lo máximo posible.
Cada noche se despedían en el hall del hotel y quedaban en verse a la mañana siguiente. Nada hacía sospechar a María que aquella mañana no sería igual que las demás.
9
Se despertó a la misma hora que los días previos y, como los demás, tomó una ducha y se preparó para la salida. Se vistió cómoda, cogió el bolso y bajó a la calle.
Le resultó extraño que Pietro aún no hubiese llegado, pero no le dio más importancia. Decidió esperar dentro, sentada en uno de los cómodos y elegantes sillones que se encontraban en el hotel; sabía que después le quedaba mucho que andar.
Habían pasado más de veinte minutos y Pietro no daba señales de vida; ni aparecía ni le llamaba. Se preguntaba qué podía haber sucedido. La noche anterior se habían despedido como las demás, deseando verse por la mañana. Cada vez se sentían más a gusto el uno en compañía del otro, o al menos así lo percibía ella.
Cuando pasaba media hora de su cita decidió llamarle. No estaba muy segura, no sabía si molestaría, pero no tenía ninguna intención de quedarse esperando por más tiempo sin saber nada de nada. Las dudas no son buenas y prefería despejarlas.
El teléfono de Pietro había llamada, pero nadie lo descolgó. Pensó en insistir pasados unos minutos más, pero tomó otra decisión. Mientras hacía tiempo se dirigió a casa de Paola. Había prometido visitarla de nuevo y este se le antojaba un buen momento para hacerlo.
No tardó en llegar, llevaba buen ritmo caminando pues; aunque no lo quería admitir, empezaba a preocuparse. Cuando llegó tocó con los nudillos a la puerta. Esta se encontraba entreabierta, así que introdujo un poco la cabeza y llamó a Paola:
—Buenos días, Paola, ¿estás aquí, soy María, puedo pasar? —preguntó.
Al principio no obtuvo respuesta, pero después de un segundo intento salió a su encuentro una mujer que la invitó a entrar. Tendría alrededor de cuarenta años, era más o menos de su misma estatura, morena y muy guapa, pero en su rostro se veía reflejada la preocupación más de lo que ella misma deseaba. Se presentó; era Antonella, la mujer de Mateo, el hermano de Pietro.
María obedeció y la siguió hasta el interior de la casa. En el pequeño salón, que ya conocía, se encontraba Paola y un señor de similar edad que resultó ser el señor Luiggi, el marido de esta y padre de Pietro. Saludó a ambos y percibió que todos tenían el mismo semblante serio. Paola tenía entre sus manos un rosario que no dejaba de enredarse y pasarse de una mano a otra. Parecía que intentaba de esta manera controlar su nerviosismo al mismo tiempo que rezaba.
Por suerte para María, Antonella también hablaba español; era un idioma que los dos hijos de Paola aprendieron desde pequeños, de la misma manera que Antonella y ahora las niñas. Pudo de este modo explicarle sin problemas que la noche anterior había quedado con Pietro para seguir con su visita por la ciudad, pero esa era la hora en que aún no sabía nada de él.
En este punto, María se encontraba más preocupada de lo que quería admitir y empezaba a notarse. Antonella la intentó tranquilizar y comenzó a ponerla en antecedentes:
—Querida —dijo dirigiéndose a María—, esta noche ha tenido lugar una nueva operación contra la mafia. Aunque Pietro había pedido algunos días libres para estar contigo, era absolutamente necesaria su presencia en este operativo, que se ha precipitado por causas que no nos ha explicado y que tampoco son lo más importante.
En este punto le cogió de la mano.
—Lo esencial es que ya estás informada de lo que ocurre. Él no quiso avisarte anoche; era de madrugada y te habría sobresaltado. Nos hizo ese encargo a nosotras, pero con las prisas olvidó decirnos dónde estabas alojada o darnos tu número de teléfono —intentaba excusar su falta de noticias—. Espero que no hayas pensado que no quería volver a verte, pues está contento como hacía tiempo que no lo veíamos —dijo al final intentando tranquilizarla con una suave sonrisa.
María agradeció enormemente la explicación que le había dado Antonella y esta se felicitó de que la reacción de María fuese la de ir a buscar a Paola y no dejarse llevar por otras hipótesis que no eran la realidad en absoluto.
Ahora, sabiendo lo mismo que ellas, pidió a Antonella que transmitiese su pesar a Paola y Luiggi y le preguntase si les importaba que se quedase allí con ellos a la espera de tener más noticias.
Por supuesto, recibirían su presencia de buen grado.
A la hora de recoger a las niñas del colegio Antonella se iría. No querían que ellas se preocupasen, así que intentaban que en casa el día transcurriese lo más normal posible. Mateo también acudiría a casa a comer con ella y las niñas, pero no se sacaría el tema en la mesa. Él volvería a su trabajo después y desde allí estaría atento a nuevas noticias. Era el modo en el que intentaban mantener a las niñas lo más apartadas que fuese posible de las preocupaciones.
Entre distintas conversaciones que intentaban camuflar el sentir de todos los presentes en aquella casa se llegó casi a la hora de la comida.
Estaba Antonella a punto de marcharse para recoger a sus hijas del colegio cuando sonó su teléfono. Estuvo hablando apenas un instante y colgó. Su rostro no se puede decir que variase demasiado de expresión, pero ante la insistencia de Paola enseguida puso a los demás al corriente:
—Era Pietro —comentó—. Me ha dicho que no disponen ni de un segundo libre. La operación ha sido complicada, hay mucho trabajo que hacer y deben estar concentrados en ello. Únicamente ha hecho esta corta llamada para que sepamos que está bien, pero que tal vez el tema se alargue más de lo que pensaba. Debemos estar tranquilos e intentar hacer las cosas con normalidad —terminó diciendo.
Toda esta explicación la hizo dirigiéndose a sus suegros, que la escuchaban con autentica atención y que después de oírla se sintieron algo más aliviados. Luiggi respiró profundamente y abrazó a Paola, que temblaba ligeramente. Esta le devolvió el abrazo y dejó resbalar unas lágrimas de alivio por sus mejillas. Estuvieron así unos segundos y después Paola se encaminó hacia la cocina.
En ese momento Antonella se dirigió a María. La conversación con sus suegros había sido en italiano, así que presumía que esta no habría entendido demasiado. Esta vez en castellano, le transmitió las mismas noticias a ella. Además, le comunicó que tenía un mensaje de Pietro. Este le había pedido que le dijese que, por favor, esperase a que él se pudiera poner en contacto con ella cuando se tranquilizase todo un poco más. Necesitaba hablarle, pero en ese momento era imposible.
También le dijo que se iba a por las niñas y a esperar a Mateo en casa para la comida. Le preguntó si quería acompañarlos y comer con ellos, pero María, agradecida, declinó la invitación. Se sentía aliviada de saber que Pietro se encontraba bien, pero necesitaba estar a solas y reflexionar un poco sobre lo que estaba sucediéndole.
Se despidió de Paola y Luiggi haciéndoles saber que estaría en contacto con ellos. Antonella y ella se intercambiaron los números de teléfono para así estar al corriente de cualquier nueva noticia sobre Pietro y se encaminó hacia su hotel.
Según iba caminando sintió un leve mareo; se sentía desfallecida. Se percató de que no había tomado nada desde el desayuno y de eso ya hacía unas cuantas horas.
Vio en ese momento el restaurante donde habían comido el día anterior y decidió entrar a tomar algo antes de llegar al hotel. Se sentó y enseguida fue atendida. Pidió un poco de pasta, ensalada y una copa de vino.
Comió porque su cuerpo se lo demandaba, pero su mente estaba ausente. No dejaba de pensar en la noche que debía de haber pasado Pietro y el resto de los compañeros. Se preocupaba pensando en los peligros que a diario corren las personas que se dedican a estas profesiones y lo poco que los demás les prestan atención. Se sorprendía sintiendo emociones que nunca antes había experimentado. Estaba confusa.
Terminó su comida y, tras abonar la cuenta, volvió a poner rumbo al hotel. Durante el trayecto iba pensativa, como si fuese en trance, y casi la atropellan por cruzar la calle sin mirar.
Una vez en el hotel subió a su habitación y puso en marcha el televisor para ver qué decían en las noticias. No sabía más que unas palabras en italiano, pero tal vez viendo las imágenes del reportaje pudiese deducir todo lo demás.
Se tumbó en la cama y empezó a recorrer todos los canales que se veían con la esperanza de ver si en alguno de ellos trataran el tema en cuestión. No hubo suerte, en ninguno se hacía la más mínima mención a la operación que se había llevado a cabo esa noche contra la mafia.
No se dio ni cuenta, era algo habitual en ella, después de comer se apoderaba de su persona un inmenso sopor que la dejaba fuera de juego, y ahí estaba. Se encontraba acostada, así que se dejó engullir por el cansancio y se durmió.
10
Habrían pasado unos cuarenta y cinco minutos cuando se despertó algo sobresaltada. Tuvo la sensación de que se había dormido habiendo dejado algo a medio hacer. Enseguida se dio cuenta de que no podía hacer más que esperar, no quedaba otro remedio que armarse de paciencia.
Volvió a dar un repaso a los canales de televisión, pero nada.
En la calle hacía calor. Aún no era ni media tarde y era verano, así que decidió esperar en la habitación a que bajase un poco el sol y la temperatura fuese más agradable para salir.
Tomó un libro de los que siempre llevaba detrás y se dispuso a leer. Era la manera perfecta de no pensar más en Pietro. Se sumergiría en la trama de la historia y seguro que el tiempo se le pasaría más deprisa; de lo contrario, la espera podía hacerse demasiado tediosa y eso no daba lugar más que a pensamientos que, a buen seguro, nada la ayudarían a rebajar su preocupación.
Cuando llevaba un rato leyendo escuchó el sonido de su móvil, que le indicaba que tenía un nuevo mensaje. Rápido se dispuso a leerlo, esperando que fuesen noticias de Pietro.
Efectivamente, era él quien le escribía.
«Hola, María —comenzaba—, espero que Antonella te hiciese llegar mi mensaje y cuento con que puedas esperar a que hablemos. Tengo mucho que decirte, pero no sé cuánto tiempo más voy a tener que estar aquí. Es cuantioso el trabajo y ahora hay que estar atentos a demasiadas cosas. Por favor, ten paciencia y espérame», se despedía.
María estaba nerviosa. Con este mensaje sabía que la fase peligrosa de la operación había concluido, pero quedaba aún trabajo por hacer y no sería ella la que pusiese más nervioso o preocupado a Pietro. Así pues, decidió contestarle dejándole claro que no pensaba moverse de Palermo hasta haber hablado con él. Ella tenía tantas ganas o más de ese encuentro.
Acto seguido escribió un mensaje a Antonella para que supiera que su cuñado se había puesto en contacto con ella y que las cosas iban bien, aunque necesitaban su tiempo.
Algo más tranquila decidió que era un buen momento para salir y dar un paseo. Se refrescó la cara, se cambió de camiseta y cogió su bolso.
Salió del hotel sin un itinerario previsto. Anduvo un poco y se paró a tomar un café. Siempre le gustaba tomar uno a modo de merienda con algún pequeño dulce, así reponía las energías hasta llegar a la hora de la cena.
Siguió su paseo, pero no veía ningún monumento, ninguna iglesia, no hacía ninguna fotografía… iba absorta en sus pensamientos. Le resultaba extraño no poderse olvidar de Pietro, ni de su trabajo, ni de los días que habían pasado juntos. Ya hacía un tiempo que se desenvolvía sola en la vida: vivía sola, viajaba sola, quedaba con amigos muchas veces sí, pero no tenía ningún problema para ir a cualquier lugar o realizar cualquier actividad sola; sin embargo, estaba deseando volver a ver a Pietro, a pasear de su mano, a comer juntos y reír, aunque no pareciese haber motivo.
Era una locura, debía de parar, no dar más pábulo a aquellos pensamientos. Tal vez él no sintiese las mismas ganas de compartir tanto tiempo con ella. Además, Pietro vivía en Italia y ella en España, lo más probable es que después de aquel viaje se olvidara de ella y viviese su vida, tal y como debía hacer ella misma.
Sin apenas darse cuenta, dando vueltas sin rumbo fijo, tanto en sus pasos como en su cabeza, se habían hecho las nueve de la noche. Al ser verano aún era de día, pero su estómago empezaba a recordarle que hacía unas cuantas horas que no lo alimentaba. Así pues, empezó a buscar algún lugar que le pareciese acogedor para saciar su apetito, que, aunque no era mucho, no le dejaba ya pensar con claridad.
Encontró un pequeño restaurante de donde salía un aroma que la cautivó de inmediato. Al entrar vio a unos jóvenes sentados en una diminuta mesa y compartiendo una pizza que casi superaba las dimensiones de dicha mesa. No tuvo que pensarlo demasiado. Pidió una de esas apetitosas pizzas, pero a poder ser de menor tamaño, pues aquella noche ella no tenía con quien compartirla.
Se sentó en un rincón y esperó su cena mientras seguía observando a la pareja de jóvenes. Era curioso y envidiable ver cómo se miraban el uno al otro, cómo se sonreían o cómo él le recogía algo de queso de la comisura de los labios a ella. Por un momento la joven se sonrojó; algo le debió decir él que le causó ese rubor. María dedujo que no debían de llevar mucho tiempo juntos debido a su juventud y a que ella aún se sonrojaba por frases que él le decía.
Era enternecedor presenciar el amor cuando empieza a florecer. Ver esa complicidad, ese cariño, ese querer hacer que el otro se sienta a gusto y feliz y que eso mismo sea lo que te reporta bienestar.
Era bonito ver como aún sentían vergüenza de descubrir sus propios sentimientos, aunque estuviesen deseando hacerlo.
Era interesante ver como aquella pareja sentía que el mundo alrededor de ellos no existía, que solo estaban ellos dos y nadie más podía verlos. Estaban ausentes, en un mundo inventado solo para ellos. Eran los únicos habitantes de su pequeño pero maravilloso paraíso particular.
Por un momento se olvidó de sus propias cuitas, de sus propios problemas y preocupaciones. Se sintió como una espía que se había infiltrado en un mundo que no le correspondía para observar la felicidad ajena.
En ese preciso momento llegó su cena y la hizo regresar a la realidad de su propio mundo. Abandonó ese que era solo para dos y aterrizó de nuevo en el que le pertenecía.
Aquella pizza tenía un aspecto muy apetecible, así que se dejó de pensamientos y se centró en la comida. Disfrutó de la cena, que acompañó con un vaso de vino y se permitió un dulce de postre. Pensaba que si tenía que seguir devanándose los sesos mejor sería aportarle algo de azúcar, a ver si así era capaz de ponerse de acuerdo con ella misma y tomar una decisión centrada y correcta, sin dejarse llevar por ínfulas que no le aseguraban un buen resultado. Debía volver a ser práctica y a tener los pies en el suelo.
Cuando terminó la cena decidió que seguiría paseando un rato más. Hacía muy buena temperatura y, además, le sentaría bien para hacer la digestión de la pizza y de ese modo poder dormir mejor.
Serían sobre las doce de la noche cuando volvió a oír el sonido de su móvil indicando que había recibido un nuevo mensaje. Rápidamente lo miró y comprobó que era de Pietro:
«Prácticamente tenemos terminado el trabajo —pudo leer—, al menos lo que nos corresponde a nosotros para que otros compañeros puedan seguir con el suyo. Ahora nos vamos a descansar, estamos agotados. Espero poder verte mañana».
María se sintió aliviada y le respondió de inmediato:
«Me alegro de que todo haya ido bien y por fin puedas descansar. Yo también espero verte mañana. Buenas noches», se despidió.
Pensó que era un buen momento para regresar al hotel. Se sentía más tranquila al saber que Pietro ya podía descansar después de tantas horas de trabajo.
Debían de estar sometidos a mucha presión y tensión, tanto física como psicológicamente en este tipo de trabajo, especialmente al participar en estas operaciones tan importantes y arriesgadas como la que acababan de llevar a cabo.
Si todo iba bien, mañana tendrían oportunidad de hablar y tal vez Pietro le contase algo más.
Llegó al hotel y subió a su habitación. Después de refrescarse un poco y ponerse más cómoda tomó su libro. Era la mejor manera de sumergirse de nuevo en su historia y no seguir pensando. No quería adelantar acontecimientos sobre lo que podría pasar o no con respecto a Pietro.
Se recostó en la cama y acomodó los almohadones. No tardaría en quedarse dormida. Sabía que era mejor dejarse llevar por el sopor cuando este llegaba, pues si se resistía corría el riesgo de desvelarse y después tardaría horas en volver a sentir esa sensación.
11
Aquella mañana se despertó antes de que el teléfono sonara para advertirla de la hora. Se sentía descansada. Había conseguido dormir sin que sus dilemas se lo impidieran. Estaba agradecida, pues era de la opinión que cuando tu cuerpo y tu mente están descansados eres capaz de ver las cosas más claras y tomar las decisiones de forma más acertada.
Se levantó y se dio una ducha que terminó de despejarla. Se atavió con uno de sus vestidos cómodos y frescos y se calzó de nuevo sus cuñas de esparto. Apenas puso algo de color en sus labios y tomó su bolso. Salió del hotel con intención de desayunar y después tal vez visitaría a Paola. Estaba segura de que, al igual que ella, ya estaría más tranquila y le apetecía ver de nuevo su agradable sonrisa.
Miró la hora y pensó que quizás le apetecería a Antonella tomar ese desayuno con ella. Le envió un mensaje para preguntarle y esta le respondió que se reuniría con ella en cuanto dejase a las niñas en el colegio.
