Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La familia Cienfuegos es la propietaria de una gran empresa gracias a lo cual disfruta de una buena posición social y una cómoda forma de vida. Pero no todo son ventajas. La envidia y la maldad se unen para llevar a cabo su macabro plan. Una noche, la casa dónde habita la familia sufre un brutal asalto con nefastas consecuencias. Tardarán tiempo en superar ese episodio para verse de nuevo inmersos en la penumbra. Unas notas anónimas comienzan a aparecer. La incertidumbre se cierne sobre los miembros de la familia. Dudas, desconfianza, sospechas, miedo, intrigas... Amores furtivos perfectamente escondidos..., o no. Compromisos que se han de cumplir hasta las últimas consecuencias. Promesas que no se pueden romper, esconden secretos que nadie se atrevió a sospechar. ¿Quién es cada cual en realidad, y hasta dónde está dispuesto a llegar?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 594
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
SECRETOSINSOSPECHADOS
Inmaculada Fuentes
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su almacenamiento en un sistema informático, ni su transmisión por cualquier procedimiento o medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro, o por otros medios, sin permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
“Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra”.
© Del texto: Inmaculada Fuentes Ballesteros
© Editorial Samaruc, s.l.
978-84-10229-29-7
www.samaruceditorial.com
I
Nada más llegar a su destino, se sintió cómoda. Fue bien recibida, y el respeto y la educación eran las cualidades que destacaban a primera vista. Su elegancia en el vestir, su cuidado cabello, su correcto lenguaje, y sus exquisitas formas, hicieron que él bajase la guardia desde un principio.
Iba vestida de fiesta, nada extravagante, pero si con un toque sensual que llamaba la atención entre los allí reunidos. Podía percibir como a su paso algunos se acercaban para hacerse alguna confidencia entre ellos mientras no dejaban de mirarla intentando disimular.
Pisaba firme y decidida, con aquellos maravillosos zapatos de tacón interminable que la estilizaban aún más.
No tardó en acercarse el anfitrión, que al igual que ella, presentaba el atuendo apropiado para la ocasión; debía hacerse cargo de su invitada.
Por un instante se sintió inundada por el perfume que desprendía aquel hombre y cerró los ojos inspirando profundamente. Era un aroma conocido que lograba transportarla a otro lugar, en otro momento.
La noche parecía prometedora.
Se saludaron con la cordialidad que requería la situación, pero con un especial interés que resultaba evidente. Se miraban directamente a los ojos, en los labios asomaba una leve sonrisa, y en la voz un pequeño temblor que denotaba el nerviosismo.
—Buenas noches, Adela —dijo él tomando su mano e inclinándose para acercarla ligeramente y por un instante, hacia sus labios en un ademán de besarla.
—Buenas noches, Fernando —respondió ella.
—Esta noche estás encantadora —añadió el anfitrión—, como siempre, querida.
Ella respondió ampliando su sonrisa y añadiendo una pizca de coquetería. Después, se dirigieron hacia el interior de la casa.
En el amplio recibidor, ya se encontraban la práctica totalidad de los invitados de aquella noche. Fernando, hizo las presentaciones pertinentes a aquellos más curiosos que anhelaban conocer a aquella mujer. Nunca la habían visto personalmente, pero eran sabedores de su historia. Su fama la precedía, era notorio el interés suscitado.
Tras unos minutos de escuetas conversaciones y halagos superfluos, el anfitrión sugirió a los presentes ir pasando al comedor donde sería servida la cena. No se hicieron de rogar, y siguiendo las indicaciones del mayordomo, fueron ocupando sus respectivos asientos.
Adela, fue acompañada a su lugar por el propio Fernando, que le mostró su asiento justo a su lado. Como era de esperar, él ocupaba la presidencia de la mesa, y el puesto de su invitada se situaba a su derecha. Al lado de ella se sentaba un caballero de pelo canoso pero que no aparentaba más de cincuenta años. Al igual que el resto, vestía de forma impecable un esmoquin que parecía hecho a medida. A su derecha se sentaba una mujer, demasiado enjoyada para el gusto de Adela, que resultó ser su esposa.
La mesa estaba vestida y dispuesta de forma exquisita; los cubiertos, la vajilla, y la cristalería, debían haber pertenecido a los antepasados de Fernando, por no hablar de la finura de la ropa de mesa.
Durante la espera en el recibidor, les habían servido unos aperitivos, de modo que la cena comenzó directamente por el primer plato, al que siguieron tres más antes de culminar con el delicado postre. Todo fue del agrado de Adela, que disfrutó de cada una de las exquisiteces que le sirvieron, y que no dudó en felicitar al responsable del festín. Por supuesto, cada uno de los platos fue regado con un excelente caldo pensado para maridar a la perfección.
Durante la cena, las conversaciones discurrieron sin llegar a ser profundas en ningún tema. El caballero que tenía a su lado, se interesó por la profesión de Adela y aprovechó para despejar algunas dudas sobre comentarios que habían llegado a sus oídos, pero tuvo la delicadeza de no llegar a ser impertinente ni en sus preguntas, ni en sus comentarios. Por el contrario, su esposa apenas pronunció una palabra, se limitaba a investigar el contenido de los platos que tampoco parecía que fuese de su interés.
Fernando, una vez más ejerciendo de perfecto anfitrión, animó a los comensales a pasar a otro salón donde les servirían los cafés y licores. Poco a poco, el espléndido salón se fue llenando. En aquella estancia se disponían distintos conjuntos de sillones a cuál con más solera. Contaba con una gran chimenea que le confería ese punto de hogar que hacía a la habitación acogedora a pesar de su tamaño. Las paredes estaban completamente forradas de madera, y de ellas colgaban algunas obras que sin duda eran auténticas.
Algunas de las señoras invitadas al evento se acercaron a saludar a Adela, también habían oído hablar de ella, y no quisieron perder la ocasión de conocerla personalmente. Sus acompañantes también la felicitaron por su labor y por el coraje que había demostrado. En general, todos se mostraban muy amables con la nueva invitada de su amigo.
La noche fue trascurriendo agradable. Después de los cafés se sirvieron los licores, que por otro lado, no dejaron de servirse durante toda la velada. Las horas fueron pasando sin apenas darse cuenta, y los invitados comenzaron a retirarse. Ya era bien entrada la madrugada cuando se quedaron a solas Adela y Fernando.
El servicio ya había recogido el comedor, no quedaban más invitados, de modo que a petición del propietario de la casa se retiraron hasta el día siguiente.
Ahora sí, a partir de ese momento ya estaban ellos dos a solas.
—Creo que debería pedir un taxi —dijo ella dejando encima de una mesita la copa que portaba en su mano.
—¿Estás segura? —respondió él—, es muy tarde y.…, en esta casa, si algo sobra son habitaciones.
Adela, le miró con un brillo especial en los ojos. Había bebido más de la cuenta, pero se encontraba lo bastante serena como para pensar con claridad. La verdad es que no tenía las más mínimas ganas de marcharse de allí.
Él abrió una botella de cava y le sirvió otra copa; era su debilidad, el cava le gustaba, y aunque no parecía afectarle, lo cierto es que sí lo hacía. Actuaba silencioso y sigiloso, pero lograba hacerla sucumbir.
Brindaron juntos por la celebración. Fernando tomó su mano y al invitó a seguirle. Subieron por las amplias escaleras hasta la primera planta donde él le mostró su alcoba. Era una habitación enorme. Además de la inmensa cama, contaba con un tresillo con su mesa en el centro, una espaciosa mesa de escritorio complementada con un cómodo sillón. Había una puerta que conducía al vestidor donde el orden era prioridad, cada objeto tenía su sitio, cada prenda su lugar para permanecer colgada o doblada de la forma más impoluta posible. Otra puerta cercana a la anterior daba paso al cuarto de baño, que bien podría ser un spa de los más lujosos. No faltaba detalle, todo estaba inmaculado, la luz era perfecta, la temperatura ideal, en fin, de ensueño.
—¿Te gusta? —preguntó él, convencido de la respuesta.
—Me parece un lugar fantástico —respondió ella—, posees una casa increíble. Todo está pensado y decorado con mucho gusto.
—Gracias, está a tu disposición al completo —añadió Fernando.
Mientras mantenían esa breve conversación, él no había soltado su mano, y con la otra tomó suavemente su barbilla y la acercó a su rostro. Sin pedir permiso, la besó. Ella no opuso ninguna resistencia, es más, aturdida por el cava y embriagada por el aroma de su acompañante, se dejó llevar.
Con suavidad, siguieron besándose cada vez más entregados. Los besos llevaron a las caricias, y las manos desenvueltas y libres fueron despojando sus cuerpos de las ropas que los cubrían. Fernando ya no quería parar. Adela ya no podía frenar.
Sin ponerse barreras, se entregaron al deseo. Hicieron el amor, o algo parecido teniendo en cuenta que no era eso precisamente lo que imperaba: el amor. Era deseo y como tal fue satisfecho. Ambos quedaron tumbados, uno al lado del otro, respirando aun con excitación. En ese momento, Fernando se levantó del lecho. Allí mismo, en el vestidor, había un frigorífico del que sacó una nueva botella de cava. Sirvió dos copas, y volvieron a brindar, esta vez por las cosas buenas de la vida.
Adela, estaba al límite de lo que su cuerpo podía aguantar de alcohol. Aun así, tomó esa nueva copa de cava. Comenzó a sentirse mareada. En ese instante, él sacó algo que ella no acertó a distinguir, pero que sí pudo apreciar como lo vertía en su bebida. Al ver aquello, quiso evitar seguir bebiendo, pero no tenía opciones, ya no controlaba su voluntad al cien por cien y de nuevo se dejó llevar sin ser consciente de lo que estaba arriesgando.
No tardó demasiado en sentir una atracción, un deseo sexual hacía Fernando mucho más fuerte e incontrolable que el anterior.
La dulzura del anterior encuentro desapareció dejando paso a los más básicos instintos primarios. Las caricias se tornaron en apretones, y los besos casi en mordiscos. El desenfreno se apoderó de ellos. El arrebato, la lujuria, el desahogo, se hicieron presentes. La noche se tornó insegura. Ninguno de ellos controlaba la situación. Dieron rienda suelta a sus cuerpos sin tener en cuenta nada más.
Continuaron bebiendo alcohol para satisfacer su sed, esa extraña sed que aparece cuando no quieres agua.
Sin saber cuándo ni cómo, quedaron rendidos y dormidos.
Cuando Adela consiguió abrir los ojos, apenas podía con el peso de sus párpados. No conseguía poder mover su cuerpo. Sus músculos no le respondían, no era dueña de su ser. Se quedó de nuevo dormida.
No sabía qué hora sería. El sol entraba con fuerza por los ventanales cuando de nuevo abrió los ojos. Tenía la boca seca y pastosa. Ahora sí sentía sed, mucha sed, y esta vez sí quería agua para apagarla. Recordó que Fernando había sacado la botella de cava del vestidor, y haciendo un tremendo esfuerzo se incorporó. Sin apenas fuerzas para permanecer en pie, trastrabillando, consiguió alcanzar el frigorífico con la esperanza de encontrar agua en su interior. Así fue, tuvo suerte, sacó una de las botellas y sació su sed.
Aprovechando que estaba en pie se dirigió al cuarto de baño. Una vez allí, pensó en que tal vez sería recomendable darse una ducha para quitarse de encima aquel sopor que no la dejaba moverse con soltura, ni pensar con claridad. De paso, también le ayudaría a desprenderse de ese extraño olor a agrio que sentía que la inundaba.
Efectivamente, sentía con agrado correr el agua por todo su cuerpo. Al enjabonarse el pelo, aprovechó para masajear la cabeza tal y como le gustaba, para eliminar la tensión que la atenazaba. Inspiró profundamente en varias ocasiones, inhalando aire nuevo y exhalando el que ocupaba sus pulmones que parecía rancio y viejo. Frotó su cuerpo con fuerza para activar la circulación, que le parecía que se hubiese detenido en la noche anterior.
Fue milagrosa. Se sintió, como si esa ducha le hubiese devuelto el espíritu a su cuerpo. Al terminar, se enrolló en una mullida toalla y se lavó los dientes; refrescó su boca y recobró su aliento.
Empezaba a ser de nuevo ella. Su mente se iba despejando, volvía a tomar conciencia temporal y espacial. Quiso recomponer la noche anterior, pero apenas podía recordar nada más allá de la cena y de las copas de cava. Se sintió abrumada cuando le vino la imagen de su primer encuentro íntimo con Fernando, pero fue incapaz de recordar nada más después de eso. No es que se arrepintiera, era una mujer adulta, independiente y libre; no estaba comprometida con nadie, así que no debía ninguna explicación. Por otro lado, no era de aquellas que se dejaban llevar con tanta facilidad, era más reflexiva, prefería darse tiempo antes que arrepentirse por haberse precipitado.
En fin, ya estaba hecho. Lo que había sucedido ya no se podía cambiar, no pensaba darle más vueltas al asunto.
Salió del cuarto de baño y se dirigió a la cama para comprobar si Fernando seguía dormido. Parecía que así era. No se había movido de su posición. Hizo un ademán para intentar despertarlo. Fue en ese instante cuando pudo comprobar los devastadores efectos de una noche de excesos.
II
Envuelta en el albornoz y descalza, se subió a la cama para poder acercarse mejor a su acompañante.
—¿Fernando? —le llamó mientras lo movía.
—Fernando, por Dios, responde —empezó a preocuparse al ver que no hacía el más mínimo ademán.
—¿Fernando, estás bien? —insistió en su pregunta.
No hubo forma. Su anfitrión permanecía inmóvil en la cama. Asustada, optó por tomarle el pulso temiendo lo peor. Casi temblando apoyó sus dedos en el cuello a la altura de la carótida suplicando internamente notar el pulso de Fernando. Nada, no sentía nada. El miedo no le permitía discernir si era ella la que no acertaba a localizarlo, o efectivamente su corazón no latía.
Lanzó una mirada rápida a la mesilla de noche y comprobó la hora en el reloj. Eran más de las tres de la tarde. Se acercó entonces a la puerta del dormitorio y la abrió. Esperaba poder oír movimiento en la casa, confiaba en que el servicio anduviera en sus tareas y no estar sola en aquella enorme casa.
Salió del dormitorio y gritó todo lo fuerte que pudo.
—¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
Tuvo que repetir la llamada en dos ocasiones más hasta que obtuvo respuesta. Uno de los sirvientes se acercó a las escaleras y preguntó.
—Buenos días, señora. ¿Necesita alguna cosa? El señor dio orden anoche de no ser molestado hasta nuevo aviso.
Adela estaba muy nerviosa, casi sollozando le respondió.
—Por favor, suban rápido, es Fernando, necesita ayuda.
Sin mediar palabra, el mayordomo de la casa subió las escaleras y se dirigió al dormitorio del señor. Al encontrarlo inmóvil en la cama, siguió los pasos que minutos antes había seguido Adela. Primero intentó moverlo mientras le llamaba sin obtener respuesta alguna. Acto seguido le tomó el pulso también. En ese momento se dirigió a Adela y le dijo con los ojos muy abiertos:
—Señora, debemos llamar a emergencia rápidamente.
Adela estaba es shock y no atinaba a reaccionar. El mayordomo tomó la iniciativa y descolgó el teléfono que se encontraba en el escritorio. Llamó a urgencias y sin demasiadas explicaciones les dio la dirección. Apenas hubo colgado se dirigió de nuevo a la señora.
En esta ocasión, y pidiéndole disculpas de antemano por el atrevimiento, el mayordomo intentó saber qué había ocurrido sin que pareciese que le estaba pidiendo explicaciones a la invitada de su señor.
Adela fue todo lo clara que pudo teniendo en cuenta que recordaba más bien poco, y evidentemente sin entrar en detalles que nada tenían que ver con aquella situación. Le contó lo que habían bebido, y en ese instante dudó en informar a aquel hombre sobre lo que le pareció ver cuando ya estaba aturdida por el alcohol. No le conocía de nada, solo sabía que trabajaba como mayordomo para Fernando y era la primera vez que lo veía. No obstante, sí recordó que éste le había contado en alguna ocasión los muchos años que José estaba al servicio de la familia y lo mucho que confiaban en su buen hacer.
En ese momento, escuchó la voz de ese hombre apremiándola de nuevo. Quería saber si había algo más, si la fiesta había sido amenizada con alguna otra sustancia además del cava.
Adela confesó avergonzada. Estaba claro que ocultarlo no era una buena idea. Tanto los médicos que estaban en camino como José, debían conocer algunos detalles más. Era más que evidente que en el hospital al que trasladarían a Fernando le harían las pertinentes analíticas, pero también era de sentido común que todo lo que fuese facilitar su trabajo podía ser de vital importancia, si es que aún había algo que hacer.
La reacción del mayordomo después de escuchar la información que le dio Adela, no fue lo que se podría decir de sorpresa. Al contrario, el gesto de José al escucharla fue más bien de reprobación, ese gesto que haría un padre al conocer de nuevo una actitud que reprobaba en su hijo.
No obstante, aquel hombre tenía la situación bastante controlada, mucho más que ella que se sentía desbordada por los acontecimientos.
—Señora —se dirigió a ella con el máximo respeto—, tal vez debería vestirse antes de que lleguen los sanitarios y si lo ve oportuno, podría solicitarle un taxi para que la acompañe a su domicilio. Yo mismo me haré cargo de todo lo demás.
Adela reaccionó algo sorprendida y al mismo tiempo agradecida y casi aliviada. La verdad es que quería salir de allí cuanto antes, pero al mismo tiempo se sentía culpable de dejar en aquel estado a Fernando. No era mujer de huir de los problemas y dejar que los solucionaran los demás, al contrario, ella afrontaba los desafíos y las complicaciones intentando mantener la mente clara y despejada.
En este caso precisamente, no es que tuviese la mente demasiado despejada. Aunque la ducha le había sentado bien, los acontecimientos la tenían confusa y bloqueada. No le gustaba sentirse así, no tener el control, no sentirse capaz de tomar las decisiones acertadas o al menos, las adecuadas. No le gustaba saberse superada.
—Si —respondió tímidamente—, tiene razón, lo mejor será que me vista antes de que lleguen, pero...
Adela no quería macharse así. Necesitaba hacer algo más, o saber algo más.
—No se preocupe, señora —atajó José—, sé cómo proceder, el señor queda en buenas manos, pierda cuidado. También intuyo su preocupación. Quede tranquila, en cuanto tenga más información se la haré saber.
Adela respiró aliviada. Era notorio el control que aquel hombre tenía. Daba la sensación de que no era la primera vez que se enfrentaba a una situación similar. Además, en su rostro podía verse perfectamente reflejada una dedicación que iba más allá de la que un mayordomo tiene hacia su señor. En la mirada, también se adivinaba el cariño que José le tenía a Fernando.
El mayordomo parecía tener una edad ya avanzada para el desempeño de aquel trabajo. Apenas le quedaba cabello que peinar y era de un blanco brillante que le confería cierta elegancia. Eran muchas las arrugas que surcaban su rostro, pero no le habían hecho perder el atractivo que debió resplandecer en su juventud. Sus ojos no eran grandes, sin embargo, tenían un brillo que le aportaba positividad y alegría a su mirada, esa mirada dulce que se apreciaba cuando atendía a Fernando. Era un hombre que podría considerarse alto, esbelto y que andaba erguido otorgándole presencia en el caminar.
Lo cierto es que José manejaba perfectamente el control de la situación, y eso la hizo terminar de decidirse y aceptar la oferta del taxi.
—Está bien, José. Por favor, que pidan un taxi. Le dejo a su cuidado y confío en que me mantendrá informada en cuanto tenga alguna noticia. Me quedo preocupada por su estado, pero sé que aquí no puedo hacer nada. Le apunto aquí mi número de teléfono —añadió mientras lo anotaba en un block que había en el escritorio junto al teléfono.
—Como le digo, no se preocupe, la informaré de todo al punto, y trataremos este tema con la máxima discreción —le respondió José.
El taxi llegó apenas unos instantes después de haber sido requerido. Al parecer, contaban con esa deferencia por parte de la compañía de taxi, siempre priorizaban cualquier servicio que se solicitaba desde la casa de los Cienfuegos. Ellos contaban con sus propios conductores para los vehículos de la familia si así lo precisaban, pero preferían utilizar el taxi para desplazar a sus invitados si lo requerían en algún momento.
Adela se había vestido con su ropa de la noche anterior, y era algo chocante verla salir con vestido de noche a esas horas de la tarde. Aun así, no parecía sorprender a nadie. Mientras José se quedaba junto a Fernando, una de las doncellas acompañó a Adela a la entrada de la casa y la dejó al cuidado del taxista.
El viaje hasta su domicilio no era largo y Adela permanecía inmersa en sus pensamientos sin apenas prestar atención al trayecto, se había limitado a darle la dirección al conductor y éste se encargó de llevarla sin hacer ni un solo comentario más. Al llegar, la acompañó hasta el portal del edificio y se despidió deseándole un buen día. No aceptó pago alguno pues tenía instrucciones de nunca cobrarle a los invitados que desplazaba.
Ella subió a su piso, abrió la puerta y al cerrarla tras de sí, se quedó apoyada en ella por un momento. Estaba intentando asimilar lo que había ocurrido y la situación en la que se encontraba. No se había visto nunca en un trance similar. Obviamente había asistido a otras fiestas en diferentes ocasiones, pero eran..., digamos de otro rango, de diferente nivel, de otro estilo más cercano al suyo. No estaba acostumbrada a tanto lujo, ni a un trato tan distinguido por parte de personas desconocidas. Pero la mayor de las diferencias radicaba en el final de la fiesta.
Cuando era más joven había cometido los mismos errores que cientos de chicos y chicas de su edad. Habían bebido de más con las consecuencias que todos conocían, resaca al día siguiente, con dolor de cabeza y cansancio en todo el cuerpo, pero nunca, nunca, había pasado de ahí, y cada vez que eso sucedía se arrepentía por verse en ese estado, por el disgusto que se llevaban sus padres y se prometía no volver a perder el control de lo que bebía.
En esta ocasión, algo se había escapado a su dominio. En algún momento su acompañante traspasó una línea, esa que ella jamás había traspasado y perdió el control.
Ahora se sentía culpable y no le gustaba esa sensación. Pensaba que no había nada de malo en pasar una noche divertida y despreocupada con aquel hombre que tanto la atraía, pero no se le pasó por la imaginación llegar al punto que llegaron y sobre todo, no poder decidirlo por si misma.
III
La ambulancia no tardó en llegar, debió cruzarse con el taxi que llevaba a su domicilio a Adela, porque antes de cerrar la puerta de la casa estaba entrando en el recinto de la finca. José les acompañó raudo hasta el dormitorio principal mientras les ponía al corriente de lo sucedido y del estado en que se encontraba su señor. Ni que decir tiene, que los sanitarios fueron rápidos en su actuación y atendieron las explicaciones haciendo algunas preguntas para aclarar mejor lo sucedido.
No era la primera vez que habían solicitado su ayuda desde la casa. No era la primera ocasión que habían atendido a Fernando por los excesos de alguna fiesta, pero en esta ocasión las cosas parecían haberse descontrolado más de lo normal.
Fernando no respondía a ningún estímulo. Eran demasiadas horas sin reaccionar. Sus pupilas permanecían dilatadas y sin respuesta y su pulso..., su pulso apenas era perceptible para el médico que lo estaba auscultando.
—No podemos perder ni un segundo más —le dijo a José—, su pulso es muy débil y temo no llegar al hospital.
José se mordió los labios para sujetar las lágrimas. No quería bajo ningún concepto que el médico le viese llorar. No hubiese sido apropiado, aunque qué más le daba, lo único que ahora importaba era que Fernando saliese de esta..., una vez más.
Se lo llevaron sin hacer ruido, sin sirenas, sin escándalos. Todo el servicio conocía las instrucciones. Nadie, absolutamente nadie haría la más mínima mención sobre lo sucedido. La discreción debía ser impecable. Las sirvientas adecentarían el dormitorio como si allí no hubiese dormido más que su dueño.
Una llamada más quedaba por hacer. Tampoco era la primera vez que la hacía y prácticamente ya conocía la respuesta, no solía variar demasiado. José tomo de nuevo el auricular del teléfono, en esta ocasión el de su despacho, y se dispuso a marcar. Después de tres tonos de llamada obtuvo contestación.
—Buenas tardes, José —se escuchó al otro lado.
—Buenas tardes, señora —le respondió.
La voz del mayordomo sonaba apesadumbrada, cansada, triste y sentida.
La voz de su interlocutora también parecía cansada, o más bien, resignada, como si supiese que no le quedaba más remedio que atender aquella llamada pero que era lo último que le apetecía hacer en la vida.
—¿Qué ha ocurrido esta vez? ¿Cuál es el problema, José? ¿Dónde está?
El hombre hizo lo que pudo. Le puso al tanto de lo ocurrido a la señora, pero en esta ocasión no quiso disimular su preocupación. Esa preocupación era sincera. En otras ocasiones se esforzaba por disfrazarla y ocultarla para no añadir gravedad al asunto, pero hoy no, hoy debía transmitir que estaba realmente preocupado por el posible desenlace.
—¿Estás seguro de que no exageras?, mira que ya conocemos a mi hermano y de lo que es capaz.
—No, señora —respondió compungido—, como le digo, los médicos me han alertado de lo incierto de su estado.
—Está bien, no perdamos más el tiempo. Ahora me hago cargo de todo. Voy para la clínica, no te preocupes. Encárgate tú de todo lo demás en casa. Gracias de nuevo por avisarme.
José le dio las gracias y se despidió rogándole que le informase de todo en cuanto tuviese ocasión de hablar con los médicos.
Habían llevado a Fernando a una de esas clínicas privadas y excesivamente costosa, en donde se encargan de rehabilitar a pacientes con adicciones. Era un lugar discreto y elegante, no parecía una clínica sino más bien uno de esos balnearios donde ir a relajarse y desconectar del estresante mundo que rodea a los que deben trabajar mucho para conseguir muchísimos beneficios. Uno de esos lugares donde retirarse a reflexionar si tu vida realmente discurre por donde tú decides o por donde el dinero te lleva.
Lo bueno de aquel lugar es que lo dirigía uno de los más prestigiosos doctores que se conocían en ese mundo. No se escatimaban en medios ni materiales ni personales. La atención era exquisita y tremendamente profesional. Los resultados estaban garantizados, pero había pacientes que no creían preciso seguir las instrucciones que les imponían para su total recuperación, por lo que la recaída estaba garantizada también.
En cuanto llegó la ambulancia, salieron para hacerse cargo del paciente. Lo instalaron en una lujosa habitación en la que había todo lo necesario para atender a su ocupante; pero antes de llevarlo allí, procedieron a realizarle las primeras exploraciones, analíticas y pruebas necesarias para comprobar el estado real en el que se encontraba y tomar así las medidas oportunas.
Tal y como habían advertido en la primera atención en su domicilio, el estado de Fernando era muy preocupante, nada que ver con las anteriores ocasiones en las que tuvieron que atenderle. Tanto es así, que se dio aviso de inmediato el médico jefe y director de la clínica. Fernando era ya un paciente conocido y además la relación del director con la familia era muy cercana.
Mientras estaban valorando cómo proceder, llegó Ana, Ella estaba entre preocupada y enfadada, nerviosa e intranquila. Se dirigió al mostrador de la entrada, pero antes de que pudiese preguntar a la enfermera, salieron a su encuentro.
—Buenas tardes, Ana.
—Buenas tardes, Alfredo. ¿Has visto ya a Fernando?
Alfredo era director del centro y amigo de la familia. En primer lugar, intentó calmarla dándole un abrazo para continuar con la explicación.
—Tranquila, ya he visto a tu hermano. He dado las ordenes necesarias al equipo que en este momento le está atendiendo. No te quiero engañar —le dijo tomándola por el brazo mientras se dirigían a su despacho.
—Por Dios, Alfredo, me estás asustando.
Una vez en el despacho del director, ambos se sentaron en el sofá y prosiguió con la explicación.
—Esta vez no es como las anteriores. Permanece inconsciente, está tardando mucho en reaccionar y eso me preocupa.
El médico siguió advirtiéndola de lo delicado del caso. Debían seguir haciéndole más pruebas y analíticas, pero las cosas se presentaban bastante oscuras. Era primordial conocer qué había tomado aquella noche además del alcohol. Les preocupaba el hecho de que cada vez aparecían nuevas sustancias desconocidas para los médicos. Empezaba a convertirse en un reto que debían ganar contra reloj. Cada vez de forma más habitual, llegaban nuevos pacientes que habían consumido una sustancia desconocida hasta ese momento. Nuevas drogas que comenzaban a ponerse de moda sin que nadie conociese los efectos que éstas podían llegar a tener.
Al principio, la novedad les atraía y nadie se planteaba las consecuencias devastadoras que podían generar en sus cuerpos y en sus mentes. Se dejaban llevar sin más por las modas, o por ser los primeros en probar algo nuevo, o por ser los más influyentes en según que entornos. Fuera como fuese, aquello estaba haciendo mucho daño y poniendo en riesgo a mucha gente y ellos, los médicos, debían enfrentarse a ese reto con los ojos vendados, sin saber qué tenían delante y cómo resolver la situación de forma satisfactoria.
Era esencial, además de sanar los cuerpos de los pacientes que llegaban a la clínica, el tratamiento complementario e imprescindible de su salud mental. Muchos, la mayoría, no son consciente de su adicción. Piensan que controlan en todo momento la situación, que solo consumen alcohol o cualquier otra sustancia cuando ellos lo deciden, pero nada más lejos de la realidad. No son dueños de su decisión.
Precisamente a este punto es donde no lograban llegar con Fernando. Siempre que había ingresado en la clínica lo había pasado mal, muy mal, pero a pesar de los enormes esfuerzos de sus allegados, nunca completaba el tratamiento por lo que terminaba recayendo una y otra vez.
Alfredo se lo había explicado tanto a él como a su hermana en numerosas ocasiones. Era imprescindible que tomase por si mismo la decisión de abandonar aquel mundo que tanto daño le hacía a él y tanto dolor infligía a los que le querían. Nadie podía sacarle de ese agujero por mucho que lo intentaran. La decisión debía tomarla él, por él mismo, no para complacer a nadie, sino por salvarse y dejar atrás las adicciones que le estaban destruyendo. Únicamente dependía de él, los demás solo podían apoyarle, pero nada más. Él debía dar los pasos, los demás solo serían sus muletas.
Ana no pudo contener el llanto, y sus lágrimas afloraron sin remedio. Eran lágrimas de miedo, de preocupación, pero también de frustración, de impotencia, de cansancio,
—No puedo más, Alfredo. No sé qué hacer. Pienso que he fallado, que he fracasado, que no lo he sabido hacer. ¿Qué pensarían mis padres de todo esto?
El médico le ofreció la caja de pañuelos y la abrazó de nuevo.
—Cálmate, Ana. Sé que no es nada fácil para ti toda esta situación, pero si de algo estoy seguro es de que tú no tienes la culpa de nada. No son responsabilidad tuya las decisiones que tome tu hermano. Nada puedes hacer más de lo que ya has hecho. Deja de juzgarte tan duramente y date un respiro. Fernando es adulto, y a pesar de todos tus desvelos, es él quien toma sus propias decisiones desoyendo tus consejos y advertencias.
Ana no dejaba de llorar, pero le aliviaba escuchar las palabras de su amigo. Sabía que tenía razón, pero a veces se sentía derrotada a pesar de que ella sí seguía el tratamiento psicológico aconsejado para los familiares de este tipo de enfermos. No es fácil gestionar determinados comportamientos y los profesionales ayudan a saber enfrentarse a ellos de la mejor manera posible para mantener la serenidad y alejar la culpa.
—Gracias, Alfredo. Es un alivio para mi poder contar contigo y con los profesionales que tienes aquí. No sé qué haría sin vosotros.
—No tienes nada que agradecerme —respondió él tomando sus manos—. Eres una gran mujer y una excelente persona, Ana. No te quepa la menor duda de ello.
En ese momento llamaron a la puerta del despacho. Era uno de los colegas de Alfredo. Venía a informarle de que acababan de trasladar a Fernando a su habitación. Al parecer, habían concluido con las pruebas y le habían comenzado a administrar la medicación necesaria. Ahora solo cabía esperar la respuesta del paciente. De momento seguía inconsciente, pero al menos habían conseguido estabilizar sus constantes vitales. Aún era demasiado pronto para descartar cualquier riesgo; solo quedaba esperar.
IV
Ana era la menor de los hermanos. Sus padres la llamaban Anita cosa que a ella no le agradaba demasiado una vez convertida en mujer, pero respetaba esa forma cariñosa de dirigirse a ella por sus progenitores, era consciente de que para ellos, seguía siendo su niña. Aquella niña que jugaba despreocupada por los jardines de la finca hasta que comenzó a interesarse por el trabajo de su padre.
Con solo ocho años, ya le gustaba entrar en el despacho donde don Gerardo trabajaba hasta altas horas de la noche. Su padre, don Gerardo, nunca le impidió la entrada, al contrario, le agradaba ver como su niña le regalaba una visita. Ana entraba casi corriendo sin pedir permiso a pesar de las advertencias que le hacía su madre.
—Anita, cariño. Antes de entrar a una habitación, lo correcto es llamar a la puerta para pedir permiso, incluso al despacho de papá.
Ella siempre asentía y prometía respetar esa norma, pero la curiosidad y la impaciencia hacían que la olvidara a menudo.
Poco a poco fue creciendo y convirtiéndose en toda una mujer.
Ana era alta y delgada al igual que su padre, morena de cabello y de piel. Había recibido una educación exquisita que llevaba a gala sin atisbo de soberbia. Era elegante en el vestir y en los modales. Le gustaba la seriedad en los negocios sin perder la amabilidad. Era una mujer respetada y admirada por unos y envidiada por otros. Siempre fue muy responsable y tuvo claro dónde estaba su lugar. Luchó por ello y lo consiguió.
Aprendió junto a su padre todo aquello que no enseñan en la universidad para salir adelante en la vida, especialmente en lo referente al mundo de los negocios. Era despierta y ansiaba aprender, así que no le costó mucho conseguir la confianza de su progenitor. Al terminar sus estudios ocupó un puesto en la empresa familiar que se ganó con creces al poco tiempo de desempeñar su labor. Poco a poco ocupó puestos de mayor responsabilidad. Participaba en las negociaciones con el total respaldo y apoyo de su padre que confiaba plenamente en su capacidad para transmitir y convencer a los clientes de que estaban frente a la oportunidad perfecta.
De este modo, se fue afianzando cada vez más como la cabeza visible de la empresa, máxime, cuando llegó el momento en que su padre comenzó a contemplar la posibilidad de retirarse del campo de batalla, quedar en un segundo plano, y dejarla a ella al frente del negocio familiar.
Durante todos los años que trabajaron juntos padre e hija, no solo mantuvieron la empresa a flote a pesar de la llegada de una fuerte crisis en el sector, sino que consiguieron ampliarla llegando a duplicar los empleados y multiplicar los beneficios. Se expandieron por el extranjero y la compañía terminó siendo conocida a nivel internacional. Los resultados derivados de su esfuerzo conjunto no podían haber dado mejores frutos. En la actualidad, seguían creciendo y las expectativas era muy halagüeñas.
Todo discurría tal y como lo había planificado. La vida le sonreía en los negocios, pero una terrible nube negra ensombrecía sus logros: su hermano Fernando. Él era la razón de sus desvelos, la causa del insomnio que no le permitía dormir tranquila. Era el responsable de su angustia y su pesar, sin embargo, también era una de las personas que más quería en el mundo.
Las cosas no siempre fueron fáciles en la vida de Ana. Efectivamente había logrado el éxito en su vida profesional. Su opinión era tenida en cuenta en todo el sector. Cada novedad, cada paso que daba la “Compañía CIENFUEGOS”, era automáticamente examinada por las demás compañías.
Sus padres la adoraban; para ellos, Anita había sido un regalo que ni siquiera creían merecer. Se esforzaron en educarla bien, pero el fondo, lo que realmente hace a la persona, era de ella, lo traía en su interior, lo cultivó y alimentó hasta convertirse en la mujer que era.
Pero había una faceta más en la vida de Ana.
Contaría con escasos veinte años cuando asistió junto a sus padres a una fiesta. No era raro que fuesen invitados a celebraciones de diversa índole, algunas para terminar tratando de negocios, y otras en cambio, de título más personal e íntimo.
Era vox populi, que los Cienfuegos contaban con una posición más que solvente económicamente hablando, que la empresa familiar era un éxito, pero también que tenían una hija con la que poder establecer relación si se tenía algún hijo que estaba en edad similar. Tanto Ana como sus padres eran conocedores de las intenciones de algunas de esas invitaciones, y aunque no les hacía la más mínima gracia, también eran conscientes de que cuando se tiene una empresa conviene estar a bien con el mayor número de “vecinos”. Eran de la opinión, de que es mejor soportar alguna noche de cortesía y no crearse enemigos innecesariamente. Al fin y al cabo, una fiesta es para divertirse y no hay porque pasarlo mal si uno lleva la actitud adecuada.
Aquella noche se celebraba el cumpleaños de uno de los hijos de un buen cliente que ya había pasado a convertirse en un buen amigo. Asistieron don Gerardo, su esposa doña Carmen, y Ana. La recepción no distaba mucho de lo que se acostumbraba. El ambiente era relajado, distendido y hasta divertido. Lo estaban pasando bien. “Buena comida y buena compañía, ¿qué más se puede pedir?”, pensaba Ana.
La fiesta terminó y el conductor los llevaba de regreso a casa. En el coche, Carmen intentó hablar con su hija para intercambiar opiniones, pero ésta iba más distraída de la cuenta, respondía con monosílabos o frases cortas, parecía seguir en aquella fiesta en vez de en el coche, y además lucía una leve pero permanente sonrisa instalada en sus labios.
—Hija, ¿te encuentras bien? —le preguntó algo extrañada Carmen.
—Claro, mamá —respondió Ana.
—Tal vez lleve alguna copa de más nuestra hija, no la culpes, ya sabes lo que ocurre a veces en las fiestas —intervino el padre.
Efectivamente, Carmen dejó de preguntar a su hija pensando que ya tendrían ocasión de hablar por la mañana. En el desayuno la abordaría de nuevo, no tenía intención de quedarse con la duda.
Al día siguiente, cuando bajó a desayunar Carmen, ya estaban en el salón sus hijos. Fernando y Ana se encontraban conversando animadamente mientras tomaban el desayuno. Entre risas, Fernando bromeaba con su hermana y ella le recriminaba que se burlara.
—Deberías haber asistido tú también —le decía Ana—, a ver si así sentabas la cabeza de una vez.
—Sabes que tengo que estudiar y no me debo distraer, pero ya veo que tú no has perdido el tiempo, hermanita.
En ese momento ambos comenzaron a reírse al mismo tiempo que su madre asomaba por la puerta.
—Vaya, veo que nos hemos levantado de buen humor. Eso está bien, pero Ana, tú y yo tenemos una conversación pendiente desde anoche y no te vas a escapar. Ya estás contándome cómo te fue en la fiesta y por qué estabas tan distraída a la vuelta, a ver si me río yo también.
Los hermanos se miraron mutuamente, y las risas aumentaron.
—Creo que no te queda más remedio que confesarte, Ana —dijo Fernando—. Yo os dejo que en unos días tengo los exámenes. Vuelvo a mi estudio. Suerte hermanita.
Ana se dirigió a su madre y le dedicó una dulce sonrisa.
—Bueno, cuéntame, ¿cómo lo pasaste anoche? A juzgar por las risas que os traéis creo que no fue mal.
—Así es mamá. Me divertí bastante. ¿Qué más quieres que te cuente?
Doña Carmen no pensaba zanjar la cuestión sin conocer más detalles. Deseaba conocer el motivo de la distracción de su hija al regresar y de esa sonrisa bobalicona que lucía. Ana no pudo eludir el interrogatorio y pensó que era mejor ponerla al corriente. Al fin y al cabo, tampoco era para tanto, o eso quería creer ella.
Al parecer, la fiesta se había convocado por el cumpleaños del hijo mayor de su cliente, pero también acudió como era de esperar, su otro hijo menor: Daniel. El joven tenía la misma edad que Ana, tan solo les separaban unos meses. Ya lo había conocido en alguna otra ocasión, pero aquella noche algo llamó la atención de Ana. No sabía muy bien qué era, pero desde el comienzo de la cena se sintió muy cómoda conversando con él. Hacía un tiempo que no se habían visto, los estudios los mantenían algo alejados de la fiesta, pero al verlo de nuevo le pareció distinto, como más interesante, más atractivo, algo que ni siquiera se había planteado con anterioridad.
El evento llegaba a su fin y los Cienfuegos debían regresar a casa. Daniel quería volver a ver a Ana sin tener que esperar a que hubiese una nueva celebración, así que quedaron para verse el siguiente fin de semana. Esa fue la primera de muchas citas. Estuvieron saliendo unos años y al terminar sus respectivas carreras contrajeron matrimonio.
Se les veía felices; más que una pareja, formaban un buen equipo. Uno era complemento y cómplice del otro. Se instalaron en la casa familiar de los Cienfuegos para facilitar el trabajo de Ana en la empresa, y desde el primer momento la convivencia fue cordial. Los padres de Ana la veían contenta y eso era motivo más que suficiente para mirar con buenos ojos a Daniel. La hacía feliz, la apoyaba y animaba en su trabajo, la respetaba en sus decisiones y, sobre todo, estaba enamorado de ella hasta la médula.
A los tres años de estar casados, consideraron que ya era buen momento para ser padres. No tardaron en conseguir su objetivo y en una cena comunicaron la buena nueva a los demás. La noticia fue todo un acontecimiento. Iba a ser el primer nieto por parte de ambas familias y estaban todos esperando el feliz acontecimiento. Todo parecía marchar bien, así que decidieron hacer partícipes al resto de amistades celebrando una fiesta.
El tiempo pasaba y cada vez era más evidente la llegada del pequeño.
El trabajo de Daniel requería que éste viajara bastante a menudo. Se había unido a la empresa familiar haciendo un buen equipo junto a su cuñado. Juntos se dedicaban a las relaciones comerciales con los clientes mientras Ana se mantenía en la dirección de la empresa junto a su padre. Esa circunstancia incomodaba a su mujer porque le echaba de menos cuando estaba fuera, máxime ahora que le necesitaba a su lado más que nunca. pero nadie mejor que ella para conocer los sacrificios y esfuerzos que conlleva a veces el desarrollo de su profesión.
Fue durante uno de esos viajes cuando todo cambió.
Mientras Daniel se encontraba fuera acompañado por Fernando, una aciaga noche tiñó de dolor la felicidad reinante en aquella casa.
Sobre las tres de la madrugada, una fuerte presión sobre su pecho despertó a Ana de forma sobresaltada. Abrió los ojos de golpe y vio una figura enorme vestida toda de negro que le tapaba la boca con fuerza. Asustada intentó gritar sin conseguir emitir sonido alguno. Quiso levantarse de la cama, pero aquel hombre se lo impedía.
Cuando aquella figura había captado la atención de su víctima, le hizo entender que no debía gritar y que debía colaborar para que aquello saliese bien. Ana asintió con la cabeza y se dispuso a obedecer. Estaba totalmente confusa, desorientada, y muy asustada.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Y mis padres? —preguntó en cuanto se vio libre de aquella mano que la amordazaba.
—Cállate —recibió por respuesta.
Prácticamente a rastras la condujo hasta el salón. Una vez allí pudo ver horrorizada el escenario que se presentaba ante sus ojos.
Tenían atado y amordazado a todo el servicio. José, el mayordomo, sangraba por la nariz y por la boca. Era más que evidente que le habían apaleado sin piedad.
—¡José! —gritó al verle—, por Dios ¿qué te han hecho?
—¡He dicho que te calles! —volvió a espetar aquel individuo.
—¿Y mis padres? —volvió a preguntar Ana.
—No tengas prisa, ahora los verás —se dirigió a ella otro de los encapuchados que había en el salón.
En ese instante, Ana comenzó a llorar temiéndose lo peor.
—Por favor, déjenme verlos. ¿Dónde están?
El segundo encapuchado se acercó a Ana y la tomó con fuerza por el brazo.
—Vamos, muévete —le indicó mientras la empujaba.
Se dirigieron en esta ocasión hacia el despacho de su padre. Allí, nada más entrar, Ana pudo apreciar de nuevo la crueldad de los asaltantes.
En el sofá que había justo en la pared frente a la puerta se encontraban sus padres. Su madre lloraba casi en silencio para no irritar todavía más a los dos encapuchados que los custodiaban. Su padre no emitía sonido alguno, pero al igual que José, tenía la cara ensangrentada y parecía que apenas podía ni tan siquiera abrir los ojos. Estaba como dejado caer en el sofá sin apenas conocimiento.
—¡Papá! —grito Ana al ver la escena, corriendo hacía él—, ¿qué le habéis hecho? ¡Malditos cobardes!
En ese instante, uno de los hombres la volvió a tomar por el brazo y la apartó del lado de su padre arrojándola al suelo con fuerza.
—¡Dejadla en paz! —gritó Carmen— No la toquéis, ¿no veis que está embarazada?
Estaba claro que lo que menos les importaba a aquellos salvajes era el estado de Ana ni de ninguno de los miembros de aquella casa. Su objetivo era tan solo uno, lo tenían claro, y no pensaban salir de allí sin haberlo conseguido.
Hasta ese momento, Ana no se había percatado de nada más. Su primera visión fue la de sus padres en aquel sofá y no miró nada más. Ahora, desde el suelo, tenía otro punto de vista. Frente a ella estaba la mesa del despacho y en aquella pared, detrás del sillón, pudo ver cómo se encontraba abierta de par en par la caja fuerte que había oculta detrás de un enorme cuadro. Por supuesto, ya estaba vacía. El dinero que contenía permanecía visible encima de la mesa y los documentos se encontraban esparcidos por el suelo.
—Parece que ya tenéis lo que buscabais, ¿por qué no os marcháis ya? —les inquirió Ana.
Uno de ellos, el que parecía ser el cabecilla, le respondió con un tono entre enfadado y burlón.
—¿Crees que somos estúpidos? Sabemos que ese dinero no es más que calderilla. Hay mucho más, querida señora, y no nos iremos hasta tenerlo. El problema es —continuó diciendo mientras se le acercaba cada vez más—, que estamos cansados y se nos está acabando la paciencia, así que si quieres que todo esto termine y salgamos de aquí, ya estás diciendo dónde está la caja fuerte de verdad, la que contiene lo que nosotros necesitamos y parece que a vosotros os sobra.
En ese momento, cuando ya se encontraba frente a frente con Ana, le soltó un puñetazo que la hizo rodar por la alfombra. Ella emitió un quejido de dolor, su madre gritó llorando y rogando de nuevo que se apartaran de su hija. El hombre se rio y dejó ver su maltrecha dentadura. Estaba claro que no iban a respetar absolutamente nada ni a nadie. Les importaba muy poco, o más bien nada en absoluto, que Ana estuviese esperando un bebe, el dinero era su único interés.
Tal vez debido a los gritos de Carmen, Gerardo volvió a su consciencia. Al ver a Ana tirada en el suelo también emitió un grito de queja. Les insultó de la peor manera, les llamó cobardes por atacar a una mujer embarazada, pero de nada sirvió excepto para alterar aún más los ánimos del asaltante que tenía a su lado y provocar que éste le propinara un nuevo golpe.
La situación era muy crítica. Por más que Gerardo insistía en que no había ninguna otra caja fuerte, los ladrones no le daban crédito. La conversación era repetitiva e infructuosa.
Ana intervino explicándoles que en la casa se guardaba lo imprescindible, lo que ya habían encontrado. Esa era la cantidad de la que disponían por si surgía la necesidad de realizar algún pago imprevisto de forma rápida, pero que todo el capital de la empresa y de la familia, se encontraba en el banco. Procuraban ser escrupulosos con las leyes, de modo que los pagos se hacían por transferencias bancarias y de este modo también las cuentas eran mucho más fáciles de controlar y de presentar. Aquellas explicaciones, no solo no les convencían, sino que les parecían una burla hacia ellos y solo servían para ponerlos más nerviosos. Las cosas se ponían cada vez más feas.
V
Ana no podía saber cuánto tiempo llevaban aquellos hombres en la casa, lo que sí conocía era el modo de trabajar del servicio de seguridad de la urbanización en la que vivían. Desgraciadamente, no era la primera familia que se había visto en una situación similar. En aquella urbanización vivían diferentes empresarios, personajes públicos, artistas y deportistas que tenían una muy buena posición económica. Esa circunstancia atraía la atención de los amigos de lo ajeno, de aquellos que pensaban que repartir la riqueza era compatible con quitarle a los demás el fruto de su trabajo de la manera que fuese y por los medios que estimasen necesarios.
Debido a esos robos anteriores, las medidas de seguridad se habían ido modificando para conseguir una mayor eficacia. Además de que las viviendas contasen con sus propios sistemas de alarmas, cámaras y demás medios, los vigilantes de seguridad habían establecido unos determinados protocolos que mejoraban y mucho la eficiencia de su trabajo, otorgando así una mayor tranquilidad a los vecinos.
Entre otras medidas, los vigilantes hacían constantes rondas por las calles de la urbanización tanto de día como, muy especialmente por la noche, fijándose en algunos detalles que les llevarían a percatarse si se diera el caso de estar siendo asaltada alguna de las viviendas.
Esos protocolos ya habían surtido efecto en alguna ocasión, y se habían evitado algunos asaltos mientras permanecían los moradores en el interior de sus casas. Eran señales apenas perceptibles para los ladrones, pero de fácil detección para los agentes de la seguridad.
Una de estas patrullas se encontraba realizando su ronda frente a la vivienda de los Cienfuegos. Algo inusual les llamó la atención. Era bastante común ver la luz que pertenecía al despacho de don Gerardo encendida a altas horas de la madrugada, incluso a veces también de la cocina, especialmente desde que Ana se había quedado embarazada y al parecer le entraban antojos de comida por la noche. Lo que ya no era tan normal, era que estuviese también encendida la luz del salón y las de algunos dormitorios.
Lo primero que pensaron es que podría tratarse de alguna necesidad médica. Tal vez alguno de los ocupantes se encontraba indispuesto y eso hubiese levantado también a parte del servicio. Pero no tardaron en descartar esa posibilidad cuando se fijaron en la siguiente señal. Era una de esas alarmas especialmente convenida entre los propietarios y los vigilantes para alertar de que algo estaba ocurriendo dentro de la casa y necesitaban ayuda.
No lo dudaron ni un segundo.
El primer paso era avisar a la policía de las sospechas que tenían. El segundo sería intentar comprobar qué estaba sucediendo en la residencia de los Cienfuegos.
Pudieron comprobar que la alarma perimetral no funcionaba. Uno de los vigilantes saltó la valla y se introdujo en los jardines. Intentando ocultarse tras los arbustos se acercó a una de las ventanas con intención de asomarse y ver el interior de la estancia. Pudo percibir desde allí, como otro de los coches pertenecientes a la compañía de vigilantes se acercaba sin hacer el más mínimo ruido y con las luces apagadas.
Fue capaz de asomarse por la ventana de la cocina para comprobar que no había nadie en esa habitación. Despacio, fue desplazándose hasta estar frente a una de las ventanas del despacho de don Gerardo. Lo que vio le horrorizó, pero debía permanecer en calma hasta la llegada de la policía.
Afortunadamente no tardaron en llegar dos coches, uno de la Policía Local y otro de la Guardia Civil. Una vez allí las fuerzas de seguridad, el compañero les informó de que uno de los vigilantes se encontraba inspeccionando el exterior de la vivienda. En ese momento, uno de los guardias civiles le pidió que saliese de la finca para no ponerse en riesgo.
Una vez estuvo a salvo el vigilante e informó de lo que había visto, comenzó el operativo por parte de los guardias civiles y policías. Por norma general, después de unas negociaciones entre los cuerpos de seguridad y los intrusos, que podían ser más o menos largas, éstos deponían su actitud y se entregaban ante la perspectiva de ver su robo frustrado.
Desgraciadamente no fue ésta una de esas ocasiones. Los asaltantes portaban armas de fuego, estaban muy alterados y dispuestos a conseguir su botín a costa de lo que fuese necesario. Una vez apercibidos de la presencia policial, lejos de deponer las armas y entregarse, se hicieron fuertes en la casa amenazando con matar a sus ocupantes. Además de ladrones, ahora se convertían en secuestradores, la situación empeoraba por momentos.
Las cosas se complicaban seriamente. Después de varias horas de tiranteces, de diálogos sin respuesta, de amenazas y de extrema tensión, las fuerzas del orden no tuvieron más remedio que tomar la decisión de actuar para preservar la vida de los secuestrados.
Habían acudido al lugar equipos especiales que se encargaron de poner fin al asalto.
El resultado no fue todo lo bueno que hubiesen deseado.
Al verse sin posibilidad de escapatoria y agotados por las largas horas de tensión, al final los ladrones decidieron entregarse antes de que los agentes irrumpieran en la casa para terminar con el secuestro, pero uno de ellos no parecía conforme con hacerlo por las buenas, tenía intención de poner las cosas todavía más difíciles.
Para salir de la casa, decidió que era buena idea parapetarse detrás de uno de sus moradores. Pensó que de ese modo protegía mejor su vida si alguno de los agentes decidía abrir fuego sobre él. Lo malo de pensar tan poco y tan mal, es que las cosas no salen como uno realmente quiere, sino que se suelen complicar, y en aquel caso se complicaron y mucho.
Cuando se encontraba de pie junto el quicio de la puerta principal, vio el despliegue que había fuera esperando su rendición. No se sabe qué le paso por esa mente inestable y podrida, lo único cierto es lo que ocurrió en este instante.
Sin mediar palabra, disparó la pistola que ocultaba tras el cuerpo de Ana hiriéndola y haciéndola caer en el suelo. Los agentes que le esperaban fuera reaccionaron de inmediato y uno de ellos abatió al asaltante de forma certera y rápida dejándolo herido e inmóvil.
Los acontecimientos se precipitaron.
Los agentes de la unidad de asalto corrieron hacia la casa con la indudable intención de abatir a quién tuviese la mala idea de seguir disparando a las personas retenidas. Afortunadamente no fue necesario realizar ni un solo tiro más. A la vista de lo acontecido, el resto de asaltantes arrojó sus armas al suelo y levantaron los brazos en señal de rendición.
Fueron arrestados de inmediato y llevados a los furgones para su traslado.
Una vez controlada la situación y detenidos los asaltantes, el resto de guardias civiles y policías entraron en la vivienda para atender a sus ocupantes, con mucha precaución por si quedaba algún asaltante agazapado en algún rincón. La primera en ser socorrida fue Ana.
Ella estaba tirada en el suelo sangrando de forma abundante debido al disparo recibido, pero permanecía consciente. Estaba en shock, no acertaba a entender lo que acababa de ocurrir. Mientras su secuestrador la retenía no se había movido, había seguido las ordenes que éste le daba al pie de la letra, no comprendía por qué aquel hombre había decidido acabar con su vida, no había ninguna necesidad de ello, era el mal por el mal.
Se sintió abandonada, como si su vida no valiese nada en absoluto. Se sintió perdida, sin comprender, sin poder asimilar aquella situación absurda en la que un desconocido te puede arrebatar lo más valioso que posees: la vida..., por puro capricho. Se sintió morir tirada en el frio suelo..., sola.
Fueron unos eternos segundos entre los que su mente volaba para sumirla en su inconsciencia, y aparecía uno de los guardias civiles a su lado, y después de comprobar dónde estaba la herida, taponarla con sus manos para que dejase de sangrar. Pretendía así que no escapara lo que quedaba de vida en ese cuerpo que llevaba dos corazones en su interior.
Ana ya no escuchaba nada más de lo que ocurría a su alrededor.
Dentro de la casa el panorama no era muy distinto. En el salón permanecían atados y amordazados tanto José como el resto del servicio. Mientras uno de los agentes los liberaba, otros se dirigieron hacia el despacho.
Allí encontraron a Carmen y Gerardo. El matrimonio estaba todavía en el sofá. Carmen era incapaz de ponerse de pie y no dejaba de llamar a su marido para intentar hacerle reaccionar mientras al mismo tiempo, preguntaba por su hija.
Al ver entrar a los guardias civiles vestidos de negro y pertrechados con todo su equipo, se asustó creyendo que eran más asaltantes. Una vez comprobó quienes eran, se rompió en llanto. No dejaba de llorar y de agradecer que estuviesen allí.
Los servicios médicos que ya habían sido avisados y permanecían también en el exterior de la casa, empezaron a atender a todos los ocupantes sin más espera. Algunos de ellos únicamente precisaron unas curas y no fue necesario su traslado al hospital. Otros en cambio habían corrido peor suerte. Los asaltantes se habían cebado con ellos para intentar sacarles información y que les dijeran dónde encontrar más dinero.
José, el mayordomo, era uno de ellos. Le habían propinado numerosos golpes especialmente en el rostro, aunque no escatimaron en hacerlo por todo el cuerpo. Estaban convencidos de que conocía el paradero de esa otra caja fuerte que creían debía de haber escondida en algún lugar.
Las otras dos personas que más sufrieron la ira de los asaltantes fueron los propietarios de la casa: Carmen y Gerardo.
A Carmen también la golpearon en el rostro esperando hacer confesar a su esposo al verla sufrir y temer por su vida. Pero la peor parte se la había llevado su marido.
Gerardo fue víctima de una enorme paliza. No tuvieron ningún escrúpulo ni miramiento. Estaban decididos a sacarle el escondite de una supuesta caja fuerte repleta de dinero y joyas. Se emplearon a fondo con él, pero no consiguieron que dijese nada distinto. Su respuesta era siempre la misma: “el dinero está en el banco y las joyas en una caja de seguridad de ese mismo banco”. Las joyas que solían lucir tanto Ana como Carmen al acudir a alguna fiesta, las sacaban ese mismo día y las volvían a llevar al día siguiente al banco para su custodia.
La frustración de no obtener la respuesta deseada, hacía que los salvajes se cebaran con su víctima. Tanto es así, que el rostro de Gerardo quedó completamente desfigurado. Era imposible reconocer a ese hombre mirando la masa sanguinolenta que componía su rostro.
Rápidamente fueron trasladados al hospital, aunque el estado de Gerardo era muy crítico y no aseguraban que pudiese llegar con vida.
Por supuesto, la primera que fue atendida y trasladada al centro sanitario fue Ana. Su estado era de extrema gravedad y el quirófano ya estaba esperando su llegada.
VI
Aquella noche, cambió el rumbo de las vidas de los ocupantes de aquella casa. La familia Cienfuegos no volvió a ser la misma. El resultado del asalto a su hogar se saldó con una factura demasiado cara. Todos los miembros del servicio se recuperaron de sus heridas físicas incluido José, aunque éste necesitara algo más de tiempo.
Gerardo no consiguió recuperarse de la tremenda paliza que le propinaron y después de unas semanas en el hospital falleció.
Carmen también necesitó varias semanas para recuperarse del estado en que la dejaron los asaltantes, pero su ánimo se hundió de tal manera que perdió las ganas de vivir.
Ana fue intervenida del disparo nada más entrar en el hospital. Le tuvieron que suministrar varias bolsas de sangre y precisó permanecer en la Unidad de Cuidados Intensivos durante dos semanas hasta que recuperó las fuerzas necesarias para que fuese seguro su traslado a planta donde permaneció otras dos semanas más.
Cuando le dieron el alta, su marido y su hermano la llevaron a casa. Se habían estado ocupando de su cuidado día y noche sin descanso. No se apartaron de su lado ni la dejaron sola ni un solo instante, pero eran solo tres los que regresaban al domicilio familiar. Eran solo tres y no cuatro.
Ana perdió al hijo que esperaban, mejor dicho, no lo perdió, se lo arrebataron, lo asesinaron unos salvajes sin escrúpulos ni conciencia a los que solo les movía la codicia.
Tardó mucho tiempo en asumir que no solo le habían quitado a su hijo, sino que además, le había robado la posibilidad de volver a concebir. La bala dañó su útero y se lo tuvieron que extirpar.
Durante esos meses la vida en la finca de los Cienfuegos no fue fácil.
Habían perdido al cabeza de familia y motor de la casa, pero también a la nueva generación que aportaba continuidad y sangre nueva. Ese bebé que hubiese llenado de alegría a ambas familias y al que habían tenido que despedir sin llegar a conocer.
Por su parte, Carmen ya nunca recobró el ánimo. Dejó de asistir a todos los actos, apenas salía de la casa para pasear por los jardines y poco más. No tardó en darse por vencida y antes de los dos años de la muerte de su esposo decidió reencontrarse con él. Se abandonó a la nostalgia, únicamente vivía del recuerdo y la tristeza se la llevó una madrugada cuando descansaba en su lecho frío y solitario.
De nuevo volvieron las pesadillas que atormentaban a Ana.
Aquella noche dormía intranquila, y de repente se despertó. Por un momento no sabía ni dónde estaba, pero en una fracción de segundo cayó en la cuenta.
