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Mit dem "archival turn" wurde das Archiv zu einem Zentralbegriff der Gedächtnisforschung. Ehedem eine staubige Angelegenheit und Orte offiziellen Herrschaftswissens, enthalten und erzählen Archive Geschichten im Spannungsfeld von individuellem und kollektivem Gedächtnis. Infolge von Digitalisierung und neuen institutionellen Zugängen verwandeln sie sich oftmals in konterdiskursive Reflexionsinstanzen. In Lateinamerika spielen die "Menschenrechtsarchive" eine zentrale Rolle bei der Aufarbeitung der Vergangenheit. Subalterne Gruppen rekontextualisieren und resemantisieren Archive, indem sie sie einerseits politisch nutzen und andererseits ästhetisch bearbeiten. Sie erweitern und transformieren bestehende Archive und leisten damit einen Beitrag zur Demokratisierung. Thematische Schwerpunkte des Bandes sind theoretische Konzepte und die methodischen Zugänge zu Archiven, ihre Ästhetik sowie Perspektiven, die sozialer und künstlerischer Aktivismus eröffnen können.
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Seitenzahl: 808
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Roland Spiller / Gesine Brede
Archivos en transición
ARCHIVOS EN TRANSICIÓN: MEMORIAS COLECTIVAS Y USOS SUBALTERNOS
This project has received funding from the European Union’s Horizon 2020 Research and Innovation Programme under the MSCA-RISE Scheme (Marie Skłodowska-Curie Research and Innovation Staff Exchange). Grant agreement 872299.
© 2023 • Narr Francke Attempto Verlag GmbH + Co. KGDischingerweg 5 • D-72070 Tübingen
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Internet: www.narr.deeMail: [email protected]
ISSN 1868-1174
ISBN 978-3-8233-8609-4 (Print)
ISBN 978-3-8233-0501-9 (ePub)
Les presentamos a lxs lectorxs las actas del primer congreso internacional realizado en el marco del proyecto de investigación “TRANS.ARCH. Archivos en transición: Memorias colectivas y usos subalternos”1, que tiene como objetivo la investigación de los usos y funciones de los archivos. Se investiga la manera en que los archivos posibilitan nuevos modelos históricos y sociales, ofreciendo una perspectiva renovada sobre el patrimonio cultural de las sociedades. Los grupos de investigación de las nueve universidades participantes se centran en los diferentes usos políticos, judiciales, culturales y artísticos de los archivos, elaborados particularmente por colectivos de mujeres, LGTBQI+, migrantes, disidentes políticos y grupos racializados en Europa y Latinoamérica.
Además de lxs miembrxs de las nueve sedes universitarias, contamos con la participación de expertxs invitadxs especializadxs en la temática del archivo. En el entonces reciente contexto post-pandemico y del estallido de la guerra en Ucrania, emergieron reflexiones particularmente pertinentes a los usos subalternos de los archivos y también al enfoque especial del congreso: Colombia, un país que busca los caminos hacia la paz después de tantos años de conflicto armado marcado por una violencia extrema y transgeneracional.
En el marco de estos momentos históricos nos preguntamos: ¿cómo se puede pensar el archivo en una situación de conflicto o de crisis? ¿Qué define un archivo en tiempos de guerra, de elaboración de un pasado violento u otro estado liminal? Asimismo, surgieron interrogantes generales: ¿qué información se guarda en los archivos?, ¿cómo se estructura y utiliza? y ¿cómo influye su accesibilidad y disponibilidad en la forma de sus contenidos?
La actualidad, de igual forma, nos sitúa frente a otras cuestiones: ¿cómo definimos las formas y funciones de los archivos en la era digital? ¿puede tener sentido, malgré Derrida, reflexionar sobre los límites del archivo? Los nuevos usos del Archivo nos ofrecen material(idad)es más recientes. ¿Qué es lo que se borra, se excluye o lo que nunca se conoce? ¿Cómo podríamos transmitir nuestras deliberaciones y debates a la sociedad civil, teniendo nosotrxs mismxs el poder, la ἀρχή, que determina el principio y el final del archivo? En última instancia, esto también plantea la cuestión de si el optimismo respecto a la apertura de los archivos al público y nuestro trabajo con ellos está justificado, visto que el giro digital no siempre llevó a la esperada democratización y que muchas relaciones de poder, incluidas las existentes entre América Latina y Europa, continúan vigentes.
Para abordar estas cuestiones es esencial recordar los ejes fundamentales del proyecto Trans.Arch. Este, por un lado, se dedica a la transformación de los procesos archivísticos en la época digital, donde la digitalización permite un almacenamiento de datos que parece abrirse hacia el infinito, aun cuando su duración es limitada e incierta, y, al mismo tiempo, dinamiza la organización de los datos y saberes. En términos de Aleida Assman, podemos observar una transformación de la relación entre la memoria funcional y la memoria de almacenamiento o, también, entre la memoria comunicativa y la memoria cultural. La red misma emerge como un modelo cultural sustentado por un sofisticado sistema archivístico.
Por el otro lado, Trans.Arch se centra en la exploración de archivos alternativos como espacios democratizadores y en sus usos subalternos. Estos archivos emergentes, frutos de la interacción entre diferentes grupos y nodos socioculturales, ofrecen una oportunidad única para investigar usos y funciones tanto alternativas como subalternas. De esta manera, se resalta lo que los archivos oficiales habían suprimido e invisibilizado, proporcionando una nueva materialidad a lo latente de las experiencias no simbolizadas.
En el campo de los estudios de la memoria, existe un amplio consenso en que examinar los nexos de las memorias colectivas, ya sean nacionales o transnacionales, contribuye al fortalecimiento de estructuras democráticas. La relevancia cardinal de los archivos se subraya, además, en los conflictos inherentes a los procesos memorísticos. Estos son cruciales para la construcción de la memoria colectiva, en particular en lo que respecta a las experiencias y saberes de grupos tradicionalmente marginados de los debates públicos, que, ya antes de poder entrar en los archivos, fueron excluidos de cualquier posibilidad de representación simbólica. Siguiendo los cuatro ejes temáticos del congreso, se han ordenado las contribuciones en secciones específicas. Hemos agregado un quinto apartado centrado en la didáctica, el cual ilustra usos prácticos del archivo en la eduación política y la enseñanza superior. Este último eje destaca la manera en que los contenidos archivados son transmitidos a las generaciones futuras.
Las aportaciones del primer capítulo, “La productividad teórica del archivo”, explican la historia del archivo y los enfoques teóricos que se han desarrollado a partir de él de cara a los debates recientes. También ofrecen una visión del espectro de metodologías y técnicas disponibles para el análisis de los archivos culturales en el contexto de la memoria colectiva. Desde el punto de vista temático, se aborda desde el papel transformador de paradigmas de debates públicos cruciales como el Affaire Audin hasta la conexión entre psicoanálisis, archivos y cine con el nexo del trauma individual y social, de igual modo se pasa por los archivos de los medios de comunicación y su contribución a favor o en contra de una justicia transicional y se atiende la forma en que la literatura transforma los vacíos del archivo del museo británico en material vivo para la apertura de un futurismo indígena discursivo a partir de ellos.
En la segunda sección, “Voces, violencia y estéticas del archivo en la producción literaria”, se concentran reflexiones sobre las interrelaciones entre memoria, estética y archivo. Esta sección analiza textos literarios, ya sean de naturaleza ficticia, canónica, ensayística o autoficcional. Las contribuciones de esta parte demuestran enfoques tanto antropológicos como poéticos hacia el lenguaje, destacando su potencial sensual y sensitivo para los reflejos de la Historia con mayúscula en el imaginario de las comunicaciones privadas y cotidianas. Al plasmar experiencias en forma creativa, estas obras des-archivan y re-archivan crisis sociales y políticas, desafiando la dificultad inherente de su representación, particularmente a través de un giro hacia lo documental dentro del lenguaje mismo.
Las contribuciones del tercer capítulo, “Imágenes, materialidades y violencia del archivo en la producción de arte mediático”, profundizan esta orientación utilizando la inherente materialidad y la supuesta estabilidad de la imagen visual. Esta sección tiene como objetivo entender como se funcionaliza y se estetiza la aparición del archivo como metarreflexión sobre la producción archivística en sí. De este modo, se evidencian no solo accesos diferentes a sus huellas técnicas y mediáticas, sino también los potenciales beneficios terapeúticos presentes tanto en las reinterpretaciones fílmicas como en las técnicas de bordado, tanto desde la perspectiva de la producción como de la recepción. Sin embargo, al exponer los procesos hermenéuticos necesarios para la emergencia y la estabilización de la imagen tras la dolorosa apertura de los archivos, se revelan también las limitaciones de la semantización para el sujeto.
La cuarta sección, “Archivos, migraciones e identidades. El poder in- y excluyente de las categorías”, está dedicada a los fenómenos resultantes de las aperturas, aún parciales, de los archivos públicos, especialmente aquellos de índole política y periodística. Estas aperturas afectan directamente la subjetividad de las personas en su entorno social: en y entre los Estados nación, así como dentro y más allá de los conceptos heteronormativos de identidad. Estos procesos revelan sistemas de clasificación previos, excluyentes y marginadores. Las revelaciones conducen a una reorganización de estos sistemas, apoyados por archivos de arte que se renuevan y expanden en su compromiso con el nuevo material. En consecuencia, los nuevos accesos a los archivos y sus contenidos generan cambios significativos en las relaciones de poder, llevando a que la constitución misma del archivo se redefina con la revisión de sus materiales.
El quinto y último capítulo, “Trabajo de difusión: revelaciones, lecciones y ampliaciones del archivo”, contiene sugerencias didácticas y presenta ejemplos concretos para abordar los archivos artísticos y civiles en el trabajo educativo, ya sea con estudiantes universitarios o con jóvenes de la periferia urbana. Es esencial comprender que el objetivo no es simplemente presentar información, incluso cuando algunos datos sean elocuentes por sí mismos. El proceso de transmisión y difusión exige constantemente promover y guiar el desarrollo de actitudes hacia los contenidos de los archivos. Explicar la creación de un archivo puede ser ilustrativo y útil, pero resulta aún más esclarecedor un abordaje discursivo de los datos y documentos. Este enfoque puede generar aportes innovadores, que, en ocasiones, resultan tan creativas como el proceso original, ya que permiten una reelaboración del pasado.
Este primer congreso no solo logró fomentar el intercambio tanto entre Europa y América Latina como entre investigadorxs experimentadxs y jóvenes, sino que también estableció un espacio del diálogo sobre los usos subalternos de archivos. El reciente giro hacia el acto documental, especialmente en el campo de los archivos de derechos humanos, nos permitió abordar también experiencias límites y violaciones a los derechos humanos inaccesibles sin las prácticas archivísticas adecuadas. De hecho, los usos, las funciones y las prácticas archivísticas pueden cambiar en el contexto de la memoria colectiva. Ejemplos como el “Archivo Histórico de la Policía Nacional en Guatemala”, el proyecto “Forensic Architectures” en México, la intervención en la quebrada que recoge datos sobre la violencia contra la juventud periférica brasileña, el Banco de Datos Genéticos de Argentina y las listas de las personas en las fosas comunes de España, documentales sobre la travesía del Mediterráneo, registros de la producción artísticas de emigrantes rusxs, el “Centro Nacional de la Memoria Histórica” de Bogotá y el Informe de la Comisión de Verdad en Colombia evidencian como los archivos pueden ser herramientas esenciales en la lucha contra la impunidad y el negacionismo histórico.
En este contexto persiste el interrogante acerca de quién posee la legitimidad interpretiva y quién detenta la autoridad discursiva final. Asimismo, los usos, reusos y remedializaciones ejemplares del archivo que se abordan a continuación proporcionan una evidencia sólo provisional. No obstante, o quizás precisamente debido a ello, estos posiblemente se inscriban como elementos constitutivos de los archivos del futuro y puedan llegar a postularse como un aporte al debate sobre las características que distinguen los archivos del mundo lusófono e hispanófono.
Agradecemos a la Unión Europea por financiar este valioso proyecto y brindamos nuestro reconocimiento al comité académico: Manuel de la Fuente, Daniel Link, Pilar Mendoza y Daniel Nemrava, por su invaluable apoyo. De igual forma, extendemos nuestra gratitud a los directorxs de sede de las universidades que participaron, a sus respectivos equipos, y al formidable equipo de Frankfurt, a Jannen Stauch, Hélène Guitard y nuestro grupo comprometido de estudiantes. Una mención especial para Tania Camila Triana Cuevas, por la revisión meticulosa de los textos, y Kathrin Heyng de la editorial Narr, quien acompanó con paciente diligencia el proceso de publicación.
Gesine Brede y Roland Spiller, Frankfurt/Oxford y Frankfurt, octubre de 2023
Resumen
Si en las ciencias sociales, el trabajo en archivos constituye una de las instancias de definición de las disciplinas, en los estudios literarios su pertinencia es menos evidente. Frecuentados en el marco de la crítica genética, de la reconstrucción de condiciones históricas de producción de las obras, de las monografías autoriales y de la historia editorial, los archivos funcionan como “fuentes”, como en las ciencias sociales. En parte porque nuestra tradición se construyó sobre la oposición entre archivos-terreno-investigación y texto literario, la autonomía de la disciplina pareció reposar durante mucho tiempo en la autonomía textual. Sin embargo, a partir de los años 1980, la imposición de una nueva relación al pasado determinó un vuelco de los estudios literarios hacia los archivos en un intento de redefinición de los vínculos entre pasado y presente. Las producciones literarias establecieron entonces una relación específica a la realidad-archivos, estudiada por los especialistas contemporáneos en diferentes áreas culturales. Operando un movimiento de creación de archivos, la literatura y la disciplina literaria se han reposicionado en la topografía de las producciones artísticas y la organización de los saberes.
Abstract
If in the social sciences, archival work constitutes one of the instances of definition of disciplines, in literary studies its relevance is less evident. Frequently used in the context of genetic criticism, the reconstruction of the historical conditions of production of works, authorial monographs and publishing history, archives function as "sources", as in the social sciences. Partly because our tradition was built on the opposition between archives-land-research and literary text, the autonomy of the discipline seemed to rest for a long time on textual autonomy. However, from the 1980s onwards, the imposition of a new relationship to the past determined a shift in literary studies towards the archives in an attempt to redefine the links between past and present. Literary productions then established a specific relationship to the reality-archives, studied by contemporary specialists in different cultural areas. Operating a movement of archival creation, literature and the literary discipline have repositioned themselves in the topography of artistic productions and the organization of knowledge.
Palabras clave
Noción de archivo, historia de la palabra archivo, disciplina literaria, Maurice Audin, desaparecido
El interés renovado, y renovador, por los archivos al que asistimos desde finales del siglo XX ha dado lugar a algunas bellas, inquietantes y estimulantes expresiones que traducen la polisemia de la palabra archivos, así como su proyección y su productividad actuales. Lucien Febvre los ha llamado “Greniers à faits” [“áticos de hechos”] (1948: 24), Arlette Farge (1989)se refiere al “goût des archives” [“el gusto de los archivos”], la célebre expresión que usa Jacques Derrida es “Mal d’archives” (1995), traducido al español como “mal de archivos” y al inglés por “Archive fever” [“fiebre de archivos”]. Ann Laura Stoler (2009) se refiere al “grain of the archives” [“el grano del archivo”], Oliver Poncet al “vent d’archives” [“viento de archivos”] (2019: 713). Fuera de estas expresiones que intentan condensar diferentes significados que los archivos adquieren actualmente en las ciencias humanas y sociales, la palabra “archivo” presenta la particularidad de poder ser usada en singular o plural; la distancia que se establece entre estos dos usos está vinculada a la historia de los archivos en Occidente.
En efecto, el término “archivos” fue utilizado en el nacimiento del concepto y de la institucionalización de documentos producidos por diferentes cuerpos profesionales; en Francia, éstos nacen con la Revolución, tienen una dimensión probatoria, y cuando se centralizan, se establece que sean libres de acceso, porque estaban destinados a servir a la elaboración de la memoria nacional. Más tarde el término es empleado para designar exclusivamente los actos oficiales y autentificados, es decir los archivos públicos. Recién durante el transcurso del siglo XIX se comienza a hablar de archivos privados, familiares o individuales. Por eso, progresivamente, el término “archivos” comienza a designar el conjunto de la documentación escrita: el plural indica la documentación de una actividad, principalmente escrita, depositada o no en instituciones (Anheim/Poncet 2004). Podemos agregar que la práctica archivística en Francia, como en otros países, distingue entre “Archivos”, con mayúscula, para designar a las instituciones o sus edificios, y “archivos”, con minúscula, cuando se trata de documentos.
En cuanto al singular “archivo”, en la actualidad ha adquirido un sentido metafórico, estetizante o filosófico, y ha tenido un éxito particular desde que Michel Foucault y Jacques Derrida lo propusieran, que no corresponde al sentido que la palabra tiene para los archivistas o los historiadores. Para Michel Foucault, el término “archivo” en singular conduce a invertir el sentido habitualmente otorgado a los términos de monumento y de documento, porque el archivo no es ni las instituciones ni los textos recolectados:
J’appellerai archive, non pas la totalité des textes qui ont été conservés par une civilisation, ni l’ensemble des traces qu’on a pu sauver de son désastre, mais le jeu des règles qui déterminent dans une culture l’apparition et la disparition des énoncés, leur rémanence et leur effacement, leur existence paradoxale d’événements et de choses. (1994: 707s.)
[Llamaré archivo no a la totalidad de los textos que una civilización ha conservado, ni al conjunto de las huellas que han podido salvarse de su desastre, sino al juego de las reglas que determinan en una cultura la aparición y desaparición de los enunciados, su persistencia y su borradura, su existencia paradójica de acontecimientos y cosas. (2013: 238)]
El texto de Derrida Mal d’archive. Une impression freudienne fue primero una conferencia, pronunciada en 19941, que una vez publicada impuso una noción o un casi concepto (o “no concepto”) de archivo particular, que desmaterializa los archivos y abre la posibilidad de pensar en términos de “gesto de archivo”, “archivos portátiles”, “archivos virtuales”. Contrariamente a la “trace écrite” (“rastro escrito”), que es sin límite, el archivo se constituye, según Derrida, de rastros seleccionados, organizados, cuyo acceso es controlado; Derrida señala también “la pulsión de archivo” que nos lleva a la vez a conservar y a destruir, creando así una noción de fácil apropiación, que permite desplazamientos de sentidos múltiples.
Sin embargo, la diferencia entre el plural y el singular también convoca la historia y el recorrido del concepto de archivos en las sociedades occidentales: porque la entrada en escena del singular traduce el recorrido realizado por los archivos en las ciencias humanas y sociales, particularmente en la disciplina histórica, de lo que se ha definido como una “ilusoria transparencia”, que implica una “negación de la operación historiográfica y una naturalización de los datos históricos”, a lo que la escuela de los Anales llamó la “historia-problema” (Anheim 2019: 507s.). Se trata de un proceso continuo, que va de la producción de documentos escritos a su transformación en archivos, y luego en “fuentes” para la investigación histórica. El giro de los años 1970 implicó el cuestionamiento de la evidencia de los archivos en y desde la disciplina histórica, con los aportes de Michel Foucault, Michel de Certeau (1975) y Hayden White (1973), y las reflexiones sobre los protocolos de investigación y el terreno en antropología y sociología que suscitaron nuevos enfoques. A éstas vinieron a agregarse la lectura intensiva propuesta por la microstoria italiana (Ginzburg 1976) y la singularización poética de Arlette Farge (Anheim 2019). El movimiento se amplifica a partir de la última década del siglo XX cuando las ciencias sociales renuevan con el saber elaborado por los archivistas desde hace casi dos siglos, hasta entonces generalmente ignorado (por los historiadores). Se asiste entonces al movimiento llamado “giro archivístico” (Nash 2008), vinculado al giro material y al documental (una serie de etiquetas legítimamente criticadas). El movimiento llevó a una transformación del lugar que tienen los archivos en la investigación – y en el arte: los archivos se vuelven objeto de investigación, y se trabaja desde entonces los documentos, las series, pero también las instituciones que los conservan, las operaciones que presiden su clasificación, su conservación y su transmisión, así como aquellas que organizan su lectura, y el hecho de que sean tenidos en cuenta o de que sean olvidados por los historiadores y por otros utilizadores. Hoy, el estudio crítico de estas diferentes dimensiones de los archivos se ha vuelto un trabajo previo necesario a su explotación.
Como lo muestra este rápido recorrido, la elección entre singular y plural traduce, por lo tanto, una polisemia que ha sido notablemente productiva para las circulaciones intelectuales: la noción de archivo(s) sería el nombre genérico de una relación al pasado intrínseca e indisociablemente política, histórica y memorial. Un último aspecto de la historia de la noción que conviene recordar es que desde los años 1970, cuando los estudios culturales, subalternos y de género señalan que los archivos dan la palabra de modo desigual a los diferentes actores y actrices de la historia social, se comienza a leer los archivos a contra pelo. Se llega a la conclusión que ya no se trata de trabajar desde Europa o Estados Unidos con marcos teóricos occidentales sobre archivos no europeos, sino de tomar consciencia de los desplazamientos radicales producidos por las elaboraciones provenientes de otras zonas, como Latino América, aunque en la práctica, esto sea más una expresión de deseo que otra cosa (como lo muestra el número de los Anales del 2019, donde si está presente África del Sur, no lo está América Latina).
La situación de la literatura y de los estudios literarios respecto de los archivos demanda que discriminemos entre ‘objeto literatura’ y ‘objeto literario’, es decir entre una práctica artística y una especializada: de un lado el ‘objeto literatura’, los textos mismos, en tanto artefactos artísticos, que dan lugar a una recepción estética, y también a formas de saber, y del otro lado el ‘objeto literario’, las producciones disciplinarias acerca de ellos. Este último en términos más precisos: lo que los estudios literarios designan como su objeto, que constituye esencialmente una forma de saber sobre otro objeto, otro cuerpo (Louis 2022; Ludmer 1991). No confundir su estatuto no significa que no se reconozcan los vínculos que los unen, que los implican mutuamente, imbricando sus problemáticas. Precisemos que se trata, sin embargo, de dos inscripciones creativas diferenciadas de los archivos: en la creatividad literaria la presencia de los archivos implica un nuevo postulado entre historia y literatura; en la creatividad crítica implica un nuevo posicionamiento teórico respecto del objeto de la disciplina literaria.
Acerca de la presencia de los archivos en los textos literarios, si, como lo hemos recordado, desde los años 1980 la imposición de un nuevo modo de relación a la Historia, determinó un trabajo de la literatura sobre el pasado y el presente bajo la forma de archivo, en particular en países occidentales confrontados a situaciones extremas y a la violencia de estado. Desde entonces en el marco de lo que François Hartog definió como un nuevo régimen de historicidad, “el presentismo”, la literatura ha establecido una relación al “real-archivo” específica, estudiada por los especialistas contemporáneos en diferentes áreas culturales (2003). Operando un movimiento de creación de archivos, la literatura y la disciplina literaria se han reposicionado en la topografía de las producciones artísticas y de la organización de saberes, lo cual ha modificado radicalmente también la posición del texto literario respecto de las ciencias humanas y sociales: el texto literario ha pasado del estatuto de “fuente”, al del “laboratorio” de las ciencias sociales, para volverse un espacio de producción de saberes. En este movimiento, a menudo lo que se lee en el texto literario coincide con los postulados de las ciencias humanas y sociales.
Respecto de la cuestión de los archivos y del texto literario, o de la inscripción y de los usos de los archivos en el texto literario, en esta etapa histórica en que cierta cantidad de textos literarios presenta la particularidad de postularse como si estuvieran basados en archivos, no alcanza el texto mismo para comprender si este postulado es veraz, una ficción o una impostura. Hay archivos detrás de ciertos textos —pensemos en autores globalizados como Patrick Modiano, Agata Tuszynska, Roberto Bolaño, Javier Cercas1–, pero en otros casos el texto produce lo que podemos llamar ‘efecto archivo’ o propone lo que aparece como una ‘ficción de archivo’; solamente el recurso a datos extratextuales nos permite establecer ante qué caso estamos, es decir lo que Schaeffer llama “el posicionamiento en la realidad” (2005: 19-36). Queda, sin embargo, la pregunta: ¿queremos discriminarlo? ¿con qué objetivo? ¿quién quiere discriminarlo?
En cuanto a la inscripción de los archivos en la disciplina literaria, se puede recordar que su pertinencia parece menos evidente que en otros campos como la historia y la sociología. Los usos más frecuentes para nosotros y nosotras especialistas en literatura son: la crítica genética, el estudio de manuscritos y estudios monográficos en general; se acude a archivos editoriales, cuando se trabaja el contexto de producción y de publicación de las obras literarias; se recurre a archivos históricos o institucionales en el marco de la recepción de las obras, y a los archivos privados de intelectuales y de escritores tanto en la crítica genética como para estudiar la historia de un texto o su proceso de creación; se recurre a ellos para pensar su inscripción en la producción del objeto literatura, es decir en los textos literarios, una tendencia dominante hoy; numerosos críticos trabajan los archivos críticos y teóricos para comprender el funcionamiento de la producción en ciencias humanas y sociales. En estos casos los archivos funcionan, generalmente, como “fuentes”, como en la disciplina histórica. Notemos también que, a pesar de estos usos hechos en ciertas subdisciplinas, para nosotros especialistas de literatura, los archivos no solían ocupar una posición central, porque nuestra tradición crítica se construyó sobre la oposición entre texto y contexto, que implica también la escisión entre texto literario autónomo y archivos/terreno/documento/investigación. La autonomía de la disciplina se basó en la autonomía textual, como si los vínculos que arraigan el texto a sus contextos impidieran su existencia en tanto objeto autónomo. Una situación que se ha ido revirtiendo, y que podemos considerar a partir de una evaluación de los problemas y desafíos que plantean los archivos a nuestra disciplina hoy.
El proceso evocado respecto de la historia de los archivos y la fascinación que éstos producen entre los investigadores en ciencias humanas y sociales llevó a nuevas problemáticas, nuevas preguntas y tendencias, y reactivó, bajo una forma renovada, modos de tratar la cuestión que ya habían estado presentes en la historia, pero no eran dominantes. Por un lado, observamos una forma de estetización o fetichización de los archivos; por otro, asistimos al resurgimiento de una concepción romántica marcada por Jules Michelet, según la cual los archivos serían el lugar desde donde se eleva la voz de los muertos (o de las víctimas olvidadas por la historia). Simultáneamente, se ha producido un regreso del positivismo clásico, para defender una versión puramente erudita de las ciencias sociales, y también constatamos un efecto de dilatación debido al uso metafórico de la noción de archivo anteriormente mencionado, vinculado a la recepción de la noción de “mal d’archives” de Derrida, de la que cada uno puede apropiarse; porque, como lo sugiere Nathalie Piégay, Derrida confunde voluntariamente la impronta psíquica y el archivo material, con el objetivo de producir nuevas concepciones de la noción de archivo, basadas en su desmaterialización (2021: 39). Por fin, asistimos al surgimiento de una nueva categoría: “los archivos de Archivos”, es decir los archivos de instituciones archivísticas.
Por lo tanto, podemos concluir que no existe un consenso en torno al “objeto archivo(s)” hoy y agregar dos elementos que juegan un papel esencial. Cada investigador/a establece una relación individual a los archivos, en la que se juega una pluralidad de inversiones, afectivas, ideológicas, así como diferentes prácticas, y que progresivamente nos hemos ido autorizando a pensar y explorar (Farge 1989). Porque los archivos integran no solamente el presente de su producción, sino todos los presentes sucesivamente pasados: no son un lugar de pasado, porque son objetos fundamentalmente políticos (Anheim 2019). A los especialistas de literatura, la doble inscripción reciente a la vez en el texto literario (ficcional o no ficcional) y en la disciplina literaria nos incita a interrogarnos sobre la incidencia epistémica en nuestro trabajo de investigación; y a analizar y teorizar las condiciones de su incorporación a nuestras producciones críticas. Puesto que los especialistas de literatura formamos hoy parte del vasto público de los archivos —¿qué hacemos con, en y de ellos?
Tres cuestiones son esenciales para pensar esta cuestión. Por un lado, las razones que llevan a las decisiones de consultar los archivos en el marco de un análisis literario; por otro, los usos que hacemos en términos concretos (los gestos en el archivo); y, finalmente, el modo de su inscripción en la investigación y en la escritura. La decisión de ‘ir a los archivos’ sin hacer de ellos un uso en tanto fuente resulta de una concepción específica del trabajo sobre literatura, que considera al texto no como una realización ontológica aislada, sino como un objeto material, cuya materialidad es precisamente constitutiva de su identidad —porque reintroduce el anclaje del texto literario en su presente y en el presente de la interpretación. Los archivos no nos llevan a los rastros del pasado en el marco del proceso de construcción del saber: nos permiten incorporar la realización material del texto a nuestras interpretaciones, considerando que la materialidad del texto no es circunstancial, sino el texto mismo.
De este modo, podemos decir que los archivos no permiten operar una contextualización, sino más bien un desborde de la lógica de la obra en aquello que solemos considerar su “contexto exterior”, concebidos como operaciones, como intervenciones productivas, y no como resultados cristalizados, los textos literarios son llevados a la historia social y política sin por tanto ser reducidos a signos de su contexto ideológico, político y social. Por ello, las estrategias editoriales cuentan tanto como la estructura formal o la temática, lo que implica que el texto literario no es considerado un objeto formal que tiene una identidad estable: la identidad de las obras es siempre relativa, primero y ante todo al contexto de publicación; el contexto de publicación y de edición constituyen dos momentos irreductibles en la construcción de la identidad de la obra y del autor; cada edición del texto establece una nueva versión de lo escrito (Louis 2014, 2018, 2022). La dimensión temporal y sincrónica de los objetos es así tratada simultáneamente. Ir a los archivos o no ir es, por lo tanto, una decisión algo aleatoria puesto que es imposible saber previamente si la confrontación al archivo será productiva y cuál será esta productividad. En otras palabras: lo esencial es aleatorio, y esto plantea una serie de dificultades en el marco de la organización moderna de la investigación, por la falta de garantía de productividad que supone.
Una vez en los archivos, el uso específico que hacemos implica considerarlos no como un lugar de reflejo de algo, o de prueba, sino como un espacio de construcción donde se genera el objeto, en una forma de intercambio que resulta de la confrontación a un material a menudo opaco, según las palabras de Arlette Farge (1989: 90). Farge recuerda también el efecto de realidad que produce el archivo, el modo en que descubrimos sentidos en él, el hecho que ignoramos para qué va a servir lo que encontramos, la necesidad de permanecer disponible a las formas que contiene y propone, la dificultad que existe para decidir entre lo esencial, lo necesario, lo inútil y lo superfluo. Alerta también acerca de usos de archivos destinados confortar hipótesis de trabajo establecidas previamente, así como acerca de la ausencia de distancia, que puede dar lugar a una simbiosis con el objeto elegido (1989: 86-96).
Hacemos preguntas a los archivos, pero los archivos también nos interrogan. Podemos decir que nos miran, porque la lectura y los archivos son visuales: leemos, pero también miramos, nos leen y nos miran. Lo que nos preguntan, lo que cuestionan y el modo en que nos miran los archivos es algo que a veces nos cuesta entender, o aprehender, que demanda un tiempo que puede ser relativamente largo para serlo; porque cuando nos encontramos ante los documentos y objetos de los archivos y los examinamos, su potencialidad parece dirigirse a nosotros/as y examinarnos también, solicitarnos y dirigirnos preguntas. Suele, además, resultar difícil definir la respuesta que nos dan los archivos. Parafraseando a Borges en “El fin” podemos decir que hay momentos en que los archivos están a punto de decirnos algo, y que no lo dicen, o que lo dicen, pero no lo entendemos, al menos no inmediatamente (Ficciones 1956). No podemos aprehenderlo sino incorporando a nuestra práctica su historia y la de su génesis, porque las condiciones específicas de su construcción no son un dato que precede la investigación, son constitutivas de ésta: se inscriben en nuestras investigaciones, y esta inscripción debería ser visible. Un uso de archivos en el cual el objeto de la investigación será definido —generado— en contacto con la materialidad de los manuscritos y otros documentos: es ahí donde se constituyen las hipótesis, en los gestos que hacemos. Es, en efecto, importante el modo en que trabajamos en ellos: si miramos, si solamente leemos, si copiamos y si lo hacemos a mano o en una computadora, si intercambiamos con los archivistas, o si nos consideramos en otro terreno que ellos.
Todo trabajo de investigación en contacto con archivos debe preguntarse: ¿en qué medida y bajo qué formas se inscriben los archivos en el relato de la investigadora/del investigador? Frecuentemente, en la investigación literaria, los archivos no están presentes sino en nota al pie de página, forman parte de las pruebas, o son citados como tales, y en las fuentes bibliográficas. Poner en evidencia la incidencia epistémica del trabajo en archivos implica que integren nuestras escrituras especializadas y, por lo tanto, hay que encontrar estrategias de escritura nuevas, que no responden necesariamente a las convenciones disciplinarias, acudiendo a un ejercicio de “imaginación científica”, porque las características de la escritura crítica creativa están determinadas en parte por el objeto mismo, así como por el tipo de archivos en que trabajamos, y se juega en varios niveles: el de la estrategia de escritura general, el de la conceptualización, en la operación de descripción y de síntesis que impone modos de cruce de los datos para producir sentidos (Louis 2022).
Esta afirmación acerca de las estrategias narrativas es también válida respecto de la metodología. Decir que no consideramos que los archivos son un material natural puramente textual significa que su integración contribuye a establecer un método de trabajo, y que éste no puede corresponder a la aplicación de fórmulas aprendidas. Marc Bloch los describe como el “spectacle de la recherche” [“espectáculo de la investigación”] (1997: 82), Etienne Anheim de “exposer les archives” [“exponer los archivos”] (2007: 27), lo que podemos describir también como una integración de la fabricación de una investigación, de sus presupuestos y de sus recursos – y, por supuesto, de sus límites y de sus restricciones, de sus torpezas, y de sus imposibilidades, de los momentos de “dilapidación del saber”, de “recuperación del saber”, de (insoportable) aburrimiento y de entusiasmo incomparable (Louis 2016).
Sin embargo, en ningún caso esta incorporación de los archivos al relato crítico debe constituir una excusa para desplazar el centro del objeto hacia el investigador. Aunque es evidente que los problemas de la formalización del sujeto que escribe (¿yo? ¿nosotros? ¿una forma impersonal?) deben ser objeto de una reflexión, así como es necesario plantearse: ¿quién soy yo, en tanto investigadora, en los archivos? Y también: ¿quién soy yo en estos archivos en particular? Teniendo en cuenta que toda identidad es a la vez personal y social, y que la respuesta a estas preguntas está determinada en parte por la escritura que va a resultar del modo en que tratamos los archivos, y de lo que hacemos con ellos. Porque la legitimidad de esta incorporación del investigador al relato de la investigación no puede venir sino en el trabajo expuesto, y no en el estatuto social, académico o personal del sujeto-investigador/ora (como es el caso de Laetitia de Ivan Jablonka, 20161).
Como he tenido la ocasión de afirmarlo en un trabajo anterior, el método que considera que el objeto debe, o puede, surgir de los archivos tiene consecuencias respecto de los imperativos de organización moderna de la investigación: implica una temporalidad relativamente larga de la investigación que, sometidos a los imperativos actuales de la investigación académica, es un lujo que no siempre nos podemos permitir (Louis 2016, 2022). Y también impone cierto grado de incertidumbre, implica riesgos, porque podemos permanecer largo tiempo empantanados, el trabajo se acumula sin tomar forma, sin saber si nos llevará a alguna parte; una situación que habitualmente consideramos característica de nuestros años de formación, pero que en verdad se reencuentra en cada proyecto que llevamos adelante2.
Aunque la cuestión de saber si se puede construir una teoría del archivo a partir un caso particular no podrá tal vez ser resuelta (Anheim 2004: 177), no cabe duda que nosotros y nosotras, historiadores, y literatos, lo hacemos a partir de nuestras experiencias que son simultáneamente vastas y limitadas. Para proponer un ejemplo de construcción de un objeto en un archivo, quisiera volver aquí sobre un caso, que a primera vista puede parecer alejado de nuestras preocupaciones, pero no lo está realmente: la llamada “Affaire Audin” ocurrida en Argelia en 1957.
Comencemos por recordar los acontecimientos. El 11 de junio de 1957, Maurice Audin, matemático, asistente en la facultad de ciencias de Alger, miembro del partido comunista, es arrestado por los paracaidistas del 1er R.C.P (Régimen de Chasseurs Parachutistes); el 21 de junio 1957 es puesta en escena su evasión; Henri Alleg, el autor de La Question (1958), fue uno de los últimos que lo vio con vida durante su detención, y afirmó que había sido torturado. Hasta el final de la guerra de Argelia, y después, ante la justicia, los autores de este secuestro afirmarán (el general Massu a la cabeza) que Audin se evadió. En noviembre de 1957, un Comité Audin se constituye en Paris y decide hacer una investigación; entre sus miembros se encuentran Josette Audin, la esposa de Maurice, Louis Gernet, Jean-Pierre Vernant; un segundo comité es creado en enero de 1958 en Caen por Pierre Vidal-Naquet que incluye a Jacques y Mona Ozouf, Jean-Claude y Michelle Perrot, entonces profesora en la secundaria. El 3 de diciembre de 1957 Maurice Audin defiende su tesis in absentia; en 1962, el caso es sobreseído, y la investigación juridicial es transferida a Rennes, donde también fue juzgado el “affaire Dreyfus”. En 1966, es rechazado el recurso contra el sobreseimiento. Entre 1963-1966, la muerte de Maurice Audin es oficializada; en 1978, el consejo de estado rechaza la indemnización pedida por Josette Audin. La posición del estado francés ante el caso comienza a modificarse cuando el 13 de julio de 1983 Josette Audin recibe la Legión de Honor, y el mismo año una indemnización por decisión ministerial. Sin embargo, una Denuncia por crimen contra la Humanidad es rechazada por la Corte de Casación en el 2003. En el 2013, se pronuncia una derogación general para los archivos de Argelia; el 13 de septiembre del 2018, una declaración presidencial de Emmanuel Macron reconoce la responsabilidad del estado en la desaparición de Maurice Audin (probablemente gracias a la intervención de Cédric Villani, por entonces diputado, de profesión matemático), que se extiende a todos los “desaparecidos” de la guerra de Argelia, y se pronuncia una derogación general respecto de los archivos (2018). Entre los intelectuales que militan para obtener primero información y luego justicia se encuentra Pierre Vidal-Naquet, quien publica L’Affaire Audin en 1958; se trató de su primera investigación histórica, sobre la que volvió en 1989, para publicar una nueva versión sobre lo ocurrido, y proveer información acerca de los acontecimientos que tuvieron lugar después de la publicación de la primera versión, en especial en términos jurídicos.
En cuanto a los archivos del caso, precisemos que en Francia los archivos están regidos por plazos legales para la consultación, por una ley de 2008: en función de la naturaleza y el contenido de los archivos en cuestión, estos plazos son de 25, 50, 75, 100 años, y a veces pueden ser de 120 años. Existen, sin embargo, dos tipos de excepciones que permiten la consultación de los archivos: la derogación individual y la derogación general. La derogación individual permite el levantamiento de los plazos legales de comunicación de los archivos, cuando éstos aún no han expirado, normalmente solicitados por particulares, y son generalmente concedidas. La derogación general es válida para todos, es establecida por una orden ministerial que enumera las referencias de los documentos liberados de su plazo legal, haciendo que estas fuentes sean accesibles a todo el mundo; sin embargo, no afecta a todas las clasificaciones que se refieren a un tema, sino sólo a las que aún no son comunicables, y sólo puede concernir a los archivos públicos.
El “Affaire Audin” benefició, como viéramos, de dos derogaciones generales: la de 2013, presidencial, de François Hollande, que comprende los documentos conservados en el SHD (Service Historique de la Défense), comunicados a Josette Audin, que pasaron a estar disponibles para su consulta por parte de todos. Se pronunció también una derogación general el 24 de diciembre de 2015, también bajo el mandato de François Hollande, relativa a los archivos de la Segunda Guerra Mundial, pero que no incluía los archivos privados, ni las fuentes de otro tipo (orales, visuales o audiovisuales). En cuanto a la segunda derogación general que afecta el “Affaire Audin” es la ya mencionada del 2018, del presidente Emmanuel Macron. Una observación evidente que se puede hacer es que resulta notable el papel de la voluntad presidencial en este deseo de comunicación de los archivos relativos a periodos de la historia que resultan aún política y socialmente sensibles.
A pesar de estas derogaciones, el caso de los archivos relativos al “Affaire Audin” es particularmente complejo, porque existen varios tipos de archivos: los Archivos Nacionales (sitio de Pierrefitte-sur-Seine), los Archivos nacionales de Outre-mer, los Archivos departamentales d’Ille-et-Vilaine, el Servicio histórico de la Defensa (sitio de Vincennes) y el depósito central de archivos de la justicia militar (sitio du Blanc)1. Entre todos los documentos conservados en los archivos enumerados, hay archivos auténticos, en el sentido en que se trata de documentos que dan cuenta de acontecimientos realmente acontecidos, pero también hay archivos falsificados, aunque es necesario distinguir entre aquellos que son falsificaciones y aquellos que no tienen referencialidad, producidos por los organismos encargados de producir documentos auténticos pero que saben fehacientemente que lo que registran no son hechos acontecidos. Por ejemplo, en relación con la supuesta evasión de Maurice Audin, existen documentos “auténticos” en el sentido que fueron producidos por las instancias oficiales del cuerpo de paracaidistas; sin embargo, la evasión no tuvo lugar, así que podemos hablar de falsificación en el caso de los documentos que atestan que esta tuvo lugar. Existen, además, archivos oficiales que fueron privatizados, y luego transformados en archivos públicos, como veremos, que fueron a veces alterados por quienes los detuvieron. A estos, se suma el “Dossier de presse” del caso, de particular importancia para comprender el desarrollo de los acontecimientos2.
En los Archivos nacionales (sitio Pierrefitte-sur-Seine) encontramos un conjunto de documentos que muestra la complejidad de la situación cuando se trata de archivos relacionados con la violencia de estado, los archivos de Yves Godard (1911-1975). Coronel durante la batalla de Argel, antiguo oficial paracaidista, Godard comandó el sector militar conocido como el ‘sector Argel-Sahel’, y bajo su responsabilidad fue detenido Audin. Promovido director de la Seguridad Nacional en Argelia en 1960, durante la ‘semana de las barricadas’, del 24 de enero al 1ero de febrero, cuando los franceses de Argel ocupan parte del centro de la ciudad con la ayuda de cómplices dentro del ejército, Godard se llevó una serie de documentos oficiales y de papeles personales a su casa del este de Francia, que más tarde se encargó de clasificar cronológicamente y de comentar. Godard regresó a Argelia para participar en el intento de golpe de Estado de abril de 1961, y luego se unió a la Organización Armada Secreta (OAS), grupo terrorista pro-argelia francesa. Por ello, fue procesado y se perquisicionó su domicilio en Francia; sus documentos fueron entonces incautados y precintados en su domicilio el 4 de julio de 1961, y por eso se conservan en Pierrefitte-sur-Seine, en la colección de la Corte de Seguridad del Estado, bajo tres códigos que corresponden a tres conjuntos de documentos: la carpeta, los artículos de prensa y las copias de documentos (cote 5 W/VRAC/25 B, scellé n° 5). Godard fue condenado a muerte en ausencia en dos ocasiones, y murió en 1975 en Bélgica, donde se había refugiado y donde decidió permanecer a pesar de las amnistías (Thénault 2019).
Los papeles Godard —hoy llamados “archivos Godard”— constituyen, por tanto, un caso de archivos públicos privatizados y vueltos a hacer públicos; de hecho, fueron redescubiertos en los Archivos Nacionales gracias a la solicitud de investigación de Josette Audin de 2013, durante el quinquenio de François Hollande; le fueron entregados en mano propia gracias a la mencionada derogación individual, y fue para dar cobertura legal a este hecho, que se terminó acordando una derogación general. Recordemos que la existencia de este archivo era mencionada por Vidal-Naquet en la reedición de 1979 de L’affaire Audin (página 163)3. Podemos concluir que la dispersión de fondos es característica de las condiciones mismas de las desapariciones debidas a la represión de la lucha por la independencia de Argelia; pero también lo es de toda situación en que el estado pone en marcha un dispositivo ilegal de represión, porque esta represión no resulta de la actividad de un único grupo o de un servicio, sino de los esfuerzos combinados de varias, una lógica que comprende numerosos actores y redes, por lo que ningún fondo de archivo documenta la totalidad de las acciones (ni de las desapariciones), ni permite encontrar fácilmente el rastro de un desaparecido.
Pero el “Affaire Audin” nos interesa también en tanto especialistas de América Latina por otras razones. El examen simultáneo de los archivos, del “Dossier de presse” y de las versiones del libro de Vidal-Naquet pone en evidencia la construcción de la categoría de “desaparecido”, que, practicada primero como una forma específica de violencia de estado, se volvió una categoría jurídica. Me limito aquí a seguir la cronología del término en la prensa, donde lo primero que se señala es la falta de información acerca del paradero de Maurice Audin, que aparece en un primer momento como un accidente, un error, a pesar de la consciencia que tenían ciertos militantes de la existencia de numerosas personas secuestradas cuyo destino era desconocido, que se van a seguir multiplicando, pero cuyas víctimas eran generalmente argelinos. Maurice Audin, en cambio, era francés, era un intelectual, y tenía una familia con recursos para dar visibilidad al caso, de lo que Josette Audin siempre fue consciente, y que siempre denunció, sin dejar de luchar por conocer el destino de su esposo, mientras otras familias quedaron sin recursos ante la violencia de estado4. Los primeros artículos hablan de una “disparition inquiétante” [“desaparición inquietante”], pero no en el título, orientado hacia la pregunta acerca del paradero de Audin: “Qu’est devenu M. Audin?” [“¿Qué ha sido de M. Audin?”] (Humanité, 4/7/1957); “Toujours sans nouvelles de Maurice Audin et d’Henri Alleg” [“Se sigue sin noticias de Maurice Audin y Henri Alleg”] (Humanité, 6/7/1957). Luego se usa el participio pasado “disparu” [“desaparecido”], para indicar que se ignora dónde se encuentra, por ejemplo en el artículo: “Qu’est devenu Maurice Audin assistant à la Faculté des sciences d’Alger disparu depuis le 21 juin?” [“Qué ha sido de Maurice Audin, asistente en la Facultad de Ciencias de Argelia?”] (Humanité, 13/8/1957), y en “Il faut savoir dans quelles conditions a disparu Maurice Audin” [“Hay que saber en qué condiciones desaparición Maurice Audin”] (Libération 22/08/1957, firmado por Marcel Fourrier). Encontramos a continuación títulos como “Correspondance: Qu’est devenu Maurice Audin?” [“Correspondencia: ¿Qué ha sido de Maurice Audin?”] (Le Monde 15/16/1957), que muestran que aún no existe la categoría socio-jurídica del desaparecido. El sustantivo “Disparition” [“desaparición”] es usado para describir la situación, por ejemplo en: “La disparition de Maurice Audin” (Humanité 28/08/57, Le Monde, 22/08/1957).
A partir de ese momento, es decir 17 días después de que los paracaidistas se llevaran a Audin de su casa, se impone la idea de “desaparición” y se pueden reconstruir a la vez las circunstancias, las implicaciones del ejército y del gobierno, y los efectos sobre la familia y amigos y el público. Por lo tanto, las palabras “desaparecido” y “desaparición” aparecen en la prensa y en las declaraciones en un primer momento para describir una situación y significar que se ignora el paradero de Audin; los esfuerzos hechos en Argelia y en Francia por el comité Audin y por una serie de periodistas e intelectuales, a los que pronto se sumarán abogados, ponen en evidencia los efectos devastadores que provoca el hecho de ignorar el destino de una persona arrestada o secuestrada, y, más tarde, de ignorar donde se encuentran sus restos. La figura del “desaparecido” se va construyendo así como estrategia represiva deliberada, en parte porque la lucha por obtener primero información y luego justicia en el espacio público pone en evidencia la eficacia de este recurso. La conformación de esta estrategia se observa en el paso del participio pasado y adjetivo al sustantivo que llevará a gestar una categoría del derecho internacional: la desaparición forzada.
Si el caso Audin permite aprehender esta construcción del significado de la palabra desaparecido, permite también a observar cómo progresivamente se toma de consciencia del arma que significa, lo que llevará a su transformación en estrategia sistemática deliberada. Una estrategia que será exportada a América Latina y particularmente a Argentina en el marco de una cooperación militar entre Francia y Argentina que comienza con el acuerdo firmado en 1959 para la creación de una “misión permanente militar francesa” de asesores, activa entre 1960 y 1963 en Buenos Aires, y luego nuevamente entre 1973 y 1976 (Robin 2005). En este marco, se crean también las nociones de “guerra revolucionaria” y de “guerra subversiva” y se establecen y sistematizan los medios para combatirla: escuadrones de la muerte (parapoliciales), interrogatorios y tortura sistemática, la idea que el enemigo está en todas partes. Si se puede subrayar el papel específico que la tortura juega en este sistema, es necesario recordar también que, en Argentina, la tortura era una práctica habitual de los comisariados desde el golpe de estado de 1930, que se intensificó en los años 1960, tal como lo señala Rodolfo Walsh en una serie de artículos periodísticos escritos entre 1968 y 1969 (1995: 302-324).
Para cerrar este recorrido y retornar a la reflexión acerca de los usos de los archivos en la disciplina literaria, podemos afirmar que en este caso dos cuestiones resultan particularmente interesantes. Por un lado, el hecho que se trata de una investigación cuyo eje articulador era la reflexión sobre quién asume el papel de escribir la justicia; un trabajo de corte comparatista, entre Operación masacre de Rodolfo Walsh y el “Affaire Audin” en los textos de Vidal-Naquet, que son textos prácticamente contemporáneos (1957 y 1958 respectivamente). El interés por el modo de realizar y escribir una investigación según cuerpos profesionales diferentes (escritor/periodista en el caso de Walsh, historiador en el de Vidal-Naquet) llevó a los archivos, y éstos a observar la constitución en el espacio público de la figura jurídica del desaparecido, mediante el análisis textual y gramatical; por lo tanto, ir a los archivos permitió construir otro objeto que el buscado en el comienzo.
Por otra parte, el caso permite reflexionar acerca de la diferencia entre archivos y “Dossier de presse”. Este último puede figurar en los archivos o ser accesible en otra parte (en este caso en la Biblioteca Nacional de Francia), pero establece un diálogo con los archivos que lleva a percibir fenómenos que no necesariamente se inscriben en los archivos, pero que se vuelven visibles en la consultación de ambos. Se podría pensar que los archivos militares completos deberían permitir reconstruir el modo en que los grupos represivos comprenden progresivamente las ventajas que puede tener la salida al espacio público de lo que hasta entonces no circulaba sino bajo forma de rumores y comentarios, el secuestro y posterior asesinato de oponentes. Semejantes archivos, si existieran, no nos proporcionarían, sin embargo, los datos para pensar el espacio público, como lo hacen los archivos de prensa. Sin olvidar que, como lo muestra el “Affaire Audin”, los documentos oficiales militares pueden no contener datos referenciales, sino, como lo sostiene Vidal-Naquet, producir una “puesta en escena”, una “comedia”, representada en ausencia del actor principal, Maurice Audin (1958: 88-89).
Una conclusión evidente del recorrido presentado es que asistimos actualmente a un enfrentamiento de concepciones alternativas de los archivos – y que no se trata de hacer triunfar una concepción, que se considera justa, ante otras disciplinas. Hoy la productividad se encuentra en la consideración de esta diversidad y en la polisemia del concepto.
Otra conclusión, que quisiera rescatar en el marco del proyecto Trans.Arch, es la siguiente: si el singular “archivo” y la concepción que lo acompaña parecen haber tenido un impacto específico en países donde se ejerció la violencia de estado que entaman un proceso de justicia transicional, como es el caso de Argentina, Colombia, Nicaragua, Sudáfrica y la Rusia postrevolucionaria, es porque autorizan un procedimiento específico, el de poner en marcha la constitución de archivos del período con el que se desea romper: la materialidad de los archivos no existe aún como tal, por lo que el concepto permite el trabajo de su constitución. Un dato a tener en cuenta es que, en estos casos, lo que se desea documentar, en parte con el objetivo de hacer justicia a las víctimas, son situaciones históricas marcadas por una serie de circunstancias contradictorias: por un lado, la existencia de un aparato de control de estado que generalmente parece documentar minuciosamente; por otro, la producción, por este mismo aparato, de falsos documentos, o de un lenguaje codificado para referirse a sus acciones1. Por eso podemos describirlos como aparatos estatales que generan caos2
