Ardiente sol de la infancia - Guillem López - E-Book

Ardiente sol de la infancia E-Book

Guillem López

0,0

Beschreibung

Gales huye con su hija al único lugar en que no podrán encontrarla. Solo quiere ganar tiempo para ella, que siga adelante entre las ruinas de un mundo roto y la semilla de algo que está por venir, algo indefinible y terrorífico. Ese viaje, que en realidad es un retorno, la llevará a enfrentarse con su madre después de décadas sin hablarse, a viejas amistades perdidas, y a un pueblo que la odia y teme a partes iguales. Perseguida por asesinas profesionales, sectarios, matones armados y una agencia secreta encargada de la protección del planeta frente a poderosos entes alienígenas, solo aspira a que todo acabe. Porque todo final es un principio y en su vida no cabe más que redención, muerte, y el ardiente sol de la infancia que abrasa el camino.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 739

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



ARDIENTE SOLDE LA INFANCIA

GUILLEM LÓPEZ

ALIANZA EDITORIAL

Sí, aquest llibre és per a tu.

PRIMERA PARTE

AL SUR

We run, we run, oh down south.

Never look into those eyes of Satans wealth.

We run, we run, oh down south.

«Deep When The River’s High»THE DEAD SOUTH

EN LA CARRETERA

La noche las alcanzó. Era inevitable. Sin luna, ni estrellas. El motor del coche rugía como bestia que reniega de un mal amo. Por fin libres. Había euforia y también miedo en su huida. La carretera era un finísimo cable de asfalto acechado por sombras. A su paso, todo desaparecía demasiado rápido, aunque el camino estaba claro: directas al sur. Un viaje que era en realidad un regreso, en el espacio y el tiempo. Gales no lo dijo en ningún momento, pero estaba segura de ello, convencida y determinada a seguir adelante, en cualquier dirección pero adelante. No existía otra posibilidad. Y Gales lo sabía, conocía la verdad. La llevaba a cuestas como quien carga con su propio ataúd y a la que señalan y, a voces, acusan de loca. Sí, la llamaron muchas cosas: puta, terrorista, bruja... todas ciertas. Pero loca no, de eso nada. Porque Gales sabía. Gales conocía la verdad. Y la verdad era aterradora.

Gales. Bonito nombre. Todo el mundo lo decía. Después preguntaban que quién se lo puso, que por qué, y ella ponía mala cara y desaparecía cualquier cosa que pudiese ser bonita en ella. Aguantaba el volante con una mano y en la otra un cigarrillo. La vista al frente, a la nada. El cuerpo hundido en sí mismo. Encontró en el espejo sus ojos verdes, felinos, también cansados, allá al fondo. Vio esa pequeña porción de ella misma y no se reconoció, como si hubiesen cruzado una frontera, al otro lado de un reflejo que resulta inquietante, idéntico y diferente. Por un momento dudó y sintió pánico y brincó en el asiento como si acabase de despertar. ¿Y si no habían escapado? ¿Y si estaban en el mismo sitio, solo un poco más lejos? Lejos no era suficiente. Quizá había despertado en un sueño. Un sueño propio. Pero atravesaban un paisaje inventado y eso la liberó y respiró aliviada, aunque también la convirtió en prisionera. Otra vez. Un estremecimiento la sacudió. Era un presagio funesto. Cambió el cigarrillo de mano, sacó del bolsillo un par de cápsulas y se las echó al gaznate. Tragó con dificultad.

—No pienses en eso —masculló.

Al acomodarse, una brizna de ceniza se desprendió del cigarrillo y cayó entre las piernas. Apuró una última calada que casi quemó los dedos y lo apagó en una lata que ejercía de cenicero improvisado. Las colillas se desbordaron.

Un gemido llamó su atención. Oculta bajo la chaqueta estaba Lina. No era más que un bulto en el asiento. Asomaba la cabeza ladeada contra la ventanilla y las piernas tan largas, interminables. Solo tenía cuatro años, aunque ya aparentaba ocho o incluso diez. Gales también aparentaba otra cosa. No podía evitarlo. Eso dependía del observador y no de sus deseos. Los deseos nunca se le dieron bien. Sabía lo que pensaban los otros al verla. Estiró un brazo y la arropó, pero al sentir el contacto la niña dio un brinco.

—¡Que vienen! —exclamó al tiempo que miraba a todas partes y a ninguna—. ¡Ya vienen!

Gales interceptó su mano y la apretó con fuerza.

—Tranquila —dijo—. Soy yo, cariño.

Todavía con la respiración agitada, la niña regresó al cobijo de la chaqueta. Miró afuera. Escrutando el siniestro paisaje.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

Gales dudó un largo instante.

—No lo sé —respondió—. Cerca. Cuando veas el mar, habremos llegado.

Lina asintió y murmuró algo que no entendió del todo. La acarició con el dorso de los dedos y al descubrir su propia piel reseca y áspera, tintada de nicotina, tatuajes y mala vida, la devolvió al volante. También sus propios ojos la juzgaban al verse. Traidores. Chivatos.

—¿Por qué no descansas un poco más? —sugirió—. Duerme. Yo te despertaré cuando lleguemos.

Sí, dormir. Tan fácil como eso. Lina la miró un instante. Como si hubiese dicho una sandez sin gracia. Dormir. Gales sonrió con amargura y la dejó tranquila. La niña calló. Gales vio sus ojos, oscuros como la noche. Eran ojos de anciana. Había algo mágico en ellos, profundo, inexplicable. A veces sentía vértigo cuando Lina la ponía en el vértice de esos pozos insondables y enormes.

Las palabras se desvanecieron al abandonar los labios resecos. Asomó la lengua y encendió de nuevo el aire acondicionado. Nada. Apenas una corriente tibia. Era un coche viejo. En el espejo retrovisor se balanceaba un icono ortodoxo de la Virgen de Tijvin. Al mirarlo, Gales recordaba a Pasha. ¿Qué habría sido de él? Quizá había muerto, como todos los otros. La última vez que lo vio dormía. Lina y ella salieron a hurtadillas. Gales cogió las llaves y rebuscó en su cartera. Respondió a la mirada de Lina sin una explicación. Tan solo se encogió de hombros con resignación. A veces hay que hacer cosas que no están bien, dijo sin decir, de forma que en realidad se reafirmaba, hablando a su propia culpa. Pero eso no satisfizo a la niña, ni a su remordimiento, y cuando ya estaban en la autopista insistió: es un préstamo. Se lo devolveremos. Mentira cochina. Qué vergüenza. Ambas lo sabían. Nunca se le dieron bien las despedidas. Pasha lo entendería. Aunque, a aquellas alturas, Pasha habría muerto. Otro nombre más en su lista.

Esas palabras reverberaban en su cabeza. Al recordar, apretó el volante. Ahogó un gemido y sacudió los dedos. Tenía los nudillos descarnados y palpitantes, alguno hinchado como un ciruelo. Tal vez un hueso roto. El dolor era combustible para la memoria. Dolía el cuerpo y también el alma. Quizá es el único propósito del dolor, recordarnos aquello que hicimos mal: tocar el fuego, confiar en un extraño, traicionar a tus amigos. La vida es corta, pero ancha, lo suficiente como para inundarla de equivocaciones y errores. No, no iban a volver nunca. El suyo era un viaje de ida.

—Ya sale el sol —anunció Lina con la voz quebrada.

Gales no dijo nada, el horizonte clareaba por el este, aunque todavía era pronto para un nuevo día. En lugar de relajarse se puso en guardia. Tras ellas, las sombras enormes de las montañas, como monstruos antiguos que les seguían el rastro. Monstruos peores que ellas mismas.

Entonces vio el rótulo tartamudo.

M TEL HA T CION S AIR AC DICION D

—Vamos a parar —dijo, al tiempo que reducía la marcha—. Descansaremos un rato.

La entrada al motel no era más que una explanada de grava. A un lado había diez o doce camiones. La mayoría con las ruedas pinchadas y los vidrios rotos, comidos por el óxido. Cementerio de elefantes. Máquinas que decidieron apagarse durante la larga noche de occidente. Un edificio de dos plantas con un ala de una sola altura en forma de ele. Persianas bajadas. Detuvo el vehículo y, cuando ya había echado un pie al suelo, dijo: espera aquí. Pero Lina no hizo caso y salió tras ella. Gales la miró y se tragó la autoridad porque la niña no quería quedarse sola. Lo dijo sin decir.

—Coge la chaqueta —ordenó Gales—. Hace frío.

Lina obedeció y regresó al coche. Gales miró alrededor. Desolación. La chaqueta de motorista de Gales le quedaba muy grande a Lina y las mangas le llegaban a las rodillas.

El interior, todo lo contrario que el frescor de la madrugada: atmósfera densa, aire pesado que hedía a amoniaco, hollín y papel viejo. A la derecha había un bar con pinta de museo de ciencias naturales. Dos hombres desayunaban en la barra. En la televisión, videos musicales pasados de moda. Una cabeza de jabalí en la pared del fondo. Sus ojos de cristal nacarado no reflejaban nada.

—¿Hola?

—Dígame.

Tras el mostrador apareció un hombre en camiseta de tirantes. Las miró con desconfianza. Bolsas color mostaza bajo los ojos. Un herpes en la comisura de la boca.

—Una habitación —dijo Gales.

—¿Ahora?

—Sí. ¿Qué pasa?

—Nada, nada —replicó el tipo con la boca pequeña—. ¿Dos?

—Sí.

—¿Solo dos?

El tipo miró a la niña y, de camino, encontró las manos de Gales sobre el mostrador; manos de delincuente, de adicta, de atención: peligro. Abrió mucho los ojos. Sin disimulo. Gales las ocultó. Tomó aire y exhaló como quien arroja lastre para mantener a flote a la paciencia.

—He conducido toda la noche —explicó—. Estoy cansada, ¿sabes?

El chico reaccionó, tragó saliva y esgrimió una sonrisa nerviosa.

—Claro —dijo.

Encendió una pequeña pantalla y tecleó.

—¿Me permite su documentación? —preguntó como cualquier cosa. Y miró a otra parte, al bar, a la televisión, al tipo que mojaba una madalena en el café con leche. De reojo, escudriñó a Gales mientras rebuscaba en los bolsillos del pantalón. Disimuló cuando dejó la documentación sobre el mostrador. La cogió y titubeó al leer.

—Gales Bataller —murmuró mientras transcribía la ficha—. Bonito nombre.

Silencio. Solo se escuchaban las pulsaciones digitales en la tableta de registro. La televisión al fondo.

—No es por nada. Pero su acento. Suena a forastera —añadió—. Si ha conducido toda la noche, vendrá de muy lejos...

Gales no dijo nada. Puso una mano en la espalda de Lina y la pellizcó con suavidad en la nuca. Entonces, el tipo levantó la vista y sonrió a la niña, pero fue un gesto siniestro y breve que naufragó en la indiferencia de ella.

—Cargaré las baterías un par de horas —dijo Gales—. También necesito llenar el depósito.

—No hay gasolina. El camión cisterna pasa los jueves —replicó el tipo—. Igual tiene más suerte en Navàs o Sallent.

Gales no dijo nada.

—¿De viaje? —continuó el tipo.

Ahora sí, Gales respondió como quien se amuralla.

—Sí —dijo—. Vamos a ver a la familia. A Zaragoza.

Y en ese momento, justo ahí, el tipo dejó lo que estaba haciendo y la miró durante un largo instante y después sobre su hombro, hacia el coche. ¿Quién va a Zaragoza por carretera? Mala excusa. No se le había ocurrido nada mejor. Mala suerte. Entonces el recepcionista asintió y murmuró: ya. Dio media vuelta, tomó una llave del casillero y la dejó en el mostrador.

—La ocho —dijo—. El farol de la puerta no funciona. Aunque se hará de día en un rato.

—Solo queremos dormir un poco y darnos una ducha —explicó Gales.

—El precio incluye treinta litros de agua caliente —explicó con voz monocorde—. Las toallas se pagan a parte.

—No hay problema.

—Por adelantado.

—De acuerdo —dijo ella, esperó un segundo y añadió—: pagaré en efectivo.

El tipo, que todavía apuntaba en la pantalla, se detuvo y la miró fijamente. Gales rebuscó en los bolsillos, sacó un puñado de billetes arrugados, separó unos cuantos y los dejó sobre el mostrador.

—¿Efectivo? —masculló el tipo.

—Cien más por las molestias —añadió ella.

Tras un instante interminable, el tipo echó mano de los billetes. Lo contó tras un largo suspiro, mirando al suelo.

—Ahora le llevo las toallas —dijo.

Ella cogió la llave y salieron.

Fuera, la noche se retiraba y todo parecía gris y azul. La habitación ocho. ¿Cuál es? No funciona el farol de la puerta. ¿Tienes sueño? Ya hemos llegado. Es aquí.

Al dar la luz, un insecto corrió a ocultarse en un agujero del zócalo. Cama doble. Papel pintado. Espejo ovalado y naturaleza muerta. Un aseo, bañera manchada de óxido.

Gales echó las cortinas.

—Lina, vas a darte una ducha. O mejor un baño —dijo.

No protestó. Simplemente se dejó caer en la cama y encendió la televisión.

—Te sentará bien —continuó Gales entre murmullos—. Y a mí también.

Entró en el baño. Resoplaba como un animal herido. Bebió del grifo, el agua sabía a tierra y le dejó un regusto a podrido en la garganta. Se lavó la cara antes de mirarse en el espejo. Quizá podría tomar otra pastilla. Quizá era demasiado. Algunas imágenes y sensaciones martilleaban en su cabeza y se sentó en el inodoro a pensar en lo que había hecho. Pero no hay respuestas. Gales, ¿qué hiciste? No podía recordarlo con claridad, no todo. A veces la memoria elige sendas sinuosas para ocultar el lugar del que partimos. Es mejor no mirar atrás y la verdad es que la niña estaba ahí fuera. Podía verla por la rendija de la puerta entreabierta. Ella era real, debía de serlo. Gales cerró los puños para retener el temblor de manos y toda ella se estremeció. Eso también era real. Solo quería darse una ducha y un respiro en brazos del diazepam, solo un rato, unas horas, sin sueños, nada de sueños.

En el dormitorio, Lina cambiaba de canal sin parar. Noticias, una película del oeste, un documental de serpientes, otra película del oeste... hasta que Gales la llamó. Lina, a la bañera. Pero tuvo que insistir y asomarse a la puerta. Lina, estoy cansada. A la bañera, por favor.

Abrió el grifo y esperó, con la mirada perdida y los codos en los muslos. Agotó el agua caliente. El espejo se convirtió en una ventana de humo, un marco para ocultar a la niña la visión de su propio reflejo. Los espejos tienen ese efecto catártico, como un testigo ocular de nuestros delitos inconscientes. Te miran a la cara y escupen la realidad, la otra realidad, la de ahí fuera. Argumento irrefutable contra las excusas. Solo los ciegos se salvan de ellos, a refugio de los ángulos incómodos. Gales cegaba a Lina cada vez que la bañaba. Se obligaba a ser buena madre, a interpretar el papel que le dieron. Teatro en el que no existía piedad, ni objeción de conciencia, ni siquiera un ensayo previo. Pena de muerte y buena cara frente al pelotón de fusilamiento.

—Quema —se quejó Lina cuando tocó el agua.

—No quema.

—¡Sí quema!

Gales rugió, agotada, y abrió el grifo del agua fría antes de sumergir la mano. Sí quemaba. Exhaló por la nariz y cerró los ojos. Removió el agua y la mezcló. Lina esperaba con los brazos cruzados, las rodillas hacia dentro y el ceño fruncido.

—Ya no quema.

Sonaba a disculpa, aunque no lo era.

La niña entró con cuidado en la bañera. Una vez sentada, se tumbó despacio. Gales rasgó el envoltorio de una pequeña pastilla de jabón y se la ofreció.

—¿Y el champú?

—No hay champú.

Lina se llenó la boca de agua y escupió un largo chorro sobre la tripa.

—Por favor —dijo Gales—. No la malgastes.

La niña tomó otro trago de agua, pero en esta ocasión lo escupió fuera de la bañera. Gales la miró ceñuda, pero no dijo nada, antes de dar media vuelta y salir.

—¿A dónde vas?

—A por el desayuno.

—Deja la puerta abierta.

—Vale.

—Pero no te vayas lejos.

—Enseguida vuelvo —dijo—. Veremos la tele y dormiremos un poco.

—No cierres.

Era una madrugada fría de cielo despejado y Gales se puso la chaqueta. El aparcamiento estaba desierto. La brisa matinal formaba olas de polvo sobre el asfalto agrietado al que asoman matojos de hierba. Se llevó un cigarrillo a medio fumar, retorcido y requemado, a los labios y lo encendió. Un chirrido rítmico la hizo volverse. Una mujer pasó en bicicleta. Era un artilugio destartalado, reparado mil veces, que tiraba de un carro cargado de chatarra y trastos. En una larga vara, ondeaba un trapo deshilachado y descolorido que podría ser una antigua bandera de España. Unos pocos perros trotaban tras ella. La mujer vestía una gabardina remendada y un gorro de lana. Tocó el timbre a su paso. Gales saludó al tiempo que daba una calada y la observó desaparecer en la distancia neblinosa como un fantasma.

Apuró el cigarrillo y fue hasta el coche. Buscó en la guantera el revólver. Una Magnum 357. No se acostumbraba al peso. Hierro. Nada que ver con las pistolas modernas. Debería practicar un poco. Solo la había sostenido en alto una vez. Cuando Pasha la llevó a la cantera y dispararon a botellas de cerveza vacías. Debería practicar un poco más. Acostumbrarse al retroceso y esas cosas. Por lo que pueda pasar. Guardó el arma en el bolsillo de la chaqueta. Fue hasta las máquinas expendedoras que vio al llegar. Solo una contenía algo de género todavía. Pastelitos, batidos de chocolate y una bolsa de ositos de goma. Con toda seguridad, caducados o tan pasados de fecha como la máquina. Miró atrás al tiempo que sacaba la navaja y la utilizaba para forzar la cerradura. No le llevó más de un minuto. Abrió el frontal apenas lo suficiente como para introducir la mano y sacar todo lo que había. Dieta mediterránea. Premio a la madre del año.

En su camino de regreso a la habitación frenó en seco. La puerta estaba abierta de par en par.

Dejó caer chocolatinas y batidos y echó a correr. Ningún coche en el aparcamiento a parte del suyo. No pueden ser ellos tan pronto. Por favor, que no sean ellos. Entró como una exhalación con el revólver en alto y el dedo en el gatillo. La hoja golpeó en la pared, rebotó y se cerró. No necesitaba mucha explicación. El tipo de la recepción estaba en el suelo, rodeado de una maraña de toallas caídas. Convulsionaba y se sacudía como un pez fuera del agua en sus últimos estertores. Espuma en la boca, los dedos rígidos como ramas secas.

—¡Lina!

Gritó por obligación, por sacar afuera el miedo.

La niña estaba plantada en la bañera. Desnuda y empapada. Tiritando.

Gales corrió hasta ella y la abrazó, después la examinó, como si pudiese faltarle algún pedazo.

—¿Te ha visto? —la interrogó al tiempo que le echaba una toalla sobre los hombros—. ¿Te ha visto?

Antes de recibir respuesta alguna, Gales ya sabía que debían salir a toda prisa. Sin tiempo que perder. Regresó al dormitorio. Guardó el arma en bolsillo de la chaqueta. Pasó sobre el tipo, sin siquiera mirarlo. Buscó las llaves del coche y las pocas cosas que había llegado a desempacar. Sin embargo, se detuvo y, jadeando, preguntó una vez más. Solo para confirmar que existían, que eran reales también en aquel lugar.

—¿Te ha visto?

Lina, todavía tiritando, envuelta en la toalla, asintió. Los dientes le castañeteaban.

El recepcionista gemía de dolor. Los espasmos le sacudían. Los ojos muy abiertos, fijos en el vacío.

—Yo le he visto a él —aclaró la niña.

SEGUNDA PARTE

PERRAS DE GUERRA

Hear the devil callin’,

hear the devil callin.

When I hear the devil callin’

God will pay him for what he’s do.

I can’t stop the Dogs of War.

I can’t stop the Dogs of War.

«Dogs of War»BLUES SARACENO

LA LLAMADA

—No voy a poder hacerlo.

La luz del teléfono apenas iluminaba su rostro en la oscuridad total. Flotando en la nada, azul y etérea, parecía un espectro susurrante que solloza en medio de la noche. A sus palabras las siguió el silencio, más denso, pesado y asfixiante que el armario en el que estaba encerrada. Así que insistió, casi sin fuerza, como un eco que le daba la razón: no podré hacerlo. Y ahora sí, la voz de Becca replicó al otro lado, tan áspera y contundente como la recordaba, porque en ese momento, Caramelo pensaba a Becca como un recuerdo, algo que se extraviaba poco a poco en el tráfico de sustancias entre sus sinapsis neuronales. Tuvo que esforzarse por poner rostro a la voz de Becca y eso le confirmó dos cosas: que tenia miedo y que podía morir.

—¿Me escuchas? —dijo Becca al otro lado—. Cariño, ¿me escuchas?

Caramelo volvió en sí.

—Te escucho —masculló.

—Sí puedes hacerlo. ¿Entiendes? Puedes hacerlo y vas a hacerlo. ¿De acuerdo?

—Sí. Pero...

—Nada de peros.

—Tengo un mal presentimiento.

—No digas bobadas. Caramelo, escúchame...

—Esto no va a salir bien. No va a salir.

—¡Caramelo! ¡Presta atención! ¿Estás escuchando?

En la oscuridad apenas se escuchaba un jadeo. Caramelo cerró los ojos con fuerza. Respiraba a sorbitos.

—Cariño —continuó Becca—. Necesito que te tranquilices, ¿vale? Tienes que estar tranquila y confiar en lo que voy a decirte. ¿De acuerdo? ¿Me escuchas? Caramelo, ¡contesta!

—¡Sí! —ahogó un grito exasperado—. Te escucho, pero no puedo hablar, joder.

—¿Dónde estás?

—En un armario al final del pasillo. Un armario o un cuartito, no lo sé.

—¿En qué planta?

—La segunda o la tercera.

—Cariño, por favor, ¿la segunda o la tercera?

—¡La tercera! —Caramelo intentó contenerse, pero al sacudirse dio una patada a la oscuridad, retumbó un golpe hueco y algo metálico cayó al suelo y repicó de forma ruidosa. Retuvo la respiración, ni siquiera parpadeaba. Becca, al otro lado, esperaba expectante hasta que Caramelo susurró de nuevo—. La tercera.

—Muy bien. Escucha. Han dado la alarma. Vas a tener compañía. Así que me voy a quedar aquí fuera, esperando. Tendrás que hacerlo tú sola y no tienes mucho tiempo. ¿Comprendes?

Una mano tan espectral como su rostro apareció de la oscuridad y le cubrió los ojos.

—No me jodas —musitó—. Becca, por favor...

—Es mejor que espere aquí fuera, por lo que pueda pasar —explicó Becca—. Tendrás que salir tú sola.

—Esto es una mierda —musitaba como en una letanía ansiosa—. Una mierda increíble. Becca, de verdad, no voy a poder.

—¡Sí vas a poder, coño! —estalló la otra—. Solo tienes que salir y bajar tres plantas. Tres putas plantas, ¿entiendes? Sal al pasillo. Ve a las escaleras. Y pierdes el culo hasta aquí abajo. Es fácil.

—Es fácil decirlo.

—Y hacerlo —replicó Becca con un tono musical y lleno de paciencia—. Para ti es fácil, cariño. Tú puedes.

Hubo un instante de silencio. Becca oía la respiración entrecortada de Caramelo. Cómo tomaba aire por la nariz, cada vez en inspiraciones más largas, y lo retenía hasta expulsarlo por la boca, su pequeña boca de fresa.

—Dime que me quieres —susurró, por fin, Caramelo.

—Te quiero —replicó Becca.

—Dime cosas bonitas.

Caramelo imaginó a Becca cerrar los ojos con fuerza y negar con la cabeza y eso la hizo sonreír, aunque era una sonrisa que asomaba entre los escombros del miedo.

—Cariño... —suplicó—. Ahora no.

—Dime cosas bonitas, por favor —insistió.

—No sé... —titubeó Becca—. Leche y galletas. Helado de mango.

—¿Con trocitos de fruta?

—Sí. Con trocitos de fruta.

—Más.

—Sábanas limpias. Tus pies. Bañarnos en la playa.

—Oh, la playa...

—Comer cerezas.

—Sigue.

—Caramelo, te quiero —dijo, casi suplicando—. Pero no tenemos mucho tiempo.

Ella alejó el teléfono y echó la cabeza atrás. La luz de la pantalla iluminó unos pocos estantes llenos de botes y cajas viejas. Un suspiro largo, casi un bufido, fue lo último que oyó Becca antes de que la llamada se interrumpiese.

Al abrir la puerta un torrente de luz arrasó con ella y la cegó por un instante. Como un náufrago que rompe la superficie del mar para descubrir una tempestad y que está a merced de las olas, Caramelo apareció en el pasillo. Paredes paneladas de maderas nobles, suelo enmoquetado, obras de arte, bustos clásicos sobre pedestales. Tan fuera de lugar que parecía una broma. Vestía ropa militar de color negro. Se recogió el pelo rubio con una bandana. Levantó ante ella las manos enguantadas, en posición defensiva.

Nadie a la vista. El largo pasillo estaba desierto. Miró a un lado y otro antes de echar a correr al frente. En el momento en que alcanzó la puerta del fondo, justo un segundo antes de que su mano se cerrase en torno al picaporte, esta se abrió. Al otro lado, un guardia de seguridad: bigote, la gorra calada hasta las cejas, linterna en mano. Ambos se espantaron y saltaron atrás.

El hombre se volvió a un lado y gritó: ¡está aquí!

No tuvo tiempo a más. Caramelo desenfundó un pequeño cuchillo y se lo clavó en la garganta. La sangre caliente le empapó el brazo. Todavía sacudiéndose entre gorgoteos, Caramelo lo volteó por el aire con un barrido. Aterrizó de espaldas con las manos en el cuello, intentando, sin demasiado éxito, no desangrarse. Antes de que la linterna tocase el suelo, Caramelo la atrapó al vuelo, dio un paso atrás y cerró la puerta.

De regreso al pasillo. Los bustos de mármol miraban a otra parte.

Caramelo recogió el sudor de la frente con el puño enguantado y, al hacerlo, se manchó de sangre.

—Tú puedes —murmuró con sorna—. Como si fuera tan fácil.

4 minutos y 46 segundos antes...

En la radio sonaba una vieja canción de Bill Withers. Becca seguía el ritmo de las primeras estrofas tamborileando con los dedos en el volante. Había estacionado en el arcén de la carretera, a unos veinte kilómetros al sur de Lyon, frente a la mansión de Desjardins. Al otro lado de la calle, un muro de piedra tras el que se podía ver una leve pendiente de hierba bien cuidada hasta una casa señorial, casi un castillo pequeño. Las luces de la casa comenzaron a encenderse. Una ventana aquí, otra allá, después los focos del exterior y, finalmente, todo el puto edificio. Mala cosa.

«Ain’t no sunshine when she’s gone. It’s not warm when she’s away», cantaba Bill.

Movía los labios, apenas susurrando la canción. Los ojos atentos a cada movimiento en la propiedad. A aquellas alturas, ya habían descubierto que las cámaras de seguridad habían sido desconectadas, también las alarmas y las comunicaciones, y estarían buscando la manera de avisar a la policía, lo que no les llevaría más que unos minutos. Algunos hombres armados aparecieron en la puerta principal. No sabían lo que pasaba, pero sabían que algo pasaba. Deslizó la mano de la frente a la nuca, acariciando su cabeza rapada.

«Ain’t no sunshine when she’s gone. And this house just aint’t no home».

Resopló, casi sin fuerza, como echando fuera las dudas y los miedos y todas las sombras que su imaginación fecundaba con la posibilidad de que Caramelo acabase llena de agujeros en un charco de sangre. En parte, porque si había algo en el mundo que mereciese la pena ser salvado, era Caramelo. Y Becca había puesto muchas de sus esperanzas en ella, en que saliese bien. No podía permitirse más errores, más enemigos. Tampoco perder a Caramelo. Sería un desastre y un fracaso que la inquietaba sin mesura.

El teléfono sonó de repente y eso la hizo brincar en el asiento. Miró la pantalla durante unos segundos interminables. Eran ellos. Más de un año después. Dudó. Nunca había dejado por responder una llamada de la familia. Todo lo contrario. Cuando la familia llama, una responde.

—¿Qué pasa? —Dijo con dureza.

—Un «hola, cuánto tiempo» no estaría mal —replicó una voz sibilina al otro lado, fría y siseante como la de un ofidio que se cuela por el cuello de la camisa.

—Hola. Cuánto tiempo. No, gracias.

—Venga, Becca. Relájate un poco.

«I know. I know. I know. I know. I know».

—No tengo tiempo para relajarme —escupió—. Oye, me pillas en mal momento. No te estoy dando largas ni nada de eso, eh, pero voy a colgar.

—Becca, esto te interesa.

—No. Ya no me interesa.

—¿Estás con Caramelo?

—Sí.

—¿Todavía te dura?

—De momento.

—Enhorabuena. Has mejorado. Pero corres demasiados riesgos. El Anticuario te está buscando y no para felicitarte. No le gusta lo que haces con sus hijas.

—Gracias. Dime algo que no sepa —masculló sin efusividad alguna—. Oye, ¿qué quieres?

—Tengo un trabajo para ti.

Antes de responder rió de forma impostada, a la francesa, como quien se siente insultado.

—No. Nunca. Jamás —dijo, cambiando el tono—. No es personal, pero vete a la mierda. Sin rencores.

—No es para mí, Becca —objetó el otro—. Es para ÉL. Sabes que no acepta las negativas.

Becca bajó la mirada y tragó saliva y, después, apretó mucho los dientes.

—¿Te ha dicho ÉL que me llames?

—ÉL mismo. En persona.

—¿Por qué yo? No le gusto y ÉL a mí tampoco —replicó, pero sonó demasiado suplicante así que se detuvo, tomó aire y continuó—. Podéis llamar a cualquier otro. Estoy fuera desde hace tiempo.

—Nadie está realmente fuera, Becca. Ya sabes. Si te niegas irá a por ti y, por mucho que corras, te atrapará. Sabes que puede hacerlo. En este mundo puede hacerlo.

—¿Por qué yo? —Lo interrogó, rabiosa. Golpeó el volante. Al otro lado de la línea, solo un cable de acero tenso.

—Haremos una cosa. Te diré quién es el objetivo y tú misma te puedes hacer una idea —propuso.

—¿Quién es?

—Gales.

«Ain’t no sunshine when she’s gone. Only darkness every day».

Becca se mordió los nudillos y apoyó la cabeza en la ventanilla. Oyó la voz: ¿Becca? ¿Estás ahí? Miró la pantalla del teléfono. Quizá confiaba en que fuese todo un sueño, un producto de su imaginación. Observó el nombre en la pantalla: y también el pequeño orificio del altavoz que parecía crecer y crecer y albergar un horror vibrante que se contoneaba en silencio allí dentro, como un nido de serpientes en la penumbra. Se llevó el teléfono a la oreja de nuevo.

«Anytime she goes away. Anytime she goes away».

—Hijo de puta retorcido.

—Ya lo conoces. Disfruta con estas cosas. Solo es un juego para ÉL. Por eso quiere que te encargues tú, personalmente.

—¿Por qué Gales? ¿Qué ha hecho?

—Huyó con la niña. Hace tres días. Hubo una operación de LOCK y aprovechó para escapar con ella.

—¿Con Lina?

—Sí. Pero pensamos que no es casual. Puede que lo estuviese planeando desde hace tiempo. Alguien la ayudó. Tenía un amigo, un viejo comunista jubilado. Y estamos investigando su relación con las Hermanas.

La canción acabó de forma abrupta. El silencio se derrumbó sobre ella en el habitáculo del coche. Becca miró a la puerta del edificio y luego arriba. En alguna parte estaba atrapada Caramelo, allí dentro, rodeada de tipos armados hasta los dientes. Cerró los ojos, bufó y esgrimió una sonrisa amarga.

—Te lo dije —soltó con despecho herido—. Te dije que no era de fiar. Que algún día os traicionaría.

—Sí, lo dijiste, Becca. Lo dijiste por despecho.

—Pero lo dije. Y tenía razón.

—Tenías razón.

—¡Gracias! —exclamó, con un ademán, y concluyó con la boca pequeña—. Un poco tarde.

—Sí, un poco tarde —replicó la voz con calma, aunque divertida.

Becca miró a un lado y al otro.

—Está en Benalba.

—¿Eso qué es?

—Un pueblo al norte de Alacant. En la costa. Muy turístico en su tiempo.

Becca se cubrió el rostro con la mano.

—Y ¿por qué no envía a otro? —protestó—. ¿Por qué no va ÉL mismo con sus ángeles y se encarga.

—No puede. Hay un sello.

—Claro. Hay un sello... —murmuró antes de morderse el labio y negar con la cabeza.

—¿Lo harás?

—¿Tengo otra opción?

—No.

—¿Gales y la niña?

—La niña es importante. Muerta no le sirve.

—Ya. Ya lo sé. ¿Y Gales?

—Eso es cosa tuya.

Una señal intermitente sonó en el teléfono de Becca. Miró la pantalla antes de volver a la conversación.

—Escucha, tengo otra llamada —dijo.

—Cuento contigo.

—Sois unos cabrones.

—Tienes que decirlo, Becca.

Sin respuesta. El tono digital intermitente continuaba martilleando en su oído.

—¿Becca?

—De acuerdo. Lo haré —masculló—. Te llamaré cuando tenga algo.

Cerró los ojos con fuerza hasta que fulgurantes destellos aparecieron frente a ella.

—Por los viejos tiempos, Becca.

La señal de llamada entrante todavía sonaba.

—No. Por los viejos tiempos no —aclaró con un murmullo—. Tengo que colgar. Adiós.

—Adiós, Becca —se escuchó justo cuando atendía a la llamada en espera.

TERCERA PLANTA

El plan era una mierda. Principalmente, porque no había plan. Tendrás que bajar tú sola, le había dicho Becca. Como si fuera tan fácil, pensó con fastidio. Nunca se le dio bien improvisar. Seguía bien las órdenes. Sin instrucciones claras se sentía un poco perdida e insegura. Aunque el primer paso siempre era el más complicado. Una vez empiezas, solo hay que seguir adelante, en aquel caso hacia abajo. De momento, volvió atrás. Al fondo, el cuartucho en el que estaba encerrada un minuto antes. A mitad del pasillo, pulsó el timbre del ascensor. La luz del botón parpadeó. Respira, Caramelo, respira. Las puertas se deslizaron con un chirrido. Entró, pulsó el botón del segundo piso y volvió a salir. Retumbaba el sonido de las botas y las carreras. La alarma rechinaba. Estaban buscando. Ella bajó despacio, con la espalda contra la pared.

SEGUNDA PLANTA

Una sensación de extrañeza la hizo sentir melancólica. La sangre bombeaba en sus oídos a un ritmo enloquecido. De repente imaginó que pedía matrimonio a Becca. Por un segundo, pudo ver la escena completa. Ella arrodillada frente a Becca, ofreciéndole un anillo, mirándola a los ojos. Y después, música y risas. Si salgo de esta, pensó, lo haré. Y Becca aceptará. Nos casaremos y todo será maravilloso. Asomó a un ancho distribuidor. Suelo ajedrezado. Plafones que imitaban antorchas en las paredes elegantemente empapeladas. Frente al ascensor los vio asomarse con todas las precauciones y las armas en ristre, descubrieron el engaño. Mala suerte. Para cuando regresaron a las escaleras, dieron con ella, rodilla en tierra, pidiendo matrimonio a Becca, ofreciéndole su amor en forma de anillo. Puedes besar a la novia. Aplausos. Aplausos. Abrió fuego con ambas pistolas, una en cada mano. Hola a todas, gracias por venir. Es un día muy especial para nosotras. A uno le voló la cabeza y el cuerpo descabezado cayó arrodillado, regando alrededor con repentinos chorros de sangre. Nos hace muy felices poder compartirlo con vosotras. Otro quedó retorciéndose en el suelo, gimoteando, las piernas de trapo. Quiero proponer un brindis. Vivan las novias. Cambió el cargador y, ahora sí, continuó por las escaleras a toda velocidad, saltando escalones de tres en tres. Qué bonito, por favor, pensaba, es que me muero de amor, de verdad.

PRIMERA PLANTA

Topó con dos guardias que subían desde el rellano y brincó sobre ellos. Hundió la rodilla en el pecho del primero y, en la caída, arrastró al otro. Desde el suelo, lo dejó fuera de combate con un codazo en el cuello, se puso en pie con una pirueta y remató al primero con un duro golpe de talón. Falta poco, se dijo, ya casi está. Un poco más. Es solo cuestión de constancia, seguir adelante, paso a paso. Becca insistía mucho en eso. Mira tus pies, no pienses en la meta, piensa en el siguiente movimiento, cada paso es una pequeña victoria. Alcanzar la meta es cuestión de tiempo; tarde o temprano, llegarás. Sí, llevaba tanta razón. Qué lista era. Pero la constancia nunca fue su fuerte. Ella era explosiva, volátil, impredecible y, francamente, todas las metáforas sobre la fuerza incansable de una gota de agua contra una enorme piedra le sudaban mucho el coño. Aunque hacía caso a Becca. Era una chica obediente. Así se lo enseñó, poco a poco, objetivos sencillos, hasta la meta final. Qué lista es. Cómo la quiere.

PLANTA BAJA

Al asomarse los vio y la vieron. Retrocedió. Con un murmullo, se culpó por echar a perder el elemento sorpresa, chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco. Qué elemento sorpresa, se dijo, Caramelo, por favor, si pareces Emiliano Zapata. Entre ella y la salida solo quedaban unos metros: un gran recibidor de techos altísimos hasta los que trepaban columnas con capiteles floreados, obras de arte en las paredes y grandes vitrinas, como si fuese un museo de arqueología o algo así, distribuidos por todas partes. Y los malos, es verdad, también estaban los malos. Así que dio otro vistazo rápido, solo para asegurarse de que había contado bien. Cuatro tipos con idéntico corte de pelo, traje, camisa y corbata y subfusil al hombro. Tras ellos, uno en pijama de seda y bata de color mostaza con estampado oriental, aunque su cara de bretón que abusa de la cerveza y el queso resultaba lo más alejado de oriente que se puede imaginar.

—¿Caramelo? —Dijo el de pijama con tono amistoso—. ¿Eres tú?

Ella no respondió.

—¿Está Becca contigo? —Insistió.

Caramelo cerró los ojos y apoyó la frente en la pared. Maldecía su mala suerte. Finalmente, tomó aire y suspiró antes de salir. Apareció con las manos en alto, mostrando las pistolas, en un gesto resignado.

—Estoy sola —confesó—. No como tú.

Él sonrió al confirmar que, efectivamente, era a Caramelo a quien había atrapado.

—Si querías una cita solo tenías que haber llamado antes —dijo con sorna.

Caramelo miró de reojo a los lados, con mal disimulo. Él se dio cuenta.

—No puedo permitir que te lleves el grimorio —dijo—. Lo siento mucho. Somos cinco contra ti. Será mejor que no lo intentes.

—Sabes que no puedo. Me he comprometido y soy una chica de fiar.

—Claro. Te has comprometido. ¿Con quién? ¿Kristof? ¿Los hermanos de la llegada? ¿Sabes lo que pasará si se lo entregas a ellos? La cagarán y en menos de un año estará en manos de LOCK. Lo perderemos para siempre, Caramelo. Y ese libro es insustituible.

—¿Perderemos? A mí no me incluyas en tus rollos, Bertrand. Yo voy por libre.

Bertrand negó con la cabeza, decepcionado. Levantó los brazos y las mangas amplias se descolgaron un poco.

—¿Cuál es tu precio? —La interrogó—. Lo doblo. Puedo hacerlo.

—¿Quién ha hablado de dinero?

—Lo que sea. ¿Qué quieres? ¿Seguridad? ¿Un futuro?

—Esto se está alargando demasiado, Bertrand. No es no.

—Ni siquiera sabes lo que quieres, ¿verdad? Seguro que es Becca la que se encarga de esas cosas. Ella acepta o rechaza los encargos y tú no pintas nada. La sigues como un perrito inocente que necesita atención y cariño y alguien que lo saque tres veces al día. ¿Ya ha conseguido ese barco con el que sueña? Todavía no, ¿verdad? ¿Crees que te llevará con ella? ¿Que vas a ser marinera? No me hagas reír. Caramelo, hazte a la idea, estás de paso. Como todas las otras. Solo eres una herramienta para Becca. Por mucho que muevas la colita y saques la lengua, nada va a salvarte...

Caramelo abrió fuego con ambas armas y corrió a un lado. Todavía disparaba cuando saltó tras una voluminosa vitrina. Bertrand buscó cobertura al tiempo que los otros respondían al fuego.

—Qué tío más pesado —masculló, bajo una lluvia de cristales.

Las ráfagas cesaron un instante. Solo el leve tintineo de los casquillos y su eco persistía en el aire. Escuchó los murmullos nasales de Bertrand, dando órdenes. Retuvo la respiración y se concentró. El vidrio roto crujía bajo las botas de los guardias que se acercaban, poco a poco, por los flancos.

—Ríndete y no te pasará nada —declaró Bertrand—. Tienes mi palabra. Puedes confiar en mí, Caramelo. Te tengo aprecio. Me encantaría ser tu nuevo amor. Te trataré mejor que Becca, ya lo verás. Podemos hablarlo. No quiero hacerte daño. Suelta las armas, devuélveme el manuscrito y olvidamos lo ocurrido. ¿Te parece?

Caramelo apareció por un lado con una pirueta. Disparaba mientras giraba por el suelo. Al hacerlo, sentía los cristales que cortaban y penetraban en su carne, pero los ignoró. Era algo que hacía bien. Caramelo podía ver el dolor acercarse, como un tren de mercancías que tocaba la bocina, y miraba a otra parte, seguía como si nada. Aunque el tren avanzaba, directo hacia ella, que caminaba despreocupada por las vías. Duele, pero no es el final. Todavía no. Y entonces, en el último instante, salía de su camino y todo se arreglaba. Hasta aquel momento había sido así. Quizá algún día el dolor sea un entremés del final, pero ese día todavía no ha llegado.

Sus disparos alcanzaron las piernas de los guardias más lejanos. La rodilla de uno le recordó una piñata. Ambos se derrumbaron como edificios en plena demolición.

Los otros dos abrieron fuego, pero hacia el lugar en que estaba solo medio segundo antes. Todavía no habían reaccionado a la realidad. Ya no estaba allí. Se lanzó por el suelo y apareció entre ellos, casi a sus pies. Caramelo giró como una peonza y los barrió a ambos con una repentina y fuerte tijera. Antes de que pudiesen llegar a saber qué había pasado, les había metido tres balas a cada uno en el pecho.

Al ponerse en pie, comprobó alrededor. No vio a nadie más. Sentía la sangre tibia correr por la espalda y una pequeña gotita se deslizaba frente abajo. Cojeaba un poco. Algunos vidrios asomaban sobre la ropa en su cadera. Dejó caer un arma y recargó la otra mientras seguía los sollozos de Bertrand. Lo encontró tras una mesa caída. Temblaba como si sufriera alguna especie de ataque, como si no creyese del todo lo que acaba de pasar. Caramelo le puso el cañón del arma en la frente. Bertrand bizcó los ojos al mirarlo.

—Si me matas —dijo entre espumarajos—, La Cofradía encontrará a Becca y se lo hará pagar.

Caramelo negó con la cabeza, un tanto compungida.

—Nos envía La Cofradía, Bertrand —confesó.

Él abrió la boca en un grito que no llegó a nacer de sus entrañas.

—Hay días en que es mejor no levantarse de la cama —concluyó Caramelo antes de disparar.

JARDINES Y CAMINO DE ENTRADA

El sol todavía no asomaba al horizonte, pero una leve claridad diurna iluminaba las verdes colinas de alrededor. Recorrió el camino de grava mientras se arrancaba los cristales del hombro y el muslo derecho. Lo hacía de forma meticulosa y, cada uno que sacaba, era revisado antes de arrojarlo al suelo. Los grandes eran los más fáciles. Algunos se quedaron bajo la piel. La puerta de la cerca estaba abierta. Becca detuvo la furgoneta en ese momento justo al otro lado. Caramelo la rodeó. Sentía el cuerpo ardiente, todo le escocía. Abrió la portezuela y puso cuidado al sentarse, recogiendo las piernas con una mueca dolorida. De la mochila sacó un libro de portada basta y cuartillas abultadas, como papel mojado y después secado. Becca la miró sonriente.

—¿Ves como sí que podías? —dijo.

4 minutos y 46 segundos después...

Becca conducía a toda velocidad por una carretera secundaria hasta la vieja autopista cerca de Lyon. Una vez allí, se relajó un poco y levantó el pie lo suficiente como para funcionar solo con el motor eléctrico de la furgoneta.

—Creo que tengo cristales clavados en el culo —dijo Caramelo con un quejido.

—En cuanto paremos, te curaré las heridas.

—Duele.

Caramelo apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y el cuerpo se le fundió un poco con la tapicería. Sus ojos agotados todavía brillaban. ¿Cómo lo hacía? Se forzaba a sonreír apenas porque sabía que Becca la miraba de reojo y se embriagaba con su cercanía. Becca separó la atención de la carretera.

—¿Qué ocurre? —Preguntó.

—¿Me curarás? —La interrogó Caramelo con un murmullo.

—Sí.

—¿Y me acariciarás el pelo hasta que me duerma?

—Me encanta acariciarte el pelo.

—Voy a necesitar que me acaricies mucho.

—Todo lo que quieras, cariño.

Caramelo suspiró. Arrastró una mano blanda hasta Becca y la reposó con suavidad en el antebrazo. Becca la dejó hacer un momento. Después la tomó con fuerza y se la llevó a los labios. Cerró un instante los ojos y apenas la rozó. Sentía el aroma de la sangre y el sudor en su piel. Hierro, sal y algo agrio y lejano. Besó los dedos de Caramelo, tan jóvenes, aunque cubiertos de cicatrices de navajazos y huesos rotos mal curados. Después, la condujo hasta su mejilla y la abrazó entre el hombro y la mandíbula. Caramelo sonrió y cerró los ojos, como en un sueño.

Unos minutos después, sin poner el intermitente, Becca salió de la autopista. Ya era de día. Un par de camiones iban en dirección contraria y drones de transporte sobrevolaban los campos. Caramelo se incorporó un poco.

—¿Dónde vas? —Preguntó.

—Cambio de planes —respondió Becca, pero ante su falta de explicación, Caramelo insistió, curiosa.

—¿No llevamos el libro a La Cofradía?

—Lo dejaremos en un punto seguro.

Caramelo miró por la ventanilla. Una fila de olmos flanqueaba la carretera. Al otro lado, una ondulada manta de campos y muretes de piedra. Se volvió hacia Becca. Ya no apoyaba la cabeza en el asiento. Titubeó antes de hablar y eso la hizo sonar más suspicaz de lo que deseaba.

—¿No volvemos a casa?

—Tenemos otro trabajo.

—¿Dónde?

—No lo sé.

Caramelo observó sus titubeos sin pestañear.

—Al sur —explicó Becca—. Tenemos que encontrar a alguien.

—Vale —respondió Caramelo con un hilillo de voz y un mohín despreocupado—. ¿Qué trabajo?

Becca estaba atenta a las señales. Musitó algo entre dientes y giró a la derecha en un cruce.

—Becca —insistió la otra—. ¿Qué es?

La respuesta se hizo esperar mucho más de lo necesario. Y fue una espera que sonaba a mecha que chisporrotea al consumirse. Becca quería hacerlo bien, puso todo su empeño, pero la cagó. Cada segundo que retrasaba su confesión era un cartucho más de dinamita a lo que se le venía encima. Se humedeció los labios. Miró de reojo a Caramelo. Desplegó una mano al frente y abrió la boca, pero no dijo nada. Hasta que, por fin, lo soltó.

—Tenemos que encontrar a Gales —confesó y su voz se precipitó en las profundidades de un abismo—. Y matarla.

Caramelo calló. Tan solo asintió y se puso muy tiesa mirando al frente. Todavía cabeceó durante unos segundos. Becca la buscaba y trataba de tomarla por las manos, pero ella se escabullía.

—Cariño... —suplicaba, pero el tono subió cuando Caramelo lanzó el brazo y un manotazo pasó rozando su nariz—. ¡¿Qué haces?! ¡Caramelo, joder!

Y cuando levantó la voz, todo estalló y saltó por los aires. Caramelo levantó el dedo frente a ella, el cejo en una arruga felina.

—¡No me toques! —La amenazó—. ¡Ni se te ocurra ponerme una mano encima!

—Pero... ¿por qué te pones así? Cariño, por favor. Es solo un trabajo. ¡Un puto trabajo!

—Y ¿por qué no me lo has dicho antes? ¿Por qué lo alargas tanto?

—¡Porque sabía que esto iba a pasar, joder! —Respondió Becca, desesperada—. Sabía que te pondrías así y no quiero discutir.

—¡Si sabías que no me iba a gustar, ¿por qué no me lo dices antes?! ¿No confías en mí? ¿Por qué me ocultas cosas?

—¡Yo no te oculto nada! Sabes que te lo cuento todo, ¡todo! No sé por qué te pones así, de verdad. Solo es un trabajo.

—¡Pero no me mientas! —Saltó Caramelo, tan encima de Becca que se vio obligada a aminorar la marcha—. ¿Cómo que un trabajo más? ¿Un trabajo más? ¿Desde cuándo matar a Gales es un trabajo más, eh? ¡Matar a la puta Gales! —Gritaba. Se acogió a las alturas y después hundió el rostro en las manos para continuar en un murmullo, casi como si hablase consigo misma—. Es que no puedo creerlo. No puede ser verdad.

Becca la miraba de forma angustiada y también dolida y desesperada, quizá, para no llegar a esos momentos en que Caramelo caía en un pozo mental y quedaba catatónica, inmóvil y con la mirada febril y el cuerpo ardiendo. No deseaba eso. Sufría por ella, pero no podía hacerlo mejor. Lo intentaba y fracasaba, una vez y otra.

—Cariño —musitó y la pellizcó en el muslo, en el costado, en el brazo—. Escucha, por favor. Perdona. Debería haberlo dicho antes. No quiero que pienses nada raro.

Caramelo continuó murmurando con el rostro entre las manos y negando con la cabeza: no puede ser, no me lo creo, no puede ser verdad.

—Habría rechazado el encargo, pero no podía negarme. Sabes lo que quiere decir eso, ¿verdad? ¿Sabes quién me ha llamado?

Caramelo se incorporó un poco y la miró con el labio inferior un poco descolgado y húmedo.

—¿Y?

Becca hizo chiribitas con los ojos y se trabó un poco al hablar.

—¿Cómo que y? —escupió—. ¿Qué quieres decir?

—¡Qué pases de él! —le reprochó—. No le hagas caso. ¡Dile que no!

—¿Qué dices? —masculló antes de bufar.

—No es tan fuerte, ¿sabes?

—¡Ni se te ocurra decir eso! ¡No lo digas!

Becca dio un puñetazo al volante y ambas callaron durante un largo minuto.

—Caramelo, escucha —dijo Becca, por fin, con toda la suavidad posible dada la situación—. Tú no entiendes de lo que es capaz. No tenía elección. Necesito que te controles y que pienses racionalmente. ¿De acuerdo? Vamos a matar a Gales, pero no significa nada para mí.

Con esas últimas palabras, Becca capitulaba. Regresó ambas manos al volante y la vista al frente. Pero lo hizo de forma floja y sin fuerza. Después condujo en silencio, con un codo en la ventanilla y la cabeza apoyada, ignorando el murmullo apagado de Caramelo a su lado.

—No significa nada, claro —dijo por fin Caramelo, con la voz rota por el llanto.

Becca la miró aterrorizada. Ay, no, pensó. La voy a perder. La voy a perder otra vez. Tomó aire y se llenó de paciencia.

—Perdona, amor —dijo con suavidad—. Tienes razón. Pero estoy preocupada por el encargo en sí, no por quién es el objetivo. ¿Comprendes?

—¿Preocupada?

—Porque será difícil.

—¿Difícil para mí o para ti?

—Difícil para nosotras.

—Pero... ¿por qué difícil? ¡No te entiendo!

—¡Difícil porque es la puta Gales, joder!

—¡Siempre me has dicho que tú y yo juntas podemos con todo!

—Y es cierto. ¡Es cierto!

—¿Entonces? ¿Por qué te lo piensas tanto? Vamos, la matamos y ya está.

—Caramelo. Amor. No estoy pensando en nada. Te lo juro. Solo quiero ir allí y matarla.

—¿Eso te gustaría? ¿Matarla?

—¡No! Es solo un trabajo más. No siento nada. De verdad. Indiferencia total.

—No la odias.

—Para nada.

—¿Me dejarás que la mate yo?

—¿Quieres matarla?

—¿Puedo? Quiero hacer eso por ti, cariño. Déjame que la mate yo.

—¡Claro! Si es lo que quieres, por mí perfecto. No hay problema. En serio. Te quiero. Hagamos esto juntas. ¿Vale?

—Vale.

Caramelo asintió y, haciendo pucheros, intentaba contener el llanto, sin demasiado éxito.

—¿Qué pasa ahora? —La interrogó Becca.

—Que vengo de cargarme a una docena de tipos armados hasta los dientes y a Bertrand el relojero y casi no lo cuento... ¿qué más tengo que hacer? Es que no lo comprendo...

—Pero... Caramelo, por favor. No tienes que hacer nada. ¿Qué dices? ¿De qué estás hablando?

Ahora sí, Becca detuvo el coche en el arcén a toda prisa. No quería perderla. A ella no. Era algo que podía pasar en cualquier momento. Puede que incluso ya fuese demasiado tarde. Tomó a Caramelo por el rostro y la obligó a mirarla. Tenía la piel húmeda y los ojos congestionados. Todavía sollozaba cuando comenzó a besarla en las mejillas y los labios y la frente.

—Cariño —murmuró—. Te quiero. Te quiero solo a ti. Eres la luz de mi vida. La única luz. No sé qué haría sin ti. Por favor, no llores.

—¡No me digas que no llore! —Estalló Caramelo otra vez y Becca maldijo entre dientes.

—Perdona —musitó y la acogió entre los brazos—. Ven. Ven aquí. Amor mío. Ven.

Caramelo lloró en su hombro durante un par de minutos. Poco a poco sus sollozos se fueron apagando. Ella la abrazaba con fuerza y susurraba palabras de ánimo a su oído. Después se besaron. Besos cortos y breves, salados como las lágrimas en la piel. Entonces, Caramelo deslizó una mano por el costado de Becca y otra entre sus muslos y comenzó a acariciarla sobre el pantalón. Ella se separó y buscó en sus ojos oscuros, todavía irritados.

—¿Qué haces? —Preguntó.

—Quiero follar.

—¿Ahora?

Caramelo cabeceó afirmativamente. Intentaba desabrocharle el pantalón mientras le manoseaba las tetas.

—Creía que te dolía todo —añadió Becca como una objeción, aunque la dejó hacer.

Caramelo le mordió la boca y deslizó la mano en sus pantalones, se incorporó y saltó sobre ella.

—Quiero que me folles ahora —murmuraba entre dientes. De tan cerca, parecía un animal salvaje. Becca apenas veía sus ojos tras el pelo y los labios entreabiertos y le recordaba a un demonio, uno de esos que mastican carne humana y ronronean como gatos. La había recuperado. Todo arreglado. Por el momento.

TERCERA PARTE

LA CASA EN LA PLAYA

What have I become?

My sweetest friend.

Everyone I know goes away.

In the end.

And you could have it all.

My empire of dirt.

I will let you down

I will make you hurt.

«Hurt»JOHNNY CASH

TODO ESTÁ ESCRITO

Todo esto ocurrió. Está por escrito. Lo apuntó con sílabas fragmentadas que descendían enroscadas a la izquierda. Caligrafía indescifrable de la que obliga a leer despacio. Traicioneros tropezones. Todavía lo hacía. Cuando la lucidez se volvía una tortura insoportable, no podía más que pedir papel y bolígrafo a voces y escribir lo que ocurrió. Como si las palabras pudiesen aliviar el yugo de seguir viva, alejar la casa de la playa hasta los márgenes de la memoria neblinosa. Porque allí ocurrió todo y sobrevivió. No fue un sueño, aunque pertenecía a la noche, y habitaría para siempre en ella la seguridad de que existía, en alguna parte, a todas horas. A veces, un enfermero de la residencia en la que ahora vivía, la sacaba en silla de ruedas a la terraza y oteaba la línea de la costa hasta los restos de lo que fue su casa, abandonada en la arena tras el naufragio y las olas incansables. Durante un breve instante despejaba las dudas que germinaban y florecían en la senilidad. Preguntas lanzadas al mar verde, burbujeante y espumoso. Garabateaba palabras para recordar que estuvo allí, como Gales y la niña. La niña, que era el presente y también el futuro. Aunque lo único seguro era la muerte y que todo esto ocurrió.

Seis años atrás, ya era vieja, el otoño devoraba los colores del mundo y ella esperaba frente a la costa. El pelo y el mar de plomo y el cielo sereno tras un velo de gasa. Las olas rompían incansables y rítmicas. Espuma efervescente en los guijarros de la orilla. Escribió estas palabras: mi casa; mi playa. Sí. Cómo no. Vivió en ese lugar tanto tiempo que era parte de ella. Fantasmas habitaban las esquinas y en el xaloc* sonaban lejanas canciones que bailaba sola. Una celda entre brazos de roca. Ella también abrazó y fue abrazada mucho tiempo atrás. Aquella pequeña casa era un lugar apartado de todos los lugares y tiempos. ¿No es eso lo que buscó siempre? La playa, allí abajo, a los pies del terraplén. El perpetuo rumor marino susurrando a su oído a todas horas. Medea, ¿qué has hecho, Medea?

Esa mañana, se levantó tarde. En la cama, intentó vislumbrar los días pasados, pero no hubo manera. Se sentía agotada, como quien después de caminar durante horas es incapaz de dejar atrás el banco de niebla que la rodea. Lo único seguro eran las pesadillas. Por tercera noche consecutiva: sueños extraños y agitados en los que descendía las escaleras al sótano, hacia la oscuridad, solo para quedar paralizada por un terror repentino que persistía hasta que despertaba sobresaltada. Un sueño recurrente, una premonición. Algo debía hacer con ese sótano. Puede que las pesadillas no fuesen más que un síntoma de la desgana y la pereza. El frío le roía los huesos y a pesar de atrincherarse bajo las mantas solo consiguió incubar el mal humor. Debía ir al pueblo a por provisiones y eso le pesó como una losa. Finalmente, salió al salón. El ambiente gélido. La casa entera de ceniza y humo. Partículas de polvo navegaban la pálida luz frente a las ventanas. Observó el pasillo. Puertas cerradas, incluida la del sótano, como una advertencia, una señal de peligro. Fotografías de otro tiempo en las paredes. Los muertos le devolvían la mirada, inmunes a sus rencores. La venganza enmarcada. Mortaja de pan de oro. Todos muertos. Todos menos ella. Resistió como la casa resistía las tormentas, con orgullo inútil. El óxido devoraba sin prisa las barandas y el enrejado de la cerca. También escribió eso en su libreta: naufragio. Agárrate a las fotografías. Como maderos a la deriva. Nombres muertos que ya nadie recuerda. Y ella viva. En las imágenes descoloridas. En una fiesta en Barcelona, bailando con desconocidos. Los dos años que vivió en un ático en Bilbao. La furgoneta en la que recorrió Marruecos y Argelia. Todas esas imágenes fueron ciertas y ella también. Existió. Agárrate a las fotografías porque es lo único real en un mundo descompuesto. Vaya engaño. Resultó que era una estafa. Quién iba a decirlo.

Las dejó atrás y arrastró los pies hasta el final del pasillo. A través de la ventana, el mundo real, cazador paciente, esperando a que abandonase su guarida para echarle el guante y despellejarla. La inseguridad y el miedo que persiguen a los que han perdido cada partida desde que empezó esta timba amañada. Siempre existe la posibilidad de una nueva derrota. La luz había cambiado. Nubes sólidas pasaban a toda velocidad y se amontonaban contra las montañas. Lluvia, gruñó. La mar rompiente se imponía sobre el ulular del viento. Entonces lo vio, el cuerpo en la orilla, a merced del oleaje, como una brecha en el mundo, una grieta oscura en el arenal.

¿Qué es eso?, se preguntó. Incapaz de dar un respiro a la lógica, cualquier cosa era posible y salió como quien camina en un sueño. Las botas sueltas. En bata. Por el sendero que baja a la playa entre las dunas. Ráfagas saladas le arañaron la carne aterida. ¿Qué era aquel monstruo muerto? Caminó llena de miedo y suspicacia. Como si en cualquier momento pudiese descubrir el truco, que todo era una broma, la broma interminable. Perdió el aliento cuando comprendió lo que sus ojos le mostraban.

Una ballena varada.

El cuerpo largo y oscuro, la panza blanca, un poco inclinada. La cola sumergida todavía. Medía por lo menos veinte metros. ¿Cómo se calcula eso? Era tan grande. Era enorme. Balbuceó preguntas a medias y miró alrededor, quizá en busca de un cómplice o un confesor. Estaba sola. El frío de la mañana la estremeció y ocultó las manos, incapaz de decir nada. ¿Qué se dice en estos casos? Le acompaño en el sentimiento. No somos nada. Los labios resecos. La boca entreabierta. Se vio reflejada en su piel húmeda como en un espejo de piedra. Era una sombra muda. Sí, desde hacía tiempo. Se había convertido en un espectro y pensó una vez más que quizá había muerto, que todo era una visión propia del final. Conexiones sinápticas en su puesto de trabajo hasta el último momento, ignorantes de que el barco se hunde, que ya no queda nadie al mando. Sueños que se proyectan más allá de la frontera de la vida biológica. Que su corazón viejo, agotado por los excesos de la sangre inflamable, había estallado en mitad de la noche. Y su mente, ignorante y feliz, soñaba que era una ballena lanzada contra la tierra firme con el propósito idiota de morir matando. Eso la hizo sonreír. Matar al mundo. Todo aquello que pisoteó y sobre lo que escupió y orinó alguna vez. Odiar en defensa propia. Legítima forma de vida. Sí, es cierto, a las de su calaña solo les queda el despecho, saber que han sido víctima, pero también verdugo. Morir matando. Vaya viaje, amiga. Así que se miró los dedos arrugados y pálidos y tocó la piel áspera de la ballena para convencerse. Como si los sentidos no fuesen a traicionarla. Y allí estaba. La ballena varada en la playa. En su playa.

Caminó a un lado sin saber qué hacer. Entonces lo supo, antes quizá de escuchar el claxon en lo alto del terraplén. Supo que era una señal, un presagio. Las olas lamían el cuerpo muerto y regresaban atrás, dejando surcos en la arena. Era una ofrenda del mar. Entonces, sonó por segunda vez. Alguien esperaba allí arriba, frente a la casa. Y ella dijo: ¿quién coño...? Así que subió de regreso por el terraplén y cuando rodeó la casa vio el coche parado en el camino de grava y, aun sin conocerlo, supo que era ella.