Lago negro de tus ojos - Guillem López - E-Book

Lago negro de tus ojos E-Book

Guillem López

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Tras El Incidente, unas extrañas lagunas aparecieron por todo el mundo. La periodista Carla Babiloni regresa a El Clot, donde está la más grande de todas ellas, para investigar la desaparición de una actriz. Pero el regreso es un ajuste de cuentas con el pasado, un reencuentro con todo aquello que creía haber dejado atrás de forma definitiva. Deberá enfrentarse a policías corruptos, militares de una agencia de seguridad mundial y sectarios fanáticos, además de a sus propios miedos y temores, atrapada en un torbellino de recuerdos y profecías funestas.

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Seitenzahl: 142

Veröffentlichungsjahr: 2019

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LAGO NEGRODE TUS OJOS

GUILLEM LÓPEZ

Índice

Un reencuentro inesperado

Secretos y virtudes

Una zorra fisgona

Carla y Martina

Un héroe sueña

Dormid tranquilas

Primer final

Segundo final

Créditos

Vienen de todas partes, vestidos con el miedo. La oscuridad los atrae. La noche es su asistente de vuelo. Ríen y hacen chistes ridículos, pero no pueden ocultar el horror que les empuja hasta aquí. ¿Por qué vienen? Muchas veces me lo he preguntado. De alguna manera, la existencia de un lugar como este los convierte en equilibristas del espacio-tiempo. Siguen adelante, brazos en cruz, bordeando el abismo del presente, hacia el final de todas las cosas.

Carla Babiloni, Lago negro de tus ojos

Primera página

Todo comienza con esta imagen de Carla en el aparcamiento público que hay a las afueras de la aldea. Una página completa, con mucho detalle. Mira. ¿Lo ves? Le gusta mucho a mi psiquiatra. Dice que le recuerda a un auténtico tebeo americano. No sé si sabe de lo que habla o finge porque tiene miedo a llevarme la contraria. Soy el que paga y el paciente siempre lleva razón. Es una buena página. Me costó horrores dibujarla. Está basada en una fotografía que encontré de casualidad, unas semanas después de lo ocurrido. Se ve a Carla en segundo plano, rodeada de turistas alemanes. Brazos en jarras con la mochila a los pies. Parece desconcertada, rodeada de extraños que van de paso. Quizá se cuestionaba lo que yo también me pregunté más adelante y que todavía me pregunto: ¿por qué regresó?

Era el primer día de verano. El sol caía a plomo y los turistas se untaban cremas y repelente de mosquitos antes de bajar del autobús. Los traían de València cada mañana. Algunos hacían noche en los hoteles y pensiones de la zona. La mayoría pasaban el día en El Clot, visitaban la laguna, compraban recuerdos, tomaban cuatro fotos y desaparecían antes del ocaso. En el aparcamiento se arremolinaron en torno a los guías que organizaban grupos y repartían matamoscas y colas de caballo. Carla quedó un poco perdida, como en tierra de nadie. Miró a un lado y a otro y echó a caminar con los hombros vencidos por el peso de la mochila. Uno de los chicuelos que atosigan a los visitantes con souvenirs y baratijas la vio salir en dirección contraria al resto de turistas y decidió perseguirla.

—Hola —la asaltó—. ¿Buscas alojamiento? ¿Restaurante?

—No, gracias —respondió con un ademán y continuó hacia la salida del aparcamiento.

El muchacho corrió tras ella.

—¿Repelente de mosquitos? ¿Pulseras anti-insectos?

—Ya tengo, gracias.

—¿Un salacot con velo? —insistió el chico, revoloteando a su alrededor con una especie de sombrero de apicultor en alto—. ¿Horarios?

—No, gracias.

—¿Fotografías?

—Paso.

—Son exclusivas —explicó—. No publicadas nunca.

Carla se detuvo y levantó las gafas de sol.

—¿De la laguna? —preguntó.

—Claro.

—Ya... —dijo, desdeñosa.

—¿Periodista? —El chico sonrió y guiñó un ojo—. Tienes pinta de periodista.

—¿Me vas a enseñar las fotos o no?

El chico sacó un sobre arrugado del bolsillo del pantalón y se lo ofreció.

—¿En papel? —preguntó Carla. Levantó la solapa con la precaución de un artificiero. Dentro había unas cuantas fotografías a color. Las examinó en silencio mientras el chico miraba a un lado y otro.

—¿Te gustan?

—¿Son tuyas?

—De un amigo. ¿Te gustan?

—No están mal. ¿Cuándo las hizo?

—Hace dos días.

—¿Dos días?

—Sí. ¿Las quieres o no?

—¿Desde dónde las ha tomado? ¿Esto es una torre de vigilancia?

—No lo sé. Yo solo las vendo.

—¿Ha entrado dentro? ¿Hasta la laguna?

—Yo qué sé. ¿Eres periodista o no?

—Puede.

El chico le arrebató las fotografías de un zarpazo.

—Oye —protestó Carla—, que no me has dado un precio.

—Que te follen, filla de puta —masculló el chico, caminando de regreso hacia los autobuses de turistas.

El Clot

A modo de presentación del escenario, dibujé unas cuantas estampas cotidianas: nubes de mosquitos sobre el tejado de las casas, una fila de hormigas que trepa una fachada encalada, los faros de los coches repletos de bichos muertos, una barcaza en el canal se abre paso entre todo tipo de cadáveres flotantes... De niños cazábamos ranas en las esclusas con un cubo viejo y un salabre. Ahora todo el mundo viste con esos sombreros coloniales. Parecen apicultores venidos de otro planeta. También dibujé la chimenea del granero abandonado donde quemaban la paja del arroz. Al fondo, las siluetas de los hoteles y los edificios de apartamentos de nueva construcción. Cuando cae la tarde, su sombra se extiende sobre la aldea, arrastrándose hacia la laguna. El agua los llama. Mira la sombra. Aquí se ve. Cuando llegó Carla, el sol los iluminaba de frente y a ella le parecieron tótems gigantescos que habían venido a presenciar el final de algo antiguo. Arquitectura ceremonial de hormigón y acero. Sacrificios humanos. Un altar de veinte plantas en primera línea de playa.

Ley y orden

—¿Carla Babiloni?

Un coche patrulla se detuvo junto a ella. El policía estaba al volante y Carla tuvo que asomarse a la ventanilla opuesta para responder. Lo dibujé oculto por una sombra muy pronunciada y una sonrisa de dientes enormes. Mira. Da un poco de miedo. Se me fue la proporción, pero da igual. Es a propósito. Todo él era grande. A sus espaldas, lo llamábamos Panxa.

—Eres Carla, ¿no? —insistió—. ¿Te acuerdas de mí?

Carla asintió muy despacio, con la boca entreabierta, pero sin llegar a pronunciar palabra.

—¡Soy Vicente! —exclamó el policía—. ¡Vicente Falomir!

Ella sonrió y chasqueó los dedos: claro, Vicente, sí.

—¿Qué haces aquí? —la interrogó—. No me digas que has vuelto.

—No. Solo es temporal.

—¿Te alojas en algún hotel?

Carla tomó aire y retuvo su respuesta con un largo gemido.

—En casa de mi familia —explicó.

Panxa asintió lentamente sin dejar de sonreír. Estaba grueso y el sudor empapaba el cuello de la camisa y formaba gotitas de rocío que se descolgaban por las patillas.

—Sube —dijo, con un ademán—. Te llevo.

Carla dio un paso atrás y miró alrededor. Un par de mujeres la observaban desde la sombra de un emparrado, abanicándose tras la tela mosquitera que las protegía.

—¡Venga! —insistió el policía. Con esfuerzo abrió la puerta—. ¡Sube o se me llenará el coche de bichos!

Hay una secuencia muy larga en la que la portezuela se abre y la mano de Panxa regresa a las sombras, como una araña de esas que tejen un túnel y esperan al fondo. Me pareció una idea estupenda y ha quedado muy bien. Nueve viñetas. Carla descargó la mochila y se despidió con la mano de las mujeres antes de entrar.

El coche patrulla estaba sucio, lleno de papeles y restos de comida. También alguna lata de cerveza aplastada. El salpicadero cubierto de polvo y huellas. Quiero pensar que apestaba a sudor rancio y tabaco.

—Cuánto tiempo —musitó Vicente—. Por lo menos quince años, ¿no?

El agente conducía muy recostado, con una mano en el volante y la otra entre las piernas. Mascaba chicle de forma ruidosa y las gafas de sol le resbalaban en la nariz porcina y apenas cubrían los ojos.

—Sí —respondió ella mirando a otra parte—, algunos más.

—Cómo pasa el tiempo...

El coche patrulla se hizo a un lado y dejó pasar un humvee de vidrios tintados que pertenecía a LOCK, la agencia mundial creada tras El Incidente. Vicente saludó con desgana.

—Esto ha cambiado mucho —dijo—. ¿No habías venido desde El Incidente?

—No. He estado viviendo fuera.

—Algo oí. Que te fuiste a Alemania, ¿no?

—Sí. Pero ahora vivo en Dinamarca.

—Ah, muy bien. —Redujo la marcha y se mantuvo detrás de un hombre en bicicleta que cargaba con las cañas y los aperos de pesca. Pedaleaba con esfuerzo y en su cabeza se balanceaba un gran sombrero de paja de cuyas alas colgaba una fina gasa hasta los hombros—. ¿Apareció alguna laguna también por allí?

—En Nørholm —explicó—. Al norte.

—Claro. Charcos hay en todas partes. Pero nada parecido a lo que tenemos aquí, ¿eh? —concluyó con un guiño cómplice.

—Eso he leído —replicó ella, alargando las vocales en un titubeo—. No lo sé.

Giró por una de las pequeñas callejas entre casitas de pescadores y entró en la aldea.

—Esto ha cambiado mucho, Carla.

—Ya supongo.

—¡Mírame a mí! —Rio como quien rasga un papel—. Jefe de policía. ¿Quién iba a decirlo?

—Ya ves.

—No me lo había ni planteado. —Extendió las manos, soltando el volante, como si él mismo no diese crédito a sus palabras.

—La vida da muchas vueltas.

—Sí.

El coche se detuvo en un cruce. A un lado, las terrazas de varios restaurantes, cubiertas por grandes redes y velos translúcidos, repletas de turistas y visitantes. A Carla le recordaron aquellas nasas que utilizaba su padre para pescar anguilas en el canal.

—Entonces —dijo Vicente—, ¿vacaciones?

—No. Trabajo.

La miró sin pestañear. El coche detenido.

—Soy periodista —aclaró ella.

—No pot ser.

—Sí.

—¿En serio?

—Sí —rio.

Vicente la miró de arriba abajo y ella sonrió con apuro.

—¿No serás de ese periódico inglés? —la interrogó, atónito.

—Sí.

—Xe, qué casualidad. ¿En serio?

—Sí.

—Me tomas el pelo.

—¿Por qué iba a hacerlo?

Vicente bajó el mentón para escrutarla una vez más sobre la montura de las gafas.

—La mare que ho ha... —masculló—. Me dijeron que venía un periodista.

—Ese soy yo.

—No me lo puedo creer —musitó.

—Sí. ¿Quieres que te haga una entrevista?

—¿Ahora?

—Cualquier momento es bueno.

Vicente estalló en una carcajada que no tenía nada de divertida.

—Joder, ni de coña me vas a sacar una declaración. —Rio—. Antes me dejo sacar las tripas.

Carla mordió la sonrisa y no dijo nada más. El vehículo policial torció la esquina y Vicente saludó a un vecino.

—Joder con la vida —masculló el policía—. Pensaba darle esta charla a algún inglesito untado de crema, pero te lo diré a ti —dijo tras exhalar de forma paciente, sin mirarla—. Ya sé para qué has venido.

—Ah, ¿sí?

—Es por la actriz esa.

—Elena Ferri.

—No sé de dónde os habéis sacado que estuvo aquí.

—Testigos, un vídeo de la gasolinera, el registro de llamadas de su teléfono...

—Lo que sea. Da igual. Llegas tarde, reina —dijo, desdeñoso—. Los carroñeros de la prensa ya se han largado con las manos vacías.

—Carroñeros. Vaya... —Carla silbó por lo bajo.

—No lo digo por ti, eh. Son esos... ya sabes a quién me refiero. Peores que las hienas. Solo buscan morbo para su telebasura.

—Yo trabajo en prensa escrita.

—No me jodas, Carla. Tú ya me entiendes.

—Eh, solo he venido a hacer mi trabajo y ya está. No quiero problemas con nadie.

El agente se volvió hacia ella y torció la mandíbula.

—Carla, Carla... —dijo con una cantinela—. No hemos cambiado tanto, ¿verdad? Ni nosotros, ni tú.

—Un poco sí.

—Mira. Pasa esta tarde por comisaría y hablamos —propuso—. Pero te diré lo mismo que dije a los otros: si Elena Ferri estuvo aquí, ya no está. Quizá hizo como el resto de los turistas: visitó la laguna, compró algún recuerdo, comió un buen arroz de alcachofas y pato y de regreso a casa algo debió pasarle. Quizá se juntó con quien no debía. Ya sabes cómo son las actrices.

—Como los actores, supongo —masculló ella.

Vicente se pasó la lengua por los dientes y tamborileó los dedos sobre el volante.

—Oye —dijo, tras un instante—. Puede que haya pasado algo malo. Quién sabe. A veces ocurre. Dentro de un tiempo, encontrarán el cuerpo de esa pobre chica en un vertedero de Albacete y detendrán a un antiguo novio o algo así. Esa es la película. Pinta a final triste. Pero ¿qué puedo hacer yo?

—Nada.

—Nada —replicó satisfecho—. Eso es. Y ¿sabes por qué? Porque aquí, en El Clot, nunca pasa nada.

La única réplica fue el ronroneo del motor. Vicente bufó y negó con la cabeza.

—Escucha, Carla —dijo—. Me caes bien. Tu madre también me caía bien. No quiero darte una mala impresión. Solo hago mi trabajo.

Carla lo miró con una gran sonrisa.

—Yo también —dijo.

Vicente asintió varias veces y regresó la mirada al frente, quizá confundido por esa capacidad que siempre tuvo Carla para bordear la frontera de la paciencia ajena. De niña ya era una listilla. Nunca sabías cuándo te tomaba el pelo. Eso le ganó tantos enemigos como pretendientes, pero siempre fue un paso por delante de todos ellos. El coche patrulla se detuvo y Vicente señaló con el dedo.

—Ahí la tienes —dijo—. Tu casa.

Carla miró a través de la ventanilla y suspiró. Al otro lado, la casa en la que se había criado. Una más entre una docena de pequeñas viviendas adosadas, con la fachada descascarillada y los barrotes de las ventanas oxidados.

—Oye, Carla —añadió Vicente—. Me alegro que seas tú quien escriba sobre esa chica desaparecida.

Ella sonrió.

Gracias —dijo, al tiempo que tiraba de la maneta.

—Lo digo en serio —continuó el policía—. Hay temas que es mejor no tocarlos. No sé si me explico.

—Por supuesto —susurró ella, paseó los ojos de un lado a otro y concluyó—: Gracias por el paseo.

—De nada —dijo, y antes de que Carla cerrase la puerta, añadió—: Si necesitas cualquier cosa ya sabes dónde estoy.

Claro que lo sabía, ¿cómo iba a olvidarlo? Vicente era un trepa y un malnacido. No le sorprendió en absoluto descubrir que se había convertido en jefe de policía. En lugares como El Clot, la gente así suele llegar lejos. Utilizan rencillas y enemistades de los que no aspiran a ser como ellos para escalar y convertirse en concejal, alguacil, tesorero del ayuntamiento o incluso alcalde. Vampiros de la mala sangre. No valen para nada. Son un cero a la izquierda del interés común, un cero gordo y bien alimentado.

Tengo por aquí —déjame que las busque— otra serie de viñetas en las que aparece Carla tras el encuentro con Panxa. Son cuatro, verticales. Aquí están. En la primera se la ve de costado, con la mochila a los pies, mirando el coche patrulla alejarse. En un bocadillo sobre ella se lee: «que te den». En la siguiente continúa con los párpados entrecerrados, ceñuda. Me gustan sus pintas de tía fuerte. Mira qué brazos. Siempre fue así. De niña quiero decir. En la siguiente carga la mochila al hombro. Por último, ya de espaldas, se enfrenta a la casa familiar. Creo que se quedó así un buen rato, mirando la fachada, quizá transformando intuiciones en recuerdos fiables: marcas en la pared, el emparrado, la madera rayada de la puerta, las jardineras arrasadas en el dintel de la ventana.

Las dibujé aquella misma noche, la de su llegada a El Clot, porque así fue como la vi la primera vez: frente a la morada de su infancia, con las llaves en la mano, paralizada ante lo que podía encontrar dentro.

Un reencuentro inesperado

—Hola —dije. Pero no me oyó y levanté la voz—. ¡Hola!

Entonces sí. Carla se dio la vuelta, no del todo, más bien me miró por encima del hombro. No me reconoció y yo a ella tampoco, aunque, de alguna forma, sabía quién era.

—¿Buscas a alguien? —pregunté.

Ella negó con la cabeza y yo me acerqué.

—¿Bernat? —musitó al volverse.

—No fotes... —balbuceé—. ¿Carla?

En ese momento, un pequeño insecto volador se le metió en la boca y yo reí al verla hacer aspavientos, quejándose y escupiendo al suelo.

—¡Puto asco, joder!

—Venden por ahí unos sombreros... —sugerí.

—Ya lo he visto —replicó de forma brusca—. Sí.

—Todo el mundo los lleva por aquí.

—Tú no... —concluyó, todavía escupiendo al suelo.

Caminé hasta ella y le tendí la mano.

—Hola, Carla.

—Hola, Bernat.

Fue un saludo un tanto ridículo. Creo que ambos nos avergonzamos de una manera inmadura y juvenil, como si fuésemos otra vez aquellos adolescentes que comenzaron a salir por obligación contractual, porque eran amigos y estaban solos y se supone que esas cosas pasan. Tal vez ella se avergonzase más que yo, así que, para quitar hierro al asunto, le estreché la mano más tiempo del necesario.

—No me digas que has vuelto —dije.

—Es solo temporal.

—Si tienes algo en mente, debo decirte que estoy casado —aclaré. Ella sonrió apenas.

—Yo también —añadió—. Vengo por trabajo.

—Menos mal. —Resoplé aliviado y reí; ella no.

—Soy periodista —dijo.

—Ah, claro. ¡Es verdad! —Chasqueé los dedos—. Me comentaron que habías publicado un libro o algo.

Carla asintió y miró a otra parte.

—¿Qué tal todo? —preguntó, no a mí directamente, sino con la vista puesta en la aldea y en los edificios de apartamentos y, quizá también, en el vallado de seguridad y las torres de vigilancia en torno a la laguna.

—Tirando, como siempre. No me va mal —respondí—. Oye, ¿te vas a quedar en casa de tu familia?

—Eso había pensado.

Resoplé y me rasqué la coronilla, como hago cada vez que algo no me gusta.

—No te lo recomiendo.

—¿Por?

Miré tras de mí y señalé la furgoneta. Ella leyó el rótulo.

—¿Exterminador? —preguntó, ahora sí, sonriendo—. ¿Te dedicas a matar bichos?