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Beschreibung

Argumenta Philosophica es una revista internacional de carácter científico y de investigación filosófica, se publica semestralmente y se dirige a un público universitario. Son temática primordial de la revista las disciplinas clásicas de la filosofía y su historia: metafísica, epistemología, lógica, ética, filosofía de la ciencia y de la mente, filosofía de la religión, estética o filosofía de la historia. Asimismo también acoge consideraciones teóricas sustanciales en relación a otras disciplinas humanísticas o relacionadas con ellas (psicología, sociología o antropología, por ejemplo). Argumenta Philosophica (ISSN: 2462-4993), revista indexada en: Carhus Plus+, Dialnet, ERIH Plus, IBZ, IBR, Latindex, MIAR, Philosopher´s Index, SCOPUS. Artículos publicados en este número: -99% Boredom, 1% Terror¨ - Repression of Responses to Boredom and Transgressive Behavior in Military Bodies por Josefa Ros Velasco -Los enigmas de la esfinge y el capital políticio: qué podemos aprender hoy de la lectura de Marx/Engels sobre la Comuna de París por José Luis Moreno Pestaña -Reivindicar los derechos humanos en una clave politizadora. La respuesta de Claude Lefort a Karl Marx por Edgar Straehle -El cuerpo político y la temporalidad. Del Príncipe de Machiavelli al partido de Gramscipor por Leonardo Mattana Ereño -Los argumento ontológico y epistemológico de Quentin Meillassoux por Ernesto Castro Reseñas: -Jordana Lluch, Ester, Michel Foucault: Biopolítica y gubernamentalidad 83 por Andrea Montero Romero -S. Ardévol, Eros y otros trazos 87 por Carlos M. Moreno -Carissa Véliz, Privacidad es poder: Datos, vigilancia y libertad en la era digital 89 por Belén Liedo -Olga Belmonte, Víctimas e ilesos 91 por Miguel García-Baró -Andrea Soto Calderón, Imaginación material 95 por Margarita Sánchez-Mármol

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Seitenzahl: 273

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Revista indexada en / Journal indexed in: Carhus Plus+, Dialnet, ERIH Plus, IBZ, IBR, Latindex, Philosopher’s Index, MIAR y SCOPUS

Cubierta: Gabriel Nunes

Imagen de cubierta: Agustí Penadès

Edición digital: José Toribio Barba

EAN: 9788425450563

ISSN: 2462-5906

Para suscripciones y pedidos

Herder Editorial

Tel. 934762640

http://www.herdereditorial.com/argumenta-philosophica

[email protected]

2023/2

La deliberación5

Tomás Domingo Moratalla

Artículos

La deliberación y sus dificultades7

Diego Gracia

Deliberation in Bioethics23

Henk ten Have

Deliberación bioética y derecho39

José Antonio Seoane

La deliberación, el arte de poder no tener razón59

Tomás Domingo Moratalla

El compromiso ético con una buena deliberación: la narrativa como clave75

Lydia Feito Grande

Reseñas

L. J. Sánchez Ortega, Aprender a deliberar95

Melissa Hernández Iglesias

T. Domingo Moratalla, L. Feito Grande, Bioética narrativa97

Antonio Redondo García

D. Gracia, Bioética mínima101

Noelia Ureña García

Byung-Chul Han: La crisis de la narración104

Noé Expósito Ropero

V. Camps, Tiempo de cuidados. Otra forma de estar en el mundo107

Ester Busquets Alibés

Índice anterior111

Normas de Publicación113

Submission Guidelines118

LA DELIBERACIÓN1

Tomás Domingo Moratalla

Este monográfico tiene su origen en el Proyecto de Investigación “Educación en bioética y deliberación democrática” liderado por la profesora Lydia Feito. En los trabajos que aquí se recogen se aborda el método deliberativo, su definición, su fundamentación y sus dificultades, así como algunos desarrollos. 

El primer artículo es del profesor Diego Gracia, impulsor de la deliberación en bioética y una de las grandes referencias españolas en esta disciplina. En este texto nos resume y actualiza su planteamiento detectando algunas dificultades de la propia deliberación. En la misma línea, y con una orientación parecida, Hen Ten Have, otro de los grandes nombres de la bioética europea, retoma la cuestión de la deliberación para señalar que no se trata solo de un proceso racional, sino que en ella son claves los elementos emotivos, valorativos y narrativos. En esta línea de enriquecimiento de la deliberación el profesor José Antonio Seoane se centra en las relaciones entre bioética y derecho. Su propósito es describir las contribuciones de la teoría y la praxis jurídicas para el desarrollo y la comprensión de la deliberación bioética.

Mi artículo y el de la profesora Lydia Feito insisten en proponer la deliberación como el método regio de la ética. Supone una aproximación prudencial y abierta a la pluralidad de perspectivas para resolver los conflictos y las decisiones relativos a valores. Por mi parte destaco en este trabajo la necesaria fundamentación hermenéutica, que pasa por una recuperación de la perspectiva aristotélica y la incorporación decidida en estos temas de la filosofía orteguiana. Lydia Feito se centra en la necesidad de disponer de alguna herramienta para evaluar la deliberación. Nos presenta una serie de criterios para una buena “deliberación”, en forma de rúbrica, donde una clave fundamental reside en la incorporación de elementos narrativos.

Probablemente nos encontramos con la más completa recopilación de trabajos sobre la deliberación en bioética. Se describe, se aclara y se discute la propuesta deliberativa, al hilo de las enseñanzas de Diego Gracia. Y también dejamos entrever algunas de sus prolongaciones más fructíferas como es la deliberación narrativa. La deliberación tiene un pasado (Aristóteles), un presente (como aquí se muestra) y, ante las dificultades de nuestro mundo, también un futuro. La deliberación se ha convertido, se convierte, en una necesidad. [p. 5/122]

1 Proyecto de Investigación “Educación en bioética y deliberación democrática” PID2020-115522RB-I00 financiado por MCIN/AEI/10.13039/501100011033. También se enmarca en las actividades del Grupo de Investigación UCM “Bioética, deliberación y éticas aplicadas”.

LA DELIBERACIÓN Y SUS DIFICULTADES

Deliberation and its difficulties

Diego Gracia

■ Resumen

La ética es una disciplina práctica, por ello no convienen para su razonamiento los planteamientos apodícticos, ya que trata sobre las decisiones reales, teniendo en cuenta los factores intervinientes, las circunstancias y las consecuencias. Siguiendo a Aristóteles, se puede decir que el tipo de razonamiento propio de la ética es el dialéctico, el que parte de algo opinable, donde no es posible lograr la ciencia demostrativa. Aquí la clave es la prudencia, una virtud intelectual que consiste en la toma de decisiones correctas en situaciones de incertidumbre.

Se analizan aquí las dificultades de este modo de razonamiento y se defiende la idoneidad del método deliberativo para poder tomar decisiones prudentes. Dicho método opera en tres pasos: la deliberación sobre los hechos, sobre los valores y sobre los deberes. Su fin último es la búsqueda de la excelencia.

Palabras clave: Deliberación, razonamiento práctico, prudencia, sesgos, valor

■ Abstract

Ethics is a practical discipline. Apodictic approaches are not suitable for its reasoning, since it deals with real decisions, taking into account the factors involved, the circumstances and the consequences. Following Aristotle, it can be said that the type of reasoning appropriate to ethics is dialectical, that starts from opinion, where it is not possible to achieve demonstrative science. The key here is prudence, an intellectual virtue that consists in making correct decisions in situations of uncertainty.

The difficulties of this mode of reasoning are analysed here and the suitability of the deliberative method for making prudent decisions is defended. This method operates in three steps: deliberation on facts, on values and on duties. Its ultimate goal is the search for excellence.

Keywords: Deliberation, practical reasoning, prudence, biases, value [p. 7/122]

■ La lógica del razonamiento práctico

La ética es una disciplina práctica, que tiene por objeto tomar decisiones correctas. En esto se diferencia de todos los saberes que son meramente abstractos, especulativos o teóricos. El ejemplo paradigmático de estos últimos es la matemática. La teoría del triángulo equilátero es independiente del hecho de que en la práctica sea posible pintar un triángulo perfectamente equilátero, en el que los tres lados y los tres ángulos sean exactamente iguales. Eso, que probablemente es imposible en la práctica, pintar un triángulo perfectamente equilátero, carece de relevancia en el orden abstracto de la pura teoría. De ahí que, desde la Antigüedad, la filosofía haya puesto buen cuidado en distinguir dos tipos de razonamientos, generalmente llamados teórico y práctico. Las lógicas de ambos son muy distintas. Aristóteles decía que las proposiciones del primer tipo son apodícticas, puesto que el procedimiento adecuado para probar su consistencia es la demostración. Y precisamente por ello, las únicas valencias posibles son dos: verdad y error. Estas proposiciones pueden demostrarse en caso de que sean verdaderas. Y en el caso contrario nos aparecerán como falsas. Aquí no cabe término medio. A esto dedica Aristóteles el libro primero de sus Segundos analíticos. La demostración (apódeixis) da ciencia (epistéme), en tanto que la deliberación (boúleusis) da un tipo de verdad más débil que Aristóteles llama opinión (dóxa). Y escribe: «Lo cognoscible científicamente y la ciencia se diferencian de lo opinable y de la opinión en que la ciencia es universal y se forma a través de proposiciones necesarias, y lo necesario no es admisible que se comporte de otra manera. En cambio, hay algunas cosas que existen y son verdaderas pero que cabe que se comporten también de otra manera.»1

Estas últimas proposiciones son las propias del llamado «razonamiento práctico», que afirman algo, pero no de modo universal, como en el caso de la teoría del triángulo equilátero, sino particular. Tal es el caso de las proposiciones éticas, cuyo objetivo es el tomar una decisión concreta de hacer o no hacer correctamente algo. Parecería que estamos ante un caso muy similar al del triángulo, pero las diferencias son muy significativas. La primera, que aquí se trata de decisiones reales, no meramente formales o abstractas, de tal modo que hemos de tener en cuenta todos los factores que intervienen en ellas, incluidas las circunstancias y las consecuencias, dado que se trata de decisiones concretas. Ahora bien, la capacidad de la mente humana para integrar en la decisión todos esos factores es muy limitada. Lo es en el caso de las circunstancias, y aún lo es más en el de las consecuencias, ya que los futuros siempre son, como ya decían los antiguos lógicos escolásticos, contingentes, y por tanto pueden suceder y no suceder. De aquí que en este tipo de razonamientos no haya dos únicas valencias, verdad y error, como en el caso anterior, porque se mueven siempre en el ámbito de la incertidumbre y la probabilidad. Aristóteles no conoció la teoría matemática de la probabilidad, pero fue muy consciente de que en el razonamiento práctico las valencias no son verdad/error, [p. 8/122]  sino que hay un término medio, que él designó con el término dóxa, que los latinos tradujeron por opinio, opinión. Las opiniones pueden ser más o menos razonables, y por tanto nos encontramos, no en el plano de la racionalidad pura, cuyas únicas valencias son verdadero y falso, sino en el de la razonabilidad, donde las opiniones pueden ser varias, sin que en principio sepamos cuántas, y todas y cada una de ellas más o menos probables o plausibles. También cabe decir que son más o menos prudentes. Donde hay dóxa, opinión, siempre será posible la aparición de lo improbable o no plausible, la para-doja (pará-dóxa). Ni que decir tiene que, en este tipo de razonamiento no apodíctico, que cabe calificar de «débil», es preciso hacer un esfuerzo para que las decisiones, por más que no puedan aspirar a ser ciertas, sean, sin embargo, razonables. No serán del todo racionales, si por racionalidad entendemos solo la apodíctica, pero sí deberán ser razonables.

A este tipo de razonamiento que no es especulativo, lo llamó Aristóteles «dialéctico», y lo definió como «el construido a partir de algo opinable, probable o plausible (éndoxos)».2 El término dialéctico demuestra bien que en él se busca la racionalidad, el lógos, pero diá, ‘a través de’. ¿De qué? Del intercambio de lógoi; por tanto, del «diálogo». Por eso su método es la deliberación. En el método demostrativo huelga el intercambio de opiniones; no es necesario diálogo de ningún tipo. La verdad se consigue a través de la demostración, no del diálogo. Pero en el dialéctico no hay otro modo de proceder razonablemente que a través de la deliberación.

■ Una historia tormentosa

Este segundo tipo de racionalidad recibió un nuevo impulso a partir del siglo xvii, al distinguir la filosofía de modo tajante los juicios empíricos o de experiencia de los meramente formales, como los propios de la matemática. A estos se les denominó «analíticos», en oposición a los «sintéticos» o de «experiencia», caracterizados estos últimos por no ser puramente mentales, por partir de datos que se reciben por los sentidos. Precisamente porque los analíticos no dependen de los datos empíricos recibidos por los sentidos, a los primeros se les llamó también «a priori», y a los otros «a posteriori». Y como entonces, en el siglo xvii, fue cuando comenzó a elaborarse la teoría matemática de la probabilidad, tiene sentido que a estos últimos se les considere probables, en vez de las denominaciones más clásicas de plausibles u opinables. El campo de operación de los primeros, ahora como en tiempo de Aristóteles, seguía siendo la matemática. De modo que, en las disciplinas empíricas, si querían formularse proposiciones verdaderas, resultaba necesario matematizarlas, algo posible siempre que se aceptara la hipótesis formulada por Galileo de que «la naturaleza está escrita en caracteres matemáticos». De ahí que la gran hazaña de la ciencia y la filosofía modernas fuera la matematización de la experiencia. A su modo, la ciencia moderna, incluso la ciencia experimental, seguía apegada al razonamiento apodíctico, el propio de las que pasaron a llamarse «ciencias naturales»  [p. 9/122] o «ciencias duras», en oposición a las «ciencias culturales» o «blandas», precisamente porque en ellas no era posible la demostración. ¿Cuál podría ser el método de estas ciencias? Fue un tema ampliamente debatido en la segunda mitad del siglo xix y durante las primeras décadas del xx. ¿Y la ética? Aún en la época de Kant, y no digamos en la de Spinoza o Leibniz, se pensaba que su método tenía que ser necesariamente apodíctico. Lo exigía la importancia y gravedad de los asuntos que trataba. Parecía razonable exigir para ella y para las ciencias humanas un rigor aún más elevado que el propio del saber científico-natural. La ética debía satisfacer las exigencias del método científico.

Se comprende que, en este ambiente intelectual, términos como deliberación y prudencia perdieran su antiguo estatuto técnico y pasaran a convertirse en términos coloquiales, que al ritmo que ganaban en popularidad perdían en rigor. Por deliberación empezó a entenderse el mero y simple intercambio de opiniones entre personas. Los avatares de la palabra prudencia fueron aún peores, hasta el punto de que vino a significar la sagacidad de quien evita comprometerse en cuestiones inseguras o de incierto resultado, o de quien evita asumir riesgos elevados. Prudente es el astuto que no se deja engañar por otros, o aquel que no dice nunca todo lo que sabe, pronuncia medias palabras y gestiona sagazmente la ambigüedad, de tal modo que arriesga poco y nunca se compromete del todo. La prudencia así entendida es inseparable de la astucia. Es lo que Kant designó, por supuesto peyorativamente, con el término Klugheit.

■ La rehabilitación del razonamiento práctico

El redescubrimiento del sentido de la ética aristotélica, y en general del llamado razonamiento práctico, es de época muy reciente y sigue sin estar concluido. Continúa costándonos ver que la prudencia no es una virtud moral, como ha sido lo usual de las épocas medieval y moderna, sino intelectual, y que consiste en la toma de decisiones correctas en condiciones de incertidumbre. El razonamiento apodíctico no gestiona incertidumbre, porque su lógica no lo permite, ya que en él no caben más que dos valencias, verdad y error. La incertidumbre es propia del razonamiento práctico, aquel en que la mente humana nunca es capaz de conocer todos los factores que sería necesario tener en cuenta si quisiera elaborarse un razonamiento apodíctico. Y como eso no es posible, la cuestión está en saber si en tales condiciones cabe tomar decisiones racionales. Y la respuesta es que sí. Al procedimiento intelectual para llevar esto se lo denomina «deliberación», y a su término, prudencia.

Valga un ejemplo simple. Una persona va a los mandos de un coche por una carretera de doble dirección y cree que ha llegado el momento de adelantar un camión que le impide ir a la velocidad que considera adecuada. Quiere, por supuesto, adelantarlo prudentemente, sin poner en riesgo su vida o la de las personas que le acompañan. Para lograrlo, integrará en su decisión un conjunto de factores: la prisa que tiene, la distancia y velocidad del coche que viene de frente, la longitud del camión, su velocidad, algunos factores más, no muchos. Tras ello [p. 10/122]  decidirá adelantar o no al camión, en la conciencia de que está tomando una decisión prudente. A pesar de esto, como resultado de su decisión puede provocar un grave accidente, incluso mortal, por mil factores que no ha tenido en cuenta: que el conductor del camión se durmiera, o que sufriera un infarto de miocardio, o que le explotara una rueda, o que atravesara la carretera un animal, o que el infarto le diera a ella, etc., etc. Cualquiera de esos factores puede hacer que el adelantamiento acabe en tragedia, por más que nos haya parecido prudente. Y es que la prudencia no asegura el éxito del resultado. Se puede adelantar prudentemente a un vehículo y morir en el intento. Y se puede hacer eso mismo de modo imprudente y no sufrir ningún percance. A pesar de lo cual hay que decir con cierto énfasis que la obligación moral al adelantar un camión no es la de no matarse, sino la de ser prudente. La prudencia es la virtud ética por antonomasia. Todas las demás virtudes, o son prudentes, o no son virtudes.

■ La prudencia y sus sesgos3

El ejemplo de la conducción de un vehículo parece demostrar que la toma de decisiones prudentes es fácil e incluso natural en el ser humano, dado que lo hacemos continuamente y sin mayor problema. Da la impresión de que estamos programados para actuar así. Pero esta primera impresión es errónea, y constituye el principal sesgo que tenemos los seres humanos a la hora de tomar decisiones. De hecho, todos tenemos una alergia natural a la incertidumbre y buscamos evitarla al precio que sea. La razón de esto es inconsciente, y fue Freud quien la puso en claro. La incertidumbre complica el proceso de toma de decisiones, y por tanto genera incomodidad, cuando no angustia, en quien tiene que tomarla. Y la angustia dispara los llamados «mecanismos de defensa del yo», el primero de los cuales es la negación. Todos ellos provocan al final el mismo efecto, y es la distorsión del proceso deliberativo, de modo que su consecuencia es la toma de decisiones imprudentes.

Los mecanismos de defensa pueden alterar el proceso deliberativo en cualquiera de sus fases, que luego analizaremos. Pero su efecto negativo no afecta solo a partes aisladas sino también al proceso en su conjunto. Esto se debe a que nos hace dar un salto de la lógica dialéctica a la apodíctica, de modo que afirmamos como cierto lo que es solo plausible o probable, lo que lleva en la práctica a tomar decisiones incorrectas por imprudentes. El sesgo más grave y de peores consecuencias, a pesar de ser también el más habitual, es este, el tomar las decisiones prácticas tras un proceso lógico indebido, haciendo pasar por razones apodícticas las que no pueden ser más que dialécticas o prudenciales.

Las decisiones extremas son, en principio, siempre imprudentes. En el caso concreto de la ética, un extremo es el propio de la llamada «racionalidad estratégica», que reduce el cálculo a la optimización del coste de oportunidad del propio individuo, es decir, el consecuencialismo radical, y el otro extremo es su opuesto, el «principialismo», que expresa perfectamente el apotegma clásico fiat [p. 11/122]  iustitia, pereat mundus. Si la consecuencia de nuestra decisión es que perezca todo el mundo, ¿qué hemos hecho en nombre de la justicia? La prudencia exige siempre la ponderación de todos los valores en juego y la toma de aquella decisión que respete más los valores positivos o los lesione menos, de ahí la expresión, también clásica, in medio virtus quando extrema sunt vitiosa. Su origen estuvo, una vez más, en Aristóteles.

■ Deliberación individual y colectiva

Aristóteles calificó el tipo de decisiones que estamos estudiando, aquel que gestiona incertidumbre, de «dialéctico». La razón está en que, en estas decisiones, sobre todo cuando son complejas y afectan a muchas personas o ponen en juego valores fundamentales, como puede ser la vida, conviene ampliar las perspectivas de análisis y hacerlas, a ser posible, colectivas. Dice un refrán castellano que «cuatro ojos ven más que dos», de ahí que, si bien la deliberación comienza siendo siempre individual, en los casos complicados o que afectan a varias o muchas personas, conviene hacerla colectiva. En la Ética a Nicómaco escribe Aristóteles: «La deliberación se da respecto de las cosas que generalmente suceden de cierta manera, pero cuyo resultado no es claro, y de aquéllas en que es indeterminado. Y en las cuestiones importantes nos hacemos aconsejar de otros porque desconfiamos de nosotros mismos y no nos creemos suficientes para decidir.»4

La deliberación colectiva plantea problemas específicos, distintos de la individual. La deliberación colectiva exige el intercambio de razones entre los intervinientes, y por tanto tiene que ser un ejercicio de diá-lexis, un diálogo, algo que en principio no parece plantear problemas, pero que en la práctica resulta sumamente difícil. Y eso se debe a que en el transcurso de ese proceso siempre es posible que a uno le den la razón en lo que dice, pero también que se la quiten, y esto último no resulta fácilmente asumible. Se recibe con frecuencia como una agresión personal, que dispara de nuevo los mecanismos inconscientes de defensa. De ese modo, lo que en principio era un diálogo se convierte en un debate, e incluso en una batalla dialéctica donde lo importante no es ya alcanzar la verdad o tomar la decisión más razonable y prudente, sino salir victorioso en la contienda, triunfar sobre el adversario. El caso es ganar, aunque la victoria sea pírrica.

La deliberación colectiva exige de los participantes ciertas condiciones previas, que no consisten solo en conocimientos, sino también en habilidades y actitudes. Es obvio que, para intervenir en una deliberación sobre qué hacer ante un problema médico, se requiere una formación profesional básica, sin la cual no será posible el diálogo. Esa formación exige no solo unos ciertos conocimientos específicos, sino también experiencia práctica. De ahí que, además del conocimiento teórico o la ciencia, sea necesario también contar con el conocimiento práctico, la experiencia. Ambas son condiciones necesarias, pero no suficientes. Con ellas se cubren los objetivos de conocimiento, pero no los de habilidades y actitudes. [p. 12/122]  Las habilidades de la deliberación no se adquieren más que deliberando, algo que debía formar parte de la educación en sus diferentes grados, desde la escuela primaria, pero que en nuestro medio se descuida sistemáticamente. Los planes educativos están diseñados para triunfar en la vida compitiendo con los demás, no para deliberar, que es, en buena medida, lo opuesto a competir. Y de ahí también que las actitudes básicas para la deliberación sean poco frecuentes entre nosotros. Exige, entre otras cosas, una cierta humildad intelectual, aceptar sin problemas que quien se opone a nuestro punto de vista es el único que puede ayudarnos a modificarlo, de modo que no puedo verlo como un enemigo sino como alguien que me resulta imprescindible para mejorar mi punto de vista, por definición siempre parcial, y que de ese modo puede ayudarme a tomar decisiones más prudentes. Quien piensa de modo exactamente igual a mi o a nosotros, o quien es nuestro aliado incondicional, no puede resultarnos de mucha ayuda en un proceso deliberativo.

Educar en la deliberación debería ser el objetivo fundamental de cualquier programa formativo.

■¿Sobre qué se delibera?

Ya hemos dicho que la deliberación tiene por objeto tomar decisiones, decidir hacer o no hacer algo. Por eso es un método eminentemente práctico. De lo que se trata es de decidir «bien», «correctamente», y por tanto de «hacer» aquello que uno «debe» hacer, con lo cual queda patente el carácter moral de todo este proceso. Los sustantivos bueno y correcto, y el verbo deber, son los términos más característicos de la ética. Deliberamos para decidir bien y hacer aquello que debemos; el problema es cómo conseguirlo.

Para alcanzar ese objetivo, lo primero necesario es «proyectar» el acto. En el ser humano hay muchos actos que no están proyectados. Estos actos reciben los nombres de automáticos, espontáneos, reflejos, inconscientes, etc. Es evidente que la ética no tiene, en principio, nada que ver con ellos, precisamente porque no están proyectados, de modo que de ellos nadie es directamente responsable. La ética no se ocupa de todos los actos del ser humano sino solo de aquellos que están proyectados. Los otros, por más que sean la mayoría, quedan fuera de su consideración.

Vengamos, pues, a los actos proyectados. El proyecto exige, cuando menos, tiempo, cosa que no siempre se da, como cuando sucede un terremoto o hay un cataclismo. Tampoco esos actos tienen nada que ver con la ética, por más que puedan resultar muy desgraciados. El proyecto necesita tiempo, y ese tiempo finaliza en el momento en que se toma la decisión. Hasta entonces, necesitamos ir ponderando los diversos tipos de factores sin los que resulta imposible hacer un buen proyecto y, por tanto, tomar una decisión correcta.

Esos factores son fundamentalmente de tres tipos. El proyecto tiene que partir del análisis de unos «hechos», que una vez establecidos nos llevarán a su «valoración», solo tras la cual podremos plantearnos el problema de qué es lo que «debemos» hacer o cuál es la decisión que debemos tomar. En el proyecto intervienen, pues, tres tipos de elementos, «hechos», «valores» y [p. 13/122]  «deberes». El momento propiamente moral es el tercero, pero se halla soportado por los otros dos, de modo que solo conociendo los hechos y su valoración podremos plantearnos la pregunta por lo que debemos hacer o no hacer.

■ Deliberación sobre los hechos

Es el primer paso y aquel para el que estamos mejor entrenados. Toda la formación, en especial la universitaria, tiene por objeto el que seamos expertos en el manejo de ciertos hechos científicos o técnicos. Tomando como modelo la medicina, la formación específica nos capacita para el conocimiento preciso y detallado de cierto número de hechos, que en el caso de la medicina son los llamados hechos clínicos. A partir de ellos, podremos contestar a las tres preguntas que hace todo profesional de la medicina a un paciente: «¿qué le pasa?», «¿desde cuándo?» y «¿a qué lo atribuye?» Después vendrá la exploración, que, en su forma clásica, establecida por los grandes clínicos del siglo xix, constaba de cuatro fases: inspección, palpación, percusión y auscultación, todo ello para poder llevar a cabo el primer juicio clínico, el llamado diagnóstico sindrómico, tras el cual remontarse al diagnóstico etiológico. Solo entonces podrá establecerse un pronóstico correcto y ponderar las diferentes alternativas de tratamiento.

Este es el orden del llamado «acto clínico». En él se busca reducir la incertidumbre a través, primero, de la exploración de los síntomas, y luego mediante la búsqueda de signos clínicos precisos y fiables, con la ayuda de las llamadas pruebas complementarias, como los análisis de laboratorio o las técnicas diagnósticas no invasivas. Estas pruebas complementarias han llegado a tal grado de precisión que hoy hacen concebir al profesional la falsa idea de que los juicios que lleva a cabo sobre el enfermo, el diagnóstico y el terapéutico, tienen carácter apodíctico. A esto ha contribuido también el movimiento surgido hace algunas décadas y conocido con el nombre de «medicina basada en la evidencia». Las dos acepciones que da el diccionario de la RAE de evidencia son: «certeza clara y manifiesta de la que no se puede dudar» y «prueba determinante de un proceso». Por juicios de evidencia se entiende en nuestra lengua, pues, los que antes hemos llamado apodícticos, en los cuales no hay espacio para la incertidumbre, con lo cual se induce la falsa conclusión de que los juicios clínicos son apodícticos. Más cautamente, el diccionario de Oxford define evidence así: «the facts, signs, or objects that make you believe that something is true». No se trata, por tanto, de juicios ciertos sino plausibles o probables. Esto se conserva también, al menos parcialmente, en castellano cuando ese término se usa en plural. Las «evidencias» sobre algo son las «pruebas» que hay sobre ello, por más que no sean ciertas sino solo parciales, probables, dudosas, etc.

Si la expresión inglesa evidence based medicine se ha traducido al castellano por ‘medicina basada en la evidencia’, en vez de por ‘medicina basada en evidencias’, o mejor, ‘medicina basada en pruebas’, es por algo. Y ese algo tiene que ver con el hecho de que, en todas partes, también en inglés, pero especialmente en nuestro idioma, el [p. 14/122]  profesional, prácticamente sin darse cuenta, lleva a cabo lo que los griegos llamaban una metábasis eis állo génos, un salto de orden, o un salto en el vacío, yendo más allá de lo permitido por los datos, de modo que acaban haciendo pasar por apodíctico y, por tanto, por cierto, lo que es solo incierto y probable. De esta forma, cobramos la convicción de que los datos nos dan la certeza absoluta de que las cosas son como las estamos imaginando. Es un sesgo, un importante sesgo que impide tener un pensamiento crítico y gestionar los hechos con la debida prudencia. En clínica no tiene cabida la lógica demostrativa sino solo la deliberativa. Un buen profesional es el que sabe deliberar sobre los hechos, en orden a tomar las mejores decisiones diagnósticas, pronósticas y terapéuticas sobre cada paciente concreto.

Toda la formación clínica está orientada al manejo correcto de los hechos clínicos, razón por la cual esta es la parte en la que los profesionales han recibido un mejor entrenamiento. En los otros niveles del razonamiento clínico su formación es prácticamente nula, cuando no negativa, como veremos acto seguido. A pesar de esto, de que su entrenamiento en los hechos clínicos haya sido tan prolongado e intenso, vemos que no está exento de importantes sesgos, y que en él la deliberación no sea difícil y escasa en la práctica. El método propio del razonamiento clínico es deliberativo, tanto cuando el profesional lleva a cabo el proceso individualmente como cuando lo realiza en equipo. Las llamadas sesiones clínicas (clinical rounds) carecen de sentido si no son deliberativas y se ven como ocasión para que alguien, por la razón que sea, imponga su criterio sobre los demás.

■ Deliberación sobre valores

Deliberar sobre hechos no es tarea fácil, como demuestra la experiencia de todos los días, tanto en la vida cotidiana como en la práctica clínica. Pero aun así hay que decir que es la deliberación más sencilla, aunque solo sea porque es a la que estamos más habituados. La dificultad sube de grado cuando se trata de deliberar sobre valores, un mundo por lo general desconocido, cuando no lleno de prejuicios y falsas concepciones. No deja de ser significativo que la cultura occidental moderna, la surgida en el siglo XVII, en la época de Galileo y Newton, dos de los fundadores de la llamada «ciencia moderna» o «ciencia experimental», entronizara la categoría de «hecho experimental», «hecho científico», «hecho positivo» o «hecho objetivo», relegando todo lo que no fuera «hecho» a la categoría de «subjetivo», que de este modo se convertía en sinónimo de no verificable y, en consecuencia, de poco racional. Esto pasó con las creencias religiosas como consecuencia de la aparición del protestantismo y el establecimiento del principio de «libertad de conciencia», de modo que empezaron a considerarse subjetivas y a quedar relegadas al ámbito privado. En la vida pública los valores y las creencias no debían jugar papel alguno, por lo que se impuso el principio de la más exquisita «neutralidad». Hace algo más de un siglo, a la altura de 1919, aún podía oírse la voz trémula de Max Weber hablando a los jóvenes de la Asociación Libre de Estudiantes de Múnich, diciéndoles que al profesor «solo se le puede exigir la honestidad intelectual de que vea que son problemas totalmente diferentes, por una parte, la constatación de [p. 15/122]hechos, el establecimiento de contenidos lógicos o matemáticos o de la estructura interna de los bienes de la cultura y, por otra parte, la respuesta a la pregunta por el valor de la cultura y de sus contenidos concretos y de cómo hay que actuar dentro de la sociedad política y dentro de la comunidad de cultura. Si alguien sigue preguntando por qué no hay que tratar ambas cuestiones en el aula, hay que responderle que el profeta y el demagogo no tienen su sitio en la cátedra».5 En la escuela o en la cátedra deben enseñarse «hechos», hechos científicos, dado su carácter objetivo, pero no cuestiones de «valor», de las que solo se ocupan personajes como los profetas o los demagogos. Estos pueden vociferar en los púlpitos o en las plazas públicas, pero no ocupar una cátedra en una institución docente. Es lo que intentó plasmar Charles Dickens en las primeras líneas de su obra Hard Times.

Max Weber era un neokantiano. De entonces acá las cosas han variado considerablemente. La fenomenología vino para enseñarnos, entre otras cosas, que los valores son tan objetivos como los hechos, y que por tanto no cabe reducirlos al ámbito de lo errático, irracional y puramente subjetivo. Los valores tienen su lógica, como la tienen también los hechos, y ambos se dan siempre unidos, por más que metódicamente haya que distinguirlos. No es posible percibir algo sin inmediatamente valorarlo. Las cosas nos parecen verdaderas o falsas, bellas o feas, buenas o malas, agradables o desagradables, caras o baratas, etc. Todos valoramos, y valoramos necesariamente. La valoración es un fenómeno espontáneo en la especie humana, tan espontáneo como puedan serlo la percepción o la respiración. Descoyuntar la realidad en dos órdenes incompatibles, el de los hechos y el de los valores, es irreal y carece de sentido.