ARN, El Fruto Prohibido - Frank Pedreno - E-Book

ARN, El Fruto Prohibido E-Book

Frank Pedreno

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Beschreibung

El ARN, el hermano menor de la genética, nos ha llevado a reformular la teoría del origen de la vida y ha conseguido desplazar del pedestal al arrogante ADN, produciendo un cambio de paradigma en el campo de las ciencias biomédicas y la evolución de las especies. A principios de 2020, la pandemia COVID-19 atacó a la humanidad causando millones de muertos. En un alarde tecnológico sin precedentes y en tan solo 12 meses, los científicos crearon vacunas basadas en la tecnología del ARN mensajero y el resultado es espectacular, se están salvando millones de vidas. El ARN ya es parte de nuestro día a día. ¿Pero qué pasaría si el ARN fuese el fruto prohibido del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal? ¿Podemos manipular la genética a nuestro antojo? ¿O tendremos que pagar muy cara la osadía de comer ese fruto? ARN, El Fruto Prohibido es una novela escrita en tres partes que plantea un enigma de verosimilitud desconcertante, en el que los Homo sapiens ya no están solos. Existe una nueva especie entre nosotros, mucho más inteligente y que sería la responsable del sorprendente desarrollo tecnológico de los últimos 400 años. Esta primera parte describe un futuro distópico, prácticamente inmediato, en un Boston poblado de personajes entrañables que rescatan la valentía y la amistad, y de otros que son arrastrados por la envidia y el dogmatismo religioso. La vida cotidiana se entrelaza con los descubrimientos genéticos que están cambiando nuestra historia y la novela va convirtiéndose en un thriller que mantiene en todo momento un fuerte contenido científico. Frank Pedreno acompaña al lector en la comprensión de temas de gran actualidad mientras se desarrolla una trama poliédrica donde intervienen diversos actores del mundo de la religión, la política, las biofarmacéuticas y los grandes institutos de investigación. Entre todos llevarán al lector a transitar por el peligroso camino que nos conducirá hacia el nuevo paradigma de nuestra evolución.

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Seitenzahl: 609

Veröffentlichungsjahr: 2021

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ARN, el fruto prohibido

Primera parte

Frank Pedreno

ÍNDICE

Prólogo1. ROMPIENDO DOGMAS2. EL COMITÉ3. EL VIKINGO LOCO4. UNA LARGA TRAVESÍA5. ALEA JACTA EST6. EL ATEO QUE JUGABA A LOS DADOS CON DIOS7. EL MALDITO CROMOSOMA Y Y SU CÓMPLICE, LA TESTOSTERONA8. UN PECECILLO RODEADO DE TIBURONES9. ATP AZZIP10. RÁPIDA ASCENSIÓN A LA CIMA11. BAJA DE LA NUBE, INGENUO12. CONCORD13. VENGANZA14. EL ETERNO SUFRIMIENTO DE UNA VIDA TRISTE15. LA ESTUPIDEZ DEL SER HUMANO16. LOS INVOLUCIONISTAS17. LAS GUERRAS GÉNICAS

Querida Alisha,

De todas las equivocaciones que he cometido en mi vida, la que más lamento es no haber cumplido la promesa que te hice. No voy a buscar excusas, fui el único culpable de que no pudieras publicar el resultado de tu brillante trabajo. No te pido que me perdones, solo que algún día comprendas por qué pasó.

Este cuento lo he escrito recordando las charlas que tuvimos en aquel pequeño despacho del MIT.

James Andersen, Cambridge, MA, marzo de 2024.

Cueva de Gorham (Gibraltar, Península Ibérica) 28.000 a.e.c.

El miedo y las lágrimas mezcladas con saliva apenas le dejaban respirar y el llanto entrecortado competía con el oscuro silencio de la cueva. Tumbado boca arriba, sentía con fuerza los latidos de su corazón y su atormentada cabeza le hacía, una y otra vez, la misma pregunta, «¿por qué?»

Lentamente, extendió la mano hacia lo que aún quedaba de la cara de Ella para apartar con delicadeza la tierra que ocultaba sus ojos. El profundo dolor se hizo insoportable al ver su desesperada y desnuda mirada, la que expresaba el terrible sufrimiento de sus últimos instantes de vida. Entre el amasijo de huesos, carne desgarrada y vísceras expuestas, pudo identificar la mano de su pequeño, que agarraba con fuerza la flauta de fémur de oso que Ella le había hecho. No podía dejar de llorar al pensar que la tierna carne de su hijito había sido un manjar exquisito para los malditos dientes de sable.

El intenso olor de la masacre se había adueñado de la cueva y fue en ese instante cuando adquirió plena conciencia de que los había perdido para siempre. Un escalofrío le recorrió la espalda y expulsó un grito desgarrador que rompió el amargo silencio. Intentó ponerse de pie para caer de nuevo al suelo de rodillas y postrarse ante ellos, tan solo quería acariciarlos, pero una violenta arcada lo obligó a incorporarse y vomitar. Desesperado, no dejaba de preguntarse cómo habían podido encontrar la entrada de la cueva. Salió a la luz del día desorientado y, tambaleándose, descendió como pudo por el sendero que llevaba hasta la pequeña cala. Al llegar, se desplomó sobre el suelo. Las lágrimas le anegaban los ojos, pero no le impidieron ver el hueso que sobresalía de la arena. Torpemente lo desenterró y vio que era la quijada de un animal muerto hacía mucho tiempo en la que apenas había restos de carne, pero, al ver que tenía un poco de sangre fresca, volvió a sentir el frío por la espalda y el gusto ácido del miedo le quemó la boca. Como pudo, se incorporó y volvió a la cueva sosteniendo con la mano la maldita quijada ensangrentada, mientras tanto, en lo alto del peñasco que dominaba la cala, seis hombres delgados, altos y de larga melena desgreñada, lo observaban en silencio.

***

Seis años habían pasado desde que decidieron huir juntos hacia las lejanas tierras del sur para buscar un lugar donde vivir. Aunque ninguno de los dos lo sabía con certeza, cuando huyeron, Ella debía tener unos trece años y El, no más de quince. El viaje duró muchas lunas hasta que encontraron el que sería su hogar, una pequeña cueva con la entrada apenas visible en un abrupto acantilado, desde el cual se divisaba una gran extensión de agua que jamás habían visto antes, el mar. Entre los matorrales que ocultaban la entrada, se abría un sendero angosto que se bifurcaba hacia adentro de los espesos pastizales. Hacia el norte, una pronunciada cuesta llevaba a la cima de un peñasco de piedra caliza, rodeado a medias por una pequeña llanura que debió haber sido verde, pero que ahora estaba cubierta de una fina capa de hielo. Hacia el sur, un suave desnivel conducía a una pequeña cala de arena blanca y aguas cristalinas, repleta de moluscos y crustáceos que les garantizarían el sustento.

Cuando llegó el primer verano, Ella estaba embarazada y, aunque lo ignoraba, se había convertido en el último miembro de su especie, porque los dos machos con los que había convivido desde su nacimiento habían sido, por fin, cazados y sacrificados por los salvajes depredadores.

Aún era oscuro cuando El estaba preparando los utensilios para salir a cazar, pero aquel aciago día, rompiendo la costumbre, Ella y su pequeño no lo acompañarían. Al salir el sol subió a lo alto del peñasco donde permaneció inmóvil y en silencio hasta divisar alguna presa que cazar. Al cabo de poco tiempo vio una manada de jabalíes en la que el ultimo ejemplar apenas podía seguir el ritmo rápido del grupo. Emitió un gruñido de satisfacción y decidió emprender la persecución. A medida que avanzaba, el gran peñasco iba empequeñeciéndose, pero no se preocupó porque sabía que Ella cuidaría de su pequeño camuflando perfectamente la cueva para que ningún depredador los encontrarse. Pero se equivocó.

Arcy-sur-Cure (Francia) 28 000 a.e.c.

Aquel invierno estaba siendo muy duro. Las lenguas de hielo cubrían por completo lo que habían sido verdes praderas, y la falta de alimentos era cada vez más acuciante. A pesar de las adversas condiciones meteorológicas, de los reiterados ataques de los grandes depredadores y de la carencia de alimentos, los de su especie siempre habían resultado vencedores en la lucha por la supervivencia. Las razones de este éxito se basaban en sus portentosas cualidades físicas que, durante cientos de miles de años, les habían permitido adaptarse a los distintos medios en los que tuvieron que habitar. Tenían todos la nariz grande y achatada y un gran olfato que les permitía percibir a distancia el olor de cualquier depredador. La poderosa mandíbula desprovista de mentón había resultado ser una herramienta muy eficaz para inmovilizar a sus presas y los grandes dientes aumentaban su notable capacidad defensiva. El aspecto ceñudo del entrecejo prominente mejoraba sin duda la visión focalizada y el cuerpo achaparrado, con anchas caderas y robustas piernas, los hacía torpes para la carrera, pero, por el contrario, los dotaba de gran resistencia para la marcha en las largas distancias. Por lo demás, todos hacían de todo y no existían entre ellos funciones asignadas para los machos o para las hembras, así había sido desde el origen y así debía continuar siéndolo por siempre.

Hacía un tiempo que habían empezado a sentirse amenazados por un peligro del que intentaban huir por cualquier medio. Un nuevo adversario se había instalado en el valle, al pie de las grandes montañas, y los acechaba cada vez más de cerca. Cuando los depredadores llegaron por primera vez solían traer comida, abalorios y extraños utensilios, y siempre venían en grupos formados por varios machos que aprovechaban para copular con las hembras de la manada. La madre de Ella fue forzada en varias ocasiones por varios de ellos ante la ingenua mirada de los machos de su grupo, hasta quedar preñada. Ella era una cría nacida de esas aviesas y cada vez más frecuentes visitas.

Cuando nació, aunque tenía rasgos físicos similares a los del resto de las hembras de su grupo, se hizo evidente que algo era diferente. Su nariz seguía siendo grande pero no estaba achatada y su entrecejo no era ceñudo. Su cabello, sin embargo, era rojizo como el de todos, y su tez era clara y pecosa, con abultados mofletes. Tenía, sin lugar a duda, un aire muy especial. Como todas las hembras de la manada, era de cuerpo robusto, pechos voluminosos y vientre abultado que solía decorar con pigmentos negros obtenidos de plantas que solo ella conocía. Sin embargo, lo que de verdad la hacía sentirse especial y diferente, era su pequeño mentón, casi insignificante, pero para ella muy hermoso. El resto de las hembras no lo tenía.

Al cabo de poco tiempo los depredadores dejaron de venir con comida o regalos sino con armas y empezaron a cazar sin piedad a los de su grupo para después sacrificarlos en extraños rituales. Todas las estrategias de defensa que les habían sido tan útiles durante milenios no les sirvieron de nada ante estos nuevos y feroces adversarios.

De los veintiún miembros que formaban el grupo solo quedaban con vida seis. Cinco machos viejos que pasaban de los treinta años y Ella, la única hembra, que apenas tenía doce. El miedo los forzó a huir a tierras remotas para alejarse del horror y, después de mucho caminar, encontraron una pequeña cueva en una de las paredes de un peligroso desfiladero. Ingenuamente pensaron que allí conseguirían sobrevivir y prolongar su agonía unos pocos años más, pero tres machos del pequeño grupo no pudieron sobrevivir a las heridas que les hicieron los depredadores y murieron, quedando tan solo dos machos viejos y enfermos y Ella.

Cada mañana, poco antes de la salida del sol, cuando los dos viejos machos aún dormían, Ella subía en silencio por el empinado sendero hasta alcanzar la pequeña colina. A su lado corría la amenazante garganta del desfiladero, pero a ella apenas la intimidaba. La entusiasmaba el espectáculo del amanecer y permanecía allí sola mucho tiempo. Poco a poco había empezado a llamar con sonidos diferentes a las cosas que la rodeaban, de tal forma que «gur» era cielo, «lar» la tierra, «jor» los árboles, y así hacía con los animales y otras muchas más cosas. Los tres vivían tranquilos y aparentemente seguros, por lo que empezaron a olvidarse de la existencia de los sanguinarios depredadores.

***

En un pequeño valle más allá de las montañas, una comunidad de algo más de ochenta individuos habitaba en cuevas protegidas por afilados peñascos. Los machos saltaban y daban vueltas alrededor del jefe del grupo, ataviado con llamativas pieles. Como el resto, era alto, delgado, de tez blanca y cráneo redondeado, largo cabello oscuro y nariz afilada. Con asombrosa agilidad flexionaba y extendía su musculoso cuerpo, siguiendo el ritmo que marcaban los gritos de los otros machos. Con la mano derecha aferraba una gran lanza de madera quemada y con la izquierda una aguzada punta de flecha. A sus pies, como un preciado trofeo, yacía muerto un soberbio ejemplar de mamut y El, su hijo de unos catorce años, compartía los honores de la cacería. Todos mostraban su alegría porque sabían que esa noche comerían hasta hartarse y podrían guardar suficiente alimento para afrontar el crudo invierno. A pocos metros, las hembras observaban en silencio el ritual y las crías no dejaban de brincar y gritar, pero siempre bajo la atenta mirada de ellas, que las mantenían alejadas del grupo de los machos. Todos tenían algo en común: un pronunciado y bien definido mentón.

De repente el jefe alzó la voz y todo el grupo calló. Los depredadores vivían bajo el poder y control de los machos y todos aceptaban la actitud dominante de sus líderes, porque ese orden jerárquico era vital para la supervivencia del grupo. Mientras que las hembras eran relegadas a tareas secundarias y se dedicaban al cuidado de las crías y a la recolección de frutos, a los machos les gustaba la caza y viajar para descubrir nuevos territorios, pero, sobre todo, para encontrar objetos nuevos que pudieran utilizar como herramientas. Solo tenían un afán, apoderarse de los avances que poseían otras tribus, ya se tratara de atavíos, utensilios o cualquier otra cosa que pudiera ser útil para el grupo. En muchos de sus viajes se encontraban con otros grupos de depredadores y, si no podían adquirir sus herramientas de manera pacífica, lo hacían por la fuerza. El botín para el triunfador era suculento, el aumento de la capacidad tecnológica conducía al crecimiento del grupo y eso era más importante que la simple supervivencia individual. En muchas ocasiones El escuchaba a su padre explicar una y otra vez que sobrevivir era importante, pero lo era mucho más conseguir nuevas herramientas, ya que solo así podrían dominar a todas las tribus rivales.

En los últimos años, los suyos habían tenido éxito en la búsqueda de nuevas herramientas y, a medida que las incorporaban y mejoraban, fueron convirtiéndose en un grupo mucho más numeroso y, sobre todo, más destructivo. Esa característica empezó a ponerse de manifiesto en un ritual que habían incorporado después de descubrirlo en uno de sus viajes exploratorios, las cacerías que se organizaban para la iniciación de los jóvenes cuando cumplían diez años. Este cruel ritual consistía en cazar a los sin mentón, nombre con el que llamaban a los que eran como Ella. En muchas ocasiones el joven hijo del jefe se había mostrado en desacuerdo con las reglas del grupo. Se negaba a participar en esas sanguinarias cacerías y no entendía por qué las hembras del grupo tenían que estar sometidas al poder de los machos. Poco a poco el muchacho fue dándose cuenta de que el gran poder destructivo de su tribu se basaba en el sacrificio de la individualidad de cada uno de sus miembros y en el mantenimiento de un orden jerárquico basado en un patriarcado sin sentido. Siempre pensó que las hembras de su grupo eran diferentes biológicamente, pero iguales a ellos. Creía que el poder del grupo no se tenía que basar en la fuerza de los machos, sino todo lo contrario, en la complementariedad de las capacidades de ambos sexos, las de los machos y las de las hembras. Sin embargo, desde bien pequeños, solo a los machos les enseñaban que tenían la obligación de interaccionar con otros grupos, ya fuese pacífica o agresivamente. El no estaba en absoluto de acuerdo con las ideas de su tribu, y aunque había discutido en muchas ocasiones con su padre, no podía negarse a participar, como todos los machos, en los viajes que hacían para buscar nuevas herramientas. Pero lo que nunca hizo fue participar en el sometimiento de las hembras del grupo.

Había pasado el invierno y era el momento de iniciar un nuevo viaje. Aquel día, doce machos, incluyéndolo a El y a su padre, emprendieron la travesía hacia las lejanas tierras por donde cada mañana salía el sol. Recorrieron grandes distancias sin mucha suerte y, después de tres meses, el jefe decidió retornar al poblado. El viaje había sido muy poco productivo, apenas traían nuevas herramientas y habían perdido cinco individuos luchando contra otros grupos rivales. Cansados, hambrientos y malheridos, se acercaron al desfiladero que marcaba el límite de sus dominios. El jefe no quería correr más riesgos, recordó cómo en alguna ocasión, después de viajes parecidos, alguno de los suyos, por descuido y cansancio, se había precipitado al vacío. Mandó parar al llegar a una colina que le pareció segura y donde había una cueva que estaba flanqueada por el peligroso y profundo desfiladero.

***

Como cada mañana, cuando los viejos machos todavía dormían, Ella subió por el empinado camino hasta la pequeña colina. Al llegar a la cima se percató de que un grupo de depredadores había pasado la noche en el interior de la cueva. El, que estaba sentado guardando la entrada, giró la cabeza en dirección hacia el acantilado y vio la silueta y el rojo cabello de la joven, iluminados por el sol naranja que apenas asomaba por el horizonte. Por un instante se cruzaron las miradas. Lentamente se incorporó y dejó caer la lanza que empuñaba como muestra de que no quería dañarla. Ella no entendió su gesto y se dio la vuelta para desaparecer con rapidez por el acantilado. El continuó mirando, pero el intenso brillo del sol lo cegó. Dio un salto y corrió hacia el borde del acantilado, quería volver a verla, pero Ella había desaparecido. Aquella mañana, cuando los de su grupo se despertaron, no dijo nada, y emprendieron el regreso hacia el poblado. Durante todo el trayecto no dejaba de preguntarse quién era aquella hembra de pelo como el fuego que había aparecido entre los rayos del sol.

Pasaron muchos días y Ella no se atrevía a subir a la colina, aunque poco a poco empezó a pensar que, si no había ocurrido nada, era señal de que no tenía que temer por el joven depredador ya que, si hubiese querido, todos estarían muertos. Sin poder evitarlo, empezó a pensar en el joven macho y recordó su altura, sus largos cabellos castaños y en especial el mentón que sobresalía de su cara alargada. Sin darse cuenta, fue componiendo la imagen con la imaginación para ir haciéndola poco a poco, suya. A partir de aquel instante, cuando subía a la colina a contemplar la salida del sol ya no la entretenía darle nombres a las cosas que la rodeaban, ahora todo el tiempo lo pasaba pensando en él.

Aunque ya habían pasado varios días y sus noches desde que la había visto, no podía sacar de su cabeza la imagen de aquella joven hembra de cabello rojizo y mofletes abultados. No pasaba ni un solo día en el cual no pensara en ella. Una y otra vez se preguntaba qué podría hacer para verla de nuevo y le intrigaba sobremanera el pequeño mentón que se insinuaba en su cara pecosa, detalle que lo desorientaba y, aunque se daba cuenta de que era muy diferente a las hembras de su grupo, le resultaba imposible dejar de preguntarse si ella era también una sin mentón. Pero ¿si no era un sin mentón, entonces qué era?

Aquella mañana la actividad en el valle era frenética porque estaban preparando otra gran cacería. Hacía un par de días que habían visto muy cerca del río una gran manada de mamuts y, siempre que tenían que cazar a la más grande de las bestias, la excitación se apoderaba de todos y, aunque se trataba de una fiesta, también sabían que alguno de los machos no volvería.

El día de la cacería, decidió que había llegado el momento de ir otra vez al desfiladero, deseaba con todas sus fuerzas volverla ver. La confusión y la agitación del momento le permitirían escabullirse, pero era consciente de que, tan rápido como se dieran cuenta de que no volvía con el grupo, su padre organizaría una expedición para ir en su búsqueda y removería la tierra entera hasta encontrarlo, porque la sola idea de perder a su hijo lo volvería loco. Pensó que en ese caso diría que durante la cacería había tenido una caída y que había quedado postrado y sin conciencia y que, aunque no sabía cuánto tiempo había pasado, ni bien se había despertado había intentado volver, pero la desorientación lo había llevado hacia otro lugar y había estado caminando sin rumbo, hasta que encontró el camino para retornar al poblado. Decidió que tendría que hacerse una herida lo suficientemente convincente para que su padre no sospechara, para lo que necesitaría utilizar una piedra afilada que le hiciera un corte profundo. Con tal de volver a ver a la joven, estaba dispuesto a todo. Era una sensación que no reconocía y lo desorientaba, nunca había sentido algo así.

Tal como lo había ideado, en plena batida, aprovechó un momento de gran confusión para dejarse caer por un desnivel y ocultarse bajo unos matorrales. Esperó a que todos los machos estuviesen bien lejos para tomar la dirección opuesta. Después de dos días llegó a la pequeña colina del desfiladero y fue hasta la entrada de la cueva desde donde la había visto la primera vez para quedarse allí sentado hasta que apareciera. La mañana del quinto día, cuando ya apenas le quedaban esperanzas, por fin vio aparecer su silueta bañada por los rayos del sol.

Cuando Ella lo vio se sobresaltó y permaneció inmóvil, quizás pensando cómo escapar, pero él le hizo un gesto con la mano y esbozó una sonrisa. Con cautela, se fueron acercando hasta estar a pocos metros el uno del otro y se sentaron en las piedras casi al mismo tiempo, hasta que de repente El empezó a hablar diciendo cosas que Ella no entendía. Entonces lo interrumpió y, señalando el cielo, dijo «gur» y después, tomando un puñado de tierra, dijo «lar». El calló y aguardó hasta que la joven volvió a extender el brazo derecho y señaló los árboles. «Jor», dijo, y repitió todo el ritual, esperando que el joven macho la comprendiera. A la cuarta vez, él consiguió repetir los sonidos al mismo tiempo que señalaba el cielo, la tierra y los árboles. Entonces ella lo miró a los ojos y le devolvió la sonrisa. Pasaron horas emitiendo sonidos con significado, aprendiendo el uno del otro y ninguno parecía quererse ir, hasta que de repente ella se puso de pie, se dio media vuelta y volvió a la cueva. Antes de que se fuera, él la miró y le hizo unas señas que querían decir que volvería y dijo algo que ella no comprendió, aunque de alguna manera interpretó, y tuvo la seguridad de que muy pronto lo volvería a ver.

De camino al poblado, empezó a inventar lo que diría que le había pasado. Cogió una piedra afilada y se hizo una herida en la cabeza lo bastante grande como para dejar una cicatriz que no ofreciese dudas, su padre era muy astuto y sabía que desconfiaría. Al cabo de un día, se cruzó con la expedición, que llevaba cinco días buscándolo y ya empezaban a pensar que habría sido devorado por los dientes de sable. Al verlo, su padre se abalanzó sobre él para estrecharlo con fuerza contra su pecho, nadie sospechó nada y todos mostraron su alegría, también El, porque sabía que muy pronto la volvería a ver.

Pasadas dos semanas, la espera se le hizo insoportable y decidió que había llegado el momento de volver a verla. La excusa en esta ocasión sería una cacería de jóvenes machos, puesto que este tipo de expediciones eran frecuentes y seguro que su padre no pondría ningún reparo. Y así fue, pero le asignó tres acompañantes porque no quería que se repitiese ningún accidente y, antes de que partieran, los reunió y les dió instrucciones para que no dejaran nunca solo a su hijo y que, pasara lo que pasase, tenían que estar de vuelta al sexto día. Al cabo de dos días y en plena batida de una manada de uros, aprovechó el caos para desembarazarse de la vigilancia de los tres acompañantes. Se dejó caer montaña abajo hasta que le frenó una gran roca. Había conseguido su objetivo, pero del golpe quedó confuso y magullado, y como pudo se incorporó para emprender la marcha hacia la colina de su joven hembra.

Llegó en la madrugada del tercer día antes del alba, decidió recostarse sobre las paredes de la entrada de la cueva y esperar a que ella apareciese con los rayos del sol.

Aquella mañana, al llegar a la cima, Ella se asustó al verlo tumbado en el suelo, inmóvil. El golpe le había dejado muy dolorida la zona de las costillas y, aunque no parecía tener ninguna rota, el dolor era tan fuerte que le dificultaba la respiración. Se acercó, extendió el brazo y él cogió la mano que le tendía. No sabían que, a pocos metros de la colina, escondidos en la espesa maleza, los tres machos jóvenes los estaban observando, contemplando con asombro y asco como él la acariciaba y ella apoyaba la cabeza sobre su hombro. Con sigilo, se fueron arrastrando hacia atrás, hasta salir del campo de visión, se incorporaron y emprendieron la vuelta hacia el poblado de la tribu.

Ella lo ayudó a levantarse, le ofreció apoyo sobre su hombro derecho y se dirigieron hacia el interior de la cueva donde, semanas antes, el grupo de depredadores había pasado la noche. Al entrar, lo ayudó a tumbarse sobre el suelo e inmediatamente salió a comprobar que no había peligro alguno en la cercanía. Al cabo de unos pocos segundos volvió al interior y se acercó, para ver que tenía la frente empapada en sudor. Con la piel de antílope con que se cubría, le empezó a secar la transpiración y el joven macho abrió los ojos y pudo verla, inclinada sobre él, estrujando su falda con movimientos torpes, sin darse cuenta de que le estaba mostrando todo su sexo. Notó una extraña sensación que recorría todo su cuerpo, con cada movimiento de cadera de la joven hembra aumentaba su excitación. Ella lo advirtió, pero no dejó de secarle el sudor de la cara y el pecho. Durante un breve instante ninguno de los dos sabía qué debía hacer a continuación, aunque ambos sí sabían lo que querían hacer. Sin saber cómo, los cuerpos desnudos se encontraron y, por primera vez, ella deseó que la penetración no fuese rápida y con la acostumbrada brutalidad de los machos, quería que él siguiese acariciándola y besándola una y otra vez, y que no parase nunca. El muchacho sentía una fuerte presión en su interior que, instintivamente, lo instigaba a penetrarla, pero también aguantó, porque lo que más deseaba era prolongar aquel momento todo el tiempo posible y que fuese ella quien le pidiera, quien le suplicara que por favor la penetrara. Entonces ella lo miró a los ojos y, tal como él deseaba, se lo pidió con la mirada y acto seguido sintió dentro de sí toda la fuerza del joven macho. Por primera vez en su corta vida, sintió que no se estaba apareando, sino que la estaban amando. Los lentos y profundos movimientos, junto con el sudor de los cuerpos desnudos, los llevaron a un inmenso e inacabable clímax que, al final, dio paso a un grito agudo, compartido, que pareció durar una eternidad. Ella, de alguna manera, supo en aquel mismo instante que acababa de quedar preñada.

***

Habían pasado varios meses desde su llegada a las lejanas tierras del sur. Eran dos jóvenes adultos de catorce y dieciséis años, ajenos a todo lo que sucedía a su alrededor, a quienes jamás importó abandonar sus grupos, porque solo querían amarse. Siendo el hijo del jefe, El tenía asegurado el poder, pero nunca estuvo de acuerdo con las reglas de los depredadores y su padre siempre fue consciente de su rebeldía. Ella, desde el nacimiento, también se había sentido diferente, por lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a renunciar a la posibilidad de vivir juntos. Durante ese primer año, Ella aprendió a acariciar, a sonreír y, sobre todo, conoció esa sensación que no sabía definir y que era sentirse amada. El pasaba horas observándola, sentía un inmenso placer solo con verla dormir, comer o cuando, con suma destreza, descarnaba las piezas de los animales que cazaban juntos y, aunque tampoco sabía decir lo que sentía, la amaba, y ella le demostraba a cada instante que se daba cuenta. No se asignaron ningún papel ni función entre ellos, de modo que la caza, la búsqueda de alimentos y la protección de la cueva, eran tareas de ambos, por fin pudo vivir con una hembra como realmente quería, como dos personas complementarias. Hacía mucho frío y la nieve todavía no había empezado a derretirse, pero Ella sabía que la cálida luz del verano la ayudaría con la llegada del pequeño ser que llevaba en su vientre.

A principios del verano, parió un hermoso varón de pelo oscuro, tez blanca y nariz pequeña. Las diferencias con los machos de su especie quedaron marcadas por la perfecta mandíbula y el hermoso y bien definido mentón. Sería un macho alto, aunque posiblemente no sobrepasaría la altura de su padre, pero eso a él no le importaba en lo más mínimo. Mientras ella repasaba todo el cuerpo de su pequeño descartando cualquier imperfección, él los besaba y pensaba que muy pronto enseñarían a su pequeño a correr, saltar, nombrar objetos y escuchar, reír, llorar y, sobre todo, a amar. En aquella pequeña cueva de las templadas tierras del sur, había nacido el futuro y era hijo de una Homo neanderthalensis, los llamados sin mentón, y de un Homo sapiens, los depredadores.

Lo que no sabían era que, desde que habían hecho el largo viaje hasta el sur, el padre de El no había dejado de buscarlos. Nunca se había fiado de su hijo y las continuas discusiones que tenían, así como las mentiras acerca de las falsas cacerías, habían hecho mella en su corazón, en el que ahora solo albergaba rencor. Sabía que algo peligroso estaba sucediendo y tenía la obligación, por el bien del grupo, de averiguar qué tramaba su hijo. Por eso lo había hecho acompañar por los tres jóvenes machos a la cacería en la que había desaparecido.

Cuando estos regresaron, después de seis días, el jefe los estaba esperando arropado por dos machos jóvenes mientras las hembras, en silencio y atentas, esperaban en el exterior de la cueva. Los tres machos, temerosos de la furia del jefe, no sabían cómo explicar lo que había ocurrido. Cuando terminaron con su relato, la cara del jefe no mostró sufrimiento, todo lo contrario, en sus facciones se dibujaba el odio y la mandíbula fuertemente cerrada le profería un semblante amenazador. Las hembras se agitaban nerviosas y los machos jóvenes que guardaban la espalda del jefe permanecían inmóviles y en silencio, esperando nerviosos sus órdenes y temiendo su reacción.

A la mañana siguiente, el jefe designó a otros seis machos jóvenes que partieron en busca de su hijo. Tenían claro que los únicos rastros que podrían seguir estarían en donde había habitado la hembra sin mentón. Buscaron en los alrededores de la colina, donde los habían visto antes de fugarse, hasta que dieron con la cueva escondida en el borde del desfiladero. Entraron y mataron salvajemente a los dos viejos y, después de revisar todos los rincones, lo único que encontraron fue algunas viejas pieles de la hembra, que guardaron con cuidado y se las llevaron, porque sabían que mientras conservaran el olor, les serían útiles. Prosiguieron la expedición, no se podían permitir regresar al poblado sin el hijo del jefe.

***

Habían transcurrido seis inviernos desde que Ella y El decidieron partir hacia las cálidas tierras del sur y aquel verano su pequeño cumpliría cinco años. Eran muy felices viendo cómo, durante la infancia del pequeño, poco a poco, iba aprendiendo los sonidos, después las palabras y, hacía tan solo un año, era capaz de hablar bastante bien. Aunque no podía hablar como ellos, Ella les entendía y se hacía entender con sonidos y con gestos. Una mañana salieron los tres a cazar. Ella iba delante porque su poderoso olfato la facultaba mucho mejor para detectar a largas distancias el olor de los animales. La seguía el pequeño, que iba aprendiendo a rastrear todas las huellas, pisadas, ramas rotas, excrementos, cualquier cosa que pudiera ser importante para detectar la presencia de algún animal, y El los completaba, pero siempre atento a los pasos de su pequeño. El jovencito imitaba a su madre haciendo gestos con la nariz, aunque todavía no podía interpretar los olores como su madre, y con sus pequeñas y delgadas manos cogía los trozos de ramas que su padre dejaba caer después de haberlas examinado con detenimiento. Los padres reían mirando a su pequeño explorador imitar lo que ellos hacían. Estaban seguros de que muy pronto estaría preparado para encontrar alimento él solo.

Al llegar a un pequeño descampado, El buscó en el saco de piel que llevaba a la espalda y extrajo una quijada de jabalí descarnada. Le pidió a Ella un largo hueso afilado, se hizo un corte en la palma de la mano y, dejando caer unas pocas gotas de su sangre sobre el hueso, lo tiró al suelo y, para que la sangre no se secase, lo cubrió con un poco de tierra. Acto seguido se giró hacia su pequeño y le hizo señas para que se mantuviera en silencio. El señuelo funcionó y aquella noche comieron carne fresca.

***

De repente uno de los cinco machos depredadores que integraban la expedición de búsqueda del hijo del jefe se detuvo, los demás lo imitaron. Una quijada semienterrada en medio de una explanada era normal, pero si había restos de sangre fresca, era una pista inconfundible. Los otros se acercaron y observaron. Era de El, estaban seguros. Ese era el señuelo que desde pequeños les habían enseñado los adultos del poblado a todos los machos jóvenes. Era el señuelo de los depredadores. La sangre fresca significaba que debían estar cerca. Descansarían y a la mañana siguiente registrarían la zona hasta encontrarlos.

Al día siguiente, cuando llegaron al borde del acantilado, los seis machos depredadores contemplaron la pequeña cueva y la cala de arena blanca con aguas cristalinas. Después de seis años de búsqueda, presentían que por fin los habían encontrado y empezaron a planear la cacería. Pese al tiempo transcurrido no olvidaban las instrucciones precisas del jefe: «Si mi hijo ha poseído a la hembra sin mentón, traédmelo, y la hembra que muera con su cría, pero no a manos de uno de los nuestros, dejad que el festín sea para los tigres».

Pasaron varios días buscando rastros de dientes de sable, de los que ya quedaban muy pocos. Por fin encontraron excrementos y supieron que no estaban muy lejos, tal vez a menos de un día. Planearon cómo llevarlos hasta la cueva y cuando los encontraron, los fueron arrinconando hasta el acantilado. Sabían que una vez que estuvieran allí, les sería muy fácil detectar el olor de la hembra sin mentón y de su cría.

***

Aquella mañana decidieron que El iría a cazar solo y que Ella y el pequeño se quedarían en la cala de arena blanca recogiendo crustáceos, en otras ocasiones había ido ella sola a cazar, aunque la gran mayoría de las veces iban los tres juntos. Después de varias horas, Ella le hizo gestos al pequeño para volver a la cueva a guardar los crustáceos que habían recolectado. Cuando llegaron, ya en el interior, Ella no tardó en detectar el olor de los dientes de sable. Cogió a su hijo y, con un movimiento brusco, lo colocó detrás suyo, protegiéndolo con su robusto cuerpo. Agarró con firmeza la lanza y esperó. Tenía miedo y su pequeño, asustado, percibía la respiración profunda y entrecortada de su madre. Tenía la mirada fijada en la entrada de la cueva y, gracias a su visión angular, también podía ver lo que estaba haciendo su hijo. Este, quieto y callado agarraba con fuerza la flauta de hueso de oso que su madre le había hecho hacía muy poco, y esperaba sus órdenes.

Ella tenía solo diecinueve años y desde muy pequeña había sido siempre muy consciente de la angustiante emoción que significaba sentir miedo. El instinto, desarrollado por los de su especie durante milenios, la permitió sentir con seguridad que la muerte los estaba rondando y aunque el terror la atenazaba, lo único que podía hacer por su pequeño era pelear hasta el final. Con amargura presintió que su tiempo y el de su amado hijo se estaba terminando y que los instantes que aún les quedaban solo empeorarían el sufrimiento. No sabía cómo habían encontrado la cueva los dientes de sable, pero la brisa traía su olor, el de la muerte.

Apagó el fuego y se acurrucó con su niño en un rincón sombrío de la cueva desde donde podía ver la débil luminosidad del día a través de la entrada. De repente aparecieron las tres fieras, pero debido a la estrechez de la cueva, entraron de a una, siguiendo al líder, que pereció cuando Ella le clavó la rudimentaria lanza. Fue todo lo que pudo hacer, los otros dos se abalanzaron sobre ella y su pequeño, atacándolos feroz y despiadadamente.

Desde lo alto del acantilado los seis machos depredadores escucharon los gritos de dolor de Ella y de su pequeño, pero, sin inmutarse, se dieron la vuelta y se sentaron, para disponerse a esperar la llegada del joven macho descarriado. Por fin se había acabado la expedición y volverían al poblado con su misión cumplida.

***

Al llegar al desfiladero, El iba pensando en todos los felices momentos que había pasado con Ella. Las primeras caricias, el primer beso y la primera vez que hicieron el amor en aquella cueva de la colina. Ella nunca había besado, ni la habían besado, y muchísimo menos había hecho el amor. Aquel día, en aquella pequeña cueva de las tierras del norte, supo que nunca la abandonaría y que vivirían siempre juntos. Pero otra vez se equivocó. El maldito jabalí lo había llevado demasiado lejos y no podía haber imaginado que su compañera y su pequeño hijo serían devorados por las fieras mientras él estaba cazando. Su dolor solo se calmaría muriendo, pero, aunque deseaba con todas sus fuerzas quitarse la vida, no lo pudo hacer, los seis depredadores lo llevaban fuertemente maniatado de regreso al poblado. Durante las semanas que duró el viaje no hubo ni un solo instante en el que no le apareciese la imagen de su pequeño y la de Ella jugando en la blanca arena, en el mismo sitio en el que los depredadores de su padre dejaron la maldita quijada ensangrentada para atraer a los dientes de sable.

Envejecido y con aspecto cansado, tras seis años de larga espera, su padre se dirigía a todos los machos. El ya no escuchaba, sabía que ese era el momento del grupo y no el del individuo. Después del largo parloteo, su padre se dirigió a él y le preguntó si quería hablar. No contestó, tan solo abrió la mano y le mostró la flauta de fémur de oso que Ella había hecho para su pequeño hacía muy poco y que había conseguido traer, escondida entre los pocos retazos de piel que sus captores le habían dejado usar, solo para que no pereciese congelado durante la travesía. Su padre se acercó mirándole con desprecio, cogió el hueso y lo lanzó con rabia fuera de la cueva.

Al día siguiente, tres machos jóvenes lo llevaron al desfiladero. El sonreía al recordar el momento en el que su pequeño dijo la primera palabra y Ella, al escucharlo, no podía dejar de llorar de alegría. –Adiós, amor mío –fueron sus últimas palabras, mientras caía al vacío.

1. ROMPIENDO DOGMAS

El repiqueteo del despertador empezó a las 5:43 de la madrugada, pero el Dr. James Andersen, Jimmy para los amigos, sabía que la botella del repugnante pinot noir de $5 y los dos miligramos de Clonazepam le impedirían abrir los ojos. Para eso estaban los chirridos de los vagones de madera del viejo metro de Boston, al que todos llamaban «el T», y los primeros rayos del alba que, con toda seguridad, se abrirían camino entre el cristal y la cortina, le taladrarían el cráneo y lo obligarían a abrirlos a la fuerza. «¿En qué estabas pensando cuando alquilaste este apartamento?», se decía, mientras se secaba con los dedos el charco de saliva que se había acumulado entre la boca y la almohada. «Vale, ya me levanto», gritó, mientras luchaba por salir de la madeja que la sábana había formado con su cuerpo.

Consiguió destrabar una pierna y parte de la cabeza, se quedó ensimismado mirando el techo de la habitación y, como cada mañana, pensó que haber firmado el contrato de alquiler de aquel apartamento había sido un error del que posiblemente jamás podría recuperarse. El retorno a Lechmere, el barrio de su infancia, no había sido una buena idea y la única razón por la que había dejado el selecto vecindario de Newton era el saqueo económico al que su ex lo había sometido tras su traumático divorcio. Estaba en bancarrota y, aunque su salario como investigador principal del Instituto Tecnológico de Massachusetts, el famoso MIT, y el de profesor en la Universidad de Boston deberían haber sido más que suficientes para tener una cómoda vida, las cuentas nunca le cerraban. Sin saber cómo, su exmujer se quedó con casi todo lo que habían construido durante los trece años de matrimonio, incluida la preciosa casa de Newton y una abultada pensión alimentaria para Xavier, el único hijo de la pareja. Además, cada mes se tenía que enfrentar a la odisea de pagar innumerables facturas, tarjetas de crédito, el alquiler de aquel horrible apartamento y las cuotas del préstamo para las matrículas de su hijo en Harvard. Jimmy era así y no lo podía remediar, para el tema del dinero era un ingenuo.

Cuando por fin, después de un intenso forcejeo, pudo liberarse del opresor sudario, quedó sumido en un estado de flaqueza tal que tuvo que permanecer sentado en el borde de la cama y descansar unos minutos. Era en esos momentos cuando con sus manos y doblando el cuello hacia su pecho, se cogía con fuerza la cabeza, miraba hacia el suelo, respiraba profundamente y se ponía a repasar la interminable lista de problemas de aquel ominoso apartamento. Los insoportables chirridos de los vagones de madera del T eran, como siempre, los que la encabezaban. Como si se tratase de un kraken oculto en los abismos del océano, aquel viejo ferrocarril emergía de las profundidades a través de las entrañas del TD Garden, el estadio de los Boston Celtics, para alcanzar la estación elevada de Science Park a pocas manzanas de distancia.

A mediados de los años treinta, la Autoridad de Transporte de la Bahía de Massachusetts, la MTBA, construyó un carril de hierro elevado apenas diez metros del suelo que corría sobre el agua hasta la estación de madera de Lechmere. La vieja estructura producía una cacofonía de crujidos, chasquidos y toda clase de ruidos metálicos, por el continuo roce de los vagones al deslizarse sobre los desgastados raíles, que se oía durante todo el trayecto del entramado y cuando, por fin, el T entraba en la vieja estación, el ruido de los frenos y de las sirenas avisando del final del recorrido hacía que todo el conjunto fuera insoportable. Con una irritante puntualidad, cada ocho minutos, las sirenas avisaban que salía un nuevo convoy y la tortura acústica se iba repitiendo durante todo el día, desde las 5:45 de la madrugada hasta las 11:00 de la noche.

Sin embargo, paradojas de la vida, cuando Jimmy se encontraba algo deprimido, que era día sí y día también, subir al ruidoso y destartalado T era la única solución para calmar sus amarguras. El trayecto inverso le ofrecía, aunque efímera, una de las más bellas panorámicas de la ciudad. Se sentaba en cualquier asiento libre que hubiese en el lado derecho del vagón y durante el breve minuto que duraba el trayecto entre la estación de Lechmere y la de Science Park contemplaba toda la belleza del río Charles. En su orilla sur, Boston, en su orilla norte, Cambridge y a lo lejos, hacia el oeste, el excelso Harvard. En los días soleados de los meses de invierno era cuando desde el viejo ferrocarril se veían partes del río completamente congeladas y, solo en esos breves instantes, la luz del sol se reflejaba en las delgadas capas de hielo generando un brillo tan especial, que hacía que Jimmy sintiese en su interior que todo iba a salir bien.

Pero, como siempre, se engañaba, no calculó que a escasos cien metros en dirección hacia Charlestown, se había construido la terminal técnica de los trenes de larga distancia que unían las grandes ciudades de la Costa Este. Todas las formaciones acababan allí después de cada viaje de ida y vuelta para pasar los controles mecánicos y de limpieza. Por las noches, a eso de las 11:00, cuando acababa el festival de ruidos del T en la estación de Lechmere, empezaba el frenético baile de vagones de la terminal técnica de Charlestown. Cada movimiento era precedido por una alarma intermitente que anunciaba el desplazamiento de los vagones, el cual producía un estertor metálico que iba aumentando progresivamente y que acababa en un frenazo de todo el convoy y unas campanadas idénticas a las de los pasos a nivel con barrera. Era imposible de tolerar salvo para Jimmy, que no tenía otro remedio pues había decidido volver al barrio de su infancia y por nada ni nadie reconocería que se había equivocado.

Se convenció pensando que podría aguantar ese martirio, total se pasaba el día fuera, pero, de nuevo y aunque pareciese mentira, todo se complicó aún más. Al año siguiente, después de muchos años de deliberaciones, la MBTA aprobó las obras de ampliación de la línea verde del T desde Lechmere hasta Somerville. Durante un larguísimo año las obras y el tráfico de camiones pesados que traían todo tipo de materiales para la ampliación de la línea estuvieron atormentándolo. La locura empezaba cada día a las 03:00 de la madrugada y continuaba hasta las 5:00 de la tarde. El afortunado de Jimmy pudo disfrutar en primera fila del espectáculo acústico de aquellos conciertos de sirenas que anunciaban cada vez que un camión daba marcha atrás, así como de un selecto repertorio de los mejores ruidos de Cambridge, durante las largas noches de trescientos veinte días del año, porque solo se dignaban a parar los domingos. Fueron doce larguísimos meses hasta que las obras de la línea verde acabaron, por lo que aquella mañana de febrero de 2004 se sintió un ser afortunado, a partir de aquel día solo tendría como compañeros a los chirridos de los ferrocarriles metropolitanos y a las sirenas y ruidos de los vagones de la terminal técnica. Todo un lujo. Pero como era de prever, su casero le dijo que aquella zona estaba sufriendo una gran demanda, por lo que le aumentaría el alquiler un 20% durante al menos los siguientes 5 primeros años. La ganga de $800 con los que había empezado pasó a ser de casi $1.400 y solo estaba en el tercer año.

Acabado el repaso mental de todas sus desgracias, cada mañana repetía con precisión científica la misma rutina. Después de una ducha rápida de no más de cinco minutos, se vestía con lo primero que encontraba en el armario y ponía en el viejo aparato de música algo de Tchaikovsky, su compositor clásico favorito. El ritual proseguía mirando a través de la ventana de su pequeño salón el movimiento de los vagones del T. Mientras tanto, en una vieja cafetera de filtro, se iba haciendo su café americano extralargo y, sin perder de vista al viejo ferrocarril, con cierto deleite, observaba cómo algunos pasajeros, sobre todo los que tenían un problema de sobrepeso, se esforzaban para subir los tres peldaños de los destartalados vagones de madera. Con su habitual estridencia, la sirena avisaba a todo el mundo que los ocho minutos reglamentarios habían transcurrido y que en breves segundos se cerrarían las puertas. Si primero eran algunos pasajeros los que sufrían para poder acceder a los vagones, ahora le tocaba al T. El trabajo que tenía que hacer aquel viejo kraken para ponerse en marcha era enorme y Jimmy, más de una mañana, con gran ansiedad, esperaba poder asistir al magnífico espectáculo que suponía verlo fracasar en el intento y a todos los pasajeros salir de los vagones maldiciendo por tener que cambiar de convoy y repetir todo aquel penoso ceremonial.

Mientras duraba su pasatiempo, iba llenando con su café recién hecho el termo que le habían regalado sus amigos del programa de sostenibilidad y conservación de la biodiversidad de la Universidad de Massachusetts, los de la UMBe Green. Necesitaba que transcurriesen al menos dos ciclos completos de ocho minutos para tomar tranquila y reposadamente su café. Después, lavaba su termo reutilizable y lo secaba con esmero. Una vez limpio estaría preparado para un nuevo uso, nada más llegar a su despacho del MIT. Después, cogía su pequeña mochila para guardar en el primer bolsillo el ordenador portátil, el mouse inalámbrico, el móvil y las gafas para leer, y en el segundo bolsillo, junto al vaso termo de la UMBe Green, algún paquete de chicles mentolados, no porque tuviera una repugnante halitosis que apartara a todo el mundo de su lado, sino porque sabía que necesitaba masticar algo mientras caminaba hasta su despacho para poder mantenerse despierto durante todo el trayecto. A continuación, apagaba el equipo de música y, como imitando al viejo T, bajaba con parsimonia los dos pisos de la antigua casa de madera para salir a Gore Street y caminar los veinte metros que había hasta Third Street. El trayecto matutino hasta el laboratorio era de un par de kilómetros y apenas duraba veinte minutos que, junto a los treinta que necesitaba para cumplir con su ritual matutino, era tiempo suficiente para recuperarse del siniestro cóctel de pastillas y de la infame botella de vino barato de cada noche. El continuo masticar de un par de chicles mentolados lo ayudaría.

El reloj del despacho marcaba las 9:25 de la mañana y había llegado el momento de ir a dar la conferencia trimestral de resultados en la sala magna del MIT. Al levantarse de la silla se sintió un poco aturdido, era evidente que ni los tres cafés extralargos ni los dos chicles habían ayudado mucho y todo le indicaba que los efectos de los dos miligramos de Clonazepam estaban durando más de la cuenta. Se acercó a la estantería con cierta dificultad motriz, cogió su taza de las conferencias y la introdujo en una bolsa de papel. Su deficitario estado de vigilia no lo ayudaba mucho a discernir si la causa de su aturdimiento era que la noche anterior había tomado más vino de lo normal o el déficit crónico de sueño que desde hacía tres años le estaba minando las pocas defensas que aún le quedaban. Mientras abría la puerta para salir del despacho pensó que, con seguridad, la culpa de todos sus males la tendría el de siempre, su maldito apartamento de Lechmere.

Agarrándose con fuerza a la barandilla de la escalera, bajó los dos pisos que había desde su despacho hasta el lobby del edificio y al llegar a la puerta se detuvo un instante, exhaló profundamente, la abrió y con paso lento y semblante apático, entró en la sala de conferencias del Instituto. «Serán cretinos, han venido todos, es que no se pierden una cuando saben que seré yo quien va a hablar», se decía mientras se aproximaba al atril.

La cara no podía ocultar la desidia que sentía en ese momento. Hubiese querido hacer cualquier cosa antes que dar aquella conferencia. Pero, como todos los profesores e investigadores principales del Instituto, cada trimestre estaba obligado a presentar los resultados de sus investigaciones ante todos los grupos. Y esto, en el caso de Jimmy, solo significaba una cosa, que iba a sufrir.

–Buenos días, esperaremos un par de minutos de cortesía, ¿les parece? –preguntó a la audiencia. Como siempre, obtuvo la misma respuesta, un silencio sepulcral.

A lo largo de los últimos años había experimentado tantas frustraciones en aquella odiosa sala que, para él, poco a poco, se había ido transformando en una auténtica cámara de torturas. Como ocurrió con los herejes cátaros del siglo XII, que negaron los dogmas instituidos por la iglesia católica, él también se atrevía a poner en cuestión muchos dogmas científicos. En condiciones normales, semejante herejía solo hubiese significado ser excomulgado de la selecta sociedad científica convencional, pero los tiempos estaban cambiado y nadie iba a impedir que fuera ferozmente juzgado por la ciencia oficial. Apenas era capaz de recordar el número de conferencias que había dado en aquella infausta sala, pero, a golpe de fracasos y duras contiendas, Jimmy había aprendido que el objetivo de esos juicios sumarísimos no era castigarle tal como se hizo con los herejes del medievo con la pena de muerte, era algo mucho más cruel, lo que en realidad deseaban era su martirio. Pero para que el placer de la audiencia fuese completo, la tortura a la que lo iban a someter debía ser lenta, despiadada y sobre todo cínica, intensamente cínica. Al igual que los reyes católicos de la monarquía hispánica, que sublimaron la Santa Inquisición, llevando la tortura física a unos niveles de increíble sofisticación, su apasionado público, a lo largo de los últimos años, había sido capaz de desarrollar unas cualidades extraordinarias para el ejercicio de la tortura dialéctica. Era sorprendente el virtuosismo que tenían las preguntas que le hacían. El repertorio variaba en cada conferencia desde las capciosas, a las irónicas, pasando por las estúpidas. Pero las preguntas que de verdad temía eran las cáusticas, aquellas que, con una alta capacidad verbal destructora, causaban en la audiencia tal excitación y algarabía que la mayoría de las veces acababan con sonoras carcajadas. La violencia institucional estaba legitimada y aceptada por todos. Bueno, por todos no, él no estaba dispuesto a aceptar el escarnio como una manera legítima de imponer la ley científica pero era evidente que su opinión no tenía mucho peso en el Instituto.

A pesar de ser consciente del castigo que le esperaba, Jimmy siempre intentaba no defraudar, por lo que, una vez más, se esforzaría por estar a la altura de las circunstancias e intentaría romper en pedazos algún estúpido dogma de la ciencia oficial. Aquel día, sin duda, iba a superarse por lo que pidió a su hijo Xavier que asistiera como estudiante externo del MIT prometiéndole fuertes emociones. El chico, que conocía a la perfección el grado de genialidad y de locura de su padre, no dudó en ir, y aunque tan solo tenía dieciséis años, estaba perfectamente capacitado para entender de que iría la conferencia, no en vano debido a sus altísimas calificaciones ya había conseguido superar las pruebas de acceso a la Facultad de Medicina de Harvard.

La sala magna del Instituto tenía capacidad para setecientos asistentes y, como en los anfiteatros griegos, su disposición la dotaba de una acústica excelente. Desde el profundo y tenebroso Hades, como llamaba Jimmy al lugar donde se encontraba el desafortunado orador, hasta el diáfano y celestial Olimpo, cada fila ascendía veinte centímetros exactos. En la primera, alineados y siguiendo un perfecto orden jerárquico, se sentaban los profesores e investigadores principales más importantes del instituto. En el centro, presidiendo el cortejo, la Santísima Trinidad, constituida por el director del MIT, el eminente Profesor Dr. Bacon, a su derecha, la prestigiosa Dra. Damon y a la izquierda el célebre Dr. Erans, conocido en los ambientes científicos como «el azote del MIT». Él mismo se jactaba del apodo diciendo que su especialidad era la caza de los falsos científicos y jamás se molestó en ocultar que acechar a Jimmy era una de sus actividades preferidas.

«¡Hombre, parece que están todos los miembros del Estado Mayor!, pues prometo que esta vez no se irán de vacío», se decía Jimmy, dibujando una leve sonrisa en sus labios mientras miraba como el reloj iba devorando los dos minutos de cortesía. Introdujo la mano en el interior de la bolsa, sacó su taza de las conferencias y la puso con extremada delicadeza al lado del micrófono para que toda la audiencia viese la cara y el nombre de su modelo y mentor, Anaximandro, el primer evolucionista de la historia, ninguneado por Darwin, quien no lo nombró jamás. El gran genio que hacía más de 2.500 años postuló por primera vez que los seres humanos se originaban de otros animales, concretamente de los peces. Ese, según él, era el tributo que se merecían los científicos filósofos de la Grecia antigua. Un grupo de pensadores extraordinarios que fueron catalogados de forma injusta, todos en el mismo saco, con el nombre peyorativo de presocráticos. Era su manera particular de protestar por el olvido y el desprecio que hicieron de ellos Platón y su discípulo Aristóteles, los dualistas e idealistas, como a él le gustaba llamarlos.

–Bueno, otra vez la dichosa tacita de aquel griego de hace no sé cuántos miles de años, –tapándose la boca con la mano, le comentó el Dr. Erans al Dr. Bacon.

–Espero que en esta ocasión se comporte decentemente y no ataque a las empresas biofarmacéuticas como lo hizo hace tres meses –contestó el Dr. Bacon.

–Yo también lo espero, de verdad.

Todo el mundo en el MIT, a excepción de Jimmy, era consciente de que no se debía morder la mano de quien te daba de comer, y es que más del 40% del presupuesto anual se cubría con los estudios y donaciones que aportaban las empresas biotecnológicas y farmacéuticas. Había sido una locura atacarlas de la forma como lo había hecho en su última conferencia, pero las normas eran claras y, cada tres meses, como director, el Dr. Bacon tenía la obligación de invitarlo a presentar sus resultados y así debía ser mientras continuase siendo un investigador principal del MIT.

Mientras los rezagados se acomodaban y la sala iba quedando en silencio, la Dra. Damon miraba a su alrededor con semblante distraído, parecía que no escuchaba lo que estaban hablando sus colegas. Pero el desinterés era fingido, lo que estaba haciendo era lo que realmente sabía hacer a la perfección, aparentar. Christina Damon era una relevante doctora en Epidemiología y Salud Pública, pero en lo que de verdad era especialista era en el arte del camuflaje, habilidad que la había llevado a conseguir una posición de privilegio en el MIT y en la industria biofarmacéutica. Incluso había conseguido un hito sin precedentes, que el brillante pero díscolo Jimmy, el vikingo loco, como lo llamaban despectivamente algunos de sus colegas, creyese que ella era su única amiga. Todo el mundo sabía que la Dra. Damon y el Dr. Andersen se conocían desde los últimos años de la licenciatura de Medicina, cuando los dos coincidían en muchos seminarios y simposios. Por aquel entonces cuando Jimmy participaba en alguna discusión, Ina, como la llamaba su círculo íntimo, ya se había dado cuenta de que su amigo tenía una mente brillante. A diferencia de él, ella tenía serias dificultades para formular ideas novedosas y originales, razón por la cual tuvo que dedicarse a la gestión y dejar de lado la investigación. Nunca aceptó del todo tener que alejarse del mundo del laboratorio, esa renuncia la carcomía por dentro. Ina era consciente de que tenía un problema sin resolver con Jimmy, pero no estaba dispuesta a aceptar que ese problema se llamara «envidia». A lo largo de su vida profesional había desarrollado una portentosa capacidad estratégica, lo que le había reportado múltiples beneficios y no estaba dispuesta a cambiarla ni por un caso perdido como el del mismísimo Jimmy. Nadie podía negarle que, incluso ese ingenuo y alocado soñador, algún día sería capaz de generarle beneficios, razón poderosa que justificaba gastar tiempo y recursos en esa supuesta amistad, al fin y al cabo, no era tanta la inversión requerida para un negocio que, si salía bien, le proporcionaría unas ganancias elevadas. Se confortaba pensando que gastaba más dinero, tiempo y esfuerzo en sus tres adorables perritos Pomerania, así que ¿por qué no iba a invertir un poco en el desgraciado de Jimmy?

–No se preocupen, –intervino la Dra. Damon–, esta vez no hablará de las empresas biofarmacéuticas.

–Ah, ¿no? ¿entonces qué nos espera en esta ocasión? –Erans revoleó los ojos.

–Miren con qué detenimiento y suavidad ha colocado la taza, me dijo que hoy hablaría sobre la evolución de los Homo sapiens.

–¡Oh, Dios mío! A ver qué se le ocurre esta vez –replicó el Dr. Bacon, cogiéndose la cabeza con su mano derecha.

El Dr. Erans y la Dra. Damon, al mismo tiempo, se taparon la boca para que Jimmy no pudiera ver la hiriente sonrisa que les estaba saliendo.

Xavier, desde la última fila, podía ver a lo lejos a su padre y calculó que al menos los separaban cincuenta metros. Todo parecía estar preparado para lo que esa mañana le dijo con una sonrisa sardónica que iba a pasar. «Le he pedido a las bacantes que me ayuden a organizar la más grande de las bacanales, ya verás». Xavier, que sabía de la pasión de su padre por la mitología grecorromana, entendió el mensaje, podía esperar cualquier cosa de él.