Asesinatos en Son - Thomas Enger - E-Book

Asesinatos en Son E-Book

Thomas Enger

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Beschreibung

UN OSCURO SECRETO SE ESCONDE EN EL CORAZÓN DE SON. La experta en lenguaje corporal y colaboradora de la policía de Oslo, Kari Voss, lleva siete años sumergida en la desesperante búsqueda de su hijo pequeño, desaparecido años atrás, un caso que parece no tener ningún cabo del cual tirar. Mientras tanto, dos adolescentes son asesinadas con violencia en una casa de verano en el cercano pueblo de Son. A pesar de que existe un acusado y parece que el caso está cerrado, Kari no está convencida. Así que, utilizando sus habilidades y su instinto, inicia su propia investigación que la lleva a descubrir que en ese pueblo nadie, incluidas las víctimas, es lo que parece, y que incluso la desaparición de su propio hijo y su propia vida podrían estar vinculados a ese lugar.

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Seitenzahl: 529

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Índice

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Título original inglés: Son.

© del texto: Thomas Enger & Johana Gustawsson, 2025.

Publicado gracias a un acuerdo con Salomonsson Agency. © de la traducción: Ana Guelbenzu de San Eustaquio, 2025. © de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2026.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en libro electrónico: enero de 2026

REF.: OBEO021

ISBN: 9791370311032

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

La memoria funciona como una página de Wikipedia: puedes entrar y cambiarla. Pero también pueden hacerlo otras personas.

DOCTORA ELIZABETH LOFTUS,

Profesora de psicología y experta en memoria

PARA KAREN, LA AUTÉNTICA SEÑORA ORENDA

1

Mi hijo ha desaparecido.

Mi niño, mis raíces, mi cielo.

Estoy en mi terraza, contemplando las nubes, cubiertas de rosa en el este, naranja en el oeste, como si les costara mucho acordar qué ropa ponerse. Esta tarde el sol se pone lento, pero el aire ya está impregnado del frescor nocturno.

Un escalofrío me recorre. Me ajusto la chaqueta de punto en el pecho. No es el frío lo que me provoca el temblor, sino el miedo. Un miedo que me forma un nudo en la garganta y me revuelve el estómago.

Esta mañana, al abrir los ojos, me he preguntado si el pronóstico de tiempo estival para hoy se convertiría en uno de esos días traicioneros de junio en Noruega, cuando los rayos del sol solo calientan el corazón. He pensado en todos los niños que llegarían tarde a la fiesta en la piscina para celebrar el cumpleaños de mi hijo. En toda la fruta que había que cortar para sumergirla en la fuente de chocolate; la máquina de hacer algodón de azúcar que había que probar; el pastel en capas que estaba en la bodega, acabado pero aún poco firme. He cerrado los ojos un instante para evocar el recuerdo desdibujado de la sonrisa de mi difunto marido e imaginar cómo habríamos pasado la mañana celebrando el noveno aniversario de nuestro hijo.

Se oye la puerta de la galería acristalada que da a la terraza.

Me doy la vuelta. Mi padre está en el umbral, con el cuerpo rígido y los rasgos petrificados por la angustia. Queda claro que todavía no hay novedades.

—Ha venido Ramona —dice.

Me levanto y entro, cierro la galería y el aire viciado de la cocina me asfixia al instante. Los vasos sucios y las montañas de platos, manchados de chocolate y azúcar rosa, se acumulan en la encimera de la cocina como vestigios de una vida anterior.

La fiesta en la piscina de Vetle había sido todo un éxito. Mi padre y yo nos habíamos pasado el tiempo corriendo como pollos sin cabeza, probablemente tan felices como los niños, que se comunicaban solo con gritos de júbilo y carcajadas, jugando a un juego tras otro, con los flotadores en forma de rosquilla y las pistolas de agua siempre en el centro de sus aventuras. Como de costumbre, Vetle había formado equipo con Eva, Hedda y Jesper, nuestros Cuatro Fantásticos, como los habíamos apodado los padres: nuestros hijos eran inseparables desde el primer año de infantil.

Hacia el final de la tarde, los niños se reunieron en el salón y Vetle le pidió a mi padre, el «abuelo jefe de policía», que les enseñara su placa y les contara las anécdotas más emocionantes. Con los ojos desorbitados, los niños no se perdieron ni una palabra mientras mi padre les hablaba de angustiosas persecuciones en coche y detenciones dramáticas.

—Pero ¿quieres decir que... eras tú quien les ponía las esposas? —preguntó Hedda, rodeando el cuello de Vetle con un brazo y con el otro el de Eva; Jesper sentado junto a mí en el sofá, como tantas veces.

—Sí, a veces sí.

—Vaya —dijo Eva, sonriente, y Jesper se rio de la emoción y le daba palmaditas en la espalda a Vetle como si las detenciones las hubiera practicado él. Yo no sabía quién estaba más orgulloso, si mi padre o mi hijo.

Cuando William Bülow llegó a las siete de la tarde a recoger a Hedda y Eva para ir al estreno de una película plagado de estrellas en el centro de la ciudad, los Cuatro Fantásticos seguían aún muy unidos, jugando al fútbol.

—Estás viva —se burló William—. Veintitantos terroristas llenos de azúcar gritando en tu jardín. Estoy oficialmente impresionado.

—Gracias —contesté con una sonrisa.

—Debes de estar agotada.

—No, no, estoy bien.

Se rio.

—Pensaba que la mayor experta mundial en detección de mentiras sabría mentir mejor.

—No eres el primero que me lo dice.

Los dos nos reímos.

—¿Kari?

La voz de mi padre.

Parpadeo.

Sigo frente a los platos sucios; no paran de venirme fragmentos del día, como vídeos que se reproducen en mi mente. Sin embargo, cada vez acaban más distorsionados, así que pronto los únicos recuerdos que tendré de hoy serán esas imágenes deconstruidas y reorganizadas de forma arbitraria, repintadas y retorcidas.

—Ven.

Lo sigo por el pasillo. Mi padre se da la vuelta, me observa un momento antes de seguir andando a zancadas con aire autoritario. El hecho de que ya haya superado con creces la cuarentena no ha cambiado nada: sigo siendo su única hija y él continúa siendo mi pilar. Tras la muerte del padre de Vetle, mi padre se convirtió en mi cuerda salvavidas y en la red de seguridad que garantizaba que yo no tuviera que escoger entre mi hijo y mi carrera. La historia se había repetido: yo me crie sin madre, y mi hijo se estaba abriendo paso en la vida sin padre. Aun así, para Vetle la ausencia de su padre era solo algo abstracto, y «papá» solo era un concepto para él. Su «abuelo jefe de policía» lo había arreglado todo.

La superintendente de policía Ramona Norum está ocupada hablando con un agente de uniforme cuando me ve. Este responde a sus instrucciones haciendo gestos rápidos y atentos con la cabeza, y luego Ramona se acerca a nosotros.

La conocí hace ocho años. Me puse en contacto con ella después de ver una entrevista en televisión en la que un abogado defensor, al preguntarle por la inocencia de su cliente, mintió de manera descarada. El hecho de que al final yo tuviera razón marcó el inicio de una fructífera colaboración, que más adelante devino en una bonita amistad que también se extendía a la familia formada por Ramona, Linnea y sus dos pares de gemelos.

Ramona me envuelve en un abrazo maternal. No me hace falta imaginar su dolor, el de una madre que observa esta pesadilla sin duda prefiriendo que sea mía antes que suya, como haría cualquier madre; lo noto en su cuerpo.

Me separo de ella, plenamente consciente de que me voy a desmoronar del todo si me dejo atrapar en el calor de su abrazo.

Cuando Hedda y Eva se fueron con William, Vetle me preguntó si podía ir a casa de Jesper.

—¿Ahora? —Miré el reloj. Eran casi las siete y media.

—Por favor... —Se puso a dar saltitos delante de mí, a tirarme de la chaqueta, con un brillo de ilusión en los ojos.

Sabía qué pasaba: Jesper había invitado a mi hijo a jugar al Fortnite o a cualquier otro videojuego que yo jamás permitiría en mi casa. Los padres de Jesper eran distintos. Miré a mi hijo y le pasé un dedo por la frente sudorosa para retirarle los restos de hierba que tenía pegados en sus rasgos proporcionados.

—Una hora —dije, y me arrepentí al instante.

—Una hora y media —repuso Vetle—. Se tarda un poco en ir y volver, mamá, aunque coja la bici. Estaré en casa a las nueve. Te lo prometo.

Sonreí y me incliné para darle un beso. Mi hijo olía a cloro y al aroma veraniego de la crema solar.

—De acuerdo. Ni un segundo más.

—¡Bien!

Y así, Vetle y Jesper se fueron, como tantas otras veces. Cuando Vetle llamó desde casa de Jesper para decirme que había llegado bien, mandé a mi padre a casa, me puse a trabajar un poco y aplacé el momento de recoger la cocina y el jardín.

Estaba ansiosa por que volviera Vetle.

Aunque se haría tarde, quería darle el capricho de ver otro episodio de la última serie que seguíamos juntos. Al fin y al cabo, aún sería su cumpleaños durante unas horas más.

No era nada fuera de lo común que mi hijo llegara unos minutos tarde, pero, al ver que no había vuelto a las nueve y cuarto, llamé a Anita Bach-Hansen, la madre de Jesper. Me dijo que Jesper había acompañado a Vetle hasta medio camino, como solía hacer, pero que llevaba en casa ya unos veinte minutos. Noté una bola de angustia en el pecho que me paralizó en el acto.

Entonces llamé a mi padre, que insistió en que probablemente había una explicación razonable para que Vetle no hubiera vuelto a casa aún. A veces los niños perdían la noción del tiempo o se desorientaban. Era algo habitual. La policía esperaría un rato antes de mandar una orden de búsqueda, dijo, aunque los llamáramos ya. Esto es diferente, le dije a mi padre. Lo notaba. Vetle sabía lo importante que la puntualidad era para mí, y se conocía las carreteras y caminos de los bosques de Bygdøy como la palma de la mano. Aun así, mi padre me dijo que me quedara en casa por si Vetle volvía y que llevara el teléfono encima en todo momento. No lo contradije: mi padre había estado más de media vida en el cuerpo de policía. Sin embargo, todo mi ser me empujaba a salir a buscar a mi hijo.

Es raro, pero en ese preciso instante empecé a recordar el parto de Vetle. La comadrona me decía que dejara de empujar. El cordón umbilical se había enredado en el cuello y lo estaba estrangulando, y el ritmo cardiaco había bajado a un nivel peligroso, así que aguardaba a que me trasladaran a quirófano para practicarme una cesárea de urgencia. Todo el cuerpo me pedía que empujara para dar a luz a mi hijo, pero la comadrona me estaba ordenando que combatiera la naturaleza para salvarlo.

Pasó una hora y Vetle seguía sin aparecer. Entonces fue cuando mi padre cedió y llamó al séptimo de caballería.

De eso hacía cincuenta minutos.

—Según Jesper, Vetle y él se separaron en Paradisbukta —dice Ramona—. Y Jesper se fue directo a casa. No vio a nadie al acecho, eso ha dicho.

Miro a mi padre. Por primera vez en la vida, veo que mi pilar se desmorona. Está inclinado, a la defensiva, desaparecida ya la asertividad. El corazón empieza a latirme a tal velocidad que no oigo nada más. Huelo a Vetle como si tuviera la nariz pegada a su cuello. Noto los mechones de pelo mojados rebeldes escurriéndose de las manos mientras los cepillo. Sus ojos risueños, provocadores, afectuosos, dulces.

Mi hijo.

Mi precioso hijo.

—Como le contaba al jefe... —Ramona desvía la mirada y la posa en mi padre, su superior—. Estamos hablando con toda la gente a la que hemos visto en el bosque, pero a estas horas no serán muchos. También estamos llamando a las puertas cerradas por si alguien ha visto algo fuera de lo común. He convocado a todos los recursos que tenemos disponibles, y estamos haciendo una batida en el bosque. Seguiremos buscando durante la noche. Como sabéis, la zona boscosa es bastante amplia y está llena de caminos y senderos. Pero estamos de suerte: todavía queda un rato de luz, y la temperatura tampoco está mal.

Sacudo la cabeza para ahuyentar las horribles imágenes que me genera el miedo, pues todas y cada una de ellas me provocan náuseas.

—Has reaccionado rápido —prosigue Ramona—. Eso está muy bien. No puede haber ido muy lejos. —Me agarra la mano entre las suyas—. Intenta no preocuparte, Kari —me aconseja—. Lo encontraremos. Encontraremos a tu Vetle.

2

Unos minutos después de la medianoche, encuentran su bicicleta.

Estaba al pie de una pendiente a no más de un metro del fiordo, tirada con una llanta delantera retorcida y la cadena salida. No han recuperado el casco, pero han encontrado rastros de sangre en algunas piedras afiladas cercanas, un indicio de que alguien, lo más probable es que mi hijo, se ha visto implicado en un accidente de algún tipo. Analizarán la sangre para comprobar si hay alguna coincidencia.

El hecho de que el accidente se produjera tan cerca de la orilla hace que mis temores escalen. Ramona intenta tranquilizarme: los árboles y ramas de alrededor han evitado que caiga al fiordo. Pero no puede evitar que me dé un ataque de pánico. Si no está en el agua, ¿dónde diantres está?

Mi teléfono suena a las ocho de la mañana con brusquedad. La casa es un hervidero de actividad. Veo caras desconocidas que planean sobre ordenadores y monitores, y sus susurros apremiantes conforman un constante siseo de fondo. Estoy sentada en el sofá del salón, tratando de respirar, de alejarme de la situación para conservar la calma. Fracaso. Estrepitosamente.

En la pantalla del teléfono leo «Desconocido».

Veo la alerta en las caras de Ramona y mi padre. El aire parece volverse espeso, dificulta la respiración.

—Contesta —dice Ramona, con voz cansada, pero firme—. Podría ser un vecino preocupado o algo así, para ofrecer su ayuda. ¿Tal vez un cliente tuyo?

Con los dedos temblorosos, deslizo el pulgar por la pantalla. El «¿Diga?» me sale en un susurro prudente.

—Pon TV2. —La voz al otro lado de la línea suena robótica.

—¿Qué? —El corazón me late tan fuerte que noto el pulso en la garganta—. ¿Quién es?

—Pon TV2 —repite la voz—. Tenemos a tu hijo.

Se interrumpe la conexión.

Me quedo helada. Primero miro a mi padre, y luego a Ramona.

—¿Lo... lo habéis oído? —balbuceo.

Ramona frunce el ceño un segundo, y chasquea los dedos para atraer la atención de los demás presentes. A una orden al agente de policía que se queda más cerca, este enciende el televisor. Necesita la ayuda de mi padre para encontrar el canal correcto.

La pantalla parece más grande que de costumbre. En TV2, una presentadora rubia del telediario que lleva una chaqueta roja está terminando una sección. Espera que el teleprónter pase a la siguiente información.

A continuación:

—Treinta y ocho mil muertes. Y llegarán más. Una mezcla de miedo, esperanza y codicia ha causado ahora un récord espantoso.

Noto el latido del corazón en los oídos. ¿De qué muertes está hablando?

La presentadora de noticias continúa:

—Se ha superado el máximo histórico de personas ahogadas en el mar Mediterráneo. Por lo menos treinta y ocho mil. Son casi noventa a la semana, casi treinta al día. Barcas desvencijadas que jamás deberían haberse hecho a la mar. Traficantes sin escrúpulos ni respeto por la vida. Y personas desesperadas que lo están arriesgando todo...

No lo entiendo. La voz robótica está en bucle en mi cabeza. Me sube la bilis.

«Tenemos a tu hijo».

A mi alrededor, los técnicos han empezado a moverse. Se dan órdenes en silencio, veo brazos en el aire, manos que señalan algo que yo no veo. Mi padre está de pie junto a la mesita de centro, mirando el televisor, de brazos cruzados. Me caen gotas de sudor por el cuello y la columna vertebral. También las noto bajo los brazos. Ramona se agacha a mi lado y me pone las manos sobre los hombros.

Cuando la presentadora de noticias empieza a hablar de José Mourinho, la pantalla de mi teléfono vuelve a iluminarse.

Otra vez «Desconocido».

Ramona me indica que espere unos segundos mientras sus técnicos conectan un programa para grabar la llamada. Le hacen la señal de que están listos. Alguien apaga el volumen del televisor. Se impone un silencio insoportable en la sala, interrumpido solo por el ritmo de mi teléfono al sonar.

Ramona lo coge: yo soy incapaz de hacerlo. Activa el altavoz.

—Hola, Kari. —Es la misma voz robótica.

Se me escapa un gemido involuntario de la garganta.

—Y hola a todo el mundo.

Miro a mi padre: escucha con atención. Sea quien sea, sabía que ya estaríamos con la policía, y que le harían un seguimiento a mi teléfono.

Trago saliva y me obligo a trasmitir fuerza con la voz.

—Soy Kari Voss. ¿Dónde está mi hijo?

La respuesta es inmediata.

—Has recibido un mensaje de correo electrónico.

Se interrumpe la conexión, y yo me quedo ahí con el estruendo de mi corazón en los oídos.

Suelto un grito ahogado, paralizada.

Esto no está pasando, no paro de repetírmelo en la cabeza. Mi mente es un torbellino de incredulidad. Esto no puede estar pasando.

—¿Tienes una aplicación para el correo electrónico en el móvil? —pregunta Ramona.

Consigo asentir. Ella me vuelve a coger el móvil y repasa mis aplicaciones. Al cabo de unos instantes, dice:

—Te han enviado un vídeo.

Se aleja unos pasos de mí. Y comprendo por qué. Empieza a temblarme todo el cuerpo. Quiere dejarme tranquila por si...

Cierro los ojos y descarto el final de ese pensamiento.

Mi padre se acerca y me agarra del brazo como si fuera una pinza. Vuelvo a cerrar los ojos y sacudo la cabeza para ahuyentar unas imágenes demasiado horribles como para entenderlas.

—Buenas noticias —asegura Ramona—. Vetle está bien.

Vuelve a mi lado, se agacha una vez más y deja el móvil apoyado en una pila de libros sobre la mesa de centro. Reproduce el vídeo.

Tengo un ataque de hipo al ver a mi hijo sentado en una silla, en un salón en algún sitio, es imposible saber dónde.

Está vivo.

Mi hijo se mueve.

Respira.

Me llevo una mano a la boca para reprimir un grito. Lleva la misma camiseta de fútbol de Zlatan Ibrahimović que llevaba durante la celebración de su cumpleaños. Y una tirita grande en el brazo izquierdo. Se ve un vaso de leche en la mesa que tiene delante.

Tras él, en la pared, aparece un televisor en el que la presentadora de las noticias de TV2 dice a los espectadores que treinta y ocho mil personas han fallecido intentando cruzar el mar Mediterráneo.

—Dios mío —dice mi padre.

El vídeo dura seis segundos.

Ramona lo reproduce cuatro veces seguidas. La quinta se ve interrumpida por otra llamada entrante. De nuevo, en la pantalla aparece «Desconocido». Esta vez contesto enseguida, sin esperar la aprobación de Ramona.

—¿Qué quieres? —suelto, con tono firme, endurecida por la rabia.

—Cinco millones de coronas noruegas —contesta la voz robótica—. Recibirás instrucciones.

3

Han pasado dos días, y el silencio me está volviendo loca.

Ramona ha sacado los expedientes de todos los casos policiales en los que he participado durante los últimos ocho años en busca de personas con motivos para tenerme en el punto de mira, ya sea por venganza o por cualquier otro propósito, pero no ha encontrado posibles sospechosos. Mi padre, por supuesto, al ser el jefe de la policía de Oslo, también sería un candidato evidente si fueran delincuentes despiadados con deseos de venganza, pero esta gente, o ese tipo, quiere dinero, y por algún motivo me ha elegido a mí, a Vetle, a nosotros, como víctimas.

Han pasado dos horas y cincuenta y siete minutos desde que hemos hecho una transferencia de cinco millones de coronas noruegas a una cuenta de criptomonedas, según las instrucciones del secuestrador. He tenido que hipotecar la casa, y mi padre ha conseguido otro préstamo sobre la suya. Pese a la poca antelación, lo hemos sacado adelante.

Sin embargo, no hemos tenido noticias desde entonces. Ni llamadas, ni mensajes. Ni correos electrónicos. Nada.

Ramona y su equipo están pegados a las pantallas las veinticuatro horas del día. No quiero saber los detalles de lo que hacen. No me importa el «seguimiento del rastro del dinero». Tampoco me importa quién sea ese tipo. Lo único que me importa es recuperar a mi hijo, vivo.

El tiempo pasa con una lentitud realmente insoportable. Es como si cada segundo fuera la cuenta de un rosario, y cada minuto una oración.

He empezado a rezar. A orar a un Dios en el que nunca he creído, pero que se manifestó con elegancia en cuanto me arrebataron a mi hijo.

Se me cae la barbilla al pecho. Me obligo a abrir de nuevo los párpados para huir de las imágenes aterradoras que no paran de imponerse en mi cabeza. Oigo a mi padre, sentado frente a mí a la mesa de la cocina; presa del pánico, me pregunta si estoy bien. Asiento unas cuentas veces, procurando controlar la ponzoña antes de se extienda por toda mi mente.

De pronto, un agente de policía grita:

—Han establecido contacto otra vez. ¡Tenemos las coordenadas!

Mi corazón deja de latir desbocado. Me levanto de la silla.

—Está..., no está lejos de Ytre Enebakk —dice Ramona, que observa de cerca la pantalla—. A poco más de media hora de aquí.

—Está cerca de un aparcamiento —añade el agente, al tiempo que señala el mapa—. En el bosque. De acuerdo con sus instrucciones, Vetle nos espera en una casa del árbol improvisada. Los niños las construyen constantemente —aclara cuando lo miro con rostro inexpresivo—. Yo también lo hacía.

—Vale —dice Ramona—. Vamos.

4

Ramona se pone al volante. Mi padre va en el asiento del copiloto. Por algún motivo, yo voy detrás, agarrada al asidero de encima de la ventanilla con ambas manos cuando salimos a toda mecha de la ciudad.

Pronto volveré a ver a mi hijo.

Solo puedo pensar en eso.

Nos iremos a casa, le prepararé su comida favorita y esta noche me tumbaré a su lado mientras se queda dormido, para vigilarlo y que nadie vuelva a quitármelo jamás. Me voy a quedar despierta toda la noche viéndolo respirar y soñar.

Mi hijo, me digo.

Mi niño.

Ya voy. Casi hemos llegado. Voy a buscarte.

No tengo ni idea de dónde estamos, ni de cuánto tiempo llevamos en el coche, pero de repente hemos llegado a una pequeña carretera rural rodeada de árboles. El navegador por satélite le dice a Ramona que gire a la izquierda y se adentre en el bosque.

Las piedras y las ramitas crujen y se rompen bajo los neumáticos. Al cabo de minutos, llegamos a un aparcamiento.

—Tiene que haber un camino por aquí —masculla mi padre desde el asiento delantero. Mira el teléfono, donde ha introducido las coordenadas del GPS que han dado los secuestradores—. Ahí.

Ramona maniobra con el coche hacia el otro extremo del aparcamiento. Después de parar, descendemos y echamos a correr hacia el bosque por el camino que ha encontrado mi padre.

Apenas siento los pies.

—No debería estar muy lejos —dice mi padre.

Voy un paso por detrás de él, buscando rastros de mi hijo en el suelo boscoso.

—¡Vetle! —grito—. ¿Estás ahí? ¿Dónde estás, Vetle?

No hay respuesta.

Seguimos avanzando. Solo puedo pensar en oír su voz, notar su piel. Tenerlo acurrucado en mis brazos.

—¡Ahí! —Mi padre grita mientras señala un abeto cercano.

Entorno los ojos y veo unos tablones por encima de nosotros, ocultos entre unas ramas oscuras. Pero no veo a Vetle. ¿Está atado? ¿Amordazado? Vuelvo a gritar su nombre. Una vez más. Tengo un nudo en el estómago.

No hay respuesta.

Corro entre los arbustos y me pongo a trepar al árbol, agarrándome a una rama tras otra, presa del pánico por el silencio, la ausencia de movimiento en lo alto. Me impulso hacia arriba, araño con los dedos la corteza áspera y por fin llego a la casa en el árbol. El silencio es ensordecedor.

Entonces un grito atraviesa el aire.

Tardo un momento en reparar en que soy yo.

La casa del árbol está vacía.

Mi hijo no está aquí.

5

SIETE AÑOS DESPUÉS

El efecto es inmediato, y afecta a Eva Eek-Svendsen de un modo diferente a como había imaginado, tal vez incluso temido. No hay cambios súbitos ni radicales; ni las paredes se disuelven, ni el suelo se vuelve gelatinoso bajo sus pies. Los colores se mantienen, y no percibe sensaciones psicodélicas. No se derrite en otra dimensión donde todas las formas, voces y sonidos están completamente mezclados y son intercambiables.

Sus amigos le dijeron que sería así. Jesper incluido. Todos le habían prometido que sería increíble, salvaje y loco.

—Solo te arrepentirás de no haberlo probado antes —decían.

Sin embargo, todo sigue casi exactamente igual. La única diferencia, bastante notable, es que de pronto lo siente y lo percibe todo con mucha más intensidad. Es como si alguien hubiera subido el volumen de sus sentidos a mil. Nunca ha sido tan feliz. Se ríe de esto y de aquello. Cualquier aperitivo o bebida es como una explosión en la boca. La vida es tan bonita. ¿Cómo es que no se había dado cuenta hasta ahora?

Eva también siente un amor profundo y tierno hacia sus padres, y por Hedda. Incluso por Erik, su hermano. Qué majos son todos. Y qué buenos. Madre mía, son buenos. Siente la necesidad imperiosa de decirles cuánto los quiere y los aprecia, lo agradecida que se siente por tenerlos en su vida, a todos y cada uno de ellos.

Tal vez debería disculparse por todo lo que ha dicho y hecho a lo largo de los años. Su actitud desagradecida, las palabras a veces duras, sobre todo con su hermano. Busca con la mano el teléfono para hacerlo en ese preciso instante, pero no lo encuentra. Da igual. Se hace una nota mental para agradecer a sus padres que le hayan permitido disponer de la residencia de verano este fin de semana por primera vez. Y por dejarle organizar una fiesta de Halloween aquí al día siguiente. ¡Va a ser muy divertida!

Le asalta un pensamiento que la entristece. Antes de darse cuenta, está derramando lágrimas. Es por Samuel, pues las cosas se han agriado entre ellos. ¿Debería enviarle otro mensaje? ¿Decirle lo mucho que le quiere y lo echa de menos, y que los que de verdad importan, en términos generales, son ellos y solo ellos? ¿No pueden olvidarlo todo?

A lo mejor es demasiado orgulloso, piensa. Está muy enfadado. Puede que todo se haya roto para siempre.

—¿Por qué lloras? —Hedda baja el volumen del equipo de sonido y se ajusta el tirante del top.

—Es por Samuel. —Eva se seca las lágrimas de las mejillas y la barbilla.

—No te preocupes —contesta Hedda—. Mañana estará aquí. Le daremos un poco de algo y se olvidará de todo. —Se encoge de hombros para restarle importancia y hace una pirueta mientras estira las manos sobre la cabeza, canta con la música, ríe.

Eva sonríe viendo a Hedda bailar. Es la chica que todo el mundo quiere ser, o con quien quiere estar. Eva piensa que no le extraña. Es preciosa. Pese a estar a finales de octubre, la piel de Hedda brilla como si estuviera bajo el sol, no en el salón oscuro. Huele a vainilla y verano.

Así, sin más, Eva vuelve a sentirse fenomenal. Los pensamientos tristes han desaparecido. Va a ser una noche increíble, un fin de semana fantástico. La gente hablará de esta fiesta durante años. Ha invitado a veinte personas, siguiendo las estrictas instrucciones de sus padres, pero espera por lo menos el doble. Irá bien.

Una ventana se abre de una ráfaga, el viento irrumpe atravesándola y la hace sentir aún más viva. Eva se acerca a la ventana, cierra los ojos y se deja envolver por el aire frío, la brisa se aferra a su piel cálida y le provoca un hormigueo. Cuando abre los ojos, el vello diminuto de los brazos está erizado como si también bailara.

De pronto, un movimiento en el césped hace que Eva parpadee varias veces. Una sombra se ha desplazado. Quizá solo era el viento que movía los árboles. O las farolas del jardín, que siempre crean siluetas extrañas. Tiene que ser eso.

Ahí está otra vez. El movimiento.

Ahora Eva está segura.

La sombra parece humana. Como una pierna que se mueve. Justo detrás de ese árbol. ¿Eso es una mano en el tronco?

—¿Qué pasa? —pregunta Hedda, que aparece por detrás.

—Hay alguien ahí fuera.

—¿Dónde?

Eva señala hacia la oscuridad, pero solo ve sombras, formas oscuras sobre la hierba húmeda. Otra ráfaga de viento arranca suspiros a los árboles.

—Buen intento —dice Hedda—. Pero Halloween no es hasta mañana. Tendrás que esforzarte más si quieres asustarme. —Camina hacia la isla de la cocina y anuncia—: Necesitamos más.

Hedda mete la mano en la bolsa de plástico que hay sobre la mesa y vuelve con Eva con dos pequeños cristales envueltos en papel. Eva coge uno y se lo pone en la lengua. Hedda la imita.

Las dos tragan.

El sabor es amargo, pero pronto pasará. Un sorbito de champán, unas cuantas patatas fritas.

—¡Yuju! —Hedda sube la música y levanta las manos como si acabara de marcar un gol.

Eva vuelve a mirar por la ventana. Antes había alguien ahí fuera, está segura.

Pero no importa.

Ya nota el subidón, y esta vez será aún mejor.

Madre mía, piensa, cierra los ojos, sonríe, los graves resuenan en todo su cuerpo mientras la atraviesa cada nota. Si se muere ahora, será la chica de dieciséis años más feliz del mundo.

6

Sentado en el autobús, Samuel Gregersen está nervioso. La sensación le recuerda a esos momentos antes de subirse a un escenario o cuando se sienta para empezar una sesión de grabación especialmente complicada. Revisa el móvil y ve que el autobús llegará a Son con unos minutos de retraso. Intenta distraerse, desconectar, meditar, algo así. Ser consciente y todo eso.

El sol brilla alto en el cielo despejado, como si de pronto el verano hubiera revivido. Samuel, urbanita de toda la vida, siente una atracción extraña por ese paisaje, tal vez por lo desconocido. Examina los campos junto a la carretera, casi esperando ver un ciervo o un alce, pero solo encuentra una extensión de tierras. La hierba, cortada hasta la raíz, se ve desnuda y gris, descomponiéndose bajo el sol implacable.

Por la mañana Samuel ha dudado si ir a Son, pese a tenerlo planeado desde hacía meses. Pero sabe que todo el mundo espera que aparezca en la fiesta, pues al fin y al cabo Samuel es el señor Halloween, es conocido por llevarlo hasta las últimas consecuencias y a veces incluso más allá. Sus amigos de clase no hablan de otra cosa: de lo increíble, divertido y terrorífico que va a ser. Nadie parece haberse percatado de que últimamente Samuel no va con Eva y Hedda, como de costumbre.

Durante su rutina de maquillaje de la mañana, Samuel ha entendido que no podía cancelarlo con la excusa de una enfermedad repentina. Con ello, solo suscitaría todo tipo de preguntas. No, tiene que encararlo de frente. Aun así, la perspectiva de ver otra vez a las chicas lo aterroriza, y eso alimenta su estado nervioso.

Por la mañana, su madre se unió a él en el baño, intrigada, como siempre, por dónde había estado la noche anterior y a qué horas había llegado a casa. Samuel contestó con todas las evasivas que pudo, consciente de lo mucho que le preocupa cómo afectan esas juergas a sus estudios, su futuro. Siempre lo ha instado a esforzarse, a intentar alcanzar las estrellas. «Lo tienes todo para ser el próximo Leif Ove Andsnes de Noruega», no paraba de repetirle. Ante sus protestas, su madre lo frenaba y decía: «Lo único que quiero es que no eches a perder tu vida, Samuel. Si yo hubiera tenido la mitad del talento que tú...».

Samuel sabe que es cierto. Tiene un don. Desde niño, la música es su lenguaje. Recuerda esconderse de muy pequeño debajo de la mesa del comedor durante un funeral televisado, conmovido hasta las lágrimas por la música lúgubre. En ese momento no cayó en la cuenta de que había buscado refugio porque le daban una vergüenza inexplicable esos sentimientos. Pese a que ya era un prodigio, esa experiencia no hizo más que acrecentar su devoción por el piano, con el que descubrió que sentía una conexión única. Para Samuel, el piano no es solo un instrumento: es un portal, una máquina del tiempo, una manera de contar historias. Sus dedos pintan emociones en las ochenta y ocho teclas, tejen relatos a los que no puede poner palabras. Es como si las manos hablaran por él.

Sin embargo, en ese momento Samuel anhela normalidad. Quiere ir de fiesta como todos los muchachos de su edad, explorar la vida con sus propias reglas. No es mucho pedir, ¿verdad? Julliard o la Royal Academy of Music seguirán ahí cuando esté preparado.

Poco después de las diez, Samuel se apea del autobús en Son. Se coloca la bolsa de accesorios al hombro y emprende el camino sinuoso que lleva a la residencia de verano de los Eek-Svendsen. A cada paso se endurece el nudo que nota en el estómago.

En el jardín que da a la casa, las chicas han puesto alguna que otra calabaza, talladas de manera que parezcan fantasmas y monstruos. En uno de los parterres de flores, un esqueleto se está dando un festín con una muñeca de trapo. Samuel piensa que es muy ingenioso. Muy de Walking Dead.

Detecta rastros de suciedad en el asfalto de la entrada, luego marcas de caucho chamuscado. Unas profundas huellas de neumáticos cortan el césped detrás de él, pero no parecen coincidir con la furgoneta negra que hay aparcada frente a la casa. En el portón lateral se lee «Solsiden Catering», adornado con el logo de un girasol, una dirección web y un número de teléfono.

Un silencio inquietante envuelve la casa.

De pronto se oyen unos pasos pesados en el interior. La puerta principal se abre de golpe y sale un hombre que se desploma a gatas junto al garaje y sufre violentas arcadas.

Samuel duda y se acerca al hombre con cautela.

—¿Está..., está bien?

El hombre escupe y se limpia la boca con la manga. Se vuelve hacia Samuel, sin aliento, con el rostro ceniciento y los ojos desorbitados por el terror.

—Están... —Señala la casa con un dedo tembloroso.

Samuel se acerca, el miedo le atenaza el pecho.

—¿Qué ha pasado?

—No entres —advierte con voz ronca—. No entres ahí.

A Samuel se le acelera el corazón, nota el eco del latido en la garganta.

—¿Por qué? ¿Qué...?

—Están... —La voz del hombre se convierte en un susurro.

Sacude la cabeza, cierra los ojos apretando. Cuando los vuelve a abrir, tiene la mirada perdida.

—Las chicas de ahí dentro... Las han asesinado.

7

Mia cruza las piernas y abre los ojos despacio.

Se da la vuelta y busca el teléfono en la mesita de noche.

Descubre horrorizada que se ha dormido. Se sienta rápido y percibe la culpa en el pecho. La pantalla está llena de notificaciones y mensajes. Sin embargo, después de revisarlas rápido todas, ve que nada parece urgente. Al fin y al cabo, es sábado.

Respira hondo y se relaja casi en el acto.

No le gusta quedarse dormida. Prefiere empezar el día por lo menos una hora antes de que se levante el resto de la casa para hacer ejercicio y meditar, tener algo de tiempo para ella. Para ella, la sensación de haber hecho algo antes de que el mundo despierte no tiene precio. No recuerda la última vez que se quedó dormida así.

Además, ha dormido bien. Ha sido un sueño profundo, pesado, lleno de ensoñaciones extrañas, aunque no recuerda ninguna.

Por suerte, Eivind está fuera por trabajo.

Por lo general, una noche de viernes habría tenido que acostarse pronto si quería evitar sus acercamientos. Las mañanas de fin de semana era aún más difícil mantenerlo a raya. Tras rechazarlo una vez más, lo vería salir de la cama y caminar fatigoso hasta el baño con unos pasos que con los años se han vuelto más pesados poco a poco, de un modo casi imperceptible. Lo vería dejar la puerta abierta, sin esforzarse por disimular los ruidos de la naturaleza. Después, volvería con las manos aún mojadas y se las secaría en el pelo de la barriga prominente.

Por un momento, que desaparece a la misma velocidad a la que ha llegado, Mia siente un destello del amor que sintió en tiempos por ese hombre que sabe que está plena y profundamente enamorado de ella, igual que durante los últimos veintitrés años. Haría cualquier cosa por ella. Al mismo tiempo, Mia siempre se encargaba de que disfrutaran de algo de tiempo para ellos solos de vez en cuando. Entradas para un concierto, o una mesa en un restaurante especial. Pero cuando renunció a esa función, Eivind no le cogió el relevo. Nunca entendió del todo por qué. ¿Era cosa de la edad? En cuanto cumples los cincuenta, ¿dejas de sentirte aventurero, o con ganas de complacer a tu pareja?

Mia observa el lado vacío de la cama. Estira el brazo izquierdo, agarra las sábanas por un momento y espera.

«Deberías estar trabajando», se dice. Un cliente se ha mudado a una casa antigua en Tasen y quiere que decore el salón al estilo art déco. Ha estado allí para inspirarse, pero apenas ha empezado con los bocetos. La entrega es el martes. Este martes. Sin embargo, ahora mismo lo único que quiere es café y desayunar.

Maldita sea. ¿Cómo ha podido quedarse dormida de esa manera?

Eivind le vuelve a la cabeza.

Piensa que tal vez sea por una mañana así. Cómo podrían ser las cosas.

Un futuro por el que merezca la pena vivir.

¿Ese futuro incluiría a su marido o no? Esa es la cuestión. Si se queda, todo seguirá igual o irá a peor poco a poco. Eso es un hecho. Eivind ya no cambiará. Habrá menos diversión, menos alegría, menos de todo lo que Mia desea en su vida cotidiana. Aun así, pese a que una vida sin Eivind abriría las puertas a una existencia más libre, también ella y su familia quedarían sumidas en la incertidumbre. Económica, sentimental: no tiene ni idea de cómo afectará una ruptura a sus hijos. O a Eivind, por ejemplo. Pero ¿no debería pensar en sí misma por una vez?

Su reflexión se ve interrumpida por el sonido de un teléfono.

Mia no reconoce el número. Por regla general, no contesta a menos que sepa quién llama. Hay muchos idiotas por ahí intentando vender algo por teléfono. No lo soporta. Lo deja sonar hasta que para, luego comprueba el número en internet por si es alguien conocido. El número no aparece en ningún sitio. O sea, que es un vendedor. Probablemente.

Mia apoya la cabeza en la almohada y se queda mirando el techo. Decisiones, decisiones, decisiones.

Elija lo que elija, alguien acabará decepcionado, enfadado, deprimido, herido. Puede que incluso sienta odio. Ella se odia a sí misma por acabar en semejante situación.

Echa de menos a su padre. Sin él, ya no tiene con quien hablar. Por lo menos no de verdad. No tiene a nadie en quien confiar. En esta situación, su padre habría dicho las palabras justas, como siempre. Le habría explicado qué camino escoger y por qué.

Mia vuelve a pensar en los niños, y recuerda haber leído en algún sitio que, para cuando los hijos tengan doce años, habrán pasado tres cuartas partes del tiempo que estás con ellos. Ahora que lo recuerda, la idea casi la deja sin aliento. Sus hijos tienen dieciséis y veintidós. ¿Cómo va a conseguir pasar el poco tiempo que le queda con ellos? ¿Cómo será ese tiempo si abandona a su padre?

El teléfono vuelve a sonar.

Es el mismo número. El mismo vendedor, probablemente.

Mia suelta un profundo suspiro.

Por otra parte, los vendedores no suelen volver a llamar enseguida, piensa. Por lo general prueban más tarde, incluso otro día. Además, es sábado. ¿De verdad los vendedores trabajan tanto el fin de semana?

Podría ser un cliente, piensa Mia mientras se sienta y se apoya en el cabecero.

Duda un momento más y luego atiende la llamada, presentándose con el nombre completo.

La voz que hay al otro lado de la línea es firme y seca.

—Me llamo Ramona Norum. Soy comisaria en la policía de Oslo.

¿La... policía?

—¿Pasa... algo? —tartamudea Mia.

—Estoy en la puerta de su casa. Acabo de llamar al timbre, pero no contesta nadie. ¿Está en casa?

—Eh..., no.

—Vale. Usted es la madre de Eva Eek-Svendsen, ¿correcto?

Mia traga saliva.

—Sí. ¿Qué pasa? ¿Eva está bien?

Se produce una breve pausa al otro lado de la línea.

—Lo..., lo siento, señora Eek-Svendsen, pero me temo que tengo noticias horribles.

8

Desde mi habitación en la trigésimo primera planta del hotel Oslo Plaza, la capital se extiende ante mí, mientras una capa de nubes espesas amenaza a lo lejos sobre las islas, unos chubascos limpian las calles sucias más cercanas, todas ellas de un gris de última hora de la mañana. Es como si la noche no acabara de irse. Hasta el fiordo parece abatido, como si guardara oscuros secretos. En el suelo, entre los edificios que parecen bloques de Lego, los coches se mueven a trompicones a través de un laberinto de luz. Me alegro de que las ventanas amortigüen la mayor parte del ruido de la ciudad y pueda concentrarme en preparar el seminario que estoy a punto de impartir después del almuerzo.

En la pantalla del ordenador que tengo delante, una mujer encantadora llamada Inés sigue hablando en su bonito espanglish. Con el esmero y la reserva de una colegiala entusiasta, contesta a todas las preguntas que le hago detrás de la cámara.

Dejo de grabar, retrocedo unos segundos y vuelvo a pulsar el botón de reproducción.

Tenía razón. Cuando le he preguntado a Inés si alguna vez ha cometido un delito, se ha puesto el dedo índice sobre la escotadura yugular. Sonrío para mis adentros y escribo una nota rápida en mi montón de papeles que ya parece una torre.

Espero que el seminario no dure mucho. El margen que tengo para coger el vuelo a California, donde voy a pasar la semana siguiente dando clases, es un poco justo a mi entender. No tendré tiempo ni para comer algo rápido en la elegante sala de espera del aeropuerto de Oslo.

Casi es mediodía cuando llaman a la puerta.

La abro y veo a Jessica Marler, una mujer de sonrisa amplia y omnipresente, rizos secados con meticulosidad y la extrema seguridad estadounidense. Jessica dirige el departamento de comunicación de SecureArts, un gigante internacional del sector de los seguros, de objetos de arte, para ser más exactos. Como Jessica dijo en cierta ocasión: «Tenemos que ponerle precio a un Chagall, aunque no tenga precio».

—Hola, Kari —dice, y se seca unas cuantas gotitas de sudor del labio superior—. ¿Estás lista? Siento llegar tan tarde.

—No pasa nada. Déjame coger el ordenador y mis notas.

Una vez recogidas mis cosas, me paro un segundo de más en el espejo de cuerpo entero, me arreglo un poco el pelo y luego digo:

—Tú primera.

—Pero antes, te presentaré —dice Jessica mirando hacia atrás mientras nuestros tacones marcan un ritmo suave en la mullida alfombra del pasillo del hotel—. Luego el escenario será todo tuyo. ¿Te parece bien?

—Por supuesto.

Jessica me dedica otra de sus características sonrisas exuberantes.

En la planta baja, tras el escenario de la sala de conferencias más grande del hotel, un técnico de sonido con cola de caballo se ocupa de nosotras, nos pone los micrófonos y nos sujeta las baterías en los cinturones, en mi caso, de rayas.

—Por favor, ponga el móvil en modo avión —indica—. Puede interferir en algunas señales del equipo de sonido.

—Claro.

Lo saco del bolsillo de la chaqueta, arrugo la frente al ver la pantalla llena de notificaciones, la última un mensaje de mi padre, enviado unos minutos antes:

¿PUEDES LLAMARME?

Escribo una respuesta rápida:

NO, ESTOY A PUNTO DE SUBIR AL ESCENARIO.

Unos puntitos bailarines aparecen en la pantalla. Espero la respuesta de mi padre.

ES POR LOS ASESINATOS EN SON.

¿Los asesinatos? ¿Qué asesinatos? Llevo toda la mañana preparando el seminario, sin prestar atención a las noticias.

Reviso rápido las notificaciones anteriores, y veo que todas las publicaciones serias del país hablan de «los asesinatos de Son». No tengo tiempo de entrar en detalle porque Jessica Marler se dirige al escenario, a punto de presentarme.

Siempre que salta una noticia sobre el hallazgo de un cadáver pienso en Vetle. Pero mi padre ha escrito «asesinatos», en plural, lo que significa que no pueden ser sobre mi hijo. Mi padre lo habría dicho de haber guardado alguna relación con Vetle, y me habría llamado, en vez de enviarme un mensaje.

Entonces ¿de qué quiere hablar conmigo?

¿La policía necesita mi ayuda?

No, mi padre está jubilado. Si el cuerpo policial tuviera una petición, la harían Unni Flem, que es su sucesora, o Ramona.

Respiro hondo y cierro los ojos unos segundos, en un intento de borrar la imagen de mi hijo, la que siempre aparece primero: la cara de felicidad de Vetle al romper la superficie de la piscina del jardín el último día que lo vi, el día en que celebramos su noveno cumpleaños. La imagen siempre despierta una avalancha de recuerdos, pero la mayoría provocan un tsunami de dolor.

Contrólate, me digo, y abro los ojos. Ponte en modo trabajo, colócate la máscara de «estoy bien». Solo otros expertos en lenguaje corporal te descubrirán.

Pongo el pie izquierdo sobre el pequeño tramo de peldaños que tengo delante. Me tiemblan las piernas cuando subo por detrás de la cortina. El ruido ambiental de la sala de conferencias se aplaca.

—Buenas tardes, damas y caballeros —dice Jessica Marler en un tono fuerte y confiado—. Hace un año, cuando supe que la siguiente convención se celebraría en Oslo, la ciudad natal de nuestra próxima ponente, enseguida pensé en que tendríamos una oportunidad inmejorable de pedirle que nos hiciera un hueco en su ajetreada agenda para honrarnos con una conferencia. Por suerte, así ha sido. La brillante doctora Kari Voss ha dedicado su vida al estudio de la memoria y el lenguaje corporal, hasta el punto de que uno de los periódicos de aquí, noruego, la ha apodado «la detectora de mentiras humana». La doctora Voss es consultora de la policía criminal noruega, y catedrática de las facultades de Ciencias Sociales de Lund, en Suecia, y de Irvine, en California. ¡Por favor, recibamos como merece a la doctora Kari Voss!

Una ronda de aplausos acompaña mi entrada. Mientras Jessica se dirige a los bastidores, yo salgo al centro del escenario, con las palmas abiertas y un mar de personas sonrientes enfrente.

—Hola, hola, gracias. Muchas gracias. Y gracias, Jessica, por tu generosa presentación. Estoy encantada de estar aquí con vosotros hoy. Para ser sincera, es una manera agradable de dejar de atrapar a delincuentes, empresarios deshonestos o incluso de leer a jugadores de póquer con cara no tan de póquer.

El público se ríe.

—Estar aquí para enseñaros a atrapar ladrones a todos, los mejores agentes del sector internacional de los seguros de arte, hace que me sienta como si formara parte del reparto de Ocean’s Eleven.

Otra ola de risas recorre la multitud.

Hago una pausa y dejo que el silencio se prolongue un poco.

—Sí, todos lo hacemos, y la primera persona a la que mentimos somos nosotros mismos. Empezando por nuestros recuerdos. ¿Sabéis ese recuerdo que tenéis de vosotros mismos con un año en brazos de vuestra abuela? Pues no existe. Es pura invención. No se puede recordar nada antes de los dos años. Es improbable desde el punto de vista biológico. El cerebro todavía no está preparado para recordar nada tan pronto.

Escudriño al público para asegurarme de que cuento con toda su atención.

—Siento decepcionaros, pero nuestra memoria no es tan fiable como creemos. La mayoría de la gente cree que podemos sumergirnos en nuestros recuerdos como si fueran cintas de vídeo que podamos reproducir a nuestro antojo. Sin embargo, no es el caso. Nuestros recuerdos se entrelazan con nuestras experiencias vitales, y ambos se funden como cuando se añade leche al agua. Una vez se mezclan, no se pueden distinguir.

Una persona tose en primera fila.

—Lo creáis o no —prosigo—, podemos crear recuerdos a propósito. Así de maleable es nuestra memoria. Como dice un colega mío: «Somos hackers de la memoria: hacemos que la gente crea en cosas que nunca ocurrieron». No, damas y caballeros, no es un truco de magia, ni hipnosis. Es pura psicología.

Sonrío a mi público.

—Pero antes de sumergirnos en nuestros recuerdos, vamos a centrarnos en nuestros cuerpos. Porque nuestros cuerpos hablan un idioma silencioso que debéis dominar en vuestro trabajo. Y ese idioma, damas y caballeros, es la única verdad de la que os podéis fiar. Absolutamente la única.

Doy unos pasos hacia la parte derecha del escenario.

—Para aprender a descifrar y leer ese lenguaje corporal silencioso, vamos a centrarnos en esa parte de nuestro cerebro llamada «sistema límbico». Es nuestro centro emocional. Es el responsable de nuestra supervivencia, pero nunca se toma un respiro. Le dice a nuestro cuerpo, la cara, los brazos, el torso, las piernas, los pies, cómo reaccionar para asegurarnos la supervivencia. Os enseñaré a reconocer y leer esas reacciones, a extraer la verdad, porque simplemente no podemos fiarnos de las palabras. Solo podemos fiarnos de este lenguaje no verbal silencioso, como lo llamamos los psicólogos. Lo fascinante es que ese lenguaje corporal es universal. Trasciende las culturas e incluso algunas discapacidades. Por ejemplo, hasta las personas ciegas de nacimiento se taparán los ojos cuando estén en una situación en la que preferirían no estar.

Advierto que una persona en primera fila abre los ojos de par en par.

—De acuerdo, seguro que me diréis que el lenguaje corporal debe de ser una parte minúscula de nuestra comunicación si la comparamos con el habla, ¿no?

Aprieto los labios mientras muevo la cabeza de izquierda a derecha.

—Pues no podríais estar más equivocados. Algunos expertos afirman que intercambiamos más de ochocientas señales no verbales durante una conversación normal, que representan entre el sesenta y el sesenta y cinco por ciento de nuestras comunicaciones diarias. Y, si me permitís decirlo así... —me tapo a medias la boca con la mano como si estuviera a punto de contarles un secreto—, cuando hacemos el amor se llega al cien por cien..., si se hace bien.

El público suelta una carcajada.

Espero a que enmudezca antes de continuar.

—Antes Jessica me ha presentado como una «detectora de mentiras humana». Tal vez suene un poco pomposo, pero en realidad el periodista que me adjudicó ese apodo no pudo dar más en el clavo. Lo que capta un detector de mentiras no es la mentira en sí, sino las sensaciones que la mentira nos provoca. Y eso es lo que vamos a hacer hoy, juntos: vamos a detectar mentiras fijándonos en lo que nos dice el cuerpo. Porque, damas y caballeros, todos somos Pinochos. Literalmente. Cuando mentimos, nuestra nariz crece, en sentido literal.

Me toco la punta de la nariz. El público se ríe de nuevo.

—Os lo aseguro, no me lo invento. No lo vemos, claro, pero mentir provoca una diminuta inflamación que despierta un picor que hace que los mentirosos se rasquen la nariz.

Esta vez la gente permanece en silencio.

—Nuestro lenguaje corporal esconde multitud de señales reveladoras como esa. No os las podré enseñar todas hoy, ya que son fruto de décadas de investigación y observaciones, pero sí os puedo dar un esquema simplificado que os ayudará a evitar caer en la trampa de las generalizaciones, por ejemplo al pensar que la persona que se cruza de brazos no está de acuerdo con algo o se está distanciando de una situación. De hecho, puede ser lo contrario. Lo que estoy a punto de enseñaros, además de ayudaros a desentrañar la verdad de las mentiras con las que topáis en el trabajo, podría seros útil también en casa.

Los susurros se extienden por la sala como un escalofrío.

—Sí, sí —digo—. Niños que mienten, adolescentes..., cónyuges.

Una explosión de risas de alivio recorre la multitud.

—Para empezar nuestra tarde juntos, propongo un pequeño juego.

Mi sugerencia es recibida con un aplauso entusiasta.

—Esta mañana, Inés, vuestra encantadora colega de la oficina de Barcelona, ha accedido a colaborar conmigo en un pequeño experimento.

Una luz enfoca a Inés en primera fila. Se levanta cohibida y saluda con la mano a sus compañeros.

—He entrevistado a Inés y la he hecho mentir a propósito al contestar a algunas preguntas personales. Voy a dejar que veáis la entrevista que hemos grabado, y luego nos reuniremos de nuevo unos quince minutos después para jugar a ser detectives y destapar sus mentiras solo con fijarnos en lo que nos dice su cuerpo. Os veo dentro de un ratito.

En la pantalla que tengo detrás se ilumina el logotipo de SecureArts. Cuando salgo del escenario, se inicia la grabación.

Mientras Inés responde a la primera pregunta, abro la puerta de atrás y salgo. Saco el teléfono a toda prisa para desactivar el modo avión, y enseguida veo que mi padre me ha enviado otro mensaje para pedirme que lo llame en cuanto esté disponible.

Sobre el escenario he conseguido olvidar el desasosiego que notaba en la garganta. Ha vuelto con todas sus fuerzas.

9

—¿Qué pasa?

La comisaria de policía Ramona Norum cruza la mirada en el espejo con su colega, Henrik Meyer. El ascensor los lleva despacio al sótano, donde se aparcan los coches patrulla.

Meyer se guarda el móvil en el bolsillo de la chaqueta.

—¿Puedes iluminarme —dice, y suelta aire con fuerza— sobre por qué consideras imprescindible que respondamos a un caso de asesinato en Son en un sábado que, por lo demás, es muy tranquilo? La última vez que lo comprobé, Son no entraba en nuestra jurisdicción.

Ramona se sonríe. Henrik Meyer ha cumplido los sesenta y tres y son sus últimos años de servicio activo. Ha pasado la mayor parte de su carrera procurando evitar las labores administrativas. Se enorgullece de ser uno de los soldados de a pie del cuerpo, un policía de verdad, no un profeta del PowerPoint. Se crece en el trabajo real de detective en la calle. Sin embargo, eso no le impide quejarse cada vez que el trabajo les exige levantarse de sus cómodas sillas de oficina.

Ramona esperaba su protesta.

—Porque la residencia de verano donde anoche asesinaron a dos adolescentes es de un matrimonio que vive aquí, en Oslo, en Bygdøy. Igual que las víctimas. Lo que significa que este caso va a acabar en nuestro escritorio nos guste o no. He pensado que sería buena idea anticiparnos un poco. De todos modos, hoy no hay mucha actividad.

—Salvo los diez partidos de la Premier League —replica Meyer con un bufido—. Tenemos el derbi local de Mánchester, entre otros.

—Mierda, se me olvidaba. Error mío. Vale, entonces vamos a la tienda. Ve a buscar unas cervezas antes de que cierre.

Meyer gruñe.

Ramona sonríe. Pese a las excentricidades de Meyer, ha aprendido a apreciarlo. Sabe que, cuando haya lío, él siempre estará a su lado, arremangándose.

En el sótano, Ramona abre las puertas de un BMW nuevo con un clic en un mando a distancia.

—¿Conduces tú?

—No me digas que también te parece mal.

Meyer no contesta y rodea el vehículo a desgana hasta el asiento del copiloto. Ramona sonríe de nuevo y se pone al volante.

Ramona sigue la E18 por el fiordo de Oslo. El tráfico del fin de semana es denso; el día, frío y gris. En el interior, una fina capa de neblina cubre la superficie del agua.

—Las víctimas —dice Meyer, y se aclara la garganta—. ¿Sabes algo de ellas? ¿Tenemos sus nombres?

—Eva Eek-Svendsen y Hedda Bülow —contesta Ramona—. Amigas del alma, ambas de dieciséis años.

—Virgen santa.

—Eva es la hija de los dueños de la casa. Hedda es la hija de William Bülow. El presentador del telediario ¿sabes?

—Mierda.

—Iban a celebrar Halloween allí este fin de semana.

Los árboles robustos en ambos lados de la carretera están muy juntos, es como si se abrazaran. Ramona pisa el acelerador para adelantar a un semirremolque.

—¿Debo suponer que ya se ha notificado a los padres?

—Sí, lo he hecho esta mañana.

—¿Tú?

—Sí, antes de llegar. La policía local estaba ocupada con el escenario del crimen. Vanja Ebeltoft, la jefa de allí, es una buena amiga mía. Fuimos juntas a la academia. Me lo pidió como favor.

—Habérmelo dicho —comenta Meyer—. Habría ido contigo.

—Lo sé, Henrik. Y gracias. Pero el tiempo apremiaba.

Meyer asiente.

—¿Cómo se lo han tomado? —pregunta. Tras una breve pausa, añade—: No importa, la pregunta es absurda.

—Solo he podido ver en persona a William Bülow —responde Ramona—. Estaba... desolado, claro. Ninguno de los Eek-Svendsen estaba en casa. He tenido que llamarlos.

—Madre mía —dice Meyer—. Eso siempre es duro.

Ramona respira hondo.

—Se suponía que hoy me iba de compras con los niños.

Cuarenta y cinco minutos después de salir de Oslo llegan al centro de Son, y Ramona aminora la marcha. Son es una localidad muy poblada, pero pequeña y pintoresca. Considerada desde el siglo xix una joya junto al mar, su cercanía al fiordo y sus antiguas casas de madera y callejones angostos sirven de fuente de inspiración a los artistas, pero también de residencia. Una vez Ramona cogió el ferri hasta allí desde Aker Brygge, en una excursión de día con Linnea y los niños. Atracaron en el moderno puerto deportivo y dieron una vuelta por el pueblo antes de almorzar en uno de los restaurantes con vistas al fiordo. Estaba repleto de veraneantes. Ahora las calles están desiertas.

Al llegar a la residencia de verano ven a un tumulto de periodistas y mirones junto al cordón policial. Ramona aparca el BMW detrás de un Volkswagen, se apea y se identifican ante el agente que vigila el escenario del crimen. Tras una inspección rápida de sus placas, los deja pasar.

Ramona y Meyer suben por la entrada en forma de ese hacia la casa, y Meyer enseguida se queda unos pasos rezagado. Una vez en el garaje, la comisaria oye que le cuesta respirar.

Desde la fachada de la casa se extiende el césped hacia el estrecho que se forma entre tierra firme y las islas del fondo. La hierba, amarillenta por el frío, no desmerece en absoluto la indiscutible belleza del lugar. Se extiende como un manto hasta las rocas que bordean el mar oscuro, donde rompen las olas. En un mástil blanco erigido entre las piedras lisas ondea la bandera noruega, que baila como si hubiera algo que celebrar esa mañana.

—En serio —dice Meyer—. ¿Qué le pasa a la gente de este país? ¿Necesitan otra casa a una hora de donde viven? ¿Qué sentido tiene?

Ramona no contesta.

Meyer avanza.