Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Astillas reúne un plural conjunto de ensayos y artículos que por diversos motivos no fueron en su día incluidos en los correspondientes tomos de la Obra completa de la autora. Algunos matizan el anterior relato autobiográfico; otros tratan de sus libros, o de temas característicos del pensamiento de Chacel, ahondando en su singular mundo interior; algunos abordan la condición de la mujer y reflexionan sobre nuestro destino; otros hablan de «lo que se ve» o «lo que pasa», y constituyen lúcidas crónicas del presente; y hay también exquisitas piezas que versan sobre escritores u obras con los que ella mantuvo una amistad o afinidad intelectual y estética. Estos textos muy distintos entre sí por su variada temática, procedencia y extensión, iluminan la vida y la obra de Rosa Chacel.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 210
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
ASTILLAS
CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Francisco Javier Expósito
Diseño y cuidado de la edición: Armero Ediciones
© Fundación Banco Santander, 2013
© De la introducción, Ana Rodríguez Fischer
© Rosa Chacel y herederos de Rosa Chacel, 2013
ISBN: 978-84-92543-47-2
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
Cuando, hace ya un par de décadas, recopilaba y estudiaba (para proceder a su inmediata edición) los ensayos breves, artículos, conferencias, prólogos o epílogos y otros textos de similar naturaleza que Rosa Chacel había ido forjando en paralelo al resto de su creación (poesía, novelas, autobiografía, diarios y ensayo), puse al frente de aquellos dos voluminosos tomos una afirmación de la escritora vallisoletana: «Toda obra, como toda vida, tiene estrecha y fatal relación con el tiempo en que transcurre»[1]. Y no hay mejor prueba de la indisoluble e íntima trabazón de una obra con la vida que la alumbra y con el tiempo que la enmarca que la posibilidad de verificar de nuevo la pervivencia de esta alianza incluso en la más escondida y circunstancial de las piezas chacelianas, tan reveladoras todas de la profunda raigambre con que ciertos temas, procedentes del fondo personal propio, anidaron en el pensamiento de la autora, así como del modo en que se formulan y expresan: de la escritura propiamente dicha.
Y decir tiempo equivale a decir vida y realidad, o «el mundo ante mí»[2], instancias que Rosa Chacel encara y afronta (para analizarlas y meditar sobre ellas o para transformarlas en materia de su literatura) siempre desde un subjetivismo inamovible anclado en la experiencia personal. Abundan en estas páginas las afirmaciones que subrayan esta perspectiva o posición, abrazada desde muy temprano y que no se explica sólo por el autodidactismo de la escritora (que le impediría en ocasiones arropar o ilustrar sus argumentos e ideas con una vasta explayación histórica o cultural: «mi autoridad cultural es escasa pero mi patrimonio vivencial es abundante», reconoce en «Mi religiosidad»), sino también por otros atributos o cualidades no canonizadas ni calibrables como lo es la formidable potencia de su mirada, capaz de desnudar toda apariencia hasta alcanzar lo medular (de una experiencia, un suceso, un objeto, una imagen, un sentimiento, un rostro), el núcleo primigenio donde algo se modula y a partir del cual germina y brota. Desde ahí opera y actúa una tan prodigiosa como natural predisposición para descifrar, aun por tenues que sean, los múltiples hilos que anudan o quiebran hechos, ideas, conductas, sentimientos, pasiones… Quien conozcaDesde el amanecer—la autobiografía donde Rosa Chacel rescata y narra los diez primeros años de su vida— sabe de lo que estoy hablando, pues hallará en esas páginas numerosos ejemplos de tan peculiar aprendizaje que, cuando tenía como escenario la naturaleza, derivaría en unas «nupcias con la vida»: los días en Rodilana, «tan cerca de la tierra, con todos los sentidos sumergidos en su proximidad», evoca la autora en el discurso pronunciado en Valladolid. Desde ahí era posible ascender otros peldaños: los que la llevarían, por ejemplo, a uno de los eslabones capitales del pensamiento de Ortega y Gasset (la razón vital, o el vitalismo orteguiano, idea que vertebra sus novelasEstación. Ida y vuelta, 1930,yLa sinrazón, 1960, a las que a menudo se refiere en las páginas autobiográficas recogidas en este volumen), uno de sus grandes maestros, como lo fueron también Valle-Inclán o Ramón Gómez de la Serna, o Baudelaire y Nietzsche, según descubrirá el lector de estas páginas, donde Rosa Chacel declara abiertamente laliaisonque une su obra con la de los grandes pensadores y poetas de su tiempo, «porque creo muy sustancioso continuar nuestro tejido o tapiz sobre la firme trama dejada» por ellos.
Si, en «Confidencia», la autora reconoce cómo en ocasiones la mente actúa a impulsos de una impresión o estímulo pasajero, una sacudida, un «pronto» —uno de esos momentos «en que no se posa la meditación más que de paso, causando sólo un pensamiento intenso pero breve»—, hay que destacar una nueva imagen que plasma de manera igualmente elocuente otro rasgo destacable del quehacer chaceliano: el abismamiento o inclinación hacia lo interior, que tan a menudo linda con las experiencias místicas.
«Como me conocéis bien, sabéis que no soy modesta, pero sin embargo sé que no llegaré a tener nunca una aceptación considerable, tal vez porque nunca aspiré a ello con empeño, porque vivo en mi rincón de cara a la pared —no es esto tan tonto ni tan falso como parece—; vivo de cara a la pared, es decir, a mi pantalla particular, donde aparece mi película interior, que, por la lentitud de mi trabajo, tardará mucho en proyectarse».[3]
Ni la imagen que traza este rasgo del autorretrato chaceliano ni el símil fílmico son caprichosos. A menudo destacó Rosa Chacel otra experiencia iniciática que modularía vida y obra: el aprendizaje de la mirada[4] o la capacidad de entender con sólo ver, leer y descifrar el mundo, abrirse a un destino de contemplación —visión y revelación— que seguirá en rigurosa progresión y que no es ajeno a la experiencia mística, al éxtasis que la autora reconoce como condición de su mismidad. Léase con cuidado el breve texto «La edad de mis novelas», donde aborda ese proceso que sitúa en el núcleo de su creación y que afecta al modo de novelar, porque enseguida quedaría reforzado por la llegada de «la otra escuela de la mirada» que crecería a la par que los jóvenes nacidos con el siglo, el cine, que afianzará aquel aprendizaje primero. De ahí que la autora reconozca en el verso de Rafael Alberti «Yo nací, ¡respetadme!, con el cine» una de las señas de identidad de su generación —el grupo del 27—, y que una y otra vez aborde las relaciones entre imagen y palabra, proceda aquella de la contemplación directa de la realidad, del cine o de la televisión, a la que alude especialmente en los escritos más tardíos, no sólo por la progresiva reclusión de la escritora sino también por el creciente papel de la televisión en nuestras vidas, en un presente cuyos signos ella sigue descifrando, a menudo para separar el grano de la paja. Porque así como en sus novelas queda excluido el didactismo, los ensayos chacelianos constituyen una lección de primer orden.
Confiesa Rosa Chacelverlas palabras y apreciar su belleza tanto en la escala cromática que contienen como en el timbre que resuena al pronunciarlas. Y subrayará que una idea es también una forma. En la pubertad o primavera genésica fue el profesar en Apolo: juramento y nupcias que presidieron y presidirán la vida toda. La imagen apolínea como una ley: forma,logosy mito; serenidad, rigor, claridad, exactitud, belleza… En la prosa de Rosa Chacel —tan cuajada de impresiones y reminiscencias— la orientación apolínea —simetría y ritmo— se percibe en la amalgama o correspondencias profundas que se dan entre los diversos elementos que entran a formar parte de la composición; en el rigor semántico —un permanente esfuerzo por sacar a la palabra del «fango del uso», un trabajarla, limarla, ahondar en ella, probar su poder, su capacidad de matizar, evocar o sugerir—; en la exactitud y belleza de algunos títulos que todo lector reconoce como inequívocamente chacelianos. Desde entonces, lo clásico, ya no sólo como «origen primigenio», sino como la propia historia; los autores clásicos, como caudal o fuentes, lejanas y próximas: desde Platón a nuestro fray Luis, desde Alonso Quijano el Bueno a don Miguel el Terrible, desde Góngora y Quevedo a Juan Ramón Jiménez y Rilke, desde san Agustín a Kierkegaard, desde Nietzsche a Ortega, desde Dostoievski, Poe y Baudelaire a Proust, Joyce y Freud.
Ni tampoco dudará en afirmar que una imagen puede ser superior a una palabra y servir mejor a la expresión de un sentimiento como, por ejemplo, el de la piedad: «Piedad es algo de lo que se ha hablado y escrito incalculablemente, pero lo mejor que se hadichosiempre ha sidoimagen. Para hablar de dolor, tormento, injuria, se ha puesto ante los ojosEcce Homo».
Una actitud o posición tal, es decir, el peso o la importancia que la imagen, semblanza y valoración del diario acontecer, tiene en su obra, inclinaría a catalogarla de realista (aunque para ello deberíamos acordar antes qué entendemos por realismo), no en vano se reconoce Rosa Chacel en la «mezcla arbitraria» que caracteriza al Caballero de la Mancha, en «ese contrasentido que parte de él y se reparte por todas estas tierras que nos retienen y nos lanzan». Tan atenta como a «lo que se ve» o «lo que pasa» lo está también a cuanto imaginamos onospasa, a «algo tan impráctico como las pasiones, materia prima de la literatura»[5]. Y de una literatura forjada con un lenguaje que para Rosa Chacel sigue siendo la piedra angular de su vocación y oficio. Bastaría con leer el breve texto «La belleza de las palabras» para advertir su personal relación con el lenguaje y calibrar la hondura de la misma. Nunca perderá de vista el punto de partida —«el capital infinito de la lengua materna»— y permanecerá fiel al mandato primero —«poseerla con todo el poder de su flexibilidad ilimitada»—. El aprendizaje de la palabra —aquellos ejercicios a que la sometía el padre, de rango ritual, casi sagrado— fue un aprender a mirar y a pensar, a comunicar el pensamiento, adar palabrade algo. La niña vallisoletana aprendía a hablar el castellano con un rigor que, sobrepasando lo gramatical, adquiría un profundo sentido ético. Y así, la tarea vocacional, la escritura, la entenderá Rosa Chacel como la creación por la palabra: comprender los fenómenos a partir de la pura forma —forma del fondo, es decir, modo de informar lo más profundo— para poder expresar la exactitud de la idea. Una y otra vez aparecen defendidos en la obra de esta escritora los valores de rigor y claridad, auténticos soportes de su singular estilo literario.
No en vano entre sus diez mejores palabras de la lengua castellana figura CONSTANCIA: porque vivir es ante todo seguir. Y la continuidad se percibe en múltiples direcciones y sentidos: en el hecho de que los textos aquí reunidos podrían insertarse en las distintas secciones que en su día distinguí para el conjunto del articulismo chaceliano, en cómo los temas que la propia autora destaca en «Presencia» al recorrer el conjunto de su trayectoria de ensayo y novela, con ramificaciones de uno a otra y correspondencias mutuas, o en cómo un trabajo de circunstancia o de encargo para celebrar un aniversario o una efeméride no se desvían ni desentonan de los que brotan del fondo personal, en el atento seguimiento de obras o autores en quienes Rosa Chacel reconoce una fraternidad intelectual y estética y a los que examina con rigor y devoción. De ese grupo, merece la pena destacar las cartas a Javier Marías, que son respuesta a la recepción de las primeras novelas del autor, donde Rosa Chacel vierte la reflexión que le ha suscitado esa lectura: difícilmente hallaremos análisis tan hondos y certeros, además de sugerentes; y aún más admirable es comprobar cómo supo ver ya entonces en «el joven Marías» el potencial inmenso de un mundo narrativo —y una manera de concebir la novela— que hoy ya todos celebramos.
Si muy distintos entre sí —por su variada procedencia, extensión y temática—, unos de manera directa, otros en forma algo más tangencial, casi a contraluz, estos textos ahora recobrados iluminan la obra y la persona de Rosa Chacel, por los lazos mutuos con que ambas se anudan y por la peculiaridad de una literatura que discurre por el laberinto del vivir, renovando día a día, línea a línea, aquel destino de contemplación que la niña vallisoletana eligiera para sí. El últimamente tan celebrado microrrelato tiene aquí alguno de sus mejores (y tempranos) ejemplos en esos textos breves, tan diminutos como deslumbrantes algunos —«Reloj»—, trabajos casi de orfebrería que revelan la radical interioridad en que se forjan, y un permanente afán de búsqueda que desentierra las secretas creaciones, pues de la realidad o del mundo exterior no le interesa sólo lo que se ve al pasar sino también las zonas en sombra, lo que se capta desde el subterráneo o subsuelo personal.
De filiación saturnal, la obra de Rosa Chacel se nos muestra tan rica y profunda como extensa y viva. Nada más inexacto e infundado que la aplicación de adjetivos como «intelectual», «deshumanizada», «abstracta», a una literatura que nos habla del amor, de la piedad, de la culpa, de la duda, de la razón, de la moral, del arte, de la soledad, de la fe, del tiempo, de la pasión, del cine, de España, de las madres… Una literatura nacida con el siglo, que explora e ilumina el agitado pálpito de nuestro tiempo. Una literatura que sigue innumerables sendas, que desde el ensayo, la poesía o la prosa —tan ramificada y arborescente, tan plural en sus formas— brota del fondo último de la persona, transmutando la experiencia íntima en legado de validez universal. Y una literatura que aspira a ser alimento y esperanza, porque sin ella, sin la buena literatura —nos dice Rosa Chacel enAcrópolis— «no hay nutrición posible, no hay más que anemia, esclerosis, emasculación…».
A. R. F.
«Discurso leído en la entrega de la Medalla de la Provincia de Valladolid»: inédito, hacia 1990, procedente del archivo de la autora.
«Presencia I»: conferencia inédita pronunciada en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona, en el ciclo «Clásicos contemporáneos», el 17 de noviembre de 1992.
«Presencia II»: conferencia pronunciada en el Congreso en Homenaje a Rosa Chacel celebrado en la Universidad de La Rioja-Logroño, del 21 al 23 de abril de 1993, y posteriormente recogida en lasActasdel mismo, editadas por María Pilar Martínez Latre (Logroño, Universidad de La Rioja, 1994, págs. 13-16).
«Prólogo aDesde el amanecer»: texto inédito redactado con motivo de la reedición de la autobiografíaDesde el amanecer(Madrid, Editorial Debate, 1991).
«Discurso pronunciado en la sede de Nueva Sociedad»: inédito, procedente del archivo de la autora, fechado el 10 de junio de 1993.
«La edad de mis novelas: sujetos y objetos»: inédito, procedente del archivo de la autora.
«Mi religiosidad»: texto inédito; por la referencia de la autora al «segundo libro de la trilogía empezada —que todavía no llega más que a la mitad—», podemos datarlo hacia 1980 o 1981, dado queAcrópolisapareció en 1984.
«El heroico triunfar de lo desconocido»: artículo publicado enABC, 28 de julio de 1994.
«El Prado»: texto publicado en VV. AA.,El Prado vivo, Madrid, Museo del Prado, 1992, págs. 70-75.
«La belleza de las palabras»: respuesta a la consulta solicitada por el profesor Javier Bernal Cruz («¿Cuáles son, para usted, las diez palabras más bellas en la lengua castellana?»), el 29 de septiembre de 1981, para ser publicada en el periódico chilenoEl Mercurio.
«Sobre la paz»: inédito, procedente del archivo de la autora. Me ha sido imposible datar y conocer la procedencia de este texto, posiblemente escrito a principios de los años ochenta.
«Timoteo Pérez Rubio»: texto inédito escrito para la presentación del libro (biografía y ensayo) que Rosa Chacel dedicó a su esposo:Timoteo Pérez Rubio y sus retratos del jardín, Madrid, Cátedra, 1980.
«Preliminar aCartas a Rosa Chacel»: texto recogido enCartas a Rosa Chacel, edición de Ana Rodríguez Fischer, Madrid, Cátedra-Versal, 1992, págs. 13-14.
«Luis Cernuda a través de Gregorio Prieto»: inédito, procedente del archivo de la autora.
«Prefacio a Jean Cocteau,Reinaldo y Armida»: publicado en Jean Cocteau, Antígona–Reinaldo y Armida, Buenos Aires, Emecé Editores, 1952, págs. 7-17.
«Por qué yo te amo, ¡oh, Eternidad!»: inédito, procedente del archivo de la autora.
«Contradicciones: los horrores del placer»: inédito, procedente del archivo de la autora; escrito posiblemente a principios de los años ochenta.
«Los toros (hoy, ayer y mañana)»: texto escrito para la revistaQuites(1992).
«Yo quiero»: artículo publicado enABC Literario, núm. 149, 9 de septiembre de 1994.
«Reloj»: texto redactado para conmemorar el número 100 deBabelia (Revista de Cultura), «Palabras. Cien autores, cien conceptos, para el número cien de “Babelia”», publicado el 11 de septiembre de 1993, pág. 7.
«Cartas a Javier Marías»: inéditas, procedentes del archivo de la autora.
Quiero ante todo decir algo de lo que es casi imposible expresar: mi emoción y mi gratitud por esta medalla que me otorga la Provincia de Valladolid, ámbito de mi mundo cordial tanto como intelectual. El tono o el aliento de esta tierra es el que prevalece en cada una de mis palabras, y repito: no es expresable mi gratitud, por lo tanto queda resumida en una emoción dichosa que me da fuerzas para contaros el cuento de mi vida.
Parece innecesario mentar algo unánimemente sabido, sin embargo empiezo por notificar que nací en VALLADOLID y veo que me será difícil demostrar mi profundo arraigo, porque aunque me crié en esta tierra en la que conocí los primeros placeres, y desperté a la sensualidad elemental, ahora intento, sin más testigo que mi insuperable memoria, evocar el alcance sugestivo—imagen del mundo en total— que rebullía en mi patio, calle de Núñez de Arce, entresuelo, portal tan grande como para haber entrado, tiempo atrás, coches de caballos. Al fondo del patio, dos pequeñas cuadras; también había un pozo al que a veces me asomaba. La riqueza de aquel mundo, sus hierbas, sus hormigas —que yo contemplaba con el mismo arrobo que lo que se alcanzaba a ver de lo exterior, por ejemplo, la torre de la catedral, torre mocha, como corresponde a su estilo—, estas pocas cosas tan intensamente vividas con la ansiedad devoradora del que come con gran apetito, al ser asimiladas, dejaban un remanente tan substancial como para llenar páginas; no he de repetir aquí las que van dispersas en mis libros.
Como detesto las anécdotas, me abstengo de relatar el hecho que fue decisivo en mi porvenir. En el otoño de 1906, mi padre, empeñado en hacerme dibujar, me llevó a la academia, yo tenía ocho años, no podía ingresar, pero fui no sé cómo. En prosa tanto como en verso, he glosado aquel momento de inspiración, podría decir de vocación fulminante. Llegó 1908 en que salimos para Madrid, a la casa de mi abuela, barrio de Maravillas, que llegó a ser para mí algo tan entrañable como el patio cuna de mi persona. Por la fuerza del sino, mi vocación me llevó a la escuela superior del arte, San Fernando, donde ingresé con —quiero decir el mismo día que— Timoteo Pérez Rubio, que quedó incluido en un mismo movimiento —allegro andante vivace—, oficio e intimidad…, amor, seguidamente matrimonio, seguidamente amor perdurable hasta la vejez. La vejez, lento ingreso en la muerte que nos es dado… Antes, en la lejana juventud, salimos para Roma, viajes exhaustivos por Italia, luego saltos a París y Londres, con vueltas continuas a Roma reanudando el trabajo, engendro apasionado de mi primer libro, al fin vuelta a España, cierto intento de estabilidad literaria en el que pasa cierto tiempo. En el 30 nace mi hijo, en el 36 estalla el horror. Confieso que no afronté la guerra; Timoteo enrolado por la República en la dirección de la Defensa del Tesoro Artístico me llevó con mi hijo a París y él volvió, como es proverbial, a soportar la guerra… Y pasó más tiempo y acabó el horror, salimos al fin para América, junio de 1940, salida de Burdeos, desgarramiento de dejar Europa.
Podría decir y nada más, porque estamos aquí, no felizmente porque no estamos los tres; claro que los tres sufrimos —por inevitables circunstancias— frecuentes separaciones, la primera en París en el momento grave; la segunda en Río, lugar tan acogedor y completamente grato, pero la lengua era un obstáculo, yo no podía publicar y sobre todo mi hijo, ya en edad de estudiar en serio, de haber seguido allí habría perdido el castellano… Ante ese peligro me lo llevé a Buenos Aires, donde hicimos los dos nuestras carreras… La mía, literaria, afrontó la etapa editorial; Timo siguió en la guerra sin cuartel del orbe económico. Sólo me queda por tratar de explicar cómo corrí tanto sin haberme sentido lejos, y no por un melancólico recordar sino por un implacable mantenimiento de mi tono. He vivido en aquellos pueblos tan amigos, tan queridos, donde no me sentí ni un instante extranjera, y sin embargo no perdí el acento, mi castellano sigue virgen.
Y claro está que, por hablar de las cosas importantes, quedan silenciadas etapas deliciosas, entremezcladas a las brillantes en andanzas. Ya afincada en Madrid, en mis primeros años de Maravillas, correteando en mis cursos académicos, al llegar las vacaciones, visitas a la abuela de Valladolid, excursiones a tantos pueblos, difícil recordar aquellos momentos tan luminosos como gemas talladas con facetas de memoria y olvido. Inmersión en los pueblos de los tíos queridos (tengo que detenerme en un paréntesis para mentar un libro que el tiempo atropelló tristemente, el libro era —de haber sido—Monumento a mis tíos, númenes de la ruta ascendente, mentores de los pequeños y exquisitos pecados). ¿Cómo hablar de aquellos pueblosinefables? He llevado Simancas a una insensata historia de amor, pero otros menos gloriosos me han inspirado a veces versos impensados, esos versos, que saltan como la rana al charco… Del maravilloso Santibáñez de Valcorba, Sardón de Duero, Traspinedo, alamedas voladas por la oropéndola, oriol, pájaro de oro, gritando con la intensidad de la luz en las hojas temblonas de los chopos. En Santibáñez, era la persecución con lazos ocultos para alcanzarla por mi desaforado capricho. El recuerdo —más bien visión súbita— de mi más arriesgado paladín brotó un día en cinco versos, a los que di categoría de oda, comprimiendo en tan poco espacio su infinitud. Tengo la tentación de lanzarla entre esta prosa, confesando que más tarde la extendí como canto a Castilla, largo, insoportable tal vez si lo recitase. No lo temáis, os daré sólo la síntesis, semblanza del doncel —permitidme resucitar la juventud de esta palabra—. El doncel era así.
¿Qué, menos que pavesa o fuego fatuo
serán mi nombre y rostro en tu memoria?
¡Oh dulce rubio amigo de otros tiempos!,
¡Oh Leónidas áureo entre las mieses!,
De la Tierra de Campos fiel cachorro.
Prodigioso vivir el verano entre los mozos, amigos del maestro joven, mi tío Marcos, ya personaje de Rodilana glosado en mi autobiografía de la infancia; allí en Rodilana, a mis siete años, mi amor era Victoriano el Grande, que me enseñaba a cazar lagartijas, tan cerca de la tierra con todos los sentidos sumergidos en su proximidad… Es la misma relación que mantuve en todas mis andanzas, lo mismo fue en Italia leer o meditar en el jardín, bajo laureles, o salir a los montes con los cazadores, cruzar el Piave sobre las nubes y a varios miles de metros, Timoteo pintando, yo durmiendo al sol envuelta en mantas, y a las doce comer como fieras y beber Chianti sin parar, cosa tan armónica como en Rodilana, en mi pintada merienda en el Adaja, atrapar la bota y beber el vino de La Seca hasta la marcha en un indecible sueño, al lento ritmo de la mula en los brazos de Victoriano.
Creo que carezco de amenidad, la reiteración incansable puede hacerme pesada, pero es, al mismo tiempo, el arraigamiento que me mantiene —algo así como un árbol andante—… Tal vez sea esa mezcla arbitraria la que caracteriza al Caballero de la Mancha, ese contrasentido que parte de él y se reparte por todas estas tierras que nos retienen y nos lanzan.
Parece cosa natural que un autor, aportando la presencia de su madurez, exponga una visión de su obra que defina sus ambiciones logradas, sus anhelos inalcanzables, su visión del mundo, en fin, y su propósito de intervenir en él. Una vez expuesto el corpus de su obra en total, puede muy bien aludir al proceso seguido desde los comienzos y puede suceder que un autor, en su madurez, encuentre difícil dar una idea clara del fruto de su largo trabajo; en consecuencia, puede suceder que sus dificultades parezcan vaguedad, indecisión o inconsistencia, cuando en realidad obedecen a causas bien determinantes, tan enmarañadas que sólo una exégesis minuciosa podría abarcar su número aterrador, calcular la…, no quiero decir inmensidad, cosa que no es numerable, diré multitud de notas que le causa una especie de desfallecimiento, por no saber cómo empezar la cuenta, por titubear ante el orden —¡máximo desorden!— en que ello se produjo.
