Ateísmo cristiano - Slavoj Zizek - E-Book

Ateísmo cristiano E-Book

Slavoj Zizek

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"I. Si queremos ser verdaderos ateos, ¿no tenemos que empezar por el edificio religioso y socavarlo desde dentro? II. Ateísmo cristiano es una visión única del proyecto teológico de Žižek y la primera exploración en forma de libro de su pensamiento religioso. En sus propias palabras, «para convertirse en un verdadero materialista dialéctico, uno debe pasar por la experiencia cristiana». En toda su concepción de la «experiencia» es crucial no algún tipo de revelación espiritual, sino más bien la lógica del pensamiento materialista. Esta afirmación y, a su vez, deconstrucción de la teología cristiana es una propuesta conocida de Žižek, la cual tiene una profunda importancia política, filosófica y, en última instancia, personal para él. III. Slavoj Žižek lleva mucho tiempo comentando y criticando la teología cristiana. Su preocupación por el concepto de «acontecimiento» de Badiou, junto con su lectura del apóstol Pablo respecto del Nuevo Testamento, ha dado lugar a un giro decididamente teológico en su pensamiento. Basándose en tradiciones y temas tan amplios como el budismo, el materialismo dialéctico, la subjetividad política, la física cuántica, la IA y los chatbots, este libro es el que trata de forma más extensa la idea de Žižek de una vida religiosa."

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Akal / Pensamiento crítico / 122

Slavoj Žižek

Ateísmo cristiano

Cómo ser un verdadero materialista

Traducción: Antonio J. Antón Fernández

I. Si queremos ser verdaderos ateos, ¿no tenemos que empezar por el edificio religioso y socavarlo desde dentro?

II. Ateísmo cristiano es una visión única del proyecto teológico de Žižek y la primera exploración en forma de libro de su pensamiento religioso. En sus propias palabras, «para convertirse en un verdadero materialista dialéctico, uno debe pasar por la experiencia cristiana». En toda su concepción de la «experiencia», es crucial no algún tipo de revelación espiritual, sino más bien la lógica del pensamiento materialista. Esta afirmación y, a su vez, deconstrucción de la teología cristiana es una propuesta conocida de Žižek, la cual tiene una profunda importancia política, filosófica y, en última instancia, personal para él.

III. Slavoj Žižek lleva mucho tiempo comentando y criticando la teología cristiana. Su preocupación por el concepto de «acontecimiento» de Badiou, junto con su lectura del apóstol Pablo respecto del Nuevo Testamento, ha dado lugar a un giro decididamente teológico en su pensamiento. Basándose en tradiciones y temas tan amplios como el budismo, el materialismo dialéctico, la subjetividad política, la física cuántica, la IA y los chatbots, este libro es el que trata de forma más extensa la idea de Žižek de una vida religiosa.

Slavoj Žižek es un filósofo hegeliano, psicoanalista lacaniano y comunista. Es director internacional del Instituto Birkbeck de Humanidades de la Universidad de Londres, profesor visitante de la Universidad de Nueva York e investigador principal del Departamento de Filosofía de la Universidad de Liubliana (Eslovenia).

Entre sus obras más destacadas publicadas en Ediciones Akal figuran Repetir Lenin (2004), Bienvenidos al desierto de lo Real (2005), Lenin reactivado (coeditor, 2010), El acoso de las fantasías (2011), Primero como tragedia, después como farsa (2011), En defensa de causas perdidas (2011), Viviendo en el final de los tiempos (2012), Lacan. Los interlocutores mudos (editor, 2013), El año que soñamos peligrosamente (2013), El dolor de Dios. Inversiones del Apocalipsis (con Boris Gunjević, 2013), La idea de comunismo (editor, 2014), Pedir lo imposible (2014), Menos que nada. Hegel y la sombra del materialismo dialéctico (2015), Contragolpe absoluto. Para una refundación del materialismo dialéctico (2016), Porque no saben lo que hacen. El sinthome ideológico (2017), Antígona (2017), Territorios inexplorados. Lenin después de Octubre (2018) y Leer a Marx (con Agon Hamza y Frank Ruda, 2023).

Diseño interior y cubierta

RAG

Motivo de cubierta

Antonio Huelva Guerrero / Instagram: @sr.pomodoro

Queda prohibida la reproducción, plagio, distribución, comunicación pública o cualquier otro modo de explotación –total o parcial, directa o indirecta– de esta obra sin la autorización de los titulares de los derechos de propiedad intelectual o sus cesionarios. La infracción de los derechos acreditados de los titulares o cesionarios puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (artículos 270 y siguientes del Código Penal).

Ninguna parte de este libro puede utilizarse o reproducirse de cualquier manera posible con el fin de entrenar o documentar tecnologías o sistemas de inteligencia artificial.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

Título original

Christian Atheism. How to Be a Real Materialist

Esta traducción de Christian Atheism: How to Be a Real Materialist (1.a ed.), se publica bajo acuerdo con Bloomsbury Publishing Plc.

© Slavoj Žižek, 2024

© Ediciones Akal, S. A., 2025

para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

[email protected]

www.akal.com

facebook.com/EdicionesAkal

@AkalEditor

@ediciones_akal

@ediciones_akal

ISBN: 978-84-460-5768-0

Puede que suene aburrido, pero una vez más, este libro es para Jela

INTRODUCCIÓN

¿Por qué el verdadero ateísmo tiene que ser indirecto?

No sólo soy una persona políticamente activa, sino que a menudo también se me percibe como alguien políticamente radiactivo. La idea que quiero adelantar, a saber, que la teología política sostiene de forma necesaria la política emancipadora radical, sin duda contribuirá a esta percepción.

La premisa básica de la que parten los ateos hoy en día es que el materialismo es una concepción que puede exponerse y defenderse de forma consistente por sí misma, siguiendo una línea de argumentación positiva, sin referencias a su opuesto (las creencias religiosas). Pero ¿y si fuera cierto lo contrario? ¿Y si para ser auténticos ateos tuviéramos que comenzar por el edificio religioso y socavarlo desde dentro? Decir que Dios es engañoso, malvado, estúpido, un muerto viviente… es mucho más radical que afirmar directamente que no hay Dios: si nos limitáramos a postular que Dios no existe, abriríamos el camino hacia su supervivencia de facto, como una idea (o ideal) que debería regular nuestras vidas. En resumen, abrimos las puertas a la suspensión moral de lo religioso. Aquí hay que ser muy precisos: lo que se debe rechazar incondicionalmente es la concepción kantiana de la religión como una mera narrativización (una presentación en términos de nuestra realidad sensorial ordinaria) de la pureza de la ley moral. Desde este punto de vista, la religión está destinada a la gran mayoría, incapaz de comprender la ley moral suprasensible en sus propios términos. Pero aquello en lo que se debe insistir, en contra de esta concepción, es que la religión no puede reducirse de ningún modo a esta dimensión, no sólo en el sentido de que contiene una visión ontológica de la realidad (tal como fue creada por Dios o por los dioses, regulada por la providencia divina, etc.), ni solamente en el sentido de que habría intensas experiencias religiosas o místicas que irían mucho más allá de la moralidad, sino también en su sentido inmanente. Baste recordar con qué frecuencia en el Antiguo Testamento Dios se muestra injusto, cruel e incluso frívolo (desde el Libro de Job hasta la escena en la que impone el ritual de la circuncisión)[1]. ¿No es el cristianismo una religión única entre las demás por el hecho de que no se puede acceder a él directamente, sino solamente a través de otra religión (el judaísmo)? Sus sagradas escrituras (la Biblia) constan de dos partes: el Antiguo y el Nuevo Testamento, de modo que es necesario recorrer el primer texto para llegar al segundo.

En 1965, Theodor Adorno y Arnold Gehlen celebraron un gran debate (o lo que los alemanes llaman Streitgespräch) en la televisión pública alemana[2]. Aunque los argumentos orbitaran en torno a la tensión entre instituciones y libertad, el verdadero foco del debate fue el siguiente: ¿es la verdad, en principio, accesible para todos, o sólo para unos pocos? La interesante paradoja radicaba en que, si bien los escritos de Adorno resultan casi ilegibles para quienes no conocen la dialéctica hegeliana, él abogaba por la accesibilidad universal de la verdad, mientras que Gehlen (cuyos escritos son mucho más fáciles de seguir) afirmaba que la verdad sólo era accesible para unos pocos privilegiados, ya que es demasiado peligrosa y disruptiva para la multitud. Si el problema se formula en estos términos generales, estoy de acuerdo con Adorno: la verdad es, en principio, accesible a todos, pero exige un gran esfuerzo, del que muchos no son capaces. Sin embargo, me gustaría defender una tesis mucho más específica y precisa. En el sentido abstracto del «conocimiento objetivo» y científico, por supuesto que nuestro conocimiento es limitado; para la gran mayoría de nosotros es imposible comprender la física cuántica y las matemáticas superiores. Pero lo que nos es accesible a todos es ese paso elemental que parte de nuestra experiencia de la carencia (nuestro universo imperfecto, el límite de nuestro conocimiento) y prosigue hasta redoblar esa carencia, es decir, hasta situarla en el Otro mismo, que se convierte en un Otro inconsistente y «barrado». La concepción hegeliana de Dios nos ofrece un caso ejemplar de esa reduplicación de la carencia: la brecha que separa a Dios de nosotros, humanos finitos, frágiles y pecadores, es una brecha inmanente a Dios mismo; separa a Dios de sí mismo, haciéndolo inconsistente e imperfecto, inscribiendo un antagonismo en su propio corazón. Esta reduplicación de la carencia, esta «ontologización» de nuestra limitación epistemológica, está en el núcleo del saber absoluto de Hegel, y señala el momento en que la Ilustración llega a su fin.

Todos los capítulos son intervenciones en un debate en curso. En el primer capítulo propongo mi propia solución al diálogo entre Lorenzo Chiesa y Adrian Johnston sobre psicoanálisis y ateísmo; en el segundo respondo a mis críticos budistas, según los cuales no he reparado en la proximidad entre Lacan y el budismo; en el tercero abordo las interpretaciones filosóficas que entran en conflicto con la mecánica cuántica; en el cuarto capítulo entablo un diálogo con Alenka Zupančič sobre Antígona, sobre lo sagrado y lo obsceno, y contra la lectura humanista que hace del acto de Antígona una demanda de inclusión de todas las minorías marginadas dentro de la universalidad humana; en el quinto capítulo intento disolver algunos malentendidos que desdibujan los efectos sociales y subjetivos de la IA; por último, pero no menos importante, en el sexto capítulo defiendo mi tesis sobre la necesidad de la teología en la política radical, en contra de las típicas exposiciones materialistas de la política emancipadora. A pesar de este carácter dialógico, el libro sigue una línea muy precisa: desde la determinación básica de mi ateísmo cristiano, pasando por el esbozo de las diferencias entre mi ateísmo y el agnosticismo budista, afirmando el ateísmo profundo de la física cuántica, una exploración del triángulo de lo divino, lo sagrado y lo obsceno, y una crítica materialista de la lectura espiritual anticristiana de la IA, hasta una explicación de por qué las políticas emancipadoras no funcionan sin una dimensión teológica (o más exactamente, teosófica)[3].

Así pues, permítaseme ofrecer una descripción clara y condensada de las premisas de las que parte este libro. En él intentaré reunir tres temas recurrentes de mi obra que –y esa es mi hipótesis– resultan ser tres facetas de un mismo núcleo: el núcleo ateo del cristianismo, las implicaciones ontológicas de la mecánica cuántica y el paralaje trascendental/ontológico.

– Lo que hace único al cristianismo es cómo supera la brecha que separa a los humanos de Dios: no mediante la elevación de los humanos al estatus divino mediante la meditación y la actividad piadosa, dejando atrás sus vidas pecaminosas, sino tomando esta brecha que los separa de Dios y transfiriéndola a Dios mismo. Lo que muere en la cruz no es un representante terrenal ni un mensajero de Dios, sino, como dijo Hegel, el mismo dios del más allá, de modo que Cristo muerto regresa como Espíritu Santo, que no es más que la comunidad igualitaria de los creyentes (como dijo Pablo: para los cristianos no hay mujeres ni hombres, ni griegos ni judíos; todos están unidos en Cristo). Esta comunidad es libre en el sentido radical de estar abandonada a sí misma, sin un poder superior y trascendente que garantice su destino. Es así como Dios nos da la libertad: saliendo de escena.

– Las implicaciones ontológicas de la mecánica cuántica apuntan no a un dios que engaña, como pensaba Einstein, sino a un dios engañado. «Dios» ocupa aquí el lugar del gran Otro, el lugar (para Einstein) del armonioso orden de las leyes de la naturaleza, eternas e inmutables, que no tienen excepción y son parte de la realidad objetiva que existe independientemente de nosotros (los observadores humanos). Por el contrario, la idea básica de la mecánica cuántica es que existe un ámbito (cuyo estatus está en disputa) de ondas cuánticas, en el que el azar es irreductible, y ocurren cosas que pueden ser después anuladas retroactivamente, etc.; en resumen, un ámbito que escapa al control del (divino) gran Otro (la información viaja más rápido que la luz, etc.). Cuando esta idea se combinó con la idea de que las oscilaciones cuánticas solamente colapsan en nuestra realidad ordinaria en el momento en que un observador las percibe o mide, esto suele interpretarse como un argumento contra el materialismo, contra la visión de que la realidad existe ahí fuera independientemente de nosotros; de hecho, algunos incluso proponen a Dios como el observador último que constituye la realidad. Sin embargo, mi tesis es que Einstein tenía razón al designar al gran Otro de las leyes naturales como «lo divino». Un materialismo verdaderamente radical, por tanto, no reduce la realidad a lo que percibimos como nuestro mundo externo cotidiano, sino que permite un ámbito que viole las leyes naturales.

– El mayor corte en la historia de la filosofía tiene lugar con la revolución trascendental de Kant. Hasta Kant, la filosofía (no importa cuán escéptica fuera) pugnaba con la dimensión ontológica, en el sentido simple de la naturaleza de la realidad: qué cuenta como realidad; si podemos conocerla; cómo está estructurada esta realidad; si esta es solamente material o también, incluso principalmente, espiritual, etcétera.

Con Kant, la realidad no nos es simplemente dada, no está esperando ahí afuera a ser descubierta por nosotros; está «constituida trascendentalmente» por la estructura de categorías a través de la cual la aprehendemos. Después de Kant, esta dimensión trascendental queda historizada: cada época tiene su propia manera de percibir la realidad y actuar en ella. Por ejemplo, la ciencia moderna surgió en el momento en que la realidad se empezó a percibir como el espacio de existencia material externa, regulada por sus propias leyes, y la realidad quedó, por tanto, estrictamente separada de nuestras sensaciones subjetivas y nuestras proyecciones de significado. «Paralaje» significaría aquí que ambos enfoques son irreductibles y se implican mutuamente: podemos investigar la realidad como un objeto y explicar su evolución, hasta la emergencia de la vida humana en la Tierra; pero al hacerlo nos acercamos a la realidad de una manera determinada (a través de la teoría evolutiva y sus conceptos), que no puede deducirse de su objeto, sino que siempre se presupone (presuponemos que la naturaleza está regulada por vínculos causales complejos, etcétera).

Este libro agrupa estas tres temáticas bajo un proyecto de ateísmo cristiano: el espacio para la experiencia de «lo divino» sería la brecha que separa para siempre el enfoque trascendental del enfoque realista-objetivo, pero esta dimensión «divina» se refiere a la experiencia de la negatividad radical (lo que los místicos y Hegel llamaron «la noche del mundo»), que excluye cualquier teología centrada en una figura positiva de dios, incluso si esta última está radicalmente secularizada dentro del naturalismo científico moderno. En el cristianismo, esta brecha registra la ausencia de Dios (su «muerte»), que da fundamento al Espíritu Santo. Y por último, pero no menos importante, esa dimensión de negatividad radical también mantiene abierto el espacio para toda política emancipadora que se tome en serio a sí misma, es decir, que vaya más allá de la continuidad del progreso histórico e introduzca un corte radical que cambie la medida misma del progreso.

LA AUTODESTRUCCIÓN DE OCCIDENTE

Sin embargo, como aprendimos de Hegel, los momentos de un proceso dialéctico pueden contarse de tres en tres o de cuatro en cuatro, y el cuarto momento que falta aquí es la política, por supuesto (la dimensión política no se limita al capítulo final; discurre por todo el libro como una corriente subterránea, apareciendo incluso en sus partes más filosóficas). Esto nos lleva de vuelta a mi radioactividad política; para resumirla, permítanme comenzar por la afirmación de Jean-Claude Milner[4] de que lo que llamamos «Occidente» es hoy una confederación bajo la hegemonía de Estados Unidos, que también reina sobre nosotros intelectualmente. No obstante, aquí «hay que aceptar una paradoja: la dominación estadounidense en el ámbito intelectual se expresa en los discursos de disenso y protesta, y no en los discursos de orden». La «universidad global» nos enseña

a rechazar el funcionamiento económico, político e ideológico del orden occidental, ya sea en parte o en su totalidad. La desigualdad desempeña el papel de axioma, del cual deriva toda la crítica final. En función de las diferentes situaciones, se privilegiará una u otra forma específica de desigualdad general: la opresión colonial, la apropiación cultural, la primacía de la cultura blanca, el patriarcado, los conflictos de género, etcétera.

Remi Adekoya señala que la investigación reveló un hecho curioso: cuando se preguntó a los votantes qué valor apreciaban más, en el Occidente desarrollado la gran mayoría eligió la igualdad, mientras que en el África subsahariana la gran mayoría tendió a ignorar ese valor y priorizó la riqueza (independientemente de cómo se adquiriera, incluso si era a través de la corrupción). Este resultado tiene sentido: el Occidente desarrollado puede darse el lujo de priorizar la igualdad (al nivel de la autopercepción ideológica), mientras que la principal preocupación entre la mayoría pobre en el África subsahariana es cómo sobrevivir y dejar atrás los devastadores niveles de pobreza[5]. Pero aquí está operando otra paradoja, y es que esta lucha contra la desigualdad es autodestructiva, en la medida en que socava sus propios cimientos, y por consiguiente no puede presentarse como un proyecto viable para lograr un cambio global positivo:

Precisamente porque la herencia cultural de Occidente no puede liberarse de las desigualdades que hicieron posible su existencia, todos aquellos que anteriormente denunciaron esa desigualdad parecen, a los ojos de todos, haberse beneficiado de una u otra desigualdad previamente no reconocida. […] Todos los movimientos revolucionarios y las ideas revolucionarias en sí mismas son ahora objeto de sospecha, simplemente porque pertenecen a esa larga lista de hombres blancos muertos.

Es muy importante reparar en que la nueva derecha y la izquierda «woke» comparten esta postura autodestructiva. A finales de mayo de 2023, la junta escolar de Davis, al norte de Salt Lake City, retiró la Biblia de las bibliotecas de sus escuelas primarias y secundarias, aunque la mantuvo para los bachilleratos, después de que un comité revisara las sagradas escrituras; lo hizo en respuesta a una queja presentada por la asociación de padres Utah Parents United con fecha del 11 de diciembre de 2022, que decía: «Sin duda descubrirá que la Biblia (según la ley estatal) “no aporta valores relevantes para los menores” porque es pornográfica según nuestra nueva definición»[6]. ¿Se trata simplemente de un ataque de mormones contra cristianos? No, no lo es: el 2 de junio de 2023 se presentó una queja sobre las principales sagradas escrituras de la fe predominante en Utah, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días: el portavoz en la región, Chris Williams, confirmó que alguien había presentado una solicitud para que se revisara el Libro de Mormón. ¿Qué opción político-ideológica está detrás de esta petición? ¿Es la izquierda woke (ejerciendo una venganza irónica contra los derechistas que prohibían libros y cursos sobre la historia de Estados Unidos, sobre el Black Lives Matter o las personas LGBT+, etc.)?, ¿o es la propia derecha radicalizada la que (de forma consecuente) habría empezado a aplicar a sus propios textos fundacionales los mismos criterios de valores familiares que reivindica para los demás? En última instancia no importa; lo que habría que destacar más bien es el hecho de que la misma lógica de prohibir (o al menos reescribir) textos clásicos se apoderó tanto de la nueva derecha como de la izquierda woke, confirmando la razonable sospecha de que formalmente, a pesar de su fuerte animosidad ideológica, a menudo actúan de la misma manera. Mientras que la izquierda woke destruye sistemáticamente sus propios cimientos (la tradición emancipadora europea), la derecha finalmente reunió el coraje suficiente para cuestionar la obscenidad de su propia tradición. En un acto de cruel ironía, la tradición democrática occidental, que suele congratularse por aceptar la autocrítica (la democracia tiene defectos, pero también implica esforzarse por superarlos, etcétera), ahora ha llevado esta postura autocrítica al extremo: la «igualdad» es una máscara de su opuesto, etc., de modo que todo lo que queda es una tendencia hacia la autodestrucción.

Pero hay una diferencia entre el discurso occidental antioccidental y el discurso antioccidental que viene de su exterior:

Mientras que dentro de Occidente se despliega un discurso antioccidental (y Occidente se enorgullece de ello), hay otro discurso antioccidental que se sostiene fuera de Occidente. La diferencia es que el primero toma la desigualdad como una falta, de la cual uno no tiene el derecho moral de aprovecharse; por el contrario, el segundo discurso ve en la desigualdad una virtud, siempre que esté orientada a su favor. En consecuencia, los defensores del segundo discurso antioccidental ven el primero como una señal de la decadencia del enemigo. No ocultan su desprecio.

Y su desprecio está plenamente justificado: el resultado del discurso occidental antioccidental es el que cabría esperar: a medida que los izquierdistas progresistas investigan y profundizan más en su propia culpa, más los acusan los fundamentalistas musulmanes de ser unos hipócritas que intentan ocultar su odio al islam. Este paradigma reproduce a la perfección la paradoja del superyó: cuanto más obedeces lo que te exige esa agencia pseudomoral, más culpable te sientes. Es como si cuanto más toleras el islam, más fuerte es su presión sobre ti. Podemos estar seguros de que ocurre lo mismo con la llegada de refugiados: cuanto más abierta esté Europa occidental a su llegada, más culpable se sentirá por no haber aceptado a un número aún mayor, pues por definición nunca podrá recibir un número suficiente de ellos. Cuanta más tolerancia se muestre hacia los modos de vida no occidentales, más culpable se sentirá por no practicar una tolerancia suficiente.

La respuesta de los radicales woke es la siguiente: los críticos no occidentales tienen razón, la autohumillación occidental es fingida, y los críticos no occidentales tienen razón al insistir en que, independientemente de lo que Occidente les conceda, «no era eso». Es decir, conservamos nuestro marco superior y esperamos que se integren, pero ¿por qué deberían hacerlo? El problema es, por supuesto, que lo que los críticos no occidentales esperan es, por decirlo brutal y directamente, que Occidente renuncie a su forma de vida. La alternativa aquí es la siguiente: ¿logrará Occidente, como resultado final de la postura occidental crítica y antioccidental, autodestruirse (social y económicamente) como civilización, o tendrá éxito a la hora de combinar una ideología autodestructiva con una superioridad económica?

Milner tiene razón: no hay una gran paradoja en el hecho de que la modalidad crítica y autodenigrante sea la mejor postura ideológica para asegurarse de que no haya una amenaza revolucionaria para el orden existente. Sin embargo, su afirmación se debería complementar con una renovación de la pose revolucionaria (fingida, pero no obstante real) de la nueva derecha populista: toda su retórica se basa en la «revolucionaria» afirmación de que las nuevas elites (grandes corporaciones, funcionariado gubernamental, elites académicas y culturales) deben ser destruidas, con violencia si es necesario. En palabras de Varoufakis, están proponiendo una guerra de clases contra nuestros nuevos amos feudales: aquí la peor pesadilla sería la posibilidad de un pacto entre la derecha populista occidental y los autoritarios antioccidentales.

En mis comentarios críticos sobre el MeToo como ideología, me remito a Tarana Burke, una mujer negra que creó la campaña MeToo hace más de una década; en una nota crítica reciente, ella observaba que en los años transcurridos desde que comenzó el movimiento, este desplegó una incansable obsesión con los perpetradores: un recurrente circo de acusaciones, culpabilidad e indiscreciones. «Estamos trabajando diligentemente para que cambie la narrativa popular sobre el MeToo. Tenemos que cambiar esa narrativa según la cual se trata de una guerra de género, anti-masculina, que se trata de hombres contra mujeres, que solamente es para cierto tipo de persona, esto es, que sólo es para mujeres blancas, cisgénero, heterosexuales y famosas»[7]. En resumen, habría que luchar para volver a enfocar el MeToo en el sufrimiento diario de millones de mujeres trabajadoras y amas de casa…

En este punto, algunos críticos me han acusado de defender un simple cambio de foco: del acoso tal como se manifiesta en nuestro comportamiento y lenguaje hacia los problemas socio­económicos «reales», señalando (correctamente) que el complejo entramado que conforman la conducta y las formas del discurso es el medio mismo en el que se reproduce la ideología; y además, que aquello que cuenta como «problemas reales» nunca es una cuestión de comprensión directa, sino que siempre está definido por la red simbólica, es decir, es el resultado de una lucha por la hegemonía. Por tanto, considero que ese reproche contra mí resulta un chiste de mal gusto: yo siempre he insistido en que el entramado que forman las reglas no escritas es el medio en el que se reproducen el racismo y el sexismo. Por decirlo en términos más teóricos, una de las grandes conclusiones de las teorías «estructuralistas» (desde Lévi-Strauss y Al­thu­sser hasta Lacan) es que la superestructura ideológica posee su propia infraestructura, su propia red (inconsciente) de reglas y prácticas que sustentan su funcionamiento. Sin embargo, ¿acaso mis «problemáticos» (para algunos) posicionamientos indican que, en las últimas décadas, haya cambiado de opinión? Un crítico mío insistió recientemente en el «contraste entre [mi] escritura en ese momento [1997, cuando me acercaba a cumplir los cincuenta años] y [mi] más reciente transición, para convertirme en una figura posizquierdista». Él comienza citando con aprobación un pasaje de mi libro El acoso de las fantasías, para después adjuntar su comentario:

Si el discurso político-ideológico dominante considerase aceptables las actitudes racistas, el equilibrio de toda la hegemonía ideológica quedaría trastocado […]. Hoy en día, ante la aparición de una nueva oleada de racismo y de sexismo, la estrategia debería consistir en hacer que no se pudieran proferir tales enunciados, de modo que cualquiera que recurriese a ellos quedara automáticamente descalificado (como sucede en nuestra época con aquellos que hablan bien del fascismo). Habría que negarse categóricamente a debatir sobre «cuánta gente murió de verdad en Auschwitz», sobre cuáles son «los aspectos positivos de la esclavitud», «la necesidad de recortar los derechos colectivos de los trabajadores», etc.; en lo que a esto respecta, habría que adoptar una posición descaradamente «dogmática» y «terrorista»: esas cosas no pueden ser objeto de «debate democrático, racional y abierto»[8].

Bien dicho. Del mismo modo que, por ejemplo, uno no debería participar en conversaciones sobre si las mujeres trans son «realmente» mujeres. De hecho, el Žižek que estaba acercándose a cumplir cincuenta sostenía que «la medida de la “regresión” ideológico-política era el grado en que tales proposiciones se volvían aceptables en el discurso público. ¿Vería ese Žižek, por tanto, a su yo más anciano como un síntoma de dicha regre­sión?»[9].

Aquí mi réplica es obvia: ¿realmente podemos incluir las demandas woke y trans dentro de la serie de logros progresistas, de modo que los cambios en nuestro lenguaje cotidiano (el uso privilegiado de «they» [o en castellano el uso alternativo de «elle y elles»], etc.) sean solamente el siguiente paso en la larga lucha contra el sexismo? Mi respuesta es un no rotundo: los cambios que defienden y aplican las ideologías trans y woke son en sí mismos en gran medida «regresivos»; son intentos de la ideología dominante de apropiarse de los nuevos movimientos de protesta (y restarles importancia crítica). Hay, pues, un elemento de verdad en el repetido diagnóstico derechista de que Europa hoy presenta un caso único de autodestrucción voluntaria: está obsesionada con el miedo a afirmar su identidad, desbordada por una infinita responsabilidad por la mayoría de los horrores que acaecen en el mundo, en pleno goce autoculpable, comportándose como si su mayor obligación fuera aceptar a todos los que quieran emigrar a ella, y reaccionando al odio de muchos inmigrantes hacia Europa con la afirmación de que es la propia Europa la que es culpable de este odio porque no está preparada para integrarlos plenamente… Desde luego que hay algo de verdad en todo esto; sin embargo, la tendencia a la autodestrucción es obviamente el reverso del hecho de que Europa ya no es capaz de permanecer fiel a su mayor logro, el proyecto izquierdista de emancipación global: es como si ya no quedara más que la autocrítica, sin un proyecto positivo que la fundamente. Así que es fácil ver lo que nos espera al final de esta línea de razonamiento: un giro autorreflexivo merced al cual la emancipación misma será denunciada como un proyecto eurocéntrico[10].

Con respecto a la esclavitud, cabría señalar que existió a lo largo de la historia humana «civilizada», ya sea en Europa, Asia, África o América, y que sigue existiendo en nuevas formas: la esclavización de los negros por parte de las naciones occidentales blancas no ha sido su forma más masiva. Es obligatorio añadir, sin embargo, que las naciones de Europa occidental (que hoy en día se consideran los principales agentes esclavizadores; cuando oímos la palabra «esclavitud» nuestra primera asociación es «sí, blancos que poseen esclavos negros») fueron las únicas que gradualmente aplicaron la prohibición legal de la esclavitud. En resumen, la esclavitud es universal; lo que caracteriza a Occidente es que puso en marcha el movimiento para prohibirla, exactamente lo contrario de la percepción común. Un estudio dedicado a analizar mi obra, con el título «Pluralismo pacifista versus verdad militante: el cristianismo al servicio de la revolución»[11], refleja a la perfección la esencia de mi postura cristiana anti-woke: a diferencia del conocimiento, que se basa en una postura imparcial y «objetiva» de su portador, la verdad nunca es neutral; es, por definición, activa y militante, y está subjetivamente comprometida. Esto no implica ningún dogmatismo en absoluto: el verdadero dogmatismo se materializa en una visión objetiva y equilibrada, por muy relativizada e históricamente condicionada que pretenda ser. Cuando lucho por la emancipación, la verdad por la que lucho es absoluta, aunque obviamente sea la verdad de una situación histórica específica. Aquí el verdadero espíritu del cristianismo consiste en oponerse a la postura woke: a pesar de las apariencias –promover supuestamente la diversidad tolerante–, la postura woke es en su modo de funcionamiento extremadamente excluyente, mientras que el compromiso cristiano no sólo admite abiertamente su sesgo subjetivo, sino que lo convierte en una condición de su verdad. Y mi apuesta está clara: solamente la postura de lo que llamo ateísmo cristiano puede salvar al legado occidental de su autodestrucción, conservando su filo autocrítico.

ANTISEMITISMO E INTERSECCIONALIDAD

Esto nos lleva a otro aspecto de esa radioactividad de la que hablaba: es una reacción a aquellos momentos en los que señalo ciertas críticas al antisemitismo y a su vez las critico porque también mellan el filo crítico del universalismo emancipador. Tales críticas denigran la dimensión universal del judaísmo a la vez que nos instan a reconocer el carácter único del antisemitismo que denuncian. Me explico: el 14 de mayo de 2023 tuvo lugar la conferencia anual de la Asociación Judía Europea (EJA) en Oporto, Portugal. En ella se aprobó una moción en la que

se insta a que el antisemitismo se separe de otras formas de odio, instando a otros grupos judíos a rechazar la «interseccionalidad», un marco teórico que divide a los grupos en «oprimidos» y «privilegiados». «El antisemitismo es único y debe tratarse como tal», según la moción, que señala que, a diferencia de otros crímenes de odio, este en concreto está «sancionado por el Estado en muchos países», «cuenta con la cobertura de Naciones Unidas» y su condición de racismo es negada por otros grupos que son víctimas del odio[12].

La clave de estas afirmaciones está en el presunto vínculo entre tres ideas: el carácter único del antisemitismo, la interseccionalidad y la oposición entre oprimidos y privilegiados. ¿Por qué se descarta la interseccionalidad como «marco teórico que divide a los grupos en “oprimidos” y “privilegiados”»?, ¿y por qué es esto problemático desde el punto de vista judío? La interseccionalidad es una idea muy útil en la teoría social y en el análisis práctico: cuando tratamos con un grupo oprimido, descubrimos que puede ser oprimido (o privilegiado) en múltiples niveles de intersección. Citemos descaradamente una definición de Wikipedia (porque, seamos sinceros, ¡es la definición que empleará la mayoría de la gente!):

La «interseccionalidad» es un marco analítico para comprender cómo las diversas identidades sociales y políticas de una persona se combinan para crear diferentes modos de discriminación y privilegio. La interseccionalidad identifica múltiples factores de ventaja y desventaja. Entre los ejemplos de estos factores se incluyen el género, la casta, el sexo, la raza, la etnia, la clase, la religión, el nivel de educación, la riqueza, la discapacidad, el peso, la edad y la apariencia física. Estas identidades sociales que se entrecruzan y superponen pueden ser tanto empoderadoras como opresoras[13].

Pongamos el caso de una lesbiana negra de bajos ingresos: está en triple desventaja ante los demás en casi cualquier parte del mundo. Además, nunca estamos tratando solamente con una combinación mecánica de estos factores de (des)ventaja. La representación antisemita del «judío» combina características de religión, etnicidad, sexualidad, educación, riqueza y apariencia física. Ser estigmatizado como «judío» implica la atribución de una serie de otras características (saben cómo especular con el dinero, se apegan dogmáticamente a sus preceptos religiosos, son perezosos y les gusta explotar a los demás, no se lavan lo suficiente…). La conclusión del análisis interseccional es que todos los individuos experimentan formas únicas de opresión o privilegio, en virtud de la composición de sus identidades. ¿Por qué, entonces, aquellos que insisten en la singularidad del antisemitismo rechazan la interseccionalidad?

La opresión que hoy en día padecen los judíos en países occidentales desarrollados es algo más ambigua, porque la percepción que se tiene es que los judíos ocupan posiciones de privilegio (económica, cultural y políticamente), y en el imaginario público la asociación de los judíos con la riqueza y la cultura («Hollywood es judío») en sí misma es ya una fuente de tópicos antisemitas. La EJA teme que esta combinación de opresión y privilegios convierta el antisemitismo en una forma más de odio racial, que no sólo es comparable a otras, sino que podría resultar incluso menos intensa si se compara con las demás formas de opresión. Cuando aplicamos una lente interseccional, el odio hacia «el judío» se convierte en un caso menor, en un caso más dentro de la más amplia taxonomía general de crímenes de odio. ¿Está justificado este temor?

La EJA hace bien al insistir en que hay algo excepcional en el antisemitismo. No es como otros racismos: su objetivo no es subordinar a los judíos, sino exterminarlos, porque no se los percibe como extranjeros inferiores, sino como nuestros amos secretos. El Holocausto no es lo mismo que la destrucción de civilizaciones enteras a lo largo de la historia del colonialismo; es un fenómeno único de aniquilación industrialmente organizada. Pero es la combinación misma de «oprimidos» y «privilegiados» lo que nos proporciona la clave para entender el antisemitismo, al menos en su forma moderna. Bajo el yugo del fascismo, la figura del «judío» ejerció de chivo expiatorio; era aquel al que se podía culpar de la corrupción, el desorden y la explotación. Proyectar el conflicto entre «oprimidos» y «privilegiados» sobre un agente externo puede distraer la atención del hecho de que tales luchas son, de facto, intrínsecas al propio orden político y económico. La circunstancia de que muchos judíos sean «privilegiados» (en el sentido de su riqueza, educación e influencia política) es, por tanto, el recurso mismo del que se sirve el antisemitismo: ser percibidos como privilegiados los convierte en blanco del odio social.

Los problemas surgen cuando se intenta utilizar el estatus excepcional del antisemitismo para apoyar un doble rasero o prohibir cualquier análisis crítico de los privilegios de los cuales los judíos, en promedio, disfrutan. El título de un diálogo sobre el antisemitismo y el movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), en la revista alemana Der Spiegel, es: «Wer Antisemit ist, bestimmt der Jude und nicht der potenzielle An­ti­se­mit»[14] («Quién sea antisemita lo determina el judío y no el potencial antisemita»). Vale, está bien, pero ¿no debería aplicarse lo mismo a los palestinos de Cisjordania, quienes deberían determinar quién les roba sus tierras y los priva de derechos elementales? ¿Acaso el apartheid no se sanciona también en Israel? Este es el paso que la moción de la EJA se niega a dar.

Más aún, la postura de la EJA se basa en su propio marco interseccional. Cualquier análisis de las posiciones de privilegio que ocupan algunos judíos es inmediatamente denunciado como antisemita, e incluso las críticas al capitalismo se rechazan por los mismos motivos, dada la supuesta asociación entre «judaísmo» y «capitalistas ricos». La vieja tesis marxista de que el antisemitismo es una versión primitiva y distorsionada del anticapitalismo queda así invertida: el anticapitalismo sería una máscara del antisemitismo. Pero si lo que se sugiere es que el judaísmo es tanto un rasgo excepcional como algo inextricablemente ligado al capitalismo, ¿no nos quedamos entonces atascados con el cliché antisemita de siempre? ¿No estamos provocando directamente a los pobres y a los oprimidos para que culpen a los judíos de sus desgracias? Por consiguiente, se debería rechazar la postura de la EJA, y no por una obscena necesidad de «equilibrio» entre las diferentes formas de racismo, sino en nombre de la propia lucha contra el antisemitismo.

No obstante, la terrible situación en Israel también puede darnos motivos para la esperanza. Algo ha cambiado drásticamente en el propio Israel y en el extranjero, por ejemplo en Estados Unidos, el Estado más proisraelí: incluso aquellos que hasta ahora estaban dispuestos a tolerar todo lo que hacía Israel, ahora lo critican abiertamente, y cada vez son más conscientes de que las cosas no pueden seguir como hasta ahora. Israel se presentaba como la única democracia liberal, rodeada de regímenes árabes autoritarios y fundamentalistas, pero lo que está haciendo ahora se asemeja cada vez más a lo que se vive en los peores y más implacables regímenes árabes. En el horizonte podemos vislumbrar ya cuál sería el siguiente paso: lo que pretenden los israelíes de línea dura es convertir a sus propios judíos secularizados y reformistas en ciudadanos de segunda clase…

Así es como se debe entender ese lema que afirma que sólo una catástrofe puede salvarnos: el giro autoritario en Israel quizá desencadene una fuerte corriente de oposición que lo derrote. En el caso de Israel, esto significa que lo único que puede salvar el núcleo emancipador del judaísmo es la solidaridad, públicamente declarada, de las tres religiones del Libro (judaísmo, cristianismo e islam); a nivel espiritual, la mayor víctima del sionismo agresivo serán los propios judíos. En este punto, por otra parte, lo que posibilita el ateísmo cristiano no es la superación de las religiones existentes; al contrario, abre el espacio para un vínculo espiritual que permita florecer libremente a cada una. Aquí el ateísmo desempeña un papel clave; pensar en un espacio común en el que las diferentes religiones puedan prosperar no es una vaga espiritualidad general, sino que sería posible bajo la forma de un ateísmo que despoje de todo significado la lucha entre religiones particulares.

LA IMPORTANCIA DE CONTAR LOS SEIS PIES

Esto nos trae de vuelta a la interseccionalidad, esta vez a la de las religiones mismas. Hay un chiste (no demasiado) grosero que lo explica a la perfección. El chiste comienza con una esposa y su amante, en la cama; de repente oyen al marido, que inesperadamente ha llegado a casa y sube las escaleras, completamente borracho. El amante entra en pánico, pero la esposa lo calma: «¡Mi marido está tan borracho que ni siquiera se dará cuenta de que hay otro hombre en la cama, así que quédate donde estás!». Tal como predijo, el marido, apenas capaz de caminar, se desploma en la cama. Aproximadamente una hora después, abre los ojos y le dice a su esposa: «Cariño, ¿estoy tan borracho que ni siquiera puedo contar lo que veo? ¡Me parece que hay seis pies en nuestra cama!». La esposa le tranquiliza: «¡No te preocupes! ¡Levántate, ve a la puerta que está frente a la cama y mira bien!». El marido se levanta, y exclama: «¡Tienes razón, sólo hay cuatro piernas! Ya puedo volver y dormir tranquilamente…».

Este chiste puede ser vulgar, pero de todos modos supone una interesante estructura formal, homóloga al chiste de Jacques Lacan «Tengo tres hermanos, Paul, Robert y yo». Cuando estaba completamente borracho, el marido se incluyó en la serie, contándose como uno de los acompañantes; tras adoptar una mirada externa mínimamente sobria, contó sólo dos (es decir, se excluyó de la serie). Lo que esperaríamos es que uno vea con claridad toda la situación cuando la observa desde fuera, desde una distancia segura, y que cuando uno está inmerso en la situación quede cegado ante su dimensión clave, el horizonte que delimita sus márgenes. En nuestro chiste, en cambio, la posición externa es la que te ciega, mientras que percibes la verdad cuando estás inmerso en ella (por cierto, lo mismo ocurre con el psicoanálisis y el marxismo).

Dicho con mayor exactitud, el marido no se excluye solamente a sí mismo: su exclusión (colocándose de pie, junto a la puerta, alejado de la cama) lleva a la inclusión errónea, le hace confundir las piernas del amante con las suyas: cuenta esas piernas como si fueran las suyas, por lo que regresa satisfecho a la cama, y la lección que obtiene es muy cruel: exculpa a su esposa, que hace el amor con otro hombre, considerándolo su propio acto… La ironía es, por supuesto, que, en su estado más sobrio, el marido actúa como un idiota al excluirse de la serie: una versión inesperada de in vino veritas. La verdad libidinal de esas situaciones es que, incluso cuando la pareja sexual está sola en una cama, hay seis piernas (las dos piernas adicionales representan la presencia de una tercera agencia): la función lacaniana del «más-Uno» está siempre operativa. Quizá sea el momento de evocar el tridente imposible (también conocido como tenedor imposible o diapasón del diablo), el dibujo de un objeto imposible (figura indescifrable), una especie de ilusión óptica: parece tener tres puntas cilíndricas en un extremo, que luego se transforman misteriosamente en dos puntas rectangulares en el otro extremo (véase la Fig. 1)[15]:

Fig. 1

En nuestro caso, pensando en el marido borracho, cuando está en la cama (zona superior) y mira hacia abajo, ve tres pares de piernas, pero cuando sale (zona inferior) y mira la cama, ve dos pares de piernas…

No temamos proseguir en esta dirección y llegar a su extremo (obsceno): imaginar la misma escena con la «Virgen» María y su esposo José. Mientras José está borracho, María se divierte en el lecho con (la persona que hace de) el Espíritu Santo. José regresa a casa temprano y se arrastra hasta la cama; al despertar un poco más tarde, cuenta seis pies, y entonces continúa la misma historia de nuestro anterior chiste: al observar la cama desde la puerta, solamente ve dos pares de piernas y confunde las del Espíritu Santo con las suyas…

¿Acaso no ocurre algo así cuando apoyamos a Ucrania pero ignoramos la lucha por la justicia que se desarrolla en ese mismo país? Hacemos la vista gorda ante el monopolio sobre el esfuerzo bélico que ostenta la camarilla de oligarcas en el poder, por lo que no debería sorprendernos que la Ucrania de posguerra acabe siendo similar al país oligárquico corrupto que era antes de que estallara la guerra, colonizado por las grandes corporaciones occidentales que controlaban las mejores tierras y recursos naturales. En resumen, sufrimos una terrible guerra, pero estamos ciegos ante el hecho de que nuestros enemigos se apropien de nuestras ganancias, igual que el marido borracho que consiente que su esposa tenga relaciones sexuales con otro hombre como si fuera su propio acto. ¿Cómo evitamos caer en esta trampa? Entre el 20 y el 22 de junio de 2023, se celebraron en Londres una serie de reuniones coordinadas por la asociación Europe, a Patient, una iniciativa paneuropea e interpartidista con el objetivo de «proteger a las comunidades ucranianas de la explotación, después de lo que ya han sufrido en esta guerra». El reverendo Rowan Williams, el rabino Wittenberg y las ONG ucranianas hicieron un llamamiento a una recuperación verde, justa y liderada por los ciudadanos:

El desafío para Ucrania y todos nuestros socios internacionales es evitar la creación de una nueva generación de oligarcas en el proceso de reconstrucción posbélica […]. El pueblo ucraniano ha sufrido demasiado tiempo a manos de la industria de los combustibles fósiles, que aún financia la maquinaria de guerra rusa[16].

Iniciativas como esta son más necesarias que nunca hoy en día, porque vinculan el apoyo a la defensa de Ucrania con las preocupaciones ecológicas y la lucha por la justicia social. Lejos de ser megalomaníaca, esta combinación de objetivos es la única opción realista: sólo podemos apoyar a Ucrania si luchamos contra una industria de combustibles fósiles que depende del petróleo ruso, y luchamos simultáneamente por la justicia social. Son las propias circunstancias las que imponen la combinación de luchas diferentes; la destrucción de la presa de Jersón a principios de junio de 2023 (con aldeas y minas inundadas y arrastradas por el agua) conectó la guerra con la destrucción ecológica: se utilizó conscientemente la destrucción del medio ambiente como estrategia militar. En sí mismo esto no era nada nuevo: ya en la guerra de Vietnam el ejército estadounidense roció extensas áreas forestales con gases tóxicos que desfoliaban los árboles (para evitar que las unidades del Vietcong se escondieran entre el follaje). Lo que empeora la destrucción de la presa de Jersón es que se ha producido en una época en la que todas las partes hablan de la protección ambiental; y nos vemos obligados a hacerlo porque la amenaza a nuestro medio ambiente se siente cada vez más en nuestra vida diaria. En la primera semana de junio de 2023, Nueva York quedó atrapada en una nube de humo marrón (causada por los incendios forestales en Canadá), y se recomendó a la población que permaneciera en casa y usara mascarillas para salir. Esto no es nuevo para gran parte del llamado tercer mundo:

India, Nigeria, Indonesia, Filipinas, Pakistán, Afganistán, Papúa Nueva Guinea, Sudán, Níger, Burkina Faso, Malí y toda Centro­américa se enfrentan a un riesgo extremo. Fenómenos meteorológicos como inundaciones masivas y ciclones y huracanes de mayor intensidad seguirán azotando países como Mozambique, Zimbabue, Haití y Myanmar. Muchas personas tendrán que mudarse, o morirán. Mientras los impactos de nuestro consumo se sienten a miles de kilómetros de distancia y la gente llega a nuestras fronteras desesperada por encontrar refugio ante una crisis en la que apenas han desempeñado papel alguno –una crisis que podría implicar inundaciones y sequías reales–, las mismas fuerzas políticas anuncian, sin rastro de ironía, que estamos siendo «inundados» o «absorbidos» por los refugiados, y millones de personas se suman a su apelación a cerrar nuestras fronteras[17].

Entonces ¿por qué los países occidentales, a la vez que parlotean y prometen una solución a estos problemas, continúan cancelando medidas que se habían diseñado para limitar el colapso climático? (Mencionemos solamente dos casos de Estados Unidos: «los legisladores de Texas están librando una guerra contra las energías renovables, mientras que una ley propuesta en Ohio describe las políticas climáticas como “creencias o políticas controvertidas” que las universidades tienen prohibido “inculcar” a sus estudiantes»[18]). Afirmar que «la política de la derecha intransigente y de la extrema derecha es el muro defensivo erigido por los oligarcas para proteger sus intereses económicos»[19] es demasiado simple: la elección de ignorar el alcance de la amenaza a nuestro medio ambiente no se limita sólo a la extrema derecha y a las grandes empresas, sino que incluye las teorías conspiranoicas de la izquierda. A los teóricos de la conspiración les gusta jugar con escenarios históricos alternativos: ¿qué pasaría si Estados Unidos no se une a Reino Unido para atacar a Alemania en la Segunda Guerra Mundial; si Estados Unidos no ataca ni ocupa Irak; si Occidente no apoya a Ucrania en su lucha contra la agresión rusa? Estos escenarios no son sueños emancipadores sobre revoluciones fallidas, sino, por el contrario, sueños profundamente reaccionarios que plantean transigir y llegar a acuerdos con regímenes autoritarios brutales y así mantener la paz.

Para comprender la oposición «pacifista» a la maquinaria militar de la OTAN, deberíamos volver a la situación al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuando una postura parecida, tanto de la derecha como de la izquierda, se opuso a la entrada de Estados Unidos en la contienda. Las razones que se adujeron eran extrañamente similares al razonamiento de los «pacifistas» de hoy. Por una parte, la siguiente pregunta: ¿por qué Estados Unidos tendría que involucrarse en una guerra lejana que no le concierne? Y por otro lado, entre la lista de razones podemos enumerar: la discreta simpatía para con Alemania de la derecha norteamericana (no menos discretamente apoyada por Alemania); que los izquierdistas, a causa del Pacto Ribbentrop-Mólotov, se opusieron a la guerra hasta el ataque alemán a la URSS; la oferta de paz de Alemania a Reino Unido en el verano de 1940, que muchos consideraron muy generosa; la preocupación de que la entrada de Estados Unidos en el conflicto beneficiara al vasto complejo industrial-militar. Esta cadena de razonamientos contiene algo de verdad, como todas las buenas mentiras: es cierto que sólo con la entrada en la Segunda Guerra Mundial fue cuando Estados Unidos dejó atrás la Gran Depresión; también hay indicios de que Alemania deseaba sinceramente la paz con Reino Unido en 1940 (recordemos el sorprendente vuelo que en ese año hizo Rudolf Hess a Inglaterra para pedir la paz).

La versión más elaborada de esta línea de pensamiento la presentó en 2009 Patrick J. Buchanan, al argumentar que si Churchill hubiera aceptado la oferta de paz de Hitler de 1940, se habría reducido considerablemente la dimensión del Holocausto. (La crítica a Churchill –a menudo plenamente justificada– también es compartida también por la izquierda: dos recientes críticas radicales de Churchill proceden de David Irving, el ultraderechista con simpatías por la Alemania nazi, y Tariq Ali, un izquierdista radical…). Refrendando la idea de una traición occidental, Buchanan acusa a Churchill y Roosevelt de entregar Europa del Este a la Unión Soviética en la Conferencia de Teherán y en la Conferencia de Yalta. Para Buchanan, al igual que Churchill llevó el Imperio británico a la ruina al causar en dos ocasiones guerras innecesarias contra Alemania, Bush llevó a Estados Unidos a la ruina al seguir el ejemplo de Churchill e involucrar a su país en una guerra innecesaria en Irak, concediendo garantías a decenas de naciones en las que Estados Unidos no tiene intereses vitales, poniéndolo en un escenario delicado, sin recursos suficientes para cumplir sus promesas[20]. Lo que escuchamos a menudo en nuestra época es una nueva variante de ese argumento de Buchanan: la desintegración de la Unión Soviética y la consiguiente decadencia económica de los Estados postsoviéticos se vivieron como un nuevo Tratado de Versalles y dieron origen a un deseo de venganza que podría haberse previsto con facilidad. Exactamente como Hitler en 1940, Putin ofreció repetidamente la paz a Ucrania; en los primeros años de su mandato incluso propuso que Rusia se uniera a la OTAN… Por seductora que pueda sonar esta línea de razonamiento (al menos para algunos), debería rechazarse exactamente de la misma manera en que el fascismo debe ser combatido.

El problema es que hoy en día la ideología hegemónica no sólo impide combinar las luchas (percibir los seis pies en la cama, según nuestro chiste), algo que es urgentemente necesario, sino que, como acabamos de ver, incluso impone su propia combinación falsa, bajo la apariencia de nuevas teorías de la conspiración que son compartidas por la derecha populista y por sectores de la izquierda. Esta nueva alianza entre derecha e izquierda denuncia el pánico ecológico y la «política verde» como una artimaña de las grandes corporaciones para imponer nuevas limitaciones a la gente común y trabajadora; rechaza ayudar a Ucrania ya que la ayuda militar sirve al complejo industrial-militar de la OTAN; denuncia las medidas anticovid como un instrumento para disciplinar a la población… En un caso paradigmático de negación de la realidad, la mayor amenaza que afrontamos hoy (incluidas las noticias sobre restos de aterrizajes extraterrestres) se descarta como una estratagema del gran capital corporativo, en conjunción con los aparatos del Estado. El mensaje de esa negación es, por supuesto, abiertamente optimista y esperanzador: el regreso a la antigua normalidad es fácil, no tenemos que luchar contra los nuevos peligros, y solamente tenemos que descartar las amenazas, es decir, seguir actuando como si no existieran. La proliferación de este tipo de negaciones es la razón principal de que, tristemente, vivamos en una era de «recesión democrática»:

El autoritarismo está en auge a pesar de la predicción liberal de que la expansión del libre mercado resultaría en más democracia: esto se debe a que el capitalismo defenderá siempre las jerarquías sociales frente a la amenaza de una igualdad económica[21].

Habría que complicar aún más esta afirmación: la amenaza a la democracia también proviene de una fingida resistencia populista al capitalismo corporativo. Por eso, para salir de esta situación no basta con aferrarse desesperadamente a la democracia liberal multipartidista; lo que se necesita son nuevas formas de construir amplios consensos sociales y de establecer un vínculo más activo entre partidos políticos y sociedad civil. La oposición entre la democracia liberal y los nuevos populistas no es la auténtica oposición; sin embargo, esto no implica de ninguna manera que el bando Trump-Putin sea mejor que la democracia liberal (en el mismo sentido en que es erróneo simpatizar con Hitler porque la democracia liberal y el fascismo no sean polos auténticamente opuestos). Aquí deberíamos poner en juego la distancia que separa la táctica de la estrategia: estratégicamente la democracia liberal es nuestro enemigo final, pero en el plano táctico, deberíamos luchar junto con la democracia liberal contra los nuevos populistas, del mismo modo en que los comunistas lucharon codo a codo con las democracias «imperialistas» occidentales contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, sabiendo muy bien que el imperialismo era su enemigo final.

¿No nos hemos alejado demasiado de nuestro punto de partida, la idea de un ateísmo cristiano, perdiéndonos en una mezcla de comentarios políticos? No, porque estos comentarios demuestran precisamente cómo funciona el ateísmo cristiano como práctica política. Raffaele Nogaro (un sacerdote de Roma que cumplió noventa y ocho años en 2022) afirmó que Jesús es el «Hombre Nuevo» que ama a todos sin distinción, sea cual sea su cultura, el color de su piel, su religión o la profundidad de su ateísmo: Jesús les hace a todos la misma pregunta: «¿Quién dices que soy yo?»[22]. Nótese que para Nogaro, Cristo no es una figura de autoridad que le dice a la gente lo que es: pregunta sobre lo que ellos dicen que Él es. Y uno no debería tomarse esto como un truco retórico barato, en el sentido de «sé quién soy, el hijo de Dios, sólo quiero comprobar si lo sabes». Cristo es consciente de que, de alguna manera, su propia existencia está en juego no solamente en qué dice la gente y cómo habla de Él, sino sobre todo en cómo actúa (o no actúa) en sociedad. Cada uno de nosotros tiene que dar una respuesta a la pregunta de Jesús desde su profundidad existencial y luego poner en práctica su respuesta.

[1] Este es el problema que aborda Jürgen Habermas en los dos voluminosos tomos de su obra Auch eine Geschichte der Philosophie (Fráncfort, Suhr­kamp, 2019), que ofrece una detallada genealogía histórica del pensamiento posmetafísico, desde el punto de vista de la relación entre la fe y el conocimiento: el origen de la postura universalista y procedimental (esto es, la del propio Habermas) se sitúa a lo largo de ese camino en el que la reflexión teológica fue indispensable; y por esa razón el discurso religioso aún tiene cosas que ofrecer en un contexto secular. El libro fue criticado por su eurocentrismo, ya que se centra en la tradición judeocristiana; y aunque no considero que esta característica sea una limitación, creo que mi posición es simultáneamente más atea y más religiosa que la de Habermas: él parece describir con precisión la transición desde la creencia religiosa efectivamente existente hasta su supervivencia como idea(l) que debería regular nuestras vidas. [Hay edición castellana: J. Habermas, Una historia de la filosofía, vols. I y II, trads. J. Monter Pérez, J. Nicolás Muñiz y A. del Río, Madrid, Trotta, 2023-2024].

[2] Véase el diálogo entre Adorno y Gehlen en [youtube.com]: «Ist die Soziologie eine Wissenschaft vom Menschen?» [«¿Es la sociología una ciencia humana?»].

[3] En las últimas décadas, he abordado la cuestión del ateísmo cristiano en tres libros que proponen una lectura materialista del cristianismo: The Fragile Absolute (Londres, Verso Books, 2000 [ed. cast.: El frágil absoluto, trad. A. Gimeno Cuspinera, Valencia, Pre-textos, 2002]), On Belief (Londres, Routledge, 2001), The Puppet and the Dwarf (Cambridge, MIT Press, 2003 [ed. cast.: El títere y el enano, trad. Alcira Bixio, Buenos Aires, Paidós, 2005]), así como en The Monstrosity of Christ (un diálogo con John Millbank, en Cambridge, MIT Press, 2011 [ed. cast.: La monstruosidad de Cristo: ¿paradoja o dialéctica?, trad. L. Pascoe Chalke, Ciudad de México, Universidad Iberoamericana, 2024]). Estos cuatro libros forman un cuarteto en el que se desarrolla el arco de una determinada línea de pensamiento; con Ateísmo cristiano establezco un nuevo comienzo y me dirijo hacia un enfoque diferente (el vínculo entre paralaje trascendental e incompletitud ontológica de la realidad), y por esta última razón he decidido dejar al margen el primer cuarteto.

[4] Todas las citas de Milner proceden de J.-C. Milner, «On Some Paradoxes of Social Analysis», Crisis & Critique, vol. 10, n.o 1, 2023, pp. 243-245.

[5] Véase el excelente libro de R. Adekoya, It’s Not About Whiteness, It’s About Wealth, Londres, Constable, 2023. Entre los denominados black studies, y contándose aquellos que problematizan los estereotipos progresistas o woke, el libro de Adekoya es uno de los escasos estudios que fundamenta correctamente los «prejuicios racistas» en las diferencias de riqueza (llamando la atención sobre las diferentes ideas que se tienen sobre la «corrupción» en el supuestamente «igualitario» Occidente y en África), y advierte sobre la ambigüedad que lastra la «feminización» del poder en el Occidente desarrollado (que también puede invisibilizar nuevas formas de colonización).

[6] Cfr. la noticia con el titular «Utah Primary Schools Ban Bible for “Vulgarity and Violence”» [Las escuelas de primaria de Utah prohíben la Biblia por su «vulgaridad y violencia»], en BBC News.

[7] Consúltese en [https://www.thecut.com/2018/10/tarana-burke-me-too-founder-movement-has-lost-its-way.html].

[8] S. Žižek, El acoso de las fantasías, trad. F. López, Madrid, Akal, 2011, p. 35.

[9] M. Carrigan, «What Would the Young Slavoj Žižek Think of the Old Slavoj Žižek?» [«¿Qué pensaría el joven Slavoj Žižek del viejo Slavoj Žižek?»].

[10] Esto ya me ocurrió en India hace más de una década: en un debate público elogié a un crítico de Gandhi, Ambedkar, por su postura igualitarista y su rechazo al sistema de castas, y se me respondió que ese sistema es un elemento clave de la tradición india, más allá de cualquier concepción igualitaria y occidental de la emancipación.

[11] H. Ventis, «Pacifist Pluralism versus Militant Truth: Christianity at the Service of Revolution in the Work of Slavoj Žižek» [«Pluralismo pacifista versus verdad militante: el cristianismo al servicio de la revolución en la obra de Slavoj Žižek»], documento accesible en [academia.edu].

[12] «Rising Antisemitism Focus at European Jewish Association Conference» [«El creciente antisemitismo, tema central en la conferencia de la Asociación Judía Europea»], en [jns.org].

[13] Cita de la entrada «Interseccionalidad» en [wikipedia.org].

[14] «Wer Antisemit ist, bestimmt der Jude und nicht der potenzielle Antisemit», entrevista de Christop Schult y Severin Weiland a Michael Wolffsohn y Michael Naumann, acceso por suscripción en [https://www.spiegel.de/politik/deutschland/michael-wolffsohn-und-michael-naumann-im-streitgespraech-wer-antisemit-ist-bestimmt-der-jude-a-00000000-0002-0001-0000-000174544040].

[15] Descargado de «Roger Hayward’s Undecidable Monument», archivo accesible en la entrada «Imposible trident» en [wikipedia.org] y extraído de M. Gardner, Mathematical Circus, 1981.

[16] Véase [europeapatient.com].

[17] Cfr. «The Hard Right and Climate Catastrophe Are Intimately Linked» en [msn.com]. Aquí tenemos un buen ejemplo de desplazamiento metafórico: la riada o inundación producida como resultado del calentamiento global resulta suprimida y reemplazada por la «inundación» de inmigrantes. [N. del T.: el texto citado pertenece a un artículo de George Monbiot, publicado en The Guardian bajo el título completo «The Hard Right and Climate Catastrophe Are Intimately Linked. This Is How»].

[18]Ibid.

[19]Ibid.

[20] Véase «Churchill, Hitler, and the Unnecessary War», en la versión inglesa de [wikipedia.org].

[21] Véase «No, Capitalism Isn’t Democratic», en [msn.com].

[22] Comunicación personal.