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Vuelve Douglas Coupland con una novela para leer en «modo atracón» En los años 90, la publicación de "Generación X" convirtió a Douglas Coupland en el gran cronista de los nativos digitales. "Microsiervos", "Planeta Champú", "Todas las familias son psicóticas" o "JPod" lo confirmaron como un escritor con mundo propio, irónico y detallista, gran observador de las ansiedades y los desafíos de la sociedad hiperconectada. Tras varios años concentrado en su trabajo como artista audiovisual y gráfico, vuelve Coupland con una novela hecha de 60 microrrelatos pensados para leer en «modo atracón». Capaz de describir a un personaje con una sola frase, o un rasgo o una actitud, Coupland hace hablar a jóvenes, mayores, abuelos, enfermos, aislados, adictos, conectados entre sí pero cada uno a solas con su conflicto. Juntas, estas historias cuentan el mundo de hoy. «Influenciado por autores como Margaret Drabble, Truman Capote, Kurt Vonnegut, Joan Didion y los escritos de Andy Warhol, Coupland se ha caracterizado por construir una obra basada en la profusión de detalles: la forma de vida de personajes, las referencias a innumerables marcas y productos del mundo del consumo [...]; el tono antropológico. A la manera de una novela realista del siglo XX, Coupland trazó el gran atlas [...] de lo que el mundo de Internet estaba por hacer con el mundo occidental». Karina Sainz Borgo, "Vozpopuli"
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Seitenzahl: 299
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Douglas Coupland
Atracón
60 historias para que tumente se sienta diferente
Traducido del inglés por Juan Gabriel López Guix
1. Alexa
2. Radiación
3. Splenda
4. Rh nulo
5. Tanga
6. Parque temático
7. Modo avión
8. Lubricante
9. Incel
10. Espíritu de equipo
11. Veganos
12. Chicle
13. Sin plomo
14. Lego
15. Cara de Mujer Antipática
16. Cuenta de rastreo
17. Hoteles de moda
18. 23andMe
19. Rotuladores
20. Comrom
21. Subway
22. Hyundai
23. Southwest Airlines
24. Tinder
25. nsfl
26. Gender reveal party
27. Padre bailongo
28. Portátil
29. Karen
30. Taco Bell
31. Productos Kirkland
32. Historial de búsquedas
33. Clickbait
34. 18+
35. spf 90
36. Lotería
37. Gagá
38. Sábanas Liz Claiborne
39. Piscina de bolas de ikea
40. Encendedor Bic
41. Dasani
42. Oxi
43. Effexor
44. Contenedores Rubbermaid
45. cctv
46. Fentanilo
47. Adderall
48. Aversión al riesgo
49. Diógenes
50. craigslist.org
51. Banco de imágenes
52. Nike
53. iPhone
54. lan
55. Olive Garden
56. Salsa
57. Consumir
58. Sugus
59. Conducción en estado de ebriedad
60. Norovirus
Créditos
Este libro está dedicado tanto a Siri, que vive en mi Mac, como a Siri, mi sobrina (diosa noruega de la risa), que iba al instituto cuando Siri se convirtió en algo. Imagínate cómo debió de ser aquello. Es una de las conversadoras y escritoras de mensajes más encantadoras que conozco.
La gente me pregunta cosas como dónde aparqué el coche hace, por ejemplo, 477 días y soy capaz de decirles en el acto que fue en la plaza 173 del tercer nivel del aparcamiento de Walgreens y que costó 1,50 dólares y que a mi izquierda había un Subaru familiar azul oscuro que tenía en el salpicadero un Garfield de peluche con gafas de sol. No necesito una aplicación para recordar eso. Soy una de las pocas personas del planeta que recuerda todas las cosas que ha visto. Todas. Si crees que lo que digo es una idiotez, te haré una pregunta: ¿has vivido alguna vez un accidente de coche u otra situación que, cuando la recuerdas más tarde, te parece que ha durado diez minutos en lugar de diez segundos? ¿Como si hubiera sucedido a cámara lenta? A que sí. Pues es porque el cerebro lo ha filmado dos veces: una con la memoria normal y otra con la cámara de la memoria de lucha o huida. En la mayoría de las personas, la memoria de lucha o huida solo se activa cuando experimentan un acontecimiento traumático. La mía lleva filmando sin parar toda la vida.
Recuerdo la matrícula del coche que estaba aparcado delante del de mi madre cuando me dejó en el colegio en la mañana del 14 de noviembre en tercero de primaria: MDL5588. Recuerdo lo que llevaba mi profesora aquel día: un vestido verde; una venda en la mano izquierda. Recuerdo las preguntas del examen de geografía (las acerté todas, claro). Mis padres solo me mandaron a la escuela porque no querían que me convirtiera en una inadaptada social, no porque fuera a aprender algo nuevo.
En cuanto los médicos se dieron cuenta de lo que ocurría dentro de mi cabeza, perdí toda posibilidad de llevar una vida normal. Me pedían que memorizara pi con cinco mil decimales, pero lo que ellos llamaban memorizar para mí solo es mirar algo y describirlo luego. Atarme los cordones de los zapatos supone para mí más trabajo que recordar el número de tu tarjeta American Express cinco años después de que me la enseñaras mientras tomábamos unas copas aquella noche en la que una luna menguante se puso justo dentro del recogehojas colocado al lado del calentador de la piscina fijado a 32 grados.
Dime cómo llegas al trabajo todas las mañanas. Está claro que conoces el camino. No es algo que sea muy difícil; si me lo contaras cincuenta veces, siempre sería igual. ¿Por qué no iba a serlo? Mi memoria funciona igual; no es diferente a que tú me cuentes el camino diario a la oficina.
Los idiomas son fáciles... todos aprendemos a hablarlos sin que nos demos siquiera cuenta. Yo aprendí navajo en una semana. Ahora hablo doce, pero no es muy divertido ser un bicho raro si lo piensas bien. Por ejemplo, no me ayuda en mi vida amorosa. En cuanto una persona se entera de lo que me pasa, enseguida da por supuesto que la estoy vigilando y se vuelve paranoica. Como si fuera tan interesante. Las personas son tan parecidas que podrían ser idénticas.
Lo otro que tiene recordarlo todo es el triste conocimiento de que casi todo lo que tengo en la cabeza es basura innecesaria. Para ir por la vida, apenas necesitas recordar nada, y menos aún cada una de las palabras de un artículo de cinco mil palabras sobre la reintroducción de las proteínas en la dieta japonesa después de la Segunda Guerra Mundial o todos los créditos finales de todas las películas de La guerra de las galaxias.
Cuando apareció Google, pensé que por fin todo el mundo sentiría lo que es ser como yo. Pero la única consecuencia fue que la gente recordara menos. (Dicho esto, he notado que, cuando la gente busca algo en la Wikipedia, tiende a recordarlo de verdad; supongo que cierto tipo de curiosidad hace que el cerebro segregue sustancias químicas que ayudan a consolidar los datos recién aprendidos).
En realidad, enloquecí un poco a finales de la veintena y empecé a evitar cualquier situación en la que viera palabras: no solo en libros, revistas y señales urbanas, sino también palabras en internet. Imagina lo que es recordar cualquier retazo de basura que has visto incluso en la incursión más básica por la madriguera del conejo: te volverías tarumba. Pensé que el remedio para mi espíritu era centrarme en la naturaleza: las plantas, los animales y la tierra. El caso es que, sin palabras ni lenguaje en los que ocuparme, mi cerebro empezó a sobrecompensar. Al cabo de poco, los paisajes y los edificios empezaron a estallar a mi alrededor en niveles sorprendentes de detalle. Lo peor fue darme cuenta de que había insectos por todas partes. Y las manchas. Y los desperfectos y las magulladuras. Los arañazos. Las caras y los animales que veía en las nubes.
Llegué a un punto crítico al pasar por delante de una tienda de recuerdos no lejos del mercadillo que montan el fin de semana. Volví la cabeza y vi a alguien dándole vueltas a uno de esos expositores llenos de matrículas en miniatura con nombres de niños. No quería ver aquello.
abigail
aiden
alexander
allison
amelia
andrew
anthony
aubrey
avery
brandon
brianna
carter
chloe
christopher
daniel
dylan
elizabeth
emily
ethan
evelyn
gavin
hailey
isaac
jack
jacob
jayden
jonathan
joseph
justin
kaylee
layla
liam
logan
luke
makayla
matthew
michael
natalie
nicholas
olivia
riley
samantha
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sofia
taylor
victoria
zoe
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alexa
alexis
alyssa
angel
anna
ashley
ava
bella
brayden
brooklyn
charlotte
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david
elijah
ella
emma
evan
gabriel
grace
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isaiah
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landon
leah
lily
lucas
madison
mason
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nathan
nevaeh
noah
owen
ryan
samuel
savannah
sophia
tyler
william
zoey
Algo se rompió dentro de mí. Corrí al parque que estaba al otro lado de la calle y me senté en un banco a llorar. No soporto sentir lástima de mí misma.
Una mujer que llevaba uno de los puestos del mercadillo se dio cuenta de que salía corriendo. Me siguió para asegurarse de que me encontraba bien. Tenía sesenta y ocho años (24 843 días, en realidad) y parecía sinceramente preocupada por mí. Puede que solo quisiera distraerme, pero me preguntó si me podía dibujar. Sí, le dije, y la acompañé hasta su puesto y me senté en una tumbona de playa verde. Durante más o menos una hora, me dibujó con carboncillo y, todo el rato, estuvo preguntándome cosas sobre mí como nadie había hecho nunca. Cuando terminó, me enseñó el retrato. No era complaciente. Acto seguido, me pidió que cambiáramos de rol y que yo la dibujara a ella. Cosa que hice.
Y ese día me convertí en artista. Nadie le reprocha a una artista que se fije en las cosas.
Este abril hará dos años que celebré mi cuadragésimo cumpleaños en la terraza de atrás. Lucía el sol y fuera hacía el calor suficiente para que, si todos mis amigos llevaban chalecos de plumas y Lucy, mi mujer, sacaba unas cuantas mantas, pudiéramos fingir que hacía más calor del que en realidad hacía. (En abril, básicamente ya estás desesperado por tener algo de calor y luz). Éramos ocho, todos más o menos de la misma edad, además de unos pocos niños, apalancados en el cuarto de la televisión. Era un buen encuentro y me sentía adulto de una forma que encuentro rara: «¡Miradme! Estoy celebrando mis cuarenta años con elegante fiesta en la terraza de una casa que tiene una hipoteca de 800.000 dólares. ¡Ahora sí que soy adulto!».
Un comentario rápido sobre Lucy. Todo lo que hace mi mujer tiene que ser perfecto, como si fuera un pavo marinado y asado al estilo tradicional en Acción de Gracias. Además, no dispone de ningún mecanismo interno para cuando las cosas se tuercen.
Como todos teníamos más o menos la misma edad, estuvimos un rato charlando sobre lo que significaba cumplir cuarenta años. Nathan, nuestro experto oficial en internet, dijo:
—Craig, como a Lucy la atropelle un autobús, ahora ya serás demasiado viejo para encontrar pareja. Tendrás que meterte en esos sitios de novias de Azerbaiyán. Te sorprendería lo que hay en esas webs.
Lucy dijo:
—Nathan, no le des ideas.
—En serio, Lucy, tendríamos que mirar una luego. Elegiremos tu reemplazo.
—Eres un bicho.
Claire, nuestra ingeniosa/cínica oficial, añadió:
—Craig, tendrás que tener cuidado con las cazafortunas. Las más listas se dejan caer en actos de coches de época. No nos engañemos, si una mujer le elogia el color del coche a un hombre heterosexual de cuarenta y tantos, él ya se imagina poniéndole un pisito. —Dio un sorbo a su cerveza—. Me parece que debería cobraros a todos por este consejo.
Normalmente, nuestro amigo Noah habría participado en la conversación, pero en esa ocasión no lo hizo. Lucy fue la primera en darse cuenta.
—Noah, pareces un poco pálido hoy, ¿los niños no te dejan dormir?
Noah miró a Jeannie, su mujer, y luego a todos nosotros.
—Bueno... os lo queríamos haber dicho, pero supongo que ningún momento parecía adecuado. Lo soltaré sin más: he estado yendo a sesiones de radioterapia para tratar un cáncer de tiroides. Dicen que todo va a ir bien, pero tengo que ponerme un poco de maquillaje verde claro en la garganta para que no se vea de un rojo quemadura solar, porque con la terapia al final la piel parece de goma.
Lucy se horrorizó.
—Noah, lo siento mucho. No...
—No, no te preocupes. Jeannie y yo estamos tranquilos. Estamos convencidos de que lo superaré.
Silencio.
Noah volvió a hablar:
—No os lo debería haber soltado así a todos. Tom, cuéntanos un chiste para cambiar de humor.
Tom, nuestro amigo científico con ligeros rasgos del espectro autista, obedeció.
—Un cuervo de Nueva Caledonia, un pulpo gigante del Pacífico y el príncipe Harry entran en un bar...
Y fue entonces cuando los dioses brillaron sobre nosotros. Lucy alzó la vista al cielo y dijo:
—¡Oh, mirad! ¡Es un águila calva!
Un águila calva. Supongo que en Alaska son comunes, pero más abajo son bastante raras. La Madre Naturaleza había decidido cambiar de tema.
—Toda la vida he pensado que ya casi se habían extinguido —dijo Claire.
—Creo que casi se habían extinguido —dijo Tom—. En otro tiempo seguramente las trituraban para hacer toallitas de papel o pintura para automóviles o alguna otra cosa.
—¡Qué majestuosa que es! —dijo Jeannie—. ¡Suena muy cursi, pero miradla!
Y era verdaderamente majestuosa.
Permanecimos en la terraza contemplando al águila planear, soltando oohs y aahs. Y entonces se acercó hasta un nido de cuervos que había en la copa de un cedro, descendió en picado, atrapó un polluelo con las garras y se alejó. Los padres cuervos estaban histéricos.
—Mierda.
—La puta.
—Demonios.
—La Madre Naturaleza.
—Qué cruel a veces, ¿verdad?
Silencio.
—Voy a traer más cervezas —dije.
—Te ayudo —dijo Lucy.
En la cocina Lucy me hizo notar lo furiosa que estaba.
—No me puedo creer que Noah nos haya dicho que tiene cáncer en medio de la puta fiesta de cumpleaños.
—Tú le has dado pie al preguntarle por qué estaba tan pálido.
—¿Cómo iba a saberlo?
Volvimos y nos encontramos a los demás hablando superficialmente de temas médicos.
—¡Cerveza para todos! —anuncié.
—De momento no puedo beber —dijo Noah.
—Sí, claro.
Llevaba todo el día bebiendo tónica. Más silencio.
—Mira —dijo Tom—. Ya está otra vez aquí el águila. —Se dirigía directo al mismo cedro—. Oh, mierda —añadió.
... Un picado.
... ¡Un chillido!
Y allá que se fue el señor Águila con un segundo canapé de polluelo de cuervo.
Todos permanecieron mirándose unos a otros. Y entonces apareció en la terraza Simone, la hija de Claire, de once años.
—Mamá, ¿qué es un doble anal? Me ha dicho Howard que te lo pregunte.
Howard, mi hijo de catorce años, va a saber lo que es bueno esta noche; de todos modos, menos mal que Simone llegó cuando llegó, porque fue muy divertido y cambió el humor general.
—Hablaremos de ello en el coche de camino a casa, cariño.
Entonces Simone vio el águila.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Mirad! ¡Un águila!
Sí, nuestra águila se dirigía de nuevo al árbol.
—Simone —ordenó su madre—, vuelve adentro y sigue viendo la televisión.
—Quiero ver el águila.
En ese momento, los tres niños más pequeños irrumpieron por la puerta de la cocina, preguntando qué estábamos mirando todos.
—Un águila —dijo Simone—. ¡Allí arriba!
—¡Genial!
Lucy hizo entonces algo que, según había oído una vez, servía para que la gente no se fijara en algo malo y que era tirar al suelo un objeto grande de cerámica o vidrio. Le dio un hábil golpe a una jarra de agua Spode de trescientos dólares, que cayó al suelo y se hizo añicos justo en el momento en que la cría de cuervo número tres era sacada del nido. No funcionó.
—¡Mamá, el águila se ha llevado al pollito! —gritó Simone.
Los tres niños más pequeños chillaron y rompieron a llorar.
—A la mierda —dije—, voy a por whisky. ¿Alguien más quiere?
Los ocho adultos, Noah incluido, dijeron que sí.
Me llamo Olivia. Tengo dieciocho años y fibrosis quística, pero lo llevo bien. Crecí en una granja siniestra en medio de la nada. Digo siniestra porque mi familia es superreligiosa y yo no lo soy (nunca lo he sido), lo cual tiene que ser genético o algo así. Mis padres creían que Dios me curaría la fibrosis y solo me llevaban al hospital si ya casi no podía respirar. Cuando tenía catorce años preparé un día una nota y conseguí pasársela a la enfermera de urgencias. Los servicios sociales buscaron a una abogada, Adelle, que se hizo cargo de mi caso de modo gratuito y me sacó de aquel siniestro estercolero de palurdos.
Ahora estoy en mi segunda vida, mi vida de verdad. Soy realista y sé que no va a ser muy larga, pero lo llevo bien. Vivo en un apartamento en un semisótano (no es lo mejor para la fibrosis quística, el moho) y recibo una atención médica adecuada, y todo el tiempo viene gente a ver cómo estoy. Puede que nunca me vuelva a sentir tan libre mentalmente como ahora. Estoy borracha de libertad.
Vivo en una zona que no es ni urbana ni rural. La gente solo oye hablar de este sitio cuando vienen de las televisiones a entrevistar a padres que no se pueden creer la última monstruosidad inventada por alguno de sus hijos, cosas como tirar cabezas de caribú desde el paso elevado de la autopista. El barrio es como esa calle del final de Carrie donde los coches circulan marcha atrás y del suelo salen unas manos ensangrentadas para arrastrarte al infierno. Vi Carrie por primera vez la semana pasada. No os metáis conmigo; soy una completa ignorante en cultura pop. Hay cinco mil películas y series de televisión de las que tengo que ponerme al día.
Nací el 11-S, cosa que asustó a mis padres, que creo que en secreto me vieron como una niña demonio. En mi décimo cumpleaños hubo todo tipo de rumores sobre el aniversario del 11-S, pero en lugar de organizarme una fiesta, mis padres me llevaron a la iglesia de la zona comercial junto al concesionario de coches que acababa de cerrar. Recuerdo que todo el mundo me miraba como si el 11-S fuera mi culpa. Al mismo tiempo, parecían esperar que les revelara algo divino e iluminador. Cuando cumplí trece años, cometí el error de decir que el 11-S había sido un trabajo interno (ni siquiera sabía qué significaba eso), y un par de pastores con aspecto de pervertidos vinieron y me entrevistaron durante cuatro horas. Otra razón por la que me escapé.
El caso es que ahora intento olvidar todo eso. ¡Imagínate sentirte viva al cien por cien en cada segundo de cada momento del día! A lo mejor es así como se sienten los animales. O los árboles, incluso. A veces contemplo el árbol con ramas llenas de bolsas de plástico que se ve por el lucernario de mi apartamento y me maravillo de que tanto él como yo estemos igualmente vivos y de que no haya una zona intermedia. O estás vivo o no lo estás. O estás muerto o no lo estás.
Una drag queen que se llama Trashe Blanche vive en el otro apartamento del semisótano. Me gusta incluso más que mi trabajadora social. Viene y me pasa por la espalda el masajeador eléctrico para que se me suelte la mucosidad de los pulmones. A veces tengo que hacerlo dos veces al día, porque eso reduce la posibilidad de una infección de las vías respiratorias. También llevo años tomando un antibiótico llamado azitromicina. Hace que los eructos me huelan a limpiador de suelos; eso no lo soporto y quiero ser como Alanis Morissette y dejar los antibióticos. Quiero ser parte del mundo, de tu mundo.
Ayer, sin que viniera a cuento, Trashe me regaló un par de calcetines largos de Lana del Rey.
Creo que le gusta cuidarme porque sencillamente es una buena persona. Su nombre masculino es Erik, y si Erik no se afeita durante cinco días, se convierte en un tipo guapo con algo de sobrepeso, pero cuando se convierte en Trashe todo el asunto de chico/chica se vuelve bastante confuso, porque es igual de convincente como cualquiera de los dos.
Yo también confundo a Trashe, que siempre intenta averiguar si soy o no hetero. Yo le digo que lo soy, ¡porque lo soy! Pero también le digo que sobre todo soy una persona traumatizada, porque me criaron en la nudofobia. (He aprendido la palabra hace un mes). Dios, qué vergüenza. Siempre me imaginé que iba a estar muerta antes de conseguir hacerlo con un chico, así que resultaba irrelevante quién me interesaba. Me gusta que mis médicos sean realistas conmigo, pero sé que mienten cuando se refieren a mi esperanza de vida. Me dicen que viviré hasta los treinta y cinco, pero que, como mis padres nunca me permitieron recibir tratamiento cuando era más joven, es probable que haya perdido una década de vida por todo el desgaste interior que he sufrido. Sospecho que la gente habla de mí como habla de los perros: «Las razas de pecho grande, como los boyeros de Berna, solo llegan a los seis años si tienen suerte. Los perros vulgares llegan a los diez o a los once». Yo soy una de esas razas especiales de vida corta: «Sí, las olivias solo llegan a los treinta y cinco si tienen suerte».
Trashe dice que sería una pena que muriera virgen, pero no quiere que me tire a alguien como si fuera un pingo. «Pingo» es otra palabra nueva en mi vocabulario, y me encanta... ¡pingo! Suena a lo que es. Encima de nosotros viven un tatuador y su novia, que desde luego es un pingo. La verdad es que no me considero un pingo, pero tampoco quiero morir virgen.
De todos modos, el mayor placer diario ahora mismo, además de ponerme al día con todas las películas que me perdí de pequeña, es robar sobrecitos de Splenda en los sitios de comida rápida. Llevármelos a puñados. Tengo un cajón lleno y me gusta mirarlos, quiero tenerlos cerca. Son lo contrario de la casa en la que crecí. Científicos. Medidos. Limpios. Y, si los mezclo con un poco de agua y me los trago con los antibióticos, los eructos me huelen a vodka barato y no a limpiador de suelos. Cuando eres yo, te conformas con lo que puedes.
Conocí a mi marido, Steffan, por mi grupo sanguíneo, que es Rh nulo. Se lee R. H. Nulo, como si fuera un director de Hollywood de los años cuarenta. Solo hay unas cincuenta personas con Rh nulo en la tierra, incluyéndome a mí y a mi hija de trece años, Kelli. Para nacer con sangre Rh nulo, tienen que darse al mismo tiempo dos mutaciones rarísimas. Tienes más probabilidades de ganar 250 millones de dólares en la lotería Powerball que tener nuestro tipo de sangre. Al menos, cuando voy por la calle, puedo decirme a mí misma, incluso en el peor de los días: «Lorraine, tu propia naturaleza es rarísima. Eres un unicornio».
Por supuesto, es una sandez total. El Rh nulo nunca ha hecho nada por mí salvo complicarme la vida. La sangre del donante universal no funciona conmigo, así que, por ejemplo, siempre he tenido coches poco potentes para no caer en la tentación de ir demasiado rápido y estrellarme. Y nunca me dejaron montar en bicicleta. ¿Y si me hacía daño y necesitaba una transfusión de sangre?
A los dieciocho años, cuando cumplí la edad legal para donar sangre, aparecieron en nuestra puerta toda clase de médicos de cualquier rincón del mundo. Sabía que codiciaban mi sangre con fines científicos; pero, antes de pedirme una donación, siempre intentaban hacerse amigos míos. Dos médicos nos llevaron a cenar a mis padres y a mí a hoteles muy elegantes y nos cortejaron con el lujo. Otros dos fueron tan insistentes que tuve que huir. (No quiero volver a oír esta frase: «Se lo debes a la humanidad»).
Luego llegó Steffan, atractivo, con bigote y acento francés. Era de una ciudad llamada Montpellier, en el sur de Francia, y había volado desde allí solo para verme. Mis padres se habían ido de vacaciones a Florida y me habían dejado en casa sola, así que solo estábamos los dos. Hubo mucha química entre nosotros. Miro ahora a mi yo de dieciocho años y medio y me muero de vergüenza; pero, cuando todo estaba sucediendo, me creía la reina del mundo. Steffan hizo que los tipos de sangre fueran sexis y divertidos. Cielos, he releído la frase anterior y parece como si fuera una vampira, pero es verdad. Y después de que me lo propusiera y yo aceptara, recorrimos el país en busca de otros bichos raros sanguíneos. Mis padres estaban emocionados.
En esos viajes llegué a conocer quimeras, gente que no es en absoluto lo que parece. Como un leñador llamado Lars, de Spokane, plenamente dotado, con barba, polla y pelotas, que, según los análisis de sangre, era una mujer. Y supercentenarios, personas de más de 110 años, cuya sangre Steffan estudiaba para intentar descubrir cómo habían llegado hasta ahí. Me sentía algo así como miembro de una especie de superclub.
Después de que Steffan y yo nos casáramos, me mudé con él a Francia y no tardé en quedarme embarazada. Kelli también nació con Rh nulo, lo cual me hizo sentir mucho menos sola en el mundo. La vida iba bien. Steffan formaba parte del universo de la intermediación sanguínea internacional y viajaba mucho. Eso sí que es un sector esotérico. Dependiendo de dónde vivas, hay todo tipo de normas sobre lo que puedes hacer con tu sangre. En algunos lugares, venderla es comparable a vender partes del cuerpo y está prohibido. En otros, es la ley de la selva. Resulta difícil de explicar, pero la sangre es como los diamantes: no vale nada y vale una burrada al mismo tiempo. Me enorgullecía que Steffan siguiera recorriendo el mundo en busca de especímenes raros, y me encantaba el estilo de vida francés y que mi hija, en cuanto pudo hablar, fuera totalmente bilingüe.
En el noveno cumpleaños de Kelli, caí en la cuenta de que Steffan había cambiado de algún modo. No se trató de una gran revelación cósmica. Estaba glaseando la tarta de Kelli y pensé: «Mmmm, Steffan pasa más tiempo fuera de casa que antes». Solo eso, pero de modo muy intenso. Por la tarde, intenté llamarlo a la oficina, pero no pude localizarlo, y se perdió la tarta de cumpleaños, algo que en Francia no es tan importante como en Estados Unidos, pero de todos modos... Esa noche llegó tarde a casa y dijo que se había olvidado porque estaba reventado tras regresar de El Cairo. Le dije que tenía que viajar menos; y estuvo de acuerdo, pero pronto volvió a pasar más tiempo fuera de casa que con nosotras. Entonces pareció que nos empezaba a entrar dinero a raudales y nos compramos dos coches nuevos y un pequeño chalet precioso en las montañas. ¿No era nuestra vida sospechosamente lujosa para un director de laboratorio con mujer y una hija? Lo admitiré: yo era como la mujer de Tony Soprano y aún no estaba preparada para hacer las preguntas difíciles. También disfruté de nuestras vacaciones familiares en Abu Dabi y en Ciudad del Cabo; y, allá donde íbamos, hacía lo que Steffan me pedía: donaba sangre.
Y entonces llegó la tarde de verano en que estaba cuidando mi huerto, un huerto que en el sur de Francia era una maravilla contemplar. ¡Aunque solo fuera por el romero! Fui a buscar el abono de gallinaza que había comprado unas semanas atrás y me dirigí al pequeño granero que nos servía de garaje. Me topé con Steffan, que le entregaba a un hombre una nevera portátil a cambio de un fajo de euros, como si estuviéramos en una película de la mafia. No había excusa posible para aquello.
Cuando el cliente de Steffan se hubo ido, coincidimos en la cocina. Por la ventana veía a Kelli saltando en la cama elástica con sus amigas.
—Steff —pregunté—, he estado donando sangre porque me pedías que hiciera mi aportación a la ciencia, pero ¿lo has estado haciendo por dinero?
Tardó demasiado en contestar. Steffan se había convertido en traficante de sangre en el mercado negro; y en el mundo hay un número asombroso de personas muy ricas y muy enfermas que pagarían casi cualquier cosa por tipos de sangre raros, o por sangre de personas con antígenos o mutaciones específicas que los protejan del sida o la malaria o... cualquier cosa.
—Steffan, ¿por qué te casaste conmigo? —pregunté.
Hay un chiste sobre el 11-S que se supone que no hay que contar porque todavía no puedes hacer chistes sobre el 11-S, pero lo voy a contar de todas formas.
—Toc, toc.
—¿Quién es?
—11-S.
—¿Qué 11-S?
—Dijiste que nunca lo olvidarías.
Me pasé todo el 11-S durmiendo por culpa de una gripe y me desperté horas después de los atentados. Me he dado cuenta de que mucha gente miente sobre dónde estaba cuando ocurrió el 11-S. Los desempleados noctámbulos de la Costa Oeste estaban todos mágicamente despiertos a las 6:45 de la mañana del 11 de septiembre. «Y entonces un amigo me telefoneó para decirme que un avión se había estrellado contra la Torre Norte —por cierto, ¿por qué demonios haría alguien eso?— y, justo cuando puse las noticias, el otro avión se estrelló contra la Torre Sur». He oído la misma historia a tanta gente que me pregunto si todo eso ya no es una mentira descomunal sino alguna clase de mito imprescindible que necesitamos contarnos para sentirnos como uno más del grupo. Síndrome super-fomo.
Todavía no sabes quién te está hablando, ¿verdad? ¿Soy hombre o mujer? ¿Soy una persona vieja o joven? ¿Llevo burka? ¿Voy en silla de ruedas? ¿O soy un tipo corriente llamado Logan que vende glifosatos de la marca Roundup y que ahora mismo lleva un tanga rojo frambuesa debajo de los vaqueros porque me gusta la forma en te hace sentir como una adolescente sexi?
Bueno, sí, este último soy yo. Hola, soy Logan. Me gano la vida vendiendo veneno. Así que he tenido que aprender a mentir a la gente: «¡Esto es inofensivo! ¡Es más o menos como una vitamina!».
Aquí va otra mentira universal, quizá ya la hayas oído. Pregúntale a cualquier conocido cómo le ha ido en su viaje a Las Vegas y todos dirán: «Bueno, en realidad no apuesto mucho, pero antes de salir para el aeropuerto jugué una última vez a las tragaperras y gané [siempre] 150 dólares».
No sé tú, pero cuando yo voy a Las Vegas, todo el dinero que introduzco en una máquina tragaperras desaparece en el acto en un profundo abismo ardiente de riqueza muerta. Sin embargo, todo el mundo gana 150 dólares, a veces incluso 200, antes de subirse al coche que los llevará al aeropuerto. Esa mentira es tan universal que me pregunto si no estará codificada en nuestro cerebro reptil.
Ah, un momento... Apuesto a que se te congeló el cerebro al leer las palabras «tanga rojo frambuesa». Lo entiendo, sobre todo, si se combinan con «sentirse como una adolescente sexi». Creo que a estas alturas muchos supondrán que soy gay, pero a mí me gusta pensar que soy una máquina de follar hetero. ¡Sorpresa!
Las mujeres se vuelven locas con el tanga. De verdad, si eres un pobre incel, pásate por la sección de lencería de Forever 21, cómprate unos cuantos tangas y vete de bares con unos vaqueros de tiro bajo para que las chicas te puedan ver la tira en la parte superior del culo. ¡Hazlo, colega!
Mi hermano mayor es drag queen. Para él no hay tangas que valgan. Tiene que llevar pegada la polla en la raja del culo con cinta adhesiva durante horas y horas mientras lleva pelucas que le asan el cráneo como un horno eléctrico. Y no levanta nada que pese más que una lata de kilo de Beefaroni para no tener «brazos de hombre».
Por lo general, en una familia de hijos varones, son estadísticamente los hermanos pequeños los que son gays, pero Erik era el mayor de cinco hermanos y nuestra única mariloca. (Por cierto, ¿está bien que diga mariloca?). Intentamos incluso usar la palabra para crear su nombre de drag queen: ¿Mary Loka? Sonaba regular. Al final, Erik eligió Trashe Blanche.
El resto de los hermanos somos unos fideos, pero Trashe tiene 60 kilos de sobrepeso. Parece una de las mujeres con gafas de pasta de esa vieja tira cómica, The Far Side. Está convencida de que se pasará el resto de la vida «dando vueltas por el país actuando en tugurios y surfeando por los sofás ajenos, hasta que me muera de una diabetes tipo 2 agravada por un corazón triste que nunca tuvo la oportunidad de romperse».
Lo único que Trashe quiere es no estar sola, pero se ha creado un personaje duro de drag que a mí me parece que asusta a la gente antes de que puedan conocerla. ¿Yo? Olvídate de que vaya a estar con otra persona... por ahora. Me gusta demasiado el sexo, y no entiendo la monogamia ni el «hasta que la muerte nos separe». Veo a gente tirando por la borda matrimonios porque alguien se ha acostado con una asistente personal o un tenista profesional. ¿Acaso es eso motivo suficiente para acabar con tu relación? ¿Eres tan superior moralmente que no puedes soportar una aventura? Madura. No todo el mundo quiere ser el cien por cien del tiempo la persona que se supone que es. Todo el mundo tiene un yo oculto a la espera de asomar la cabeza. Somos así.
Bueno, ¿recuerdas lo que dije sobre que sabía mentir porque vendo veneno? Hay también una verdad que no he contado, y es que hace veintiún años maté a un tipo. Otro detalle que no esperabas, ¿verdad?
Todo quedó lleno de sangre, de la mía y la suya, pero logré salir impune. Y todo seguiría estando bien si a Trashe no se le hubiera escapado en la cena de Navidad que ha enviado su adn a 23andMe. «Quiero una prueba concluyente de que nací en el seno de la realeza y que mi vida actual es el resultado de que me confundiesen con otro bebé en el nido del hospital».
Así que estoy esperando a que alguien llame a mi puerta un día.
¿Cómo nos conocimos?
Para responder a eso tengo que hablarte de mi antiguo trabajo. Trabajaba como mascota en un parque temático, y no, no era Disney World. En Disney World al menos ponen ventiladores eléctricos dentro de los disfraces para que no te mueras de un ataque al corazón en verano. Mi parque era propiedad de un consorcio coreano que estaba al borde de la quiebra. No teníamos ventiladores. Trabajé allí cinco años. Se suponía que solo iba a ser un trabajo a tiempo parcial para pagarme la universidad; pero, cuando me di cuenta de que al mundo no le interesaban mis ideas sobre Chaucer, pasó a ser de tiempo completo.
Mido 1.88, así que interpretaba a los personajes altos, lo que para mí significaba ir alternando entre el Gallo Rick y el Perro Polo. Nótese la cursilería de las mascotas del parque.
Una cosa que me gustaba de ser una mascota era que, dentro del disfraz, podía hacer lo que me diera la gana y la gente pensaba que sencillamente era el chiflado Gallo Rick haciendo chifladuras y metido en su personaje. La mayor parte del tiempo era yo mismo intentando no tener arcadas por el hedor a muerte del interior del disfraz, porque solo lo mandaban a la tintorería una vez al mes. El forro interior me recordaba al sofá rojo abandonado que había en un solar detrás de mi instituto donde los mayores iban todas las noches a follar como posesos.
No tenía un encargado que mantuviera a raya a los niñatos gritones que invariablemente me daban patadas en las espinillas para ver si era de verdad. Muchos niños querían abrazar al Gallo Rick y acariciarle la barriga, que estaba situada justo frente a mi polla. El parque instaló ahí una protección de madera contrachapada de dos centímetros. Una vez, un niño me dio un puñetazo y gritó: «¡Está duro! ¿Por qué está tan duro el Gallo Rick?». lol.
Los padres eran, por supuesto, lo bastante altos como para verme la cara a través de la malla negra que cubría el pico de Rick o la boca de Polo. La gente que salía de la cervecería al aire libre siempre lo hacía; y, en cuanto veían que era un chico, me dejaban tranquilo. A Hannah, que trabajaba en el mismo turno que yo, de vez en cuando le metía mano algún que otro borracho y yo tenía que ir a rescatarla. Entra en YouTube y busca «Tipo disfrazado de gallo pega un puñetazo a cretino borracho». Ayer tenía más de dos mil visitas [*se frota las uñas en los pectorales*].
