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«Influenciado por autores como Margaret Drabble, Truman Capote, Kurt Vonnegut, Joan Didion y los escritos de Andy Warhol, Coupland se ha caracterizado por construir una obra basada en la profusión de detalles: la forma de vida de personajes, las referencias a innumerables marcas y productos del mundo del consumo [...]; el tono antropológico. A la manera de una novela realista del siglo XX, Coupland trazó el gran atlas [...] de lo que el mundo de Internet estaba por hacer con el mundo occidental». Karina Sainz Borgo, "Vozpópuli" En los años 90, la publicación de "Generación X" convirtió a Douglas Coupland en el gran cronista de los nativos digitales. "Microsiervos" lo confirmó como un escritor con mundo propio, irónico y detallista, gran observador de las ansiedades y los desafíos de la sociedad hiperconectada.
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Seitenzahl: 562
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Douglas Coupland
Microsiervos
Traducción:Juan Gabriel López Guix y Carmen Francí Ventosa
ALIANZA EDITORIAL
Esta nueva edición de Microsiervos en castellano, veintisiete años después de la primera, ha servido para ajustar la traducción a unas realidades que ahora ya nos son familiares. En 1996, la nomenclatura informática aún oscilaba y muchos productos y marcas no eran demasiado conocidos fuera de la sociedad estadounidense y ni siquiera más allá de la cultura nerd reflejada en la obra. Hoy, muchos de los referentes sociológicos y culturales son compartidos o resultan conocidos, por lo que algunas estrategias explicitadoras ya no son necesarias. Nerd, por ejemplo, no necesita glosa alguna, meme se escribe sin comillas, se ha impuesto Silicon Valley en lugar de su traducción Valle del Silicio, hacker (empleado en alguna ocasión como sinónimo de experto en programación) es hoy más bien «pirata informático» y en España todo el mundo sabe lo que es una estantería Billy (a diferencia de lo que ocurría en 1996, cuando IKEA no estaba todavía implantada en el país).
Resulta curioso volver a leer la obra más de un cuarto de siglo después y comprobar con qué precisión y clarividencia Douglas Coupland retrató el futuro, un futuro que a veces incluso es ya pasado.
En 1996, la web tal como la conocemos hoy no existía, de modo que para las tareas de documentación solo dispusimos, como medios modernos, de un módem de 14.400 baudios (0,014 Mb por segundo) y el fax con su papel térmico. El correo electrónico ya se había introducido, pero los protocolos de Internet no estaban estandarizados y las letras y signos no ingleses no se mostraban bien. Eso explica, en la traducción, su ausencia en los mensajes de correo que se intercambian los protagonistas.
Con ocasión de la primera edición (y de la reimpresión de 1998) mostramos nuestro agradecimiento a una serie de personas que nos permitieron sortear las dificultades que planteaba el texto. En primer lugar, David Waid, usuario de Compuserve en Salt Lake City (Utah), cuya generosa colaboración nos fue de enorme utilidad para resolver —prácticamente en tiempo real— la multitud de dudas planteadas por marcas, productos, establecimientos, series de televisión o personajes famosos, asociados muchas veces a actitudes sociales y utilizados en la obra para definir situaciones e individuos. Roger Freixa nos ayudó a resolver dudas relacionadas con la terminología informática. En la edición de 1998, nos beneficiamos de las lecturas de Daniel Urbina, entonces en Microsoft, y de Álvaro Ibáñez (Alvy), que nos iluminó acerca de algún detalle relacionado con Doom y que luego sería uno de los fundadores del influyente blog de ciencia y tecnología bautizado con el nombre de esta misma novela. Javier Guerrero, entre otras cosas, nos creó un .exe para descodificar y volver a codificar el poema oculto en las páginas «binarias», una labor hoy insultantemente fácil (como la mayoría de las búsquedas exigidas por el libro) gracias a las múltiples páginas que realizan ese cometido en la web. En esta tercera visita, estamos en deuda con Susana Valdés y Miguel Sánchez por su lectura especialmente atenta en relación con la actualización de la terminología de la ingeniería y la informática.
[email protected]@uab.es
gracias a:
John Battelle
Elizabeth Dunn
Ian Ferrell
James Glave
James Joaquin
Kevin Kelley
Jane Metcalfe
Judith Regan
Louis Rossetto
Nathan Shedroff
Michael Tchao
Ian Verchere
1. Microsiervos
2. Oop
3. Interioridad
4. Tiempo presencial
5. TrekPolítika
6. Chyx
7. Transhumanidad
Créditos
Esta mañana, justo después de las 11.00, Michael se ha encerrado en su despacho y no ha querido salir.
Bill (¡Bill!) le ha metido una bronca de mil demonios por correo electrónico quejándose de un fragmento de código que había escrito. Si utilizamos como índice las viñetas de la tira cómica Bloom County pegadas a su puerta, Michael es sin lugar a dudas el programador más sensible de todo el Edificio Siete y no acepta las críticas con facilidad. No está nada claro por qué Bill lo ha elegido precisamente a él de entre todos nosotros para abroncarlo.
Hemos supuesto que tiene que haber sido un control de calidad aleatorio para mantener la disciplina entre las tropas. Bill es muy listo.
Bill es sabio.
Bill es amable.
Bill es bueno.
Bill, Sé Mi Amigo... ¡Por favor!
En realidad, Bill nunca había abroncado personalmente a nadie en nuestra planta. El episodio ha tenido un punto de encanto, y todos hemos sentido un poco de envidia. He intentado decírselo a Michael, pero estaba hecho polvo.
Poco antes de la hora de la comida se ha plantado como un pasmarote delante de mi despacho. Estaba pálido como la masa de pan hinchada y de su pelo muy corto caían gotas de sudor que dejaban marquitas húmedas en la moqueta con toques gris ostra y ciruela de Microsoft.
Me ha entregado la impresión del correo de Bill y luego ha entrado dando un brinco en su despacho, donde sigue metido desde entonces.
No ha querido ponerse al teléfono, contestar al correo electrónico ni abrir la puerta. Ha colocado en el pomo un cartel de «No molestar» robado del Boston Radisson durante la Macworld Expo del año pasado. Todd y yo hemos salido al jardín por si podíamos ver algo por la ventana, pero tenía las persianas venecianas bajadas y además un jardinero con un soplador de hojas nos ha echado de ahí con un chorro de hierba segada.
En Microsoft cortan el césped cada diez minutos. Parece un montón de placas verdes de Lego.
Al final, a eso de las 2.30, a Todd y a mí nos ha empezado a preocupar que Michael no hubiera comido nada y hemos ido al Safeway de Bellevue, que está abierto las veinticuatro horas. Hemos comprado alimentos «planos» para poder pasárselos por debajo de la puerta.
En el Safeway no había casi nadie, solo nosotros y unos pocos empleados de Microsoft como nosotros: geeks ansiosos en busca del alimento adecuado. Debido a la cantidad de nerds ricos que viven por aquí, Redmond y Bellevue son zonas muy solicitadas. Los nerds consiguen lo que quieren cuando lo quieren y se ponen como una furia si no lo logran en el acto. Son capaces de obsesionarse muchísimo. Supongo que ese es el problema. Aunque es precisamente esta capacidad de concentración la que hace que sean tan buenos programando: una sola línea cada vez, una línea tras otra en una sucesión de millones de líneas.
Al volver al Edificio Siete, a las 3.00, todavía quedaban unas cuantas personas enfrascadas en su trabajo. Nuestro grupo tiene previsto entregar el producto (RTM: distribución a fabricantes) dentro de once días (confidencial: nunca lo lograremos).
Las luces del despacho de Michael estaban encendidas pero, una vez más, cuando hemos llamado a la puerta, no ha querido atender. Hemos oído el ruido del teclado, por lo que hemos supuesto que seguía vivo. La situación merecía toda una discusión sobre la lógica de Turing: ¿podíamos llegar a saber que la entidad que se encontraba al otro lado de la puerta era humana? Le hemos pasado por debajo de la puerta lonchas de Kraft, crackers Premium Plus, Pop-Tarts, tiras de fruta confitada y golosina líquida.
«¿Crees que alguna de estas cosas transgrede las leyes dietéticas de un geek?», me ha preguntado Todd.
Justo entonces, Karla ha empezado a gritarnos desde el umbral de su despacho, al fondo del pasillo, mientras nos miraba con furia. Tenía los ojos enrojecidos y cansados tras las gafas redondas.
«Lo único que hacéis es fomentar que siga así», ha dicho. Como si estuviéramos alimentando a un mapache o algo así. No creo que Karla duerma nunca. Ha soltado un grito de protesta y ha vuelto a encerrarse dando un portazo. Las puertas son algo importante para los nerds.
El caso es que a esa hora Todd y yo estábamos los dos realmente destrozados. Hemos vuelto a casa a meternos en cama, cada uno en su coche, cruzamos el Campus (veintidós edificios para diversión de los nerds)que está rodeado por árboles de segundo crecimiento de treinta metros de altura, con las calles tranquilas como un vientre materno: la fundición de los sueños más profundos de nuestra cultura.
La neblina flotaba sobre el suelo de los campos de fútbol situados junto a los edificios centrales. He pensado en el correo electrónico, en Bill y todo eso, y he tenido una sensación extraña, he pensado en el modo en que la presencia de Bill flota sobre el Campus, semivisible, constantemente, un poco como el abuelo muerto de las historietas de Family Circus. Bill es una fuerza moral, una fuerza espectral, una fuerza que da forma, una fuerza que moldea. Una fuerza con gafas gruesas, muy gruesas.
Soy [email protected]. Si mi vida fuera un programa del concurso Jeopardy!, mis siete categorías ideales serían:
•productos electrónicos de la marca Tandy
•televisión basura de finales de los setenta y principios de los ochenta
•la historia de Apple
•ansiedades profesionales
•prensa sensacionalista
•vida vegetal del Pacífico Noroeste
•Jell-O 1-2-3
Soy un téster, compruebo que no haya errores de código, y trabajo en el Edificio Siete. He ido subiendo peldaños desde el Servicio de Soporte Técnico (SST), donde en 1991 pasé seis meses en un purgatorio telefónico ayudando a las viejecitas a formatear las direcciones de sus contactos para los correos electrónicos de Navidad con Microsoft Works.
Como la mayoría de los empleados de Microsoft, me considero demasiado equilibrado para este trabajo, a pesar de que tengo 26 años y todo mi universo consiste en mi casa, Microsoft y Costco.
Procedo de Bellingham, justo en la frontera con Canadá, pero mis padres viven ahora en Palo Alto. Yo vivo en una casa compartida con otros cinco empleados de Microsoft: Todd, Susan, Bug Barbecue, Michael y Abe. Nos llamamos el «Equipo de las noticias del Canal Tres».
No tengo pareja. Creo que, en parte, es porque Microsoft no facilita las relaciones. El año pasado, en el Congreso Mundial de Programadores de Apple que se celebró en San José, conocí a una chica que trabaja no demasiado lejos de aquí, en Hewlett-Packard, en la Interestatal 90, pero el asunto no cuajó. A veces parece que empiezo algo, pero luego el trabajo se me echa encima, dejo colgados todos mis compromisos y las cosas se vienen abajo.
Últimamente tengo insomnio. Por eso he empezado a escribir este diario por la noche, para intentar visualizar las pautas de mi vida. De este modo espero llegar a saber cuál es mi problema y, luego, con suerte, resolverlo. Estoy intentando sentirme más adaptado de lo que estoy, algo que forma parte, supongo, de la condición humana. Vivo mi vida día a día, una línea de código sin errores tras otra.
La casa:
De pequeño, construía con piezas de Lego casas de estilo rancho con diferentes niveles. La casa donde vivo ahora es algo así, aunque por dentro está lejos de poseer la esterilizada atmósfera del Lego. Se construyó hace unos veinte años, quizás antes incluso de que Microsoft estuviera en fase de proyecto, cuando esta parte de Redmond tenía un aire de remoto refugio alpino.
En lugar de elevarse sobre una pieza de plástico verde con botones, nuestra casa lo hace sobre un terreno densamente arbolado situado junto a un parque, en un callejón, en lo alto de una empinada colina. A solo siete minutos del Campus. Hay otras dos casas compartidas de empleados de Microsoft al pie de la colina. Karla vive en la tercera casa bajando, al otro lado de la calle.
La gente acaba compatiendo casa; las casas se encuentran por correo electrónico o porque se corre la voz. Compartir casa es un poco como admitir que no tienes demasiado éxito en el apartado «vida propia», pero en el trabajo te pasas toda la vida picando código y comprobando que no haya errores, así que, ¿qué más se supone que tienes que hacer? Trabajar, dormir, trabajar, dormir, trabajar, dormir. Conozco a unos cuantos empleados de Microsoft que intentan fingir que poseen vida propia: muchos garajes de Redmond contienen un kayak que acumula polvo. Preguntas a la gente qué hace en el tiempo libre y te dice: «Bueno, practico kayak. Sí, salgo en kayak siempre que puedo». Sabes que fingen.
Ni siquiera practico ya mucho deporte y mi relación con mi cuerpo se ha vuelto un tanto extraña. Antes iba a jugar al fútbol tres veces por semana, pero ahora me siento como un jefe que tuviera a su cargo a un empleado poco eficiente. Siento que mi cuerpo es un coche familiar en el que llevo mi cerebro, como una madre de clase media que lleva a los niños al entrenamiento de hockey.
La casa está revestida con paneles de cedro oscuro. En la parte delantera hay una miniatura de césped lleno de diminutos círculos amarillos, como los que dejan los ovnis en los trigales, producto de los excesos alimentarios de Mishka, la pastor alemán de nuestro vecino. Bug Barbecue tiene una pequeña estación meteorológica (embudos, tiras de papel tornasol y demás) clavada a la pared de la puerta principal. Un parterre de petunias (un intento de embellecimiento de Susan) marchitas desde hace mucho tiempo por culpa de la falta de cuidados nos deprime cada mañana al salir a trabajar: está en la estrecha franja de suelo entre el camino de entrada y los círculos extraterrestres de Mishka.
Abe, nuestro multimillonario residente, cubría antes las ventanas de su dormitorio con papel de aluminio para que no entraran los pocos rayos de sol que atraviesan los árboles, pero le dimos tanto la lata que fue al Pay ‘n Save, compró un montón de cartulinas negras y las pegó con cinta adhesiva a las ventanas. Daba la impresión de que ahí vivía un vagabundo. La única contribución de Todd al aspecto exterior de la casa es una colección de accesorios para lavar el coche que a veces aparecen junto a la puerta del garaje. La única prueba de que vivo allí es mi AMC Hornet Sportabout de 1977 de tres puertas aparcado delante cuando estoy en casa. Es de color anaranjado brillante, está oxidado y —maldita sea, lo reconozco— es muy feo.
El infierno de la entrega ha continuado también hoy. Trabajo, trabajo, trabajo. Nunca lo lograremos. ¿Lo he dicho ya? ¿Por qué subestimamos siempre nuestros plazos de entrega? No lo entiendo. He entrado a las 9.30; he salido a las 23.30. Una pizza de Domino’s para cenar. Y tres Coca-Colas light.
Me he aburrido varias veces a lo largo del día y me he dedicado a consultar el WinQuote: es la extensión que actualiza constantemente el valor de Microsoft en el índice NASDAQ. Era sábado y no había ningún cambio, pero no me acordaba. La costumbre. ¿Provocarían alguna fluctuación las bolsas de Tokio o Hong Kong?
La mayoría de los empleados echa un vistazo a WinQuote varias veces al día. Bueno, si tienes 10.000 acciones (y hay toneladas de empleados que tienen muchas más) y el precio sube un pavo, te sacas diez de los grandes; pero si baja dos dólares, pierdes veinte de los grandes. Es un auténtico yoyó psicológico. El primero de abril del año pasado a alguien se le ocurrió la inocentada de hacer fluctuar el precio unos cincuenta dólares, y a la mitad del personal le dio un infarto.
Como yo he empezado muy abajo en la cadena trófica y he ido escalando puestos, no me han ofrecido muchas opciones de compra de acciones, como sí les pasa a los programadores y diseñadores de sistemas, a quienes inundan con opciones cuando empiezan. Las opciones que tengo no rendirán hasta dentro de dos años y medio (las opciones tardan cuatro años y medio en rendir plenamente).
Las opciones de Susan vencen al final de esta semana y piensa hacer una fiesta. Y luego piensa largarse. Hay en juego grandes fuerzas sociales que amenazan con disolver nuestro grupo.
Las acciones subieron 1,75 dólares el viernes. Bill tiene 78.000.000 acciones, lo cual significa que ahora es 136,5 millones de dólares más rico. Yo casi no tengo acciones, lo cual significa que soy un perdedor.
Actualización de noticias: Michael ya ha salido de su despacho. Es como si nunca hubiera tenido su episodio geek. Se ha pasado el día durmiendo (algo habitual en Microsoft) con su T-Rex inflable de Parque jurásico como almohada. Al despertarse, a primera hora de la tarde, me ha dado las gracias por haberle llevado los productos Kraft, y ahora dice que no piensa comer nada que no sea completamente bidimensional. «Ich bin ein Flatländer», me ha dicho mientras hojeaba la impresión utilizada para buscar errores en el código que había estado picando. Karla me ha dirigido desde su despacho unos chasquidos de enfado con la lengua. A lo mejor está enamorada de Michael.
Más detalles de nuestra casa compartida: Nuestra Casa de Movilidad Caprichosa.
Como la casa casi no recibe sol, el musgo y las algas tienden a colonizar todas las superficies que quedan a su alcance. Hay un cerezo afectado por un hongo. La galería de atrás, hecha tablones sin tratar, se ha ido pudriendo poco a poco, y la puerta corredera de la cocina está atrancada con un palo de hockey para impedir que los incautos se despeñen en el abismo suburbano.
El camino de entrada tiene seis coches. El Supra rojo cereza de Todd (su vida, lo poco que queda de ella), mi Hornet calabaza y cuatro Microsoftmóviles grises sin personalidad: un Lexus, un Acura Legend y dos Tauri (el plural nerd de Taurus). Me apuesto a que si Bill fuera a trabajar en un coche en miniatura Shriner, todos los demás también lo harían.
Dentro, cada uno tiene su dormitorio. Debido a la rotación a lo McDonald’s de los habitantes de la casa, las habitaciones comunes (sala de estar, cocina, comedor y sótano) son tristes, por no decir algo peor. La atmósfera de residencia de estudiantes impide grandes ideas de diseño interior. En la sala de estar hay dos sofás de pana demasiado grandes y demasiado feos como para que se los llevaran algunos inquilinos desaparecidos hace mucho tiempo. Esparcidos por la alfombra polinesia verde de pelo largo hay:
•dos cojines de playa hinchables Microsoft Works PC
•un televisor en color Mitsubishi de 27 pulgadas
•varios frascos de vitaminas
•varias cajas de complementos alimenticios (mías)
•Ochenta y seis ejemplares de MacWEEK dispuestos en orden cronológico por Bug Barbecue, que enloquecería si alguien se atreviera a sacarle un número de sitio
•seis saquitos para hacer juegos malabares de Microsoft Project 2.0
•juguetes de goma en forma de hueso para las visitas de Mishka
•dos ordenadores portátiles PowerBook
•tres tazas altas de IKEA con incrustaciones del batido que causó furor el mes pasado
•dos mancuernas de cinco kilos (de Susan)
•una caja de Windows NT
•tres gorras de béisbol (dos de los Mariners, una de los As)
•el álbum de cromos de Battlestar Galactica, de Abe
•el montón de libros de Todd sobre ¡cómo cambiar tu vida y triunfar! (Salda tus cuentas con el pasado, siete costumbres de las personas muy eficientes...)
La cocina está equipada con destartalados accesorios color verde aguacate de los años setenta. Casi se puede oír al fantasma de Emily Hartley, la modélica ama de casa de The Bob Newhart Show, gritando «¡Hola, Bob!» cada vez que alguien abre la puerta de la nevera (un mar de imanes y fotos 10 × 15 de las fiestas del año pasado).
Nuestro correo está amontonado en pequeñas pilas junto a la puerta de entrada: facturas, correo basura relacionado con Star Trek y la pila de catálogos al lado del teléfono.
Creo que, si pudiéramos encargar nuestra vida a través de los teléfonos gratuitos de prefijo 1-800, lo haríamos.
Mi madre ha telefoneado desde Palo Alto. En esta época del año siempre llama mucho. Llama porque quiere hablar de Jed, pero en la familia nadie es capaz de hacerlo. Es como si lo hubiéramos borrado.
Tenía un hermano más pequeño llamado Jed. Se ahogó mientras daba un paseo en bote por el estrecho de Juan de Fuca cuando yo tenía 14 años, y él, 12. Una víctima más en las estadísticas del Día del Trabajo.
Hasta la fecha, cualquier cosa que me recuerde el Día del Trabajo me pone la carne de gallina: el olor del salmón a la barbacoa, los salvavidas, los informes de tráfico de la Interestatal emitidos desde el helicóptero de tráfico por la radio local, los lunes festivos. Pero ahí va un secreto: mi contraseña en el correo electrónico es holajed. Así que pienso en él todos los días. Era mucho mejor que yo con los ordenadores. Era mucho más nerd que yo.
Hoy mi madre tenía buenas noticias. Mi padre está citado el lunes a una reunión importante en su compañía. Piensan que es un ascenso por lo bien que lo ha estado haciendo la división de IBM en la que trabaja (según los baremos de la casa: no pierde dinero por un tubo). Dice que me mantendrá informado.
Susan ha pegado notas impresas con láser en las puertas de los dormitorios recordándonos que la fiesta es este jueves («Fiesta de Gracias a la Acción 1993»), lo cual es una indirecta para que limpiemos la casa. La mayoría trabajamos en el Edificio Siete; el infierno de la entrega ha producido una grave crisis en los programas de limpieza.
Susan tiene 26 años y trabaja en Aplicaciones Mac. Si Susan fuera una concursante de Jeopardy!, su tabla de categorías ideales sería:
•lenguaje ensamblador 680X0
•gatos
•grupos de guaperasde principios de los ochenta
•«mi aventura secreta con Rob del Grupo de Excel»
•frases de las matrículas de Estados Unidos
•guiones de la serie The Monkeys
•la muerte de IBM
Susan es una niña IBM y odia a esa compañía con furia. Según ella, es responsable de haberle arruinado la juventud trasladando a su familia ocho veces antes de que ella terminara el instituto; para acabar de rematarlo, la empresa despidió a su padre el año pasado durante una oleada de reestructuraciones. Así que, a sus ojos, cualquier catástrofe que le suceda a IBM nunca será lo bastante grave. Un amigo diseñador gráfico le hizo unas camisetas que dicen: «IBM: más débil que un pajarito, más tonto que un percebe». Todos las llevamos. Le regalé una a mi padre las últimas Navidades, pero su reacción no fue demasiado entusiasta. (Yo no soy un niño IBM: mi padre daba clase en la Universidad de Washington Occidental hasta que la sirena de la industria lo atrajo a Palo Alto en 1985. Algo muy de los ochenta.)
Susan es una verdadera máquina de programar; pero sus aptitudes están completamente desperdiciadas rehaciendo programas anticuados para algo así como la versión Mac noruega de Word 5.8. La ética laboral de Susan resume perfectamente la ética de la mayoría de los empleados de Microsoft que he conocido. Recuerdo una conversación que mantuvo sobre el tema con su hermana pequeña hace dos semanas y es más o menos como sigue: «El asunto nunca ha sido: “Estamos haciendo esto por el bien de la sociedad”. Siempre se ha tratado del orgullo intelectual de sacar un buen producto... y ganar dinero. Si colocar un ordenador en todos los despachos y casas no produjera dinero, no estaríamos haciéndolo».
Eso resume la mentalidad de la mayoría de la gente de Microsoft que conozco.
Microsoft, como cualquier empresa, es un parque temático de escalafones. He aquí un rápido informe:
•los proyectos rentables son galácticamente superiores en el escalafón a los proyectos perdedores (menos rentables)
•Microsoft at Work (Digital Office) es lo más atractivo del momento. A las compañías de la lista Fortune 500 se les cae la baba por el DO porque les permite reducir millones de trabajadores. El DO te permite operar desde el PC todo el material de oficina: fax, teléfono, fotocopiadora...
•los productos de éxito como Word son rentables pero no se consideran el último grito
•trabajar en el Campus supone un escalafón superior a estar relegado a una de las Siberias exteriores al mismo
•tener hardware con Pentium (montado por piezas personalmente) en tu despacho es superior a tener un cacharro 486
•poseer conocimientos técnicos puntúa bastante
•ser arquitecto de software también puntúa mucho
•tener contactos billcéntricos puntúa muchísimo
•acabar tu producto a tiempo es quizás lo más (insértese aquí una oleada de ansiedad). Si acabas a tiempo, te dan un Premio de Entrega: una placa de Lucite de 30 × 40 × 2 centímetros (debes fingir que no le das importancia). Michael tiene una, y hemos intentado varias veces destruirla: quemándola, lanzándola por el porche, sumergiéndola en acetona para disolverla. Nada funciona. Es tan permanente que da miedo.
Más perfiles del resto de los compañeros de la casa:
Primero Abe. Si Abe fuera un concursante de Jeopardy!, sus siete categorías ideales serían:
•lenguaje ensamblador Intel
•compras al por mayor
•C++
•introversión
•«Me gusta mi acuario»
•cómo tener millones de dólares y que eso no te afecte en la vida
•ropa sucia
Abe es como el banquero del Monopoly de la casa. Recoge todos los meses nuestros cheques para el casero, 235 dólares por cabeza. El tipo tiene millones y ¡vive de alquiler! Lleva en la casa desde 1984, cuando la alquiló recién salido del MIT. (Los demás llevamos aquí, de media, unos ocho meses cada uno.) Tras diez años programando, Abe no muestra por ahora signos de tener una vida propia. Parece satisfecho de estar a punto de llegar a los 30 (dentro de cuatro meses) sin otra cosa en su haber que una variedad de artilugios electrónicos último modelo y cajas de productos comprados en Costco en arrebatos de locura adquisitiva a escala de hipermercado. («¡Diez mil pajitas! Imagina, solo valían diez dólares. No tendré que volver a comprar un paquete en toda mi vida.») Esos productos se alinean en las paredes de su habitación y le dan un aspecto de refugio antiaéreo.
Detalle adicional: en todas sus pantallas hay marcas secas de restos de estornudo. Ya podría comprarse veinticuatro botellas de limpiacristales Windex.
El siguiente, Todd. Las siete categorías de Jeopardy! de Todd serían:
•tu cuerpo es tu templo
•gorras de béisbol
•comidas hechas con combinaciones de productos Costco
•padres psicóticamente religiosos
•sexo frecuente y superficial
•adicción a la consola de juegos SEGA Genesis
•el Supra
Todd trabaja conmigo como téster. Es muy joven, tiene 22 años, la edad que antes tenían todos los empleados de Microsoft. Sus únicos intereses son las chicas, la búsqueda de errores de código, el Supra y su cuerpo, que perfecciona religiosamente en el gimnasio Pro Club y al que alimenta con quesadillas de mantequilla de cacahuete, plátanos y bebidas enriquecidas con proteínas.
Desde un punto de vista histórico, Todd está vacío. No conoce el pasado ni le importa. Lee Car and Driver y recibe tres llamadas semanales de sus padres, que creen que los ordenadores son «la caja vocal del Demonio» e intentan convencerlo de que vuelva a casa, a Port Angeles, y hable con el pastor de jóvenes.
Todd es el más divertido de los miembros de la casa porque es todo impulso y nada reflexión. También es el único que suele tener ropa limpia.
En caso de apuro, siempre puedes pedirle una camisa que no esté sucia.
Las siete categorías de Bug Barbecue serían:
•amargura
•nostalgia de Xerox PARC
•productos Macintosh
•más amargura
•amigos perdedores psicóticos
•jazz
•más amargura todavía
Bug Barbecue es el Hombre Más Amargado Del Mundo. Se dedica (como su nombre indica) a buscar bugs, es téster; trabaja conmigo en el Edificio Siete. Su factor «vida propia» posee un valor cercano a cero. La suya es la habitación más pequeña y oscura de toda la casa, y en ella mantiene dos pequeños altares: su Sinclair ZX-81 (su primer ordenador) y la supermodelo Elle MacPherson. La modelo se asustaría si viera los centenares de pequeñas fotos, las monedas, las velas y las notitas que escribe en su honor.
Bug tiene 31 años y se lo dice a todo el mundo. Si alguna vez le preguntamos algo del estilo: «Eh, Bug, ¿has visto el volumen 7 de mi Inside Mac?», hace una mueca de desprecio y contesta: «Está claro que perteneces a la generación que nunca se ha construido su propia placa base ni ha tenido que inventarse su propio lenguaje».
Oye, Bug, nosotros también te queremos.
Sin embargo, a Bug nunca le ofrecen acciones de la compañía. Cuando llega el día de pago y en nuestros casilleros aparecen esos sobres blancos con la inscripción en rojo «Personal y confidencial» y las opciones de compra de acciones en su interior, el de Bug siempre está, ay, vacío. A lo mejor están intentando deshacerse de él, pero es casi imposible despedir a alguien en Microsoft. Supongo que en administración se vuelven locos. Contrataron a 3.100 personas solo en 1992, y es evidente que no todos son una joya.
Aunque parezca extraño, Bug es un devoto de Microsoft. Es como si cuanto más pasaran de él, más rabiosamente se dedicara a defender el honor corporativo. Si valoras tu tiempo libre, no te enzarces en una discusión con él acerca del famoso pleito Look and Feel de Apple contra Microsoft, ni sobre ninguna de las decisiones de la Comisión Federal de Comercio ni del Departamento de Justicia:
«Esos imbéciles que se dedican a poner demandas me sacan de quicio. Me gustaría que compitieran en el mercado, donde de verdad hay que hacerlo, en lugar de ser unos cobardicas y lloriquear para conseguir ayudas del gobierno para competir...».
El que avisa no es traidor.
Por último, Michael. Las siete categorías de Michael serían:
•FORTRAN
•Pascal
•Ada (lenguaje de programación de Defensa)
•LISP
•Neil Peart (batería de Rush)
•ganadores de los premios Nébula y Hugo
•Lancelot del Lago
Michael es lo más parecido que conozco a alguien que vive en un estado místico. Vive para ensamblar elegantes cadenas de instrucciones de código. Es como un Mozart entre Salieris: entra en los despachos donde están escribiendo líneas de código en las pizarras blancas y se dedica a optimizarlo todo como si nada, sin dejar de hablar con la gente, como si alguien hubiera escrito unas instrucciones equivocadas sobre el modo de ir a la playa y se limitara a corregirlas para que no se perdieran.
A menudo utiliza soluciones de baja tecnología para problemas de alta tecnología: los palitos de polo, las gomas elásticas y los trocitos de papel alrededor del alambre doblado de una percha lo ayudan a resolver complejos problemas de matrices. Cuando se trasladó al nuevo despacho con ventana (buen programador, buen despacho), tuvo que poner notas adhesivas en sus artilugios indicando «No es arte» para que los encargados de la mudanza no los colocaran en las vitrinas del vestíbulo central.
Esta mañana, antes de ir a la oficina, he leído un detallado artículo sobre el divorcio de Burt Reynolds y Loni Alexander en la revista People. De este modo se han echado a perder 1.474.819 células cerebrales que podrían haberse dedicado a buscar una fórmula para conseguir la paz mundial. ¿Son análogas la memoria del ordenador y la memoria humana? Michael debe de saberlo.
Al mediodía he ido con la bici de montaña a las oficinas de Nintendo, al otro lado de la Interestatal 520.
Debo reconocer que nunca he estado en la sede sudafricana de, por ejemplo, Sandoz, pero apuesto a que se parece un montón a las oficinas de Nintendo: edificios de aspecto industrial de dos plantas con ventanas negras a lo Estrella de la Muerte y un paisaje de árboles alrededor del aparcamiento que parecen colocados en su sitio con un ratón. Es casi idéntico a Microsoft, salvo que Microsoft utiliza vidrio de color verdemar en las ventanas y tiene grandes campos de fútbol por si alguna vez necesita terreno para hacer ampliaciones.
He estado jugando un rato con una pelota de footbag con mi amigo Marty y algunos de sus amigos tésters durante la hora de la comida. El domingo es un gran día para los chicos que llevan las líneas telefónicas de atención al cliente porque toda la juventud norteamericana no tiene colegio y está utilizando su producto. En Nintendo son jovencísimos. Es como si estuvieran en el año 1311, cuando cualquiera con más de 35 años estaba muerto o tullido y desaparecía del mapa.
Nos hemos enzarzado en una gran discusión sobre la clase de software que tendrían los perros si supieran diseñar. Marty ha sugerido programas de marcado del territorio con simuladores de meadas e interfaces de lametazos. A Antonella se le ha ocurrido el Buscahuesos. A Harold, un sistema de CAD para remodelar casetas. Todo muy cartográfico/hipersensorial: visual a tope.
Al final ha salido, cómo no, el tema de los programas para gatos. Antonella ha sugerido un programa de agenda personal que diga al mundo: «No, no tengo ganas de que me acaricien. Ah, y toma nota de todas mis llamadas». Yo he sugerido un programa que duerme todo el rato.
En cualquier caso, está bien ser humano. Diseñamos hojas de cálculo, programas de dibujos y equipo de tratamiento de textos. Y eso es indicativo del lugar en el que estamos como especie. ¿Qué es la búsqueda de la próxima gran aplicación sino la búsqueda de la identidad humana?
Me ha gustado ir a Nintendo, donde todo el mundo es un poco más joven y moderno que en Microsoft y están metidos de verdad en el rollo de Seattle. En Microsoft todo el mundo parece viejo, viejo de 31,2 años, literalmente, y eso se nota.
Hay en el Campus una ausencia misteriosa, como de ciencia ficción, de todo el que no parezca tener 31,2 años. Es algo opresivo. Parece como si desde la semana pasada todo el mundo se hubiera vuelto loco por las camisetas de canalé compradas en Gap. Ahora están todos comprando los mismos apartamentos gris perla con 3 dor./2 b. en Kirkland.
Por naturaleza, los microsiervos están condenados a realizar las cosas típicas de los que tienen 31,2 años: la primera casa, el primer matrimonio, la crisis «qué hago con mi vida», el adiós al Miata/bienvenido el monovolumen y, por supuesto, la gran negación de la muerte. Hace unos meses murió de cáncer un vicepresidente de Microsoft y daba la impresión de que no podías mencionar el tema. Punto. Las tres cosas de las que no se puede hablar en el trabajo: la muerte, los sueldos y tus opciones de compra de acciones.
Tengo 26 años y todavía no estoy preparado para cumplir los 31,2.
Últimamente he estado pensando bastante en esto de la negación de la muerte. Septiembre siempre me hace pensar en Jed. Es como si estuviera rondando por ahí el Jed virtual que podría haber sido. A veces lo veo cuando paso con el coche junto al mar; lo veo de pie sobre un tronco, sonriendo y haciéndome señas; lo veo cabalgando sobre una orca en el puerto, frente a la parte baja de la ciudad, mientras estoy atascado en medio del tráfico en el viaducto de la autopista de Alaska. O lo veo caminando delante de mí en el restaurante Space Needle, siempre dando la vuelta a la esquina.
Me gustaría creer que Jed es feliz en el otro mundo, pero, como me educaron sin creencias religiosas, no tengo imágenes propias del más allá. En otro tiempo, intenté convencerme de que no hay vida después de la muerte, pero he descubierto que soy incapaz, así que supongo que intuitivamente siento que hay algo; aunque el caso es que no sé cómo empezar a descubrir cómo son esas imágenes.
En las últimas semanas, he estado preguntando disimuladamente a la gente que conozco cómo imagina el más allá. No puedo sacar el tema de entrada y preguntarlo directamente porque, como digo, la muerte es tema tabú en Microsoft.
Los resultados han sido bastante descorazonadores. Diez personas encuestadas y ni una sola imagen. Ni un ángel o una luz brillante, ni siquiera una mísera pastilla para encender barbacoas. Cero.
Todd estaba más preocupado por los asistentes a su funeral.
Bug Barbecue me soltó un rollo depresivo diciéndome que, si los elementos constitutivos de su personalidad no estaban juntos antes de que naciera, ¿por qué tenía que preocuparse de lo que les pasara después?
Susan ha cambiado en el acto de tema. («Pues lo tiene crudo Louis Gerstner, el nuevo jefe de IBM, ¿no?»)
A veces, en la cocina del trabajo, cuando estoy rodeado de cajas llenas de refrescos ofrecidos por cortesía de Bill, no puedo evitar preguntarme si el entusiasmo empresarial de Microsoft por el reciclado de aluminio, plástico y papel no es una sublimación del deseo oculto de inmortalidad de todo el personal. O si todo este rollo de Bill no es la fabricación inconsciente de Dios.
De vuelta de Nintendo he estado pedaleando por el Campus, retrasando mi regreso al infierno de la entrega. He visto un grupo de deadheads buscando hongos mágicos por el césped oeste junto al bosque rebrotado. El otoño está a la vuelta de la esquina.
Los árboles del Campus están perdiendo las hojas. Esta primavera y verano ha hecho un tiempo extraño. El periódico dice que los árboles están confundidos y se están deshojando antes de tiempo.
Todd estaba en el césped principal entrenándose con el equipo de frisbee de Microsoft. Los he saludado. Todos parecían tan jóvenes y sanos... Me he dado cuenta de que Todd y su cohorte de veinteañeros son la primera generación de Microsoft: el primer grupo de personas que no han conocido nunca un mundo sin un entorno MS-DOS. El tiempo vuela.
También son la primera generación de empleados de Microsoft que se enfrenta a unas opciones de compra reducidas y, para colmo, a un estancamiento en los precios de las acciones. Supongo que eso los convierte en simples empleados, como los de cualquier otra compañía. Bug Barbecue y yo nos preguntábamos la semana pasada lo que pasará cuando esta nueva hornada de trabajadores alcance el inevitable Cansancio de los Siete Años del Programador. Y al final no tengan dos millones de dólares con los que irse a Hawái y montar una tienda de cebos en Hilo, como han hecho los veteranos de Microsoft. No todos pueden pasar a puestos de dirección.
Descartado.
No nos engañemos: siempre estamos al borde de caer en un trabajo de telemárketing. Todos los que conozco en la compañía tienen un tiempo estimado de partida y en todos es menor de cinco años. Debe de haber sido algo tan raro vivir como lo hizo mi padre, pensando que tu empresa iba a cuidar de ti para siempre...
Unos instantes más tarde he topado con Karla, que cruzaba el césped oeste. Camina muy rápido y es muy pequeña, como una niña.
A los dos nos ha resultado extraño vernos fuera de las paredes color avena y la moqueta color ostra del despacho. Nos hemos detenido, nos hemos sentado en el césped y hemos charlado un rato. Compartíamos la sensación de estar conspirando por no estar dentro ayudando a cumplir el plazo previsto.
Le he preguntado si estaba buscando hongos con los deadheads, pero me ha dicho que estaba volviéndose loca en el despacho y que acababa de salir a tomar el aire un rato por el bosque que hay junto al Campus. He pensado que era un aspecto inusual de su personalidad, visto lo tímida y lo dada a encerrarse que parece. Me he alegrado de encontrarla y de, por una vez, no tenerla gritándome para que dejara de molestar. Hemos trabajado a unos diez despachos de distancia durante medio año y nunca habíamos hablado.
Le he enseñado un trozo de corteza de abedul que había pelado de un árbol frente al Edificio Nueve y ella me ha mostrado unas hojas de zumaque glabro que había encontrado en el bosque. Le he contado la conversación que habíamos tenido Marty, Antonella, Harold y yo acerca de los perros y los gatos en las mesas de pícnic para el personal de Nintendo. Se ha tumbado en la hierba y se ha quedado pensando, así que yo también me he echado. El sol calentaba y era agradable. Me he quedado mirando el cielo y escuchándola. Me ha sorprendido.
Ha dicho que nosotros, los seres humanos, llevamos la carga de tener que ser todos los animales del mundo metidos en uno solo.
Ha dicho que no poseemos realmente una identidad propia.
Ha dicho: «¿Qué es el comportamiento humano sino el intento de demostrar que no somos animales?».
Ha dicho: «Creo que nos hemos alejado tanto de nuestros orígenes animales que nos empeñamos en crear una nueva identidad supraanimal».
Ha dicho: «¿Qué son los ordenadores sino la Máquina Pananimal?».
No podía creer que hablara de ese modo. Parecía un episodio de Star Trek hecho carne. Ha sido como si cayera por un agujero muy hondo mientras su voz me hablaba, pero entonces ha pasado un abejorro zumbando y ha atraído nuestra atención, con esa curiosa capacidad que tienen las cosas que vuelan.
Ha dicho: «Imagina que eres una abeja y que vives en una gran colmena. No tendrías ni idea de que el mañana fuera a ser de algún modo diferente al hoy. Si regresaras a la misma colmena mil años más tarde, tendrías la misma percepción del mañana como algo que nunca va a ser diferente. Los seres humanos somos completamente distintos. Damos por supuesto que el mañana es otro mundo».
Le he preguntado que a qué se refería y me ha dicho: «Me refiero a que los animales viven con otro sentido del tiempo. Nunca podrán tener un sentido de la historia porque no pueden ver ninguna diferencia entre el hoy y el mañana».
He empezado a hacer malabarismos con unas piedrecitas que he encontrado a mi lado. Ha dicho que no sabía que supiera hacer juegos malabares y le he contestado que era algo que había aprendido por ósmosis en mi último grupo de producto.
Nos hemos levantado y hemos regresado juntos al Edificio Siete. He vuelto empujando la bicicleta. Hemos regresado el serpenteante sendero blanco de hormigón salpicado de guano de cuervo, pasando junto a las fuentes y luego entre las cicutas y los abetos.
Ahora las cosas parecen diferentes entre nosotros, como si de algún modo nos hubiéramos puesto de acuerdo para estar de acuerdo. Qué flaca es. Creo que mañana voy a llevarle algo de picar al trabajo.
Espero que no sea como alimentar a un mapache.
He trabajado hasta pasada la medianoche y he vuelto a casa. Me he duchado. Tres boles de Corn Flakes y deportes en el canal por cable ESPN. Para mí los días entre semana no son diferentes de los fines de semana. Un día de estos me largaré a un lugar bonito, como la isla Whidbey, y me dedicaré a vegetar dos días enteros.
Todd está optimizando código esta semana y, de paso, ha inventado lo que llama un «Emulador de Prince»: un programa que convierte cualquier cosa que escribas en el título de una canción de Prince, el Funkmeister de Minnesota. Lo he probado utilizando parte de lo que he escrito hoy.
1s instanTs + tarD E topado kon Karla, q kruzaba el CsPd oesT. Kmina muy ráπdo & es muy Pkenna, komo una ninna.
A los 2 nos A resultado ekstranno Brnos fuera D l♠ pareDs kolor aBna & la moketa kolor ostra del Dspacho. Nos Emos DTnido, nos Emos sentado en el CsPd & Emos charlado 1 rato. Kompartíamos la sensación D Estar konsπrando × no estar Dntro ayudando a kumplir el plazo previsto.
Le E preguntado si estaba busKndo Ongos kon los DdGds, Pro me A dicho q estaba volviéndose loK en el Dspacho & q aKbaba D salir a tomar el aire 1 rato × el boske q Ay j1to al Kmpus. E Pnsado q era 1♠ Pkto inusual D su Prsonalidad, bueno, × lo tímida & lo dada a enCrrarse q pareC. Me alegré D enkonarla y D, × 1a Bz, no Tnerla gritándome para q Djara D molestar. Emos trabajado a 1s 10 Dspachos D distancia duranT 1/2 anno & nunK Abíamos Ablado en serio.
Le E ensennado 1 trozo D korTza D aBdul q Abía Plado D 1 árbol frenT al Edificio 9 & ella me A mostrado 1♠ Oj♠ D zumake glabro q Abía enkontrado en el boske. Le E kontado la disQsión q Marty, Antonella, Harold & yo Abíamos sosTnido aCrK D los Prros & los gatos en l♠ mes♠ D πknik para el Prsonal D Nintendo. Se A tumbado en la Ierba & se A kedado Pnsando, ♠í q yo también me E echado. El •Klentaba & era agradable. Me E kedado mirando el •& oyendo sus palabr♠. Me A sorprendido.
A dicho q nosotros, los seres U☞s, llevamos la karga D Tner q ser todos los animales Dl mundo meti2 en 1 •o.
A dicho q no poseemos realmente la iDntidad proπa.
A dicho: «¿ké es el komportamiento sino el intento D Dmostrar q no somos animales?».
A dicho: «kreo q nos Emos alejado tanto D nuestros oríGnes animales q nos emPnnamos en krear una nueva iDntidad supraanimal».
A dicho: «¿ké son los orDnadores sino la Mákina Pananimal?».
No podía kreer q Ablara D S modo. Parecía 1 eπsodio D Star Trek Echo Krne. A sido komo si Kyera × 1 agujero muy Ondo mientr♠ su voz me Ablaba, Pro entonCs A p♠ado 1 aBjorro zumbando & A atraído nuestra aTnción komo •o pueDn ACrlo l♠ kos♠ q vuelan.
A dicho: «Imagina q eres la aBja & q viBs en la gran kolmena. No Tndrí♠ ni idea D q el mannana fuera a ser en algún modo diferenT al Oy. Si regresar♠ a la misma kolmena 1.000 annos + tarD, Tndrí♠ la misma PrCpción Dl mannana komo algo q nunca va a ser diferenT. Los seres U☞s somos kompletamenT distintos. Damos × supuesto q el mannana es otro mundo».
Le E preguntado q a ké se rFría & me A dicho: «Me refiero a q los animales viBn kon otro sentido Dl tiempo. Nunk podrán Tner 1 sentido D la Istoria porke no pueDn Br ninguna diferencia entre el Oy & el mannana».
E emPzado a Acer malabarismos con 1♠ πedrecit♠ q E enkontrado a mi lado. A dicho q no sabía q suπera Acer malabarismos & le E dicho q era algo q Abía aprendido × ósmosis en mi último grupo D produkto.
Nos Emos levantado & Emos regresado juntos al Edificio 7. E vuelto empujando la bicicleta. Emos regresado × el serPnTanT senDro blanko D Ormigón salπKdo D guano D kuervo, p♠ando junto a l♠ fuenTs & luego entre l♠ cikut♠ & los aBtos.
He releído la versión Prince y me he dado cuenta de que, a partir de cierto punto, el lenguaje real se descompone en código de encriptación; japonés.
¡Han despedido a mi padre! Esta reestructuración de plantilla nos ha cogido completamente por sorpresa.
Mi madre ha llamado a eso de las 11.00 y ha estado solo diez minutos al teléfono para darme la noticia. Tenía que volver con mi padre, que estaba en el jardín de atrás, conmocionado, mirando en dirección a Silicon Valley. Me ha dicho que seguiremos hablando mañana. Cuando he colgado el teléfono, tenía la cabeza a punto de estallar.
Han llegado los resultados de las pruebas nocturnas de estrés (las pruebas que hacemos para intentar localizar errores de código) y había cinco interrupciones. ¡Cinco! He tenido que dejar colgado el trabajo del día. Faltan nueve días para que venza el plazo.
Fantástico.
He telefoneado a Susan a Aplicaciones Mac. La noticia de mi padre era demasiado importante para usar el correo electrónico, así que hemos comido juntos en la gran cafetería del Edificio Dieciséis, que parece la feria gastronómica de cualquier centro comercial mínimamente decente. Hoy era el día del arroz glutinoso mogol.
A Susan apenas le ha sorprendido que IBM haya despedido a mi padre. Me ha contado que cuando estuvo fugazmente en el equipo de la versión 1.0 de OS/2, la enviaron a la delegación de Boca Ratón durante dos semanas. Al parecer, IBM estaba preguntando a la gente del departamento de entrada de datos si quería recibir formación para ser programadores.
«Si no hubieran estado haciendo esa mierda, tu padre no estaría ahora sin trabajo.»
He estado pensando: recibo demasiados mensajes por correo electrónico, unos sesenta al día. Una cifra típica en Microsoft. El correo electrónico es como las autopistas: si se construyen, se llenan de tráfico.
Soy adicto al correo electrónico. En Microsoft todos son adictos. El futuro del uso del correo electrónico está construyéndose aquí. Lo bueno del correo electrónico es que, cuando se envía, no hay posibilidad de conectar con la persona que está al otro lado. Es mejor que los contestadores automáticos, porque, con ellos, la persona que recibe la llamada podría contestar al teléfono y uno tendría que hablar.
Lo corriente es que todo el mundo reciba un 40 % de borrado inmediato, de mensajes que se pueden borrar en el acto porque tienen una frase frívola a modo de firma. Lo que uno lee del 60 % restante depende de la cantidad de vida propia que tenga. Cuanta menos vida, más correo lees.
Abe ha desarrollado un software «basado en reglas» que prevé sus preferencias y filtra y borra el correo de modo automático. Supongo que es algo así como el programa de agenda personal para gatos de Antonella.
Después de comer, he bajado con el coche por la calle 156 para ir al supermercado japonés Uwajima-Ya y le he comprado a Karla unos rollitos de algas y pepino.
También venden hojas de papel para papiroflexia, por lo que de paso me he llevado varias de unos colores que me han gustado.
De vuelta a la oficina, he entrado en su despacho y le he dado los rollitos y el papel. Se ha alegrado bastante de verme (no ha refunfuñado) y se ha mostrado verdaderamente sorprendida de que le hubiera llevado algo.
Me ha invitado a sentarme. Tiene un gran blueprint del esquema de un microprocesador MIPS en la pared y algunas flores púrpura y rosa en un jarrón, como Mary Tyler Moore. Me ha dicho que era muy amable por llevarle los rollitos de algas y lo demás, pero que en ese momento estaba en mitad de un paquete de caramelos masticables. ¿Quería yo unos cuantos?
Así que nos hemos puesto a comer Skittles. Le he contado lo de mi padre y me ha estado escuchando en silencio. Luego me ha dicho que su padre dirige una pequeña conservera de frutas en Oregón. Que ella había aprendido a programar en las líneas de montaje de enlatado o, mejor dicho, que allí había nacido su fascinación por los procesos de lógica lineal y que, en realidad, ella tiene un título en procesos de fabricación, no en programación. Luego me ha hecho una pajarita de papel. Su CI debe de rondar los 800.
Los CI son unas de las cosas raras de Microsoft: en el Campus solo encuentras la parte derecha de la campana de Gauss. No hay nadie con dos dígitos. Otra razón más por la que es un lugar de trabajo tan de ciencia ficción.
El caso es que hemos empezado a hablar de todas esas personas de cincuenta y tantos años expulsadas del mercado laboral por las reducciones de plantilla. Nadie sabe qué hacer con ellos y es de lo más triste, porque tener 50 años hoy no es como tener 50 años hace un siglo, cuando lo más probable era estar muerto.
Le he hablado a Karla de la filosofía de Bug Barbecue: si no consigues ser útil a la sociedad, el problema es tuyo, no de la sociedad. Bug dice que la gente es individualmente responsable de convertirse en importante. No sé bien por qué, pero creo que se equivoca.
Karla habla con mucha precisión. Es increíble. Ha dicho que seguramente sea prematuro que la gente se preocupe por la posibilidad de que estallen disturbios provocados por ciudadanos de cierta edad. Ha dicho que una característica del punto en que nos encontramos en la curva de la facilidad de uso de la tecnología informática es que los cincuentañeros son un poco lentos a la hora de asimilarla.
«Nuestra generación tiene todas las características necesarias para estar en el grupo de adopción temprana de la tecnología: hemos tenido tiempo para aprender y no hemos tenido que luchar contra el estorbo de un desaprendizaje de lo obsoleto. Sin embargo, las barreras con que tropiezan los que ahora tienen cincuenta y tantos pronto desaparecerán.»
Eso me ha hecho sentir mejor por mi padre.
Entonces ha llegado Michael preguntando por una subrutina y he comprendido que había llegado el momento de marcharme. Karla me ha dado otra vez las gracias por la comida, y yo me he alegrado de habérsela llevado.
Caroline, de las oficinas de Word del Edificio Dieciséis, me ha enviado un correo electrónico a propósito de la palabra nerd. Dice que se puso de moda hacia finales de los setenta, cuando en la tele era todo un éxito Días felices, curiosamente en la misma época en que empezaban a popularizarse los PC. Según ella, antes de eso la palabra no se usaba corrientemente «y hoy los nerds gobiernan el mundo».
Abe ha dicho algo interesante. Ha dicho que, como todo el mundo es tan pobre hoy en día, los noventa serán una década sin estilo ni legado arquitectónico: nadie tiene dinero para construir edificios nuevos. Ha dicho que la programación es la arquitectura de los noventa.
Me he acercado al despacho de Michael al anochecer, justo antes de ir a casa a ducharme y comer algo antes de volver para depurar código. Michael jugaba en el ordenador con un juego que no había visto nunca.
Le he preguntado de qué iba y me ha dicho que lo ha diseñado él. Es un juego sobre un reino paradisíaco situado en los confines del mundo que ve cómo se acerca el final de los tiempos.
Sin embargo, el reino ha encontrado una forma de engañar a Dios convirtiendo el mundo en un programa, en bits de luz y electricidad, con lo cual escapa al tiempo, que no puede alcanzarlo. Y así el reino vive eternamente, después del final de los tiempos.
Michael me ha dicho que los súbditos del reino lo consiguen porque llegan al final de la Historia sin haber vertido sobre su suelo la sangre de la guerra. Me ha dicho que sería una afrenta para todos los espíritus elevados que se han esforzado por conseguir un mundo mejor a lo largo de los milenios no diseñar un sistema que conservara los pensamientos más puros una vez llegara el milenio, murieran todas las ideologías y las personas se convirtieran de nuevo en animales.
«Bueno —le he dicho cuando ha acabado—, ¿y qué pasa con los Mariners?»
¡Ah! Abe ha comprado una cama elástica. Ha ido a Costco a aprovisionarse de mantequilla de cacahuete Jif y ha terminado por comprar una cama elástica de 4 × 4 metros: dieciséis metros cuadrados de diversión aeróbica y saltarina. ¿Desde cuándo las tiendas de alimentación venden camas elásticas? Qué década tan desquiciada. Supongo que ser millonario es eso.
Los transportistas la han traído y a eso de medianoche la hemos montado en el jardín, sobre los círculos extraterrestres, y hemos encadenado una de las patas a la pequeña valla de la entrada del jardín. Bug Barbecue ya está imprimiendo una nota para que Abe haga que todos los vecinos con hijos la firmen y lo eximan de cualquier responsabilidad en caso de accidente.
Hoy me he levantado supertemprano, después de solo cuatro horas de sueño, y había luz de lluvia. Nubes muy altas y grises. He visto pasar un avión por encima de la casa, en dirección al SeaTac, y me ha recordado cuando salieron los primeros 747. La Boeing sacó un anuncio de un niño construyendo un castillo de naipes en el salón de la parte de arriba de un Jumbo. Cuánto deseé ser ese niño... Y entonces me he preguntado: ¿por qué me molesto en levantarme? ¿Cuál es la idea esencial que hace que me levante y me enfrente al día? ¿Qué es lo que hace que la gente se levante? Supongo que todavía quiero ser ese niño que construye un castillo de naipes en un 747.
Me he lijado el paladar con tres tazones de cereales Cap’n Crunch; he tenido todo el día trocitos de piel dándome vueltas por la boca. Duele un montón y he estado hasta el final de la tarde hablando con un ceceo a lo Cindy Brady.
Por la mañana he pasado dos horas encerrado en una habitación con los Pol Pots de Márketing. Son tremendos, no paran nunca, como si no tuviéramos nada mejor que hacer a ocho días del plazo de entrega. Incluso los tésters hemos tenido que asistir. Se supone que vemos una caja de helados de vainilla gratis y decimos: «Ah, bueno, pues adelante, por favor, por favor, malgastad mi tiempo».
Creo que todo el mundo odia y teme las reuniones de márketing por el modo en que estas te alteran la personalidad. Como tienes que explicar lo que has hecho, tiendes a mullir un poco tu trabajo, como se hace con los cojines. Acabas convirtiéndote en una asquerosa versión superentusiasta de ti mismo. Me he dado cuenta de que en Microsoft todo el mundo mira por encima del hombro a los superentusiastas, pero nadie se considera superentusiasta. Deberían verse en esas reuniones en las que todo es fraternidad y alegría. Por suerte, todo ese entusiasmo parece limitarse exclusivamente a las reuniones de márketing. Por lo demás, creo que el Campus es completamente natural.
Ah, y a veces tienes reuniones con broncas. También son divertidas... cuando todo el mundo se dedica a meterse con todo el mundo.
La reunión de hoy trataba de algunas pejigueras relacionadas con la entrega y ha sido espantosamente aburrida. Y luego, casi al final, el mensáfono Motorola de Kent, uno de los tipos de Márketing, se ha disparado encima de la mesa. Zumbaba como un avispón; se ha puesto a vibrar en una especie de danza macabra. Era algo que te hipnotizaba, como si miraras una tarántula correteando por encima de la mesa. Ha acabado de golpe con la conversación. La ha cortado en seco.
Los músculos de la boca me duelen de tanto sonreír por culpa de la reunión. Y, encima, lo de la boca por culpa de los Cap’n Crunch. Ha sido un mal día bucal.
He llamado a mi madre justo después de la reunión y ha contestado al teléfono mi padre. He oído a Oprah de fondo y he pensado que no era una buena señal. Mi padre parecía optimista, pero ¿no es eso parte del proceso? ¿La negación? Le he preguntado si estaba viendo el reality show de Oprah Winfrey y me ha dicho que solo había entrado en casa para picar algo.
