11,99 €
Tras el éxito de 'Nuestras madres', recuperamos la primera novela de la periodista y escritora Gemma Ruiz Palà. Aulagas narra la vida de tres mujeres de diferentes generaciones a lo largo del siglo XX, entre la Catalunya rural y la urbana. A través de sus historias, la novela retrata el esfuerzo por adaptarse a los efectos de la revolución textil, el paso del campo a la periferia de una ciudad en proceso de industrialización y, sobre todo, los profundos cambios en la vida cotidiana y familiar. Desde los partos en el campo hasta la pobreza extrema que obligaba a emigrar para trabajar como sirvientas siendo apenas niñas o a encajar en una fábrica, la novela revela los abusos silenciados, las violaciones nunca contadas durante la guerra y el miedo impuesto por la dictadura. Aulagas es un relato conmovedor sobre estas mujeres, un homenaje necesario a su resistencia y su legado. Escrita y publicada originalmente en català, y tras el fenómeno literario que supuso en Catalunya, la publicamos ahora traducida para darle una nueva vida. Una historia que refleja la de tantas familias españolas, que pone a las mujeres en el centro y que muestra cómo la clase social marca una existencia. La Historia la escriben los vencedores; este es el relato que aún nos falta interiorizar y que debemos leer una y otra vez: el de las perdedoras, las mujeres de las clases populares.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 431
Veröffentlichungsjahr: 2025
«Aulagas se abre camino con el ímpetu de la vida misma, con la fuerza del agua que atraviesa la piedra y brota, con la energía huracanada de las mujeres que perseveran. Gracias, Gemma, por esta emocionante genealogía de la lucha obrera». –Bibiana Collado Cabrera
«Con belleza, ternura y orgullo de clase, Gemma Ruiz Palà levanta una emocionante memoria literaria de aquellas mujeres y hombres que con trabajo, fatiga y dolor nos han dado la vida. Les debemos más novelas como esta». –Isaac Rosa
«Por fin alguien transforma la prosa rural en otra cosa». –Ponç Puigdeval, El País
«Una novela que se enfrenta a la desaparición de una memoria completa: la vivencia de las generaciones anteriores».
–Patricia Gabancho, Núvol
«Una novela viva, humana, conmovedora, comprometida, plena, vívida, lúcida y profunda». –Sam Abrams, El Mundo
«Un lenguaje rico, expresivo y lleno de fuerza [...] qué gran trabajo haberlo mantenido tan vivo a lo largo de casi 400 páginas».
–Najat El Hachmi
«Libro revelación del año». –Núvol
«Cuando la lengua está viva, surgen novelas así. Qué placer leerla y recuperar palabras de los abuelos».
–Fe Fernández, librería L’Espolsada
«Una fiesta verbal organizada con un gran orden rítmico. […] Llena de audacias verbales, lingüísticamente densa, con un ejercicio milimétrico de la prosodia; la intrepidez y la perseverancia poética de la autora anulan cualquier tentación de lectura regionalista». –Ponç Puigdevall, El País
«Un libro prodigioso. Un festival de la lengua, de cuando había nombres para todas las cosas». –Xavier Antich
Gemma Ruiz Palà (Sabadell, 1975) es periodista y escritora. Ha trabajado en Televisión de Catalunya como cronista cultural, redactora jefe y subjefa de Informativos. En 2016 publicó en català Argelagues (Aulagas, consonni, 2025), su primera novela, que se convirtió en un fenómeno literario. Cuatro años después, la novela Donde Wenling la consolidó entre los lectores. Con Les nostres mares (Nuestras madres, consonni, 2024) ha recibido el 63º Premio Sant Jordi de Novela. Su obra se ha traducido al inglés, al castellano, al francés y al italiano.
Gemma Ruiz Palà
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera y Gemma Ruiz Palà
Autoría Gemma Ruiz Palà
Traducción del català Concha Cardeñoso Sáenz de Miera y Gemma Ruiz Palà
Corrección Miguel Alpuente, Gemma Deza Guil y Sonia Berger
Imagen de cubierta Ana Penyas
Bookwire
Edición consonni
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D
48003 Bilbao
www.consonni.org
Primera edición en español:
abril de 2025, Bilbao
ISBN: 978-84-19490-61-2
Depósito legal: BI 00262-2025
Edición original en català: Argelagues, Edicions Proa, 2016
© Gemma Ruiz Palà, 2016, por mediación de MB Agencia Literaria, S.L.
© de la traducción, Concha Cardeñoso y Gemma Ruiz Palà, 2025
© de la imagen de cubierta, Ana Penyas, 2025
© de esta edición, consonni ediciones, 2025
Imagen de cubierta elaborada con un encuadre de la foto: Sección de Costureras de piezas de la Escola Industrial d’Arts i Oficis de Sabadell, ca. 1930. Autor: Francesc Casañas Riera / Arxiu Històric de Sabadell
Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco. La traducción de esta obra ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura de España, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura.
consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.
A mi madre, porque le he quitado la historia que ella habría escrito mucho mejor.
A Remei, por darme las palabras.
A Rosa y a Nina, por dejarse engatusar.
Y a Josep, por fingir que no se dejaba.
Y a todas las Remeis, Rosas y Ninas a las que su padre, su hermano, su marido, su jefe, la iglesia o la historia han tapado la boca. Porque también ellas han hecho esta tierra.
Me pilláis en Venecia. En el puente de Rialto, ¿recuerdas? Cómo no me voy a acordar, si fue donde tu abuela le compró esos guantes morados a tu madre. Estoy al teléfono con mi tía abuela Rosita, Rosa en Aulagas. Y le estoy hablando desde la ciudad que cierra este libro, caigo en la cuenta de repente. Me petrifico como un escalón más del famoso puente. Turistas por delante, turistas por detrás. Sigo absorta. Turistas por la derecha, turistas por la izquierda. Hasta que consiguen apartarme de enmedio. Me apoyo en la piedra que se asoma al Gran Canal para contemplar el ensueño. Y exhalo. Un gracias mayúsculo que se me escapa por la boca. Y que se licua en la noche veneciana.
La novela que tenéis en las manos fue sin querer, yo ya tenía una vocación, un oficio. O eso me parecía. Prestándome su historia, mi bisabuela, mi abuela y mi tía abuela –la única de la
cepa que todavía nos queda–, me regalaron otra vocación, otro oficio. Como si con la primera vida que me procuraron no bastara. Como si no hubiera estado ya suficientemente bien nutrida, bien aseada, bien plácida y bien colmada de caprichos. Una vida regalada, tal cual. Pues con sus respuestas a mis preguntas, con su memoria y su relato me regalaron otra. Esta vida de escritora que me tiene estrenando el año nuevo en la ciudad de los canales, en una residencia literaria donde planeo poner el punto final a la cuarta novela y las primeras palabras a la quinta. Cuarta novela. Quinta. La Gemma de antes de Aulagas, diez años ya, no se lo hubiera creído. Ni de coña. Pues allá voy. No sin antes haber revisado con todo mi esmero y mi cariño la novela que tenéis en las manos. Argelagues. Aulagas. Qué bien suena también.
Ojalá os susurre al oído como tantas lectoras y lectores me han contado que les pasó leyéndola. Ojalá os dé la impresión que son vuestras bisabuelas, abuelas, tías abuelas o madres, las que toman la palabra y sueltan lo que se callaron. O lo que nunca les preguntásteis. Ojalá en esta historia también veáis pasar la vuestra. Porque, al final, la lucha que atesoran las mujeres del populacho, nuestras ancestras, no es que sea la lucha de este país o del otro. Es que es la lucha de la humanidad entera.
Gemma Ruiz Palà
Venecia, enero de 2025
Remei Tantiñà Solasagalés murió el día de Navidad de hace ocho años. Tengo grabada la escena de entrar en casa de mis abuelos y tener que consolarlos yo sola. Llegué la primera y me tocó fingir que sabía cómo funcionaba la muerte. También tengo grabado el ruido de la cremallera que encerró a Remei entera dentro de la bolsa de plástico negra. Y a los chicos de la funeraria, tan jovencitos, que no cerraron bien los postigos de su habitación. Yo, que espié por un resquicio. Y el golpe seco del portón de la furgoneta en cuanto cargaron la bolsa con Remei. Esas imágenes tampoco se me borran. Diría que aquel día empecé a escribir este libro. Porque diría que aquel día me hice mayor.
Remei era mi bisabuela, y mucho más que eso. Aunque yo hubiera nacido en la ciudad, las raíces del campo no se arrancan tan alegremente. Cada cual vivía en su casa, pero era como si todavía estuviéramos en la masía, todos juntos. Veíamos a Remei cada día del mundo. Ella es quien me enseñó todas las letras. Cómo pronunciarlas y cómo usarlas para defenderme. Quien te enseña a hablar te enseña el mundo. Su mundo. Y yo, sin darme cuenta, he mirado el mío con unos ojos que se abrieron por primera vez en Castellterçol el año 1906.
En estos últimos años me han preguntado muchas veces qué tenía de especial la vida de Remei para estar escribiendo un libro sobre ella. Mi respuesta siempre era la misma: nada. Nada de especial que no tengan las vidas de las mujeres de tu familia, decía. Y aquí, mi interlocutor invariablemente se callaba. Después venían los recuerdos. Uno te contaba la odisea de cómo su abuela había cruzado los Pirineos tirando de dos críos y un borriquito hasta llegar a Francia. El otro te confiaba a media voz que la suya había robado huevos a la vecina para dárselos crudos y todo al bebé que se le fundía en los brazos. Otro te describía horrorizado cómo habían rapado a su tía del pueblo para escarnio de un hermano suyo que se había hecho maqui. Y por cada conversación, una protagonista de novela.
Todavía estamos a tiempo. Todavía nos quedan mujeres-nadaespeciales que guardan historias-nada-especiales. Vidas que se consideran pequeñas, por insignificantes y corrientes, pero que harían temblar las piernas al más valiente si se contaran igual que las proezas de los héroes oficiales que abrillanta la historia oficial. Pero hay que querer verlas.
Yo he querido ver la historia de Remei, entrar en ella y, si era necesario, enzarzarme. La nostalgia estorba si se quiere hurgar en los porqués. Y por eso he procurado escribir las cosas llamándolas por su nombre: si eran crudas, con crudeza, y si eran tiernas, con ternura. En una vida cabe todo.
Gemma Ruiz Palà
Barcelona, abril de 2016
Tienen que poner buena cara. Y aguantar el solazo como sea. No moverse. Quietecitas. Ni un pelo. Como si estuvieran donde el retratista. O como si hoy fuera la feria de ganado y ellas el pavo más lustroso. ¡Que no se les deshagan los tirabuzones! ¡Que no les vaya ni una mota de polvo a las faldas! Estaría bueno, con el trabajo que ha costado. A ellas sí que les ha tocado el gordo.
Corre un año en que ha llovido a cántaros en Castellterçol. Esto quiere decir buenas cosechas. Y buenos negocios para los cardadores y los tenderos. Pero también que se han quedado sin parejas para la danza y el baile del cirio1, mira tú por dónde. Y no hay suficientes zagales ni mozas. De los que cuentan, claro. De los que nacen con una marca que dice tú sí puedes bailar en lasfiestas del pueblo. Y por eso se lo mandan hacer a los críos. Así que hoy todo el mundo va a mirar a las pipiolas. Y exclamarán ¡ooooh!, y enseguida buscarán en medio del gentío a una, dos, tres, a tantas madres como alcancen para decirles por señas la tuya es la más lucida. A ellas sí que les ha tocado el gordo.
Van de blanco de pies a cabeza. Pero no de un blanco cualquiera. De un blanco cegador. Mantellina, vestido, braguitas, viso, enaguas, zapatitos, medias, guantes, blondas y puntillas. Deslumbran tanto o más que las mayores. Por no hablar de la Reina de las Fiestas.
Blancas y recocidas, las pipiolas aguantan el tipo. Pero no hay mal que por bien no venga. Así le van cogiendo el gusto. Un día tendrán que lucir igual al lado de maridos y suegros. Y al lado de los tapices. Y de los cortinajes. Y de los cuadros. Sin decir ni pío. Sin mover ni un pelo. Como si estuvieran donde el retratista. O como si estuvieran en la feria de ganado. A ellas sí que les ha tocado el gordo.
Cae fuego, y con algo tienen que distraerse las pipiolas en esos minutos de asfixia. Se fijan en los músicos, que empiezan a quitarle el sueño al arsenal de vientos. Oyen carraspear a las autoridades con gargantas tan distinguidas como chimeneas. Ven abrirse una sombrilla por aquí. Cazan otra que se despliega por allá. Y bisbiseos. Y jaleo. Y sombreros de copa sudados que se calan. Y abanicos que repiquetean en pecheras. Chas chas chas contra los broches. No se dan cuenta de que pronto serán ellas las del chas chas chas. Pronto, muy pronto. Después de que sean elegidas, casadas, bendecidas y preñadas. Y dueñas, claro, dueñas. A ellas sí que les ha tocado el gordo.
¡Chis! ¡Hala, hala, que empieza el baile! ¡Mirad cómo hacen revolotear faldas y capas! Y mirad qué bien agarraditas van del brazo de los pipiolos. A ellos también les ha tocado el gordo. Repeinados, endomingados, guapos a rabiar.
Y ella ya mira, ya. Los ve como figuritas, desde atrás. Pero no pierde ripio. Y sabe muy bien lo que quiere decir cada movimiento de la danza. Un pasito: cuatro comidas buenas al día. Punta: criadas por un jornal mísero. Reverencia: mozos por miseria y media. Talón: buena ropa y mejor jabón. Otro pasito: billetes a manta.
Remei tiene la misma edad que esas pipiolas. Es nacida allí mismo. Tiene piernas y brazos para bailar igual que ellas. Y piel y sudor para soportar el bochorno igual. Pero es como si no existiera. Ni aquel último domingo de agosto ni ningún otro. Ella es de campo, e hija de jornaleros. Más abajo… más abajo solo está el ganado.
Que el mundo está partido en dos, Remei lo sabe desde el día en que nació. Ricos y pobres. Señores y populacho. Buenafés y desalmados. Cabales y bobos. Agraciados y contrahechos. Y también sabe que en Castellterçol pasa otro tanto. Una cosa es el pueblo. Otra, las masías. Nadie se confunde. Nadie se mezcla. O eres de unos o eres de los otros. Y hecha está la raya.
En la parte de la montaña, esos vestidos tan blancos y tan finos ni se huelen. Remei lleva harapos, muchos días ni bragas. Y los zapatos los mendiga. Menos mal que está Filomena. ¡Cuando se te queden viejos, para mí! Y qué bien el día que se los da. Aunque Filomena tenga el pie más grande. Aunque Remei los pierda por el camino. O eso, o las alpargatas de cintas raídas. O descalza. Si no, ahí iba a estar ella viendo el baile tan de lejos.
Remei es tan pobre que no tiene ni amigas. Y con Filomena se conforma. Una buena muchacha, la hija de La Ginebreda. Es la única casa que Remei ve desde la suya, Les Canals. Era una masía a punto de derrumbarse cuando sus padres se la alquilaron a Oller, el dueño de todo. Para tener medio techo y poder casarse. Pero menuda miseria, Les Canals. Lo único que tiene es sol. De eso sí, para dar y tomar. Lástima que el sol no alimente. Remei preferiría la umbría de La Ginebreda. Si eso quisiera decir su calzado y su banquete, desde luego. Ellos pueden tener buena carne y zapatos gracias a las pozas de hielo, aquellas jaulas que encierran congelada el agua más dulce y más limpia de los ríos. Y que tan bien les viene a los señorones de Barcelona.
Castellterçol es el mejor criadero de hielo que hay. Justo porque es el único pueblo a una noche de Barcelona en el que hiela todos los días, ya ves. Pero el hielo no se hace solo. Y Castellterçol también tiene que ser el mejor criadero de poceros. A mediados de octubre ya empieza el trasiego de hombres en los pozos. Hombres fuertes, valientes. Y desdichados. El padre de Remei, sin ir más lejos. Busca ganarse unos reales cuando Oller, el dueño de todo, no necesita más brazos en las tierras. Y hala.
Lo primero, limpiar la mierda. Tienes que sacar toda la hojarasca del año. Cuando están desbrozadas, prepara las balsas. Es ahí donde se harán las losas cuando hiele. Y el padre de Remei espera el frío. Y cuando hiela, ay, cuando hiela. Entonces sí que se las ve negras. Llega la hora de empozar. El momento del calvario. Tiene que pescar las losas de hielo que haya criado la balsa y amontonarlas en pisos en el pozo. De una en una. Que no se le resbalen. Que no se le agrieten. Y, sobre todo, que no se le queden enganchadas. Si se pegan dos, cagada. Y el padre de Remei se quema las manos trajinando esas placas, apilándolas a fuerza de brazos. Son grandes como burros. Y picudas, las muy cabronas. Se deja el pellejo para que salgan de la madriguera mansas y enteritas cuando llegue el momento. Que para colmo siempre es de noche, y no se ve nada. Y siempre es un ¡hala, hala, rápido, rápido, que el carro tiene que irse a Barcelona! Como el santo advenimiento, esperan en la ciudad el agua congelada de Castellterçol. Tú dirás.
El hielo será para los del otro lado de la raya, para los más distinguidos. Para los que siempre están a la última. Esos sí que saben aliviarse el calor de después de comer. Ya lo creo. En las mejores casas de Europa ya lo hacen. La delicia consiste en echar un trozo de hielo en la taza del café. ¡Tan sencillo y tan extraordinario! Por más maniáticos que les parezcan a las criadas que se lo preparan con todos los pormenores de un ceremonial. Una simple lonja de hielo hecha añicos en la salsera, ni más ni menos. Pero el pavo de Navidad no lo miran con esa cara, no.
Su trabajo les cuesta a las criadas atraparlos. De uno en uno, que no se les escabullan. Ni vaya uno a parar al ojo de nadie. Ni a ningún escote. Las pobrecillas dan vueltas y vueltas y hasta sacan la lengua del esfuerzo. ¡Uf, ya está! Ya pueden dejarlo caer en las tacitas. Clin, tenga su café, señor tal. Clon, tenga su café, señora cual. Y ¡con qué gusto se lo toman! Se lo tragan enterito, sin dar tiempo siquiera a que se derrita. Y después se miran. Y ponen los ojos en blanco. ¡Como si les hubiera parecido formidable! Y ya no se habla de otra cosa en esa sala tan peripuesta. ¡Por dios, qué zoquetes los que todavía se toman el café ardiendo! ¡Con el bochorno que hace! ¡Hay que ver! ¡Qué ignorantes!
Encerradas en la cocina, las criadas se mean de risa. No se les van de la cabeza los apuros del señor tal y de la señora cual. ¡Qué muecas ponían! ¡Han tenido que echarse tres y cuatro cucharadas de azúcar a escondidas! ¡Les sabía a rayos, ese café tan frío!
Remei no tiene ni idea de que el hielo que hace sudar a su padre sea para aguar el café de Barcelona. Pero también ve cosas estrafalarias, también. Empiezan a pasar cuando llega el verano. Cuando llegan ellos. Y estos sí que son harina de otro costal. A Remei le parece que una raza de ganado como esa solo puede ser nueva de ahora.
Con el buen tiempo los descargan y los reparten por el pueblo. Cebados y abrevados, los sueltan. Y se los encuentra en todas partes. En los alrededores de la Fonda Prudencio. Saliendo del Cafè de l’Amistat. En las tiendas. En los caminos. En las fuentes. Siempre que los repasa lo ve, que no son del todo como los de allá. Del otro lado de la valla sí, pero de otra raza. Por fuerza. Con esa cara tan blanca y fina. El pelo tan bien cepillado. La lana de la mejor clase. Remei nunca había visto un rebaño así, como recién salido del envoltorio. Ni que pastoreara por el puro gusto de pastorear. Sin prisa por ir a otro sitio. Sin tener que amorrarse al suelo. La cabeza siempre alta. Y venga a mirarlo todo, como si se lo quisieran aprender de memoria. Que ya me dirás qué es lo que deben de tener ahí dentro. Porque de este ganado se dice cada barbaridad…
Remei tuvo un rebaño de esos delante de las narices. Fue una tarde en la era de la casa que por techo tiene una roca, Esplugues. El hermano mayor de Remei acababa de casarse con Doloretes y la habían alquilado para trabajar de masoveros. Con su madre y su hermana menor, Maria, fueron a llevarles una cesta de ciruelas. No las hay tan dulces en aquellos aledaños. Es el sol de Les Canals, que las vuelve confitura. Y es la madre de Remei, que mima ese ciruelo a más no poder. El hijo mayor tiene debilidad por las ciruelas, y la madre de Remei la tiene por él. Si fueran cerezas lo que le perdieran, habría ido al fin del mundo para encontrarle un cerezo.
Se acercan sobre todo para verlo a él, y va y resulta que el hermano mayor está en el establo. Ajo y agua. Por lo visto, está ayudando a una vaca a parir. Y la madre tiene que pasar el mal rato de quedarse a solas con la nuera. Y tragársela. Doloretes es rubia, guapa donde las haya y seca como ella sola. Descuida darles un beso. No estoy para visitas, es lo primero que les suelta. Que está de trabajo hasta arriba. Que se enteren, que se enteren de que estorban. ¡Ay, menuda es Doloretes!
A Remei siempre le gusta pegar el oído cuando los mayores cuentan chismes. Pero hoy prefiere jugar con Maria y con los dos cachorritos que han salido a recibirlas. Y que les hacen las gracias que les escatima Doloretes. Lo único que le sacan a esa rubia desdeñosa que se ha casado con su hermano mayor son desaires. Los perros también lo saben, también. Por eso procuran no rondarle cerca. Doloretes no se anda con bromas, si le estorban, les pega cada coz que quedan turulatos.
Y juega que jugarás, Remei, Maria y los cachorritos van camino de la era. Y allí ven el panorama. Son un rebaño de doce, y hacen corro alrededor del que parece que más entiende. Todos lo escuchan embobados. Como si estuvieran a punto de oír el secreto de la Virgen de Lourdes.
¡Pintoresca! ¡Excepcional! ¡Única! ¡No habrán visto nada igual en su vida, señores míos! ¡Observen, observen! ¡Ni una teja! ¡Ni un cañizo! ¡Es la roca viva! ¡La roca viva que, generosa y afable, se presta a cobijar a las almas que se han refugiado aquí desde la noche de los tiempos! ¡Miren, miren! ¡Miren y maravíllense! ¡Y no se olviden de hacerse un retrato, señores míos! ¡Por cuatro reales de nada, nuestro fotógrafo dejará testimonio de la gran suerte que han tenido por haber visto esta extraordinaria masía! ¡No se escatimen el placer de llevarse a casa semejante prueba de vida ancestral! ¡Y cuéntenlo! ¡Cuéntenles a sus conocidos que no hace falta ir al África para saber de dónde venimos! ¡Señalen la foto y explíquenles que aquí vivieron los primeros hombres!
Remei mira a Maria con los ojos como platos. ¿Lo has oído, Maria? ¿Y tú lo has entendido, Remei? Les parece increíble que la casa donde hace de masovero su hermano mayor pueda ser todas esas cosas. Y que sea la niña de tantos ojos. Y que tanta gente suspire por retratarse allí.
Y ahora sí que el rebaño se va a poner las botas. Ahora sí que sí. Se ve movimiento en la casa que por techo tiene una roca, y se apresuran a preparar los catalejos. Se dan todos la vuelta y enfocan al hermano mayor de Remei, que sale satisfecho del establo, silbando. Eso sí, va hecho un cromo. Manos, brazos y ropa le chorrean todos los jugos del nacer. Y enseguida ve a su madre. ¡Lo que nos ha costado que saliera! Cagüendios, el ternerín, ¡cómo nos ha hecho sudar! Y sin pensar en limpiarse, corre a darle un abrazo tan grande como la alegría que le da tenerla ahí.
Una estampa que ni pintada. ¡Oh! ¡Fíjate cómo se abrazan esos dos! ¡Oh! ¡Y con las pintas que ha salido él! ¡Oh! ¡Ojo que no venga ensangrentado de algún ritual! ¡O de matar al lobo! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
Unas gotas de sangre y una pizca de humanidad, tremenda munición para la expedición. Guardan un silencio de misa y todos los catalejos se retiran. Todas las manos que hacían visera se esconden. Hasta el fotógrafo deja de retratar. Todos saben reconocer un momento tan solemne.
Señores míos, lo que acaban de ver es… ¡es extraordinario! Por techo aún tienen una roca, sí, y por modales los de la vida salvaje, pero sentimientos… ¡Sentimientos no les faltan! ¿Y no nos revela todo esto quiénes somos y de dónde venimos? Lo que acaban de presenciar, señores míos, es… ¡es formidable!, dice con los ojos empañados el que parece que más entiende. ¡Lo que acaban de presenciar es un viaje en el tiempo! ¡Al mismísimo corazón de los orígenes del hombre! Y ahora hasta le salta una lagrimita. No nos creerán cuando lo contemos en Barcelona, lloriquea, no nos creerán… Y el aplauso que resuena en la era de la casa que por techo tiene una roca, Esplugues, para sí lo quisieran en el Liceo una noche de estreno. ¡Ni cuando el tenor Viñas cantó aquel señor Parsifal!
Ay, si el hermano mayor y Doloretes cobraran por todos esos ohs. Las perras que sacarían de la bandada de forasteros en misión antropológica. A montones. Pero el hermano mayor y Doloretes tienen trabajo más que de sobra con la masía. A los de esta mitad del mundo no les vengas con hacer el pasmarote, que no hay tiempo para bobadas. Más bien los toman por locos, a los veraneantes. No salen de su asombro de que lleguen tantos y tantos las tardes de verano.
¡Cagüendios, aquí os quiero en pleno invierno, en la casa que tanto os encandila!, refunfuña el hermano mayor en cuanto los ve. ¡Cagüendios, cuando hace ese frío de mil demonios! ¡Cuando por más que te arrimes a tu mujer y calientes la cama con un brasero no hay tutía de dormir en toda la santa noche! Cagüendios, en verano sí que le veis todos los encantos, tropa de fantoches… ¡en verano sí que sí!
1Baile tradicional de las fiestas patronales de Castellterçol en el que participan seis parejas de jóvenes. (Todas las notas son de la traductora.)
A Remei la crio una burrita. Hasta que se la quitaron para llevarla a otra masía. O para sacrificarla. Y ya no volvió a beber leche nunca más. En Les Canals solo había para una comida al día. Y para plato único. Ni se les pasaba por la cabeza que pudiera haber horas intermedias llamadas desayuno y merienda. Ellos lo llamaban come todo lo que arrambles cuando lo arrambles. Y mientras quede. Su madre solo tenía para hacer escudella. Si era de calabaza, pues de calabaza para todo el día. Si era de cebolla, pues de cebolla para todo el día. Y si era de hierba cantamañanas, pues de hierba cantamañanas para todo el día. A llenar el buche y a callar.
En Les Canals la carne solo se soñaba. Ir bien quería decir que su madre podía echar cuatro judías a la escudella. O un puñadito de arroz. O de fideos gordos. Y se acabó.
El no va más era que su madre les dejara compartir la cena con los cerdos. Si calculaba que ya tendrían suficiente, apartaba del caldero dos o tres patatas. Y para Remei y sus hermanos esa noche era fiesta mayor. Todavía quemaban, y ya se las habían zampado. No podían esperar a comerse aquellas santas patatas con piel.
El pan era asunto de Oller, el dueño de todo. Algunos días se levantaba muy católico. Toma, Tantiñà, para tus hijos, que por un día coman como dios manda. Y le daba una saca al padre. Dentro se desconchaban unos mendrugos de hacía muchos días. Los que se habían quedado como piedras.
Con la tripa tan vacía, normal que Remei no se pirrara por la fiesta del pueblo. El baile y la Reina de las Fiestas le parecían bonitos, sí. Pero, ¡ay el Carnaval! ¡El Carnaval que no se lo toquen! Hasta sueña con él. Y qué largo se le hace esperarlo todo el invierno. Ese día es la primera que se levanta. Salta del camastro y se va directa al cajón donde la madre guarda los trapos que ya no sirven ni para vestirse. Rebusca, revuelve y se lo lleva todo de un tirón. Hoy no tiene que verla nadie. Nadie que no sean los que sí que la tienen que ver.
En el establo se viste como puede. Está oscuro, y no encuentra ni un triste trozo de cristal limpio para verse entera las pintas que lleva. Pero está el abrevadero. Y se asoma. Se mira. Arruga la nariz y se moja las manos. Que el pelo también le quede bien pringoso. Cuando cree que ya está bastante adornada, sale de casa como un dardo.
Jadeando, avista el pueblo y el alboroto de gente. Aprieta más el paso. Llega a la plaza Vella y se pone a la cola. A ver si hoy no habrá bastante para todos, se teme Remei. Críos, jóvenes, viejos. Hoy las familias se tocan unas a otras. No es la única que sueña con el Martes de Carnaval.
¡Y menudo efecto hacen las galas que se ha puesto Remei! No hay nadie que no la mire. Ni que no le dé un codazo al de al lado. Ni que no se azore y suelte un cagüen por lo bajo al verla. Y al olerla. Sobre todo al olerla. Ella no se da por aludida ni desatiende lo que se cuece. Ya es casi el momento y no hay que embobarse.
Sale el cura a bendecir tan divina abundancia. Y ahora un ricachón del pueblo quiere meter baza. Será para quedar rebendecido. Qué plomazos. A Remei le salen telarañas. El ricachón dice por fin la última palabra. Ya era hora, piensa ella. Y ahora sí, ¡ya puede empezar la fiesta!
Un día al año, el Castellterçol rico, decente y buen cristiano se deja ver. Y saca a la calle perolas, manduca, cucharones y una flota de esforzadas escudilladoras. Señoras de las familias más importantes, principalmente. Un día al año las señoronas se dignan a llenar el buche de los desgraciados. De los muertos de hambre. ¿Y no es bonito que todo el pueblo vea cómo se arremangan? ¿Y cómo sudan para ayudar a los que dios ha hecho tan cortos de entendederas, pobrecillos? Y tan holgazanes, pobrecillos. Pues no se hable más, platos arriba y ¡que hoy la escudella corra como el agua! ¡Y que nadie se quede sin probarla! Mañana… mañana cada mochuelo a su olivo. Mañana no habrá ojos mirando. Mañana, que les den.
El primer plato que le llenan a Remei le vale más que todas las pesetas del mundo. Y no solo porque esté lleno hasta los bordes. Ni por lo espeso que está de tanto arroz y fideos como han echado. A Remei le lloran los ojos por lo que ve flotando. Son unos cachones de butifarra tan hinchados que revientan por el medio. Unos cachones de butifarra tan gordos que no cabrían en la cazuela de casa. Unos cachones de butifarra tan ricos que por eso siempre son otros quienes se comen los cerdos que cría su madre.
Y como si cada mordisco fuera el fin del mundo, Remei parece que no está. Se sosiega un poco para no hacer el ridículo, pero ni oye siquiera. Tienen que llamarla cuatro veces hasta que se da la vuelta.
Es la señorona que le ha servido la escudella quien la reclama.
–¡Oye, reina! –De la manera que va, hecha un cristo, se nota que no come caliente desde hace días, piensa–. ¡Aquí, aquí, guapa! –Dime tú si no es triste, traer hijos al mundo para dejarlos de la mano de dios y que tengan que asalvajarse por los caminos–. ¡Mocita, cuidado, no te vayas a asfixiar! –Dios nos libre de encontrarnos con estos bribonzuelos famélicos, atacan como lobos–. ¡Anda, bonita, come tranquila, que cuando te termines ese plato te lo vuelvo a llenar! –Da escalofríos solo verlos, sucios como zorros y apestosos, ¡puaj!, y medio despechugados por falta de una batita decente que ponerse…
La señorona del cucharón intenta disimular el asco como puede, mira a Remei con una sonrisita y remueve otro poco el caldero. Y ¡hala, escudella para todos! ¿Más butifarra, bonita? Pero Remei ha sabido leerle ese padrenuestro de hiel. Lo ha entendido de sobra. Y ahora le entran ganas de reírse. Qué pillina le parece que es… Qué bien se ha vestido de pedigüeña errante… Anda que no se ha disfrazado bien. ¡Ay, si la vieran en casa, oliendo a estiércol de esa manera! ¡Y de barro hasta arriba! La que le caería encima si la pescaran hecha un pingo en medio del pueblo…, se ríe por dentro. ¡Aquí está la Reina de la Escudella! Ojalá fuera Martes de Carnaval todos los días.
Remei no sabe nada de cómo se traen los hijos al mundo. Ni que la huchita del pis tiene otro agujero. Ni que lo que se le abultará serán pechos. Nada. Hasta que llega un día en que lo sabe todo. De golpe. De dónde vienen las criaturas y cómo salen. Remei vio cómo su madre cagaba una.
Aquella mañana se levanta un poco pachucha y su madre no la deja salir a los pastos con las cabras. Ella también tiene un no sé qué dentro y no la quiere lejos. Remei andorrea por fuera. Estar de noche en casa, pase. Se las arreglan durmiendo todos los hermanos juntos y apiñados en el mismo catre. Y suerte del calorcito que sube del ganado, que está encerrado abajo. Pero de día… De día no se puede estar dentro, con el frío que hace. Y con las cabras no, pero Remei se va animando y ya está en el huerto. A ver si hay algo que coger, que madre estará contenta.
Ella tampoco quiere el frío de casa. Limpia grano sentadita en el banco de la entrada, que da un sol muy rico. Y qué a gusto se deja tostar las mejillas. Ratitos para tomar una cosa buena la madre puede contar bien pocos. Ya no sabe qué ha sido de aquella muchacha alegre que se fue de Moià. Aquí ha sacado adelante tierras, hijos y una casa que no tenía cara ni ojos cuando llegaron. Menuda ruina, virgen santa. Sin tejado, ya era nido de todos los bichejos. Las vigas carcomidas, las paredes desconchadas, los suelos agujereados. Si hasta Oller, el dueño de todo, la daba por perdida. Son todos iguales, prefieren que se pudran a venderlas. Antes se dejarían sacar las muelas que perder patrimonio. Ay señor, ¿dónde habrá ido a parar aquella muchacha alegre que se fue de Moià? Madre cierra los ojos y con otro ay señor se traga el mal sabor de la respuesta.
Y no. No se puede tener ni un mísero momento de reposo. Porque madre enseguida nota la punzada. El no sé qué de dentro ya quiere salir. Aunque aún no sea el momento.
Desde el huerto, Remei oye que la llama. ¡Remei! ¡Remei! ¡Vete corriendo a buscar a tu padre! ¡No vengas, vete a buscarlo! Pero a Remei el corazón le dice que vaya antes a casa. Y ahora no sabe qué contestarle a su madre. Para que parezca que no ha entrado. Y que no ha visto eso.
Sale de casa poquito a poco, como los gatos. Fuera, mira hacia la ventana de la habitación de sus padres. ¡Sí, madre! ¡Ya voy! Y sale zumbando a buscar a su padre. Dónde, dónde, piensa. ¿Dónde? Vete a saber si hoy era día de labrar. O de dar de comer al ganado en casa de Oller, el dueño de todo. O de ir a empozar. O de perderse en el bosque buscando leña. Su padre no elige, va de jornalero adonde lo manden. Remei tiene suerte y lo encuentra enseguida. ¡Padre! ¡Es madre! ¡Que vaya! ¡Enseguida! ¡No… no sé para qué!
Mentira. Remei lo sabe muy bien. Bien que lo ha visto. Un trozo de carne así. De casi un palmo y del color de los cardenales que salen después de un golpe. En su vida había visto un amasijo semejante. Ni sabía que pudiera existir. Y con unas hechuritas tan de crío… Daba escalofríos. Porque tenía cabecita. Y bracitos. Y manitas. Y deditos. Y lo que más la estremecía era pensar que a su madre le hubiera podido salir por ahí abajo un trozo de carne así. Que eso se pudiera cagar. Y que a ella le saliera uno algún día.
Y ahora no sabe lo que hace su padre allí arriba. Se figura que entre él y ella sabrán lo que es menester para eso de cagar trozos de criatura. Y se huele que no es la primera vez. Porque el médico no viene nunca. Ni su madre se queda en la cama ni un día. Nunca.
La única diferencia que ve Remei con un día cualquiera es que por la tarde su padre llame a Carmeta de Can Pere Llarg. Es de las que más saben de lavar y escamar críos en cuanto llegan al mundo. Pero como esta vez no hay crío que valga, Remei no acaba de entrever para qué la querrá su madre. Tampoco se lo dice Carmeta cuando entra y le pellizca la mejilla para saludarla. Remei disimula, pero le da tiempo a ver que suben las dos arriba con una cesta de no sabe qué hierbas. Seguro que son para saciar a ese pico de pájaro hambriento, cavila Remei. Porque se imagina que su madre debe de tener una boca entre las piernas. Grande, tirante, fastidiosa. Se va convenciendo que un trozo de carne así tiene que haber abierto un paso. A la fuerza. Si es que tenía que salir con la cabecita, los bracitos, las manitas y los deditos. Y seguro que una boca entre las piernas tiene que hacer la vida imposible. Pobre madre. Y pobre trozo de carne así, que ya no será su hermano.
Uno cada año, uno cada año. La madre de Remei había salido una hembra de primera. Ni la mejor gorrina la ganaba a partos. No tuvieron que angustiarse por falta de brazos para trabajar. No tenía nada de yerma, aquella muchacha alegre que se fue de Moià. Y se cargó de hijos. Para dar y tomar.
La madre de Remei se desgarró más de doce veces, y siempre sola. Enteros enteros parió una Carmen, un Jaume, una Montserrat, un Pepet, un Segimon, una Maria Assumpció, una Remei y una Maria.
Los tres primeros los echó en la misma puerta. Por aquello de la novedad. Venía corriendo del río o del huerto y nada más entrar en casa, paf. Con los dos siguientes sacó fuerzas a saber de dónde y llegó a subir hasta la mitad de las escaleras. Paf. Las tres últimas ya pudo hacerlas nacer en su habitación. Ahora ya reconocía el patatum que viene antes de estallar. Pero también las tuvo en el suelo. No llegó a tiempo de meterse en la cama. Paf, paf, paf.
Y contando bien, todavía saldría alguno más. Sí, uno que se llamó Salvador. Pero ese a los dos años, adiós muy buenas. Es de los que se perdieron. Ah, y Sisco, claro. Este de momento estaba, pero no en todos sus cabales. Sisco se le cayó a madre por las escaleras. Pum, pum, pum. Fue después de estrangular el cordón. Que se le resbaló. Y seguramente de ahí le vino todo, al pobre Sisco.
Al padre le pareció que ya tenía edad de trabajar como un hombre y se lo quitó de encima como si espantara un moscardón. Colocó a Sisco con los de la Serradora. De mozo. Si daba para ello. Si no, que hicieran con él lo que buenamente pudieran. El disgusto que le dio a Remei, con lo bien que se llevaban.
Todo el mundo sabía que tenía pocas luces. Que le faltaba algo. Pero en la Serradora siempre necesitaban gente, y se lo quedaron para que trabajara en lo que fuera. Entendido, algo habrá para él, que venga. Y lo tenían de relleno. Pero para todo. Que si amontonar el forraje. Que si limpiar los abrevaderos. Que si guardar cuatro cabras. Ni un momento para tumbarse a la bartola, desde luego. Y para la miseria que le pagaban, bastante se deslomaba el bienaventurado. Ah, y si no lo achuchaban más era por miedo a que no tuviera que habérselas con faenas más gordas. Y bien gorda que la hizo, pobre Sisco. De órdago.
Es viernes, toca ir a vender las patatas al pueblo. Pau, el de la Serradora, no encuentra ningún mozo mozo y se está haciendo tarde. Y llama a Sisco. Se porta tan bien y es tan obediente que se le olvida que le falta un hervor. Tú, zagal, ven. ¿Crees que podrías coger hoy la carreta y llevarla al pueblo?
¡Lo que le dijo! ¡Cla, cla, claro!, dice Sisco, atascándose de la emoción de que le manden hacer un recado tan importante. Y le crece por dentro una alegría grande y brillante. Hasta lloraría. Y se figura que el encargo es un premio por ser siempre tan buen chico. Y fijarse tanto en todo. Y no olvidarse nunca de nada de nada, como le pasa el rosario su madre todas las noches del mundo.
Y Sisco se sube a la carreta de un salto, chasca la lengua y le arrea un bastonazo a los bueyes. ¡Señal de echar a andar! Se lo ha visto hacer tantas veces a los mozos mozos que se tiene que pellizcar por ser ahora él, el medio mozo, el que comande la carreta. Está más contento que unas castañuelas y lo único que le viene a la cabeza es su madre. Ay, si me viera por un agujero. Ay, qué gusto le daría encontrarme aquí montado.
Entre pensamientos, curvas y arre arres, Sisco llega al pueblo. Descarga todas las patatas, me han dicho que se las deje aquí, jefe. Y vuelve a la Serradora. No sea que lo echen de menos y se crean cualquier cosa. Se muere por llegar pronto. Quiere que lo feliciten, que le digan lo satisfechos que están. A Sisco los piropos le cuestan muy caros, así que tiene que aprovecharlo. Sabe de sobra que no está bien de la azotea. Pero sufre y le duele todo igual que al más avispado. Y con aquel aguijón de impaciencia, se echa montaña arriba. Y la madre otra vez. Ay, cuando le cuente la proeza. Ay, cuánto se va a alegrar.
Y la madre se le va de la cabeza por el oído. Sisco oye bullicio en el sendero. Preocupado, estira el cuello para ver lo que será. A cuatro pisadas de buey lo resuelve. Bah, no es nada. Se ha cruzado con las niñas, que deben de volver de la escuela. Su hermana Remei, la muchacha del Molí Vell y las dos de la Serradora. Son primas segundas de él, y una se llama Remei también.
–¡Venga, Sisco, déjanos montar y llévanos a casa! –le pide una.
–No, que no estoy para juegos –les dice él.
–Anda, hombre, déjanos ir contigo, que estas alpargatas me hacen un daño… –le ruega otra.
–¡Anda! ¡Anda! ¡Anda! –gritan todas a la vez como si les dieran cuerda.
–Dichosas crías… ¡Arriba, venga, chiquillas del demonio, a ver si voy a llegar tarde por vuestra culpa!
Y Sisco claudica. Con lo bien que iba.
Remei es la primera que se sube a la carreta, como un gamo. Y enseguida ayuda a la del Molí Vell y a las dos de la Serradora. Remei la prima es la última y la que más se espatarra para dar el salto. ¡Que pareces una vieja chocha, Remei! ¡Anda, cómo te pesa el culo! Y todas se tronchan de la risa. Y como pasa con el comer y el rascar, que todo es empezar, ya no pueden parar.
La que no salta, baila y la que no baila, canta. Y un alboroto así no lo frena ni el san Antonio que nos libra de todos los males. Sisco ni las oye. Solo piensa en lo mucho que lo van a agasajar en la Serradora por la hazaña de las patatas. No se da cuenta de que lleva un cargamento más peligroso que la pólvora.
Ni las oye, ni las regaña ni les manda parar. Lo hacen los bueyes. Se han hartado de tanto al pasar la barca. Porque ahora la carreta ya hace las eses de una serpiente. Y se acercan a una curva. Y ya no hay remedio. Los bueyes se alborotan aún más que las niñas, empiezan a tirar del yugo cada uno por su lado y, de golpe y porrazo, fin de la diversión. La carreta, Sisco, los bueyes y las niñas. Todos por los aires. Todos por tierra. Primero un gran estruendo, después silencio. Sisco es el primero en abrir los ojos. El primero en ver el panorama. También es el primero en largarse. Remei se levanta como puede y le da tiempo a ver que echa a correr. Sisco pega unas zancadas que parece que vuele. Desparece en un momento, ya no está. Y Remei ya oye gemir a la del Molí Vell. Y a una prima de la Serradora, que también empieza a sollozar. Buena señal. Pero falta una. Y busca a Remei la prima con la mirada ardiendo. El camino está despejado, la vería si se hubiera caído por allí. La llama a voces. No hay respuesta. Y no la ve por ninguna parte. El carro ha ido a parar un poco más lejos, volcado, con los bueyes todavía atados. Uno está muerto, no se mueve. El otro resopla un hilo de vida. Y enseguida se queda tieso también. Remei da la vuelta para volver con las otras niñas y nota que pisa barro. O una boñiga, le parece al principio. Pero no. Es un moco hinchado, blancuzco y blando. Se agacha, y entre zarzales la encuentra.
Tiene la cabeza abierta como parte su madre las calabazas, que primero les quita la tapa. Y todo ese moco hinchado, blancuzco y blando sale de ahí, de la sesera de su prima. De Remei la muerta.
No parece una persona, pero no sabría decir a qué se asemeja. Nunca había visto nada tan espeluznante. Porque Remei la muerta espeluzna más que el trozo de carne así que tuvo su madre aquel día. Ni comparación. Esa cabeza vista por dentro. Ese cerebro esparcido igual que cuando se te derrama un plato de papilla. Remei la muerta tenía su edad. Y su nombre. Por los pelos no le ha tocado a ella.
Remei llega a casa coja y llena de moratones. Y muda. Tarda tres días en poder explicar de principio a fin la desgracia de la carreta. Y más de un año en poder dormir.
Soñó muchas veces con aquella curva. E iría a verla muchas veces, también. Ni cuando desviaran la carretera. Ni cuando la cubriera el bosque. Remei siempre sabrá encontrarla. Aquí, es aquí, decía para sus adentros. Y por fuera señalaba aquel zarzal que no se diferenciaba en nada del zarzal de al lado. Aquí, aquí, repetía sin apartar los ojos de aquel palmo de bosque. Aquí se malogró el cerebro de la otra Remei. De Remei la muerta.
El que no sabía a qué santo encomendarse era el pobre Sisco. Tardaron tres meses en encontrarlo. No aparecía por ninguna parte. Como si se lo hubiera tragado la tierra. En cuanto vio aquel cuadro, puso pies en polvorosa. Y se escondió. Aquel día corrió hasta que los huesos le dijeron basta. Y bastante lejos lo llevaron. Encontró una buena gente en una masía cerca de Manresa, y allí se refugió. Todavía le quedaba pesquis para saber que si lo cazaban no se libraría. Sabía que aquel descuido era de los que se pagan caro. Una niña muerta. Muy caro, desde luego.
Y allí, en aquella masía cerca de Manresa, Sisco tenía que ingeniárselas como fuera para que le tomaran cariño. Y por eso lo único que hacía era trabajar. Trabajar y trabajar. Como un burro. Sin parar. Comía cualquier cosa y volvía a ponerse. Los de la masía cerca de Manresa no se lo podían creer. Nunca habían tenido un mozo como él. Ni conocían a ninguno tan cumplidor. ¡Cómo no iban a estar satisfechos! ¡Más que satisfechos! Quédate aquí todo el tiempo que quieras, chico, no hace falta que nos des explicaciones. Tú, boca cerrada, y nosotros, como si tal cosa. ¿Acaso no dicen que pecado ocultado, pecado medio perdonado?
Y mientas se deslomaba no pensaba en la carreta, ni en los bueyes, ni en Remei, ni en Remei la muerta, ni en su madre ni en lo que le harían si lo encontraban. Terminaba rendido todas las noches. Se dejaba caer en el saco del pajar que le hacía de cama, cerraba los ojos, y adiós mundo. Echaba mucho de menos a su madre. Y lo consumía no saber si su Remei se había quedado reventada por dentro. O tullida. O coja. Pero el miedo que le tenía a lo que le harían podía mucho más. Y era mucho más oscuro. Y se volvía loco si una sombra del bosque le había parecido un guardia civil que venía a buscarlo.
No es que Sisco fuera nada del otro mundo, pero cuando se reía se le ponía cara guapa. Aunque fuera el único en reírse. Aunque se riera a destiempo. Los dientes sí los tenía todos. Y blancos. Y muy bien hechos. En la masía cerca de Manresa los perdió. Todos. Ni cuatro muelas le quedaron de muestra, pobre Sisco.
Y es que un buen día fue el día. Sisco ya no podía más y descargó todo el tormento que lo carcomía. Y si el padre pega a la madre, la madre me pega a mí y yo pego al burro, aquí le tocó a una burrita.
Era jovencita y muy golosa. Y era la única que siempre se le escapaba. Sisco la tenía atravesada. No podía sufrir tener que ir por ella todas toditas las noches porque se perdía por los huertos. Tenía que forcejear cuerpo a cuerpo, incluso a empujones, para desengancharle el hocico de las coles más tiernas.
Y aquel día, a la hora de llevarla al establo, Sisco perdió la chaveta del todo. Y empezó a zurrarla. Con una furia... La habría matado de no haber sido porque de tanto llorar no veía, y de cada dos guantazos uno lo daba al aire. Y la burrita, que tenía más luces que él, soportó la paliza, esperó a que Sisco descansara un momento para cobrar fuerzas, y ahí lo dejó hecho trizas. De una coz seca y limpia que ni trazada con tiralíneas le reventó los dientes. Todos. De golpe. Y así estuvo de cortarlo y de dejarlo hasta sin lengua.
Al día siguiente, sin dientes y con un dolor de mil demonios en toda la osamenta, Sisco tiene que levantarse igual. Y a trabajar. Y a punto de que se cumplan tres meses de la desgracia de la carreta llega el día. Precisamente hoy, que está para el arrastre. Hoy la sombra del bosque no es sombra, es guardia civil. Al despuntar el día lo caza una pareja y se lo lleva a Castellterçol.
Le atan las manos a la espalda con una cuerda y lo suben al carro. Pero no lo tocan. Por lo visto se lo han advertido. Saben que no lo hizo por gusto y no gastan los malos tratos que él se temía.
Sisco había hecho una montaña de ese momento. Una montaña de azotes, patadas y puñetazos. Y no sabe qué es peor, si la montaña o la espera. Y que no llegue de una vez. Sisco no para de gimotear en todo el viaje. Un aullido fino, de lobato. Y no para. No puede.
Y llegan en cuanto empieza a oscurecer. Se lo llevan directo a la Serradora y lo tiran a los pies de los padres de Remei la muerta. Que muy buenas, que ya lo tienen aquí. Que ya dirán qué quieren que le hagamos2.
