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La celebración literaria de una generación de mujeres que son un referente vital. ¿Qué soñaba ser tu madre? Fuera lo que fuese, casi seguro que se quedó en el tintero. A las protagonistas de esta novela, nacidas durante la dictadura, no las dejan desplegar su talento. Pero ellas plantan cara y no se amilanan ante nada ni nadie. Y con sororidad y alegría huyen de la jaula doméstica, mantienen la pulsión artística, se atreven a lo impensable por el amor a un hijo, lideran luchas vecinales, descubren el feminismo y suben a aquellos vuelos chárter a Londres para ser dueñas de su destino. Nuestras madres rinde homenaje a la generación que renunció a sus sueños para que sus hijas sí que pudieran escoger. Después de conocer a estas poderosas mujeres, entenderemos una cosa extraordinaria: pese a que siempre se reconozcan solo las figuras masculinas, resulta que los auténticos referentes de vida eran ellas, nuestras madres. Novela ganadora del prestigioso premio Sant Jordi en 2022, tras 19 años sin otorgárselo a una escritora. Escrito y publicado originalmente en català, ha tenido una acogida impresionante por crítica y público en Catalunya llegando a ser todo un fenómeno literario.
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Seitenzahl: 459
Veröffentlichungsjahr: 2025
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«Un libro implacable, que tiene tanto de reivindicación como de festejo feminista que recomiendo con entusiasmo a las mujeres y también a los hombres».—Txani Rodríguez, El Diario Vasco
«La prosa es lo que ya está impreso, la escritura es la voluntad de hacer literatura. En este libro conviven el costumbrismo, la emotividad a flor de piel, todo ello aderezado con humor y una fina ironía, sobre todo, autoironía, una manera como otra de disimular la fatiga de no ser la mujer que algún día se soñó ser. Felicito a Gemma Ruiz por este libro impredecible».—Ernesto Ayala-Dip, Babelia, El País
«En Nuestras madres el mensaje es claro y la forma de contarlo, también. Este trabajo de sororidad y poner en primera fila a quienes sentaron las bases de la sociedad de hoy desde el hogar le ha valido a Gemma Ruiz Palà romper un muro que invisibilizaba a su manera la labor literaria realizada por mujeres».—Marta Casado, El Correo de Burgos
«[...] de ese cuestionamiento sobre qué es lo importante y a quién consideramos referentes, nació su novela Nuestras madres (consonni), un libro que entrelaza las historias de diez mujeres, la mayoría nacidas durante el franquismo, cuyas vidas son ficcionadas pero muy reales».—Ana Requena, Eldiario.es
«Nuestras madres despliega un patchwork de voces, un caleidoscopio del siglo XX, con el que Gemma Ruiz Palà ha querido prestigiar lo que peyorativamente se ha encajonado como “cosas de mujeres”».—Gemma Busquets Ros, El Punt Avui
«A través de las historias de las mujeres, Gemma Ruiz Palà muestra la fuerza y la decisión de las madres, arrinconadas de la historia».—Julià Gillamon, La Vanguardia
«Ruiz Palà se inventa una prosa precisa y próxima a la oralidad, llena de juegos y efectos que sirven para graduar con convicción la intensidad de las emociones sin caer en la trampa del tópico».—Ponç Puigdevall, El País
«Nuestras madres es una novela poderosa sobre las mujeres que crecieron en pleno franquismo y en una sociedad marcada por la represión del género femenino». —Núria Juanico Llumà, Diari Ara
«Hay inercias que no cambian. (...) La escritora pretendía generar una catarsis. (...) El vínculo intergeneracional se fortalecería. De la Maria Aurèlia Capmany de la cita que encabeza el último premio Sant Jordi a las madres que ahora son abuelas, pasando por Ruiz Palà y hasta las chicas que eran adolescentes después del #MeToo».—Jordi Amat, El País
«Pese a la crudeza e injusticia de algunas de las historias, pese a las lágrimas que de vez en cuando afloran mientras se lee, las voces de estas mujeres cantan a coro y no dejan pasar la oportunidad de festejar la vida con alegre desparpajo feminista».—Katixa Agirre
«Todo el mundo debería tener el derecho a disfrutar de Gemma Ruiz y su literatura explosiva».—Katixa Agirre
«Nuestras madres despliega un patchwork de voces, un caleidoscopio del siglo XX, con el que Gemma Ruiz Palà ha querido prestigiar lo que peyorativamente se ha encajonado como “cosas de mujeres”».—Gemma Busquets Ros, El Punt Avui
«El libro que demuestra que tal vez vivamos peor que nuestros padres (discutible) pero nunca peor que nuestras madres (indiscutible)».—Silvia Nanclares
Nuestras madres
Gemma Ruiz Palà (Sabadell, 1975) es periodista y escritora. Ha trabajado en Televisión de Catalunya como cronista cultural, redactora jefe y subjefa de Informativos. En 2016 publicó Argelagues, que se convirtió en un fenómeno literario. Cuatro años después, la novela Donde Wenling la consolidó entre los lectores. Con Nuestras madres ha recibido el 63º Premio Sant Jordi de Novela. Su obra se ha traducido al inglés, al castellano, al francés y al italiano.
Autoría Gemma Ruiz Palà
Traducción Gemma Deza Guil
Prólogo Katixa Agirre
Corrección Carme Franch y Sonia Berger
Diseño de colección Rosa Llop
Imagen de cubierta Ana Penyas
Producción del ePub: booqlab
Edición consonni
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D
48003 Bilbao
www.consonni.org
Primera edición en español: febrero de 2024, Bilbao
ISBN: 978-84-19490-34-6
Edición original en catalán:
Les nostres mares, Edicions Proa, 2023
© Gemma Ruiz Palà, 2023, por mediación de MB Agencia Literaria, S.L.
© de la traducción, Gemma Deza Guil, 2023
© de la imagen de cubierta, Ana Penyas, 2023
© de esta edición, consonni ediciones, 2023
Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco; así como una ayuda a la traducción del Institut Ramon Llull.
consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.
Leer a Gemma, hablar con GemmaKatixa Agirre
En diciembre de 2022, en el día de Santa Lucía, Gemma Ruiz i Palà subía al escenario del Teatro Nacional de Catalunya para recibir el 63º premio Sant Jordi, uno de los más prestigiosos de la literatura catalana. Era precisamente esta novela que ahora, lectora, lector, tienes entre manos, la que le hacía valedora de tan codiciada distinción. A 608 kilómetros de Barcelona, en Bilbao, yo intentaba seguir la ceremonia por internet. Ya estaba avisada, sabía del premio por un mensaje que Gemma me había mandado unos días antes. Desde la distancia, notaba los pulmones llenos de orgullo por mi amiga.
Gemma Ruiz empezó a publicar relativamente tarde, cuando ya había cumplido los cuarenta años, y después de casi dos décadas dedicadas al periodismo cultural. Pero con aquella primera novela, Argelagues (2016), aún inédita en castellano, consiguió lo que muy pocos escritores consiguen: que la leyera muchísima gente. De la noche a la mañana, Argelagues se convirtió en un best seller en Cataluña y Gemma es, desde entonces, una autora popular en el mejor sentido del término. Quiero decir que se la lee, se la quiere y se la para por la calle para hacérselo saber. Con Nuestras madres, su tercera novela (el mundo de la segunda, Donde Wenling, una peluquería regentada por un matrimonio de origen chino, vuelve a aparecer en esta novela, para delicia de las fans de Gemma), ha vuelto a posicionarse como la autora en catalán más vendida en el día de Sant Jordi. Es una suerte que la editorial consonni se haya animado a traérnosla traducida. Todo el mundo debería tener el derecho a disfrutar de Gemma Ruiz y su literatura explosiva. Todo el mundo debería poder leerla, quererla y, si se diera el caso, pararla por la calle para decírselo.
No se me olvida que el interés de la editorial consonni por la literatura catalana viene de antes, y nunca estaré suficientemente agradecida de que nuestras queridas editoras, con la complicidad de estupendas traductoras, estén recuperando la obra de la inigualable Montserrat Roig, autora de referencia también para Gemma Ruiz. No en vano en 2019, y junto a Albert Forns, publicó una antología de las entrevistas que Roig había realizado a personajes de la cultura catalana durante los años setenta: Retrats paral·lels, una antologia. Y no solo eso, la propia Montserrat Roig también tiene un cameo, igual que lo tienen Wenling y su peluquería, en Nuestras madres, donde aparece junto a la fotógrafa Pilar Aymerich en un capítulo especialmente delicioso de la novela. La admiración, pero también el vínculo, son claros, así pues no es casualidad que sea consonni quien esté detrás de las traducciones de ambas autoras catalanas.
Pero volvamos a la noche de Santa Lucía, esa noche en la que Gemma recibió el premio Sant Jordi. Tras un sucinto agradecimiento, Gemma, con su poderío habitual y un blazer a rayas, dijo frente a cámaras y micrófonos lo que había ido a decir: que hacía 19 años que el premio Sant Jordi no se otorgaba a una mujer, y que aquello era una vergüenza, una omisión imperdonable, y no debía volver a suceder. Comenzaba entonces a recitar nombres de compañeras escritoras que bien podrían haber merecido el galardón en esos 19 años de sequía. Gemma subía el tono, vehemente como es ella, levantaba el puño y el público cada vez aplaudía más. Recibir ese premio se convertía así, con ese discurso que Ada Colau y otras figuras notables de Cataluña se apresuraron a compartir en redes, en una reivindicación colectiva, en una suerte de reparación histórica y también, cómo no, en una fiesta feminista.
Exactamente lo mismo podemos decir de la novela Nuestras madres. Se trata de un relato colectivo, a diez voces nada menos, diez voces femeninas que juntas tejen una red que nos va envolviendo mientras leemos, creando un universo cercano, familiar y repleto de energía que se contagia. Ese relato colectivo no está exento de un esfuerzo por hacer herstory, es decir, una revisión histórica con ambición reparadora que rescata las voces de las mujeres que conformaron la generación de la transición, y también la siguiente: las luchas obreras lideradas por mujeres, la reivindicación del derecho al aborto, el drama de la madre migrante y la homosexualidad femenina, asuntos históricamente relegados a un segundo plano, cuando no directamente ocultados, son traídos en esta novela al centro del escenario, dándoles todo el protagonismo y la dignidad que merecen. Y, finalmente, Nuestras madres es también una novela-fiesta. Pese a la crudeza y la injusticia de algunas de las historias, pese a las lágrimas que de vez en cuando afloran mientras se lee, las voces de estas mujeres cantan a coro y no dejan pasar la oportunidad de festejar la vida con alegre desparpajo feminista. Al fin y al cabo, todas estas mujeres encuentran consuelo en su clan de la cicatriz particular, ese grupo de mujeres a las que recurrir en casos de emergencia, esas otras hermanas con quienes coinciden en la herida, y también en la sanación.
Al día siguiente de recibir el premio tuve la suerte de comer con Gemma en Barcelona, y mientras degustábamos varias copas de cava (a las que invitó ella, obviamente), pensé en la suerte que tenía de poder conocerla, de poder compartir con ella aquel momento dulce. Desde luego que no es necesario conocer a un escritor o una escritora para disfrutar la lectura de su obra al máximo. En muchas ocasiones, diría que lo recomendable es ciertamente lo contrario: no conocer jamás a ese autor o esa autora que admiramos, por si acaso. A menudo sucede también que la obra de alguien no nos dice mucho, incluso nos es indiferente, y sin embargo conectamos personalmente con ese alguien, y estamos encantadas de salir a beber cava en su compañía. Con Gemma Ruiz, sin embargo, se da el milagro: tengo la suerte de admirar su obra y disfrutar de su compañía a partes de iguales.
Esto ocurre porque leer a Gemma y charlar con ella son experiencias muy parecidas. He hablado un poco de los temas, ambientes y personajes que habitan en la novela. No he hablado aún de su estilo, que es, creo, su gran logro y su firma personal y reconocible. Cada vez con más frecuencia olvidamos que la literatura es placer estético, juego con el lenguaje, música en nuestras cabezas. Cada vez con más frecuencia el tema de una novela y su idoneidad histórica, política o social copan las opiniones y los titulares. Queremos leer novelas que hablen sobre algo, porque al parecer, queremos saber mucho sobre ese algo. Parecen haber pasado los días en los que leíamos simplemente por el gusto de leer, por dejarnos arrastrar, por ese descubrir en palabras conocidas, sabores exóticos y nuevas armonías. Pero sin estilo no hay literatura, o si la hay sería una literatura fácilmente superada por una inteligencia artificial con ínfulas de literata. Lo que consigue Gemma Ruiz no creo que pueda conseguirlo ningún ordenador, por muy potente que sea. Ya desde la primera frase sientes su voz cerca, te rodea, a veces crees que no vas a poder seguir su ritmo, su vitalidad parece capaz de apabullarte, pero en el momento justo te da un respiro, sabe sacarte una sonrisa, te deja pensando un momento con una apreciación de gran calado, se escapa entonces una lagrimita, mejor o peor disimulada, pero no se alarga demasiado, hay que seguir, seguir, seguir leyendo, y entonces vuelven las burbujas y una placentera sensación de embriaguez te va acompañando hasta el punto final, porque ya no puedes soltar el libro. Todo esto lo consigue Gemma cuando escribe, y también cuando, sentada junto a ti en un bar del barrio de Gràcia, o de paseo por el Empordà, o comiendo croquetas en el barrio de San Francisco de Bilbao, Gemma charla. También cuando conversas con ella la prosa de Gemma te rodea, te embriaga, te contagia algo de esa fuerza arrolladora con la que ella se levanta cada día.
A Gemma no la veo tanto como me gustaría. Sin embargo, poder leer el manuscrito de Nuestras madres antes de su publicación, gracias a la traducción de Gemma Deza, ha sido como tenerla cerca, casi siento como si hubiera pasado unos días de vacaciones con Gemma Ruiz i Palà, y ahora solo quiero hablar de lo bien que lo hemos pasado en nuestro viaje. Un viaje de su mano, sí, pero también un viaje de las manos del resto de madres y no-madres que viven, palpitan y gritan en este libro emocionante. Visca!
A nuestras madres,Margarida Palà Rubio yConxita Canal Gil
Y a todas las que cada día salís a buscar el mundo que ha caído rodando cuesta abajo y nos lo volvéis a colgar.
La actitud de un lector ante un libro de una mujer que habla sobre la mujer debe oscilar entre los límites formulables en estas dos opiniones: Primera actitud: «¡Pobres mujeres! Ya estamos otra vez. ¿No habíamos quedado en que las sufragistas lo habían arreglado todo? ¿No tienen ya todos los derechos que pedían? ¿Acaso no votan? ¿No salen solas de noche? ¿No consiguen puestos de periodistas, ministras, sabio de laboratorio y hasta un hueco en las cápsulas de los cohetes interplanetarios? ¿Ahora de qué quieren hablarnos?». Segunda actitud: «Pero ¿no habíamos quedado en que eso del feminismo era un movimiento superado, como el anarquismo y el estudio del esperanto? ¿No habíamos quedado en que las mujeres, las mujeres de verdad, se habían dado cuenta, ¡gracias a Dios!, de que su lugar era su hogar, con los hijos, y que este papel secundario no era un papel secundario, sino una aureola de prestigio sagrado?».
[…]
Pero ambas actitudes llegan a la misma conclusión: ya no hace falta hablar de la mujer. De hecho, el problema de la mujer no existe.
[…]
Todos sabemos que una fórmula de mala fe consiste en ignorar un problema que no nos apetece abordar. Todos sabemos que, respecto al problema de las reivindicaciones sociales, nadie puede decir ya como dijo María Antonieta: «Si no tienen pan, que coman pasteles». Respecto a la mujer, en cambio, la frase se sigue pudiendo utilizar con las variaciones pertinentes.
—Maria Aurèlia Capmany
Si hay algo que les deseo a mis hijos es que tengan la valentía de las mujeres.
—Adrienne Rich
Sobre todo, desearía que los hombres que lean estas páginas puedan identificarse con las parábolas protagonizadas por mujeres con la misma empatía que tan a menudo hemos manifestado nosotras hacia las suyas.
—Gloria Steinem
Lali, historia viva de su tiempo. Testigo privilegiado del progreso. Del nuevo confort, del nuevo bienestar: del nuevo consumo. De la vida moderna, tú, que ya era hora de que ellas también catasen el sabor de la contemporaneidad, que el cerdo de Franco ya la ha diñado, que ya no hay crisis del petróleo, que se ha acabado la guerra del Vietnam y la ONU acaba de declarar el Año Internacional de la Mujer. Y, por si fuera poco, otra efeméride: el primer hijo de Lali llega al mundo el mismo año que los primeros pañales de un solo uso. ¡Benditos dodotis! ¡Ni gota ni gota!
Para ellas, la modernidad será un invento para no tener que tocar tanta eme. Y eso, para una madre, sí que es nacer con una flor en el culo: Lali pertenecía a la primera generación que no tendría que lavar a mano, en el lavadero o en el fregadero, con jabón de pastilla bien neutro, de coco, a ser posible, los paños y paños y más paños de tela manchados de pipí y cacota que los bebés pringaban día sí y día también. Ya dicen que por más gloria que coman los niños…
Y por si haber tenido dodotis cada vez más perfeccionados para el segundo hijo no fuera privilegio suficiente, y dodotis que rozaban la excelencia para la tercera todo un lujo, a Lali le llega además justo a tiempo la modernidad de los pañales con velcro, transpirables, de máxima absorción, dermatológicamente testados y anatómicamente adaptados a las necesidades de las personas mayores. En el momento preciso en que los necesitará para su madre, llega lo que ahora ya nadie llama gasas ni dodotis y se ve que ahora hay que llamar pañales desechables.
Un entrenamiento de primera, los pañales advanced que también ha acabado utilizando con su padre. Una ganga, poder hacer prácticas con los progenitores impedidos ella sola. Un gran qué, ese señor currículum a la espalda. Porque cuando llegue su primer nieto, Lali le sabrá poner los puñeteros pañales en un segundo, con una sola maniobra, con un solo dedo.
Y ahora que ya tiene más de un nieto, ahora que Lali ya vuelve a estar a la última moda y sabe dónde encontrar en Barcelona pañales ecológicos, fabricados con materias primas naturales y renovables, con base de maíz libre de OMG, sin olor, sin perfume y sin plástico, tal como la han evangelizado su hijo mayor y su nuera: ¿y ahora esta broma de los pañales de tela?
—¡¿Que vuelva cuarenta años atrás?! ¡¿Me estás pidiendo que vuelva cuarenta años atrás?! —Lali estaba en la cocina. Tenía a su hijo mayor al teléfono, en modo altavoz, y el pollo en las manos, cortándolo en cuartos—. Ni hablar, yo no pienso lavar pañales, no pienso enmerdarme las manos como en la época de mi madre —Lali, cerrada en banda. Y ¡clac!, cuchillazo a un ala.
—Maaama…
—No me da la realísima gana —¡clac!, golpe con la macheta en la otra ala—. Como si no hubiera tenido bastante con oler las cagarrutas de toda la familia —¡clac-clac!, cuchillada en cada muslo—. La de mis tres hijos, la de los abuelos, que Dios los tenga en su gloria, y la de tus hijos.
—Que no tendrás que lavarlos a mano, maaama, no seas plasta, te lo he explicado tropecientas veces: los pañales de tela pueden meterse perfectamente en la lavadora, mira el paquete que te he dejado esta mañana, ¡lo pone bien claro!
—Y el día que destape la cagada y me encuentre con unos zurullos bien duros y hermosos, ¿qué? ¿Los meto también en la lavadora a que den vueltas? —Lali tenía ya todo el pollo troceado y esparcido en la bandeja del horno.
—Al váter, mama, es un momentito, los tiras al váter y pones el pañal a lavar.
—Tú lo ves todo siempre muy fácil. De lejos, lo ves tú —¡clec-clec-clec-clec!, ahora eran las patatas las que pasaban por el cuchillo.
—Oye, que yo también cambio pañales, ¿eh?
—No quieras competir porque te gano por goleada —¡clec-clec-clec-clec!, bien finas, que así no tardan tanto en hacerse.
—Vale, en eso sí que te doy la razón. Pero venga, por favor, abraza el cambio, mama, que está calculado: un solo bebé genera entre novecientos y mil cien kilos de pañales, ¡y son residuos que no se pueden reciclar!
—Yo también soy un residuo que no se puede reciclar y aquí me tienes, dando el callo como cuando tenía veinte años, a la zaga de tus hijos —¡clec-clec-clec-clec!, y esta ya es la última.
—Va, mama, hagamos un trato: si tú aceptas los pañales de tela, yo hago lo que me pidas.
—La vasectomía —¡chac!—. ¡Ay! ¡Hostia! —Lali se ha rebanado la punta de un dedo con el cuchillo de las patatas.
—¿Qué dices?
—Que me acabo de cortar y que te hagas la vasectomía, eso digo.
—Cojones, mama, solo te comenté que Margot y yo nos lo estábamos planteando.
—Los cojones y el soldadito te funcionarán igual, sé de buena tinta que una vasectomía es segura, efectiva y muy poco invasiva. Tú mismo: o vasectomía o ya te puedes confitar este paquete de pañales de tela —y se envuelve la yema del dedo con un trozo de papel de cocina.
—Pues vasectomía.
—Vasectomía urgente.
—Mira que eres plasta cuando te lo propones, ¿eh?
—Si tú pides hora, yo salgo a la calle ahora mismo a regalar todos los dodotis contaminantes que me quedan, ¿conforme? —Lali se destapa el dedo y ya ni le sangra. Ha sido un cortecito de nada. Como los que se ha hecho siempre. Como los que se han hecho todas: gajes del oficio. No hay que montar un drama por un cortecito de nada.
*
A Lali el último nieto le había sentado fatal. Nos ha fallado el DIU, se reían su hijo y su nuera como dos Isaacs Newton maravillados con la manzana. ¡Ya ves! ¡Ha fallado! ¡¿Que os ha fallado el DIU?! ¡¿Que os ha fallado el DIU?!, repetía ella sin la cantinela exacta de pregunta siempre que no acababa de procesar algo. Nosotros no teníamos medios, pero vuestra generación, ¿descuidos de este tipo? Su marido puso paz con eso tan suyo de que más vale aumentar que disminuir y abrió una botella de cava. Ella estuvo casi una semana de morros cuando le dieron la noticia de que volvería a ser abuela.
Por tercera vez.
Porque hacía apenas cuatro años que Lali había enterrado a su madre. Después de tenerla diez clavada en una puñetera silla por un derrame cerebral. Y hacía dos de la muerte de su padre, después de que un cáncer de huesos se lo comiera vivo. Había criado a tres hijos, atendido a sus padres, cuidado a dos nietos y un poco, un poquiiiito solo, empezaba a poder embobarse ante el espejo, un poco.
Y tampoco es que estuviera ociosa. El mayor y el mediano iban siempre a comer a su casa, de lunes a viernes, como un clavo. Y muchos días también iba la pequeña. Y además de eso, se encargaba de los nietecitos, que su hijo y su nuera eran unos… ¿cómo se dice?, unos frescales también, y como los borrachos pero con el trabajo, hacía la comparativa siempre que se le resistía la palabra workaholic. No, Lali no estaba de brazos cruzados. Cada día del mundo alimentaba una media de siete bocas.
Pero el nieto mayor ya tenía siete añitos y la pequeña, cinco, ya se entretenían solitos, ya no daban la guerra de un churumbel recién salido del cascarón. Pues, ¡hala, a fastidiarse! Vuelve a arremangarte como cuando los tuyos eran pequeños. O como cuando lo eran los suyos. Otra vez a hacer papillas, a dosificar dalsys, a desabrochar bodis y a cambiar los malditos pañales. No me diréis que no es un castigo, se lamentaba Lali cuando le prestaban oídos quienes podían entender una barbaridad como aquella. ¡Suerte!, imploraba, ¡suerte que la pequeña no tendrá hijos, tal como está el patio! Y suerte que el mediano tampoco parece tener ningún interés. Suerte, porque es que…
Y con el tercer nieto puso unas reglas, vaya si las puso. Ahora ya había saboreado qué era tener alguna tarde para ella. Ser del club de lectura de la biblioteca del barrio y no perderse ningún libro ni a ninguna escritora, por ejemplo. Y sobre todo: ser del club de las que gimen de verdad y a gusto.
Lali no quería perderse ninguno de los orgasmos que le estaba regalando la segunda juventud.
Por más abuela que fuera.
Por más madre.
De ahí el chantaje. De ahí que encontrara tan urgente que su hijo mayor no se la jugara ni un día más sin vasectomía. ¡Ay, si le hacía un cuarto bombo! Si le hacía un cuarto bombo, con el tercer nieto que apenas empezaba a caminar, estaría muerta en vida, lo sabía. Su nuera no solo era workahólica como su hijo: era una bellísima persona, pero francesa. La demoiselle tenía a sus padres al otro lado de los Pirineos. Con ese panorama, ya me dirás tú si Lali podía librarse de la esclavitud de los nietos. Pues imagínate con cuatro… Y qué caray, continuaba rezongando para sus adentros mientras esperaba a todas las bocas por alimentar. Qué caray, mientras esperaba a que el pollo y las patatas se acabaran de asar en el horno, ponía la mesa y aliñaba con un buen chorro de aceite el tomate. ¡Qué caray, tú! Que yo también sé lo que es que te abran, que te rajen y que te cosan.
Lali no se había librado de probar el último remedio.
*
La dirección se la dio la farmacéutica de su amiga. Diles que vas de mi parte, le dijo Anita, que Flora te hará pasar a la trastienda y te hablará de un ginecólogo que es persona.
Los de esa índole iban muy buscados. Aquel septiembre de 1985, Lali tenía una falta. La ley que de una maldita vez reconocía el derecho a abortar en España acababa de aprobarse en julio. Pero estaba en mantillas y todo el mundo iba con pies de plomo. Los fascistas que se tapaban las vergüenzas con el traje de Alianza Popular la habían hecho pasar por quién sabe qué. Pero por más ley que hubiera, no, el aborto aún no era libre y gratuito, como reclamaba el feminismo. Solo amparaba a la embarazada y al médico en tres supuestos: violación, malformación del feto y riesgo físico o psíquico para la mujer. Y estipular ese riesgo era peliagudo: tenía que ir acompañado de un justificante que miraban con lupa. Y he aquí como el gremio de tocoginecólogos del Reino de España lograba hacerse el sueco, aferrarse a la objeción de conciencia y negarles su derecho. Por ideología machista, noventa y nueve de cada cien. Por fanatismo religioso, también madre mía… Y entre una cosa y otra, las dejaban a la intemperie igual que en los años de la podredumbre franquista, por más flamante ley que los socialistas exhibieran.
Sí que se sabía de algunos médicos fuera de serie. Médicos que se habían comprometido con los derechos de las mujeres pese al miedo a acabar entre rejas. Pero eran cuatro, y no estaban al alcance de todos los bolsillos.
Y vete tú a fiar de los que lo hacían mejor de precio. En la clandestinidad, claro está. El que tenía más crédito era uno de Sants. Pero tenía un apodo para poner pies en polvorosa: el carnicero. Citaba siempre de noche en un piso que más que un piso era un cuchitril. Ni buenas noches ni cómo está usted, solo un cuando empiece, no griten, por favor en medio del recibidor. A punto para llevarse a la siguiente corderita con el delantal de plástico chorreando sangre de la que acababa de vaciar.
También se podía ir al barrio chino y preguntárselo a las que solían necesitarlo más. Las que se tenían que ganar la vida y perderla haciendo la calle necesitaban tener siempre a mano a alguna vecina que les devolviera el vientre liso como buenamente pudiera. Pero en el barrio chino las carnicerías también estaban a la orden del día.
Y como último recurso, si tenías pasta, salir pitando hacia Londres o Ámsterdam, donde lo hacían con garantías y en cantidades industriales. Pero con tres pequeños que le cabían en el regazo y un marido que no quería ni oír hablar de abortar, un marido que siempre estaba a punto para aumentar en vez de disminuir, ¿qué podía hacer Lali?
Porque hacer la maleta, no podía, pero tampoco tenía la necesidad de ir al barrio chino.
Lali, que era una fiera de las ofertas, que les sacaba petróleo a los vales del Corte Inglés y a cada ayuda por hijo que les daba La Caixa, que no se perdía el sorteo para ir una semana de vacaciones al parador que les tocara, que contaba hasta el último céntimo para pagar sin sufrir la hipoteca del piso nuevo y el préstamo del coche, había ido guardándose un rinconcito por lo que pudiera pasar.
Y ya tenía tres hijos, ¿para qué quería más?
Así que con un sobre con los billetes que había sacado de la hucha, pudo llamar al piso de la Diagonal que le había apuntado la farmacéutica de Anita: Vale un riñón y parte de otro, pero te lo solucionará. Un piso reluciente y recién estrenado como la bata de aquel ginecólogo fuera de serie: de aquel médico joven tan pájaro viejo.
—Aquí dentro hay algo, pero yo no sé qué es. ¿Usted quiere saberlo?
—No, solo quiero que me lo saques.
—De acuerdo, pues tómese este comprimido y vuelva de aquí a dos horas. ¿Convencida?
—Convencida.
Y al cabo de dos horas volvía a estar allí. Sola. Anita se había ofrecido a acompañarla, no hace falta, no te preocupes, le había contestado, que bastantes fatigas tenía ella ya con el niño. El ginecólogo volvió a hacerla entrar y clavar los pies en los estribos otra vez y, antes de proceder:
—Hemos quedado en que yo no le diré qué es y usted no me lo preguntará, ¿entendido?
—Entendido.
—Se lo succionaré con esto —y le enseñó una cánula de goma rematada con una jeringuilla muy abombada—. ¿Preparada?
—Preparada.
Y le cogió la mano:
—Procuraré hacerle el mínimo daño posible, pero duele un poco. Así que: respire hondo.
En poco menos de diez minutos ya estaba hecho lo que no podía tener nombre. Y la dejó descansar para que acabara de reponerse.
—Como aquí no ha pasado nada, no habrá informe, pero todo ha ido bien: estará débil y sangrará unos días, no se asuste, tendrá molestias similares a los cólicos de la menstruación, pero nada más. Ah, eso sí, un par de semanas de abstinencia sexual, para que la zona pueda recuperarse bien.
Lali resucitó de golpe.
—¿Un par de semanas? Mi marido no sabe que estoy aquí: no sabe nada de esto.
No debía de ser la primera que se embarazaba y se deshacía del embarazo, porque el ginecólogo tenía la receta a punto:
—Dígale que en la revisión le hemos encontrado unos pólipos en la matriz y que la pauta de tratamiento es de dos semanas, estricta.
Y su marido refunfuñó, vaya si refunfuñó… ¿Dos semanas? ¿Pólipos? Pero con la orden estricta tuvo que dejar las manos quietas. ¡Siempre tenéis que tener cosas raras, las mujeres! Para Quico todo eran cosas raras. Sin importancia, manías, ya me diràs tú.
Desde buen principio se la tomó a broma, cuando Lali le decía que la peste a ajo y cebolla de haber comido de menú la ofendía y hacía que se le pasaran las ganas de sexo. ¡Jojojojo! ¿Y eso? Qué cosas más raras tenéis… Nos gustamos, nos queremos y nos hemos casado: ¿qué más quieres, Baldomero?, que dice el anuncio. Y ni caso. Bragas abajo y, hala, al catre.
Y cuando Lali acababa el día reventada de trabajar en Metalux y de las tareas de casa, igual: oídos sordos. Le decía cuatro marranadas que le parecía que tendrían el efecto de un analgésico y a darle al fuelle se ha dicho.
Quico solo concebía un tipo de voluntades: las automáticas. Normal que para él Lali tuviera que funcionar como el nuevo exprimidor de naranjas que les había regalado La Caixa por Navidad: solícita, impaciente, como si pudiera encendérsele el deseo pulsando un botón.
Quico solo perdonaba la regla y los embarazos. Entonces sí. Entonces su asco sí que contaba para no consumar el matrimonio. Pero en cuanto volvían de la clínica y se acababa la cuarentena, el crío a la cuna y bien lejos, que ya le picaba la mosca.
Con el primero se tuvo que esperar a que le quitaran los puntos. Y mira por dónde, nunca había tenido tanta prisa por acompañarla al médico. ¿Qué, doctor, ya nos da permiso? Piense en los demás, como dice el anuncio, y soltaba el chistecito en la consulta. Con puntos y sin puntos, Lali tenía ganas de llorar todo el día. Y ganas de hacer el amor, las mismas que de ponerse a bailar la conga en plena calle. Pero… el médico ha dicho que sí, ¡no seamos más papistas que el papa, mujer!
El segundo se lo sacaron por la barriga y Quico creyó que ya podía volver a pensar en él. Ella estaba sin gota de hierro y hecha un cromo. Y como lo llevaba escrito en la cara, Quico no tuvo más remedio que entrar en razón: le dio unas semanas más de margen. Pero, cuando venció el plazo, Lali tuvo que volver a hacer los deberes conyugales que en aquella España eran por santa obediencia.
Con la tercera, Lali ya tenía treinta y un años. Hacía tiempo que había aprendido la lección. Sabía que volvería a casa con los bajos y la azotea hechos polvo y tristes y sin nada de ganas. Pero sin episiotomía ni cesárea ni ninguna palabra técnica para conseguir una tregua. Así que cuanto antes gimiera con fuerza, antes pondría él la cuarta. Cuanto antes gritara, antes se estamparía él. Y eso es lo que hacía, fingir lo que sotto voce había oído decir que se llamaba orgasmo. Al fin y al cabo, hacía lo que la Sección Femenina de la Falange Española había adoctrinado a las mujeres desde 1939: Ten siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando él alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que hayas podido experimentar.
Un día de calçotada en Valls con los de La Caixa se lo oyó decir. Mientras Lali se limpiaba el tizne de los dedos, él vociferaba en el lavabo de hombres: Ya puede llevar los números y los pantalones, ya, que yo se los quito, jajaja… ¡Eh!, que siempre tengo contenta a mi costilla, que pega unos gritos que son la prueba del algodón, que dice el anuncio, a ver si os voy a tener que invitar a venir para que aprendáis, jajajaja.
Tremendas, esas risotadas.
Tremendo, que ella hubiera encontrado el camino para no tener pelea y la medalla se la pusiera él.
En las reuniones de Tupperware y en las cenas sin Tupperware siempre echaban el cierre las mismas. Allí se desahogaba, con su clan de la cicatriz. La próxima vez que no te respete, encárate con él, le decía Anita. Mándalo a la mierda, si además tú no te llevas ninguna satisfacción, le decía su vecina. Si me lo hiciera a mí…, si me lo hiciera a mí…, le decía su prima sin saber cómo acabar la frase y con la vocecilla cada vez más fina.
Sí, claro, encárate, encárate…
Sí, claro, mándalo a la mierda, mándalo a la mierda…
Sí, claro, si me lo hiciera a mí, si me lo hiciera a mí…
Consejos vendo y para mí no tengo. Lo difícil es aplicárselos una misma. Por mucho que calculara, a Lali no le salían las cuentas para tantas preguntas. ¿Dónde iría sin un sueldo? ¿Quién iba a querer a una contable que hacía años que no pisaba un despacho? ¿Qué les diría a sus hijos para justificarse? ¿Qué le diría a Quico, queriéndolo como aún lo quería? ¿Y qué le diría a esa Lali que estaba dando la juventud, la profesión y el cuerpo a la ciencia de la familia? ¿Que se había creído el cuento de hadas y que había metido la pata hasta el fondo? ¿Sí? ¿Eso le diría?
Quico le hizo caso al ginecólogo pero puso el cronómetro en marcha. Sabía que el jueves a las cinco y media de la tarde haría dos semanas de la orden estricta. Más dos días que le había dado de propina, mira si era generoso.
El mayor y el mediano estaban invitados en casa de unos amiguitos. La pequeña ya había aprendido a caminar, pero solo tenía dos años. ¡¿No te puedes esperar a la noche, caray?! Quico hacía rato que no la dejaba en paz. Ponla a dormir y hacemos todos la siesta, mujer. Ya era la hora de la merienda y hacía dos horas que la niña se había despertado de la siesta. Cómo se nota que no los estás criando tú, se mordía la lengua Lali. Ahora no, Quico, por la noche. Pues por la noooche… Y se lo enfrió con un quinto. A ver si echan una de las mías… Puso el primer canal y se repantingó en el sofá.
Y es que Lali tenía un marido cinéfilo. De cineclub y de arte y ensayo, poco. De Perpiñán, todo lo que pudiera y más.
*
Estaban recién casados y todo el mundo tenía en la boca el tango y la mantequilla. Incluso La Trinca había hecho una canción sobre el asunto. Y con todo ese escándalo, ¿cómo no iban a ir ellos también de contrabando a ver a Marlon Brando? No eran pocos quienes iban a Perpiñán, subían a montones. Y Quico, siempre cachondo, no se lo podía perder.
Anita, que se apuntaba a un bombardeo, habría estado más que dispuesta a coger el 1500 y echarse a la carretera. Pero tuvo que darle calabazas: August dice que él no es de películas verdes. Y a Monti, el compañero de mesa de Metalux, Lali no se lo podía proponer. Así que subieron con el seiscientos y el apoderado de la oficina de Quico, Peña, que ese sí que era de su misma cuerda. Como su mujer, Palmira, que llevaba apuntadas en un bloc todas las sesiones de todas las X que proyectaban en Perpiñán: había cuadrado horarios para poder tachar todas las de la lista en un solo fin de semana.
Pero no sería tan fácil hacerles la cruz. Las colas en el Castellet daban la vuelta a la esquina y se alargaban un montón de calles más allá. Y resulta que toda esa legión de cineheridos hablaban en catalán del Principado. Y ellos que habían tomado por una exagerada a la dueña del hotel… Era un milagro que le quedaran dos cuagtos dobles, ¡un milagro! No hay nada como tener un régimen fascista a treinta kilómetros de la frontera: nunca se habían visto tantos coches con la B, la GE, la T y la L en la matrícula circulando por la ciudad.
Quico y Peña se frotaban las manos por haber tenido tanta chiripa. Cuando se lo contemos a los de la oficina, ¡ay, cuando se lo contemos! Porque para ellos, esa era la gracia: fanfarronear y largárselo a todo bicho viviente.
Lali hacía cola detrás de ellos con Palmira.
—El año pasado hicimos un maratón de seis y fue fabuloso.
—¿Y por qué tan fabuloso? Yo no acabo de tenerlas todas conmigo.
—Pues porque se aprende de sexo, chica. Yo fui a las monjas y todo era pecado, ¿o es que tú sabías las alegrías que te procura un buen cunnilingus? —Lali arqueó las cejas, como si le hablara en chino.
—No mucho, la verdad…
—Pues en el cine toma nota, chica, y que tu marido se esfuerce, ¡que ya verás cómo cambia la cosa!
Lali se estremeció. Ella se había casado con el primero de la clase. No necesitaba clases de refuerzo, qué va. Igual tenía de sobra. O le faltaban de otro tipo, pensaba cuando se apagaban las luces y Quico ya le había puesto la mano en el muslo, anhelante: comenzaba El último tango en París.
Tanta cháchara antes de entrar y, al salir del Castellet, se les había comido la lengua el gato. Los cuatro atrapados en aquella música de saxo que todavía les resonaba en la cabeza. Ellos empezaron a hacer un poco la coña a que obligaba la ocasión, pero se los veía forzados. Ellas no dijeron ni mu hasta el restaurante.
—Qué peli más triste… —abrió fuego Palmira—. Nos la han vendido con tantas gracietas que no me la imaginaba así para nada.
—¿Qué quieres decir? —preguntó extrañado Quico.
—Que yo la mantequilla se la habría puesto por sombrero, por más Marlon Brando que sea. O jugamos todos o no juega nadie, y la pobre Maria Schneider no parecía estar pasándoselo muy bien que digamos…
—Sí, ¡pero mírala al final! —intentó justificar Quico.
—¿Y todo lo que pasa hasta llegar ahí? —Palmira parecía estar acalorándose.
—Tiene razón… —dijo Lali cerrando filas con ella.
—Pues olvidémonos de la mantequilla y que nos la den con queso —cortó diplomáticamente Peña.
Y se lo tomaron tan al pie de la letra que se comportaron como auténticos pueblerinos: ni una corteza. Reluciente, quedó el carrito de brie, camembert y roquefort que les habían traído para que hicieran una cata.
Y aunque hubieran aflojado el ritmo y la afición, vieron tres películas más que hicieron más llevadero el viaje de regreso, a fe. Con estas X pudieron recrearse los cuatro: con estas X ellas no eran las únicas que bajaban al pilón. Ni ellos los únicos que disfrutaban. Palmira le daba un codazo cada vez que y como hay dios que Lali aprendió el qué de un buen cunnilingus. De unos cuantos.
—Menuda bobada de guion, comparado con la sustancia de Bertolucci —se las daba de intelectual Peña.
—Ni chicha ni limoná —se apuntaba Quico.
—Pero no te la endiñan a traición —los hizo callar de golpe Palmira.
Una vez en Barcelona, Quico no se atrevió nunca a ir a buscar el paquete de mantequilla Cadí a la nevera. Pero tampoco le apetecía higo, mira por dónde. No innovaba en el repertorio, por más que Lali se lo encontrara a menudo husmeando aquellas páginas satinadas recién salidas del horno. Porque ahora, por cuarenta pesetas, ya podía conseguir cada semana, y a cara descubierta, imágenes verdes.
*
Cinco días antes de las Jornadas Catalanas de la Mujer que dinamitaron el enrarecido templo de la Universidad de Barcelona, cinco días justos, tuvo a bien nacer Interviú. También es mala leche. Una revista que, para más inri, vendía el desnudo de una mujer en portada para cubrirse de gloria. Y como era la primera vez que eso pasaba en España, las babas, los calentones y los ¡guaus! fueron proporcionales a cuarenta años de represión franquista: unas colas que todavía hacen llorar a los quiosqueros. Los mismos que se hicieron de oro con el Interviú que salió solo cuatro meses después del primer número: Joven y desnuda, anunciaban plantificando en portada a Marisol. Sin avisarla. Su fotógrafo de confianza le había hecho años atrás un book de desnudos por exigencia de unos productores de cine americanos. ¿Y sabes qué? Que no le entregaré todo el trabajo, nah… se le ocurrió. ¿Y sabes qué? Que me quedaré algún negativo por si acaso, seh…
El mundo, con dictador o sin él, siempre es de los mismos: aprovechados, ladrones, caraduras, estafadores, mentirosos, depredadores…
El mundo está secuestrado por toda esa gentuza, por más que durante unos días ellas se hubieran hecho la ilusión de que empezaban a liberarlo.
Porque, aunque el destape las tapara, cuidadito con las Jornadas Catalanas de la Mujer. Se esperaban a lo sumo a unas quinientas almas, entre ponentes y público, en el Paraninfo de la Universidad. Nada, un acto de mujeres, testimonial, confiaban los capitostes que habían claudicado para dejarlas reunirse en su sanctasanctórum. Y lo llenaron más de cuatro mil: abogadas, periodistas, políticas, historiadoras, ingenieras, urbanistas, sindicalistas, empresarias, arquitectas, fotógrafas, antropólogas, traductoras, filólogas, profesoras y enfermeras. Más incluso. Porque esas cuatro mil nunca eran las mismas: las que llegaban a primera hora se iban a buscar a sus hijos y las relevaban las que no habían podido ir hasta dejar hechas las comidas.
Por falta de costumbre, hasta ellas mismas se quedaron de pasta de boniato: ¿de dónde han salido tantas mujeres? ¿Tantas que piensen, que pregunten, que anhelen, que duden, que se quejen y sueñen como yo?
Y venga volver la cabeza en dirección a la puerta. Un mismo tic, compartido, las hermanaba. ¿Es que no iban a entrar los grises? Seguro que sí, de un momento a otro, ya verás. No podía ser que allí se estuviera diciendo todo lo que se estaba diciendo sin que vinieran a por ellas. Sin que vinieran a mandarlas callar y obedecer, que era lo que habían visto hacer desde que tenían uso de razón. Pero la poli no quiso instruirse, cosa rara. Y ellas pudieron explayarse con el montón de material que cada grupo de trabajo había preparado. Ponencias sobre educación, movimiento feminista, trabajo, barrios, mundo rural, familia, medios de comunicación, participación política, terrorismo machista, legislación… No quedó nada en el tintero. Y no quedó ni un asiento vacío. Lleno a reventar cuando llegó el momento del simposio de los simposios: cuando llegó el momento de abordar la sexualidad.
Sin tabús ni vergüenzas. Palabra por palabra. Letra por letra y a viva voz, cuatro mil mujeres aprendían a hacerse por primera vez una exploración mamaria. Allí mismo, sí, no se movieron del sitio. En medio del Paraninfo de la Universidad de Barcelona, en las narices de todas aquellas eminencias retratadas en las paredes: Fray Luis de León, Ausiàs March, Séneca, Ramon Berenguer, Cervantes, Servet, Lope de Vega, Berruguete… Cuatro mil mujeres comenzaron a palparse las mamas para, a partir de entonces, saber cómo detectar un tumor a tiempo.
Y allí, bajo tanto sabio, tanta pompa y tanta historia, cuatro mil mujeres aprendían los pelos y señales de la masturbación, los métodos anticonceptivos, el derecho al aborto libre y gratuito, el consentimiento, el derecho al placer, el lesbianismo, los orgasmos y su órgano proveedor.
Y por primera vez y al mismo tiempo, descubrían aquella parte de su cuerpo que, vaya por dónde, siempre se olvidaban de dibujar los libros de anatomía. O, en los poquísimos donde sí salía, lo pintaban esmirriado, diez veces inferior a su esplendoroso tamaño real. ¡Repetid conmigo!, las animaba la ponente, se llama clítoris, es exclusivo de las mujeres, no envejece y está exclusivamente diseñado para nuestro placer. Sí, sí, lo habéis oído bien, ya pueden negarlo los ginecólogos del régimen, ya: ¡EXCLUSIVO PARA NUESTRO PLACER!
Lástima que aquel espejismo solo durara cuatro días y solo fuera para cuatro mil personas.
Toda aquella sororidad.
Toda aquella alegría.
Toda aquella información.
Todo aquel poder.
Las organizadoras así lo recogieron en unas señoras conclusiones, vaya que sí. Que no se perdiera ninguna idea, ninguna reivindicación, que aquel Estado que quería volver a ser una democracia estuviera bien calzado en derechos fundamentales. Y les salió un programa unitario y unánime que habría podido ser perfectamente el programa feminista de la Transición. Tal cual. Entero. De cabo a rabo.
Habría podido serlo, sí.
Pero qué quieres, con una transición española tan corta de miras. Si oía campanas y no sabía dónde. Si por nación interpretó comunidad autónoma, no veas con lo de la liberación sexual: solo supo entender mujer-objeto-sexual. O lo que en lenguaje común sería tetas y culos en el cine a manos de Ozores, Esteso y Pajares. Y tetas y culos en el Interviú a manos de tantos y tantos Quicos.
¡Ay, si Lali hubiera estado aquellos cuatro días de mayo en las Jornadas! Si los periódicos lo hubieran anunciado a bombo y platillo para que todo el mundo lo hubiera sabido y hubiera podido escaparse a oírlas. Lali habría sabido que lo que le pasaba era totalmente normal. Habría sabido que Quico no tenía el derecho que creía tener sobre el cuerpo de ella. Y que ella sí que lo tenía todo: el derecho a su propio cuerpo y el derecho a su propio placer. Y, de haberlo sabido, no le habría costado nada rebatirle que el sexo no podían ser nunca deberes conyugales que una tenga que hacer a la fuerza. De haberlo sabido, no le habría costado tanto contagiarse del aplomo de Palmira y pronunciar la palabra.
*
Porque el tango y Perpiñán ya estaban borrosos y a Lali no se le olvidaba. Se le había quedado grabada en el cerebro aquella palabra feota pero prometedora. Cunnilingus. Y un día hizo la proeza.
—El bacalao solo me gusta en Cuaresma, y de milagro.
—Oye, guapo, que me acabo de lavar en el bidé —protestó Lali.
—No me apetece comer pelusa, mujer.
—¡Pero si tengo cuatro pelos mal puestos!
—Te seré claro: me atraganté con un pelo un día y un poco más y me voy al otro barrio.
—¡¿Que te atragantaste con un pelo un día?! ¡¿Que te atragantaste con un pelo un día?!
—Fue… —Quico se dio cuenta de que había metido la pata hasta el fondo—. ¡Fue antes de conocerte, mujer! Va, apaguemos la luz, que hoy es a mí a quien le duele la cabeza.
Le dio la espalda y dejó a Lali con el deshabillé y los ojos abiertos como platos.
Y se puso a hacer números.
Era lo que más la distraía del mundo. Repasar tiques, facturas, letras, recibos… Calcularlo todo de cabeza para dormirse. Y al día siguiente, examinarse. Comprobar que todavía no se le había oxidado del todo el pesquis que tan buen papel le había hecho hacer en Metalux. Mientras los niños estaban en la escuela, ya se podría haber hundido el bloque entero que ella se habría quedado en suspensión. Haciendo cálculos. Y es que antes de hacer las camas, antes de fregar los platos del desayuno, antes de ir al mercado a comprar, antes de nada y antes de todo estaban los números que le habían hecho compañía toda la noche. Los pasaba al cuaderno de contabilidad y los miraba. Y se los remiraba. Y se los volvía a mirar, satisfecha de ver que no se había dejado ninguno por el camino.
Esa noche no eran tiques. Ni facturas. Ni letras. Ni recibos. Eran intervalos. Y de todos los subconjuntos de números reales comprendidos entre dos valores que delimitan dos extremos, uno en concreto, calculaba Lali: el intervalo que iba entre el extremo
a. Quico adolescente
y el extremo
b. Quico adolescente en el momento de conocerla.
Y no había manera de que le salieran las cuentas. En el extremo b tenía dieciséis años. Y los dos llevaban todavía la L en el cogote cuando, acabados de comprometerse, empezaron a estrenarse dentro del seiscientos. Dios y ayuda les costó que entrara. ¿Qué representaba entonces? ¿Que Quico había empezado a perseguir mozas con quince años? ¿Con catorce? ¿Con trece? No era razonable forzar el extremo a más atrás de eso.
No, cuando Quico se atragantó, ese pelo debía hacer tiempo que se afeitaba.
No era cabello de ángel, no.
Y a todas las preguntas que no había resuelto sobre la ciencia de la familia, ahora Lali tenía que añadir una sospecha.
Pero a los dos les iban saliendo arrugas sin que las investigaciones dieran ningún fruto. Ninguna mancha de carmín. Ninguna fragancia a perfume. Ninguna factura de hotel ni de restaurante. Ninguna prueba. Nunca. Y toda aquella inversión en estrategias para descubrir si tenía una querida, ¿qué? Lali tenía que reaprovecharla. Y cambió de misión.
*
Sus hijos ya habían entrado en la edad de la disco. Una o dos veces por semana, como mucho, pero ya volaban fuera del nido. Y cada vez querían estar por ahí más rato. A Lali no le hacía ninguna gracia perderlos de sus dominios. Perder su único dominio, en realidad.
Y en cuanto entraban por la puerta, Lali afilaba su nariz de sumiller: Tú, ¡una trompa de vodka con limón como un piano! ¡Tú, de malibú con piña! ¡Y tú, de whisky con naranja!, adivinaba hecha una furia. Y los tres, avergonzados y enfadados, se iban corriendo a encerrarse en su cuarto. A refugiarse de su madre.
Con cada paquete de tabaco, cogollo de marihuana o piedra de costo que entraban en casa, lo mismo. Paquete de tabaco, cogollo de marihuana o piedra de costo que eran puntualmente interceptados y diligentemente tirados a la basura. Después del recordatorio de lo que le pasó al hijo de Anita y de la bronca de rigor, claro está.
Y con las llamadas, lo mismo. Lali reconocía las voces de los amigos y amigas solo por el hola. Y si detectaba alguna voz nueva, un tercer grado hasta que sus hijos se lo cantaban. Era implacable. Y plasta pronto se convirtió en sinónimo de mama.
—¡¿Una plasta porque pregunte hasta qué día exacto estaréis en Francia, con tantos días sin verte?! —remataba el cabreo con el mayor.
—¡¿Una plasta porque te diga que ya nos la puedes presentar, que no hace falta que vengas siempre con los amigos de escudo y escondas a tu novia?! —remataba el cabreo con el mediano.
—¡¿Una plasta porque quiera que me expliques por qué os habéis peleado con las amigas si de pequeña os he tenido aquí a merendar cada tarde?! —remataba el cabreo con la pequeña.
Y así, diez cada día. Lali no entendía que la vida de sus hijos ya no era suya. Y cada plasta que saltaba entre las chispas de los reproches le sentaba como una patada en el hígado. Tenía narices la cosa: el progenitor abnegado, cómplice, encubridor y comprensivo había dejado de tener la sonrisa y el abrazo de Lali. Y como por arte de magia, ahora tenía la sonrisa y el abrazo de Quico.
Porque el poli bueno de la adolescencia de sus hijos fue él.
Y lo que para ella ya era de locos era pillarlo en plena planificación familiar. Cuando lo que Lali había encontrado revisando bolsillos era un preservativo, el discurso de Quico podía ir de esta guisa:
—¡Os lo digo a los tres! —y blandía el sobrecito de Durex frente a las mejillas como pimientos de sus tres hijos—. Al lado de esto sí que me encontraréis siempre —buf, cómo respiraban, pobres críos—. Ahora estáis en la época del busque, compare y, si encuentra algo mejor…, pero con el chubasquero puesto, ¡hijos! Y tú también, chata, póntelo, pónselo, como dice el anuncio, ¡tú también tienes que hacer que se pongan siempre el chubasquero!
La madre que lo matriculó… rezongaba para sus adentros Lali. ¡El síndico de la profilaxis, tú! Él, que tanto había sufrido siempre por su soldadito y que no quería nada de gomas, porque tapado no se pone igual de firme. Y ella, que tenía las pastillas antibaby prohibidas porque hacían que le subiera la tensión una barbaridad. Y la marcha atrás, que ya sabía cómo se las gastaba, después de aquel susto cuando ya tenía tres hijos. Pues como no hay más cera que la que arde y aquel susto no fue el último, Lali había vuelto a necesitar un sobre de dinero ahorrado y al ginecólogo fuera de serie de la Diagonal.
*
—Esta vez no —sentenció con los ojos clavados en la pantalla de las ecografías.
—¿Qué quieres decir con que no?
—Que no hay nada, que pronto ovulará: solo ha sido un retraso —Lali no lo entendía—. No debe usted de llevar una vida demasiado descansada, ¿verdad?
—Una casa, un marido, un niño de ocho, otro de cinco, una niña de dos y aún hago algún trabajillo para la empresa donde trabajaba. Era… soy contable.
—Pues el cuadro de estrés sale solo y es muy habitual que, en situaciones así, el ciclo se altere. Si no quieren más hijos, ¿han valorado la vasectomía usted y su marido?
—Dice que no se le levantaría el soldadito y no hay manera de sacarlo de ahí, y perdona la franqueza…
—Perdone usted, porque su marido tiene un miedo infundado: una vasectomía es segura, eficaz y menos invasiva que una ligadura de trompas.
—Tú quema, cose y liga todo lo que tengas que ligar, que no quiero volver a tener el alma en vilo.
El ginecólogo le explicó con todo lujo de detalle cómo sería la operación y quedaron para la semana entrante.
—¿Convencida de esterilizarse?
—Convencida.
—Si su marido no está al corriente, los famosos pólipos, que al final siempre tienen que sacarse —y le tendió la mano para estrechársela.
*
Y si con los anticonceptivos veía visiones, con la emancipación femenina Lali tenía que pellizcarse hasta hacerse morados. Pobre de Quico si se atrevía a disertar sobre la cosificación de las mujeres, él, que había comprado Interviús para empapelar el piso entero, entonces a Lali sí que le iba a dar un síncope. Porque es que cuando lo oía hablar con su hija… Que nunca te tenga que mantener ningún hombre, que siempre te puedas valer por ti misma y que lo puedas largar con un hasta luego, cocodrilo cuando no te interese, chata. Pues cuando lo escuchaba decirle aquellas cosas a su hija… a Lali se le ensanchaba el alma, la verdad. No me dirás que no es gordo que sea él quien se cuelgue otra medalla y que a mí todavía me haga gracia, se confesaba con Anita, la vecina y su prima cuando daban por terminadas las noches con y sin Tupperware.
Qué más daba de quién fuera el mérito. Para Lali, ver a la niña crecer con aquella seguridad en el cuerpo no podía pagarse con dinero. Siempre las cosas claras, sin miedo, sin pedir permiso ni
