Auras del Cartagena - Esteban Balza - E-Book

Auras del Cartagena E-Book

Esteban Balza

0,0

Beschreibung

Una foto familiar que trae el recuerdo de un viejo hotel de Santa Fe que contiene un secreto; dos adolescentes jugando a ser hombres en una solitaria isla, con un arma de por medio; un padre que se enfrenta a la muerte de su único hijo y el deseo de retenerlo; una tragedia que propicia el declive psicológico de un hombre. Estos y tantos otros, son los relatos que contiene "Auras del Cartagena", que nos hablan del deseo, la amistad, la soledad, la desolación y por sobre todas las cosas del miedo a perderlo todo en un mundo cada vez más despiadado. A lo largo de estas páginas, Esteban Balza nos lleva a recorrer un mundo asombroso, plagado de reveses, de hechos fantásticos que se reflejan en la realidad y que nos hacen dudar de nuestras propias percepciones.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 206

Veröffentlichungsjahr: 2020

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Esteban Balza

Auras del Cartagena

www.robalir.com

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recopilación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro medio, sin permiso previo por escrito del autor.

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

© 2018, Esteban Balza

© 2018, Robalir

Primera edición: mayo de 2018

ISBN: 978-987-47637-9-2

Contenidos

1 Portada2 Aviso legal3 Contenidos4 Prólogo5 El Hotel Cartagena6 El Espectador7 La Italiana8 La Isla9 Paralizado10 Irreversible11 La última noche12 El hombre del piloto amarillo13 El Túnel14 Compartí tu opinión sobre el libro15 Sobre el autor16 Otros libros del autor17 Robalir Editora18 Datos del ebook

Prólogo

Nos recibimos de algo cuando aceptamos la responsabilidad de serlo, pero además, cuando otros dan cuenta de ello y sentimos ese reconocimiento. En algún momento llegamos a completar con sustancia ese título, pero hasta no contar con una venia propia y ajena, no tomamos la medida exacta de eso que somos, o logramos ser.

«Volverse conscientes es, por supuesto, un sacrilegio contra la naturaleza: es como si le hubieras robado la inconsciencia a algo». La frase es de Carl G. Jung y se aplica a Esteban Balza y a este libro, que felizmente nos quita de esa inocencia que desconoce los albores de su obra.

Auras del Cartagenainterpreta una luz que descubre para la conciencia del autor —creo adivinar—, y a la de sus lectores, la existencia de un escritor versátil, empático, respetuoso de los cuadros psicológicos de sus personajes, y sus vocabularios. Un escritor con una virtud imprescindible: dejarnos observar situaciones interesantes en historias escritas de un modo eficaz y atrapante; con un estilo vertiginoso, y carente de ribetes artificialmente forzados.

Se procura —y por momentos con éxito— a la fantasía oficiar de realidad. Se detenta, además de una pequeña dosis de geografía extranjera, lugares y personajes cercanos al hábitat del autor; donde los lectores inmediatos a él, pueden sentirse a gusto por la referencia a estos espacios, y los foráneos, estimulados a conocerlos a través de sus páginas. Estos sitios, historias, y actores, se entremezclan entre cuentos, intentando ser el punto de partida de una posible y telúrica mitología. Si debiera establecer alguna posible influencia literaria entre las palabras de este autor, nombraría a Cortázar, Poe, o Stevenson —sin embargo, en comunicación personal, Esteban desconoce al escocés como ascendiente y agrega a King a esta lista.

Desde mi limitada y humilde subjetividad, puedo reconocer en El espectador, un punto alto de la literatura local. Su eficiencia en palabras, contrasta con la gran cantidad de imágenes y sentimientos que produce en la mente de su lector —o por lo menos así sucedió conmigo—. Esta genialidad no envidia a ninguna otra pluma de mayor reconocimiento. Observo además, en Elhombre del piloto amarillo, La isla, y Paralizado; otros faros dignos de ser destacados.

Los invito entonces al placer de avanzar por estas páginas, y disfrutar de robarle la inconsciencia al primer paso de este ya recibido «contador de cuentos» sancarlino, para vanidad y orgullo de quienes compartimos su suelo.

Germán G. Reutemann

El Hotel Cartagena

Cuando éramos niños, mis padres acostumbraban llevarnos a mi hermana y a mí, cada año a Santa Fe, a visitar a mis tíos. Siempre lo hacíamos en enero, cuando las temperaturas eran insufribles; pero era cuando a mi viejo le daban sus vacaciones. Por aquel entonces, él era empleado de la Municipalidad de Concordia.

Como la casa de mis tíos no era muy grande, siempre nos alojábamos en algún hotel, de manera que no dormíamos con ellos, pero sí nos reuníamos en las tardes para ir todos juntos a la colonia de vacaciones.

En uno de esos veranos, cuando ya tenía once años, mi viejo nos llevó al Hotel Cartagena. Era una pintoresca casona del siglo XIX, recuperada para servir de alojamiento. No se trataba del lugar más vistoso, pero era barato, y 1981 no había sido un año fácil ni para mi familia, ni para nadie.

Lo cierto era que el no contar con una vistosa vidriera o pisos pulidos como espejos, no lo hacía menos acogedor que otros hoteles. De hecho, me gustó desde el primer momento en que cruzamos sus altas puertas de algarrobo. El delicado empapelado victoriano logró cautivar incluso a mi madre, quien había protestado al enterarse de la supuesta calidad del Cartagena; y los mullidos sofás de terciopelo rojo invitaban a sentarse a todo aquel que pasara a su lado.

Había muchos cuadros, pero uno de ellos me fascinó en particular, el cual exponía una lúgubre escena de cacería; hombres armados con escopetas apuntando a los cielos, donde las escurridizas siluetas de las aves buscaban escondite.

La escena era hermosa en su simpleza y perfecta para el sitio en el que había sido colocada, justo encima de la chimenea. Toda la vida había querido tener una chimenea en casa, en las películas yanquis todas las casas tenían una, pero como mis padres solían decir, «¿Qué sentido tiene poner una chimenea con el calor que hace siempre acá, y más aún si existen estufas eléctricas, mucho más prácticas?»

Fue amor a primera vista para todos. Mis padres se enamoraron del hotel, y mi hermana y yo aprendimos a amarlo del mismo modo. Simple y acogedor.

Pero no eran los cuadros ni las sofisticadas ornamentaciones lo que más me atraía del Hotel Cartagena. Lo maravilloso en él era el fabuloso secreto que acabé por descubrir con el paso de los días. No tardé mucho en darme cuenta, de que no importaba cuanta gente se alojase, el hotel siempre tendría lugar para ellos. Los encargados del hotel tal vez confiaran en que esto pasaría inadvertido, pero nunca tuvieron en cuenta la posible visita de un chico inquieto y curioso como yo.

Cuando todas las habitaciones eran ocupadas y ya parecía no haber capacidad para nadie más, el Cartagena se ensanchaba para dar espacio a una nueva puerta; y cuando alguien abría esa puerta, se encontraba con una reconfortante habitación. Camas, roperos y cómodas se presentaban a voluntad para todo aquel que las precisara.

Esto ocurría una y otra vez, cada día, cada semana. El Cartagena era como un ser viviente que, alimentado por sus huéspedes, nunca dejaba de crecer. La magia en sus pasillos era innegable, misteriosa y única a la vez.

En la madrugada de nuestro último día de estancia en el Hotel Cartagena, desperté más temprano de lo previsto, no tenía sueño; por lo que aprovechando que con mi hermana dormíamos en una habitación separada de la de mis padres, me levanté y salí a caminar sin permiso.

El pasillo estaba a oscuras y el desayunador, en planta baja, seguía cerrado. Desconocía la hora, pero imaginé que serían poco menos de las seis, cuando vi por una ventana que empezaba a amanecer. Al doblar en una esquina choqué contra dos largas piernas. Así fue como conocí a Ramón Scotta, el portero del edificio.

Tendría más o menos la edad de mi viejo. Me dedicó una cálida sonrisa, que junto a su mirada despreocupada y su tupido bigote de morsa, me dieron ya de entrada, una gran sensación de confianza. Creo que me preguntó si me había caído de la cama, no lo recuerdo con seguridad, fue hace muchísimo tiempo y mi memoria no es tan buena como solía serlo.

De hecho no recuerdo casi nada de lo que hablamos esa mañana antes del desayuno, aunque sí albergo en mi memoria, una parte en especial de esa conversación:

«“¿Te fijaste en los pisos? —preguntó Scotta—, ¿sabés de qué son?”

»“De madera —contesté.”

»“Exacto, pero no cualquier madera. Es roble de Eslavonia... ¡Roble de Eslavonia!, ya no se consigue más. Fue muy difícil restaurar el piso en su momento.”»

Como no se me escapaba detalle alguno, detecté el error en sus palabras y enseguida se lo hice notar:

«“Pero si ya no se consigue, ¿cómo pudieron restaurar el piso?”

»“¡Ah, esa es una muy buena pregunta! Resulta que en la zona de Eslavonia ya no quedan de estos robles en particular, pero sí en Mendoza.”

»“No entiendo.”

»“La madera de roble de Eslavonia se usó por muchos años para fabricar los toneles de vino, hijo. Es el roble lo que le da ese sabor tan rico al vino cuando se añeja.”»

Entonces lo entendí.

«“¿Desmontaron toneles viejos para restaurar este piso?”

»“¡Sos un chico muy inteligente! —exclamó, y percibí sinceridad en sus ojos al decirlo.”»

Por algún motivo nunca olvidé el detalle en particular, a pesar de no tener utilidad alguna para mí. Recuerdo que tuve el inocente impulso de preguntarle si por ende, el piso aún tendría sabor a vino; pero esa era una pregunta estúpida. Scotta acababa de decirme que le parecía un chico inteligente y no quería arruinarlo con semejante muestra de inmadurez.

Se me ocurrió entonces decirle que conocía su secreto, el de las habitaciones que nunca acababan. De ese modo él se sorprendería aún más y admitiría que era demasiado listo para mi edad. Pero en ese preciso momento, alguien llamó al portero desde abajo y él, sobresaltado se despidió de mí, revolviéndome el cabello y dedicándome otra de sus cálidas sonrisas.

Supuse que volvería a cruzarlo más tarde, por lo que no me molestó quedarme con la palabra en la boca, pero no fue así. Me pasé la mayor parte del día con mis primos en la pileta.

Desalojamos nuestra habitación muy temprano al día siguiente y nos marchamos. Mientras nos alejábamos por el pasillo, al mirar atrás, habría jurado que la pared engullía las puertas de nuestras habitaciones, del mismo modo que una serpiente se traga un roedor.

No haber discutido el tema con Scotta tuvo, a decir verdad, poca relevancia para mí por ese entonces, por lo que no tardé mucho en olvidarlo.

Repetimos la costumbre de seguir visitando a mis tíos por varios años, pero nunca volvimos a quedarnos en el Cartagena. A mis padres les gustaba mucho la idea de conocer nuevos hoteles; sostenían que no había vez como la primera y que, repetir un hotel, podría arruinar la buena impresión que albergábamos de él en nuestros recuerdos.

Al crecer, tanto mis primos como mi hermana y yo, perdimos el interés por reencontrarnos. La adultez trajo consigo nuevas preocupaciones que obligaron a desechar tan bonita costumbre.

Cierto día le conté a mis padres sobre mi descubrimiento. Ellos se rieron, como era de esperarse. Mamá insistió en que solo había sido un sueño pero que se trataba de una idea muy original, «como para escribir un cuento».

Me enojé mucho por eso. Nunca volví a hablar con nadie más del tema, ni con amigos ni con la mujer con la que me casé y, más tarde, divorcié.

El recuerdo de mi estancia en el Cartagena se borró para dar paso a otras cuestiones, como mi carrera de arquitecto, criar a mis tres hijas, sobrellevar una traumática separación; hasta ser, al fin lo que soy hoy, un cuarentón, gordo y solitario, que aún se juega la tenencia de su hija más joven con una sarta de abogados sedientos de honorarios.

Semanas atrás, después del velatorio de mi padre, me senté a ver fotos viejas de mi familia. En una de ellas estábamos los cuatro, sonrientes, en una mesa del Hotel Cartagena; habían pasado más de treinta años desde entonces. Fue indescriptible la sensación de recordar tantas cosas a la vez en cuestión de segundos.

Las paredes empapeladas, los cuadros, los sillones de terciopelo y, claro, los pisos de roble eslavón. Pero cuando recordé los pasillos del hotel y su extraña magia encerrada en las paredes, me vi superado por un gran desconcierto. A mis años, la sola idea de creer en algo semejante resultaba una auténtica locura, ¿cómo podía un edificio alterar su estructura por sí mismo? Era absurdo.

Busqué sobre él en internet, pero no hallé nada. Por mucho que lo intenté, fui incapaz de encontrar referencia alguna al hotel, como si nunca hubiese existido. Eso me preocupó. «¿Y si los años habían deteriorado mi memoria?», pensaba. Los recuerdos de un niño pueden ser difusos e imaginativos, podría haberse tratado tan solo de un sueño.

Llamé a mamá para preguntarle, y resultó que ella también recordaba el Cartagena. Sin duda había existido, pero no quedaba vestigio alguno de él.

Hacía décadas que no iba a Santa Fe, casi había olvidado como se veía la ciudad, por lo que no tardó mucho en tentarme la idea de regresar. Lo planeé todo en cuestión de minutos, me tomaría un día libre a mitad semana e iría en mi auto.

Un miércoles, cuando ni el sol había salido aún y la escarcha cubría los pastos de mi jardín, partí a mi destino. Tomé la ruta 18 hasta Paraná, luego empalmé con la 168 y fui por el túnel, bajo las aguas del río, hasta cruzar de provincia.

Cuando a lo lejos divisé el nuevo puente colgante, me di cuenta de que en verdad habían pasado muchos años desde mi última visita. El original, una mole semirrígida de hierro que mantenía la carpeta carretera suspendida para el tráfico vehicular, había sido derrotado por las portentosas aguas de la inundación de 1983. Los santafecinos añoraron su puente por casi veinte años, era su marca, su símbolo; hoy reconstruido, tratando de mantener su estilo, compiten ambos puentes en una carrera sin principio ni final, de una costa a la otra.

Como era casi mediodía paré a almorzar en un bar llamado Costa Litoral, cerca del casino. Había un gran alboroto dentro y me figuré, por el griterío, que se trataba de un contingente estudiantil. Los gurises jugaban con la comida y volcaban el contenido de sus vasos antes de que los maestros pudiesen detenerlos.

Me senté afuera para fumar un cigarrillo y pedí pescado con papas fritas. Pregunté al mozo si sabía algo del Hotel Cartagena, pero se disculpó alegando no conocerlo. Luego me enteré por él, que había ocurrido un terrible accidente en el túnel días antes; dos autos habían chocado, muriendo todos los pasajeros en el acto. Un hecho lamentable.

Cuando terminé de comer, encendí otro cigarrillo. Un tipo de unos veinte años más o menos, salió por la puerta lateral del bar; era alto y delgado, de contextura fuerte. Miró a su alrededor, como asegurándose de que nadie lo veía y se acercó.

—Maestro, ¿tenés un pucho? —dijo.

Rebusqué en mis bolsillos y le tendí el atado. Deduje que sería el coordinador del grupo, por su remera verde flúor. De modo tal que si estaba relacionado con el turismo, pensé, seguro debía conocer bien los hoteles de la ciudad.

—Che, te pregunto algo... eh... —hice un ademán exagerado.

—Kevin.

—Kevin, mucho gusto —nos dimos la mano—. Escuchá, ¿sabés dónde queda el Hotel Cartagena?

Él me miró extrañado.

—¿Qué hotel?

—Cartagena.

—No lo conozco —contestó a secas.

Me temía que así fuera. Intenté disimular la decepción, sin mucho éxito, pues él se dio cuenta.

—Vos no sos de acá, ¿eh? —dijo Kevin.

—No, de Concordia.

—Anteayer estuve ahí, con una escuela.

Asentí en silencio y el captó mi desinterés; creo que se apenó un poco de no poder ayudarme, por lo que me preguntó si tenía algún dato más del Cartagena, que pudiese servir de pista.

—Sé que está más o menos en el barrio sur —dije—. Yo fui cuando era gurí todavía. Trabajaba un tipo de apellido Scotta, que era el portero. Pero ya debe haber muerto.

—¿Scotta? —repitió—. Conozco a un Scotta que laburaba en un hotel, pero no se llamaba Cartagena. Tenía otro nombre, que ahora no me acuerdo; y era el gerente.

—¿Gerente?

—Sí, tendrá unos setenta y pico años.

Me enderecé en la silla. Imaginé que no habría muchos viejos de apellido Scotta dedicados a la hotelería dentro de una misma ciudad.

—¿Y decís qué no te acordás en dónde trabaja ahora?

—No, no trabaja más. Se jubiló hace como un año. Yo le conseguí..., le vendí un auto. Se mudó a San Carlos. Bah, ahí me dijo al menos que se iba a vivir.

—Y, ¿dónde queda eso?

—Unos cuarenta y cinco, cincuenta kilómetros, agarrás la 19, hasta que llegás a un cruce y ahí enganchás con la 6. No te hagas drama que hay carteles que indican.

—¿Tenés la dirección de la casa?

—Le vendí el auto nomás, no le pedí los datos.

Una gorda de tez morena y de cabello teñido asomó por la puerta del bar.

—¡Kevin! —gritó— Ya terminamos de comer, ¿ya estamos para seguir?

De un sobresalto, arrojó la colilla humeante a unas macetas del bar y se giró para hablar a la maestra.

—Sí, ahí voy, profe. Dígales a los chicos que aprovechen para ir al baño ahora que después no paramos por un rato.

La gorda asintió y volvió a meterse en el bar. Kevin se volvió hacia mí.

—Me tengo que ir, che. Gracias por el pucho.

—Gracias a vos por la ayuda, Kevin.

Me guiñó el ojo y se metió también en el bar. Sin perder más tiempo, pagué la cuenta y me alejé cuanto antes de ese loquero.

No conocía la 19. Pasé por una ciudad llamada Santo Tomé y llegué a la autovía. En el camino me enteré de un detalle más que peculiar. Había viajado en búsqueda de una ciudad llamada San Carlos, pero acabé por encontrarme con que había tres pueblos llamados por este nombre, apenas diferenciados por las palabras Norte, Centro y Sud al final, de acuerdo a su ubicación latitudinal sobre la ruta 6. Cuando pregunté el porqué de aquella extraña disposición geográfica, me explicaron que así se habían distribuido por cuestiones étnicas y religiosas hacía muchísimo tiempo.

Me pasé más de una hora preguntando dónde vivía Scotta y no fue hasta que mis nervios rozaban el suelo, que alguien supo indicarme como llegar. Scotta vivía en San Carlos Sud, sobre calle Libertad, en una casa vieja sin revocar. Se trataba de una calle sin asfaltar y el camión regador no había pasado, por lo que una densa polvareda cubrió mi auto que había lavado el día anterior.

Toqué a la puerta y fui atendido casi al instante, un viejo decrepito me devolvió la mirada. No me reconoció, como era de esperarse, pero yo a él sí. Aunque las arrugas habían poblado toda su cara y su escaso pelo se hubiera teñido de blanco, aún seguía teniendo la misma expresión cálida de siempre. Me percaté de que ya no usaba bigote, por lo que se me hizo un poco raro al principio.

—¿Ramón Scotta? —pregunté.

—Soy yo, ¿qué se le ofrece?

Le expliqué quién era y el motivo de mi visita. De a poco, su rostro se fue aclarando y sus ojos abriéndose más, para dar paso a la curiosidad. Él también sonrió y me invitó a pasar. Cuando entré al comedor, noté que sus muebles me eran familiares, y enseguida comprendí el porqué. Los había visto en el Cartagena, su peculiar estilo victoriano podía distinguirse a kilómetros de distancia.

Scotta me ofreció una copa de vino. Eran las cuatro de la tarde.

—Prefiero un café, si no es molestia.

Nos sentamos a la mesa, yo con un cortado, y él, con una copa y la botella.

—Traté de encontrar el hotel —dije.

—No lo vas a encontrar nunca —contestó—. Lo demolieron hace diecisiete años.

—¿Lo demolieron?

—Sí. Una lástima, la verdad.

Había desinterés en su tono de voz, como si le diera igual la destrucción del Cartagena.

—¿Por qué lo demolieron? —pregunté.

—Porque el dueño murió —dijo, y añadió con fastidio—, y porque los hijos son tan imbéciles que no supieron apreciar lo que tenían.

—Te afectó mucho, ¿no?

—Trato de no pensar en eso.

Scotta vació su copa de un solo trago y volvió a servirse. Como yo no hablaba, empezó a divagar sobre el pasado:

—Bueno, cuando me conociste yo era el portero nomás. Pero con los años fui creciendo, y después de haber estado en todas las áreas del hotel, Cotichini, el dueño, me designó gerente del Cartagena. No es que quiera jactarme ni nada, pero te puedo asegurar que fueron los mejores tiempos del hotel.

»Todo fue perfecto hasta que murió Cotichini. Creo que fue por un ataque al corazón. La cuestión es que los hijos no tuvieron mejor idea que mandar a demoler el hotel para construir un edificio nuevo, más moderno, con penthouse y toda esa basura. Les importó una mierda la historia y la puesta en valor del edificio.

»Después de eso busqué trabajo en otro hotel. Con mi currículum conseguí rapidísimo, trabajé como gerente también ahí hasta el año pasado, que me obligaron a jubilarme porque, según ellos, ya estaba muy viejo. Así que me volví a mi pueblo.

Escuchaba en silencio a mi anfitrión, preguntándome cual sería el mejor momento para hacer la gran pregunta. Esa por la que había hecho más de trescientos kilómetros en un día. Apresuré mi café mientras Scotta acababa su relato. Él, para mi sorpresa, se percató de mi nerviosismo:

—¿Hay algo que quieras preguntarme?

Asentí en silencio y él entornó los ojos.

—Ramón —dije—, esa semana de 1981, en la que estuve con mi familia en el Cartagena, yo... me di cuenta de algo bastante raro.

—¿Ah, sí? ¡Mirá vos, yo vi muchas cosas interesantes cuando trabajaba ahí!

—¿En serio? ¿Cómo qué?

—Bueno, por ejemplo, ¿te habías fijado en los pisos?... ¡Roble de...!

—Eslavonia. Sí, me acuerdo. —repliqué con paciencia—. Pero yo hablo de otra cosa. Yo sé que puede sonar una estupidez lo que voy a decir, pero es algo que vi cuando tenía once años y nunca me lo pude sacar de la cabeza. El hotel era...

—¿Infinito?

Le di un manotazo a mi taza vacía y por poco cayó al suelo.

—Algo así. Las puertas no eran siempre las mismas, yo vi como la pared se tragaba la de mi pieza.

Scotta sonrió y por un instante aparentó ser diez años más joven.

—¡Qué chico inteligente! Te lo dije aquella vez y lo repito ahora también.

—¿De verdad fue así? —pregunté—. ¿No es un delirio mío de la infancia, nomás?

—Si me lo hubieras preguntado hace unos veinte años, cuando el hotel seguía en pie, lo hubiera negado; y hasta habría tratado de hacerte quedar como un pelotudo por decir semejante pavada. Pero ahora ya no tiene sentido que te lo esconda.

Suspiré, aliviado por un lado, al comprobar que mi memoria estaba bien; pero de sorpresa por el otro; si Scotta no mentía, él y yo, habíamos sido espectadores de un hecho sobrenatural.

—Muy pocos lo sabíamos —dijo Ramón—. Todo el que trabajaba ahí, terminaba por darse cuenta, al final. Los huéspedes nunca se fijaban, estaban metidos en sus cosas y pasaban por alto el detalle. Menos vos, claro. —añadió guiñándome el ojo.

—¿Por qué? ¿Cómo pueden estirarse los pasillos de un hotel y aparecer piezas nuevas así como si nada?

—Esa es una buena pregunta. La verdad, no estoy muy seguro de cómo. El edificio se había construido como cien años atrás. Con los muchachos teníamos una teoría, pensábamos que al momento de construirse, tal vez se podría haber utilizado algún material con... algún tipo de energía, no sé si me entendés.

—La verdad que no —dije.

—Sí, ya sé que es una teoría con poco sustento. Pero que yo sepa, no había ningún cementerio indio ni nada extravagante en el lugar, cuando se construyó el edificio. Por eso me inclino más por los materiales de la construcción.

—¿Y el piso?

—Sí, yo también pensé en el roble de Eslavonia —sonrió ampliamente Scotta—, siempre tuve mi sospecha ahí.

Me moví incómodo sobre la silla. Cada palabra que intercambiábamos me acercaba un poco más a la idea de que había echado el sentido de la razón por la ventana.

—Entonces —dije—, es como si el hotel hubiese estado vivo, ¿no?

—¡Por supuesto que estaba vivo! —dijo Scotta—. Y cuantos más huéspedes lo alimentaban, más crecía.

No pude evitar rememorar aquella vieja escena animada, en la que Pinocho era tragado por una ballena y obligado a vivir allí.

—¿Y no era... peligroso?

—No. El Cartagena nunca fue peligroso, por el contrario, su aura siempre fue cálida, siempre estaba dispuesta a hacerse un espacio para que más gente pudiera entrar. Estoy seguro de que le gustaba la gente. Siempre nos lo hizo saber.

—Hablás del hotel como si hubiese sido una persona.

—No puedo decirte lo que era con exactitud. No era un hotel cualquiera y todo lo que había dentro se impregnaba de esa aura, cualquier objeto; y también las personas.

—¿Qué pasó con el... aura, cuando demolieron el hotel? —pregunté.

—Se dispersó.

—¿Dónde?

—Por todas partes. El problema, querido, es que después de eso, ya no fue cálida como antes.

—¿Qué querés decir con eso?

Scotta pareció elegir con cuidado sus palabras:

—Pienso que está enojada con nosotros. Con las personas en general, por tirar abajo su hogar.

—¿Por qué lo decís?

—La estuve siguiendo. En especial este último año. Me doy cuenta de donde estuvo porque en ese lugar siempre pasa alguna desgracia. O hace enloquecer a alguien o lo empuja a hacer alguna locura. Y siempre ataca a los hombres.

—¿Por qué a los hombres, nomás?

—No sé. Pero que yo sepa, hasta ahora no afectó a ninguna mujer de forma directa. —Ante mi mirada de desconcierto, agregó—: Estuvo por estos lados hace poco, y mató al hijo de un vecino. Lo mató en un accidente de tránsito.