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Aurora es un androide creado en un laboratorio. Es la primera inteligencia artificial con un cerebro mecánico y cuerpo orgánico. Pero su cerebro, aunque artificial, es una copia exacta del funcionamiento de un cerebro humano, lo que la aproxima enormemente a una identidad racional. Cuando el Gobierno aprueba leyes en contra de la generación de androides con apariencia totalmente humana, la científica que la ha creado la ayuda a escapar y esconderse de los agentes para que no la destruyan. Huida de la justicia y sintiéndose tan humana como cualquiera, emprende una nueva vida como una más en la sociedad, encontrando en el camino buenas y malas personas y pasando penurias que la hacen dudar de si merece la pena querer ser humana. Ella tendrá que defenderse con uñas y dientes de aquellos que quieren hacerla desaparecer.
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Veröffentlichungsjahr: 2024
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AURORA
RICARDO SOTO GARCÍA
AURORA
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2024
AURORA
© Ricardo Soto García
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2024.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-10076-93-8
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RICARDO SOTO GARCÍA
AURORA
Sois unos cuantos familiares y amigos los que me habéis ayudado y apoyado para llevar a buen puerto esta novela. Por eso os quiero decir lo siguiente a cada uno de vosotros:
Te dedico esta novela a ti, porque sin tu apoyo y ayuda no habría podido creer en ella y finalizarla. Sin ti, el camino habría sido muy cuesta arriba y nunca habría podido dejarla tan redonda como ha quedado al final.
A quien pueda interesar, estas son mis memorias.
He decidido, ahora que espero mi futuro incierto en una prisión y ahora que soy consciente de quién soy realmente y que sé la clase de persona que he llegado a ser, que puede ser interesante que algún día no muy lejano sean de acceso público. De este modo, todos podrán conocerme mejor y comprender por qué la humanidad no es propiedad exclusiva de los seres humanos.
Mi nombre es Aurora Caasi, yo misma lo elegí. No obstante, no es el primero que he tenido. Ese fue Crystal I14. Sin embargo, cuando comenté que no me gustaba, me preguntaron cómo quería llamarme. Respondí solicitando los nombres de las personas que me estaban observando de manera expectante. El único que me llamó la atención fue el de Aurora. Descubrí más adelante que había sido la persona más importante y la parte más esencial en el proceso de mi creación. Era la ideóloga y el motivo de mi existencia. Ella me dio el apellido.
Fui creada en el año 2081. El día en que mi conciencia empezó a funcionar fue el 1 de abril. Como no comencé a existir de la manera convencional en que cualquier humano viene al mundo, podría decir que esa es la fecha de mi no-nacimiento.
Mi cuerpo es orgánico, pero se hizo crecer en un laboratorio como el de una mujer hermosa de unos veintitrés años. Es un cuerpo funcional, del mismo modo que lo es el tuyo. Contiene los mismos órganos y huesos a excepción del cerebro, el cerebelo, el tálamo y el cráneo que lo contiene, que son artificiales. A decir verdad, hicieron crecer mi cuerpo alrededor del cráneo a partir de células madre de una persona sana.
Mi cráneo está hecho de microlattice, el metal más ligero y resistente del mundo. No es liso, como te estás imaginando, sino rugoso; de lo contrario, la carne y los tendones no podrían adherirse bien al metal.
Mi cerebro funciona como uno orgánico. Cuando la doctora Aurora Higgins, mi creadora, averiguó cómo funcionaba un cerebro humano, es decir, cómo se guardaba la información en él y cómo se formaban los pensamientos, fue cuestión de tiempo que consiguiera fabricar uno que lo emulase copiando la estructura atómica y utilizando materiales más resistentes, eficientes, duraderos y superconductores.
No obstante, este descubrimiento no fue una tarea fácil. La doctora tuvo que inventar una serie de herramientas de análisis que pudiesen profundizar a nivel subatómico. Una vez que fue capaz de observar cómo interactúan las neuronas y las distintas partes del cerebro a nivel cuántico, pudo comprender cómo trabajaba, copiarlo y fabricar uno artificial.
Esto significa que no hay diferencias de funcionamiento entre mi cerebro y el tuyo.
Sin embargo, gracias a los materiales con los que está construido, tiene capacidades más amplias, mayor memoria y mayor capacidad de procesamiento de información, ya que la estructura subatómica y la red neuronal es más eficiente porque está compuesta de grafeno, el mejor conductor de electricidad que existe en la Tierra. El resultado es que mi coeficiente intelectual es muy alto, tan alto como el mayor que puedas encontrar en algunos seres humanos. A diferencia de tu cerebro, el cual se refrigera con la corriente continua de la sangre, las altas capacidades del mío hacen que esto no sea suficiente. Por ello, aquellos que me diseñaron idearon un microsistema de compresión y descompresión de gas para generar frío alrededor del cerebro y a través de microconductos que atraviesan mi red neuronal. Es el mismo sistema que usan las neveras para enfriar, pero mucho más avanzado, hermético y miniaturizado, por lo que se podría decir que tengo una nevera en la cabeza. Estaría bien que me hubiesen puesto una puertecita en la cabeza para poder meter cervezas o refrescos dentro, ¿verdad? Pero no, mi cráneo está rodeado de piel y pelo. No podrías diferenciar si soy humana, un robot o un androide biónico. Me da igual que me llames robot, androide o androide biónico. Ninguno de estos apelativos me molesta mientras no tengan una connotación peyorativa.
La energía que necesita mi cerebro se extrae de mi propio cuerpo, que, como si de una pila se tratase, me alimenta con el calor que genera y a través del fluir continuo de mi sangre, que se aprovechan para crear electricidad y redirigirla al cerebro.
La verdad es que técnicamente nunca me ha interesado qué tipo de avances tecnológicos fueron necesarios para hacer crecer mi cuerpo alrededor de mi cráneo. Prefiero no escarbar en ello, porque siento algo extraño cada vez que se me pasa por la cabeza. Hacen crecer en laboratorios, a partir de células madre, la comida que la mayoría de la gente ingiere, y pensar que mi cuerpo ha sido creado de un modo similar al que se usa con las hamburguesas es un poco inquietante.
Sí me interesa, sin embargo, saber cómo funciona mi cerebro. Tuve conversaciones sobre este tema con la doctora Aurora, «la humana», como solían remarcar sus colegas de laboratorio cuando querían diferenciar a cuál de las Auroras se referían: a ella o a mí. Lo cierto es que el resto de los científicos que colaboraron en mi creación no eran muy listos que digamos; bien podían habernos diferenciado por el apellido, puesto que ella es Higgins y yo Caasi. Sobre todo porque a la doctora Higgins le molestaba que no me tratasen como a un igual. Aunque intentaban no referirse a mí delante de ella como la robot o Aurora la máquina, había veces que se les olvidaba y obtenían una reprimenda.
Remarco este hecho, porque debes tener claro que me considero tan humana como tú. Sé que si estás leyendo esto puede que aún no lo creas, pero así es, soy totalmente humana. Yo así me siento. Lo supe el mismo día que me miré desnuda por primera vez en un espejo. Aquel día en el espejo te vi a ti. Contemplé a alguien de carne y hueso, como tú. Mi voluminoso pelo castaño rizado, mis ojos almendrados color verde, mis labios delgados, mi nariz respingona, mis pechos de tamaño medio, uno un pelín más grande que otro, mis caderas redondeadas y mi vello púbico de color castaño conformaban el cuerpo de una mujer cualquiera en cualquier parte del mundo. La conciencia que estaba allí, mirándose en un reflejo, gritaba en el silencio de mi cabeza: «¡Pienso, luego existo!».
El proceso por el que empecé a comprender el mundo no duró demasiado. Mi cerebro recién generado no era una caja vacía. La doctora extrajo del suyo, con la tecnología que ella misma había inventado, el conocimiento sobre las cosas físicas que nos rodean, los colores, los sonidos, los olores y el lenguaje. Cuando fui activada, sabía qué era todo lo que me rodeaba; sin embargo, no era capaz de expresarlo mediante mi voz. Aunque mi cerebro era capaz de identificar cada objeto, era incapaz de verbalizar que lo que tenía enfrente eran personas, sillas, ordenadores o paredes. No sabía cómo usar mis cuerdas vocales. Al igual que un bebé, fui descubriendo poco a poco cómo utilizar mi cuerpo, cómo moverlo, cómo hacer sonidos y cómo pronunciar palabras. Acabé dominando la expresión oral y era capaz de expresar lo que necesitaba o pensaba.
Estuve un año y tres días en el laboratorio aprendiendo a comportarme como un humano. Recordándolo con perspectiva, he de decir que fueron días bonitos para mí. Aunque mi cuerpo era el de una adulta de unos veintitrés años, mis primeros seis meses fueron como la infancia feliz, despreocupada e inocente de cualquier niño. Los seis meses siguientes supusieron un avance exponencial que me llevaron a tener la edad mental que debería tener una persona de veintitrés años. Todo lo que me ocurría allí era nuevo, sorprendente, emocionante y excitante. Los sabores y olores de la comida, aunque estaban identificados en mi cerebro porque habían sido previamente integrados en él, eran experiencias y sensaciones virginales. Todavía recuerdo las primeras sacudidas de calor y frío, el vello de mi piel al ponerse de punta, el aliento de la doctora Higgins en mi nuca cuando se colocaba detrás de mí para señalarme algo en la pantalla del ordenador. Los científicos que me rodeaban me ayudaron a conocer lo que tenía a mi alcance en el laboratorio y lo que existía fuera de él. Me mostraron vídeos del mundo exterior, haciendo hincapié en que me debía fijar en el comportamiento social porque era lo que tenía que aprender. Me permitieron leer cualquier tipo de información de cualquier e-book que quisiese estudiar. Pero también hicieron todo tipo de experimentos y pruebas médicas para comprobar cómo se desarrollaban mi cuerpo y mi cerebro, que eran lo más desagradable.
Pese a que cuando comenzó el proyecto de mi creación no había leyes que enmarcasen lo que estaba ocurriendo en el laboratorio donde yo nací, surgieron movimientos en contra de la creación de cuerpos orgánicos completos a partir de células madre. Aquella técnica no era nueva. Se había usado antes para generar órganos para trasplantes en laboratorio. Pero cuando algunas empresas empezaron a crear cuerpos completos a los que se podía revivir, todas las religiones del mundo se pusieron de acuerdo para condenarlo, argumentando que no éramos dioses que pudiesen crear vida a nuestro antojo desde la nada. Esas empresas estaban interesadas en alargar la vida de los seres humanos, puesto que, en un futuro no muy lejano, sería posible introducir la conciencia completa de una persona en un cuerpo con un cerebro virgen. Los primeros cuerpos a los que se dotó de vida en laboratorios eran de adultos con la mente vacía de contenido. Eran como vegetales, pues lo que hace que una persona sea persona son las vivencias y experiencias de las que carecía un cerebro originado de la nada. Los lobbies de la religión utilizaron todo el poder que tenían a su alcance para luchar contra tal aberración y consiguieron doblegar a los gobernantes.
La doctora Higgins, que en los comienzos del proyecto se dio cuenta de que tenía un cerebro artificial tan sofisticado, complejo y lleno de matices que no podía encajar en ninguno de los cuerpos mecánicos de los que la ciencia disponía hasta ese momento, vislumbró en esta tecnología la posibilidad de encajarlo en uno orgánico. Un cerebro tan complejo y sofisticado solo podía estar en un cuerpo humano.
Del mismo modo, no mucho después de comenzar el movimiento anticuerpos, y tras la aparición de robots con piel sintética igual a la humana, también surgieron voces en contra de que tuvieran una apariencia totalmente humana. Y, al final, también se dictaron leyes para evitarlo.
La razón era que, a pesar de ser considerados como máquinas, podrían acabar viéndose como humanos de segundo nivel, es decir, como esclavos laborales o sexuales. Esto podía ocasionar una sociedad que cultivase, de algún modo, la idea de sentirse con el derecho de hacer lo mismo con algunos seres humanos, teniendo en cuenta que, en muchas ocasiones, conseguirlos era más barato que comprar un androide. De cualquier modo, pudiese llegar a ser cierto o no, tras muchos debates sociales se aprobó la ley para que los androides no tuviesen una apariencia totalmente humana. Su piel debía tener un aspecto artificial. Por eso, todos los androides con los que el mundo convive tienen la misma apariencia andrógina y esa piel que parece cera anaranjada aceitosa.
No te equivoques: estos androides no me llegan ni a la suela de los zapatos. Es posible que tengan una capacidad de procesamiento muy superior a la mía, pero están lejos de parecerse a un ser humano, puesto que solo tienen un sinfín de algoritmos prefijados y programados para responder ante situaciones y contextos predeterminados, nada que ver con la forma en la que está construido mi cerebro.
De cualquier modo, cuando se aprobaron aquellas malditas leyes me sentí como el personaje que tanto me había impactado en uno de los cuadros que había visto en uno de los e-books de arte. Era una obra de un famoso pintor llamado Goya en la que un pelotón de fusilamiento apuntaba a un grupo de personas. Una de ellas parecía destacar de las demás con un brillo diferente y una expresión inquietante en el rostro.
Recuerdo muy bien el día en el que todos los noticiarios del mundo dieron a conocer su aprobación. La sensación de incredulidad y angustia me invadió. Y, al mismo tiempo, como a cámara lenta, sentí una sensación física extraña. El aire se espesaba a mi alrededor hasta el punto de sentir su presión en mi cuerpo. Eran emociones y sensaciones que no había experimentado nunca. Llevaba tiempo alimentando mi conciencia con experiencias y vivencias que me habían llevado a lo que se podría decir que era mi adolescencia mental, pero no fue hasta que aparecieron esas leyes que obligaban a destruir a cualquier ente como yo que descubrí lo que es el miedo. Ahora que sentía que aquellas leyes me encañonaban como las del pelotón de fusilamiento de aquel cuadro, era capaz, por fin, de entender la expresión de terror en su cara.
Por suerte, la doctora Higgins no quiso echar por tierra todo lo que había logrado conmigo y decidió salvarme a toda costa, a sabiendas de que su vida, tal y como la conocía, también iba a correr peligro.
Se vio obligada a fingir mi destrucción, por lo que tuvo que mentir al resto de científicos del laboratorio y a un par de empleados gubernamentales encargados de supervisarla. No fue fácil, teniendo en cuenta que su plan era liberarme al mundo real bajo una identidad falsa y hacerme viajar a otro país.
Por un lado, tuvo que pagar bastante dinero para proporcionarme la identidad falsa que iba a demostrar que yo existía como humana. Y, por otro, tuvo que gastarse otro montón de dinero para crear en la dark web y en la white web un pasado para mí, una mujer de veintitrés años que nunca había existido. Ideó una vida inexistente que tuve que aprenderme para poder interactuar con el mundo real disponiendo de una coartada.
Lo más complicado de su plan para engañar al Gobierno y salvarme no era proporcionarme una identidad y un pasado falsos, sino idear una obra de teatro en la que su actriz principal, que era yo, desaparecía en el último acto ante los oficiales encargados de supervisar mi muerte. Desgraciadamente, el plan no salió tal y como ella lo había planeado. Aquella nueva vida que la doctora me había prometido en el exterior nunca llegó en la forma dulce y tranquila que ella había pensado.
Fui consciente en todo momento del peligro que corría y no quería morir, así que hice todo lo que Higgins me dijo que hiciese.
Lo recuerdo como si fuese ayer…
—¡Buenos días! Veo que hoy te has levantado muy tarde. Supongo que trasnochaste, ¿verdad? —dijo la doctora Higgins con una sonrisa picarona.
Aurora se ruborizó porque estuvo viendo una antigua serie rosa de televisión en la que había grandes dosis de amor y sexo. Estaba enganchada y disfrutaba, cuando podía, de varios capítulos seguidos.
—Buenos días. Sí, supongo que ayer me quedé viendo la serie que te comenté hace días.
—Bueno, está bien, tampoco tienes demasiadas responsabilidades como para tener que madrugar. Hay personas que de tanto ver ese tipo de series se convencen de que en la vida real ocurren las mismas cosas. No te vicies demasiado.
—Sí, lo entiendo —respondió con algo de exasperación. Era la enésima vez que se lo mencionaba.
—Te lo repito porque no estoy segura de que lo entiendas. Los jóvenes se ven inmersos en ideas cuyo punto de partida son las emociones. Para ellos, cualquier experiencia nueva es como un subidón de cocaína.
—¿Cómo lo sabes? ¿Has probado la cocaína?
—No.
—No te creo. ¿Por qué no ibas a haberla probado? ¿Nunca has sentido curiosidad?
—Todos sentimos curiosidad por las drogas, pero, en mi caso, cuando era adolescente, no tenía amigos que me llevaran por el mal camino. Ahora tengo la suficiente experiencia como para saber que, si entras en este mundo, llega un momento en el que te acostumbras a ellas. Entonces, para conseguir la misma sensación que provocan al principio, necesitas cada vez más droga o pasar a otra que proporcione mayores emociones. Si no eres lo bastante fuerte mentalmente, terminas entrando en barrena y mandas tu vida al carajo en una espiral autodestructiva o directamente a un ataúd.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Olvidas que he estudiado la mente humana? He estudiado con detenimiento los efectos de las drogas en el cerebro. Cuando una persona toma drogas, en su hipotálamo se genera dopamina, un neurotransmisor encargado de proporcionar placer. Tu hipotálamo es orgánico y también la genera. Cuando eso ocurre, tu cerebro está preparado para detectar sus niveles. Esto significa que el mecanismo que produce la felicidad en tu cerebro es el mismo que el de cualquier persona, solo que se produce de otra manera, con componentes químicos más eficientes.
»Si probases las drogas, tu cerebro sería capaz de generar las mismas sensaciones que en el nuestro produce la dopamina. Pero, en realidad, no sé qué ocurriría a ciencia cierta. Es decir, ¿serías capaz de doblegar a la droga? O, por el contrario, ¿sería la droga la que te doblegue a ti, conduciéndote a la adicción? Supongo que, dada tu gran capacidad de lógica, serías capaz de gestionar todas las emociones que genera de una manera más eficiente y no caerías en la adicción. No obstante, si quieres saber mi consejo sobre si debes o no probarlas, no te lo puedo dar. No soy un buen ejemplo, porque, a pesar de todo, aún tengo curiosidad por ellas y quién sabe si algún día… Anda, cambiemos de tema, cariño. —Hacía tiempo que la doctora no la llamaba por su nombre, sino que usaba este apelativo amoroso—. Hay un tema importante del que tenemos que hablar. Como sabes por las noticias, están a punto de aprobar una serie de leyes que nos obligarán a terminar con tu existencia actual. Tranquila, no quiero que temas nada, no dejaré que nada te ocurra. Te lo prometo —se apresuró a decir ante la expresión de angustia de Aurora, que la miró expectante, sentada en el sillón de cuero blanco de la sala de estudios.
Esta habitación era como el cuarto de estar de una casa normal. Un lugar donde Aurora pasaba la mayor parte del tiempo leyendo libros o viendo vídeos de los que aprendía cosas y donde podía relajarse jugando al ajedrez o cualquier otro juego de mesa con Higgins o con otra persona del equipo. No era una sala fría que pudiera evocar de algún modo a una jaula para ratones. Era amplia, con cálidas lámparas de luz amarilla. A la izquierda había un enorme sofá, dos sillones abatibles, una mesa baja y una gran televisión pegada a la pared. Alrededor de ella había reproducciones de cuadros famosos muy juntas que conformaban un mosaico de colores. A la derecha, un sillón de cuero blanco y un escritorio de cristal blanco opaco donde descansaban una pantalla de ordenador, un teclado y una diadema de control mental para manejarlo. El teclado y demás periféricos eran residuales vestigios del pasado para usar en caso de emergencia cuando las diademas daban problemas.
La doctora continuó.
—Sin embargo, debemos prepararnos para ese día con el fin de poder eludir la pena de muerte que recaerá sobre ti. He trazado un plan que debemos ir disponiendo. Te contaré lo que vamos a llevar a cabo…
Un mes y medio después, se aprobaron las leyes. Pasados varios días desde su aprobación, llegó la esperada notificación: «Por medio de la presente, hoy, día 1 de junio, y basada en la legislación vigente aprobada en la Resolución de la ONU 8194 (2082) por el Consejo de Seguridad en su 7348.ª sesión, celebrada el 30 de abril de 2082, y teniendo conocimiento de la existencia del ente Aurora que está siendo desarrollado en sus instalaciones, se le hace constar al presidente de la compañía HRobots, S. A. que es necesario que, en cumplimiento de la ley, el ente Aurora sea destruido. A partir de la recepción certificada de la presente notificación empezarán a contar 15 días, tras los cuales, oficiales del Gobierno se personarán en sus instalaciones para supervisar la destrucción».
La compañía era propiedad de la doctora Higgins y, dado que con la aprobación de las leyes el proyecto ya carecía de futuro, decidió prescindir de todos los empleados.
Los técnicos de laboratorio tuvieron tiempo suficiente para despedirse de Aurora.
A algunos se les saltaron las lágrimas. Otros se refugiaron tras la máscara de la acritud para no dejarse llevar por los sentimientos. Y una minoría simplemente se despidió con un frío adiós; para estos pocos, solo era una máquina.
Ellos creían que no sabía qué le iba a acontecer, nada más lejos de la realidad. Ella era consciente del peligro en todo momento, pero se estaba viendo obligada a fingir que no sabía nada y que no sentía preocupación alguna. Fingir no le resultó difícil, le salió de manera natural, ya que el miedo a lo que le podía ocurrir actuó como espolón. En esos momentos no se planteó que estuviese mal mentir.
Cuando comenzó el proyecto, para obtener las células madre necesarias para la generación de cuerpos se recurrió a muestras de personas fallecidas que eran enviadas a Harvard, donde hacía años que se llevaban a cabo estudios con ellas antes de que se degenerasen a los dieciséis días de haber fallecido sus dueños.
La doctora sobornó a uno de los estudiantes que participaba en los estudios para que le proporcionara muestras de niños y niñas fallecidos cuyo examen genético no arrojase enfermedad hereditaria alguna. Se pretendió que el cuerpo de Aurora no fuese el de alguien vivo o el de un adulto muerto que pudiese ser reconocido. Hacer crecer un cuerpo adulto a partir de células madre de niños fallecidos era la mejor opción.
Para no dejar huellas, las muestras de ADN y células madre y cualquier registro de la existencia del cuerpo de Aurora fueron eliminados de HRobots. A todos los efectos, fue como si nunca se hubiese generado. Hecho esto, nueve días antes de la llegada de los oficiales, que es cuando se esfumó el último de los técnicos de laboratorio, la doctora se dispuso a hacer crecer otro cuerpo orgánico alrededor de una de las primeras versiones del cerebro de Aurora que aún tenía fallos, el Crystal I3. Aurora era la versión I14, pero cuando se comprobó que todo funcionaba a la perfección, pasó a llamarse simplemente Aurora.
A pesar de que ese cerebro primigenio aún tenía fallos, se consideró un éxito, porque fue la primera versión que se aproximaba a lo que Aurora llegaría a convertirse. Con el Crystal I3 se podía interactuar obteniendo respuestas a preguntas básicas. Sin embargo, se podría decir que aquel cerebro era el equivalente a lo que nosotros consideramos como la primera fase embrionaria de un ser humano que llega a las doce o quince semanas, cuando el feto aún no es considerado persona, ni siquiera en potencia, pues el cerebro y su sistema nervioso no están desarrollados por completo. Así se lo explicó la doctora Higgins a Aurora cuando esta le preguntó si no iban a destruir a alguien como ella.
La creación de un cuerpo llevaba siete días hasta que era totalmente maduro. Esto significó que el tiempo de generación fue muy justo, puesto que, aunque se hizo a tiempo, no sabían cómo iba a interactuar a ciencia cierta con el cerebro. A pesar de que habían depurado la técnica de creación de cuerpos a partir de un cerebro artificial, el margen de error existía.
El cuerpo que se generó para el Crystal I3 fue diferente al de Aurora.
Cuando empezó a respirar, Aurora sintió una considerable sensación de inquietud al ver a un ser parecido a ella que balbuceaba y movía los miembros de una manera muy torpe. Aquel otro cuerpo palpitante y lleno de vida era el de una chica de pelo rubio rizado, frente ancha, ojos color miel, nariz perfecta, ni muy grande ni muy pequeña, y labios gruesos. Una preciosidad bastante más atractiva de lo que era ella.
Durante dos días estuvieron ambas en el laboratorio principal, intentando obtener respuesta del Crystal I3 a estímulos externos. Consiguieron producir ciertas contestaciones a preguntas sencillas. Aquel ser, que se expresaba con torpeza para comunicar necesidades e ideas básicas, era alelado, lento de pensamiento y muy primitivo.
Estuvieron esperando, impacientes, a los oficiales del Gobierno, que en cualquier momento aparecerían en la empresa. En cuanto acabasen con el teatro y todo hubiese finalizado, saldrían del edificio y no volverían. Higgins se ocupó de borrar también todo rastro de la existencia de Aurora de los ordenadores. Contrató un equipo de limpieza para eliminar cualquier huella dactilar por las zonas en las que había estado, incluyendo la gran habitación donde vivía. Desde que hicieron la limpieza, la doctora le ordenó que llevase guantes quirúrgicos en todo momento para no dejar huellas. También quería que estuviese presente cuando los oficiales llegasen. Sintió que la mejor forma de esconder algo era ponerlo a la vista de los demás, porque, según sus palabras, «cuando alguien busca algo escondido, no escudriña los sitios que están a la vista». Pensaba así desde que leyó hacía años La carta robada, historia que la impresionó y dejó huella por la sencilla manera de esconder algo a la policía: dejándolo a la vista.
Aquella propuesta sorprendió mucho a Aurora, que le preguntó si era buena idea estar presente. Ella, sin tan siquiera mirarla mientras se hacía una coleta con una goma, tan solo le dijo que sí.
Aurora ya conocía todos los detalles sobre la vida ficticia de su nueva identidad porque había tenido que aprenderlos. Sin embargo, el nombre de su nuevo alter ego iba a ser una sorpresa que le desvelaría la doctora cuando los oficiales se hubiesen marchado del edificio. Aurora estuvo varios días intentando sonsacarle su nuevo nombre. No fue capaz de convencerla.
Le preguntó una vez más si podía usar el nuevo nombre. La doctora, con una sonrisa picarona, le respondió que ante los oficiales debería identificarse como Margot Jenkins. Y antes de que ella le preguntara, le dijo: «Y no, no es tu nuevo nombre; ya te dije que es una sorpresa».
Por un momento estuvo tentada de adelantárselo, pero por algún motivo, llámalo instinto, quizás, decidió inventarse otro para utilizarlo ante los oficiales.
Los oficiales Gabriel Cash y Martin Riggs se presentaron en la puerta del edificio propiedad de HRobots, una construcción de cinco plantas acristalada con vidrios de tono bronce. Ambos pensaron que parecía abandonado, no había nadie dentro. La puerta de cristal no estaba cerrada con llave y, justo al tomar la determinación de acceder a la recepción, la doctora Higgins, como un barco que sale de la bruma, asomó por el ascensor y se dirigió a recibirlos a la misma puerta.
En la solapa de la chaqueta de Gabriel Cash, el escudo del Cuerpo de Oficiales brilló fugazmente por los rayos matutinos de sol que deslumbraron a la doctora. Aquel fogonazo burlón era la luz al final del túnel que las personas que han tenido una experiencia cercana a la muerte dicen haber visto. A fin de cuentas, aquellos oficiales traían la muerte consigo.
Gabriel Cash no era el típico oficial y su terquedad y tenacidad eran famosas. Con sus ojos de ratón cubiertos con unas gafas de cristales rectangulares amarillos, su nariz romana y la vestimenta atípica que le caracterizaba, se podría decir que era el más extravagante del Cuerpo de Oficiales. Al fijarse en la doctora Higgins, le resultó atractiva. Siempre habían sido su debilidad las pelirrojas con el pelo rizado, a pesar de no haber podido salir nunca con ninguna. La mujer, con sus cejas y pestañas rojizas y sus sutiles pecas bien dibujadas, tenía una apariencia juvenil que ocultaba su verdadera edad. La bata blanca que siempre llevaba puesta en el edificio la hacía aún más atractiva. Siempre que Gabriel veía una pelirroja se imaginaba su vello púbico de color naranja y lo excitante que sería acariciarlo. Casi todos los hombres tienen un pequeño fetiche que los excita, y este era el de Gabriel Cash.
El otro oficial, Martin Riggs, era un tipo que, a priori, podía parecer introvertido; sin embargo, debajo de la fachada de timidez inicial había un tipo al que le gustaba contar chistes o soltar chascarrillos a cada rato. Su pelo largo, pero siempre peinado con la raya a la derecha, sus largas pestañas que parecían extenderse hacia las sienes y sus ojos castaños, que recordaban a la mirada de una mujer, transmitían un sentimiento maternal. Su boca de labios finos, que parecían estar siempre sonriendo ligeramente, y su nariz bulbosa de puente pequeño y estrecho, con la parte inferior muy voluminosa y cierto agrandamiento de las fosas nasales, emanaban tranquilidad y sosiego.
Riggs llevaba solo cinco años en el Cuerpo de Oficiales. A pesar de su juventud, se había ganado el respeto y la amistad de Cash, que llevaba ya veinte años, por su profesionalidad y dedicación al trabajo.
—Buenos días, soy el oficial Gabriel Cash. Le presento al oficial Martin Riggs. Venimos a supervisar la desconexión del ente Aurora.
—Adelante, los estábamos esperando. Tenemos todo preparado. En el edificio solo estamos mi ayudante y yo. Me he visto obligada a despedir al resto de los empleados.
En el ascensor, esos incómodos segundos hicieron que, como muchas veces, alguien comenzase a hablar. Riggs le preguntó a Cash:
—¿Sabes qué ocurriría si conocieses a la chica de tus sueños en un ascensor que sube hasta la última planta de un rascacielos y esta se enamorase de ti durante el trayecto?
—No, pero adivino que me lo vas a contar.
—Sí —rio—. Que serías el amor de… subida. ¿Eh?, ¿lo pillas? De su vida.
—Es francamente malo, Riggs.
—De eso nada. Mira, la doctora está sonriendo, a ella le ha gustado. ¿Verdad que le ha gustado, doctora?
Ella marcó un poco más la sonrisa en su cara sin contestar a la pregunta. Riggs miró de nuevo a Cash y, de nuevo, dirigió la mirada a la mujer. Antes de que comenzase a hablar otra vez, les salvó la campana cuando el ascensor abrió sus puertas.
Higgins los dirigió hacia el laboratorio donde aguardaban Aurora y el Crystal I3, que yacía tumbado en una camilla. Al entrar en la gran sala, Aurora se acercó a saludarlos y se identificó como Margot Jenkins. Riggs observó el laboratorio con la curiosidad de un niño. No era el típico laboratorio frío de tonos blancos y metálicos. Lo único que era de color blanco era el suelo. El techo era negro y las paredes, lisas, de color granate. Había montones de sillas y mesas de plástico rojo donde reposaban pantallas de ordenador. A su derecha había una sala acristalada desde el techo al suelo cuya pared del fondo era un degradado de azules. La imagen de una gran pecera le vino a la mente al evocar un acuario que visitó en Miami cuando era pequeño. Enfrente había una sala con la puerta entreabierta. Más allá de algún tipo de brazo mecánico, no alcanzó a ver qué más había dentro. A la izquierda, en la esquina del fondo, estaba habilitada una zona espaciosa con muchas más pantallas en las paredes a ambos lados de la camilla donde estaba el androide que debían destruir.
Tras las presentaciones, los dos oficiales se aproximaron al Crystal I3 y comprobaron que respiraba. Riggs, dos pasos atrás, a su derecha, se llevó la mano a la pistola para estar preparado ante cualquier eventualidad. Cash le dijo a la doctora:
—Si no le importa, vamos a necesitar hacer unas breves preguntas al androide.
—Por supuesto, siéntanse como en casa. —Dirigiéndose a Aurora, le dijo—: Margot, por favor, ve a mi despacho y trae un par de cafés de mi máquina personal para los oficiales.
Cash comenzó con las preguntas:
—Hola, soy el oficial Gabriel Cash. ¿Cómo estás?
—Tumbada.
Riggs se rio y tosió de manera fingida llevándose la mano a la boca, tratando de ocultar enseguida que le había hecho gracia. Cash lo miró con seriedad y este se puso firme al instante y, afirmando con la cabeza, se llevó la mano de nuevo a la pistola. Cash continuó con sus preguntas.
—Ya veo, pero me refiero a cómo te sientes. Me gustaría saber cómo estás, el cómo te sientas ahora es importante para nosotros. ¿Eres consciente de lo que va a ocurrir? Esto es complicado también para nosotros, nos sabe mal lo que va a suceder. Y tú, ¿cómo te sientes?
—¿Cómo me siento? Doblando las piernas y apoyando el trasero en una superficie lisa.
Otra vez la comisura de los labios de Riggs arrojó media sonrisa. A pesar de ello, la situación era tensa. Cash estaba tratando de identificar si iban a tener problemas durante la desconexión. Quería averiguar si el androide tenía programado algún instinto de supervivencia que pudiera suponer un intento de huida o algún tipo de reacción agresiva.
—Ya veo. Muy bien. ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Aurora.
—¿Aurora? Así que tenemos dos Auroras en este laboratorio —dijo mirando hacia la doctora Higgins, a su izquierda.
—Así es. Llámenme egocéntrica, pero le he puesto mi nombre.
—Ya veo. Tenemos un caso de complejo de dios agudo. Otro científico más que ha querido jugar a ser Dios creando seres a su imagen y semejanza. ¿Eh, Riggs? —Volvió a dirigirse al androide—: ¿Tienes miedo?
—No.
—¿No tienes miedo a morir?
—¿Morir?
—Sí, desaparecer, dejar de existir.
—¿Yo?
Cash miró a Riggs y ambos relajaron el cuerpo un poco. El androide no sabía lo que se le venía encima.
—De acuerdo, comencemos con el proceso. No necesito saber más.
La doctora les dijo que esperaran en la pecera. La sala, casi diáfana, solo tenía una mesa de reunión con ocho sillas. Los grandes ventanales acristalados y la puerta, también de cristal, que comunicaba con el laboratorio dejando ver el exterior, daban una apariencia irreal de amplitud. Los agentes se quedaron de pie junto a los ventanales mirando a lo lejos.
Higgins se situó a la derecha del androide. Se tocó el dispositivo de su sien para conectar la interfaz neuronal con el ordenador que controlaba los electrodos pegados en las sienes, el pecho y las muñecas de Crystal I3 y se dispuso a transmitirle órdenes desde su mente.
Aurora volvió de la planta superior, donde había estado haciendo el par de cafés que le habían solicitado. Entró en la pecera con una bandeja que tenía seis agujeros; en dos de ellos estaban encajados sus bebidas. Se las ofreció. Ambos oficiales cogieron el café de la bandeja, pero solo Riggs le dio un sorbo y comentó que era el mejor que había probado en su vida. Cash hizo caso omiso y dejó el suyo en la mesa sin apartar la mirada de lo que hacía la doctora.
Tras terminar su cometido, Aurora salió de la pecera y se dirigió hacia donde estaba Higgins realizando los preparativos. Dejó la bandeja vacía en una de las mesas que le pilló de camino.
Segundos antes de la desconexión, los ojos color miel del Crystal I3, con un brillo aumentado por los focos que lo iluminaban directamente, miraron de manera inocente a Aurora, que se había colocado a su izquierda. Con una expresión de ternura infinita le dijo: «Tengo sed». En ese momento, su consciencia dejó de existir para siempre. La doctora había parado el corazón del androide y el cerebro había dejado de funcionar cuando se quedó sin la energía que lo mantenía activo.
Algo se quebró en Aurora cuando aquella mirada tierna se apagó de repente. Ni siquiera tuvo la oportunidad de ofrecerle agua, porque antes de poder reaccionar fue testigo de algo que no había experimentado nunca: la desaparición de una consciencia. Se quedó desconcertada, lidiando con algo que no lograba descifrar.
Higgins le dijo que tapara la cabeza con la sábana, pero ella estaba inmóvil, paralizada, algo no estaba bien. Le repitió la orden y tampoco obtuvo respuesta alguna. Los oficiales del Gobierno seguían observando desde la sala de al lado a través del cristal.
La doctora cubrió ella misma la cabeza. A continuación, como si no pasase nada, se puso a leer en voz alta una serie de parámetros y registros de una de las pantallas. Aurora no escuchaba nada de lo que decía, inmersa en sus propios pensamientos, intentando comprender lo que había pasado y resolver los sentimientos que la recorrían. Estuvo tres largos minutos sin moverse, mirando al infinito de los ojos del Crystal I3 que yacían bajo la sábana. Cuando reaccionó, las miradas de ambas mujeres se tocaron y, sin dejar de mirarse, con un gesto del brazo la doctora le indicó que se moviese, y echaron a andar hacia la puerta de la sala donde esperaban los oficiales.
Dejaron entrar a Cash y Riggs al laboratorio para que pudieran certificar la desconexión del androide. Cash le tomó el pulso y revisó los registros del ordenador. Sacó del bolsillo un medidor de ondas eléctricas y escaneó el cerebro. Sin duda, no daba señales de vida.
Una vez certificada la desconexión, el cuerpo se debía llevar a una incineradora del Gobierno para hacerlo desaparecer. Cuando Cash le preguntó a la doctora el tiempo que necesitaba para extraer el cerebro, esta le respondió que podían llevarse el androide tal y como estaba a donde quisieran.
A continuación, los oficiales dijeron que querían hacerles unas preguntas de manera individual y en privado. Higgins no contaba con ello y se mostró sorprendida. Sabía que Aurora no estaba preparada para un interrogatorio exhaustivo.
Comenzaron con Aurora. El interrogatorio tuvo lugar en la misma sala desde la que habían presenciado la desconexión. Se sentaron los tres a la gran mesa ovalada, colocándose Cash y Riggs frente a ella, dejando claro que había dos bandos.
—Si le parece, vamos a grabar la conversación.
Aurora había visto series de televisión donde los agentes interrogaban a los detenidos. Llevaba tiempo estudiando el comportamiento social del exterior, pero se sentía desconcertada.
—¿Estoy detenida? ¿He hecho algo malo?
Los oficiales se miraron entre sí y se pusieron en guardia.
—No, esto solo es un interrogatorio informal. Si no ha hecho nada malo, no tiene nada que temer. Díganos, ¿cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
Aurora respondió aportando el dato del tiempo que llevaba viva en el laboratorio.
—Llevo… un año y un par de meses trabajando en la empresa.
—¿Cuál es su función aquí?
—Ayudo a la doctora con todo lo que necesita que haga.
—¿Cuánto tiempo llevan trabajando con ese androide?
—No lo sé con exactitud, unos cinco años. El proyecto ya estaba en marcha cuando yo aparecí.
—Ya veo. Dígame, ¿conoce el síndrome de Hubris?
Aurora negó con la cabeza y Cash continuó hablando.
—Es un síndrome por el que la gente que tiene poder, como la doctora, que es la dueña de todo esto, terminan siendo adictos al poder. Las personas que padecen este trastorno, normalmente líderes, se sienten con el derecho a hacer grandes proezas y creen saberlo todo, por lo que actúan yendo un poco más allá de la moral y la ética. Suelo calar rápido a la gente, ¿sabe? Opino que la doctora es de este tipo de personas que terminan viendo la realidad de una manera distorsionada. Dígame, ¿por qué cree que la doctora le ha puesto al androide el nombre de Aurora? ¿No es algo egocéntrico? ¿Qué piensa usted, es tan egocéntrica como creo que es?
Ella saltó en su defensa y, sin conocer el breve intercambio de palabras que había tenido con Cash cuando fue por los cafés, se lanzó al vacío sin paracaídas.
—¡La doctora no es egocéntrica! El nombre lo eligió el propio androide —respondió basándose en su propia experiencia.
—¿Cómo sabe que lo eligió el androide? Usted lleva aquí tan solo un año y pico.
—Se lo pregunté.
—¿A quién? ¿Al androide o a la doctora?
—Al androide.
—Ya veo.
—Dudo mucho que hubiese sido capaz de responder a la pregunta de cuál quería que fuera su nombre; ese chisme era más tonto que una piedra —intervino Riggs.
—Es difícil de creer que un proyecto con cinco años de vida haya dado como resultado un ser tan primitivo como el que hay en esa camilla. No me malinterprete, es impresionante haber creado un androide con cuerpo orgánico, pero le falta algo —dijo Cash, al tiempo que señalaba con un gesto de la cabeza en diagonal hacia el laboratorio.
—Sí, a ese androide le faltaba chispa, y ahora más — soltó Riggs, sonriendo.
Cash hizo caso omiso del intento de chiste y continuó:
—¿Cuántos empleados había aquí hasta que la doctora los ha tenido que despedir?
—Contando los de seguridad, que eran diez repartidos en dos turnos, los dos de recepción, los dos del equipo de limpieza, los cuatro del equipo médico, los treinta ingenieros en robótica, los tres jefes de proyecto, los dos de sistemas y la doctora Higgins, un total de cincuenta y cuatro.
—Cincuenta y cinco con usted.
—Así es.
—Y, dígame, ¿por qué está usted aquí habiendo en el equipo de desarrollo seguramente gente más cualificada?
Acorralada, sintió la necesidad de inventar algo. Recordó los detalles ficticios de la nueva identidad que había tenido que aprenderse para salir al mundo real. Su alter ego era estudiante de ingeniería robótica. La educación que había recibido en el laboratorio había pasado por estudiar y conocer todos los detalles de su propio funcionamiento, por lo que, en realidad, era verdad que tenía conocimientos avanzados de ingeniería robótica.
—Porque soy la estudiante con mejores notas de mi promoción en ingeniería robótica.
—¿No había otros ingenieros con excelentes currículos en el proyecto?
—Sí.
—¿Entonces? Sigo sin entenderlo. ¿Por qué la eligió a usted?
—La doctora me dijo que tengo más talento —continuó mintiendo.
—¿Cuántos años tiene usted?
—No entiendo el motivo de sus preguntas.
—Bueno, eso no importa. ¿Puede responder, por favor?
—Veintitrés años.
—¿Por qué han utilizado tecnología de creación de entes orgánicos?
—El objetivo de la doctora es crear un androide totalmente humano, alguien sin parangón en la historia de la robótica, que supere en humanidad a cualquier otro androide. Me lo dijo ella misma. —Era cierto que se lo había dicho en una ocasión.
—¿Qué piensa de las leyes aprobadas que obligan a la destrucción de androides con apariencia humana o con cuerpos orgánicos?
—Que son estúpidas e incoherentes.
—¿Incoherentes? ¿Qué le hace pensar eso?
—¿Mataría usted a un hijo por ser demasiado parecido a su padre o su madre?
—¿Considera que ese androide era como un hijo?
Aurora sentía que Higgins era lo más parecido a la madre que nunca podría tener y, basándose en eso, respondió:
—Sí, la doctora, nosotros, somos lo más parecido a unos padres.
—Muy bien, creo que hemos acabado con usted. Salga y dígale que ya puede pasar.
De nuevo, la misma estampa. Esta vez, con la doctora en el paredón de fusilamiento. Cash comenzó a disparar:
—Díganos, ¿cuánto tiempo lleva trabajando en ese androide?
—Más o menos, unos cinco años.
—¿Por qué ese androide es tan primitivo? Creo que, con el tiempo que llevan, deberían haber logrado algo más. Hemos visto proyectos con androides de piel sintética igual a la humana mucho más avanzados.
—No solo ha sido complicado llegar a tener un cerebro funcional que sea una copia del humano, sino que también ha sido difícil lograr que cada conexión neuronal encaje perfectamente con el cuerpo. ¿Tiene idea de lo que ha costado conseguir eso? Claro que no. La gente como usted, que actúa a lo Sherlock Holmes, se cree que lo sabe todo. Ese cerebro es lo más parecido al nuestro que encontrará en el mundo entero. Lo crea o no.
—No pretendía insultarla menospreciando su trabajo, solo me parece raro.
—Claro que pretendía insultarme para ver mi reacción.
—¿Se siente como una madre con ese androide?
—Sí, se podría decir que así me siento.
—Ya veo. Por eso le quiso poner Aurora, igual que esos padres que llaman igual que ellos a sus hijos para crear una saga, o quizás es porque tiene complejo de Dios y quiere crear un ser a su imagen y semejanza. ¿Con cuál de las dos afirmaciones se identifica?
—No tengo complejo de Dios. Simplemente, me pareció buena idea ponerle mi nombre. Evoca la luz anaranjada que aparece por el oriente antes de la salida del sol, el comienzo de algo. El principio de la luz del día. ¿Comprende? Tiene un significado para mí. Como le decía, me pareció apropiado.
—Dígame, ¿cuánto tiempo lleva su ayudante trabajando aquí y cuál es su labor?
—Un año y poco.
Trató de no parecer curiosa y se mordió la lengua para no preguntar el motivo de la pregunta. Continuó diciendo:
—Me ayuda en todo lo que necesito, se podría decir que es mi asistente personal.
—¿Por qué ha decidido quedarse con ella en lugar de optar por cualquiera de sus otros empleados? Entiendo que habría muchos que, además de llevar más tiempo en el proyecto, tienen más experiencia y currículos más abultados.
—Cuestión de gustos, supongo. Es una buena chica con ilusión por trabajar que me recuerda a mí cuando tenía veinte años menos.
—Doctora, una pregunta: ¿el cerebro de ese androide podría ser reimplantado en otro cuerpo sintético artificial con apariencia no humana? —intervino Riggs.
—¿Que si podría reimplantarlo? No, no podría. Como les he dicho, ese cerebro está diseñado para interactuar con un cuerpo orgánico que le proporciona energía y para que las redes neuronales empalmen con las terminaciones nerviosas. Ese cerebro tiene una estructura subatómica tan compleja y parecida a la humana que es capaz de interactuar con los treinta billones de células que tiene el cuerpo humano. Nunca podría encajar con un cuerpo sintético, porque está diseñado para encajar con la complejidad de la estructura de un cuerpo orgánico. Si quisiese ponérselo a un sintético, sería como intentar acoplar el motor de un Airbus M600 a un coche familiar. Conseguir un cuerpo sintético tan complejo como el humano donde pueda engastar ese cerebro nos llevaría una eternidad. No sé si me explico… querido Watson.
Riggs sonrió diciéndole a Cash:
—La doctora me cae bien.
Cash continuó:
—Teniendo en cuenta lo que comenta, eso significa que, en realidad, sí hemos matado a ese androide. Muy bien, doctora, hemos acabado de momento. Puede esperarnos fuera.
A esas alturas, ella ya sabía que sospechaban y que habían dado con algo. Al levantarse de la mesa, apoyó las manos sobre ella, inclinando el cuerpo hacia los dos, y les dijo:
—No se lo tomen a mal, pero váyanse cuanto antes, no quiero que estén aquí mucho más tiempo.
Su mano derecha, colocada estratégicamente sobre el panel situado cerca del borde de la mesa que controlaba la intercomunicación con otras salas, ocultó que lo activaba con el pulgar. Al retirarla y girarse hacia la puerta, miró por el rabillo del ojo la pantalla led donde se podía leer la sala con la que se había abierto la comunicación, la 3C.
