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La presente antología, a cargo de la investigadora y traductora Laura López Morales, está conformada por cincuenta y un textos en lengua francesa traducidos al español y es complementaria a la serie de tres tomos: "Literatura francófona", publicada por el fce entre 1995 y 1997. Pero a diferencia de la trilogía que la precede, desde el eje del desdibujamiento de las fronteras y, por lo tanto, alejado de los criterios geográficos, este volumen reúne los textos que dan un amplio panorama de las propuestas literarias en francés de los siglos XX y XXI
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Seitenzahl: 1001
Veröffentlichungsjahr: 2018
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“Para acercarse al objetivo planteado, es decir, la delimitación de la francofonía, conviene propiciar esas miradas cruzadas que, transversalmente, reflejen y enriquezcan la imagen que cada quien tiene de sí mismo […] Estos acercamientos transversales dentro de la red francófona abrirían un abanico de matices en la percepción del otro, sin abandonar el terreno común de la lengua.”LAURA LÓPEZ MORALES
“En México, desde los años noventa, la investigadora en letras francesas Laura López Morales (Facultad de Filosofía y Letras, UNAM) abrió brecha con publicaciones, seminarios, cursos y conferencias sobre culturas y literaturas francófonas.”VERÓNICA MARTÍNEZ
TIERRA FIRME
AUSENCIAS Y ESPEJISMOS
FRANCOFONÍA LITERARIA
Compilación, coordinación de traducción, prólogo y notas LAURA LÓPEZ MORALES
Primera edición, 2017 Primera edición electrónica, 2017
Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero
D. R. © 2017, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
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ISBN 978-607-16-5243-0 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
El interés por sacar a la luz esta compilación de textos responde a la necesidad de colmar el lapso transcurrido desde las últimas publicaciones incluidas en la serie de tres volúmenes dedicados a las literaturas francófonas (1995, 1996, 1997) por esta casa editorial. Por el carácter heterogéneo, desde el punto de vista histórico, geográfico y cultural, de los textos recopilados en aquellos volúmenes, el orden elegido en esas ocasiones fue articular de acuerdo con la región continental (Europa, América y África) lo más significativo de la producción literaria en francés. La trayectoria descrita en esas regiones de entonces a la fecha obligó a reconsiderar el ordenamiento. Así, los cambios sustanciales en los criterios tanto de selección como de presentación del nuevo corpus se centraron en prestar mayor atención a las líneas temáticas más recurrentes detectables en el conjunto.
Aunque los textos traducidos en la actual antología corresponden a la última década del siglo XX y primera del XXI, toda vez que los volúmenes de la serie anterior abarcaron parte de la producción publicada hasta finales de los años ochenta, el corpus aquí presentado arranca con un extracto del largo poema narrativo de Patrice Desbiens (1981), con la idea de subrayar la vigencia de las preocupaciones compartidas por la mayoría de los autores aquí incluidos en lo referente a ciertos ejes temáticos inherentes a la identidad, la inestabilidad lingüística y la subversión de los cánones genéricos. El resto de los fragmentos proviene de obras publicadas después de la década de 1990.
En la medida en que se descartó la adopción del criterio geográfico para presentar a los autores seleccionados, nos vimos ante la posibilidad de organizarlos por simple orden alfabético, o cronológico (por fecha de nacimiento), o también genérico (novela, poesía, teatro…), o, más aún, de acuerdo con la predominancia de tal o cual línea temática. Empero, ninguno de estos criterios satisfacía la necesidad de poner de manifiesto la existencia de preocupaciones compartidas o las profundas diferencias inherentes a la especificidad de los recursos discursivos empleados por cada quien. Además, en muchos casos un fragmento podía coincidir o discrepar radicalmente de los demás. Así que —si bien quizá no sea el mejor argumento— consideramos que la perspectiva más neutra podría desprenderse de la articulación por fecha de publicación, en virtud de que esto permitía captar mejor resonancias simultáneas en el amplio espectro del fenómeno literario del universo francófono. En tales condiciones, el orden adoptado se atiene a esa cronología, en la inteligencia de que pueden tejerse redes subterráneas que permiten a los textos dialogar entre sí.
Resulta importante aclarar, en principio, que aunque muchos de los escritos podrían remitir al enfoque del llamado poscolonialismo, lejos de ser una pauta privilegiada en la selección del corpus los criterios predominantes fueron más bien de índole temática relativa a la identidad, al exilio, a la migración y al tratamiento de la lengua, independientemente del origen del escritor.
Por último, este libro es producto del trabajo colectivo emprendido a finales de 2012 con la participación de un grupo de estudiantes de los seminarios de literaturas francófonas y de traducción, impartidos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Conviene añadir que, en tal sentido, esta institución ha sido pionera en el estudio y la investigación sobre la materia con la creación en 1986 del Centro de Documentación de Literaturas Francófonas, que ha servido de marco para la impartición de cursos y la realización de investigaciones en las que siguen involucradas varias generaciones de estudiantes cuyo trabajo de titulación se centra en algún tema afín. Si bien la responsabilidad de la coordinación y revisión de las traducciones estuvo a mi cargo, ésta es la primera ocasión en la que la participación colectiva de los estudiantes en la investigación, selección y traducción del material fue decisiva; algunos de ellos colaboraron con entusiasmo desde el arranque del proyecto. Vaya aquí mi profundo agradecimiento al esfuerzo, la seriedad y disponibilidad que demostraron.
En el mismo orden de ideas, si bien la Facultad abrió brecha en el acercamiento a estos temas, hacía falta un respaldo que le hiciera eco para la difusión, más allá del espacio institucional, entre un vasto público. Por ello, el apoyo del Fondo de Cultura Económica (FCE) resultó oportuno y decisivo, pues a partir de entonces la divulgación de lo que se realiza en México rebasó las fronteras nacionales. Acorde con este proceso de acercamiento a otros pueblos y otras culturas, en este caso en lengua francesa, la elaboración del presente volumen coincidió con la adhesión de México, en noviembre de 2014, a la Organisation Internationale de la Francophonie (OIF), en calidad de observador.
Conviene destacar, además, que el trabajo de traducción requirió mucho esfuerzo y rigor, ya que captar y desentrañar los efectos de creatividad de los textos originales y trasladarlos luego a otra lengua tal vez sea el mayor reto al que se enfrenta la traducción; consideramos que dicho desafío fue solventado con acierto.
Por último, ante la imposibilidad de agradecer a todos y cada uno de los autores que aceptaron apoyar con entusiasmo y generosidad el proyecto, deseamos expresar nuestra gratitud a quienes lo hicieron con la cesión de los derechos sobre sus textos, a quienes tuvieron la disponibilidad de ayudarnos, en ocasiones, a disipar dudas sobre los escritos y a quienes, pese a haber dado su consentimiento para la inclusión de textos suyos en el volumen, hubo que descartarlos por problemas con las editoriales —que anteponen sus intereses económicos a la posibilidad de difundir sus acervos en otras lenguas—. Resulta lamentable constatar el menosprecio manifiesto ante iniciativas como ésta. Hubo casos en los que se acudió directamente al autor para establecer el puente con la editorial ante el silencio de ésta a la primera solicitud formulada por nosotros. En otras ocasiones no hubo respuestas ni de unos ni de otros. Pero lo más deplorable de esta situación es que la circulación de la cultura, en este caso la creación literaria, se vea obstaculizada y regida por las leyes de mercado en un mundo supuestamente globalizado. Dicho lo anterior, esperamos que esta versión definitiva conserve el espíritu del proyecto original, pese a la mutilación de los testimonios de autores clave, como el marfileño Ahmadou Kourouma, la guadalupeña Maryse Condé, el congoleño Alain Mabanckou, la canadiense de origen chino Ying Chen, la suiza de origen húngaro Agota Kristof y el libanés Amin Maalouf.
De cualquier manera, conscientes de las virtudes y carencias inherentes a toda antología, esperamos que este conjunto de textos permita al lector formarse una idea de la riqueza y diversidad, en temas y expresiones, de la reciente producción literaria en francés.
LAURA LÓPEZ MORALES
Ciudad de México, febrero de 2017
Los textos que el lector tiene en sus manos lo invitan, en palabras del poeta haitiano René Depestre, a explorar los “velámenes de la francofonía”. El movimiento turbulento o apacible de estos lienzos expresa fielmente la diversidad de los vientos que han acompasado el desplazamiento de la nave de la francofonía. En su origen, se trató de una pequeña barca cuya misión pretendía limitarse a la demarcación de realidades geopolítico-lingüísticas. En efecto, cuando en 1880 el geógrafo Onésime Reclus acuñó el término francofonía, obedecía, como afirma François Provenzano, a la visión propia de todo discurso centrado en un proyecto de expansión demográfica y territorial, en este caso de Francia, que así respondía a las rivalidades con las grandes potencias colonizadoras de aquella época. Con Inglaterra, Alemania, Países Bajos, Portugal y España, se firmó entonces el tratado de Berlín (1884), mediante el cual el continente africano quedó dividido por nuevas fronteras. Según el militar y geógrafo francés, el criterio lingüístico era suficiente para pertenecer a la comunidad que, por vez primera, fue designada como francófona. A lo anterior añade: “aceptamos como francófonos a todos aquellos que están o parecen estar destinados a permanecer o a convertirse en hablantes de nuestra lengua: bretones y vascos de Francia, argelinos o bereberes de las montañas del Tell de cuyos territorios somos los amos”.1
Si bien es cierto que el término francofonía aparece en el diccionario Larousse desde 1930 (y suponemos sus derivados), aún en los años ochenta del siglo XX parecía no haberse resuelto la polémica generada por el empleo de diferentes etiquetas: de lengua francesa, en francés fuera de Francia, de expresión francesa, francófono… Ahora bien, tras esta primera aparición, acercamientos recientes a la realidad francófona han apuntado a distinguir diferentes modalidades de expansión e implantación de la lengua francesa a lo largo del tiempo y el espacio; es decir, ha sido necesario ajustar los parámetros referenciales que dictan la pertinencia del término elegido. La perspectiva de Willy Bal2 resulta particularmente significativa en lo relativo a los modos de pertenencia a esa vasta comunidad lingüística.3 La reflexión de Bal se inscribe ya en la línea de pensamiento abierta por una conferencia de Léopold Sédar Senghor (“L’Humanisme de la Langue Française”, 1949) en la que el poeta y político senegalés habla de los denominadores comunes entre los pueblos vinculados por dicha lengua. La misma orientación reaparece en 1962 en el número monográfico de la revista Esprit, en el que, por vez primera, la noción de francofonía viene asociada a la literatura, como puede leerse en un ensayo del mismo Senghor titulado “Le français, langue de culture”.4
Resulta interesante constatar que el surgimiento del término francofonía en las declaraciones de Reclus se inscribe en el marco del expansionismo colonial francés, mientras que su adopción oficial e institucional, como fenómeno cultural, coincide con la ola de movimientos independentistas (décadas de 1950 y 1960) de las otrora posesiones territoriales francesas.
Para mantenernos en el espacio delimitado por Senghor al asociar la literatura a la francofonía, mencionaremos algunos otros hitos significativos de esta travesía. En 1973, Gérard Tougas publica el ensayo Les écrivains d’expression française et la France, en el que el empleo de los términos francofonía y francófono remiten específicamente al espacio y a los hablantes que “practican” la lengua francesa. Sin embargo, cuando de literatura se trata, siempre se utiliza la fórmula “de expresión francesa”; es decir, se habla de escritores libaneses, haitianos, africanos de expresión francesa. En 1976 la Agencia de Cooperación Cultural y Técnica y la Fédération internationale des proffeseurs de français publicaron una ambiciosa antología de Littératures de langue française hors de France,5 en cuya nota introductoria seguimos leyendo el empleo sistemático del sustantivo y del adjetivo francofonía-francófono, todavía debidamente entrecomillados. Como vemos, estos términos, que poco a poco fueron abriéndose paso entre el público francés e internacional, han descrito una trayectoria un tanto problemática. No obstante, por lo menos en lo tocante a las letras, creemos que el uso del adjetivo permite establecer simple y sencillamente la diferencia de referente —territorios fuera de Francia—, sin apuntar a ningún criterio jerárquico ni cualitativo, como el que subyace en la expresión empleada en el volumen de la Pléiade que las presenta como: “conexas y marginales”,6 ni tampoco perder la referencia a la lengua francesa.
En 1980 y 1986 aparecen dos títulos particularmente significativos, pues la mancuerna literatura y francofonía define con precisión un contenido en el que se distingue claramente un plural en las producciones literarias estudiadas: Histoire comparée des littératures francophones de Auguste Viatte y Anthologie des littératures francophones. También en 1986 aparece el primer Dictionnaire général de la francophonie,7 una de cuyas entradas se preocupa por matizar la utilización de francófono más como una pertenencia lingüística que nacional. Otro momento clave en el estudio de las letras en francés es la publicación, en 1987, del magno Dictionnaire des littératures de langue française8 en cuatro tomos. Sin tomar en cuenta la desigual extensión de las entradas destinadas a autores nacidos en el hexágono o fuera de él, esta obra resulta en cierto modo la oficialización de la pluralidad y complejidad de la creación literaria en francés. Aunque no modifique la desproporción en los espacios asignados a cada autor, según su procedencia, la Anthologie de littérature francophone (1991), que no escatima el empleo del adjetivo francófona, acepta con la designación en singular una sola realidad francófona y asigna la mitad de sus páginas a escritores hexagonales que van del siglo XV al XX. La otra mitad, como es de suponer, queda repartida entre lo que los autores de la primera antología, arriba citada, contemplaron como un plural fuera de Francia. En todo caso, hasta este momento seguía debatiéndose la pertinencia de la oposición literatura francesa/literatura francófona.
Cabe precisar que muchos de los autores en algún momento vinculables con un campo tan heterogéneo cuestionan y hasta rechazan que se les asocie a esta noción. Para ellos, la única etiqueta válida es la de ser escritores a secas. Ante la imposibilidad de un inventario exhaustivo de las obras relevantes en la materia, haremos una referencia más en la línea que se siguió en el enfoque adoptado en los títulos anteriores. Nos referimos al ensayo del académico francés Jean-Marc Moura titulado Littératures francophones et théorie postcoloniale,9 en el que los términos francofonía, francófono/a, no sólo dejan de suscitar cualquier debate sino que, además, por fin se admite que la producción literaria estudiada está estrechamente vinculada con la experiencia colonialista que, en otras latitudes, ya era analizada sin rodeos por los llamados “estudios poscoloniales”. De esta suerte, la incorporación de los nuevos enfoques teóricos anglosajones permitió un mejor y más fino entendimiento de las creaciones literarias procedentes de los antiguos territorios franceses.
Ahora bien, la connotación más perniciosa de cualquiera de las denominaciones anteriores es la de subalternidad en estas producciones literarias y el consiguiente imperativo de abordarlas en función del antiguo centro político. De este modo, para acercarnos al objetivo que nos proponemos en estas líneas, es decir, la delimitación de la francofonía literaria, conviene interrogarse acerca de la necesidad de propiciar que las miradas entre los diferentes actores de ese vasto y diverso universo francófono logren cruzarse en un sentido más bien transversal y horizontal, en aras de que la imagen que se tiene de sí mismo y del otro resulte enriquecida. ¿Cómo ven los quebequenses, desde su realidad, a los magrebíes, o éstos a los antillanos? ¿Cómo abordan los romandos el mágico universo africano? En fin, ¿cuál es la lectura que hacen los belgas de las vivencias de los judío-norafricanos que escriben en francés? Y para completar estas hipótesis, ¿cómo acercarse al intrincado espectro de vivencias identitarias por los cada vez más numerosos migrantes a lo largo y ancho de los espacios francófonos y de todo el planeta?
Desde el punto de vista estrictamente literario, y también en lo económico, lo científico y lo tecnológico, la mayoría de los pueblos reunidos por el concepto de francofonía a menudo depende de la legitimación metropolitana, casi diríamos parisina. Con todo, ese estatus marginal ha ido cambiando por la consolidación de los espacios literarios locales ya existentes o por la creación de otros nuevos, que poco a poco sientan precedentes para un funcionamiento más autónomo. Tales son, por ejemplo, los casos de Quebec y, por supuesto, de Bélgica y Suiza. Para acelerar el proceso y así afianzar al conjunto como tal, lo importantes es, pues, el establecimiento de vasos comunicantes que, en sentido transversal, canalicen los flujos entre todos los nudos de la red. En el conjunto de textos seleccionados también es posible identificar un parentesco en la inspiración y en el estilo de estos nuevos corpus literarios, que no forzosamente se inscriben en la perspectiva poscolonialista, a saber, la de la impugnación de los recientes modelos emanados de los centros hegemónicos.
Los criterios lingüístico y demográfico fueron, ya se dijo, el eje aparente de la formulación que el geógrafo Onésime Reclus privilegió al acuñar el término francofonía. Detrás de la idea de clasificar a los habitantes del planeta en función del idioma empleado, Reclus parecía obedecer al “ideal” humanista que, desde la perspectiva francesa, pretendía la solidaridad, el intercambio cultural gracias a la utilización a escala colectiva de la lengua del colonizador. La convicción en la que descansa este “ideal” es la del carácter “universalista” atribuido al idioma francés. En realidad, la visión imperialista subyacente al proyecto hexagonal tenía más que ver con la expansión territorial y, por ende, con la competencia hegemónica frente a las potencias cuya presencia en otros continentes estaba garantizada por el crecimiento del número de hablantes de las lenguas respectivas: inglés, español, portugués…
La bandera del universalismo adjudicado a la lengua francesa, después de un relativo eclipse, cobra nuevo impulso en la segunda posguerra, cuando, ante el progresivo derrumbe de los imperios coloniales, hubo que garantizar una presencia política efectiva en las antiguas posesiones. Así surgió el lema del “universalismo” en su nueva versión de “diálogo de culturas” que marca un hito importante en la institucionalización del concepto. En esos años setenta y ochenta tal concepción de equidad alentó, en aras del respeto a las especificidades de interlocutores de culturas diferentes, el acento en cierto exotismo. Lo que estaba en juego no era tanto de índole cultural sino más bien político-ideológica.
En la medida en que estas reflexiones introductorias resultan insuficientes para ahondar con rigor en este ángulo de la cuestión, apuntaremos simplemente que la literatura desempeña un papel capital en el debate acerca del concepto de francofonía y que, lejos de obviar las dimensiones político-económicas vinculadas a este proyecto aglomerador de comunidades por demás plurales y diversas, pone de manifiesto la complejidad de mutaciones legibles en muchos de los textos aquí compilados.
En las líneas anteriores se esbozó la laberíntica trayectoria del concepto de francofonía y de la adopción del sustantivo con sus derivados en un espacio-tiempo muy cambiantes. Conviene ahora precisar que, por un lado, nos encontramos ante una diversidad de territorios tan disímbolos como el bloque de regiones primermundistas donde el francés es lengua materna: Bélgica, Suiza y Quebec; en cambio, considerar la situación tan diversa de África, entre el Magreb y los países subsaharianos, o más aún, las Antillas y las islas del Océano Índico, impone no perder de vista que, en estos contextos de subdesarrollo, el estatuto del idioma francés es el de segunda lengua o lengua vehicular, junto a una multitud de lenguas vernáculas. Esto, por lo que toca a la perspectiva espacial. Al ubicarnos en el plano temporal, las realidades postindependentistas de las antiguas colonias difícilmente pueden reducirse a un acercamiento simplista y estático. En suma, la complejidad relativa a la heterogeneidad del vasto universo de habla francesa por fuerza habrá de reflejarse en el ámbito propiamente literario. Un aspecto más, cuya pertinencia apunta al propósito de la publicación de este libro, es el hecho de que la producción literaria que acabamos de mencionar sufrió muchos avatares debido a la posición de marginalidad con que se la percibía frente a la literatura hexagonal. De ello dan testimonio muchos textos de nuestras anteriores antologías.
En el presente volumen, cuando hablamos de diversidad, multiplicidad y marginalidad, estamos asumiendo, de entrada, una considerable heterogeneidad de registros discursivos, si bien las preferencias temáticas ostentan interesantes convergencias. Para dar cuenta de ello, el formato de la antología resultó más adecuado a fin de ofrecer una visión matizada de la producción de las dos últimas décadas. En efecto, si nos atenemos a lo que algunos estudiosos de los géneros literarios han afirmado sobre el particular, compartimos la idea de que todo proyecto antológico está animado por el deseo o la necesidad de crear memoria. Al decidir agrupar una serie de textos conforme a un criterio específico (genérico, temático, geográfico, etc.), se persigue, sin duda, dar testimonio de los aportes realizados en la materia abordada por dichos textos. Es decir, ya sea hacer un balance de lo hecho hasta entonces, o bien establecer un antecedente en algo completamente innovador. La antología resulta, pues, el formato idóneo para la articulación de corpus que se inscriben en una tradición, o bien marcan una ruptura pionera convertida en vanguardia.
Conscientes de algunas de las características inherentes a este género, resulta pertinente retomar una formulación de Alfonso Reyes al respecto; para el polígrafo mexicano, las antologías “recopilan piezas más pequeñas, [que] son más manejables, [y] permiten mayor unidad en menor volumen, y dejan sentir y abarcar mejor el carácter general de una tradición”.10 Ahora bien, en este caso lo que intentamos no es reunir materiales clasificables dentro de ningún -ismo ni corriente ni escuela literaria. En virtud de que resulta difícil identificar una tradición como tal dentro de las literaturas francófonas, las reflexiones formuladas en el apartado anterior constituyen parte del basamento sobre el cual se articula el corpus de este volumen.
Jorge Luis Borges apunta, en algunas de las introducciones a las diversas antologías que compiló, que el formato de la antología persigue poner en circulación una concepción determinada del tipo de literatura a la que pertenecen los textos seleccionados. Según François Paré, cuyo texto incluimos en este volumen, “todo proyecto antológico en realidad sirve para demostrar de manera palpable la existencia, en el plan colectivo, de una producción literaria incapaz de garantizar a cada escritor una presencia en la escritura impresa y una publicidad adecuadas”. No está por demás explicitar la intención del crítico quebequense, puesto que las líneas anteriores proceden de su ensayo Les littératures de l’exiguïté, merecedor del Prix du Gouverneur Général. En efecto, el propósito del libro es revisar todas las literaturas minoritarias creadas en un contexto de asimetría cultural, lingüística o geográfica, por grupos que en alguno de los tres planos se ven condenados a la invisibilidad. También está claro que algunos de los autores aquí incluidos escapan a esta condición de exigüidad, pero no por lo mismo; son lo suficientemente conocidos en los espacios hispanohablantes. Así pues, el formato de la antología es el recurso más idóneo para la difusión y circulación de creaciones que difícilmente encontrarían espacio en los corpus de tradiciones consagradas. Aunque sólo de manera parcial, este criterio es igualmente válido para autores que viven fuera de su país de origen y que, además de su lengua materna, hablan francés o algún otro idioma. Y por último, el hecho de tener el francés como lengua de escritura no implica necesariamente la pertenencia exclusiva a la tradición cultural francesa, sino que en su gran mayoría se han formado en visiones del mundo ajenas a las de Occidente.
Tópico harto debatido en las últimas décadas, el tema de la identidad ha estado intrínsecamente vinculado con la emergencia y evolución de la noción de francofonía tratada en líneas anteriores. Ante el actual paisaje de movilidad demográfica, la filiación de los orígenes, la pertenencia a una cultura, a un territorio, la práctica de una religión, la de una lengua, y tantos factores más han trastocado los perfiles identitarios individuales y colectivos del universo francófono así como, por cierto, el de otras sociedades poscoloniales y posmodernas.
Al hablar de desplazamientos demográficos como factor que incide en las nuevas construcciones identitarias salta a la vista que la migración, en todas sus modalidades, se convierte en detonante, motor, teatro, fuente de un sinfín de vivencias y experiencias reflejadas y procesadas mediante la escritura literaria. En esta perspectiva, migrar y exiliarse parecen equivalentes, ya que abandonar el lugar de origen, por fuerza o voluntad propia, implica un desarraigo. Los escritores francófonos que nos ocupan suelen formular visiones por demás ricas y profundas acerca del tiempo y del espacio, la identidad y la lengua, a las que recurren para plasmar su experiencia a mitad de camino entre el espejismo y la pesadilla. La necesidad de adaptación al nuevo contexto, por un lado, y la desposesión del entorno abandonado, por el otro, dibujan una realidad que desemboca en perfiles plurales, en identidades mestizas, en suma, en sociedades heterogéneas. En los cruces de fronteras geográficas y culturales resultado de las dinámicas poblacionales antes mencionadas se producen inevitables deslizamientos, en particular en el ámbito de la lengua; los cánones estéticos, discursivos, genéricos, lingüísticos, etc… son cuestionados, transgredidos, remplazados. En tal sentido, la escritura literaria en el universo francófono ha hecho gala de creatividad, como puede constatarse en esta compilación.
Mi identidad es lo que hace que no sea idéntico a ninguna otra persona.
AMIN MAALOUF
La identidad es el compuesto de múltiples pertenencias (por religión, por lengua, por género, por edad, por lugar de residencia, por nivel social, etc.) que, separadamente, revisten una importancia diferente en la vida de cada individuo y que, por esa mezcla singular, hacen de él un ser único, irrepetible e irremplazable. Según cada una de esas filiaciones, esa persona puede coincidir y converger con decenas, miles o millones de otras personas que, a su vez, encarnan diversas combinaciones de pertenencias. Los entrecruzamientos de estas categorías conducen a la creación de lazos muy sólidos entre los individuos y, por ende, a la configuración de comunidades que comparten intereses o ideales; no obstante, por otro lado, también dan lugar a tensiones y fricciones resultado de la incapacidad para aceptar y respetar las diferencias. Para Amin Maalouf, escritor nacido en Líbano cuya lengua materna es el árabe y su confesión religiosa el cristianismo, pero radicado en Francia desde hace varias décadas, éste es el meollo de muchos de los conflictos más sangrientos a lo largo de la historia y, en particular, del último siglo y del actual. Aunque es una preocupación que aparece en casi todos sus libros, en 1998 dedicó un extenso ensayo a los estragos producidos por lo que él llama “identidades asesinas”, que no son otras sino aquellas que, en nombre de la defensa a ultranza de una identidad colectiva dominante (religiosa, nacionalista, política, racial, etc.), arremeten contra aquellos que no comparten dicha pertenencia; es decir, que la sola diferencia justifica la exclusión y el no derecho a la vida. Las reivindicaciones identitarias que abanderan estas luchas no pueden ser sino asesinas.
Con frecuencia, pese a la coexistencia inevitable de varias pertenencias, una de ellas puede convertirse en predominante, y el riesgo es que se la considere como el único rasgo definitorio de un individuo, con lo que el peligro sería clasificarlo mediante una sola etiqueta y perder de vista su naturaleza intrínsecamente plural, diversa y heterogénea. Como es de suponer, los fenómenos migratorios conducen de manera inexorable a procesos de hibridación de los rasgos culturales de las personas desplazadas e insertas en un contexto diferente al de la tierra de origen.
Por otra parte, tampoco conviene incurrir en extremos como la alusión a una pretendida “etnicidad” al mencionar la calidad o procedencia de determinados escritos. Antonio D’Alfonso y Régine Robin no simpatizan, cada uno a su modo, con esta percepción de la etnicidad. En el extremo opuesto, Patrice Nganang propone eliminar toda clasificación étnica y nacional al hablar de “escribir sin Francia”. En todo caso, son más los escritores, como Depestre, Abdellatif Laâbi, Édouard Glissant, Raphaël Confiant, Nicole Malinconi, Vassilis Alexakis, por citar sólo algunos, que lejos de rehuir su origen identitario, aceptan sin rodeos la naturaleza plural o mestiza de su condición actual.
Aparte de los planos ya aludidos en lo referente a los diversos vínculos que cada individuo cultiva de manera diferente en la sociedad en la que se desenvuelve, también habría que tomar en cuenta que la vivencia de la identidad puede producirse en un plano más abstracto, casi diríamos ontológico, cuando el individuo experimenta una suerte de inseguridad, insatisfacción, incertidumbre o incluso rechazo respecto de su condición de desarraigo. Comoquiera que sea, y sin detenernos en la manera como se manifiesta, la temática identitaria recorre con distintos grados de intensidad la casi totalidad de los textos seleccionados. Por último, consideramos importante subrayar que en las líneas que vienen a continuación nos proponemos esbozar las diferentes formas que adopta la convergencia de imaginarios culturales distintos, de recursos lingüísticos heterogéneos, de variados formatos genéricos, en suma, subrayar la complejidad inherente a los desplazamientos físicos y mentales, y a la porosidad de los linderos simbólicos.
… Los seres de palabra son “seres de viaje”.
PIERRE OUELLET
En el paisaje actual de movilidad demográfica, producto de intensos desplazamientos migratorios, resulta evidente que personas de las más diversas procedencias se vean expuestas, en contextos totalmente diferentes a los de su sociedad de origen, a todo tipo de situaciones en las que su o sus diferencias pueden ser motivo de exclusión. Por otro lado, una vez en contacto con otros esquemas, algunos de los escritores llevan al extremo su inestabilidad ontológica resultado del desarraigo o de la confrontación de sus múltiples pertenencias, en el que desemboca muchas veces el proceso migratorio. Pierre Ouellet, al igual que otros teóricos en la materia, considera que el hombre actual vive un permanente movimiento en cualquiera de sus modalidades. El exilio, la trashumancia o cualquier otro desplazamiento migratorio condenan al hombre a no sentirse en casa en ninguna parte; ese sentimiento de desposesión que pueden experimentar propios o extraños, porque los primeros se sienten invadidos y los segundos sin derecho a reclamar derecho de ciudadanía, conduce a una vivencia más profunda que denominaríamos como exilio ontológico. En este orden de ideas, Ouellet plantea que la experiencia del movimiento se convierte en un rasgo casi insoslayable del imaginario actual. En ese espacio-tiempo, porque el movimiento es tiempo y es espacio, las voces francófonas aquí recopiladas nos hacen adivinar que su punto de convergencia es la palabra, y ésta el testimonio más íntimo y auténtico de su nomadismo interior y exterior. Una manifestación más de esta experiencia es, en muchos casos, el empleo de una lengua que no se vive como propia en la creación literaria. Tal es el caso de muchos de los escritores aquí compilados, que aceptan con toda lucidez el compromiso que entraña el empleo de una lengua ajena. Más adelante veremos los resultados a que conduce esta “hiperconciencia lingüística” (surconscience linguistique), de acuerdo con la formulación propuesta por Lise Gauvin.11
A modo de ejemplo, podemos mencionar a tres de nuestros autores que, en diferentes registros, metaforizan esta desposesión ontológica de un lugar y una lengua propios. La francopolaca avecindada en Canadá Régine Robin, en La québécoite, desarrolla prolijamente ese sentimiento de extrañeza en un contexto que debería parecerle familiar, puesto que comparte la misma lengua materna, pero en el que su bagaje memorioso la vincula a un entorno totalmente ajeno; la sensación de un permanente desdoblamiento y de intromisión en un espacio que no le pertenece refuerza su experiencia del exilio ontológico. Otro ejemplo: el novelista gabonés Janis Otsiemi también pone en escena, en un registro alegórico, el conflicto creado por la inminencia de incorporar elementos ajenos a su propia esencia, que lo hacen sentirse desposeído de aquello que lo definía. No son éstos los únicos fragmentos en los que nos topamos con desgarramientos existenciales, ya sea por la situación de desarraigo obligado, ya por la amenaza en contra de la integridad individual o colectiva.
Algunos autores llevan al extremo esta temática. Tal es el caso del argelino Mohammed Dib, que plantea una desposesión total del ser, o del libanocanadiense Wadji Mouawad, cuyo personaje oscila entre el niño que padece la guerra en su país de origen y el adolescente instalado en Montreal, pero que vive de manera conflictiva la imposibilidad de una continuidad entre ambos. Por último, un caso muy emblemático es el de Nina Bouraoui, quien se desplaza de manera harto tortuosa entre la identidad sexual (masculina/femenina), cultural (argelina/francesa) y lingüística (francés/árabe).
La lengua es el palacio de los recuerdos (y todo recuerdo es un laberinto).
ION CARAION, “Les mots en exil”
En las líneas anteriores abordamos la manera en que los desplazamientos protagonizados tanto por los escritores como por muchos de sus personajes se proyectan en las tramas discursivas; este reflejo puede limitarse al espacio propiamente temático, sin embargo, también cabe observar esa movilidad en el nivel discursivo, o incluso genérico. El desplazamiento entre fronteras genéricas es una práctica muy extendida e incluso se la considera como una característica de la posmodernidad. La mezcla del género ensayístico con el periodístico, el carácter fragmentario y la ruptura de la temporalidad son moneda frecuente de las últimas décadas. De todo lo anterior encontramos elocuentes ejemplos en nuestro corpus.
En el mismo orden de ideas, los ires y venires constantes entre géneros y discursos, entre dos o más imaginarios, acarrean la desconfiguración y la reconfiguración constante (y por ello inestable) no sólo de los cánones establecidos y de sus formas rígidas sino, corolario inevitable, del soporte que le permite materializarse: la lengua, en este caso el francés, que hace viable la creación literaria. Esta apropiación lingüística trae consigo la desterritorialización y, por ende, la descentralización del código hexagonal. Tal es el caso emblemático del escritor marfileño Ahmadou Kourouma, quien para publicar sus primeras obras tuvo que recurrir a la Universidad de Montreal. El éxito alcanzado con su primera y muy célebre novela, Les Soleils des indépendances [Los soles de las independencias], le abrió las puertas de las editoriales francesas. Un ejemplo muy elocuente, del mismo autor, en cuanto al respeto por el canon o la norma es el personaje Birahima, que al narrar, en Allah n’est pas obligé [Alá no está obligado], no deja de invocar sus cuatro diccionarios para demostrar que está hablando el francés de Francia. (No pudimos incluir este texto por problemas de derechos.)
Este procedimiento, es decir, el dejar traslucir en el tejido lingüístico francés el sustrato y el imaginario vernáculos de cada autor, no es exclusivo de Kourouma. Otros autores como Raphaël Confiant, Patrick Chamoiseau, Kirby Jambon, Ananda Devi, con frecuencia echan mano del bagaje lingüístico local. Como se ve, la conciencia de los recursos expresivos que ofrece el manejo de más de una lengua conduce a un borramiento de fronteras entre varias lenguas. Una pequeña variante de las mezclas lingüísticas es la que construyen otros escritores que, sin haber vivido la experiencia colectiva de la imposición de un idioma ajeno en alguna etapa de su historia, adoptaron otro, en este caso el francés, como resultado de azares de su experiencia individual. En este subgrupo podríamos incluir a Boris Schreiber, Linda Lê, Abla Farhoud, Nicole Malinconi y Vassilis Alekaxis.
Si bien es cierto que la brecha abierta por la crítica anglosajona respecto a la perspectiva poscolonial en los estudios literarios puede ser aplicable a la producción literaria en francés fuera de Francia, no ocurre lo mismo con el enfoque recientemente adoptado bajo la etiqueta de world literature. En efecto, los críticos de habla inglesa han teorizado en épocas recientes acerca de este concepto que dos intelectuales parisinos, Jean Rouaud y Michel Le Bris, incorporaron en su manifiesto publicado en 2007 como el “acta de defunción”12 de las literaturas francófonas. “Por una literatura-mundo en francés” ostenta al calce cuarenta y cinco firmas de figuras notables del espacio francófono.13 Por nuestra parte, consideramos menos procedente alinearnos a los planteamientos de esta nueva tendencia. Para explicar tales reservas conviene hacer una rápida revisión de sus antecedentes. Cuando en los años setenta la crítica y la teoría anglosajonas introdujeron un cambio significativo en los estudios literarios con su acercamiento poscolonial, se reconocieron las aportaciones que algunos pensadores de habla francesa, como Franz Fanon, Albert Memmi, Aimé Césaire y Édouard Glissant, hicieron a su argumentación. Por su parte, como señalamos páginas atrás, la crítica francesa tardó en hacer suyos los planteamientos del poscolonialismo. No fue sino hasta los años noventa cuando Jean-Marc Moura asoció sin rodeos esta corriente a las posiciones teóricas y críticas adoptadas por los estudiosos de las literaturas francófonas. Ahora bien, la reciente etiqueta de world literature constituye una suerte de nuevo avatar en el camino abierto por los anglosajones y tal parece que los redactores del manifiesto francés se identificaron con ellos sin mayores argumentos de peso en lo concerniente al espacio de habla francesa. Pero así como existen partidarios de esta nueva propuesta, no son pocos los que expresan su escepticismo, o incluso sus discrepancias (entre ellos, Lylian Kesteloot, investigadora belga reconocida por sus estudios en el ámbito de las literaturas negroafricanas en francés). No nos detendremos en hacer un recuento exhaustivo de los desacuerdos formulados por críticos tanto del mundo angloparlante como de habla francesa; sin embargo, resulta interesante señalar los puntos clave de la revolucionaria propuesta.
Ante la polémica entre una “literatura-mundo” (o world literature) y los inevitables resabios de reivindicaciones nacionalistas, la francofonía ha conseguido construir un referente plural que remite ante todo a la utilización diversificada de la misma lengua, lo que obligaría a hablar de francofonías.14 En el caso específico del empleo literario del francés, la producción de las dos últimas décadas traduce una serie de cambios que dibujan un horizonte por demás dinámico. ¿Cuáles serían entonces los rasgos más sobresalientes de dicho panorama?
Con la evidencia de que en 2007 los ganadores de los más prestigiosos galardones literarios en Francia fueron autores no franceses, el manifiesto afirma en las primeras líneas que, de acuerdo con los premios de otoño, el centro se encuentra a partir de ahora en los cuatro puntos cardinales: “Fin de la francofonía. Y nacimiento de una literatura-mundo en francés”, rezaba la constatación de Le Bris y Rouaud, de suerte que una nueva revolución se instala en el campo literario francófono:
Seamos claros: la emergencia de una literatura-mundo en la lengua francesa conscientemente abierta al mundo, transnacional, firma el acta de defunción de la francofonía. Nadie habla francófono, ni escribe francófono. La francofonía es luz de estrella muerta. ¿Cómo el mundo podría sentirse convocado por la lengua de un país virtual? Ahora bien, el mundo fue el que se invitó a los banquetes de los premios de otoño. Por lo que entendemos que los tiempos están listos para esta revolución.15
Y líneas más abajo esta propuesta enlaza su justificación con los orígenes del colonialismo, que hemos mencionado desde el inicio:
¿Cómo asombrarse de ello si se obstinan en postular un vínculo carnal exclusivo entre la nación y la lengua que expresaría el genio singular; ya que para ser exactos la idea de “francofonía” se presenta entonces como el último avatar del colonialismo? Lo que confirman estos premios de otoño es lo contrario: que el pacto colonial se ha roto, que la lengua liberada se vuelve asunto de todos y que, si nos atenemos firmemente a ello, se acabará el tiempo del menosprecio y la altanería. Fin de la francofonía y nacimiento de una literatura-mundo en francés.16
En efecto, este manifiesto no pasa por alto que las literaturas francófonas abarcan varias zonas del mundo y, por ello, apuestan por un escenario transnacional. Sin embargo, añaden que se trata de una “urgencia” cuyo inicio se puede rastrear con la caída de las grandes ideologías como el sujeto, el sentido y la Historia. Según esta postura radical, semejantes condiciones permiten que la literatura retome el tema del mundo en la ficción, pues la revolución de la literatura-mundo en francés encarna el antídoto para el género de la novela francesa, que se ha estancado en la práctica del nouveau roman. Y es que el contenido de esta nueva y revolucionaria literatura en francés se limitaría a la escritura de viajes. No se aborda en ningún momento la poesía o el teatro, por ejemplo.
Por otra parte, los firmantes del manifiesto no son representativos de toda la francofonía literaria. En las siguientes páginas el lector encontrará dos autores que, por ejemplo, no simpatizan con el término de escritor francófono: Linda Lê y Jean Portante. Asimismo, la literatura-mundo en francés tendría en mente la prescripción de nuevos modelos estéticos a los que debería alinearse la producción francófona. Además, olvidan tomar en cuenta las condiciones materiales que posibilitan parte del funcionamiento de la literatura, es decir, los medios de circulación. Los escritores francófonos publican, como algunos de los que firmaron el manifiesto, en las editoriales parisinas más prestigiosas. Por tanto, una de las vías de análisis quizá más importante para terminar con lo minoritario de la francofonía sería la descentralización de las editoriales a veces predominante en la literatura francófona y que limita su circulación, si lo que se busca es dejar atrás a Francia como centro. Sólo así se podrían generar las condiciones de nacimiento de varios centros por doquier.
En este debate abierto por la publicación de Le Bris y Rouaud ha surgido una amplia gama de posiciones en lo referente a la aceptación o no, por parte de los escritores, de pertenecer a la francofonía literaria, cuyo centro seguiría siendo Francia y en la que ellos ocuparían algún lugar de la galaxia. Hay quienes rechazan esa posición periférica; también los hay que pretenden desconocer la existencia de ningún centro así sea simbólico; algunos otros remiten a la especificidad de los orígenes culturales o geográficos. O más aún, quienes, como el escritor camerunés Patrice Nganang, esbozan la posibilidad de “escribir sin Francia”. Por ello, resulta complicado agrupar a escritores que descartan toda filiación establecida (nacionalidad, identidad lingüística o cultural, género literario practicado, etc.) junto a otros que ven con claridad su pertenencia a determinados colectivos (ideológicos, nacionales, literarios, lingüísticos, etc.), si, como explica Claudio Guillén, cuando el antólogo destaca géneros, modelos, lo que hace es poner en práctica su propia idea de la literariedad, al tiempo que incide en el presente del lector y lo orienta hacia un futuro.17 Por ello, entregamos al lector esta compilación a manera de inventario, acaso una “cartografía”, haciendo la advertencia de que el trazado de territorios será a veces imposible. Nuestra intención es la de sugerir el establecimiento de un diálogo entre los textos con el fin de problematizar la idea que puede hacerse de la francofonía literaria, más que dar una definición tajante o encajonar estas literaturas en un terrible -ismo.
Al término de estos comentarios consideramos importante hacer hincapié en el propósito que animó nuestro proyecto, a saber: añadir otro eslabón a la cadena de testimonios literarios, es decir, humanos, tendida por las anteriores antologías publicadas a finales del siglo pasado con el fin de entender el sentir, el pensar y el quehacer de pueblos que, a veces, nos resultan ajenos. Al hilo de la lectura de estas páginas, el lector se dará cuenta de que no lo son tanto, pues muchas de las preocupaciones que se descubren entre líneas acusan enormes resonancias con la realidad que vivimos en este convulso inicio del tercer milenio.
LAURA LÓPEZ MORALES
Ciudad de México, febrero de 2017
(1948)
En la actualidad, Patrice Desbiens se considera un punto de referencia en el mundo de la literatura francófona canadiense producida fuera de Quebec gracias a su contribución al proceso de legitimación de la literatura francoontariana. Forma parte de la primera generación de escritores francoontarianos, entre los que se encuentran Robert Dickson y André Paiement. Asimismo, es uno de los miembros fundadores de las ediciones Prise de Parole y del Théâtre du Nouvel-Ontario, dos pilares fundamentales para la difusión de la literatura francófona de la zona.
Para muchos, Desbiens tiene la reputación de ser un autor maldito, tomando en cuenta la influencia de poetas como Baudelaire y Verlaine en sus textos. Su obra retoma múltiples fragmentos de su propia historia, lo cual le ha permitido poner de manifiesto las dificultades vividas por la población francoontariana durante el tercer cuarto del siglo XX, como el desempleo, la discriminación lingüística, el estancamiento socioeconómico y el alcoholismo, entre otras. Del mismo modo, la poesía y la música de Desbiens se caracterizan por girar en torno a lo cotidiano, a lo banal y a lo urbano, y por su rechazo de la rítmica y la métrica como manifestación de ruptura con el esteticismo y con la corrección lingüística. En este sentido, algunos críticos consideran que el poeta retoma del jazz la sintaxis irregular, pero rítmica, al igual que una manifestación contestataria y popular. En su caso, la poesía es un medio de expresión del dolor generado por la muerte de sus padres, el alcoholismo y la inestabilidad que refleja una pérdida individual y colectiva de la identidad.
Entre los rasgos más notorios en la escritura de Desbiens podemos identificar la lucidez desbordante y la concisión que recorren su obra poética imprimiéndole unidad por el tono de rebeldía y de sarcasmo expresados mediante un lenguaje que no escatima los tintes escatológicos. El mundo que pinta no corresponde a la armonía de una realidad ordenada e inmutable, sino que coloca al lector frente a una realidad cotidiana, mecanizada, agresiva, áspera y cruel. Lejos de borrarse del universo descrito, el poeta manifiesta con franqueza el lugar y la posición que ocupa en él como un ser fragmentado y desgarrado. Asimismo, en la medida en que el lenguaje puede verse socialmente amordazado, Desbiens denuncia su uso consumista y desvirtuado por una sociedad que ha perdido la conciencia de su valor.
Sus más de veinte publicaciones, que varían entre novelas poéticas (o largos poemas en prosa) y poemarios, le han merecido el Prix du Nouvel Ontario (1985) y el Prix Champlain (1997) por Un Pépin de pomme sur un poêle à bois (1995) [Una semilla de manzana sobre una sartén de madera], y el Prix de Poésie Terrasses Saint-Sulpice-Estuaire por La Fissure de la fiction (1998) [La fisura de la ficción]. Se trata de uno de los pocos autores francoontarianos nominado al prestigioso Prix du Gouverneur Général gracias a su poemario Dans l’après-midi cardiaque (1985) [En la tarde cardiaca]. Entre las obras importantes de Desbiens sobresalen Le Chien (1987) [El perro] y Poèmes anglais (1988) [Poemas ingleses]. En 1999 grabó un disco compacto titulado Ambiance magnétique [Atmósfera magnética].
La identidad es el eje central de L’Homme invisible / The Invisible Man (1981) [El hombre invisible], una obra cuyo título hace clara alusión a la novela homónima de H. G. Wells y que representa un parteaguas en la literatura del Ontario francófono. Esta novela en prosa narra la vida del hombre invisible, a quien podemos identificar con Desbiens, desde su infancia en Timmins hasta la edad adulta en la provincia de Quebec, siguiéndolo en la travesía que lo llevará a vagabundear por Sudbury, Toronto, la campiña quebequense y la ciudad de Quebec.
Sin lugar a dudas, la primera particularidad que salta a la vista y sorprende de esta “psicodélica” novela es su carácter bilingüe: cada fragmento se ha escrito en francés y en inglés. No obstante, no se trata de una publicación en versión bilingüe (original y traducción): la obra no se construye alrededor de una misma historia en dos versiones idénticas, sino que tanto el texto en francés como el inglés dependen mutuamente uno del otro para crear un significado final. La relación entre ambas lenguas parece construir una alegoría del hombre invisible. En la calma, las dos lenguas que lo componen y coexisten en él caminan de la mano. En la confusión y el dolor, ambas lenguas acaban por consumar una ruptura en el relato. Finalmente, cuando el hombre invisible logra salir de su proceso destructivo, ambas lenguas parecen reconciliarse.
El bilingüismo del L’Homme invisible / The Invisible Man, a la par de las aventuras del personaje principal, parece reproducir el desarrollo del individuo bilingüe que vive en la frontera de lo cuerdo y lo esquizofrénico, llevado por dos vertientes que pueden o no coexistir, odiarse, separarse o reconciliarse, pero que, a final de cuentas, dependen mutuamente de la existencia de la otra para formar un solo ente que, en este caso, es representado por la obra. Se trata de una dualidad o hibridez que aparece también en la forma de un género ambiguo o transgénero entre la novela y la poesía, observable en otras producciones francoontarianas de la época.
L’Homme invisible / The Invisible Man es un reflejo mordaz y revelador del mundo en que vivimos, con o sin nuestro consentimiento. En su condición de producto híbrido, el texto trasciende las fronteras de la francoontarianeidad y pone de manifiesto la situación de muchas comunidades francófonas a nivel mundial. Se trata de una producción de nuestro tiempo y de nuestra condición en la que Desbiens habla de todos nosotros, compuestos por un mundo que definimos y nos define; por lenguas maternas, vernáculas, vehiculares, extranjeras, amigas y enemigas. Los fragmentos seleccionados respetan la paginación del original, es decir, el francés en la página par y el inglés en la página impar.1
1 –
El hombre invisible nació en Timmins, Ontario.
Es francoontariano.
4 –
El niño Jesús nació en un granero no muy lejos de Timmins.
Jesús va a las mismas escuelas que el hombre invisible.
Pero Jesús siempre es mejor en todo, sobre todo en los deportes. Tiene ambiciones, sus padres lo alientan.
6 –
El hombre invisible juega indios y vaqueros en las calles de Timmins, Ontario.
Todo el mundo sabe que los vaqueros no hablan francés. Audie Murphy no habla francés. El hombre invisible es Audie Murphy. Él sabe morirse.
“Hey, you sure know how to die!…”, le dice uno de sus amigos.
El hombre invisible, inmediatamente halagado, hace que le disparen y muere a menudo.
No es más que el comienzo.
EL HOMBRE INVISIBLE
1 –
El hombre invisible nació en Timmins, Ontario.
Es francocanadiense.
[pp.. 10-11]
4 –
Jesús nació en un granero cerca de Timmins.
Jesús va a las mismas escuelas que el hombre invisible.
Pero Jesús es siempre mejor en todo, especialmente en los deportes. Tiene ambición, quiere ser una estrella, sus padres lo animan.
[pp.. 16-17]
6 –
El hombre invisible juega indios y vaqueros en las calles de Timmins, Ontario.
Todos saben que los vaqueros no hablan francés. Audie Murphy no habla francés. El hombre invisible es Audie Murphy. Él realmente sabe cómo morir.
“Oye, ¡tú sí que sabes morirte!...”, dice uno de sus amigos.
El hombre invisible, inmediatamente halagado, hace que le disparen y muere tantas veces como le es posible.
Tan sólo es el principio...
[pp.. 20-21]
12 –
La madre del hombre invisible se ha vuelto casi luz pura.
Los guardias y los doctores del hospital se ven obligados a ponerse lentes de sol casi todo el tiempo.
En todo caso, a final de cuentas y otras expresiones absolutamente inútiles más tarde, la madre del hombre invisible muere.
“Me-voy-a-ver-al niño Jesús…”, son las últimas palabras que suspira en la oreja de su hijo.
Durante un minuto, el hombre invisible temió que le pidiera que la acompañara, pero no, se muere y ya.
13 –
La madre del hombre invisible está muerta.
Rimbaud y Baudelaire vienen a los funerales para ofrecer sus condolencias.
El niño Jesús no está ahí, obviamente. Fue a presentar sus exámenes de admisión a la universidad.
La madre del hombre invisible está muerta. Es otro tipo de invisibilidad.
No llora. Ni siquiera la muerte de su madre lo vuelve visible.
La tristeza renta un cuarto sin ventanas en su corazón.
El día corta su silueta sobre las líneas punteadas.
12 –
La madre del hombre invisible se ha vuelto casi luz pura.
Las enfermeras y los doctores del hospital tienen que usar lentes de sol todo el tiempo.
Bueno, en resumidas cuentas, la madre del hombre invisible finalmente muere.
“Voy a ver a Jesús…”, son las últimas palabras que exhala en la oreja de su hijo.
Cuando finalmente la cubrieron, en verdad brillaba.
Era como un destello que no podía apagarse.
[pp.. 32-33]
13 –
La madre del hombre invisible está muerta.
El día desciende como una cortina rota.
Rimbaud y Baudelaire, sus dos nuevos amigos, vienen al funeral para presentar sus respetos.
Jesús no está ahí. Abandonó el pueblo hace algunos días en circunstancias misteriosas.
“Quién lo hubiera pensado…”
“Un muchacho tan agradable…”
La tristeza renta un cuarto sin ventanas en el corazón del hombre invisible.
[pp.. 34-35]
18 –
Un buen día de junio, el hombre invisible decide irse.
Levanta el culo y deja atrás Timmins como lo hubiera hecho Audie Murphy porque ya no queda ningún villano que matar.
21 –
Cuando el hombre invisible finalmente sale a la superficie, lo hace cerca de las vías del tren, en alguna parte del campo, en Quebec.
Mientras se va quitando los terrones negros que se pegan a su ropa, camina hacia las vías del tren.
Hay una chica amarrada a las vías.
A juzgar por su tez bronceada, el hombre invisible intuye que hace rato que está ahí.
“¿Cómo te llamas?”, le pregunta.
“Pauline”, responde ella.
“¿Por qué estás atada a estas vías del tren?”
“¿No es así para todos?”, pregunta ella.
“Para mí no”, responde el hombre invisible.
Al darse cuenta de su situación, ambos se enamoran locamente.
18 –
Un día durante un mes de junio, el hombre invisible escribe un poema sobre su madre y lo llama Abuela Hierbabuena.
Pone una pluma en su sombrero y lo llama poesía.
Alarga su pulgar vendado y abandona Timmins como el sheriff que abandona el pueblo porque ya no hay bandidos.
[pp.. 44-45]
21 –
Cuando el hombre invisible finalmente sale a la superficie, lo hace cerca de las vías de tren, en algún lado del campo, en Quebec.
Camina hacia las vías mientras se sacude la suciedad de la ropa.
Hay una chica atada a las vías.
Se da cuenta, por su bronceado, de que lleva ahí un rato.
“¿Cómo te llamas?”, pregunta el hombre invisible.
“Pauline”, responde ella.
“¿Por qué estás atada a estas vías?”
“¿No lo están todos?”, le contesta.
“Yo no…”, dice el hombre invisible.
Al darse cuenta de su situación, se enamoran de inmediato.
[pp.. 50-51]
23 –
“¿Cuándo vas a volver a ver a Pauline?”, pregunta un amigo.
“¿Cómo sabes que Pauline...?”, pregunta el hombre invisible.
“¡Vamos! Todo el mundo sabe que Pauline...”, responde el amigo.
“Dive! Dive! Dive!”, grita el hombre invisible a la tripulación de su submarino.
23 –
“¿Cuándo vas a ver a Pauline de nuevo?”, pregunta un amigo del hombre invisible.
“¿Cómo supiste que Pauline...?”, responde el hombre invisible.
“Todo el mundo sabe que Pauline...”, responde el amigo, sonriendo como un pedazo de queso.
“¡Sumerjan! ¡Sumerjan! ¡Sumerjan!”, le grita el hombre invisible a la tripulación de su submarino.
[pp.. 54-55]
28 –
Y, de repente, vemos al hombre invisible trabajando en una tienda de discos. La tienda de discos está llena de música buena, sellada y congelada como carne molida en un supermercado. Ñam ñam, come mis manzanas, bebé...
Es el primer job del hombre invisible. Recordemos que, en la Biblia, Job es el nombre del tipo en el que Dios se caga. Dios no es sólo una paloma.
En todo caso, trabaja, recibe sus cheques, los gasta, y se toma un trago después de las cinco con los chicos.
Se vuelve casi normal.
Hasta que, un día.
*
Un ángel baja del cielo y va a visitarlo a la tienda. El ángel se llama Katerine. Katerine es tan bella como la primavera en traje de baño y acaba de cortar con su marido. Acaba de pasar dos o tres inviernos en el campo y necesita un buen tronco en su chimenea.
Va a verlo a la tienda y le dice: “Tenemos que hablarnos...” Y el ángel le dice a María, o a su marido: “¡Sorpresa!”
Katerine y el hombre invisible van a tomar juntos un café. Hace mucho tiempo que al hombre invisible se le para por Katerine. Dos seres humanos calientes en un restaurante y el café se enfría. El hombre invisible regresa al trabajo, rojo como un tomate que esperó el momento adecuado para ser comido...
[p. 64]
31 –
El amor de Katerine y del hombre invisible arde como una fogata en el viento. Pero, como cualquier buena fogata, necesita viento para sobrevivir. Le hace falta oxígeno.
Después de un tiempo, se vuelve evidente que Katerine, como lo haría cualquier ángel, sólo está descansando sus alas entre dos nubes.
Se fue por la gloria.
Cuando un coro de hombres bastante visibles van a cantar aleluyas bajo la ventana de su cuarto, el hombre invisible siente que se apaga el fuego.
Y poco a poco, su amor se vuelve un encendedor que se prende cada vez menos.
Un beso tan efímero como un queso aterriza en los labios del hombre invisible.
*
Al hombre invisible le hace tanta falta el calor de Katerine. Ha esperado este momento durante tanto tiempo. Tiene trabajo, gana dinero, bebe con los chicos, está tan cerca de ser visible. Y, con Katerine, está aún más cerca.
