Autobiografía de mis perros - Sandra Petrignani - E-Book

Autobiografía de mis perros E-Book

Sandra Petrignani

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Beschreibung

Un libro sobre el amor por la literatura y el misterio del mundo. Toda autobiografía conlleva una dosis de valentía. Pero narrar la propia vida a través de los perros que la han acompañado añade una «ternura conmovedora al encanto de cualquier vida», como habría dicho Jane Austen. Petrignani habla de sí misma con la ternura que emana de sus perros, de los muchos que han servido de contrapunto silencioso a sus historias de vida. Y a través de ellos evoca amores y compañeros de una época perdida, como todas las épocas. Al relatar los vibrantes años de infancia, juventud y adultez, Petrignani redescubre la verdad y el consuelo, la risa y la alegría, la inspiración y la felicidad en la escritura. Uno tras otro, los perros se convierten en compañeros silenciosos, oráculos de respuestas imposibles. Autobiografía de mis perros es un libro sobre la pasión y el amor por la literatura.

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Seitenzahl: 281

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Sandra Petrignani

AUTOBIOGRAFÍA DE MIS PERROS

Traducción de

Andrés Catalán

Para Silvana de Piacenza

a la que volví a encontrar gracias a este libro

Para Sergio

porque me devolvió Piacenza

Para Angelika y Constantin

porque tienen más perros que yo

Para Tobia, el perro callejero

que escogió la libertad

«Habrá siempre en algún rincón del mundo

un perro perdido que me impedirá ser feliz».

Jean Anouilh, La selva

Advertencia al lector

En este libro todo es verdad y todo es falso. Realidad e imaginación se entrelazan de modo inextricable. Como en los sueños resulta difícil ahora deshacer la madeja, sobre todo para mí, que soy quien lo soñó/ escribió. No se debe tratar, pues, de dar un nombre auténtico a los personajes. Incluso el nombre de mis perros, que vivieron realmente, todos ellos, y tal y como los describo, lo he modificado en algunos casos. La razón es que sobre la página los nombres inventados, a veces, resultan más auténticos. Y porque cuanto más profundizamos en nosotros mismos, más descubrimos que no somos nosotros mismos.

Algún día contaré la historia de mi vida

«Algún día contaré la historia de mi vida», dijo tocándose una ceja, y quería decir «escribiré», porque se trataba de un escritor. «Así dejaréis todos de decirme que no hay quien me entienda».

Se trataba de una cita, pero en aquel momento no caí en la cuenta. Lo hago ahora, gracias a una de esas casualidades misteriosas pero habituales que ocurren cuando empezamos a escribir un libro. Abro un viejo diario y encuentro justo esta frase copiada de Confesión de Tolstói: «Algún día contaré la historia de mi vida…».

—Yo, en cambio —dije—, podría escribir la vida de mis animales.

—Te pega bastante —contestó entusiasmado—. Se podría titular Autobiografía de mis perros.

—¿Estás pensando en Autobiografía de mimadre de Jamaica Kincaid? Me encanta ese libro.

—En realidad en Autobiografía de Rojo de Anne Carson. Intrigantes títulos.

Nos preguntamos a cuál de las dos escritoras se le ocurriría primero. No teníamos posibilidad de comprobarlo en ese momento.

Estábamos en el Caffè Greco. Yo había pedido un chocolate caliente, él como siempre un té.

Nos gustaba quedar en aquel local pasado de moda, hoy lleno de turistas. Los romanos no abundan, y hasta ellos tienen más aspecto de turistas que de parroquianos habituales.

La historia de su vida no llegó a escribirla nunca porque murió algunos meses después de nuestro encuentro. «Algunos» quiere decir «varios», muchos meses, años. Pero como un accidente le privó de toda posibilidad de interacción con el mundo, es como si hubiera muerto inmediatamente después de nuestro encuentro.

Me dispongo a escribir un libro que en aquel día lejano se concibió solo como una broma, aunque ya tuviera título. Entretanto han sucedido muchas cosas, otros perros han acompañado mi existencia.

El tiempo tiene sus exigencias, ha dado vueltas en torno a este recuerdo sin hacer nada. Ahora parece que tiene de verdad la intención de hacer algo con él.

Me siento muy a gusto dentro del agua, suspendida entre un abajo envolvente y un arriba lejanísimo que para mí es la idea precisa del cielo. Nadando razono, avanzo mediante revelaciones. A los recuerdos hay que dejarlos que salgan a la superficie y nos desorienten. Si pensar significa ir de un punto a otro siguiendo una línea recta cuyo punto de llegada alumbra una verdad que no existía en el punto de partida, a mí eso es algo que no me pasa. Nado y cuento los largos con satisfacción, me invaden imágenes que a veces me conducen a algo. Por el borde se pasea uno de mis perros, vigilando mis idas y venidas. Nunca se tira al agua y tolera con cierto disgusto mi obsesión con la natación. Se llama Mago, es de tamaño grande, mestizo como todos mis perros. Es blanco, con manchas naranjas, los ojos claros y algunas pecas alrededor del hocico rosado. Los otros, en realidad las otras, Querida y Soledad, están a la sombra, bajo los árboles. Son tres ahora mis perros. A lo largo de mi vida han sido dos o solamente uno, también cuatro.

Al contrario que yo, que me dejo guiar por intuiciones e iluminaciones imprevistas, mi amigo era un intelectual. Lúcido y preciso también a la hora de escribir. Le dedicaba horas a la composición de una sola frase. Decía que sus novelas las redactaba de un tirón, pero que le daba muchas vueltas a cada palabra antes de escribirla. Estaba obsesionado con la geometría y con las relaciones matemáticas entre las cosas, entre las personas. Yo no puedo evitar volver una y otra vez a mis páginas. Al releer sus libros, sin embargo, mucho tiempo tras su desaparición, descubrí que eran menos racionales de lo que recordaba. Entendí que había entendido más bien poco. La verdad de las personas, suponiendo que exista, no se revela hasta después de muchos fracasos.

Contuve la respiración bajo el agua, para ver cuánto aguantaría sin aire, para imaginar qué se siente al ahogarse. Es inimaginable. Lo cierto es que, en realidad, no quería imaginarlo más allá de un límite aceptable. El límite de los pulmones. Es inimaginable la muerte, por muchas criaturas que veamos morir, desaparecer de nuestra vida. El truco de magia definitivo. Nada por aquí y nada por allá. Ni cuerpo, ni voces ni miradas. Vuelvo a ver una mano acariciar a mi perro. ¿Qué perro era aquella vez? ¿Y la mano era la suya? Quizás no, al fin y al cabo. El tiempo pasa y los recuerdos se confunden. No hay verdad en los recuerdos, sino —como siempre— engaño.

Mi primer perro, largamente deseado, se llamaba Rocky. El nombre lo tenía ya puesto y me pareció injusto cambiárselo. Lo veía tras la puerta de cristal de la portería cuando iba a ver a una de mis tías. Era un caniche blanco de buen tamaño. No me gustaba el nombre Rocky y no me gustaban los caniches. Pero no era exactamente un caniche, dejando de lado su pelaje rizado. No tenía nada de cursi. Era blanco como la nieve. Me miraba y movía la cola, sin levantarse del suelo, cuando pasaba y me detenía a hacerle un poco de compañía a través del cristal de la puerta cerrada con llave. ¿La portera dónde estaba? Haciendo la compra, limpiando la escalera, repartiendo el correo. Estaba solo. Los animales siempre me parecía que estaban solos, los perros en particular. Solos con su correa, solos sobre las alfombras de las casas que habitaban, solos en los jardines o fuera de los comercios esperando a sus dueños. Habríamos podido entendernos yo y el caniche blanco, unir nuestras soledades. Por eso amaba a los perros y me detenía por la calle a acariciarlos, también a los grandes que le daban miedo a todo el mundo. Para unir nuestras soledades. No tenía hermanos ni hermanas, y no era una niña sociable. El tiempo, un aburrimiento sin fin.

No sé cómo acabaría Rocky convirtiéndose en mi perro. Supongo ahora que mi padre se ocupaba con mamá de sacarlo de paseo todos los días con tal de verme contenta. Yo tenía unos siete años. Mi padre: hombre de grandes arrebatos de generosidad, pero incapaz de responsabilidades a largo plazo. Y así Rocky llegó a nuestra casa, una casa habitada por gente que no sabía qué hacer con un perro, una casa «limpia como una patena», por usar una expresión típica de mi madre. No creo que se quedara con nosotros mucho tiempo, pero al menos un par de años sí, quizás tres, quizás cuatro. Empezó de pronto a morderlo todo cuando lo dejábamos solo. Las preciadas alfombras persas, las patas de los muebles. No tengo recuerdos de la felicidad que supuestamente me iba a dar la relación soñada. Rocky no debía de tenerme particular simpatía. No recuerdo ni jugar juntos, ni caricias, ni persecuciones, nada. Solo el terror de sus enfados a los que seguían chillidos y amenazas. Un infierno. Un día que salí con mamá nos lo llevamos con nosotras para evitarnos sorpresas. Lo dejamos en el Fiat 500 una media hora, menos, el tiempo justo para recoger un vestido en una tienda. A la vuelta vimos por las ventanillas una nube blanca, como de lana sacada de un colchón, como copos de una intensa nevada. Rocky había destrozado los asientos vaciando el relleno. Brincaba ladrando como un loco de adelante atrás y de atrás adelante. Después no recuerdo más. Solo que en cierto momento desapareció de mi vida. No tengo recuerdo tampoco del dolor, que sin duda debí sentir. O quizás fue más fuerte la sensación de liberación. Y seguramente mi padre me convenciera de que entonces Rocky, al menos él, estaba contento en algún campo indefinido con un dueño que le podía ofrecer toda la libertad que necesitaba.

Con todo, Rocky aún seguía conmigo el día que conocí a Wendy. En el jardín de mi abuela. Un jardín que rodeaba una villa de los años veinte, en Montesacro, un barrio de Roma al que llamaban Ciudad Jardín. Todos vivíamos en Ciudad Jardín, pero yo con mis padres en un edificio de varios pisos y los abuelos en la villa rodeados de iris, peonías, un ficus, una magnolia, la mimosa y muchos otros árboles. Volví una vez a aquella calle, frente al portón de la vieja villa que vendió mi padre tras la muerte de los suyos. Llamé al timbre. Le dije al telefonillo: «Viví un tiempo aquí hace mucho, era la casa de mis abuelos, me gustaría volver a verla». Me dejaron hablar, pero después una voz masculina dijo: «Estoy ocupado, no puedo abrirle, pase otro día». No lo hice. ¿Para qué? Recuerdo todo perfectamente, cada detalle. Estará reformada, habrán tirado paredes, agrandado algunas habitaciones. Incluso el jardín podría no ser el mismo. Mejor fiarse de la memoria, después de todo. Pero pensé en lo antipáticas que eran las personas que lo habitaban ahora, como si fuera todavía pequeña, una pequeña niñita disgustada.

Con Wendy íbamos a clases de natación donde las hermanas de Nevers, a la otra punta de la ciudad. No nos habían dejado entrar en el CONI del Foro Itálico, que era el Comité Olímpico Nacional Italiano, al que iban mis compañeros de escuela, porque éramos demasiado mayores, la edad para la admisión en el primer curso no debía superar los seis años. Por tanto, acompañadas de las madres, una vez una madre, otra vez otra, íbamos a nadar donde las hermanas de Nevers cruzando en coche la ciudad. Me gustaba más cuando nos llevaba Simonetta, la madre de Wendy, porque tenía un coche que nos encantaba. Lo llamaban Maggiolino. Era un Volkswagen blanco descapotable. Me gustaba el nombre, me gustaba todo de aquel coche, la capota abatible, la forma de los faros, las ruedas con un gran círculo blanco alrededor de los tapacubos, el tejido de los asientos. Simonetta conducía mientras nos vigilaba por el retrovisor. Soy capaz de ver como si fuera hoy la forma de su ojo castaño, muy maquillado, en el retrovisor, un ojo divertido, sonriente. Nosotras jugábamos en el asiento de atrás, que flotaba sobre unas suspensiones blandísimas. Aquel balanceo compensaba el miedo que le tenía al agua.

En el mar me dedicaba a chapotear en la orilla, me daba apuro meterme más allá de donde el agua me llegaba a los hombros. En la piscina todo fue bien mientras el profesor nos mantuvo en los bordes, en la parte donde se hace pie, batiendo las piernas e imitando los movimientos que después tendríamos que repetir para recorrer nadando la piscina entera. Tampoco tuve problemas cuando nos hizo zambullirnos con un flotador en el agua profunda. Pero un día anunció que ya no los necesitábamos. Nos confiscó los flotadores y los lanzó uno tras otro hacia los vestuarios, con sádica satisfacción. Inalcanzables. Nos puso en fila a lo largo del borde y comenzó a tomar en brazos a un reticente niño de cada vez para arrojarlo al agua. Llevábamos puesto el bañador, él iba vestido de blanco. Una camisa blanca de manga corta remetida en unos pantalones blancos. Y tenía un silbato con el que nos llamaba al orden constantemente siguiéndonos por el borde como un león tras los barrotes. No podía ponerse el bañador ni meterse en la piscina con nosotros, porque estábamos donde las hermanas. Las hermanas solo podían ver en traje de baño a los niños.

«Cierra la boca, contén la respiración, ya verás como flotas», decía el profesor en voz muy alta. No había más que gritos y silbidos en aquella piscina. Los niños salían a la superficie y gritaban excitados, golpeaban la superficie del agua con las manos, él silbaba y gritaba para que pararan. Entonces los niños nadaban hasta la escalera para volverse a poner en fila y repetir el salto. Yo trataba de pasar desapercibida mientras dejaba pasar al compañero que venía justo detrás. Repetía el cambio con cada niño, también con los que ya se habían tirado una primera vez y retomaban su posición en la fila, contentísimos de haberle perdido el miedo al agua. El profesor se había dado cuenta, pero hacía como que no se enteraba. Yo me había dado cuenta de que me vigilaba y que hacía como si no se enterara. Pero era más fuerte que yo. El miedo era más fuerte que yo, tontamente me resistía, le plantaba cara y desafiaba al profesor. Una cosa sin precedentes en la ley de la piscina. En cierto momento, sigilosamente, se colocó a mi lado. Me agarró sin decir palabra, sin gritar ni tocar el silbato. Me rodeó de repente un silencio palpable mientras sus manos enormes me sujetaban la cintura, ciñéndome completamente. Patalearía en el vacío como si pisara unos pedales inexistentes, gritaría «¡no, por favor, no!». Me tiró al agua lanzándome por los aires. Caí en un torbellino de terror. Había llegado el momento de morir en un instante de oscuridad azulada. Esto lo recuerdo perfectamente: desaparecida la realidad del afuera, dentro la belleza protectora. Salí a flote enseguida, como le había ocurrido a los demás niños. El miedo se me pasó de golpe, para siempre. Había descubierto en el agua una aliada, y me sentí profunda, intensamente feliz. Me convertí en una niña valiente. Había vencido al dragón, a los lobos malvados de las fábulas. Me volví a colocar en la fila y no dejé de tirarme al agua hasta el final del ejercicio. Y seguí haciéndolo. Me convertí en una atleta, la natación se convirtió en mi deporte, el único que he practicado con éxito.

Algunos años después, en 1963, yo tenía once años, mi madre me mostró en el Messaggero una noticia que decía que mi profesor había muerto. Había muerto, no existía más, ya no lanzaba niños a la piscina, ya no hacía sonar como un loco aquel silbato sujeto de un cordón. Se había sentido mal y había orillado el coche en la cuneta de la carretera por la que conducía, había aparcado y había muerto de un ataque al corazón. Se llamaba Sirio Banchelli, florentino de 1911, así que había muerto a los cincuenta y dos años. Me enteré, leyendo la noticia, de que había sido jugador de waterpolo y que había ganado varios títulos. Y que después se había dedicado a la enseñanza, deambulando por Italia hasta afincarse en Roma. Había intercambiado, con la alumna que yo era, nada más que silbidos, órdenes y miradas. Pero era una persona a la que respetaba, y eso no es algo que me sucediera con facilidad, ni siquiera de pequeña. Me había enseñado a nadar, y había hecho de mí un valiente soldadito. Quién sabe cuántos niños le habrán debido algo de su futuro y él tal vez ni siquiera se lo imaginara. Una vez le había dicho a mi madre que estaba contento conmigo. Mi madre me lo había contado con tono de asombro. En cierto momento, gracias a él, yo había dejado a las hermanas de Nevers y por fin había entrado en el CONI. Había superado todos los niveles que había, perrito, braza, espalda, crol, mariposa y delfín. Todos con su distintivo redondo de tela que cosíamos al albornoz. Conservé durante mucho tiempo aquellos retales de tela redondos enmarcados en un cuadro colgado de mi habitación. Con el tiempo me aceptaron en un importante club de natación, el Club Deportivo Lazio, para el estilo braza. Y no dejaba de pensar en mi profesor. En que era todo mérito suyo, porque no había tenido piedad conmigo. Y si me sometía a entrenamientos agotadores lo hacía solamente porque él los habría valorado, ya que, la verdad, a mí las pruebas de natación me daban exactamente igual. Odiaba el disparo de pistola que daba comienzo a las competiciones, odiaba las competiciones. Y el nuevo profesor, Paolo Costoli, florentino también él, jugador de waterpolo también él, a quien su colega y amigo Banchelli me había probablemente recomendado, no me gustaba tanto. Y puesto que nada le debía, un buen día le dije que no quería saber nada más de las pruebas, que quería estudiar y no iba a ser capaz de compaginar el instituto con los entrenamientos. Pero quizás se lo hice saber a través de mamá. Porque recuerdo solamente la sensación de liberación del cloro, los disparos y las piscinas. En 1966 tenía catorce años. El 28 de enero aún no los había cumplido, fecha en la que el avión de la Lufthansa a bordo del cual iba el grupo del equipo nacional italiano, perteneciente a la SS Lazio y acompañado por Costoli, se estrelló en Bremen debido a un error del piloto. Murieron todos, Costoli y siete promesas de la natación italiana que tenían unos pocos años más que yo. Hasta aquel momento Bremen había sido en mi cabeza solamente la ciudad de una fábula que contaba la historia de cuatro animales músicos, un perro, un burro, un gato y un gallo que quieren llegar a la ciudad alemana a hacer fortuna. Pero a Bremen no llegan nunca, porque la fortuna la encuentran antes, en el camino. Como aquellos muchachos con su profesor, quién sabe. ¿Encontraron la fortuna al precipitarse al vacío? Haría falta saber qué es la muerte, qué ocurre después. Nada. O todo, puede ser.

He tenido perros a los que les aterrorizaba el agua y perros que se zambullían entusiasmados. Perros que superaban el miedo instintivo con tal de alcanzarme mar adentro entre las olas y venir a «salvarme», y que me arrastraban hacia la orilla y me arañaban con las uñas, luchando por mantenerse a flote en medio del vertiginoso remolino de sus patas. Todos probaron alguna vez a beber del mar, sorprendidos de descubrirlo salado. Alguno insistió en beber hasta sentirse mal, otros más listos se aguantaron la sed. Es la tierra, de todas formas, el elemento de los perros. Y el fuego de sus sentimientos desenfrenados. No el agua, no el aire.

Cuando conocí a Wendy estábamos cada una en su propio jardín. Cada una con sus perros. Ella tenía a Billy, que era exactamente el perro de mis sueños, una especie de pastor alemán, un perro lobo muy cariñoso. Ella tenía este perro, Billy, y tenía también un hermano pequeño, Michael, rubio y con pantalones cortos, al que llamábamos Mick o Mickey, como Mickey Mouse. Eran americanos, de Detroit. Yo no sabía dónde estaba Detroit, pero sabía que América estaba muy lejos. En América estaba su padre, que nunca dio señales de vida. Simonetta se había separado del marido americano y quizás los padres separados nunca dieran señales de vida. El mío siempre estaba presente y al parecer, de joven, había estado enamorado de Simonetta, y también su hermano, mi tío, se había encaprichado perdidamente de Simonetta. Porque de Simonetta se enamoraban todos. Simonetta era una descocada, decía mi madre. Y yo me hice la idea de que de las mujeres descocadas se enamoraban todos. Mi abuelo, en cambio, había estado enamorado de Jole, la abuela de Wendy. Esto no lo entendí hasta más tarde. Y comprendí también que no se habían limitado a enamorarse. Pero entonces, en los días en que yo y Wendy nos hacíamos amigas a través de la malla de hierro que separaba nuestros jardines, lo único que me sorprendió fue que mi abuelo mostrara interés por mis charlas con ella a través de la malla —él, que no tenía especial interés por los niños— y que hiciera todo lo posible por hacernos la vida más fácil mediante un sistema de cojines y escaleritas para que, al pasar de un jardín al otro, no tuviéramos que colgarnos y trepar a riesgo de hacernos daño, y en su lugar pudiéramos subir por una escalerita, apoyar el cojín en la parte superior de la malla, y luego bajar cómodamente al otro lado por una segunda escalerita. Utilizar el portón de entrada de las dos villas estaba fuera de toda discusión, habríamos tenido que dar una vuelta por fuera a lo largo de las dos calles flanqueadas por otras casas colindantes, y ningún adulto estaba nunca disponible para acompañarnos. Se tomó su tiempo el abuelo Ugo, pero un buen día se puso a cortar la malla y a construirnos una portezuela de madera por la cual podíamos pasar sin peligro de un jardín a otro. Imagino que, para hacerlo, tuvo que ponerse de acuerdo con Jole, su viejo amor. Le parecería mentira. A saber qué emoción sintió. A saber cuánto tiempo llevarían sin tener ocasión de encontrarse, ¡y de hablarse ni se diga! ¿Hablarían solo de la portezuela? ¿Recordarían los viejos tiempos? ¿Se darían incluso un beso? Que yo sepa, incluso podrían haber vuelto a empezar a verse a escondidas. Pero esto a nosotras, a mí y a Wendy, era algo que no se nos pasaba por la cabeza, ignorantes como éramos de todo el asunto y para nada propensas a atribuir pasiones arrolladoras a un abuelo y a una abuela, y ni mucho menos a imaginárnoslos jóvenes, diferentes a como los veíamos a diario.

Éramos dos niñas asilvestradas a las que por regla general dejaban a su aire en aquellos jardines. Nos subíamos a los árboles y escondidas entre las hojas nos contábamos «las historias», que inventábamos allí mismo a partir de hechos y personajes que sacábamos de las fábulas o de cosas que nos habían pasado, y después decidíamos a qué jugar. «Juguemos a que semos dos princesas», decía Wendy, y aquel «semos» no se lo corregía, porque me parecía más bonito que mi «somos». Igual que era más bonito su pelo dorado, liso y largo, comparado con el mío corto, porque era «más cómodo», según mi madre, dado que iba a natación. Así decíamos: «ir a natación». Y dibujábamos sobre las baldosas de la terraza una rayuela y saltábamos con piruetas cada vez más complicadas, con cuidado de acabar con los pies en el centro de los recuadros, porque si pisabas las líneas entre un cuadrado y el otro acumulabas penalizaciones y perdías. A Mick lo dejábamos jugar con nosotras solo si nos hacía falta un paje al hacer de princesas, o para darle algo de emoción al pillapilla, o si no nos apetecía cerrar los ojos en el escondite y entonces lo obligábamos a él, de cara a la pared, a contar hasta veinte. De lo contrario estaba excluido de nuestros juegos y se dedicaba a tirar piedras él solo en un rincón del jardín. No queríamos testigos cuando jugábamos al juego prohibido: una era la princesa, otra el príncipe, y nos besábamos acercando los labios, como habíamos visto hacer en las películas de la televisión, sintiendo la saliva húmeda de la otra con asco y excitación, y nos entraba la risa, como cuando pasábamos los dedos en torno a los pezones a través del vestido diciendo: «Qué bonito bordado tienes aquí…» o nos decíamos cosas al oído y sentíamos una especie de cosquilleo. Entre las piernas se escurría algo que no era pis y que era algo que sabíamos que no debíamos preguntar a los mayores. Era la misma sensación que había tenido en natación. Fue una vez que vino el inspector y nos reconoció, de uno en uno, a niños y niñas, dentro de su cuartito. Yo estaba en bañador y tumbada sobre la camilla como en el médico. Debía de ser, este inspector, una especie de médico, pero mi doctor cuando me reconocía no me acariciaba los brazos de aquel modo, no me tocaba en mitad de los muslos, no me bajaba los tirantes del bañador para auscultarme el corazón y chuparme el pezón para sacarlo fuera, dijo. Que un atleta se ve también en la turgencia de los pezones, decía. Y después me despachó con prisa: «Vamos, vamos, hemos acabado». Para correrse en paz, pienso ahora. Pero aquella vez solo me sentí feliz de liberarme de aquella extraña tortura y de poderme olvidar enseguida.

En todo caso, las dos queríamos siempre hacer de la princesa y no tardábamos en discutir y torcer el gesto, y el juego acababa porque Wendy hacía trampas y a mí me tocaba más tiempo hacer de príncipe. Ella decía que yo tenía más imaginación y que cuando hacía de príncipe se me daba mejor inventar los escenarios amorosos, pero yo los escenarios amorosos me los inventaba para no aburrirme demasiado haciendo de príncipe. Otras veces íbamos a robar los nísperos de las ramas de un árbol que sobresalía de un jardín vecino. Sabíamos que había que guardarlos y esperar a que madurasen, pero igual los probábamos. De los nísperos nos gustaba que tuvieran por dentro todos esos pipos pulidos, nos gustaba darles vueltas en la boca como si fueran caramelos. Y después los lavábamos y jugábamos con ellos. Los lanzábamos al aire y mientras tanto girábamos las manos: el juego consistía en recoger al vuelo los pipos una vez con las manos con la palma hacia arriba y luego con la palma hacia abajo. No se debía caer ni siquiera uno, de lo contrario se perdía el turno. Nos contábamos, para meternos miedo, la historia de una señora que vivía en la villa de al lado, la del jardín con el níspero. Decíamos que era una bruja malvada y que, si nos sorprendía robando los frutos de su árbol, nos transformaría en estatuas de sal. Esto de las estatuas de sal nos lo había metido en la cabeza la Ada, que era la sirvienta de mi abuela, medio analfabeta pero con ciertas nociones bíblicas. La abuela, en cambio, decía que no nos preocupáramos porque las ramas que sobresalían de su jardín se consideraban de nuestra propiedad. De modo que procurábamos, coger solo los frutos que asomaban de nuestra parte, pero de vez en cuando nos entraba cierto espíritu rebelde y alargábamos el brazo al otro lado de la malla y después huíamos lejos con el botín. La Ada nos gritaba y nos contaba la historia de las estatuas de sal. Yo había crecido en el norte y decía «la Ada». Wendy la americana me decía que no, que no se debía poner el artículo delante del nombre de las personas, y yo intentaba corregirme, pero siempre me salía la Ada, la Simonetta, la Jole, la Elettra, que era yo. Wendy, en cambio, era Wendy y basta. No sé por qué, no me salía decir la Wendy. Un día la vecina de los nísperos nos vio desde la ventana mientras recogíamos los frutos de su árbol. Nos quedamos petrificadas como si ya nos hubiera transformado en estatuas de sal, con los nísperos en las manos o dentro de la falda. Nos sonrió diciendo: «Coged los que queráis, hay de sobra y están muy ricos». Nos cogió tan de sorpresa que casi nos decepcionó. Su amabilidad, quiero decir. Desde aquel día los nísperos dejaron de parecernos tan apetecibles.

En primavera aquella misma malla divisoria, de la que asomaba el níspero, se llenaba milagrosamente de glicinias. De repente la veías cubrirse de racimos alegres, ligeros, y estos racimos se teñían de un violeta cada vez más intenso. Como racimos de unas uvas que, para mi felicidad —dado que no me gustaban—, no eran uvas. Eran, en cambio flores, en lugar de crecer hacia arriba colgaban, y desprendían un aroma leve; leve, sí, pero en semejante cantidad nos mareaba. No sé quién nos enseñaría que las glicinias eran comestibles. ¿O sería tal vez idea nuestra? Con cuidado separábamos del racimo de una en una las pequeñas flores, que se parecían remotamente a violetas, abríamos los pétalos internos y con los dientes le quitábamos los pistilos y nos los zampábamos encantadas. ¿En serio nos parecían sabrosas? He vuelto varias veces a probar las glicinias, sin obtener nunca aquella antigua satisfacción. Lo hacíamos —lo de chupar las flores— también con el jazmín, robándoles a las abejas el dulce protegido en su interior, y esto, dadas las propiedades terapéuticas de la planta, decía la Ada, nos protegía de a saber qué infecciones.

En cualquier caso, la sucesión de las flores a lo largo de las estaciones era de por sí una gran aventura que podíamos vivir sin salir de nuestros jardines, de las violetas escondidas en la humedad al pie de los árboles al esplendor perfumadísimo de las lilas, del breve estallido de las peonías al ascenso de las rosas trepadoras, de la tempestuosa aparición de las amapolas —con cuyos botones nos estampábamos una estrella majestuosa en medio de la frente— al solemne desfile de los gladiolos alrededor de un parterre. Y tenía, la palabra parterre, cierto encanto musical, con todas esas erres. Wendy, sin embargo, no compartía mi pasión. ¿Por qué no te gusta?, le preguntaba. Pero ella se impacientaba, no sabía o no quería responder, y me arrastraba a jugar a otra cosa.

De Billy y de Rocky cuando jugábamos nos olvidábamos por completo. Hacía falta solamente estar atenta a que las gallinas, en presencia de los perros, estuvieran encerradas dentro del gallinero porque a Billy los huevos le encantaban y daba vueltas a su alrededor para intentar robarlos. Teníamos cada una su gallinero, pero a mí me parecía que las gallinas de Wendy eran mejores. En el gallinero de Jole, su abuela, encontrábamos huevos todos los días, mientras que en el de Ugo, mi abuelo, eran una rareza. Y nos gustaba —igual que a Billy— comernos los huevos crudos, mientras Mickey y sus amigos hacían asqueadas muecas de horror. Por no decir que además Rocky era solo Rocky. Billy, en cambio, había adquirido en cierto momento un apellido, por deseo de Mick. Lo llamó Billy Futbolín, porque le habían regalado un futbolín y como le gustaba mucho aquel juguete llamaba a cualquier cosa que le gustara «futbolín». Pero Billy Futbolín representaba para mí otra prueba de la incomparable superioridad del mundo de Wendy respecto al mío. Mi padre no era americano, yo no tenía el pelo largo, mi madre no hacía que todos se enamoraran de ella y mi perro carecía del blasón de un apellido. Era un triste Rocky del montón.

Un día se celebró una fiesta para celebrar el cumpleaños de Simonetta. Nos invitaron también a los niños. Simonetta se pasó un buen rato peinándole el pelo a Wendy, que no lo soportaba, pero la madre decía que hacía falta peinarlo al menos cien veces, cien golpes de cepillo, para que se pusiera brillante y liso. Yo las miraba. Y miraba el vestidito de mi amiga, que me parecía más bonito que el mío, y la miraba mientras se comía una manzana mientras la madre la peinaba, y le metía bien dentro las púas grandes y fuertes del cepillo mientras yo le sostenía el espejo. Había verdadera expectación por un amigo de Simonetta, que era actor de teatro y había aparecido también, una vez, en la televisión. Era un actor importante, decía mi madre, y yo me imaginaba que sería muy guapo. Pero no llegaba nunca. Jole decía: «¿Pero viene o no viene?» y Simonetta decía: «Claro que sí. Si ha dicho que viene, viene». Y lo esperábamos todos. Al final sí que vino. No me pareció tan guapo, pero intenté convencerme de que me gustaba porque era simpático, y además, de todos modos, pertenecía al extraordinario mundo de Wendy donde todo funcionaba de modo diferente al mío. De hecho había traído de regalo un jamón entero, que yo hasta aquel momento siempre había visto solamente en lonchas. Se creó un enorme revuelo a la hora de cortarlo, pero al final lo logró con un cuchillo mientras todos se apiñaban a su alrededor. Y comía largas lonchas de jamón compartiéndolas con Billy, que enseguida les había hecho, a él y al jamón, muchas fiestas. Se metía la loncha entre los dientes dejándola colgar fuera y animaba al perro a que la cogiera. Billy, excitadísimo, trataba de quitársela mientras él tiraba en sentido contrario. Y aquello nos divertía muchísimo, a grandes y pequeños. De aquel comportamiento extravagante deduje que era un hombre excepcional, maravilloso y principesco.

Simonetta también era actriz. Pero no debía de ser gran cosa porque al final acabó haciendo solo sketches, concretamente los anuncios de un teatrillo televisivo vespertino que se llamaba Carrusel y en el que se emitía la publicidad de diversos productos. Cada sketch consistía en una pequeña historia, y les gustaba mucho a los niños, también porque ver aquellas brevísimas películas era lo único que nos quedaba del día antes de que nos mandaran a la cama. Si aparecía Simonetta, alguno se ponía a gritar: «¡Es Simonetta, es Simonetta!» y todos venían desde las otras habitaciones a ver la televisión. Pero ocurría en raras ocasiones. Parece que a Simonetta no la quería nadie como actriz, que no servía ni siquiera para los sketches. Y hay quien decía que era porque su historia con el actor se había acabado. La esposa lo había descubierto todo, decían, y yo suponía que aquel todo era el asunto de la fiesta y del jamón. La esposa se habría enfadado porque no la habían invitado, me dije. De modo que entonces, pensé, Simonetta no iba a recibir un jamón entero de regalo nunca más. En todo caso, como a ella no la querían en ninguno de los sketches, había decidido abrirle camino a la hija, y ahora Wendy aparecía de vez en cuando en la televisión en lugar de la madre o en las revistas de moda infantil, donde la vestían con jerséis preciosos y le rizaban el pelo. Mi abuela miraba aquellas imágenes en las revistas con lástima. No podía decirle que yo también habría querido salir en aquellas fotografías, habría querido tener las pecas de Wendy y los labios húmedos de Wendy y sus piernas largas bajo las falditas que le quedaban demasiado cortas porque había ido creciendo con ellas, mientras que a mí los vestidos me quedaban siempre grandes. De hecho mi madre los compraba «para cuando creciera», pero no sé por qué, entonces, no me dejaba crecer lo bastante como para verme también yo sobresalir las rodillas bajo los pliegues escoceses o para sentirme ceñida por una rebeca ajustada. No había manera, tenía siempre que estar doblando el borde de las mangas demasiado largas.

Un día Wendy me preguntó si me apetecía acompañarla porque tenía que ir a rodar un sketch y se aburría muchísimo entre una toma y otra. Pedí permiso y me confiaron a Simonetta. Fuimos en el Volkswagen, y Wendy tenía el pelo bien arreglado y la madre le decía que no se lo tocara, que se lo estropearía y se desharía los