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La escritora vive aquí es un largo viaje por las casas y lugares de algunas de las escritoras más importantes del siglo xx. De la Cerdeña de Grazia Deledda a la América de Marguerite Yourcenar, de la Francia de Colette al Oriente de Alexandra David-Néel, de la Dinamarca de Karen Blixen a la Inglaterra de Virginia Woolf. Un peregrinaje por las casas-museo de todas ellas, en las que, a través de los muebles, objetos, habitaciones y jardines, su autora, Sandra Petrignani, nos introduce en la vida de estas mujeres, en sus secretos, temores y fragilidades. Entrar en sus casas es entrar en sus vidas, como si las propias protagonistas nos abrieran sus puertas y nos mostraran su mundo más íntimo. El viaje como reconocimiento, la reconstrucción de un territorio delimitado por unos muros, en cuyo interior se oye «la voz de las cosas», una voz que Petrignani ha sabido convertir en historias que nos revelan cómo fueron y vivieron estas escritoras que contribuyeron con sus obras a engrandecer la historia de la literatura europea. «Los viajes a las casas son los viajes a las vidas. O puede que sea al contrario. Pero no importa. Una casa es un destino de todas formas.» Sandra Petrignani
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Seitenzahl: 356
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Portada
La escritora vive aquí
La escritora vive aquí
sandra petrignani
Traducción de Romana Baena Bradaschia
Título original: La scrittrice abita qui
La Scrittrice Abita Qui © 2002 by Sandra Petrignani
© de la traducción: Romana Baena Bradaschia
© de esta edición: Gatopardo ediciones, S.L.U., 2019
Rambla de Catalunya, 131, 1º-1ª
08008 Barcelona (España)
www.gatopardoediciones.es
Primera edición: septiembre de 2019
Diseño de la colección y de la cubierta: Rosa Lladó
Imagen de la cubierta:
Rungstedlund, casa de Karen Blixen. © Kurt Rodahl Hoppe. Cortesía de Karen Blixen Museet.
Imágenes del interior:
Grazia Deledda: casa de Grazia Deledda en Nuoro, Italia: La habitación de la escritora en Nuoro.
Marguerite Yourcenar: Petite Plaisance, en Northeast Harbor, Maine, Estados Unidos; Estudio de la autora en Petite Plaisance. Cortesía de Petite Plaisance Trust.
Colette: casa de la autora en Saint-Sauveur-en-Puisaye, Francia; Escritorio de la autora. Museo Colette en Saint-Sauveur-en-Puisaye, Francia.
Alexandra David-Néel: Samten Dzong, casa de la autora. Cortesía de Maison Alexandra David-Néel, Digne les Bains, Francia; escritorio de la autora. Cortesía de Maison Alexandra David-Néel, Digne les Bains, Francia.
Karen Blixen: casa de la autora en Rungstedlund, Dinamarca. © Olav Sejerøe; la autora en su mesa de trabajo, en 1950. © Gyldendals Billedarkiv. Cortesía de Karen Blixen Museet.
Vanessa y Virginia Woolf: Charleston Farmhouse, East Sussex, Inglaterra; escritorio de Virginia Woolf en Monk’s House, East Sussex, Inglaterra.
eISBN:978-84-17109-85-1
Impreso en España
Queda rigurosamente prohibida, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Para Guido, veinteañero,
que ama los libros
tanto como los viajes.
«Después me fui a casa, subí seis pisos
corriendo, cogí un libro de la estantería, luego
otro. Todo era mío y yo no era de nadie.»
El subrayado es mío
Nina Berberova
Índice
Portada
Presentación
la escritora vive aquí
El dibujo en el tapiz
grazia deledda en nuoro
Existen tres barbagias
marguerite yourcenaren petite plaisance
«Qué desvaído sería todo si fuéramos felices»
colette en saint-sauveur-en-puisaye
«La muerte no me interesa, ni siquiera la mía»
alexandra david-néel en samten dzong
Con las botas de fieltro multicolor
karen blixen en rungstedlund
Y el americano dijo: «el nobel se lo merecía ella»
dos hermanas y una amigaen charleston y en monk’s house
Las tres «V»
Agradecimientos
Sandra Petrignani
Otros títulos publicados en Gatopardo
LA ESCRITORA VIVE AQUÍ
El dibujo en el tapiz
Cuenta Karen Blixen en Lejos de África que cuando era niña le contaban un cuento mientras le trazaban un dibujo que, poco a poco, iba configurándose ante su mirada a medida que se desarrollaba la historia. Una noche, un hombre, decía la historia, se despertó por un ruido tremendo. Salió y fue a ver qué había pasado, pero, como estaba oscuro, le ocurrió de todo. Se cayó en un estanque, tropezó, se equivocó de camino, se cayó tres veces en un foso y regresó. Al final, siguiendo todos sus pasos, la pluma había trazado sobre el papel el dibujo de una cigüeña. Y era una cigüeña que el hombre, a la mañana siguiente, divisó en cuanto se asomó a la ventana.
Así es el destino de las personas: un ir y venir cansino e insensato hasta que, al final, desvelará la imagen global, la imagen coherente de todo lo que ha sido.
Leyendo esta breve historia de Karen Blixen he entendido por qué he escrito este libro. Contemplando el dibujo escondido en el tapiz de tantas vidas, quería recoger algo de mi tapiz. Quería saber si valía la pena, como escribe Karen a su hermano, «caer en todos esos fosos y dar vueltas como una loca alrededor del estanque» y si de verdad, al final, se vislumbra «la nítida silueta de la cigüeña».
La respuesta, otra vez, me viene de ella: «El destino de otro —escribe más adelante en la misma carta— siempre sirve para explicar algo». Por un lado, nos ilumina y, por otro, nos pone en guardia con respecto a nosotros mismos.
Sandra Petrignani
GRAZIA DELEDDA EN NUORO
Casa de Grazia Deledda en Nuoro, Italia.
Existen tres barbagias
Venía de Olbia y me dirigía a Nuoro por la 131, que iba dejando y retomando para seguir las indicaciones de un nuraghe —construcción megalítica propia de Cerdeña—, una pequeña iglesia o un área arqueológica. Estaba entrando en Barbagia, el corazón de las tinieblas de Cerdeña. En verdad hay tres Barbagias, eso te lo dice enseguida cualquier oriundo, porque, te dice, Barbagia no es de por sí sinónimo de bandidaje. Depende precisamente de a qué Barbagia te refieras: Barbagia Ollolai, Barbagia Belvì o Barbagia Seùlo. Tengo la sospecha de que en cada una de las tres zonas sostienen que los bandidos son los otros. Era una mañana de sol fría, con un fuerte viento que mecía el paisaje, un desierto verde y rocoso, vacío y plácido, y sin embargo acechante como si tuviese ojos escondidos detrás de las piedras, deslumbrantes por su blancura. Pero si un nombre me gusta, eso basta para reconfortarme. Y el nombre de Barbagia me gusta muchísimo porque es áspero y dulce, como el pan frattau que acababa de comer en una modesta trattoria de pueblo, además de una sopa espesa con sabor a salsa especiada, de caldo sustancioso, de huevo y queso y de carta musica mezclada (otro tipo de pan, muy ligero).
Las ovejas que me encontraba me parecían iguales a cualquier otra; pero las vacas, de un tostado difuminado como la tierra sobre la que estaban echadas, blandas y meditabundas, me recordaban a las vacas indias, acrecentándose la sensación de extrañeza que se siente en el interior de Cerdeña, lugar arcaico e irreductible digno de su leyenda. Si me hubiera topado con una de esas comparsas de las fiestas del carnaval local, los hombres negros con el gabbanu y la capucha de tejido rústico calada hasta los ojos o los mal afamados mamuthones con pellizas y engalanados con cencerros, con los rostros cubiertos con las máscaras de animales cornudos, me habría muerto de miedo. Sin embargo, en los alrededores de Orune me encontré sólo una piedra hueca con un agujero cuadrado como abertura y la reconocí como el habitáculo prehistórico denominado «la casa de las janas», las pequeñas hadas del folklore sardo. De esta manera también yo me he sentido protegida por Nicolosa, la «abuelita» de Grazia Deledda que se le aparecía en sueños para reconfortarla, vestida de novia, novia colorida, no de blanco, como son las novias en Cerdeña, con sus trajes tradicionales con las llamativas faldas plisadas. «Diminuta mujer frágil, casi enana, con manos y pies de niña», así era Nicolosa con la cofia de paño negro, que le «recordaba a ciertas mujercitas de leyenda, o a pequeñas hadas, buenas o malas, según la ocasión». Incluso el nombre es de hada extraña. Y extraño era también su marido Andrea Cambosu, ermitaño y artista, anárquico (¿otra especie de bandido?), amigo de todos los animales del mar, del aire y de la tierra, que le hablaba a las serpientes y protegía incluso a los escorpiones y hacía figuras de santos en madera y arcilla. Y sabía el nombre de las flores y las plantas, distinguía las hojas y las piedras, en una relación animista con la naturaleza, conocedor de la misma ciencia que también practicó Grazia, la más «botánica» de los escritores junto con Colette. Entre tantos críticos injustos y displicentes, uno, Bonaventura Tecchi —que de hecho no era un crítico sino un escritor—, demostró comprender sobradamente a Grazia Deledda cuando, en 1959, dijo: «En esta soldadura entre cosas del alma secreta y cosas naturales: la ceniza, el agua, el fuego, en esta soldadura, que denominaría autógena por lo nítida, sin aureolas ni residuos, hay algo de clásico y al mismo tiempo un destello de modernidad» (afirma a propósito de L’incendio nell’oliveto). Qué bien suena ese «sin aureolas ni residuos» y qué bien suena la palabra «soldadura». Van al corazón de la Deledda, dicen una verdad sobre su trabajo continuamente menospreciado bajo una pretendida «modestia», bajo el icono de un genio ignorante, de la muchacha sin instrucción, de la mujer dedicada al hogar y la familia. Tonterías, me dan ganas de decir, lo mismo que respondía ella cuando alguien le preguntaba qué estaba escribiendo. «Todo tonterías», decía, para no perder el tiempo discutiendo cosas tan importantes en una conversación mundana o, peor aún, en una entrevista. Modesta no era, de ningún modo. «Muchos han exagerado mi sencillez y mi modestia», escribió en una nota biográfica de 1905 dirigida al cónsul francés en Italia. «Yo no soy en absoluto modesta; es más, considero la modestia el reflejo de un espíritu que se considera inferior porque realmente siente que lo es. Yo, por el contrario, soy orgullosa, no porque haya escrito novelas que han tenido éxito, sino porque me soy y me siento consciente, fuerte, superior a todas las pequeñeces y prejuicios de la sociedad. Si hubiera nacido hombre hubiera sido un ser solitario, habría vivido como un ermitaño. Al ser mujer, debo adaptarme y doblegarme a vivir entre aquellos que amándome y protegiéndome completan mi existencia.» Tenía treinta y cuatro años y las ideas clarísimas.
Quizá fuera ella también una jana con su metro cincuenta y cuatro de estatura y sus ojos enormes. «Mi madre era una mujer de poca estatura; tenía unas manos tan diminutas y fusiformes y gráciles que parecían las de una pequeña hada»; así la describió su hijo Franz. Como las janas, que poseen «un carácter completamente distinto al de las hadas comunes» —eso decía de ella misma en una carta a Angelo De Gubernatis—, tenía arrebatos, era huraña y mentía acerca de su edad y su altura, quitándose cuatro años, incluso en la contraportada de los libros, y añadiéndose seis centímetros: «Sí, soy muy menuda pero no soy baja, ¡ciento sesenta centímetros!», o haciéndose la graciosa: «Mido seis palmos y algún centímetro de altura». Tenía «una risa muy fresca, de monja joven», según el acertado retrato de su amigo Cesare Giulio Viola. Pero raramente se reía, y hablaba lo indispensable. Podía estar horas sentada en silencio, meditando y asintiendo de vez en cuando como si respondiera a un soliloquio interior: es éste otro recuerdo transmitido por los hijos. Desde pequeña, Grazietta, «éste es mi verdadero nombre», prefiere la soledad, «quería, quería saber, más que los juguetes le atraían los cuadernos y la pizarra de la clase», escribe en Cósima, su autobiografía, donde habla de sí misma en tercera persona. Entre 1905 y 1910, en Roma, en la frecuentadísima sede de la revista Nuova Antologia, en la via del Corso, Giovanni Verga y Antonio Fogazzaro, el calvo Gabriele D’Annunzio, el rubio Luigi Pirandello, el cándido Edmondo De Amicis, Pietro Mascagni y Giovanni Cena, que era poeta y filósofo, pero también redactor jefe, podían encontrarla apartada en un rincón, con las manos ocultas en un manguito despeluzado y la cabeza dentro de su sombrero de plumas con la intención de resultar invisible.
Desde luego era más fácil perseguir la soledad cabalgando, como le había enseñado su hermano Andrea, por las tancas de Barbagia, cuando con poco más de veinte años recorría la comarca de Nuoro de pueblo en pueblo para recopilar mutos y gosos, battorinas y verbos, conjuros, cuentos, leyendas, proverbios, plegarias, canciones de cuna, cantos, maldiciones, «si es necesario recopilaré todas las imprecaciones de mi pueblo, que es la tierra clásica de las imprecaciones», para un gran estudio sobre el folklore que estaba llevando a cabo De Gubernatis, estudioso de las tradiciones populares y del sánscrito y un afectuoso confidente epistolar suyo. El 20 de febrero de 1894 le escribe: «He ido a los rediles, a las casas más pobres y más oscuras, entre el humo y la miseria, he dicho mentiras, me he hecho pasar por una enferma para conocer los remedios populares...». En la misma carta habla de la escisión entre «Grazietta, pequeña tozuda y salvaje que hace lo que le da la gana», y «Grazia, que no tiene caprichos, que siempre sonríe, que no tiene pasiones y que no ofende nunca a nadie». Es Grazietta la que no soporta montar a caballo con las piernas juntas por el mismo lado, como montaban las mujeres. Es ella la que lee todo lo que le cae en las manos, todos los libros que un vecino profesor dejó cuando escapó de Nuoro. Es ella la que decide, en su mesa de trabajo, ser famosa. Y sin embargo, Grazietta no existe sin Grazia, que quiere casarse, que quiere enamorarse, y se enamora. De verdad y de mentira.
Todo acontece en la casa de Nuoro, hoy museo, donde nació el 27 de septiembre de 1871, la quinta de siete, entre hermanos y hermanas, sobre todo hermanas: dos mayores que murieron jóvenes, Giovanna y Enza, y dos más pequeñas, Giuseppina y Nicolina, que se reunirán con ella en Roma y permanecerán siempre a su lado. Pero antes de llegar a Nuoro me desvío hacia Galtellì, el pueblo donde están ambientados cinco cuentos y una novela. Aquí me encuentro en la Baronìa, que, como su paisaje dulce y llano, es lugar de «gente pacífica y de bien», me dice el alcalde Giovanni Cosseddu. Pasear por Galtellì es como entrar en la novela: a pesar de la devastación general que la construcción ha producido en Cerdeña, el pueblo de las damas Pintor, las protagonistas de Cañas al viento, ha quedado intacto, y lo que se ha estropeado, como las piedras irregulares y el adoquinado sepultado por el asfalto, se restaurará, afirma el alcalde. Estoy dentro del Parco letterario deleddiano, y, por tanto, en zona arqueológica protegida. Menos mal. Caminando hacia la iglesia de San Pedro, donde tiene lugar una fiesta popular crucial para el desarrollo de la trama, se encuentra la morada de la usurera Kallina, donde ahora habita una señora que no es usurera y que, con humildad compensatoria, hace los honores de la casa. Las habitaciones dan todas a un patio central en el que un montón de cañas secas proporcionan una cita involuntaria a la novela. El rico palacio de don Predu, que se casará con Noemi después de muchas negativas, se halla algo más allá. Subiendo la cuesta está la casa de Lia, Ruth, Ester y Noemi, donde Grazia Deledda fue huésped y que, quién sabe por qué vías, le inspiró su historia. Las descripciones de la escritora no coinciden con las restauraciones que sufrió posteriormente la casa; tengo la impresión de que los soportales abiertos, típicos de las casas de Galtellì, se han convertido en ventanas. Cuando la novela se publicó en 1913, hubo un gran escándalo en el pueblo y la escritora fue odiada por «haber puesto en entredicho a una honorable familia como la de los Nieddu», que es el verdadero nombre de las Pintor.
Battistino Asara, viticultor y notable de Galtellì, de antiguo rostro esculpido y pobladas cejas sobre bellísimos ojos sardos, conoció a las Nieddu y a su criado, Efix en la novela. «Estaba de monaguillo en San Pedro —me cuenta—. A la misa de las siete de la mañana venía una mujer anciana, elegante, siempre vestida de oscuro: era doña Augustina Nieddu, que se convirtió, si no me equivoco, en el personaje de Ruth. Su hermana Pietra estaba casada con un rico hacendado. No, las verdaderas Pintor no eran pobres como las hermanas de la novela, pues tenían cinco hectáreas de tierra. Augustina fue profesora durante cuarenta años y trajo mucha cultura a Galtellì.» Giovanni Cosseddu se ha puesto a leer el episodio en el que Efix oye a las panas, los fantasmas de las mujeres muertas durante el parto, que lavan los pañales en el río sacudiéndolos con tibias humanas, mientras el ammattadore, el duende de los siete gorritos, escapa perseguido por los vampiros con cola de acero. «Era su paso —lee Cosseddu— el que despertaba el centellear de las ramas y las piedras bajo la luna, y a los espíritus malignos se unían los de los niños que no habían sido bautizados, espíritus blancos que volaban por el aire transformándose en las nubecillas plateadas que hay detrás de la luna; y los enanos y las janas, pequeñas hadas que durante el día se quedan en sus casas de roca tejiendo telas de oro en telares de oro, bailaban a la sombra de los grandes bosques de helechos, mientras los gigantes se asomaban entre las rocas de los montes bañados por la luna, asiendo por las bridas los enormes caballos verdes que sólo ellos saben montar, espiando si allí abajo, entre las extensiones de euforbio maléfico, se escondía algún dragón o si la legendaria serpiente cananèa, que vive desde los tiempos de Cristo, se arrastraba sobre los arenales que rodean la ciénaga. Especialmente en las noches de luna llena, este pueblo misterioso anima las colinas y los valles...» Battistino Asara nunca se cruzó con Deledda y tampoco eso hubiera sido posible, puesto que desde 1911 ella no volvió a pisar Cerdeña. Pero la abuela de Battistino sí: la veía, de pequeña, vagabundear por Galtellì. «Una vez, me contaba la abuela Manca —explica Battistino Asara escanciando el vino blanco, que es tan fuerte como el tinto—, le dije: “Grazietta, vete a casa, se ha hecho tarde”. Y ella me contestó: “No, no me voy a casa. Tengo que contemplar la puesta de sol y cómo la luna ilumina el monte: es mi trabajo”.» Mientras vierte su vino en los vasos, en la bodega con un gran techo aislado con tupidas cañas vistas de bambú, según la tradición de esos lugares, Battistino Asara habla lentamente, y su voz resuena profunda, suave, entre las hileras olorosas de las barricas. Evoca los tiempos de la malaria, que también él padeció en su juventud. «Estábamos todos enfermizos, debilitados por la fiebre; no éramos altos y fuertes como los chicos de hoy», recuerda sosegadamente, fumando, Battistino Asara; y respecto al ruiseñor que canta «con las primeras estrellas del atardecer» en Cañas al viento, dice que ya no se oyen los ruiseñores de Galtellì.
La habitación de Grazia Deledda en Nuoro.
Cuando llego a Nuoro, ante la casa de Grazia Deledda en la calle que lleva su nombre, frente al monte Ortobene —que era «su» monte—, no me he recuperado todavía de la fascinación de Galtellì y me parece ser ahora el criado Efix que entra con una flor de geranio entre los dedos en el patio de la casa de los Pintor, o la Ruth de «gruesas piernas cubiertas por medias turquesas», o Ester, que sacude «con impaciencia las dos alas negras de su chal» y se lo cierra delante manteniendo «el dedo fuera del cruzado». Todavía hay muchas mujeres así en esta parte de Cerdeña, viejas vestidas de negro de la cabeza a los pies, sólo el rostro emerge pálido de los pañuelos anudados en el mentón, aunque los ojos asedian con miradas inquisitivas, para nada dispuestas a ceder. Me acuerdo de Nuoro a principios de los años sesenta. Muchas mujeres de negro, de todas las edades, incluso las jóvenes, iban escondidas en los pañuelos negros o envueltas en los chales negros, y los hombres también delgados y negros, sentados en las escaleras de la catedral. Me daban ganas de huir lejos. El negro en Cerdeña es más profundo que en otros lugares. En aquel entonces se iba a Nuoro a comprar dulces típicos, los más ricos de toda la isla.
El Museo Deledda no se había abierto todavía. Eso fue en 1983, tras cinco años de trabajos para restaurar la estructura originaria de la construcción que, después de los Deledda, había sido habitada y ligeramente modificada por otra familia, los Sanna. La Región Sarda la adquirió en 1971, pero han sido necesarios varios años para decidir su destino. Hoy en día es un museo a medias, sugerente y espectral, porque, aun siendo bonito, está vacío; sólo unas pocas estancias han sido ocupadas por objetos, en una mínima parte originales. Con un esfuerzo significativo se podrían trasladar aquí los muebles de la época romana de la escritora, que, ahora, se encuentran divididos entre los herederos y el Museo Etnográfico de Nuoro, donde pueden verse con cita previa. Grazia Deledda disponía de un artesano en Sassari, Gavino Clemente, al que le encargó, durante los años diez y veinte, todo el mobiliario de su casa romana. Entre ellos intercambiaban cartas y bocetos que la escritora aceptaba o rechazaba, aportando modificaciones, sugiriendo tintadas y tejidos, discutiendo los precios. «Precisamente ayer vi un despacho en verde y negro muy distinguido, por tanto, probablemente elija un color oscuro», le escribía. «Los sofás los quiero cómodos, con el respaldo totalmente tapizado. Quiero también dos camas gemelas de nogal, una cómoda de lo mismo, un tocador, un perchero para la entrada de la escalera, todo muy sencillo pero sólido y elegante.» «Yo no quisiera, y además no puedo, gastarme más de mil quinientas liras en el despacho», se quejó en 1912. «Entonces, el dormitorio completo lo haré la próxima primavera y lo mismo con el comedor.» «He desembalado las butacas y la mesa. Son francamente bonitas, y muy apreciadas por los que las han visto.» En efecto, simple y elegante era el gusto de Deledda, así como el estilo de la firma Clemente. Muebles de una gracia austera, sólidos y oscuros, pero aligerados con vitrinas, tapicerías y marqueterías florales; de un estilo modernista salpicado de motivos campestres que no desentonarían en la casa de Nuoro.
«La casa era sencilla pero cómoda; tenía dos habitaciones en cada piso, grandes, un poco bajas, con los suelos y techos de madera...», describe Grazia en Cósima, que era su segundo nombre. Y en Il paese del vento: «Mi casa, estrecha, cuadrada y tosca como una torre o como un rellano y con sólo dos habitaciones por piso, era una de las más altas; ya desde pequeña había establecido mi residencia particular en el último piso, en una especie de desván protegido sólo por un techo de gruesas vigas y por un tupido entramado de cañas...». Me dirijo enseguida a esa habitación, subo los «veintinueve escalones» de pizarra. Está completamente vacía. Intento imaginarme la «estantería llena de libros» junto a la ventana. Quién sabe dónde estaría colocado el «escritorio antiguo, que parecía morisco, todo de ébano auténtico, con incrustaciones de marfil». Pero si te asomas ves que ahí sigue el monte Ortobene. Eso no lo ha quitado nadie. «No, no es verdad que el Ortobene pueda compararse con otra montaña; sólo hay un Ortobene en todo el mundo; es nuestro corazón, nuestra alma, nuestro carácter, todo lo que hay de grande y de pequeño, de dulce y duro y agrio y doloroso en nosotros»; así escribía Grazia desde Nuoro el 5 de septiembre de 1905 al amigo poeta de Sassari, Salvator Ruju, durante unas vacaciones en Cerdeña. Su vida estaba ya en Roma; tenía un marido y dos niños. Había estado veinte días en la sierra con ellos. «Cuando estoy sobre el Ortobene y, sentada en una roca, miro la maravillosa puesta de sol, me parece ser una misma cosa con la roca, y que mi alma sea grande y luminosa como el cielo encerrado por las montañas de la Barbagia fatal.»
Casa torre, casa fortaleza, suavizada por artesonados celestes y por tres filas ordenadas de pequeñas ventanas casi cuadradas; las de la planta baja, a la altura de la calle, y una en el primer piso, la única que da al patio, tienen graciosas celosías de hierro romboidales. Dentro, las paredes «encaladas», lisas y luminosas, cierran la escalera como una concha alrededor de la espiral interior. Sólo hay dos habitaciones amuebladas, la cocina y la despensa, y, aunque queda poco de lo originario, el cuidado de la reconstrucción, efectuada siguiendo al pie de la letra las minuciosas descripciones de Cósima, produce la ilusión de lo auténtico. «Todos los enseres de la cocina eran grandes y sólidos; las sartenes de latón cuidadosamente estañadas, las sillas bajas en torno a la chimenea, los bancos, la alacena para la vajilla, el mortero de mármol para majar la sal, la mesa y el anaquel sobre el cual, además de las cacerolas, había un recipiente de madera siempre lleno de queso rallado y un canasto de asfódelo con el pan de cebada y el condumio para los criados.» En invierno, alrededor del hogar y del brasero, se reúnen los niños y las mujeres; los hombres no, ellos se sientan lejos de la lumbre. Los hombres no deben mostrarse frioleros. Fuera cae la nieve de «terrible belleza» que hace que las cosas parezcan infinitamente grandes y silenciosas, «transformadas en nubes». Muchas cocinas así aparecen en las novelas de Deledda, estancias en las que la vida se concentraba en torno al calor del fuego, a la necesidad del agua, al perfume del pan, al olor de la comida puesta a cocer durante horas, al aroma del café. Y naturalmente también cuelga del techo el típico zarzo sardo para el queso «sujeto con cuatro cuerdas de pelo a las gruesas vigas del techo de caña ennegrecida por los humos, un zarzo de un metro cuadrado más o menos, sobre el que casi siempre había, expuestas al humo que las endurecía, pequeñas piezas de cacio pecorino, cuyo olor se expandía por todas partes». Esta cocina grande, donde siempre había algún gato ronroneando, seguramente la habitación más caliente de la casa, con su hogar encendido y el brasero central que ya no está, aunque sí la piedra cuadrada sobre la que se apoyaba, encierra muchos de los secretos de Grazia; Grazia, no Grazietta. Porque aquí se formaba el carácter de las muchachas en una encrucijada de chismorreos y resentimientos femeninos, en las noticias en boca de criados y comadres, noticias de noviazgos, de matrimonios y de muertos. En La chiesa della solitudine, su última novela, en la que vuelve a los orígenes, la cocina es el eje central de la historia, pues en ella se desarrollan las escenas más importantes, se toman decisiones fundamentales, mientras se elaboran delicados dulces de miel, y los punzantes sabores del jamón y la leche cuajada se mezclan con la fragancia de las especias y las manzanas en almíbar. En la cocina, Grazia escuchaba las historias de aventuras de los bandidos, aprendía a considerarlos «hombres hábiles, rápidos, dispuestos a todo, especialmente para la muerte», no malhechores, sino «hombres que sienten la necesidad de explicar su habilidad», como señala en Cenizas. Porque si no son bandidos, los hombres son unos débiles infelices, neuróticos e irresolutos, incapaces de asumir responsabilidades; la primera, la responsabilidad del amor. Y hacen sufrir a las mujeres, atrapándolas en relaciones destructivas, secretas, interminables. Como la suya con Stanis Manca.
Una de las puertas de la cocina da al patio, corazón exterior de la casa. En él, con un bonito suelo empedrado, se encuentra el pozo y una pila de piedra donde quizá se lavaba la verdura o bebían los animales o las dos cosas. El patio tiene una gran verja con dos batientes que de día permanece abierta. Los conocidos van y vienen; alguno toca el acordeón, la guitarra o la mandolina. Cuando llega el buen tiempo, uno se sienta sobre el banco de piedra; el que tiene sed va al fregadero de la cocina y bebe con un cazo, el mismo para todos, del caldero de cobre que está siempre lleno de agua del pozo. Hay que imaginarse las flores en la «fastuosa primavera», muchas flores, que hoy ya no existen porque nadie las cultiva para dar alegría a los pocos visitantes, pero que antaño, por lo menos en la casa de Cañas al viento, crecían desordenadamente: «En viejas jarras rotas florecían plantas de alhelí y arbustos de jazmines; uno de éstos trepaba por la pared y se asomaba como para mirar lo que había más allá, en el mundo». También en el patio de la casa Deledda un arbusto trepa por la pared, pero no es un jazmín, sino una glicina, y recorre todo el arco por encima del portón, y es tan alto, fuerte y robusto que podría haber sido plantado en los tiempos de la «turbulenta adolescencia» de la futura Premio Nobel. Cuando empezaba a escribir sus relatos, y leía a escondidas —pues leer no era una actividad femenina—, y rellenaba las lagunas de su pobre instrucción de primaria, y la enriquecía de manera compulsiva, porque compulsivamente Grazietta presionaba para huir, quería ir a Roma, quería «la gloria». Y para alcanzarla se serviría de Grazia, de su determinación a casarse, a tener una vida sosegada y familiar, un escudo de protección.
Las dos Grazias seguían estrategias distintas para llegar a una misma finalidad: marcharse al continente. Grazietta empieza, por tanto, a publicar sus primeros relatos, toma contacto con las publicaciones femeninas más notorias, se cartea con las directoras, doña Mengano condesa de Zutano, que más tarde descubre que son todos hombres bajo falsos papeles femeninos y aristocráticos. Se lanza a un grandioso trabajo de recolección del folklore, convirtiéndose en un punto de referencia, para Cerdeña, entre más de cincuenta colaboradores, anónimos e ilustres. Pronto se gana la fama de escritora y por tanto, para sus paisanos, de «mujer rara». Mientras, Grazia se las ingenia para atrapar un marido. Se inflama de amor platónico por un joven amigo de su hermano Santus y de amor carnal por el hermano de dos amigas suyas, Fortunio, como le llama en Cosima, de «voz poderosa, cálida, como un poco tomada..., tempestuosa y suave, casi palpable» y, sobre todo, de «boca bonita». Se deja besar por él en la oscuridad y acepta las serenatas bajo la ventana, aprende lo que es la «terrible fuerza» del deseo que impulsa a uno en los brazos del otro. Pero «en el fondo no es romántica»; sabe que ha sido hecha para otros menesteres, que quiere eludir «la antigua condena de las mujeres de su estirpe». No, el deseado Fortunio, arraigado a la realidad de Nuoro, no es el candidato adecuado. Hay que buscar más allá. Grazia lanza sus anzuelos. Desde más o menos los veinte años, hasta que se case, el 11 de enero de 1900, escribe como una enloquecida inflamadas cartas de amor a por lo menos tres «enamorados»: Stanis Manca, Andrea Pirodda y Giovanni De Nava. «Siento que usted me atrae inevitablemente, dulcemente, invisiblemente...», le dice a De Nava, un joven intelectual calabrés, en junio de 1894, con quien mantendrá una correspondencia durante cuatro años. «Si nuestro sueño llega a realizarse, será muy hermoso...», le escribe en su última carta cuando éste está de camino hacia Roma. En esa época, el noviazgo con Pirodda, un maestro de Nuoro, estaba atravesando una crisis motivada por el traslado de éste a Cagliari, y, aunque le había escrito «te amo perdidamente», Grazia no parecía muy convencida de una relación que había entablado esperanzada «en ese dicho vulgar: un clavo saca otro clavo», como le reconoció a De Gubernatis, a quien dijo del «pobre Pirodda» incluso con frialdad: «Le amé porque quise amarlo».
¿Cuál era el clavo que intentaba extirpar de aquel joven corazón malparado? Un clavo rubio, grande y gordo, que en poco se parecía a sus ideales adolescentes y, sin embargo, misteriosamente capaz de ir directo al centro de sus emociones, de suscitar en ella una pasión ingobernable, un «idilio sombrío», la «gran ilusión que pesará siempre sobre mi vida». No son las palabras exageradas de una chiquilla inexperta, sino la lúcida predicción de quien en soledad ha aprendido a conocerse a fondo. Stanislao Manca encarnaba exactamente el punto en el que confluían los deseos de las dos Grazias: el intelectual y el amoroso. Perteneciente a una noble familia de Sassari, los duques de Asinara, tenía seis años más que ella y era ya un reputado periodista en Roma. Había sido él quien, intrigado por la joven escritora y profundamente interesado por su trabajo, le había escrito para proponerle publicar algo en el Tribuna, del que era crítico teatral. Es presumido y seductor. Grazia no está acostumbrada a los hombres fatales, y lo malinterpreta. También con él se forja sus ingenuas fantasías matrimoniales; piensa que un intercambio de retratos es el sello de un noviazgo. Y cuando Stanis va hasta Nuoro para conocerla, ya no tiene dudas. Es septiembre de 1891. Ella, que siempre habla en dialecto, hija de una mujer que viste el traje tradicional, obligada junto con sus hermanas, aun vistiendo a la moda, a no salir sin cubrirse la cabeza con «el pañuelo de seda o de raso, que sólo al casarnos podemos quitarnos»; ella, que se aburre «a muerte en nuestra pequeña casa de color rosa» a menos que no «vengan amigos de las ciudades de la isla o del continente»; se pone su mejor vestido, de «sedita negra con puntitos de oro», comprado con sus primeras ganancias literarias, y recibe al hombre de sus sueños emocionada y timidísima, casi muda. Más tarde transformará en una pesadilla el haberlo recibido demasiado modestamente, en la sala de la planta baja, esa en la que ahora han colocado una serie de pequeñas vitrinas con los pocos objetos que han sobrevivido a aquella época: las gafas, una caja esmaltada con motivos de flores y pájaros, un librito dedicado, regalo de De Gubernatis, varias plumas con su plumín, fotografías, artículos de periódico amarillentos, y cartas, testimonio de una escritura diminuta, ordenada y masculina. El cepillo montado en plata para quitar el polvo del escritorio, el tampón de madera y bronce para sellar las cartas, el portaplumas con florecitas pintadas, la lámpara azul, los tinteros de cristal, una pequeña lupa, que aparecen en tantas fotografías, son de una época posterior y se encuentran en el Museo Etnográfico, donde se conserva el estudio que Deledda tenía en Roma, obra de Clemente.
En Cósima nos cuenta: «Las hermanas habían desplegado un antiguo mantelito de encaje sobre la mesita en la que se sirvió el café». Pero la habitación es demasiado pobre para un duque. «En la vieja librería todavía se veían los papeles de negocios del padre muerto.» Y «el hombre rubio la escrutaba con sus pequeños ojos verdosos que, al mirarlos de soslayo, casi con miedo, a ella le recordaban los de los gatos salvajes al acecho de los pajaritos en su primer vuelo». No hay amor en esos «ojos atigrados», pero Grazia no se da cuenta. Cuando él le escribe: «Me dais miedo con vuestros monstruosos sueños», ella no quiere entender. Escribe cartas y más cartas sin obtener respuesta. Finge una desenvoltura que no tiene, se derrumba y declara su amor, luego se reconcome, ruega y amenaza. Hasta que él la ofende deliberadamente, con un sadismo que no puede ignorar y que la ligará a él para siempre. «Un día le mandó una extraña carta en la que, entre otras cosas agradables, le decía que ella le había parecido casi una enana», escribe Grazia al final de su vida con una ironía que no basta para borrar el antiguo resquemor.
Dos años después de aquel fatal encuentro en Nuoro, todavía se preguntaba desesperada: «¿Qué maldición fatal es ésta?»; porque, una vez que había dejado a Pirodda, hombre pantalla que la había distraído por un tiempo, se encontraba más presa que nunca de Manca. «Stanis, ¡oh, Stanis! ¡Stanis, Stanis, Stanis!» Él la había tratado de «desequilibrada»; incluso se declaraba enamorado de otra, joven y bellísima. Pero Grazia, con toda su racionalidad, con su viril determinación, había sucumbido por completo al encantamiento, el único caso en el que también la otra parte de ella, la parte artística y creativa, no había permanecido inmune. Sus cabellos han comenzado a encanecerse prematuramente por el dolor, le escribe: «Os amo todavía y siempre... estoy celosa de esa colegiala vuestra con su trenza suelta... no me hagáis sufrir más», «siento toda la humillación de vuestra indiferencia y, sin embargo, os escribo y encuentro placer en ello». Después de un año, desvaría acerca de que aquello que les ha dividido no ha sido la falta de amor, sino la diferencia social, y mantiene: «Sí, me habéis amado, quizá me améis todavía». Es en este punto en el que Stanis asesta su golpe mortal, el de la «enana», y entonces ella contesta: «Todo ha terminado, absolutamente todo», e intenta vengarse de manera ridícula: «Os he amado porque todos dicen que sois antipático y feo. También a mí vuestra persona me produjo una sensación extrañísima, acostumbrada como estoy a los jóvenes morenos y delicados...».
Pero, como siempre, es a Angelo De Gubernatis a quien le dice la verdad: «Es un misterio profundo que en vano trato de estudiar en mí misma, pero yo le odio y le amo y le desprecio al mismo tiempo y siento que estaré siempre ligada a este misterio, que siempre seré infeliz». ¿Es para escapar de este encantamiento por lo que toma la decisión de no amar nunca más? Por lo menos, no de esa manera delirante e indefensa. No de manera pasional. No con la rendición incondicional y enloquecida del enamorado. Ahora Grazietta ha tomado ya la delantera: «Yo, fuera de mis relatos, no creo ya en el amor, en el amor engañoso y dañino que nos vuelve estúpidos y a veces también viles. Quizá sea por esto por lo que la vida me parece tan triste, pero no amaré nunca más». Dichas por cualquier otro, estas palabras, escritas al habitual De Gubernatis a finales de 1894, podrían ser tomadas a la ligera: el desahogo de una muchacha herida en «un día etéreo y triste». Dichas por Grazia Deledda, la joven oscura de Nuoro, que sólo pudo estudiar hasta cuarto de primaria y llegó a ganar el Premio Nobel, suenan con la fuerza de una autoprofecía y de una férrea decisión; son el símbolo de una voluntad inquebrantable, de una personalidad firme hasta el exceso, de un rigor un poco impactante. «Haría falta un cataclismo para hacerme cambiar de idea», declara a otro intelectual con el que se cartea, Epaminonda Provaglio, editor y director de la revista Última Moda, bajo el seudónimo de Condesa de Montedoro. Su rigidez se percibe en todas sus fotografías y la vuelve cada vez más fea, probablemente más de lo que fuera en realidad. Todos los que la conocieron coinciden en que las fotos no le hacían justicia. Porque en ellas quedan registrados aspectos oscuros del carácter, esos que en la cotidianidad se esconden dulcificados tras las máscaras.
Los amores desdichados producen canciones, producen literatura. Especialmente si se convierten en la espina dorsal, reprimida y secretamente operativa, de una vida entera. Grazia Deledda no tenía ninguna intención de compartir el destino femenino que les estaba reservado a las mujeres de su tierra. Supo enseguida que no quería eso.
También la abuela Nicolosa se había doblegado al amor y padecido el abandono del marido ermitaño que había preferido a los animales. Por no hablar de la madre, Francesca Cambosu, «casada sin amor» con un hombre veinte años mayor que ella, muy dulce y enamorado, «melancólica, taciturna, encerrada en un mundo completamente suyo», fría y mecánica, inútilmente hermosa, quizá perdida en la añoranza de su verdadero amor, un chico pobre, se decía, con el que no se le había permitido casarse. De quién habla Grazia, de su madre o de sí misma, cuando al final de su vida escribe en Cósima: «Hay muchas mujeres que viven con el recuerdo de un amor fantástico, y el verdadero amor es para ellas un gran misterio, inasible como el de la divinidad».
Por el amor siente un rencoroso desprecio, y por los seres humanos también. «Yo pienso que los hombres son malos por naturaleza; y las mujeres un poco peores», dice a través de sus personajes en AnnalenaBilsini, otra obra de madurez (1927). En la misma novela escribe: «El amor es una hermosa trampa, toda de oro por fuera y con la muerte por dentro». Y a Provaglio le dice: «Pero ¿dónde está este amor? Es una larva..., un sueño del que uno se despierta un día u otro con la desilusión y el desconsuelo de la realidad». El comportamiento de los novios con su continuos roces y miradas furtivas que esquivan la de los demás, la pone nerviosa. «Decidió no esperar ya nada que le llegase del exterior, del mundo agitado de los hombres, sino sólo de sí misma, del misterio de su vida interior» (Cósima). Y en Segreto dell’uomo solitario (1921) pone en boca de la protagonista femenina: «Una vez que uno se repliega para mirar en el interior de su alma, todo lo que es exterior ya no interesa; todo es descolorido y simple en comparación con lo que ocurre dentro de nosotros». Cristiano, el «hombre solitario», le contesta: «Es que llega un momento... en el que no nos interesan ni siquiera nuestras cosas interiores». Una cita de De Musset, copiada de su puño y letra en la última página del diccionario que ella usaba, el Tommaseo, revela el íntimo conflicto que vivía sobre estos temas: «Comment-vis tu, toi qui n’as pas d’amour?» (¿Cómo haces tú para vivir, que no tienes el amor?). No sabemos en qué año la transcribió. Sin embargo, al envejecer reforzó su convicción de que no es el amor romántico el sentido de la existencia, sino un sentimiento más amplio de solidaridad, desapego y comprensión: «Debemos intentar demorar la vida, intensificarla, dándole el contenido más rico posible. Hay que intentar vivir sobre la propia vida, como la nube sobre el mar», señala en una carta a sus hijos. En la novela Nostalgie, de 1905, se leen reflexiones de este tipo: «Mejor ser mendigos que pequeñoburgueses»; «toda nuestra vida es un triste sueño»; «sólo hay que aceptar la vida como es, y resignarse, y procurar vivir solos. Yo no entiendo este anhelo que todos sentimos por la compañía. ¿No es posible vivir solos? ¿No es mejor? ¿Qué mejor compañía que nosotros mismos? De todas formas, todo pasará; tenemos que morir».
Pero entre 1891 y 1900, en los años de su encendida pasión por Stanis Manca, Grazia Deledda todavía no ha alcanzado la sabiduría. Sabe que primero debe ser capaz de abandonar Nuoro y tiene que casarse. En su habitación, que da al Ortobene, escribe hasta tener los dedos ateridos. Escribe sus relatos y su primera novela, Anime oneste, que llama la atención también en el continente. Por ese libro hizo y suplicó tanto, escribió tantas cartas de cortesía, de inteligente y sutil adulación, que el viejo Ruggero Bonghi, acreditado manzoniano, le escribe dos breves páginas de afectuosa presentación. Lo ha conseguido. Las puertas de la celebridad se le abren. La misteriosa Cenicienta sarda, ingenua e ignorante, pero muy dotada, se convierte en el centro de los cotilleos de los salones romanos. Suscita curiosidad y admiración. Mientras que en Cerdeña suscita desdén. ¿Cómo osa la «pequeña soñadora» escribir tantas mentiras sobre sus paisanos? No, los sardos no se reconocen en los personajes de Grazia. O se reconocen demasiado, con nombre y apellido, uno por uno. Y seguirá causando escándalo y reprobación, siendo perdonada sólo cuando gane el Premio Nobel. Debe casarse a toda costa. Una mujer no tiene otra forma de liberarse y huir; a no ser que se convierta en una de esas intelectuales de Roma, en una de esas señoras decadentes, llenas de lágrimas y amantes, con las que nada tiene en común.
Y entonces sigue escribiendo. Una carta tras otra. Exageradas y enfáticas cartas de amor. A los «novios» de siempre. Sobre todo a Pirodda, con el que espera comenzar algo de nuevo, en 1896. Pero esta vez será él quien se retire, infligiéndole otra frustración. La última carta es de septiembre de 1897 y concluye con un requerimiento directo: «¿Me amas?». Pero su obsesión sigue siendo Stanis Manca. Incluso en diciembre de 1899, a menos de un mes de su boda, le escribe «perdonándolo», repasando de nuevo su historia a su manera, «nos conocimos demasiado pronto, eso es todo», e informándolo de que va a casarse con un hombre «joven, guapo e inteligentísimo», pero sobre todo «bueno» y enamorado. «Adiós, adiós, Stanis.» Pero el verdadero adiós sólo se lo dará muchos años después, en 1931, con una novela, Il paese del vento
