Azul cielo - Mar Carrión - E-Book
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Azul cielo E-Book

Mar Carrión

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Beschreibung

Azul cielo no es solo una novela romántica con la que pasar un rato agradable de lectura. También nos habla de la importancia de tener sueños y luchar por conseguirlos, y nos muestra que las limitaciones nos las imponemos nosotros mismos. Una historia conmovedora que te hará sentir libre. Solo el amor es capaz de romper barreras y traumas, y si el amor tiene unos ojos azules como el cielo y el cabello rubio como en el caso de Erie, para el actor Kevin Ridge puede ser de gran ayuda. Kevin vuelve a Killarney a rodar una nueva película, al mismo lugar donde cuatro años antes Erie conquistó su corazón. En ese tiempo las vidas de los dos han dado muchas vueltas, y parece que los nefastos mensajes de unas galletas de la suerte se han cumplido. Pero inevitablemente vuelven a cruzarse, por lo que solo queda insuflar aire a su amor, y que vuele. Azul cielo en esta novela tiene muchos significados: es el color de los ojos de nuetra protaganista, es como tiene que estar el cielo para que los glogos salgan a pasear y sobre todo es la manera que tiene Erie de sentirse realizada, de cumplir sus sueños. Y eso siempre está genial. Porque leer sobre mujeres fuertes que cumplen sus sueños siempre me ha dado empuje para cumplir los míos propios. La narradora - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 302

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2017 Mar Carrión Villar

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Azul cielo, n.º 153 - abril 2017

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-9735-9

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

Se reclinó sobre los almohadones del sofá e hizo zapping en busca de algo interesante que ver, aunque los viernes por la noche la programación solía ser tan aburrida que la mitad de las veces se quedaba durmiendo. Además, estaba exhausta. Al día siguiente se celebraba la boda de los McCarthy, un evento que iba a reunir a más de trescientos invitados, por lo que el ritmo de trabajo de la última semana había sido trepidante. Ni siquiera había tenido tiempo libre para dedicarlo a su pequeño negocio en ciernes. En su ausencia, Damon y Shannon lo estaban gestionando todo de maravilla, pero ella echaba tanto de menos salir a volar…

Estiró las piernas y cruzó los tobillos sobre el mullido cojín. El cansancio se le instaló en los párpados y empezó a notar que le pesaban toneladas. No le quedaban fuerzas ni para dirigirse a la cama. Se le estaban cerrando cuando el rostro de Kevin Ridge apareció en la pantalla del televisor. Los abrió de golpe.

Se irguió y agarró el mando a distancia para subir varios puntos el volumen. Tenía sintonizado un canal local y no era común que se hablase de noticias que nada tenían que ver con Killarney. ¿Qué hacía entonces Kevin Ridge en su televisor?

La respuesta le llegó enseguida.

 

El archiconocido actor Kevin Ridge está inmerso en el rodaje de una nueva película y todo el equipo se va a instalar en Killarney durante el verano para rodar en los exteriores del pueblo.

 

—Oh, vaya… —murmuró, con los ojos clavados en los negros de él.

Qué guapo estaba en la fotografía que habían escogido para el noticiario. Bueno, él siempre lo estaba. Un hormigueo de emoción le hizo cosquillas en la boca del estómago mientras calculaba el tiempo que hacía que le había conocido.

Cuatro años, una semana y cinco días.

Dejó de sentir sueño. Las neuronas se le activaron como si acabara de enchufarlas a la corriente eléctrica. Dio un salto del sofá y se sentó frente al ordenador portátil que siempre dejaba sobre la mesa del comedor. Necesitaba más información y su búsqueda por Internet arrojó algo más de luz, como breves detalles sobre el argumento de la película y el equipo involucrado, aunque las fechas de su inminente llegada a Killarney estaban por concretar.

Un rato después, cuando yacía en la cama con la luz apagada, rememoró el momento en que le conoció, cuando él atravesó con su grupo de amigos las puertas del restaurante. En aquel entonces, la carrera de Kevin Ridge estaba despegando y no era tan popular como en la actualidad. Erie sabía quién era, le había visto en una serie de televisión y en un par de películas en las que aparecía como actor secundario, pero todavía podía caminar por la calle sin que se le echara encima una avalancha de fans.

Lo primero que le había llamado la atención de él fue su atractivo físico. Se quedó impresionada con su metro noventa, con su sonrisa sexy y con esos ojos tan oscuros que tenían la fuerza de dos imanes. Poco después descubrió que era un tipo encantador que siempre se mostraba amable y atento con todo el mundo, tanto con la gente que le reconocía como con la que no.

Y especialmente lo fue con ella.

Había transcurrido mucho tiempo, pero los recuerdos y las emociones permanecían intactos.

Fueron tantas las conversaciones compartidas, las aficiones en común, las risas, las miradas cargadas de complicidad, los crepitantes silencios… Añoraba su visión de la vida, su empeño y su valentía. Añoraba incluso su tacto y todavía más su sabor.

Suspiró.

Solo fueron cuatro días, pero si medía el tiempo en términos de emociones, había sido mucho más intenso que lo que algunas parejas sentían en toda una vida.

Nunca más volvió a verle, pero sí que volvió a saber de él, ¡y mucho antes de lo que esperaba! Algunos meses después de conocerle le llegó la fama internacional. Kevin había protagonizado una gran película que le lanzó al estrellato internacional y tanto el público como la crítica se pusieron de acuerdo en alabar su interpretación, que calificaron de magistral. A partir de ahí, había ido cosechando un éxito tras otro en las carteleras de todo el mundo, y era uno de los actores mejor pagados en Hollywood. El mejor pagado de todos los actores irlandeses.

Se lo merecía. Erie se había alegrado enormemente por él.

La noticia de que ahora regresaba a Killarney auguraba que volvería a verle. Era un pueblo pequeño, no había muchos lugares adonde ir, y seguro que en más de una ocasión el equipo escogería el restaurante de los Brennan para comer o cenar durante las pausas de los rodajes.

No podía ni imaginar cómo sería ese supuesto encuentro, cuando coincidieran y se miraran a los ojos cuatro años después. A ella iba a impactarle, muchísimo, pero no tenía tan claro cómo sería para él. Suponía que la recordaría, pero ahí finalizaba su poder adivinatorio. ¿Qué sucedería llegado el caso? ¿Volvería a tratar con ella o ya no tendría tiempo para relacionarse con la gente de a pie ahora que era rico y mucho más famoso?

Los medios decían que era un tipo muy humilde, que la fama no le había cambiado y que tenía los pies en la tierra. Cuando le veía en las entrevistas ella se llevaba la misma impresión. Parecía el mismo hombre cercano y cordial al que había conocido.

Pero nadie era perfecto. ¡Ni siquiera él!

Kevin había sufrido un grave accidente de avioneta hacía un par de años y, poco tiempo después, a semejante desgracia se le unió la ruptura con la que había sido su novia formal durante bastante tiempo. Desde aquello, había adquirido un hábito del que la prensa del corazón se hacía eco con bastante asiduidad: siempre se le veía en compañía de mujeres diferentes. Una detrás de la otra, pasaban por su vida como si hicieran cola en la caja del supermercado. En la actualidad estaba saliendo con una modelo americana, una chica guapísima de cabello oscuro y ojos claros que parecía suspirar de felicidad en cada foto en la que aparecían juntos. A él no se le veía tan entregado, y Erie siempre se preguntaba cuándo rompería con ella para ir en busca de la siguiente.

Estiró las piernas y se giró para ponerse de cara a la ventana. El resplandor de la luna llena sobre la cortina envolvía la habitación en una suave y relajante sombra azulada, aunque su inquietud y sus pensamientos galopantes no le permitían abandonarse al sueño.

Se le habían removido tantas emociones… Y es que con el paso del tiempo, valorando sus relaciones con el sexo opuesto bajo el prisma de la distancia, no le quedaba otro remedio que reconocer que jamás se había sentido tan feliz al lado de un hombre como se había sentido con él. Ni antes ni después.

Y eso era un poco triste, porque solo había compartido cuatro días con Kevin Ridge.

 

 

A falta de los detalles florales que adornarían las mesas, el enorme salón del restaurante ya estaba listo para recibir a los comensales. Erie tuvo el tiempo justo para quitarse el uniforme de trabajo, colocarse el vestido de cóctel en tonos aguamarina, aplicarse un poco de color en los labios y salir corriendo hacia la catedral de Santa María, donde los novios iban a pronunciar sus votos matrimoniales. No era amiga de ninguno de los dos pero los conocía de toda la vida, por lo que se sentía en la obligación de hacer acto de presencia en la ceremonia.

Esta ya había comenzado cuando atravesó la puerta principal de la catedral. Entornó los ojos para que se le acostumbrasen a la oscuridad interior y buscó un sitio en los últimos bancos. Todo el mundo estaba de pie y enseguida reconoció a Damon. A Damon y a Connor. No había más sitios libres en los que sentarse salvo al lado de aquellos dos, así que caminó con la punta de los zapatos para evitar el ruido y se colocó a su lado. La atención de ambos estaba tan centrada en el altar y en las palabras del cura que retumbaban entre los altísimos arcos de las galerías, que no se percataron de su presencia hasta que Erie le dio a Damon un suave empujón con el hombro.

—Erie… pensé que ya no vendrías.

—Yo también. Estamos desbordados de trabajo.

—Hola, Erie —susurró Connor, asomando la cabeza.

Ella curvó los labios.

—Pues te has perdido lo mejor —susurró Damon.

—La entrada de los novios ha sido maravillosa —apuntó Connor.

—Me lo figuro. Ya los veré a la salida.

Desde que Connor le había confesado que era homosexual, Erie se afanaba por detectar comentarios o actitudes que le hiciesen sospechar sobre su condición sexual. Cierto que palabras tales como «precioso», «bonito» o «maravilloso» estaban muy presentes en su vocabulario, pero jamás se lo tomó como un indicio de sospecha. Y además tenía un porte muy varonil, ¿cómo iba a imaginarlo? Shannon se lo comentó una vez y Erie se echó a reír estrepitosamente. ¿Connor gay? Ojalá y le hubiera hecho caso, porque se habría ahorrado un gran sufrimiento.

Fuera como fuese, y aunque ya habían pasado casi dos años, de vez en cuando aún se torturaba con eso.

Estar allí, en la catedral de Santa María, acentuaba ciertos recuerdos.

A la salida, se reunieron con Shannon y Niall, y todos lanzaron pétalos de rosa en cuanto los recién casados cruzaron el umbral de la catedral. Shannon siempre lloraba en las bodas y se le había corrido el rimmel. Erie le indicó que se lo corrigiera, pero antes de que tuviese tiempo de sacar el espejo del bolso, su esposo acopló con suma delicadeza los pulgares en sus párpados inferiores y le quitó la pintura. Ella le devolvió la misma mirada amorosa. Eran la viva imagen de la felicidad.

—¿Qué tal si nos movemos? Podemos ir a tomar algo y hacer un poco de tiempo —comentó Damon.

—¿Nos acercamos a Mustangs Sally´s? —propuso Connor.

—Me parece buena idea —opinó Niall.

Damon la miró para conocer su respuesta. Él sabía que no se sentía muy cómoda en presencia de Connor, por lo que en aquellas ocasiones en las que todos coincidían siempre estaba pendiente de ella, procurando que se sintiese lo menos violenta posible. Nunca la juzgaba. El cariño que Damon le tenía era real, no actuaba así porque se sintiera responsable de su situación. Ya eran amigos, ya tenían proyectos en común antes de que Damon y Connor se conocieran.

—¿Vienes un rato o tienes mucho lío en el restaurante? —le preguntó él.

—Tengo que irme ya. He dejado a papá, a mamá y al resto colocando los centros de las mesas. —Echó un vistazo a su reloj de pulsera—. Si me retraso un poco más pensarán que me estoy escaqueando de mis obligaciones —bromeó.

Se dio cuenta de que Damon llevaba retorcido el cuello de la camisa y, desde la confianza y el cariño que le tenía, Erie se lo arregló.

Para la ocasión, iba camuflado con pantalones de vestir y camisa —había obviado la chaqueta y la corbata—, pero su estilismo de motero camorrista era difícil de esconder con esa larga coleta con la que siempre se recogía el pelo, los lóbulos de las orejas perforados de piercings y los tatuajes decorando sus brazos. Los que le conocían sabían que no era más que una imagen. En realidad, Damon era un tipo sensible y encantador.

¡No le extrañaba que Connor se hubiese enamorado de él!

—¿Vendrás a volar mañana, verdad? —le preguntó Shannon.

—Claro, por descontado.

—Con el inicio del verano los turistas empiezan a llegar en masa. Ayer por la tarde nos vimos desbordados, ¿verdad, Damon?

—Vinieron dos autobuses desde Dublín.

—Tranquilos, mientras no vuelva a casarse nadie más en el pueblo, todo estará controlado —bromeó Erie—. Os veo en el restaurante, chicos.

Se subió al coche y se plantó en la calle principal en cinco minutos. Habría ido caminando de no ser porque se había puesto tacones. Y eran bastante incómodos.

Nada más atravesar las puertas del restaurante de la familia Brennan —sus padres no habían sido demasiado originales al buscar un nombre para el establecimiento—, Bridget Brennan le colocó en las manos un puñado de cintas de colores con las que adornar las sillas.

—Mamá, primero tengo que cambiarme de ropa —protestó, devolviéndole las cintas.

—Apresúrate, cariño. Los invitados deben de estar a punto de llegar. ¿Qué tal la ceremonia? ¿Ha sido bonita?

Su madre la siguió hasta el fondo del local y entró detrás de ella a la sala que utilizaba el personal del restaurante para cambiarse de ropa. Erie se deshizo de los zapatos de tacón y comenzó a quitarse el vestido.

—Supongo que sí, he llegado un poco tarde y ya había empezado. Los novios estaban guapos, la catedral estaba preciosa y los votos matrimoniales han sido… emotivos. Aunque lo más bonito ha sido el quinteto de viento.

—Pues lo dices con un tono de voz muy apagado. ¿Estás bien?

—¿Apagado? —Miró a Bridget a los ojos y entonces supo a lo que se refería—. Claro que estoy bien, mamá. —Sonrió con desenfado—. Eso ya pasó. Puedo entrar a cualquier iglesia del mundo sin que me tiemble el pulso. Hace siglos que no las relaciono con… con ya sabes qué. Lo que ocurre es que los novios conviven juntos desde hace una década por lo menos, y a mi parecer eso le ha restado emoción a la ceremonia.

—¿Seguro que no te ha afectado?

—Pues claro que no. No seas pesada.

—No me llames pesada. Me preocupo por ti. No se ha casado nadie en el pueblo en el último año y ha sido la primera vez que Connor y tú habéis coincidido en una boda. Y con Damon de por medio.

—Coincido con Damon a diario y veo a Connor de vez en cuando. Que sea en el interior de una iglesia o en una cafetería es indiferente. —Recogió sus ropas de trabajo, falda negra y blusa blanca de manga corta y procedió a ponérsela. —Perdona que te haya llamado pesada, es que estoy un poco estresada. Sé que te preocupas por mí y me encanta que lo hagas. —Le sonrió.

—Ya te dije que estabas echándote encima demasiadas responsabilidades.

Su madre le capturó la cara entre las manos y acercó el rostro al suyo. Erie tuvo la sensación de estar mirando su reflejo en el espejo, o mejor dicho, el reflejo de cómo sería ella cuando tuviera cincuenta años. En muchas ocasiones, los turistas que se pasaban por el restaurante les preguntaban si eran hermanas. El parecido físico era increíble. Los mismos ojos grandes, el mismo azul intenso, el óvalo redondeado de la cara, la nariz pequeña y recta, idéntico tono rubio de cabello… Incluso ahora lucían el mismo corte por encima de los hombros. Dos gotas de agua, con la salvedad de que una brillaba más que la otra. Bridget Brennan era la persona más feliz que Erie conocía, como también conocía el secreto de su felicidad. Se llamaba Colin Brennan, llevaban treinta años casados pero vivían una luna de miel eterna. ¡Daba gusto verles!

Y envidia. Erie no tenía ninguna esperanza de que fuera a encontrar al amor de su vida.

—Mi negocio no es una responsabilidad, mamá, es lo que siempre he querido hacer.

—Lo sé, y ojalá tengas mucho éxito. Pero no voy a negarte que me inquieta mucho cada vez que te veo ahí arriba subida en ese trasto. —Le metió el cabello detrás de las orejas y le dio un beso en la frente.

Erie soltó una suave carcajada.

—Pues no te preocupes tanto. Te prometo que todo está bajo control.

Bridget suspiró y esbozó una sonrisa amorosa.

—Salgamos —dijo—. Tenemos que ayudar a colocar las cintas antes de que empiecen a llegar los invitados.

El restaurante de los Brennan era un negocio básicamente familiar. Sus padres, además de ser los propietarios, eran cocineros —se habían conocido cuando estudiaban cocina en un colegio de Dublín—; luego estaba ella, que hacía las funciones de camarera y relaciones públicas cuando alguna ocasión importante lo requería; y un par de camareros más. Sin embargo, no les quedaba más remedio que aumentar la flota de trabajadores durante los meses de mayor afluencia de turistas o cuando se presentaba algún evento importante, como la boda de los McCarthy.

Terminaron de colocar las cintas entre todos y Erie se situó junto a la puerta del salón principal. Se sintió vagamente mareada mientras iba dándoles la bienvenida a los comensales. ¡Más de doscientos! Iban a sudar la gota gorda.

Unos minutos después, los camareros, vestidos con uniformes de color rojo y negro, asaltaron el salón para comenzar a servir los deliciosos entremeses. Pronto flotó en el ambiente un delicioso olor a salmón que se unió al murmullo jubiloso de los invitados. Damon, Shannon y compañía estaban sentados en una mesa al fondo y alzaron sus copas junto con la de los demás acompañantes para hacer un brindis. La mesa rebosaba entusiasmo y ella se alegraba de verles así —bueno, por Connor no se alegraba tanto—, pero no podía evitar sentir un enorme vacío en su interior cuando era testigo directo de la felicidad de los demás.

Entró en la cocina, donde sus padres trabajaban con agilidad, maestría y buen humor. Solían intercambiar besos fugaces mientras cocinaban, algo que a Erie le sacaba de quicio. Sabían que a ella le chirriaba mucho su conducta, pero lejos de evitarla en público, tenía la impresión de que lo hacían adrede.

—Hija, tengo algo que contarte, acércate.

Colin estaba preparando sus famosas vieiras con salsa de teriyaki y naranja. Erie asomó la nariz y miró a su padre. Tenía expresión de portar buenas noticias, aunque Colin Brennan siempre tenía una expresión alegre en el rostro. Era un hombre guapo, de rasgos típicamente irlandeses. Piel clara, ojos azules, cabello castaño rojizo… Y se mantenía en forma. Salía a correr todas las mañanas por las inmediaciones del pueblo.

—Dime, papá.

—¿Te has enterado en las noticias de que se va a rodar una película en Killarney? —Ella asintió con un movimiento de cabeza—. Pues esta mañana temprano he recibido una llamada muy importante. ¡Nada menos que desde Hollywood!

A Erie se le aceleró el corazón.

—Vamos a ocuparnos del catering del equipo durante los meses de rodaje. Se van a instalar en las afueras, así que montaremos una carpa y haremos el trabajo desde allí para evitar que el equipo tenga que desplazarse. ¿Qué te parece, eh?

—Pues… —Se quedó sin habla. Pensó en que abordar más trabajo le restaría mucho tiempo libre pero… ¡Tendría contacto diario con él! La misma corriente de excitación de la noche anterior volvió a sacudirle las entrañas. Se aclaró la garganta—. Escuché la noticia anoche. Se trata de la nueva película del actor Kevin Ridge, ¿verdad?

—Así es. Supongo que sería él quien daría buenas referencias del restaurante —intervino Bridget a la vez que cortaba en rodajas una zanahoria para la guarnición de la carne—. Un hombre muy atento. Escribió maravillas de nosotros en el libro de visitas cuando estuvo aquí hace años y nos felicitó personalmente, tanto por la comida como por el trato que recibió. ¿Te lo conté?

—Sí, mamá. Me lo contaste.

—¿Quién iba a imaginar que se haría tan famoso, ¿verdad? —Erie asintió—. Tuvo un accidente grave hace unos años, ¿no?

—Sí, eso leí.

Tomó aire y lo soltó lentamente. Si su madre supiera que sus encuentros no se habían ceñido al restaurante… En su momento, valoró que lo más prudente era mantenerlo en secreto, así que sus padres nunca llegaron a enterarse. Solo se lo contó a Shannon.

Las puertas abatibles de la cocina no dejaban de moverse. Los camareros trabajaban a toda prisa.

—¿Y cuándo se espera que lleguen, papá? —preguntó.

—El próximo miércoles. Tenemos el tiempo justo para montarlo todo. ¡Nos espera un verano bastante ajetreado! He pensado que el modo más eficaz de resolver el trabajo es que yo me quede en el restaurante y vosotras dos os desplacéis a la carpa. Dividiremos a los camareros. —Su padre la miró y le guiñó un ojo—. Tienes un trato excelente con el cliente, hija, y esa gente estará acostumbrada a tratar con personas de muy altos vuelos. ¿Estás ilusionada?

Lo estaba, aunque solo por la expectativa de trabajar cerca de él. Ese nuevo proyecto seguro que le exigiría una mayor dedicación y muchas más horas de su tiempo, que ella necesitaba para emplearlo en su propia empresa. Damon y Shannon se iban a disgustar mucho.

—Acordaos de lo que hablamos hace unos días sobre las horas extra. No las haré mientras dure la temporada de mayor afluencia de turistas porque es cuando mejor funcionan las actividades de ocio —sus caras eran impasibles—; decidimos que contrataríamos a alguien en el caso de que precisáramos de un refuerzo. ¿Lo recordáis?

—Pero, cariño, las circunstancias han cambiado, nadie contaba con que se rodaría una película en Killarney, y mucho menos que nos escogerían a nosotros para alimentar a toda esa gente. Te necesitamos más que nunca —le dijo Bridget con voz dulce.

—Lo iremos viendo sobre la marcha y ya idearemos algo para que no tengas que desatender tu negocio de los globos. Pero esto es serio, cariño —Colin se inclinó sobre ella y le dio un cariñoso beso en la sien—: Eres una pieza fundamental en el restaurante. Gente influyente que ha venido a visitarnos ha dicho maravillas de ti.

Sus padres eran unos embaucadores. Eran tan atentos y cariñosos con ella que sentía que no podía negarles nada. Esa era la razón principal por la que a sus veintiocho años continuaba trabajando en el negocio familiar. La razón por la que durante muchísimo tiempo desbarató sus planes y sueños de juventud para agradar a sus progenitores. Sin embargo, hacía un tiempo había llegado a un punto en el que ya no concebía la idea de permanecer toda su vida anclada al restaurante, y por eso había fundado su propia empresa con Damon y Shannon, con los que compartía aficiones e intereses. Sus padres opinaban que debía tomárselo como una mera afición, ya que era muy difícil obtener rentabilidad de una actividad que solo funcionaba bien durante los meses de primavera y verano, y siempre que las condiciones atmosféricas fueran propicias. ¡Y aquello era Irlanda!, donde las precipitaciones eran regulares y abundantes durante todas las estaciones del año. Erie sabía todo eso, pero no estaba dispuesta a que nada ni nadie se interpusiera entre ella y sus ambiciones. Ni siquiera el clima. Podía ser camarera durante el resto de su vida si tras colgar el uniforme podía dedicarse a su verdadera pasión, la que la hacía sentir una persona realizada, pero no podría hacerlo en el caso contrario.

Regresó al salón y se pasó por las animadas mesas para comprobar que todo estaba en orden. Mientras se relacionaba con los invitados y se aseguraba de que recibieran el mejor trato posible, puso el piloto automático y su mente se puso a desvariar.

Tenía muchas ganas de volver a ver a Kevin.

Al menos, durante un buen rato dejó de sentir ese vacío interior.

Capítulo 2

 

El Silver Muse llegó al puerto de Cork por la mañana temprano, después de cinco días de travesía transatlántica.

En cubierta, de camino hacia las escaleras de desembarque, se dio cuenta de que en el muelle aguardaban unos cuantos fotógrafos. Iban armados con las cámaras que les sacarían en las revisas del corazón del día siguiente. Detestaba salir en la prensa por otra razón que no fuera su trabajo, aunque comprendía que su agitada vida amorosa suscitara el interés de los medios. Alison, por el contrario, estaba encantada con ocupar las portadas de las revistas del corazón.

Hacía un par de meses que salía con ella y, casualmente, nunca se había topado con tantos paparazzi en su vida. ¡Los tenía pegados a los talones! Les esperaban a las salidas de los restaurantes, de los partidos de fútbol, cuando iba de compras e incluso en el puñetero puerto de Cork. Y siempre cuando iba en su compañía. ¿Cómo demonios se habían enterado? ¿Y qué tenía de especial su llegada a la ciudad de no haber sido porque viajaba con Alison?

Ella tenía trabajo en Londres durante las próximas semanas, y por eso había decidido acompañarle en lugar de subirse a un avión. De no haber sido así, probablemente, ahora el muelle estaría desierto.

Sospechaba de ella desde casi el principio, pero había decidido mostrarse prudente al respecto, al menos, hasta que no tuviera pruebas con las que acusarla. Pero aquello… Tenía que haber avisado a la prensa, como tantas otras veces, no podía haber otra explicación.

Vio los flases rompiendo la neblina grisácea de la mañana, apuntándoles en su avance. Alison caminaba en la cola por delante de él y dirigía a los fotógrafos la mejor de sus sonrisas —solo le faltaba alzar la mano para saludarles como si fuera la reina de Inglaterra—, y la gota colmó el vaso. La asió por la muñeca y salió de la fila de turistas.

Junto a la barandilla interior y lejos del alcance de los potentes objetivos, Kevin le dirigió una mirada poco amable. La de ella fingía sorpresa.

—¿Qué haces? ¿Por qué nos detenemos? —Posó una mano en su pecho—. Ya es tarde para regresar al camarote, el capitán no nos dejará. —Sonrió.

—¿Por qué está el muelle infestado de fotógrafos? ¿Cómo demonios se han enterado de que viajo contigo en el Silver Muse y que desembarcaríamos en Cork a esta hora? Tú no tendrás nada que ver, ¿verdad?

Sus bonitos ojos verdes chispearon y sus labios se estiraron, mostrándole una sonrisa forzada.

—¿Yo? Qué cosas tienes. Claro que no tengo nada que ver.

No encontró toda la sinceridad deseada, sino que sus sospechas aumentaron con su vacilante reacción.

—Estás mintiendo.

Pestañeó.

—¿Me llamas mentirosa?

—Sí, te llamo mentirosa, porque el hecho de que haya un montón de prensa detrás de mí siempre que estoy contigo no es ninguna casualidad.

—Eres una persona mediática, Kevin, es normal que…

—No, no es normal que solo aparezcan en masa cuando estoy contigo. —La atajó—. Reconoce que les has estado llamando.

Alison se quedó muda. Tenía un carácter débil y se hacía pequeña como un microbio cuando le veía malhumorado.

—¿Y qué pasará si lo hago?

—Prueba.

La joven se mordió el labio y suspiró.

—A mi carrera… a mi carrera le viene muy bien toda esta publicidad adicional —confesó con deje nervioso—. Me llueven los contratos desde que estoy saliendo contigo.

No había nada que Kevin detestase más que que se aprovechasen de su fama. Él podría haberla ayudado si se lo hubiese pedido, y lo habría hecho encantado, pero no toleraba que lo engañasen. ¡Con lo sorprendida que siempre se había mostrado cuando aparecía la prensa!

—Pues espero que te sigan lloviendo a partir de ahora.

—¿Qué quieres decir? —Se le derrumbó la voz—. Yo te quiero, Kevin, no quería que te enfadases conmigo y por eso te lo oculté. Pero no pensé que te molestaría tanto.

—¿Cómo no va a molestarme que actúes a mis espaldas? —bajó el tono, ya que algunos pasajeros se les quedaron mirando—. Oye, lo mejor es que sigamos cada uno por nuestro camino.

—¿Pero… pero has escuchado lo que te he dicho?

—No es mutuo, Alison. Yo no siento nada por ti.

Los ojos verdes temblaron y se fueron cubriendo de un brillo acuoso. Lo que le faltaba, que la prensa se hiciera eco de su ruptura en vivo y en directo.

—¿Estás rompiendo conmigo?

—Tú has roto. Te dije que no toleraba las mentiras —volvió a aclararle, para que no le hiciera sentir culpable—. Esto es lo que vamos a hacer. Vas a regresar a la cola, vas a bajar del barco y te vas a montar en tu taxi sin contestar a ninguna pregunta que te hagan, ¿queda claro?

—No podemos terminar así, sin una conversación relajada, sin una explicación más detallada… —argumentó, con tono desesperado—. ¡Tenemos que hablarlo! No puedes dejarme de esta manera.

El exabrupto atrajo más miradas curiosas. Alison se estaba descontrolando y hasta las mejillas se le habían teñido de rojo. Temía que diera un espectáculo. Eso habría sido desastroso.

—Si quieres hablar, hablaremos. Te llamaré esta noche, ¿de acuerdo? —Señaló la cola con la cabeza y Alison le aferró los antebrazos.

—Necesito que me des esperanzas, que estés dispuesto a solucionar este malentendido. —¿Malentendido?—. De lo contrario, no podré soportar la larga espera hasta la noche.

Kevin miró a su alrededor. Gente por todos lados, tanto en cubierta como abajo en el muelle. No podía arriesgarse. No conocía a Alison lo suficiente como para asegurar que su carácter tranquilo no fuera a explotar ante la presión.

—Vale. —Ella suspiró con lentitud. Las lágrimas desaparecieron—. ¿Harás ahora lo que te he pedido?

—Se sorprenderán si nos ven bajar por separado.

—Pues que se sorprendan. Me trae sin cuidado lo que piensen.

—De acuerdo. Lo haremos así. —Asintió despacio, al tiempo que Kevin le daba un empujoncito para que se moviera. Ella tenía una última cosa que decirle—. Lo siento, lo siento mucho. Te prometo que no volverá a suceder. Tú me importas más que los contratos.

Eso lo dudaba, pero lo dejó estar.

—¿Me perdonas? —insistió—. ¿Me das al menos un beso hasta que volvamos a vernos?

Le dio el más frío y fugaz que había dado nunca.

—Vamos, ponte a la cola —susurró.

Kevin buscó el final y también se unió a ella. Desde lo alto de las escalerillas contempló el muelle y vio a Alison cumplir con el trato. Recogió su maleta, caminó con paso rápido hacia el taxi que la esperaba y no se detuvo para contestar a las preguntas que le hacían.

Más tranquilo, sacudió la cabeza y pensó en otra cosa para olvidarse del percance.

El cielo de Cork estaba encapotado y el denso manto de nubes grisáceas dejó caer las primeras gotas de lluvia. Pero eso no impidió que firmara algunos autógrafos y se hiciera fotos con algunos admiradores que pululaban por el puerto, mientras esperaba a recoger su equipaje. El taxista que tenía que llevarle hasta Killarney se ocupó de introducir las maletas en el coche y luego puso rumbo hacia el pueblo vecino.

Hora y media de trayecto a través de los espectaculares paisajes del sur de Irlanda. Desde que supo que volvería a Killarney su mente había ido desempolvando algunos recuerdos, aunque ahora, estando allí, se hicieron más nítidos. Cuatro años atrás había pasado unas efímeras vacaciones con un grupo de amigos en las afueras del pueblo. Habían sido ideales. Diversión, paz, buena comida irlandesa, una joven increíble… Se preguntó qué habría sido de Erie, aquella preciosidad rubia de ojos azul cielo con la que había compartido momentos tan especiales. Mientras observaba la infinita gama de verdes que se extendía a un lado y otro de la carretera, evocó sus rasgos angelicales, el sonido de su voz e incluso de su risa. Era un encanto, pero no era una chica intrépida. Ella nunca le llamó, nunca se arriesgó a aceptar su invitación. Y ante esa falta de iniciativa, él también lo dejó correr. Una pena. Podría haber surgido algo bonito entre los dos.

Imaginaba que ahora sería chef, aunque le gustaba tan poco cocinar que lo mismo había abandonado sus estudios de cocina. Lo más probable es que continuara sirviendo platos y atendiendo a los clientes en el restaurante de sus padres.

Tendría que regresar allí para volver a probar las deliciosas vieiras con salsa de teriyaki y naranja que cocinaba su padre pero, ante todo, para verla a ella. ¿Se habría comprometido con alguien? A lo mejor se había casado e incluso había tenido hijos. No se alegraría de ser así. Iba a pasar bastante tiempo en Killarney, él era un hombre con un marcado y saludable apetito sexual, y seguro que por los alrededores no existía mujer más deliciosa que ella. Pero si estaba comprometida… Él respetaba a las mujeres con pareja.

—¿Por qué no pone algo de música? Que sea alegre, a poder ser —le dijo al taxista, que tenía sintonizado un canal de ópera.

El hombre manipuló el dial y encontró una emisora que emitía una canción irlandesa muy marchosa.

Mucho mejor.

Cuando llegaron a su destino estaba cayendo un buen chaparrón, algo usual en Irlanda. Kevin contempló las casitas unifamiliares que adornaban la periferia entre los regueros de lluvia que recorrían los cristales del coche. Le eran familiares. El pueblo no era muy grande, había paseado por esas calles durante su estancia vacacional.

Dejaron atrás la imponente catedral de Santa María y se acercaron a las inmediaciones del parque nacional de Killarney. El equipo había obtenido un permiso especial del ayuntamiento para rodar en el interior del parque, en una llanura limítrofe con Port Road. El director de la película, Douglas Wells, había peleado con las autoridades para que les permitiesen adentrarse un poco más en el corazón del parque nacional, pero todos sus esfuerzos habían sido en vano. Aquel era un lugar especialmente protegido.

Divisó el campamento a la izquierda, tras sortear una curva del camino. Ya debía de estar allí todo el equipo, pues el rodaje comenzaba por la tarde si las inclemencias climáticas lo permitían. Vio a Douglas bajo la tela impermeable de un chubasquero regresando de alguna parte con dos ayudantes del equipo técnico. Este alzó los brazos a modo de bienvenida cuando vio el taxi. Kevin no tenía muchos amigos reales en el mundo del celuloide, pero Douglas era uno de ellos. Eran amigos desde hacía años, y siempre era un placer trabajar juntos.

Se apeó del vehículo y caminó sin protección bajo la lluvia hacia el reencuentro, mientras el taxista se ocupaba de sacar su equipaje del maletero. Saludó a Michael y a Frank con un apretón de manos y con Douglas intercambió unas palmaditas en la espalda.

—Bienvenido a Killarney, nuestro nuevo hogar durante el próximo mes. ¿Qué tal el viajecito en barco? ¿Ha sido de tu agrado? —inquirió con sorna—. Ya veo que sí. —Se señaló el cuello con el índice y Kevin entendió que Alison le habría dejado alguna marca visible durante sus apasionados encuentros sexuales—. Eres un cabrón con mucha suerte. Siempre te las has ingeniado para convertir la mierda en oro.

—Recuérdamelo cuando la humedad de este lugar se me meta en los huesos y comience a dolerme el hombro. Aún hay mucha mierda que convertir en oro.

Pagó al taxista y agarró la bolsa de equipaje y la maleta. Douglas le condujo hacia su caravana mientras le ponía al corriente de los últimos acontecimientos y comentaba la agenda de los próximos días.

—Esta es —señaló la caravana de color acero con la cabeza—, lejos de la de Edward, como pediste.

Edward era uno de los actores secundarios de la película. Aunque era un buen tipo tenía la maldita costumbre de cantar todo el tiempo a pleno pulmón. Kevin no soportaba su voz, quejumbrosa y desafinada, que causaba más de un dolor de cabeza, así que lo quería lejos de él. Cuanto más mejor.

—Tú sí que eres un cabrón. ¿Por qué tu caravana es más grande que la mía?

—Porque he llegado cinco días antes que tú. Y porque soy el director —se jactó.